El delicado cultivo de la Iris japonica

Todos tenemos una serie de temáticas y géneros que nos gustan. Solemos disfrutar más con ellos, y por eso mismo tendemos a consumirlos por delante de otros. Es lo más natural del mundo, no hay nada de malo en eso. También ocurre al revés, que ciertos estilos nos fastidian o directamente funcionan como un anestésico para rinocerontes. A mí me sucede con el shôjo, el spokon, el yaoi o el school life. Qué le vamos a hacer. Pero en ocasiones me apetece salir de mi zona de confort, de hecho preciso hacerlo, de otro modo empezaría a agobiarme cosa mala. No, no soy masoquista, pero necesito respirar. No sé cómo explicarlo. Esta disposición tan poco racional me conduce, por ejemplo, a realizar una sección en este blog dedicada a la prehistoria de una demografía que me irrita (Shôjo en primavera) o escribir la entrada de hoy.

Llevo unas cuantas semanas leyendo muchísimo más manga de lo habitual, lo que me ha dado la oportunidad de chapotear en piscinas donde normalmente no meto el pie. Y, en fin, que he acabado haciendo unos cuantos largos la mar de guays. He aprendido un montón y, lo principal, ha sido muy entretenido. También me he jamado varios excrementos de magnitud importante, pero en general ha ayudado a ampliar mis horizontes. No se ha convertido en mi género favorito ni muchísimo menos, sin embargo he descubierto obras que me han emocionado de verdad. Con el título del post creo que está muy claro a lo que hago referencia: el yuri.

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“Ternura” de Isoda Koryûsai circa. 1780

Ya había leído con anterioridad yuri, pero quizá por mala suerte y/o falta de interés en buscar mejor, casi siempre había topado con obras que me aburrían bastante. Claro que había excepciones, pero en general era un género que me resultaba más bien indiferente. Mi perspectiva ha cambiado, claro; y como estoy de buen humor, voy a compartir con vosotros un sucinto listado de los mangas que considero más destacables. Algunos ya los conocía bien, otros han sido auténticos hallazgos. Creo que todos son bastante populares y fáciles de encontrar, lo que hace de ellos una buena introducción para el neófito. Incluyo tebeos de distintas épocas, para de este modo percibir la evolución. Eso sí, desde mi punto de vista. No he leído todas las obras yuri de la galaxia, tampoco soy una experta en el asunto. Simplemente he redescubierto el género y me apetece escribir sobre ello. De todas formas, una pequeña introducción no vendrá nada mal.

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Esta señora tan sonriente es Nobuko Yoshiya en mayo de 1937.

Si se desea observar en retrospectiva con un mínimo de seriedad el género yuri, es inevitable mentar a la escritora Nobuko Yoshiya (1896-1973). Aquí ya hablé de ella un poco, pues su figura es imprescindible para comprender el nacimiento del shôjo y el yuri. Todo hay que decirlo, son dos géneros muy vinculados entre sí. El shôjo desde sus inicios poseyó una vertiente pronunciada lésbica, relacionada con el S Kurasu Esu de comienzos del s. XX. El Takarazuka Revue o las obras de Yoshiya-sensei hacían hincapié en las relaciones platónicas amorosas entre dos chicas; una especie de sororidad romántica senpai-kôhai muy inocente, pero a la vez obviamente homosexual (dôseiai). Eran historias hechas por chicas para chicas. Esto no suponía mayor problema en el contexto social de la era Taishô y albores de la Shôwa, donde además la audacia de las “mujeres modernas” o moga brillaba en todo su esplendor. No era algo de lo que preocuparse, pues se consideraba (y continúa siendo así) una etapa normal a superar que concluía en heteronormatividad: ser esposa y madre. Cierto que el caso particular de Nobuko Yoshiya fue bien distinto y nunca escondió su orientación sexual; pero tanto la mayor parte de sus obras como las que luego llegaría a inspirar en otros, nunca fueron manifiestamente yuri. Todo quedaba circunscrito a un atrevido, pero tolerable, shôjo-ai. La llegada del amor homosexual a los tebeos populares japoneses se hizo esperar hasta la aparición del Grupo del 24. Fueron sus autoras las que abrieron la veda. ¿Sucedió igual con el amor lésbico? En cierta forma sí, ganó en expresividad y su presencia se hizo más rotunda; pero continuó ciñéndose a un ámbito escolar de características idílicas. Tenían muy poco de la vida real. Podríamos decir que se trataba de relatos de amor entre jovencitas dirigidos a lectoras heterosexuales. Esto puede sonar un poco raro en la actualidad, sobre todo cuando existe un sector de público bastante amplio masculino en el yuri, pero así fue al principio, señores.

