Entre lluvia y sombreros tropecé con cierta historia

Lo he comentado en otras ocasiones, pero lo vuelvo a proclamar de nuevo: el yaoi me aburre. Not my cup of tea. Pero eso no es óbice para que curiosee y busque relatos que puedan atraerme. De hecho, he leído obras que me han entusiasmado y he descubierto que es un género donde se está arriesgando muchísimo, acogiendo tebeos la mar de originales y con autoras que se han convertido en imprescindibles para mí, como Asumiko Nakamura o Est Em. Se podría decir que se encuentra en unos momentos de creatividad muy interesantes, y evolucionando rápido; cosa que no sucede en otras demografías y estilos, algo más estancadillos. Esto no significa que no haya becerradas mojabragas y fanservice a dolor en el Boys’ Love. Porque haberlos, haylos. Sin embargo, los productos que destacan lo hacen de verdad, muy por encima de la media general. Aunque claro, como existe cierto prejuicio hacia el género (posiblemente yo también lo tenga) y su fandom es algo “nervioso”, comics estupendos pasan desapercibidos para una gran mayoría. Hay que ponerle remedio.

Como os decía, no soy fujoshi ni tampoco lectora habitual de BL; así que el tebeo de hoy, Canis Stories de Zakk (pseudónimo de Ishie Hachi), seguro que es un viejo amigo para los connoisseurs. Mis queridos malolientes otacos, pido disculpas por haberme caído de un guindo. Aun así la entrada de hoy estará dedicada al manga en cuestión. Porque me está pareciendo fetén, oigan.

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Canis, canis. Sustantivo de género común perteneciente a la tercera declinación, tema en -i. Traducción al castellano: perro, sabueso, subordinado. Estas “historias de perro” poseen, como sugiere el título, algo de canino. A veces tierno, otras salvaje… pero siempre leal. Las facetas más conocidas de nuestros amigos ladradores aparecen en este manga representadas de forma bastante original, demostrando que peludetes y humanos tenemos bastante en común. Este es el sustrato sobre el que la autora desarrolla sus relatos. Y digo relatos porque, aunque Zakk comienza y parece que finiquita cierta historia, el perro continúa su vagabundeo por otra bien distinta. Canis Stories sigue en publicación, además. Desde 2012 que empezó a serializarse en Opera,  ha alcanzado los 4 tankôbon. Y deseo que le sigan más, uno por lo menos porque no nos pueden dejar así, coñe.

Los tres primeros, Canis: Dear Mr. Rain y Canis: The Hatter (2 y 3), están dedicados a Satoru Kutsuna, de oficio sombrerero, y a su extraña relación con el enigmático Ryô Kashiba. El cuarto volumen, Canis: The Speaker, se enfoca en unos personajes del antiguo entorno de Ryô Kashiba. Hombres con vida muy espinosa desde la niñez, siendo su infancia precisamente el punto de partida. Mientras el trío inicial resulta la acostumbrada narración BL, con dos bishônen de protagonistas y el romance como médula argumental, el último es… otra cosa. Horrible, sórdida y dura como un diamante. De un cuento tierno e inofensivo, pasamos a una novela negra. Me ha sorprendido bastante ese cambio tan radical de tono, aunque posee su lógica interna. Y me ha gustado mucho también. Sin embargo, admito que el giro no será de agrado general, pues el público del yaoi más rosado no suele sentirse atraído por cuentos de yakuza y violencia sexual. Pero vayamos con un poco de orden (solo una pizca, no os malacostumbréis), comencemos por el principio.

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Satoru Kutsuna es un artesano, un diseñador de sombreros que mediante su talento está consiguiendo abrirse camino en el mundo de la moda y los complementos. Dirige su propia tienda junto a dos colaboradores, que sufren estoicamente su alarmante perfeccionismo. Kutsuna es un hombre con el que resulta arduo trabajar por su irritante minuciosidad y falta de tacto, lo que está haciendo muy difícil conseguir que se mantenga en su empleo el imprescindible cuarto miembro del equipo. Todos acaban despidiéndose, por lo que el negocio no termina de despegar tampoco. Un día se tropieza con un joven que se encuentra tirado en la calle y, llevado por la compasión, en un impulso se lo lleva a casa. Como si fuera un perrillo desamparado. No puede evitar recordar la llegada a su vida del que fue su mejor amigo durante la infancia, un Shiba Inu abandonado en una caja: Kotarô. Kutsuna siente debilidad por las cosas rotas y desvalidas, no las puede dejar pasar. La cuestión es que este nuevo cachorro le agujereará el corazón sin darse cuenta.

Ryô Kashiba, que así se llama el chico, es de Nueva York, aunque su familia sí proviene de Japón. Dice que ha ido hasta allí para morir. Nada más, es todo un misterio. Kutsuna lo contrata para que haga tareas de maniquí en su tienda, y descubre que todos, todos, TODOS, los sombreros que ha hecho y que piensa realizar, le sientan maravillosamente. La presencia de Ryô lo inspira, y a los clientes también. Y a partir de estas premisas, Zakk nos zambulle en el día a día de un profesional de la moda, su pasado, su presente y su futuro, presentándonos a su querida abuela, a su sempiterno rival Gotô (que es su acicate para progresar y le ayuda más de lo que le gustaría reconocer), a su ayudantes A-ko y B-O o a su amigo peludo Kotarô. Cierto que son más bien figurantes con las pinceladas justas para hacer congruente la historia, pero son importantes en la vida de Kutsuna.

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Ryô es el enigma que se va desentrañando. Poco a poco, lentamente. Su pasado en Estados Unidos está relacionado con el crimen organizado, aunque él se encuentre en el escalafón más bajo de la jerarquía. Es el chucho, el chico de los recados que todos usan y al que no prestan atención a pesar de su conmovedora fidelidad. Y hasta ahí puedo contar, sin embargo aclaro que Ryô Kashiba es transparente como un vaso de agua. Un alma pura.

Me llamó inmediatamente la atención lo bien que plasmó la autora, al inicio del manga, ese prejuicio que tienen los japoneses hacia los extranjeros, la inmediata desconfianza que provocan; así como el estereotipo del hâfu o medio japonés, que se les encasqueta el papel de modelos o actores por su, ejem, exótica belleza. Y como modelo lo contrata Kutsuna, por cierto. También muestra esa ineptitud hacia los idiomas extranjeros del que hacen gala en las islas, sobre todo hacia el inglés, y otras pequeñas pero muy curiosas críticas sociales de baja intensidad que sirven para enmarcar el argumento. Zakk se sirve también del humor para suavizar algunas aristas que podrían hacer del tebeo una historia algo más cruda, pero también más vulgar. Los recursos cómicos son modestos pero muy naturales, lo que otorga una espontaneidad candorosa.

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En Dear Mr. Rain y The Hatter hallamos la habitual idealización de las relaciones homosexuales del Boys’ Love, así como el acostumbrado peaje de fanservice. Nada del otro jueves, sin embargo a su favor debo señalar que Zakk lleva los tópicos del género con sencillez y sutileza. Plantea la historia como un slice of life, sin complicaciones. El romance se va introduciendo de manera paulatina e inclinándose por la vertiente ingenua y limpia. Más que un yaoi, parece un shônen-ai. Es el reencuentro de Kutsuna consigo mismo para lograr un autoconocimiento más profundo, y superar la pérdida del amor verdadero. Ese sería el resumen en bruto. Kashiba no deja de ser un instrumento al principio, un mero sustituto que cubre temporalmente el vacío, para luego convertirse en un descubrimiento vital. De inumimi psicológico pasa a ser humano. Son muy interesantes los paralelismos que la mangaka realiza en sus viñetas, mostrando el fuerte contraste entre la vida de uno y otro. Cómo han llegado hasta donde están, su proceso de evolución personal y, a pesar de las tremendas diferencias, cómo su colisión logra que se complementen de manera natural. Y según funcionan las relaciones humanas, la suya también padece de altibajos, por supuesto. Pero Zakk soluciona todo con la suficiente dosis de terneza. Y candidez. Como en las buenas comedias románticas de antaño, sin empalagar. ¡Gracias! Lo del azúcar está siendo una plaga en casi todos los géneros, resulta complicado encontrar una obra que no esté sobreedulcorada. Y encima los paladares se van acostumbrando a ello, que es lo peor.

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The Speaker se podría considerar un spin-off o también una precuela, no obstante pienso que habrá que esperar a que la serie finalice, porque también puede ser que se trate de una historia más de las que Zakk tenga pensado engarzar. O no. El registro es muy diferente al de los tankôbon anteriores. Pero mucho, de hecho la transformación resulta brutal. La vida de algunos perros puede ser tremendamente cruel. Ya no se trata de un delicado shônen-ai, dudo incluso de que se pueda catalogar como yaoi. Es un tebeo feroz por el que desfilan violaciones, torturas y maltratos; prostitución infantil, trata de blancas y tráfico de drogas. Los bajos fondos en su más deleznable esplendor.

Si la historia del sombrerero tiene lugar principalmente en Japón, este último volumen nos traslada a Estados Unidos y unos cuantos años atrás en el tiempo. Se trata del relato de tres chavales en un orfanato católico, de cómo tratan de no ser separados y advierten que en su entorno hay algo que no es normal. Algunos niños son adoptados, otros enviados a instituciones educativas y otros… desaparecen. Harold, Samuel y Tadanobu son familia, son amantes, son indivisibles. Cada uno con una virtud que lo hace brillar sobre todos los demás y que les sirve de protección: la asertividad y valentía, la inteligencia y estrategia, la capacidad de observación y el espíritu de sacrificio. Pero todos sus esfuerzos son inútiles, al final el trío es disuelto y Zakk dirige nuestra mirada al perrezno más débil de la camada. La nueva vida de Tadanobu, que ha sido vendido a la yakuza y destinado a un prostíbulo en Tokio, no resulta precisamente la misma que la de sus amigos. Lo que experimenta allí es inenarrable y su única arma para sobrevivir (y lograr reunirse con ellos) son las palabras.

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Una de las cosas que más me han gustado de ambas narraciones es el arte de Zakk. Da la sensación de que tuviéramos frente a nuestros ojos un manga de los años 90, pero triturado en la batidora de Moebius o Battaglia. Muy, muy interesante. Y bonito. Es rudo cuando tiene que serlo, y como confitura de fresas en el momento adecuado; el estilo fluye y se adapta al tono requerido a la perfección. Posee un registro amplio y versátil, me ha sorprendido para bien. Simple, contundente y muy expresivo. La composición general de las viñetas también refuerza esa noción de mutabilidad del dibujo, conservadora en sus formas pero que, en ocasiones, rompe la corriente con ángulos o planos imprevistos, dando gran importancia a ciertos detalles. A grandes rasgos, las formas de Zakk tienen todo lo bueno de la comercialidad moderna y las ventajas de añadir diminutas chispas vintage. Un win-win total.

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El arco del sombrerero es un cuento gentil sobre las facetas del amor y su floración; con brochazos bastante originales pero sujeto a ciertos convencionalismos del shônen-ai. Muy agradable y con ligera intriga. En conjunto tiene el potencial de gustar tanto a fujoshi como a profanos, y eso es todo un meritazo. Es indudable que va dirigido al público femenino japonés, no obstante la virilidad de los lectores masculinos heterosexuales no sufrirá ningún tipo de agravio por leerlo, de hecho es bastante entretenido. The Speaker es el reverso tenebroso, su argumento es más propio de un seinen de lo más inmundo, por lo que puede despistar a los que hayan quedado encantados con los 3 primeros tankôbon. Personalmente estoy disfrutando más la dimensión sombría de Zakk, porque además no se anda con remilgos ni melodramas. Es directa pero a la vez grácil, y su pluma secciona como un escalpelo. Veremos hacia dónde se dirige en los siguientes episodios, estoy impaciente por leer más. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Lady Killer o la venganza como una de las Bellas Artes

Esta es una de esas entradas que tengo atascadas desde hace meses. No porque no sepa qué escribir, el motivo es bastante más estúpido: se me olvida. Iba a formar parte de los Tránsitos del pasado octubre, sin embargo mi fabulosa memoria ha decidido que sea un día fresco y lluvioso de febrero la que alumbre esta reseña literaria. Bienvenida al mundo de internet, cariño, no te va a leer mucha gente pero por fin estás aquí.

El próximo mes de abril hará un año de la muerte de una de las grandes escritoras del noir en Japón: Masako Togawa (1933-2016). Si Edogawa Ranpo es el padre del género en las islas, Masako Togawa es la madre. Y menuda madre además. Esta mujer fue de lo más peculiar, tuvo una vida apasionante y multifacética. Da la sensación de que en nuestra actual sociedad hiperespecializada, una persona no pueda dedicarse a dos, tres, cuatro o diez actividades profesionales diferentes y hacerlo encima bien. Como si fuéramos hormiguitas concentradas en una única labor. Pues va a ser que los humanos, por norma general, pueden desarrollar distintas habilidades perfectamente. Togawa es lo que hizo. Era cantante y compositora de canción francesa, escritora, actriz, empresaria, guionista de TV y tertuliana. Casi nada. Pero es a su vertiente literaria a la que nos vamos a referir. Porque esta señora, aparte de un aspecto estrafalario con su pelo afro tricolor, ganó el prestigioso galardón Edogawa Ranpo en 1962 con su primera novela: La llave maestra (1961). Masako Togawa iba escribiendo sus obras detrás de los escenarios, entre canción y canción. En ellas plasmaba fragmentos de su propia vida y de la realidad que respiraba. Así nació también la novela de la reseña de hoy, The Lady Killer (1963), que triunfó por todo lo alto.

