Guin el Invencible y las perlas gemelas de la ciudad sagrada

Estoy de viaje unos días, pero me he llevado el portátil. No porque vaya a trabajar con él, sino por ver a la noche cosillas que tengo sueltas. Y como he terminado el anime que tenía en proceso, he decidido hacerle una entradica. Hala. No muy larga (siempre digo eso JOJOJO y luego salen chistorras kilométricas), pero como la serie me ha dejado un sabor de boca agradable, he pensado “¡qué coño, merece un post!”. Además una de las últimas preguntas que me hicisteis en el Gato Curioso iba sobre el tema. Y aquí estoy, tirada en la cama tecleando mientras el laptop me achicharra la tripa.

El anime en cuestión es Guin Saga (2009) y consta de 26 episodios realizados por Satelight. Sinceramente, no comprendo cómo no tiene una legión de fans, quizá se deba a que el fenómeno de efervescencia otaco se da sobre todo entre adolescentes y adultos jóvenes y, como tiene ya unos añitos, la franja temporal de arraigo ha pasado hace bastante. Y los otacos actuales no saben ni que existe, porque son criaturas del presente. Quizá sea eso. O quizá no. La cuestión es que Guin Saga es una obra muy competente dentro del género de la fantasía heroica, con una animación que podría mejorarse muchísimo más, aunque el argumento y su desarrollo son estupendos.

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Kaoru Kurimoto de moza

Esta señorita era Kaoru Kurimoto (1953-2009), seudónimo literario de Sumiyo Imaoka. Ella fue el cerebro responsable de que Guin Saga saltara al mundo de la animación, pues ella, y solo ella, escribió la saga literaria que le da nombre, compuesta de 130 libros. Nada más y nada menos. La serie cubre los primeros 16. Solo he leído uno, el que sube el telón, The Leopard Mask (1979), y no lo recuerdo especialmente, así que podría decir que me pareció normal. Me habría gustado poder continuar con alguno más, pero en inglés creo que solo estaban publicados por entonces 3 volúmenes… y tampoco me apetecía darme con un canto en los dientes si me llegaba a gustar mucho. Por la información que he recabado, la historia propiamente finaliza sobre el volumen 100, los otros treinta son como diferentes spin-offs. No puedo opinar sobre si a esta buena mujer se le fue de las manos el asunto (tiene el récord Guinnes, por supuesto) o realmente todo su conjunto es valioso, pero resultando una saga tan amplia, tiene todas las pintas de que la homogeneidad brillará por su ausencia. Y sería algo completamente natural, por otro lado.

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Guin, Remus y Rinda en la portada de la primera novela de “Guin Saga”.

Es que cuesta imaginarlo, 130 libros. WOW. Vaya fenómena era Kurimoto-sensei. Y lo fue, en realidad lo fue en varios aspectos. Creo que es importante que antes conozcamos algo de la vida y obras de esta escritora, pues era una persona bastante singular. Se graduó en literatura en la universidad de Waseda y escribió desde crítica literaria, ensayos sobre diferentes autores como Yasutaka Tsutsui, el poder del patriarcado y el papel de la mujer en el género de ciencia ficción; hasta manga y novelas de detectives, fantasía, terror lovecraftiano o temática homosexual. Escribió, escribió y escribió de lo que quiso y como le dio la santa gana; fue una creadora de mente fértil y obra extensísima. Por estos lares la conocemos solo de oídas, pero en Japón fue toda una institución. Recibió multitud de galardones, entre ellos el Gunzô, poco después de su debut, o el Edogawa Ranpo. Su carrera consta de aproximadamente 300 obras, por lo que cualquier cosa que diga solo señalará el risco de un gigantesco iceberg que por aquí ni oleremos. Kaoru Kurimoto fue una de las literatas más importantes de sci-fi en el Japón de finales del s. XX; su influencia era enorme, al igual que su popularidad.