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Mi querida Utena

Los primeros mangas yuri mostraban casi siempre un dúo activo/pasivo en el que la muchacha enérgica, tomando el rol masculino, adquiría muchas de las particularidades de las otokoyaku del Takarazuka. El rol femenino recaía en personajes delicados, sufridores, casi sin voluntad, y bastante anodinos. Pero eso ya es una observación personal, claro. No puedo evitar rememorar a la insufrible Fiona de Paros no Ken (1986), que la mitad del manga está llorando y la otra siendo víctima de alguna horrible maldad. Muy triste.

Sin embargo, la joven que llevaba las riendas en la relación solía tener mucho de la Sapphire de Ribbon no Kishi (1953). Aceptaba su amor por una persona de su mismo sexo y poseía la determinación de asumir la relación con todas sus consecuencias. Y esas consecuencias solían ser muy, muy trágicas. Toda una heroína. En cambio, su pareja acababa transigiendo para dejar su enamoramiento en una simple fase de la adolescencia. Algo que no podía salir de las paredes del colegio, sin lugar en la sociedad. Una mujer no puede ser un hombre, por lo que amar a otra mujer está mal y acarrea todo tipo de desgracias. Como todos ya sabemos, esa visión devastadora del amor y la feminidad fue virando, y figuras como Haruka Ten’ô (Sailor Urano) o Utena Tenjô relajaron el tema bastante otorgándole naturalidad y una perspectiva más poderosa, acorde a los nuevos tiempos.

No sé si está quedando claro, pero el yuri no es considerado en Japón de temática estrictamente homosexual. Se encuentra en una especie de limbo, entre lo que se es y lo que se aparenta ser. El yuri tiene lugar en la fantasía, no es real; y las historias que cuenta son aceptables porque reflejan el crecimiento personal de las jóvenes… que finaliza en casarse y parir como conejas. Punto. Da igual lo explícito que sea, sobre todo el dirigido al público masculino, cuyo yuri, por otro lado, es muy, muy, pero que muy diferente (fanservice a muerte) del que está enfocado al tramo femenino. No obstante, poco a poco el panorama está cambiando; y numerosas creadoras están aportando al género precisamente esa base de realidad que le ha faltado durante tanto tiempo. El yuri está creciendo delante de nuestras narices, sirviendo de plataforma al mundo lésbico para poder expresarse. En mi opinión era algo muy necesario. No quiero alargarme más, solo apuntar que si estáis interesados en este género y su historia, os recomiendo este vídeo de Erica Friedman así como también su web Okazu. Es una fuente de información inagotable y especializada en yuri, muy bien documentada.

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¡Dale caña, Haruka!

Shiroi Heya no Futari

Ryôko Yamagishi

(1971)

A falta de una obra más temprana, Shiroi Heya no Futari (1971) es considerada de momento la primera obra del género. El primer manga donde aparece de forma explícita una relación amorosa entre dos mujeres. Sin ambigüedades. Ya solo por su valor histórico merece un vistacillo. Además se lee en un suspiro, consta de 4 episodios que fueron presentados en Ribon. Ryôko Yamagishi, miembro del Grupo del 24, creó un tebeo sencillo pero atrevido. Su influencia posterior ha sido descomunal, y no solo dentro del yuri, en el mismo shôjo. Se me ocurre, a bote pronto, la exageración que el celebérrimo Candy Candy (1976) de Yumiko Igarashi y Keiko Nagita le debe, tanto en argumento, recursos o diseño de personajes. Para mear y no echar gota.

