Porque el verano muerde, porque me aburro, porque sí

A estas alturas creo que casi todo el mundo estará de acuerdo en que esta temporada de verano 2017 se presenta como una de las más flojérrimas en bastante tiempo. Mucha penita da, al menos su aspecto resulta de lo más mustio por lo que, tal como anuncié ya por twitter, no voy a comenzar ningún estreno. No dudo de que al final alguna serie consiga alcanzar cierto interés incluso sorprenda para bien, a pesar de lo que en inicio haya podido aparentar, pero tengo el cuerpo ya muy gandul para según qué cosas. Todos los anime estivales de este año o me provocan perezón con obesidad mórbida o los considero unos zarrios. Sin más. Si leo que alguno mejora basándome en las opiniones de colegas blogueros, quizá le dé su oportunidad. Sin embargo, no albergo grandes esperanzas y la desidia, además, se me apodera. Tienes pinta de tostón, veranito del 17, no offence.

Así que, ¿cómo puede perder el tiempo Sho-Shikibu? Pues imaginando que ya ha llegado su amado otoño, disfrutando del fresquecillo, las maravillosas hayas de fuellas rojas y escribiendo sobre los anime que piensa ver. Por supuesto, no se sabe todavía el total de estrenos, pero las tardes del estío derriten el cerebro y alucinar un ratillo tampoco viene mal. Y que este es mi blog y desvarío sobre lo que me da la gana, claro. No hay gran cosa todavía anunciada, apenas trailers ni demasiada información, no obstante algo he sacado en limpio. Que sirva de pequeño adelanto para olvidar el pegamento de este verano anestésico.

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El plato fuerte de este otoño, como ya sucedió en primavera, van a ser las segundas temporadas. Al menos para mí. Vuelvo a recordaros que aún desconocemos gran parte de la que va a ser la parrilla otoñal, así que son impresiones hasta justo este mismo preciso momento. Me encantaría que aparecieran nuevas obras que me obligaran a desdecirme, así que a la espera de un buen revés quedo.

¿Cuál va a ser mi prioridad absoluta? Pues Hôzuki no Reitetsu. Un día por desvelar de octubre y con un número indeterminado de episodios, regreserá a nosotros el maestro de ceremonias más sardónico de los Infiernos búdicos. Bueno, Hôzuki y toda la cohorte de personajes mitológicos y del folclore popular sinojaponés que desfilan sin cesar. Si la primera temporada y sus respectivas OVAS me encantaron, deseo fuertefuertefuerte que esta segunda logre, como mínimo, lo mismo. hoozukiSu humor negro y absurdo, el rico panorama cultural que despliega en cada capítulo, los pequeños sketches que aprovechan cada segundo para exhibir un espectáculo delirante que se ríe de sí mismo si hace falta, su elenco heterogéneo y dinámico, etc, etc, etc, hicieron hace unos años de esta serie una de mis favoritas sin ninguna duda. Se aprende un montón con ella y encima es divertidísima. Estoy ansiosa por el reencuentro y espero que no cambien demasiado el formato, que resulta perfecto. También es cierto que no todo el mundo disfruta con las historias autoconclusivas y muchos buscan una continuidad argumental en cada episodio; pero hay que tener en cuenta que la esencia de Hôzuki no Reitetsu es otra: las viñetas de comedia.

Osomatsu-san también tendrá su segunda tanda. Este clásico moderno no podía permanecer sin continuación, lo pedía a gritos. Sin saber aún fecha de estreno y cantidad de episodios, se deduce que será en octubre y constará de 25 capítulos. Pero a saber. Es curioso, pero dos de mis top otoñales son comedias. Me parece extraño porque es un género por el que no me suelo inclinar. En contadas ocasiones logro conectar con el sentido del humor de las series, la mayoría me produce vergüenza ajena o directamente sueño, sin embargo Hôzuki no Reitetsu y Osomatsu-san me engatusaron, sobre todo la primera. Para variar, mi tercera opción en las reanudaciones es algo diferente: Kekkai Sensen & Beyond.

La primera temporada, que sin duda me gustó, también me dejó un regusto agridulce. Así que esta será la oportunidad de resarcirme si va todo bien y no resulta un truñaco, por supuesto. Reconozco que, como no cuentan con Rie Matsumoto esta vez, siento bastante desconfianza. Para mí la presencia e ideas de Matsumoto fueron clave en 2015, y no todo el mundo además consiguió sintonizar con su forma de crear. Tratar de innovar es lo que tiene, que no siempre se redondea ni se comprende. Aun así, el parón que sufrió este anime lo perjudicó muchísimo. Veremos lo que nos depara Kekkai Sensen & Beyond, ya que Shigehito Takayanagi posee unas cuantas tablas y, aunque es probable que pierda originalidad, también podría ganar en solidez shônen. Un alivio para los más tradicionales.

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El asunto es peliagudo, porque muchos de los anime que han llamado mi atención guardan altas posibilidades de germinar como cerdadas supremas. Sinopsis incompletas, no fotos, no vídeos promocionales y un rosario de falta de datos estupenda. Pero es normal, estamos en julio; y, ¡qué carajo!, de esta manera también es divertido hacer apuestas. Empecemos.

Kujira no Kora wa Sajô ni Utau me atrae como un imán gigantesco. Del manga solo he tenido oportunidad de leer cinco capítulos (un dibujo precioso, por cierto), pero a poco que el anime le sea fiel, creo que tendremos entre manos uno de los productos más interesantes del otoño. No el que más, pero muy destacable. Está catalogado como shôjo, y no sé hasta qué punto seguirá los cansinos patrones de la demografía; aunque también pertenece a la ciencia-ficción, el misterio y la fantasía, así que a priori me tiene ganada. Su trailer es bastante elocuente en ciertos aspectos, me ha gustado mucho por lo que… ¡COMPRO!

En una línea más clásica dentro de la fantasía y el shôjo, en octubre se estrena también Mahôtsukai no Yome, que ha estado precedida de tres OVAS. Solo he visto dos de ellas, y no me han dicho gran cosa. El manga, que está siendo publicado por Norma y lo estoy siguiendo, ha terminado decepcionándome un poquillo. Quizá porque tira demasiado para mi gusto de los tópicos de la fantasía haciéndose previsible; y que la protagonista, con un ligero aroma a Mary Sue, tiene ese rollo de chica frágil e indefensa que me satura bastante. A pesar de que a estas alturas le encuentro más defectos que virtudes, la veré porque tengo fe en que me entretenga y los cuentos de hadas siempre merecen un par de vistazos. O tres. Harina de otro costal es Inu Yashiki, cuyo manga también estoy leyendo pero ¡sin desencanto alguno! Altamente recomendable, de hecho llevaba un tiempo calibrando si escribir una reseña de lo que tenía recorrido, pero sabiendo ahora de la serie, merece un manga vs. anime como la copa de un pino. Es uno de los estrenos relevantes de la temporada, una serie para adultos (existimos, ¡sí, estamos aquí!) y de temática inteligente. Sci-fi de calidad, mis queridos otacos. Y mucho, mucho más cuando se rasca la superficie, con Oku-sensei ya se sabe. A la dirección estará Keiichi Satô, así que no puede ocurrir nada malo, ¿me oís? NADA MALO. He dicho.

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Y para cerrar, aclaro que no he querido introducir ningún school life porque estoy hasta el moño de adolescentes. Es lo que sucede cuando trabajas demasiadas horas con ellos, que al final del día quieres enterrarlos vivos o arrojarlos por un puente. Atados y con bozal. Así que nada de Just Because! y otras majaderías de colegiales. La única excepción es Poputepipikku, pero los que ya conozcáis el tebeo sabréis que se trata de una cosita bastante enferma que poco tiene que ver con los entornos escolares. Tengo una curiosidad insana por este anime, que supongo será de duración corta (2-5 minutos) y me las veré luego canutas para lograr ver. Ese estilo de antigua tira cómica, donde las dos protagonistas vomitan sin parar insensateces (algunas bastante profundas, no es broma), en realidad es muy posmoderno, muy pop.

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Aunque tengan la mayoría de ellas fecha de estreno, en Occidente suelen pasar meses hasta que conseguimos visionarlas. La paciencia es una virtud, dicen. Reducir cabezas como hacen los shuar, una habilidad que no me importaría adquirir para ponerla en práctica en momentos de exasperación. A lo mejor encuentro algún tutorial en youtube al respecto. Volviendo a las películas, Godzilla: Kaijû Wakusei cuenta con mi beneplácito, a pesar de que la animación de Polygon Pictures no sea precisamente de mis preferidas. Pilotarán los directores de Ajin y Sidonia no Kishi con la colaboración de Gen Urobuchi, por lo que unos mínimos hay garantizados. Rezaremos a Nyarlathotep el Caos Reptante para un pronto estreno por estos lares.

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¿Merece la pena que me trague la película de ese clásico animierder que fue Dance with Devils? Porque el 4 de noviembre verá la luz Dance with Devils: Fortuna. Fue un bodrio tremendo al que le cogí cariño, sobre todo por Peluchón ❤ y esa autoparodia terrorífica que se gastaba. Risas, muchas risas. Ya lo decidiremos cuando llegue el momento, no hay por qué apresurarse, y menos con engendrillos de esta especie. Asimismo, en el undécimo mes se estrenará la adaptación a largometraje del clásico del manga de los años 70 Haikara-san ga Tôru, de Waki Yamato. Tuvo su serie televisiva hace casi cuarenta años también, y parece que contará con una segunda parte en 2018. Estoy bastante interesada en este film, pues trabaja temáticas sugestivas (liberación de la mujer) en un contexto histórico fascinante, la Era Taishô (1912-1926). Su protagonista es una mujer joven que ha sido educada de forma poco convencional, cercana a los tradicionales valores masculinos (practica kendo, bebe sake, rechaza las labores domésticas, viste al modo occidental, etc) y cree que una mujer debe casarse por amor y elección propia. Lo que se conocía en la época como una modan gâru (chica moderna). Apesta a shôjazo que mata, pero el planteamiento da la impresión de ser algo diferente. No obstante, ya sabemos cómo se las gastan los japoneses respecto al feminismo… todavía les queda un largo trecho por avanzar, bastante más que a los europeos.

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Menudo feeling tenían los anime de los 70, ¡inconfundible!

¿Me habré dejado alguna obra en el tintero? Seguro que sí. ¿Kino no Tabi, a lo mejor?Aunque para acabar de pulimentar la entrada, necesitaré más información, que supongo irán desgranando a lo largo de las semanas. Quizás esté pendiente por desvelar una joya animesca, ¡quién sabe! Por ahora, esto es lo que hay. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Mondo Bizarro, donde Japón nunca defrauda

No es precisamente mi disco favorito de los Ramones, pero viene ni que pintado para la entrada de hoy. Os veo temblar… y con razón. Sí, de nuevo uno de esos artículos sobre cine y marcianadas que no le interesan a nadie. Tendréis que esperar unos pocos días hasta que vuelva a escribir sobre anime y manga.

Me ha parecido muy adecuado titular este post así porque, siguiendo muy libremente las pautas del género cinematográfico mondo, voy a tratar de dar un repaso amplio a las películas japonesas que más con el culo torcido me han dejado. El mondo es incómodo, porque señala todo aquello que no queremos ver. El mondo es grotesco, pues hace hincapié en el sensacionalismo sórdido. El mondo es políticamente incorrecto, por eso carece de predicamento en una actualidad de neomojigatería apestosa. No soy especialmente fan de él, pero quiero rendir un homenaje a las criaturas extrañas que pululan por el cine de Japón con mi propia entrada mondo: un listado de películas inusitadas, donde se restriegan por las narices ciertos tabúes o simplemente revelan nuevas formas de expresión. Hay de todo.

Podéis imaginar que, con la de toneladas de majaderías y excentricidades que genera Japón al año, ha sido muy complicado hacer una selección medianamente sensata. Tampoco me considero una experta en el tema, pero he tragado bastante basura al respecto y he aquí que os presento mi tour personal a los bizarros fondos de estas fascinantes islas. Siete obras que dignifican lo insólito, ya que las he seleccionado tanto en base a mi gusto personal como por su calidad. No os equivoquéis, ninguna de estas películas es ridícula. Tampoco para tomársela a broma. Algunas cintas son clásicos muy célebres, otras no tanto. Pero todas merecen nuestros respetos.


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Junto a Pitfall (1962), Woman in the dunes (1964) y The Man without a map (1968), conforma esa tetralogía de colaboraciones con mi admirado Kôbô Abe, del que escribí un poco aquí. Salvo la primera, todas son adaptaciones de novelas suyas, aunque las cuatro fueron guionizadas por él. Teshigahara fue una persona bastante singular, que no sé muy bien cómo acabó haciendo cine. Su padre fue un maestro de ikebana que revolucionó la disciplina y él estudió Bellas Artes, pero me alegro mucho de que se dedicara finalmente a la cinematografía. Yo y unos cuantos millones de personas, claro.

Teshigahara fue un director peculiar, y es muy evidente también la influencia del surrealismo en su obra. Gente como Buñuel o Cocteau lo marcaron profundamente. Le gustaba experimentar, jugar con las imágenes y los conceptos; y, sobre todo, crear poderosas metáforas visuales de gran belleza estética. Tanin no Kao no es una excepción dentro de su catálogo, y representa una etapa de especial brillantez filosófica. Porque La cara de otro es un viaje dentro del laberinto emocional y psicológico de su protagonista, el señor Okuyama. Sus implicaciones son profundas, y no podía ser menos teniendo a Kôbô Abe entre bambalinas.

Este film puede traernos recuerdos del clásico El hombre invisible (1933), también basado en otra obra literaria, esta vez de H.G. Wells; o la maravillosa Les yeux sans visage (1960) de Franju. Tiene mucho asimismo de La Metamorfosis de Kafka o del archiconocido binomio Jeckyll/Hyde de Stevenson. Pero Tanin no Kao resulta mil veces más brutal en su vesania existencialista. Cuenta una historia doble en realidad, la de dos seres cuyas identidades se han visto comprometidas por sus rostros. La narración principal pertenece al señor Okuyama, que ha sufrido un accidente laboral tan terrible que lo ha dejado sin cara. Pero el doctor Hira puede ayudarlo, creando para él una faz nueva, como una máscara, una segunda piel. Eso sí, duplicada de otro sujeto. El cuento secundario es el de una mujer cuyo rostro sufre las secuelas del horror atómico de Nagasaki, y que trabaja en un asilo para veteranos de la II Guerra Mundial, la mayoría con graves problemas mentales.

¿Cómo se construye la identidad de un ser humano? ¿Es el rostro una parte indispensable de la persona? ¿Cuánto es de fundamental? ¿Qué importancia tiene en realidad el individuo y su singularidad? A través de un relato donde la ciencia-ficción, el thriller psicológico y el drama se dan la mano, Teshigahara y Abe realizan una bellísima y elegante reflexión sobre la identidad, el yo y la hipocresía social. Sin complicaciones y de forma accesible, pero contundente. El film toca más temas, como el de la incomunicación, el aislamiento o la fragilidad, los cuales quizá emparentan este Tanin no kao con el espíritu de Ingmar Bergman que, curiosamente, en ese mismo año estrenó Persona (1966). Great minds think alike.


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Y a pesar del transcurrir de las décadas, Bara no Sôretsu continúa sorprendiendo y dejando al espectador atónito, sin saber cómo clasificar una obra que se mueve entre el documental, la ficción y la mirada caleidoscópica del Kubrick más implacable. ¿O fue al revés? Sí, eso es. El cineasta neoyorkino descubrió en Funeral parade of roses un tesoro que colmó su mente de imágenes y conceptos que vomitaría después en su magistral La naranja mecánica (1971). Pero no solo haría mella en Kubrick, también en Warhol o Tarantino. Los tentáculos de Bara no Sôretsu alcanzan el s. XXI y nos siguen estrangulando. ¿Y quién fue el responsable de tamaña hazaña? Toshio Matsumoto, que falleció, desgraciadamente, hace unas semanas. De hecho, cuando empecé esta reseña todavía estaba vivo, ha sido un shock conocer su desaparición.

Toshio Matsumoto fue el máximo pionero de cine experimental en Japón. Pasó toda su carrera innovando, y Funeral parade of roses fue su primer largometraje. El mítico Art Theatre Guild fue el que confió en el proyecto del director, y se encargó de su producción y distribución. Y no se puede negar que resultó un ejercicio de fe, porque tratar la temática del travestismo y la homosexualidad en el Tokio de los años 60 no era habitual. Todavía no lo es. El argumento, inspirado libremente en la tragedia clásica Edipo Rey (s. V a. C) de Sófocles , nos acerca al universo de Eddie, un travesti gay. Los bajos fondos de la ciudad, las drogas, la prostitución; pero también el ambiente de gran efervescencia cultural que se respiraba. Matsumoto rodó en la misma ciudad, utilizó de actores a los mismos protagonistas de ese entorno marginal pero lleno de vida. Completamente transgresora, Bara no Sôretsu acoge multitud de estilos y técnicas que se mezclan sin pudor, regalando a los más observadores un abanico de sensaciones indescriptibles.