Sin embargo, la producción más celebrada de su catálogo es la que hoy nos atañe en SOnC, Guin Saga, su magnum opus literalmente. La trascendencia de estas novelas es excepcional y pueden observarse ecos suyos en obras de otros autores como Berserk o Record of Lodoss War; por no decir que George R. R. Martin también le dio un buen repasillo a los primeros volúmenes. Guin Saga es un clásico impepinable que por desgracia será muy arduo podamos leer algún día completo. El género de alta fantasía se encuentra, sobre todo, en manos anglosajonas en el mercado de esta parte del planeta; y no existe ningún tipo inclinación natural por escritores japoneses. Y menos aún en este género. Así que la única forma de consolarnos es mediante sus adaptaciones al manga y a la animación. Conforme iba viendo la serie, me preguntaba cómo era posible que, siendo tan significativo este trabajo, no hubiera tenido más encarnaciones. Se tuvo que esperar al fallecimiento de Kurimoto para realizar un homenaje-despedida de Guin Saga. Y, a pesar de que se realizó con cariño, también da la sensación de que se hizo un poco por cumplir. O al menos esa es mi percepción.

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Guin Saga comienza con la invasión del reino de Parros por la intrépida potencia militar de Mongauli. Sus soberanos intentan poner a salvo a sus dos hijos mellizos, Remus y Rinda, mediante una máquina sagrada de teletransporte que solo la familia real puede utilizar. Es uno de los enigmáticos tesoros del país. Pero algo no funciona bien del todo, y en vez de ser enviados a la vecina Argos, donde su tía materna es reina, acaban en un tenebroso bosque. Allí, cuando están a punto de perecer, un misterioso hombre-bestia con cabeza de leopardo despierta de la inconsciencia y logra socorrerlos. Parece un guerrero brutal y mortífero pero Rinda, que tiene el don de la profecía, confía en él casi de inmediato. Él no recuerda quién es, de dónde viene ni la razón de su aspecto monstruoso, solo que probablemente se llame Guin. La palabra “Aurra” también acude a su mente. A partir de entonces, acompañará a los dos niños en su huida y búsqueda de refugio, pues el Archiduque de Mongauli ha ordenado su muerte. Para ello moviliza a parte del ejército y envía a su propia hija, Lady Amnelis, en su búsqueda. ¿Son ellos los únicos supervivientes de la casa real parrosí? No, pero Remus es el heredero al trono, y el siguiente en la línea sucesoria, su primo y prometido de Rinda el Duque Norisse, se encuentra en paradero desconocido… de momento. Al grupo de Guin y los mellizos se unirá algo más adelante el mercenario Istavan de Valachia, cuya presencia cambiará el rumbo de sus destinos; también la inevitable “mascota”, Suni, nacida en la ominosa región de Nospherus.

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Si algo se encuentra en esta serie es una reconfortante sobredosis de épica a la antigua usanza. Panorama de base profundamente patriarcal y fragancia a testosterona sudorosa, aunque sabe jugar un poco con los roles de género para darse vidilla. La banda sonora, compuesta por Nobuo Uematsu y que fue su estreno en el mundillo del anime, es tan rimbombante como era de esperar en una serie de estas características. Aunque en algunos momentos suena ligeramente… cutre. Otorgar mucha presencia al sonido puro de sintetizador no suele encajar demasiado bien con una obra de ambientación medieval. Transmite una sensación amateur no muy favorecedora. Hay que tener en cuenta además que Guin Saga es muy clásica dentro del género espada y brujería, más cercana al Conan de Robert E. Howard que a las moderneces culebronescas de Canción de Hielo y Fuego, guardando mucho de esa esencia pulp tan entrañable. De ahí que peque de cierta ingenuidad e infantilismo, pero es parte de su encanto. No todo tiene que ser nolanesco para molar, camaradas otacos, resultaría un agobio.

No obstante, se decidió respaldar una línea amable dirigida a un tipo de público amplio. Hay combates, hay batallas; el nivel de violencia es alto, pero sin su faceta más cruenta. La gente muere por doquier y continuamente (encariñarse con secundarios es deporte de riesgo para el kokoro), pero no se ve ni una sola gota de sangre. En realidad las escenas de acción son bastante cochambrosas y se encuentran planificadas fatal; que el CGI sea un castañón además empeora el asunto. Horreur. Aviso: los amantes de las ensaladas de hostias se llevarán una tremenda decepción.

