Peticiones Estivales: el cine de Hitoshi Matsumoto

Y cerramos las Peticiones Estivales de este verano 2017 con la solicitud desde twitter de MR. Pines, que sugirió una entrada dedicada al actor cómico, músico, escritor y director de cine Hitoshi Matsumoto (1963, Amagasaki). Como se trata de un hombre bastante versátil, a pesar de que su faceta más conocida sea la de comediante, no sabía muy bien cómo enfocar la entrada; máxime teniendo en cuenta la brecha cultural que impide un acercamiento profundo al conjunto de todo su trabajo, al que además desde Occidente no es tan fácil de acceder. Por lo que opté por lo más sencillo, que es hacer un mini-especial dedicado a tres largometrajes que ha dirigido y protagonizado. Este trío lo he podido ir viendo a lo largo de los años porque, aunque no me considero una fan de su figura, ya que no he tenido demasiadas oportunidades de conocerlo como me habría gustado, lo que sí he catado me ha parecido siempre interesante. Y eso que lo mío no es precisamente la comedia, es un género que suelo encontrar, casi siempre, aburrido y cansino. Matsumoto es uno de lo cómicos más célebres del Japón actual, con una carrera amplia y variada que daría para escribir una gruesa biografía.

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Hitoshi Matsumoto (2016) por Kaokako

No voy a entretenerme mucho con sus datos biográficos porque son de dominio público, y la wikipedia hace un trabajo excelente en ese aspecto, pero no está de más destacar algunas cosillas que pienso son sustanciosas. Matsumoto nació en una pequeña ciudad cerca de Osaka, Amagasaki (de hecho él se considera osaqueño), región que es cuna de una rica tradición cómica. Su acento, el típico de la zona de Kansai, se relaciona con el humor, algo así como lo que sucede en España con las variantes del andaluz. Y como los andaluces, los osaqueños tienen fama de simpáticos y abiertos. De ese territorio es propia una clase de comedia stand-up tradicional llamada manzai, en la que se especializó Matsumoto con su compañero Masatoshi Hamada. El dúo owarai que formaron en 1982 y con el que alcanzaron la fama se llama Downtown; y es considerado uno de los más influyentes dentro del panorama de la comedia en Japón. Hamada interpreta al tsukkomi bajo el nombre de Hama-chan (el sádico de mal genio); y Matsumoto al boke bajo el nombre de Mat-chan (el masoquista de humor seco).

En Occidente no podemos hacernos una idea real de lo jodidamente celebérrimos que son estos dos truhanes; por lo que el impacto a la hora de ver las películas de Matsumoto no va a ser igual que para un japonés. Sin embargo, esto tampoco puede impedirnos disfrutar de lo más directo: su evidente gran talento. Hitoshi Matsumoto tiene una lista de trabajos larga y variada en televisión, radio, con libros y cortometrajes. Pero su estreno de largo en el cine no fue hasta el año 2007, con Big Man Japan, que es la obra con la que vamos a comenzar a repasar sus películas. Allá vamos.


BIG MAN JAPAN

(2007)

La familia de Masaru Daisatô salvaguarda el honorable trabajo de Hombre Grande. Su labor desde hace generaciones consiste en proteger Japón de los numerosos monstruos gigantes que lo acechan. Antes, este oficio tradicional era continuado por bastantes héroes; sin embargo, en la actualidad solo queda Masaru. Y su labor despierta muy, muy poco respeto y admiración. ¿Será el fin de esta noble profesión?

Big Man Japan es un mockumentary que parodia y a la vez critica. Tiene una doble función. No llega a la altura de mis amados Zelig (1983) o This is Spinal Tap (1984), que son clásicos imprescindibles del género, pero resulta bastante decente. Matsumoto retrata con perspicacia la figura del típico hombre japonés de mediana edad: separado y con una hija a la que casi no ve; de temperamento apocado, perezoso y cobardica, aunque de buen corazón. Carece de ambiciones y se refugia en la cotidianidad de una vida gris solitaria con su gato. Hasta que le reclaman para combatir contra algún engendro, claro. Quién iba a decir que una persona tan anodina fuera el principal adalid de la nación. Naturalmente, Masaru no está hecho para el oficio; vive a la eterna sombra del Gran Hombre IV (él es el VI), su abuelo, que se encuentra ingresado en una residencia de ancianos con posible demencia senil. Masaru es un desastre tanto en el trabajo, cuya resolución positiva resulta más bien fruto del azar; como en popularidad, ya que a causa de su torpeza y mediocridad el programa de televisión tiene audiencias paupérrimas. Es el hazmerreír de Japón. Pero él lo sobrelleva con una mezcla de estoicismo e indiferencia.

El film arranca de forma lenta, y mantiene un ritmo tranquilo y de tono melancólico hasta casi la última media hora, en la que explota la locura. Hay destellos de humor absurdo de vez en cuando, pero no es una película de gags; es la triste vida de este buen hombre, que por circunstancias de tradición familiar debe ejercer una labor para la que no está hecho en absoluto. Mediante la sátira del género tokusatsu, Matsumoto se las arregla muy requetebién para tirar de las orejas a la sociedad japonesa en general, a la que plasma adocenada, perdiendo paulatinamente su identidad. Nada nuevo bajo el sol: la habitual dicotomía tradición y modernidad del país, que llevan arrastrando desde la era Meiji. Y la sumisión histórica al norteamericano, por supuesto. Son los combates con esos kaijû alucinógenos los que hacen que la película se mantenga a flote hasta su desenlace, que es lo mejor, sin duda, de todo el largometraje. Postdata: no perderse los créditos.


SYMBOL

(2009)

Un hombre vestido con un ridículo pijama de lunares despierta solo en una habitación vacía, con cientos de gónadas infantiles cantarinas en sus paredes. ¿Es parte de algún experimento? Mientras, en una pequeña ciudad de México, el avezado guerrero de lucha libre Escargot Man deberá enfrentarse a un combatiente mucho más joven y vigoroso. ¿Superará su inseguridad para vencerlo?

Symbol la iba a incluir en el listado que confeccioné sobre cine bizarro japonés (entrada aquí), pero al final decidí no alargarme demasiado, ya que me parecía abusar de vuestra santa paciencia. Pero, tarde o temprano, tenía que aparecer por SOnC. Y aquí está. Es la película más extraña de las tres que se reseñan hoy. Con diferencia. También mi favorita, debo añadir. No tengo muy claro como enfrentar esta mini-reseña, pues es muy fácil spoilear el asunto. Sumamente fácil. Aparte de que no es una obra al uso. ¿Cómo explicar a alguien que jamás haya visto 2001: Una Odisea del espacio (1968) de qué va la película? No es que se encuentre a la altura este Symbol del clásico de Kubrick, pero tiene mucho del cineasta neoyorquino. Y para bien.

¿Qué se puede contar sobre Symbol? Pues se puede decir que son un par de historias, muy diferentes entre sí, pero que muestran a dos hombres atrapados en dos realidades sin sentido. La narración que tiene lugar en México es sorprendentemente respetuosa y cuidada; muy realista y cruda. Me gusta mucho. La trama que se desarrolla en la misteriosa habitación es una oda a la masturbación y una parodia del falocentrismo más absurdo. Con divertidas concesiones a la escatología de los pedos y el delirio mental. Ambas tramas convergen y, os aseguro, que es de manera bastante inesperada. El guiño-parodia a Kiss (oops, se me ha escapado) también es muy divertido. Sin embargo, lo más interesante de Symbol es que, una vez finalizada, su interpretación no será la misma para nadie. Fascinante.


SAYA ZAMURAI

(2010)

Kanjuro Nomi es una vergüenza para todos los samuráis. Es un cobarde y ha perdido el gusto por la vida tras la muerte de su esposa. Cuando es capturado por desertar, es llevado delante de su daimyô que le ordena cumplir con una obligación algo peculiar: tiene treinta días para conseguir que su hijo ría. Si no lo logra, su destino será cometer seppuku.

Y Hitoshi Matsumoto aterrizó por un rato desde las alturas de sus alucinaciones surrealistas para realizar una obra mucho más convencional: un jidaigeki. Y tan convencional es que, desde mi punto de vista, flojea un poquillo. Y si se la compara con sus predecesoras, directamente no hay color. También es verdad que es mucho más accesible y que las posibilidades de que guste a una mayoría del público se disparan a un millón. Pero a mí no me ha terminado de convencer. Quizá se deba a que su estructura cíclica acabó aburriéndome;  o que la comedia es mucho más ligera y complaciente. Y que se huele a leguas el final. No hay nada que me fastidie más que un desenlace previsible, sobre todo si el desarrollo de la obra ha sido también pronosticable. No pude disfrutar bien de su humor; y eso que los gags en sí eran de verdad hilarantes, al principio muy sencillos, luego más elaborados (como siguiendo una evolución), pero en un contexto tan incoherente que los hacía brillar con una luz especial. Sin embargo, el azuquítar espolvoreado me sentó como un tiro. La noción de ternura que los japoneses y yo tenemos no coinciden demasiado. A lo mejor es que, simplemente, echaba de menos la presencia de Matsumoto en el guion y la pantalla.

No obstante, tengo que admitir que la realización técnica, la fotografía y su dirección artística son notables, muy elegantes y sin estridencias. Con buen gusto por los pequeños detalles. Las claras influencias del mundo del manga y el chanbara setentero también son de agradecer. Y Sea Kumada, que interpreta a la hija del samurái, Tea, es la auténtica sorpresa del film. Solo por ella merece ya la pena verlo, complementa a la perfección el boke de Takaaki Nomi. En realidad los secundarios de este film adquieren cierto relieve, que por otro lado es necesario, ya que la pasividad del personaje de Nomi puede llegar a ser exasperante. Quizá por eso se pueda llegar a experimentar un leve goce sádico viéndolo sumido en ciertas circunstancias.

 


No se trata de las críticas más elaboradas del mundo, pero sirven perfectamente para que los que no sepáis de las películas de Hitoshi Matsumoto, podáis haceros una idea. Faltaría una para completar su, hasta el momento, filmografía, R100 (2013); pero como todavía no he tenido la ocasión de verla, no se encuentra en esta entrada. Imagino que cuando me haga con ella tendrá su correspondiente reseña. No sé cuándo será eso, tampoco tengo prisa.

Matsumoto se considera a sí mismo un hombre poseído por el espíritu de la interpretación (hyôi-geinin), que me parece una forma muy japonesa de declarar que es todo un actorazo. Sin más. Ya solo por eso, estas tres obras merecen un visionado; además de que es la única manera, por ahora, de conocer su figura mejor en Occidente. Tres films bastante distintos entre sí, pero que amparan al mismo genio creativo: un hombre polifacético y con un sentido del humor bastante personal. Matsumoto deslumbra interpretando al ser humano corriente inmerso en situaciones estrambóticas y que desafían a la razón. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Peticiones Estivales: cine silente japonés

Tenía pensado escribir una entrada dedicada al cine mudo japonés más adelante, para las vacaciones de navideñas o así; pero un gato anónimo solicitó un artículo dedicado a él en CuriousCat, por lo que ha sido adelantada unos meses. Y no me ha venido mal, porque ha sido un enorme placer volver a repasar todas esas películas que enmarcan el nacimiento y la niñez del cine en Japón. Creo que no se conoce mucho, pero ese es un inconveniente que se puede aplicar a todo el cine silente en general, no solo al nipón. Es una lástima, porque me encantaría que hubiera más personas que compartieran mi pasión por él, sin embargo admito que tampoco va dirigido al público actual. Fue concebido y creado para las gentes de hace más o menos un siglo; y los gustos y sensibilidades cambian. Aparte de que los medios técnicos no eran los mismos, y no todo el mundo posee la paciencia para disfrutar de sus mágicas delicadezas e imperfecciones.

Así que he seleccionado seis films que me gustan especialmente para dar lustre al post y, como siempre apostillo, no serán las más valoradas por la crítica (o sí, a saber), pero las considero desde mi humilde criterio dignas de interés. Y digo dar lustre porque la entrada va a ser más bien un ensayo sobre los primeros pasos del cine japonés; una introducción para conocer mejor el contexto de su aparición y cómo evolucionó hasta la revolución del cine sonoro. Si la temática te pica la curiosidad, creo que disfrutarás. Si no, puedes darle a esa X del vértice derecho y seguir vagabundeando por otros lares cibernéticos, que estos unos y ceros no te impidan tener una grata experiencia navegando.

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“Doce meses de Nô: Matsukaze” (1956) de Matsuno Sofu

Da la sensación de que el cine japonés, para muchos occidentales, comenzase a tener relevancia a partir de los años 50. Todo lo que hay detrás de esa década suele ignorarse, casi como si no existiera. Algo de lógica hay en ese despiste, pues por estos lares no fue hasta entonces que se prestó atención a la obra de colosos como Akira Kurosawa o Kenji Mizoguchi. Aunque ambos llevaran un tiempecito ya trabajando en el mundo del celuloide. Aun así, no hay excusa para continuar en las tinieblas de la ignorancia (muahahaha) respecto al cine nipón. Antes de 1950, la cinematografía japonesa gozaba de excelente salud; y en su época silente también había bastantes obras que merecen la pena descubrirse. Sin embargo, es necesario advertir que de un catálogo calculado en unas 7000 películas, ( cifra correspondiente solo para la década de los años 20, en realidad son miles más) han sobrevivido 70 desde el nacimiento del cine hasta los años 30. 70 películas. ¿A qué es debido este desastre? ¿Cómo pudieron perderse tantas obras, entre ellas los primeros pasos de Yasujirô Ozu o Daisuke Itô? Los responsables fueron el Gran Terremoto de Kantô (1923) y la II Guerra Mundial (1939-1945).

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Yûrakuchô (Chiyoda), Tokio, tras el Gran Terremoto de Kantô.

Si hay que agradecer a alguien que hayan llegado hasta nosotros estos pocos films, es al amor y trabajo de Shunsui Matsuda (1925-1987), que además fue el último benshi de la época muda del cine japonés. ¿Y qué es un benshi? Eso lo explicaremos un poquito más adelante. Mientras, regresemos al nacimiento del séptimo arte. Su origen no fue oriental, ni muchísimo de Japón; fue un invento netamente occidental, y de Occidente procedían las mayores innovaciones en el campo. Sin embargo, no tardó mucho en llegar a las costas japonesas: el cinematógrafo de los hermanos Lumière y el kinetoscopio de Dickson y Edison fueron exhibidos en 1896. Y el representante de los Lumière en Asia Oriental, Constant Girel, grabó unos primeros fotogramas en Japón al año siguiente. Las primeras filmaciones japonesas como tales fueron otro año después, en 1898. Las películas iniciales del cine nipón eran, sobre todo, grabaciones de obras de kabuki. Muy acertadamente, habían relacionado este nuevo invento con las artes escénicas, y en las islas la tradición en esas disciplinas era, y sigue siendo, muy rica. De ahí que su cinematografía, ya desde su arranque, poseyera unas características diferenciadas del resto de países.

Al principio, el cine era un entretenimiento que no se tomaba demasiado en serio, era más una curiosidad en las ferias ambulantes; pero con el cambio de siglo, muy pronto se observó el enorme potencial que albergaba como fuente de entretenimiento. Primero para las clases populares, más adelante para la burguesía también. Un nuevo tipo de negocio que prometía bastante dinero. Así que ya en 1903 se abrió el primer katsudô shashinkan o cine en Asakusa, Tokio; y el primer estudio cinematográfico en 1908, también en Tokio (Meguro). Al principio se representaban más películas extranjeras, hasta que a partir de los años 20 la producción nacional superó de largo a la foránea.

