Shôjo en primavera: La doncella de la mansión de las rosas

Ya estamos en primavera. Y Shôjo en primavera regresa con vosotros, pero porque así lo decidisteis en la encuesta de twitter, no os creáis. Obtuvo el segundo lugar tras quedar en tablas 2017: un siglo de anime y Manga vs. Anime. Al pobre Cómic Occidental lo relegasteis de manera humillante al último puesto, con apenas un par de votos. Sois crueles. Pero a la siguiente entrega me resarciré.

Excavando por internet en esas fosas solitarias donde permanecen en silencio los escasos fósiles del shôjo, una se da cuenta de que sobre todo fueron autores masculinos los que, en su génesis, impulsaron la demografía. Eso no quiere decir que no hubiera mujeres, que las había (Toshiko Ueda, Hideko Mizuno), pero eran muy, muy pocas. Y de momento no hay restos arqueológicos suyos legibles por la red. En ningún estrato. La Prehistoria del shôjo es dura, camaradas otacos, en múltiples aspectos. Hay que esperar hasta mediados de los años 60 para hallar alguna lectura disponible; y fue entonces cuando nuestra mangaka protagonista de hoy, Riyoko Ikeda, junto a otras compañeras de generación, comenzaron a manifestar sus primeros balbuceos editoriales. No sé si hace falta que aclare quién es esta creadora, pero es una señora muy importante. Suyo es el poder y la gloria de La Rosa de Versalles (reseña aquí), un clásico entre clásicos.

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Ikeda Superstar

Riyoko Ikeda formó parte del fabuloso Grupo del Año 24, en el que militaron diferentes mangakas. No hay un número fijo de componentes, aunque algunas de sus cabezas más visibles fueron (y son) Môto Hagio, Keiko Takemiya o Ryôko Yamagishi. No es la primera vez, ni será la última, que escriba sobre El Grupo del 24, porque revolucionaron el panorama a fondo. Junto al que se llamó Grupo post-24 y la labor de autoras como Shio Saitô, Kyôko Okazaki e incluso Rumiko Takahashi, es que podemos disfrutar del manga comercial tal como lo conocemos ahora. Su contribución fue fundamental, bara3porque estas creadoras no se limitaron a transformar el shôjo y shônen introduciendo temáticas hasta entonces impensables, sino que se adentraron en los paisajes estelares de la ciencia ficción, hurgaron en conceptos filosóficos complejos, escribieron historias intrincadas de gran calado o innovaron en la disposición y estructura de las viñetas para intensificar la emotividad. Enriquecieron, en general, el mundo del manga con perspectivas innovadoras, engendrando incluso nuevos géneros como el yuri o el yaoi. Estas mujeres estaban destinadas a hacer historia, no obstante todos los maestros deben dar sus primeros pasos, y no tienen por qué ser obras superlativas. Generalmente no lo son, pero sí resultan útiles para comprender mejor la evolución de los autores. E incluso a veces descubrir pequeñas gemas. 

Bara Yashiki no Shôjo (1967) o La doncella de la mansión de las rosas fue el debut de Riyoko Ikeda. Tenía 19 años cuando se publicó en Shôjo Friend, perteneciente a Kodansha, donde la mangaka desarrollaría luego la mayor parte de su carrera. No podía faltar en Shôjo en primavera como obra primigenia de una de las principales renovadoras de la demografía. bara1Se trata de un simple one-shot, pero muy elocuente respecto al estilo que más adelante desarrollaría. En él encontramos ese gusto por el misterio y la intriga que sus protagonistas querrán desentrañar; el recurso de la enfermedad terminal, presentado de manera romántica; el amor trágico no correspondido, y el símbolo que acompañará las obras de Ikeda de forma casi permanente: la rosa.

Es una obra muy sencillita y con la influencia de Osamu Tezuka bastante visible, sobre todo en sus técnicas cómicas y el diseño general de los personajes. La protagonista, Tomoko, no deja de ser un homenaje a la princesa Sapphire de Ribbon no Kishi (1953); y su hermano, Ken, un calco de Eiji Kusahara de Angel no Oka (1960). Y tampoco tiene nada de particular, estamos hablando de un tebeo primerizo, e Ikeda jamás negó su admiración por Manga no kamisama, del cual han aprendido (y continúan aprendiendo) muchísimos mangakasBara Yashiki no Shôjo además cumple 50 años este 2017, escribir un poquito sobre él es una manera de celebrar el medio siglo de carrera profesional de Riyoko Ikeda. Tampoco puedo alargarme mucho, ya que se trata de un manga muy breve, de escasas 32 páginas. Sin embargo, en tan sucinto espacio logra construir una arquitectura de relato sólida y coherente. No la más original del mundo, aún comparándola con sus contemporáneos, pero que a pesar de su aire bisoño, presagia en ciertos detalles una futura revolución.