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Masako Togawa y su potente voz de contralto

Masako Togawa fue todo un personaje, muy célebre y querido en su país. Y ahora que parece que está tan de moda atacar el feminismo, señalar que esta dama fue feminista y murió feminista. Defensora también de la comunidad LGTBI, resultó un espíritu libre que no se dejó atar por las convenciones de un Japón conservador. Venció. No voy a eternizarme escribiendo su vida y milagros, pero es importante destacar que fue activista convencida, una creativa original y pionera audaz en diversos campos. Masako Togawa consiguió salir adelante en un género, el suiri shôsetsu, que había sido tradicionalmente feudo masculino. No escribió novelas dirigidas a un público femenino al que le gustara el noir, dejemos eso claro. Ese es un prejuicio, con cierto arraigo todavía, que da por hecho que las mujeres crean para mujeres, y los hombres para toda la gente. La perspectiva neutra y universal es, por defecto, la masculina; mientras que la femenina es específica, representa únicamente el universo de la mujer y solo tiene relevancia para ella. Pues no. Masako Togawa en los años 60 dejó muy claro que esto no era así. Una visión femenina del género negro podía ser tan válida, global y atractiva para todos como la masculina.

Suiri shôsetsu se traduce como ficción de misterio, donde el sendero del razonamiento y la deducción son primordiales. Pero, como podréis imaginar, en Japón tomó características peculiares, ya que se trata de una nación de fuerte personalidad. Comparte un aire con el cine polar francés, o al menos así lo percibo yo: la calma, la sordidez y un realismo brutal. El suiri shôsetsu también se preocupa mucho por expresar esa eterna frialdad que destila la sociedad nipona, la profunda soledad y las venganzas que se deciden en silencio y sirven ultracongeladas. Todo con una elegancia de tintes líricos maravillosa, desplegándose con serenidad incluso en los escenarios más lóbregos.

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Portada de la edición publicada por Dodd, Mead & Co. en 1985

¿Cumple esas directrices The Lady Killer? Por supuesto, trabajó en asentarlas de hecho. Existen unas cuantas autoras en la actualidad como Natsuo Kirino, Miyuki Miyabe o Mitsuyo Kakuta, que han contribuido a esa tremenda explosión del suiri shôsetsu o noir japonés contemporáneo. Ahora que se ha relajado un poco el hype, es un momento excelente para escarbar entre las raíces y recordar de dónde procede todo este alboroto. Y Masako Togawa es uno de los cimientos sin duda. De las novelas escritas por ella que han caído en mis manos, The Lady Killer es mi favorita; aunque supongo que no será la mejor. Dilucidar esos abismos de la qualité ya es oficio de entendidos, y solo soy una lectora. Lo que no he conseguido ver es su adaptación al cine, rodada en los estudios de la inefable, gloriosa y mítica productora Shaw Brothers de Hong Kong. Algún día caerá, espero.

Togawa plasmó con su pluma minuciosa un aspecto de la fémina japonesa que se ignora de manera flagrante: el rostro de millones de mujeres que no son ni kawaii, ni sumisas, ni se comportan de forma infantil, ni tampoco cumplen con el arquetipo de femme fatale. Solo son personas, normales y corrientes, inmersas en sus vidas grises. Algunas incluso basculando en los límites de la marginalidad. ¿Qué sucede con las mujeres que no son ni especialmente hermosas ni sexies? ¿Son menos mujeres, carecen de interés? Para Togawa sí que lo tenían… y continúa siendo así para otros escritores aún. Ella abrió la veda del personaje femenino dentro del noir que no se deja encorsetar por las exigencias sociales y estilísticas del género. Adiós, muñeca de porcelana; sayonara mujer dragón; hola, mujer melancólica.

La melancolía es un sentimiento muy curioso que, con suma facilidad, puede mutar en plaga y licuar el corazón con su bilis. La mujer melancólica de Togawa no está loca, pero la amargura la ha transformado. En silencio, lentamente. ¿Y por qué surge esta melancolía? Los motivos no son únicamente sentimentales. Puede ser algo tan acuciante como la falta de dinero o el nacimiento de un hijo muerto; pero irá creciendo, poco a poco, hasta que detone en un calculado estallido de oscuridad sin fin.

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“Belleza verdadera” (1897) de Toyohara Chikanobu

The Lady Killer es una obra corta, meticulosa y absorbente. El punto de vista gira como una peonza de un personaje a otro, creando una atmósfera de atmósferas traslúcidas. A pesar de su estructura, no resulta borrosa en ningún momento porque el estilo nítido y agudo de Togawa no da pie a la confusión. Todos los personajes aparecen delineados con pericia y claridad según su relevancia, enmarcados en su propia realidad desapasionadamente. Porque los espacios que describe la autora son los que conoció en vida muy bien, la noche de los clubs tokiotas con su pintoresca fauna. Entre ellos se mueve Ichirô Honda, un ingeniero de éxito casado con una rica heredera. Es un hombre atractivo que presume de un narcisismo indigesto y esconde un talante cobarde. Nada tampoco del otro mundo, como él hay cientos, pero que sabe sacar provecho muy bien de su aspecto algo exótico. Tiene una noción del mundo muy propia del hombre japonés de la época, donde la mujer no deja de ser un bonito accesorio intercambiable.

Son los años 60, el país disfruta en pleno del “Milagro japonés” que tras la derrota en la II Guerra Mundial y la ocupación americana, relanzó a Japón de nuevo a la palestra como una nación moderna y competitiva. Honda representa eso. Indolente, egoísta, brillante… y víctima de su triunfo. Pura testosterona. Tiene mucha seguridad en sí mismo y es un gran seductor. Lleva incluso un listado pormenorizado, al que llama Diario del cazador, en el que explica sus numerosas conquistas sexuales. Pero sus presas, a las que deshumaniza sin contemplaciones, no son del todo casuales. Siempre son mujeres vulnerables y solitarias, doloridas por la falta de afecto. Honda estudia con precisión a la víctima elegida y se metamorfosea en el tipo de hombre que anhela. Miente sin ningún tipo de rubor para lograr sus fines. Y a la noche siguiente a por otra. Y otra, y otra, y otra. Sin mirar atrás y sin remordimientos, convertidas en trofeos cinegéticos de su diario. Es una compulsión de la que no puede escapar y a la que muy pocas se resisten.

Honda se acercó y colocó la mano en su rodilla. Ella la rechazó pero sólo consiguió avivar su deseo, y él se echó encima, tirándola al suelo y atacándola con manos y labios. Se resistió con ferocidad.
Después de treinta minutos Honda se rindió. No podía creer que estuviera pasándole eso a él… ¿Por qué? Se separó de ella y la miró a los ojos.
—Lo siento. Hoy no tengo ganas —le dijo.
Se arregló la falda que casi le había quitado en la lucha. Tenía lágrimas en los ojos.
Ichiro se preparó para marcharse. Se levantó y se dirigió a la puerta. A medio camino se detuvo.
—¿Tienes novio?
—Oh, no. No tengo ninguno.
(…) Esa mujer era distinta a la que había aceptado sus besos, con el cuerpo temblándole de emoción, en la torre de Tokyo apenas unas horas antes. Ahora la veía tal y como era de verdad: obtusa… egoísta… una mujer perdida en sueños de amor verdadero… ignorante… nada.

Pero un día descubre que varias de sus amantes han sido estranguladas. Siendo las muertes de cada una de ellas coartadas encadenadas para Honda, pues lo único que tienen en común esas mujeres asesinadas es que se acostaron con él. Sabe que algo siniestro lo acecha, de cazador ha pasado a presa; y la policía no tarda en darle alcance. Su rutina nocturna en Tokio es a nivel moral bastante reprobable, pero resulta algo muy diferente de matar a varias personas con sus propias manos. Es inocente de los crímenes pero, ¿quién ha tejido esa concienzuda trampa en la que ha caído?

Masako Togawa encauza con habilidad una historia donde nada es lo que parece. Sus dos protagonistas, envueltos en los tentáculos pegajosos del odio, la culpabilidad y el resentimiento, acaban destruyéndose mutuamente. Dos monstruos que se han creado el uno al otro. El desenlace es inesperado, y quizá no satisfaga a todos los lectores, pero al menos no deja ninguna incógnita por desvelar. Todas las piezas del engranaje, que en un principio parecen tan ajenas unas de otras, encajan con precisión milimétrica. No es un argumento que deje buen sabor de boca, Togawa no posee ese leve toque idealizado de Agatha Christie, por ejemplo, que permite un suspirillo de alivio al final. De hecho su visión afilada de la sociedad japonesa es cruda y tiene mucho de ambivalente, sobre todo en lo que respecta a la moralidad. Por eso puede despistar un poco al lector occidental, acostumbrado a finales más categóricos.

¿Recomiendo The Lady Killer? Sí. Es una obra ágil que se lee con facilidad, muy concisa y elegante. Una buena novela de misterio y policial que, si no se está familiarizado todavía con el noir japonés, resulta una introducción perfecta. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Gunsmith Cats

¡Y siguen y siguen vuestras sugerencias! Esta vez es Maffia Machiaveli, desde facebook, el que pide que echemos la vista atrás a esos maravillosos años 90 en los que el anime vivió una época dorada, tanto de calidad como popularidad. Eso no quiere decir que más tarde todo lo que se produjera fuese una bosta, pero el tema se desinfló una miaja y, actualmente, ya sabemos cómo está el tema. Hay algún agorero por ahí que proclama el fin de esta industria, profeta de un apocalipsis animesco que encima resulta ser un individuo del gremio bastante bien informado. ¿Sucederá así? Quién sabe, aunque ese ya es otro asunto. La nostalgia nos hace idealizar el pasado, es una sensación muy común que, en la mayoría de las ocasiones, no se basa en una percepción objetiva. ¿Ocurre eso con el anime? Un poco sí. Un poco. Pero lo cierto es que, desde una perspectiva global, los 90 fueron un segundo boom (el primero fue a finales de los 70) a la espera todavía de que surja un tercero (ojalá). De esa era mítica (jojojo) rescatamos Gunsmith Cats (1995-1996). No es de los mejores productos de la época, sino más bien su serie media, y con una clase que ya les gustaría tener a muchos anime contemporáneos situados en esa franja. Eran otros tiempos, desde luego, la filosofía del entretenimiento era más fiel a su concepto. Y más ingenua.

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Las tres nociones básicas de este anime son: coches, armas y mucha acción. Nada nuevo bajo el sol, salvo que en vez de ser tipos duros las estrellas, son mujeres. Dos señoritas que conducen ese legendario Mustang Shelby GT 500 del 67 y regentan una armería, donde además trabajan de cazarrecompensas. Vamos, una típica trama para demografía seinen en la que el protagonismo de la acción y la trama resulta que es femenino. Eso ya no es tan habitual. Y encima no son un par de inútiles. ¡BIEN!

Las tres OVAs que conforman este anime son la adaptación de un manga del mismo nombre creado por Kenichi Sonoda. Un manga que tuvo un gran éxito además a principios de los 90, relacionado con otro anterior megahit comiquero de la misma temática: Riding Bean. Podríamos considerar Gunsmith Cats un spin-off de este (tuvo también su propia OVA, muy recomendable, por cierto); aunque fue en el que hoy nos atañe donde el autor se explayó muchísimo más en su obsesión con las armas de fuego y coches, con unos diseños fotorrealistas flipantes y, por supuesto, desarrolló una historia y personajes con mayor profundidad. Honestamente, la obra interesante aquí en realidad es el tebeo, podría haber escrito un manga vs. anime donde la serie no habría quedado muy bien parada… pero tampoco habría sido del todo justo. ¿Por qué? Porque estas OVAs son muy dignas, solo pecan de un defecto grave, y de ese único defecto proceden los demás. Si decidís verlas y os gustan, no dudéis ni por un momento de que el cómic os entusiasmará.

Haceos un favor y pinchad play en el vídeo. Existen contados con los dedos de mis manos OPs que me gusten. Este es uno de ellos. Hasta la música, compuesta por el batería norteamericano Peter Erskine, me encanta, con ese aire trepidante medio frívolo de serie televisiva norteamericana que recuerda tanto al jazz horterilla de los 80. La influencia que tuvo luego en Cowboy Bebop es meridiana, que es uno de mis openings favoritos de todos los tiempos, el cual también optó musicalmente por el jazz, pero con una vertiente más africana y latina: el mambo. Dios bendiga a Yoko Kanno, btw.

Efectivamente, estas OVAs tienen mucho de estadounidense. No hay nada nipón en ellas, salvo ese minúsculo detalle de que están realizadas en Japón por japoneses, claro. Apesta a yankee, y esa era la intención tanto de Kenichi Sonoda como de los creativos del anime. Se trasladaron incluso a Chicago en varias ocasiones para recrear luego localizaciones y ambientes con fidelidad. Y vaya si lo hicieron, con cuidado y verdadero cariño. Tiene mucho de The Blues Brothers (1980) de Landis en su ritmo y locura argumental; se trata de una historia policíaca con toques de comedia, intriga y acción.

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Los títulos de las OVAs son: Neutral Zone (1995), Swing High! (1996) y High Speed Edge (1996). Son más o menos autoconclusivas, pero la trama de fondo las enlaza en un crescendo la mar de emocionante.

Irene Rally Vincent y May Minnie Hopkins son dos jóvenes que administran una armería, donde venden y reparan todo tipo de pistolas, revólveres, etc. En realidad la especialista es Rally, ya que a Minnie, que trabaja como su ayudante, le van más los explosivos, con los que es muy diestra. Ambas forman una pareja peculiar y contrapuesta: Vincent es sarcástica, inteligente, audaz y toda una profesional; Hopkins es infantil, atolondrada… representa el estereotipo de rubia tonta, aunque de lo suyo sabe un rato. Un poquillo como el tándem de Jane Russell y Marilyn Monroe en Gentlemen prefer blondes (1953), pero con la diferencia de que estas dos zagalas no buscan ni marido ni son bailarinas, sino cazarrecompensas. Y esa labor es aprovechada por el socarrón de Bill Collins, agente de la ATF, que las chantajea para que le ayuden gratuita y extraoficialmente en un caso de contrabando de armas. Este caso va complicándose cada vez más, alcanzando altas esferas políticas de la ciudad, e involucrando a una ex-mercenaria de la KGB, que se convertirá en la antagonista principal de las OVAs.

