Shôjo en primavera: La doncella de la mansión de las rosas

Ya estamos en primavera. Y Shôjo en primavera regresa con vosotros, pero porque así lo decidisteis en la encuesta de twitter, no os creáis. Obtuvo el segundo lugar tras quedar en tablas 2017: un siglo de anime y Manga vs. Anime. Al pobre Cómic Occidental lo relegasteis de manera humillante al último puesto, con apenas un par de votos. Sois crueles. Pero a la siguiente entrega me resarciré.

Excavando por internet en esas fosas solitarias donde permanecen en silencio los escasos fósiles del shôjo, una se da cuenta de que sobre todo fueron autores masculinos los que, en su génesis, impulsaron la demografía. Eso no quiere decir que no hubiera mujeres, que las había (Toshiko Ueda, Hideko Mizuno), pero eran muy, muy pocas. Y de momento no hay restos arqueológicos suyos legibles por la red. En ningún estrato. La Prehistoria del shôjo es dura, camaradas otacos, en múltiples aspectos. Hay que esperar hasta mediados de los años 60 para hallar alguna lectura disponible; y fue entonces cuando nuestra mangaka protagonista de hoy, Riyoko Ikeda, junto a otras compañeras de generación, comenzaron a manifestar sus primeros balbuceos editoriales. No sé si hace falta que aclare quién es esta creadora, pero es una señora muy importante. Suyo es el poder y la gloria de La Rosa de Versalles (reseña aquí), un clásico entre clásicos.

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Ikeda Superstar

Riyoko Ikeda formó parte del fabuloso Grupo del Año 24, en el que militaron diferentes mangakas. No hay un número fijo de componentes, aunque algunas de sus cabezas más visibles fueron (y son) Môto Hagio, Keiko Takemiya o Ryôko Yamagishi. No es la primera vez, ni será la última, que escriba sobre El Grupo del 24, porque revolucionaron el panorama a fondo. Junto al que se llamó Grupo post-24 y la labor de autoras como Shio Saitô, Kyôko Okazaki e incluso Rumiko Takahashi, es que podemos disfrutar del manga comercial tal como lo conocemos ahora. Su contribución fue fundamental, bara3porque estas creadoras no se limitaron a transformar el shôjo y shônen introduciendo temáticas hasta entonces impensables, sino que se adentraron en los paisajes estelares de la ciencia ficción, hurgaron en conceptos filosóficos complejos, escribieron historias intrincadas de gran calado o innovaron en la disposición y estructura de las viñetas para intensificar la emotividad. Enriquecieron, en general, el mundo del manga con perspectivas innovadoras, engendrando incluso nuevos géneros como el yuri o el yaoi. Estas mujeres estaban destinadas a hacer historia, no obstante todos los maestros deben dar sus primeros pasos, y no tienen por qué ser obras superlativas. Generalmente no lo son, pero sí resultan útiles para comprender mejor la evolución de los autores. E incluso a veces descubrir pequeñas gemas. 

Bara Yashiki no Shôjo (1967) o La doncella de la mansión de las rosas fue el debut de Riyoko Ikeda. Tenía 19 años cuando se publicó en Shôjo Friend, perteneciente a Kodansha, donde la mangaka desarrollaría luego la mayor parte de su carrera. No podía faltar en Shôjo en primavera como obra primigenia de una de las principales renovadoras de la demografía. bara1Se trata de un simple one-shot, pero muy elocuente respecto al estilo que más adelante desarrollaría. En él encontramos ese gusto por el misterio y la intriga que sus protagonistas querrán desentrañar; el recurso de la enfermedad terminal, presentado de manera romántica; el amor trágico no correspondido, y el símbolo que acompañará las obras de Ikeda de forma casi permanente: la rosa.

Es una obra muy sencillita y con la influencia de Osamu Tezuka bastante visible, sobre todo en sus técnicas cómicas y el diseño general de los personajes. La protagonista, Tomoko, no deja de ser un homenaje a la princesa Sapphire de Ribbon no Kishi (1953); y su hermano, Ken, un calco de Eiji Kusahara de Angel no Oka (1960). Y tampoco tiene nada de particular, estamos hablando de un tebeo primerizo, e Ikeda jamás negó su admiración por Manga no kamisama, del cual han aprendido (y continúan aprendiendo) muchísimos mangakasBara Yashiki no Shôjo además cumple 50 años este 2017, escribir un poquito sobre él es una manera de celebrar el medio siglo de carrera profesional de Riyoko Ikeda. Tampoco puedo alargarme mucho, ya que se trata de un manga muy breve, de escasas 32 páginas. Sin embargo, en tan sucinto espacio logra construir una arquitectura de relato sólida y coherente. No la más original del mundo, aún comparándola con sus contemporáneos, pero que a pesar de su aire bisoño, presagia en ciertos detalles una futura revolución.

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Bara Yashiki no Shôjo comienza en primera persona, como una confesión. La voz que nos adentra en este cuento de misterio duda de que la vayamos a creer, porque lo que tiene que relatarnos es extraordinario. Ella es Tomoko, una chica de unos 12 años un poco inocente pero audaz. Disfruta con su hermano, estudiante universitario, de una vida feliz y acomodada, sin grandes contratiempos. Un día, de camino a casa regresando del colegio, se tropieza con una muchacha. Parece que vive en la solitaria mansión de la colina, donde las rosas florecen. El encuentro la deja turbada por la belleza y extraño silencio de la joven. ¿Quién es esa enigmática muchacha de mirada triste? En muchas otras ocasiones volverá a aparecerse frente a nuestra protagonista y su hermano, Ken, sin conseguir ninguno de ellos dilucidar su identidad. Tomoko es una romántica empedernida, por lo que imagina que está enamorada de Ken y ansiosa por confesarle sus sentimientos. Al llegar el verano, y sin saber mucho más de la muy bella pero anónima doncella, reciben una invitación de su tío para pasar unos días en el campo. No lo dudan y deciden acudir, así además podrán ver a su elegante prima Shizu. Lo que ignoran es que van a ser unos días insólitos desde el inicio del mismo viaje.

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El elenco es un poco cliché, también se encuentra algo desdibujado (sobre todo Shizu y Kenichiro), pero tampoco se le puede exigir mucho más a un one-shot. Me ha sorprendido que, a pesar de la ingenuidad que destila Tomoko, es una moza con iniciativa y despierta. Algo no tan común en el shôjo, donde abundan las protagonistas apocadas y pasivas. Quizá se deba a que todavía es una niña, y se le conceden aún ciertas libertades. Los personajes femeninos mayores, sin embargo, ya presentan esa modestia femenina tan característica de la demografía, en la que el amor tiene un papel fundamental.

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Ikeda marca muy claramente dos mundos distintos en su manga: el contemporáneo y occidentalizado de Tokio, en el que Tomoko nos es presentada como una jovencita moderna y atrevida, que comparte aficiones sofisticadas con su hermano (comida francesa e italiana, visitas a exposiciones de arte europeo, etc); y el tradicional del ámbito rural, donde el elemento sobrenatural goza de su espacio natural y sella el desenlace. El festival de verano (¿quizá el O-Bon, relacionado con los difuntos?), con sus noches alegres y enigmáticas a la vez, firman la conclusión. El arte de Ikeda es limpio y fresco, con el típico dinamismo tezukiano y sin abusar de esos floripondios que luego infestarían el shôjo como si no hubiera mañana. De hecho, esa escasez floral resulta maravillosa, lástima que luego se convirtiera en marca de la casa. Los fondos y paisajes son bastante esquemáticos, sin demasiados pormenores, aunque competentes. Sin embargo, la expresividad de los personajes es genial, de lo mejor del manga.

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Bara Yashiki no Shôjo es un típico kaidan japonés, con final ambiguo incluido y sus momentos de suave melancolía. Todo con enorme candidez y vueltas de tuerca bastante pronosticables, pero en conjunto entretenido. Tiene la peculiaridad del elemento sobrenatural que en Riyoko Ikeda no es muy habitual; y a pesar de ser un manga verdecillo en algunos matices, resulta una lectura digna. Además el romance no tiene una presencia fuerte (¡qué alivio!), aunque sí su importancia. La doncella de la mansión de las rosas resulta un tebeo muy tierno en general, imprescindible para todos aquellos que admiren la obra de esta mangaka. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Occidente regurgitado à la japonaise es nuestro manjar

Hace ya un tiempo realicé una entrada dedicada a la visión que tiene Occidente sobre Japón. Elegí nueve películas que consideré (y considero) relevantes y luego pensé: ¿qué tal viceversa? Dejé la idea olvidada por algún sitio de la corteza cerebral hasta que hace unos días, viendo Arashi ga Oka (1988) de Yoshishige Yoshida, me acordé súbitamente de ella. ¡Vaya, si estabas ahí! ¿Y qué hacemos contigo? Venga, vamos a quitarte el pijama, darte una ducha y ponerte algo chuli. Pero antes… antes vamos a cortarte el pelo. Bueno, pongámonos serios. Esta introducción mentecata es solo una manera de intentar explicar que decidí cambiar algo la esencia del propósito inicial, y enfocarla en la interpretación cinematográfica japonesa de obras literarias occidentales. Y no encontré demasiadas, la verdad. Tampoco es que sea una experta en cine nipón, pero saqué en limpio poquita cosa, y de ahí seleccioné cinco. No era cuestión de hacer un monográfico dedicado a Akira Kurosawa (no por falta de ganas) pero preferí diversificar la entrada. Aun así han caído dos del amigo Pantano Negro. Qué le vamos a hacer, no he podido evitarlo. Y Toshirô Mifune asoma el hociquillo en un par también, ups.

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Kurosawa y Mifune bien elegantotes

Es bien sabido que los occidentales nos consideramos el ombligo del universo, y que la galaxia rota en torno a nuestro culo bien aposentado en el trono cultural del planeta. Ese western-centrism es una lacra, no nos engañemos, y ha infectado casi todo el orbe. Pero hay países, por supuesto, que han resistido su embate de manera muy peculiar. Es el caso de Japón, y aunque se trata de una nación que ha metabolizado lo occidental dirigiéndolo en ocasiones (y no escasas) a cotas de inimaginable bizarrismo, no ha dejado de ser una asimilación impregnada de su propia idiosincrasia. Un Occidente domesticado con látigo férreo pero kawaii, al que le debemos horas de inagotable asombro y disfrute. Pero, ¿qué ha hecho este honorable pueblo cuando ha adaptado un libro occidental al cine? Cine, que no animación, donde sí que existen abundantes referencias. El experimento no ha tenido muchas oportunidades, al menos a esa conclusión he llegado investigando una miqueta. Y no tendrían que ser por obligación muchas más, conste en acta. Japón tiene un patrimonio literario extenso y valioso, y el continuo bombardeo desde nuestros países al suyo hace comprensible un sano ejercicio de resistencia en ese aspecto. Pero una buena obra sigue siendo una buena obra venga de donde venga; y ciertos cineastas no tuvieron ningún reparo en llevar a su japonesísimo terreno clásicos literarios occidentales. Su osadía continúa siendo una rareza aún hoy, por eso creo que esta entrada posee su interés. Sobre todo entre los que nos gusta hurgar en las narices niponas. Ya se sabe, algún moco espesote siempre hay; no obstante petróleo también se encuentra. Pero podéis estar tranquilos, he seleccionado películas accesibles y con un mínimo nivel de calidad. Tampoco es imprescindible haber leído las novelas y relatos en los que están basados pero, ¡qué os voy a decir yo! ¡Leer es como respirar! Así que os animo con muchamuchamuchamucha fuerza a que los dejéis formar parte de vuestra vida.

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Este mini-listado se debe comenzar a lo grande, nada de titubeos o medias tintas. Si existe una adaptación de una obra occidental en Japón que admiro fervientemente es Trono de sangre (1957) de Akira Kurosawa. Es el mejor Macbeth (1606) del mundo cinematográfico por ahora. Lo siento, Orson Welles; lo lamento, Polanski; fue un buen intento, Justin Kurzel. Kurosawa os sigue pateando el culo a pesar de todo. Y Luzbel me libre de pensar que son malos films, porque sería una mentira cochina. Pero Kumonosu-jô continúa siendo imbatible, un prodigio del séptimo arte.

Ya hice una reseña dedicada a esta película, explicando un poquillo la obra de Shakespeare también, así que no me voy a alargar más. Todo lo que tenía que decir lo escribí aquí. Creo que debería ser obligatorio, al menos una vez en la vida, leer Macbeth y ver Trono de sangre. No hay excusa razonable para esquivar estos clásicos, salvo que se prefiera permanecer en el lodazal de la ignorancia in saecula saeculorum. Y esa sería, en verdad, una elección personal realmente triste.

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¿Quién no conoce a Cyrano de Bergerac? El espadachín y poeta de magno apéndice nasal que no puede conocer las mieles del amor a causa de su fealdad. En realidad Bergerac no fue solo el personaje de la obra teatral que Edmond Rostand escribió en el efervescente ambiente finisecular de París. Fue un filósofo, escritor e intelectual bastante reputado en la Francia del s. XVII, con una línea de pensamiento sorprendentemente moderna para su época. También algo pendenciero. Si os interesa su vida y obras, la pieza teatral de Rostand no resulta muy fidedigna, porque casi todo lo que narra es pura invención. Os recomiendo para introduciros en sus trabajos El Otro Mundo (1657), un librito desternillante, una sátira en clave de ciencia ficción donde podréis disfrutar los ramalazos de ingenio cáustico que se gastaba monsieur Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac.

Pero esta Aru kengo no shôgai (1959) de Hiroshi Inagaki, como podréis imaginar, es una adaptación de la célebre obra de teatro. Que, por otro lado, también es muy recomendable ya que se trata de una pieza esencial de la literatura europea. Ha tenido bastantes encarnaciones en el cine, siendo siempre un relato muy apreciado por el público. Su éxito ha sido merecido. En términos actuales, diríamos que Cyrano de Bergerac es la vida de un friendzoneado que encima carga con el papelón de ayudar a su rival amoroso, que es algo lerdo. Muy guapo, pero un lerdo. Esta historia es universal, da igual la época, el sexo de los protagonistas o el lugar. Ha sucedido, y sucederá, hasta el fin de los tiempos. Y todos hemos sufrido en nuestras carnes esta clase de sufrimiento. C’est la vie.

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Toshirô Mifune como Heihachiro Komaki, el Cyrano japonés

Así que Inagaki, al que los jidaigeki se le daban fenomenal, consideró que Cyrano podría acomodarse la mar de bien al clima japonés. De un extremo de Eurasia (París), pasó al otro (Kioto); y sin cambiar de siglo, Cyrano se convirtió en el ingenioso y honorable Heihachiro Komaki. Un samurai ejemplar: compasivo, amante de los niños, valiente, gran espadachín, muy cultivado, con una inteligencia sin parangón y… una nariz superlativa. Sin embargo, su brillante personalidad y potente intelecto no son suficientes para conquistar a la dama que ha querido desde su infancia, Lady Ochii. Esta se ha enamorado de un joven guerrero venido del campo, Jurota Karibe, y solicita la ayuda de Komaki para que lo proteja en las frecuentes peleas. Este guapo mozalbete no tarda en declararse a Lady Ochii, pero ella queda algo decepcionada por su parquedad y evidente falta de talento. Komaki, que no quiere que su amada sufra, decide echar una mano al adonis en los menesteres de la elocuencia, escribiendo por él también apasionadas cartas.

¿Funciona Cyrano como jidaigeki? Sobradamente. De hecho es un formato que le va como anillo al dedo. Es una comedia heroica que funciona muy bien con sus duelos de katanas, intrigas, drama y romance no correspondido. Tiene de todo un poco, y Mifune, la verdad, es que se come la pantalla. Hiroshi Inagaki fue bastante fiel a la obra de Edmond Rostand, y realizó una película compacta y entretenida. No deslumbra ni es especialmente rompedora, sigue una vereda muy transitada; sin embargo, posee buen ritmo, las interpretaciones son adecuadas y no aburre en ningún momento. ¿Qué más se le puede pedir a un film de aventuras?

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De nuevo Kurosawa, pero esta vez con una obra dirigida en su madurez, cuando muchos pensaban que se encontraba ya de capa caída. Ah, qué ingenuos. Los monstruos nunca duermen, camaradas otacos, a este señor todavía le quedaban unas cuantas cosas por decir. Se fue a la Unión Soviética en plena Guerra Fría y creó de nuevo otro clásico (e iban ya…). Kurosawa fue un lector ávido de literatura occidental desde niño, por lo que asimiló muy bien este lado del planeta. Nunca tuvo miedo de plasmarlo además en su cine, ahí tenemos El idiota (1951), adaptación de la novela de Fiódor Dostoyevski; Los bajos fondos (1957) basada en la obra teatral del Máximo Gorki o Ran (1985), que tomó bastante de la tragedia shakespeariana El rey Lear. Podría haber elegido cualquiera de esas o Los canallas duermen en paz (1960), por ejemplo. Más Shakespeare a la saca. Pero no. Me quedo definitivamente con Dersu Uzala (1975), basado en un libro que no deja de ser un sencillo diario que narra vivencias asombrosas. Dersu Uzala de Vladímir Arséniev no tiene nada de particular, es lo que relata: la esencia de una historia simple y grande a la vez.

Dersu no esperó a que acabáramos de conversar y se marchó. Pero yo aún me quedé un buen rato junto al viejo, escuchando sus relatos. Cuando me dispuse a marcharme, la conversación volvió a girar en torno a Dersu.
—Es un buen hombre, una persona sincera —dijo el creyente del rito antiguo—. Sólo hay una cosa mala. Es un infiel, un asiático, no cree en Dios. Pero ¡mira! Vive en la tierra igual que yo. ¡En verdad que es asombroso! Pero ¿qué pasará con él en este mundo?
—Pues lo mismo que conmigo y contigo —le respondí.
—Protégeme, reina celestial —dijo el creyente del rito antiguo, santiguándose—. Yo soy un auténtico cristiano de la Iglesia apostólica. ¿Y él qué? Un hereje. No tiene alma, sino vapor.

