Porque el verano muerde, porque me aburro, porque sí

A estas alturas creo que casi todo el mundo estará de acuerdo en que esta temporada de verano 2017 se presenta como una de las más flojérrimas en bastante tiempo. Mucha penita da, al menos su aspecto resulta de lo más mustio por lo que, tal como anuncié ya por twitter, no voy a comenzar ningún estreno. No dudo de que al final alguna serie consiga alcanzar cierto interés incluso sorprenda para bien, a pesar de lo que en inicio haya podido aparentar, pero tengo el cuerpo ya muy gandul para según qué cosas. Todos los anime estivales de este año o me provocan perezón con obesidad mórbida o los considero unos zarrios. Sin más. Si leo que alguno mejora basándome en las opiniones de colegas blogueros, quizá le dé su oportunidad. Sin embargo, no albergo grandes esperanzas y la desidia, además, se me apodera. Tienes pinta de tostón, veranito del 17, no offence.

Así que, ¿cómo puede perder el tiempo Sho-Shikibu? Pues imaginando que ya ha llegado su amado otoño, disfrutando del fresquecillo, las maravillosas hayas de fuellas rojas y escribiendo sobre los anime que piensa ver. Por supuesto, no se sabe todavía el total de estrenos, pero las tardes del estío derriten el cerebro y alucinar un ratillo tampoco viene mal. Y que este es mi blog y desvarío sobre lo que me da la gana, claro. No hay gran cosa todavía anunciada, apenas trailers ni demasiada información, no obstante algo he sacado en limpio. Que sirva de pequeño adelanto para olvidar el pegamento de este verano anestésico.

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El plato fuerte de este otoño, como ya sucedió en primavera, van a ser las segundas temporadas. Al menos para mí. Vuelvo a recordaros que aún desconocemos gran parte de la que va a ser la parrilla otoñal, así que son impresiones hasta justo este mismo preciso momento. Me encantaría que aparecieran nuevas obras que me obligaran a desdecirme, así que a la espera de un buen revés quedo.

¿Cuál va a ser mi prioridad absoluta? Pues Hôzuki no Reitetsu. Un día por desvelar de octubre y con un número indeterminado de episodios, regreserá a nosotros el maestro de ceremonias más sardónico de los Infiernos búdicos. Bueno, Hôzuki y toda la cohorte de personajes mitológicos y del folclore popular sinojaponés que desfilan sin cesar. Si la primera temporada y sus respectivas OVAS me encantaron, deseo fuertefuertefuerte que esta segunda logre, como mínimo, lo mismo. hoozukiSu humor negro y absurdo, el rico panorama cultural que despliega en cada capítulo, los pequeños sketches que aprovechan cada segundo para exhibir un espectáculo delirante que se ríe de sí mismo si hace falta, su elenco heterogéneo y dinámico, etc, etc, etc, hicieron hace unos años de esta serie una de mis favoritas sin ninguna duda. Se aprende un montón con ella y encima es divertidísima. Estoy ansiosa por el reencuentro y espero que no cambien demasiado el formato, que resulta perfecto. También es cierto que no todo el mundo disfruta con las historias autoconclusivas y muchos buscan una continuidad argumental en cada episodio; pero hay que tener en cuenta que la esencia de Hôzuki no Reitetsu es otra: las viñetas de comedia.

Osomatsu-san también tendrá su segunda tanda. Este clásico moderno no podía permanecer sin continuación, lo pedía a gritos. Sin saber aún fecha de estreno y cantidad de episodios, se deduce que será en octubre y constará de 25 capítulos. Pero a saber. Es curioso, pero dos de mis top otoñales son comedias. Me parece extraño porque es un género por el que no me suelo inclinar. En contadas ocasiones logro conectar con el sentido del humor de las series, la mayoría me produce vergüenza ajena o directamente sueño, sin embargo Hôzuki no Reitetsu y Osomatsu-san me engatusaron, sobre todo la primera. Para variar, mi tercera opción en las reanudaciones es algo diferente: Kekkai Sensen & Beyond.