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Un argumento clasicote del género con persecuciones, tiroteos, huidas espectaculares, explosiones y topos incluidos. Tampoco falta el personaje geek, la pelirroja Becky. ¿Previsible? Sí, pero muy ameno con ese candor tan maravilloso que obliga a admirar la alegría con que se tomaban las cosas antes. No hacía falta hacer un anime especialmente sesudo o profundo para realizar un buen trabajo, Gunsmith Cats es simple esparcimiento, sin más pretensiones. Pero no todo iba a ser estupendo, esta obra posee una tara importante: es corta. Solo 3 OVAs no son suficientes para hacer prosperar un mundo como ese. Se quedan muy, muy pequeñas, para ser un producto perfecto debería haber sido una serie en toda regla con sus buenos 26 episodios. O 12, por lo menos. Esta cortedad revela otras carencias, como unos personajes más abocetados que dibujados o un argumento algo superficial y acelerado. Si se compara con el tebeo ya es el acabose.

Gunsmith Cats es una perfecta introducción al manga. Por sí mismo no deja de ser una obra divertida y de calidad, pero permanece como una especie de amago. Deja con ganas de más, y eso jode. De hecho, a mí personalmente me da mucha pena que no progresara más, porque el potencial era excelente para hacer una serie muy original y entretenida. Los senderos de la industria del anime son inescrutables. Tremenda lástima.

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Aun con todo, el apartado técnico es magnífico. Takeshi Mori hizo un trabajo intachable, y por el equipo también rondaba Mahiro Maeda (¡genio y figura!) de animador primario. Aunque no llega al nivel de prolijidad maníaca de Kenichi Sonoda en los pormenores de armas y coches, es un auténtico regalo para la vista. Las escenas de acción son de una fluidez impecable; el dibujo, aunque tiene un leve aire moe en los diseños femeninos, es rotundo y minucioso. Los fondos, sobre todo los que se ambientan en exteriores, son un reflejo de Chicago muy fiel y los que amamos la ciudad lo sabemos apreciar. Gunsmith Cats tiene todas las virtudes de la entrañable animación noventera y ninguno de sus defectos. Como diría Ed Wood: PERFECT.

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Rally, Minnie y Becky

Gunsmith Cats son unas OVAs muy masculinas ellas, con todos los símbolos fálicos que así lo acreditan… pero controlados por unas mujeres bastante competentes. Hasta el inevitable fanservice es elegante y llevadero, para nada forzado. Y es un verdadero alivio que no haga acto de presencia el romance, que no se les vincule sentimentalmente a nadie. Por cierto, Rally, la protagonista, me encanta. Una profesional en su trabajo y como persona, muy normal. Una Ripley de la vida, con sus cosas buenas y cosas malas, pero que no se deja amilanar. Minnie puede ser el personaje que menos me convence de todos, no llevo muy bien el temita de las pavisosas, pero sabe redimirse. Imagino que el papel de idiota lo tenía que hacer alguien.

¿Recomiendo Gunsmith Cats? Por supuesto que sí. A pesar de que podría haber sido grande y no lo fue, merece que se la recuerde de vez en cuando. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

De cómo Kyôko Okazaki desterró lo kawaii y recauchutó el josei: Helter Skelter

1968. Paul McCartney andaba con la mosca detrás de la oreja: “¿Así que I can see for miles es una barbaridad de canción, con un tipo de sonido nunca escuchado antes, eh?” Y decidió investigar esos nuevos derroteros sónicos que The Who habían comenzado a transitar. “Os vais a cagar”, debió de pensar. Lo que surgió tras ese pique artístico es ya historia: la salvajada de Helter Skelter. Una tormenta de furia, caos y ruido que superó en brutalidad a I can see for miles. Pablito se debió de quedar bien descansado, harto además de que acusaran a los Beatles de que solo sabían componer moñadas. ZASCA.

Este tema es un clásico del rock imprescindible que se adelantó a su tiempo y presagió la llegada del hard rock, el punk y el noise. Pero también es conocido, desgraciadamente, por servir de inspiración a Charles Manson y su Familia para perpetrar una cadena de asesinatos entre la beautiful people del momento en Hollywood. Esas muertes, junto al desastroso festival de Altamont, marcaron el principio del fin de esa idílica fase hippie de los 60’s. Kyôko Okazaki siempre tuvo inclinación por todo lo relacionado con serial killers como Ted Bundy, así que no fue una extravagancia frívola el titular uno de sus mangas más importantes así, como esa feroz canción de los Beatles que espoleó la imaginación del líder de una secta asesina.

Lamento mucho tener que usar el perfecto simple con Okazaki porque, a pesar de que sigue viva, sufrió un accidente en 1996 que la dejó con unas secuelas tan severas que no ha podido volver a coger un lápiz. Tenía 33 años y el responsable fue un conductor borracho que se dio a la fuga. Acababa de finalizar su manga Helter Skelter, que publicaba Feel Young. Estuvo en coma profundo un tiempo, y su última aparición pública fue en 2010, durante un concierto de Kenji Ozawa, en silla de ruedas. A partir de entonces, silencio.

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Kyôko Okazaki

Aunque no ha podido desarrollar una carrera extensa, sí ha resultado lo bastante trascendental e impactante para que se la considere una de las mangakas más importantes del mundo del josei. Asentó bases y abrió puertas; pero sin duda también el trabajo previo del Grupo del 24 ayudó muchísimo a Okazaki. Se puede decir que es heredera de ese espíritu inconformista que deseaba romper las barreras del género (y de su género) para introducir nuevas temáticas. No todo tenían que ser historias de adolescentes enamoradas en el instituto; no todo tenían que ser aventuras de mujeres jóvenes en busca del amor y un marido. Las demografías shôjojosei merecían un tratamiento mejor, sus lectores merecían un trato mejor. La realidad es compleja, los intereses de cada individuo son distintos, generalizar en exceso crea estereotipos que arraigan todavía más los constructos sociales obsoletos. Quizá en Occidente lo tenemos un poco más claro, pero en Japón no tanto. Por eso la aparición de creadoras así fue, y es, algo tan importante.

Okazaki además plasmó de manera objetiva las inquietudes de su generación, que se había criado en un Japón entregado al consumismo enloquecido, al hedonismo, la avaricia, el culto al cuerpo, etc. Un boom de hiperabundancia, los happy eighties, que escondían tras de sí un gran vacío interior, soledad y melancolía. Okazaki supo canalizarlo todo con dolorosa precisión. Introdujo en sus obras temáticas consideradas impensables hasta entonces para el público femenino: drogas, prostitución, violaciones, asesinatos… Vertió sobre el papel un mundo que estaba ahí (y lo sigue estando), sin paños calientes, lo que le hizo ganarse el apoyo y admiración de miles de personas. Okazaki ya no pensaba en el género de su público, sus mangas brotaban de una honestidad feroz y se dirigían a ambos sexos. Hasta en la actualidad su influencia es patente (reconocida además) en artistas como Inio Asano o Asumiko Nakamura, porque su arte y mensaje siguen muy vigentes. Se adelantó a su tiempo, como la canción.

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Las obras de Okazaki en Occidente no han tenido ni una publicación ni difusión a la altura de su relevancia y calidad; aunque en Francia se han preocupado un poquitito más. Nada nuevo bajo el sol. Este año tenemos la enorme suerte de que Tomodomo nos traiga a Môto Hagio; y son precisamente estas pequeñas editoriales las que se están arriesgando más al publicar mangas de contenidos y autores que (gracias a Luzbel) no son solo los superventas entre adolescentes. Este Helter Skelter es su obra más célebre y un buen comienzo para hincarle los colmillos a su estilo. Como ya habréis deducido, está dirigido a un público adulto y es un tebeo muy crudo. No fue hasta el 2003 que la familia permitió su edición en un tankôbon; y al año siguiente recibió el Grand Prize del Premio Cultural Osamu Tezuka.

Helter Skelter se lee en un periquete, son únicamente 9 capítulos. Pero conforme avanza, es perfectamente comprensible tener la sensación de estar leyendo una historia de terror. No hace falta que pululen yûrei en las páginas de un manga para que se pongan los pelos como escarpias. La misma realidad, si se quiere mirar, puede ser horrible. MUY. El título tiene la coletilla de fashion unfriendly, indicando en qué mundo va a desarrollarse la acción: el de la moda.

Celebrities are often found to be extremely fascinating…

because celebrity is like cancer; a type of deformity.

Ririko es una supermodelo que copa todas las portadas, hace sus pinitos como actriz incluso le da al j-pop, porque está en la cresta de la ola. Nadie es más hermosa que ella, nadie genera más interés en la prensa rosa. Es la reina. Detrás de ella está su representante, a la que llama “mamá”, que controla y dirige todo aspecto de su vida. Ha sido realmente “mamá” la que hizo de ella el perfecto frankenstein de la belleza, acudiendo a una exclusiva clínica de cirugía estética cuyos métodos consiguen resultados asombrosos. Muy pocas clientas pueden permitirse sus carísimos tratamientos, que requieren además de cierto mantenimiento posterior.lilico5

Lo que nadie sabe es que Ririko es en realidad una adicta a esa clínica, y que su existencia es un torbellino de trabajo duro y frivolidades sin fin que la están volviendo loca. Es un falso ídolo, en lucha paranoica por continuar en la cima y sobrevivir a sí misma. Por eso la llegada de una nueva modelo a su agencia, Kozue Yoshikawa, más joven, natural e independiente, son el escarnio que marca su declive profesional y personal. De manera casi paralela, el investigador y abogado Asada comienza a atar cabos respecto a esa clínica tan misteriosa y los suicidios de unas mujeres jóvenes. Su gran intuición, muy al estilo del agente Dale Cooper (también su personalidad y gusto por el café), lo llevan a relacionarla con Ririko, por la que siente una extraña atracción.

El retrato de Ririko que hace Okazaki es admirable, penetrante, lúcido. Una mujer sin moral, egoísta y profundamente infantil. Un juguete roto que se sabe consciente de su triste papel y aun así, patalea. Hada, por otro lado, es la representación de la fémina gris y discreta. La clásica asistente de superestrella que ve cómo su vida entera es engullida y triturada por Ririko. Aparecen paulatinamente más personajes, todos ellos interesantes y que aportan su granito de arena indispensable para componer un cosmos siniestro y retorcido. No es sorprendente entonces que Okazaki buscara su inspiración en artistas como Helmut Newton (1920-2004), que de forma tan extraordinaria había sabido plasmar el glamour del mundo de la farándula y la moda; o reflejara con descaro en sus trazos a iconos femeninos como Edie Sedgwick o Twiggy. Las referencias cinéfilas, como esa alusión a la maravillosa Sunset Boulevard (1950) que os recomiendo YA a todos, y que trata la decadencia de una gran estrella del cine mudo (mi adorada Gloria Swanson), son muy oportunas y ayudan a perfilar la atmósfera de un mundillo putrefacto.

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Newton vs. Okazaki

Es un crítica cruel, también una exposición sin ambages, de lo que es una parte de esa trampa del mundo femenino: la búsqueda y mantenimiento de la belleza eterna. La belleza como única forma de poder tolerada socialmente. Tolerada y alentada, porque no es una amenaza dada su naturaleza pasajera. Y encima es la virtud más apreciada. La obsesión por el físico es absorbida hasta por estudiantes de secundaria, que respiran esas exigencias sobre la apariencia y contribuyen a su conservación. Pues es todo el sistema el que la ampara y se nutre de ella también, ya que el volumen de dinero que mueve es importante. Y son, para más inri, las propias mujeres las que se convierten en severas guardianas de esa trampa, de esa cárcel. Es perfecto.

Ririko, como suma sacerdotisa de ese culto, es un verdadero monumento al vacío envuelto de artificios. Poco en ella es ya real, la protagonista va dejando de ser persona para difuminarse en un ideal informe e inalcanzable para el público (que la olvidará); y por dentro desintegrarse en cientos de retales conformados por el grave deterioro psicológico y el abuso de drogas y cirugía. Ririko es una cosa, una quimera. En realidad un monstruo que se desmorona. Y extiende su liturgia como un virus, infectando y destruyendo a cualquiera que se acerque. No puede evitarlo.

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A Okazaki no le gustaba Twin Peaks.

La estructura narrativa, como buena obra posmoderna, es alterada de su disposición básica lineal cuando las emociones lo requieren. Okazaki dosifica la información, juega con ella para mantener el suspense de forma sabia y algo sádica también. No teme usar recursos más arriesgados procedentes del simbolismo o el surrealismo, lo que hace la lectura bastante atractiva. Y todo ese universo turbio está reflejado mediante un arte muy peculiar. Tiene un falso aire amateur, una simplicidad engañosa de líneas limpias, que expresa con habilidad toda la complejidad de Helter Skelter. El dibujo parece que fluya como una serpiente, y bebe de los años 60. Un estilo que luego he visto emulado en otras mangakas como Rikako Iketani, pero sin alcanzar ese dislocamiento tan poco comercial (pero fascinante) de Okazaki.

Admito que los dos últimos capítulos no están tan bien hilvanados como el resto, pero su estupendo desenlace disculpa ese traspiés. Helter Skelter huele a noir, pero también a serie B, en algunos momentos es inevitable preguntarse si lo que se está leyendo es plausible o no. Porque la enajenación alcanza niveles alucinantes… pero lo peor (o lo mejor) es que sí que es real. Lo que Okazaki cuenta lo hemos leído y visto con otros nombres y en otros países por la televisión, la crónica de sucesos, las revistas del corazón o incluso en los periódicos. No nos es ajeno, sabemos que existe. Es un mundo del que solo atisbamos la superficie, pulida y sonriente, que en ocasiones deja entrever algún diente podrido, pero cuyos entresijos son un auténtico cenagal.