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Bara Yashiki no Shôjo comienza en primera persona, como una confesión. La voz que nos adentra en este cuento de misterio duda de que la vayamos a creer, porque lo que tiene que relatarnos es extraordinario. Ella es Tomoko, una chica de unos 12 años un poco inocente pero audaz. Disfruta con su hermano, estudiante universitario, de una vida feliz y acomodada, sin grandes contratiempos. Un día, de camino a casa regresando del colegio, se tropieza con una muchacha. Parece que vive en la solitaria mansión de la colina, donde las rosas florecen. El encuentro la deja turbada por la belleza y extraño silencio de la joven. ¿Quién es esa enigmática muchacha de mirada triste? En muchas otras ocasiones volverá a aparecerse frente a nuestra protagonista y su hermano, Ken, sin conseguir ninguno de ellos dilucidar su identidad. Tomoko es una romántica empedernida, por lo que imagina que está enamorada de Ken y ansiosa por confesarle sus sentimientos. Al llegar el verano, y sin saber mucho más de la muy bella pero anónima doncella, reciben una invitación de su tío para pasar unos días en el campo. No lo dudan y deciden acudir, así además podrán ver a su elegante prima Shizu. Lo que ignoran es que van a ser unos días insólitos desde el inicio del mismo viaje.

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El elenco es un poco cliché, también se encuentra algo desdibujado (sobre todo Shizu y Kenichiro), pero tampoco se le puede exigir mucho más a un one-shot. Me ha sorprendido que, a pesar de la ingenuidad que destila Tomoko, es una moza con iniciativa y despierta. Algo no tan común en el shôjo, donde abundan las protagonistas apocadas y pasivas. Quizá se deba a que todavía es una niña, y se le conceden aún ciertas libertades. Los personajes femeninos mayores, sin embargo, ya presentan esa modestia femenina tan característica de la demografía, en la que el amor tiene un papel fundamental.

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Ikeda marca muy claramente dos mundos distintos en su manga: el contemporáneo y occidentalizado de Tokio, en el que Tomoko nos es presentada como una jovencita moderna y atrevida, que comparte aficiones sofisticadas con su hermano (comida francesa e italiana, visitas a exposiciones de arte europeo, etc); y el tradicional del ámbito rural, donde el elemento sobrenatural goza de su espacio natural y sella el desenlace. El festival de verano (¿quizá el O-Bon, relacionado con los difuntos?), con sus noches alegres y enigmáticas a la vez, firman la conclusión. El arte de Ikeda es limpio y fresco, con el típico dinamismo tezukiano y sin abusar de esos floripondios que luego infestarían el shôjo como si no hubiera mañana. De hecho, esa escasez floral resulta maravillosa, lástima que luego se convirtiera en marca de la casa. Los fondos y paisajes son bastante esquemáticos, sin demasiados pormenores, aunque competentes. Sin embargo, la expresividad de los personajes es genial, de lo mejor del manga.

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Bara Yashiki no Shôjo es un típico kaidan japonés, con final ambiguo incluido y sus momentos de suave melancolía. Todo con enorme candidez y vueltas de tuerca bastante pronosticables, pero en conjunto entretenido. Tiene la peculiaridad del elemento sobrenatural que en Riyoko Ikeda no es muy habitual; y a pesar de ser un manga verdecillo en algunos matices, resulta una lectura digna. Además el romance no tiene una presencia fuerte (¡qué alivio!), aunque sí su importancia. La doncella de la mansión de las rosas resulta un tebeo muy tierno en general, imprescindible para todos aquellos que admiren la obra de esta mangaka. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Manga Vs. Anime: La Rosa de Versalles

¡Tachán, tachán! Queda inaugurada nueva sección en el blog. Es un poco monger, pero creo se le puede sacar algo de rendimiento seleccionando obras interesantes. El objetivo es simple: comparar manga y anime de una misma obra. Dos medios diferentes para tratar de contar y expresar una misma historia. Los recursos, lógicamente, no son iguales y veremos cuáles de ellos han sabido adaptarse o aprovecharse con mayor fortuna. Y nada mejor para el estreno que meterme en el imponente berenjenal de un clásico entre clásicos: La Rosa de Versalles.