La primera temporada, que sin duda me gustó, también me dejó un regusto agridulce. Así que esta será la oportunidad de resarcirme si va todo bien y no resulta un truñaco, por supuesto. Reconozco que, como no cuentan con Rie Matsumoto esta vez, siento bastante desconfianza. Para mí la presencia e ideas de Matsumoto fueron clave en 2015, y no todo el mundo además consiguió sintonizar con su forma de crear. Tratar de innovar es lo que tiene, que no siempre se redondea ni se comprende. Aun así, el parón que sufrió este anime lo perjudicó muchísimo. Veremos lo que nos depara Kekkai Sensen & Beyond, ya que Shigehito Takayanagi posee unas cuantas tablas y, aunque es probable que pierda originalidad, también podría ganar en solidez shônen. Un alivio para los más tradicionales.

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El asunto es peliagudo, porque muchos de los anime que han llamado mi atención guardan altas posibilidades de germinar como cerdadas supremas. Sinopsis incompletas, no fotos, no vídeos promocionales y un rosario de falta de datos estupenda. Pero es normal, estamos en julio; y, ¡qué carajo!, de esta manera también es divertido hacer apuestas. Empecemos.

Kujira no Kora wa Sajô ni Utau me atrae como un imán gigantesco. Del manga solo he tenido oportunidad de leer cinco capítulos (un dibujo precioso, por cierto), pero a poco que el anime le sea fiel, creo que tendremos entre manos uno de los productos más interesantes del otoño. No el que más, pero muy destacable. Está catalogado como shôjo, y no sé hasta qué punto seguirá los cansinos patrones de la demografía; aunque también pertenece a la ciencia-ficción, el misterio y la fantasía, así que a priori me tiene ganada. Su trailer es bastante elocuente en ciertos aspectos, me ha gustado mucho por lo que… ¡COMPRO!

En una línea más clásica dentro de la fantasía y el shôjo, en octubre se estrena también Mahôtsukai no Yome, que ha estado precedida de tres OVAS. Solo he visto dos de ellas, y no me han dicho gran cosa. El manga, que está siendo publicado por Norma y lo estoy siguiendo, ha terminado decepcionándome un poquillo. Quizá porque tira demasiado para mi gusto de los tópicos de la fantasía haciéndose previsible; y que la protagonista, con un ligero aroma a Mary Sue, tiene ese rollo de chica frágil e indefensa que me satura bastante. A pesar de que a estas alturas le encuentro más defectos que virtudes, la veré porque tengo fe en que me entretenga y los cuentos de hadas siempre merecen un par de vistazos. O tres. Harina de otro costal es Inu Yashiki, cuyo manga también estoy leyendo pero ¡sin desencanto alguno! Altamente recomendable, de hecho llevaba un tiempo calibrando si escribir una reseña de lo que tenía recorrido, pero sabiendo ahora de la serie, merece un manga vs. anime como la copa de un pino. Es uno de los estrenos relevantes de la temporada, una serie para adultos (existimos, ¡sí, estamos aquí!) y de temática inteligente. Sci-fi de calidad, mis queridos otacos. Y mucho, mucho más cuando se rasca la superficie, con Oku-sensei ya se sabe. A la dirección estará Keiichi Satô, así que no puede ocurrir nada malo, ¿me oís? NADA MALO. He dicho.

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Y para cerrar, aclaro que no he querido introducir ningún school life porque estoy hasta el moño de adolescentes. Es lo que sucede cuando trabajas demasiadas horas con ellos, que al final del día quieres enterrarlos vivos o arrojarlos por un puente. Atados y con bozal. Así que nada de Just Because! y otras majaderías de colegiales. La única excepción es Poputepipikku, pero los que ya conozcáis el tebeo sabréis que se trata de una cosita bastante enferma que poco tiene que ver con los entornos escolares. Tengo una curiosidad insana por este anime, que supongo será de duración corta (2-5 minutos) y me las veré luego canutas para lograr ver. Ese estilo de antigua tira cómica, donde las dos protagonistas vomitan sin parar insensateces (algunas bastante profundas, no es broma), en realidad es muy posmoderno, muy pop.