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¿Recomiendo este manga? No es que lo recomiende, pienso que es imprescindible. Esta autora, como escribo en el título, apartó lo kawaii y otorgó al josei una serie de valores que eran ya necesarios. No lo hizo ella sola, claro, pero fue, y es, una de las cabecillas principales de ese proceso de madurez en esta demografía. Y una de las autoras menos accesibles, porque las temáticas que tocaba no eran precisamente comerciales. A pesar de todo, triunfó.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Los ojos de Occidente se ciernen sobre Japón y luego brotan entes desde las pantallas que devoran nuestros cerebros

Mentira, por supuesto, pero me apetecía ponerle un titulaco rimbombante y sangriento al post. En realidad es que ya tocaba una entradita de esas a las que no hace caso ni Dios. Hay que mantener las buenas costumbres, coñe. Si no, esta bitácora no se llamaría Sin Orden ni Concierto. Y debo rendir el conveniente tributo que merece su nombre.

Hoy voy a escribir sobre esos largometrajes occidentales que osan posar su mirada sobre las islas niponas. La cantidad de estereotipos que se encuentran en ellos son monumentales, pero también nos enseñan qué percibimos del país del sol naciente y cómo nuestra visión ha ido variando con el transcurrir del tiempo. ¿Cuál es la primera imagen o pensamiento que acude a nuestra cabeza cuando pensamos en Japón? ¿La flor del cerezo? ¿Videojuegos y salones de pachinko? ¿La katana de un samurái? ¿El monte Fuji? ¿Una refinada geisha? ¿La gran ola de Kanagawa? ¿Ninjas deslizándose en la noche? ¿Blade Runner? ¿Porno enfermo? ¿Una feroz horda de otacos (con pelucas verdes y azules) invadiendo a sangre y fuego Akihabara? Cada persona es un mundo, pero en Occidente, por mucho anime y mucho manga que manduquemos algunos, no nos libramos de ciertos clichés. Es que eso de los topicazos forma parte de la naturaleza humana, y en la siguiente lista de 9 películas se va a encontrar eso… y mucho, mucho más, obviamente.

¿Reflejan las películas occidentales la realidad de Japón? Una gran mayoría no del todo, tampoco suele ser su objetivo porque no son documentales, buscan entretener mediante ficción y llegar a su público de la forma más directa y sencilla posible. Lo más socorrido y efectivo es tirar del estereotipo. Unos más elaborados y reales que otros, por supuesto, pero no hay que olvidar tampoco que el cine tiene un sustrato iconográfico muy importante. Es complicado eludirlos entonces. No estoy justificando, aunque lo parezca, el uso de los clichés socioculturales en los filmes; sino explicando qué sucede a veces y por qué. Japón se ha utilizado en muchas ocasiones como excusa para recrear una atmósfera exótica y remota; un ejemplo de lo extraño e inhumano que puede llegar a ser el mundo. Para esta labor los tópicos son de lo más servicial. Por no hablar de la idealización descomunal que existe respecto a los samuráis, las artes marciales o la belleza sumisa y delicada de las mujeres japonesas (en realidad las asiáticas en general). ¡Están locos estos romanos japoneses! Y sí, desde nuestra perspectiva occidental, contaminada además de ese etnocentrismo anglosajón tan poco saludable, un poco raros son. También lo somos nosotros para ellos.

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Clásicos como “Breakfast at Tiffany’s” también esconden sus vergüenzas

Pero cuando los estereotipos mutan en caricatura y/o tienen una intención peyorativa, cruzan el límite y se convierten directamente en racismo. ¿Cuándo sucede eso? Sinceramente, no sabría decir exactamente en qué momento el simple cliché cambia a ofensa. El caso de los yellowfaces en Hollywood (actores blancos interpretando a personajes asiáticos), bajo el prisma moderno, se considera grotesco, denigrante. El ejemplo de Mickey Rooney en Breakfast at Tiffany’s es especialmente sangrante: del estereotipo a la vergüenza ajena. La representación de Japón y sus gentes ha dejado mucho que desear, ciertamente, así como la de hispanos, negros, amerindios, franceses, italianos o cualquier grupo humano que no fuera (sea) WASP. Esto daría para otra entrada bien larga, pero no continuaré por esa senda porque en este blog además no procede.

Las siguientes 9 películas de imagen real (por si no lo había dejado claro) poseen todas una carga de estereotipos inevitable. No son especialmente carcas o insultantes. Al menos no lo veo así, quizá si supiera más del país o fuese japonesa, pensaría de otra forma, quién sabe. Así que vamos a tener, aparte de buenas historias, las raciones pertinentes de bajos fondos, misteriosas damas, las gracietas derivadas del choque cultural, luchas con katanas, tecnología futurista y pintoresquismo de lo extraño. Por no hablar, sobre todo en las de factura más antigua, de cierto paternalismo occidental. Las más modernas suelen sufrir menos de estos clichés, seguramente debido al potente esfuerzo de Japón por exportar su cultura popular a los occidentales. El conocimiento suele ser enemigo del estereotipo.

Es un catálogo personal y heterogéneo a tope, como casi siempre indico cuando realizo listados de esta clase. No son las mejores ni tampoco he visto toooodas las películas occidentales que existen con elementos japoneses. Pero sí considero resultan curiosas, interesantes, algunas incluso muy buenas; y me apetecía escribir un poco sobre ellas. El orden no es indicativo de nada. Espero no liarme demasiado, pero tampoco sé todavía lo que va a salir de aquí. Estoy afilando los cuchillos aún; así que el que avisa, no es traidor.

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Empezamos fuerte. Enter the void (2009) es un film muy poco convencional, tanto en su forma como contenido. O se odia por resultar incomprensible y pesado; o se ama por su exuberancia visual y filosofía nihilista. No hay punto medio con esta película, no suele dejar indiferente. Los que conozcáis a su director, el argentino Gaspar Noé, ya sabréis que no es un hombre que ponga las cosas fáciles al espectador, y tiene una perspectiva única para todo.

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La cinta muestra Tokio como paisaje, el paisaje además de los bajos fondos pero deslumbrante en su orgía de neón. Alucinante literalmente, pues en ella encontramos de manera explícita experiencias bajo los efectos de drogas psicodélicas como el DMT. Los personajes son todos occidentales jóvenes, que se buscan la vida como pueden mediante trapicheos y otras actividades nocturnas. Los principales son tres: Oscar, un pequeño camello; su hermana Linda, bailarina de streap-tease; y Alex, un artista yonqui enamorado de Linda. Pero hay más. Todos participan de una realidad sórdida en un panorama fascinante y surrealista. Pero en realidad se trata de una historia personal, la de Oscar. No es casual ese protagonismo descarado del plano subjetivo en casi toda la película.
Tomando como guía libre el Bardo Thodol o Libro Tibetano de los Muertos, espiritualidad, drogas y muerte se dan la mano en una combinación que no resulta del todo inusitada, sobre todo por ese reguero de simbolismo a lo Kubrik que deja tras de sí; pero que en este film toma una vertiente de caos y paja mental de aúpa. Una vorágine que detona cuando Oscar se dirige a The Void, un garito de mala muerte en Kabukichô. Bum.

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El choque cultural tratado en tono de comedia surrealista. Aunque en Cold fever (1995) son más bien los islandeses los que son parodiados y percibidos por Atsushi Hirata, el protagonista, como gente verdaderamente rara. De Extremo Oriente al remoto norte de Europa; y de ahí atravesar Islandia en una Déesse roja. El protagonista, el clásico hombre de negocios gris, en realidad quería ir a Hawaii para jugar al golf; pero su abuelo le recuerda que han pasado ya 7 años de la muerte en accidente de sus padres en Islandia, y es su deber como hijo acudir allí para realizar los ritos funerarios pertinentes por el descanso de sus almas. Y allá que va el bueno de Hirata.

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Cold Fever es una road movie simpática y peculiar, ligera como un copo de nieve, donde el peso de la historia recae en los estrafalarios comportamientos de los personajes con los que se va topando Hirata en su periplo. Y con menudas situaciones marcianas se encuentra (la niña del lago de hielo me impresionó). No deja de ser un retrato de Islandia, pero a través de la mirada de un japonés: una tierra extraña vista por los ojos de un extraño. Y tiene algo de feérico, enigmático ese retrato. Sobre todo por esos horizontes blancos y fríos que muestra; esas playas desiertas, volcanes y cascadas solitarios de gran belleza. Por supuesto, no deja todo de tener un sentido mucho más profundo, pues Fridriksson lo que pretende es alentarnos a reflexionar sobre la muerte; pero de una manera dulce y calmada. ¿Lo consigue? La respuesta depende de cada uno.

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No es ningún secreto que me gusta muchísimo el cine negro, así que es impepinable que House of Bamboo (1955) aparezca por estos lares. No es la mejor película del género, todo sea dicho. Posee la curiosidad de ser en color, muy apropiada para destacar ese aire exótico y folclórico de lo japonés según los baka gaijin. Este film tiene de verdadero interés el poder observar algo de lo que fue la Ocupación de Japón (1945-1952) por parte de Estados Unidos. Muy suavizada, no obstante. La presencia norteamericana, como todo, tuvo sus cosas buenas y sus abundantes cosas malas. Porque los Aliados también cometieron sus tropelías. Fueron unos tiempos muy duros para los japoneses, en los que el shikata ga nai (“nada puede hacerse al respecto”) se convirtió en un mantra, tanto para fortalecer la dignidad como para sucumbir a la resignación. En esa época la cantidad de personas que cayó en la drogadicción, juego, alcoholismo y prostitución se incrementó horriblemente. No solo fue la humillación de la derrota, sino la pobreza a la que se vio abocada una gran mayoría.

¿Se ve todo esto en House of Bamboo? No del todo, es un Japón parcialmente idealizado y pasado por el filtro de los vencedores. El país es un elemento decorativo en la película. Aun así, es sugestiva y se atisban ciertos detalles: los matrimonios mixtos, que se llevaban casi a escondidas; la prostitución disfrazada y apoyada estatalmente; la fractura social entre tradición y modernidad; la grosería y prepotencia de los norteamericanos, etcétera.

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Pero volviendo al largometraje en sí, nos cuenta la historia de la muerte a tiros en la calle de un ciudadano norteamericano llamado Webber. Las balas con que le dispararon, resultan proceder de un cargamento militar que viajaba en tren y fue asaltado semanas antes. Así que cuando su amigo Eddie Spanier, recién salido de la cárcel, llega a Japón y se entera de que Webber ha muerto, decide averiguar qué demonios ha ocurrido. En ese misterio están mezclados la esposa secreta de Webber, Mariko; y una banda mafiosa de estadounidenses que controla las salas de pachinko en Tokio.

House of Bamboo es un placer visual, su fotografía y dirección artística son estupendas, de gran elegancia y cierto aire hitchcockiano. Eh, que fue rodada en exteriores del propio Japón, y también en entornos urbanos como Tokio y Yokohama. La primera producción de Hollywood en hacerlo… solo las escenas de interior resultan algo ortopédicas. Pero es una maravilla observar el Tokio (Asakusa) de esa época, un Tokio que ya no existe. Por otro lado, se ven demasiadas mujeres en kimono, y el cliché de la asiática modosita y frágil es de libro (aunque Shirley Yamaguchi le brinda un temperamento especial a su personaje). Por lo demás, tiene un desarrollo lleno de recovecos y sorpresas, y cumple su función principal, la de entretener, con creces.

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Es increíble cómo tras esa apariencia minimalista, de elegancia y contención en su escala de grises y colores apagados (como en Le Samouraï), se esconde una historia tan oscura y retorcida. Todo con calma, en silencio; y bajo esa superficie de simplicidad engañosa, el tumulto de las complejas relaciones de dominación y poder entre tres personas. El azar, la enfermedad, la desesperación, la obsesión, la culpa. Y el dolor como nexo común.

Magical Girl (2014) hace referencia al mahô shôjo, género que todos los que os pasáis por este blog conocéis de sobra. ¿Por qué una película española, situada en Madrid y con una historia propia del noir, está en la lista? No es solo por el nombre, es porque el argumento gira en torno a un traje de cosplay, que una famosa diseñadora japonesa ha realizado para la heroína de un anime del género. El traje y el cetro, claro. Como ya imaginaréis, la película contiene alguna que otra referencia al mundo de la animación, el manga o la literatura japonesa. YO TAMBIÉN AMO A EDOGAWA RAMPO (ya lo he dicho, ya me calmo). No en vano, su director Carlos Vermut es también dibujante de cómics.

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Alicia es una chica de doce años fan del manganime. Le gusta quedar con sus amigas, Makoto y Sakura, para ver series y comer ramen. En realidad se llaman Vanesa y Paloma, pero esos son sus nicks. El de ella es Yukiko, tomado de su anime favorito. A Alicia le gustaría tener el vestido que luce Megumi, la cantante que interpreta la canción principal de la serie, y del que solo existe un modelo. Pero al ser un producto tan exclusivo, su precio es muy elevado, así que es complicado que pueda tenerlo. Sin embargo, su padre, Luis, recurrirá hasta lo criminal para conseguirlo. La razón: Alicia está muriendo de leucemia. Y para ello, no se relacionará precisamente con personas cabales. Será además la casualidad, en este caso considero justificado llamarlo directamente fatum, el que conducirá como a monigotes a todos los personajes, mediante las más taimadas argucias: una lluvia de vómito, una pieza de puzzle, una lagartija negra.