La historia en sí está ubicada en un exclusivo colegio femenino francés, donde la rica huérfana Resine de Poisson acude huyendo del desafecto de su familia. Ella es una jovencita frágil y de rizos dorados como una muñeca, cuyo carácter dulce es radicalmente opuesto al de su compañera de habitación, Simone D’Arc. Simone es apasionada y rebelde, sarcástica y con una vida repleta de secretos infortunios. ¿Qué química surgirá entre ellas? Ah, l’amour. Lo mejor sin duda de este cómic es el personaje de Simone D’Arc y el arte de Yamagishi. Probablemente sea mi favorita en ese aspecto del Grupo del 24, quizá porque tengo debilidad por el Modernismo. Por lo demás, Shiroi Heya no Futari no puede sorprender demasiado a un lector del s. XXI, porque a la fuerza ha observado sus mismas variables en cientos de mangas. Mangas posteriores, por supuesto, este fue pionero en su clase. ¿Lo peor? Un guión algo acuoso y un personaje como Resine de Poisson al que dan ganas de estrangular de principio y, sobre todo, al fin.simone1

Claudine…!

Riyoko Ikeda

(1978)

Con Claudine…! (1978) ya se percibió un cambio. Riyoko Ikeda trató el tema de la transexualidad con mucho tacto, haciendo del protagonista de este manga, Claudine de Montesse, una persona creíble y profunda. Se trata de un tebeo emotivo además de muy agradable. Pero no os llevéis a engaño, Claudine…! no examinó la transexualidad desde una óptica realista. Recordemos que el yuri siempre ha trabajado dentro de las fronteras de un mundo idealizado, hermético y/o lejano (en este caso Francia, como sucede también en Shiroi Heya no Futari), así que ni se huelen los enormes problemas que mujeres y hombres de esta condición tenían (y tienen) que padecer.

Claudine de Montesse pertenece a la pequeña nobleza francesa, tiene una belleza radiante, un carácter admirable y gran inteligencia. Es el vivo retrato de su padre, salvo por un detalle: nació mujer. Claudine, desde muy niño, se ha sentido varón; y no ha dudado jamás en expresarlo en su entorno. Solo su madre parece hallar problemas en esto, por lo que decide llevarlo a un psiquiatra. Y son las anotaciones y pensamientos de este médico, que se convierte en su amigo, los que nos guían para conocer la historia de su vida. De esta manera indagaremos en una existencia que, aunque no presenta grandes dificultades, resulta rica a nivel emocional. Porque Claudine…! es simplemente un shôjo de época. Centrado en la vida sentimental del protagonista, muy desgraciada y que, siguiendo las pautas del yuri, acaba en tragedia. El argumento tiene mucho de folletín, una montaña rusa que a veces peca de inverosímil; si bien nada especialmente molesto salvo el asunto de sus novias: son todas idiotas. Si gustó Versailles no Bara (1972), Claudine…! no puede resultar indiferente. Es su hermano pequeño.

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Blue

Kiriko Nananan

(1995)

Mediados de los años 90. Kiriko Nananan le dio una vuelta de tuerca formidable al yuri clásico con Blue (1995). Lo hizo aterrizar desde las nubes tornasoladas del shôjo al patio de recreo de un instituto japonés cualquiera. Duro, vulgar, áspero. ¿Qué sucedería de verdad si dos adolescentes se enamoraran? Welcome to the real world. Pero a pesar de que Nananan decide brindarle a su tebeo la mirada del realismo, no lo hace de forma cruda. Blue pertenece a la nouvelle manga, por lo que tiene mucho de poesía y sutileza. Es una aproximación clara y delicada a la existencia de dos chicas que todavía están aprendiendo a conocerse a sí mismas y al mundo que las rodea. Y no es un proceso sencillo, la adolescencia nunca lo es. En realidad el amor accidental que surge entre ellas es una excelente coartada; son sus circunstancias, sentimientos y la manera de plasmarlos lo verdaderamente esencial de este cómic.