Dersu Uzala es un hezhen o nanái. Un cazador nómada de cierta edad que vive en la taiga del río Ussuri, en la Siberia Oriental. Es el protagonista tanto del libro como la película. Pero hay que aclarar que Dersu Uzala existió de verdad, fue el guía de Arséniev y su grupo de expedición en esos inhóspitos parajes. Les salvó la vida en numerosas ocasiones, y trabó una profunda amistad con el autor, que reflejó su admiración por él a lo largo de la obra. Arséniev trabajaba como cartógrafo, su misión era revelar los secretos de las tierras más remotas del entonces Imperio Ruso; y asentado en Vladivostok, durante sus viajes por los vastos bosques boreales, conoció a Dersu Uzala.

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Dersu Uzala fotografiado por Vladímir Arséniev circa 1905

Kurosawa quedó fascinado por el retrato de este hombre singular, ya entrado en años como él mismo, pero que permaneció fiel hasta el final a su espíritu libre. La eterna dicotomía naturaleza/civilización está expresada sin efectismos, casi con cierta crudeza pero que la ingenuidad sabia de Dersu Uzala atempera y da sentido. El hombre tiene su lugar en la taiga, que no está ni por encima ni por debajo del resto de la gente; por ello debe conocerse y respetar sus leyes. Esta gente a la que se refiere el cazador es el fuego, la lluvia, el viento, el tigre, el oso o la liebre. Como buen animista, Dersu Uzala venera la naturaleza porque es su único hogar. Esta convivencia casi mística con el medio en el que habita es el eje en torno al cual pivota el argumento de la película. Es interesante señalar que esta concepción del cosmos, afín a la Hipótesis Gaia de James Lovelock y Lynn Margulis, volveríamos a verla a menudo en las obras de Hayao Miyazaki.

Personalmente, esta película me emocionó mucho. Es una historia épica pero que no cae ni por un instante en el sentimentalismo. Su mérito reside en saber transmitir la grandeza de esa tragedia cotidiana que es el paso del tiempo, pero sin aspavientos. No hace falta engalanar la realidad, solo saber contar su historia. Y Kurosawa hizo de las extraordinarias vivencias de Arséniev y Dersu Uzala una obra de arte. Imprescindible.

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Todo admirador del universo lovecraftiano conoce muy bien al escritor inglés William H. Hodgson. O debería saber quién es al menos. Siempre estaré eternamente agradecida a Valdemar por haber publicado La casa en el confín de la Tierra, El Reino de la Noche y otros relatos más de este autor indispensable del terror y la ciencia-ficción. Falleció a los 40 años, combatiendo en la Primera Guerra Mundial, y nunca supo lo que fue el éxito en vida. De hecho, tras su muerte, fue completamente olvidado hasta que el círculo de Lovecraft lo rescató. Y es que el escritor de Nueva Inglaterra le debe muchísimo en lo que respecta al horror cósmico que lo caracterizó. Mucho se ha escrito sobre las influencias de Lord Dunsany o Edgar Allan Poe, y sin embargo la de Hodgson no fue menor. La noción de lo impío nació con él, sus criaturas semihumanas perdidas en lugares remotos y el misterio ominoso que oculta el océano en su seno, son sus semillas. Simientes que florecieron también en los Mitos de Cthulhu.

¿Y qué sucedería si uniéramos el genio de Hodgson con el talento de Ishirô Honda? El adalid del terror materialista con el padre de Godzilla. Pues no hay que perder el tiempo con demasiadas cábalas, porque la respuesta está en la película Matango (1963), inspirada en el relato La voz en la noche (1907) del escritor inglés. Lo que obtuvo el mundo fue una joya de culto que todo amante de la Serie B reconoce ahora con afecto. No viene mal mencionar que lo bizarro también puede ser digno, y ese es el caso de Matango. No es una película ridícula ni de tono infantiloide. Es una historia de supervivencia claustrofóbica, con guion de Takeshi Kimura y una puesta en escena acorde a la época y temática. Una maravilla de la lisergia más creativa de los 60.

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¿El resultado fue congruente? Bastante. Honda y Kimura supieron dar consistencia moderna a un relato de principios del s. XX, añadiéndole además crítica social y el funesto elemento nuclear. La interacción de los personajes además es fascinante, muy bien trabajada. Una nueva clase social emergente en Japón, caracterizada por la frivolidad e inmersa en el goce de la riqueza alcanzada por el “Milagro Japonés” de la Era Shôwa, se enfrenta a la realidad. Esa realidad es que la Naturaleza gobierna sobre todo, y no se debería dar la espalda a esa verdad. El precio por hacerlo es alto, y los protagonistas de Matango lo pagan de la peor manera posible.

Unos jóvenes ricos y bien educados, que están pasando unos días navegando y bailando música hawaiana en su yate, naufragan en algún lugar indeterminado del sur de Japón. La tormenta ha sido terrible, los ha dejado incomunicados, casi sin víveres e incapaces de averiguar su situación. Pero pronto ven en la lejanía una isla, y deciden acercarse a ella. Pero esa isla, cubierta de bruma y exuberante vegetación, parece deshabitada. Pronto encuentran un barco varado en una playa, que se encuentra vacío. No hay cadáveres, no hay rastro de sus ocupantes y sus provisiones están intactas. Sin embargo, todo se halla tapizado por una enorme cantidad de moho. Descubren una caja, con el nombre “Matango” sobre ella, que guarda un gigantesco hongo en su interior. Pero es el cuaderno de bitácora del capitán el que más incógnitas esconde. ¿Qué es en realidad ese buque? ¿Qué ha ocurrido con su tripulación? Y lo más importante: ¿qué va a ocurrirles a ellos? Para averiguarlo tendréis que rendiros a los humores alucinógenos de… ¡Matango!

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Cumbres borrascosas (1846) es mi novela favorita de las hermanas Brontë. Fue una verdadera tragedia lo que ocurrió en esa familia. A causa de la aflicción por la muerte de su hermano Bramwell y la tisis, Emily solo nos pudo legar una veintena de poemas y esta historia. Wuthering Heights es cruel y espinoso, no apto para espíritus delicados. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo leí: fue doloroso. En realidad Cumbres Borrascosas es un demonio que taladra el alma. No exagero. Sin embargo lo amé inmediatamente. Me pareció que expresaba con tanta honestidad la contradicción de las emociones humanas y su vehemencia, que se convirtió en una de mis relecturas anuales obligatorias. Todos los años regreso a él en algún momento, no falla.

Creo que está quedando claro que soy fanática a degüello de esta obra, por eso nunca he estado del todo satisfecha con las adaptaciones que he visto. Y no me refiero a la falta de fidelidad argumental, que es casi lo de menos, sino a la transformación que sufre el elenco principal. Cumbres Borrascosas no es solo una historia de amor brutal, sino las desventuras de unas cuantas personas más y las circunstancias sociales que los rodean. Pero lo que me irrita sobremanera es cómo suavizan las aristas (¡maravillosas aristas!) de sus dos protagonistas. Su idealización es peste porcina. Heathcliff no es un galán, para nada un antihéroe que llora su desdicha en las sombras, y así se han cansado de moldearlo en cine o televisión. Con más o menos fortuna. Camaradas otacos, Heathcliff es un patán feroz y vengativo al que el amor lo ha vuelto loco. ¿Y Cathy? Cathy tampoco es una dama; resulta una mujer de carácter veleidoso y salvaje, con una terquedad infinita y cierto regusto sádico. Ambos son personajes poderosos, casi hipnóticos, pero jamás admirables. Y eso es lo que me gusta de ellos, que son humanos; y precisamente lo que me cuesta encontrar en series y películas.

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Admito que no es muy comercial hacer el retrato de dos malas personas, por eso Arashi ga Oka (1988) de Yoshishige Yoshida me sorprendió gratamente. Este director decidió tomar el tempestuoso espíritu de Cumbres Borrascosas y sublimarlo a través del Kabuki y el . Así destiló la esencia de la novela de Emily Brontë en toda su majestuosa oscuridad, pero otorgándole una austeridad que hicieron de Kinu Yamabe (Catherine Earnshaw) y Onimaru (Heathcliff) personajes espeluznantes. Cada uno a su manera. De la grandilocuencia romántica y sus pasiones exaltadas, a esa elegancia minimalista tan japonesa. Arashi ga Oka emana la frialdad de la muerte en su mesurada belleza y pulcritud; sin embargo, las corrientes ocultas que se mueven bajo esa capa crujiente de hielo impresionan por su enorme fuerza. Esa corrientes son tenebrosas, mucho, y albergan horrores que la escritora ni llegó a imaginar. Porque Yoshida unió la reverberación gótica de Cumbres Borrascosas con la vertiente más truculenta del folclore japonés.

¿Consiguió este director una traducción coherente del York victoriano al mundo nipón? Perfectamente. Por ahora es mi versión favorita del clásico de Emily Brontë con diferencia. De los páramos, nieblas y brezales solitarios del norte de Inglaterra, a una desolada ladera de un volcán envuelto en nubes de ceniza. De la Europa decimonónica al Japón feudal. Y los arquetipos continúan ahí. La lengua es diferente, pero el mensaje resulta exactamente el mismo. Yoshida captó la llegada del ominoso extranjero, que derrumba la estructura social del lugar, con mucho tino. Así como el ambiente denso y asfixiante de la novela, que reforzó con la rígida etiqueta japonesa medieval y las supersticiones del shintô.

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Arashi ga Oka es una película muy japonesa en todos los aspectos, lo que puede acabar siendo un pequeño problema para todos aquellos que estén acostumbrados a otro tipo de cine. Posee un ritmo sereno que se exacerba en momentos puntuales, para volver de nuevo a una calma engañosa. Su expresividad teatral, que concede gran importancia al lenguaje corporal y los silencios, aprovecha por completo el talento de los actores. Sus interpretaciones son extraordinarias, Onimaru y Kinu dan literalmente miedo. Si la novela de Emily Brontë no está destinada a todo el mundo, Arashi ga Oka sube la apuesta robusteciendo los planteamientos de la autora y elevándolos a un nuevo nivel de refinada depravación.

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“Leyendo un libro” (1906) de Shôun Yamamoto

Y hasta aquí ha llegado la entrada de hoy. Espero que haya estimulado vuestra curiosidad lo suficiente para que le echéis un vistazo a las películas, y busquéis las obras literarias también. Lo merecen. Si no ha sido así, en otra ocasión procuraré hacerlo mejor. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El delicado cultivo de la Iris japonica

Todos tenemos una serie de temáticas y géneros que nos gustan. Solemos disfrutar más con ellos, y por eso mismo tendemos a consumirlos por delante de otros. Es lo más natural del mundo, no hay nada de malo en eso. También ocurre al revés, que ciertos estilos nos fastidian o directamente funcionan como un anestésico para rinocerontes. A mí me sucede con el shôjo, el spokon, el yaoi o el school life. Qué le vamos a hacer. Pero en ocasiones me apetece salir de mi zona de confort, de hecho preciso hacerlo, de otro modo empezaría a agobiarme cosa mala. No, no soy masoquista, pero necesito respirar. No sé cómo explicarlo. Esta disposición tan poco racional me conduce, por ejemplo, a realizar una sección en este blog dedicada a la prehistoria de una demografía que me irrita (Shôjo en primavera) o escribir la entrada de hoy.

Llevo unas cuantas semanas leyendo muchísimo más manga de lo habitual, lo que me ha dado la oportunidad de chapotear en piscinas donde normalmente no meto el pie. Y, en fin, que he acabado haciendo unos cuantos largos la mar de guays. He aprendido un montón y, lo principal, ha sido muy entretenido. También me he jamado varios excrementos de magnitud importante, pero en general ha ayudado a ampliar mis horizontes. No se ha convertido en mi género favorito ni muchísimo menos, sin embargo he descubierto obras que me han emocionado de verdad. Con el título del post creo que está muy claro a lo que hago referencia: el yuri.

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“Ternura” de Isoda Koryûsai circa. 1780

Ya había leído con anterioridad yuri, pero quizá por mala suerte y/o falta de interés en buscar mejor, casi siempre había topado con obras que me aburrían bastante. Claro que había excepciones, pero en general era un género que me resultaba más bien indiferente. Mi perspectiva ha cambiado, claro; y como estoy de buen humor, voy a compartir con vosotros un sucinto listado de los mangas que considero más destacables. Algunos ya los conocía bien, otros han sido auténticos hallazgos. Creo que todos son bastante populares y fáciles de encontrar, lo que hace de ellos una buena introducción para el neófito. Incluyo tebeos de distintas épocas, para de este modo percibir la evolución. Eso sí, desde mi punto de vista. No he leído todas las obras yuri de la galaxia, tampoco soy una experta en el asunto. Simplemente he redescubierto el género y me apetece escribir sobre ello. De todas formas, una pequeña introducción no vendrá nada mal.

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Esta señora tan sonriente es Nobuko Yoshiya en mayo de 1937.

Si se desea observar en retrospectiva con un mínimo de seriedad el género yuri, es inevitable mentar a la escritora Nobuko Yoshiya (1896-1973). Aquí ya hablé de ella un poco, pues su figura es imprescindible para comprender el nacimiento del shôjo y el yuri. Todo hay que decirlo, son dos géneros muy vinculados entre sí. El shôjo desde sus inicios poseyó una vertiente pronunciada lésbica, relacionada con el S Kurasu Esu de comienzos del s. XX. El Takarazuka Revue o las obras de Yoshiya-sensei hacían hincapié en las relaciones platónicas amorosas entre dos chicas; una especie de sororidad romántica senpai-kôhai muy inocente, pero a la vez obviamente homosexual (dôseiai). Eran historias hechas por chicas para chicas. Esto no suponía mayor problema en el contexto social de la era Taishô y albores de la Shôwa, donde además la audacia de las “mujeres modernas” o moga brillaba en todo su esplendor. No era algo de lo que preocuparse, pues se consideraba (y continúa siendo así) una etapa normal a superar que concluía en heteronormatividad: ser esposa y madre. Cierto que el caso particular de Nobuko Yoshiya fue bien distinto y nunca escondió su orientación sexual; pero tanto la mayor parte de sus obras como las que luego llegaría a inspirar en otros, nunca fueron manifiestamente yuri. Todo quedaba circunscrito a un atrevido, pero tolerable, shôjo-ai. La llegada del amor homosexual a los tebeos populares japoneses se hizo esperar hasta la aparición del Grupo del 24. Fueron sus autoras las que abrieron la veda. ¿Sucedió igual con el amor lésbico? En cierta forma sí, ganó en expresividad y su presencia se hizo más rotunda; pero continuó ciñéndose a un ámbito escolar de características idílicas. Tenían muy poco de la vida real. Podríamos decir que se trataba de relatos de amor entre jovencitas dirigidos a lectoras heterosexuales. Esto puede sonar un poco raro en la actualidad, sobre todo cuando existe un sector de público bastante amplio masculino en el yuri, pero así fue al principio, señores.

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Mi querida Utena

Los primeros mangas yuri mostraban casi siempre un dúo activo/pasivo en el que la muchacha enérgica, tomando el rol masculino, adquiría muchas de las particularidades de las otokoyaku del Takarazuka. El rol femenino recaía en personajes delicados, sufridores, casi sin voluntad, y bastante anodinos. Pero eso ya es una observación personal, claro. No puedo evitar rememorar a la insufrible Fiona de Paros no Ken (1986), que la mitad del manga está llorando y la otra siendo víctima de alguna horrible maldad. Muy triste.

Sin embargo, la joven que llevaba las riendas en la relación solía tener mucho de la Sapphire de Ribbon no Kishi (1953). Aceptaba su amor por una persona de su mismo sexo y poseía la determinación de asumir la relación con todas sus consecuencias. Y esas consecuencias solían ser muy, muy trágicas. Toda una heroína. En cambio, su pareja acababa transigiendo para dejar su enamoramiento en una simple fase de la adolescencia. Algo que no podía salir de las paredes del colegio, sin lugar en la sociedad. Una mujer no puede ser un hombre, por lo que amar a otra mujer está mal y acarrea todo tipo de desgracias. Como todos ya sabemos, esa visión devastadora del amor y la feminidad fue virando, y figuras como Haruka Ten’ô (Sailor Urano) o Utena Tenjô relajaron el tema bastante otorgándole naturalidad y una perspectiva más poderosa, acorde a los nuevos tiempos.

No sé si está quedando claro, pero el yuri no es considerado en Japón de temática estrictamente homosexual. Se encuentra en una especie de limbo, entre lo que se es y lo que se aparenta ser. El yuri tiene lugar en la fantasía, no es real; y las historias que cuenta son aceptables porque reflejan el crecimiento personal de las jóvenes… que finaliza en casarse y parir como conejas. Punto. Da igual lo explícito que sea, sobre todo el dirigido al público masculino, cuyo yuri, por otro lado, es muy, muy, pero que muy diferente (fanservice a muerte) del que está enfocado al tramo femenino. No obstante, poco a poco el panorama está cambiando; y numerosas creadoras están aportando al género precisamente esa base de realidad que le ha faltado durante tanto tiempo. El yuri está creciendo delante de nuestras narices, sirviendo de plataforma al mundo lésbico para poder expresarse. En mi opinión era algo muy necesario. No quiero alargarme más, solo apuntar que si estáis interesados en este género y su historia, os recomiendo este vídeo de Erica Friedman así como también su web Okazu. Es una fuente de información inagotable y especializada en yuri, muy bien documentada.

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¡Dale caña, Haruka!