Lo que podría entenderse como un melodrama tipo telefilm siestero, es un thriller característico del cine negro. Está estructurado en tres partes diferenciadas (mundo, demonio, carne) que presentan a los tres personajes principales. Magical girl posee una cualidad etérea, casi espiritual, que contrasta fuertemente con la sordidez del argumento. Es muy complicado discernir si hay villanos o bienhechores; pero lo que sí encontramos son víctimas. Está todo tan maravillosamente alicatado, que uno casi no se da cuenta de cómo se precipita el final. Con todos sus horrores.

P.D.: Yo también quiero pegarle unos buenos lingotazos a ese vodka Sailor Moon.

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Limosin tenía planeado realizar este film en Francia, con actores franceses, escenarios franceses y en lengua francesa. Pero cambió de opinión y decidió grabarla en Japón, con intérpretes japoneses, un Tokio posmoderno de decorado y en lengua japonesa, por supuesto. Aunque su equipo de grabación no tuviera ni puta idea del idioma. Allá vamos, país del sol naciente. Y el resultado fue el de esperar: una película eminentemente europea, muy nouvelle vague, con fachada oriental. Vamos a dejarlo claro: Tokyo eyes (1998) es para hipsters, de hecho para la subdivisión de los gafapastas. Que hay categorías hasta dentro de estas gilipolleces de los moderners, no os creáis. Bueno, ahora en serio. La película en realidad va dirigida a todo aquel que le apetezca pasar un buen rato viendo un largometraje diferente y con referencias cinéfilas interesantes. No es una producción de gran presupuesto ni sigue los parámetros del cine comercial, pero merece un vistazo. O dos incluso.

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Hinano es una adolescente que trabaja a medio jornada como peluquera. No está muy contenta porque dice que no está aprendiendo nada de la vida; pero su hermano mayor, con el que vive en un pequeño piso, le dice que debe ser paciente. Este, que es policía, anda muy ocupado por los ataques de un desconocido en Shinjuku. Lo apodan Cuatro Ojos, porque a pesar de que dispara a sus víctimas, no las hiere, ni mata, ni roba. Muy extraño, parece que esté medio cegato. Su retrato robot es el de un hombre con unas enormes gafas de cristales gruesos. Pero no queda todo ahí. Hinano, mientras viaja en el metro, observa a un joven que le llama la atención, pues a hurtadillas está grabando con una cámara oculta todo lo que le rodea. Este chico, que se presenta como simplemente K, es un programador de videojuegos y amante del trance, con una personalidad algo extraña. Hinano no puede evitar sentirse atraída, empezar una relación amistosa con él y, finalmente, verse entre la espada y la pared. ¿Debería denunciarlo o tratar de convencerlo de que desista de ciertas actividades? Porque, efectivamente, K es Cuatro Ojos.

Tokyo Eyes es una peli bastante curiosa. No perfecta, pero curiosa. Podría tener lugar en casi cualquier ciudad grande del mundo, y los personajes podrían ser perfectamente mexicanos, neozelandeses o suecos. Es una historia intercambiable y de fácil comprensión, en la que no se aprecian apenas barreras culturales. Y si ya shipeáis a la parejita, la disfrutaréis mucho más.

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Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que Sayonara (1957) se adelantó a su tiempo. Finales de los años 50, Estados Unidos: el percal con el racismo era tremendo. Ahí estaba peleando con fuerza el Movimiento por los Derechos Civiles, y no fue hasta 1964 cuando se consiguió promulgar una ley que prohibiera la discriminación por raza, color, sexo, religión o país de origen. Y ya vemos cómo está actualmente el tema también… Donald Trump no es una casualidad. Pero centrándonos en Japón, durante la Segunda Guerra Mundial y los años posteriores, los prejuicios raciales que inspiraban los japoneses eran bastante fuertes. Se llegó a encerrar en campos de concentración a decenas de miles de ciudadanos estadounidenses de origen nipón.

Sayonara mostraba, en plena ocupación de las islas, el racismo existente entre gran parte de la población norteamericana. Fue su denuncia sin tapujos mediante una hermosa historia de amor trágico. Debo decir, sin embargo, que esta película tuvo una contradicción bastante llamativa, pues uno de los personajes masculinos, el actor de kabuki Nakamura, fue representado por Ricardo Montalbán. Toma yellowface. No es que dude de las capacidades interpretativas de este artista, pero habría sido más coherente escoger un actor japonés. Que los había y muy buenos, de igual manera que eligieron a una actriz japonesa, Miiko Taka, para el rol principal femenino.

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Lloyd Ace Gruver es un piloto y héroe de la Guerra de Corea (1950-1953), con la vida bien planificada. Su vocación y carrera han sido, por tradición familiar, la militar; y piensa casarse con la hija de un general amigo de su padre. No está especialmente enamorado de ella, pero es lo que tiene que hacer, aunque para él su prioridad es el trabajo. No se ha topado todavía con el amor, por eso cuando su amigo Joe Kelly le dice que se va a casar con su novia Katsumi, no lo comprende del todo. Que un norteamericano se case con una japonesa está realmente mal visto, y se desalientan las relaciones que puedan derivar en boda mediante todo tipo de trabas, discriminaciones y acosos. Gruver tiene una mentalidad conservadora, pero aun así no le importa hacer de padrino en la boda de su amigo. Pero todo su mundo se irá al traste cuando conozca a la actriz principal del teatro femenino de Kobe, Hana-Ogi, y se enamore perdidamente de ella.

Sayonara es como una mezcla de Romeo y Julieta y Madama Butterfly, pero con un poso mucho más dulce, muy hollywoodiense. La puesta en escena es grandilocuente y esmerada, muy acorde además con la personalidad de Marlon Brando, que borda el papel de chico sencillo del sur. Brando brilla sobre el resto de los intérpretes, aunque Red Buttons (Joe Kelly) y Patricia Owens (como la prometida de Gruver, Eileen Webster) son muy dignos. Los personajes femeninos japoneses son el clásico estereotipo de lotus flower girl, dóciles y delicados, pero sin ninguna chicha más. En resumen, la película es una de esas grandes producciones que todavía mantienen el aroma de la Era Dorada de Hollywood, muy fácil de ver, entretenida y con un estrellón de protagonista. Además, está el plus de la denuncia social. Un clasicote.

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La película comienza con una somera explicación sobre qué es la yakuza, su origen, su filosofía. Muchas veces he pensado que a lo mejor Pollack lo que pretendía era hacer su propio El Padrino (1972)… aunque a la japonesa. Pero no, esto es otra cosa. Cierto que comparten ese halo de glamour con el que se dota a las organizaciones criminales en algunas películas; una suerte de glorificación de la violencia y el drama de tintes trágicos. Pero poco más. The Yakuza (1974) es un ninkyô eiga de tomo y lomo, que para eso estaba además Toei a la producción y el inmenso Ken Takakura compartiendo protagonismo con otro gigante: Robert Mitchum. Takakura trabajó para Toei durante años en películas del género, interpretando siempre el arquetipo de guerrero estoico, duro, apegado a un profundo sentido del honor.

Todo hay que decirlo, Paul Schrader hizo muy buen trabajo en el guión, porque es una aproximación bastante honrosa al mundo de la yakuza, amén de una historia atractiva. El argumento funciona a dos niveles; uno enfocado en el bôryokudan y otro en la vida personal de los protagonistas. Hay quien se quejó de que tenía un argumento algo enmarañado, pero de eso nada. Solo hay que prestar un poco de atención, se sigue muy requetebién.

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Tenner, un empresario estadounidense metido en negocios con la yakuza, pide a su antiguo compañero de ejército, Harry Kilmer, que vaya a Japón para que le ayude a liberar a su hija. Esta ha sido secuestrada por un clan de gangsters nipones, a los que debe un cargamento importante de armas. Pero no es tan fácil. Kilmer, por la envergadura de la tarea, se ve obligado a pedir ayuda al hermano de su antigua novia, Ken Tanaka. Tanaka-san, antiguo soldado y ex-yakuza, trabaja como profesor de kendo en Kioto; pero ante la solicitud de Kilmer, no puede negarse, ya que está en deuda con él. No son amigos, de hecho se odian, pero Tanaka es ante todo un guerrero a la antigua usanza, y respeta el giri más allá de su propia vida. Por otro lado, Kilmer hace veinticinco años que no ve a su antigua pareja, Eiko, de la que continúa enamorado; y el encuentro vuelve a sacar a la luz ese misterio que la hizo rechazar su propuesta de matrimonio.

La película hace mucho énfasis en ese submundo que es el del gokudô o yakuza. No es exactamente un reflejo de la sociedad japonesa de los años 70, sino de su parte oscura. No obstante, se percibe un país en plena subida y que más tarde en los 80s tocaría techo, convirtiéndose en una de las principales potencias del planeta. Hay hermosos tatuajes, jugadores de oicho-kabu, los consabidos yubitsume, muchos kimonos y una manifestación solemne del código de honor bushidô. Todo el colorido que acompaña a la yakuza, a veces un poquitín exagerado, pero respetuoso. Los actores japoneses además, se encuentran en igualdad de condiciones frente a los norteamericanos. No son ni adornos ni elementos serviles: son personas. Y eso fue toda una novedad para la época. ¿Es posible hacer una película sobre Japón que no caiga demasiado en el estereotipo? Yakuza estuvo cerca, aunque tampoco lo logró del todo.

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Honestamente, Lost in translation (2003) es el largometraje que menos me agrada de los que he incluido en la lista. En realidad no lo habría metido ni de coña, pero creo que merece su lugar por el impacto que tuvo y su evidente trascendencia. Innegables. Mi problema es que no me gusta en general Sofia Coppola, y en este film todavía menos. Aun así, no es para nada mala película, de hecho os animo a que la veáis (si no lo habéis hecho todavía). Sin ironías, que deteste algo no me impide reconocer sus virtudes.

Ya solo para empezar, destacar la enorme química que hay entre Scarlett Johansson y Bill Murray. Son lo mejor del largometraje, ellos llevan sus riendas. Abordan los papeles de norteamericanos desorientados, solitarios y confusos muy bien. Su relación va creciendo poco a poco, y sus problemas personales pueden resumirse en una sola pregunta. ¿Qué narices estoy haciendo con mi vida? Uno en plena crisis de la mediana edad y otra recién comenzada su andadura en la vida adulta. Crisis existenciales llevadas por la Coppola en terra ignota. Porque el escenario, Japón, es la metáfora absoluta del misterio incomprensible que es la vida. Y la Coppola nos hace un recorrido turístico de Tokio con todos y cada uno de los clichés que os podáis imaginar. Everywhere. No sorprende en absoluto que mucho japonés se mosqueara con el tema.

Sin embargo, por otro lado, Lost in translation tiene como único punto de vista el de dos estadounidenses, es natural hacer notar esas tremendas diferencias culturales, el estereotipo difícilmente se puede sortear. Y tampoco se puede decir que muchas cosas que se plasman no sean ciertas.

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El argumento no es complicado, es el encuentro en tierra extraña de dos desconocidos y cómo se enamoran paulatinamente. Cada uno con sus demonios, incomprendidos por las personas más cercanas a ellos. Así que buscan consuelo el uno en el otro. Sofia Coppola, a través del que podría ser el itinerario del turista de clase alta en Japón, nos va desgranando el día a día (más bien la noche) de dos personas aparentemente muy distintas. Bill Murray, que interpreta a un actor ya de capa caída y que va a grabar, hastiado, un comercial de whisky a Tokio. Y Scarlett Johansson, una recién licenciada universitaria, que acompaña a su marido en su labor de fotógrafo en Japón. Ambos representan dos momentos de la vida importantes, donde se plantea qué hacer con ella o qué se ha hecho ya.

Lost in translation es muy poderosa visualmente, el lenguaje de los planos, la forma en cómo está narrada a través de imágenes sin prácticamente diálogo… Coppola arriesgó y le salió bien. Su colección de postales tokiotas es soberbia, sin duda.

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Si Lost in translation es la película que menos me gusta de este listado, Hiroshima mon amour (1959) es la que más. Este film es historia, no solo por lo que supuso a nivel cinematográfico, sino por su valor documental a la hora de plasmar uno de los horrores más grandes que ha provocado el ser humano: los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki (1945). Existe un debate encendido entre historiadores sobre si realmente fueron necesarias esas dos bombas para acabar con la Guerra del Pacífico (1937-1945), un conflicto que estaba desangrando el Asia Oriental y parte de Oceanía. No vamos a entrar en ello, pero lo que sí es cierto es que las acciones de Estados Unidos fueron de una destrucción sin precedentes en la humanidad, donde murieron casi un cuarto de millón de civiles inocentes.

Le ofrecieron a Alan Resnais hacer un documental al respecto, pero afortunadamente para todos nosotros, el proyecto se convirtió en película (su primera película), que tuvo como guionista a la maravillosa escritora Marguerite Duras. Este tándem solo podía presagiar algo extraordinario, que es lo que resultó finalmente: un auténtico clásico del cine. Y no pudo crearse en mejor momento: durante el aumento de tensiones en la Guerra Fría, que desembocarían en la Crisis de los misiles (1962). El mundo estuvo en un tris de irse a la mierda, y no es broma. Hiroshima mon amour, a través de la historia alegórica de dos amantes, es un alegato por la paz, un aviso de que el horror podría repetirse.

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El argumento nos cuenta el breve pero intenso romance entre una actriz francesa y un arquitecto japonés en Hiroshima. Ella está ahí finalizando de grabar un documental pacifista sobre lo acaecido hace diez años, y al día siguiente ya regresa a París. En las pocas horas que le quedan de estancia, su amante la presiona para que se quede, aunque solo sean unos poco días más; pero ella se niega. En su lugar, la actriz le va contando la historia de un antiguo amor de juventud durante la ocupación alemana en su ciudad natal, Nevers. Cómo la guerra y ese amor la volvieron loca. No sabemos ni el nombre de ella ni el de él, pero los podemos identificar con las ciudades de Nevers e Hiroshima directamente. El film establece un paralelismo muy claro entre las dos localidades, y así lo van mostrando sus recreaciones y el propio montaje de la película, que sigue una estructura no-lineal.