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El primer arco argumental de Guin Saga, como toda presentación, es una declaración de principios. Una declaración de principios que, a pesar de ser muy dinámica sin dejar espacio al aburrimiento, es bastante superficial y algo chapucerilla. La simplificación de algunas escenas raya el absurdo infantil, perdiendo en ocasiones la coherencia. Se nota muchísimo que han tratado de adaptar lo mejor que han podido el inicio y primeros pasos de un universo complejo y vasto, pero les ha quedado tambaleante. La labor de síntesis no ha sido la más acertada, no obstante tampoco parecía fácil realizarla. Además resulta disculpable porque se trata de un preámbulo y la historia en general seduce. Y esa es una de las características de esta serie, que engancha. El nivel de adicción va in crescendo hasta alcanzar su final. Si se toleran los primeros episodios, que tampoco resulta complicado, los siguientes hacen olvidar esos tropiezos típicos de anime largo que se está encontrando a sí mismo. Por que en el segundo arco, sobre todo a partir del capítulo once, las cosas se ponen bastante más interesantes. Los retratos de los personajes son más detallados, aparecen nuevos, se desarrollan secundarios y el romance toma algo de protagonismo. Las intrigas palaciegas y la política ganan importancia, dejando un poquitín de lado las batallas, lo que beneficia bastante el conjunto. La historia se asienta, la clásica lucha por el poder se hace muy presente. La galería de personajes que despliega la serie es dilatada, y todos y cada uno de ellos están diseñados con meticulosidad y gracia. Guin Saga presume de categórica naturaleza coral, y cuida al máximo las caracterizaciones, lo que nos da a entender que han procurado seguir con fidelidad las descripciones literarias de Kurimoto. Pero hay algo que no puedo evitar que me moleste: el amor convierte en auténticos imbéciles a ciertos personajes, lo que les impide desarrollar su potencial. Memos de relleno, marionetas e irritantes cabezotas. Requetemeh.

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Mi amado Klimt

Sin embargo, Guin Saga le da mil vueltas a Arslan Senki, por brindar un ejemplo de serie épica con gran popularidad. También es bueno advertir que ambos anime comparten un apartado técnico flojérrimo. Me llama la atención mucho ese esmero en algunos detalles, que son en verdad deslumbrantes, para tropezar a la vez con una falta de atención (o presupuesto) en una animación que va del “mira qué bonico esto” a la vergüenza ajena con hemorragia ocular. El argumento es muy bueno, porque la base es la que es; resultaría una incompetencia absoluta cagarla con un material semejante. Sin embargo, es patente que hay muchisísisisisimo detrás que resultaría imposible de plasmar en la serie. Y da una miqueta de rabia, porque los libros no se pueden conseguir en Occidente. Y esto también se encuentra relacionado con la conclusión que le dan al anime, que en realidad no es una conclusión como muy sagazmente deduciréis.

¿Recomiendo Guin Saga? La verdad es que sí. A pesar de que es irregular a causa de esos contrastes tan fuertes entre lo que hace (muy) bien y lo que hace (horriblemente) mal, resulta un anime entretenido y que mejora mucho conforme avanza. Guin, con su personalidad estoica y compasiva, es solo un hilo conductor, que no protagonista. Y se agradece la ausencia de héroes mesiánicos pagados de sí mismos. El elenco y sus circunstancias son en realidad los que crean un espacio que se amplía en continua progresión, engendrando el opulento universo de Kaoru Kurimoto. Pero, ay, qué mal llevo los finales abiertos. Qué mal. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El delicado cultivo de la Iris japonica

Todos tenemos una serie de temáticas y géneros que nos gustan. Solemos disfrutar más con ellos, y por eso mismo tendemos a consumirlos por delante de otros. Es lo más natural del mundo, no hay nada de malo en eso. También ocurre al revés, que ciertos estilos nos fastidian o directamente funcionan como un anestésico para rinocerontes. A mí me sucede con el shôjo, el spokon, el yaoi o el school life. Qué le vamos a hacer. Pero en ocasiones me apetece salir de mi zona de confort, de hecho preciso hacerlo, de otro modo empezaría a agobiarme cosa mala. No, no soy masoquista, pero necesito respirar. No sé cómo explicarlo. Esta disposición tan poco racional me conduce, por ejemplo, a realizar una sección en este blog dedicada a la prehistoria de una demografía que me irrita (Shôjo en primavera) o escribir la entrada de hoy.

Llevo unas cuantas semanas leyendo muchísimo más manga de lo habitual, lo que me ha dado la oportunidad de chapotear en piscinas donde normalmente no meto el pie. Y, en fin, que he acabado haciendo unos cuantos largos la mar de guays. He aprendido un montón y, lo principal, ha sido muy entretenido. También me he jamado varios excrementos de magnitud importante, pero en general ha ayudado a ampliar mis horizontes. No se ha convertido en mi género favorito ni muchísimo menos, sin embargo he descubierto obras que me han emocionado de verdad. Con el título del post creo que está muy claro a lo que hago referencia: el yuri.