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Aunque tengan la mayoría de ellas fecha de estreno, en Occidente suelen pasar meses hasta que conseguimos visionarlas. La paciencia es una virtud, dicen. Reducir cabezas como hacen los shuar, una habilidad que no me importaría adquirir para ponerla en práctica en momentos de exasperación. A lo mejor encuentro algún tutorial en youtube al respecto. Volviendo a las películas, Godzilla: Kaijû Wakusei cuenta con mi beneplácito, a pesar de que la animación de Polygon Pictures no sea precisamente de mis preferidas. Pilotarán los directores de Ajin y Sidonia no Kishi con la colaboración de Gen Urobuchi, por lo que unos mínimos hay garantizados. Rezaremos a Nyarlathotep el Caos Reptante para un pronto estreno por estos lares.

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¿Merece la pena que me trague la película de ese clásico animierder que fue Dance with Devils? Porque el 4 de noviembre verá la luz Dance with Devils: Fortuna. Fue un bodrio tremendo al que le cogí cariño, sobre todo por Peluchón ❤ y esa autoparodia terrorífica que se gastaba. Risas, muchas risas. Ya lo decidiremos cuando llegue el momento, no hay por qué apresurarse, y menos con engendrillos de esta especie. Asimismo, en el undécimo mes se estrenará la adaptación a largometraje del clásico del manga de los años 70 Haikara-san ga Tôru, de Waki Yamato. Tuvo su serie televisiva hace casi cuarenta años también, y parece que contará con una segunda parte en 2018. Estoy bastante interesada en este film, pues trabaja temáticas sugestivas (liberación de la mujer) en un contexto histórico fascinante, la Era Taishô (1912-1926). Su protagonista es una mujer joven que ha sido educada de forma poco convencional, cercana a los tradicionales valores masculinos (practica kendo, bebe sake, rechaza las labores domésticas, viste al modo occidental, etc) y cree que una mujer debe casarse por amor y elección propia. Lo que se conocía en la época como una modan gâru (chica moderna). Apesta a shôjazo que mata, pero el planteamiento da la impresión de ser algo diferente. No obstante, ya sabemos cómo se las gastan los japoneses respecto al feminismo… todavía les queda un largo trecho por avanzar, bastante más que a los europeos.

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Menudo feeling tenían los anime de los 70, ¡inconfundible!

¿Me habré dejado alguna obra en el tintero? Seguro que sí. ¿Kino no Tabi, a lo mejor?Aunque para acabar de pulimentar la entrada, necesitaré más información, que supongo irán desgranando a lo largo de las semanas. Quizás esté pendiente por desvelar una joya animesca, ¡quién sabe! Por ahora, esto es lo que hay. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Sayonara, Samurai

Los que llevéis leyendo un tiempo esta bitácora, ya habréis percibido la evolución que ha tenido. De un blog dedicado al anime y manga, acabé incluyendo todo lo que me apetecía que estuviera relacionado con Japón. Principalmente cine y literatura, sin hacer ascos a obras de otros países. Es el caso de Samurai Jack (2001-2017), que a pesar de que es una serie estadounidense, tiene su lugar en SOnC por sus referencias claramente niponas. También porque es uno de mis dibujos animados favoritos de todos los tiempos, por supuesto. En el tag dedicado precisamente a la animación no japonesa apareció con todos los honores. Samurai Jack es un clásico, sin más. Porque los clásicos también pueden brotar en nuestro presente, en algún momento tienen que nacer, digo yo. Y esta quinta temporada, tras un doloroso hiato de 11 años, cierra, por fin, el ciclo vital de la obra. ¿Es una conclusión a la altura de las circunstancias? ¿Ha resistido su concepto el paso del tiempo? ¿Han sabido brindarle una continuidad coherente o se nota esa década de diferencia? ¿Tiene la capacidad de gustar a los fans del pasado y a los actuales? Ah, menudos dilemas. Estos interrogantes y muchos más suelen aparecer cuando uno se enfrenta a la reanudación de una creación mítica. No resulta tarea fácil ser objetivo, porque las expectativas y frustraciones personales pueden afloran; así que en esta entrada procuraré ser escueta, centrándome ante todo en sus diez últimos capítulos.