Shiroi Heya no Futari

Ryôko Yamagishi

(1971)

A falta de una obra más temprana, Shiroi Heya no Futari (1971) es considerada de momento la primera obra del género. El primer manga donde aparece de forma explícita una relación amorosa entre dos mujeres. Sin ambigüedades. Ya solo por su valor histórico merece un vistacillo. Además se lee en un suspiro, consta de 4 episodios que fueron presentados en Ribon. Ryôko Yamagishi, miembro del Grupo del 24, creó un tebeo sencillo pero atrevido. Su influencia posterior ha sido descomunal, y no solo dentro del yuri, en el mismo shôjo. Se me ocurre, a bote pronto, la exageración que el celebérrimo Candy Candy (1976) de Yumiko Igarashi y Keiko Nagita le debe, tanto en argumento, recursos o diseño de personajes. Para mear y no echar gota.

La historia en sí está ubicada en un exclusivo colegio femenino francés, donde la rica huérfana Resine de Poisson acude huyendo del desafecto de su familia. Ella es una jovencita frágil y de rizos dorados como una muñeca, cuyo carácter dulce es radicalmente opuesto al de su compañera de habitación, Simone D’Arc. Simone es apasionada y rebelde, sarcástica y con una vida repleta de secretos infortunios. ¿Qué química surgirá entre ellas? Ah, l’amour. Lo mejor sin duda de este cómic es el personaje de Simone D’Arc y el arte de Yamagishi. Probablemente sea mi favorita en ese aspecto del Grupo del 24, quizá porque tengo debilidad por el Modernismo. Por lo demás, Shiroi Heya no Futari no puede sorprender demasiado a un lector del s. XXI, porque a la fuerza ha observado sus mismas variables en cientos de mangas. Mangas posteriores, por supuesto, este fue pionero en su clase. ¿Lo peor? Un guión algo acuoso y un personaje como Resine de Poisson al que dan ganas de estrangular de principio y, sobre todo, al fin.simone1

Claudine…!

Riyoko Ikeda

(1978)

Con Claudine…! (1978) ya se percibió un cambio. Riyoko Ikeda trató el tema de la transexualidad con mucho tacto, haciendo del protagonista de este manga, Claudine de Montesse, una persona creíble y profunda. Se trata de un tebeo emotivo además de muy agradable. Pero no os llevéis a engaño, Claudine…! no examinó la transexualidad desde una óptica realista. Recordemos que el yuri siempre ha trabajado dentro de las fronteras de un mundo idealizado, hermético y/o lejano (en este caso Francia, como sucede también en Shiroi Heya no Futari), así que ni se huelen los enormes problemas que mujeres y hombres de esta condición tenían (y tienen) que padecer.

Claudine de Montesse pertenece a la pequeña nobleza francesa, tiene una belleza radiante, un carácter admirable y gran inteligencia. Es el vivo retrato de su padre, salvo por un detalle: nació mujer. Claudine, desde muy niño, se ha sentido varón; y no ha dudado jamás en expresarlo en su entorno. Solo su madre parece hallar problemas en esto, por lo que decide llevarlo a un psiquiatra. Y son las anotaciones y pensamientos de este médico, que se convierte en su amigo, los que nos guían para conocer la historia de su vida. De esta manera indagaremos en una existencia que, aunque no presenta grandes dificultades, resulta rica a nivel emocional. Porque Claudine…! es simplemente un shôjo de época. Centrado en la vida sentimental del protagonista, muy desgraciada y que, siguiendo las pautas del yuri, acaba en tragedia. El argumento tiene mucho de folletín, una montaña rusa que a veces peca de inverosímil; si bien nada especialmente molesto salvo el asunto de sus novias: son todas idiotas. Si gustó Versailles no Bara (1972), Claudine…! no puede resultar indiferente. Es su hermano pequeño.

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Blue

Kiriko Nananan

(1995)

Mediados de los años 90. Kiriko Nananan le dio una vuelta de tuerca formidable al yuri clásico con Blue (1995). Lo hizo aterrizar desde las nubes tornasoladas del shôjo al patio de recreo de un instituto japonés cualquiera. Duro, vulgar, áspero. ¿Qué sucedería de verdad si dos adolescentes se enamoraran? Welcome to the real world. Pero a pesar de que Nananan decide brindarle a su tebeo la mirada del realismo, no lo hace de forma cruda. Blue pertenece a la nouvelle manga, por lo que tiene mucho de poesía y sutileza. Es una aproximación clara y delicada a la existencia de dos chicas que todavía están aprendiendo a conocerse a sí mismas y al mundo que las rodea. Y no es un proceso sencillo, la adolescencia nunca lo es. En realidad el amor accidental que surge entre ellas es una excelente coartada; son sus circunstancias, sentimientos y la manera de plasmarlos lo verdaderamente esencial de este cómic.

Ellas son Kayako Kirishima y Masami Endô. Van a la misma clase. Endô parece retraída y algo misteriosa, lo que despierta la curiosidad de Kirishima. Endô además estuvo ausente durante bastante tiempo del instituto, coyuntura que el profesorado tampoco evita mencionar para avergonzarla. ¿Qué le pudo suceder? Kirishima se siente muy atraída por Endô, así que decide hacerse su amiga. Y hasta ahí puedo contar, porque la historia no deja de ser un sencillo slice of life. Muy profundo y conmovedor, aunque no bonito. Lo que sí es precioso es su arte, de línea clara y simple, donde el vacío posee un hondo significado. Lo amo. Con muy poco logra transmitir muchísimo: la cuidadosa elección de planos, la elegancia de sus detalles, la esmerada sincronización emocional, la cálida intimidad de su lenguaje corporal… buf. Todo.

Otro manga que comparte ciertas similitudes con Blue, pese a ser bastante más convencional, es Aoi Hana o Flores Azules, que Milky Way tuvo el buen tino de publicar (¡gracias!). Es una preciosidad de tebeo que no me habría importado incluir en esta lista, pero tiene pendiente un Manga vs Anime. Deberá esperar un poquito.

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Honey & Honey

Sachiko Takeuchi

(2007)

Otro salto cuantitativo en el yuri: la aparición de auténticos mangas sobre lesbianismo creados por sus propias protagonistas. Honey & Honey (2007) es un ensayo donde la autora, Sachiko Takeuchi, cuenta de manera abierta y divertida su día a día como mujer homosexual con su novia, Masako. Son 32 capítulos muy cortitos y de lectura rápida, pero que ofrecen gran cantidad de información sustanciosa. Tiene cierta vocación didáctica, quizá para hacer notar que las bellas tríbadas son también personas, ¡quién lo iba a decir!, ¿verdad?, y que trabajan, les gusta salir de compras, ir al cine, sufren de celos, se enamoran, beben cerveza, acuden a conciertos, salen con sus amigos, y un largo etcétera de actividades extrañas. Takeuchi acerca el bian world a todo el que quiera leer su manga; explica su propia vida y las circunstancias más comunes con las que tiene que lidiar. Y lo hace con mucho salero, por cierto. Me parece una manera estupenda de dar visibilidad a todas esas mujeres que no tienen por qué avergonzarse de una orientación sexual que es natural, respetable y legítima. Solo deseo que cunda más el ejemplo.

Honey & Honey es un buen tebeo no ya solo por su intención, sino porque las anécdotas y pequeñas historias que cuenta en cada episodio son relevantes y muy sabrosas. No hay grandes dramas ni aventuras épicas en la vieja Europa; rinde homenaje al espíritu de las tiras cómicas, creando una inmediata complicidad con el lector. Es un manga directo, como su dibujo. Exacto, su dibujo. Desde luego el que espere un estilo tradicional quedará decepcionado. A mí personalmente me encanta ese aire infantil y esquemático, resulta perfecto para sus historias y le da una expresividad única. La elección de utilizar color muy acertada también. En resumen, Honey & Honey es una obra redondita y fragante como un melocotón, yo no me la perdería.

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Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report

Kabi Nagata

(2016)

A través de la plataforma CuriousCat me llegó una pregunta sobre este manga. Se puede decir que ha sido uno de los detonantes para escribir la presente entrada, por lo que os animo a que sigáis metiendo caña en el GatoCurioso,  ya que me viene genial para la inspiración.

Empecé a leer Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report (2016) o Mi experiencia lésbica con la soledad en septiembre, y estoy a la espera de que suban los dos últimos capítulos. Es harto improbable que lo vea publicado en España, pero Seven Seas afortunadamente lo ha licenciado, así que este verano que viene caerá a la saca sí o sí. No conocía de nada a la autora, Kabi Nagata, y creo que ha sido todo un descubrimiento.

Como Honey & Honey, se trata de un tebeo autobiográfico; y aunque comparte algunas similitudes como el slice of life y cierto tono humorístico, son muy diferentes. Mi experiencia lésbica con la soledad es, a pesar de las metáforas y su lenguaje ligero, una historia bastante descarnada. Es genial cómo Nagata sortea el rol de víctima y el lógico drama que implica, para centrarse simplemente en el autoanálisis. Este cómic es una puerta abierta no solo a su vida como mujer soltera lesbiana, sino a sus procesos mentales, dolencias y pensamientos. Muy cerebral todo. A través de ellos refleja muy bien ese excesivo pudor japonés en las relaciones humanas, esa obsesión por las formas que impide que las personas expresen su propia individualidad, sus emociones. Y aquellos que por un motivo u otro son “distintos”, sufren especialmente de incomprensión y aislamiento. Es la contrapartida a Honey & Honey, un relato de reclusión, tristeza y enfermedad; pero también de superación y búsqueda, aunque conduzca a puertos insólitos.

Viendo la situación como está, y que en el resto del planeta no resulta tampoco mucho mejor, mangas como Honey & Honey y este Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report son importantes. Tratan la materia con naturalidad y franqueza, sin necesidad de señuelos porque sus narraciones son por ellas mismas adictivas y muy amenas.

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Beloved

Jaeliu

(2016)

Y quería cerrar este mini-inventario con una obra también contemporánea, pero esta vez no desde Japón, sino Pekín. Este manhua de la creadora Jaeliu no ha finalizado, y lo estoy siguiendo por puro enganche. Estuve a punto de abandonarlo, pero ESEDIBUJOSEÑORESJODER me absorbió totalmente. Magnífico.

La historia es típica y tópica, nada que no se haya visto ya miles de veces en cualquier josei de andar por casa, pero que desde una óptica lésbica adquiere un frescor inaudito. Y ese arte, ¿lo he dicho ya?, DIOSMÍODIOSMÍODIOSMÍO. Beloved (2016) es una historia de amor y sexo normal y corriente, pero además de profundidad poco habitual. Propone cuestiones interesantes y el tratamiento de los sentimientos es grácil y perspicaz. Si ha gustado, por ejemplo, el estupendo Sorano y Hara (2009) que Tomodomo publicó este pasado verano (¡gracias!), Beloved no puede decepcionar. Al menos hasta el episodio 10, después ya veremos.

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¿Seguís vivos? ¿Habéis llegado hasta aquí? Bien, me alegro, camaradas otacos. Tengo muchas ganas de hincarle el colmillo a Hana Monogatari (2013) de Mari Ozawa, pero me temo que tardará muchísimo en llegar a mi plato. Ains. Comentario random para finalizar la entrada. Je. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

5 y 5 del 2016

Sí, ha llegado esa época del año. Ya tocan los inevitables repasos de lo que ha dado de sí, también de lo que se avecina. Aunque la previa de este invierno todavía tardaré en hacerla. Bastante, añado (entre nosotros, es un rollazo confeccionarla). Este 2016 he comenzado muchas series que me han acabado aburriendo o directamente decepcionado. Creo que la oferta parecía más suculenta que en 2015, pero se ha ido desinflando como una pelota de baloncesto pinchada. No han botado ni . Chof, chof. Caca. Pero, por otro lado, también he tenido grandes alegrías. No ha sido un año tan sosito como el anterior, no se puede negar que movimiento ha habido. Y eso además se agradece, que sepan mantener tu atención ocupada… aunque luego todo concluya en una esparraguera.

No voy a hacer una entrada excesivamente larga, para mí son días complicadetes, así que procuraré ser concisa y directa, ¡a ver si lo consigo, claro! Como siempre, informar que esta es mi opinión, una más. No estoy en posesión de la verdad ni aspiro a ello, solo vuelco mis impresiones con las que puedes estar de acuerdo o no. No me estoy metiendo contigo ni insultando a tu familia, a tu perro o a tu hámster. Solo escribo sobre animanga y tú puedes también compartir ideas en los comentarios. Siempre siguiendo escrupulosamente las mínimas reglas de cortesía y sin faltar. Me parece un poco ridículo tener que recordar estas cosillas, pero vivimos tiempos bastante absurdos, sobre todo en internet. Bueno, allá vamos.

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Mob Psycho 100

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Su serie hermana (al menos lo es mi cabeza) One Punch Man también fue una de mis fave ones del año pasado. Era inevitable que Mob Psycho 100 apareciera por aquí. De hecho, a pesar de que duplica algunos de sus recursos y ha perdido a causa de ello fuelle en efectismo, me ha gustado muchísimo más que su antecesora. Quizá porque el argumento lo veo más redondo o la temática me atrae más. Admito que me habría encantado que este anime me sorprendiera, pero las teclas que ha pulsado hacían la melodía general bastante reconocible. Nada nuevo bajo las estrellas, un sólido shônen de cabo a rabo, sin embargo no defrauda. Es fresco, es entretenido. No obstante, el problema que le veo a Mob Psycho 100 y a su hermano brota a largo plazo. Si no se reinventan, quemarán la fórmula muy rápido. Es lo que tienen los fuegos de artificio, aunque resulten espectaculares. Último apunte: ¡una animación GENIAL! A pesar del ordenata.

mob100

Fune wo Amu

舟を編む

Ojalá no hubiera visto la película, porque el factor sorpresa en el anime se ha volatilizado por completo. Y el argumento tiene una serie de giros que habría disfrutado más acudiendo completamente virgen. Pero tampoco es justo quejarme demasiado, rediez. La estoy disfrutando infinitamente más que el film. Sin ser mala cinta, conste en acta, no puede plasmar la cantidad de matices y detalles que estoy observando en el anime, enriqueciendo la historia que conocía. No quiero ni imaginar la novela en la que está basado todo, claro. No sé cuándo podrá caer en mis manos, quizá nunca. Fune wo Amu es como la propia creación de un diccionario, serena y profunda. De ritmo pausado y que no gustará demasiado a los espíritus impacientes. Es un anime para público adulto (¡también existimos, jopetas!) y sus prioridades son distintas. Una de sus grandes virtudes es no caer en el melodrama sobado; que no haya adolescentes hiperhormonados dando por saco también es un alivio, uf. Además Majime es un hombre encantador y su gato tortilla también. ME LOS COMO, ÑAM-ÑAM.

funewoamu

Tonkatsu DJ Agetarô

とんかつDJアゲ太郎

Este 2016 me he enganchado un montón al anime de duración corta. Desde la adorable Muco hasta insensateces como Bananya. No quitan mucho tiempo y la mayoría ofrecen diversión concentrada. No todas las que empecé me han gustado, como por ejemplo Nyanbo!, que a pesar de una interesante propuesta visual, se me hizo tediosa a causa de sus personajes estereotipados. Pero, sin lugar a dudas, Kanojo to Kanojo no Neko, inspirada en el cortometraje del mismo nombre (reseña aquí), fue una mini-serie que sí disfruté y me dejó buen sabor de boca. Modesta pero esponjosa como un bizcochito. También me ha gustado mucho Onara Gorô, una bizarrada de humor surrealista que casi nadie habrá sabido apreciar. El que conozca un poco al animador Takashi Taniguchi y sus extraños cortos, ya sabe qué esperar de la sabiduría que irradia el señor Pedo Gorô. Muy escatológico todo, soy fan. Sengoku Chôjû Giga es para los amigos de la historia y tradición japonesas, de hecho es recomendable saber un poco de ambas si se quiere captar algo. Es una serie graciosa y con un arte curioso. Recomendable.

Sin embargo, mi anime preferido en este formato ha sido Tonkatsu DJ Agetarô, que también ha logrado ser uno de mis favoritos de este 2016. Sus premisas son básicas pero han sabido desarrollarlas de forma tan inteligente y amena, que ciertas carencias se pasan por alto sin problema. Además que los melómanos y amantes del tufillo nostálgico del disco y hip hop incipiente de los años 70, lo hemos disfrutado todavía muchísimo más por sus guiños y referencias a la cultura DJ. Entrañable y muy, muy salado.

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¿”In the Court of the Crimson King“? Nah, es Tonkatsu DJ Agetarô :3

Shôwa Genroku Rakugo Shinjû

昭和元禄落語心中

Todo lo que tengo que contar sobre este anime lo podéis encontrar aquí. Es una reseña que escribí antes de que finalizara su emisión, y a día de hoy no cambio ni una sola coma. Esa opinión vertida continúa vigente. Lo único que puedo añadir es que, lamentablemente, no ha aparecido ninguna serie que haya desbancado Shôwa Genroku Rakugo Shinjû de mi top 2016. Es mi favorita del año, sin más. Deseo con todas mis fuerzas que la segunda temporada a la que le restan pocas semanas para su estreno (¡por fin, por fin!) esté a la altura y nos brinde grandes momentos también.