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“Ternura” de Isoda Koryûsai circa. 1780

Ya había leído con anterioridad yuri, pero quizá por mala suerte y/o falta de interés en buscar mejor, casi siempre había topado con obras que me aburrían bastante. Claro que había excepciones, pero en general era un género que me resultaba más bien indiferente. Mi perspectiva ha cambiado, claro; y como estoy de buen humor, voy a compartir con vosotros un sucinto listado de los mangas que considero más destacables. Algunos ya los conocía bien, otros han sido auténticos hallazgos. Creo que todos son bastante populares y fáciles de encontrar, lo que hace de ellos una buena introducción para el neófito. Incluyo tebeos de distintas épocas, para de este modo percibir la evolución. Eso sí, desde mi punto de vista. No he leído todas las obras yuri de la galaxia, tampoco soy una experta en el asunto. Simplemente he redescubierto el género y me apetece escribir sobre ello. De todas formas, una pequeña introducción no vendrá nada mal.

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Esta señora tan sonriente es Nobuko Yoshiya en mayo de 1937.

Si se desea observar en retrospectiva con un mínimo de seriedad el género yuri, es inevitable mentar a la escritora Nobuko Yoshiya (1896-1973). Aquí ya hablé de ella un poco, pues su figura es imprescindible para comprender el nacimiento del shôjo y el yuri. Todo hay que decirlo, son dos géneros muy vinculados entre sí. El shôjo desde sus inicios poseyó una vertiente pronunciada lésbica, relacionada con el S Kurasu Esu de comienzos del s. XX. El Takarazuka Revue o las obras de Yoshiya-sensei hacían hincapié en las relaciones platónicas amorosas entre dos chicas; una especie de sororidad romántica senpai-kôhai muy inocente, pero a la vez obviamente homosexual (dôseiai). Eran historias hechas por chicas para chicas. Esto no suponía mayor problema en el contexto social de la era Taishô y albores de la Shôwa, donde además la audacia de las “mujeres modernas” o moga brillaba en todo su esplendor. No era algo de lo que preocuparse, pues se consideraba (y continúa siendo así) una etapa normal a superar que concluía en heteronormatividad: ser esposa y madre. Cierto que el caso particular de Nobuko Yoshiya fue bien distinto y nunca escondió su orientación sexual; pero tanto la mayor parte de sus obras como las que luego llegaría a inspirar en otros, nunca fueron manifiestamente yuri. Todo quedaba circunscrito a un atrevido, pero tolerable, shôjo-ai. La llegada del amor homosexual a los tebeos populares japoneses se hizo esperar hasta la aparición del Grupo del 24. Fueron sus autoras las que abrieron la veda. ¿Sucedió igual con el amor lésbico? En cierta forma sí, ganó en expresividad y su presencia se hizo más rotunda; pero continuó ciñéndose a un ámbito escolar de características idílicas. Tenían muy poco de la vida real. Podríamos decir que se trataba de relatos de amor entre jovencitas dirigidos a lectoras heterosexuales. Esto puede sonar un poco raro en la actualidad, sobre todo cuando existe un sector de público bastante amplio masculino en el yuri, pero así fue al principio, señores.

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Mi querida Utena

Los primeros mangas yuri mostraban casi siempre un dúo activo/pasivo en el que la muchacha enérgica, tomando el rol masculino, adquiría muchas de las particularidades de las otokoyaku del Takarazuka. El rol femenino recaía en personajes delicados, sufridores, casi sin voluntad, y bastante anodinos. Pero eso ya es una observación personal, claro. No puedo evitar rememorar a la insufrible Fiona de Paros no Ken (1986), que la mitad del manga está llorando y la otra siendo víctima de alguna horrible maldad. Muy triste.