Ellas son Kayako Kirishima y Masami Endô. Van a la misma clase. Endô parece retraída y algo misteriosa, lo que despierta la curiosidad de Kirishima. Endô además estuvo ausente durante bastante tiempo del instituto, coyuntura que el profesorado tampoco evita mencionar para avergonzarla. ¿Qué le pudo suceder? Kirishima se siente muy atraída por Endô, así que decide hacerse su amiga. Y hasta ahí puedo contar, porque la historia no deja de ser un sencillo slice of life. Muy profundo y conmovedor, aunque no bonito. Lo que sí es precioso es su arte, de línea clara y simple, donde el vacío posee un hondo significado. Lo amo. Con muy poco logra transmitir muchísimo: la cuidadosa elección de planos, la elegancia de sus detalles, la esmerada sincronización emocional, la cálida intimidad de su lenguaje corporal… buf. Todo.

Otro manga que comparte ciertas similitudes con Blue, pese a ser bastante más convencional, es Aoi Hana o Flores Azules, que Milky Way tuvo el buen tino de publicar (¡gracias!). Es una preciosidad de tebeo que no me habría importado incluir en esta lista, pero tiene pendiente un Manga vs Anime. Deberá esperar un poquito.

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Honey & Honey

Sachiko Takeuchi

(2007)

Otro salto cuantitativo en el yuri: la aparición de auténticos mangas sobre lesbianismo creados por sus propias protagonistas. Honey & Honey (2007) es un ensayo donde la autora, Sachiko Takeuchi, cuenta de manera abierta y divertida su día a día como mujer homosexual con su novia, Masako. Son 32 capítulos muy cortitos y de lectura rápida, pero que ofrecen gran cantidad de información sustanciosa. Tiene cierta vocación didáctica, quizá para hacer notar que las bellas tríbadas son también personas, ¡quién lo iba a decir!, ¿verdad?, y que trabajan, les gusta salir de compras, ir al cine, sufren de celos, se enamoran, beben cerveza, acuden a conciertos, salen con sus amigos, y un largo etcétera de actividades extrañas. Takeuchi acerca el bian world a todo el que quiera leer su manga; explica su propia vida y las circunstancias más comunes con las que tiene que lidiar. Y lo hace con mucho salero, por cierto. Me parece una manera estupenda de dar visibilidad a todas esas mujeres que no tienen por qué avergonzarse de una orientación sexual que es natural, respetable y legítima. Solo deseo que cunda más el ejemplo.

Honey & Honey es un buen tebeo no ya solo por su intención, sino porque las anécdotas y pequeñas historias que cuenta en cada episodio son relevantes y muy sabrosas. No hay grandes dramas ni aventuras épicas en la vieja Europa; rinde homenaje al espíritu de las tiras cómicas, creando una inmediata complicidad con el lector. Es un manga directo, como su dibujo. Exacto, su dibujo. Desde luego el que espere un estilo tradicional quedará decepcionado. A mí personalmente me encanta ese aire infantil y esquemático, resulta perfecto para sus historias y le da una expresividad única. La elección de utilizar color muy acertada también. En resumen, Honey & Honey es una obra redondita y fragante como un melocotón, yo no me la perdería.

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Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report

Kabi Nagata

(2016)

A través de la plataforma CuriousCat me llegó una pregunta sobre este manga. Se puede decir que ha sido uno de los detonantes para escribir la presente entrada, por lo que os animo a que sigáis metiendo caña en el GatoCurioso,  ya que me viene genial para la inspiración.

Empecé a leer Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report (2016) o Mi experiencia lésbica con la soledad en septiembre, y estoy a la espera de que suban los dos últimos capítulos. Es harto improbable que lo vea publicado en España, pero Seven Seas afortunadamente lo ha licenciado, así que este verano que viene caerá a la saca sí o sí. No conocía de nada a la autora, Kabi Nagata, y creo que ha sido todo un descubrimiento.

Como Honey & Honey, se trata de un tebeo autobiográfico; y aunque comparte algunas similitudes como el slice of life y cierto tono humorístico, son muy diferentes. Mi experiencia lésbica con la soledad es, a pesar de las metáforas y su lenguaje ligero, una historia bastante descarnada. Es genial cómo Nagata sortea el rol de víctima y el lógico drama que implica, para centrarse simplemente en el autoanálisis. Este cómic es una puerta abierta no solo a su vida como mujer soltera lesbiana, sino a sus procesos mentales, dolencias y pensamientos. Muy cerebral todo. A través de ellos refleja muy bien ese excesivo pudor japonés en las relaciones humanas, esa obsesión por las formas que impide que las personas expresen su propia individualidad, sus emociones. Y aquellos que por un motivo u otro son “distintos”, sufren especialmente de incomprensión y aislamiento. Es la contrapartida a Honey & Honey, un relato de reclusión, tristeza y enfermedad; pero también de superación y búsqueda, aunque conduzca a puertos insólitos.