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Matsunosuke Onoe (1875-1926), la primera superestrella del cine japonés. Apareció en más de 1000 jidaigeki.

Si hay una figura que distingue al cine nipón del resto del planeta, es la del benshi katsuben. Porque el cine silente japonés nunca fue mudo en realidad, un narrador, de viva voz, contaba lo que iba sucediendo en la pantalla. Y no solo eso, también ponía palabras a los actores, explicaba las situaciones y pormenores del argumento y otorgaba al film una nueva interpretación. Este relator también surgió en otros países como Italia o Francia, pero desapareció al poco tiempo. ¿Por qué medró en Japón? Por varios motivos. El más obvio es la necesidad del público de saber qué estaba ocurriendo en la película. Las obras venidas de Occidente mostraban muchas cosas que para el japonés medio eran totalmente desconocidas; requerían explicaciones para comprender lo que sucedía en el argumento. Las culturas eran muy diferentes. Las primeras películas además carecían de intertítulos, que no aparecieron hasta los años 20, así que el benshi realizaba una labor imprescindible.

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“Katsudô Shashinkai” (1909), la primera revista cinematográfica de Japón.

A estas razones hay que añadir el amor del japonés por la recitación, la belleza de las palabras habladas (bibun). La tradición oral de las islas es abundante: el rakugo, el gidayû, el rôkyoku, el kôdan… y los benshi lo amalgamaron todo para perfeccionar un nuevo arte interpretativo (setsumei) que dinamizaba la experiencia de ver una película. Una especie de mezcla de teatro y cine, dando pie también a la improvisación, que hacía las delicias de los espectadores. El triunfo de los benshi katsuben fue fulgurante, eran verdaderas estrellas. Se llegaron a realizar films para ciertos narradores ex professo, haciéndose acompañar también de orquestas completas.

La gran popularidad de los katsuben contribuyó a que el cine sonoro tardara en imponerse, así como también ralentizó el desarrollo de nuevas técnicas narrativas cinemáticas. Pero la evolución en la disciplina era imparable, marcada por el ritmo marcado desde Estados Unidos. No se podían poner vallas al campo. El tiempo de los benshi tenía los días contados, además de que eran profesionales caros, se les pagaba incluso más que a los actores de cine. El Movimiento del Cine Puro o Jun’eigageki undô (1915-1925) también contribuyó con su clavo para cerrar el ataúd de los benshi. En general, deseaban que el cine japonés se liberara del lastre del kabukiy la tradición teatral japonesa; abogaban por su modernización y dejar atrás las temáticas más habituales del folclore, centrándose en la realidad contemporánea del país. Consideraban que eran anacronías, características obsoletas de las que había que librarse, como el uso, por ejemplo, de onnagata. Los personajes femeninos debían interpretarse por mujeres, no por hombres. Para regenerarse era indispensable mirar a Occidente, de donde provenían todas las novedades. De esta forma serían capaces de crear obras con la capacidad de atraer a un público internacional. Y así en 1937 los benshi desaparecieron, aunque resulta apasionante saber que en la actualidad hay un resurgimiento de nuevos katsuben, que se dedican a narrar antiguas películas de cine mudo.

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Tokuko Takagi (1891-1919), la primera actriz japonesa de cine.

Las películas realizadas durante las décadas de 1890, 1900 y 1910 eran bastante conservadoras y seguían la estela del kabuki y el . Los espectadores, de considerar el nuevo invento una rareza, empezaban a valorar el cine como un entretenimiento al que le exigían también calidad y cierto progreso. Era necesaria una renovación. En 1920 ya era muy clara la distinción entre dos géneros: el jidaigeki y el gendaigeki; y el debate primordial era la necesidad de explorar las posibilidades que ofrecía la cinemática de las imágenes. Japón, poco a poco, iba metiendo la cabeza en el panorama global. A finales de la Era Taishô (1912-1926), el gobierno comenzó a debatir el potencial político del cine y se prohibieron cada vez más obras; y con la llegada de la Era Shôwa (1926-1989), se convirtió en una robusta herramienta para la propaganda del nuevo régimen totalitario y nacionalista. El punto de inflexión, sin embargo, que marca este post de hoy, es la llegada del sonido. La primera película sonora de la historia fue la norteamericana El cantante de jazz (1927); en Japón ocurrió cinco años después, en 1931. Pero ese no fue el fin del cine mudo japonés, la agonía fue más larga; y a pesar de ser sus postrimerías, aún esos últimos coletazos produjeron obras muy interesantes e innovadoras. Varias de las escogidas a continuación son ejemplo de ello.

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“Cortesana de rodillas con teatro de sombras detrás” de Kitagawa Utamaro, circa 1806

Como siempre señalo en listados de esta clase, la selección es completamente personal y basada en mi experiencia, que dista mucho de ser completa y ni mucho menos la de un profesional. El orden en el que aparecen corresponde a mi criterio de calidad, que es discutible, pero resulta que este es mi blog. C’est la vie. Podría haber elegido otras distintas, he valorado también clásicos como Kurama Tengu (1928), Tokyo Chorus (1931), Otsurae Jirôkichi koshi (1931) y unas cuantas más; pero, al final, estas son las que son. Que las disfrutéis. O las sufráis, que de todo hay.


6 ✪  IZU NO ODORIKO (1933)

Heinosuke Gosho

Mizuhara, un joven estudiante de Tokio, se enamora de la bailarina Kaoru, que trabaja en una troupe de artistas ambulantes. ¿Llegará a buen puerto este amor? ¿Podrán superarse los prejuicios y diferencias sociales?

Me ha parecido conveniente empezar este pequeño listado con la primera adaptación que se hizo al cine del relato corto La bailarina de Izu (1926) del Nobel Yasunari Kawabata. ¿Por qué? Porque su director, Heinosuke Gosho, fue el que inauguró el sonido en Japón con su película Madamu to Nyôbô (1931). Izu no Odoriko es una obra bastante conocida en el país, y que ha sido vertida al celuloide y la televisión en varias ocasiones. En mi humilde opinión, la de Gosho es la mejor versión del cuento (al menos de las que yo he visto); también de mis favoritas junto a su encarnación animada, de la que escribí un poco aquí. Si en 1931 el sonido llegó finalmente al cine japonés, ¿a qué se debe que esta Izu no Odoriko fuera muda? Por un motivo muy simple: el dinero. Gosho tenía la intención de hacerla sonora, pero los estudios Sochiku no creían que un film basado en la obra debut de un literato vinculado a las vanguardias fuera a reportarles demasiados beneficios. Así que, para ahorrar, se optó por realizarla muda.

Yasunari Kawabata no escribía para las masas (taishû bungaku), sino que se decantaba por una literatura que mirase hacia el futuro, con ansias de modernizarse y sin depender de los gustos populares y querencias gubernamentales del momento. Ars gratia artis. Y Gosho, seguidor de la corriente que buscaba reformar la cinematografía de su país, no dudó en aportar su granito de arena con sus films, entre los que se encuentra este desafiante bungei eiga (película literaria) al que los productores valoraron con recelo. Nuestro director era ambicioso, y deseaba plasmar esas historias complejas de gran profundidad psicológica que solo la literatura podía brindarle. ¿Lo consiguió? Desde luego que sí.  La bailarina de Izu avanza más allá del propio relato de Kawabata, e introduce un contexto social muy realista mediante una trama paralela a la principal. Los personajes son sólidos y de un bonito gris; no gris por mediocre, sino por su ausencia de polarización. Resultan creíbles y auténticos; incluso, como en la vida misma, contradictorios y sorprendentes.


5 ✪ OROCHI (1925)

Buntarô Futagawa

 Heizaburo Komitomi es un samurai honorable y de gran habilidad. A pesar de sus orígenes humildes, su lealtad y devoción inquebrantables al código bushido hacen de él un guerrero admirable. Pero son precisamente sus altos valores éticos y fuerte carácter los que le provocarán grandes problemas en la vida.

Orochi o La Serpiente es una película bastante singular para la época, hasta podríamos considerarla una provocación en toda regla. No en vano, sufrió una fuerte censura que recortó parte de su metraje. Sin embargo, el mensaje principal que quiere transmitir, que es la impunidad de una clase dirigente y las graves injusticias que sufren por su culpa los más desfavorecidos, se transmite de manera impecable. Era la decadencia de la Era Taishô (1912-1926), en la que los poderes de la antigua oligarquía pasaron  a los partidos democráticos, y los ciudadanos mayores de 25 años pudieron por fin votar. Sin embargo, el advenimiento de la Era Shôwa (1926-1989), en cuyo primer tramo los militares fueron acaparando el poder alcanzando un rotundo totalitarismo, no vieron con buenos ojos esta película. No obstante, logró un éxito tremendo.

El film narra la vida de un anti-héroe, algo completamente inédito en la filmografía japonesa hasta entonces, y presume de una visión de la realidad pesimista y cruda. Muy cercana al espectador, aunque fuese un jidaigeki. En el mundo no hay lugar para los hombres honestos y Tsumaburô Bandô, probablemente la primera estrella del cine de acción de la historia, encarnó al guerrero caído en desgracia. Un descenso a los infiernos. Aunque la película todavía bebe en algunos aspectos de las fuentes del teatro, Bandô consiguió brindarle un realismo emocionante a sus combates, con un estilo de lucha natural y enérgico. Gracias a él la figura del samurái en el cine se modernizó, adaptando el dinamismo del shinkoku-geki, para dejar definitivamente atrás las poses estáticas y el histrionismo del kabuki. Él puso los cimientos del kengeki-eigachanbaraToshirô Mifune o Tatsuya Nakadai le deben muchísimo. Nota importante: las secuencias de peleas resultan espectaculares, sobre todo para los que disfruten con hábiles manejos de catana.


4 ✪ ROJÔ NO REIKION (1921)

Minoru Murata

Tres historias distintas entrelazadas: un violinista y su familia, dos convictos recién liberados y una niña rica. Todos confluyen en una pequeña población durante la Navidad. 

Minoru Murata fue uno de los cineastas que más luchó por renovar el cine japonés en sus inicios y dotarlo de la modernidad que procedía de Occidente. Por eso no dudó en escoger como base de su primer largo de importancia una de las obras más conocidas del ruso Máximo Gorki, Los bajos fondos (1902). Fue llevada también al cine por Akira Kurosawa, por cierto, en Donzoko (1957). No hay color entre una y otra, pero no debemos arrebatarle el mérito a Rôjo no Reikion de que fuese el pistoletazo de salida del jun’eigageki undô. Murata occidentalizó un pequeño pueblo del Japón rural para narrar su historia, creando un perfecto híbrido entre los dos extremos de Eurasia. Se trata de un film más complejo de lo que se podría esperar, con elipsis, firme contenido simbólico y flash-backs que pueden resultar desconcertantes porque trabaja en realidad tres historias distintas. En verdad fue un esfuerzo honesto por dejar atrás la influencia del teatro tradicional y utilizar los recursos más modernos de los que podía el director disponer; tanto a nivel técnico, narrativo o artístico. Muy loable.

Como historia, es un melodrama bien interpretado en el que el propio Murata se reservó un papel, ya que antes de director de cine había sido actor. Puede recordar en el tono al Cuento de Navidad (1843) de Charles Dickens o al ¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra; sin embargo también es una película rotundamente japonesa, y eso se nota para bien. Murata logró con Rôjo no Reikion poner en el mapa el cine de su país, realizando la primera película que podría resultar inteligible para un espectador de otra parte del globo. Sin necesidad de benshi y apenas intertítulos explicativos, porque su lenguaje visual era, y es, universal. No en vano, fue de los primeros directores de cine japoneses que lograron distribución internacional de sus películas.


3 ✪ ORIZURU OSEN (1935)

Kenji Mizoguchi

Sokichi Hata quiere estudiar en la escuela de medicina en Tokio, pero es pobre y se encuentra sometido por una banda de traficantes de arte. Pero la valiente Osen, que se ha enamorado de Sokichi, hará todo lo que esté en su mano para que consiga alcanzar su sueño.

Con Kenji Mizoguchi y su etapa silente he dudado entre Taki no Shiraito (1933) y la presente Orizuru Osen u Osen de las Cigüeñas para el top; sin embargo al final me he decantado por Osen, quizá porque no es tan conocida y también merece un poquito de atención. Fue su última película muda. Gran parte de la obra de los años 20 de Mizoguchi desapareció, lo que sabemos es que se dedicó con ahínco a experimentar con las influencias occidentales, incluso juguetear con las técnicas del expresionismo alemán. No obstante, a los pocos años volvió su atención a las temáticas japonesas, y aunque tonteó algo también con el keikô-eiga, tomó obras shinpa del escritor Kyôka Izumi  para realizar tres films: Nihonbashi (1929), Taki no Shiraito (1933) y Orizuru Osen (1935). Muchas de las obras de Izumi, debo señalar, han sido volcadas al cine a menudo por su fuerte tirón melodramático y calidad.

Aunque se considera que la etapa de asentamiento artístico de Mizoguchi empezó con Elegía de Naniwa (1936) y Las hermana de Gion (1936), ambas ya sonoras, merece la pena echarle un vistazo a su filmografía muda; sobre todo a Osen, donde el director ya había plantado las semillas de lo que luego sería su marca de agua: la opresión de la mujer en la sociedad japonesa, sus ingrávidos planos secuencia, las delicadas atmósferas de luces y sombras, su poesía visual melancólica, etc. Y es que hay que tener en mente que tanto Mizoguchi como Yasujirô Ozu compartían una idea sobe el cine especial: se inspiraban en la capacidad evocadora de imágenes del haiku. Esta concepción tan japonesa impregnó las obras de ambos, y se difundió a otros directores, otorgando al cine nipón un rasgo muy distintivo respecto al cine de otros lugares. En Orizuru Osen encontramos los primeros trazos de su estilo bien delineados, con la habitual grácil belleza de su buen hacer; y su temática sobre el sacrificio de la felicidad femenina para favorecer la de un hombre desagradecido, que fue luego una constante en toda su obra. Su protagonista fue interpretada por la genial Isuzu Yamada, que aparecería luego también, por ejemplo, como una escalofriante Lady Macbeth en Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa o en Tokyo Twilight (1957) de Yasujirô Ozu.


 2 ✪ KURUTTA IPPÊJI (1926)

Teinosuke Kinugasa

Un hombre decide trabajar de celador en el manicomio donde está ingresada su esposa. Quiere estar lo más cerca posible de ella y sueña con liberarla y huir de ese horrible lugar. Se siente culpable por su enfermedad.

A Page of Madness o Kurutta Ippêji tuvo su pequeña reseña en la entrada dedicada al cine bizarro japonés aquí. No voy a añadir mucho más, salvo que, en perspectiva, es un film que supuso un antes y un después en la cinematografía de Japón. En su momento fue ignorada; que se creyera una película perdida tampoco ayudó mucho a su reconocimiento. Sin embargo, casi un siglo después, su trascendencia como hito del cine de vanguardia es incuestionable. Es una obra al nivel de sus homólogas europeas, de las que bebe, indudablemente. Las influencias de F. W. Murnau, Abel Gance y Robert Wiene son muy evidentes. No obstante, camina a la par de ellas, tanto en calidad como innovación.