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Fifty years have passed, but I do not age. Time has lost its effect on me. Yet, the suffering continues. Aku’s grasp chokes the past, present, and future. Hope is lost. Gotta get back. Back to the past. Samurai Jack.

¿Quién es ese samurái de máscara pavorosa y montado en una fiera moto, golpeando a diestro y siniestro a unos artrópodos gigantes que amenazan la vida de dos jovenzuelas azules con antenas? El arranque de la quinta temporada de Samurai Jack no puede ser mejor, una declaración de principios que disipa cualquier tipo de duda: viene pisando fuerte y no va a dar tregua. Exacto, ese guerrero con cierto aire a Mad Max es Jack… pero 50 años más tarde. No ha envejecido, una de las consecuencias de los viajes en el tiempo, sin embargo su mente sí que ha sufrido el paso de las décadas. Jack, luciendo una barba lacia y aspecto desaliñado, es un hombre con el espíritu quebrado.

En las cuatro temporadas anteriores teníamos delante al samurái compasivo y racional que siempre soportaba con estoicismo las terribles pruebas a las que le sometía ese agujero negro cósmico de maldad que es Aku. La fortaleza de Jack se cimenta en un profundo respeto hacia el código bushidô y la posesión de la única arma capaz de destruir a Aku. Él ha sido elegido para luchar contra él y considerado digno de blandir la katana del Emperador pero, ¿qué ocurriría si Jack extraviara la espada? A pesar de que algo así resulta impensable, es lo que sucedió. Jack perdió su poder, y el equilibrio que mantenía cohesionadas la voluntad y determinación de Jack se reveló en toda su fragilidad. El guerrero ha pasado 50 años sobreviviendo, sin esperanzas y acosado por alucinaciones que le reprochan su derrota.  Su salud mental pende de un hilo, y el fantasma de la muerte lo acompaña en su errar. Lo único que lo mantiene vivo es la fuerza de la costumbre, luchando en pequeñas escaramuzas contra los monstruos mecánicos de Aku, pero incapaz de enfrentarse a él directamente.

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¿Sabe todo esto Aku? No, por supuesto que no. Si hubiera sido consciente del verdadero estado de Jack y la pérdida de su katana, hace mucho tiempo que habría aniquilado el universo entero. Pero Aku también ha sufrido el tedio del medio siglo transcurrido y, a su pérfida manera, echa de menos tener un rival a la altura. La incertidumbre de no saber con exactitud qué ha sido de Jack lo carcome. Aun así, poco a poco se está haciendo con el control de todo, y solo unos escasos románticos y pirados mantienen una oposición activa a su tiranía. Algunos de los que resisten lo hacen en la clandestinidad, protegiendo con su memoria y discretas acciones el legado de Jack. Para ellos es una leyenda que les hace sentir esperanza. Este no tiene ni idea de cómo lo idolatran, claro, ya que se encuentra en graves apuros. Una secta femenina dedicada al culto de Aku ha conseguido engendrar siete vástagos de su esencia. Siete jóvenes, con el fuego del demonio en su interior, que han sido adiestradas desde bebés para matar a Samurai Jack. El guerrero se encuentra acorralado, lo que antes habría sido un trago más, lo ha arrastrado al borde de la muerte. ¿Qué sucederá?

La serie está dividida en dos partes diferenciadas en las cuales hasta el ritmo resulta diferente. Siempre dinámico, pero el compás es distinto. Y su atmósfera también. La primera mitad es austera, algo oscura y muy solemne. Se enfoca en destacar la severidad de las condiciones vitales de Jack, no solo físicas, sino psicológicas. Una larga caída a los infiernos del remordimiento y la tristeza. Nuestro protagonista se siente como un moribundo que se resiste a recibir el golpe de gracia. Hasta que toca fondo. Con la percepción del mundo y de sí mismo distorsionada por la culpabilidad, se producirá la inevitable crisis existencial de la que renacerá. Un punto de inflexión que inicia un nuevo camino en el destino del guerrero. Tras liberarse de sus demonios interiores, recupera su poder para enfrentarse al gran demonio del mundo real: su archienemigo Aku. La segunda parte nos reconcilia con el Samurai Jack de hace una década, retomando su cadencia más luminosa y psicodélica; con ese maravilloso sentido del humor entre absurdo e ingenuo que lo ha caracterizado siempre. Hay hasta numerito musical.