Uno de los temas importantes que trata la película, aparte del de la guerra, es el olvido humano. Con el tiempo, hasta el sufrimiento más insoportable, la muerte más cruel o el amor más profundo, van difuminándose y desapareciendo de la memoria de las personas. Y tras ese olvido queda un remanente de tristeza por haber perdido una parte de nosotros mismos. El guión de Duras está repleto de sutilezas y recursos literarios que, junto al tremendo lenguaje audiovisual de Resnais, hacen del visionado de Hiroshima mon amour una experiencia única que todo amante del cine, tarde o temprano, debería tener. No me atrevo a escribir mucho más sobre este film porque le tengo muchísimo respeto; y, además, posee un nivel de abstracción bastante potente, lo que la hace especialmente complicada de resumir en tan pocas líneas. Sobre todo si se le quiere hacer algo de justicia. Así que lo mejor que podéis hacer es verla.

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Aunque no las haya incluido, quiero hacer varias menciones especiales:

  • Mishima: A life in four chapters (1985) de Paul Schrader. Imprescindible para todo aquel que desee saber, sin entrar en juicios de valor sobre su controvertida persona, de la vida y obra de este extraordinario escritor. Muy recomendable.
  • Japanese story (2003), que nos presenta el affaire entre un hombre de negocios japonés y una geóloga australiana. Es realmente sorprendente, a pesar del tufo que inicialmente echa a comedia romántica. Y la actriz, Toni Collette, me encanta.
  • El díptico de Clint Eastwood sobre la Batalla de Iwo Jima (1945): Flags of our fathers y Letters from Iwo Jima, ambas del 2006. Impecables.
  • Y, para finalizar, El vengador Tóxico II (1989). Como fan irreducta que soy de esa fábrica de bizarradas que es la Troma, no podía dejar de lado esta grandiosa aberración donde aparece el mismísimo Go Nagai haciendo un cameo. Un clásico de culto que solo los estómagos más avezados (y con mucho sentido del humor) serán capaces de apreciar.
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Nuestro héroe disciplinando a los malvados

Y esto ha dado de sí por hoy la bitácora. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Le Samouraï

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No existe soledad más profunda que la del samurái,

si acaso la de un tigre en la selva… tal vez…

Bushidô

(El libro del samurái)

Jef Costello permanece tranquilo tumbado en la cama. Fumando. El piar monótono de un pajarillo en su jaula y el sonido de la lluvia no son suficientes para amortiguar el poderoso silencio. El humo se disipa, la furtiva sombra de un gato se aleja. Todo parece inmóvil en el espartano apartamento de Costello, como si un enorme vacío estuviera a punto de engullirlo. Pero no. Costello se incorpora y dirige hacia la jaula de su pequeño compañero. Se pone con cuidado la gabardina, el sombrero y sale. Es un hombre extremadamente observador y meticuloso, no deja ningún detalle al azar. Roba un coche con naturalidad, una bonita déesse gris perla, y, mientras enciende otro cigarro, conduce por las calles de París. Una chica guapa en un semáforo lo mira con interés desde su automóvil. Pero Costello continúa su camino, solo, hacia un taller de la periferia donde le cambian la matrícula y exige una pistola. Paga y se va. Todo esto sin una palabra. Ocho minutos sin diálogo, solo acción. Y no se echan en falta, porque son verdaderamente sus actos los que dibujarán la personalidad de los protagonistas de esta película. Su rotundo lenguaje corporal. Cuatro, cinco sencillos trazos al servicio del movimiento y Jean-Pierre Melville ya lo ha logrado: la perfección.

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Este tipo es Alain Delon y el monstruo que devora TODO en esta película. Al espectador también se lo come, por cierto (so be careful). Una película, Le Samouraï (1967), franco-italiana. Sip. ¿Qué hace en Sin Orden ni Concierto? Pues a causa de mis peculiares asociaciones mentales, ha acabado protagonizando la actual entrada. La semana pasada escribí sobre un manga que se podría considerar un ejemplo de la filosofía de la Nouvelle Manga que lidera(ba) Frédéric Boilet. Un movimiento dentro de la historieta que se ha visto influido (de ahí su nombre) por la Nouvelle Vague cinematográfica. En el arte casi todo ocurre así. Es una simbiosis maravillosa multidisciplinar que, para los pobres mortales que la observamos babeando, siempre es fuente de inmensos placeres. Le Samouraï posee una fuerte impronta nipona (no ya solo en el nombre, sino en el espíritu de su personaje principal) y su director fue, entre otras cosas, el precursor imprescindible sin el que la Nouvelle Vague no habría sido igual ni en broma. ¿Relación muy cogida por los pelos con lo japonés? Qué queréis que os diga, me importa tres mierdas humeantes. Hoy en el menú está el samurái gabacho. Punto.

El silencio de un hombre, como es conocida la película en español, forma parte de la trilogía samurái de Melville: Le Samouraï (1967), Le cercle rouge (1970) y Un flic (1972). Con Alain Delon y la filosofía del bushidô impregnando las tres cintas. Seamos honestos, es un bushidô adaptado a la mentalidad occidental, pero que sus raíces budistas y shintô se huelen a distancia. Tampoco hay que ignorar que el bushidô, tal como lo conocemos actualmente, es de factura moderna e imbuida del ethos occidental a su vez. Ha evolucionado muchísimo desde su nacimiento medieval. Pero continuar por esta senda sería ya desviarme demasiado; volvamos al cine. Le Samouraï es el germen de muchas cosas. Su héroe lacónico e impasible, de tintes trágicos, ha sido imitado hasta la saciedad. Lo encontramos en Drive (2011), The American (2010), Ghost Dog (1999) o The driver (1978), por poner varios ejemplos. Es el asesino profesional, frío y perfeccionista, que es capaz de cumplir con su trabajo a costa de su vida. Porque el auténtico samurái siempre ha de estar dispuesto a morir y ese, que es su destino, ha de encararse con honor y serenidad. Jef Costello es padre de lo ultra-cool, el origen de lo que se ha llegado a convertir en un cliché del cine occidental. Un icono pop.

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Cathy Rosier y Alain Delon

Le Samouraï está englobada en ese género que se denomina polar: el cine policial francés de los años 50, 60 y 70. Y, aunque le debe mucho al noir estadounidense, tiene su propia e inconfundible identidad. El polar, comparado con su hermano norteamericano, es mucho más calmado, tiene un pulso distinto, más reflexivo y silencioso. La ambigüedad moral también es clarísima, el polar se centra en los delincuentes y criminales; en su psicología y vidas. La resolución de un misterio ya no es tan importante, es el realismo el que maneja la batuta. Y plasmar esa realidad dura, enferma de corrupción hasta su misma cúspide, es una de sus características. Woo, Besson, Tarantino o Scorsese saben todo esto muy requetebién.

Y de todas las estupendísimas (y no tan estupendas, de todo hubo) películas que conformaron el género, sin duda sobresale Le Samouraï como una de las obras más brillantes y cuidadas. Amo con todas mis fuerzas Les diaboliques (1955), Bande à part (1964) o La mariée était en noir (1967) pero, al menos para mí, Le Samouraï es como la escultura griega clásica: sobria, de una belleza matemática distante, sublime. Destaca de entre todas por su armonía fría inesperada. Melville se superó a sí mismo con este film. No sé dónde leí (no es mía la apreciación, pero la comparto) que es el director más americano de los franceses; y el más francés de los americanos. No hay duda de que Jean-Pierre Melville conocía y admiraba con fervor Hollywood y su cine negro, no obstante su influencia la destiló en sus obras despojándola de melodrama y artificios superfluos. Aun así, su trabajo siempre fue prolijo y esmerado; minucioso y de estética depurada.

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La historia de Le Samouraï es como una flecha: lineal, sencilla, contundente. Esto no es The Big Sleep (1946), desde luego. Pero con muchísima menos ornamentación argumental, logra un magistral juego de espejos. Como en casi todas sus películas, el diálogo tiene una importancia secundaria. Melville tiene la prodigiosa habilidad de expresar, comunicar historias y emociones de forma eficiente pero austera; con las pinceladas justas pero muy elocuentemente. Una simplicidad zen que raya en lo ascético, aunque de gran dinamismo.

Jef Costello, en uno de sus encargos en un club parisino, ha sido atisbado por unos pocos testigos. Sobre todo por la pianista (Cathy Rosier) del lugar, que lo ha visto frente a frente. Es algo imperdonable para un profesional de su categoría, que es extremadamente escrupuloso. A pesar de este error que ya lo ha condenado, prosigue con su meticuloso plan de doble coartada. Como esperaba, la policía lo detiene como sospechoso pero la pianista no lo delata y su alibí es invulnerable. El comisario (François Périer) sigue pensando que es su hombre, por lo que decide presionar a su amante (Nathalie Delon) y poner micrófonos en su apartamento. Costello es consciente de todo esto y de que, por añadidura, sus contratantes, al haber sido detenido, ya no lo consideran fiable: deben matarlo. Nuestro hierático asesino se encuentra atrapado entre dos fuegos y sabe que el único responsable de su situación es él mismo. Pero, como no podía ser de otra forma, ya tiene prevista una solución.

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La atmósfera fatalista se percibe desde el minuto 1. Sabemos qué va a suceder, aunque no cómo. Melville, más que preocuparse en mantener una intriga (que lo hace pero no utilizando los recursos habituales), se centra en presentar la vida y circunstancias de Costello casi a tiempo real. No llega a 40 horas lo que dura la propia acción. Un anti-héroe solitario cuya única compañía es un avecilla que, al contrario de su dueño, no puede permanecer en silencio y pía continuamente. Ah, pero hay sorpresas, por supuesto, el director es todo un prestidigitador. Aunque no hay espacio para el romance en una existencia así, Melville no hace de Costello una máquina sin sentimientos. Hay destellos leves, casi imperceptibles, que muestran que tras esa necesidad de autocontrol y meditado cálculo, hay un romántico de alma oscura. Y aquí Alain Delon lo borda, está perfecto. Pero no solo él, Cathy Rosier está espléndida también, su personaje de femme fatale atípica me gusta mucho.

El ritmo de Le Samouraï no lo considero ni lento ni rápido, es como tiene que ser. Melville obliga al espectador a prestar atención porque la ausencia de voces la exige. Y en este film se cumple el dicho de “una imagen vale más que mil palabras”; o la cita evangélica “por sus obras los conoceréis”. No sabemos nada de Costello ni del resto de los personajes. Nada. Es una película del presente. Son sus actos y gestos los que abren las puertas a sus mentes. Por supuesto, tiene sus escenas de acción, de una perfección alucinante: me quedo con la persecución en el metro de los últimos minutos. Pero todo, en conjunto, transmite sensación de calma atemporal. Esa dirección artística tan refinada y casi minimalista; esa fotografía discreta de color desvaído (me encanta); esos planos tan simples (los cojones) pero tan llenos de significado… uf. Canelita en rama.

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Le Samouraï es un clásico indiscutible que todo el mundo debería ver aunque fuera solo una vez en su vida. Ha sido, y es, un vórtice que continúa generando inspiración y admiración tanto en Occidente como en Asia. Para mí lo mejor que hizo Melville a pesar de que tenga films que me gusten más; y de lo mejor también que se ha hecho de noir. Adoro su infinita elegancia, el clasicismo y, a la vez, modernidad que emana. Sus matices son increíbles y, después de haber pasado un tiempo, asaltan detalles en la cabeza que desvelan nuevas implicaciones. Y ni os digo si se visiona por enésima vez. Es todo un referente del cine negro. ¿La recomiendo? MUCHO.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El Manga del Crimen – Diez viajes hacia otro Japón

Si existe un mundillo denostado, aunque en los últimos años esté recibiendo un reconocimiento inaudito a través de multitud de películas y series televisivas, es el del cómic. Y dentro del cómic, el universo del manga es uno de los más desconocidos y que más prejuicios absorben. Creo que merece la pena recordar esa famosa definición que la Real Academia Española incluyó inicialmente en el diccionario de la lengua:

manga.

(Del jap. manga).

1. m. Género de cómic de origen japonés, de dibujos sencillos, en el que predominan los argumentos eróticos, violentos y fantásticos.
2. adj. Perteneciente o relativo al manga. Videos, estética manga.

Afortunadamente, la RAE subsanó el error tras las lógicas protestas, pero es un ejemplo claro de la ignorancia que rodea al cómic japonés por regla general, y no solo en España. El manga es un campo floreciente, una potente industria que lleva más de un siglo de andadura y cuyo público, variado y heterogéneo, va mucho más allá del cliché del otaku o freak. Su diversa demografía se halla en los mismos géneros principales en los que puede clasificarse: kodomo (infantil), shôjo (niñas, adolescentes femeninas), shônen (niños, adolescentes masculinos), josei (mujeres adultas), seinen (hombres adultos). Existen muchos más, como el spokon (deportes), yuri (romance entre mujeres), hentai (porno), etc, así como otros que pueden encontrarse en cualquier otra obra literaria del planeta. Pero es en Occidente donde, sobre todo, aparece ese escrúpulo hacia el manga que lo relega al ámbito exclusivamente juvenil; considerándolo un reducto todavía mucho más aislado que el del cómic, e infestado de adolescentes disfrazados de Son Gokû. Eso puede ocurrir, el mundo del cosplay es fascinante, así como toda la subcultura otaku. Pero la vocación del manga es la misma que la de cualquier otra disciplina artística popular: llegar a todo tipo de gente. Por eso, aparte de Doraemon, Mazinger Z o Sailor Moon, existen también Akira (Katsuhiro Ôtomo, 1984), Yunagi no Machi Sakura no Kuni (Fumiyo Kôno, 2004) o Barrio Lejano (Jirô Taniguchi, 1998), que tienen el potencial para conquistar las neuronas de cualquier humano adulto con un mínimo de sensibilidad y buen gusto. Porque, recordemos, hay mangas de todo pelaje y para todo tipo de público.