Del metraje original, que constaba de 103 minutos, han sobrevivido 78. ¿Es una pérdida muy grave? Solo podemos teorizar, pero Kurutta Ippêji es un film con muchas posibles lecturas, desde una alegoría política, un melodrama, una denuncia social… siempre con los ropajes del avant-garde y la literatura porque, cabe destacar, el guion fue escrito por Yasunari Kawabata (sí, otra vez, por aquí). Si se quiere aprender un mínimo sobre la etapa silente del cine nipón, su visionado es obligatorio; si se aspira a tener un conocimiento básico sobre el séptimo arte japonés, resulta imprescindible.


 1 ✪ UMARETE WA MITA KEREDO (1932)

Yasujirô Ozu

Los hermanos Yoshii, que acaban de llegar a los suburbios de Tokio, descubren que su padre no es tan importante como pensaban. Es un simple “salaryman”a las órdenes de un jefe. Todo esto supone un duro golpe para ellos en un momento además difícil en el colegio. Keiji y Ryoichi deberán enfrentarse a la vida con otros ojos, y explorar nuevos territorios que ni habían imaginado.

Yasujirô Ozu realizó ya en color, con sonido y bastantes años después, una especie de remake (Ohayô, 1959) de esta obra. Muy recomendable, como casi todo lo de Ozu, pero yo me sigo quedando con Umarete wa Mita Keredo. Creo además que se trata de una película con muchas posibilidades de que guste a los fans del manganime, porque contiene elementos que décadas más tarde observaríamos en el shônen, seinen y el slice of life más tradicional. Incluso se pueden percibir leves trazas del Kuro y Shiro del Tekkon Kinkreet (1993) de Taiyô Matsumoto. Pero no perdamos la perspectiva, sigue siendo un film del año 1932 y es una obra muy Ozu, por lo que encontraremos bastantes de los elementos que son característicos de su cine: comedia ligera, drama costumbrista y la familia. Podría haber seleccionado para cerrar este listado Ukikusa Monogatari (1934) del mismo director, cinta que además me encanta (y que Ozu volvería a recrear en 1959); sin embargo, pienso que esta puede atraer más en general a la otaquería.

A caballo todavía entre la era Taishô y la Shôwa, Umarete wa Mita Keredo es una elegante crítica social de la época. De hecho se puede considerar una de las primeras películas japonesas con ese tipo de contenido. Une el sentido del humor nansensu con la delicadeza sentimental del shôshimin eiga, sin olvidar que se trata de un rotundo retrato social del momento. Ozu, con su habitual sutileza, cuestiona la rígida verticalidad de la sociedad japonesa o tate shakai, antes incluso de que se acuñara ese término, y su difícil aclimatación a los nuevos tiempos. Japón a principios de la década de los 30 sentía la incertidumbre de un futuro marcado por la dicotomía entre tradición y renovación, enfrentándose a sus contradicciones. La modernidad japonesa en crisis, sin perder de vista tampoco la Gran Depresión. Y la clase trabajadora era la más vulnerable, el padre de la familia Yoshii, por ejemplo. Ozu no hace un alegato político, sino que a través de la visión de unos niños, muestra una realidad social compleja, mimando las relaciones entre los personajes y la transición entre sus mundos, el de la infancia y el de los adultos. El conjunto es de una entrañable armonía, a pesar de que lo que expresa no lo sea. Porque como muchas obras de Ozu, comienza luminosa y alegre, acabando recreándose en los matices de las sombras y la oscuridad. Muy japonés eso, por cierto.


Y esto ha sido todo por hoy, si la anterior entrada incluida en mis queridas Otakus Treintañeras era un poquillo larga, creo que esta la ha superado con creces. Y encima tratando un tema bastante más árido que interesará a cuatro gatos extraviados. ¡Miauuuu! Espero que no os hayáis aburrido mucho, sinceramente, y que la presente sirva para despertar vuestro apetito hacia el fascinante mundo del cine silente japonés. Y si ya gozáis de esta inclinación, animaros a repasar alguna de las obras seleccionadas. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

¡Peligro! ¡Demonios en la lavadora!

Si todo va según lo previsto, mientras lees estas letras me encontraré meneando mi culo estofado por las calles de Yazd. Espero no estar sufriendo demasiado calor y tampoco haberme quemado. Al menos no mucho, surtida de crema solar voy a ir. Bueno, al turrón, chobenalla. El presente post está dedicado a un cómic europeo por lugar de nacimiento, pero con espíritu mestizo por naturaleza. Y como no podía ser de otra forma, uno de sus ascendientes es japonés, muy japonés. Se trata de El Nao de Brown (2012), escrito y dibujado por Glyn Dillon. ¿Te suena de algo? No sería de extrañar. Por una vez no voy a escribir sobre un cómic de l’any de la picor. Nada de eso. El Nao de Brown ganó en 2014 el Premio del Jurado en el Festival de Angulema, y ha sido considerado por muchos críticos como una obra maestra de nuestro tiempo. Yo no iría tan lejos, pero desde luego sí me parece un buen tebeo que merece se le eche un vistazo atento (si no se ha hecho todavía).naodebrown

Los que no se muevan mucho fuera de los márgenes del manga japonés o el cómic asiático, es probable que no tengan interés en asomar el hociquillo fuera de su zona de confort. Pero aquí está SOnC para despertar la curiosidad e intentar que vuestros horizontes de malvados otacos asociales se amplíen un poquito más. El Nao de Brown tiene una evidente influencia del mundo del manga, creo que hasta se podría incluir en la nouvelle manga. No es que se haya adscrito de manera oficial a ese movimiento que iniciaron Frédéric Boilet y Kiyoshi Kusumi, pero quizá de manera involuntaria respalda su esencia transcultural. Se trata de un tebeo dirigido al público adulto, enfocado en el slice of life y que expresa gran sutileza psicológica. Puede alardear de potencial para atraer tanto público occidental como nipón. Además por estos lares Glyn Dillon ya es conocido, sobre todo por sus trabajos con Peter Milligan en Shade, el hombre cambiante (¡lo amo, lo amo!) o en Las Benévolas (Sandman) de Neil Gaiman. En Japón ya no estoy tan segura, porque además los lectores de manga nipones suelen ser menos permeables a las influencias exteriores.

Pero me da que Dillon no pensaba en paja mental semejante cuando creaba esta obra (¿o sí?); y no se debe olvidar que, a pesar de las semejanzas compartidas con la nouvelle manga, sigue siendo cómic europeo. No obstante, el hecho de que exhiba con desparpajo esa noción de que todo tebeo es tebeo venga de donde venga porque en el fondo es el mismo medio, seguro que alegró a Boilet. Y a los que participamos de la misma filosofía también.

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Nao y mi querido Steve compartiendo momentos otacos en la tienda

El argumento se centra en el día a día de Nao Brown, una joven residente en Londres y que se dedica a la ilustración. Nao es hâfu, de madre inglesa y padre japonés, quien acabó abandonándolas y regresando a su país. Nunca he comprendido del todo el término hâfu, que deriva del inglés half, porque siempre he pensado que las personas con progenitores de nacionalidades distintas en realidad no son mitad, sino dobles. Disfrutan de las ventajas de dos culturas, no de una fracción de ellas. Es el caso de Nao, aunque ella se siente completamente inglesa. De hecho, acaba de regresar de visitar a su padre en Tokio para cerrar una etapa de su vida. Porque Nao necesita llevar una disciplina mental férrea, padece TOC (Trastorno obsesivo-compulsivo) y su enfermedad la embiste con pensamientos realmente angustiantes y muy violentos. Para ello se sirve de ciertos mecanismos mentales o “deberes” que la auxilian en su ejercicio de autocontrol; y el estudio del budismo la ayuda a mitigar los accesos de ofuscación. Nao se siente muy culpable por su dolencia, porque las ideas que la asaltan son verdaderamente atroces, y se considera incapaz de dominar sus brotes. Cree que es una mala persona.

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Nao comienza a trabajar en el bazar de juguetes de un antiguo compañero de la Facultad de Bellas Artes, Steve Meek, con el que comparte aficiones: ambos son dos asquerosos otacos, ambos son fans acérrimos del anime de ciencia-ficción Ichi. Aunque como pronto deja claro Nao, es mejor el manga. Un día, por casualidad, conoce en la tienda a un reparador de lavadoras que, a sus ojos, es idéntico a La Nada, su  personaje favorito de Ichi. Se enamora y decide entablar una relación con él. Como imaginaréis, las cosas no transitarán por una senda recta, porque si Nao tiene graves problemas con su TOC, Gregory, que aparte de arreglar electrodomésticos también resulta un hombre cultivado capaz de componer haikus, también lleva lo suyo a sus espaldas con la bebida. Pero que estas circunstancias, tan manidas en los dramones, no os lleven a engaño. Son simplemente eso, circunstancias, que no se apoderan del tebeo para sobredimensionar la emotividad. Este cómic no es un melodrama televisivo sobre la lucha contra la locura. Ni por asomo. Dillon es bastante higiénico en ese aspecto, y aprovecha la dolencia de Nao para mostrarnos el mundo a través de sus ojos. Sin hipérboles o lágrima fácil; aunque los latigazos de la enfermedad tampoco los oculta, plasmándolos en toda su confusión y dolor.

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Como excelente slice of life que es, El Nao de Brown posee un interesante elenco de secundarios que da forma a la realidad de nuestra protagonista con gran precisión. Su compañera de piso, Tara, que es enfermera y comprende bien su dolencia; el adorable e inteligente Steve ❤ ; sus compañeros del centro budista; Pam, la madre de Gregory, etc. La profundidad psicológica de Nao además es extraordinaria, la arquitectura del personaje, robusta. Resulta un personaje inolvidable y tierno, que no permite que la fuerza de su enfermedad la devore.

El Nao de Brown se alza además como una lectura estratificada, de poderosas y continuas metáforas que van desentrañando las capas de la psique con delicadeza. No es casual que incluyera dentro del argumento un cuento paralelo donde el mundo fantástico del manga Ichi resulta el hilo conector que hilvana la mente de Nao. Allí Dillon da rienda suelta al lenguaje visual más surrealista, de una riqueza lírica conmovedora.

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Me han llamado la atención mucho las referencias musicales que Dillon introduce (Magazine, P.J. Harvey,  The Shangri-Las, The Pixies, The Velvet Underground, Chuck Berry, Yoko Ono, Roxy Music, The Breeders, Kate Bush, The Buzzcoks… ¡qué sé yo!) porque ¡ME GUSTAN TODAS, DIOS MÍO! El tebeo se encuentra repleto de cientos de detalles a todos los niveles, construyendo unos escenarios complejos y verosímiles. Desde luego, las espléndidas acuarelas del autor, con ese minucioso arte heredero de Moebius y Miyazaki, muy versátil en su expresividad (los colores, maravillosos), solo acaban de pulimentar un cómic que, si no fuera por ese final, resultaría redondo. Porque El Nao de Brown no es perfecto, y su mácula principal es un cierre que se precipita a gran velocidad, desembocando en un epílogo… sosito. Aunque me consuela ver a Steve sonreír.

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¡Qué cinta más maja le grabó en sus años mozos Steve a Nao!

¿Pueden los sucios otacos como nosotros disfrutar de un tebeo como este? No es que puedan, es que es inevitable gozar con él. Desde una perspectiva bastante equilibrada y compasiva sobre los trastornos mentales, Glyn Dillon utiliza el de Nao como coartada para así presentar una mirada a la vida bastante original. Y con moraleja. Se lee del tirón sin dificultad y, lo mejor de todo, es que te deja con ganas de volver para recorrer su páginas de nuevo y saborear nuevos matices. ¡Dadle una oportunidad! Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Mondo Bizarro, donde Japón nunca defrauda

No es precisamente mi disco favorito de los Ramones, pero viene ni que pintado para la entrada de hoy. Os veo temblar… y con razón. Sí, de nuevo uno de esos artículos sobre cine y marcianadas que no le interesan a nadie. Tendréis que esperar unos pocos días hasta que vuelva a escribir sobre anime y manga.

Me ha parecido muy adecuado titular este post así porque, siguiendo muy libremente las pautas del género cinematográfico mondo, voy a tratar de dar un repaso amplio a las películas japonesas que más con el culo torcido me han dejado. El mondo es incómodo, porque señala todo aquello que no queremos ver. El mondo es grotesco, pues hace hincapié en el sensacionalismo sórdido. El mondo es políticamente incorrecto, por eso carece de predicamento en una actualidad de neomojigatería apestosa. No soy especialmente fan de él, pero quiero rendir un homenaje a las criaturas extrañas que pululan por el cine de Japón con mi propia entrada mondo: un listado de películas inusitadas, donde se restriegan por las narices ciertos tabúes o simplemente revelan nuevas formas de expresión. Hay de todo.

Podéis imaginar que, con la de toneladas de majaderías y excentricidades que genera Japón al año, ha sido muy complicado hacer una selección medianamente sensata. Tampoco me considero una experta en el tema, pero he tragado bastante basura al respecto y he aquí que os presento mi tour personal a los bizarros fondos de estas fascinantes islas. Siete obras que dignifican lo insólito, ya que las he seleccionado tanto en base a mi gusto personal como por su calidad. No os equivoquéis, ninguna de estas películas es ridícula. Tampoco para tomársela a broma. Algunas cintas son clásicos muy célebres, otras no tanto. Pero todas merecen nuestros respetos.


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Junto a Pitfall (1962), Woman in the dunes (1964) y The Man without a map (1968), conforma esa tetralogía de colaboraciones con mi admirado Kôbô Abe, del que escribí un poco aquí. Salvo la primera, todas son adaptaciones de novelas suyas, aunque las cuatro fueron guionizadas por él. Teshigahara fue una persona bastante singular, que no sé muy bien cómo acabó haciendo cine. Su padre fue un maestro de ikebana que revolucionó la disciplina y él estudió Bellas Artes, pero me alegro mucho de que se dedicara finalmente a la cinematografía. Yo y unos cuantos millones de personas, claro.

Teshigahara fue un director peculiar, y es muy evidente también la influencia del surrealismo en su obra. Gente como Buñuel o Cocteau lo marcaron profundamente. Le gustaba experimentar, jugar con las imágenes y los conceptos; y, sobre todo, crear poderosas metáforas visuales de gran belleza estética. Tanin no Kao no es una excepción dentro de su catálogo, y representa una etapa de especial brillantez filosófica. Porque La cara de otro es un viaje dentro del laberinto emocional y psicológico de su protagonista, el señor Okuyama. Sus implicaciones son profundas, y no podía ser menos teniendo a Kôbô Abe entre bambalinas.

Este film puede traernos recuerdos del clásico El hombre invisible (1933), también basado en otra obra literaria, esta vez de H.G. Wells; o la maravillosa Les yeux sans visage (1960) de Franju. Tiene mucho asimismo de La Metamorfosis de Kafka o del archiconocido binomio Jeckyll/Hyde de Stevenson. Pero Tanin no Kao resulta mil veces más brutal en su vesania existencialista. Cuenta una historia doble en realidad, la de dos seres cuyas identidades se han visto comprometidas por sus rostros. La narración principal pertenece al señor Okuyama, que ha sufrido un accidente laboral tan terrible que lo ha dejado sin cara. Pero el doctor Hira puede ayudarlo, creando para él una faz nueva, como una máscara, una segunda piel. Eso sí, duplicada de otro sujeto. El cuento secundario es el de una mujer cuyo rostro sufre las secuelas del horror atómico de Nagasaki, y que trabaja en un asilo para veteranos de la II Guerra Mundial, la mayoría con graves problemas mentales.