Una de las cosas que más me han  gustado de esta última temporada es como su creador, Genndy Tartakovsky, nos ha mostrado nuevas facetas de Jack, exponiendo su vulnerabilidad. Ha roto el hieratismo que rodea siempre al héroe definitivo, humanizándolo. Hemos podido observar al samurái enfrentándose a situaciones inéditas que nunca había tenido que experimentar en el pasado; y ver evolucionar ante nuestros ojos, capítulo a capítulo, su espíritu. Todo un privilegio. Esto es debido a que estos 10 capítulos han sido más bien la historia de la búsqueda interior de Jack, su sanación. Las metáforas que lo revelan (el lobo herido, la ceremonia del té…) son meridianas. De ahí que Aku, salvo al inicio y al final, haya tenido escasa presencia.

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Samurai Jack fue, y es, una revolución pop a la que se le endilgó la etiqueta de de culto, cuando la serie es una historia que todos conocemos y hemos leído millones de veces. Continúa fascinándonos porque es atemporal y universal: la lucha entre el Bien y el Mal. Trabaja nuevos y viejos arquetipos que resuenan constantemente dentro de nuestros cráneos; sin embargo es su presentación y ese extraordinario envoltorio los que han sabido siempre realzar (a veces hasta transmutar) esos cuentos de aroma eterno que encontramos en la serie. Su arte es grandioso, un perfecto pastiche de cultura popular, misticismo oriental y fantasía exuberante. Ecléctico como él solo, e imbuido de reverencia hacia la naturaleza. Porque en Samurai Jack también hay poesía, en sus elegantes nociones de la geometría, en sus contrastes de luz y sombra, en su simplicidad sobrecogedora. Y los combates, ay, esas estupendas peleas. La alta definición le ha sentado muy bien, incluso el uso de un CGI comedido le ha aportado cierta brillantez.

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Esta quinta temporada de Samurai Jack era muy necesaria, y ha estado completamente a la altura de lo que se le pedía, incluso más. No es un mero ejercicio de nostalgia, también ha abierto las puertas a nuevas dimensiones que, aunque no son demasiado inesperadas, han enriquecido el universo de Jack. Desde un principio se siente la despedida, resulta en sus planteamientos tajante y no se recrea tanto como en las anteriores. Natural, es el adiós. Y por eso mismo, porque deja la miel en los labios, se hace muy corta. Esta quinta temporada no es suficiente, señores. ¿Solo 10 episodios cuando las demás han sido de 13? Meeeeeeeeeeh.  Si tengo que ser honesta, en realidad nunca hay bastante de Samurai Jack. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

And the winner is… NOT JAPANESE

No suelo prestar mucha atención a los Oscars porque, como creo que he comentado en alguna que otra ocasión, me parece una chifladura que unos galardones estadounidenses, que premian esencialmente productos estadounidenses, se hayan convertido en la representación de lo que se supone que es lo mejor del cine mundial. Un pelín presuntuoso diría yo, sin embargo es la noción instalada en la mente de medio planeta. No voy a entrar en cómo ha sucedido esto, que no tiene nada de extraordinario por otro lado; ni en el tráfico de influencias, corruptelas y demás fellatios que han rodeado desde siempre el asunto. Desde mi perspectiva su prestigio es muy relativo, aunque todo lo cuestionable que rodea estos premios no es tampoco óbice para admitir que gracias a ellos se pueden descubrir grandes obras. A veces se las premia y todo. Pocas cosas son totalmente negras o blancas en el universo humano, aunque nos empeñemos en verlo así (supongo que simplifica las cosas).