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No se puede negar que la influencia de la Nouvelle Vague es patente, pero Matsumoto no escatimó en recursos para construir un relato completamente original y donde parece que el tiempo no transcurra, a pesar de que las emociones de los personajes sí avancen. Es como si estuvieran atrapados en un bucle donde las pasiones emergen como lava, a borbotones incandescentes. ¿Es Funeral parade of roses un enorme psicodrama? Quizá. El film no deja de albergar una historia muy terrenal, la de Eddie; y sus decisiones son consecuencia de esas experiencias. Es una aproximación honesta además al mundo de la transexualidad, que aún no se termina de comprender como una simple faceta más de la naturaleza humana.


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Un año después de que Kaikô Takeshi escribiera su relato Kyojin to Gangu,  Yasuzô Masumura lo llevó al cine. ¿Que quién es Yasuzô Masumura? ¡Vergüenza os tendría que dar no saber de él! Mentira. Sería normal que desconocierais su figura, porque no fue hasta hace 10 años que no se pudo acceder a un catálogo amplio de sus películas. Más vale tarde que nunca, dicen. Masumura todavía es uno de esos grandes olvidados del cine japonés, y es algo que Occidente debería resolver, porque nos estamos perdiendo a un cineasta extraordinario. Fue inspiración para mi admirado Nagisa Ôshima, y contribuyó al nacimiento de la Nûberu Bâgu o Nueva Ola Japonesa. Es cierto que esa Nueva Ola fue un invento de productoras como Shochiko, que deseaban conectar con el público juvenil, más que un movimiento cinematográfico modelado por mentes inquietas. De ahí su heterogeneidad, pero tampoco se puede negar que de ella surgieron importantes creadores que tuvieron a Yasuzô Masumura de referente.

Masumura, gracias a una beca, tuvo la inmensa fortuna de poder estudiar cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Italia, donde aprendió de los grandes maestros del Neorrealismo como Visconti, Antonioni o Fellini. Y no solo eso, trabajó en los Estudios Daiei como ayudante de dirección de Kenji Mizoguchi o Kon Ichikawa. Aprovechó muy bien esas oportunidades, y pronto comenzó a destacar como director de sus propias películas en las que volcó todo sus afanes renovadores, con una pizca de sal iconoclasta. Trabajó muy diversos géneros, aunque su personalidad, amante de lo excesivo, siempre supo ensamblar la pasión de Occidente con la gentileza minimalista de Oriente. En Toys and giants encontramos su vertiente más sardónica y jocosa, una crítica al histérico mundo de la publicidad y, por ende, a la sociedad urbana japonesa del momento.

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Kyojin to Gangu es una sátira divertidísima y repleta de ironías. Se ridiculiza el keizai shôsetsu y la fragilidad de esos ídolos pop prefabricados que brotan como setas por nuestras pantallas. Una historia de competencia salvaje entre grandes compañías de golosinas, la falta de ética empresarial y la ambición desmedida que conduce a la locura y autodestrucción. Todo aderezado con lo mejor de la serie B y otra ristra de delirios tan agudos como espeluznantes. No es la mejor cinta de Masamura (fue su segundo film) y tiene ciertos altibajos; sin embargo, es un visionado que merece la pena. Entretiene, hace pensar y cuando cae en la chifladura, lo hace con tanta gracia… Ains.


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Ôshima-sensei ya es un viejo conocido de SOnC. Es un director que me gusta mucho por su falta de miedo a paladear diferentes sabores y texturas. Y porque tampoco le importaba ser controvertido, qué demonios. En 1967 decidió, con un par de narices, adaptar al celuloide uno de los mangas clásicos del pionero del gekiga Sanpei Shirato: Ninja Bugei-chô (1959-1962). Pero no realizó una película al uso, tampoco una animación tradicional. Nada de eso. Ôshima optó por lo más sencillo y arriesgado, que fue tomar el propio tebeo, sus ilustraciones y filmarlos. Directamente. 17 tankôbon condensados en 118 minutos. Wow. Calma, yo también pensé que el resultado podría ser un despropósito que acabara en una sinfonía de babas y ronquidos. Pero Ôshima supo rodearse de un buen equipo, como el compositor Hikaru Hayashi (Onibaba, Kuroneko), el guionista Sasaki Mamoru (Heidi, Ultraman), o actores a las voces como Rokkô Toura (Feliz Navidad señor Lawrence, Kôshikei) o Shôichi Ozawa (El pornógrafo, La balada de Narayama). Además, Ninja Bugei-chô exhibió todos los recursos que la cinemática podía ofrecer entonces cuando se enfrentaba a un objeto fijo e inmóvil. Movimientos de cámara, el control de su velocidad, zooms, seguimiento del objetivo a las líneas del dibujo, planos detalle… todo para brindar el adecuado dinamismo, respetando la fuerza del propio tebeo.

Band of Ninja es una obra compleja y de muchos vericuetos. Ubicada en el Período Sengoku (1467-1603), es tan violenta y convulsa como esa época. Desfilan gran cantidad de personajes y el vaivén histórico también es intenso. Requiere completa atención, porque es una obra épica de grandes proporciones donde el villano que desea unificar Japón mediante sangre y brutalidad es… ¡tachán, tachán! ¡Oda Nobunaga! Ninja Bugei-chô es perfecta para los que disfruten con un buen cómic de samurais y musculosas dosis de violencia. Pero no una violencia ciega, sino situada en un contexto áspero e intrincado. Como no es nada sencillo conseguir el manga original en cuestión, es una buena alternativa para conocerlo. Eso sí, es para gente paciente y que no se encuentre demasiado intoxicada del habitual espíritu otaco millennial. De lo contrario, no aguantará ni diez minutos.


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Creo que ya lo he comentado alguna vez, pero soy una enamorada del cine mudo en general. Es una etapa de la historia cinematográfica que me fascina, más que nada porque la considero una época de enorme creatividad y riqueza. El despertar del cine no tenía miedo a la experimentación, solo podía innovar y abrir nuevas sendas. Maravilloso. En Japón sucedió algo semejante, por supuesto, y una de sus piezas más extrañas e inquietantes fue (y es) Kurutta Ippêji (1926) de Teinosuke Kinugasa. Se puede considerar, nada más y nada menos, la primera película avant-garde de las islas.

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Se suponía que Kurutta Ippêji era una obra perdida. Una de tantas gracias a la guerra, los terremotos y el inevitable descuido humano. Pero su mismo director, en 1971, la encontró casualmente mientras rebuscaba por su almacén. Como la mayoría de obras vanguardistas, A page of madness nació bajo los auspicios de un movimiento artístico, en este caso literario: el Shinkankaku-ha. Este colectivo buscaba crear en Japón su propia modernidad, alejándose de las tradiciones anticuadas de la era Edo y Meiji. Deseaban vincularse con los ismos occidentales, y con la influencia del dadaísta francés Paul Morand muy presente, lograron formar el primer grupo literario modernista del país. En él militó el futuro nobel Yasunari Kawabata, que fue responsable de gran parte del guion de Kurutta Ippêji. Así que podemos decir que su director, Teinosuke Kinugasa, que conocía bien el mundo de las artes escénicas pues había trabajado como onnagata, amalgamó en la película todos los anhelos de contemporaneidad que imbuían al Shinkankaku-ha. De ahí que tanto expresionismo, surrealismo o la escuela de montaje ruso, entre otras vanguardias, aparecieran reflejadas en sus fotogramas. Una página de locura no fue muy apreciada en su momento, tenía más de cine europeo que nipón, el cual por aquel entonces se centraba sobre todo en el jidaigeki.

¿Fue Kurutta Ippêji una obra incomprendida? Más que incomprendida, fue ignorada y después olvidada. Y aunque no cambió el rumbo del cine japonés, sí que podríamos considerarla la primera obra concebida de manera internacional. Fue la contribución del cine de las islas al efervescente panorama avant-garde de la época. Con su propio sello, no una simple emulación de lo que se cocinaba en Europa. Una página de locura cuenta la historia de un hombre que trabaja en el manicomio donde está encerrada su esposa. Él sueña con sacarla de ahí, pero la mente humana es… complicada. Y la vida también. La aproximación de este film a la locura resulta escalofriante y, aunque se hace un poco difícil de seguir (no hay intertítulos, la película era narrada por un benshi), su lenguaje visual es lo bastante elocuente para hacerse comprender. Resumen: Kurutta Ippêji reunió a un director que sería oscarizado con un escritor que recibiría un nobel literario; supuso la primera conexión del cine japonés con la vanguardia internacional; y su reflexión sobre la desesperanza y la alienación continúa aguijoneando en la actualidad como una avispa. Es película de (mucho) interés.


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Tetsuo: the Iron Man resulta un antes y un después. Es como si David Lynch, Akira Kurosawa, Jank Svankmajer y David Cronenberg hubieran decidido construir su monstruo de Frankenstein particular, pero con piezas de vertedero y desguace. Un virus de metal que devora la carne y transforma al ser humano en un ente informe al servicio de su implacable voracidad. Shin’ya Tsukamoto y Kei Fujiwara son los responsables de esta atrocidad de belleza inconmensurable, de horror sin fin. Y lo hicieron con cuatro duros. Revolucionaron el cine con este poema estentóreo que se revuelca entre sus propios ecos industriales. Tetsuo es una balada ciberpunk inmisericorde cuyas enseñanzas son plenamente vigentes. Plasma un mundo donde el individuo ha sido reducido a cables e impulsos eléctricos, un esclavo de la tecnología y las máquinas al que no le importa ser engullido. Es más, exultante en su metamorfosis, disemina la ¿buena? nueva para calmar su hambre, y quedar reducido a la demencia de las emociones más básicas. Sin distinguir realidad de enajenación.

The Iron Man es una experiencia en 16 mm y B/N que exige mente abierta y pocos prejuicios. Tanto a nivel técnico como argumental fue un puñetazo en los morros, una explosión de creatividad y humor sádico que era muy necesario es esos momentos de apalancamiento. Tetsuo es el orden en el caos, y no todo el mundo puede seguir su ritmo. Pero no importa, eso es bueno. Y no tengo más que añadir porque, como ya he indicado, esta película es una experiencia, y debe examinarse de forma personal. Muy personal. Nunca resulta indiferente, puede fascinar u horripilar, pero jamás dejará impasible. Tetsuo es una obra de extremos en todos los aspectos.


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No sé si lo sabéis, pero la primera persona que se tiene constancia en la historia de la humanidad que se dedicó a la literatura fue una mujer llamada Enheduanna. Vivió en el s. XXIII a. C en Ur, y fue la suma sacerdotisa de Nanna, deidad patrona de la ciudad. Nadie tenía más poder religioso que ella y, políticamente, solo su padre Sargón el Grande, fundador del primer imperio humano, estaba por encima. ¿Y en Japón existió una figura similar? Pues en Japón tenemos a Himiko, reina-chamán del sol. Hay mucho debate respecto a su figura, que tiene un aspecto legendario importante, aunque las fuentes chinas la enmarcan en el s. III de nuestra era. Himiko es el primer soberano conocido de Japón y precursora del Gran Santuario de Ise. Gobernó con benevolencia y armonía en el reino de Yamatai, y fue muy respetada en el extranjero. Su autoridad no fue una anomalía, sino el ejemplo de que, antes del gran advenimiento de la cultura, filosofía y religión chinas de fuerte raigambre patriarcal, en Japón el poder político y religioso estaba en manos femeninas. Pero de eso hace mucho tiempo, y casi todo lo que sabemos actualmente sobre Himiko ha pasado por el tamiz budista y confuciano, con la ulterior contaminación. En la actualidad es un icono pop tal cual, no hay japonés que no sepa quién es. Es como si en Occidente ignoráramos la existencia de la Virgen María, harto improbable. Y sobre Himiko va esta película.

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De Masahiro Shinoda ya he escrito en el blog en un par de ocasiones, y su adaptación de Silencio, aunque no me impresionó, me acabó gustando mucho más que la de Scorsese. Cosas de la vida. Aunque perteneciendo a la misma generación cinematográfica que mi subversivo favorito, Nagisa Ôshima, Shinoda, en cambio, decidió volver su pensamiento a la tradición japonesa, y aplicar en ella nociones contemporáneas que sirvieran a su armonía, no a derrumbarla. Así las deconstruyó y volvió a recrear, pero respetando su esencia. Himiko es eso. Buscó el talento de la escritora y poetisa Taeko Tomioka para el guion, y realizó una película de belleza oscura y profundo lirismo.

La primera vez que vi Himiko no pude evitar que me recordara, a nivel formal, a una de mis películas preferidas: Sayat Nova o El color de la granada (1969) de Sergei Parajanov. Tienen la misma meticulosidad artística y una riqueza simbólica extraordinaria; la misma cadencia sosegada e idéntico lenguaje surrealista. Pero hasta ahí llegan las similitudes. Himiko se empapa de las metáforas visuales de la danza butô, y nutre de la ceremonia del kabuki. Es un espectáculo delicado que narra una historia descarnada donde se responsabiliza al amor de la pérdida del poder. Un amor, ¿u obsesión?, incestuoso y destructivo al que la mujer debe renunciar si quiere ganar la guerra. Conspiración, traición, muerte… y la interpretación magistral de Shima Iwashita. Himiko no es de las películas más celebradas de Shinoda, pero sí una de las más hermosas. Un homenaje a la pureza del shintô.

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Los que sepáis algo de cine nipón, seguro que estáis pensando que me he dejado en el tintero unas cuantas extravagancias cinematográficas. Obras como Symbol (2009) de Hitoshi Matsumoto, o la increíble La bestia ciega (1969) de, otra vez, Yasuzô Masumura, basada en una historia de Edogawa Ranpo, merecerían también añadirse a esta mi lista personal de maravillas extrañas japonesas. Y algunas más me vienen a la cabeza, ahora que estoy finalizando la entrada. Mecachis. Sin embargo, no puedo eternizarme, y este post lleva esperando desde octubre ser finalizado. Ya le tocaba al pobre, creo. Así que lo dejaremos aquí. De todas formas, si observo que gusta (lo dudo), una segunda parte no me importaría escribir. Porque material hay de sobra. De momento, nos conformaremos con estas siete honrosas cintas, que son una sugerente excursión por senderos poco transitados. Espero que hayáis disfrutado un poco al menos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Lady Killer o la venganza como una de las Bellas Artes

Esta es una de esas entradas que tengo atascadas desde hace meses. No porque no sepa qué escribir, el motivo es bastante más estúpido: se me olvida. Iba a formar parte de los Tránsitos del pasado octubre, sin embargo mi fabulosa memoria ha decidido que sea un día fresco y lluvioso de febrero la que alumbre esta reseña literaria. Bienvenida al mundo de internet, cariño, no te va a leer mucha gente pero por fin estás aquí.

El próximo mes de abril hará un año de la muerte de una de las grandes escritoras del noir en Japón: Masako Togawa (1933-2016). Si Edogawa Ranpo es el padre del género en las islas, Masako Togawa es la madre. Y menuda madre además. Esta mujer fue de lo más peculiar, tuvo una vida apasionante y multifacética. Da la sensación de que en nuestra actual sociedad hiperespecializada, una persona no pueda dedicarse a dos, tres, cuatro o diez actividades profesionales diferentes y hacerlo encima bien. Como si fuéramos hormiguitas concentradas en una única labor. Pues va a ser que los humanos, por norma general, pueden desarrollar distintas habilidades perfectamente. Togawa es lo que hizo. Era cantante y compositora de canción francesa, escritora, actriz, empresaria, guionista de TV y tertuliana. Casi nada. Pero es a su vertiente literaria a la que nos vamos a referir. Porque esta señora, aparte de un aspecto estrafalario con su pelo afro tricolor, ganó el prestigioso galardón Edogawa Ranpo en 1962 con su primera novela: La llave maestra (1961). Masako Togawa iba escribiendo sus obras detrás de los escenarios, entre canción y canción. En ellas plasmaba fragmentos de su propia vida y de la realidad que respiraba. Así nació también la novela de la reseña de hoy, The Lady Killer (1963), que triunfó por todo lo alto.

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Masako Togawa y su potente voz de contralto

Masako Togawa fue todo un personaje, muy célebre y querido en su país. Y ahora que parece que está tan de moda atacar el feminismo, señalar que esta dama fue feminista y murió feminista. Defensora también de la comunidad LGTBI, resultó un espíritu libre que no se dejó atar por las convenciones de un Japón conservador. Venció. No voy a eternizarme escribiendo su vida y milagros, pero es importante destacar que fue activista convencida, una creativa original y pionera audaz en diversos campos. Masako Togawa consiguió salir adelante en un género, el suiri shôsetsu, que había sido tradicionalmente feudo masculino. No escribió novelas dirigidas a un público femenino al que le gustara el noir, dejemos eso claro. Ese es un prejuicio, con cierto arraigo todavía, que da por hecho que las mujeres crean para mujeres, y los hombres para toda la gente. La perspectiva neutra y universal es, por defecto, la masculina; mientras que la femenina es específica, representa únicamente el universo de la mujer y solo tiene relevancia para ella. Pues no. Masako Togawa en los años 60 dejó muy claro que esto no era así. Una visión femenina del género negro podía ser tan válida, global y atractiva para todos como la masculina.

