Los cuentos del viento o de cómo los gatos pueden volar

La reseña de hoy para mí es muy especial, pues está dedicada a uno de mis anime favoritos. Adoro un montón de series y películas animadas, me resulta tedioso (y complicado) hacer listados y demás zarandajas bastante, aunque reconozco que son perfectos para atraer y distraer a los lectores; sin embargo, si tuviera que realizar un top 10 con mis slice of life preferidos, Fûjin Monogatari o Windy Tales (2004) estaría entre ellos sin ninguna duda. Creo que no es muy conocido, aunque me gustaría pensar lo contrario, pues se trata de una serie realmente atípica. Quizá por eso mismo no suele ser recordada ni apreciada por la otaquería, así que desde SOnC vamos intentar apañar un poco ese injusto despiste.

Fûjin Monogatari utiliza en su receta todos los ingredientes habituales de un anime sobre vida escolar y slice of life. Y eso, a priori, para mí era un problema. Los school life a menudo acaban cansándome porque siempre trabajan el tema de la preadolescencia y la pubertad de la misma manera, parecen fotocopias. Y si ya brota el típico romance que deja todo con una baba pringosa a su paso, adiós muy buenas. De ahí que suela huir del género, y tiene que ser algo cocinado de forma un poco distinta para que lo vea hasta el final. Y lo disfrute, claro. Pues Windy Tales fue un descubrimiento total para mí, y una grata sorpresa. Fûjin Monogatari me conquistó por completo (y no solo porque salieran gatos por doquier, ¡viva!).

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Nao y Ryôko

Realizado por Production I.G. en 2004, consta de 13 episodios que fueron dirigidos por Junji Mishimura e Itsurô Kawasaki. Es curioso, porque de estos dos directores me ha gustado muy poca cosa de su trabajo, sin embargo Fûjin Monogatari brilla en toda su filmografía como una gema extraña. No hay nada en sus carreras, al menos de momento, que pueda equipararse al resto de sus creaciones en términos de calidad y rareza.

El argumento arranca con Nao Ueshima y Miki Kataoka, ambas miembros del Club de de Fotografía Digital del instituto. A Nao le encanta captar con su cámara las nubes, siente fascinación por cómo el viento las moldea, así que suele subir a la azotea a menudo para fotografiarlas. Pero un día, observa que un gato, lánguidamente, comienza a volar… ¡junto a otras decenas de gatos que parecen flotar en el viento! Totalmente asombrada, se descuida y al intentar atrapar con su cámara el prodigio, se precipita al vacío. La intervención del profesor Taiki, que lanza hacia ella una fuerte corriente de aire, la libran de una muerte segura; pero Nao, intrigada, sabe lo que ha visto, y se percata de lo ocurrido. Así que decide averiguar cómo es posible que alguien pueda manipular y controlar el viento. Esto la conduce a ella, a Miki y Jun-kun, que anda enamoriscado de Miki, hacia el pueblo de Taiki-sensei, para pedirle que les enseñe esa destreza. Una destreza que se puede aprender, pues Ryôko, que también suele subir al tejado a alimentar al Gato del Viento, ha sido discípula de Taiki allí mismo.

Así que en Fûjin Monogatari, como en cualquier otro anime escolar, podemos esperar el primer beso, el festival escolar, la compañera modelo y actriz, la excursión estival, el concurso de actividades extraescolares, la visita a la enfermería, etc. Los típicos elementos que se encuentran en un school life, así como los problemas habituales con los que deben lidiar los adolescentes, se trabajan en Fûjin Monogatari, pero es su peculiar enfoque el que lo cambia todo. Hasta los personajes son un poquitín los acostumbrados en un inicio: Miki, entusiasta e impulsiva; Ryôko, tímida y sensible; Nao, sensata y soñadora; Jun, irreflexivo y leal. Sin embargo, conforme el anime progresa, sus personalidades van adquiriendo más y más matices, asentando unas personalidades creíbles y realistas. Y otros personajes, que aparecen esbozados mediante brochazos dispersos, van ganando profundidad. Poco a poco, porque Cuentos del viento se toma su tiempo.

El aire, el viento es el leitmotiv de Fûjin Monogatari, y vertebra tanto sus historias como su cadencia. Es la metáfora real y absoluta, no se casa con nadie pero es una presencia continua y necesaria. También los gatos son un recurso constante. Ellos introducen el misterio del control del viento, y sus peludas figuras surgen everywhere, desde marcas de refrescos, bentô, ropa, etc; hasta en los eyecatchers insertados para dividir los capítulos, donde aparecen con sus propios nombres y características. Cuentos del viento es un anime creado por amantes de gatos para amantes de gatos. Ellos son los únicos en la serie que de manera instintiva han aprendido a manejar los vientos y sus corrientes, utilizándolos a voluntad. Hay momentos verdaderamente oníricos con ellos de estrellas absolutas, una pizca de humor absurdo los rodea también.  Pero la comedia en Fûjin Monogatari es bastante austera, circunscrita sobre todo a Jun Nomura. Además, conforme el anime va alcanzando su final, una leve melancolía va cubriéndolo todo.

Es recomendable ver la serie poco a poco, un atracón de Fûjin Monogatari es desaprovecharla por completo. Se trata de un anime que marca un ritmo sosegado, de ahí que sea preferible degustarlo con calma. Salvo los dos primeros episodios, que presentan la historia de los Manipuladores del Viento, la serie está estructurada como diferentes miniaturas que presentan una parte del mundo donde Nao y sus amigos viven. Un mundo, por otro lado, muy normal. Quizá sea esa peculiar mixtura entre lo normal y lo maravilloso, tan límpida y estable, la que otorga a Fûjin Monogatari ese donaire tan especial. Estas miniaturas, que son los distintos episodios, presentan pequeñas historias de gran sencillez donde vamos conociendo a todos los personajes. El desarrollo de sus psicologías, su crecimiento y evolución personal, son llevados de manera paulatina, casi imperceptible, y con mucha naturalidad. Hay que destacar también que la arquitectura interna de los capítulos en bastantes ocasiones no es lineal, se nota el esfuerzo por trabajar cada episodio individualmente, para otorgarle su propio sello distintivo.

Otra de las cosas que me encantan de Cuentos del viento es la inexistencia de oposición entre el universo adulto y el de los adolescentes. No existe esa dicotomía, aunque los personajes sí tengan claro su rango de edad. A pesar de que los protagonistas principales son jóvenes, la perspectiva que ofrece el anime es amplia, muestra una misma realidad pero conformada de los distintos puntos de vista de los personajes. Los adultos no se encuentran alejados o en una esfera superior, están ahí, formando parte de la misma vida. Esa falta del habitual egocentrismo quinceañero, tan abundante en este tipo de series; así como de la ausencia de montañas rusas emocionales, en las que los chavales se creen eternas víctimas, son un auténtico soplo de aire fresco.

Si hay algo que llama la atención de Fûjin Monogatari es, sin duda, su arte. No tiene nada que ver con el estándar del anime, si hay que buscarle una filiación claramente es la vanguardia de los mangas publicados por Garô. Autores como Shigeru Tamura o Seiichi Hayashi son influencias muy evidentes. Esto vincula la serie a una faceta experimental robusta, que se centra en una severa simplicidad en la línea del dibujo por un lado, y una explosión de color por el otro. El resultado es muy, muy expresivo; los diseños angulosos de reminiscencias geométricas, sin apenas volumen, pueden evocar en cierta manera las formas del cubismo, aunque también se muestra cierta tendencia a la abstracción. A veces parecen simples bocetos en movimiento; y esos cielos, de maravillosas nubes imposibles y azul infinito, son hipnóticos.

Sin embargo, a pesar de ese amor feroz hacia el minimalismo en el trazo, que para un ojo poco acostumbrado puede pasar por desidia, los fondos poseen una minuciosidad y cuidado sorprendentes, que contrastan con la extrema sencillez de las figuras humanas. No obstante, cuando se requiere, las escenas pueden llegar a ser increíblemente detalladas y realistas. No en vano, hay que tener presente que el director artístico de Fûjin Monogatari fue Shichiro Kobayashi, que trabajó en la impresionante e indispensable Tenshi no Tamago (1985).

No suelo distraerme mucho con el aspecto musical de las series, porque la mayoría de las veces suele ser una decepción para mí si no una auténtica tortura. Para Cuentos del viento Kenji Kawai compuso una banda sonora etérea, abierta y sencilla. Como el mismo viento. Su presencia es la justa y las melodías fácilmente reconocibles y bonitas. Me gusta mucho. Como todo Fûjin Monogatari, posee un espíritu netamente japonés. Y eso puede resultar un obstáculo importante para los paladares otacos occidentales, que están acostumbrados a productos más intensos. Este anime destaca por la sutilidad y la armonía que emana, que quizá resulten insípidas para aquellos que esperen algo más de drama, algo más de romance, algo más de acción. Cuentos del viento es una obra serena y que, aunque no esconde grandes enseñanzas ni es especialmente trascendente, resulta muy eficaz a la hora de contar sus pequeñas historias cotidianas. Sin aspavientos, sin afectación. El elemento fantástico se encuentra insertado de tal forma en el argumento que la sensación es la de estar viendo un tierno cuento surrealista. Es todo muy apacible; sueños, fantasía y realidad se engarzan con suavidad, fluyendo plácidamente.

En general, Fûjin Monogatari es un slice of life ligero, delicado y extraño. Como una brisa fresca, pasa abriendo suavemente las ventanas y moviendo los visillos; trae aromas de parajes familiares y agradables, sin detenerse demasiado en el melodrama que suele acompañar las vivencias de adolescentes, lo que es un alivio tremendo. Como suele ocurrir con las series de capítulos autoconclusivos, nunca tuvo muchas papeletas para gustar a una mayoría, pero aquellos que deseen saborear un anime diferente, que ni siquiera necesita recurrir a las tradicionales demografías japonesas (¡BIEEEN!), y disfrutar de la belleza de las teselas y del mosaico a la vez, Cuentos del viento puede resultar perfecto. Elegante y equilibrado, desde luego no fue creado para que lo apreciara un público masivo; no obstante, tampoco carece de comercialidad, solo requiere del espectador una mínima atención para captar sus sutilezas. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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HAFU: la experiencia de ser mestizo en Japón

Hace ya un tiempecito que vi el documental protagonista de la entrada de hoy: Hafu: the mixed-race experience in Japan (2013), y aunque tenía un borrador de entrada prácticamente finalizado, ahí lo tenía muerto de risa, olvidado. Pero desde hace bastantes meses. No puede ser, camaradas otacos. Ahora que voy bastante apretada con los horarios de las clases, los exámenes de mandarín, mis obligaciones familiares, la natación, los ensayos y demás actividades radiófonicas, voy a ir desempolvando las entradas a medio cocer que tengo en reserva. Que para momentos así fueron concebidas. Y hoy le ha tocado el turno a esta película, que en su momento me pareció bastante interesante.

Ya sabéis que SOnC hace milenios que dejó de servir en exclusiva a las huestes del animanga para ofrecer también sus favores a otros amos igual de sugestivos, como el cine o la literatura. Así que desconozco hasta qué punto a la otaquería puede interesarle una temática tan alejada del manganime. Pero aquí estamos, escribiendo sobre la xenofobia en Japón. Hafu: the mixed race experience in Japan es una introducción a ciertas facetas de la sociedad nipona que reflejan un conflicto soterrado. Un conflicto de baja intensidad que manifiesta un cambio paulatino, aunque imparable, entre sus habitantes. ¿Es Japón un país esencialmente racista? ¿Qué hay de cierto en esa pretendida homogeneidad étnica de la que se presumía hasta no hace tanto? De manera indirecta, este documental responde a esas preguntas, y lo hace plasmando unos momentos de las vidas de cinco personas hafu. O, lo que es lo mismo, cinco personas con ascendencia japonesa y de otro país.

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Lo que en Europa, América y otras partes del mundo es considerado algo común, en Japón hasta hace escasas décadas no lo era en absoluto. Me refiero a los matrimonios o parejas internacionales. Debido a su historia particular de aislacionismo, Japón no ha sido protagonista de grandes flujos migratorios, haciendo del país un territorio étnicamente más homogéneo que la media. El pueblo yamato o waijin conforma una mayoría aplastante frente a los ainu o ryukyuanos, que son también población autóctona de las islas. También se encuentran en desventaja numérica los coreanos, chinos y taiwaneses, que son los extranjeros más abundantes residentes en Japón (zainichi). Esta falta de variedad (que es donde dicen que reside el buen gusto, por cierto) ha sido motivo de orgullo nacional durante mucho tiempo, lo sigue siendo todavía, y ha servido también para invisibilizar y discriminar a cientos de miles de personas.

Con la apertura al mundo que supuso la Restauración Meiji (1866-1869), Japón necesitaba fortalecer su identidad nacional frente al exterior. Así nació la nihonjinron, una exaltación del yamato-damashii o espíritu japonés, para remarcar su singularidad y diferencia frente al resto de pueblos del planeta. La dicotomía nosotros-los otros fue uno de los ejes de esta política que se vio además afianzada por las victorias bélicas frente a chinos y rusos. A esto hay que sumarle su filosofía de priorizar lo colectivo frente al individuo. En este nosotros no tenía (¿tiene?) cabida lo que no fuera netamente japonés. El culto imperial sublimaba toda esta noción totalitaria de la cultura nipona, que arrebataba su legítimo espacio a las minorías étnicas y foráneos, siendo una herramienta de propaganda política poderosísima. Japón es distinto de los demás, Japón es único, Japón es un pueblo superior. Durante el Periodo Taishô y el Shôwa que abarca hasta el desenlace de la II Guerra Mundial, se alcanzaron cotas delirantes de nacionalismo que certificaban la superioridad racial y cultural de los yamato frente al resto de las naciones asiáticas.

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Abanico de Japón y sus aliados (circa. 1930)

Y este clima de efervescencia apoteósica de ultranacionalismo y xenofobia, que ninguneaba y denigraba lo que no fuera puramente japonés (yamato), encajó uno de los golpes más fuertes que pudiera sufrir: la derrota definitiva en la guerra y la ocupación de las tierras niponas por parte de extranjeros, los estadounidenses. Un disparo certero al ego sobredimensionado de la nación, una cura de humildad que asumieron con gran dignidad. Porque aunque el nivel de enardecimiento bajó de intensidad, ese sentimiento de nosotros frente a los otros continuó muy vivo. Hasta bien entrados los años 70 del s. XX, el koseki o libro familiar era un arma arrojadiza para marginar en todos los aspectos de la vida a ainu, burakumin, coreanos, etc. Una segregación racial en toda regla.  La “pureza de la sangre” juega incluso ahora, por desgracia, su papel en la sociedad japonesa, porque la aceptación oficial e inclusión de estas minorías no es prioritaria para los actuales gobiernos japoneses, de tendencia conservadora.