Por eso, con ánimo de “desfacer agravios y enderezar entuertos” respecto al manga, os vamos a recomendar una serie de obras coordinadas por su relación con el mundo del crimen. La selección de estos 10 mangas no sigue ningún criterio en particular, salvo la de nuestros propios gustos. Existen mejores relacionados con la temática, así como también peores; pero todos ellos tienen un mínimo de calidad e interés que merecen especial atención. Nuestra intención no es sentar cátedra, sino acercar la disciplina del manga a los lectores curiosos mediante un señuelo atractivo. Los mangas elegidos pertenecen a distintas épocas, autores y estilos; algunos son clásicos imprescindibles, otros obras más arriesgadas en busca de reconocimiento; y enfocan desde ópticas diferentes el mundo del crimen. Esperamos que los disfrutéis y si ya los conocéis, no aburriros demasiado.

10

Ichi the killer

殺し屋

Hideo Yamamoto

(1998-2001)

10 volúmenes 101 episodios

ECC Cómics

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Ichi es un guapo muchacho de 22 años, de lágrima fácil y que vive en una casita de madera junto al mar. Tiene una sonrisa algo peculiar y entrena mucho porque quiere ser un hombre fuerte. Buena gente. O no.

Ichi es el arma que se ha utilizado para desatar una auténtica guerra en Kabukichô, el distrito rojo de Tokio, entre los diferentes clanes de la yakuza. Porque Ichi es un asesino a sueldo que aniquila a sus víctimas literalmente a patadas. Una fuerza irracional e imparable cuando se pone en canción, solo controlada por el viejo Jijii. Y tras el trabajo, se masturba in situ. Todo podría haber resultado menos violento, pero la desaparición (en realidad muerte) del jefe del clan Anjô y 300 millones de yenes, conducen a su subordinado, Kakihara, a destruir la frágil armonía que mantienen las diferentes mafias en Shinjuku. Kakihara es un trastornado sadomasoquista que desconoce por completo la noción de límite, y busca con pasión ciega a su kumichô.

Yamamoto recrea, a través de una colección de personajes muy excesiva y peculiar, los bajos fondos tokiotas en su máximo esplendor de inmundicia. Una glorificación de la violencia de lo más salvaje. Pero, indudablemente, las figuras en torno a las que gravita la historia son Ichi y Kakihara. Dos hombres enfermos y de gran ferocidad cuya colisión es inevitable. Drogas, prostitución, desviaciones sexuales, torturas, violencia elevada a la enésima potencia y mucha casquería. Sin remilgos. Ichi the killer es dinámico y ameno, pero solo si se tiene un estómago forrado de acero. Un manga duro para tipos y tipas duros.

Ichi the Killer tiene una adaptación al cine (2006) del mismo nombre, dirigida por el truculento Takeshi Miike.

Otras obras: Homunculus (2003-2011), Hikari-Man (2014-  )

9

Utsubora

ウツボラ

Asumiko Nakamura

(2008-2012)

2 volúmenes 14 episodios

Milky Way Ediciones

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El extraño suicidio de una enigmática joven, vinculada a un próspero escritor, parece un caso de poca importancia… pero el inspector Kaiba percibe algo que no encaja. Al investigar los datos suministrados por el escritor y la hermana gemela de la fallecida, descubre que la muchacha no existe en realidad; y lo único que tiene es un cadáver irreconocible en el depósito. Incluso es posible que la identidad de la hermana no sea siquiera tal. Shun Mizorogi, el escritor, se encuentra muy impresionado por todo lo acaecido y, sobre todo, por la aparición de la supuesta hermana de la difunta. Tiene motivos de peso, además de los sentimentales, para estar preocupado, pues su última novela, Utsubora, que está siendo un éxito en su publicación por entregas, tiene una sutil y poco honesta relación con la fallecida.

Inspirada por el film noir pero indudablemente desde una perspectiva más elegante, Utsubora es un manga delicado y misterioso. La eterna femme fatale mueve los hilos de una historia turbia, donde los diferentes personajes poseen sus propias motivaciones y sentimientos ocultos. Un laberinto de secretos inconfesables que derivan hacia una conclusión inesperada. La sensualidad con la que Asumiko Nakamura trabaja, bastante contundente, hace un tándem excelente con su sencillez de líneas de corte manierista. Muy limpio y estilizado, perfecto para la sordidez que esconde.

Otras obras: Copernicus no Kokyû (2002-2003), Le Théâtre de A (2005-2008), Dôkyûsei (2006-2007),

8

Black Blizzard

黒い吹雪

Yoshihiro Tatsumi

(1956)

Volumen único

Drawn & Quarterly

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El 7 de marzo de este 2015 falleció Yoshihiro Tatsumi, el creador de este manga. Sin él, el mundo del tebeo moderno no habría sido igual; su influencia más allá de las fronteras de Japón es innegable. Junto a otros contemporáneos suyos como Masahiko Matsumoto o Takao Saitô, reformuló el manga quitándole los pañales. Creó un género insólito, un nuevo lenguaje con su propio signario y dirigido hacia unas audiencias más exigentes y maduras. El gekiga. Hasta Manga no Kamisama Tezuka le rindió pleitesía. El gekiga quería trasladar a las viñetas el mundo real, la vileza del ser humano, las inclemencias de la vida. Deseaba alejarse de los patrones infantiles o de índole escapista que hasta entonces guiaban el manga. Para ello inició una auténtica revolución estructural y expresiva de influencias tanto occidentales como orientales. Y uno de sus primeros frutos fue este Black Blizzard.

Black Blizzard forma parte ya de la historia del cómic mundial. Es un clásico. Huele al Conde de Montecristo (1844), a hard-boiled, a cine negro. El relato de dos hombres, un tahúr y un pianista, esposados el uno al otro y camino de presentar sus respetos a la justicia. Accidente, fuga. Pero nada es tan fácil. La desconfianza mutua que sienten los fugitivos junto a las circunstancias, hacen de su evasión una aventura muy conflictiva y abocada al fracaso.

Tatsumi escribió esta obra con escasos 21 años y, aunque no sea de sus mangas más sofisticados ni tampoco con el arte más refinado, propinó un par de puñetazos al tebeo de la época y abrió puertas que hasta entonces se desconocía incluso que existieran. Desde la perspectiva de un lector moderno, Black Blizzard puede pecar de cierta ingenuidad, pero no se le puede negar su trascendental valor… y continúa deleitando a pesar de que hayan pasado casi sesenta años desde su publicación.

Otras obras: The pushman and other stories (1969), A drifting life (2008)

7

Monster

Naoki Urasawa

(1994-2001)

18 volúmenes 162 episodios

Planeta Cómics

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Monster es toda una epopeya contemporánea. Tiene mucho de esas grandes novelas del s. XIX, de hecho la influencia de Los Miserables (1862) es muy evidente. Ese cuidadoso estudio de la naturaleza humana, la continua reflexión sobre el bien y el mal, la ética, la justicia, la hipocresía social. Pero desde una óptica contemporánea, muy posmoderna, lo que conduce a dilemas morales infinitamente más enmarañados. Para ello se sirve, como ya hizo Víctor Hugo, de una galería de personajes amplia, rica; de un telar donde sus destinos e historias se entrelazan, creando una realidad verosímil y de gran complejidad. Como la vida misma, pero teñida de un fatalismo muy japonés. Y todo evoluciona, muta.

Monster no es una historia, son muchas historias, aunque la trama principal se centra en la figura del médico japonés Kenzo Tenma. Afincado en Alemania y siendo una verdadera promesa de la cirugía gracias a sus excelentes habilidades, tiene por delante un brillante futuro. Pero todo comenzará a torcerse a partir del momento en el que salva la vida de un niño que ha recibido un tiro en la cabeza. Este chiquillo, de nombre Johan, ha sido víctima y superviviente, junto a su hermana melliza, de un asesino que también ha matado a sus padres adoptivos. Sin embargo, nada es lo que parece. Y, con el paso del tiempo, el doctor Tenma se verá envuelto en una serie de homicidios cuya trayectoria señalará directamente a Johan, que ha desaparecido sin dejar rastro… pero cuya presencia y existencia son incuestionables. Urasawa es un maestro del suspense.

Monster tiene una adaptación anime de 74 capítulos, muy recomendable, del año 2004.

Otras obras: Master Keaton (1988-1994), Pluto (2003-2009)

6

Lupin III

ルパン三世

Monkey Punch

(1967-1972)

14 volúmenes 129 episodios

TOKYOPOP

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Recomendar 10 mangas dedicados al crimen y no escribir sobre Lupin III sí que sería criminal. Y tampoco va a venir nada mal una tregua entre tanto cómic tenebroso. Porque Lupin III está enfocado hacia la comedia y el crimen de guante blanco. Inspirado en el Arsenio Lupin de las novelas de Maurice Leblanc, el autor hace del suyo la tercera generación de Lupines; su creación es nieto del original francés.

Lupin III es toda una institución dentro del universo del manganime. Es una de sus eternas celebridades, figura clásica donde las haya y muy querida entre los aficionados. Es una obra desenfadada, vigorosa y enfocada al puro entretenimiento. Monkey Punch otorgó al nieto del elegante Lupin, una naturaleza más cómica y de connotaciones sexuales explícitas; lo convirtió en una especie de James Bond. Y a todo esto, le unió unas historias al estilo Agatha Christie, un elenco de personajes variopinto muy bien bosquejado y un antagonista a la altura. Lupin III es el remedio perfecto contra el aburrimiento; una sucesión de aventuras locas con mucha acción, humor y sexo. Un clásico que ha aguantado muy bien el paso del tiempo, aunque algunos detalles se hagan un poco infantiles.

Lupin III tiene una adaptación de serie televisiva animada (1971-2015) de cuatro temporadas y 15 películas que contaron con la dirección de Hayao Miyazaki e Isao Takahata entre otros. Existen además diferentes live-actions y varios videojuegos.

5

Alabaster

アラバスター

Osamu Tezuka

(1970-1971)

3 volúmenes 10 episodios

Astiberri Ediciones

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Ciencia-ficción, melodrama y un villano como protagonista. Esos son los ingredientes básicos que podemos encontrar en Alabaster. Sin tratarse de la mejor obra de Tezuka, de hecho comparada con otras de la misma época como Ningen Konchûki (1970-1971) o MW (1976-1978)  se trata de un manga mucho más rudimentario, posee esas virtudes tan características del autor ya sumergido en el gekiga. Una buena presentación para neófitos con una temática atractiva.

James Block es un atleta olímpico afroamericano. A pesar de su fama, el racismo imperante en Estados Unidos hace que sufra un fuerte desengaño amoroso por la actriz Susan Ross, que lo ha estado utilizando durante todo un año. James, que tiene un carácter impetuoso, en pleno arrebato de furia por la humillación sufrida, atropella y mata por accidente a un peatón. Con un juicio bastante irregular, es condenado a prisión cinco años, donde las ansias de venganza lo consumen. Ahí, en la cárcel, conoce a un extraño hombre, una especie de científico loco, que le garantiza puede hacerle dejar de ser negro. Es más, lo puede volver completamente invisible. James no se lo piensa dos veces y, tras cumplir su condena, se dirige al antiguo laboratorio de su compañero de celda. A pesar de seguir sus instrucciones, el experimento no sale bien; y solo la piel de James se vuelve invisible, convirtiéndolo en un ser translúcido, similar al alabastro. Su mala suerte, que ahora lo ha transformado en un monstruo, no desbarata sus planes de vendetta. Es más, el trauma que cargaba por el color de su piel, se multiplica por mil a causa de su nuevo y terrible aspecto, y genera en su ya de por sí fogosa personalidad, una locura violenta que lo conduce a destruir todo aquello que represente la belleza.

Alabaster es una historia de resentemiento y misantropía donde Tezuka nos muestra cómo la intensidad descontrolada de las emociones deshumaniza, enajena. Y es una crítica, algo ingenua en sus formas, a la hipocresía social. El argumento se desarrolla con destreza y vivacidad; y se exhibe con toda la potencia de una tragedia grandilocuente. Casi todo es desmesurado en Alabaster y los personajes principales sufren algún tipo de tara que los hace excesivamente humanos. A pesar de este panorama sombrío, el autor supo dar pequeños respiros con sus habituales pinceladas cómicas; lo que hace la lectura de este manga una experiencia más liviana de lo esperado y bastante entretenida.

Otras obras:  Astro Boy (1952-1968), Ningen Konchûki (1970-1971), Adolf (1982-1984),

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Nijigahara Holograph

虹ヶ原ホログラフ

Inio Asano

(2003-2005)

volumen único

Milky Way Ediciones

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Esta quizá sea la obra más difícil de las que os presentamos en este listado. Tanto por argumento como por estructura. Inio Asano, el autor, no ha vuelto a alcanzar semejantes cotas de complejidad en mangas posteriores; y es comprensible porque parir tal criatura exige mucho esfuerzo y trabajo.

Intentar escribir una sinopsis coherente de este manga no es para nada sencillo. Las historias que cuenta son variadas y se entrelazan unas con otras, revelando un panorama laberíntico al que hay que añadirle, además, la fuerte carga simbólica que abarrota casi cada una de las viñetas. El principal de todos estos elementos simbólicos es la mariposa, representación del alma humana inmortal; cuya existencia en la eternidad le hace prescindir de las nociones de vida, muerte, sueño, realidad, pasado o futuro. Todo es lo mismo. Y eso es lo que encontramos plasmado gráficamente mediante rupturas continuas de la línea temporal.