Suiri shôsetsu se traduce como ficción de misterio, donde el sendero del razonamiento y la deducción son primordiales. Pero, como podréis imaginar, en Japón tomó características peculiares, ya que se trata de una nación de fuerte personalidad. Comparte un aire con el cine polar francés, o al menos así lo percibo yo: la calma, la sordidez y un realismo brutal. El suiri shôsetsu también se preocupa mucho por expresar esa eterna frialdad que destila la sociedad nipona, la profunda soledad y las venganzas que se deciden en silencio y sirven ultracongeladas. Todo con una elegancia de tintes líricos maravillosa, desplegándose con serenidad incluso en los escenarios más lóbregos.

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Portada de la edición publicada por Dodd, Mead & Co. en 1985

¿Cumple esas directrices The Lady Killer? Por supuesto, trabajó en asentarlas de hecho. Existen unas cuantas autoras en la actualidad como Natsuo Kirino, Miyuki Miyabe o Mitsuyo Kakuta, que han contribuido a esa tremenda explosión del suiri shôsetsu o noir japonés contemporáneo. Ahora que se ha relajado un poco el hype, es un momento excelente para escarbar entre las raíces y recordar de dónde procede todo este alboroto. Y Masako Togawa es uno de los cimientos sin duda. De las novelas escritas por ella que han caído en mis manos, The Lady Killer es mi favorita; aunque supongo que no será la mejor. Dilucidar esos abismos de la qualité ya es oficio de entendidos, y solo soy una lectora. Lo que no he conseguido ver es su adaptación al cine, rodada en los estudios de la inefable, gloriosa y mítica productora Shaw Brothers de Hong Kong. Algún día caerá, espero.

Togawa plasmó con su pluma minuciosa un aspecto de la fémina japonesa que se ignora de manera flagrante: el rostro de millones de mujeres que no son ni kawaii, ni sumisas, ni se comportan de forma infantil, ni tampoco cumplen con el arquetipo de femme fatale. Solo son personas, normales y corrientes, inmersas en sus vidas grises. Algunas incluso basculando en los límites de la marginalidad. ¿Qué sucede con las mujeres que no son ni especialmente hermosas ni sexies? ¿Son menos mujeres, carecen de interés? Para Togawa sí que lo tenían… y continúa siendo así para otros escritores aún. Ella abrió la veda del personaje femenino dentro del noir que no se deja encorsetar por las exigencias sociales y estilísticas del género. Adiós, muñeca de porcelana; sayonara mujer dragón; hola, mujer melancólica.

La melancolía es un sentimiento muy curioso que, con suma facilidad, puede mutar en plaga y licuar el corazón con su bilis. La mujer melancólica de Togawa no está loca, pero la amargura la ha transformado. En silencio, lentamente. ¿Y por qué surge esta melancolía? Los motivos no son únicamente sentimentales. Puede ser algo tan acuciante como la falta de dinero o el nacimiento de un hijo muerto; pero irá creciendo, poco a poco, hasta que detone en un calculado estallido de oscuridad sin fin.

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“Belleza verdadera” (1897) de Toyohara Chikanobu

The Lady Killer es una obra corta, meticulosa y absorbente. El punto de vista gira como una peonza de un personaje a otro, creando una atmósfera de atmósferas traslúcidas. A pesar de su estructura, no resulta borrosa en ningún momento porque el estilo nítido y agudo de Togawa no da pie a la confusión. Todos los personajes aparecen delineados con pericia y claridad según su relevancia, enmarcados en su propia realidad desapasionadamente. Porque los espacios que describe la autora son los que conoció en vida muy bien, la noche de los clubs tokiotas con su pintoresca fauna. Entre ellos se mueve Ichirô Honda, un ingeniero de éxito casado con una rica heredera. Es un hombre atractivo que presume de un narcisismo indigesto y esconde un talante cobarde. Nada tampoco del otro mundo, como él hay cientos, pero que sabe sacar provecho muy bien de su aspecto algo exótico. Tiene una noción del mundo muy propia del hombre japonés de la época, donde la mujer no deja de ser un bonito accesorio intercambiable.

Son los años 60, el país disfruta en pleno del “Milagro japonés” que tras la derrota en la II Guerra Mundial y la ocupación americana, relanzó a Japón de nuevo a la palestra como una nación moderna y competitiva. Honda representa eso. Indolente, egoísta, brillante… y víctima de su triunfo. Pura testosterona. Tiene mucha seguridad en sí mismo y es un gran seductor. Lleva incluso un listado pormenorizado, al que llama Diario del cazador, en el que explica sus numerosas conquistas sexuales. Pero sus presas, a las que deshumaniza sin contemplaciones, no son del todo casuales. Siempre son mujeres vulnerables y solitarias, doloridas por la falta de afecto. Honda estudia con precisión a la víctima elegida y se metamorfosea en el tipo de hombre que anhela. Miente sin ningún tipo de rubor para lograr sus fines. Y a la noche siguiente a por otra. Y otra, y otra, y otra. Sin mirar atrás y sin remordimientos, convertidas en trofeos cinegéticos de su diario. Es una compulsión de la que no puede escapar y a la que muy pocas se resisten.

Honda se acercó y colocó la mano en su rodilla. Ella la rechazó pero sólo consiguió avivar su deseo, y él se echó encima, tirándola al suelo y atacándola con manos y labios. Se resistió con ferocidad.
Después de treinta minutos Honda se rindió. No podía creer que estuviera pasándole eso a él… ¿Por qué? Se separó de ella y la miró a los ojos.
—Lo siento. Hoy no tengo ganas —le dijo.
Se arregló la falda que casi le había quitado en la lucha. Tenía lágrimas en los ojos.
Ichiro se preparó para marcharse. Se levantó y se dirigió a la puerta. A medio camino se detuvo.
—¿Tienes novio?
—Oh, no. No tengo ninguno.
(…) Esa mujer era distinta a la que había aceptado sus besos, con el cuerpo temblándole de emoción, en la torre de Tokyo apenas unas horas antes. Ahora la veía tal y como era de verdad: obtusa… egoísta… una mujer perdida en sueños de amor verdadero… ignorante… nada.

Pero un día descubre que varias de sus amantes han sido estranguladas. Siendo las muertes de cada una de ellas coartadas encadenadas para Honda, pues lo único que tienen en común esas mujeres asesinadas es que se acostaron con él. Sabe que algo siniestro lo acecha, de cazador ha pasado a presa; y la policía no tarda en darle alcance. Su rutina nocturna en Tokio es a nivel moral bastante reprobable, pero resulta algo muy diferente de matar a varias personas con sus propias manos. Es inocente de los crímenes pero, ¿quién ha tejido esa concienzuda trampa en la que ha caído?

Masako Togawa encauza con habilidad una historia donde nada es lo que parece. Sus dos protagonistas, envueltos en los tentáculos pegajosos del odio, la culpabilidad y el resentimiento, acaban destruyéndose mutuamente. Dos monstruos que se han creado el uno al otro. El desenlace es inesperado, y quizá no satisfaga a todos los lectores, pero al menos no deja ninguna incógnita por desvelar. Todas las piezas del engranaje, que en un principio parecen tan ajenas unas de otras, encajan con precisión milimétrica. No es un argumento que deje buen sabor de boca, Togawa no posee ese leve toque idealizado de Agatha Christie, por ejemplo, que permite un suspirillo de alivio al final. De hecho su visión afilada de la sociedad japonesa es cruda y tiene mucho de ambivalente, sobre todo en lo que respecta a la moralidad. Por eso puede despistar un poco al lector occidental, acostumbrado a finales más categóricos.

¿Recomiendo The Lady Killer? Sí. Es una obra ágil que se lee con facilidad, muy concisa y elegante. Una buena novela de misterio y policial que, si no se está familiarizado todavía con el noir japonés, resulta una introducción perfecta. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Amor entre doncellas

Creo que a todo el mundo le sucederá algo similar. Cuando llevas mucho tiempo esperando algo, siempre se teme que vaya a salir todo mal en el último momento. Es una sensación que experimento a menudo, y en este caso me inquietaba una posible gran decepción por varias razones. Así que, en cuanto he podido, me he tirado a la piscina para salir de dudas: cagarme en todo lo cagable o disfrutar como una bellaca. Como podéis comprobar, no acepto términos medios. Y es que si este tipo de obra cae en lo tibio, se convierte por obligación en una boñiga pestilente. No hay más.

¿Y cuál es mi conclusión? The Handmaiden (2016) ha cubierto mis expectativas con creces. Es más, me ha encantado. Había leído la novela en la que está basada, Fingersmith (2002) de Sarah Waters, que me gustó bastante; y vi también la estupenda miniserie de dos episodios que la BBC realizó en 2005. Pero mi interés por la película creció todavía más cuando me enteré de que el director iba a ser Park Chan-wook. Este hombre es responsable  de una de mis comedias románticas favoritas. Aclaro un par de cosas: detesto la comedia romántica moderna y me parece uno de los géneros cinematográficos que más insultan la inteligencia. Pero I’m cyborg, but that’s OK (2006) es harina de otro costal. Os la recomiendo con fervor y entusiasmo, incluso quizá más adelante me anime a hacerle una reseña (lo merece). Reconozco que Stoker (2013), lo último a lo que le eché el diente de este director, me dejó un poco fría, por eso temía que el libro de Waters pudiera quedarle en su adaptación algo incoloro pero, ¡bien lejos de la realidad!

Me avergüenza pensar que lo que he creído que era el libro secreto de mi corazón esté impreso, después de todo, con tan mísera sustancia como ésta… que ocupe su lugar en la colección de mi tío. Salgo del salón todas las noches y subo despacio la escalera, golpeando contra cada peldaño los dedos de mis pies calzados. Si los golpeo todos por igual, estaré a salvo. Después permanezco a oscuras. Cuando Sue viene a desvestirme, me propongo sufrir su contacto fríamente, como pienso que un maniquí de cera sufriría el contacto rápido e indiferente de un sastre.
Sin embargo, hasta los miembros de cera ceden por fin al calor de las manos que los levantan y los colocan. Llega una noche en que, finalmente, me entrego a las de ella.

Sarah Waters escribió una novela de misterio ubicada en plena Época Victoriana, con un bonito romance lésbico de telón de fondo, y una historia que esconde asuntos muy, muy turbios. Comienza y finaliza casi como una obra dickensiana, aunque profundiza en una oscuridad que el de Portsmouth no llegó a rozar jamás. Fingersmith la relacionaría más con Emily Brontë por la crueldad que emana, pero también tiene mucho de Henry James. Está estructurada de tal manera que ofrece la perspectiva, siempre en primera persona, de las dos protagonistas principales: la ladronzuela Susan Trinder y la rica heredera Maud Lilly. La enjundia que aporta esa doble visión, tanto en el argumento, la dinámica o la psicología de los personajes, es impepinable. ¿Respeta este zócalo Park Chan-wook? A rajatabla, de no haberlo hecho se habría cargado la película. Su esqueleto, aunque no es estrictamente lineal, no comporta ningún tipo de dificultad. Es más, esa particular disposición es necesaria y le brinda frescura.

Si tenéis pensado ver el film, manteneos bien alejados del libro y la miniserie. Solo me puedo imaginar otra forma de haber gozado más de esta cinta: no saber nada sobre su historia. Es un consejo bienintencionado por mi parte. Si ya la conocéis, ¡que no cunda el pánico! Aunque os daréis inmediatamente cuenta del porqué de la sugerencia.

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Lógicamente, Park Chan-wook no podía adaptar la totalidad de la novela. Ninguna película puede, son lenguajes distintos, y la traslación de un medio a otro tiene sus inconvenientes y ventajas. Las ventajas son, sobre todo, las que añadan de su propia cosecha el director y el guionista, y en The Handmaiden lo han hecho tan requetebién que podríamos decir que estamos delante de una obra distinta en apariencia.

Lo primero que llama la atención es que ya no tiene lugar en la Inglaterra del s. XIX, sino en la Corea ocupada por Japón del s. XX. El esfuerzo por mudar la Europa decimonónica a la indiosincrasia de este país es notable y de resultados sobresalientes, porque además han recreado una especie de híbrido, una Asia Oriental bastarda colonizada por Occidente muy realista. Sue se llama Sook-hee, y Maud es Izumi Hideko; Mr. Rivers es el Conde Fujiwara y el infame tío Christopher Lilly es el igualmente ruin tío Kôzuki. Pero voy a detener las comparaciones entre libro y película ya. Va a resultar complicado, pero no me parece justo porque el film por sí mismo vale su peso en oro. Park Chan-wook le ha otorgado un aire de ferocidad refinada que en gran pantalla crece, crece y crece.

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Sook-hee (Tae-ri Kim) es una muchacha huérfana que ha vivido toda su vida entre pequeños rateros, falsificadores y delincuentes de poca monta. Ella misma es hija de una ladrona que murió en la horca al poco de darle a luz, pero su vida está a punto de cambiar por completo con la propuesta de un colega estafador (Jung-woo Ha). Este conoce una extraña y adinerada familia japonesa cuya heredera parece un objetivo fácil al que engañar, Lady Hideko. Tiene pensado hacerse pasar por un aristócrata japonés, el Conde Fujiwara, casarse con ella y luego encerrarla en un manicomio. Para ello solicita la ayuda de Sook-hee, pues si trabaja como su doncella puede manipularla para inclinar su corazón hacia él. En principio parece una tarea limpia, sencilla y con mucho dinero como recompensa, por lo que nuestra chica accede. Aunque su llegada por la noche a la mansión, de peculiar estilo anglojaponés,  ya le hace barruntar que tanto el lugar como sus habitantes no son normales.

El señor de la casa y tío de Hideko es un coreano japonófilo (“Corea es feo, Japón hermoso”, dice) obsesionado con la literatura erótica nipona. Es un coleccionista de todo tipo de artefactos relacionados con la libido, y esconde un espíritu tan sórdido y egoísta en su interior que llegó a provocar la misteriosa muerte de su esposa. Fue gracias a ella, que era una noble japonesa arruinada, que logró la ciudadanía nipona. Adoptó su apellido (Kôzuki) y así representa su farsa vital de ser japonés. Realiza exclusivos recitales en la mansión, donde otros coleccionistas japoneses pueden disfrutar de la exquisita declamación de Hideko y comprar obras. ¡Ay, la pobre Hideko! Respira dentro de una jaula de oro, hermosa y solitaria, como una muñeca de porcelana. Lleva una vida triste, amedrentada por su tío que desea casarse con ella para tomar su fortuna. La sombra del ¿suicidio? de su tía y la culpabilidad por la muerte de su madre la atormentan también. Conforme pasan los días Sook-hee se percata de que el plan no va a ser tan fácil de llevar a cabo, sobre todo porque sus propios sentimientos la hacen tropezar. Empieza a sentir cierta compasión por Hideko, compasión que irá derivando hacia el deseo y el amor.

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The Handmaiden es una película difícil de clasificar, pues comparte características de diversos géneros. Para mí eso es maravilloso, pues no hay nada que me guste más que las obras que se atreven a salir de las fronteras de la conveniencia y ser ellas mismas. No estoy diciendo que The Handmaiden sea especialmente rompedora o iconoclasta, porque no lo es. Pero sí es audaz en muchos aspectos, y aunque se trata de una película sin ninguna duda comercial, no se ha dejado encorsetar.

En primer lugar podríamos decir que se trata de un drama histórico o period drama. Lo es. También es un thriller como la copa de un pino, con unas vueltas de tuerca apoteósicas. Muy cierto. Hacia el final, Park Chan-wook se desata un poco con los personajes masculinos e introduce unas gotitas de humor y gore. Verdad. Y, por supuesto, The Handmaiden es una película erótica. Mucho. Pero es un erotismo oriental que, a pesar de que es explícito, posee una delicadeza y elegancia que en Occidente son muy raras. Es shunga hecho celuloide. Y es interesante señalar que el alto contenido sexual, con escenas muy categóricas, no se apodera del espíritu del film. Eso habría sido lo más cómodo, dejarse llevar por el morbo que suscita una relación lésbica y las parafilias del déspota Kôzuki. A pesar de que tienen su peso (y no poco además), ese no es el quid de The Handmaiden.

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La doncella resulta opulenta y sutil, con una atmósfera gótica preciosa. La dirección artística es muy sensual, de envoltorio distinguido y extremadamente meticuloso. Solo por eso ya deslumbra, pero hay más, claro. Es curioso como Park Chan-wook plasma las relaciones heterosexuales como la dominación e imposición de la voluntad masculina sobre la femenina; relacionándolas con el dolor, físico y mental, y la reclusión del alma. No hay amor en ellas. Sin embargo sí brota entre Sook-hee y Hideko, de forma libre e inesperada. Un sentimiento entre iguales a pesar de la disparidad social.