Viendo la situación como está, y que en el resto del planeta no resulta tampoco mucho mejor, mangas como Honey & Honey y este Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report son importantes. Tratan la materia con naturalidad y franqueza, sin necesidad de señuelos porque sus narraciones son por ellas mismas adictivas y muy amenas.

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Beloved

Jaeliu

(2016)

Y quería cerrar este mini-inventario con una obra también contemporánea, pero esta vez no desde Japón, sino Pekín. Este manhua de la creadora Jaeliu no ha finalizado, y lo estoy siguiendo por puro enganche. Estuve a punto de abandonarlo, pero ESEDIBUJOSEÑORESJODER me absorbió totalmente. Magnífico.

La historia es típica y tópica, nada que no se haya visto ya miles de veces en cualquier josei de andar por casa, pero que desde una óptica lésbica adquiere un frescor inaudito. Y ese arte, ¿lo he dicho ya?, DIOSMÍODIOSMÍODIOSMÍO. Beloved (2016) es una historia de amor y sexo normal y corriente, pero además de profundidad poco habitual. Propone cuestiones interesantes y el tratamiento de los sentimientos es grácil y perspicaz. Si ha gustado, por ejemplo, el estupendo Sorano y Hara (2009) que Tomodomo publicó este pasado verano (¡gracias!), Beloved no puede decepcionar. Al menos hasta el episodio 10, después ya veremos.

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¿Seguís vivos? ¿Habéis llegado hasta aquí? Bien, me alegro, camaradas otacos. Tengo muchas ganas de hincarle el colmillo a Hana Monogatari (2013) de Mari Ozawa, pero me temo que tardará muchísimo en llegar a mi plato. Ains. Comentario random para finalizar la entrada. Je. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Shôjo en primavera: Sakura Namiki

El shôjo no es mi demografía favorita. Hace meses además que dejé en cruel barbecho los tebeos del género que iba siguiendo. Me acaban saturando, es la única razón. Entonces, ¿por qué inauguro nueva sección en el blog dedicada a él? Efectivamente, Shôjo en primavera es un nuevo apartado en SOnC.  Pues porque me da la santa gana, señores, por eso. En realidad creo que el shôjo es una demografía muy interesante y que tomando un poco de perspectiva, es muy representativa de la evolución social japonesa, más que otras demografías incluso. Y es muy curioso, porque hasta la década de los 70 el shôjo se consideraba un género menor. La llegada del Grupo del 24 marcó la diferencia, antes eran el shônen o el gekiga los que se llevaban la atención de crítica y público. Por eso he decidido que este nuevo apartado de la bitácora se dedique al shôjo incipiente, al shôjo en sus primeros pasos y que se suele dejar en la retaguardia, olvidado. No hay muchas obras traducidas de la época, que abarcaría desde los años 50 hasta finales de los 60, pero con paciencia y china chana como dicen por aquí, algo iremos encontrando y, por supuesto, aprendiendo.

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“Buenos días” (1915) de Yumeji Takehisa

Yumeji Takehisa (1884-1934) fue un poeta que, como sabía que no iba a poder ganarse la vida juntando letras, se lanzó al mundo de la pintura y la ilustración. De formación autodidacta, fue haciéndose un hueco en el elitista mundo de las artes de Tokio, aunque su talento nunca fue reconocido en vida. Su moderado éxito y esa elegancia lánguida, de entes femeninos casi incorpóreos que encarnaron tan bien el espíritu de la Era Taishô, lo han hecho pasar a la historia por derecho propio. Pero lo que nos importa realmente es que su estilo inconfundible, de profundo lirismo, fue una de las influencias más importantes del futuro shôjo. Otro de los ascendientes fundamentales en la estética del shôjo fue Jun’ichi Nakahara (1913-1983), ilustrador y diseñador de moda que popularizó esos tremendos ojos acuosos, rebosantes de virginales sentimientos, que todos conocemos tan bien. Nakahara dibujó portadas de revistas como la popular Shôjo no tomo (La amiga de las chicas) y también de novelas femeninas.