¿Cómo se construye la identidad de un ser humano? ¿Es el rostro una parte indispensable de la persona? ¿Cuánto es de fundamental? ¿Qué importancia tiene en realidad el individuo y su singularidad? A través de un relato donde la ciencia-ficción, el thriller psicológico y el drama se dan la mano, Teshigahara y Abe realizan una bellísima y elegante reflexión sobre la identidad, el yo y la hipocresía social. Sin complicaciones y de forma accesible, pero contundente. El film toca más temas, como el de la incomunicación, el aislamiento o la fragilidad, los cuales quizá emparentan este Tanin no kao con el espíritu de Ingmar Bergman que, curiosamente, en ese mismo año estrenó Persona (1966). Great minds think alike.


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Y a pesar del transcurrir de las décadas, Bara no Sôretsu continúa sorprendiendo y dejando al espectador atónito, sin saber cómo clasificar una obra que se mueve entre el documental, la ficción y la mirada caleidoscópica del Kubrick más implacable. ¿O fue al revés? Sí, eso es. El cineasta neoyorkino descubrió en Funeral parade of roses un tesoro que colmó su mente de imágenes y conceptos que vomitaría después en su magistral La naranja mecánica (1971). Pero no solo haría mella en Kubrick, también en Warhol o Tarantino. Los tentáculos de Bara no Sôretsu alcanzan el s. XXI y nos siguen estrangulando. ¿Y quién fue el responsable de tamaña hazaña? Toshio Matsumoto, que falleció, desgraciadamente, hace unas semanas. De hecho, cuando empecé esta reseña todavía estaba vivo, ha sido un shock conocer su desaparición.

Toshio Matsumoto fue el máximo pionero de cine experimental en Japón. Pasó toda su carrera innovando, y Funeral parade of roses fue su primer largometraje. El mítico Art Theatre Guild fue el que confió en el proyecto del director, y se encargó de su producción y distribución. Y no se puede negar que resultó un ejercicio de fe, porque tratar la temática del travestismo y la homosexualidad en el Tokio de los años 60 no era habitual. Todavía no lo es. El argumento, inspirado libremente en la tragedia clásica Edipo Rey (s. V a. C) de Sófocles , nos acerca al universo de Eddie, un travesti gay. Los bajos fondos de la ciudad, las drogas, la prostitución; pero también el ambiente de gran efervescencia cultural que se respiraba. Matsumoto rodó en la misma ciudad, utilizó de actores a los mismos protagonistas de ese entorno marginal pero lleno de vida. Completamente transgresora, Bara no Sôretsu acoge multitud de estilos y técnicas que se mezclan sin pudor, regalando a los más observadores un abanico de sensaciones indescriptibles.

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No se puede negar que la influencia de la Nouvelle Vague es patente, pero Matsumoto no escatimó en recursos para construir un relato completamente original y donde parece que el tiempo no transcurra, a pesar de que las emociones de los personajes sí avancen. Es como si estuvieran atrapados en un bucle donde las pasiones emergen como lava, a borbotones incandescentes. ¿Es Funeral parade of roses un enorme psicodrama? Quizá. El film no deja de albergar una historia muy terrenal, la de Eddie; y sus decisiones son consecuencia de esas experiencias. Es una aproximación honesta además al mundo de la transexualidad, que aún no se termina de comprender como una simple faceta más de la naturaleza humana.


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Un año después de que Kaikô Takeshi escribiera su relato Kyojin to Gangu,  Yasuzô Masumura lo llevó al cine. ¿Que quién es Yasuzô Masumura? ¡Vergüenza os tendría que dar no saber de él! Mentira. Sería normal que desconocierais su figura, porque no fue hasta hace 10 años que no se pudo acceder a un catálogo amplio de sus películas. Más vale tarde que nunca, dicen. Masumura todavía es uno de esos grandes olvidados del cine japonés, y es algo que Occidente debería resolver, porque nos estamos perdiendo a un cineasta extraordinario. Fue inspiración para mi admirado Nagisa Ôshima, y contribuyó al nacimiento de la Nûberu Bâgu o Nueva Ola Japonesa. Es cierto que esa Nueva Ola fue un invento de productoras como Shochiko, que deseaban conectar con el público juvenil, más que un movimiento cinematográfico modelado por mentes inquietas. De ahí su heterogeneidad, pero tampoco se puede negar que de ella surgieron importantes creadores que tuvieron a Yasuzô Masumura de referente.

Masumura, gracias a una beca, tuvo la inmensa fortuna de poder estudiar cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Italia, donde aprendió de los grandes maestros del Neorrealismo como Visconti, Antonioni o Fellini. Y no solo eso, trabajó en los Estudios Daiei como ayudante de dirección de Kenji Mizoguchi o Kon Ichikawa. Aprovechó muy bien esas oportunidades, y pronto comenzó a destacar como director de sus propias películas en las que volcó todo sus afanes renovadores, con una pizca de sal iconoclasta. Trabajó muy diversos géneros, aunque su personalidad, amante de lo excesivo, siempre supo ensamblar la pasión de Occidente con la gentileza minimalista de Oriente. En Toys and giants encontramos su vertiente más sardónica y jocosa, una crítica al histérico mundo de la publicidad y, por ende, a la sociedad urbana japonesa del momento.

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Kyojin to Gangu es una sátira divertidísima y repleta de ironías. Se ridiculiza el keizai shôsetsu y la fragilidad de esos ídolos pop prefabricados que brotan como setas por nuestras pantallas. Una historia de competencia salvaje entre grandes compañías de golosinas, la falta de ética empresarial y la ambición desmedida que conduce a la locura y autodestrucción. Todo aderezado con lo mejor de la serie B y otra ristra de delirios tan agudos como espeluznantes. No es la mejor cinta de Masamura (fue su segundo film) y tiene ciertos altibajos; sin embargo, es un visionado que merece la pena. Entretiene, hace pensar y cuando cae en la chifladura, lo hace con tanta gracia… Ains.


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Ôshima-sensei ya es un viejo conocido de SOnC. Es un director que me gusta mucho por su falta de miedo a paladear diferentes sabores y texturas. Y porque tampoco le importaba ser controvertido, qué demonios. En 1967 decidió, con un par de narices, adaptar al celuloide uno de los mangas clásicos del pionero del gekiga Sanpei Shirato: Ninja Bugei-chô (1959-1962). Pero no realizó una película al uso, tampoco una animación tradicional. Nada de eso. Ôshima optó por lo más sencillo y arriesgado, que fue tomar el propio tebeo, sus ilustraciones y filmarlos. Directamente. 17 tankôbon condensados en 118 minutos. Wow. Calma, yo también pensé que el resultado podría ser un despropósito que acabara en una sinfonía de babas y ronquidos. Pero Ôshima supo rodearse de un buen equipo, como el compositor Hikaru Hayashi (Onibaba, Kuroneko), el guionista Sasaki Mamoru (Heidi, Ultraman), o actores a las voces como Rokkô Toura (Feliz Navidad señor Lawrence, Kôshikei) o Shôichi Ozawa (El pornógrafo, La balada de Narayama). Además, Ninja Bugei-chô exhibió todos los recursos que la cinemática podía ofrecer entonces cuando se enfrentaba a un objeto fijo e inmóvil. Movimientos de cámara, el control de su velocidad, zooms, seguimiento del objetivo a las líneas del dibujo, planos detalle… todo para brindar el adecuado dinamismo, respetando la fuerza del propio tebeo.

Band of Ninja es una obra compleja y de muchos vericuetos. Ubicada en el Período Sengoku (1467-1603), es tan violenta y convulsa como esa época. Desfilan gran cantidad de personajes y el vaivén histórico también es intenso. Requiere completa atención, porque es una obra épica de grandes proporciones donde el villano que desea unificar Japón mediante sangre y brutalidad es… ¡tachán, tachán! ¡Oda Nobunaga! Ninja Bugei-chô es perfecta para los que disfruten con un buen cómic de samurais y musculosas dosis de violencia. Pero no una violencia ciega, sino situada en un contexto áspero e intrincado. Como no es nada sencillo conseguir el manga original en cuestión, es una buena alternativa para conocerlo. Eso sí, es para gente paciente y que no se encuentre demasiado intoxicada del habitual espíritu otaco millennial. De lo contrario, no aguantará ni diez minutos.


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Creo que ya lo he comentado alguna vez, pero soy una enamorada del cine mudo en general. Es una etapa de la historia cinematográfica que me fascina, más que nada porque la considero una época de enorme creatividad y riqueza. El despertar del cine no tenía miedo a la experimentación, solo podía innovar y abrir nuevas sendas. Maravilloso. En Japón sucedió algo semejante, por supuesto, y una de sus piezas más extrañas e inquietantes fue (y es) Kurutta Ippêji (1926) de Teinosuke Kinugasa. Se puede considerar, nada más y nada menos, la primera película avant-garde de las islas.

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Se suponía que Kurutta Ippêji era una obra perdida. Una de tantas gracias a la guerra, los terremotos y el inevitable descuido humano. Pero su mismo director, en 1971, la encontró casualmente mientras rebuscaba por su almacén. Como la mayoría de obras vanguardistas, A page of madness nació bajo los auspicios de un movimiento artístico, en este caso literario: el Shinkankaku-ha. Este colectivo buscaba crear en Japón su propia modernidad, alejándose de las tradiciones anticuadas de la era Edo y Meiji. Deseaban vincularse con los ismos occidentales, y con la influencia del dadaísta francés Paul Morand muy presente, lograron formar el primer grupo literario modernista del país. En él militó el futuro nobel Yasunari Kawabata, que fue responsable de gran parte del guion de Kurutta Ippêji. Así que podemos decir que su director, Teinosuke Kinugasa, que conocía bien el mundo de las artes escénicas pues había trabajado como onnagata, amalgamó en la película todos los anhelos de contemporaneidad que imbuían al Shinkankaku-ha. De ahí que tanto expresionismo, surrealismo o la escuela de montaje ruso, entre otras vanguardias, aparecieran reflejadas en sus fotogramas. Una página de locura no fue muy apreciada en su momento, tenía más de cine europeo que nipón, el cual por aquel entonces se centraba sobre todo en el jidaigeki.

¿Fue Kurutta Ippêji una obra incomprendida? Más que incomprendida, fue ignorada y después olvidada. Y aunque no cambió el rumbo del cine japonés, sí que podríamos considerarla la primera obra concebida de manera internacional. Fue la contribución del cine de las islas al efervescente panorama avant-garde de la época. Con su propio sello, no una simple emulación de lo que se cocinaba en Europa. Una página de locura cuenta la historia de un hombre que trabaja en el manicomio donde está encerrada su esposa. Él sueña con sacarla de ahí, pero la mente humana es… complicada. Y la vida también. La aproximación de este film a la locura resulta escalofriante y, aunque se hace un poco difícil de seguir (no hay intertítulos, la película era narrada por un benshi), su lenguaje visual es lo bastante elocuente para hacerse comprender. Resumen: Kurutta Ippêji reunió a un director que sería oscarizado con un escritor que recibiría un nobel literario; supuso la primera conexión del cine japonés con la vanguardia internacional; y su reflexión sobre la desesperanza y la alienación continúa aguijoneando en la actualidad como una avispa. Es película de (mucho) interés.


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Tetsuo: the Iron Man resulta un antes y un después. Es como si David Lynch, Akira Kurosawa, Jank Svankmajer y David Cronenberg hubieran decidido construir su monstruo de Frankenstein particular, pero con piezas de vertedero y desguace. Un virus de metal que devora la carne y transforma al ser humano en un ente informe al servicio de su implacable voracidad. Shin’ya Tsukamoto y Kei Fujiwara son los responsables de esta atrocidad de belleza inconmensurable, de horror sin fin. Y lo hicieron con cuatro duros. Revolucionaron el cine con este poema estentóreo que se revuelca entre sus propios ecos industriales. Tetsuo es una balada ciberpunk inmisericorde cuyas enseñanzas son plenamente vigentes. Plasma un mundo donde el individuo ha sido reducido a cables e impulsos eléctricos, un esclavo de la tecnología y las máquinas al que no le importa ser engullido. Es más, exultante en su metamorfosis, disemina la ¿buena? nueva para calmar su hambre, y quedar reducido a la demencia de las emociones más básicas. Sin distinguir realidad de enajenación.

The Iron Man es una experiencia en 16 mm y B/N que exige mente abierta y pocos prejuicios. Tanto a nivel técnico como argumental fue un puñetazo en los morros, una explosión de creatividad y humor sádico que era muy necesario es esos momentos de apalancamiento. Tetsuo es el orden en el caos, y no todo el mundo puede seguir su ritmo. Pero no importa, eso es bueno. Y no tengo más que añadir porque, como ya he indicado, esta película es una experiencia, y debe examinarse de forma personal. Muy personal. Nunca resulta indiferente, puede fascinar u horripilar, pero jamás dejará impasible. Tetsuo es una obra de extremos en todos los aspectos.


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No sé si lo sabéis, pero la primera persona que se tiene constancia en la historia de la humanidad que se dedicó a la literatura fue una mujer llamada Enheduanna. Vivió en el s. XXIII a. C en Ur, y fue la suma sacerdotisa de Nanna, deidad patrona de la ciudad. Nadie tenía más poder religioso que ella y, políticamente, solo su padre Sargón el Grande, fundador del primer imperio humano, estaba por encima. ¿Y en Japón existió una figura similar? Pues en Japón tenemos a Himiko, reina-chamán del sol. Hay mucho debate respecto a su figura, que tiene un aspecto legendario importante, aunque las fuentes chinas la enmarcan en el s. III de nuestra era. Himiko es el primer soberano conocido de Japón y precursora del Gran Santuario de Ise. Gobernó con benevolencia y armonía en el reino de Yamatai, y fue muy respetada en el extranjero. Su autoridad no fue una anomalía, sino el ejemplo de que, antes del gran advenimiento de la cultura, filosofía y religión chinas de fuerte raigambre patriarcal, en Japón el poder político y religioso estaba en manos femeninas. Pero de eso hace mucho tiempo, y casi todo lo que sabemos actualmente sobre Himiko ha pasado por el tamiz budista y confuciano, con la ulterior contaminación. En la actualidad es un icono pop tal cual, no hay japonés que no sepa quién es. Es como si en Occidente ignoráramos la existencia de la Virgen María, harto improbable. Y sobre Himiko va esta película.

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De Masahiro Shinoda ya he escrito en el blog en un par de ocasiones, y su adaptación de Silencio, aunque no me impresionó, me acabó gustando mucho más que la de Scorsese. Cosas de la vida. Aunque perteneciendo a la misma generación cinematográfica que mi subversivo favorito, Nagisa Ôshima, Shinoda, en cambio, decidió volver su pensamiento a la tradición japonesa, y aplicar en ella nociones contemporáneas que sirvieran a su armonía, no a derrumbarla. Así las deconstruyó y volvió a recrear, pero respetando su esencia. Himiko es eso. Buscó el talento de la escritora y poetisa Taeko Tomioka para el guion, y realizó una película de belleza oscura y profundo lirismo.