Los personajes, interpretados con mucho esmero, se van desplegando gradualmente entre una paz engañosa y la sorpresa. Sobre todo los de ellas, la riqueza de matices y la profundidad que llegan a alcanzar es maravillosa. Son muy humanas, contradictorias y tiernas. El Conde Fujiwara se mueve entre el papel de galán clásico con alma de truhán, y el filósofo estoico que acepta las jugadas del destino con elegancia. No tiene corazón, pero sabe cómo proceder adecuadamente hasta el último momento. Un encanto. Kôzuki tiene algo de caricatura, un ser deleznable absorbido por las fantasías de su ego y una idea de la sexualidad enferma que lo mantienen alejado de la realidad. Un destructor de la vida, propia y ajena.

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Hay numerosos detalles truculentos, quizá emparentados con el Ero guro nansensu de la época que escenifica. Park Chan-wook ha sabido ensamblarlos con tino y cierta ironía también. Lo único que le puedo echar en cara a esta película es que existen algunos vacíos y preguntas que no se responden. Si se lee la novela (maldita sea, ¡he dicho que no iba a comparar!) no surgen, eso también es verdad. Quizá el director decidió hacerlo así para conceder al film algo de ingravidez, qué sé yo. Aun así, no lo considero nada serio, en conjunto es una obra redonda.

Cuando terminé de verla me pregunte a quién podía ir dirigida esta película, porque es bastante especial. Fractura un poco esos compartimentos estanco en los que solemos meter según qué obras. Un amante de los period dramas quizás considere que es un café demasiado cargado para su gusto; un fan del thriller probablemente piense que, por su aspecto, tiene más de film para señoras que de suspense. Un otaco promedio ni se planteará verla, demasiado adulto todo. Y el público occidental general acaso vea demasiados chinos pululando y sospeche aburrimiento. Y ya ni hablamos del prejuicio que puede generar el hecho de que se trate un romance gay, no el clásico heterosexual (aunque son chicas, eso da morbo, ¿no?).

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Una podría pensar que tiene unas cuantas papeletas para que pase sin mucha pena ni gloria por los cines. Pero nunca pierdo la fe en el ser humano (mentira) y espero que The Handmaiden se convierta en un bombazo. O por lo menos tenga algún tipo de reconocimiento, porque creo que lo merece. ¡Quiero contribuir a su difusión con una estúpida reseña en un blog que no leen ni 50 personas al día! ¡Viva! Por mí que no quede. Ah, no sé si lo había dejado claro, pero os la recomiendo. Es una de mis películas preferidas de este 2016. Casi ná. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Gunsmith Cats

¡Y siguen y siguen vuestras sugerencias! Esta vez es Maffia Machiaveli, desde facebook, el que pide que echemos la vista atrás a esos maravillosos años 90 en los que el anime vivió una época dorada, tanto de calidad como popularidad. Eso no quiere decir que más tarde todo lo que se produjera fuese una bosta, pero el tema se desinfló una miaja y, actualmente, ya sabemos cómo está el tema. Hay algún agorero por ahí que proclama el fin de esta industria, profeta de un apocalipsis animesco que encima resulta ser un individuo del gremio bastante bien informado. ¿Sucederá así? Quién sabe, aunque ese ya es otro asunto. La nostalgia nos hace idealizar el pasado, es una sensación muy común que, en la mayoría de las ocasiones, no se basa en una percepción objetiva. ¿Ocurre eso con el anime? Un poco sí. Un poco. Pero lo cierto es que, desde una perspectiva global, los 90 fueron un segundo boom (el primero fue a finales de los 70) a la espera todavía de que surja un tercero (ojalá). De esa era mítica (jojojo) rescatamos Gunsmith Cats (1995-1996). No es de los mejores productos de la época, sino más bien su serie media, y con una clase que ya les gustaría tener a muchos anime contemporáneos situados en esa franja. Eran otros tiempos, desde luego, la filosofía del entretenimiento era más fiel a su concepto. Y más ingenua.

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Las tres nociones básicas de este anime son: coches, armas y mucha acción. Nada nuevo bajo el sol, salvo que en vez de ser tipos duros las estrellas, son mujeres. Dos señoritas que conducen ese legendario Mustang Shelby GT 500 del 67 y regentan una armería, donde además trabajan de cazarrecompensas. Vamos, una típica trama para demografía seinen en la que el protagonismo de la acción y la trama resulta que es femenino. Eso ya no es tan habitual. Y encima no son un par de inútiles. ¡BIEN!

Las tres OVAs que conforman este anime son la adaptación de un manga del mismo nombre creado por Kenichi Sonoda. Un manga que tuvo un gran éxito además a principios de los 90, relacionado con otro anterior megahit comiquero de la misma temática: Riding Bean. Podríamos considerar Gunsmith Cats un spin-off de este (tuvo también su propia OVA, muy recomendable, por cierto); aunque fue en el que hoy nos atañe donde el autor se explayó muchísimo más en su obsesión con las armas de fuego y coches, con unos diseños fotorrealistas flipantes y, por supuesto, desarrolló una historia y personajes con mayor profundidad. Honestamente, la obra interesante aquí en realidad es el tebeo, podría haber escrito un manga vs. anime donde la serie no habría quedado muy bien parada… pero tampoco habría sido del todo justo. ¿Por qué? Porque estas OVAs son muy dignas, solo pecan de un defecto grave, y de ese único defecto proceden los demás. Si decidís verlas y os gustan, no dudéis ni por un momento de que el cómic os entusiasmará.

Haceos un favor y pinchad play en el vídeo. Existen contados con los dedos de mis manos OPs que me gusten. Este es uno de ellos. Hasta la música, compuesta por el batería norteamericano Peter Erskine, me encanta, con ese aire trepidante medio frívolo de serie televisiva norteamericana que recuerda tanto al jazz horterilla de los 80. La influencia que tuvo luego en Cowboy Bebop es meridiana, que es uno de mis openings favoritos de todos los tiempos, el cual también optó musicalmente por el jazz, pero con una vertiente más africana y latina: el mambo. Dios bendiga a Yoko Kanno, btw.

Efectivamente, estas OVAs tienen mucho de estadounidense. No hay nada nipón en ellas, salvo ese minúsculo detalle de que están realizadas en Japón por japoneses, claro. Apesta a yankee, y esa era la intención tanto de Kenichi Sonoda como de los creativos del anime. Se trasladaron incluso a Chicago en varias ocasiones para recrear luego localizaciones y ambientes con fidelidad. Y vaya si lo hicieron, con cuidado y verdadero cariño. Tiene mucho de The Blues Brothers (1980) de Landis en su ritmo y locura argumental; se trata de una historia policíaca con toques de comedia, intriga y acción.

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Los títulos de las OVAs son: Neutral Zone (1995), Swing High! (1996) y High Speed Edge (1996). Son más o menos autoconclusivas, pero la trama de fondo las enlaza en un crescendo la mar de emocionante.

Irene Rally Vincent y May Minnie Hopkins son dos jóvenes que administran una armería, donde venden y reparan todo tipo de pistolas, revólveres, etc. En realidad la especialista es Rally, ya que a Minnie, que trabaja como su ayudante, le van más los explosivos, con los que es muy diestra. Ambas forman una pareja peculiar y contrapuesta: Vincent es sarcástica, inteligente, audaz y toda una profesional; Hopkins es infantil, atolondrada… representa el estereotipo de rubia tonta, aunque de lo suyo sabe un rato. Un poquillo como el tándem de Jane Russell y Marilyn Monroe en Gentlemen prefer blondes (1953), pero con la diferencia de que estas dos zagalas no buscan ni marido ni son bailarinas, sino cazarrecompensas. Y esa labor es aprovechada por el socarrón de Bill Collins, agente de la ATF, que las chantajea para que le ayuden gratuita y extraoficialmente en un caso de contrabando de armas. Este caso va complicándose cada vez más, alcanzando altas esferas políticas de la ciudad, e involucrando a una ex-mercenaria de la KGB, que se convertirá en la antagonista principal de las OVAs.

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Un argumento clasicote del género con persecuciones, tiroteos, huidas espectaculares, explosiones y topos incluidos. Tampoco falta el personaje geek, la pelirroja Becky. ¿Previsible? Sí, pero muy ameno con ese candor tan maravilloso que obliga a admirar la alegría con que se tomaban las cosas antes. No hacía falta hacer un anime especialmente sesudo o profundo para realizar un buen trabajo, Gunsmith Cats es simple esparcimiento, sin más pretensiones. Pero no todo iba a ser estupendo, esta obra posee una tara importante: es corta. Solo 3 OVAs no son suficientes para hacer prosperar un mundo como ese. Se quedan muy, muy pequeñas, para ser un producto perfecto debería haber sido una serie en toda regla con sus buenos 26 episodios. O 12, por lo menos. Esta cortedad revela otras carencias, como unos personajes más abocetados que dibujados o un argumento algo superficial y acelerado. Si se compara con el tebeo ya es el acabose.

Gunsmith Cats es una perfecta introducción al manga. Por sí mismo no deja de ser una obra divertida y de calidad, pero permanece como una especie de amago. Deja con ganas de más, y eso jode. De hecho, a mí personalmente me da mucha pena que no progresara más, porque el potencial era excelente para hacer una serie muy original y entretenida. Los senderos de la industria del anime son inescrutables. Tremenda lástima.

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Aun con todo, el apartado técnico es magnífico. Takeshi Mori hizo un trabajo intachable, y por el equipo también rondaba Mahiro Maeda (¡genio y figura!) de animador primario. Aunque no llega al nivel de prolijidad maníaca de Kenichi Sonoda en los pormenores de armas y coches, es un auténtico regalo para la vista. Las escenas de acción son de una fluidez impecable; el dibujo, aunque tiene un leve aire moe en los diseños femeninos, es rotundo y minucioso. Los fondos, sobre todo los que se ambientan en exteriores, son un reflejo de Chicago muy fiel y los que amamos la ciudad lo sabemos apreciar. Gunsmith Cats tiene todas las virtudes de la entrañable animación noventera y ninguno de sus defectos. Como diría Ed Wood: PERFECT.

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Rally, Minnie y Becky

Gunsmith Cats son unas OVAs muy masculinas ellas, con todos los símbolos fálicos que así lo acreditan… pero controlados por unas mujeres bastante competentes. Hasta el inevitable fanservice es elegante y llevadero, para nada forzado. Y es un verdadero alivio que no haga acto de presencia el romance, que no se les vincule sentimentalmente a nadie. Por cierto, Rally, la protagonista, me encanta. Una profesional en su trabajo y como persona, muy normal. Una Ripley de la vida, con sus cosas buenas y cosas malas, pero que no se deja amilanar. Minnie puede ser el personaje que menos me convence de todos, no llevo muy bien el temita de las pavisosas, pero sabe redimirse. Imagino que el papel de idiota lo tenía que hacer alguien.

¿Recomiendo Gunsmith Cats? Por supuesto que sí. A pesar de que podría haber sido grande y no lo fue, merece que se la recuerde de vez en cuando. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Copernicus’ breath

¡Continuamos con vuestras sugerencias veraniegas! Jane, que junto a Umibe dirige el excelentísimo blog El Destino de la Flor de Cerezo, me propuso dedicar una entrada a alguna obra de la mangaka Asumiko Nakamura. No es la primera vez que hablo de ella por estos lares (ni será la última), los lectores habituales ya sabéis que me considero fan absoluta de esta mujer, por lo que la petición de Jane fue muy bienvenida.

¿Cuál escogí? Pues me incliné por la primera serie que publicó completa: Copernicus no Kokyû o Copernicus’ breath. Consta de 13 capítulos distribuidos en dos tankôbon y salió a la luz entre 2002 y 2003 en Manga Erotica F. Este magazine de carácter bimensual ha alojado entre sus páginas a gente como Inio Asano, Natsume Ono, Shintarô Kago o Takako Shimura. Os podéis imaginar que sus contenidos no son para adolescentes, sino que van dirigidos a un público maduro y algo curtido. No está dedicado exclusivamente al erotismo como podría hacer pensar su nombre, pero el sexo tiene una presencia importante… al igual que otras temáticas menos comerciales. Tiene también especial cuidado con el arte y sus autores, lo que hace de Manga Erotica F una publicación a la que siempre vigilar. Y Copernicus’ breath se encuentra encajado a la perfección en su línea editorial.

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No sé muy bien cómo afrontar esta reseña, porque se trata de una manga bastante crudo y explícito en numerosos aspectos. Aquellos que conozcan a la autora por Utsubora o Dôkyûsei, que son las obras publicadas en español, pueden encontrarse con una tremenda sorpresa. Su registro es bastante diferente, no en vano es una mangaka versátil dentro de ese estilo tan característico suyo. No tiene la ternura o ingenuidad del BL púber de Dôkyûsei ni por asomo; es más próximo a Utsubora, pero mil veces más salvaje. Y si digo salvaje, es que es brutal: incesto, pedofilia, coprofilia, sadomasoquismo y otras parafilias emergen en sus trazos. Y no solo eso, la historia que cuenta es retorcida y feroz. Así que los niños a la cama, Copernicus’ breath es para mayores. Y ni siquiera sé si este manga es para todos los mayores, so handle with care.

Nakamura cuenta que se inspiró a la hora de crear este cómic viendo al Circo de Bombay, en un viaje al sur de la India. El mundo del circo indio tiene una reputación terrible, con actividades que van desde el secuestro y compraventa de niños, explotación laboral, maltrato, lenocinio, etc. La autora no pudo dejar de observar esta sordidez, aunque no presenció ningún delito, y decidió crear un manga dedicado al circo y la prostitución. Para ello también consideró idóneo enclavar temporalmente su historia en los años 70, una década en la que el mundo del circo en general estaba sufriendo una profunda reforma. El concepto de Circo que se constituyó en el s. XVIII y tuvo el apoyo de la burguesía a lo largo de los siglos XIX y XX, ya no tenía lugar en una sociedad capitalista que satisfacía su ansia por el espectáculo y lo asombroso en otros ámbitos. El Nouveu Cirque estaba naciendo, fue un momento de renovarse o morir; y esta crisis, como resultan ser todas, no fue fácil para ese mundillo.

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Nido de Pájaro es un payaso que trabaja en el decadente Cirque du Soir, dirigido por el déspota Auguste Kirillov. Este es un hombre de edad madura que no tiene ningún escrúpulo en disponer de sus artistas como si fueran meros trozos de carne. Nido de Pájaro, que es un adolescente, es utilizado como desahogo sexual de Kirillov, y obligado a realizar las tareas más humillantes del circo. Ser payaso es pertenecer al escalafón más bajo de este microcosmos, y casi todos lo tratan con desprecio, incluida la estrella del lugar, Mina la trapecista. Esta es especialmente cruel con él, aunque ella a pesar de su posición dentro del circo, no puede evitar, ni muchísimo menos, ser ofrecida por Kirillov a clientes de exigencias brutales.

Nido de Pájaro esconde un pasado trágico, que se irá desvelando poco a poco, y en torno al cual orbitarán como si fuera el sol, todos los acontecimientos que sucederán a lo largo de su vida. Le acompaña un espectro llamado Michel, que reclama su atención sobre todo aquello que no desea afrontar. Nido de Pájaro es un chico muy atormentado y presa de una anhedonia autodestructiva, que le hace ser completamente insensible a los sentimientos de los demás, y actuar en ocasiones de forma tan cafre como el resto. Es su coraza, es su máscara que, con el paso del tiempo, se irá resquebrajando.

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Un día acude al circo un diplomático japonés, Makoto Oonagi, y decide comprar a Nido de Pájaro para hacerlo su amante. Oonagi es un pedófilo, pero esta vez ha seleccionado a un chico más crecidito. Lo lleva a su casa, donde residen su esposa y cuñado, más o menos de su misma edad. La relación con ella, que es consciente por entero de las desviaciones de su marido, no es nada fácil. Es una mujer fuertemente traumatizada y con una obsesión enfermiza hacia su hermano. Este, de nombre Michel (como el fantasma), es el único humano de la casa que podríamos considerar medio normal, aunque no tardará en salpicarse de inmundicia. De hecho, casi puedo aseverar que no hay personaje en Copernicus’ breath que no acabe revolcándose en una pocilga. Todos terminan de una forma u otra afectados seriamente por la malicia y el egoísmo. Nakamura no es compasiva, pero conoce bastante bien los mecanismos humanos mentales, recreándolos en todo su abyecto esplendor.

I fly. In accordance with Copernicus’ breath, through Copernicus’ starlit sky. Eventually, I’ll break off from the swing and become a constellation. I’ll become Copernicus’ constellation.