Pero, ¿qué ocurre con los hafu? Hafu proviene del inglés half, y hace referencia a las personas que son mitad japonesas, mitad de otro país. Con la llegada de los norteamericanos a Japón tras la II Guerra Mundial, comenzaron a normalizarse las parejas y matrimonios mixtos, y el nacimiento de niños hafu aumentó. Fue a finales de los años 60, cuando estos niños alcanzaron la mayoría de edad y comenzaron a ser más visibles socialmente, que se acuñó el término. Probablemente arrancase del nombre del grupo Golden Half (Goruden Hafu)que estaba conformado por cinco intérpretes hafu, especializadas en hacer versiones japonesas de éxitos musicales occidentales. Todas tenían madre nipona, siendo sus padres de Tailandia, Italia, Estados Unidos, Alemania y España respectivamente. El quinteto encarnaba el clásico estereotipo que los japoneses tenían de las extranjeras: eran algo impúdicas (llevaban minifaldas y cantaban con voces sexy) y agresivas en su actitud. Aun así, Golden Half lograron bastante éxito, aunque su carrera no fue muy larga. Ellas también fueron las responsables del encasillamiento que, posteriormente, han sufrido muchos hafu: el de pertenecer al mundo del espectáculo y la moda; un universo aparte del de la vida cotidiana de los japoneses-japoneses.

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Las mozas de “Golden Half”

Entonces, ¿en qué espacio se mueven los hafu? ¿Son nosotros o son los otros? Lamentablemente todavía son los otros. Es cierto que resultan mejor aceptados los que poseen ascendencia europea, considerados modelo de belleza y que además personifican el canon de lo que debe ser un hafu. Pero continúan siendo los otros porque no son racialmente puros y, además, ¿qué sucede con el grueso del resto? Aunque los que tienen ciudadanía japonesa no suelen sufrir rechazo institucional y no ven vulnerados sus derechos humanos como otros grupos de personas en Japón, su día a día, su interacción social no es igual a la de un ciudadano japonés sin mestizaje. ¿Por qué motivo? El primero, y más evidente, es que su aspecto físico suele divergir de los nativos. No es solo necesario hablar japonés y ser japonés, sino también parecerlo. Segundo, la propia gente trata a los hafu de forma distinta. Y aquí es donde, por fin, tras este preámbulo, presentamos el documental Hafu: the mixed-race Experience in Japan.

Hafu: the mixed-race Experience in Japan nació como un proyecto muy personal de sus directoras Megumi Nishikura, australiana-japonesa, y Lara Pérez Takagi, hispana-japonesa. Ambas mujeres querían plasmar la realidad de los hafu, más allá del cliché del artista o modelo glamuroso. La vida de personas, orgullosas de su herencia japonesa, pero que no son consideradas enteramente como tales. ¿Cómo afrontar un reto así? ¿Qué hacer para plasmar en imágenes ese cambio gradual que está sufriendo la sociedad de Japón? Para empezar, Nishikura y Pérez Takagi necesitaban dinero, así que decidieron que una parte fuera financiada a través de crowdfunding. Y lo lograron, en un tiempo récord consiguieron la cantidad necesaria para emprender su película. Y aquí las tenéis a ellas, todas contentas por el apoyo recibido, ¡y no solo económico!

Existen otras obras audiovisuales como Smile (2009), serie televisiva de TBS, o la película Doubles (1995), que trabajan una temática similar; sin embargo, Hafu: the mixed-race Experience in Japan resulta mucho más ambiciosa, pues prefiere estampar las vivencias no de una, sino cinco hafu diferentes. La razón es lógica: todas las personas tienen sus propias y muy particulares circunstancias; ningún hafu es igual porque ningún ser humano lo es. Por eso Nishikura y Pérez Takagi decidieron abrir la perspectiva lo máximo posible para mostrar la mayor cantidad de matices posibles. Y la conclusión principal que se saca es que la experiencia de ser mestizo en Japón no es nada sencilla. ¿Y quiénes son ellos? Pues los protagonistas del documental son los siguientes:

hafu7ED es de padre venezolano y madre japonesa. A pesar de que nació en América, se crió en Japón manteniendo la nacionalidad venezolana. Se ha casado con una hafu argelina-japonesa, y piensa en establecerse de forma definitiva en Kansai. Ello implica tener que renunciar a su ciudadanía venezolana, pues ser japonés exige exclusividad. Ed habla de sus vaivenes e incertidumbres identitarias, cómo los sentimientos de pertenencia a un lugar u otro han fluctuado con el tiempo. El conocer a otros hafu y formar la comunidad  Mixed Roots Kansai le ha ayudado a comprender muchos aspectos de sí mismo, y cree que es una base importante para dar visibilidad a más personas como él.

hafu5SOPHIA es de padre japonés y madre australiana. Ha vivido siempre en Sidney y apenas conoce el idioma y las costumbres de Japón. Cree que está perdiendo una parte importante de su herencia, ignorando un mundo del que forma parte también; así que decide ir con su abuela un año, dejando atrás toda su vida, para conocer su otro yo. Empezando desde cero, esperando poder integrarse. Quizá sea esta la historia más floja de las cinco, la que menos interés suscita. Aun así, su punto de vista, aunque no especialmente relevante, completa el horizonte bastante bien.

hafu6ALEX tiene nueve años y es de padre japonés y madre mexicana. Son una familia acomodada muy atenta a la educación y crecimiento de su hijo porque, formando parte de un entorno doméstico multicultural, puede encontrarse con dificultades en un país como Japón. Su hermana pequeña Sara no parece que en el colegio japonés tenga mayores problemas; sin embargo, Alex sí que padece una de las lacras más comunes entre los hafu: el acoso escolar. Así que su madre, después de enviarlo unas semanas a México para que se recupere, decide cambiarlo a un colegio internacional en Nagoya.

hafu4DAVID es de madre ghanesa y padre japonés. Aunque nació en África, se ha criado en Japón en un orfanato con sus otros dos hermanos, pues sus padres se divorciaron ante la incapacidad de su madre de adaptarse al país. Se considera por completo japonés (de hecho me parece el más japonés en su manera de pensar, hablar y actuar de los protagonistas) pero su piel oscura provoca muchos prejuicios entre los que le rodean. Lo consideran directamente gaijin. A pesar de todos estos problemas, David es una persona de voluntad fuerte que recauda fondos para abrir escuelas en su Ghana natal.

hafu8FUSAE no supo que su padre era coreano hasta que cumplió los 16 años. Existe un fuerte prejuicio hacia los zainichi, a los que siempre se ha considerado ciudadanos de tercera, vinculados también a la delincuencia. Para ella supuso un shock, y todavía no entiende cómo no fue capaz de interpretar esos pequeños detalles (familiares hablando con acento fuerte, su abuela cocinando platos coreanos) que indicaban su ascendencia joseon. Aún lucha por encontrar su lugar en Japón, y participar en las actividades de la Mixed Roots Kansai la ayuda bastante.

Hafu: the mixed-race Experience in Japan está planteada de manera sencilla y clara, con alguna steady-cam pero sobre todo cámara en mano, para otorgarle cercanía y realismo. Que de eso se trata, de brindar presencia, de aproximar y dar a conocer la realidad de la multiculturalidad en una de las naciones más homogéneas del planeta. No hay grandes sobresaltos, y las directoras se limitan a reflejar esa parte de las vidas en las que ser hafu los distingue de los demás. Quizá sea ese precisamente uno de sus defectos, la ausencia de un clímax obvio y cierto tono monocorde mientras se suceden las vivencias de los protagonistas. Aunque no por ello resulta un documental aburrido, y además consigue su objetivo plenamente, que es transmitir la complejidad de la cuestión hafu. ¿Lo recomiendo? Absolutamente sí. Es una obra muy atractiva, sobre todo para los que estamos interesados en conocer de Japón algo más que lo obvio; y comprender así más de su idiosincrasia, cómo va mutando en un mundo cada vez más globalizado. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El hermoso mundo de Kino

En 2013 falleció, para nuestra desgracia, Ryûtarô Nakamura con escasos 58 años. A él le debemos trabajos tan especiales y únicos como Serial Experiments Lain (1998), del que no tardará en caer entrada; trabajó también en clásicos maravillosos como 11-nin Iru! (1986), del que tenéis su reseña aquío dirigió la serie animada protagonista de hoy: Kino no Tabi (2003). Quizá como un homenaje póstumo a su interesante labor, esta temporada otoñal de 2017 tenemos en la cartelera animesca su remake. Como ya comenté en el blog de Otakus Treintañeras, no entiendo la necesidad de recrear obras que son ya estupendas de por sí, a no ser que se desee aportar algo realmente distinto del original. De momento, su nueva versión en los cinco capítulos que he visto no me ha dicho absolutamente nada. Lo veo semanalmente por la curiosidad que me despierta el rostro nuevo de Kino, con una animación y enfoque más modernos, y en algún instante espero que llegue a sorprenderme… para bien. Sin embargo, por ahora no está siendo así, aunque tampoco puedo decir que esté resultando una experiencia mierder. Se ve.

Y la nostalgia me condujo a rememorar la dirigida por Ryûtarô Nakamura, por lo que decidí que era una buena oportunidad para escribirle una pequeña review en SOnC. ¿Ha soportado adecuadamente el paso del tiempo? Cuando la vi por primera vez me deslumbró por su aparente sencillez. Un anime desnudo en su forma, pero con un contenido intenso, profundo. Ya os lo adelanto: Kino no Tabi sigue siendo una rareza extraordinaria no apta para todos los paladares. Su urdimbre es de una complejidad demasiado sutil para los consumidores habituales de animanga, quizá acostumbrados a productos más inmediatos. Eso fue válido hace 15 años, y lo es todavía ahora, porque las nuevas generaciones de otacos tampoco han cambiado en lo básico tanto.

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Toma, Kino, corre, ponte esta diadema de orejitas de gato antes de que te devore el kokoro con mi hipermegakawaiinessdelinfiernosatanás.

El germen de Kino no Tabi en realidad son las novelas ligeras del escritor Keiichi Sigsawa, que consiguió quedar finalista en los Dengeki Shôsetsu Taishô del 2000. Fue así que llamó la atención de Ryûtarô Nakamura. Estas novelas alcanzaron un éxito notable y, aparte de la serie de anime, han tenido otras encarnaciones en el mundo del manga, los videojuegos y varias secuelas y precuelas animadas, una de ellas dirigida por Nakamura: Kino no Tabi: Byôki no Kuni – For You (2007). No he tenido la fortuna de leer ninguno de los 21 volúmenes que, por ahora, conforman la saga de estas light novels; pero existen traducciones disponibles en inglés y alemán, por lo que no tardaré en hincarle o catirón en un futuro.

Pero regresando a la serie de 13 episodios del 2003, ¿qué la hace tan especial respecto a otros productos? Para empezar, Kino no Tabi, tras el patadón en el estómago que supuso Serial Experiments Lain, fue un cambio de registro en Nakamura espectacular. Hizo alguna cosilla entremedias de rango comercial para Madhouse y TMS, pero la siguiente obra del director continuadora de su espíritu vanguardista fue, sin duda, Kino no Tabi. Y resultó todo un acierto. Sin dejar de lado tampoco su médula filosófica, El viaje de Kino fue un giro de 180º en su manera de plantear y expresar interesantes dilemas y reflexiones. La obra de Sigsawa, con una robusta impronta de Leiji Matsumoto y Hayao Miyazaki, se prestó a la perfección a sus intereses renovadores.

Kino no Tabi son los viajes de una muchacha por los distintos países de un mundo extraño. Un mundo que se parece también mucho al nuestro. Algunos territorios poseen tecnología muy avanzada, otros parece que no hayan superado la Edad Moderna. Aparecen numerosos anacronismos, pero el carácter libre y fluido, casi como de cuento de hadas, de ese universo no lo hace incongruente. Kino, que así se llama la chica, utiliza como medio de transporte una moto parlante llamada Hermes, y nunca permanecen más de tres días en la misma nación. Tampoco se inmiscuyen en sus asuntos internos. Como en toda odisea, la joven enfrenta situaciones de todo pelaje, también, por supuesto, aquellas en las que su integridad física está comprometida. Pero Kino es una muchacha de recursos, inteligente y una habilidosa pistolera. Evita los conflictos todo lo que puede, pero cuando resultan ineludibles los afronta con absoluta solvencia. Todo un placer poder disfrutar de un personaje femenino de estas características, y encima sin sexualizar. Solo una persona, sin más.

Pero, ¿quién es Kino? ¿Por qué está envuelta en un viaje así? En la serie se esboza su origen y algunas anécdotas; ciertas cavilaciones interesantes sobre las motivaciones de su  periplo; pero no es sino en las OVAS donde podemos profundizar mucho más en su vida. Es una chica misteriosa, seria y con una gran experiencia como viajera; sin embargo, no la utilizan como mero hilo conductor de los episodios. A veces es el narrador, en otras ocasiones son otros personajes los que, desde su perspectiva, nos muestran a Kino y la belleza radical de su mundo. En ocasiones la presencia de Kino es un acicate que dirige a una conclusión positiva, en otras a la tragedia y el desastre. Aunque ella procura intervenir lo mínimo en los países que visita, su mera persona no puede evitar cierto impacto. Kino siempre se mostrará lacónica y algo críptica en su forma evasiva de relacionarse con la gente; pero también saciará su curiosidad con preguntas atinadas y muy perspicaces. Hermes será su Pepito Grillo, que no dudará en evidenciar las contradicciones de Kino. Porque hay que tener muy presente algo esencial: el viaje que plantea esta serie inspirada en las road movies no es el tradicional de autoconocimiento de su protagonista; en realidad es un viaje iniciático para el propio espectador.

Es un retrato panorámico de nuestro propio mundo, en toda su magnificencia, soledad y crueldad. Mediante metáforas y alegorías sencillas pero muy expresivas, es capaz de plasmar las incógnitas vitales de toda persona. Las incoherencias de la naturaleza humana, los desafíos que presentan las ideas y su manifestación en el mundo. Con todo tipo de implicaciones éticas, morales, filosóficas. Así que Kino no solo presencia, sino que toma parte en situaciones surrealistas, donde muchas veces es complicado distinguir entre realidad y delirio. Nuestra protagonista observa, con asombro, cómo el ser humano convierte su existencia, con alegre pasión, en algo fútil; desperdiciando talento, esfuerzo y tiempo. O cómo la tradición inútil y el fanatismo ciegan. ¿Una existencia sin un propósito merece la pena vivirse? ¿Son las figuras de autoridad inamovibles y eternas? Las trampas del pensamiento humano quedan muy bien plasmadas, así como el salto abismal entre el mundo de las ideas y el material. Kino no Tabi es poesía, a veces suave y delicada; otras pétrea y fría.