Sin embargo, la joven que llevaba las riendas en la relación solía tener mucho de la Sapphire de Ribbon no Kishi (1953). Aceptaba su amor por una persona de su mismo sexo y poseía la determinación de asumir la relación con todas sus consecuencias. Y esas consecuencias solían ser muy, muy trágicas. Toda una heroína. En cambio, su pareja acababa transigiendo para dejar su enamoramiento en una simple fase de la adolescencia. Algo que no podía salir de las paredes del colegio, sin lugar en la sociedad. Una mujer no puede ser un hombre, por lo que amar a otra mujer está mal y acarrea todo tipo de desgracias. Como todos ya sabemos, esa visión devastadora del amor y la feminidad fue virando, y figuras como Haruka Ten’ô (Sailor Urano) o Utena Tenjô relajaron el tema bastante otorgándole naturalidad y una perspectiva más poderosa, acorde a los nuevos tiempos.

No sé si está quedando claro, pero el yuri no es considerado en Japón de temática estrictamente homosexual. Se encuentra en una especie de limbo, entre lo que se es y lo que se aparenta ser. El yuri tiene lugar en la fantasía, no es real; y las historias que cuenta son aceptables porque reflejan el crecimiento personal de las jóvenes… que finaliza en casarse y parir como conejas. Punto. Da igual lo explícito que sea, sobre todo el dirigido al público masculino, cuyo yuri, por otro lado, es muy, muy, pero que muy diferente (fanservice a muerte) del que está enfocado al tramo femenino. No obstante, poco a poco el panorama está cambiando; y numerosas creadoras están aportando al género precisamente esa base de realidad que le ha faltado durante tanto tiempo. El yuri está creciendo delante de nuestras narices, sirviendo de plataforma al mundo lésbico para poder expresarse. En mi opinión era algo muy necesario. No quiero alargarme más, solo apuntar que si estáis interesados en este género y su historia, os recomiendo este vídeo de Erica Friedman así como también su web Okazu. Es una fuente de información inagotable y especializada en yuri, muy bien documentada.

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¡Dale caña, Haruka!

Shiroi Heya no Futari

Ryôko Yamagishi

(1971)

A falta de una obra más temprana, Shiroi Heya no Futari (1971) es considerada de momento la primera obra del género. El primer manga donde aparece de forma explícita una relación amorosa entre dos mujeres. Sin ambigüedades. Ya solo por su valor histórico merece un vistacillo. Además se lee en un suspiro, consta de 4 episodios que fueron presentados en Ribon. Ryôko Yamagishi, miembro del Grupo del 24, creó un tebeo sencillo pero atrevido. Su influencia posterior ha sido descomunal, y no solo dentro del yuri, en el mismo shôjo. Se me ocurre, a bote pronto, la exageración que el celebérrimo Candy Candy (1976) de Yumiko Igarashi y Keiko Nagita le debe, tanto en argumento, recursos o diseño de personajes. Para mear y no echar gota.

La historia en sí está ubicada en un exclusivo colegio femenino francés, donde la rica huérfana Resine de Poisson acude huyendo del desafecto de su familia. Ella es una jovencita frágil y de rizos dorados como una muñeca, cuyo carácter dulce es radicalmente opuesto al de su compañera de habitación, Simone D’Arc. Simone es apasionada y rebelde, sarcástica y con una vida repleta de secretos infortunios. ¿Qué química surgirá entre ellas? Ah, l’amour. Lo mejor sin duda de este cómic es el personaje de Simone D’Arc y el arte de Yamagishi. Probablemente sea mi favorita en ese aspecto del Grupo del 24, quizá porque tengo debilidad por el Modernismo. Por lo demás, Shiroi Heya no Futari no puede sorprender demasiado a un lector del s. XXI, porque a la fuerza ha observado sus mismas variables en cientos de mangas. Mangas posteriores, por supuesto, este fue pionero en su clase. ¿Lo peor? Un guión algo acuoso y un personaje como Resine de Poisson al que dan ganas de estrangular de principio y, sobre todo, al fin.simone1

Claudine…!

Riyoko Ikeda

(1978)

Con Claudine…! (1978) ya se percibió un cambio. Riyoko Ikeda trató el tema de la transexualidad con mucho tacto, haciendo del protagonista de este manga, Claudine de Montesse, una persona creíble y profunda. Se trata de un tebeo emotivo además de muy agradable. Pero no os llevéis a engaño, Claudine…! no examinó la transexualidad desde una óptica realista. Recordemos que el yuri siempre ha trabajado dentro de las fronteras de un mundo idealizado, hermético y/o lejano (en este caso Francia, como sucede también en Shiroi Heya no Futari), así que ni se huelen los enormes problemas que mujeres y hombres de esta condición tenían (y tienen) que padecer.