El argumento podríamos dividirlo en tres partes distintas: vida en el circo, residencia con Makoto Oonagi e independencia. En cada una de ellas la autora presenta un planeta distinto, con sus propios personajes y dinámicas; muy bien perfilados y que conforman un tapiz bastante intrincado. Sin embargo, el sempiterno fantasma de Michel, símbolo de su culpabilidad, es una constante que lo acompañará sin darle tregua alguna, desquiciándolo lentamente. Un pequeño epílogo al final solventará algunas dudas respecto a personajes secundarios, pero el final no deja de ser abierto. ¿Es eso malo? Yo creo que no. Después de tremendas montañas rusas y vaivenes a lo largo y ancho del manga, es un regreso a lo ordinario que resulta hasta esencial para una conclusión coherente.

El desarrollo de la historia, y cómo va dosificando la información para mantener el suspense, es brillante. Los juegos de espejos, la mezcla de realidad y delirio, así como el misterio que envuelve el pasado de Nido de Pájaro y otros personajes, saben mantener el interés. Otro tema es la densidad del argumento y cómo los más minúsculos detalles hacen precisa una lectura atenta y reposada. No es conveniente leerlo rápido aunque el dinamismo del arte invite a ello. La estructura básica de Copernicus’ breath son, precisamente, los giros copernicanos que Nakamura utiliza para hacer avanzar su historia. No son simples vueltas de tuerca, las perspectivas globales cambian, y encima en momentos de gran trascendencia. Pero quizá sea la enorme cantidad de sentimientos exacerbados, la acumulación anómala de desgracias o que el tratamiento de algunos secundarios es más desflecado, que a ratos me encontraba algo aturdida y con la sensación de no creerme la historia. Pero solo en momentos concretos, nada serio.

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Por supuesto, Nakamura no dudó ni un instante en invocar la obra clásica circense por antonomasia del manga: Shôjo Tsubaki (1984) de Suehiro Maruo. El nivel de perversión es similar, y la autora usa algunos recursos de Maruo que resultan hermosos guiños para aquellos que admiramos su obra. Pero Copernicus’ breath no es ero-guro, su horror (que lo hay y mucho) es más bien de tipo psicológico. Y golpea duro. La influencia de Maruo, sin embargo, no es estilística, pues la mangaka posee una personalidad muy marcada bastante alejada de la de él. En Copernicus’ breath tenemos una Nakamura segura en su forma, pero a la que le falta todavía un poquito de refinamiento en algunas viñetas. Está algo sin pulir y, aunque el dibujo es fluido y elegante, hace algunas concesiones a cierto histrionismo que más adelante desaparecerá. Esa frialdad distante tan atractiva, minimalista a ratos, está muy presente sin embargo. En general es un arte delicado y preciosista, sin ninguna duda bellísimo, y que bebe de las fuentes del art nouveau y la psicodelia. Tampoco es muy complicado distinguir rastros de Peter Chung o Egon Schiele en su manierismo, que es uno de sus sellos como dibujante. Pero atención, esa deformación lánguida y acuosa también ha echado atrás a muchos lectores. Es lo que tiene alejarse tanto de lo convencional.

Como último detalle, y no menos importante, señalar el estupendo trabajo que realiza con las viñetas, donde la mayoría de las veces desaparecen, intercalando planos y rompiendo límites de manera audaz. Sirve a los propósitos de amplificar unas emociones ya de por sí desmesuradas: la locura, el odio, la lujuria, el esplín. Se observan también muchas ideas, en fase embrionaria en Copernicus’ breath, que terminarán de germinar en mangas posteriores con muy buenos resultados.

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En general Copernicus’ breath es una obra soberbia, no perfecta, pero impresionante. Nakamura es muy cuidadosa, y ha sabido hacer evolucionar a sus personajes física y psíquicamente con acierto. No es desde luego un manga para todo el mundo, esta autora es muy amiga de tocar asuntos espinosos, incluso tabú, sin miramientos. Pero también posee una pulcritud que atempera el primer impacto. No es una historia dulce sobre la amistad o un amor naciente, habla de las miserias humanas, la oscuridad del alma y la complejidad del dolor, que tiene también su belleza. A pesar de sus sutilezas, no es para lectores aprensivos, requiere temple. Es excesiva e intensa. Aunque… bueno, tampoco tanto. O a lo mejor es que tengo la sensibilidad de una alcantarilla, que también puede ser. ¿Lo recomiendo? Pues miren, hagan lo que les dé la gana, señores. Mis gustos siempre han sido muy particulares y con pocas personas suelo coincidir en criterio. Así que ustedes mismos verán.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Gankutsuô

Durante todo el mes de junio, los lectores habituales tuvisteis la oportunidad de sugerirme mangas, anime, libros o películas para que les hiciera una reseña. No cayeron en saco roto, y os agradezco muchísimo vuestra participación. Así que con la presente entrada, inauguro este pequeño apartado veraniego donde iré escribiendo sobre vuestras propuestas hasta el equinoccio.

Andry Candelario, vía facebook, solicitó una entrada dedicada a Gankutsuô y es una forma excelente de estrenar la sección. A lo grande, fuera cobardías, porque Gankutsuô o El Conde de Montecristo es uno de esos anime excesivos y glamourosos que no suelen pasar inadvertidos. Hace años que vi esta serie y la oportunidad de revisarla me pareció interesante, sobre todo por analizar qué tal le había sentado el transcurrir del tiempo. Y la experiencia ha sido, de nuevo, positiva. Allá vamos.

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Mahiro Maeda. Eso es lo primero que tenemos que saber sobre Gankutsuô: su creador. No sé si hace falta que escriba sobre él, pero es de esos culos inquietos en el mundillo audiovisual a los que no les importa meterse en cualquier tipo de fregao. A él le suele salir bien, porque tiene talento y agallas, un estilo inconfundible, y una creatividad a prueba de bombas. Lo último que tengo pilotado donde metió su maravillosa zarpa fue en el arte y diseños de Mad Max: Fury Road (2015). Y se nota que en El Conde de Montecristo hizo lo que le dio la gana y como le dio la gana. Gankutsuô es digno hijo de su padre, desde luego.

Consta de 24 episodios realizados por GONZO, casa con la que Maeda ha estado muy vinculado, y que fueron emitidos entre 2004 y 2005. No suelo hacer mucho caso (los ignoro, directamente) ni a los openings y a los endings. Los de Gankutsuô tampoco es que me emocionaran, pero llamaron mi atención porque fueron escritos e interpretados por Jean-Jacques Brunel, bajista de una banda que conozco bien, The Stranglers, y que resulta es un tipo bastante curioso… sobre todo con los periodistas que escriben malas críticas de sus discos. El resto de la banda sonora me sorprendió bastante, porque me ha parecido reconocer ecos de piezas clásicas, pero pasadas por el túrmix electrónico.

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Gankutsuô es una adaptación bastante libre del clásico literario El Conde de Montecristo (1845) de Alejandro Dumas padre. Digo libre porque, a pesar de que es muy respetuosa con el espíritu de la novela, desarrollando esa esencia folletinesca a la perfección, manteniendo los temas principales (amor, corrupción, traición, venganza, expiación, absolución) y los personajes principales, Gankutsuô es en realidad una reformulación de la obra original. Lógicamente, estamos hablando de dos medios distintos, el literario y el audiovisual, por lo que su lenguaje y expresión no pueden ser el mismo. Pero ya no es solo eso, Maeda decidió cambiar la perspectiva totalmente y darle una orientación proyectada hacia futuro. Además cercenó todas las vicisitudes de Edmond Dantès para centrarse en la venganza, comenzando, más o menos, por el capítulo 31 del libro. Para ello relegó a Dantès al puesto de antagonista y eligió a Albert de Morcerf como estrella.

¿Y no pudo llamarse la obra simplemente Montecristo-haku o algo más parecido al original? ¿Qué quiere decir GankutsuôGankutsuô significa algo así como “el Soberano de la Caverna”, y fue el nombre con el que tituló Kuroiwa Ruikô a El Conde de Montecristo en su primera traducción al japonés, en 1905. De Ruikô se podría hacer una entrada entera, pero eso sería ya para otra ocasión. Gankutsuô quedó como sobrenombre de la novela en el país, y Maeda decidió aprovechar esa circunstancia para dotar de identidad propia a ese “rey de las grutas”.

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No tengo intenciones de hacer una comparativa exhaustiva entre anime y novela, pero los que la hayáis leído es recomendable que tratéis de olvidarla cuando afrontéis la serie. Aunque los principales eventos que se narran aparecen en ella, así como se honra con cierta fidelidad la esencia de los personajes, Maeda utiliza los cimientos de El Conde de Montecristo para construir sobre ellos algo nuevo. Sigue siendo la obra de Dumas, pero es diferente. Solo para empezar, Gankutsuô tiene lugar en el año 5053, no en la Francia de la Restauración; y lo que es una novela de aventuras, en el anime se convierte en una historia tenebrosa con criatura sobrenatural incluida. La serie respeta las características y orden social de esa época del s. XIX, de otro modo desfiguraría demasiado el argumento, pero busca diferentes sendas a las que dirigir sus conclusiones. Mahiro Maeda, con todo el amor que se percibe que siente hacia Dumas, fue realmente audaz en Gankutsuô.

El argumento parte con el viaje de dos jóvenes de la aristocracia a la Luna, donde tienen lugar unos desenfrenados y famosos Carnavales. Albert y Franz, que así se llaman los muchachos, son hijos de la élite en su París natal y han vivido de manera muy distinta al resto de la gente común, por ello no tardan en toparse con problemas serios en sus vacaciones. Pero es la intervención de un noble misterioso y extranjero, venido de los confines de la galaxia, la que los saca de sus tremendos apuros. El conde de Montecristo, como se presenta a sí mismo, es un hombre enigmático y refinado de enorme riqueza, muy interesado en introducirse en la alta sociedad parisina. Albert de Morcerf, agradecido por la ayuda aparentemente desinteresada del conde, y llevado por su nobleza de carácter, decide entablar amistad con él y presentarlo a sus pares sin ambages. Franz D’Épinay es más renuente, y no acaba de confiar en ese noble desconocido, pero sus lógicos recelos son desestimados por el ingenuo entusiasmo de Albert.

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El advenimiento del conde a la vida de Albert y su familia es el comienzo del fin de su mundo tal como lo ha conocido hasta entonces. La desgracia, el dolor y la muerte lo perseguirán implacablemente a él y a sus amigos; al principio sin saber su origen, pero conforme avanzan los episodios, Albert no tendrá otro remedio que reconocer que ha sido utilizado como caballo de Troya en un tablero de dimensiones que nunca habría podido imaginar. El conde es un cuidadoso estratega, un manipulador feroz que usará las debilidades de los nobles Villefort, Danglars y Morcerf para destruirlos: la avaricia, el egoísmo, la lujuria, la mentira, la ambición. Pero el alto precio de su vendetta comprometerá tanto a culpables como inocentes.

Como la misma novela, Gankutsuô es un retrato de la naturaleza humana en todas sus dimensiones. El desfile de personajes es abundante; y sus intrincadas psicologías y relaciones son las que asientan el anime. Todos finamente esbozados. Hablando en plata, es un culebrón de los buenos. Y cuando digo de los buenos, es que es magnífico. Tiene un desarrollo in crescendo que absorbe la atención por completo. Aunque los plot twists se atisban en la distancia, sus consecuencias no. Independientemente de que se conozca la novela. Y el final es… uf. No digo más.

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Esa mezcla estilística entre el decadentismo y el Secesionismo de Viena, depurado con un opulento filtro informático de carácter oriental, engendró una criatura extraña, grandilocuente, abrumadora. Un verdadero espectáculo visual, abigarrado y suntuoso, que en los primeros capítulos puede llegar a desconcertar bastante. Los amantes del barroco están de enhorabuena. Aunque la inspiración es claramente vintage, dieselpunk a ratos, la ambientación no deja de ser futurista y el aroma sci-fi lo colma todo. El resultado, lejos de parecer estrafalario, es fascinante. Aunque lo que más llama la atención es el tratamiento del layering que se utiliza en ropas, cabellos y decorados; una suerte de croma a la inversa que se sirve de patrones o texturas que permanecen fijos, a pesar del movimiento. Un recurso que también observé de forma similar en Mononoke (2007) o Puella Magi Madoka Magica (2011).

Pero hay que recordar que esta serie es del 2004 y los recursos en CGI, a los que Gankutsuô acude sin una pizca de timidez, suelen quedar obsoletos enseguida. Y llaman la atención, pudiendo incluso llegar a ridiculizar una buena obra. ¿Es el caso? No. El desfase es evidente, pero El Conde Montecristo rezuma esa elegancia clásica que, aunque hace identificar inmediatamente en qué momento fue producida una serie, no incomoda. El modelado 3D es muy básico y solo se muestra puntualmente (algunos edificios, el coche del conde, etc). Además, acaba perdiéndose entre tanta exuberancia. Resumiendo: no da mucha vergüenza ajena. Y podría haber sucedido perfectamente, las obras que suelen arriesgar tanto en el apartado artístico y técnico muchas veces pagan ese peaje.

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El Conde de Montecristo es un anime bien articulado y con todos los ingredientes necesarios para entretener y conmover al mismo tiempo. Las vueltas de tuerca, el melodrama, el amor, el misterio, la tragedia y la venganza homenajean con lustre al espíritu del folletín decimonónico; y se arropan en una presentación hodierna que la hace sugestiva y original. Un retoño del Romanticismo adaptado a la Posmodernidad, y que gustará a todos aquellos que no tengan miedo a las emociones desbocadas y al exhibicionismo artístico.

¿Lo recomiendo? Sí, desde luego. Tanto a los que hayan leído la novela de Dumas como a los que no. A ambos los sorprenderá. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Manga vs. Anime: Hacia la Tierra

Ya no sé ni cómo mitigar la impaciencia por tener en mis manos 11-nin Iru!. El 19 de septiembre queda todavía tan lejos… Gracias, Tomodomo, por haber puesto al fin una fecha a mi espera. De momento encuentro consuelo en otros mangas del género y misma época, como el protagonista de la presente entrada. Este Manga vs. Anime está dedicado a una de las obras más importantes de su autora; y también es el ejemplo de cómo creadoras pudieron, a pesar del prejuicio y la entonces corriente mayoritaria en el sector, escribir y dibujar historias que lograron redefinir por completo la esencia y forma del shôjo.

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“Terra e…” de Keiko Takemiya

Estas creadoras fueron, entre otras, Môto Hagio, Ryôko Yamagishi, Yumiko Ôshima, Riyoko Ikeda o la que hoy nos atañe, Keiko Takemiya. Todas conformaron el que se denominó Hana no 24 nen gumi o Grupo Floreciente del 24, y enriquecieron el mundo del manga con perspectivas innovadoras, engendrando nuevos géneros como el shônen-ai. Hasta entonces habían sido principalmente autores masculinos los que desarrollaron la demografía shôjo, recurriendo casi siempre a la clásica historia romanticona de chica de vida azarosa que sufre mal de amores.

Pero no me olvido del trabajo de mangakas previas, como las esenciales Toshiko Ueda o Hideko Mizuno. El Grupo del 24 recogió el legado de estas pioneras que modelaron el género, para revolucionar el panorama a fondo. Junto al que se llamó Grupo post-24 y la labor de autoras como Shio Saitô, Kyôko Okazaki e incluso Rumiko Takahashi, es que podemos disfrutar del manga comercial tal como lo conocemos ahora. Su contribución fue fundamental, porque estas creadoras no se limitaron a transformar el shôjo y shônen introduciendo temáticas hasta entonces impensables, sino que se adentraron en los paisajes estelares de la ciencia ficción, hurgaron en conceptos filosóficos complejos, escribieron historias intrincadas de gran calado o innovaron en la disposición y estructura de las viñetas para intensificar la emotividad. Fue un tsunami tanto formal como intelectual.

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Esta SEÑORA es Keiko Takemiya

Keiko Takemiya vivió durante un par de años en la misma casa que Môto Hagio, en Ôizumi, Nerima (Tokio). Por ahí también empezaron a pasarse otros artistas, creando lo que más tarde se denominaría Ôizumigakuen: un lugar de encuentro, intercambio y aprendizaje. Allí ambas descubrieron publicaciones como Barazoku y leyeron obras como Le ville dont le prince est un enfant (1951) o Les amitiés particulières (1943), que les abrieron las puertas a un universo oculto, el de la homosexualidad masculina. No dudaron en inspirarse en el material que les ofrecía ese nuevo mundo para crear algo completamente transgresor: el shônen-aiyaoi. No es difícil encontrar los ecos de Les amitiés particulières en Thomas no Shinzô (1974) de Hagio y, sobre todo, en Kaze to Ki no Uta (1976-1984) de Takemiya. No soy especialmente fan de esos géneros, de hecho la sobredosis de idealización romántica que suele acompañar sus historias me aburre, pero en sus inicios el asunto era bastante diferente. Fue un reducto donde acudieron autores con poco miedo a la experimentación, y esa tendencia todavía persiste en cierta forma. Ahí tenemos a Asumiko Nakamura, por ejemplo. Pero regresando a la casa de Ôizumi, también ambas leyeron a Robert E. Heinlein o Alfred Elton van Vogt, por lo que era completamente lógico que apareciera una obra como la que vamos a tratar hoy: Terra e… o Hacia la Tierra.