La primera vez que vi Himiko no pude evitar que me recordara, a nivel formal, a una de mis películas preferidas: Sayat Nova o El color de la granada (1969) de Sergei Parajanov. Tienen la misma meticulosidad artística y una riqueza simbólica extraordinaria; la misma cadencia sosegada e idéntico lenguaje surrealista. Pero hasta ahí llegan las similitudes. Himiko se empapa de las metáforas visuales de la danza butô, y nutre de la ceremonia del kabuki. Es un espectáculo delicado que narra una historia descarnada donde se responsabiliza al amor de la pérdida del poder. Un amor, ¿u obsesión?, incestuoso y destructivo al que la mujer debe renunciar si quiere ganar la guerra. Conspiración, traición, muerte… y la interpretación magistral de Shima Iwashita. Himiko no es de las películas más celebradas de Shinoda, pero sí una de las más hermosas. Un homenaje a la pureza del shintô.

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Los que sepáis algo de cine nipón, seguro que estáis pensando que me he dejado en el tintero unas cuantas extravagancias cinematográficas. Obras como Symbol (2009) de Hitoshi Matsumoto, o la increíble La bestia ciega (1969) de, otra vez, Yasuzô Masumura, basada en una historia de Edogawa Ranpo, merecerían también añadirse a esta mi lista personal de maravillas extrañas japonesas. Y algunas más me vienen a la cabeza, ahora que estoy finalizando la entrada. Mecachis. Sin embargo, no puedo eternizarme, y este post lleva esperando desde octubre ser finalizado. Ya le tocaba al pobre, creo. Así que lo dejaremos aquí. De todas formas, si observo que gusta (lo dudo), una segunda parte no me importaría escribir. Porque material hay de sobra. De momento, nos conformaremos con estas siete honrosas cintas, que son una sugerente excursión por senderos poco transitados. Espero que hayáis disfrutado un poco al menos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

And the winner is… NOT JAPANESE

No suelo prestar mucha atención a los Oscars porque, como creo que he comentado en alguna que otra ocasión, me parece una chifladura que unos galardones estadounidenses, que premian esencialmente productos estadounidenses, se hayan convertido en la representación de lo que se supone que es lo mejor del cine mundial. Un pelín presuntuoso diría yo, sin embargo es la noción instalada en la mente de medio planeta. No voy a entrar en cómo ha sucedido esto, que no tiene nada de extraordinario por otro lado; ni en el tráfico de influencias, corruptelas y demás fellatios que han rodeado desde siempre el asunto. Desde mi perspectiva su prestigio es muy relativo, aunque todo lo cuestionable que rodea estos premios no es tampoco óbice para admitir que gracias a ellos se pueden descubrir grandes obras. A veces se las premia y todo. Pocas cosas son totalmente negras o blancas en el universo humano, aunque nos empeñemos en verlo así (supongo que simplifica las cosas).

Este año 2017, en la categoría de mejor largometraje de animación, hay dos películas que tienen una clara vinculación con Cipango: Kubo and the two strings (2016) y La tortue rouge (2016). Muy diferentes entre sí, y que merecen su mini-reseña en SOnC. Me asombraría muchísimo que cualquiera de ellas lograra vencer, sobre todo teniendo en cuenta que se enfrentan al titán Disney por partida doble: Moana (2016) y Zootopia (2016). Ya sabéis, Disney, ese tradicional ganador desde la era de los trilobites (Palezoico para los puntillosos). Salvo Ma vie de Courgette (2016), he visto todas las aspirantes; y a pesar de que Zootopia me gustó y Moana me aburrió soberanamente, son las candidatas con más probabilidades de hacerse con la estatuilla (nota: me encantaría ver Courgette, porque tiene una pinta fantástica). Pero nunca se sabe, nunca se sabe… quizá nos llevemos una sorpresa. De momento Kubo está nominado en dos categorías (también en mejores efectos visuales), lo que podría considerarse esperanzador. La tortue rouge lo tiene bastante más negro, pero al menos ha llegado hasta aquí.

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Soy gran admiradora del stop-motion desde cría. Tuve la suerte de disfrutar muy pronto de las obras de ese coloso que fue Jiří Trnka (1912-1969)y más adelante de uno de sus más importantes discípulos, mi amado Kihachirô Kawamoto. ¿Cómo podía dejar pasar Kubo and the two strings? Los estudios de animación Laika, que conocía sobre todo por Coraline (me gustó mucho más que la novela de Neil Gaiman, lamento la blasfemia), no tienen muchos largos en su haber; pero esa falta de bagaje no la consideraría en absoluto un impedimento para realizar un buen trabajo. Así que ahí estaba Laika, que me daba excelentes vibras, y una temática que me entusiasma: el folclore japonés. ¿Qué podía fallar? Muchas cosas, la principal que eran occidentales (estadounidenses para más inri) los que metían sus hocicos en el intrincado universo mitológico de las islas. La ignominia que podía surgir de ello, volcada en el estereotipo y topicazo más rancios como suele ser habitual, podía ser de dimensiones ciclópeas. Pero salvo por el inevitable whitewashing de los actores de voz, Kubo and the two strings no es solo digna, sino respetuosa con la cultura japonesa. Un bonito homenaje, de hecho. Al menos desde mi perspectiva de palurda occidental, claro.

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Es cierto que esperaba encontrar algún rastro perceptible del Bunraku o cierto guiño a Kawamoto-sensei, pero creo que eso habría sido pedir demasiado. Se trata de un film además en el que los abyectos otacos reconoceremos muchos recursos e ideas, porque nos encontramos ahítos de verlos en mangas y anime. Un espectáculo gozoso que disfrutaremos sin problemas, aunque no nos sorprenderá demasiado. Sin embargo, reconozco que fue una jugada algo arriesgada por parte de los estudios, pues la mayor parte del público no está familiarizado con Japón, y Kubo and the two strings es un cuento típico japonés sobre japoneses en Japón con la idiosincrasia japonesa. Dirigido encima a toda la familia. El Western-centrism es algo tan arraigado, sobre todo en audiencias acostumbradas a productos anglosajones, que hace difícil se sientan cómodas con una obra que les resulte… remota. Pero con esta película no hay cuidado, si se logra superar el prejuicio inicial, es patente que tras su impecable fachada oriental, los que mueven los hilos son cerebros occidentales. Porque se nota y mucho. ¿Es eso negativo? Para nada. En realidad me parece uno de los puntos fuertes de esta película. La mezcla Japón-Occidente es enriquecedora, y sirve para tender puentes.

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Los aterradores villanos del film, entre los que se encuentra ¡PETER CUSHING! Amén.

Otra de las cosas que resulta fácil de advertir es el enorme cariño y cuidado que se ha puesto en todos y cada uno de los aspectos de Kubo and the two strings. Hay un trabajo descomunal detrás, de años diría yo. La labor de documentación ha sido exhaustiva, la han trenzado en el argumento y volcado en el terreno artístico de forma sensacional. El terrorífico gashadokuro que remite a Takiyasha la bruja y el espectro del esqueleto (c.1844) de Utagawa Kuniyoshi es sobrecogedor; la representación de la festividad del O-Bon, con su indispensable Bon Odori y la emotiva Tôrô nagashi son el punto de inflexión (y final) de la película. Pero hay mucho más: el reconocimiento sutil a las figuras de las Goze y los Biwa hôshi; la importante carga simbólica de la grulla y el mono (macaco japonés); la continua presencia de disciplinas como el kyûdo, el origami, etc; las referencias a personajes históricos como el samurái Hattori Hanzô; entrañables detalles que aluden a Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa en ciertos diseños o a su actor fetiche, Toshirô Mifune, y no veo prudente alargar más la lista. Aunque podría.

El director, Travis Knight, que se estrena además con este film, se centra más en la faceta budista de Japón que en la autóctona, el shintô. La naturaleza de los antagonistas no acaba de corresponderse con el dios lunar Tsukiyomi y su parentela, sino a las deidades búdicas celestiales que residen en nuestro satélite, como las del Cuento del cortador de bambú. La protagonista de esa leyenda, la princesa Kaguya, comparte características similares con los villanos del film: son tenny’o.  Aunque en Kubo and the two strings los representen como si se hubieran escapado de The Nightmare before Christmas (1993), para dejar claro que son los malosmalosos.

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Con toda la intención, no he comentado nada todavía sobre el argumento. La verdad es que para mí fue lo más decepcionante del film, aunque no puedo decir que me pareciera una birria. Porque no lo es. Simplemente no está a la altura de todo lo demás. Es un bildungsroman sin fisuras, siendo su protagonista Kubo, un niño tuerto que se gana la vida contando cuentos con su shamisen. Con él, en una cueva al lado del mar, vive su madre, que se encuentra enferma desde que se golpeó la cabeza con unas rocas. Pero ni su madre es una mujer normal ni Kubo es un niño cualquiera; ambos tienen habilidades mágicas muy especiales. La mujer está muy preocupada por Kubo, pues un peligro gravísimo lo acecha si permanece fuera de la cueva durante la noche; así que le hace prometer que no se dejará ver hasta que salga el sol. Pero un día, como imaginaréis, se le olvida regresar antes del anochecer a su hogar. Ha permanecido rezando ante un farolillo que ha hecho para el O-Bon, intentando que su padre le responda de alguna manera. Y ahí comienzan sus aventuras. Entretenidas y llenas de acción, pero previsibles. Los personajes que van apareciendo son clichés, muy bien construidos, pero clichés al fin y al cabo. La historia, como va dirigida a un público familiar, tiene comedia blandengue por doquier y momentos sentimentales que me resultan molestos. Afortunadamente, no abundan tampoco demasiado. Imagino que la melosidad tipo Disney es muy difícil de sortear cuando se intenta desarrollar un producto con ciertas pretensiones comerciales. A pesar de todo esto, Kubo and the two strings sabe sacar partido a su sencilla historia con una dosificación de los golpes de efecto inteligente, por lo que no aburre en ningún instante.

Kubo and the two strings es la mezcla perfecta de tradición y modernidad, como el mismo Japón. La construcción artesana de todas las marionetas y escenarios se une a la última tecnología en materiales y CGI, que con delicadeza hacen la animación más fluida y suave, de gran realismo. Es un despliegue visual que me dejó atónita en el cine por su increíble nivel de detalle y dinamismo. Como amante del stop-motion, considero Kubo un salto cualitativo histórico, y eso que no soy precisamente amiga de las herramientas informáticas en la animación. Una excelente película para todos los públicos, que destaca más por su prodigiosa realización que por un guion original. Muy recomendable.

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Si Kubo and the Two strings intenta ganarse al público juvenil y familiar, La tortue rouge encarna los esfuerzos por alcanzar a los espectadores adultos. Todavía se continúa arrastrando el falso concepto de que la animación es, sobre todo, para niños o adolescentes. Y no es así, claro está. Eso Hayao Miyazaki lo sabe muy bien, por eso en cuanto vio Father and daughter (2000), ganador del Óscar al mejor cortometraje en 2001, quiso conocer a su director y ofrecerle colaborar con Ghibli. Y así fue como un inicialmente escéptico Michaël Dudok de Wit (creía que le estaban tomando el pelo) se involucró con una de las productoras más importantes y prestigiosas del sector. Le otorgaron una libertad creativa envidiable, trabajando exclusivamente con personal europeo. Solamente debía ceñirse al presupuesto y calendario. Ghibli y la francesa Wild Bunch aunaron fuerzas para crear La tortue rouge, y el resultado fue (y es) una aleación extraordinaria entre Oriente y Occidente. Señalar que este proyecto ha sido, por ahora, la única asociación de Ghibli con unos estudios no japoneses.

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Es muy obvio el sedimento japonés, concretamente el de Ghibli. Su espíritu ecologista, el trasfondo filosófico de índole metafísica, el lenguaje onírico que estalla ocasionalmente, el lugar del ser humano en el mundo, la fusión de realidad y fantasía, etc. Es una película muy curiosa, porque a pesar de tener un argumento elemental, se abre a múltiples interpretaciones. Por eso tampoco quiero alargarme demasiado con su reseña, pues cada persona la puede entender de una manera diferente. Su rica simbología además contribuye a ello. Las referencias que evoca resultan muy variadas, desde la Odisea, Los Viajes de Gulliver, pasando por Robinson Crusoe, Moby-Dick o El viejo y el mar. Pero ninguna de ellas se adapta del todo a La tortue rouge. Es un film bastante singular, carne de clásico.

Lo que sí resulta evidente es su naturaleza alegórica, que plasma los ciclos de la existencia humana. Pero no por sí mismos, sino contextualizados. Es interesante observar que Dudok de Wit, de forma intencionada, huye de la visión antropocéntrica. Sí, es la historia de un náufrago que llega casi de milagro a las costas de una pequeña isla tropical, pero la mayoría de planos dejan bastante claro que este hombre solo es un elemento más de su entorno. La naturaleza, vasta y generosa, alberga por igual vida y muerte. No juzga, no distingue; es terrible en su impasibilidad y belleza. La naturaleza simplemente es. El ser humano debe buscar, ocupar y aceptar su propio espacio, aunque el ego no siempre hace fácil admitir que solo se es una pieza más. Con más consciencia y habilidades, pero formando parte de algo mucho más grande que él mismo.

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El trabajo que ha realizado Isao Takahata en la producción artística ha sido memorable. Inspirado en la línea clara del tebeo franco-belga para el diseño de los personajes y la paleta de colores, oscila entre el minimalismo y la exuberancia de sus escenarios. Elegante, clásico, ultramoderno. La combinación de dibujo tradicional y animación digital es perfecta, ensamblada con tal equilibrio que resulta imperceptible. En general, su cuidadosa simplicidad es un soplo de aire fresco entre tanto fuego de artificio en el mundo de la animación actual.

El argumento, que lo he esbozado un poco hace unos instantes, es la vida de un superviviente en una pequeña isla desconocida. No sabemos su nombre, ni lo sabremos nunca. Los nombres en realidad no importan en este film; por no importar ni siquiera las palabras significan algo, porque La tortue rouge carece de diálogos. Son sus poderosas imágenes, los silencios y la magnífica música de Laurent Pérez del Mar los que consiguen que la película alcance esas cotas de genialidad que la convierten en un cuento atemporal. Veremos el empeño de nuestro hombrecito por navegar lejos de la isla, afanes frustrados por la presencia de una enigmática tortuga roja. Más personajes se unirán al elenco, perfilados con habilidad y sencillez; y mediante un compás tranquilo, iremos observando desde las delicias de lo cotidiano y lo banal hasta los sucesos más trascendentales. Todos tratados en igualdad de condiciones, y con una serenidad impertérrita. Eso es algo que me encanta de La tortue rouge, la ausencia de dramatismo, su fluir constante y sosegado casi etéreo, pero que llega al corazón. Esta obra emociona, pero sin recurrir a alharacas. Si Kubo and the two strings es muy recomendable, La tortue rouge resulta imprescindible.