Claudine de Montesse pertenece a la pequeña nobleza francesa, tiene una belleza radiante, un carácter admirable y gran inteligencia. Es el vivo retrato de su padre, salvo por un detalle: nació mujer. Claudine, desde muy niño, se ha sentido varón; y no ha dudado jamás en expresarlo en su entorno. Solo su madre parece hallar problemas en esto, por lo que decide llevarlo a un psiquiatra. Y son las anotaciones y pensamientos de este médico, que se convierte en su amigo, los que nos guían para conocer la historia de su vida. De esta manera indagaremos en una existencia que, aunque no presenta grandes dificultades, resulta rica a nivel emocional. Porque Claudine…! es simplemente un shôjo de época. Centrado en la vida sentimental del protagonista, muy desgraciada y que, siguiendo las pautas del yuri, acaba en tragedia. El argumento tiene mucho de folletín, una montaña rusa que a veces peca de inverosímil; si bien nada especialmente molesto salvo el asunto de sus novias: son todas idiotas. Si gustó Versailles no Bara (1972), Claudine…! no puede resultar indiferente. Es su hermano pequeño.

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Blue

Kiriko Nananan

(1995)

Mediados de los años 90. Kiriko Nananan le dio una vuelta de tuerca formidable al yuri clásico con Blue (1995). Lo hizo aterrizar desde las nubes tornasoladas del shôjo al patio de recreo de un instituto japonés cualquiera. Duro, vulgar, áspero. ¿Qué sucedería de verdad si dos adolescentes se enamoraran? Welcome to the real world. Pero a pesar de que Nananan decide brindarle a su tebeo la mirada del realismo, no lo hace de forma cruda. Blue pertenece a la nouvelle manga, por lo que tiene mucho de poesía y sutileza. Es una aproximación clara y delicada a la existencia de dos chicas que todavía están aprendiendo a conocerse a sí mismas y al mundo que las rodea. Y no es un proceso sencillo, la adolescencia nunca lo es. En realidad el amor accidental que surge entre ellas es una excelente coartada; son sus circunstancias, sentimientos y la manera de plasmarlos lo verdaderamente esencial de este cómic.

Ellas son Kayako Kirishima y Masami Endô. Van a la misma clase. Endô parece retraída y algo misteriosa, lo que despierta la curiosidad de Kirishima. Endô además estuvo ausente durante bastante tiempo del instituto, coyuntura que el profesorado tampoco evita mencionar para avergonzarla. ¿Qué le pudo suceder? Kirishima se siente muy atraída por Endô, así que decide hacerse su amiga. Y hasta ahí puedo contar, porque la historia no deja de ser un sencillo slice of life. Muy profundo y conmovedor, aunque no bonito. Lo que sí es precioso es su arte, de línea clara y simple, donde el vacío posee un hondo significado. Lo amo. Con muy poco logra transmitir muchísimo: la cuidadosa elección de planos, la elegancia de sus detalles, la esmerada sincronización emocional, la cálida intimidad de su lenguaje corporal… buf. Todo.

Otro manga que comparte ciertas similitudes con Blue, pese a ser bastante más convencional, es Aoi Hana o Flores Azules, que Milky Way tuvo el buen tino de publicar (¡gracias!). Es una preciosidad de tebeo que no me habría importado incluir en esta lista, pero tiene pendiente un Manga vs Anime. Deberá esperar un poquito.

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Honey & Honey

Sachiko Takeuchi

(2007)

Otro salto cuantitativo en el yuri: la aparición de auténticos mangas sobre lesbianismo creados por sus propias protagonistas. Honey & Honey (2007) es un ensayo donde la autora, Sachiko Takeuchi, cuenta de manera abierta y divertida su día a día como mujer homosexual con su novia, Masako. Son 32 capítulos muy cortitos y de lectura rápida, pero que ofrecen gran cantidad de información sustanciosa. Tiene cierta vocación didáctica, quizá para hacer notar que las bellas tríbadas son también personas, ¡quién lo iba a decir!, ¿verdad?, y que trabajan, les gusta salir de compras, ir al cine, sufren de celos, se enamoran, beben cerveza, acuden a conciertos, salen con sus amigos, y un largo etcétera de actividades extrañas. Takeuchi acerca el bian world a todo el que quiera leer su manga; explica su propia vida y las circunstancias más comunes con las que tiene que lidiar. Y lo hace con mucho salero, por cierto. Me parece una manera estupenda de dar visibilidad a todas esas mujeres que no tienen por qué avergonzarse de una orientación sexual que es natural, respetable y legítima. Solo deseo que cunda más el ejemplo.