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¿Dónde está el emblema de la Flota Estelar que falta en el uniforme? ¡A ver qué pasa aquí!

En 1976, año en el que empezó a publicarse Terra e… hasta su finalización en 1980, las space opera estaban plenamente aceptadas y a puntito de lograr su clímax a nivel popular. Lejos quedaban los años en los que se consideraban un subproducto marginal de la ciencia ficción, pasto de publicaciones pulp de escasa calidad. Es indiscutible la importancia de Isaac Asimov o Ray Bradbury en su desarrollo, pero fue a finales de los 60 y a lo largo de los 70, que este género despegó como un cohete, reconstruyéndose a sí mismo. Y a esa reconstrucción, que abrazó diferentes disciplinas, contribuyeron obras como las míticas series de televisión Star Trek (1966-1969), Battlestar Galactica (1978-1980) o la archiconocida saga cinematográfica de Star Wars (1977-). Keiko Takemiya también aportó su granito de pólvora a esa enorme explosión sideral, y lo hizo en el mundo del tebeo con Hacia la Tierra.

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Terra e… está constituido por 28 capítulos distribuidos originalmente en 5 tankôbon, que en la edición americana redujeron a 3. En 1978 triunfó en la recién creada categoría de mejor cómic en los galardones más importantes dedicados a la ciencia ficción de Japón: los premios Seiun. Môto Hagio ganaría 3 veces en ellos también a los pocos años. En 1980, Hacia la Tierra recibió el Shogakukan al mejor shônen… y otra obra de Takemiya, Kaze to Ki no Uta, al mejor shôjo. Un doblete que Môto Hagio había logrado también en 1976 con Poe no Ichizoku y 11-nin Iru!. Por supuesto, no fue un fenómeno aislado el de Hacia la Tierra. Como decíamos, el space opera estaba en plena ebullición, y en el mundo del manganime su impacto fue notable. Además de Hagio y Takemiya, es obligatorio mencionar al rey del género Leiji Matsumoto, cuyos clásicos han gozado de mucha fama en Occidente (Space Battleship Yamato, Capitán Harlock, etc).

El éxito de Terra e… era incuestionable, así que Toei produjo la película animada que se estrenó en 1980. Su director, Hideo Onchi, no me suena absolutamente de nada, pero otros miembros del equipo que sacaron adelante el proyecto me resultan más familiares, como Masami Suda y, muchísimo más, Yoshinori Kanada (1952-2009). Kanada poseyó una larga y experimentada carrera como animador primario; trabajó en otras películas similares, creaciones de Leiji Matsumoto, como Ginga Tetsudô 999 (1979) o Queen Millennia (1982); aunque sus colaboraciones más destacadas fueron en Nausicaä del Valle del Viento (1984), Mononoke hime (1997) y Metropolis (2001). Hacia la Tierra no pudo presumir de un staff espectacular, pero sí muy eficiente. Tuvo la responsabilidad de adaptar una obra compleja y profunda. ¿Lo logró? Sí y no. Como sucede muchas veces en la vida.

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Este es Jomy Marquis Shin y, entre tú y yo, al principio es un poquitín idiota.

Takemiya-sensei nos introduce en un futuro lejano donde el ser humano ya no vive en la Tierra, sino en Ataraxia. Nuestro mundo fue devastado por la acción del hombre y, este, para procurar su regeneración, decidió abandonarlo y dirigirse hacia las estrellas. Pero la nostalgia del hogar pervive, y la humanidad desea regresar a él, esta vez para no tener que irse. Aunque, ¿son todos dignos de volver? La sociedad que aparece en Terra e… está completamente tecnificada, tanto que las personas se engendran de manera artificial. La humanidad ha olvidado su propia humanidad. Controlada por la superinteligencia artificial SD, que examina, verifica y domina cada estadio de la vida humana, esta sociedad venera el orden, la obediencia y la preservación del statu quo; pero prohíbe totalmente las nociones de libre pensamiento, espontaneidad o evolución. Esta última palabra es clave, pues SD excluye y aísla una variación humana que ha ido surgiendo, una mutación dotada de capacidades parapsicológicas como la telepatía, telekinesis, videncia, etc. que también van acompañadas de algún tipo de discapacidad física. Son los llamados Mu, y en cuanto se detectan, apartados de la sociedad y sujetos a experimentación médica. Pero muchos han conseguido escapar, y conviven ocultos para rescatar a más de los suyos y, finalmente, dirigirse a un planeta que habitar sin ser perseguidos o molestados. Su objetivo, en realidad, es retornar a la añorada morada ancestral: la Tierra.

Los Mu están liderados por Blue Soldier, un gran telépata que lleva mucho tiempo esperando la llegada de un nuevo mutante más fuerte, más poderoso, que pueda liderarlos hasta su nuevo hogar, lejos de Ataraxia. Y, por fin, se presenta en la figura del adolescente Jomy  Marquis Shin. A pesar de reiterados exámenes y pruebas exhaustivos, Jomy todavía no ha manifestado su mutación y, aunque posee un carácter desenvuelto y rebelde, SD no lo considera un Mu. Pero Blue Soldier sí se ha percatado de su presencia y decide llevarlo hasta él. Para ello, decide aprovechar el “Examen de Madurez” (en realidad un lavado de cerebro) al que es sometida toda la población para acceder a la edad adulta. Tras él, si no son desechados, recibirán una intensa reeducación para ser merecedores de regresar a la Tierra.

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Este sería el resumen, sin entrar en grandes detalles, del primer libro del manga. En él Takemiya, con elegante sencillez, expone las circunstancias en las que vive la gran parte de la humanidad. Es un régimen autoritario, de semi-esclavitud e ignorancia, que SD podría considerar de equilibrio y tranquilidad. El argumento se extiende más, pero muchísimo más. Takemiya no narra un momento extraordinario en la vida de alguien, sino que cuenta la historia de la humanidad en el espacio. Se trata de una perspectiva amplia, que trasciende las existencias de los rostros protagonistas. Una obra ambiciosa, de corte épico y con miles de recovecos.

Los personajes más interesantes son, sin duda, Jomy y Keith, su antagonista. De hecho Keith Anyan es brillante, casi cegador. Su presentación en el segundo libro, como estudiante modelo y futuro miembro de la élite social pero, a la vez, consciente del enorme abismo que lo separa de otros compañeros a nivel intelectual y emocional, es premonitoria. Su frustración por saberse distinto, lo conduce  a sentir un profundo vacío existencial. Seki Ray Shiroe, un novato díscolo, será su catalizador, ya que se trata de su completo opuesto. Y, con esa base, el personaje crece, crece y crece. Pero hay más. Takemiya no se centra en un solo bando, ofrece una descripción pormenorizada tanto de los humanos como de los Mu, destacando sus virtudes y defectos. Más equidistante de lo esperado. Y la galería de personajes que va desfilando ante los ojos es abundante; pueden estar más o menos delineados, pueden ser más o menos cliché; pero todos aportan algo al acervo. Es una obra coral donde hasta las voces más insignificantes engrandecen esta polifonía cósmica.

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No hace falta exprimirse mucho la sesera para encontrar, como primera y evidente metáfora, una crítica a la sociedad tradicional japonesa, que premia la sumisión y la entrega total al deber como defensa de la sociedad (wa); y considera una amenaza a la paz y el orden el individualismo, lo diferente. Me viene a la mente el refrán japonés deru kui wa utareru o “el clavo que sobresale recibe un martillazo”. Que no se refiere solo a las envidias o críticas que puede suscitar la diferencia; sino a que la propia sociedad, el colectivo, hará lo necesario (un martillazo) por homogeneizarse y mantener la armonía. Afortunadamente, los tiempos en Japón están cambiando en este aspecto y no son ya los años 70.

Hacia la Tierra es una guerra entre dos formas de vida aparentemente incompatibles entre sí, ambas luchan por sobrevivir, ambas se creen legítimas. En realidad es uno de los combates más viejos del mundo, y que se siguen repitiendo casi siempre para mal. Ese ideal de felicidad filosófico epícureo de la ἀταραξία o ataraxia, esa búsqueda de la imperturbabilidad y calma que ha logrado SD, ¿a qué precio se ha conseguido?, ¿es lo que realmente desea la humanidad?, ¿no es sino una corrupción de ese concepto, donde la voluntad individual se elimina, lo que ha construido a gran escala SD? Estas preguntas y muchísimas más, son las que van brotando a lo largo del manga. Podría profundizar y alargarme en otras ideas también esenciales que Takemiya toca, pero sería destriparlo demasiado. Lo adecuado es leer (o ver en el caso de la película) y que cada uno reflexione sacando sus propias conclusiones.

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Para ser un poco equitativos, he ignorado la serie de televisión que fue emitida en 2007 (muy buena, por cierto, y que está injustamente relegada al olvido). ¿Por qué? Porque para esta sección prefiero que suban al cuadrilátero dos obras coetáneas, impregnadas del espíritu de la misma época. Lo considero más justo. Además la serie ya tiene una reseña excelente, realizada por Wanda en su blog Entre sábanas y almohadasy que os invito a que leáis sin falta.

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Se trata de un combate desigual. Por completo. Es debido a que la película adapta, no un arco argumental o dos, sino todo el manga. Tooooodo lo que supone este tebeo en hora y tres cuartos. Eso es compresión, señores, y no el WinRAR. Esta decisión no fue caprichosa, pues en esa época generalmente era el procedimiento habitual. Aun así imagino que tuvo que ser una tarea embarazosa… y difícil. Por ejemplo, la peculiar estructura del manga, que no sigue una linea temporal continua, en la película queda completamente dislocada, resultando un poco bastante adefesio.

Algo que deberíamos preguntarnos es si el manga o la película han envejecido bien. La respuesta es clara, pero con matices. El manga supera con creces la mayoría de los inconvenientes que un lector actual promedio pueda hallar. El arte es armonioso, muy influido por Tezuka, pero con la orientación clara de un shôjo clásico. Diáfano, a veces psicodélico, y con una alta carga emotiva que Takemiya no se corta en expresar mediante trazos más violentos o fuera de viñeta. En su momento debió de considerarse muy original, actualmente lo valoraríamos como recursos de mucho dinamismo sin más. El argumento en ocasiones peca de ingenuo, con algún que otro agujerillo, pero es inteligente y atractivo; sigue enganchando. Salvo los típicos detalles de asignación de roles de género, que ahora chirrían bastante, y alguna poca cosa más, Terra e… es indudablemente un clásico que debería ser reivindicado con más frecuencia. ¿Le sucede lo mismo al film? Veamos.

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Hacia la Tierra, si no se ha leído el manga, resulta una película decente; más del montón que memorable, pero que jamás se me ocurriría despreciar. Es entretenida, posee una animación buena y el arte, aunque discreto, sirve con eficiencia a la historia. El argumento, aunque se percibe amputado, deslumbra por sí solo. Es complicado hacer de una historia así estiércol. Muy complicado. Los problemas brotan, como setas en octubre en un pinar, cuando se ha leído antes el manga. No lo hagáis en ese orden, el film parece en comparación un episodio de dos horas de Wacky Races.

La película en realidad es una curiosidad. Una anécdota. Bien realizada para la época, resume lo más básico del manga y lo presenta con coherencia, hasta de manera más clara que el tebeo, que en ocasiones se torna denso y algo confuso. Incluye también pequeños detalles que humanizan a ciertos personajes, otorgándole al conjunto más calidez. Sin duda, se trata de un buen aperitivo para disfrutar antes del tebeo, aunque por sí mismo transmite una idea sesgada. Terra e… no es un shônen. Tampoco un shôjo. En realidad Terra e… es un algo indefinido que sigue sorprendiendo a pesar de los años que han pasado. Tiene características de ambas demografías, ramalazos que todo el mundo inmediatamente identifica: los personajes arquetípicos, la evolución de la historia. Pero hay detrás tal complejidad, que la película se queda en maqueta al confrontarla.

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La conclusión es meridiana: manga wins. La película es recomendable para aquellos que deseen acercarse a esta obra por fisgonear; y si gusta, el tebeo no defraudará en absoluto, es más, entusiasmará. No es la mejor adaptación del universo, no obstante cumple el cometido a pesar de sus carencias. Tampoco es una pérdida de tiempo. Pero una cosa clara: si la obra en general y su historia atraen mucho y no apetece leer demasiado ¡sacrilegio, malditos vagos!, acudir a la serie de TV del 2007 es la opción más sensata. Pero antes de caer es las garras de la pereza gandulesholgazaneshuevones, por favor, leed el tebeo de Hacia la Tierra. No existe comparación con nada. De verdad de la buena, amiguitos.

Acabo de advertir que esta sección se inauguró con la obra de una de las componentes más famosas del Grupo 24, Riyoko Ikeda. Sí, con La Rosa de Versalles. Creo que para todos aquellos que somos amantes del tebeo japonés, es importante (¡y muy interesante!) husmear de vez en cuando entre los clásicos, pasearse entre los cimientos que sustentan esta afición que tenemos. Es una manera de presentar nuestros respetos e, indudablemente, aprender y disfrutar. Supongo que más adelante caerán más oldies imprescindibles por aquí, aunque no deseo hacer de Manga vs. Anime una sección demasiado mmm… vintage. Jojojo, qué mal ha quedado eso.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

¿Y ahora qué toca? Verano 2016

Menuda primaverita. La verdad es que solo he sacado en limpio al DJ cocinero, con el que he disfrutado como una perraca. El resto de series pues… no mucho. Lo más decente, aunque nada del otro mundo, ha sido Joker Game. Tenía bastantes expectativas puestas en esta serie aunque también muchos recelos, y ha resultado un producto formalmente bueno pero con un contenido mediocre. No malo, pero sí vulgar. La terminaré de ver, por supuesto, ya que su función de entretenimiento la cumple y no me irrita en ningún aspecto. Sin embargo, Bungô Stray Dogs, a pesar de mis reiterados esfuerzos, no la he podido continuar. Lo he intentado, pero no tengo ya talante para histrionismos. Kabaneri of the Iron Fortress empezó fetén y se ha ido convirtiendo en un producto harto convencional. Consecuencia: me aburrí y la mandé a escaparrar. Me puse con Flying Witch y no pasé del cuarto capítulo. Demasiado tranquilota, los narcóticos tienen su momento. Quizá más adelante le dé otra oportunidad, sé que la merece, pero ahora el cuerpo me pide otra cosa.

Conclusión: ¡viva Tonkatsu DJ Agetarô! Que un anime de 5 minutos y ejecución simplona me parezca lo más destacado de los estrenos de esta temporada, creo que lo dice todo. No voy a añadir más. Así que veamos lo que nos ofrece el verano, esa estación del año que lo único bueno que tiene para mí es que le sigue el otoño, mi favorito. Sin ánimo de presumir (qué va, jojo), mi zona se pone preciosa en esa época, con mis queridos arces y hayedos ardiendo entre las primeras nieves. ¡Ay, pero qué ganas de que llegue octubre ya, joder! Bueeeeno, las noches estivales las suelo disfrutar también, lo admito. Agosto y mi telescopio cutre-salchichero son geniales, quizá porque no hay sol. Odio el sol.

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“Luna de verano en Miyajima” de Tsuchiya Koitsu (1936)

Expongo a continuación una pre-selección de lo que planeo olisquear esta temporada. La mayoría de los anime los he elegido guiada por mi intuición de topo o porque el argumento me atrae, pero no he tenido en cuenta ni estudios, ni directores, ni nada parecido. ¿Por qué? Porque al final acabo viendo solo lo que me gusta de verdad, proceda de donde proceda. Ya después prestaré atención al resto de detalles, pero lo principal es que retenga mi atención lo suficiente para que finalice la serie. Últimamente no son muchos estrenos los que lo logran, y eso tampoco me tiene muy contenta. Bueno, al turrón.

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Tenía en mente los siguientes anime, pero al final he decidido no verlos. Por ahora. El primero de ellos es ReLIFE, que atraerá mucho público porque parte de una base atractiva: slice of life y vida escolar con una chispa de mmm… magia. O algo así, un adulto que tiene la ocasión de regresar a su adolescencia y al instituto. Es bastante común encontrar en series y mangas la idealización (más bien obsesión) que padecen los japoneses por esa época de la vida. Personalmente, no se me puede ocurrir escenario más pesadillesco: un momento donde todavía no se sabe de la misa la mitad pero sí se tiene la arrogancia para creerlo, se hacen y dicen gilipolleces en modo AK-47 y encima brotan miríadas de granos. La adolescencia es una mierda, señores. La edad adulta también, pero menos. Regresando al tema, ReLIFE no me convenció y el cupo de school life con fenómeno anómalo de por medio ya lo tengo cubierto con otra serie.