Cada capítulo está configurado como una pequeña parábola que esconde no una, sino varias reflexiones que dejan la puerta abierta a nuestra interpretación. Aunque inspirados en los relatos budistas, no contienen una moraleja evidente. Y eso es lo bueno, que no predican sino que invitan a la meditación personal. Sin embargo, no se trata de una serie de filosofía japonesa, sino que une maravillosamente lo mejor de los pensamientos occidental y oriental. Es muy divertida, por ejemplo, la referencia directa que hacen a Diógenes el Cínico; o esa demente búsqueda del nirvana mediante exhaustivas técnicas de lavado de cerebro, al más puro estilo Clockwork Orange.

kino6Respecto al arte, Kino no Tabi es un anime al que han desnudado a conciencia. Es simple, de corte limpio y geométrico, que no se pierde en grandes detalles (aunque puede ser extraordinariamente detallado en los momentos necesarios, ojito). ¿Por qué? Porque Ryûtarô Nakamura quería que nos centráramos en las ideas, sin distracciones. Esto no hace de su animación el elemento plano de la serie, porque en esa misma simplicidad reside también su elegancia y mimo. Los filtros que utilizó para brindarle textura y el socorrido tono sepia son una marca de agua que hacen El viaje de Kino difícil de olvidar.

Kino no Tabi es un anime que no fue concebido para todo el mundo. La estructura de capítulos autoconclusivos no ayuda tampoco a atraer la atención de un público numeroso, que tiende a perder interés con esta clase de disposición. Eso no significa que quien no pueda disfrutar de El viaje de Kino sea un cabestro, pero lo que sí resulta cierto es que exige del espectador bajar las revoluciones del motor cerebral y prestar atención. Es un anime para ver poco a poco, no del tirón; porque la cantidad de interrogantes e ideas que propone son de digestión lenta. Un visionado superficial de Kino no Tabi obligatoriamente lo convierte en un producto anodino, porque no es espectacular visualmente, y tampoco ofrece historias llamativas o trepidantes. Se trata de un enigmático slice of life donde el pensamiento es rey. Apacible, pero duro como un diamante. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tránsito XII: Los insectos en mí

Este 2017 los Tránsitos se han visto reducidos a solo uno. Tenía un par de sorpresas preparadas, sin embargo las circunstancias no han acompañado para que pudiera terminar de escribirlas. Para otra vez será. Samhain es mi festividad favorita del año, así como octubre es mi mes preferido también; por eso esta sección del blog es mi predilecta. Me ha dolido un poquito no poder explayarme como me gustaría, pero al menos el Tránsito presente se puede aseverar que es especial de verdad.

Se trata de un manga singular, un tebeo de una artista plástica, mangaka y también animadora, llamada Akino Kondô. La he nombrado en SOnC ya un par de veces, porque se trata de una mujer realmente fascinante. Lleva ya más de una década sorprendiendo y deleitando a los que le seguimos la pista. Y no resulta fácil hacerlo, al menos desde España, pues no hay nada publicado suyo por estos lares. El cómic protagonista de hoy fue uno de sus primeros trabajos, Hakoniwa Mushi (2004), y es una de las cosas más bonitas, oscuras e inquietantes que he leído en tiempo.

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Skirt of the night (2004) de Akino Kondô

Hakoniwa Mushi fue publicado parcialmente por la editorial francesa Le Lézard Noir con el nombre de Les insectes en moi. Por cierto, me compraría su catálogo de manga enterito. Pero no soy millonaria. Su selección es extraordinaria, late al unísono con mi pobre kokoro de pedantorra pseudohipster. Ay. Ojalá alguna editorial en castellano se atreviera a sacar algo de Akino Kondô también, pero veo bastante difícil el tema. Mientras, seguiré acudiendo fielmente al lagarto negro, porque me está brindando muy, muy buenos momentos comiqueros.

Pero regresando a Les insectes en moi, se trata de una recopilación de 9 one-shots que Kondô fue publicando en las antologías AX y Comic H. También hay un par que son inéditos. De uno de los yomikiri incluidos en este tomo ya escribí hace un tiempo aquí. En las últimas páginas la editorial adjunta reproducciones de las obras pictóricas relacionadas con el universo que plasma en Hakoniwa Mushi, y es un auténtico privilegio poder observarlas en papel.

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Ladybirds’ requiem 2-10-02 (2006) de Akino Kondô

El leitmotiv de Les insectes en moi, como el mismo nombre indica, son los insectos. Akino Kondô, que se crió en un ambiente de artistas (su madre es diseñadora y su padre arquitecto), sintió muy pronto una atracción hacia los bichitos de la madre naturaleza. Al contrario que a muchos humanos a los que les repugnan e incluso los temen, Kondô no. Para ella son una fuente inagotable de inspiración, una fascinación que la ha llevado incluso a participar en seminarios para paladear y comer insectos. Estos animalitos han formado parte de su infancia (tuvo de mascota un escarabajo rinoceronte) y muchos de sus recuerdos están vinculados a sus amiguitos los artrópodos. Y esa especie de nostalgia, los juegos de la memoria, tienen una importancia vital en gran parte de este volumen.

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La protagonista de esta serie de trabajos es Eiko, una niña-muchacha que, como alter-ego de Kondô, expresa sus pensamientos y obsesiones sin rodeos, acudiendo al lenguaje onírico y simbólico de la mente cuando divaga libre. En un mundo imaginario, pleno de tinieblas y luz, absurdo y magia, las ocho historias, aunque independientes, se entretejen unas con otras mediante los delicados filamentos de las pesadillas. Las actividades cotidianas, los objetos más comunes se descubren como resortes que disparan los recuerdos hacia un torbellino donde infancia, sueños y realidad se mezclan. Leer Les insectes en moi es una experiencia única, pues nos adentra en el universo personal de Kondô. La subjetividad pura se adueña de todo, los sentimientos de la autora son los que marcan el rumbo construyendo una galaxia donde las diferentes realidades están conformadas por los deseos, pulsiones y reflexiones de la autora.

Pero no estamos hablando de una obra incomprensible para el lector. A pesar de su naturaleza simbólica, Kondô se sirve de un lenguaje visual cinestésico que, intuitivamente, es muy sencillo de seguir. Solo hay que dejarse llevar y viajar por sus vastos paisajes. Es el suyo un planeta de sutil horror y belleza que, a pesar de las apariencias, no carece de cierta lógica interna. También hay espacio para la ingenuidad y lo ordinario, pero se ven rápidamente transformados en pequeños monstruos de la mente. Las influencias son muy obvias, y están perfectamente asimiladas en su estilo: el surrealismo de Jean Cocteau, la filosofía budista, la cultura pop, el ingente legado de la revista Garo y creadores como Seiichi Hayashi o Toshio Saeki.

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Isis, diosa protectora de libros y tebeos. Obsérvese cómo lanza su patita para defender el volumen hasta de su legítima dueña. AHORA ES MÍO.

En general, Les insectes en moi es una obra que se regocija en su libertad, porque se trata de un tebeo donde Kondô no se inhibió a la hora de derramar sus intestinos. Son retratos viscerales e infantiles; una cirugía exploratoria del yo donde la artista plasma con gran tino cómo palpita su ser. Y el arte, que es su medio básico de expresión, donde apenas hay texto o diálogos, resulta de una simplicidad perversa. Con un estilo minimalista y nítido, de trazo redondeado pero minucioso en los detalles, Kondô logra revelar la complejidad de sus ideas de una manera realmente única. Y hermosa. Se nota, además, que es una autora bastante perfeccionistaLes insectes en moi solo es el comienzo. El principio por el que introducirse a la obra de Akino Kondô. Lo malo es que en Occidente todavía no hay demasiado acceso a sus trabajos, ni tampoco es muy conocida; aunque los pocos que sabemos de ella la admiramos y respetamos. Le Lézard Noir ha publicado también sus vivencias en Nueva York, New York de Kangaechû (2015), de las que haré reseña más adelante; y estoy muriéndome por que se animen a sacar adelante A-ko-san no koibito (2016), porque lo que he olisqueado promete muchísimo. Este último es un josei de enfoque mainstream pero que siendo de Kondô, se pueden esperar unas cuantas sorpresas. ¡Y el josei necesita nuevas ideas! ¡Ya vale de estereotipos idiotas! He dicho.

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Ladybirds’ requiem 1-11 (2007) de Akino Kondô

¿Recomiendo Les insectes en moi? Muchísimo, pero no es un manga comercial, sino situado en la órbita del cómic alternativo japonés. Y tiene una faceta arty que a algunos puede irritar, pero desde ahora aviso de que no es un tebeo pretencioso. Es honesto y directo en su esencia, sin embargo no tiene nada de convencional. Akino Kondô es una artista a quien no perder el rastro porque está haciendo historia, así de claro. Actualmente vive en Nueva York, pues se encuentra muy interesada por la escena de arte moderno de la ciudad, lo que en teoría debería facilitar que sus nuevos trabajos llegaran hasta nosotros. En teoría. Espero que no nos decepcione en el futuro, y que pronto podamos disfrutar de más obras suyas en Occidente. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Neko-chan en el País de las Ghibli-Maravillas

¿Alguien duda de que el sobrenombre perfecto para Japón podría ser Gatolandia? Es por todos conocido el proverbial amor nipón hacia los mininos. A pesar de que se introdujeron en las islas un poco más tarde que en otros lugares del planeta, allá por el s. VI a. C., han formado parte de su cultura, religión y tradiciones de manera fundamental. Muy pronto se erigieron como los vigilantes de las pagodas budistas, cuyos valiosos manuscritos protegían de los roedores. Se hicieron tan indispensables, que se convirtieron en un animal que solo las clases pudientes podían poseer. Más adelante, en el s. XVII, con el impulso de la industria de la seda que requería de sus especiales habilidades para preservar de las ratas la materia prima, se los liberó para que circularan libremente por todo el país. Así se fue construyendo su identidad como criatura protectora y, a la vez, fiera. El gato otorga buena suerte y riqueza a su dueño; pero al mismo tiempo su carácter imprevisible y depredador le confiere un aspecto sobrenatural y salvaje. Así tenemos, por un lado, la linda figura del maneki-neko que con su patita móvil llama a la fortuna, el amor o la salud allí donde se coloque; y, por otro, al bakeneko o al nekomata, cuya naturaleza dentro del folclore japonés es ciertamente peligrosa y ambigua. Por supuesto, goza de sus propios templos shintô donde es merecidamente reverenciado.

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“La historia de Otomi y Yosaburo” (1860) de Utagawa Yoshiiku

Los gatos son muy queridos y respetados en Japón. Existen, nada más y nada menos, que 11 islas donde sus habitantes son mayoritariamente estos pequeños felinos, de entre las cuales las más conocidas son Aoshima y Tashirojima; Cipango es el país donde más Cat Cafés hay en el mundo (más de 150), y que vio nacer a la gatita más célebre del planeta, Hello Kitty. Estos animalitos son el epítome de lo kawaii, han aparecido por doquier en libros, cientos de ilustraciones, todo tipo de merchandising, series de televisión, anime, manga y un larguísimo etcétera. Uno de mis escritores favoritos, Natsume Sôseki, tiene una maravillosa novela dedicada a la vida de un gato. ¿Qué más se puede decir? Japón ama a los mininos, y Studio Ghibli no iba a ser una excepción.

Como ya anuncié en la anterior entrada de la sección 2017: un siglo de anime, Ghibli tenía que aparecer sí o sí. Se ha vertido ya tanta tinta sobre ellos que resultó difícil encarar un artículo dedicado a su ingente labor sin caer en el tópico o redundar la información. Y no quería aburriros, los datos biográficos, de fundación de los estudios y demás detalles son muy fáciles de encontrar. Así que decidí enfocarlo de una manera distinta, aunque también extremadamente sencilla, a través de una de mis pasiones vitales: el micifuz. Creo que todos mis lectores saben de sobra que soy amante de los mininos y orgullosa amiga de una gordita peluda llamada Isis. Por ende, he aquí una entrada dedicada a los gatos de Ghibli. Así también doy un aire más liviano a la entrada, porque las dedicadas a esta sección en particular me han salido siempre un poquito densas. Hoy tendréis un post ligero (bueno, al menos lo voy a intentar) y sin la habitual farragosa labor de documentación. Solo gatos, gatos, gatos. Este es mi particular y humilde homenaje a uno de los estudios de animación más importantes del mundo. Sin menospreciar el inmenso legado de Disney, la visión de Ghibli lo cambió todo.

Ghibli - Miyazaki, Suzuki and Takahata
Hola, somos Miyazaki, Suzuki y Takahata y venimos a conquistar el universo. ¡Miau!

Los gatetes protagonistas de Ghibli han sido casi siempre un catalizador de eventos importantes en sus películas. Su naturaleza suele ser benigna y cómplice de los protagonistas, ofreciendo una desinteresada, y muchas veces inesperada, ayuda sin la cual el desenlace no resultaría el mismo. ¿Aparecen en todas las obras del estudio? Por supuesto que no, pero aun así se percibe con mucha claridad el amor que sienten hacia estos animales. Ghibli además se caracteriza por su enorme respeto por la naturaleza y sus habitantes, por lo que no podían ser crueles con una criaturita tan querida además en Japón. Es posible que me haya olvidado de algún ghiblineko, pero si la memoria no me falla, aquí tenéis los gatos más interesantes que ha creado el estudio.

6 🌟 KONYARA


Vamos a comenzar no con una película, sino con una serie de cortometrajes dirigidos al mundo de la publicidad. Os presento a Konyara y a su familia (Ko-Konyara, Kuroneko y Buchi), que han servido con mucha eficiencia desde 2010 hasta 2015 a la empresa alimenticia Nisshin Seifun Group CM en su 110º aniversario. El éxito de esta elegante y delicada animación, inspirada en el tradicional sumi-e, fue rotundo en sus tres encarnaciones. El diseño de Konyara corrió a cargo del mismísimo Toshio Suzuki, el storyboard fue de Gorô Miyazaki y la dirección recayó en Katsuya Kondô, que trabajó en los diseños de Kiki: entregas a domicilio (1998).

La música es de la celebérrima Akiko Yano, que trabajó para Ghibli en Mis vecinos los Yamada (1999) y Ponyo en el acantilado (2008) también; por lo que se puede afirmar que los escasos segundos de duración de estos comerciales han estado siempre en manos inmejorables. Una producción cuidadosa y realizada con verdadero cariño. Konyara y su prole son todo ternura.