(Si es que me va la marcha, no tengo remedio)

¡A tope con el shôjo, ouyeah!

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Versailles no Bara (ベルサイユのばら) es un manga creado por Riyoko Ikeda que fue publicado durante los años 1972 y 1973 en la revista Margaret. Creo que es inútil hacer más presentaciones porque quien más, quien menos ha oído hablar de él o lo ha leído. Su fama es proverbial, justamente ganada además, y fue un éxito tremendo en su momento. Tras 82 episodios y 10 volúmenes publicados, La Rosa de Versalles se convirtió en una obra pionera del shôjo, siendo explícita al incluir escena de cama, moléculas yuri y travestismo. Por ello no fue extraño que, unos años después, su versión animada (1979-1980) también triunfara y se haya convertido en un clásico.

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Berubara tiene todos los rasgos de un folletín francés decimonónico, con sus virtudes y sus defectos. Busca inspiración en las obras de Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Honoré de Balzac; y posee sus excesos grandilocuentes recargadotes de drama, situaciones rocambolescas y coincidencias inverosímiles. La autora los tuvo bien presentes y manejó a la perfección para asentar las bases de lo que luego se emularía hasta la saciedad. Su influencia la vemos en Lupin, Utena; se alude a ella en multitud de obras que van desde Hôrô Musuko hasta Hirunaka no Ryûsei. Sus tentáculos se extienden por todo el shôjo; Berubara es la Reina Madre del género. ¡Y sin heroína retarded! Curiosamente esa es una de las cosas que más llaman la atención de Versailles no Bara: una protagonista de armas tomar y que no es eclipsada por sus motivaciones amorosas. ¡BIEN! Oscar François de Jarjeyes, en un inicio, solo funciona como un nexo para todo lo que va aconteciendo; pero una figura como la suya, completamente insólita, es lógico que acapare más adelante toda la atención. Una dama noble, educada como un caballero del Antiguo Régimen, que lucha por encajar y probar su valía. Su papel, que debería ser el de mero adorno procreador en la época, choca con su temperamento indómito y autosuficiente. Una fémina totalmente contemporánea y también una anacronía absoluta.

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Sin embargo esta obra no surgió de la nada. Es patente que la autora conocía en profundidad el María Antonieta (1932) de Stefan Zweig; libro que, desde ya, os recomiendo y resulta imprescindible para comprender a esta reina y los eventos históricos en los que se vio inmersa. Pero no solo se perciben las influencias de Europa en La Rosa de Versalles, Riyoko Ikeda bebió, como casi todo mangaka, de Osamu Tezuka. En concreto de su obra Ribbon no Kishi (1953-1956) para crear a su fascinante Oscar; y podemos rastrear también ese danshô no reijin (belleza con ropa masculina) en la famosa espía Yoshiko Kawashima o en el espectáculo del Takarazuka Revue. No en vano La Rosa de Versalles fue también adaptada por esta compañía teatral.

Versailles no Bara, como buen folletín, no se corta ni un pelo en plasmar crueldades y emociones exaltadas a la enésima potencia. Pero en otros aspectos es ingenua, casi infantil; aunque es certera a la hora de transmitir todo lo que importa. De blanda no tiene nada, aviso, por muchos pétalos al viento, floripondios, estrellitas o lagrimones en los ojos que haya. Cursi a ratos, de acuerdo, pero mete unos leñazos también de campeonato. Así que aquellos que odiéis las hipersaturaciones románticas y la teatralidad rimbombante, ya podéis huir como perros de La Rosa de Versalles. No obstante, sería una lástima que os perdierais esta obra por algo así, ya que tiene bien merecido, como mínimo, echarle un vistazo. Es un culebrón a la antigua usanza, pero un culebrón apasionante, épico, que se va oscureciendo conforme avanza. Historia pura desde todos los puntos de vista.

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Riyoko Ikeda supo armonizar los eventos históricos y sus protagonistas con la ficción de un relato atractivo. La galería de personajes está bien articulada y es abrumadora: Luis XV, Luis XVI, María Teresa de Austria, María Antonieta, Madame DuBarry, Luis Felipe II de Orleans, Madame de Polignac, Necker, Jeanne de Valois, Axel von Fersen, Robespierre, Louis de Saint Just y muchos más. Los de su propia invención son incluso más sugestivos, comenzando por la misma Lady Oscar, André, Rosalie, Bérnard, Alain… De las bitches me quedo sin ninguna duda con la Valois. Inmensa esa mujer, se las come a todas.

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The real bitch is here!