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¿Y quién se llevará el preciado galardón? Personalmente me encantaría que La tortue rouge ganara, aunque lo veo harto complicado. Me ha gustado mucho más que Kubo, que a pesar de que ya es un hito dentro del stop-motion, presenta un trabajo menos audaz, más atado a ciertos convencionalismos. Sin embargo, me doy cuenta de que se trata también un poco de preferencias personales, y no es justo comparar estas dos películas ya que expresan dos formas de concebir la animación muy diferentes. Y van destinados a públicos distintos. Ambas merecen la atención popular, ambas poseen virtudes de sobra para ser reconocidas como grandes obras. Una oportunidad es todo lo que piden, ¿se la has dado ya? Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Lacónicos y robots caníbales del espacio exterior

Mentira, mentira cochina. No hay ningún corto que se llame así. Todavía. Je. Pero me apetecía poner un título ridículamente bizarro a la entrada de hoy, que la serie B (y Z) siempre me ha(n) tirado mucho. Aunque sí, hay robots en este nuevo post. Y es que tarde o temprano Robot Carnival (1987) tenía que aparecer en los Lacónicos. Con Katsuhiro Ôtomo & co. asomando encima los hocicos era algo irremediable. Además, ya le dedicamos una entrada a un proyecto suyo, Short Peace (2013), del que hice reseña aquí; y en la que anuncié propósito de escribir más sobre mediometrajes y cortos del creador de Akira. También que un amable anónimo hace unos días mentara Neo Tokyo (1989) en el Gato Curioso hizo que recordara mi antigua determinación. Bueno, pues here it is, my otaku comrades: el carnaval de los robots.

Antes de entrar en materia, si estáis interesados en más cortos de Ôtomo, recomendaros la entrada que Wanda de Entre Sábanas y Almohadas dedicó a Memories (1995). Es otra compilación en formato película muy, muy interesante. Y tras este pequeño inciso, al turrón.

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Robot carnival es un CLÁSICO. Así, con mayúsculas y en negrita. Es una verdadera lástima que no tenga más reconocimiento a nivel popular, porque la merece. Pero tanto los otacos ancianos como los aficionados a la arqueología animesca sabemos muy bien de su existencia. Ha pasado sin mucha pena ni gloria durante todos estos años, y los seguidores actuales no le han prestado demasiada atención, quizá porque el material antiguo tiende a ser ignorado o también debido a su aire experimental. Quién sabe. Robot Carnival no resulta precisamente comercial ni tampoco perfecto, sin embargo su calidad en conjunto es indudable. ¿Por qué remarco “en conjunto”? Pues porque Robot Carnival es una OVA conformada de 9 cortos individuales. 9 cortos de muy distinto pelaje, diferentes directores y equipo, pero con algo en común: los robots.

Los estudios A.P.P.P, dirigidos por gente de la mítica Mushi Pro, decidieron que no estaría nada mal juntar a los cerebros de los animadores más prometedores del momento para hacer unas bagatelas. Cómo no, entre ellos se encontraban Ôtomo y su cuadrilla de amigos. Así que, usando como nexo la robótica, realizaron 9 cortometrajes donde sus autores pudieron explayarse con libertad, examinando distintos aspectos de la temática y sus implicaciones. ¿Desarrollaron el asunto en profundidad? Veamos: son casi todas obras de unos 10 minutos, algunas se mojan más que otras, pero desde luego no hay demasiado de Alvin Toffler en sus historias. Eso no quiere decir que sean un descerebre ni mucho menos, pero estamos básicamente ante un producto de entretenimiento. Con ciertas pretensiones filosóficas y artísticas, pero de forma sencilla y accesible. Los robots además estuvieron muy de moda durante la década de los 80, fue una auténtica fiebre, así que no resultó extraño que una obra tan particular como esta consiguiera su propio espacio.

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El opening y ending, dirigidos por Katsuhiro Ôtomo y con la gran Atsuko Fukushima a los mandos de la animación, resultan un preludio y epílogo impecables para este Robot Carnival. Son las dos piezas más cortas del repertorio y con el mismo hilo argumental. Presentan y despiden un mundo desolado donde el caos, insensible a lo que le rodea, propaga su destrucción mediante la locura de una fiesta muerta y sin sentido. Hasta que el tiempo y la nada lo engullen. Y vuelve la… tranquilidad.

Todos los cortos poseen una calidad de animación altísima, incluso para el baremo actual. De hecho es, desde mi punto de vista, infinitamente más hermosa, con un nivel de detalle y fluidez maravillosos. Tienen en común además la ausencia de diálogo. Salvo dos de ellos, que sí recurren a él, es la música la que lleva las riendas. ¿Y quién fue el responsable de esa música? Pues nada más y nada menos que el compositor Joe Hisaishi, que para Robot Carnival desplegó habilidades dentro de su muy amada música electrónica y techno. En sumo apropiado, y el resultado no pudo ser ochentosamente mejor. Es cierto que hay historias que me gustan más que otras, y la calidad argumental no la percibo homogénea; pero es algo habitual en este tipo de obras corales. Sin embargo, valoro Robot Carnival de manera integral como un anime que hay que ver por lo menos una vez. Es un menú de platos algo raros que contiene trazas de frutos secos, leche, mecha y soft sci-fi; también shônen, surrealismo y comedia, por lo que hay de todo un poco para gustar… o provocar alergias. Vayamos con ellos.

 

Franken’s Gears

Kôji Morimoto

Morimotosensei creo que no necesita introducción, ha sido una presencia constante en títulos imprescindibles como Akira, Tekkon Kinkreet o Mind Game entre otros muchos. Una figura entre bambalinas, a veces dejándose ver un poco más, esencial en el mundo de la animación. Suyo es este Franken’s Gear o Furanken no Haguruma, que resucita el mito del moderno Prometeo de Mary Shelley, pero no en carne y hueso, sino metal y circuitería. Este corto afronta el momento de la creación, abarca desde el profundo caos hasta que se alcanzan los confines de la existencia; plasma el éxtasis de generar vida. El robot despierta, imita a su creador… ¿y luego?

Franken’s Gear es un corto oscuro, sin voces humanas; son las máquinas las que hablan. Los juegos de luces y sombras, más propias del teatro o el cine expresionista alemán, evocan clásicos del terror como Der Golem (1920) o la propia Frankenstein (1931). Resulta también inevitable la comparación con El aprendiz de brujo de Disney. En realidad Robot Carnival como proyecto recuerda al clásico Fantasía (1940), tanto por su afán heterodoxo como por el protagonismo de la música, que lo encauza todo. En resumen, Franken’s Gear es el nacimiento del autómata, el hijo que matará al padre y dominará el mundo.

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Deprive

Hidetoshi Ômori

Deprive es un shônen típico-tópico de cabeza a los pies, pero realizado con un gusto y cuidado exquisitos. Un videoclip musical donde la acción es la protagonista principal. Si en Franken’s Gear el tema a tratar era la creación y el despertar de la máquina, en este Deprive es dotar a esa carcasa del espíritu humano. Así que Hidetoshi Ômori decide recurrir a ilustres clichés para recrearse luego en su expresión. Porque el argumento no tiene nada de particular y lo hemos visto cien veces; es a nivel técnico y artístico que deslumbra y resulta un placer inmenso. Ars gratia artis, señores, los fans de Saint Seiya disfrutaréis como bellacos. Quizá sea el más flojillo de los nueve, a mí es el que menos me agrada; pero consigue en diez minutos sintetizar lo que a muchas series les cuesta contar en todos sus capítulos. Y eso es, como mínimo, una curiosidad. Además no hace perder mucho tiempo.

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Presence

Yasuomi Umetsu

Creo que no es la primera vez que Yasuomi Umetsu aparece por SOnC. Ni será la última, aviso. En este Presence está, sencillamente, sublime. Es el corto más trascendente de Robot Carnival (con permiso de Cloud) y trabaja con ese eterno dilema de lo que es humano y lo que no. Dónde están los límites. Por eso tiene muchísimo de Blade Runner (1982), de hecho el protagonista principal está inspirado claramente en J.F. Sebastian, y su creación tiene un poquito de Pris (pero más de Cindy Lauper y Madonna, jojo). Posee una potente carga simbólica que, ligada a recursos del surrealismo, hace de Presence una obra extraña y mágica, algo cruel también.

Presence es el más largo de los 9 cortos, con 20 minutos de duración. También goza, junto a Strange Tales of Meiji Machine Culture: Westerner’s Invasion, de diálogos entre personajes. Cuenta la historia de un hombre que, sintiéndose poco amado desde la niñez, decide evadirse en la creación de pequeños juguetes mecánicos. Pero su principal obsesión es la construcción de un androide femenino a tamaño real que pueda sustituir la falta de amor de su madre, esposa e hija. Un consuelo. Y por fin, cuando está ya acabada, resulta ser más real, inteligente y humana de lo que le gustaría. Le pide un nombre, le pide afecto porque, como él, también se siente sola. Llevado por el miedo, reacciona con cobardía y la rompe. Solo es una muñeca. Sin embargo, aunque los años se suceden, no puede olvidarla y continúa poblando sus pensamientos.

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Starlight Angel

Hiroyuki Kitazume

Starlight Angel es una fantasía shôjo hecha vídeo musical para la MTV. O lo que era la MTV en esa época, claro: los reyes indiscutibles de la difusión televisiva de la música pop. Ahora es ponzoña. Y estoy siendo amable con lo de ponzoña. Volviendo a lo que nos concierne, este corto no es para romperse la cabeza, se trata simplemente de entretenimiento inofensivo sobre el mal de amores durante la adolescencia; y cómo nuestros amigos los robots pueden consolar los tiernos corazones de ciertas damiselas. Y que de repente aparezca un Mazinger Z malísimo de la muerte por ahí o que todos se echen a volar rodeados de estrellitas, solo son coyunturas de la libertad creativa.

Bromas aparte, quizá sea junto a Deprive el menos sustancioso de los cortos en Robot Carnival. Aun así, esa ingenuidad que busca la catarsis de la protagonista en un parque de atracciones temático, es de lo más deliciosamente frívolo que podréis encontrar en mucho tiempo. ¡Ah, los ochenta, qué maravilla de la horterada y la veleidad! Starlight Angel es miel sobre hojuelas, en la actualidad a nadie se le ocurriría invertir dinero en algo así. Tan insustancial, absurdo y bonito.

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Cloud

Manabu Ôhashi

Y de la comercialidad coqueta de Starlight Angel, a la experimentación de tintes filosóficos de Cloud. No hay que buscar los dilemas fuera, se encuentran en el interior. ¿Y si el hombre fuera en realidad un robot? Un robot que pasa por la vida atrapado bajo las nubes de un mundo incomprensible y cruel; sujeto a la niebla de sus propios pensamientos. Siguiendo un camino predeterminado, con pasos mecánicos, sin atreverse a alzar la vista. Cloud es la alegoría que plasma todo esto, y muestra que solo la luz es capaz de dispersar esas tinieblas, que detrás de ellas se encuentra el sol. Solo así es posible dejar de ser un autómata y recuperar la humanidad.

Manabu Ôhashi, que se oculta bajo el seudónimo de Mao Lamdo en Robot Carnival, se dejó imbuir por el espíritu de los tebeos para crear un arte monócromo y de muy variadas texturas. Como si fuera un dibujo a lápiz o al carboncillo, mezcló estilos con gran plasticidad. Las luces, las sombras están muy bien trabajadas; y la música juega un papel fundamental, pues marca un compás deliberadamente lento que acentúa su atmósfera de ensueño. Cloud no es para todo el mundo, aunque resulte ser de lo mejor de Carnival Robot.

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Strange Tales of Meiji Machine Culture: Westerner’s Invasion

Hiroyuki Kitakubo

Mecha steampunk en la era Meiji. OUHYEAH! Una autoparodia desternillante, sin duda el más divertido y espectacular de los cortos de Robot Carnival. Se ríe de multitud de estereotipos y prejuicios: el villano demente extranjero (y feo, muy feo) que quiere conquistar Japón, el nacionalismo rancio y orgullo patrio que salvarán el país (banzai!), un elenco de personajes caricaturizados al máximo, duelo al sol entre dos robots gigantes, destrucción gratuita por doquier, etc. Resumen: una comedia excelente.

No hay mucho más que decir sobre Strange Tales of Meiji Machine Culture: Westerner’s Invasion porque el argumento es sencillo, lo mejor es disfrutar de su demencia y esa estupendísima animación. Los diseños de los autómatas, así como la ambientación general y los personajes presumen de un cuidado ultrameticuloso. Me recuerdan a los bocetos de Sherlock Hound. Y no, no estoy obsesionada con ese anime (bueno, un poco, fue mi amor infantil). Y eso, que es un poco Miyazaki todo me parece a mí, y me parece también genial. La verdad es que Hiroyuki Kitakubo hizo una labor soberbia, un 10 para él.

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Chicken Man and Red Neck

Takashi Nakamura

Chicken Man and Red Neck toca la peliaguda cuestión de la rebelión de las máquinas. Y Takashi Nakamura decidió optar, muy sabiamente, por una vertiente clasicota. Es un corto que le debe lo indecible a Osamu Tezuka (y, por ende, a Disney), pero también asoman sus cabecitas el maligno director escolar de The Wall (1979) o un infierno tecnificado al estilo del Bosco. Refleja el horror industrial de forma asfixiante. Esta pieza muestra una ciudad que, durante la noche, ha sido tomada por máquinas que se reproducen sin cesar, como un virus. Una civilización monstruosa en la que el ser humano no tiene posición, pues ha sido arrebatada por las máquinas en su función: destruir. Solo un sararîman borracho es testigo de la hecatombe que se cierne, e intenta huir del lugar. ¿Qué ocurrirá? Chicken Man and Red Neck es trepidante, no da tregua; y tiene un desenlace muy a lo Tezuka, así que no decepciona.

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Cada corto de esta antología se aproxima al mundo de la robótica desde una perspectiva diferente. Todos intentan aportar su granito de originalidad, aunque algunos dependan más que otros de ese arte magnífico que comparten. Mis favoritos son Strange Tales of Meiji Machine Culture: Westerner’s Invasion y Presence, aunque Starlight Angel y Cloud también me gustan bastante. ¿Cuáles son los vuestros? Si os apetece echarles un vistazo (que lo merecen, por otro lado) y tenéis el día benévolo, podéis dejar un comentario por ahí abajo. ¡Gracias! Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Gymnopédies: gimnasia del corazón

Llevo una temporadita leyendo mucho manga en vez de diversificarme un poco más. Tengo varios libros aparcados y también unos cuantos anime a medias. Salvo material de temporada, he dado un parón seco en todo lo demás; y me encuentro devorando tebeo japonés non-stop. Son épocas caprichosas. Me da por ahí, sin más, tampoco me pregunto la razón. Sucede y me dejo llevar. Por eso es probable que las próximas entradas estén dedicadas exclusivamente al mundo del manga. Hasta que el arrebato se calme, imagino.

Hoy tengo planeado escribir una reseña en la que voy a tener la oportunidad de mezclar dos temas que me encantan: el cómic y la música. Se trata de un manga cortito, consta solo de 6 episodios, llamado Prologue: Gymnopédies (2012). Y más que un tebeo, se trata de un proyecto ambicioso que abarca, además de la experiencia visual del cómic, la musical. Según los propios creadores Mieru Record with Otowa, es una experiencia sinestésica donde “se escucha un libro” y “se lee la música”. La mejor manera de que entendáis todo esto es viendo el siguiente vídeo.