Este año 2017, en la categoría de mejor largometraje de animación, hay dos películas que tienen una clara vinculación con Cipango: Kubo and the two strings (2016) y La tortue rouge (2016). Muy diferentes entre sí, y que merecen su mini-reseña en SOnC. Me asombraría muchísimo que cualquiera de ellas lograra vencer, sobre todo teniendo en cuenta que se enfrentan al titán Disney por partida doble: Moana (2016) y Zootopia (2016). Ya sabéis, Disney, ese tradicional ganador desde la era de los trilobites (Palezoico para los puntillosos). Salvo Ma vie de Courgette (2016), he visto todas las aspirantes; y a pesar de que Zootopia me gustó y Moana me aburrió soberanamente, son las candidatas con más probabilidades de hacerse con la estatuilla (nota: me encantaría ver Courgette, porque tiene una pinta fantástica). Pero nunca se sabe, nunca se sabe… quizá nos llevemos una sorpresa. De momento Kubo está nominado en dos categorías (también en mejores efectos visuales), lo que podría considerarse esperanzador. La tortue rouge lo tiene bastante más negro, pero al menos ha llegado hasta aquí.

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Soy gran admiradora del stop-motion desde cría. Tuve la suerte de disfrutar muy pronto de las obras de ese coloso que fue Jiří Trnka (1912-1969)y más adelante de uno de sus más importantes discípulos, mi amado Kihachirô Kawamoto. ¿Cómo podía dejar pasar Kubo and the two strings? Los estudios de animación Laika, que conocía sobre todo por Coraline (me gustó mucho más que la novela de Neil Gaiman, lamento la blasfemia), no tienen muchos largos en su haber; pero esa falta de bagaje no la consideraría en absoluto un impedimento para realizar un buen trabajo. Así que ahí estaba Laika, que me daba excelentes vibras, y una temática que me entusiasma: el folclore japonés. ¿Qué podía fallar? Muchas cosas, la principal que eran occidentales (estadounidenses para más inri) los que metían sus hocicos en el intrincado universo mitológico de las islas. La ignominia que podía surgir de ello, volcada en el estereotipo y topicazo más rancios como suele ser habitual, podía ser de dimensiones ciclópeas. Pero salvo por el inevitable whitewashing de los actores de voz, Kubo and the two strings no es solo digna, sino respetuosa con la cultura japonesa. Un bonito homenaje, de hecho. Al menos desde mi perspectiva de palurda occidental, claro.

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Es cierto que esperaba encontrar algún rastro perceptible del Bunraku o cierto guiño a Kawamoto-sensei, pero creo que eso habría sido pedir demasiado. Se trata de un film además en el que los abyectos otacos reconoceremos muchos recursos e ideas, porque nos encontramos ahítos de verlos en mangas y anime. Un espectáculo gozoso que disfrutaremos sin problemas, aunque no nos sorprenderá demasiado. Sin embargo, reconozco que fue una jugada algo arriesgada por parte de los estudios, pues la mayor parte del público no está familiarizado con Japón, y Kubo and the two strings es un cuento típico japonés sobre japoneses en Japón con la idiosincrasia japonesa. Dirigido encima a toda la familia. El Western-centrism es algo tan arraigado, sobre todo en audiencias acostumbradas a productos anglosajones, que hace difícil se sientan cómodas con una obra que les resulte… remota. Pero con esta película no hay cuidado, si se logra superar el prejuicio inicial, es patente que tras su impecable fachada oriental, los que mueven los hilos son cerebros occidentales. Porque se nota y mucho. ¿Es eso negativo? Para nada. En realidad me parece uno de los puntos fuertes de esta película. La mezcla Japón-Occidente es enriquecedora, y sirve para tender puentes.

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Los aterradores villanos del film, entre los que se encuentra ¡PETER CUSHING! Amén.

Otra de las cosas que resulta fácil de advertir es el enorme cariño y cuidado que se ha puesto en todos y cada uno de los aspectos de Kubo and the two strings. Hay un trabajo descomunal detrás, de años diría yo. La labor de documentación ha sido exhaustiva, la han trenzado en el argumento y volcado en el terreno artístico de forma sensacional. El terrorífico gashadokuro que remite a Takiyasha la bruja y el espectro del esqueleto (c.1844) de Utagawa Kuniyoshi es sobrecogedor; la representación de la festividad del O-Bon, con su indispensable Bon Odori y la emotiva Tôrô nagashi son el punto de inflexión (y final) de la película. Pero hay mucho más: el reconocimiento sutil a las figuras de las Goze y los Biwa hôshi; la importante carga simbólica de la grulla y el mono (macaco japonés); la continua presencia de disciplinas como el kyûdo, el origami, etc; las referencias a personajes históricos como el samurái Hattori Hanzô; entrañables detalles que aluden a Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa en ciertos diseños o a su actor fetiche, Toshirô Mifune, y no veo prudente alargar más la lista. Aunque podría.