La autora, de manera muy elemental pero hábil, bosqueja el contexto social de la Francia prerrevolucionaria, tanto de los estamentos privilegiados como del Tercer Estado. Sus preocupaciones, sus vidas y destinos en el devenir de unos acontecimientos arrolladores. Arranca de manera candorosa, centrado en la corte de Versalles y sus intrigas caprichosas, completamente ajenas al mundo exterior; pero, lentamente, con una pincelada por allí y otra por allá, Ikeda va introduciéndonos en la auténtica situación del país y los padecimientos de sus gentes, hasta que al final engullen al lector. Los diferentes arcos argumentales, con sus propios villanos y dilemas, están basados la mayoría en la misma Historia; y no se puede evitar sentir cierta compasión al observar a sus protagonistas como simples marionetas dominadas por su ceguera, sufrimiento y ambiciones. Es muy interesante la trasformación paulatina de los personajes y, en el caso de algunos, cómo la amargura de sus decisiones y circunstancias los van destruyendo.

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Suele ser complicado discernir, y más según con qué obra, qué medio ha resultado el más idóneo para su expresión. En algunos casos manga y anime se complementan, pero en este concreto, y en mi humilde opinión, no hay duda: ¡viva el manga!

El anime parece mecánico en comparación con el cómic; el dibujo es más sencillo incluso algo tosco, aunque es el habitual de esa etapa. También es menos detallado no solo en la presentación, sino en el argumento y profundidad psicológica de los personajes. Podríamos decir que es una simplificación del tebeo, aunque el resultado sigue siendo maravilloso. Las variaciones en la historia no son importantes en sí, se cubre eficientemente la esencia del manga y comunica sin problemas. La gran emotividad no pierde garra, pero carece de la fluidez del tebeo. No estoy diciendo que el anime no sea fluido, sino que no lo es tanto y resulta algo acartonado en contraste. En ciertos capítulos se nota bajón de calidad también, no es un anime del todo homogéneo; y el cambio de dirección a mitad de la serie no sentó bien al conjunto. Evidentemente, los recursos técnicos de los años 70 para realizar un anime de 40 capítulos eran mucho más limitados que los que pudieran utilizarse en la creación de un cómic, por lo que es natural que en ese aspecto salga perdiendo. Aun así, ha sobrevivido con muchísima dignidad al paso del tiempo; fue, a grandes rasgos, un buen trabajo. Tampoco hay que negarle la espectacularidad del color, del movimiento, de la música, que un manga no puede brindar. Además hace escasas concesiones a la comicidad, muy abundante en el tebeo (otro legado de Tezuka), otorgándole una solemnidad muy apropiada. Porque no lo olvidemos: esto es una tragedia, por si las moscas. Y muere gente. Mucha.

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¿Es suficiente con ver la serie? Sí, lo es. Es un anime bastante fiel a la obra original aunque no posea algunos matices y particularidades importantes. El lenguaje que se utiliza no es el mismo, así que es lógico toparse con disonancias y carencias (¡qué pasó con esa bed scene, yo os maldigo!). Por eso también, para aquel que desee disfrutar por completo de la experiencia de La Rosa de la Versalles, es obligatorio leer el manga. Mucho más redondo, mucho más opulento; aunque todo ello sin ánimo de desmerecer la serie televisiva, que resulta amena y nada pesada en ningún tramo. A veces surgen cosillas que hacen que te preguntes si has sufrido alucinaciones (como una cama en medio de la calle entre una turba de miles de personas con palos y antorchas) y algunos fallos de raccord; pero se disculpan porque hasta resultan divertidos.

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Como último apunte, apostillar que el Occidente actual es heredero directo de la Ilustración y la Revolución Francesa. Nuestra manera de pensar y percibir el mundo procede en su mayor parte de sus ideales, por mucho que estemos embarrados de posmodernismo. Las semillas de conceptos que ahora consideramos irrenunciables como la libertad política, la justicia social o el cosmopolitismo, emanan de ahí; por eso siempre es interesante reexaminar las raíces de nuestro pensamiento, meditar sobre ellas y observar cómo marcha el planeta desde esa perspectiva. Y una forma excelente de hacer esto puede ser mediante La Rosa de Versalles que, a pesar de que iba dirigida a un público juvenil, está bien documentada al respecto (con licencias, pero nada serio) y deriva en una travesía histórica la mar de entretenida. Elijas manga o escojas anime (mejor ambos), no resultará una pérdida de tiempo. There’s plenty to dig in.

P.D.: Me encanta cómo están todo el día empinando el codo, siempre encuentran una excusa para darle al vino. Alucinante.