A mí estas cositas tan poco prácticas, con tan escasa salida comercial pero taaaan hermosas e insólitas, me enamoran en cuestión de nanosegundos. El que haya tenido una cajita de música de este tipo alguna vez, seguro que conoce esa sensación mágica, casi como de estar en un mundo diminuto y encantado, al girar su manivela y ponerla en funcionamiento. Con sumo cuidado y en silencio. Y si a eso le unimos leer un manga al mismo tiempo, tenemos una joya de la inutilidad y la belleza más absolutas. Perfecto para mí y para todas esas personas con alma de duendecillo que todavía quedamos pululando por la tierra. Si viviera en Japón me habría hecho con estas preciosidades, pero respirando justo en el otro extremo de Eurasia resulta un pelín complicado… porque además no soy rica (más bien al puto revés). Aunque parece que la edición de Prologue: Gymnopédies es algo más sofisticada por lo que aparece en la web. Por supuesto, he tenido que conformarme con leerlo mediante scanlations y sin la música simple y cristalina de la cajita, que seguro las piezas de Satie ganan nuevos matices de esa forma. No lo he mencionado antes, pero imagino que sabréis qué son las Gymnopédies (1888) y quién fue su autor, Erik Satie (1866-1925).

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Satie y Picabia en el cortometraje dadá Entr’act (1924) de René Clair

Si empiezo a desembuchar sobre Satie, creo que puedo morir perfectamente sobre el teclado (y vosotros también) tras escribir un gúgoltriplex de palabras, palabras y más palabras. Pero a modo de resumen, Erik Satie es el alfa y el omega de la música moderna. Podéis pensar, muy razonablemente, que estoy borracha o drogada por soltar tremenda sentencia… y en otro momento quizá hubierais tenido razón. No obstante, justo ahora no me encuentro ebria. Satie fue chispa y precursor de importantes movimientos musicales desarrollados durante el s. XX y que todavía continúan vigentes, como el minimalismo, el ambient o el jazz. Fue un hombre bastante extraño al que me habría encantado conocer, su vida estuvo plagada de anécdotas y experiencias que bien merecerían una película. A pesar de tener el apoyo de sus amigos Debussy y Ravel, sus obras no gozaron del favor popular. Pero él siempre siguió su senda, disfuncional, pero SU senda. Fue a posteriori que se reconoció su legado. Estuvo muy vinculado además con el avant-garde, en concreto con el dadaísmo, surrealismo y cubismo. Él mismo deseaba romper con el academicismo y buscar nuevas formas de expresión: armonía no triádica, bitonalidad, politonalidad, uso de nuevas escalas… y todo con una fuerte impronta de música medieval. Fue algo revolucionario. Quizá las Gymnopédies no sean el ejemplo más claro de esa ruptura; aunque detrás de sus melodías delicadas y repetitivas encontramos esa mecánica sin aparente forma que tan incomprensible resultaba a algunos de sus contemporáneos.

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Debussy y Satie

Las Gymnopédies son, junto a las Gnossiennes, las obras más célebres del compositor. En específico la Gymnopédie nº 1 es un hipermegahitdelinfiernosatanás que todo el mundo, hasta el emperador galáctico de los cenutrios, ha escuchado una vez en su vida. Y la reconoce. Su dispersión en el mundo de la cultura popular (cine, videojuegos, música pop, series de TV…) ha sido fabulosa; y el mundo del anime no ha sido una excepción tampoco. Ni mucho menos.

Lo primero que llama la atención de estas tres piezas es el nombre. ¿Gymnoqué? En el s. XIX en Francia tampoco sabían qué carajo significaba, salvo los que hubieran tenido una mínima formación clásica, por supuesto. Muchos pensaron que se trataba de un neologismo que el excéntrico músico había inventado. Pero las gimnopedias habían existido. En la Hélade, concretamente entre lacedemonios… this is Sparta! Dejando atrás las coñas marineras, eran unas festividades de índole bélica donde participaban danzando desnudos (γυμνός) los jóvenes (παῖς), de ahí γυμνοπαιδίαι o gimnopedia. ¿Se inspiró en ellas Satie para componerlas? Pues hay un debate encendido sobre el tema, no se sabe muy bien de dónde sacó el nombre y por qué lo escogió. Además, añadiendo las rarezas congénitas de Satie, resulta complicado llegar a una conclusión. Hay diversas teorías, no obstante, que las relacionan con la Salambó (1862) de Flaubert, el poema Les Antiques de Contamine de Latour o con una broma que le quiso gastar el compositor al dueño de Le Chat Noir, Rodolphe Salis. Satie no era un músico famoso, así que para impresionar y a la vez burlarse de Salis, se hizo presentar como “Erik Satie, gimnopedista”. Salis reaccionó primero desconcertado y luego respondió: “Vaya, esa sí que es una profesión importante”.

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Nunca pierdo ocasión de plantar a Isis en el blog, aunque sea mediante una foto de mierda hecha con un móvil de mierda. Sobre su lomo, “Salambó” y “La madre de los monstruos” de Maupassant. Os recomiendo ambos, btw.

Pero regresando a las propias Gymnopédies, los nombres de las piezas son:

  • Gymnopédie n.º 1: Lent et douloureux
  • Gymnopédie n.º 2: Lent et triste
  • Gymnopédie n.º 3: Lent et grave

Y sí, son lentas. Y dolorosas, tristes, serias. Pero muy bellas. No son la obra más característica de Satie, pero sí la más famosa. En ella encontramos las primeras patadas de pura rebeldía a la música convencional de su tiempo. Escondidas tras la elegancia mística de su melodía, resuenan disonancias que son como arritmias en el corazón.

Las Trois Gymnopédies han servido de inspiración y leitmotiv a este manga coordinado por el artista Yuta Kayashima. Son seis relatos cortos e independientes, cada uno realizado por un autor distinto. Salvo Murai, de la que escribí un poco en la entrada de Alenzyas, no conocía a ninguno. Son todos mangakas jóvenes, dando sus primeros pasos en el mundo editorial, algunos de ellos trabajando en sus propios webcomics. Y potencial tienen. Sus nombres: Miyû Sekine, Yûri Mikami, Natsujikei Miyazaki y Yosomachi.

La libertad creativa es total, o eso se desprende tras leerlo mientras se escuchan las Gymnopédies (requisito imprescindible, por cierto). Por eso no esperéis un cómic al uso. Como la misma obra musical de la que surge, la ensoñación y el surrealismo acaparan su espíritu. Y el compás lánguido de Satie es el que moldea las viñetas, donde la violencia puede golpear de improviso o la exuberancia brotar como una explosión repentina de confeti en el aire. Imaginación al poder. Las historias son extremadamente simples, dirigidas a evocar, a sugerir emociones más que a transmitir información; y cada una de ellas posee un estilo muy diferente.

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“A night absent of return” de Murai

De los seis el que más me ha gustado ha sido Déjà vu de Mikami Yûri. Me ha recordado muchísimo a Seiichi Hayashi pero con una delicadeza más cercana a artistas europeos como Jean Cocteau o Servais. Su cuento es de una simplicidad y gracia que me han conquistado por completo. Juega con la nostalgia, la fragilidad de la memoria y la esperanza. A night absent of return de Murai también me ha parecido interesante, trabaja con esa pareja desigual que la autora suele prodigar en sus obras. El arte de esta señora es un primor, por cierto, con un estilo muy peculiar. A certain student, Gymnopédies de Natsujikei Miyazaki es vistoso y quizá el más cercano para el público joven. Es una maravilla seguirlo con la música de Satie, gana muchísimo. For a quiet night’s sleep de Yosomachi es un slice of life a lo Jirô Taniguchi encantador, con un dibujo minucioso y tradicional. Preciosos detalles. Gentle water de Kayashima Yuta quizá sea el que más soso me ha parecido de todos, aun así es una bonita alegoría de reminiscencias psicodélicas muy dinámica. Y, finalmente, Slowly, as if in pain de Miyû Sekine resulta divertido y sagaz, muy cerebral. No se pierde en las nubes de la mente, sino que de manera lúcida, incluso un poquito mordaz, se recrea en conceptos esenciales de la vida. Me ha parecido la historia más Satie de todas.

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“Déjà vu” de Mikami Yûri.

Prologue: Gymnopédies es un experimento curioso que bien merece un rato de vuestro tiempo. Como son disparos directos al kokoro, no requieren gran esfuerzo intelectual, solo buscar un momento de soledad, calma y dejarse llevar tanto por los cuentos como por la música (vuelvo a insistir en que es indispensable leer este manga con Satie). La suave melancolía que planea por cada uno de ellos es tierna pero no edulcorada, de hecho se respira una crueldad de baja intensidad en alguno de los capítulos que aporta un sabor agridulce perfecto. Es un manga pleno de sutilezas pero que no se anda por las ramas a la hora de estrujar el estómago. ¿Lo recomiendo? Desde luego, aunque Prologue: Gymnopédies no es ni One Piece ni Bokura ga Ita. Todos mis respetos hacia ellos, pero este manga es de urdimbre más tenue, lo que puede resultar insípido para algunos paladares. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Lacónicos: 3 cuentos de verano

Sinceramente, no sé si os agradan demasiado las entradas dedicadas a cortometrajes; pero como a mí sí que me encanta en general este formato y encima, fíjate tú, esta bitacora solitaria me pertenece, pues… pues que van a ir cayendo más posts del pelaje.

Los de hoy son tres cortos que tienen bastantes cosas en común. Para empezar, una duración superior a la media, de unos 20-25 minutos. También que son cuentos, de ahí que compartan un airecillo infantil, aunque ocultan temáticas más serias y maduras. Y, para rematar, las tres poseen una impronta occidental impepinable, aunque su naturaleza sea, de un modo u otro, japonesa.

Tres pequeñas obras perfectas para el estío, colmadas de gran imaginación y fantasía. La primera para beber como una limonada refrescante y dejarse llevar. La segunda, dirigida a la calma y reflexión nocturnas. Y la tercera va de los ojos directamente a las tripas, sin compasión. Todas para ser disfrutadas sin reservas y con una pincelada anticomercial la mar de saludable.

1001 nights

Mike Smith

1998

1001 nights es un viaje. Un viaje onírico al servicio de la música. Porque es la que marca la cadencia, el compás y el ritmo. Todo. El compositor fue David Newman y la pieza interpretada por la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles. Pero, a su vez, la música se basó en ilustraciones del siempre maravilloso Yoshitaka Amano. Detrás de esta auténtica obra de arte, hija bastarda de la Fantasia (1940) de Disney, estaba el genio imprevisible de Amano-sensei. Y aquí tenemos una simbiosis impecable entre el flujo de imágenes y música, nutriéndose mutuamente en una marea enigmática.

Con 1001 nights solo hay que hacer una cosa: dejarse llevar. A poco que se conozca a Yoshitaka Amano, se sabe lo que esperar: ensoñaciones barrocas de aroma klimtiano que desdeñan el concepto de límite. La historia se derrama con libertad, fluye veloz y filtra todas las realidades de consciencia. Es un relato de amor y erotismo, brillante, caótico, hermoso. Llama muchísimo la atención la miscelánea de estilos y texturas, donde brotan de repente añejos 3D como surgen ingenuas acuarelas, neones expresionistas o golosinas muy Chagall. Este cortometraje deslumbra ya no solo a nivel estético, sino que su profunda carga simbólica requiere introspección.

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Briar Rose

Kihachirô Kawamoto

1990

Creo que he dejado claro más de una vez que soy fan acérrima de Kihachirô Kawamoto. El legado de este hombre en el mundo de la animación y el stop-motion es de valor incalculable, y de una belleza y refinamiento que muy pocas veces más se ha visto. Genio y artesaníaAquí hablo de un par de obras suyas, por si os apetece leer algo más sobre su vida.

Briar Rose o La bella durmiente, la realizó en los estudios de Praga de su mentor Jiří Trnka, el cual, tristemente, no vivió lo suficiente para poder ver una obra terminada de su discípulo. Aunque sí le transmitió lo mejor de su saber, que Kawamoto supo hacer florecer de manera tan espléndida como esta. Para ver este cortometraje hay que olvidar totalmente las versiones clásicas de Perrault y los Grimm del cuento. O quizás no, tenerlas bien presentes para que el impacto sea mayor. Se trata de una revisión bastante curiosa, y no exenta de cierta ironía. Contada en primera persona, formalmente es tradicional y de ritmo sereno; es el argumento lo que fascina. La protagonista no es un ente pasivo, ella misma nos está contando sus circunstancias, acciones y pensamientos. Y lo más importante: lo que verdaderamente se encuentra detrás de su historia, donde el sexo tiene un papel fundamental. ¡Disney, veo que te ruborizas!

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Le conte du monde flottant

Alain Escalle

2001

El cuento del mundo flotante son 23 minutos de conmoción visual. Se trata de un corto que el francés Alain Escalle realizó hace 15 años mientras trabajaba en el campo de la publicidad en Japón. En su momento, al menos como yo recuerdo en Francia, tuvo cierta relevancia y cosechó varios premios y nominaciones importantes, como a los premios César. No es una obra fácil y pasada más de una década, su visionado es todavía menos sencillo. ¿Por qué? Se unen dos cosas: primero, la temática que trata es muy dura. El bombardeo de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki cambió muchas cosas, y no solo en las islas niponas. Escalle es crudo y directo en su visión de lo que fueron estos acontecimientos, a pesar de las alegorías que aparecen. Y segundo, se trata de un corto que une imagen real con CGI. La tecnología, aunque avanzada, no es ni comparable con la actual, y es un campo en el que el desfase se nota muchísimo. 

Sin embargo, es un cortometraje que merece un vistazo atento (aquí lo podéis ver completo online) y que muestra no ya solo técnicas interesantes, sino una aproximación a Hiroshima original y de vertiente artística muy pronunciada. Apenas hay texto, un par de haikus y poco más; la fuerza de Le conte du monde flottant se halla en la tremenda expresividad de su imagen: los actores, las coreografías, los colores. Para ello recurre, por supuesto, a la danza butô y a la elegancia del kabuki. Una mezcla de pasado y presente, donde el Feísmo campa a sus anchas, pero también la delicadeza. Verdaderamente inquietante.

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Y este ha sido el piscolabis de hoy. Cortito pero denso. Espero que os animéis con alguno de ellos… ¡o con todos! Son los tres obras notables. Cierto que demandan apagar el piloto automático, pero eso también resulta aconsejable hacerlo de vez en cuando. Por el bien neuronal y esas cosas.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

¡Venga, ronda de one-shots!

Prosiguiendo con vuestras votaciones en twitter, el siguiente post a publicar estaba dedicado al manga. Voici une liste. Los listados son de las cosicas más simples y agradecidas, y todavía no había caído ninguno dedicado a los yomikiri o one-shots. Este formato tiene sus peculiaridades y, aunque a veces se utiliza como episodio piloto de lo que más tarde puede convertirse en una serie extensa, personalmente los considero importantes. Muchas veces pasan desapercibidos o se ningunean directamente; también pueden ser solo una primera toma de contacto por parte de algunos creadores con el medio. Pero siempre tienen su interés, y no en pocas ocasiones se hallan verdaderas joyas. Como todos los aficionados al manga, he leído cientos; así que para cribar un poco el asunto, he escogido aquellos que me han dejado un poco pillada.

Mis disculpas de antemano, porque después de una entrada dedicada al terror (que no suelen gustar a casi nadie), esta va a contener alguna que otra bizarrada. Bizarrada gorda. Pero también material más mesurado. Los lectores habituales ya sabéis que SOnC sufre espasmos y convulsiones de este tipo. Aun así, para el verano no vienen nada mal las pequeñas lecturas y como bien expresaba un antiguo vecino de estas tierras: lo bueno, si breve, dos veces bueno.” Que algo debería aplicarme el cuento también, porque últimamente meto unas chapas tremendas en el blog. Necesito relajarme.