Precisamente en esos años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, comenzó a brotar una nueva literatura (shôjo shôsetsu) dedicada exclusivamente a las jovencitas. En ellas se solía representar un mundo idealizado de las emociones, con muchos floripondios y suspiros, pero que en realidad transmitían un código rígido e inmutable sobre lo femenino. Mediante blandas historias de amistad escolar, introducían las nociones de lo que se esperaba de cada mujer: abnegación, humildad y ser unas dulces y pudorosas novias para sus futuros esposos. De eso todavía quedan bastantes rastros actualmente en el shôjo, por cierto. El amor romántico heterosexual no solía aparecer (invadió la demografía a mediados de los 60), era un universo sin hombres, y el estilo de sus ilustraciones fue el primigenio jojo-ga (dibujo lírico), que complementaba el espíritu de esas historias inocentes y candorosas.

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Portada de “Shôjo no tomo” (febrero, 1939) de Jun’ichi Nakahara

Pero entre tanto aleccionamiento para ser una buena ama de casa, cariñosa con los niños y excelente cocinera, había también algunas voces un poco más discordantes: fue el caso de la escritora Nobuko Yoshiya (1896-1973), que opinaba de manera muy distinta. Sus novelas, que poseían el mismo aire romántico y soñador del shôjo shôsetsu, sin embargo ignoraban el matrimonio como objetivo y algunas de ellas eran abiertamente lésbicas. No en vano, Yoshiya mantuvo una relación con una profesora de matemáticas durante más de 50 años. Para ella el amor homosexual se encontraba en un plano de igualdad; el heterosexual no, pues implicaba la sumisión obligatoria de la mujer al hombre. No he tenido todavía oportunidad de leer nada de ella, pero sí he visto la película Fukujusô (1935), basada en un relato incluido en su colección de cuentos Hana Monogatari (1926), por lo que puedo hacerme una idea,  aunque sea algo remota, del aire general que se respiraba en sus obras… porque el shôjo-ai ha heredado muchas de sus ideas. Y con este pequeño pero necesario preámbulo, llegamos al manga protagonista de esta reseña: Sakura Namiki (1957) del autor Macoto Takahashi.

Es uno de los mangas más antiguos que he leído y todavía me pregunto las razones de que me lanzara a por él. El yuri no es lo mío, tampoco el spokon, y con el shôjo tengo problemas. A veces muy serios. Bien, pues Sakura Namiki alberga esos tres géneros y me ha gustado. Supongo que tendrá algo que ver que solo consista en 4 capítulos, y que no ha habido tiempo de que se me inflaran las narices; pero no debo tampoco restarle méritos a la obra. Sakura Namiki vale su peso en oro.

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Sakura Namiki o El Paseo de los Cerezos es un tebeo del año 1957. Repito: 1957. Todavía tiene bastantes arcaísmos (no sé cómo denominarlos) como, por ejemplo, rastros de emonogatari en la introducción. El emonogatari fue un formato híbrido entre tebeo y novela, una especie de “libro ilustrado” dirigido al público joven. Eran como versiones impresas de los cuentos de los kamishibai, con un dibujo naturalista y fuerte presencia de texto. Durante unos años compitieron en popularidad con el manga, hasta que fue barrido por este a finales de los 50. Por eso Sakura Namiki tiene cierta rigidez en algunas de sus páginas, el texto resulta cursi y la historia es muy sentimental. No obstante, me ha sorprendido en otros aspectos y creo que el paso del tiempo no le ha sentado nada mal. Es un manga hijo de su época, con todo el peso del shôjo shôsetsu y el jojo-ga; pero interesante y con ramalazos muy modernos.