5 🌟 NIYA


El mundo secreto de ArriettyKarigurashi no Arrietty (2010) de Hiromasa Yonebayashi, no es de mis películas favoritas de Ghibli. De su director me gustó mucho más Omoide no Marnie (2014), que trabaja tangencialmente una temática similar. No creo que el mundo que Mary Norton plasmó en su saga de The Borrowers esté mal adaptada ni muchísimo menos, de hecho creo que la minuciosidad y belleza expresadas en la película son maravillosas; y Miyazaki, que se encargó del guion, le brindó un aire menos infantil, más sobrio también. Los Clock están muy bien representados, con una Arrietty asimismo que gana enteros en la película. Esta familia, conformada por tres miembros diminutos, Pod, Homily y Arrietty (padre, madre e hija), viven escondidos en las casas de los humanos. Sobreviven de sus excedentes, los cuales recolectan por la noche. Porque es esencial que nadie de la gente grande sepa de su existencia. Si por algún descuido o casualidad esto ocurre, se ven obligados a buscar un nuevo hogar para blindar su seguridad.

niya2Es un modo de vida precario y frágil que les obliga a cierto aislamiento, por lo que no saben si hay más de los suyos por el mundo. La familia Clock cree que solo quedan ellos, porque han pasado muchísimos años sin contacto con nadie. Sin embargo, Arrietty no se quiere resignar a una vida tan solitaria, y es mucho más audaz en su manera de pensar. Todo da un vuelco cuando llega a la casa Shô, un chico con una grave enfermedad cardíaca que casi de inmediato nota la presencia de Arrietty. No obstante, él ya conoce algo de las leyendas sobre la gente pequeña que habita la casa. También sabe de ellas la mezquina ama de llaves Haru, que comenzará a atar cabos. La historia no avanza mucho más de lo que podría esperarse de este planteamiento, es muy simple y sin apenas recovecos; lo que la hace, comparada con otras del estudio, bastante plana. Es como si en realidad se quedara a mitad del argumento, con temas esbozados interesantes pero que no se llegan a desarrollar. El Mundo secreto de Arrietty es un bonito cuento, pero que se hace bastante corto. ¿Y el gato? ¿Qué pasa con el gato? ¡Que esta entrada va sobre ellos! Pues el ghiblineko de esta historia es el orondo Niya.

Niya es un gato señor y dueño de sus territorios. La casa, el jardín y las arboledas son su feudo, nada se escapa a su escrutinio. Sabe quién entra, quién sale, quién se esconde y quién es una amenaza. Con la gente pequeña no lo tiene muy claro, pues son como humanos, a los que respeta; sin embargo tienen el tamaño de la comida y se mueven furtivamente. Eso le hace sospechar. Niya enseguida hace buenas migas con Shô, al que intenta proteger a su gatuna manera, intuye que algo no marcha bien con él. Es fiel al chico y le ofrece a menudo compañía porque advierte su soledad. Es un buen gato, peligroso como todo felino, pero inteligente y sabio. Su presencia en la película es sutil, resultando al final ser la levadura para que suba el bizcocho. Porque Niya solo se debe a los que ama.

4 🌟 RENALDO MOON (alias Muta)


Susurros del corazón o Mimi wo Sumaseba (1995), junto a Kaguya-hime no Monogatari (2013) y Sen to Chihiro no kamikakushi (2001) son mi trío favorito de Ghibli. Sin ellas mi vida sería mucho más fea y miserable, no albergo duda alguna al respecto. Whisper of the heart además toca un tema muy importante, que es el de escuchar la voz interior y tener fe en uno mismo. Aunque seas mujer. Y esta apostilla no es ninguna gilipollez, pues en Japón una parte bastante importante de mujeres renuncia a sus anhelos y ambiciones profesionales para formar un hogar tradicional, no así sus parejas. En Occidente también es muy conocida la frase de Groucho Marx “detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”, que refleja de forma diáfana esa base social de completa desigualdad que todos conocemos. La mujer debe subordinarse y ceder el protagonismo, quien está destinado al triunfo es el hombre; el papel de la mujer es apoyarlo, suprimiendo sus propias aspiraciones. Es muy habitual además encontrar en todo tipo de obras a mujeres que son meros satélites de una figura masculina. Desgraciadamente, aún se tiene asumido como lo normal.

Sin embargo, Susurros del corazón trata precisamente de lo contrario. Mil gracias, Miyazaki-sensei, mil gracias por representar a las mujeres, una vez más, simplemente como lo que somos: personas. Aunque no todo el mérito del argumento se le debe atribuir a él, la historia fue una adaptación del shôjo Mimi wo Sumaseba (1989) de Aoi Hiiragi. Por una vez, el amor no vuelve imbécil a la protagonista femenina; por una vez, el amor es en realidad estímulo para encontrar la auténtica vocación y perseguir un sueño. No ser un lastre, no seguir la sombra de nadie; sino caminar uno al lado del otro.

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Yoshifumi Kondô

Susurros del corazón es una película especial por muchos motivos, incluso para el mismo Miyazaki, pues fue la primera y última película que dirigió Yoshifumi Kondô,  una de las grandes promesas creativas de Ghibli. Kondô fue un colaborador muy querido que trabajó en obras tan importantes como Akage no Anne (1979) mi muy amado Sherlock Hound (1984) o Mononoke-hime (1997). Pero en 1998 falleció a causa de un aneurisma disecante de aorta. El exceso de trabajo se lo llevó al otro mundo con tan solo 47 años. El karôshi es un problema laboral muy grave en países asiáticos como Japón, Corea del sur, Taiwán y China. El impacto que sufrió Hayao Miyazaki fue brutal, se planteó seriamente abandonar la animación y, a partir de entonces, el ritmo de trabajo en el estudio ralentizó su velocidad.

Pero regresemos a los gatos. En Whisper of the heart tenemos a dos mininos que años más tarde reaparecerían en la película Neko no Ongaeshi (2002): el barón Humbert von Gikkigen y Renaldo Moon, también conocido como Muta. Del barón escribiré un poco más adelante, porque de Susurros del corazón quiero destacar a este regordete de mirada burlona y actitud traviesa.

De momento, ninguno de los ghiblinekos mentados ha padecido del consabido antropomorfismo de los cuentos. Bueno, quizá Konyara un poquito. Por ahora han sido llanamente gatos, comportándose como gatos y viviendo sus vidas como gatos. Moon o Muta, que pasa gran parte del film sin nombre como simple felino callejero, ya comienza a manifestar ciertos rasgos humanos. Ligeros, casi imperceptibles, pero ahí están, brillando en su mirada irónica. Moon es un  gatazo rollizo al que le gusta vagabundear, hacer rabiar a los perros y guiar a esos simios bípedos apestosos a lugares que les pueden resultar… interesantes. Moon además demuestra tener una gran intuición e inteligencia, y sabe cuándo lo necesitan. El se deja querer, y quiere a su vez al que le aprecia; pero su espíritu también es independiente e implacable. Sin su intervención Shizuku, la protagonista, no descubriría su propia senda.

3 🌟 BARÓN HUMBERT VON GIKKINGEN


Da igual cuántas veces Miyazaki-dono lo niegue, pero la Alicia de Lewis Carroll ha sido una influencia vigorosa en muchas de las obras del estudio. Y no tiene nada de malo. Lo fue en El Viaje de Chihiro y lo es en Neko no Ongaeshi (2002) o Haru en el país de los gatos de Hiroyuki Morita. Innegable, su espíritu aletea por todas partes. Lo que empezó planteado como un cortometraje para un parque temático, acabó derivando en una película completa autosuficiente. Un spin-off de Susurros del corazón en el que los dos mininos que aparecen se convierten en personajes ya antropomorfos, y con una fornida presencia en el argumento: Muta y el Barón. Quizá sea una de las películas menos arriesgadas de Ghibli, con recursos bastante tradicionales en su narración y argumento; aun así, continúa siendo una obra muy entretenida perfecta para los amantes de los gatos.

Pero es en el Barón en el que nos vamos a centrar. Neko no Ongaeshi es una obra repleta de mixones por doquier, de hecho el argumento principal trata sobre las aventuras de una chica humana, Haru, en el Reino de los Gatos. Tras haberle salvado la vida al hijo del rey de los mininos, se ve arrastrada hacia una serie de circunstancias absurdas y peligrosas de las que tendrá que librarse con la ayuda de un Muta bastante más sarcástico (y glotón) que en Whisper of the heart, y de un elegante gentleman llamado Humbert von Gikkigen. Barón para más señas.

El barón es una estatuilla con una historia triste detrás; una historia de amor, por supuesto. Su origen melancólico y de trasfondo romántico estimulan la imaginación de Shizuku, protagonista de Susurros del corazón, inspirándola para dar un importante paso en su vocación como escritora. En esa película es una figura pasiva, una musa que con su belleza alientan a la chica. Pero, ¿cuándo se pone el sol revive? Quizá sí, quizá no. Sin embargo, en Neko no Ongaeshi nuestro barón sí despierta de su letargo, y dirige con mucha profesionalidad la Oficina de Asuntos Gatunos, donde acude Haru guiada por un reticente Renaldo Moon. En esta obra podemos disfrutar de Humbert en todo su esplendor caballeresco y delicada astucia. Es el ideal Príncipe Azul, valiente, respetuoso, perspicaz y cortés; aunque también completamente inalcanzable. Y encima sabe preparar un té exquisito. Ains.

2 🌟 JIJI


Majo no Takkyûbin (1989) o Kiki: entregas a domicilio de Hayao Miyazaki y Sunao Katabuchi es un film entrañable y de corte juvenil, basado en la novela del mismo nombre de Eiko Kadono. Los cuentos dedicados a aprendices de brujas siempre me han parecido muy apetecibles, y aunque me he aburrido como una ostra más de una vez siguiendo la estela de obras con esta temática, con Kiki no me sucedió. El mundo que plasma es luminoso y sin maldad; existe el egoísmo y el miedo, claro, pero hasta las brujas, a pesar de sus escobas, vestidos negros y sombreros puntiagudos, son personas normales que dedican sus habilidades al servicio de los demás. Cuando cumplen 13 años, abandonan una temporada el hogar para buscarse la vida. Es el paso de la infancia a un momento clave de su vida donde deben demostrar su valía y madurez. Y los padres de las aspirantes a brujas tienen confianza plena en que sus vástagos aprenderán mucho de la experiencia. ¿Lo consigue Kiki? Desde luego, pero no sin los contratiempos esperados que la ayudan a crecer.

¿Y qué se le da bien a nuestra pequeña bruja? Pues sobre todo volar, por lo que un servicio de mensajería y paquetería parece lo más sencillo y plausible. La ciudad que elige para vivir al principio no se lo pone muy fácil, pero la voluntad y buen ánimo de Kiki acabarán superando las dificultades, frustraciones e inseguridades personales que deberá afrontar. Aunque se encuentra lejos de su familia, pronto su soledad se irá difuminando. Y, por supuesto, cuenta con el sostén y aliento de su gato: Jiji.

Jiji es una panterita negra, un lindo minino que acompaña a Kiki en todos sus avatares en su nuevo hogar. Es realista y prudente, algo pesimista pero fiel compañero hasta que conoce a la gatita más coqueta de la vecindad: Lily. No es que la traicione ni mucho menos, pero Jiji no deja de ser un gato, un gato que valora su independencia y que encima está enamorado. Este encuentro con el amor coincide con la crisis de Kiki, con esos momentos en los que la aprendiza deja atrás la niñez. Porque Jiji representa la infancia de la protagonista, de ahí que después de haberse adentrado definitivamente en la travesía hacia la madurez, sea incapaz de entenderlo cuando le habla. Aunque siempre seguirán siendo amigos, los caminos de la vida que ambos eligen son ya distintos.

1 🌟GATOBÚS


Tonari no Totoro (1988) o Mi vecino Totoro de Hayao Miyazaki  es la película más emblemática de Ghibli. Quizá no sea la más célebre ni la más perfecta de su repertorio, pero sí puso al estudio en el mapa mundial de forma irreversible. Fue el nacimiento de la conciencia Ghibli. Totoro es ya un icono cultural en toda regla, y su visionado es obligatorio para cualquier interesado en la historia de la animación contemporánea. Si no has visto esta peli, you know nothing. Sin más. ¿Qué se puede añadir que no se haya escrito ya sobre Mi vecino Totoro? Muy poquita cosa, así que lo mejor es ir directamente al grano, escribir sobre uno de los gatos más bizarros y surrealistas de las artes con permiso del gato de Cheshire, del cual, por cierto, es orgulloso descendiente: el Gatobús o Nekobasu.

Nekobasu no es un minino al uso, es una criatura sobrenatural del bosque, un espíritu; podríamos considerarlo un yôkai o incluso kami, por lo que adopta muchas características del folclore japonés. Es evidente que esa sonrisa inquietante, que fascina y asusta un pelín a la vez, está inspirada en (¡de nuevo!) en la Alicia de Carroll, pero sin duda posee su propia personalidad. Como un ciempiés, Gatobus se mueve a gran velocidad con su docena de patas; acomoda su espacio interior al tamaño del usuario y no hay destino al que no pueda dirigirse. Es el medio de transporte del bosque, que está imbuido de esa sensibilidad panteísta tan nipona.

¿Podríamos considerarlo algún tipo de tsukumogami?, ¿un nekomata o un bakeneko? Pues tiene de todos ellos una miqueta y, sin embargo, es una creación completamente original. Es uno de los símbolos más característicos de la película y muy querido entre los fans, a pesar de su aspecto perturbador. Pero así son también los habitantes fantásticos de Japón. La popularidad de Gatobús es indudable, y ha llevado a realizar en el Museo Ghibli, aparte de un peluche gigante dirigido a los niños, otro similar pero para adultos, que se pudo visitar hasta este pasado mes de mayo. También en el Museo es posible ver un cortometraje, spin-off de Mi vecino Totoro, donde Mei, Nekobasu y otros más de su especie son protagonistas: Mei to Koneko Bus (2002) de Hayao Miyazaki.

Y para despedir esta entrada dedicada a mis peludos favoritos, nada mejor que la gatita anónima que aparece en Kaguya-hime no Monogatari. Pequeña, alegre y espontánea, como la propia Kaguya antes de someterse al mundo de los hombres. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 ¡Miau!

 

Peticiones Estivales: el cine de Hitoshi Matsumoto

Y cerramos las Peticiones Estivales de este verano 2017 con la solicitud desde twitter de MR. Pines, que sugirió una entrada dedicada al actor cómico, músico, escritor y director de cine Hitoshi Matsumoto (1963, Amagasaki). Como se trata de un hombre bastante versátil, a pesar de que su faceta más conocida sea la de comediante, no sabía muy bien cómo enfocar la entrada; máxime teniendo en cuenta la brecha cultural que impide un acercamiento profundo al conjunto de todo su trabajo, al que además desde Occidente no es tan fácil de acceder. Por lo que opté por lo más sencillo, que es hacer un mini-especial dedicado a tres largometrajes que ha dirigido y protagonizado. Este trío lo he podido ir viendo a lo largo de los años porque, aunque no me considero una fan de su figura, ya que no he tenido demasiadas oportunidades de conocerlo como me habría gustado, lo que sí he catado me ha parecido siempre interesante. Y eso que lo mío no es precisamente la comedia, es un género que suelo encontrar, casi siempre, aburrido y cansino. Matsumoto es uno de lo cómicos más célebres del Japón actual, con una carrera amplia y variada que daría para escribir una gruesa biografía.