Y volviendo a los one-shots, serán pequeños pero matones. Algunos incluso pueden dejar secuelas. BWAHAHA. Mentira. Aunque no son del todo inofensivos, informados quedáis.

Hotel: since 2079

Boichi

2004

Dentro de la ciencia-ficción, es sin duda uno de los one-shots más interesantes con los que podéis encontraros ahora. Además está publicado por Milky Way, que está haciendo una labor maravillosa en el panorama del manga en español. Hotel: since 2079 originalmente fue un manhwa que luego formó parte de la recopilación que Morning editó en 2006. Aunque llega ya un momento en el que la nacionalidad del autor (coreana), donde resida y lo que haga, dan absolutamente igual. Son tebeos made in Japan y punto.

Boichi tiene un arte magnífico, casi abrumador; y lo que podría convertirse en el protagonista desplazando al guion, resulta el complemento perfecto de una gran historia. Desde el año 2079, Louis Armstrong, la inteligencia artificial que protege el legado humano, todavía se mantiene en pie. Han sido 27 millones de años de lucha solitaria, rodeado de muerte y sin noticias de nadie, absolutamente nadie. ¿Qué ha sucedido con la Tierra y las especies que la poblaban? ¿Cómo nació Louis? ¿Cuáles son sus futuros desafíos? Eso es lo que relata este manga. Y muy bien, por cierto.

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Abstraction

Shintarô Kago

2007

Shintarô Kago es uno de los mangakas de ero-guro más atractivos y accesibles del panorama actual. Me he pasado con lo de “accesible”, pero comparado con otros colegas del género, tiene un puntillo más… comercial. Para nada aplicable a este one-shot, por cierto. Aunque no os hagáis una idea equivocada: Kago es un completo enfermo.

Abstraction juega con las dimensiones y perspectivas, como si pertenecieran a un cubo de Rubik. Las secciones y piezas se alteran creando un caos ordenado de resultados bastante… inesperados. Porque ya no se trata solo de los mecanismos de una presentación insólita, sino de la historia que cuenta. Un argumento harto sencillo pero que se recrea en la vulgaridad de lo cotidiano para provocar una reacción en el lector. Es un manga que rompe con el espacio y el tiempo, trata deliberadamente a sus personajes como si fueran títeres y, poco a poco, va aumentando su contenido soez hasta alcanzar esas bizarradas grotescas que solo Shintarô Kago sabe fabricar. Es crudo, es cáustico, es indescriptible. Y de muy mal gusto.

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Ladybirds’ requiem

Akino Kondoh

2000

Creo que ya es hora de que se empiece a traer algo de la obra de Akino Kondoh por estos lares. Como siempre, Francia va por delante. Además actualmente está publicando un josei llamado A-ko san no Koibito (Los novios de A-ko, que son 2, por cierto), que ruego de rodillas tenga el éxito suficiente para que un alma caritativa lo escanee y traduzca. Porque la posibilidad de que se llegue a publicar la veo más bien negra tipo Cygnus X-1. Aunque quién sabe, esta moza vive en Nueva York… podría ocurrir el milagro. Pero volviendo a sus trabajos anteriores, estos poseen un tono muy distinto al de A-ko san no Koibito, porque no se dirigen a un público general, sino más bien al relacionado con el mundillo arty. Es una manera muy zaborrera de resumirlo, pero en esencia es eso. Y este Ladybirds’ requiem está incluido en la noción occidental de cómic alternativo.

¿Quiere decir eso que no lo puede leer cualquiera? Pues claro que puede leerlo todo el mundo, carajo. Ladybirds’ requiem es un one-shot precioso, con una simbología profunda: muy íntimo, muy personal. El dibujo juega con fuertes contrastes de luz y sombra; me gusta muchísimo el estilo limpio y fino de esta mujer. La historia es un recorrido interior, un pasaje onírico donde nada es lo que parece. Fascinante.

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Este es el vídeo emparentado con el tebeo, realizado por ella misma, y que en 2010 logró colocarse entre los 25 del “YouTube Play – A Biennial of Creative Video” del museo Guggenheim de Nueva York.

Misaki de bus wo orita hito

Yuki Urushibara

2004

Tranquilos, no van a ser todo marcianadas hipster o gente defecando con problemas de almorranas. Uy, vaya spoiler. Lalalá. También tenemos en la lista al encanto de Yuki Urushibara. Presagiando un poco la llegada de Suiiki y con la magia evanescente de Mushishi latiendo en la historia, Misaki de bus wo orita hito es un relato apacible y a rebosar de ese realismo mágico tan característico de la mangaka.

Cuenta la historia de una mujer y su hijo, que se dirigen a la tiendecita que regentaba su abuela en una península apartada. Allí se encuentra también la última parada de autobús, donde los pasajeros bajan a fotografiar las espectaculares vistas del mar. Algunos regresan a sus casas, otros… no. Siempre ha sido así, y Mitsuko aprendió desde niña a distinguir a esa clase de personas. Un cuento bonito y discreto sobre el suicidio, la añoranza y las nuevas oportunidades.

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Hanshin

Môto Hagio

1984

¿Sabíais que estoy MUY PERO QUE MUY emocionada con la próxima publicación de Môto Hagio en Tomodomo? Creo que no lo había escrito todavía. Llevo esperándola meses, aunque parece que la cosa se va a retrasar hasta después del verano. Ntsch. Esta mujer fue, y es, muy importante en la historia del manga. Para muestra, un botón. Este Hanshin es realmente sobrecogedor.

Dos gemelas unidas por la cadera: una, hermosa y sin inteligencia, devorando lentamente a la otra, macilenta y consciente de todo. El odio, la impotencia, la compasión. Cuando la cura se presenta no lo hace sola, sino con una elección muy dura que tendrá sus consecuencias. Los recovecos psicológicos que ilumina Hagio no son triviales y, a pesar de que se trata de una historia corta, se las arregla para remover bastante las tripas.

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Goggles

Tetsuya Toyoda

2004

Tetsuya Toyoda es un maestro absoluto del slice of life. Y madre mía el arte. Me recuerda un poco al de Ryoichi Ikegami, lo cual es un auténtico halago. Tiene un aire ochentoso en esa meticulosidad realista, incluso occidental, que engancha. Una viñeta tras otra, una viñeta tras otra… es adictivo.

Goggles forma parte de una recopilación del mismo nombre, que incluye distintas historias cortas. Esta es mi favorita de todas ellas. Dura, dramática, pero sin cursilerías. Narra la historia de una niña que va a parar, repentinamente, a la casa de dos hombres solteros. Una niña que no habla, no come, no se mueve y lleva siempre unas gafas de plástico puestas. El más joven tiene curiosidad por saber qué le pasa, y su compañero de piso le comenta que es hija de una conocida suya. Y hasta ahí puedo contar, pero desde luego se trata de un relato que no tiene ni una pizca de idealización, y se desarrolla con una calma que encarna muy bien la impasibilidad general de la vida frente a las desgracias. Todo pasa, todo fluye, nada importa. El dolor es personal, no pertenece al mundo.

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I am a piano

Asumiko Nakamura

2005

No es la primera vez que hablo de este one-shot ni será la última. Yo también tengo mi corazoncito, y aunque sea una garrula asilvestrada la mayor parte del tiempo, os aseguro que mi lado sentimental emerge a veces. Con I am a piano siempre es así. Cada vez que lo releo, que se hace además en un santiamén porque es cortísimo, me brota un suspirillo desde lo más profundo del pecho. Ains.

El argumento es muy sencillito, trata de las andanzas de un piano a lo largo del tiempo. Nakamura acude a la figura de la prosopopeya, cimentando un cuento melancólico pero muy tierno. Y no os digo más, porque sería estropearlo. Fue recogido en una compilación, junto a otros quince, llamado Le Théâtre de A; y el arte es el propio de la autora, lánguido, manierista y con un remate gosurori muy evidente. Un amorcito de manga.

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Doraemon

Taiyô Matsumoto

1995

Supongo que si hubiera pasado mi infancia viendo Doraemon, ahora le tendría un cariño especial. Las cosas de la nostalgia, imagino. Nunca me atrajo el tipo de dibujo (donde estuviera Sherlock Hound se podían quitar todos los Nobitas del universo) y ahora que lo tengo que ver por narices con mis sobrinas (mea culpa, añado), lo odio muchomuchomucho. Y es un clásico entre clásicos del kodomo, pero me pone enfermaaaaaaaaaaaAAAAAAAaaAAAggggggGGGggghhhhhhhhhh.

Por supuesto, el que le haya pillado un ascazo del copón no me impide ver su trascendencia; y tampoco acercarme a criaturas espurias como este Doraemon de mi amado Taiyô Matsumoto. Un one-shot que toma las premisas del original y las vuelve del revés; una reflexión curiosa sobre la infancia y la madurez que despierta preguntas y, como no podía ser de otra forma, singular como solo sabe ser este autor. Muy chulo.

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Me piro. Hasta primeros-mediados de julio no estaré de vuelta ni creo que pueda acceder a internet. Dejo el ordenador aquí, el móvil-patata lo apagaré porque WIFI, si no me equivoco, no habrá en cientos de kilómetros a la redonda. Y pasando mucho de buscar, que son V-A-C-A-C-I-O-N-E-S. Desconectar forma parte del concepto. Eso sí, he dejado varias entradas programadas para que se publiquen. Espero no haber metido el patón y que aparezcan. Sed buenos y escribidme aunque sean mini-comentarios, vengaaaaaaaaaaaaajoooooooooo, me hará mucha ilusión leerlos cuando regrese.

Un abrazote para todos.

Kumiko, la cazatesoros

Va a llegar un momento en el que en vez de “mangas y anime a gogó”, tendré que poner “todo lo que me salga del chocho que tenga relación con Japón”. Pero todavía no ha llegado. Por ahora, a pesar de las (cada vez más abundantes) excepciones, Sin Orden ni Concierto seguirá centrado en los tebeos y la animación del país del sol naciente.

Pero como bien habrás deducido por este escueto preámbulo, la entrada de hoy no va ni de anime, ni de manga, ni de literatura o cine japoneses. Está dedicada a una película norteamericana y que buena parte de su historia se desarrolla además en Estados Unidos. Aunque tiene una profunda relación con Japón, por supuesto: Kumiko, the treasure hunter (2014).

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Kumiko es silenciosa y tímida como Bunzo, el conejito rubio con el que comparte vida en un minúsculo piso de Tokio. Kumiko tiene 29 años y siente toda la presión que supone ser una mujer de su edad en Japón. Presión por alcanzar el éxito profesional y presión por tener que casarse y formar una familia. Ya es moza vieja. En una sociedad tan competitiva y, a la vez, tan tradicional, Kumiko como soltera en un empleo sin expectativas de promoción, es una perdedora. Su jefe la apremia, su madre la estruja; ambos, sobre todo ella, le exigen ser un miembro útil y respetable según los parámetros sociales nipones. Pero Kumiko no es una orgullosa rebelde; Kumiko es una solitaria que ve como única salida de esa abrumadora realidad que odia, la evasión. Una evasión, una huida mediante una película: Fargo (1996). En ella cree encontrar la solución a sus problemas, porque llega a la disparatada conclusión de que el argumento del film sucedió de verdad. ¡Los Coen lo dicen al inicio! Así que el dinero que Carl Showalter (Steve Buscemi) enterró bajó la nieve junto a un cercado, sigue ahí. Es su tesoro.

Es evidente que algo en la cabeza de Kumiko no funciona bien; como una especie de Quijote, enajenada por su obsesión con Fargo, decide dejarlo absolutamente todo atrás para dirigirse en busca de El Dorado. Sin equipaje, sin ropa de abrigo, sin avisar a nadie, sin una mínima previsión (salvo la tarjeta de crédito corporativa de su jefe que ha robado) y solo sus notas y un mapa que ha cosido en un paño. Así se lanza al vacío de las grandes llanuras heladas de Minnesota y Dakota del Norte. Y avanza, pacientemente. Nada ni nadie la paran.

Lo que podría haber sido una aventura grotesca, cómica o cruel, que es como se tiende a plasmar la locura, los hermanos David y Nathan Zellner la convierten en un retrato tierno y afectuoso. No hay juicio, dejan que el personaje crezca por sí mismo. Al estilo de los cuentos de Andersen, Kumiko the treasure hunter tiene un halo dulce e infantil de regusto amargo; y la frontera entre realidad y fantasía resulta difusa. Se hace muy difícil no empatizar con la protagonista, y su búsqueda acaba convirtiéndose en la del espectador también. Y, como en todo cuento, los personajes secundarios que van apareciendo son bastante pintorescos. Desde el jefe tocapelotas displicente, la amiga de la infancia asentada con la sensibilidad de un tonel, los guías turísticos estrafalarios, la anciana que añora la compañía pero que solo desea escucharse a sí misma, el policía buen samaritano, etc. Y todos ellos, al interactuar con Kumiko, crean situaciones surrealistas que dejan perplejo. Y de paso se muestra el desconocimiento insolente de los estadounidenses sobre Asia. Un humor muy de los Coen, he de decir.

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La película está estructurada en dos partes bastante diferenciadas: la vida en Japón de Kumiko y su posterior aventura en Norteamérica. Para mi gusto quizá se explayan demasiado con la primera y hace que marque el ritmo de la película un pelín lento; pero también comprendo que contextualizar, sobre todo con un personaje tan complejo como el de Kumiko, no sobra. Un personaje que Rinko Kikuchi, la actriz, borda. Kumiko es una mujer taciturna, sus habilidades sociales son nulas y ni por asomo desea desarrollarlas; prácticamente no habla con nadie (salvo con su madre y por teléfono), se comunica con monosílabos, frases balbuceadas y la mirada baja. Bunzo, el conejito, es el ser vivo más cercano a ella. Sin embargo, su lenguaje corporal, en elocuente represión, es tremendo. El trabajo que ha hecho Rinko Kikuchi es extraordinario. Papelón.

Dudo que esta película logre gustar a una mayoría, porque se aleja bastante de cualquier planteamiento al que el cine convencional nos ha acostumbrado. Es diferente, pero accesible a la vez. No se trata de una marcianada ni mucho menos, pero obliga a que nos deshagamos de ciertos clichés que se tienen asumidos como si fueran lo que tiene que ser. No considero sin embargo que sea demasiado arriesgada, es muy natural en todo lo que ofrece, sin aspavientos; y el homenaje, más o menos encubierto a los Coen, fortalece esa sensación.

Con un lenguaje visual muy poético, la película se va desgranando en una serie de cuidadosos planos de gran belleza estética. Esos grandes angulares son maravillosos, mostrando paisajes limpios, puros, que refuerzan la noción de soledad y viaje iniciático de la protagonista. Todo ello acompañado de una música y efectos sonoros que expresan nítidamente sus mecanismos mentales. Me ha gustado mucho tanto la fotografía como la música, impecables. La canción de cierre me ha entusiasmado especialmente, y aquí os la dejo.

Creo que es interesante comentar que los hermanos Zellner (dirigiendo, guionizando y actuando) se inspiraron en una leyenda urbana para realizar este film. Una leyenda urbana con un poso muy real: la triste historia de Takako Konishi. Si os interesa la historia que hay detrás, la podéis ver aquí en un documental realizado por Paul Berczeller en el 2003. Aunque os recomiendo, si os interesa todo este tema, comenzar con la película (la leyenda urbana), para no autospoilearos algunas cosillas.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El gif bonus de Bunzo está dedicado a Mishusina
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