Pero comencemos por el principio. Sakura Namiki cuenta la historia de dos amigas, miembros del club de ping-pong de su exclusivo colegio femenino, y su enfrentamiento en los campeonatos deportivos escolares. Sus nombres: Chikage Maki , estudiante de tercer curso, y Yukiko Nakahara, en primero. Yukiko-chan siente gran fervor y devoción por su onee-sama, unas emociones que se convierten en su debilidad durante el partido, pues le hacen sentir compasión por ella en un momento crucial. Pero Chikage es una gran deportista, capitana del equipo y remonta el juego. Sin embargo, las compañeras de curso de Yukiko, que la han estado animando con ardor, piensan de otra forma. Creen que Yukiko se ha dejado vencer por afecto hacia Chikage, y comienzan a murmurar.

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Yukiko es consciente de los rumores, y comienza a encontrarse mal. Mal por Chikage, que puede sentirse ofendida si cree que su victoria no ha sido tal; culpable porque quizá lo que cuchichean sus compañeras tiene un poso de razón. Y la situación empeora cuando Ayako Sunayama, de segundo curso, celosa de la relación que mantienen Chikage y Yukiko y siempre ávida de entrometerse, es la que parece haber originado las habladurías. Ayako perdió su partido frente a Yukiko, y ahora no se separa ni a sol ni a sombra de Chikage. Nuestra protagonista está muy afligida, y la vergüenza la hace huir.

Un triángulo amoroso, el entusiasmo de la competición y un malentendido que se convierte en el cotilleo de la escuela. ¿Qué hará Yukiko? ¿Se conformará con asumir el tradicional papel de víctima pasiva, revolcándose en su dolor? El autor no defrauda (aunque no sorprende), y tampoco se conforma con trazar los retratos de unas damiselas epítomes de la feminidad de esos años, que exigía docilidad y recato. Las chicas de Takahashi son un pelín más modernas de lo que podríamos imaginar

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Takahashi se centra en los sentimientos de Yukiko. Sakura Namiki es un paseo emocional desde una única perspectiva, pero lo bastante rica y delicada como para no aburrir. Cierto que podría haber ahondado más en Chikage y, sobre todo, en Ayako, que salvo como tercer elemento en discordia, no aporta nada más. Bueno, su diseño me gusta, pero Ayako es un florero. Bonito, pero un florero. No obstante, hay que reconocer que se trata de un tebeo de historia extremadamente sencilla y que no entra en demasiados detalles, salvo los que interesan para recrear una atmósfera poética y robustecer a Yukiko. Un slice of life sentimental que concede momentos a la emoción del deporte y la ambición por el triunfo. Estoy segura de que Taiyô Matsumoto leyó este Sakura Namiki, su formidable Ping Pong tiene alguna cosilla de él. Porque eso sí, la competición entre Chikage y Yukiko es fetén y que eso lo diga yo, que me pongo a roncar en cuestión de segundos con el spokon, es para tenerlo en cuenta.

¿Estamos frente a un tebeo yuri? No considero que Sakura Namiki sea estrictamente yuri, más bien sería un proto-yuri, un tierno shôjo-ai donde todo está convenientemente rebozado en la dulce nebulosa de la amistad apasionada, que sugiere más que evidencia. No hay ningún tipo de alusión sexual, se mueve en una gama de sentimientos inocentes y castos, por lo que podríamos incluir este tebeo sin problemas dentro del género S. El entorno sublimado, con la música como principio evocador, conduce muy bien la exaltación romántica de Yukiko, desde el pasado hasta el presente. Así Takahashi nos hace comprender su valiente decisión. Por amor, por justicia, por amistad.

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Sakura Namiki está estructurado en tres partes, cuyos corazones son dos partidos de ping pong. Estos dos partidos son el principio y fin de la historia, de los que surgen el problema y la solución. Y es que Chikage y Yukiko expresan su mutuo amor mediante el deporte, algo bastante original. Takahashi emprende su manga a través de una contextualización clásica: Osaka, un colegio femenino situado en una colina repleta de cerezos, donde discurre un paseo por el que decenas de adolescentes caminan a diario. Bajo las ramas de los cerezos en flor, las muchachas hablan de sus esperanzas, se prometen amistad eterna y sufren de alegrías y penas… No es casual que el autor presente Sakura Namiki como a lyric manga tale. La segunda parte es un viaje al pasado, donde Yukiko, ya en casa con su madre, rememora su vida antes de conocer a Chikage, cómo el destino las une y luego disfrutan de una relación plena y feliz. La tercera parte está marcada por la determinación de Yukiko y sus consecuencias. Y hasta ahí puedo contar.