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Hitoshi Matsumoto (2016) por Kaokako

No voy a entretenerme mucho con sus datos biográficos porque son de dominio público, y la wikipedia hace un trabajo excelente en ese aspecto, pero no está de más destacar algunas cosillas que pienso son sustanciosas. Matsumoto nació en una pequeña ciudad cerca de Osaka, Amagasaki (de hecho él se considera osaqueño), región que es cuna de una rica tradición cómica. Su acento, el típico de la zona de Kansai, se relaciona con el humor, algo así como lo que sucede en España con las variantes del andaluz. Y como los andaluces, los osaqueños tienen fama de simpáticos y abiertos. De ese territorio es propia una clase de comedia stand-up tradicional llamada manzai, en la que se especializó Matsumoto con su compañero Masatoshi Hamada. El dúo owarai que formaron en 1982 y con el que alcanzaron la fama se llama Downtown; y es considerado uno de los más influyentes dentro del panorama de la comedia en Japón. Hamada interpreta al tsukkomi bajo el nombre de Hama-chan (el sádico de mal genio); y Matsumoto al boke bajo el nombre de Mat-chan (el masoquista de humor seco).

En Occidente no podemos hacernos una idea real de lo jodidamente celebérrimos que son estos dos truhanes; por lo que el impacto a la hora de ver las películas de Matsumoto no va a ser igual que para un japonés. Sin embargo, esto tampoco puede impedirnos disfrutar de lo más directo: su evidente gran talento. Hitoshi Matsumoto tiene una lista de trabajos larga y variada en televisión, radio, con libros y cortometrajes. Pero su estreno de largo en el cine no fue hasta el año 2007, con Big Man Japan, que es la obra con la que vamos a comenzar a repasar sus películas. Allá vamos.


BIG MAN JAPAN

(2007)

La familia de Masaru Daisatô salvaguarda el honorable trabajo de Hombre Grande. Su labor desde hace generaciones consiste en proteger Japón de los numerosos monstruos gigantes que lo acechan. Antes, este oficio tradicional era continuado por bastantes héroes; sin embargo, en la actualidad solo queda Masaru. Y su labor despierta muy, muy poco respeto y admiración. ¿Será el fin de esta noble profesión?

Big Man Japan es un mockumentary que parodia y a la vez critica. Tiene una doble función. No llega a la altura de mis amados Zelig (1983) o This is Spinal Tap (1984), que son clásicos imprescindibles del género, pero resulta bastante decente. Matsumoto retrata con perspicacia la figura del típico hombre japonés de mediana edad: separado y con una hija a la que casi no ve; de temperamento apocado, perezoso y cobardica, aunque de buen corazón. Carece de ambiciones y se refugia en la cotidianidad de una vida gris solitaria con su gato. Hasta que le reclaman para combatir contra algún engendro, claro. Quién iba a decir que una persona tan anodina fuera el principal adalid de la nación. Naturalmente, Masaru no está hecho para el oficio; vive a la eterna sombra del Gran Hombre IV (él es el VI), su abuelo, que se encuentra ingresado en una residencia de ancianos con posible demencia senil. Masaru es un desastre tanto en el trabajo, cuya resolución positiva resulta más bien fruto del azar; como en popularidad, ya que a causa de su torpeza y mediocridad el programa de televisión tiene audiencias paupérrimas. Es el hazmerreír de Japón. Pero él lo sobrelleva con una mezcla de estoicismo e indiferencia.

El film arranca de forma lenta, y mantiene un ritmo tranquilo y de tono melancólico hasta casi la última media hora, en la que explota la locura. Hay destellos de humor absurdo de vez en cuando, pero no es una película de gags; es la triste vida de este buen hombre, que por circunstancias de tradición familiar debe ejercer una labor para la que no está hecho en absoluto. Mediante la sátira del género tokusatsu, Matsumoto se las arregla muy requetebién para tirar de las orejas a la sociedad japonesa en general, a la que plasma adocenada, perdiendo paulatinamente su identidad. Nada nuevo bajo el sol: la habitual dicotomía tradición y modernidad del país, que llevan arrastrando desde la era Meiji. Y la sumisión histórica al norteamericano, por supuesto. Son los combates con esos kaijû alucinógenos los que hacen que la película se mantenga a flote hasta su desenlace, que es lo mejor, sin duda, de todo el largometraje. Postdata: no perderse los créditos.


SYMBOL

(2009)

Un hombre vestido con un ridículo pijama de lunares despierta solo en una habitación vacía, con cientos de gónadas infantiles cantarinas en sus paredes. ¿Es parte de algún experimento? Mientras, en una pequeña ciudad de México, el avezado guerrero de lucha libre Escargot Man deberá enfrentarse a un combatiente mucho más joven y vigoroso. ¿Superará su inseguridad para vencerlo?

Symbol la iba a incluir en el listado que confeccioné sobre cine bizarro japonés (entrada aquí), pero al final decidí no alargarme demasiado, ya que me parecía abusar de vuestra santa paciencia. Pero, tarde o temprano, tenía que aparecer por SOnC. Y aquí está. Es la película más extraña de las tres que se reseñan hoy. Con diferencia. También mi favorita, debo añadir. No tengo muy claro como enfrentar esta mini-reseña, pues es muy fácil spoilear el asunto. Sumamente fácil. Aparte de que no es una obra al uso. ¿Cómo explicar a alguien que jamás haya visto 2001: Una Odisea del espacio (1968) de qué va la película? No es que se encuentre a la altura este Symbol del clásico de Kubrick, pero tiene mucho del cineasta neoyorquino. Y para bien.

¿Qué se puede contar sobre Symbol? Pues se puede decir que son un par de historias, muy diferentes entre sí, pero que muestran a dos hombres atrapados en dos realidades sin sentido. La narración que tiene lugar en México es sorprendentemente respetuosa y cuidada; muy realista y cruda. Me gusta mucho. La trama que se desarrolla en la misteriosa habitación es una oda a la masturbación y una parodia del falocentrismo más absurdo. Con divertidas concesiones a la escatología de los pedos y el delirio mental. Ambas tramas convergen y, os aseguro, que es de manera bastante inesperada. El guiño-parodia a Kiss (oops, se me ha escapado) también es muy divertido. Sin embargo, lo más interesante de Symbol es que, una vez finalizada, su interpretación no será la misma para nadie. Fascinante.


SAYA ZAMURAI

(2010)

Kanjuro Nomi es una vergüenza para todos los samuráis. Es un cobarde y ha perdido el gusto por la vida tras la muerte de su esposa. Cuando es capturado por desertar, es llevado delante de su daimyô que le ordena cumplir con una obligación algo peculiar: tiene treinta días para conseguir que su hijo ría. Si no lo logra, su destino será cometer seppuku.

Y Hitoshi Matsumoto aterrizó por un rato desde las alturas de sus alucinaciones surrealistas para realizar una obra mucho más convencional: un jidaigeki. Y tan convencional es que, desde mi punto de vista, flojea un poquillo. Y si se la compara con sus predecesoras, directamente no hay color. También es verdad que es mucho más accesible y que las posibilidades de que guste a una mayoría del público se disparan a un millón. Pero a mí no me ha terminado de convencer. Quizá se deba a que su estructura cíclica acabó aburriéndome;  o que la comedia es mucho más ligera y complaciente. Y que se huele a leguas el final. No hay nada que me fastidie más que un desenlace previsible, sobre todo si el desarrollo de la obra ha sido también pronosticable. No pude disfrutar bien de su humor; y eso que los gags en sí eran de verdad hilarantes, al principio muy sencillos, luego más elaborados (como siguiendo una evolución), pero en un contexto tan incoherente que los hacía brillar con una luz especial. Sin embargo, el azuquítar espolvoreado me sentó como un tiro. La noción de ternura que los japoneses y yo tenemos no coinciden demasiado. A lo mejor es que, simplemente, echaba de menos la presencia de Matsumoto en el guion y la pantalla.

No obstante, tengo que admitir que la realización técnica, la fotografía y su dirección artística son notables, muy elegantes y sin estridencias. Con buen gusto por los pequeños detalles. Las claras influencias del mundo del manga y el chanbara setentero también son de agradecer. Y Sea Kumada, que interpreta a la hija del samurái, Tea, es la auténtica sorpresa del film. Solo por ella merece ya la pena verlo, complementa a la perfección el boke de Takaaki Nomi. En realidad los secundarios de este film adquieren cierto relieve, que por otro lado es necesario, ya que la pasividad del personaje de Nomi puede llegar a ser exasperante. Quizá por eso se pueda llegar a experimentar un leve goce sádico viéndolo sumido en ciertas circunstancias.

 


No se trata de las críticas más elaboradas del mundo, pero sirven perfectamente para que los que no sepáis de las películas de Hitoshi Matsumoto, podáis haceros una idea. Faltaría una para completar su, hasta el momento, filmografía, R100 (2013); pero como todavía no he tenido la ocasión de verla, no se encuentra en esta entrada. Imagino que cuando me haga con ella tendrá su correspondiente reseña. No sé cuándo será eso, tampoco tengo prisa.

Matsumoto se considera a sí mismo un hombre poseído por el espíritu de la interpretación (hyôi-geinin), que me parece una forma muy japonesa de declarar que es todo un actorazo. Sin más. Ya solo por eso, estas tres obras merecen un visionado; además de que es la única manera, por ahora, de conocer su figura mejor en Occidente. Tres films bastante distintos entre sí, pero que amparan al mismo genio creativo: un hombre polifacético y con un sentido del humor bastante personal. Matsumoto deslumbra interpretando al ser humano corriente inmerso en situaciones estrambóticas y que desafían a la razón. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tôkyô Tarareba Musume o el ascazo de ser mujer en Japón

Akiko Higashimura es la autora de un manga adorable que este pasado 25 de agosto finalizó: Kuragehime (2008-2017). Tras 93 capítulos, 17 tankôbon, un spin-off con sus especiales animados, un live action y una serie de anime de 11 episodios realizados por Brain’s Base, se puede concluir que es, de momento, la obra más exitosa de Higashimura y con más repercusión. Ha sido muy bien aceptada entre la otaquería occidental también, pues ha sabido combinar sabiamente la comedia, el slice of life y el romance para construir un josei típico pero chispeante. Aunque a mí personalmente las historias que tiran del cliché tipo betty la fea no me gustan demasiado, Kuragehime me sedujo más por sus secundarios que por la protagonista en sí. Leí el manga durante un tiempo y luego lo abandoné. Sin malos rollos, simplemente me acabó aburriendo; aunque la sensación con la que lo dejé fue bastante buena.

Así que, cuando me topé con Tôkyô Tarareba Musume (2014-2017) de la misma mangaka, me aventuré a leerlo. ¿Por qué no? Si continuaba el tono inofensivo de Kuragehime, podría resultar una lectura entretenida, Además de que su dibujo me gusta, resulta limpio, claro, redondeado. Muy dulce, en conclusión, y agradable en los detalles. Por lo que decidí darle una oportunidad, ya que las buenas críticas también acompañaban al tebeo.

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Pues bien. Fue leer tres capítulos y mandarlo a cavar zanjas. Sé perfectamente que el josei es una demografía bastante maltratada en Japón, sobre todo su vertiente comercial. Suelen abundar las historias à la Bridget Jones donde se cuentan las desventuras de treintañeras que buscan desesperadamente marido mientras tratan de mantener la juventud y belleza de la adolescencia a toda costa. ¿Es posible que las mujeres adultas de Cipango disfruten con este tipo de historias, donde se las reduce a meros ornamentos y en las que la búsqueda y hallazgo del amor sea su prioridad vital? Venga ya, joer. Pero sí. Resulta que la sociedad nipona no es que albergue esta noción de las personas pertenecientes al género femenino, es que nutre y sustenta este tipo de ideas. Y son las propias japonesas las que también custodian con celo estos disparates. No es que en Europa las chicas vivamos en el paraíso de la igualdad, pero los primeros episodios de este manga se me atragantaron por completo. No tenía ni pizca de ganas de zampar las enésimas aventuras de un grupo de señoritas de clase media, con buenos trabajos y sin problemas de salud, que con 33 años se sienten unas ancianas fracasadas porque un príncipe azul no ha llegado aún a sus vidas. Not my cup of tea, thanks.

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¿Qué había esperado?¿Un relato ácido y descarnado como los de Kyôko Okazaki o Moyoco Anno? Sabía perfectamente que Higashimura no trabajaba como ellas, que se encuentran en una liga muy, muy distinta. Pero tropezarme de repente con los viejos tópicos del shôjo más rancio, pero aplicados a las circunstancias de personas adultas para denominarlo, como por arte de magia potagia, josei, fue demasiado para mi paciencia. El josei debería ser mucho más que un reciclado shôjo. Perpetuar este recurso es una manera de insultar la inteligencia de las lectoras, de alimentar una eterna infantilización psicológica. ¿Son las japonesas en realidad niñas grandes? Por supuesto que no, lo grave del tema es que parece que no se hayan dado cuenta de este pequeño detalle. Y la otra mitad de la población tampoco.

¿Qué me hizo cambiar de parecer y reanudarlo? El aburrimiento, la ligera sensación de que, quizá, había precipitado mi juicio; y que ya había finalizado, por lo que podría leerlo completo sin esperas. También que podría servirme para aprender más sobre la situación de la mujer en la sociedad japonesa actual, porque teniendo en cuenta lo que ya había leído, tenía pintas de ser un buen reflejo. Y en esto último no me equivoqué, de manera indirecta saqué muchas cosas en claro. La principal se encuentra en el mismo título de la entrada.

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Tú di que sí.

Tôkyô Tarareba Musume es un manga que consta de 31 capítulos y 9 tankôbon. Fue publicado por Kiss desde marzo del 2014 hasta abril de este año, y nominado a los Premios Kôdansha y al Manga Taishô. También ha tenido una exitosa adaptación de televisión en imagen real y un spin-off. Se trata de un tebeo que se ha leído bastante, y goza de buena fama. ¿Merecida? Veamos.

El cómic narra las vivencias de tres amigas sin pareja, que suelen quedar en el izakaya  del padre de una de ellas para comer, beber y comentar las que consideran sus patéticas vidas. Y sus dolorosas oportunidades perdidas. Ellas son Rinko, Kaori y Kayuki, aunque la historia se centra más en Rinko, guionista de series de televisión. Con 33 años se hace la promesa a sí misma de que habrá conseguido marido para el año de las Olimpiadas en Tokio. Pensar que con 40 años podría continuar soltera le parece terrorífico. En sus alcohólicas reuniones con Kaori y Kayuki, un chico rubio las critica severamente por sus lamentables discursos sobre lo que podría haber sucedido si sus elecciones y circunstancias hubieran sido otras. Las llama “mujeres y si…” y les recuerda que ya no son unas crías, que deben tomar las riendas de sus vidas. Este “y si…” es el que da título al manga, tarareba; y, por supuesto, el encuentro con este jovenzuelo marcará el curso del tebeo.