El director, Travis Knight, que se estrena además con este film, se centra más en la faceta budista de Japón que en la autóctona, el shintô. La naturaleza de los antagonistas no acaba de corresponderse con el dios lunar Tsukiyomi y su parentela, sino a las deidades búdicas celestiales que residen en nuestro satélite, como las del Cuento del cortador de bambú. La protagonista de esa leyenda, la princesa Kaguya, comparte características similares con los villanos del film: son tenny’o.  Aunque en Kubo and the two strings los representen como si se hubieran escapado de The Nightmare before Christmas (1993), para dejar claro que son los malosmalosos.

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Con toda la intención, no he comentado nada todavía sobre el argumento. La verdad es que para mí fue lo más decepcionante del film, aunque no puedo decir que me pareciera una birria. Porque no lo es. Simplemente no está a la altura de todo lo demás. Es un bildungsroman sin fisuras, siendo su protagonista Kubo, un niño tuerto que se gana la vida contando cuentos con su shamisen. Con él, en una cueva al lado del mar, vive su madre, que se encuentra enferma desde que se golpeó la cabeza con unas rocas. Pero ni su madre es una mujer normal ni Kubo es un niño cualquiera; ambos tienen habilidades mágicas muy especiales. La mujer está muy preocupada por Kubo, pues un peligro gravísimo lo acecha si permanece fuera de la cueva durante la noche; así que le hace prometer que no se dejará ver hasta que salga el sol. Pero un día, como imaginaréis, se le olvida regresar antes del anochecer a su hogar. Ha permanecido rezando ante un farolillo que ha hecho para el O-Bon, intentando que su padre le responda de alguna manera. Y ahí comienzan sus aventuras. Entretenidas y llenas de acción, pero previsibles. Los personajes que van apareciendo son clichés, muy bien construidos, pero clichés al fin y al cabo. La historia, como va dirigida a un público familiar, tiene comedia blandengue por doquier y momentos sentimentales que me resultan molestos. Afortunadamente, no abundan tampoco demasiado. Imagino que la melosidad tipo Disney es muy difícil de sortear cuando se intenta desarrollar un producto con ciertas pretensiones comerciales. A pesar de todo esto, Kubo and the two strings sabe sacar partido a su sencilla historia con una dosificación de los golpes de efecto inteligente, por lo que no aburre en ningún instante.

Kubo and the two strings es la mezcla perfecta de tradición y modernidad, como el mismo Japón. La construcción artesana de todas las marionetas y escenarios se une a la última tecnología en materiales y CGI, que con delicadeza hacen la animación más fluida y suave, de gran realismo. Es un despliegue visual que me dejó atónita en el cine por su increíble nivel de detalle y dinamismo. Como amante del stop-motion, considero Kubo un salto cualitativo histórico, y eso que no soy precisamente amiga de las herramientas informáticas en la animación. Una excelente película para todos los públicos, que destaca más por su prodigiosa realización que por un guion original. Muy recomendable.

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Si Kubo and the Two strings intenta ganarse al público juvenil y familiar, La tortue rouge encarna los esfuerzos por alcanzar a los espectadores adultos. Todavía se continúa arrastrando el falso concepto de que la animación es, sobre todo, para niños o adolescentes. Y no es así, claro está. Eso Hayao Miyazaki lo sabe muy bien, por eso en cuanto vio Father and daughter (2000), ganador del Óscar al mejor cortometraje en 2001, quiso conocer a su director y ofrecerle colaborar con Ghibli. Y así fue como un inicialmente escéptico Michaël Dudok de Wit (creía que le estaban tomando el pelo) se involucró con una de las productoras más importantes y prestigiosas del sector. Le otorgaron una libertad creativa envidiable, trabajando exclusivamente con personal europeo. Solamente debía ceñirse al presupuesto y calendario. Ghibli y la francesa Wild Bunch aunaron fuerzas para crear La tortue rouge, y el resultado fue (y es) una aleación extraordinaria entre Oriente y Occidente. Señalar que este proyecto ha sido, por ahora, la única asociación de Ghibli con unos estudios no japoneses.