El paisaje no es meramente escolar, fuera de él se encuentran las vidas de estas zagalas, donde, curiosamente, no hay ningún hombre. En realidad hay uno, pero está muerto. Sabemos más de Yukiko, y bastante menos de Chikage, pero Takahashi fabrica un armazón sólido para la psique de nuestra protagonista, que nos permite comprender y empatizar con sus inseguridades y admiración por Chikage. Por supuesto, los ingredientes que componen el mundo de los shôjo shôsetsu está ahí (y que luego heredaría el manganime): el cuidado de la belleza personal, ir de compras, la música, el ballet, gatitos (¡sí, GATITOS!), etc., pero no por ello menos sugestivos. La elección musical no puede ser más adecuada para la atmósfera de Sakura Namiki: la séptima pieza de las Escenas de la infancia o Kinderszenen, Träumerei (1838), de Robert Schumann. Y la secuencia de La muerte del cisne (1907) en el capítulo tres también es preciosa.

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Lo que más me ha gustado de este tebeo ha sido, sin ninguna duda, el arte de Macoto Takahashi. No hace falta ser especialista para percatarse de la presencia de Tezuka, pero hay mucho más. La geometría de esas líneas puras y claras, la simplicidad y los recursos que utilizó para otorgarle dinamismo, me han enamorado. Conste en acta que soy fan de los dibujos limpios y sencillos del tipo Yûki Kodama y que lo vintage siempre me parece estéticamente muy atractivo, pero aun así continúo pensando que es un gran dibujo. De hecho me gusta infinitamente más que el que desarrolló luego, ese que le dio realmente fama como el arquitecto de la estética clásica shôjo, de rubias bellezas de cabellos ondulantes, ojos enormes de vibrante lágrima y flores, muchas flores, lacitos, puntillas y mariposas flotando en el viento. No puedo negar su trascendencia histórica, pero personalmente me quedo con sus comienzos. No tan estilizados, no tan barrocos, hasta un poco toscos en comparación; pero que a mí me encantan. Contienen la misma inocencia y resplandor, pero con una economía en las formas mucho más elegante. O así lo percibo yo. Aunque en algunas viñetas los fondos son apenas esquemáticos o inexistentes, en otros la riqueza de los detalles es maravillosa, y Takahashi se sirve de bellas alegorías (las primeras viñetas del capítulo tercero son deliciosas) para transmitir la melancolía que embarga a Yukiko.

Colgaría imágenes de Sakura Namiki por toda la entrada cada tres palabras, pero no puede ser. No estaría bien robaros vuestro posible goce y spoilear encima la historia. Aunque esta última tampoco es que resulte una sorpresa. Bueno, qué demonios, allá van dos seguidas.

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Pero.. pero… esto es un tebeo para chicas, ¿no? Diréis mis queridos lectores masculinos. Pues sí, es un manga para mozuelas. Y mozuelas de las de hace 60 años, casi nada. Pero tras la revolución que supuso Sailor Moon, ese shôjo que devoró las mentes tanto de chicos como de chicas sin excepción, ¿qué problema puede haber con Sakura Namiki? En SOnC los prejuicios bien lejos, no creo que vayáis a tener un brote psicótico por leerlo ni se os reduzca el tamaño del pene. Es historia del manga, una parte importante de hecho. Y esta nueva sección es lo que va tratar de hacer: rescatar esos clásicos del shôjo antiguo de los que nadie se acuerda ya.

Sakura Namiki no es perfecto y bajo los ojos del s. XXI carece de muchas cosas que en la actualidad damos por hechas. Pero continúa siendo un buen trabajo, entretenido y a ratos conmovedor. La gestión de las emociones por parte de Takahashi resulta soberbia. Es cursi, sí. Mucho. Aunque de una manera contenida que ya no se lee ahora. Y es un tebeo muy adecuado para calibrar esta demografía desde sus inicios, comparándola con lo que consumimos en el presente. Y ciertas características no han variado demasiado. ¿Es eso positivo? Habrá que seguir leyendo más obras de la época para poder averiguarlo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.