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Lo que al principio me pareció de un irritante insoportable, no mejoró; pero a través de su comedia ligera, empecé a vislumbrar lo que era en realidad un soberano tirón de orejas por parte de Higashimura a la actitud de sus personajes y, sobre todo, a la propia sociedad japonesa. Una sociedad que considera ya viejas a las mujeres de treinta y tantos; que las acucia para conseguir marido a riesgo de permanecer solas para siempre (ningún hombre querría, no obstante, de esposa a alguien mayor de 25), y cuya soltería se considera un profundo fracaso. Esta enorme presión que las chicas respiran, beben y comen a diario desde la infancia, mina su autoestima de tal forma que se convierten en seres dependientes de la imagen que proyectan. Una imagen que deben cuidar con esmero al milímetro, no para sentirse bien con ellas mismas, sino para conseguir cazar el mejor partido posible. La juventud y la belleza son las virtudes que más se valoran; su talento, trabajo duro y profesionalidad no importan si hay a su lado una mujer más joven y guapa. Y esto la autora se encarga de plasmarlo muy, muy clarito.

Higashimura nos muestra la evolución de las tres mujeres, que podrían ser tres tokiotas cualquiera, sumidas al principio en el engranaje social sin cuestionar su abusiva situación y como, poco a poco, van despertando y madurando, cada una a su forma, para aprender a responsabilizarse de sus vidas, mirar hacia adelante, no estar siempre girando el rostro al pasado; y considerarse seres humanos plenos a pesar de superar la treintena… y no tener un hombre a su lado. Y os aseguro que les cuesta superar esa pasividad, esa inercia que las va consumiendo, porque forma parte del mismo tejido social.

tokyo4El desarrollo del argumento es bastante (pero bastante) predecible, sigue las pautas de un shôjo/josei clásico, pero con algunas lógicas concesiones al público adulto. El romance se enseñorea por completo de la historia, algo de esperar en un josei comercial (como si a las mujeres que leemos tebeos eso fuera lo único que nos interesara, claro); y aprovecha, muy acertadamente, para ir filtrando una crítica de baja intensidad pero constante, a la noción de amor romántico. Sí, ese amor romántico que se identifica con la idea de amor verdadero; que invita a dejarse dominar por la ilusión del enamoramiento hasta colmar el alma, como si fuese la única fuente de felicidad y la única manera en que una mujer puede completarse. Solo un apuesto (y rico) caballero puede rescatar a una chica atrapada en una existencia vana. Pero la realidad es mucho más rica y compleja que la simple pornografía emocional producida por la euforia del enamoramiento. Y exige que nos hagamos cargo de nuestros propios actos. No es que la mangaka sea demasiado explícita en estas alusiones, pues se debe a un público femenino que demanda precisamente esa emoción del amor romántico de los shôjo/josei, en la que la mujer se debe dejar adiestrar por el hombre. Y aunque a mí personalmente no me convence esa tibieza edulcorada, también admito que agradará a la mayoría de lectores.

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Tôkyô Tarareba Musume es un manga de pocas sorpresas para los otacos curtidos, pero muy bien contado y con un desarrollo correcto a pesar de que a mí se me haya hecho pesado en algunos tramos (soy muy impaciente para ciertas cosas, mea culpa). Resulta moderadamente divertido, engancha como buen culebrón que es y los personajes están perfilados genial. Kayuki me encanta, es mi favorita del trío. Los diálogos internos que mantienen, mitad alucinación mitad chiste, son especialmente lúcidos en algunos momentos, por cierto. ¿Lo recomiendo? Sí, a los fans de la demografía les gustará, porque es un tebeo de cimientos firmes, que hace reflexionar y entretiene bastante. Comprendo su éxito a la perfección, aunque no sea exactamente para mí.

De una temática similar tengo muchísimas ganas de leer Ako-san no Koibito de Akino Kondô, que barrunto es bastante más de mi estilo; pero veo complicado que, al menos en un largo tiempo, asome la nariz por Occidente. Habrá que esperar. Mientras, podemos aseverar sin miedo que Tôkyô Tarareba Musume es uno de los mejores josei comerciales que han salido últimamente; y que lo tiene todo para entusiasmar si no se es una pejiguera como yo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones Estivales: cine silente japonés

Tenía pensado escribir una entrada dedicada al cine mudo japonés más adelante, para las vacaciones de navideñas o así; pero un gato anónimo solicitó un artículo dedicado a él en CuriousCat, por lo que ha sido adelantada unos meses. Y no me ha venido mal, porque ha sido un enorme placer volver a repasar todas esas películas que enmarcan el nacimiento y la niñez del cine en Japón. Creo que no se conoce mucho, pero ese es un inconveniente que se puede aplicar a todo el cine silente en general, no solo al nipón. Es una lástima, porque me encantaría que hubiera más personas que compartieran mi pasión por él, sin embargo admito que tampoco va dirigido al público actual. Fue concebido y creado para las gentes de hace más o menos un siglo; y los gustos y sensibilidades cambian. Aparte de que los medios técnicos no eran los mismos, y no todo el mundo posee la paciencia para disfrutar de sus mágicas delicadezas e imperfecciones.

Así que he seleccionado seis films que me gustan especialmente para dar lustre al post y, como siempre apostillo, no serán las más valoradas por la crítica (o sí, a saber), pero las considero desde mi humilde criterio dignas de interés. Y digo dar lustre porque la entrada va a ser más bien un ensayo sobre los primeros pasos del cine japonés; una introducción para conocer mejor el contexto de su aparición y cómo evolucionó hasta la revolución del cine sonoro. Si la temática te pica la curiosidad, creo que disfrutarás. Si no, puedes darle a esa X del vértice derecho y seguir vagabundeando por otros lares cibernéticos, que estos unos y ceros no te impidan tener una grata experiencia navegando.

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“Doce meses de Nô: Matsukaze” (1956) de Matsuno Sofu

Da la sensación de que el cine japonés, para muchos occidentales, comenzase a tener relevancia a partir de los años 50. Todo lo que hay detrás de esa década suele ignorarse, casi como si no existiera. Algo de lógica hay en ese despiste, pues por estos lares no fue hasta entonces que se prestó atención a la obra de colosos como Akira Kurosawa o Kenji Mizoguchi. Aunque ambos llevaran un tiempecito ya trabajando en el mundo del celuloide. Aun así, no hay excusa para continuar en las tinieblas de la ignorancia (muahahaha) respecto al cine nipón. Antes de 1950, la cinematografía japonesa gozaba de excelente salud; y en su época silente también había bastantes obras que merecen la pena descubrirse. Sin embargo, es necesario advertir que de un catálogo calculado en unas 7000 películas, ( cifra correspondiente solo para la década de los años 20, en realidad son miles más) han sobrevivido 70 desde el nacimiento del cine hasta los años 30. 70 películas. ¿A qué es debido este desastre? ¿Cómo pudieron perderse tantas obras, entre ellas los primeros pasos de Yasujirô Ozu o Daisuke Itô? Los responsables fueron el Gran Terremoto de Kantô (1923) y la II Guerra Mundial (1939-1945).

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Yûrakuchô (Chiyoda), Tokio, tras el Gran Terremoto de Kantô.

Si hay que agradecer a alguien que hayan llegado hasta nosotros estos pocos films, es al amor y trabajo de Shunsui Matsuda (1925-1987), que además fue el último benshi de la época muda del cine japonés. ¿Y qué es un benshi? Eso lo explicaremos un poquito más adelante. Mientras, regresemos al nacimiento del séptimo arte. Su origen no fue oriental, ni muchísimo de Japón; fue un invento netamente occidental, y de Occidente procedían las mayores innovaciones en el campo. Sin embargo, no tardó mucho en llegar a las costas japonesas: el cinematógrafo de los hermanos Lumière y el kinetoscopio de Dickson y Edison fueron exhibidos en 1896. Y el representante de los Lumière en Asia Oriental, Constant Girel, grabó unos primeros fotogramas en Japón al año siguiente. Las primeras filmaciones japonesas como tales fueron otro año después, en 1898. Las películas iniciales del cine nipón eran, sobre todo, grabaciones de obras de kabuki. Muy acertadamente, habían relacionado este nuevo invento con las artes escénicas, y en las islas la tradición en esas disciplinas era, y sigue siendo, muy rica. De ahí que su cinematografía, ya desde su arranque, poseyera unas características diferenciadas del resto de países.

Al principio, el cine era un entretenimiento que no se tomaba demasiado en serio, era más una curiosidad en las ferias ambulantes; pero con el cambio de siglo, muy pronto se observó el enorme potencial que albergaba como fuente de entretenimiento. Primero para las clases populares, más adelante para la burguesía también. Un nuevo tipo de negocio que prometía bastante dinero. Así que ya en 1903 se abrió el primer katsudô shashinkan o cine en Asakusa, Tokio; y el primer estudio cinematográfico en 1908, también en Tokio (Meguro). Al principio se representaban más películas extranjeras, hasta que a partir de los años 20 la producción nacional superó de largo a la foránea.

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Matsunosuke Onoe (1875-1926), la primera superestrella del cine japonés. Apareció en más de 1000 jidaigeki.

Si hay una figura que distingue al cine nipón del resto del planeta, es la del benshi katsuben. Porque el cine silente japonés nunca fue mudo en realidad, un narrador, de viva voz, contaba lo que iba sucediendo en la pantalla. Y no solo eso, también ponía palabras a los actores, explicaba las situaciones y pormenores del argumento y otorgaba al film una nueva interpretación. Este relator también surgió en otros países como Italia o Francia, pero desapareció al poco tiempo. ¿Por qué medró en Japón? Por varios motivos. El más obvio es la necesidad del público de saber qué estaba ocurriendo en la película. Las obras venidas de Occidente mostraban muchas cosas que para el japonés medio eran totalmente desconocidas; requerían explicaciones para comprender lo que sucedía en el argumento. Las culturas eran muy diferentes. Las primeras películas además carecían de intertítulos, que no aparecieron hasta los años 20, así que el benshi realizaba una labor imprescindible.

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“Katsudô Shashinkai” (1909), la primera revista cinematográfica de Japón.

A estas razones hay que añadir el amor del japonés por la recitación, la belleza de las palabras habladas (bibun). La tradición oral de las islas es abundante: el rakugo, el gidayû, el rôkyoku, el kôdan… y los benshi lo amalgamaron todo para perfeccionar un nuevo arte interpretativo (setsumei) que dinamizaba la experiencia de ver una película. Una especie de mezcla de teatro y cine, dando pie también a la improvisación, que hacía las delicias de los espectadores. El triunfo de los benshi katsuben fue fulgurante, eran verdaderas estrellas. Se llegaron a realizar films para ciertos narradores ex professo, haciéndose acompañar también de orquestas completas.

La gran popularidad de los katsuben contribuyó a que el cine sonoro tardara en imponerse, así como también ralentizó el desarrollo de nuevas técnicas narrativas cinemáticas. Pero la evolución en la disciplina era imparable, marcada por el ritmo marcado desde Estados Unidos. No se podían poner vallas al campo. El tiempo de los benshi tenía los días contados, además de que eran profesionales caros, se les pagaba incluso más que a los actores de cine. El Movimiento del Cine Puro o Jun’eigageki undô (1915-1925) también contribuyó con su clavo para cerrar el ataúd de los benshi. En general, deseaban que el cine japonés se liberara del lastre del kabukiy la tradición teatral japonesa; abogaban por su modernización y dejar atrás las temáticas más habituales del folclore, centrándose en la realidad contemporánea del país. Consideraban que eran anacronías, características obsoletas de las que había que librarse, como el uso, por ejemplo, de onnagata. Los personajes femeninos debían interpretarse por mujeres, no por hombres. Para regenerarse era indispensable mirar a Occidente, de donde provenían todas las novedades. De esta forma serían capaces de crear obras con la capacidad de atraer a un público internacional. Y así en 1937 los benshi desaparecieron, aunque resulta apasionante saber que en la actualidad hay un resurgimiento de nuevos katsuben, que se dedican a narrar antiguas películas de cine mudo.

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Tokuko Takagi (1891-1919), la primera actriz japonesa de cine.

Las películas realizadas durante las décadas de 1890, 1900 y 1910 eran bastante conservadoras y seguían la estela del kabuki y el . Los espectadores, de considerar el nuevo invento una rareza, empezaban a valorar el cine como un entretenimiento al que le exigían también calidad y cierto progreso. Era necesaria una renovación. En 1920 ya era muy clara la distinción entre dos géneros: el jidaigeki y el gendaigeki; y el debate primordial era la necesidad de explorar las posibilidades que ofrecía la cinemática de las imágenes. Japón, poco a poco, iba metiendo la cabeza en el panorama global. A finales de la Era Taishô (1912-1926), el gobierno comenzó a debatir el potencial político del cine y se prohibieron cada vez más obras; y con la llegada de la Era Shôwa (1926-1989), se convirtió en una robusta herramienta para la propaganda del nuevo régimen totalitario y nacionalista. El punto de inflexión, sin embargo, que marca este post de hoy, es la llegada del sonido. La primera película sonora de la historia fue la norteamericana El cantante de jazz (1927); en Japón ocurrió cinco años después, en 1931. Pero ese no fue el fin del cine mudo japonés, la agonía fue más larga; y a pesar de ser sus postrimerías, aún esos últimos coletazos produjeron obras muy interesantes e innovadoras. Varias de las escogidas a continuación son ejemplo de ello.

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“Cortesana de rodillas con teatro de sombras detrás” de Kitagawa Utamaro, circa 1806

Como siempre señalo en listados de esta clase, la selección es completamente personal y basada en mi experiencia, que dista mucho de ser completa y ni mucho menos la de un profesional. El orden en el que aparecen corresponde a mi criterio de calidad, que es discutible, pero resulta que este es mi blog. C’est la vie. Podría haber elegido otras distintas, he valorado también clásicos como Kurama Tengu (1928), Tokyo Chorus (1931), Otsurae Jirôkichi koshi (1931) y unas cuantas más; pero, al final, estas son las que son. Que las disfrutéis. O las sufráis, que de todo hay.


6 ✪  IZU NO ODORIKO (1933)

Heinosuke Gosho

Mizuhara, un joven estudiante de Tokio, se enamora de la bailarina Kaoru, que trabaja en una troupe de artistas ambulantes. ¿Llegará a buen puerto este amor? ¿Podrán superarse los prejuicios y diferencias sociales?