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3-gatsu no Lion

3月のライオン

Le tenía un poco de miedo a esta serie porque olisqueaba dramas y traumas ciclópeos y, sobre todo, diabetes. El que uno de los personajes fuera el típico renacuajo kawaii sin nariz ya me puso en guardia. La armadura completa me puse. No sé si lo he dicho alguna vez, pero los niños me repelen. Cuando era niña también los rechazaba, que compartiera rango de edad con ellos no fue óbice para que me siguieran disgustando. Pero, sobre todo, odio el cliché del niño tierno que lo arregla todo gracias a su dulzura e inocencia. Ok, pisa el freno de la misantropía un poco, querida Sho. Volvamos al tema que importa: 3-gatsu no Lion. Todas mis reticencias respecto a este anime se han ido atenuando gracias a Luzbel. Que lo hayan dotado de una visión introspectiva llena de simbolismo, y una calculada dosificación de la expresión de las emociones ha sido todo un acierto. Aunque, si tengo que ser honesta, lo que me hace continuar la serie es su maravilloso arte. La historia no me entusiasma pero la encuentro interesante; y los personajes van creciendo a buen ritmo. Algún capítulo se me ha hecho más pesado que otro, pero en conjunto la valoro de forma muy positiva. Además los gatetes molan muchísimo.

3gatsu

No busquéis, no he incluido Yuri on Ice. A pesar de que no me parece mal anime ni mucho menos y cumple su función de entretenimiento conmigo, no la considero al nivel de las cinco anteriores. La cosa no es para tanto, resumiendo. Hay un hype tremendo con esta serie que no logro descifrar, pero seguramente muchas de mis opiniones también resulten incomprensibles para otros. Biodiversidad lo llaman. Y eso.

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Como adelantaba al principio, este año he comenzado bastantes más series que el pasado 2015. Me han resultado tentadoras un buen número, pero gran parte también han acabado en agua de borrajas. Unas me han aburrido y otras me han decepcionado; algunas las he finalizado, otras las he dropeado sin compasión. Shumatsû no Izetta, por ejemplo, me sorprendió con un inicio decente y me fue aburriendo pooocooo a pooooooco. 再见! Hai to Gensô no Grimgar tenía un bonito arte en acuarela… pero el argumento acabó siendo de un subnormal insultante. Megadrop. En Norn9:Norn+Nonet no se salvaba ni el apuntador, horrible y cursi, un animierder en toda regla. A cavar zanjas. Descubrí que Handa-kun poseía rasgos muy persistentes que lo emparentaban sin duda con la familia del ajo. Adieu! Sakamoto desu ga? despertó mis instintos homicidas y OrangeOrange no aguanté el manga, el anime menos todavía. Podría continuar despotricando un ratillo, pero prefiero centrarme en las cinco que, de una forma u otra, me ha fastidiado que no estuvieran a la altura de mis expectativas.

 

Boku dake ga Inai Machi

僕だけがいない街

Erased es el ejemplo meridiano de cómo una serie lo puede tener todo para ser grande y, conforme avanza, empiezan a aparecer goteras por todas partes hasta que una inundación lo engulle todo. Se puede lograr achicar agua, pero ya no será lo mismo: todo se ha echado a perder. Este anime fue una decepción completa. Tengo que hacer esfuerzos para tratar de recordarlo incluso, así que imaginad cuán triste me llegó a parecer. No puedo decir que fuese una mierda total, porque no lo creo. Pero sí resultó al final vulgar y pretenciosa, con decenas de flecos y alguna que otra incoherencia gorda. Supermeh.

erased

Kôtetsuyô no Kabaneri

甲鉄城のカバネリ

El género zombi está ya bastante agotado, así que a priori un anime de esa temática no me atraía demasiado. Pero decidí probar y el primer capítulo me engatusó hasta las cachas. Una animación old school estupenda, unas propuestas originales dentro de lo que cabía y una galería de personajes aparentemente vigorosa. ¿Iba a ser la serie de acción y terror del año? JAJAJA. No. La cosa no tardó tanto como pensaba en torcerse, y se convirtió en una ensalada de hostias previsible y estúpida. Una muesca más en el cinturón. Kôtetsuyô no Kabaneri intentó salir de la horma con excelentes intenciones (ese ramalazo steampunk es glorioso) pero se cayó de culo. Plof. Es posible que a los fans del género les haya satisfecho, pero una ya está muy de vuelta de todo. Este anime es simplemente un cagarro con ínfulas, he dicho.

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91 days

Y al hilo de lo que escribía sobre Kabaneri, ¿se debe transigir con todo contenido de aire adulto y aceptarlo como bueno sin más? Solo porque se salga de los patrones habituales no quiere decir que tenga que ser excelente por obligación. A 91 days le sucede un poco eso. Cuando te has cansado de ver películas sobre mafiosos y te enfrentas a una nueva obra de la temática, esperas que te atrapen y ofrezcan una perspectiva diferente. Un mínimo, porque es un campo muy trillado. Muy trillado y tan repleto de clichés que provoca náuseas. Y 91 Days es una recopilación de topicazos y referencias mal digeridas que me aburrieron muchísimo. He visto esto miles de veces. Con ciertos géneros se tendría que ser más exigente, sobre todo porque cuando se trabajan, acaba siempre lloviendo sobre mojado. Yo por lo menos intento serlo, a fin de no perder tanto el tiempo. Los demás pueden hacer con el suyo lo que quieran, por supuesto.

91days

Joker Game

ジョーカー・ゲーム

Más de lo mismo pero con un resultado no tan cansino. Joker Game fue la gran esperanza del anime para adultos tras la apoteosis de Shôwa Genroku Rakugo Shinjû. Y es que durante los primeros capítulos parecía que todo marchaba sobre ruedas… más o menos. Pero al alcanzar el ecuador de la serie, muchos ya se habían dado cuenta de que su formato estaba echando a perder su enorme potencial. Lo que podría haber sido una buena serie sobre espionaje y la II Guerra Mundial, se quedó en mera anécdota. No un mal producto, pero perfectamente olvidable. Con algún episodio más brillante que otro, aunque en general mediocre. Una lástima, la verdad. No me importó terminarla de ver, sin embargo no repetiría experiencia ni en broma.

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Fukigen na Mononokean

不機嫌なモノノケ庵

¿Cómo decir NO a una serie sobre yôkai y el folclore japonés? Personalmente no podía resistirme a verla, aunque el aire general me repeliera un poco por too happy. Y sí, es un too happy anime, de preciosa animación, brillantes colores ácidos y protagonista bobalicón que esconde un misterioso y gran poder. Creo que no me suena de nada. Pero como resultaba tan ligera y agradable, la veía semanalmente con ganas. Hasta que me di cuenta de que el anime estaba finalizando… y no había ocurrido absolutamente nada de importancia. Fukigen na Mononokean era un bonito manojo de globos que se los llevaba el aire. ¡Adiós, adiós! Por mucho que hubiera yôkai supermonosos, siempre se esperaba algo de contenido. Y todo quedó en una simple presentación. Si tienen planeado hacer una segunda temporada, entonces cierro la boca. Si la cosa al final permanece así, Fukigen na Mononokean engrosará las filas de esa ingente cantidad de series que quedaron petrificadas en la flor de su existencia. Lloremos.

kawaii

That’s all, folks. Con vuestro permiso, voy a dormitar un rato. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Amor entre doncellas

Creo que a todo el mundo le sucederá algo similar. Cuando llevas mucho tiempo esperando algo, siempre se teme que vaya a salir todo mal en el último momento. Es una sensación que experimento a menudo, y en este caso me inquietaba una posible gran decepción por varias razones. Así que, en cuanto he podido, me he tirado a la piscina para salir de dudas: cagarme en todo lo cagable o disfrutar como una bellaca. Como podéis comprobar, no acepto términos medios. Y es que si este tipo de obra cae en lo tibio, se convierte por obligación en una boñiga pestilente. No hay más.

¿Y cuál es mi conclusión? The Handmaiden (2016) ha cubierto mis expectativas con creces. Es más, me ha encantado. Había leído la novela en la que está basada, Fingersmith (2002) de Sarah Waters, que me gustó bastante; y vi también la estupenda miniserie de dos episodios que la BBC realizó en 2005. Pero mi interés por la película creció todavía más cuando me enteré de que el director iba a ser Park Chan-wook. Este hombre es responsable  de una de mis comedias románticas favoritas. Aclaro un par de cosas: detesto la comedia romántica moderna y me parece uno de los géneros cinematográficos que más insultan la inteligencia. Pero I’m cyborg, but that’s OK (2006) es harina de otro costal. Os la recomiendo con fervor y entusiasmo, incluso quizá más adelante me anime a hacerle una reseña (lo merece). Reconozco que Stoker (2013), lo último a lo que le eché el diente de este director, me dejó un poco fría, por eso temía que el libro de Waters pudiera quedarle en su adaptación algo incoloro pero, ¡bien lejos de la realidad!

Me avergüenza pensar que lo que he creído que era el libro secreto de mi corazón esté impreso, después de todo, con tan mísera sustancia como ésta… que ocupe su lugar en la colección de mi tío. Salgo del salón todas las noches y subo despacio la escalera, golpeando contra cada peldaño los dedos de mis pies calzados. Si los golpeo todos por igual, estaré a salvo. Después permanezco a oscuras. Cuando Sue viene a desvestirme, me propongo sufrir su contacto fríamente, como pienso que un maniquí de cera sufriría el contacto rápido e indiferente de un sastre.
Sin embargo, hasta los miembros de cera ceden por fin al calor de las manos que los levantan y los colocan. Llega una noche en que, finalmente, me entrego a las de ella.

Sarah Waters escribió una novela de misterio ubicada en plena Época Victoriana, con un bonito romance lésbico de telón de fondo, y una historia que esconde asuntos muy, muy turbios. Comienza y finaliza casi como una obra dickensiana, aunque profundiza en una oscuridad que el de Portsmouth no llegó a rozar jamás. Fingersmith la relacionaría más con Emily Brontë por la crueldad que emana, pero también tiene mucho de Henry James. Está estructurada de tal manera que ofrece la perspectiva, siempre en primera persona, de las dos protagonistas principales: la ladronzuela Susan Trinder y la rica heredera Maud Lilly. La enjundia que aporta esa doble visión, tanto en el argumento, la dinámica o la psicología de los personajes, es impepinable. ¿Respeta este zócalo Park Chan-wook? A rajatabla, de no haberlo hecho se habría cargado la película. Su esqueleto, aunque no es estrictamente lineal, no comporta ningún tipo de dificultad. Es más, esa particular disposición es necesaria y le brinda frescura.

Si tenéis pensado ver el film, manteneos bien alejados del libro y la miniserie. Solo me puedo imaginar otra forma de haber gozado más de esta cinta: no saber nada sobre su historia. Es un consejo bienintencionado por mi parte. Si ya la conocéis, ¡que no cunda el pánico! Aunque os daréis inmediatamente cuenta del porqué de la sugerencia.

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Lógicamente, Park Chan-wook no podía adaptar la totalidad de la novela. Ninguna película puede, son lenguajes distintos, y la traslación de un medio a otro tiene sus inconvenientes y ventajas. Las ventajas son, sobre todo, las que añadan de su propia cosecha el director y el guionista, y en The Handmaiden lo han hecho tan requetebién que podríamos decir que estamos delante de una obra distinta en apariencia.

Lo primero que llama la atención es que ya no tiene lugar en la Inglaterra del s. XIX, sino en la Corea ocupada por Japón del s. XX. El esfuerzo por mudar la Europa decimonónica a la indiosincrasia de este país es notable y de resultados sobresalientes, porque además han recreado una especie de híbrido, una Asia Oriental bastarda colonizada por Occidente muy realista. Sue se llama Sook-hee, y Maud es Izumi Hideko; Mr. Rivers es el Conde Fujiwara y el infame tío Christopher Lilly es el igualmente ruin tío Kôzuki. Pero voy a detener las comparaciones entre libro y película ya. Va a resultar complicado, pero no me parece justo porque el film por sí mismo vale su peso en oro. Park Chan-wook le ha otorgado un aire de ferocidad refinada que en gran pantalla crece, crece y crece.

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Sook-hee (Tae-ri Kim) es una muchacha huérfana que ha vivido toda su vida entre pequeños rateros, falsificadores y delincuentes de poca monta. Ella misma es hija de una ladrona que murió en la horca al poco de darle a luz, pero su vida está a punto de cambiar por completo con la propuesta de un colega estafador (Jung-woo Ha). Este conoce una extraña y adinerada familia japonesa cuya heredera parece un objetivo fácil al que engañar, Lady Hideko. Tiene pensado hacerse pasar por un aristócrata japonés, el Conde Fujiwara, casarse con ella y luego encerrarla en un manicomio. Para ello solicita la ayuda de Sook-hee, pues si trabaja como su doncella puede manipularla para inclinar su corazón hacia él. En principio parece una tarea limpia, sencilla y con mucho dinero como recompensa, por lo que nuestra chica accede. Aunque su llegada por la noche a la mansión, de peculiar estilo anglojaponés,  ya le hace barruntar que tanto el lugar como sus habitantes no son normales.

El señor de la casa y tío de Hideko es un coreano japonófilo (“Corea es feo, Japón hermoso”, dice) obsesionado con la literatura erótica nipona. Es un coleccionista de todo tipo de artefactos relacionados con la libido, y esconde un espíritu tan sórdido y egoísta en su interior que llegó a provocar la misteriosa muerte de su esposa. Fue gracias a ella, que era una noble japonesa arruinada, que logró la ciudadanía nipona. Adoptó su apellido (Kôzuki) y así representa su farsa vital de ser japonés. Realiza exclusivos recitales en la mansión, donde otros coleccionistas japoneses pueden disfrutar de la exquisita declamación de Hideko y comprar obras. ¡Ay, la pobre Hideko! Respira dentro de una jaula de oro, hermosa y solitaria, como una muñeca de porcelana. Lleva una vida triste, amedrentada por su tío que desea casarse con ella para tomar su fortuna. La sombra del ¿suicidio? de su tía y la culpabilidad por la muerte de su madre la atormentan también. Conforme pasan los días Sook-hee se percata de que el plan no va a ser tan fácil de llevar a cabo, sobre todo porque sus propios sentimientos la hacen tropezar. Empieza a sentir cierta compasión por Hideko, compasión que irá derivando hacia el deseo y el amor.

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The Handmaiden es una película difícil de clasificar, pues comparte características de diversos géneros. Para mí eso es maravilloso, pues no hay nada que me guste más que las obras que se atreven a salir de las fronteras de la conveniencia y ser ellas mismas. No estoy diciendo que The Handmaiden sea especialmente rompedora o iconoclasta, porque no lo es. Pero sí es audaz en muchos aspectos, y aunque se trata de una película sin ninguna duda comercial, no se ha dejado encorsetar.

En primer lugar podríamos decir que se trata de un drama histórico o period drama. Lo es. También es un thriller como la copa de un pino, con unas vueltas de tuerca apoteósicas. Muy cierto. Hacia el final, Park Chan-wook se desata un poco con los personajes masculinos e introduce unas gotitas de humor y gore. Verdad. Y, por supuesto, The Handmaiden es una película erótica. Mucho. Pero es un erotismo oriental que, a pesar de que es explícito, posee una delicadeza y elegancia que en Occidente son muy raras. Es shunga hecho celuloide. Y es interesante señalar que el alto contenido sexual, con escenas muy categóricas, no se apodera del espíritu del film. Eso habría sido lo más cómodo, dejarse llevar por el morbo que suscita una relación lésbica y las parafilias del déspota Kôzuki. A pesar de que tienen su peso (y no poco además), ese no es el quid de The Handmaiden.

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La doncella resulta opulenta y sutil, con una atmósfera gótica preciosa. La dirección artística es muy sensual, de envoltorio distinguido y extremadamente meticuloso. Solo por eso ya deslumbra, pero hay más, claro. Es curioso como Park Chan-wook plasma las relaciones heterosexuales como la dominación e imposición de la voluntad masculina sobre la femenina; relacionándolas con el dolor, físico y mental, y la reclusión del alma. No hay amor en ellas. Sin embargo sí brota entre Sook-hee y Hideko, de forma libre e inesperada. Un sentimiento entre iguales a pesar de la disparidad social.

Los personajes, interpretados con mucho esmero, se van desplegando gradualmente entre una paz engañosa y la sorpresa. Sobre todo los de ellas, la riqueza de matices y la profundidad que llegan a alcanzar es maravillosa. Son muy humanas, contradictorias y tiernas. El Conde Fujiwara se mueve entre el papel de galán clásico con alma de truhán, y el filósofo estoico que acepta las jugadas del destino con elegancia. No tiene corazón, pero sabe cómo proceder adecuadamente hasta el último momento. Un encanto. Kôzuki tiene algo de caricatura, un ser deleznable absorbido por las fantasías de su ego y una idea de la sexualidad enferma que lo mantienen alejado de la realidad. Un destructor de la vida, propia y ajena.

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Hay numerosos detalles truculentos, quizá emparentados con el Ero guro nansensu de la época que escenifica. Park Chan-wook ha sabido ensamblarlos con tino y cierta ironía también. Lo único que le puedo echar en cara a esta película es que existen algunos vacíos y preguntas que no se responden. Si se lee la novela (maldita sea, ¡he dicho que no iba a comparar!) no surgen, eso también es verdad. Quizá el director decidió hacerlo así para conceder al film algo de ingravidez, qué sé yo. Aun así, no lo considero nada serio, en conjunto es una obra redonda.

Cuando terminé de verla me pregunte a quién podía ir dirigida esta película, porque es bastante especial. Fractura un poco esos compartimentos estanco en los que solemos meter según qué obras. Un amante de los period dramas quizás considere que es un café demasiado cargado para su gusto; un fan del thriller probablemente piense que, por su aspecto, tiene más de film para señoras que de suspense. Un otaco promedio ni se planteará verla, demasiado adulto todo. Y el público occidental general acaso vea demasiados chinos pululando y sospeche aburrimiento. Y ya ni hablamos del prejuicio que puede generar el hecho de que se trate un romance gay, no el clásico heterosexual (aunque son chicas, eso da morbo, ¿no?).