Sweetness and lightning. Ya solo el título se me atragantó. A veces me pregunto por qué narices los japoneses son tan cursis. Aun así me planteé seguirla durante cinco minutos. Luego reflexioné y se me pasó. Estoy segura de que los amantes del slice of life y la comedia blanca, con criatura kawaii hiperactiva y megafeliz que aporta las dosis pertinentes de ternura y gracietas espontáneas, la disfrutarán. Yo no. Soy una misántropa que solo se regocija en descuartizamientos, obras del precámbrico y galimatías hipster. Estoy de guasa, claro, pero necesito unas vacaciones. Y tras ellas, no creo que las aventuras culinarias de la familia Inuzuka me sigan llamando mucho la atención. Aunque a saber.

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Adoro los vampiros, así que durante un par de segundos pensé que Servamp podría resultar divertida. Luego leí la sinopsis completa y me dí cuenta de que el peligro de que ese anime fuera excremento de trol era muy real. Por lo que extirpé el deseo de mi débil mente. Cosa semejante me ocurrió con Hitori no Shita: the Outcast, y es que el género zombie está ya muy xocarradito y la imaginación brilla por su ausencia. Deberían dejarlo descansar unos años, y no solo en el mundo del manganime. Que ya huele.

Con Handa-kun he dudado, de hecho mis intenciones iniciales eran seguir la serie. Pero como con el manga estoy bien servida y la historia no me cautiva tantísimo como para verla de nuevo en su versión animada, he preferido aparcarla. Dependiendo de cómo marche, igual me subo al carro más adelante.

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Como indica el estupendo encabezado (¡dios salve mi arte con el Paint!), son series que tantearé pero que tampoco me emocionan demasiado. A priori. Estas cosas cambian y mucho. Veamos entonces.

Fukigen na Mononokean

Tiene unas premisas que recuerdan levemente a xxxHolic, pero le voy a dar su oportunidad because yôkai. Es muy posible que se me haga insoportable por mis problemas en general con la comedia y me da un pelín de mal rollo. Vamos, que me parece tiene aspecto de bosta, pero Fukigen na Mononokean tendrá sus dos episodios de gracia because yôkai. Eh, y quién sabe, a lo mejor me llevo una sorpresa agradable y todo.

Orange

Este slice of life con toques de sci-fi es el caramelito de la temporada. Tienen que meter el patón muy profundo y con saña para realizar un anime abyecto con esta materia prima. Orange es un producto que viene ya con sello de garantía; probablemente tenga una recepción estupenda además, no puede ser de otra forma. Y si ya se esmeran un mínimo con el arte, tendremos uno de los productos no ya solo de la temporada, sino del año. Lo tienen muy fácil. Personalmente no estoy muy ilusionada con él porque el manga tampoco me atrapó, pero sé valorarlo a pesar de mi tremenda alergia a la sensiblería o al melodrama lacrimógeno. Y de eso puede haber un poco… aunque no se me asusten: con un mínimo que sea fiel al manga, la insulina no será en absoluto necesaria.

orange

Mob Psycho 100

Solo espero no encontrarme con una clonación de las ideas de One Punch Man, porque esa clase de efectismo funciona una vez. Una segunda puede hacer perder la chispa… y eso en una comedia es nefasto. Sin embargo, estoy elucubrando porque ni he leído el manga de Mob Psycho 100, ni he indagado demasiado en su argumento. Precisamente para aumentar las posibilidades de llevarme una sorpresa guay. Aun así, tengo mis reticencias que, fíjate qué cosas, también albergaba con One Punch Man. Lo dicho, deseo que me impresionen para bien.

ñam

Es la intención, comerlos a gusto. Pero no hay nada seguro en el mundo, señores, salvo la muerte y los impuestos.

91 Days

Es mi prioridad definitiva este verano. Estados Unidos, años 20, la Ley Seca en plena vigencia, mafia y vampiros. PERFECTO. Claro que recuerda un pelín a Baccano!, pero eso no tiene por qué ser malo. Tengo puestas muchas esperanzas en este seinen, ¡menuda pintaza! Aunque ya veremos cómo se desarrolla el tema. Nunca se sabe, puede acabar convirtiéndose en el enésimo bluff. Pero en principio, 91 Days contiene muchos de los ingredientes que me hacen salivar hasta la deshidratación.

91-Days

Bananya

No tengo ni idea si voy a lograr encontrar un sitio en la red que lo suba y lo traduzca (seguramente no) pero,  ¡quiero ver Bananya! Un anime de 5 minutos cuya sinopsis es la siguiente:

“Bananya is a mysterious cat who hides inside a banana. Bananya lives undercover inside a real banana, and no-one has ever seen the part covered by banana skin… When nobody is around, Bananya secretly plays and creates mischief. Bananya likes to play and eat sweet things. Bananya’s dream is to become a stylish chocolate banana.”

Yo esto tengo que verlo, sin más. Aunque luego me fermente el cerebro.

 

animierder

Como esta temporada les he echado el ojo a varios aspirantes animierder bastante prometedores, habrá sección semanal dedicada a algún engendrillo de estos. Hatsukoi monster tiene casi todas las papeletas para ser la diana de mis crueldades; aunque Fudanshi Kôkô Seikatsu también tiene pinta extremadamente mongoloide. Observo muy de cerca Taboo Tattoo, que huele a truñaco de camello a kilómetros, y Tsukiuta the Animation es descerebre ratificado, por lo que me veré un par de episodios de cada uno y decidiré cuál me inspira más.

Si descubro que Saiki Kusuo no Psi Nan posee dignidad de animierder, quizá añada un mini-apéndice a la sección, porque se trata de una serie de 5 minutos y características bastante idiotas. Ya veremos, pero podría intentarse si no me da mucha vergüenza ajena… y se le puede sacar algo de jugo, claro.

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Las “monadas” de Tsukiuta. El megane es mío, aviso.

Respecto a películas, Koe no Katachi se estrenará el 17 septiembre, e ignoro cuándo podremos verla en el resto del planeta. La distribución y acceso a este formato es, desafortunadamente, más lento. Mientras tanto, nos consolaremos mediante el manga, que no es poco. También la curiosidad me carcome con la OVA de The ancient magus’ bride, que aparecerá en cines el 8 septiembre. De su manga hablo aquí, por si buscáis más información sobre la obra. Me llama la atención Kimi no Na wa, pero que el romance se pueda enseñorear por completo de la historia me da un poquillo por saco. Saldrá a finales de agosto, desconozco cuándo se podrá ver fuera de Japón.

Por otro lado, tengo muchichichichichísimas ganas de ver el corto Kaze no Yô ni. Pero muchas. Está basado en un one-shot del año 1969, escrito por el gran Tetsuya Chiba. Tiene todo el encanto y amor de los anime del pasado, porque han respetado su estilo artístico por completo. O al menos es lo que se deduce del trailer, que me ha dejado encantada. Hasta la cancioncita de Kana Matsumoto me ha gustado. Ah, qué nostálgico todo.

Como siempre apostillo, no sería extraño que abandonara series que incluyo en la dieta y adoptara luego otras que hubiera descartado o ni tenido en consideración. Pero en todo caso, no aumentaré su número, seguramente disminuirá porque me parecen muchas. Aun así, estoy abierta a vuestras sugerencias y otras alternativas. Pero a fecha de hoy, estos son los anime que son y así os lo hemos contado.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Japan in Terror: 5 libros para hacerse caquita (o no)

Ojalá supiera más de cultura japonesa.

Ojalá hubiera leído más libros de Japón y sobre Japón.

Ojalá fuera inmortal y multimillonaria, porque así tendría el tiempo y los recursos para documentarme a conciencia sobre Cipango (y millones de cosas más, claro).

Pero como no soy, ni sé, ni tengo lo expuesto, esta es la única lista que puedo confeccionar. Una lista con 5 libros dedicados al terror. Sí, es un género que me entusiasma, uno de mis favoritos porque invoca nuestras emociones más primarias y lo irracional siempre tiene su fascinación. Habría incluido también a Shirô Hamao o a alguno de los que aparecen en esta entrada, pero he preferido diversificar.

Son cinco libros de autores, épocas y estilos muy diferentes. Cinco maneras distintas de enfocar y sentir lo horrible, el espanto, el misterio. Y con intensidades también variables. Dentro del género creo que hay para todos los gustos, así que deseo que por lo menos uno te atraiga lo suficiente para leerlo. Estaría genial. Y si no es así… pues qué le vamos a hacer. A otra cosa, mariposa.

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¿Quién no conoce Battle Royale (1999) de Kôshun Takami? Como mínimo la película y su secuela tienen que sonar. Es uno de esos bestsellers que se comprende perfectamente que llegaran a convertirse en tal fenómeno. Pero no nos emocionemos tampoco tanto, el que haya leído El Señor de las Moscas (1954) de William Golding o La larga marcha (1979) de Stephen King, reconocerá el mismo compás. Y no es algo malo en realidad, las influencias son beneficiosas si se crea a partir de ellas algo nuevo, como es el caso. De hecho el resultado es bastante más recomendable que Los Juegos del Hambre (2008), que sospechosamente posee tantas similitudes con la obra de Takami. Aunque no voy a entrar en ese barrizal ahora ni en el futuro. Paso.

Teniendo de base la clásica ucronía de la Segunda Guerra Mundial, Battle Royale es un engendro salvaje, extraño y paranoico; con la violencia cruda del pulp y un retorcido darwinismo social que disfraza una filosofía amoral y déspota. El existencialismo de Sartre también encuentra su lógico lugar en esa pequeña isla donde unas decenas de adolescentes se enfrentan a la muerte, completamente aislados, buscando el verdadero significado de la vida. Profundo, ¿eh? pues es lo que hay en Battle Royale y más.

El gran Takeshi Kitano
El gran Takeshi Kitano

El totalitarismo rige la República del Gran Oriente Asiático. La subversión se halla en todo aquello perteneciente a los enemigos del Estado, como “los americanos imperialistas”. La obediencia y sumisión son indispensables, la disidencia castigada con la muerte. Para evitar divergencias entre la población, se lleva a cabo el Programa de Experimentación bélica nº68, cuya verdadera intención es controlar mediante el miedo y el terror. Una vez al año, 50 clases de tercer curso de secundaria son seleccionadas al azar. Los alumnos de cada centro escolar son trasladados a un espacio incomunicado donde se les suministran armas. ¿Para qué?  El objetivo es eliminarse unos a otros hasta que solo quede un superviviente. Al finalizar el “experimento”, el vencedor sale por la tele, recibe un pensión vitalicia y una foto con la dedicatoria del Gran Dictador. Nadie sabe cuáles han sido los institutos escogidos hasta que el evento casi ha terminado. Todos los años millones de personas sufren con pavor el que un miembro de su familia, un amigo, un conocido, sea elegido para morir de una manera injusta y atroz.

Pero esta vez algo es distinto. Ha habido una extraña filtración, una intrusión que el Estado todavía no ha sabido identificar. Aun así, prosiguen con el “experimento”, y en la isla de Okishima reúnen a los 42 alumnos de la clase 3ºB del instituto Shiroiwa. Los equipan con material de supervivencia, a cada uno con diferentes instrumentos además; les colocan un collar explosivo, que los controla y vigila para que no rompan las normas… y los sueltan. No pueden negarse a matar, no pueden esconderse o quedarse quietos en el mismo lugar, no pueden acceder a ciertas áreas, que conforme pasa el tiempo aumentan. No hay salida, es matar o morir.

A Hiroki siempre le había sobrecogido cómo una chica de tercero de instituto podía ser tan despiadada. Al parecer resultaba que había adquirido la mentalidad de un adulto desde mucho tiempo atrás. La mentalidad retorcida de un adulto… no, sería más ajustado decir la mentalidad retorcida de una chiquilla.
La sangre bajaba empapando la manga hasta el Colt del 45, y luego empezó a gotear desde la embocadura del cañón como una delgada línea roja, formando sin hacer ruido un charco sobre un montón de hojas secas a sus pies.

Me llama mucho la atención esa docilidad casi inmediata que presentan los estudiantes al afrontar una situación extrema que ha sido totalmente impuesta, atropellando sus voluntades. Claro que hay una minoría rebelde, pero es eso: minoría. De 42 estudiantes se pueden contar con los dedos de una mano los que no aceptan estas circunstancias abusivas. Es muy evidente que Takami está haciendo una crítica feroz al tate shakai y al arraigado espíritu colectivo de la sociedad japonesa. Aunque el autor introduce con pinceladas muy definidas a cada uno de los estudiantes, con sus propias características y peculiaridades, no dejan de ser marionetas que representan un papel muy concreto. No hacen nada por sublevarse y cumplen obedientemente con lo que se espera de ellos. Aunque son personas individuales, con sus vivencias y sentimientos, no dejan de ser y actuar como meros números. No todos, claro. El trío conformado por Shûya Nanahara (estudiante masculino nº 15), Noriko Nakagawa (estudiante femenina nº 15) y Shôgo Kawada (estudiante masculino nº 5) será el centro de gravedad en torno al cual orbitará la historia.

Battle Royale es ágil y engancha con rapidez. No es la mejor novela de terror del universo, pero ofrece buen entretenimiento si no se es demasiado remilgado. Aparte de las escenas explícitas donde los sesos vuelan por los aires y la sangre fluye como el río Congo, tiene un trasfondo con más enjundia de la esperada. Hay violencia, sí. Hay muertes gratuitas, sí. Hay humor negro, bastante. Pero también hace reflexionar.

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En esta entrada, dedicada a la película de Kenji Mizoguchi, ya hablé un poquito de este libro. Si no tenéis muchas ganas de acudir al enlace y leer ese amago de crítica cinematográfica, os duplico a continuación el contenido de interés literario. El título original es Ugetsu Monogatari y tiene no poca trascendencia su significado: Ugetsu es una palabra que designa una luna brumosa de fulgor pálido, rodeada de nubes cargadas de lluvia. Ese momento en el cielo está relacionado con la aparición de seres enigmáticos y fabulosos en la tradición asiática. Monogatari lo podríamos traducir como historia, leyenda, cuento.

Cuando salió a buscar el lugar cerca del porche donde le había dicho el abad que se sentara, encontró un hombre en la penumbra con el pelo y la barba tan enredados que resultaba imposible saber si era un monje o seglar. Las malas hierbas se enroscaban alrededor de él, hojas plumadas se mecían sobre su cabeza, y entonces murmuró algo casi inaudible, con voz tenue no más fuerte que el zumbido de un mosquito:
“La luna brilla en el río, el viento susurra entre los pinos.
La larga noche, el claro crepúsculo, ¿para qué son? “

El capuchón azul

Cuentos de lluvia y de luna (Trotta, 2002) es un libro de relatos, nueve en total, del escritor Ueda Akinari (1734-1809) y publicado en 1776. Creo que no voy a insistir mucho en la relevancia de este autor en la literatura japonesa, pero se trata de una de sus figuras clásicas más importantes. Este caballero, por sus circunstancias vitales, tuvo un profundo apego a todo lo místico y sobrenatural plasmándolo, lógicamente, en su obra. Se podría decir que Ueda Akinari fue un pionero de la weird fiction en Japón y su libro más célebre, este Ugetsu Monogatari, no deja de ser una recopilación de cuentos góticos o kaidan. Y de los más importantes en las islas. La influencia china no podía faltar, en realidad son adaptaciones de relatos de la Dinastía Ming (1368–1644) pero acomodadas enteramente a Japón y, sin duda, embebidas de su espíritu poético y emocional, alejado del racionalismo del Continente. Ya imaginaréis que, a pesar de que fue un escritor dirigido a un sector creciente y educado de la población (la Edad Media ya quedaba atrás), conformado por comerciantes y pequeños burgueses (chônin), su influencia y trascendencia no ha sido, por eso mismo, pequeña. Grandísimos autores como Jun’ichirô Tanizaki (1886-1965), Ryûnosuke Akutagawa (1892-1927) o Yukio Mishima (1925-1930) le rindieron pleitesía y es, sin duda, una de las figuras más influyentes en la literatura japonesa del s.XX. Como no podía ser de otra forma, Lafcadio Hearn (1850-1904) también adaptó en sus obras algunos de sus cuentos.

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Ugetsu Monogatari (1953) de Kenji Mizoguchi se basó en los relatos “La cabaña entre las cañas esparcidas” y “La impura pasión de una serpiente”.

Como casi toda recopilación, hay narraciones que gustan más que otras; que sorprenden menos o que calan más. Cuentos de lluvia y de luna, sin embargo, personalmente me ha parecido homogéneo en ese aspecto. Algunos son (sobre todo el primero) más complejos que otros, pero los nueve tienen ese trasfondo ético y moral que imparte una enseñanza, lo que podríamos considerar en Occidente parábolas, pero que en Japón se llamó yomihon. Los nueve presumen de un estilo elegante, comedido, muy distinguido; una maravillosa muestra de ese ideal estético del miyabi.