Me ha parecido conveniente empezar este pequeño listado con la primera adaptación que se hizo al cine del relato corto La bailarina de Izu (1926) del Nobel Yasunari Kawabata. ¿Por qué? Porque su director, Heinosuke Gosho, fue el que inauguró el sonido en Japón con su película Madamu to Nyôbô (1931). Izu no Odoriko es una obra bastante conocida en el país, y que ha sido vertida al celuloide y la televisión en varias ocasiones. En mi humilde opinión, la de Gosho es la mejor versión del cuento (al menos de las que yo he visto); también de mis favoritas junto a su encarnación animada, de la que escribí un poco aquí. Si en 1931 el sonido llegó finalmente al cine japonés, ¿a qué se debe que esta Izu no Odoriko fuera muda? Por un motivo muy simple: el dinero. Gosho tenía la intención de hacerla sonora, pero los estudios Sochiku no creían que un film basado en la obra debut de un literato vinculado a las vanguardias fuera a reportarles demasiados beneficios. Así que, para ahorrar, se optó por realizarla muda.

Yasunari Kawabata no escribía para las masas (taishû bungaku), sino que se decantaba por una literatura que mirase hacia el futuro, con ansias de modernizarse y sin depender de los gustos populares y querencias gubernamentales del momento. Ars gratia artis. Y Gosho, seguidor de la corriente que buscaba reformar la cinematografía de su país, no dudó en aportar su granito de arena con sus films, entre los que se encuentra este desafiante bungei eiga (película literaria) al que los productores valoraron con recelo. Nuestro director era ambicioso, y deseaba plasmar esas historias complejas de gran profundidad psicológica que solo la literatura podía brindarle. ¿Lo consiguió? Desde luego que sí.  La bailarina de Izu avanza más allá del propio relato de Kawabata, e introduce un contexto social muy realista mediante una trama paralela a la principal. Los personajes son sólidos y de un bonito gris; no gris por mediocre, sino por su ausencia de polarización. Resultan creíbles y auténticos; incluso, como en la vida misma, contradictorios y sorprendentes.


5 ✪ OROCHI (1925)

Buntarô Futagawa

 Heizaburo Komitomi es un samurai honorable y de gran habilidad. A pesar de sus orígenes humildes, su lealtad y devoción inquebrantables al código bushido hacen de él un guerrero admirable. Pero son precisamente sus altos valores éticos y fuerte carácter los que le provocarán grandes problemas en la vida.

Orochi o La Serpiente es una película bastante singular para la época, hasta podríamos considerarla una provocación en toda regla. No en vano, sufrió una fuerte censura que recortó parte de su metraje. Sin embargo, el mensaje principal que quiere transmitir, que es la impunidad de una clase dirigente y las graves injusticias que sufren por su culpa los más desfavorecidos, se transmite de manera impecable. Era la decadencia de la Era Taishô (1912-1926), en la que los poderes de la antigua oligarquía pasaron  a los partidos democráticos, y los ciudadanos mayores de 25 años pudieron por fin votar. Sin embargo, el advenimiento de la Era Shôwa (1926-1989), en cuyo primer tramo los militares fueron acaparando el poder alcanzando un rotundo totalitarismo, no vieron con buenos ojos esta película. No obstante, logró un éxito tremendo.

El film narra la vida de un anti-héroe, algo completamente inédito en la filmografía japonesa hasta entonces, y presume de una visión de la realidad pesimista y cruda. Muy cercana al espectador, aunque fuese un jidaigeki. En el mundo no hay lugar para los hombres honestos y Tsumaburô Bandô, probablemente la primera estrella del cine de acción de la historia, encarnó al guerrero caído en desgracia. Un descenso a los infiernos. Aunque la película todavía bebe en algunos aspectos de las fuentes del teatro, Bandô consiguió brindarle un realismo emocionante a sus combates, con un estilo de lucha natural y enérgico. Gracias a él la figura del samurái en el cine se modernizó, adaptando el dinamismo del shinkoku-geki, para dejar definitivamente atrás las poses estáticas y el histrionismo del kabuki. Él puso los cimientos del kengeki-eigachanbaraToshirô Mifune o Tatsuya Nakadai le deben muchísimo. Nota importante: las secuencias de peleas resultan espectaculares, sobre todo para los que disfruten con hábiles manejos de catana.


4 ✪ ROJÔ NO REIKION (1921)

Minoru Murata

Tres historias distintas entrelazadas: un violinista y su familia, dos convictos recién liberados y una niña rica. Todos confluyen en una pequeña población durante la Navidad. 

Minoru Murata fue uno de los cineastas que más luchó por renovar el cine japonés en sus inicios y dotarlo de la modernidad que procedía de Occidente. Por eso no dudó en escoger como base de su primer largo de importancia una de las obras más conocidas del ruso Máximo Gorki, Los bajos fondos (1902). Fue llevada también al cine por Akira Kurosawa, por cierto, en Donzoko (1957). No hay color entre una y otra, pero no debemos arrebatarle el mérito a Rôjo no Reikion de que fuese el pistoletazo de salida del jun’eigageki undô. Murata occidentalizó un pequeño pueblo del Japón rural para narrar su historia, creando un perfecto híbrido entre los dos extremos de Eurasia. Se trata de un film más complejo de lo que se podría esperar, con elipsis, firme contenido simbólico y flash-backs que pueden resultar desconcertantes porque trabaja en realidad tres historias distintas. En verdad fue un esfuerzo honesto por dejar atrás la influencia del teatro tradicional y utilizar los recursos más modernos de los que podía el director disponer; tanto a nivel técnico, narrativo o artístico. Muy loable.

Como historia, es un melodrama bien interpretado en el que el propio Murata se reservó un papel, ya que antes de director de cine había sido actor. Puede recordar en el tono al Cuento de Navidad (1843) de Charles Dickens o al ¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra; sin embargo también es una película rotundamente japonesa, y eso se nota para bien. Murata logró con Rôjo no Reikion poner en el mapa el cine de su país, realizando la primera película que podría resultar inteligible para un espectador de otra parte del globo. Sin necesidad de benshi y apenas intertítulos explicativos, porque su lenguaje visual era, y es, universal. No en vano, fue de los primeros directores de cine japoneses que lograron distribución internacional de sus películas.


3 ✪ ORIZURU OSEN (1935)

Kenji Mizoguchi

Sokichi Hata quiere estudiar en la escuela de medicina en Tokio, pero es pobre y se encuentra sometido por una banda de traficantes de arte. Pero la valiente Osen, que se ha enamorado de Sokichi, hará todo lo que esté en su mano para que consiga alcanzar su sueño.

Con Kenji Mizoguchi y su etapa silente he dudado entre Taki no Shiraito (1933) y la presente Orizuru Osen u Osen de las Cigüeñas para el top; sin embargo al final me he decantado por Osen, quizá porque no es tan conocida y también merece un poquito de atención. Fue su última película muda. Gran parte de la obra de los años 20 de Mizoguchi desapareció, lo que sabemos es que se dedicó con ahínco a experimentar con las influencias occidentales, incluso juguetear con las técnicas del expresionismo alemán. No obstante, a los pocos años volvió su atención a las temáticas japonesas, y aunque tonteó algo también con el keikô-eiga, tomó obras shinpa del escritor Kyôka Izumi  para realizar tres films: Nihonbashi (1929), Taki no Shiraito (1933) y Orizuru Osen (1935). Muchas de las obras de Izumi, debo señalar, han sido volcadas al cine a menudo por su fuerte tirón melodramático y calidad.

Aunque se considera que la etapa de asentamiento artístico de Mizoguchi empezó con Elegía de Naniwa (1936) y Las hermana de Gion (1936), ambas ya sonoras, merece la pena echarle un vistazo a su filmografía muda; sobre todo a Osen, donde el director ya había plantado las semillas de lo que luego sería su marca de agua: la opresión de la mujer en la sociedad japonesa, sus ingrávidos planos secuencia, las delicadas atmósferas de luces y sombras, su poesía visual melancólica, etc. Y es que hay que tener en mente que tanto Mizoguchi como Yasujirô Ozu compartían una idea sobe el cine especial: se inspiraban en la capacidad evocadora de imágenes del haiku. Esta concepción tan japonesa impregnó las obras de ambos, y se difundió a otros directores, otorgando al cine nipón un rasgo muy distintivo respecto al cine de otros lugares. En Orizuru Osen encontramos los primeros trazos de su estilo bien delineados, con la habitual grácil belleza de su buen hacer; y su temática sobre el sacrificio de la felicidad femenina para favorecer la de un hombre desagradecido, que fue luego una constante en toda su obra. Su protagonista fue interpretada por la genial Isuzu Yamada, que aparecería luego también, por ejemplo, como una escalofriante Lady Macbeth en Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa o en Tokyo Twilight (1957) de Yasujirô Ozu.


 2 ✪ KURUTTA IPPÊJI (1926)

Teinosuke Kinugasa

Un hombre decide trabajar de celador en el manicomio donde está ingresada su esposa. Quiere estar lo más cerca posible de ella y sueña con liberarla y huir de ese horrible lugar. Se siente culpable por su enfermedad.

A Page of Madness o Kurutta Ippêji tuvo su pequeña reseña en la entrada dedicada al cine bizarro japonés aquí. No voy a añadir mucho más, salvo que, en perspectiva, es un film que supuso un antes y un después en la cinematografía de Japón. En su momento fue ignorada; que se creyera una película perdida tampoco ayudó mucho a su reconocimiento. Sin embargo, casi un siglo después, su trascendencia como hito del cine de vanguardia es incuestionable. Es una obra al nivel de sus homólogas europeas, de las que bebe, indudablemente. Las influencias de F. W. Murnau, Abel Gance y Robert Wiene son muy evidentes. No obstante, camina a la par de ellas, tanto en calidad como innovación.

Del metraje original, que constaba de 103 minutos, han sobrevivido 78. ¿Es una pérdida muy grave? Solo podemos teorizar, pero Kurutta Ippêji es un film con muchas posibles lecturas, desde una alegoría política, un melodrama, una denuncia social… siempre con los ropajes del avant-garde y la literatura porque, cabe destacar, el guion fue escrito por Yasunari Kawabata (sí, otra vez, por aquí). Si se quiere aprender un mínimo sobre la etapa silente del cine nipón, su visionado es obligatorio; si se aspira a tener un conocimiento básico sobre el séptimo arte japonés, resulta imprescindible.


 1 ✪ UMARETE WA MITA KEREDO (1932)

Yasujirô Ozu

Los hermanos Yoshii, que acaban de llegar a los suburbios de Tokio, descubren que su padre no es tan importante como pensaban. Es un simple “salaryman”a las órdenes de un jefe. Todo esto supone un duro golpe para ellos en un momento además difícil en el colegio. Keiji y Ryoichi deberán enfrentarse a la vida con otros ojos, y explorar nuevos territorios que ni habían imaginado.

Yasujirô Ozu realizó ya en color, con sonido y bastantes años después, una especie de remake (Ohayô, 1959) de esta obra. Muy recomendable, como casi todo lo de Ozu, pero yo me sigo quedando con Umarete wa Mita Keredo. Creo además que se trata de una película con muchas posibilidades de que guste a los fans del manganime, porque contiene elementos que décadas más tarde observaríamos en el shônen, seinen y el slice of life más tradicional. Incluso se pueden percibir leves trazas del Kuro y Shiro del Tekkon Kinkreet (1993) de Taiyô Matsumoto. Pero no perdamos la perspectiva, sigue siendo un film del año 1932 y es una obra muy Ozu, por lo que encontraremos bastantes de los elementos que son característicos de su cine: comedia ligera, drama costumbrista y la familia. Podría haber seleccionado para cerrar este listado Ukikusa Monogatari (1934) del mismo director, cinta que además me encanta (y que Ozu volvería a recrear en 1959); sin embargo, pienso que esta puede atraer más en general a la otaquería.

A caballo todavía entre la era Taishô y la Shôwa, Umarete wa Mita Keredo es una elegante crítica social de la época. De hecho se puede considerar una de las primeras películas japonesas con ese tipo de contenido. Une el sentido del humor nansensu con la delicadeza sentimental del shôshimin eiga, sin olvidar que se trata de un rotundo retrato social del momento. Ozu, con su habitual sutileza, cuestiona la rígida verticalidad de la sociedad japonesa o tate shakai, antes incluso de que se acuñara ese término, y su difícil aclimatación a los nuevos tiempos. Japón a principios de la década de los 30 sentía la incertidumbre de un futuro marcado por la dicotomía entre tradición y renovación, enfrentándose a sus contradicciones. La modernidad japonesa en crisis, sin perder de vista tampoco la Gran Depresión. Y la clase trabajadora era la más vulnerable, el padre de la familia Yoshii, por ejemplo. Ozu no hace un alegato político, sino que a través de la visión de unos niños, muestra una realidad social compleja, mimando las relaciones entre los personajes y la transición entre sus mundos, el de la infancia y el de los adultos. El conjunto es de una entrañable armonía, a pesar de que lo que expresa no lo sea. Porque como muchas obras de Ozu, comienza luminosa y alegre, acabando recreándose en los matices de las sombras y la oscuridad. Muy japonés eso, por cierto.


Y esto ha sido todo por hoy, si la anterior entrada incluida en mis queridas Otakus Treintañeras era un poquillo larga, creo que esta la ha superado con creces. Y encima tratando un tema bastante más árido que interesará a cuatro gatos extraviados. ¡Miauuuu! Espero que no os hayáis aburrido mucho, sinceramente, y que la presente sirva para despertar vuestro apetito hacia el fascinante mundo del cine silente japonés. Y si ya gozáis de esta inclinación, animaros a repasar alguna de las obras seleccionadas. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Kanematsu contra el volcán

Antes de dar paso a la siguiente Petición Estival, como estoy un poco liadilla engrasando la maquinaria del nuevo curso (¡bien!) y sacando lustre a proyectos musicales venideros, prefiero cerrar este mes de agosto con un último coletazo veraniego. Septiembre, aunque continúa siendo en su mayor parte estío, ya se percibe de otra manera. Van quedando atrás los días de luz, para abrazar al futuro equinoccio y el triunfo paulatino de la noche. Este calambre rezagado de sol y calor es, de nuevo, un manga; y también es uno de los tebeos más chulos que podéis leer estas semanas si no andáis muy atareados.