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Una podría pensar que tiene unas cuantas papeletas para que pase sin mucha pena ni gloria por los cines. Pero nunca pierdo la fe en el ser humano (mentira) y espero que The Handmaiden se convierta en un bombazo. O por lo menos tenga algún tipo de reconocimiento, porque creo que lo merece. ¡Quiero contribuir a su difusión con una estúpida reseña en un blog que no leen ni 50 personas al día! ¡Viva! Por mí que no quede. Ah, no sé si lo había dejado claro, pero os la recomiendo. Es una de mis películas preferidas de este 2016. Casi ná. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tránsito VIII: La familia Poe

Y hemos alcanzado ya esa época del año donde los Tránsitos reaparecen. Esa pequeña sección enfocada en el terror, lo sobrenatural, lo fantasmagórico. Son temas que me gustan mucho, así que tampoco es extraño toparse con ellos por el blog; pero a partir de ahora hasta el 2 de noviembre serán más abundantes. O esa es mi intención. El año pasado tuvimos nada más y nada menos que siete tránsitos dedicados al cine, literatura, manga y anime. Este 2017 procuraré algo similar, aunque la escasez de tiempo no me permitirá una dedicación como la que me gustaría.

Aprovechando que, ¡por fin de los porfines!, Tomodomo publica este 31 de octubre ¿Quién es el 11º pasajero? (de cuyo anime escribí aquí), manga que llevo esperando desesperada todo el año, inauguro los tránsitos 2016 con una obra de la misma autora, Môto Hagio. Una obra que se llevó, junto a esta, el galardón Shôgakukan al mejor shônen del año 1976. Hagio-sensei fue premiada por partida doble. Aunque antes debo advertir que no voy a escribir una reseña del tebeo completo, simplemente porque no he conseguido leerlo todavía. Así que esta entrada, aparte de estar dedicada a los 9 episodios de 15 en total que hay rulando por internet, es una humilde petición para que alguna editorial del sector se atreva a dar el paso y publicar en español este clásico del shôjo. Si existen ediciones en polaco e italiano, no veo razón para que el público hispanohablante, mucho más numeroso, no pueda conocer este tebeo histórico. Ah, que cuál es el manga. Mis disculpas: Poe no Ichizoku (1972-1976) o La familia Poe.

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Portada del cofre de la reedición limitada especial 40 aniversario

Como indica la ilustración, se trata de un manga que consiste en 5 tankôbon y 15 capítulos. En sucesivas ediciones se acortó el número de volúmenes, y las polacas e italianas, por ejemplo, constan solo de 2. Este año se anunció la publicación en diciembre de dos episodios más bajo el nombre de Haru no Yume. La información suministrada es que la acción tendrá lugar en Gales en 1944, con un personaje nuevo femenino de origen alemán. ¿Esperaba Môto Hagio que La familia Poe tuviera esta enorme repercusión? Yo diría que no, pero eso no la amilanó y continuó creando un cómic la mar de extraño. Hizo un poco lo que le dio la gana, y eso es maravilloso. No hay nada más atractivo (al menos para mí) que la libertad creativa. Y en esos momentos el Grupo del 24, del que formaba parte Hagio-sensei, estaba haciendo literalmente historia. Esto no quiere decir que nuestra querida mangaka estuviera partiendo de tabula rasa; el mundo del shôjo ya existía, pero poseía unas características alejadas de lo que el Grupo del 24 tenía en mente. Eran sobre todo obras de orientación conservadora y escritas por autores masculinos (aunque había excepciones), y Môto Hagio junto a sus colegas querían ampliar los horizontes de la demografía. Aun así, las influencias de Osamu Tezuka y otros creadores eran inevitables (y necesarias). En el caso de este Poe no Ichizoku, la propia Hagio reconoció que le sirvió de inspiración la colección de cuentos Ryûjin Numa (1964), del gran Shôtarô Ishinomori. En concreto el número 4 de la recopilación, titulado La niebla, la rosa, la estrella. Una historia que me recordó muchísimo a la Carmilla (1872) de Sheridan Le Fanu. Y de aquellos polvos vienen estos lodos… aunque para bien.

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“Kiri to Bara to Hoshi” (1964) de Shôtarô Ishinomori

Poe no Ichizoku tiene de protagonistas iniciales a Edgar y Marybelle, una pareja de hermanos huérfanos que fueron convertidos en vampiros a temprana edad, por lo que permanecieron inalterables en sus 14 y 12 años. Cómo llega a suceder es algo que en los 9 capítulos que he leído no se aclara, aunque parece que es su familia adoptiva, los Poe, los responsables de su transformación. Pero el manga en realidad no sigue un orden cronológico, empieza con los dos hermanos viviendo como hijos de otra pareja de vampiros, los condes de Portsnell. Los cuatro simulan ser una familia normal, trasladándose de un lugar a otro de forma regular para no despertar sospechas. Suspicacias por las consecuencias de sus hábitos alimenticios y la falta de cambios en los adolescentes. Además Marybelle tiene una naturaleza bastante delicada, y representa una fuente de preocupación para todos. Esta vida itinerante les obliga a ser extremadamente cuidadosos, sin embargo Edgar está muy harto de toda esa situación desde hace tiempo. Busca refugio en la compañía de un compañero de colegio, Allan Twilight, del que termina enamorándose. Atención: La familia Poe no es un manga yaoi aunque se sugieran y emerjan ciertos elementos. Edgar y Allan además son más bisexuales que otra cosa, y su relación no acapara el protagonismo del cómic. Al menos hasta el episodio 9. Pero es innegable que esos elementos que aparecen son un precedente a tener en cuenta dentro de la historia del género.

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Edgar y Marybelle

Si habéis leído alguna vez una novela gótica, La familia Poe no os sorprenderá, porque tiene muchos de sus ingredientes: grandilocuencia e hipérbole emocional, escenarios tenebrosos, la consabida falacia patética, argumento rocambolesco, circunstancias sobrenaturales, erotismo velado de alta intensidad y sobredosis de misterio. Como fan de este género, fue un placer encontrar muchos de sus tópicos tan bien representados y, muy importante, sin caer en la parodia. Pero reconozco que no es una variedad del terror que suela gustar, y menos al público profano. Se ha caricaturizado tanto a lo largo del tiempo (porque se presta a ello, no obstante) que comprendo resulte algo difícil tomárselo en serio. Pero sigue siendo uno de los pilares fundamentales del horror moderno, y Môto Hagio en La familia Poe lo conjugó sabiamente con el Romanticismo y la renovación que supuso para el género Edgar Allan Poe.

No es fortuito que Hagio-sensei eligiera un título así para su obra, es un homenaje claro al escritor bostoniano, una declaración de principios donde encontraremos la truculencia tan característica de este autor, reflexiones sobre la muerte, la culpa, los deseos, etc.; y la omnipresente figura femenina lánguida, pasiva. De deslumbrante belleza aunque moribunda. No llega a los abismos metafísicos de Poe, pero lo encontramos muy presente junto a otras referencias, más dispersas, de espíritu victoriano como el Prerrafaelismo.

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“La Ghirlandata” (1873) de Dante Gabriel Rossetti

La estructura no lineal del manga sigue las directrices de los clásicos relatos breves de terror del s. XIX. Podrían ser episodios autoconclusivos en los que se nos narra, cada vez, una historia particular en la larga existencia de estas criaturas; pero en realidad se encuentran engarzados, formando una crónica completa. Al principio desde el punto de vista de un humano, que nos presenta a los monstruos en diferentes momentos del tiempo. El marco social de sus personajes, como es de esperar, pertenece al de la alta burguesía o la nobleza; y no tiene reparos en manifestar sus abundantes prejuicios de clase, que forman parte del drama. Pero no solo se centra en la fantasía oscura del cuento de vampiros, sino que Hagio-sensei contextualiza las tramas y subtramas acudiendo al realismo.

Existe una clara dicotomía: el mundo eterno, casi etéreo, pero siniestro del vampiro; y el mundo humano, trivial y en perpetuo cambio. Su eventual (e ineludible) confluencia es el origen de todo conflicto. El vampiro de Hagio, aunque no es un depredador psicópata, posee una fascinación hipnótica para los humanos, que caen bajo el hechizo de su juventud y delicadeza sin remedio. Sin embargo, también la criatura sucumbe a la fascinación de la belleza fugaz humana. Camina a la luz del sol y lleva una existencia más o menos disimulada, pero siempre distante. Y no es para menos, las consecuencias del encuentro de esos dos mundos suelen ser imprevisibles. ¿Cómo enfrentar desde una perspectiva racional la existencia de unos seres inmutables, sin aparente vida y que se alimentan de sangre? Es la variedad de reacciones humanas a este hecho extraordinario el centro de la mayoría de los capítulos y, a través de ellos, conocer más sobre las vicisitudes de Edgar y Allan, los personajes centrales. Efectivamente: Edgar Allan… Poe.po2

Hace falta armarse de paciencia para ojear este manga, porque tanto por su arquitectura como por la gran cantidad de personajes y hechos que se suceden, es necesaria cierta atención. No se trata de un tebeo convencional y, a pesar de que en realidad no es una obra complicada, requiere una lectura activa. La familia Poe es melancólica y poética, resulta asombroso que años después las sagas exitosas de Anne Rice, Whitley Strieber o Stephenie Meyer repitieran en sus novelas conceptos idénticos a los que podemos encontrar en este manga. En el primer caso de una forma muchísimo más afortunada que en la tercera. Las semejanzas con Entrevista con el vampiro (1976) son extraordinarias. Podemos afirmar que este tebeo se adelantó a su tiempo en muchos aspectos, y aunque el arte sí ha quedado desfasado, continúa siendo una obra perfecta para todos aquellos que sean amantes de la novela gótica y los vampiros. También es verdad que el que busque “pasar miedo” con La familia Poe no lo conseguirá. Aunque utilice las moléculas del género, su objetivo no es asustar. Se trata más bien de un manga melodramático, con mucho de folletín y algo de romance, pero bastante inofensivo.

Me habría gustado contar alguna cosa más sobre La familia Poe, pero como os indicaba al inicio, no he podido finalizar su lectura ya que he sido incapaz de encontrarlo. Si alguien logra hallar este manga completo, me sentiría muy agradecida si dejara algún comentario. Mientras, solo resta esperar a que alguna editorial se anime a publicarlo. ¡¡¡Por favor!!! Desconozco cómo finaliza y qué sucede con sus personajes principales; tengo muchos interrogantes que en los 6 capítulos restantes seguro conseguiría despejar. No es que se haya quedado a mitad de una trama emocionante, porque este cómic no tiene ese tipo de disposición, y además es pausado. Pero faltan datos. Deduzco que son los relacionados con el pasado lejano y el presente, pero no sé más.

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¿Merece la pena comenzar este tebeo a sabiendas de que no es posible leer los últimos capítulos? Ya lo creo que sí. La familia Poe, aparte de ser un clásico a reivindicar, resulta que es ameno y cuenta una historia de historias bastante buena. Es como una matryoshka, dentro de ella hay más y más y más. Eso sí, como shôjo primigenio, hay flores y pétalos al viento que embisten a traición continuamente. Lo digo por las alergias. Y tampoco es justo ni adecuado aproximarse a él con la típica actitud cínica posmoderna (qué lacra, dios mío). Es una obra del año 1972, juzgarla según nuestros parámetros de principios del s. XXI sería una tremenda gilipollez. Así que Poe no Ichizoku exige un poco de esfuerzo. No mucho, pero algo sí. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera: Sakura Namiki

El shôjo no es mi demografía favorita. Hace meses además que dejé en cruel barbecho los tebeos del género que iba siguiendo. Me acaban saturando, es la única razón. Entonces, ¿por qué inauguro nueva sección en el blog dedicada a él? Efectivamente, Shôjo en primavera es un nuevo apartado en SOnC.  Pues porque me da la santa gana, señores, por eso. En realidad creo que el shôjo es una demografía muy interesante y que tomando un poco de perspectiva, es muy representativa de la evolución social japonesa, más que otras demografías incluso. Y es muy curioso, porque hasta la década de los 70 el shôjo se consideraba un género menor. La llegada del Grupo del 24 marcó la diferencia, antes eran el shônen o el gekiga los que se llevaban la atención de crítica y público. Por eso he decidido que este nuevo apartado de la bitácora se dedique al shôjo incipiente, al shôjo en sus primeros pasos y que se suele dejar en la retaguardia, olvidado. No hay muchas obras traducidas de la época, que abarcaría desde los años 50 hasta finales de los 60, pero con paciencia y china chana como dicen por aquí, algo iremos encontrando y, por supuesto, aprendiendo.

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“Buenos días” (1915) de Yumeji Takehisa

Yumeji Takehisa (1884-1934) fue un poeta que, como sabía que no iba a poder ganarse la vida juntando letras, se lanzó al mundo de la pintura y la ilustración. De formación autodidacta, fue haciéndose un hueco en el elitista mundo de las artes de Tokio, aunque su talento nunca fue reconocido en vida. Su moderado éxito y esa elegancia lánguida, de entes femeninos casi incorpóreos que encarnaron tan bien el espíritu de la Era Taishô, lo han hecho pasar a la historia por derecho propio. Pero lo que nos importa realmente es que su estilo inconfundible, de profundo lirismo, fue una de las influencias más importantes del futuro shôjo. Otro de los ascendientes fundamentales en la estética del shôjo fue Jun’ichi Nakahara (1913-1983), ilustrador y diseñador de moda que popularizó esos tremendos ojos acuosos, rebosantes de virginales sentimientos, que todos conocemos tan bien. Nakahara dibujó portadas de revistas como la popular Shôjo no tomo (La amiga de las chicas) y también de novelas femeninas.

Precisamente en esos años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, comenzó a brotar una nueva literatura (shôjo shôsetsu) dedicada exclusivamente a las jovencitas. En ellas se solía representar un mundo idealizado de las emociones, con muchos floripondios y suspiros, pero que en realidad transmitían un código rígido e inmutable sobre lo femenino. Mediante blandas historias de amistad escolar, introducían las nociones de lo que se esperaba de cada mujer: abnegación, humildad y ser unas dulces y pudorosas novias para sus futuros esposos. De eso todavía quedan bastantes rastros actualmente en el shôjo, por cierto. El amor romántico heterosexual no solía aparecer (invadió la demografía a mediados de los 60), era un universo sin hombres, y el estilo de sus ilustraciones fue el primigenio jojo-ga (dibujo lírico), que complementaba el espíritu de esas historias inocentes y candorosas.

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Portada de “Shôjo no tomo” (febrero, 1939) de Jun’ichi Nakahara

Pero entre tanto aleccionamiento para ser una buena ama de casa, cariñosa con los niños y excelente cocinera, había también algunas voces un poco más discordantes: fue el caso de la escritora Nobuko Yoshiya (1896-1973), que opinaba de manera muy distinta. Sus novelas, que poseían el mismo aire romántico y soñador del shôjo shôsetsu, sin embargo ignoraban el matrimonio como objetivo y algunas de ellas eran abiertamente lésbicas. No en vano, Yoshiya mantuvo una relación con una profesora de matemáticas durante más de 50 años. Para ella el amor homosexual se encontraba en un plano de igualdad; el heterosexual no, pues implicaba la sumisión obligatoria de la mujer al hombre. No he tenido todavía oportunidad de leer nada de ella, pero sí he visto la película Fukujusô (1935), basada en un relato incluido en su colección de cuentos Hana Monogatari (1926), por lo que puedo hacerme una idea,  aunque sea algo remota, del aire general que se respiraba en sus obras… porque el shôjo-ai ha heredado muchas de sus ideas. Y con este pequeño pero necesario preámbulo, llegamos al manga protagonista de esta reseña: Sakura Namiki (1957) del autor Macoto Takahashi.

Es uno de los mangas más antiguos que he leído y todavía me pregunto las razones de que me lanzara a por él. El yuri no es lo mío, tampoco el spokon, y con el shôjo tengo problemas. A veces muy serios. Bien, pues Sakura Namiki alberga esos tres géneros y me ha gustado. Supongo que tendrá algo que ver que solo consista en 4 capítulos, y que no ha habido tiempo de que se me inflaran las narices; pero no debo tampoco restarle méritos a la obra. Sakura Namiki vale su peso en oro.

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Sakura Namiki o El Paseo de los Cerezos es un tebeo del año 1957. Repito: 1957. Todavía tiene bastantes arcaísmos (no sé cómo denominarlos) como, por ejemplo, rastros de emonogatari en la introducción. El emonogatari fue un formato híbrido entre tebeo y novela, una especie de “libro ilustrado” dirigido al público joven. Eran como versiones impresas de los cuentos de los kamishibai, con un dibujo naturalista y fuerte presencia de texto. Durante unos años compitieron en popularidad con el manga, hasta que fue barrido por este a finales de los 50. Por eso Sakura Namiki tiene cierta rigidez en algunas de sus páginas, el texto resulta cursi y la historia es muy sentimental. No obstante, me ha sorprendido en otros aspectos y creo que el paso del tiempo no le ha sentado nada mal. Es un manga hijo de su época, con todo el peso del shôjo shôsetsu y el jojo-ga; pero interesante y con ramalazos muy modernos.

Pero comencemos por el principio. Sakura Namiki cuenta la historia de dos amigas, miembros del club de ping-pong de su exclusivo colegio femenino, y su enfrentamiento en los campeonatos deportivos escolares. Sus nombres: Chikage Maki , estudiante de tercer curso, y Yukiko Nakahara, en primero. Yukiko-chan siente gran fervor y devoción por su onee-sama, unas emociones que se convierten en su debilidad durante el partido, pues le hacen sentir compasión por ella en un momento crucial. Pero Chikage es una gran deportista, capitana del equipo y remonta el juego. Sin embargo, las compañeras de curso de Yukiko, que la han estado animando con ardor, piensan de otra forma. Creen que Yukiko se ha dejado vencer por afecto hacia Chikage, y comienzan a murmurar.