Los relatos de la edición de Trotta son “Shiramime”, “Cita en el día del Crisantemo”, “La cabaña entre las cañas esparcidas”, “Carpas como las soñadas”, “Buppôsô”, “El caldero de Kibitsu”, “La impura pasión de una serpiente” y “El capuchón azul”. Son clásicos. Y como tales, no solo hablan del encuentro del ser humano con lo extraordinario, sino que profundizan en la naturaleza del hombre y la disecciona. Como siempre suelo repetir cuando trato obras antiguas, no es inteligente enfrentarse a ellas desde una perspectiva contemporánea. Ugetsu monogatari fue creado en el s. XVIII, y en él encontraremos ese contexto (que es necesario conocer un poco para comprender ciertas cosas) y una visión del mundo que pertenece exclusivamente a esa época. Si se tiene en cuenta esto, sin duda los que amen el folclore japonés y la faceta más tradicional del país, hallarán en Cuentos de lluvia y de luna un auténtico tesoro.

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Este libro tardó un poco en ganarme, pero conforme iba avanzando en su lectura, no me quedó otro remedio que reconocer la gran labor de investigación periodística que realizó Richard Lloyd Parry para su creación. No soy muy amiga de la prensa de sucesos y suelo evitar todo lo que puedo el amarillismo, porque me parece una de las formas más insultantes de manipular información. Y cada vez está más extendido, pero ese ya sería otro tema. He seleccionado este People who eat darkness no ya solo por la historia, que es real, sino por reivindicar un poco el género periodístico que tan denostado se encuentra dentro de la literatura. Es cierto que hay mucho cabestro que parece que le hubiera tocado el grado de Ciencias de la Información en una tómbola de Cantorrodao del Cascote. Es el medio donde más se maltratan las letras. No obstante, existen profesionales en el gremio que lo dignifican; en España se me ocurren Antonio Salas o Juan Soto Ivars (cada uno en su estilo), y en el caso del Reino Unido tenemos, por ejemplo, al autor de este libro: Richard Lloyd Parry. Es editor jefe de la redacción asiática de The Times y lleva trabajando como corresponsal en Tokio desde 1995. A causa de su trabajo y nacionalidad, vivió de manera muy cercana todo lo referente a la desaparición de la joven británica Lucie Blackman en el año 2000. Cubrió la noticia, que tuvo repercusión mundial, y diez años después decidió escribir en más profundidad sobre ello.

Lucie Blackman
Lucie Blackman

Lucie y su mejor amiga Louise deciden, por circunstancias personales y económicas, ir a trabajar unos meses a Japón como hostesses o chicas de compañía. Son dos muchachas de clase media inglesas de 20 años, con ganas de vivir la vida y conseguir además algún dinerillo extra con esta experiencia puntual. Louise tiene un contacto en Tokio que le asegura que el trabajo es relativamente simple y el sueldo alto. Así que, ilusionadas aunque con ciertas reticencias familiares, vuelan hasta allí. Su primer gran viaje… y a un lugar tan distinto y ajeno a Sevenoaks como jamás podrían haber imaginado: se topan con una especie de Enter the void. La shithouse, como Lucie bautiza a su nuevo hogar, no es ni mucho menos idílica; y se dan cuenta de que subsistir en una de las ciudades más caras del planeta es difícil. Aun así, tras un primer mes duro, Lucie y Louise se han adaptado a su vida en Roppongi, el distrito gaijin por antonomasia. Nuestra protagonista incluso ha encontrado el amor en un guapo texano que la corresponde, y su trabajo en el club Casablanca va bastante bien. Los clientes son hombres de negocios de mediana edad que no las han puesto en ningún aprieto serio; y logran disfrutar además de nuevas amistades. Pero eso pronto va a cambiar. Lucie avisa a Louise de que tiene una salida con un cliente el 1 de julio. Nada sospechoso. Un cliente que le ha regalado incluso un teléfono móvil, conduce coches de lujo y la va a llevar a comer. Tras una última llamada desde un apartamento en la costa, Louise no volvería a escuchar la voz de Lucie jamás.

“At first they didn’t take it all that seriously,” one person close to the investigation told me. “It was just another girl who had gone missing in Roppongi. In Tokyo, girls go missing quite often—Filipinas, Thais, Chinese. It’s impossible to investigate them all.” What marked this case out from others was not merely the nationality of the victim, or the identity of her former employer, but the intense external pressure that quickly came to bear on the police.

La familia de Lucie decidió acudir a los medios de comunicación al ver que la policía tokiota no estaba a la altura de la circunstancias. Nadie ponía interés real, la investigación no avanzaba, no se sabía nada salvo que Lucie había desaparecido. Una llamada sospechosa a Louise de un desconocido que hablaba de una secta religiosa emponzoñó todavía más el asunto. En cambio la reacción de la prensa internacional fue colosal, para bien y para mal.

People who eat darkness (2011) no es solo la crónica del asesinato de Lucie Blackman. El autor nos ofrece una panorámica muy amplia, completa y escrupulosa. Por supuesto que explica con detalle quién era Lucie, su familia, sus amigos; qué la llevó a trabajar en Tokio como chica de compañía, cómo era su vida allí, qué sucedió hasta su desaparición. Pero también la psicología, el intrincado contexto social y político del momento, el choque cultural, cómo se coordinó el asunto desde la Policía Metropolitana de Tokio, quién fue su asesino, sus motivaciones. Un complicado engranaje que Parry plasma con objetividad y procurando explicar al lector occidental las características más destacadas de la sociedad y cultura niponas, sin caer en embrollos. No lo tenía fácil, pero lo consiguió. Mediante un inglés pulcro y sencillo, Parry escribió un auténtico descenso a los Infiernos.

[She] had quickly discovered one of the defining features of life as a foreigner in Japan and the reason it attracts so many misfits of different kinds: personal alienation, that inescapable sense of being different from everyone else, is canceled out by the larger, universal alienation of being a gaijin.

Creo que es importante aclarar que, aunque Lucie Blackman trabajara en ese enmarañado submundo del Mizu Shôbai, nunca se llegó a prostituir. Tampoco su amiga Louise. Si lo hubieran hecho, el crimen NO habría sido menos execrable, debo añadir. El negocio de las chicas de compañía es muy especial en Japón, una especie de nuevas geishas que están ahí para paliar la soledad y el aburrimiento mediante conversación y unos tragos. Nada a priori ilegal y que además tiene cierta tradición social. Pero cada persona es un mundo y sus necesidades también.

People who eat darkness no ha sido todavía publicado en español. O al menos no tengo noción de ello, así que el texto solo está disponible en inglés. Es accesible y de lenguaje directo, muy fácil de leer. Aunque no lo considere una obra maestra, sí es un documento interesante y estremecedor, que no se enreda en sentimentalismos sino que propone una visión aséptica y lúcida de lo acaecido. Un recorrido por un Japón fascinante y repulsivo al mismo tiempo; con un ritmo apropiado y que en general sorprende, ya que muestra que la maldad humana no tiene fin, siempre va a más. No creo que los estómagos delicados lo pasen especialmente mal leyendo People who eat darkness, pero requiere de cierto temple. Lo que Parry cuenta no es fácil… y da miedo. Miedo de verdad.

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Podría haber elegido cualquier otro relato o compilación de Edogawa Rampo, pero me hace ilusión El extraño caso de la Isla Panorama (1926) porque Satori recién lo ha sacado del horno este pasado mes de abril. Y qué narices, prefiero escribir sobre él ya que me ha deslumbrado. Isis da fe de ello.

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Isis, testigo de mi amor hacia Edogawa Rampo

Lo bueno de los anime es que a veces sus creadores ayudan bastante a que nos familiaricemos con la tradición y cultura de su país. Esta temporada de primavera 2016 están emitiendo la serie Bungô Stray Dogs, donde sus protagonistas son (casi) todos literatos importantes japoneses. Entre ellos no podía faltar Edogawa Rampo. POR SUPUESTÍSIMO, SEÑORES. No voy a hablar de la serie que he abandonado, recuperado y vuelto a abandonar no por su falta de calidad, sino por mis eternos problemas con el sentido del humor que se gasta. Pero creo que para un espectador de anime algo espabilado es una oportunidad de oro para conocer no solo a Rampo, sino a otros más que han hecho del mundo un lugar infinitamente más hermoso con sus obras. Y están ahí, para que todos podamos leerlas, de verdad de la buena. Mirad, si es que Satori nos lo ha puesto a huevo.

¿Cómo describir tanta locura y lascivia, placeres, jolgorio, embriaguez y éxtasis, los incontables juegos de vida y muerte que se sucedían sin fin? Quizás lo más parecido sean las pesadillas fantásticas, sangrientas y placenteras producto de las mentes retorcidas.

El extraño caso de la isla Panorama, como buena fanática que soy de Suehiro Maruo, no es ninguna novedad. Hizo una adaptación de este cuento de Rampo en el 2008, y Satori ha tenido el buen gusto de utilizar como portada y contraportada algunos de sus dibujos. Saben lo que se hacen, desde luego. Pero no voy a escribir sobre el manga. Eso ya lo hizo, además muy bien, mi compañera bloguera Mishusina aquí.

Quien no sepa de Edogawa Rampo, no debería estar perdiendo el tiempo leyendo esta reseña minusválida de blog cutre. Tendría que, directamente, acercarse a una librería o biblioteca y buscar con fruición material suyo. A todo aquel que le guste Edgar Allan Poe, Oscar Wilde o Gaston Leroux, nuestro amigo Rampo le entusiasmará. Garantizado. Su obra ennobleció ese siempre subestimado género de lo detectivesco y abrió sus puertas en Japón. Pero no solo eso, este señor fue mucho más allá. Y sí, es cierto, le debe bastante a la literatura más tétrica del s. XIX, pero este escritor fue hijo de su tiempo y así también lo plasmó.

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El extraño caso de la isla Panorama nos narra la historia de un soñador empedernido que, por casualidades de la vida, tiene (y aprovecha) la oportunidad de erigir en el mundo real sus fantasías más descabelladas. Convertirse en un creador superior, utilizando el propio planeta como materia prima. Nada de papel, tinta, acuarelas u óleos; sino animales, plantas, lagos, montañas, mares, seres humanos. Resumiendo: quiere ser un dios. ¿Y lo consigue? Este tipo de aspiraciones de tipo luciferino y que desafían el orden establecido, suelen finalizar en una Caída… No digo más.

Hirosuke Hitomi y Genzaburô Komoda eran un par de compañeros universitarios que se parecían como dos gotas de agua. Idénticos. La gente solía hacer bromas al respecto, pero en el fondo eran personas distintas y sus caminos discurrieron por terrenos diferentes. Komoda pertenece a una de las familias más ricas del sur de Japón, con una fortuna inmensa; Hitomi es un soshei que malvive de sus escritos y traducciones en pensiones de mala muerte. Un día, de manera imprevista, se entera de que su gemelo ha fallecido a causa de un ataque epiléptico… y que la extraordinaria semejanza física que compartían sigue ahí. Su febril cerebro no tarda en gestar un plan para suplantarlo, hacerse con su patrimonio y, a través de él, poder llevar a cabo su ansiada y mil veces imaginada magnum opus: la futura isla Panorama. Pero no todo va a ser tan sencillo, aunque su maquinación está bien alicatada, requiere de ciertas maniobras de naturaleza bastante lúgubre y tiene un gran escollo que superar: la esposa de Komoda, Chiyoko.

Aunque pareciese que actuaba cegado por la promesa de una inmensa riqueza, lo cierto era que si el antiguo Hirosuke Hitomi soportaba todas aquellas terribles emociones, era porque padecía esa neurosis común a la mayoría de los criminales. Algo no funcionaba dentro de su cabeza y, en determinadas situaciones, su sistema  nervioso era disfuncional.

El extraño caso de la isla Panorama es un relato exuberante y lleno de fantasía. Una fantasía sin duda hermosa pero muy sombría, que por un lado recuerda a los paisajes oníricos de Lord Dunsany, pero bien empapados de láudano; y por otro a las miserias truculentas de la Alraune de Ewers. Una flor hipnótica que huele a cadáver. Edogawa Rampo desarrolla el argumento como si fuera una espiral, un maelstrom que engulle a su protagonista en pleno clímax y solo deja tras su paso decadencia y olvido. El final no puede ser más apoteósico, de un sentido del humor exquisitamente macabro. Y todo aderezado con la magnífica traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés; la obra de Rampo no podría haber caído en mejores manos. El extraño caso de la isla Panorama es un cuento tortuoso, escrito de forma muy bella, y que encantará a los amantes de la degeneración.

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Kôbô Abe (1924-1993) es especial. Lo he dejado para el final porque es un punto y aparte. Al menos para mí. Si los anteriores autores tenían todos un algo que finalmente podía identificarlos como japoneses, Abe no. Se podría haber llamado Matías Morgenstern, Izarbe Bagüés o Indra Brahmbhatt. Y sus historias haber sucedido en Bombay, Jaca o Traiguén sin problemas. Porque Kôbô Abe decidió trascender su identidad cultural para acceder a ese sustrato común humano, llámese inconsciente colectivo o arquetipos ancestrales. Para lograrlo excavó estrato tras estrato, hasta alcanzar esos abismos de los que todos participamos y exponerlos a la luz del sol.

¿Fue Abe una inspiración pilosa para Lynch?
¿Fue Kôbô Abe una inspiración pilosa para David Lynch?

Muchos lo consideran el Kafka japonés. Pues muy bien. A mí esa clase de etiquetas me suelen resultar molestas y demasiado restrictivas. No es la comparación, que es lo de menos, sino la subordinación implícita. Y hacer eso con Abe es algo muy, muy feo. E injusto. Claro que su obra tiene una influencia dominante del checo, el absurdo, lo angustioso y alienante aparecen continuamente; pero Abe tenía su propia personalidad, muy marcada por cierto, y que reflejó de forma indeleble. Abe no es el Kafka japonés, Abe tiene influencias de Kafka, como también las tuvo de García Márquez, el surrealismo, Lu Hsün o sus vivencias en Manchuria. Y no hay que perder de vista que, junto a Kenzaburô Ôe, revolucionó por completo la literatura japonesa del s. XX. Alguien de la tremenda importancia artística de Kôbô Abe no debería ser reducido de esa manera. Ni siquiera como presentación ante un público profano, porque inocula una idea eurocéntrica innecesaria.

—No entiendo… no entiendo… —murmuró el de traje pardo mientras recorría despacio la habitación, manteniendo cuidadosamente el equilibrio con el bastón—. Me gustaría hacer algo por ustedes. No somos enemigos, ni pretendemos dominarlos por la fuerza. Pero no entiendo… Todo está fuera de mi capacidad de comprensión… ¿Por qué dice que no debemos comerlos a ustedes? Su carne es la más sabrosa, nutritiva y sana. ¿Por qué están en contra de algo tan lógico?…
—Somos responsables de la reproducción y de la salud de todos ustedes —continuó el de traje negro—. Hemos mejorado cuantitativa y cualitativamente su vida, mucho más de lo que hubiera sido en estado natural, y sólo nos quedamos con lo que ha sobrado. Alimentarnos de su carne es nuestro derecho, que también garantiza su vida y salud. Prosperidad mutua, ¿no le parece?

El Grupo de Petición Anticanibalista y los tres caballeros

Regresando a Los cuentos siniestros, es una compilación de siete relatos que Abe fue escribiendo entre los años 1954 y 1964. Son bastante diferentes, pero todos ellos tienen esa impronta suya de personajes desmadejados, presos de una realidad casi intangible y asfixiante que los esclaviza mediante lo irracional. Ansiosos, sin nombre ni rumbo fijo, incomunicados, parece que floten en un mundo informe y fantasmal. ¿Está ahí de verdad o es una proyección mental? Quizá solo sea un reflejo de sus propias neurosis, miedos y traumas. Y la ambigüedad de esa ironía solapada con la que Abe sazona sus historias, aumenta la sensación de vacío, incongruencia y desesperación. La prosa es cruel y meticulosa, muy inmediata, creando un excelente contraste con las historias.

Mis favoritos son “El Grupo de Petición Anticanibalista y los tres caballeros”, de un sarcasmo delicioso y que me recuerda a esta joyita de Jonathan Swift; y “El huevo de plomo”, que podría incluirse dentro de la que él denominó ficción científica. Este último rompe un poco con el tono oscuro de los demás, como un rayo de luz, y es bastante divertido. El resto son “El pánico”, “El perro”, “La casa”, “La muerte ajena” y “Al borde del abismo”. Si no se conoce a Kôbô Abe, esta recopilación es perfecta para estrenarse. Recoge lo principal de su carácter y, al tratarse de cuentos pequeños, se puede ajustar la dosis de su veneno muy requetebién.

Kôbô Abe en su estudio
Kôbô Abe en su estudio

Y esto ha sido todo por hoy.

Paranoia slasher, folclore y clasicismo, investigación periodística sobre los crímenes de un violador y asesino, misterio y decadentismo, los límites de la cordura y el absurdo.

Sintetizando mucho, esos son los temas principales que se han tocado en los cinco libros de la entrada. De todo un poco dentro del género, para que los que menos se sientan inclinados hacia él, se atrevan con algo y, si hay suerte, les pique el gusanillo en el futuro. Porque aunque no lo parezca, el terror es versátil y posee multitud de facetas. Buenas noches, buenos días, buenas tardes.