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Bokura no Funka Matsuri (2012) consta de 16 capítulos y fue publicado por Shôgakukan. Su creador es uno de los mangaka más interesantes del panorama actual, ¡sangre nueva!, quizá no demasiado conocido todavía en Occidente, pero que se está abriendo paso. El talento de Keigo Shinzô es indudable, y si tuviera que colocarlo junto a otros autores de su misma onda, estos serían Taiyô Matsumoto o Ken Niimura. Publicó su primer manga en el tercer año de universidad, y a partir de ahí ha ido sacando cosillas en Monthly Big Comic Spirits. Cosillas. De entre esas cosillas, que han tenido hasta adaptaciones al cine (Moriyama-chû kyôshûjo, 2016), rezo todos los días muy fuerte a Luzbel, Ninurta y Azathoth para que alguna editorial en español se digne a publicar Tokyo Alien Brothers (2015-2017), al que le tengo unas ganas feroces. Lézard Noir ya lo ha sacado en Francia así que… ¿por qué aquí no? ¿Quizá porque todavía resultamos ser un poquillo gañanes respecto al mundo del cómic? Algo de eso hay (no merece la pena negarlo). En realidad, le tengo mucha hambre a todas las obras que lleva editadas de momento, que no son tampoco muchas, pero que, descontando el tebeo de hoy, no se pueden todavía conseguir en la lengua de Cervantes o de Shakespeare. Y son los dos idiomas que más se hablan en el planeta junto al mandarín, no es por nada.

Regresando a nuestro protagonista de hoy, Bokura no Funka Matsuri, destacar que se llevó en 2012 un rutilante New Face Award (y quedó finalista en el Taishô de 2013). No me extraña. Desconfío de manera natural de los galardones y demás zarandajas, sin embargo en este caso en particular, y desde mi perspectiva personal, está muy bien otorgado. Me gustaría que Keigo Shinzô tuviera más reconocimiento por estos lares, pero nunca es tarde para ello; y desde esta minúscula bitácora, aporto mi granito de arena para difundir un poco más las excelencias de su talento. He dicho.

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Kanematsu es una apacible villa donde todo transcurre con esa impasible monotonía tan propia del entorno rural. Pero su vigilante eterno, el volcán que se encuentra en las cercanías, decide un día entrar en erupción y ponerlo todo patas arriba. La vida de sus habitantes ya no será la misma, al igual que el mismo Kanematsu. Y estos profundos cambios, los veremos a través de los ojos de sus dos personajes principales, Toyama y Sakurajima. Este par de adolescentes tienen muy pocas cosas en común; mientras Toyama es estoico y de ideas brillantes, Sakurajima es una explosión de energía algo insensata. Toyama es admirado por sus compañeros, aunque a él le dé completamente igual; Sakurajima es ignorado por casi todo el mundo y ansía más popularidad (y una novia). Ambos tienen una visión completamente opuesta de lo que ha ocurrido tras la erupción del volcán; Toyama añora el pasado y le irrita el nuevo rostro de Kanematsu, Sakurajima abraza con entusiasmo la transformación y quiere disfrutar de sus nuevas oportunidades. Estas diferencias no les impiden ser amigos.

La verdad es que Kanematsu da un giro de 180º, y Toyama sufre en sus propias carnes esa metamorfosis que hizo que en su hogar brotara una fuente termal, destrozando la vivienda.  Dos años más tarde, su casa es un próspero negocio regentado por sus padres donde se ofrecen baños y venden todo tipo de mercancías dirigidas a los visitantes. Porque Kanematsu se adaptó a las circunstancias, convirtiéndose en un ajetreado pueblo turístico. Toyama no es feliz con todo esto; Sakurajima, en su inconsciencia, sí.

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El antes y el después

Bokura no Funka Matsuri es un tradicional slice of life centrado en las clásicas experiencias de dos muchachotes acneicos. La efervescencia de la pubertad y sus bien conocidos conflictos.  Todos hemos leído historias y argumentos similares, así que con este manga no va a haber ningún tipo de sorpresa en ese aspecto. Los vaivenes de la amistad, el primer amor, el descubrimiento de nuevos mundos, las contradicciones de los sentimientos, la búsqueda de uno mismo, etc. Toyama y Sakurajima interpretan muy bien sus papeles de quinceañeros confundidos, dos caras de una misma moneda. Y con unas personalidades muy bien definidas. Sus vivencias confluirán en el “Festival de la Erupción”, un evento escolar y universitario que servirá como catalizador. Y hasta ahí puedo contar.

¿Qué podemos esperar de Bokura no Funka Matsuri? Pues unos secundarios peculiares, cierta tendencia a la caricatura irónica y una historia simple pero efectiva. Y esa es una de sus principales virtudes: la sencillez que emana por todas partes. Una sencillez maravillosa e inteligente, que hace disfrutar por su ausencia de pretensiones. Este tebeo es elegante y entrañable a la vez. Muestra cómo mediante la simplicidad se pueden transmitir importantes cuestiones. Inesperadamente. Porque Bokura no Funka Matsuri es una obra ingenua y brillante, sin embargo encuentra su propio camino sin caer en la repetición o aburrir.

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Si el argumento tiene ritmo y se encuentra bien estructurado, el dibujo de Shinzô Keigo es algo también a señalar. La influencia de Taiyô Matsumoto es muy evidente, pero eso no impide que posea su propia identidad. El arte es sutil y detallado, a ratos tonteando incluso con el naif, y con una riqueza expresiva audaz. Plasma muy bien la vida cotidiana. Sus trazos, aparentemente desmañados, esconden una gran pericia y sensibilidad. La forma es más propia de comics alternativos, aunque gracias a él y a otros autores, está asomando la cabecita en grandes editoriales, rompiendo un poco con la hegemonía estilística del manga clásico. No lo considero heta-uma, conste en acta, pero no tiene ese pulido de los tebeos japoneses mainstream. Resulta refrescante. Y que declare además de forma tan delicada su amor hacia los gatos ❤ es algo que me conquistó de manera personal. Cuando leáis el manga, sabréis a lo que me refiero. WE LOVE CATS!

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¿Recomiendo Bokura no Funka Matsuri? Mucho, sobre todo si no se tienen remilgos a la hora de leer mangas donde el dibujo no sea tan convencional. La historia es buena y se lee con suma facilidad, resulta una obra perfecta para estos últimos días de verano. Y para otras épocas del año también, ¿eh? Porsiaca. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

 

Huesos de sirena, balas de caramelo

Poco a poco, en estas latitudes el verano se va deslizando, qué alegría. Queda un mes solamente para que llegue mi querido otoño. Tengo unas ganas enormes de que los calores desaparezcan, pero mientras también disfruto de las noches estivales. Y durante esas horas nocturnas, he ido leyendo un manga que tenía pendiente desde hace bastante tiempo. Ya sabéis, esos tebeos, libros o pelis que por ningún motivo en particular se van dejando y dejando y dejando… Hasta que me he dicho, “bueno, ya toca, ¿o qué?”, y ha resultado ser una de esas lecturas perfectas para el verano, ligeras aunque con enjundia.

Satôgashi no Dangan wa Uchinukenai (2007) es un manga corto de 13 capítulos publicado en dos tankôbon por la revista shônen Dragon Age. Las artífices de la obra son la artista Iqura Sugimoto y la autora Kazuki Sakuraba. ¿Dos mujeres creando shônen? No sería la primera vez, claro; y no se trata de un shônen mongoloide como suele ser habitual. De hecho, yo no consideraría que este tebeo vaya dirigido a ningún público en particular. Esa es una de las cosas que me han gustado, que a pesar de publicarse en un magazine para chicos, es completamente neutro. Pero me estoy adelantando para variar. Vayamos por partes.

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No sé mucho de la dama que ha manejado los pinceles, pero de Kazuki Sakuraba sí. Imagino que muchos de vosotros también la conoceréis. Es una escritora de novelas y light novels bastante competente; su obra Red Girls: The legend of the Akakuchibas (2006), logró un Premio Naoki, y estuvo nominada en otra ocasión al mismo galardón con Watashi no Otoko (2007). Hay unas cuantas historias suyas con adaptaciones al anime, al cine y al manga, por lo que se la puede considerar una celebridad en toda regla. Y este tebeo es una de esas adaptaciones. Como se trata de una escritora bastante versátil, no sabía muy bien qué iba a encontrar en Satôgashi no Dangan wa Uchinukenai; tampoco, al no haber leído la novela ligera original, podía adivinar si me iba a topar con una buena traslación o no. Pero tenía ganas de leer algo liviano, un manga apropiado para esta época del año. En resumen, que me entretuviese sin muchos jaleos. Pues bien, me equivoqué. Porque, aunque es de lectura veloz y entretiene, jaleos tiene unos cuantos.

Si conocéis a Sakuraba por Gosick (2011), ya podéis olvidar por completo ese manganime, ya que Satôgashi no Dangan wa Uchinukenai (o A lollipop or a bullet) no tiene nada que ver. Es una galaxia distinta. Resulta una obra equívoca, quizá la responsabilidad de esta pequeña farsa sea más de Iqura Sugimoto que de Sakuraba; y, con honestidad, es un engaño que me ha entusiasmado. Imagino que si hubiera investigado más sobre este manga, la sorpresa no habría sido tal; pero suelo huir de todo aquello que hieda a spoilers. He llegado a desarrollar un olfato muy fino hacia ellos, por cierto (qué remedio). Así que, como estoy siendo un poco críptica, que es una manera elegante de decir que, otra vez, estoy adelantando cosas y mezclando asuntos según van brotando como repollos en mi cerebro, voy a regresar de nuevo a la casilla número uno. Sinopsis, mon amour.

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Nagisa Yamada es una chica de 13 años que vive en una zona rural del noroeste de Japón. Su padre falleció y el sueldo de su madre no es suficiente para mantenerlos a ella y a su hermano, así que piensa acabar el curso y alistarse al ejército, cuya escuela se encuentra cerca de su pueblo. Tiene los pies muy asentados en el suelo, y un sentido pragmático de la vida férreo. Pero su visión del mundo dará un vuelco cuando conozca a Mokuzu Umino, una sofisticada jovencita tokiota que ha llegado nueva al colegio. Es la hija de un idol nacido en la región, Masachika Umino, que alcanzó popularidad nacional gracias a su one hit wonder Ningyô no Hone o Huesos de sirena. Al principio todo el mundo en clase está emocionado por la presencia del vástago de la antigua celebridad local, pero pronto descubren que Mokuzu es una muchacha extraña, muy extraña. Proclama ser una sirena estudiando la forma de vida humana, y que se convertirá en espuma de mar si no encuentra un amigo en el tiempo que le resta en tierra firme. Al principio Nagisa solo siente aversión (y mucha) por Nagisa y su actitud extravagante, tan diferente de su forma de pensar; pero poco a poco irá surgiendo una amistad profunda entre las dos.

Hasta aquí podríamos considerar Satôgashi no Dangan wa Uchinukenai un tradicional slice of life escolar con el que disfrutar de la evolución personal de cada moza, cómo va creciendo su aprecio mutuo y solventan los habituales dilemas de la recién llegada adolescencia. El arte de Iqura Sugimoto alienta también esa idea de shôjo apacible, con unos diseños de personajes aniñados y dulces, donde incluso hace alguna ligera concesión al shôjo-ai. Pero nada más lejos de lo que es en verdad este manga. It’s a trap!

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Iqura Sugimoto trabaja los contrastes genial. Juega con la dureza de la historia, que se va introduciendo lentamente como un veneno, para mostrárnosla a través de recursos visuales típicos del shôjo.  Pero recordemos, Satôgashi no Dangan wa Uchinukenai fue publicado en una revista shônen; y, ya me disculparán los editores de Dragon Age, pero este tebeo tampoco tiene mucho de shônen. De hecho, no lo recomendaría a lectores jóvenes o impresionables, es un cómic para adultos. En un principio, nada chocante aparece, es el típico mundo idealizado de los mangas escolares; sin embargo, se comienzan a sentir notas disonantes que van resquebrajando el espejismo creado por Sugimoto.

Nagisa es una chica infeliz, con una vida marcada por la desgracia familiar de un padre fallecido y un hermano mayor hikikomori. Padece muchas estrecheces económicas y el horizonte mezquino de una pequeña comunidad. Su única escapatoria, y a la vez medida para ayudar a su familia, es comenzar a ganarse el sustento lo antes posible. Es consciente de su precaria situación con una madurez impropia de su edad, así como de la amargura que la va corroyendo. Cree que hay pocas cosas peores que sus circunstancias, pero ahí está Mokuzu para demostrarle que no es cierto.

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Satôgashi no Dangan wa Uchinukenai es una aproximación a la tragedia del maltrato infantil muy hábil y cruda. Sin zarandajas, sin sentimentalismos, sin excesos gore tampoco. La indefensión adquirida, el síndrome de Estocolmo, la disociación emocional, la perentoria necesidad de evasión… todos los síntomas son descritos con minuciosidad. Pero no solo eso, es la representación de la realidad asfixiante que sufren muchas personas, la espeluznante identificación del odio con el amor, la muestra de lo jodida que puede llegar a ser la vida. En su argumento tiene cabida tanto lo horrible como lo maravilloso y, como sucede en el día a día, se mezclan en una pócima mágica de efectos imprevisibles.

Los secundarios, que suelen otorgar el indispensable pulido a los slice of life, tienen una presencia firme, aunque no se encuentren especialmente detallados. Masachika Umino, el padre de Mokuzu, con el que habría sido interesante que se detuvieran más, resulta decepcionantemente unidimesional. No obstante, Tomohiko Yamada, el hermano de Nagisa, sale bastante bien parado; y sus intervenciones, a pesar de ser un personaje pasivo, son esenciales. Me han gustado mucho, por otro lado, las referencias cinéfilas que han dejado caer: Heavenly Creatures (1994) de Peter Jackson, que guarda algunas pequeñas similitudes con el cómic; y Ascenseur pour l’échafaud (1953) de Louis Malle. Sobra decir que ambas películas me parecen excelentes y que si no las habéis visto, ya tardáis.

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Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, dejo este cartelito por aquí.

Satôgashi no Dangan wa Uchinukenai es un tebeo que empieza mostrando una máscara que, a lo largo de los episodios, se va agrietando hasta dejar a la vista un rostro que nadie quiere ver. Es posible que los que no conozcan demasiado el asunto de los malos tratos infantiles no lleguen a comprender del todo ciertas reacciones en algunos personajes, que les parezcan exageradas o sin sentido. Sin embargo, me temo que la vida real es incluso más chunga que este manga. Y este tebeo lo es un rato. No obstante, tiene algo positivo que valoro muchísimo, y es la ausencia del tono de denuncia que suele acompañar estas temáticas; la higiénica y estupenda falta de moralina. ¡Un auténtico alivio! No suele ser fácil tocar ciertas materias sin caer en el melodrama lacrimógeno, y Satôgashi no Dangan wa Uchinukenai lo consigue de sobras. En ese aspecto es sobrio, solo cede frente a los sentimientos cuando el propio desarrollo natural de la historia lo exige. ¿Recomiendo Satôgashi no Dangan wa Uchinukenai? Sí, especialmente a los fans de Inio Asano, porque tiene su mismo punto de crueldad pero sin la vehemencia sexual que lo caracteriza.  Buenos días, buenas tardes, buenas noches.