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Yukiko es consciente de los rumores, y comienza a encontrarse mal. Mal por Chikage, que puede sentirse ofendida si cree que su victoria no ha sido tal; culpable porque quizá lo que cuchichean sus compañeras tiene un poso de razón. Y la situación empeora cuando Ayako Sunayama, de segundo curso, celosa de la relación que mantienen Chikage y Yukiko y siempre ávida de entrometerse, es la que parece haber originado las habladurías. Ayako perdió su partido frente a Yukiko, y ahora no se separa ni a sol ni a sombra de Chikage. Nuestra protagonista está muy afligida, y la vergüenza la hace huir.

Un triángulo amoroso, el entusiasmo de la competición y un malentendido que se convierte en el cotilleo de la escuela. ¿Qué hará Yukiko? ¿Se conformará con asumir el tradicional papel de víctima pasiva, revolcándose en su dolor? El autor no defrauda (aunque no sorprende), y tampoco se conforma con trazar los retratos de unas damiselas epítomes de la feminidad de esos años, que exigía docilidad y recato. Las chicas de Takahashi son un pelín más modernas de lo que podríamos imaginar

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Takahashi se centra en los sentimientos de Yukiko. Sakura Namiki es un paseo emocional desde una única perspectiva, pero lo bastante rica y delicada como para no aburrir. Cierto que podría haber ahondado más en Chikage y, sobre todo, en Ayako, que salvo como tercer elemento en discordia, no aporta nada más. Bueno, su diseño me gusta, pero Ayako es un florero. Bonito, pero un florero. No obstante, hay que reconocer que se trata de un tebeo de historia extremadamente sencilla y que no entra en demasiados detalles, salvo los que interesan para recrear una atmósfera poética y robustecer a Yukiko. Un slice of life sentimental que concede momentos a la emoción del deporte y la ambición por el triunfo. Estoy segura de que Taiyô Matsumoto leyó este Sakura Namiki, su formidable Ping Pong tiene alguna cosilla de él. Porque eso sí, la competición entre Chikage y Yukiko es fetén y que eso lo diga yo, que me pongo a roncar en cuestión de segundos con el spokon, es para tenerlo en cuenta.

¿Estamos frente a un tebeo yuri? No considero que Sakura Namiki sea estrictamente yuri, más bien sería un proto-yuri, un tierno shôjo-ai donde todo está convenientemente rebozado en la dulce nebulosa de la amistad apasionada, que sugiere más que evidencia. No hay ningún tipo de alusión sexual, se mueve en una gama de sentimientos inocentes y castos, por lo que podríamos incluir este tebeo sin problemas dentro del género S. El entorno sublimado, con la música como principio evocador, conduce muy bien la exaltación romántica de Yukiko, desde el pasado hasta el presente. Así Takahashi nos hace comprender su valiente decisión. Por amor, por justicia, por amistad.

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Sakura Namiki está estructurado en tres partes, cuyos corazones son dos partidos de ping pong. Estos dos partidos son el principio y fin de la historia, de los que surgen el problema y la solución. Y es que Chikage y Yukiko expresan su mutuo amor mediante el deporte, algo bastante original. Takahashi emprende su manga a través de una contextualización clásica: Osaka, un colegio femenino situado en una colina repleta de cerezos, donde discurre un paseo por el que decenas de adolescentes caminan a diario. Bajo las ramas de los cerezos en flor, las muchachas hablan de sus esperanzas, se prometen amistad eterna y sufren de alegrías y penas… No es casual que el autor presente Sakura Namiki como a lyric manga tale. La segunda parte es un viaje al pasado, donde Yukiko, ya en casa con su madre, rememora su vida antes de conocer a Chikage, cómo el destino las une y luego disfrutan de una relación plena y feliz. La tercera parte está marcada por la determinación de Yukiko y sus consecuencias. Y hasta ahí puedo contar.

El paisaje no es meramente escolar, fuera de él se encuentran las vidas de estas zagalas, donde, curiosamente, no hay ningún hombre. En realidad hay uno, pero está muerto. Sabemos más de Yukiko, y bastante menos de Chikage, pero Takahashi fabrica un armazón sólido para la psique de nuestra protagonista, que nos permite comprender y empatizar con sus inseguridades y admiración por Chikage. Por supuesto, los ingredientes que componen el mundo de los shôjo shôsetsu está ahí (y que luego heredaría el manganime): el cuidado de la belleza personal, ir de compras, la música, el ballet, gatitos (¡sí, GATITOS!), etc., pero no por ello menos sugestivos. La elección musical no puede ser más adecuada para la atmósfera de Sakura Namiki: la séptima pieza de las Escenas de la infancia o Kinderszenen, Träumerei (1838), de Robert Schumann. Y la secuencia de La muerte del cisne (1907) en el capítulo tres también es preciosa.

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Lo que más me ha gustado de este tebeo ha sido, sin ninguna duda, el arte de Macoto Takahashi. No hace falta ser especialista para percatarse de la presencia de Tezuka, pero hay mucho más. La geometría de esas líneas puras y claras, la simplicidad y los recursos que utilizó para otorgarle dinamismo, me han enamorado. Conste en acta que soy fan de los dibujos limpios y sencillos del tipo Yûki Kodama y que lo vintage siempre me parece estéticamente muy atractivo, pero aun así continúo pensando que es un gran dibujo. De hecho me gusta infinitamente más que el que desarrolló luego, ese que le dio realmente fama como el arquitecto de la estética clásica shôjo, de rubias bellezas de cabellos ondulantes, ojos enormes de vibrante lágrima y flores, muchas flores, lacitos, puntillas y mariposas flotando en el viento. No puedo negar su trascendencia histórica, pero personalmente me quedo con sus comienzos. No tan estilizados, no tan barrocos, hasta un poco toscos en comparación; pero que a mí me encantan. Contienen la misma inocencia y resplandor, pero con una economía en las formas mucho más elegante. O así lo percibo yo. Aunque en algunas viñetas los fondos son apenas esquemáticos o inexistentes, en otros la riqueza de los detalles es maravillosa, y Takahashi se sirve de bellas alegorías (las primeras viñetas del capítulo tercero son deliciosas) para transmitir la melancolía que embarga a Yukiko.

Colgaría imágenes de Sakura Namiki por toda la entrada cada tres palabras, pero no puede ser. No estaría bien robaros vuestro posible goce y spoilear encima la historia. Aunque esta última tampoco es que resulte una sorpresa. Bueno, qué demonios, allá van dos seguidas.

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Pero.. pero… esto es un tebeo para chicas, ¿no? Diréis mis queridos lectores masculinos. Pues sí, es un manga para mozuelas. Y mozuelas de las de hace 60 años, casi nada. Pero tras la revolución que supuso Sailor Moon, ese shôjo que devoró las mentes tanto de chicos como de chicas sin excepción, ¿qué problema puede haber con Sakura Namiki? En SOnC los prejuicios bien lejos, no creo que vayáis a tener un brote psicótico por leerlo ni se os reduzca el tamaño del pene. Es historia del manga, una parte importante de hecho. Y esta nueva sección es lo que va tratar de hacer: rescatar esos clásicos del shôjo antiguo de los que nadie se acuerda ya.

Sakura Namiki no es perfecto y bajo los ojos del s. XXI carece de muchas cosas que en la actualidad damos por hechas. Pero continúa siendo un buen trabajo, entretenido y a ratos conmovedor. La gestión de las emociones por parte de Takahashi resulta soberbia. Es cursi, sí. Mucho. Aunque de una manera contenida que ya no se lee ahora. Y es un tebeo muy adecuado para calibrar esta demografía desde sus inicios, comparándola con lo que consumimos en el presente. Y ciertas características no han variado demasiado. ¿Es eso positivo? Habrá que seguir leyendo más obras de la época para poder averiguarlo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Hentai or not hentai… dat ass is the question

Generalmente, las bitácoras sobre manganime en las que se hacen reseñas, se repasan las series de temporada o se comenta la habitual parafernalia que rodea este mundillo (seiyû, estudios, música, cosplay, etc), solemos ignorar el hentai. Es una parcela que ha quedado relegada a un submundo muy específico y aislado en el que, no en vano, todos los aficionados hemos chapoteado en sus aguas alguna vez. El hentai es pornografía, qué carajo, ¿no? Eso creemos. Y el sexo en su expresión más evidente persiste todavía en ser un tabú de cierta intensidad. En las sociedades donde la religión tiene todavía peso y/o existe algún tipo de represión psicológica, la sexualidad humana se continúa juzgando como algo que camuflar, incluso pecaminoso. Es un residuo de importante presencia, y que además está nutrido del patriarcado, el cual para medrar y ejercer su dominio debe someter y controlar la sexualidad femenina. Pero estoy hablando de la perspectiva occidental, claro.

En Japón el sexo jamás poseyó las connotaciones impuras u obscenas que el judeocristianismo inoculó en Europa o América. La moral sexual japonesa se apoya en el shintô, donde sus deidades o kami, mediante sus cópulas, representan la vida y fertilidad de la Naturaleza. De hecho, según su mitología, las islas japonesas fueron producto de las relaciones sexuales entre Izanagi e Izanami. Los símbolos fálicos, representaciones de los genitales femeninos o parejas de dioses abrazándose, son amuletos protectores contra la contaminación. Por tanto, el sexo era considerado algo natural, libre por completo de vergüenza o culpa y fuente de placer. La bisexualidad y homosexualidad (nanshokuwakashudô) tampoco eran un problema, que resultaban algo común entre cortesanos, monjes o samuráis. Eso fue así hasta la Era Meiji (1868-1912). A partir de entonces, en su afán por modernizarse y superar a las potencias occidentales, adoptaron muchos de sus valores. Entre ellos, poco a poco, fueron asimilando esa percepción del sexo distorsionada por la religión cristiana, mojigata y represiva. La ocupación estadounidense tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial, acabó de asentar esa nueva ética sexual puritana. Un ejemplo sería la prohibición de la prostitución (Baishun bôshi hô), una actividad hasta entonces controlada por las autoridades, ejercida profesionalmente en sus propios barrios y tolerada socialmente.

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Detalle de “Pasión durante las nieves de primavera” (1822) de Keisai Eisen

Pero no hay ley sin trampa. Aprovechando vacíos legales y estirando su interpretación, se puede afirmar que las miríadas de máscaras que el lenocinio utiliza en Cipango, gozan de una excelentísima salud. En realidad toda la industria del sexo en Japón se encuentra en plena forma y es una maquinaria formidable de hacer dinero a tutiplén. Tal como está estructurada la sociedad japonesa en la actualidad, y sus características a medio camino entre su propia cortés austeridad y la gazmoñería occidental, se puede garantizar con total certeza una lozanía sin igual para el negocio durante muuuuuchos años. La pornografía tiene un papel esencial, por supuesto, y dentro de ella ciertos géneros del manganime también. Existe un grado de especialización extraordinario, donde tiene cabida toda clase de depravaciones y excentricidades varias. Y son a estas anormalidades a las que llaman en Japón hentai, no a otra cosa. Todo otaco que se precie sabe perfectamente que esta palabra significa pervertido sexual; y aunque en los shôjos/shônen levantar las faldas a una chica suele premiarse con el grito de KYAAAA!!! HENTAI!!!, se trata de algo mucho más serio.

El hentai es un subgénero del ero, que engloba a otros como el también celebérrimo ecchi. Todos van dirigidos en exclusiva a un público adulto (jû hachi kin). Pero en Occidente hemos acabado etiquetando como hentai a todo manga o anime que posea contenidos sexuales más o menos explícitos. Sin hacer muchas distinciones. Incluso hasta no hace tanto, el animanga era sinónimo de hentai entre los no aficionados. Pero en Japón, como podemos ver, es diferente. Es un concepto que ha ido evolucionando con el tiempo, dirigido en exclusiva al público masculino heterosexual y que se refiere, sobre todo, a parafilias y otras anomalías. No tiene implicaciones negativas por obligación, aunque alguna de estas desviaciones pueda considerarse aberrante. Los 13 géneros principales que conforman el hentai son: futanari (hermafroditas, transexuales), BDSM, furry, shokushu gôkan (tentáculos), guro, incesto, lolicon, shotakon, yuri, yaoi, embarazadas, harem y bakunyû (pechos gigantes).

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Lindos pececillos de artista anónimo

Una vez aclaradas algunas cosicas y puestos en situación, deberíamos preguntarnos: ¿de dónde y cómo surgió el hentai? No hay mucho escrito al respecto, quizás porque la gran parte de sus consumidores son pajilleros a los que solo les interesa quemar los contenidos sin más; y porque grosso modo no se le da mayor trascendencia a un género que no suele brillar por la inteligencia de sus guiones ni la complejidad de sus personajes. Aunque existan excepciones. Yo misma tampoco soy precisamente fan de él. Con sinceridad, clásicos como La Blue Girl (1992) o Urotsukidôji (1987) del gran maestro Toshio Maeda, nunca logré finalizarlos porque me aburrían cosa mala. No soy ninguna entendida tampoco ya que me sucede como con el spokon: acción narcótica superlumínica. Y en la actualidad que el asunto se encuentre infestado de informática cutre, tetas ciclópeas y mozas lobotomizadas, pues no me estimula demasiado para aventurarme en sus terrenos. ¿Por qué escribo sobre él? Pues porque me da penilla que, a pesar de ser el género más popular con enorme diferencia, resulte curiosamente algo así como invisible. Y por lo menos una vez debe aparecer en SOnC. También es verdad que una de las entradas más visitadas en esta bitácora es la dedicada a Kanashimi no Belladonna (1973), cosa que me ha sorprendido bastante. Y aunque no se trata propiamente de hentai, me dio la idea para el artículo. Y aquí estamos, oyes.

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“El sueño de la mujer del pescador” (1814) de Hokusai. La madre de todos los corderos.

¡Al grano, concentración! ¿De dónde y cómo surgió el hentai, decíamos? Como imaginaréis, toda raíz del manga y el anime hay que buscarla en el ukiyo-e, y en este caso particular en el shunga (“imágenes de primavera” o sea, de folleteo). El shunga podríamos decir que es el ukiyo-e erótico, con una gran variedad de intensidades, que iban desde lo insinuante a lo directamente pornográfico. Su origen, como tantas cosas en las islas, fue de inspiración china. Los manuales médicos que llegaron del continente durante la Era Heian (794-1185) y las obras de pintores como Zhou Fang, influyeron en su desarrollo y estilo, donde los genitales solían aparecer con formas y tamaños grotescos.

Comenzó siendo una manera de expresar los escándalos sexuales de cortesanos y monjes en los makimono, pero con la llegada de la imprenta y el progreso en las técnicas de impresión y xilografía, se hizo muy popular en el Periodo Edo, sobre todo en sus últimas décadas. Pasó de ser un elemento decorativo para las clases altas, a formar parte de esa idealización de la vida urbana que fue el mundo flotante. Como el propio ukiyo-e, resultó una democratización absoluta del arte erótico; brotaba tanto en los palacios de la nobleza como en las casas de los chônin o burgueses. Lo consumían mujeres y hombres por igual, y sus temáticas iban muchísimo más allá del amor heterosexual. La gran mayoría de los autores importantes como Hokusai, Utamaro o Hiroshige dibujaron shunga, porque constituía una fuente de ingresos caudalosa y estable.

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“Mujer y gato” (1794) de Utamaro

Pero por entonces la palabra hentai no tenía la noción que posee en la actualidad. Su significado era algo así como “metamorfosis, transformación”. Fue con la apertura de la Era Meiji y la llegada del pensamiento occidental, cuando hentai comenzó a adquirir su implicación sexual. El recién nacido campo de la psicología experimental con Wilhelm Wundt, que utilizaba el método científico, no fue ignorado en Japón; pero sobre todo la obra del psiquiatra Kraftt-Ebing, Psychopathia Sexualis (1886), fue la que terminó de vincular la palabra con comportamientos sexuales fuera de “lo normal”. Hentai seiyoku era (y es) el deseo sexual perverso según Kraftt-Ebing o Freud, que del ámbito académico especializado pasó al de la calle con gran éxito. Se escribía y deliberaba en periódicos y revistas más sobre el hentai que de la sexualidad “normal”. El ero guro nansensu o erotismo grotesco absurdo, durante los años 20-30, fue tremendamente popular, casi se podría decir que el país vivió en el periodo de entreguerras una especie de desinhibición similar a la alemana de Weimar. Y el heredero directo de ese movimiento sensual y degenerado es mi queridísimo Suehiro Maruo.

Sin embargo, en los años 30 la situación mundial se alteró por completo. En las islas no ocurrió de forma distinta, y la ola de ultranacionalismo y totalitarismo de la naciente Era Shôwa endureció la censura muchísimo. Entre otras cosas. No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que la sexualidad en Japón no retomó un espíritu más atrevido, sobre todo con la difusión de las publicaciones kasutori, de tipo pulp. Las kasutori recogieron el legado del hentai y lo elevaron a cumbres de imaginación y popularidad hasta entonces inéditas. En los años 60 se fue centrando cada vez más en un público masculino heterosexual, y así hasta hoy, cuyo target continúa siendo casi en exclusiva los cromosomas XY.

De todas formas, si os interesa el tema de la sexualidad japonesa durante el s. XX, os recomiendo los trabajos del profesor Mark McLelland de la Universidad Wollongong en Australia. Tiene artículos la mar de interesantes al respecto, muy recomendables.

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A Takato Yamamoto también le gusta el “ero guro nansensu” de la Era Taishô

¿Y cuál fue el primer anime pornográfico de la historia? Pues hasta donde sabemos, ese honor lo ostenta Suzumi-bune (1932) de Hakuzan Kimura. Tampoco podemos decir mucho sobre él, porque a pesar de que estaba planeado que consistiera en dos partes, la primera fue confiscada y no llegó a estrenarse nunca. La segunda ni se llegó a realizar. Ya en el s. XXI, la policía tokiota donó la obra al Museo Nacional de Arte Moderno, revelando que su duración es de 10 minutos. Quizás más adelante su contenido pueda hacerse público, quién sabe. A mí me gustaría verlo.