Este manga se presenta como la historia de unos niños que aseguran vive un monstruo dentro de un túnel cerca de su escuela. El que aparezca ahí el cadáver asesinado de la madre de una de las alumnas, no hace más que acrecentar el rumor; y asienta la idea de que hay que sacrificar a esta niña para calmar la ira de la bestia. Arie, que así se llama, está definitivamente maldita.

Nijigahara Holograph es poliédrico, deliberadamente oscuro; con un esqueleto dúctil y vasallo del concepto de eterno retorno. Le debe mucho al realismo mágico. Los personajes que por él pululan, aparentemente inconexos, van mostrando su vinculación a través del dolor, la muerte, la locura. Son esclavos de sus obsesiones y traumas, son incapaces de liberarse de su miseria interior. Refuerza esta idea de angustia y fatalismo, el que Nijigahara Holograph se ubique en este período moderno de constantes recesiones económicas en las que está sumido Japón desde los años 90.

Otras obras: Solanin (2005-2006), Oyasumi Punpun (2007-2013), Umibe no Onnanoko (2009-2013)

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Innocent 

イノサン

Shin-Ichi Sakamoto

(2013-2015)

9 volúmenes 99 episodios

Éditions Delcourt 

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Ley no es igual a Justicia. Eso es algo que queda muy claro en este manga. Innocent nos muestra el otro lado del crimen, el brazo de la legalidad que actúa como ejecutor. Innocent es una especie de biografía libre y novelada, de uno de los verdugos más importantes de la historia de Francia: Charles-Henri Sanson (1739-1806). Nacido en una familia noble dedicada al oficio desde generaciones, Sanson vivió una época singular y agitada que cambió la visión del mundo. Ejecutó a más de 3000 personas, entre ellos Luis XVI o Robespierre. Él era el Monsieur de Paris.

Mediante una labor de documentación exhaustiva, Sakamoto presenta una historia tremebunda y ampulosa. Su característica principal: la hipérbole. En todos los aspectos. Drama, sangre y ferocidad a raudales; no da tregua en ningún instante. Innocent es todo un folletín gore, pero que no deja de encarnar una era, a nuestros ojos, hermosa y brutal. El argumento se desarrolla con bastante simplicidad mediante lo que podríamos considerar uno de los dibujos más apabullantes de los últimos años en el mundo del manga. Un espectáculo visual barroco, delicado, exuberante; y que plasma con minucioso detalle tanto el brocado de un chaleco como las vísceras de un moribundo. Es una obra furiosa y tremendamente bella; aunque en absoluto apta para todos los públicos, porque las crueldades que se vierten no son para todos los paladares.

Otras obras: Kokô no Hito (2007-2012), Innocent: Rouge (2015- )

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Tekkon Kinkreet

鉄コン筋クリート

Taiyô Matsumoto

(1993-1994)

3 volúmenes 33 episodios

EDT/Glénat

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En el barrio imaginario de Takara-chô en Tokio, que parece una mezcla alucinante de todo elemento asiático que se os pueda pasar por la cabeza (Sudeste asiático, India, China, Turquía y el propio Japón), viven dos niños huérfanos. Sus nombres son Shiro (blanco) y Kuro (negro) y recorren las calles de “su barrio” incansablemente. Se han hecho respetar entre las pequeñas mafias e incluso la policía. Ellos son opuestos y complementarios, yin y yang; y no pueden quedarse impasibles cuando en “sus territorios”, un elemento externo, alienígena, irrumpe para tratar de dominar y transformar sus vidas. Pero hay más, la colección de personajes es amplia; y todos afrontan el cambio irreversible a su manera.

Con una potente carga simbólica donde el autor une Oriente con Occidente, lo surrealista con la ciencia ficción y la cultura pop, Tekkon Kinkreet trasciende su propia naturaleza, en inicio enclavada en una historia de bajos fondos casi dickensiana con bandas de rateros, yakuzas y pícaros, para alcanzar cotas de gran profundidad psicológica y fantasía desbordante. La violencia y crueldad propios del mundo del crimen son revisados por Taiyô Matsumoto de forma inteligente, aportando una mirada original que no tarda en desmarcarse y convertirse en algo… diferente.

Casi todo en este tebeo es fuera de lo común: desde el arte de Matsumoto, sus trazos y perspectivas; hasta el tratamiento de una historia muy cruda, pelín predecible, pero extraña y emotiva. El autor tiene un estilo muy personal, alejado del manga convencional, que ha dejado fuerte impronta por méritos propios.

Tekkon Kinkreet tiene una adaptación animada del mismo nombre del año 2006.

Otras obras: Ping Pong (1996-1997) GoGo Monster (2000-2009), Sunny (2010-2015)

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Lady Snowblood

修羅雪姫

Kazuo Koike & Kazuo Kamimura

(1972-1973)

4 volúmenes 15 episodios

Planeta Cómics

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Se llama Yuki (nieve) y por 1000 yens, se convertirá en una asesina implacable. Una auténtica profesional del asesinato; eficiente, brutal, despiadada. Pero ella es mucho más que una mercenaria, Yuki es un arma. Un arma al servicio de un cadáver. Yuki es la venganza desde la tumba. Para ello fue concebida, criada y educada. Su historia y destino son crueles, y se remontan a mucho antes de su nacimiento, a la cárcel donde fue condenada a cadena perpetua su madre. Esta, tras presenciar cómo mataban a su marido e hijo y ser violada durante días por unos criminales, acabó con sus huesos en prisión al matar a uno de ellos. Pero la mujer fue tenaz, y decidió engendrar un vástago que la vengara definitivamente. Ese vástago es Yuki; y al alumbrarla, murió.

Este es el manga de una homicida que vende sus mortíferas habilidades al mejor postor; y que, mientras tanto, recopila información y va acercándose, cada vez más, a los responsables de las desgracias de su madre: Okono Kitahana, Hanzo Takemura y Gishiro Tsukamoto. Su destino es llevar a cabo la venganza y matarlos. No dudará en recurrir a todo tipo de estrategias, incluidas las sexuales; porque todo está legitimado para cumplir su misión. Pero hay más: a través de esta obra, podemos aprender muchísimo del contexto histórico en el que está ubicado, la era Meiji (1868-1912). La base documental que maneja, con la incorporación incluso de figuras y sucesos reales, es excelente; lo que procura una comprensión más profunda tanto del país como de la sociedad y bajos fondos en los que se mueven los personajes.

Lady Snowblood fue conocida en Occidente gracias a la saga de Quentin Tarantino Kill Bill, que tiene una inspiración muy evidente en este manga. Es una obra repleta de odio, violencia y erotismo; de gran sencillez argumental en cada episodio y con unos personajes diseñados de forma espartana. El arte es muy cinematográfico en su movimiento de viñeta a viñeta; los trazos dinámicos y con reminiscencias clásicas del ukiyo-e.

Lady Snowblood tuvo dos célebres adaptaciones al cine en 1973 y 1974, protagonizadas por Meiko Kaiji.

Otras obras: Lobo solitario y su cachorro (1970-1976)

Este artículo está dedicado al gran mangaka Shigeru Mizuki, que nos dejó este pasado 30 de noviembre. Kitarô seguirá devorando por toda la eternidad nuestros corazones.

Entomología social con el maestro Tezuka

Le estoy cogiendo gusto. Y mucho. A pesar de que son entradas muy poco populares. Pero no puedo evitarlo.

Me refiero a escribir sobre mangas clásicos. No creo que me dure el arrebato tanto como para hacer una sección (soy así de voluble, qué le voy a hacer). No obstante, tras haber logrado acabar la maravilla de Utsubora después de que Milky Way haya tardado lo que me han parecido siglos en enviármela, El libro de los insectos humanos (1970) de Osamu Tezuka se ha aparecido en mi mente como un fantasma. ¿Por qué? Pues porque es evidente que Asumiko Nakamura ha encontrado inspiración en él (y en Ayako, btw). Las influencias son inevitables, necesarias también; y en el caso de Utsubora, aunque perceptibles, han servido para concebir una obra muy distinta.

Pero no voy a dar la tabarra con el manga de Nakamura, sino con el de Tezuka. Hace un par de años Astiberri tuvo el buen tino de publicarlo en España, por lo que pude hacerme con él. Y todavía no me he arrepentido de soltar los veintipico pavos que costó. El libro de los insectos humanos o Ningen Konchûki es un manga espléndido; muy representativo de esa faceta oscura de Tezuka, rendida al gekiga, y que es complicado defraude.

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A estas alturas creo que no es necesario que presente a Osamu Tezuka, ¿verdad? Si resulta ser así y eres seguidor del manganime, tienes un serio problema… muy fácil de solventar, de todas formas.

Este Libro de los insectos humanos no tiene nada que ver con sus obras iniciales, dirigidas a un público infantil o adolescente. Ante todo, se trata de una historia adulta y MUY explícita tanto en lo sexual como en la violencia física/psicológica que expresa. Quedáis avisados. El manga está estructurado en cuatro capítulos: La cigarra de primavera, El pulgón, El coleóptero y El grillo. Las transmutaciones de su protagonista. Todos muy elocuentes, sobre todo si se conocen los hábitos más característicos de estos bichitos, a los que debía ser afecto Tezuka.

Esta obra se podría describir como las andaduras de una cabronaza. Porque trata, sobre todo, de la trayectoria gloriosa y vil de Toshiko Tomura, una mujer joven que ha logrado lo increíble en un tiempo récord: ser una actriz de renombre, recibir reconocimiento internacional al hacerse con el premio anual de la Academia de Diseño de Nueva York y, finalmente, ganar el premio Akutagawa con su primera novela, El Libro de los Insectos humanos. Una verdadera proeza esta la de destacar de forma tan apabullante en tan diferentes disciplinas. La burguesía y élite intelectual nipona se encuentran arrobadas ante tal portento. Aunque no es oro todo lo que reluce, y el suicidio de una joven escritora novel, Kageri Usuba, antigua compañera de piso de Toshiko, despierta las sospechas de un periodista sensacionalista. Pero esto solo es el principio…

insects2El personaje de Toshiko, que no es muy difícil deducir que está basado en la figura de la escritora Toshiko Tamura (1884-1945), trasciende la noción tradicional de la femme fatale. Va mucho más allá, la supera con creces. Esta creación de Tezuka es realmente perversa y, lo que es peor, completamente creíble. Toshiko es un parásito que absorbe, metaboliza y destruye a sus presas. Su gran virtud es hacerlo de una manera tan perfecta que muy pocos conocen su secreto; y los que lo descubren, suelen acabar tan mal como sus víctimas. Es una artista del mimetismo, de la mentira; y muy inteligente además. Da miedo. Pero aunque ella es la protagonista, Ningen Konchûki se asienta en una galería de personajes muy interesante y heterogénea, la mayoría de ellos hombres. Tezuka traza un retrato concienzudo y despiadado de la sociedad japonesa de la época; una época donde todavía no se ha superado el fuerte golpe a su identidad nacional tras la II Guerra Mundial, que va a la deriva y se refugia en la asimilación de la cultura vencedora, la estadounidense, hasta incluso superarla. Se podría decir que El libro de los insectos humanos es una alegoría cruel pero realista, de lo que sucedió en Japón durante varias décadas. Así que tampoco es sorprendente hallar una tremenda misoginia en esta obra; no porque Tezuka fuera misógino, es que el país lo era. Pero existen muchas mas metáforas en este manga, la misma animalización de los personajes, equiparándolos a insectos, deja muy clara la disposición de Tezuka hacia su propia patria. Es una crítica mordaz y con cierto desprecio también.

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Y todo esto lo hace a través de un thriller psicológico en toda regla. Una historia que nos obliga a presenciar actos de crueldad y maldad absolutas; también observar las debilidades y la complejidad de la psique humana. La hipocresía social y la ferocidad dirigida hacia el débil. Aunque no lo parezca, esta obra es muy accesible y atrapa inmediatamente, porque Tezuka sabe desarrollar el argumento con mucha naturalidad. Logra incluso que no odies a Toshiko, aunque se trate de una mala persona. Uno puede llegar incluso a admirar esa capacidad de metamorfosis continua que posee esta mujer; surge una curiosidad morbosa por saber hasta dónde es capaz de llegar, dónde se encuentran sus límites. Y en su periplo, esta sociópata se topa con otros personajes que no son, ni mucho menos, mejores que ella.

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Aunque no os lo creáis, Toshiko también tiene su corazoncito… pero eso es algo que debéis descubrir por vosotros mismos leyendo el manga. Paso de profundizar más en el tema porque, tal como está concebido al más puro estilo cine noir, sería una enorme putada contaros más del argumento. Y eso que internet está a rebosar de reseñas con spoilers, pero yo no me uniré a ellos, no voy a cometer ese error garrafal. Ya que hablamos de cine, es evidente su influjo, lo primero que me viene a la cabeza a bote pronto es Psycho (1960), pero hay más. Y mejor no hablamos de Disney y los cómics occidentales, algunas viñetas en este El Libro de los insectos humanos son auténticos homenajes a Eisner o a Fantasia (1940). El simbolismo además que utiliza Tezuka es muy reconocible, a veces brutal, pero otras sutil y delicado. El arte aquí es el propio del autor, muy característico, y brinda concesiones a la cultura popular norteamericana como el jazz o la psicodelia. Limpieza, claridad, pero también tinieblas y manchurrones de tinta en un alarde de emotividad magistral. Es versátil y sorprendente, no se podía esperar menos de Manga no Kamisama.

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El libro de los insectos humanos no es un manga para todos los públicos. Contiene mucho dolor y, a pesar de ser formalmente asequible, es de un salvajismo alucinante. Eso sí, muy entretenido y se lee del tirón. ¿Lo recomiendo? ¡Demonios, claro que sí! Es un clásico, una de las mejores obras de Tezuka, pionera en muchos aspectos. Pero como casi siempre advierto en obras con ciertos añitos, no hay que perder de vista jamás en qué época fue escrito y nunca juzgarlo desde una perspectiva contemporánea.