Honey & Honey es un buen tebeo no ya solo por su intención, sino porque las anécdotas y pequeñas historias que cuenta en cada episodio son relevantes y muy sabrosas. No hay grandes dramas ni aventuras épicas en la vieja Europa; rinde homenaje al espíritu de las tiras cómicas, creando una inmediata complicidad con el lector. Es un manga directo, como su dibujo. Exacto, su dibujo. Desde luego el que espere un estilo tradicional quedará decepcionado. A mí personalmente me encanta ese aire infantil y esquemático, resulta perfecto para sus historias y le da una expresividad única. La elección de utilizar color muy acertada también. En resumen, Honey & Honey es una obra redondita y fragante como un melocotón, yo no me la perdería.

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Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report

Kabi Nagata

(2016)

A través de la plataforma CuriousCat me llegó una pregunta sobre este manga. Se puede decir que ha sido uno de los detonantes para escribir la presente entrada, por lo que os animo a que sigáis metiendo caña en el GatoCurioso,  ya que me viene genial para la inspiración.

Empecé a leer Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report (2016) o Mi experiencia lésbica con la soledad en septiembre, y estoy a la espera de que suban los dos últimos capítulos. Es harto improbable que lo vea publicado en España, pero Seven Seas afortunadamente lo ha licenciado, así que este verano que viene caerá a la saca sí o sí. No conocía de nada a la autora, Kabi Nagata, y creo que ha sido todo un descubrimiento.

Como Honey & Honey, se trata de un tebeo autobiográfico; y aunque comparte algunas similitudes como el slice of life y cierto tono humorístico, son muy diferentes. Mi experiencia lésbica con la soledad es, a pesar de las metáforas y su lenguaje ligero, una historia bastante descarnada. Es genial cómo Nagata sortea el rol de víctima y el lógico drama que implica, para centrarse simplemente en el autoanálisis. Este cómic es una puerta abierta no solo a su vida como mujer soltera lesbiana, sino a sus procesos mentales, dolencias y pensamientos. Muy cerebral todo. A través de ellos refleja muy bien ese excesivo pudor japonés en las relaciones humanas, esa obsesión por las formas que impide que las personas expresen su propia individualidad, sus emociones. Y aquellos que por un motivo u otro son “distintos”, sufren especialmente de incomprensión y aislamiento. Es la contrapartida a Honey & Honey, un relato de reclusión, tristeza y enfermedad; pero también de superación y búsqueda, aunque conduzca a puertos insólitos.

Viendo la situación como está, y que en el resto del planeta no resulta tampoco mucho mejor, mangas como Honey & Honey y este Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report son importantes. Tratan la materia con naturalidad y franqueza, sin necesidad de señuelos porque sus narraciones son por ellas mismas adictivas y muy amenas.

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Beloved

Jaeliu

(2016)

Y quería cerrar este mini-inventario con una obra también contemporánea, pero esta vez no desde Japón, sino Pekín. Este manhua de la creadora Jaeliu no ha finalizado, y lo estoy siguiendo por puro enganche. Estuve a punto de abandonarlo, pero ESEDIBUJOSEÑORESJODER me absorbió totalmente. Magnífico.

La historia es típica y tópica, nada que no se haya visto ya miles de veces en cualquier josei de andar por casa, pero que desde una óptica lésbica adquiere un frescor inaudito. Y ese arte, ¿lo he dicho ya?, DIOSMÍODIOSMÍODIOSMÍO. Beloved (2016) es una historia de amor y sexo normal y corriente, pero además de profundidad poco habitual. Propone cuestiones interesantes y el tratamiento de los sentimientos es grácil y perspicaz. Si ha gustado, por ejemplo, el estupendo Sorano y Hara (2009) que Tomodomo publicó este pasado verano (¡gracias!), Beloved no puede decepcionar. Al menos hasta el episodio 10, después ya veremos.

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¿Seguís vivos? ¿Habéis llegado hasta aquí? Bien, me alegro, camaradas otacos. Tengo muchas ganas de hincarle el colmillo a Hana Monogatari (2013) de Mari Ozawa, pero me temo que tardará muchísimo en llegar a mi plato. Ains. Comentario random para finalizar la entrada. Je. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.