El primer anime estrictamente hentai es la película Yasuji no Pornorama: Yacchimae!! (1971), aunque hay quienes opinan que en realidad son las seis OVAs de Lolita Anime (1984). Como no he visto la primera, me veo incapaz de aseverarlo; aunque no me importaría nada echarle un vistazo. Soy una glotona en lo que se refiere a bizarradas… no obstante tampoco niego que suelo indigestarme a menudo. Que la cantidad de hentai que se ha realizado y se produce es monumental lo sabemos todos. Y su calidad dudosa (eso siendo liberal). Es muy complicado, incluso para el connoisseur, hacer un top ten objetivo y coherente, así que imaginad cómo lo puede llevar servidora: terrible. JUAJUAJUA. Además, como ya he indicado al principio, no soy fan. Me aburro, y suele irritarme esa forma tan lamentable de presentar a la mujer como si fuera un animalillo acéfalo. Si ya me pone de mala hostia en otros géneros, en el hentai es como la apoteosis sideral de Galactus en pleno arrebato de bulimia cósmico. Así que las cinco recomendaciones que voy a hacer, para redondear una miqueta más la entrada, no son estrictamente hentai, sino que he preferido recurrir a su concepción occidental, que aunque no es la correcta, sí resulta bastante más amplia. Algunas obras son más explícitas que otras, pero todas ellas me parecen dignas de un visionado. Son pedazos de historia de la animación japonesa, nos guste o no. Here we go.


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Senya Ichiya Monogatari (1969) se puede considerar el primer largometraje animado dedicado al erotismo de la historia de Japón. La carga sexual es importante, y es algo que me entusiasma porque respeta el espíritu de la obra literaria en la que está basado, Las mil y una Noches, que es bastante verde. Quizá no es la faceta más conocida de esta compilación de relatos, donde siempre se ha hecho hincapié en ese maravilloso exotismo de los parajes que describe o las aventuras, la fantasía y la magia que hay presentes. Para los que no lo sepáis, Alf layla wa-layla tiene pasajes que son simple pornografía, en la universidad me tocó traducir fragmentos subiditos de tono muy tremebundos. Por eso me parece genial que Tezuka quisiera esta vez aprovechar su dimensión sexual, y hacer una adaptación más fiel en esencia a los cuentos originales que las que se habían realizado hasta entonces. Incluido su Sinbad (1962). Y es que estos clásicos de Oriente Próximo se han trabajado en el medio audiovisual desde muy temprano, tanto en cine como animación, pero casi siempre obviando su vertiente carnal. En Senya Ichiya Monogatari sin embargo tenemos fantasía, tenemos aventuras, tenemos exotismo y tenemos también concupiscencia.

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Este film de dos horas y diez minutos de duración fue el primer proyecto que salió a la luz del grandioso Animerama de Osamu Tezuka, dedicado al público adulto. Una aspiración esa, la del formato cinematográfico y la de las audiencias maduras, pionera en el mundo. No es broma. Fueron tres películas en total antes de que la productora, Mushi Pro, se fuera al garete, y he incluido las tres en este listado. No podía ser de otra forma. El trío de ases fue dirigido por Eiichi Yamamoto, y ha pasado a la historia como tres de las animaciones eróticas más hermosas y extrañas que existen. No me voy a adelantar, pero la que se lleva la palma no obstante en belleza y extravagancia es La belladona de la tristeza, en la que Tezuka, por cierto, no intervino en ningún aspecto. En ese momento ya había ahuecado el ala y Mushi Pro agonizaba.

Pero regresemos a Senya Ichiya Monogatari. Esta película nos cuenta la llegada a Bagdad de Aladino, que se parece sospechosamente a Jean-Paul Belmondo. Él no es más que un pobre aguador, pero posee un carácter optimista y osado que le hace sobrellevar su dura vida con satisfacción. Y allí, en la gran urbe, se enamora de la esclava Miriam, a la que rapta. Su amo, un jovencito malcriado que es el hijo del Jefe de Policía de Bagdad, no se da por vencido tras perder a su bella presa, y decide utilizar su influencia para recuperarla. Pero mientras, Aladino y Miriam se han refugiado durante su huida en un misterioso palacio, del cual por la mañana no pueden salir. Su dueño, Suleimán, el cortesano favorito del sultán y famoso por sus rarezas, los ha encerrado entre sus paredes para que le diviertan. Y la historia no queda solo ahí, sino que se complica cada vez más y más. Muerte, traición, venganza, amor… hay absolutamente de todo. Un bonito culebrón.

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La trama no puede ser más tradicional, pero no faltan ni la emoción ni las sorpresas. Tiene ese remate caricaturesco propio de Tezuka, que aunque en los mangas se tolera sin problemas, en película no aguanta el paso del tiempo muy bien. Los malos son muy malos, y los buenos son bastante grises, gracias a Luzbel. Eso sí, el peso sexual recae completamente sobre los papeles femeninos, como es de esperar… aunque no estoy aquí para hacer una revisión posmoderna feminista de estas obras. No procede, otro día quizá. Senya Ichiya Monogatari utiliza recursos propios del cine, es una obra de tintes experimentales donde se puede encontrar animación tradicional, imágenes estáticas, maquetas (esas panorámicas de Bagdad son mágicas), pantallas partidas, 3D, etc. y todo eso unido a un estilo psicodélico de vivos colores que fluye y se retuerce como una serpiente de agua. La música se encuentra en manos inmejorables: Isao Tomita, que compone piezas de frenético funky-yeyé, muy de la época, e incorpora fragmentos del Scheherezade (1888) de Rimsky-Korsakov también.

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Cleopatra es la película que menos me gusta del Animerama. La considero la más endeble e infantil de las tres, aunque posee su interés aparte del meramente histórico. La triunfada que supuso Senya Ichiya Monogatari, impulsó a Tezuka a arriesgarse muy a fondo en lo que le gustaba hacer: experimentos. Todavía no tengo muy claro qué demonios pretendía Manga no kamisama con este film, creo que ni él mismo lo sabía. Solo que el éxito del año anterior lo acicateó para jugar como un niño impetuoso con arcilla y plastilina… y le salió un engendro. Pero, ¡ay, amiguitos!, un aborto de Tezuka es un bebé sano y hermoso para cualquier otro creador, y Cleopatra tiene sus méritos. Aunque supusiese el descalabro económico definitivo de Mushi Pro y el abandono de la nave por parte del capitán.

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Aquí Tezuka se pregunta qué está haciendo con su vida. Y suspira. Ay.

¿Por qué fue un fiasco comercial? Me considero incapaz de llegar a alguna conclusión porque me faltan datos, pero quizá tuviera que ver con que se trataba de un film mucho más explícito que Senya Ichiya Monogatari (fue calificado directamente como X) y que era (es) raro de cojones. Yo no le tengo miedo a las excentricidades, las amo de hecho; pero comprendo que no todos somos iguales. A pesar de que Tezuka prefería el campo de la experimentación y la creatividad sin cortapisas, su público no. Su público esperaba otra cosa, no un trabajo de patchwork visual de casi dos horas. Porque aparece de todo en Cleopatra: imagen real, collage, ciencia-ficción (el inicio parece Star Trek), fantasía, mezcla de estilos en el dibujo, anacronismos a mansalva (¡sale Astroboy, viva!), paréntesis argumentales que fracturan el ritmo, homenajes a Botticelli, Degas, Delacroix, Modigliani, Picasso… qué sé yo. Un esfuerzo valioso por presentar un producto vanguardista y rompedor en sus formas, pero con un contenido más pobre de lo acostumbrado en Tezuka. No aporta nada nuevo al personaje de Cleopatra, por ejemplo, que es presentada como la clásica seductora que mediante sus artes sexuales domina a los hombres; Julio César directamente es un gañanuzo déspota con el cerebro en el glande, y Marco Antonio es evidente que sufre algún tipo de retraso. Tragicomedia caricaturesca marca Tezuka a todo gas. Por cierto, el apartado musical, otra vez bajo la tutela de Isao Tomita, EXCELENTE.

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Exacto, Julio César es VERDE. Todo bien.

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No tengo mucho más que añadir sobre Kanashimi no Belladonna a lo que escribí hace unos meses aquí, salvo que ha sido restaurada y publicada en Blu-ray este verano. Cuando hice la reseña todavía no se sabía nada de una reedición, por lo que la noticia después me alegró muchísimo. La película lo merece. Es mi favorita del Animerama y sin duda mi preferida también de las que hoy expongo. Si no la conocéis o no la habéis visto, no comprendo a qué estáis esperando. Es una verdadera obra de arte, aunque no para todos los paladares, desde luego.

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Casi 20 años después, Eiichi Yamamoto decidió vincularse a otro largometraje de tipo erótico: Kôshoku Ichidai OtokoEsta película es una joya. Todo en ella es fascinante, el arte, tan ukiyo-e y delicado, la historia, los personajes… Sin duda tras Kanashimi no Belladonna es la que más me gusta de las cinco. No me explico cómo no es más popular ni tampoco entiendo la razón de que haya pasado tan desapercibida. Es probable que mi entusiasmo se deba a que conozco la obra literaria, de la que es una adaptación bastante libre: Hombre lascivo y sin linaje (1682) de Ihara Saikaku. Fue una novela que me gustó mucho cuando la leí. Creo que merece su propia entrada, así que no me alargaré demasiado.

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Hombre lascivo y sin linaje fue escrita en ese momento del Periodo Tokugawa donde la clase burguesa estaba medrando y haciéndose dueña de la vida urbana en Edo y Osaka. A su nueva sensibilidad hedonista del mundo flotante iba dirigida, y a ella representaba; el autor lo hizo además parodiando una de las grandes obras de la nobleza cortesana: Genji Monogatari (s. XI) de Murasaki Shikibu. Podríamos decir que es como una especie de novela shunga (si lee esto alguien especializado en literatura japonesa querrá ahorcarme), y cuenta la vida y desventuras de un hombre, hijo bastardo de un rico chônin, que a pesar de tener en su mano la posibilidad de ser un hombre rico, lo tira todo por la borda porque le gustan demasiado las mujeres. Yonosuke es un seductor, un Príapo sin remedio al servicio del placer.

La película no se centra tanto en Yonosuke sino que divide el argumento en dos historias paralelas, describiendo las experiencias de un par de hombres muy distintos con una hermosa e inaccesible geisha llamada Komurasaki. Uno es un donjuán, otro un pardillo poco atractivo; uno es experimentado y hábil, otro torpe e ignorante. No es el argumento más original del universo, pero la enorme belleza estética del film suple con creces esa carencia, haciendo de su desarrollo una travesía hipnótica. Y como escribía hace unas líneas, no voy a extenderme más porque Hombre lascivo y sin linaje tendrá su entrada individual en breves.

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Podría haber seleccionado Mezzo Forte (2001) también de Yasuomi Umetsu, pero A Kite (1998) me gustó mucho más. Son dos OVAs de hentai sin sutilezas. Hentai en su noción pura japonesa de “sexo pervertido”. Y de calidad, tanto en la animación como en el argumento. No es un anime precisamente largo, por lo que se echan de menos ciertas cosas: unas relaciones entre los personajes más definidas, unos perfiles psicológicos más hondos y una historia un poco más compleja. A pesar de sus defectos, como unas escenas de acción muy requetebién ejecutadas…. pero inverosímiles a ratos también (pero muchomucho), se ha sabido sacar partido a una base simple de manera eficaz y brillante, dosificando la información y con unas vueltas de tuerca formidables. Y ese final con los gatitos… muy bueno. A kite no gira en torno al sexo, su argumento no está al servicio de las escenas pornográficas; el sexo que aparece, que tampoco es tan abundante, es una acción más de las tantas que se suceden en las OVAs. No sobran y tienen su sentido, pero no acaparan protagonismo.

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Sawa es una adolescente cuya familia fue asesinada delante de sus propios ojos. Sola en el mundo, únicamente tiene de amparo a un policía corrupto llamado Akai, que la utiliza en su propio beneficio. Él y su socio Kanie la han entrenado para convertirla en una asesina segura y eficiente. Un día, aparece otro chico llamado Oburi, que también se encuentra bajo el dominio de la pareja, y a Sawa no acaba de hacerle demasiada gracia… Un guion sencillo que va progresando entre secuencias de violencia extrema y sangre, mucha sangre. Aun así, posee una sobriedad elegante que me recuerda a Blood, the last Vampire (2000), pero con bastante más enjundia que esta última (aunque sin tanto dinero detrás). Sawa es la estrella indiscutible, además del personaje mejor delineado y con una evolución fascinante. El resto son bosquejados a la manera impresionista, sin mucha precisión pero con los trazos necesarios para entender lo suficiente sobre ellos.

No son unas OVAs perfectas, pero sí sólidas. Están repletas de simbolismo y pequeños acertijos cuya solución suele ser inesperada, pero completamente lógica. La lástima es que solo sean dos OVAs, porque Kite Liberator, su secuela, no les llega ni a la suela de los zapatos. Es prescindible. A kite es un producto violento y descarnado, que no solo gustará a los seguidores del hentai, sino que tiene todas las papeletas para cautivar a los fans del thriller policíaco. Consejo: huid como de la peste de la adaptación cinematográfica estadounidense que se hizo de esta obra. Es caca. Una caca graaaande.

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Creo que sobra advertir que estos son mis gustos y esta es mi mini-lista. Y como podéis observar, no están ni Bible Black, ni Oni Chichi ni Ai Shimai ni ninguno de los cientos de hentai más que se os puedan ocurrir y opinéis son mejores. No sé si lo recordáis, panda de rufianes, pero este es un blog personal y no un artículo periodístico. No offence. También me doy cuenta de que esta entrada va a producir desagrado en algunos y el adiós en otros, pero qué le vamos a hacer, no se puede gustar a todo el mundo. El sexo y la pornografía son temáticas bastante susceptibles de herir sensibilidades a pesar de los pesares. No ha sido mi intención hacer ningún juicio de valor, y he procurado ser lo más aséptica posible, ya que para mí la sexualidad es solo una faceta más de la naturaleza humana. Ni mejor ni peor que otras, aunque siempre se esté utilizando como herramienta. Y sí, es muy cansino… pero ya nos hemos acostumbrado a esa hipersexualización de la sociedad, aunque ciertos tabúes sigan existiendo, claro.

Y esto ha sido todo por hoy. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Inio Asano

Proseguimos con vuestras sugerencias para el verano, y esta vez toca uno de los autores más interesantes del panorama del manga actual. Además posee un público entregado y numeroso (en el que me incluyo), que sabe apreciar ese carácter suyo tan grunge. Gabriela Ip desde facebook me pedía que escribiera sobre Oyasumi Punpun (2007-2013) o cualquier otra obra de Asano. Como me has dado a elegir, querida Gabriela, he preferido centrar mi atención en algunos one-shots que ha publicado este mozo. No es que Oyasumi Punpun me parezca mal manga, todo lo contrario, de hecho lo amo; pero me he inclinado hacia obras no tan densas y más fáciles de digerir. Es veranito por estos lares y tampoco quiero ponerme muy pesada. Ya tengo de por sí una tendencia desgraciada a meter chapas letárgicas, y no quiero hacerme más aburrida de lo habitual. Creo que estos yomikiri, que tienen también su intríngulis (es Asano, qué carajo), brindarán más dinamismo a la entrada sin necesidad de dormiros.

He seleccionado 6 en total y, aunque son puro Asano todos, los registros son bastante diferentes unos de otros. También la calidad es variable, no obstante ninguno de ellos es una bosta, y merecen una lectura atenta. Tanto si conoces ya la obra del autor como si quieres arrojarte por primera vez a sus precipicios, resultan una buena opción.

Funwari Otoko (2016)

A gentle man o Funwari Otoko es realmente cortito, 14 páginas. Es un manga promocionado por una marca de shôchû llamada Funwariy como impulsor de él, tiene una pequeña presencia en la historia. ¿Es publicidad? Sí, claro, pero Asano lo maneja de forma tan natural que no se percibe como propaganda en sí. El producto en cuestión está bien incrustado en el argumento, no acapara protagonismo ni molesta. Aclarado este primer tema que puede suscitar cierto recelo (antes de leerlo yo también me encontraba algo suspicaz, lo admito), vayamos con el one-shot en cuestión.

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La protagonista es una treintañera típica japonesa y con un carácter algo cínico, que se refugia en el trabajo para olvidarse de todo y llenar el vacío que siente. Vamos, una chica normal de su edad, viviendo sola en la gran ciudad y que ha sufrido unos cuantos desengaños… aunque no los suficientes para que la colme la amargura. Tiene una tendencia muy graciosa, con la que me identifico totalmente, de sobreanalizar las cosas en milésimas de segundo además. Aunque en el caso de la joven, ella confía en sus impulsos y da un paso adelante… y yo me habría hecho los 100 metros lisos en dirección opuesta al sujeto en un tiempo récord. Porque, como deduciréis, el chico de la ilustración está interesado en Nori, que así se llama la moza. O eso parece.

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Como se trata de un yomikiri tan escueto, no puedo contaros mucho más, pero su sencillez no implica una historia imbécil. Asano es un maestro a la hora de plasmar las emociones humanas con habilidad, incluso las más complejas, y lo consigue en esta docena de páginas con originalidad y solvencia. No va a cambiar el rumbo del planeta, pero es un tebeo tierno y que no deja mal sabor de boca. Asano está bastante comedido y el arte es estupendo. Creo que es casi imposible que este hombre dibuje algo mal, no obstante.

Bakemono Recchan (2015)

Bakemono Recchan contiene ciertos guiños a Oyasumi Punpun, pero es un manga bastante distinto. Ambientado en un instituto, cuenta las vivencias de Antô-san, a la que todos llaman cariñosamente Recchan. Ella no es una estudiante más, es una chica con cara de monstruo. Es retraída pero de corazón noble; y en vez de sufrir la habitual marginación con su ulterior acoso escolar, Recchan es como una especie de mascota de la clase. Todo el mundo la adora y ensalza de manera exagerada y sin motivo; hacen de su deformidad un símbolo, como si no existiera incluso. Pero la delegada de su clase, Nakajima-san, ni piensa ni opina igual. ¿Es envidia? ¿Es repugnancia por la actitud gazmoña de los alumnos? Pues, como sucede en la vida, una mezcla de ambas.

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Me ha gustado mucho este manga y cómo Asano juguetea con la corrección política, que en Japón es salvaje, para tachar de hipócrita a todo un instituto. O a una nación. Se mueve entre dilemas morales muy peliagudos, porque trata el tema de la discriminación de forma bastante cruda. Recchan es un bakemono, un monstruo; es algo que no se puede negar, que es lo que sus compañeros no aceptan. Y cuando se comporta como tal, le dan la espalda. Asano nos habla de la importancia de la honestidad, pero que tampoco tendría que estar reñida con la compasión y la tolerancia. Un poco como La Metamorfosis de Kafka, pero al revés. Interesante.

Himawari (2010)

Este one-shot está incluido en el primer art-book publicado por Asano: Ctrl+T 浅野 いにお WORKS. No he tenido la oportunidad de ver ese volumen ni sus contenidos, salvo este relato y otro más, Haruyo Koi, que es un pequeño cuento en el mundo de Solanin.

Himawari o Girasol tiene mucho de Nijigahara Holograph. Esa estructura no-lineal, totalmente dependiente de las emociones del protagonista; el desglose de información errático pero eficiente; la fuerte carga simbólica, que desperdiga sus semillas de forma aparentemente aleatoria (pero no); y una tragedia como desencadenante del cataclismo personal del protagonista. Me gustaría escribir algo más sobre Himawari, pero me temo que tanto por la propia naturaleza del relato como por su extensión, no puedo hacer mucho más. Y creo que hasta me he pasado con lo que ya he puesto.

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Las temáticas que se tocan son, por supuesto, la culpabilidad, el sexo y también la autodestrucción. El aislamiento y la eterna sensación de no encajar, de no ser nunca suficiente. Muy en su línea Asano. Es un manga que, como le sucede a Nijigahara Holograph, hay que leer un par de veces, con la ventaja de que no es tan complicado ni enrevesado como este último. Aunque, achtung meine freunde! según qué traducción leáis, puede resultar un tebeo bastante confuso, que es lo que le faltaba a la historia. Advertidos quedáis.

Kinoko Takenoko (2013)

Es muy evidente la influencia del querido Shigeru Mizuki y su imprescindible Onward towards our noble deaths (1973) en este one-shot. Hace unos meses dije que escribiría una reseña sobre él, y todavía no lo he hecho. Shame on me! Pero lo tengo en mente desde hace tiempo, no lo voy a olvidar tan fácilmente. Regresando a Kinoko Takenoko, como bien deduciréis, se trata de un manga bélico. Pero estamos hablando de Asano, por lo que no será un tebeo al uso del género. Para empezar, la contienda tiene lugar en un lugar impreciso del planeta. Podría ser una guerra entre Japón y China (aunque parecen dos naciones continentales), por ejemplo, pero está claro que Asano plasma muy bien esa égida militarista y totalitaria que exacerba en una población que ya está sufriendo las consecuencias directas del conflicto, un sentimiento de ultranacionalismo cegador. El odio irracional hacia el enemigo, al que no se considera ni humano, el patrioterismo, el orgullo casi racista, la manipulación ideológica… no hace falta ser un historiador especializado en Asia Oriental para ver que Asano se inspiró en su propio país, en el kokka shugi de la era Shôwa, pre-Segunda Guerra Mundial. Tampoco hay que olvidar que actualmente en las islas existen movimientos políticos afines a ese fascismo japonés: los uyoku dantai.

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El argumento tiene de protagonistas a dos adolescentes pacifistas, que observan con estupor cómo la guerra, a través del miedo y el fanatismo, deforma el mundo que los rodea. El chico, armado con su teléfono móvil, quiere dejar registrada para la posteridad la enorme estupidez del ser humano. Es un defensor a ultranza de la vida, incluso llegaría a entregar la suya por salvar otra. Pero la guerra es cruel, y pone a prueba los límites de las convicciones más nobles y arraigadas con suma facilidad.

Inio Chan’s cool Japan (2015)

No sé mucho de este cómic, salvo que Asano lo escribió para la web de Big Comic Spirits. Tampoco cuál era el contexto. Es muy, muy corto, y por eso me gustaría pensar que está concebido para formar parte de una serie de varios yomikiri, donde el autor nos brindaría retazos de su particular visión de Japón. Pero creo que no es así.

Asano da un repaso bastante sarcástico, pero a la vez cariñoso, a ese Japón decadente que se encuentra en las zonas rurales. Es un hecho que se están quedando despobladas, y su pequeña producción industrial, artesanal y agrícola se encuentra agonizando. Todo el mundo quiere vivir en los grandes núcleos urbanos, donde existen más oportunidades de medrar. Y esto es lo que nos muestra el autor, una mini-visita turística a uno de esos pueblos anodinos de pasado floreciente, y que ahora no lo es tanto. Para ello se sirve de la caricatura y el absurdo, donde se mete caña hasta a sí mismo.

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Como ya he comentado, si formara parte de algo más amplio, lo podría encontrar más atrayente. En solitario es divertido, aunque precisa de unas mínimas nociones sobre el país para captar mejor las ironías. Pero poco más. Sería muy interesante que Asano publicara periódicamente más visiones suyas sobre el Japón molón, la verdad, pero me temo que me quedaré con las ganas y este Inio Chan’s cool Japan se quede solo en una anécdota curiosa, pero olvidable.

New Year’s Eve (2012)

Fumar es muy malo, niños y niñas, no lo hagáis nunca.

Tras la advertencia, este New Year’s Eve fue incluido en el recopilatorio Cigarette Anthology (2012-2013), donde también colaboraron gente como Natsume Ono, Fumiko Fumi o Shinichi Sugimura. Son one-shots que comparten el tabaco como nexo común. Este de Inio Asano, honestamente, me ha dejado un poco fría. Quizá es que el tema lolita no lo llevo muy bien, pero aun así creo que está llevado con sutileza y, como no es largo, no chapotea en barrizales. Más bien al contrario.

Durante la reunión familiar de todos los años por Año Nuevo, nuestra protagonista está algo disgustada porque su tío favorito solo puede estar con ellos unas horas. Al día siguiente tiene que volar a Sri Lanka por cuestiones laborales. Secchan además está algo de bajona ante el mundo adulto que hace poco ha abierto sus puertas ante ella: novio formal y responsable, ir a la universidad en Tokio, descubrir que su tío tiene pareja, etc. ¿Qué puede hacer si continúa añorando la infancia? Pues lo que nos cuenta Asano, eso hace.

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Estoy teniendo una racha majeta de publicar entradas, pero no os penséis que soy una especie de fenómeno, tan solo estoy finalizando unos de tantos borradores que tengo a medio escribir. Son todos nuevos, porque los más antiguos me dan un perezón horrible… AY. Pero irán cayendo, claro que sí.

Por cierto, la semana que viene el blog cumple 2 años. ¡Cómo pasa el tiempo! No tengo nada planeado para celebrarlo, como la prota de New Year’s Eve, me encuentro bastante apática. Creo que mientras los pocos lectores que me acompañáis sigáis conmigo, me doy por satisfecha completamente. Y eso ha sido todo por hoy. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Copernicus’ breath

¡Continuamos con vuestras sugerencias veraniegas! Jane, que junto a Umibe dirige el excelentísimo blog El Destino de la Flor de Cerezo, me propuso dedicar una entrada a alguna obra de la mangaka Asumiko Nakamura. No es la primera vez que hablo de ella por estos lares (ni será la última), los lectores habituales ya sabéis que me considero fan absoluta de esta mujer, por lo que la petición de Jane fue muy bienvenida.

¿Cuál escogí? Pues me incliné por la primera serie que publicó completa: Copernicus no Kokyû o Copernicus’ breath. Consta de 13 capítulos distribuidos en dos tankôbon y salió a la luz entre 2002 y 2003 en Manga Erotica F. Este magazine de carácter bimensual ha alojado entre sus páginas a gente como Inio Asano, Natsume Ono, Shintarô Kago o Takako Shimura. Os podéis imaginar que sus contenidos no son para adolescentes, sino que van dirigidos a un público maduro y algo curtido. No está dedicado exclusivamente al erotismo como podría hacer pensar su nombre, pero el sexo tiene una presencia importante… al igual que otras temáticas menos comerciales. Tiene también especial cuidado con el arte y sus autores, lo que hace de Manga Erotica F una publicación a la que siempre vigilar. Y Copernicus’ breath se encuentra encajado a la perfección en su línea editorial.

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No sé muy bien cómo afrontar esta reseña, porque se trata de una manga bastante crudo y explícito en numerosos aspectos. Aquellos que conozcan a la autora por Utsubora o Dôkyûsei, que son las obras publicadas en español, pueden encontrarse con una tremenda sorpresa. Su registro es bastante diferente, no en vano es una mangaka versátil dentro de ese estilo tan característico suyo. No tiene la ternura o ingenuidad del BL púber de Dôkyûsei ni por asomo; es más próximo a Utsubora, pero mil veces más salvaje. Y si digo salvaje, es que es brutal: incesto, pedofilia, coprofilia, sadomasoquismo y otras parafilias emergen en sus trazos. Y no solo eso, la historia que cuenta es retorcida y feroz. Así que los niños a la cama, Copernicus’ breath es para mayores. Y ni siquiera sé si este manga es para todos los mayores, so handle with care.

Nakamura cuenta que se inspiró a la hora de crear este cómic viendo al Circo de Bombay, en un viaje al sur de la India. El mundo del circo indio tiene una reputación terrible, con actividades que van desde el secuestro y compraventa de niños, explotación laboral, maltrato, lenocinio, etc. La autora no pudo dejar de observar esta sordidez, aunque no presenció ningún delito, y decidió crear un manga dedicado al circo y la prostitución. Para ello también consideró idóneo enclavar temporalmente su historia en los años 70, una década en la que el mundo del circo en general estaba sufriendo una profunda reforma. El concepto de Circo que se constituyó en el s. XVIII y tuvo el apoyo de la burguesía a lo largo de los siglos XIX y XX, ya no tenía lugar en una sociedad capitalista que satisfacía su ansia por el espectáculo y lo asombroso en otros ámbitos. El Nouveu Cirque estaba naciendo, fue un momento de renovarse o morir; y esta crisis, como resultan ser todas, no fue fácil para ese mundillo.

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Nido de Pájaro es un payaso que trabaja en el decadente Cirque du Soir, dirigido por el déspota Auguste Kirillov. Este es un hombre de edad madura que no tiene ningún escrúpulo en disponer de sus artistas como si fueran meros trozos de carne. Nido de Pájaro, que es un adolescente, es utilizado como desahogo sexual de Kirillov, y obligado a realizar las tareas más humillantes del circo. Ser payaso es pertenecer al escalafón más bajo de este microcosmos, y casi todos lo tratan con desprecio, incluida la estrella del lugar, Mina la trapecista. Esta es especialmente cruel con él, aunque ella a pesar de su posición dentro del circo, no puede evitar, ni muchísimo menos, ser ofrecida por Kirillov a clientes de exigencias brutales.

Nido de Pájaro esconde un pasado trágico, que se irá desvelando poco a poco, y en torno al cual orbitarán como si fuera el sol, todos los acontecimientos que sucederán a lo largo de su vida. Le acompaña un espectro llamado Michel, que reclama su atención sobre todo aquello que no desea afrontar. Nido de Pájaro es un chico muy atormentado y presa de una anhedonia autodestructiva, que le hace ser completamente insensible a los sentimientos de los demás, y actuar en ocasiones de forma tan cafre como el resto. Es su coraza, es su máscara que, con el paso del tiempo, se irá resquebrajando.

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Un día acude al circo un diplomático japonés, Makoto Oonagi, y decide comprar a Nido de Pájaro para hacerlo su amante. Oonagi es un pedófilo, pero esta vez ha seleccionado a un chico más crecidito. Lo lleva a su casa, donde residen su esposa y cuñado, más o menos de su misma edad. La relación con ella, que es consciente por entero de las desviaciones de su marido, no es nada fácil. Es una mujer fuertemente traumatizada y con una obsesión enfermiza hacia su hermano. Este, de nombre Michel (como el fantasma), es el único humano de la casa que podríamos considerar medio normal, aunque no tardará en salpicarse de inmundicia. De hecho, casi puedo aseverar que no hay personaje en Copernicus’ breath que no acabe revolcándose en una pocilga. Todos terminan de una forma u otra afectados seriamente por la malicia y el egoísmo. Nakamura no es compasiva, pero conoce bastante bien los mecanismos humanos mentales, recreándolos en todo su abyecto esplendor.

I fly. In accordance with Copernicus’ breath, through Copernicus’ starlit sky. Eventually, I’ll break off from the swing and become a constellation. I’ll become Copernicus’ constellation.

El argumento podríamos dividirlo en tres partes distintas: vida en el circo, residencia con Makoto Oonagi e independencia. En cada una de ellas la autora presenta un planeta distinto, con sus propios personajes y dinámicas; muy bien perfilados y que conforman un tapiz bastante intrincado. Sin embargo, el sempiterno fantasma de Michel, símbolo de su culpabilidad, es una constante que lo acompañará sin darle tregua alguna, desquiciándolo lentamente. Un pequeño epílogo al final solventará algunas dudas respecto a personajes secundarios, pero el final no deja de ser abierto. ¿Es eso malo? Yo creo que no. Después de tremendas montañas rusas y vaivenes a lo largo y ancho del manga, es un regreso a lo ordinario que resulta hasta esencial para una conclusión coherente.

El desarrollo de la historia, y cómo va dosificando la información para mantener el suspense, es brillante. Los juegos de espejos, la mezcla de realidad y delirio, así como el misterio que envuelve el pasado de Nido de Pájaro y otros personajes, saben mantener el interés. Otro tema es la densidad del argumento y cómo los más minúsculos detalles hacen precisa una lectura atenta y reposada. No es conveniente leerlo rápido aunque el dinamismo del arte invite a ello. La estructura básica de Copernicus’ breath son, precisamente, los giros copernicanos que Nakamura utiliza para hacer avanzar su historia. No son simples vueltas de tuerca, las perspectivas globales cambian, y encima en momentos de gran trascendencia. Pero quizá sea la enorme cantidad de sentimientos exacerbados, la acumulación anómala de desgracias o que el tratamiento de algunos secundarios es más desflecado, que a ratos me encontraba algo aturdida y con la sensación de no creerme la historia. Pero solo en momentos concretos, nada serio.

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Por supuesto, Nakamura no dudó ni un instante en invocar la obra clásica circense por antonomasia del manga: Shôjo Tsubaki (1984) de Suehiro Maruo. El nivel de perversión es similar, y la autora usa algunos recursos de Maruo que resultan hermosos guiños para aquellos que admiramos su obra. Pero Copernicus’ breath no es ero-guro, su horror (que lo hay y mucho) es más bien de tipo psicológico. Y golpea duro. La influencia de Maruo, sin embargo, no es estilística, pues la mangaka posee una personalidad muy marcada bastante alejada de la de él. En Copernicus’ breath tenemos una Nakamura segura en su forma, pero a la que le falta todavía un poquito de refinamiento en algunas viñetas. Está algo sin pulir y, aunque el dibujo es fluido y elegante, hace algunas concesiones a cierto histrionismo que más adelante desaparecerá. Esa frialdad distante tan atractiva, minimalista a ratos, está muy presente sin embargo. En general es un arte delicado y preciosista, sin ninguna duda bellísimo, y que bebe de las fuentes del art nouveau y la psicodelia. Tampoco es muy complicado distinguir rastros de Peter Chung o Egon Schiele en su manierismo, que es uno de sus sellos como dibujante. Pero atención, esa deformación lánguida y acuosa también ha echado atrás a muchos lectores. Es lo que tiene alejarse tanto de lo convencional.

Como último detalle, y no menos importante, señalar el estupendo trabajo que realiza con las viñetas, donde la mayoría de las veces desaparecen, intercalando planos y rompiendo límites de manera audaz. Sirve a los propósitos de amplificar unas emociones ya de por sí desmesuradas: la locura, el odio, la lujuria, el esplín. Se observan también muchas ideas, en fase embrionaria en Copernicus’ breath, que terminarán de germinar en mangas posteriores con muy buenos resultados.

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En general Copernicus’ breath es una obra soberbia, no perfecta, pero impresionante. Nakamura es muy cuidadosa, y ha sabido hacer evolucionar a sus personajes física y psíquicamente con acierto. No es desde luego un manga para todo el mundo, esta autora es muy amiga de tocar asuntos espinosos, incluso tabú, sin miramientos. Pero también posee una pulcritud que atempera el primer impacto. No es una historia dulce sobre la amistad o un amor naciente, habla de las miserias humanas, la oscuridad del alma y la complejidad del dolor, que tiene también su belleza. A pesar de sus sutilezas, no es para lectores aprensivos, requiere temple. Es excesiva e intensa. Aunque… bueno, tampoco tanto. O a lo mejor es que tengo la sensibilidad de una alcantarilla, que también puede ser. ¿Lo recomiendo? Pues miren, hagan lo que les dé la gana, señores. Mis gustos siempre han sido muy particulares y con pocas personas suelo coincidir en criterio. Así que ustedes mismos verán.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.