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Es muy obvio el sedimento japonés, concretamente el de Ghibli. Su espíritu ecologista, el trasfondo filosófico de índole metafísica, el lenguaje onírico que estalla ocasionalmente, el lugar del ser humano en el mundo, la fusión de realidad y fantasía, etc. Es una película muy curiosa, porque a pesar de tener un argumento elemental, se abre a múltiples interpretaciones. Por eso tampoco quiero alargarme demasiado con su reseña, pues cada persona la puede entender de una manera diferente. Su rica simbología además contribuye a ello. Las referencias que evoca resultan muy variadas, desde la Odisea, Los Viajes de Gulliver, pasando por Robinson Crusoe, Moby-Dick o El viejo y el mar. Pero ninguna de ellas se adapta del todo a La tortue rouge. Es un film bastante singular, carne de clásico.

Lo que sí resulta evidente es su naturaleza alegórica, que plasma los ciclos de la existencia humana. Pero no por sí mismos, sino contextualizados. Es interesante observar que Dudok de Wit, de forma intencionada, huye de la visión antropocéntrica. Sí, es la historia de un náufrago que llega casi de milagro a las costas de una pequeña isla tropical, pero la mayoría de planos dejan bastante claro que este hombre solo es un elemento más de su entorno. La naturaleza, vasta y generosa, alberga por igual vida y muerte. No juzga, no distingue; es terrible en su impasibilidad y belleza. La naturaleza simplemente es. El ser humano debe buscar, ocupar y aceptar su propio espacio, aunque el ego no siempre hace fácil admitir que solo se es una pieza más. Con más consciencia y habilidades, pero formando parte de algo mucho más grande que él mismo.

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El trabajo que ha realizado Isao Takahata en la producción artística ha sido memorable. Inspirado en la línea clara del tebeo franco-belga para el diseño de los personajes y la paleta de colores, oscila entre el minimalismo y la exuberancia de sus escenarios. Elegante, clásico, ultramoderno. La combinación de dibujo tradicional y animación digital es perfecta, ensamblada con tal equilibrio que resulta imperceptible. En general, su cuidadosa simplicidad es un soplo de aire fresco entre tanto fuego de artificio en el mundo de la animación actual.

El argumento, que lo he esbozado un poco hace unos instantes, es la vida de un superviviente en una pequeña isla desconocida. No sabemos su nombre, ni lo sabremos nunca. Los nombres en realidad no importan en este film; por no importar ni siquiera las palabras significan algo, porque La tortue rouge carece de diálogos. Son sus poderosas imágenes, los silencios y la magnífica música de Laurent Pérez del Mar los que consiguen que la película alcance esas cotas de genialidad que la convierten en un cuento atemporal. Veremos el empeño de nuestro hombrecito por navegar lejos de la isla, afanes frustrados por la presencia de una enigmática tortuga roja. Más personajes se unirán al elenco, perfilados con habilidad y sencillez; y mediante un compás tranquilo, iremos observando desde las delicias de lo cotidiano y lo banal hasta los sucesos más trascendentales. Todos tratados en igualdad de condiciones, y con una serenidad impertérrita. Eso es algo que me encanta de La tortue rouge, la ausencia de dramatismo, su fluir constante y sosegado casi etéreo, pero que llega al corazón. Esta obra emociona, pero sin recurrir a alharacas. Si Kubo and the two strings es muy recomendable, La tortue rouge resulta imprescindible.

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¿Y quién se llevará el preciado galardón? Personalmente me encantaría que La tortue rouge ganara, aunque lo veo harto complicado. Me ha gustado mucho más que Kubo, que a pesar de que ya es un hito dentro del stop-motion, presenta un trabajo menos audaz, más atado a ciertos convencionalismos. Sin embargo, me doy cuenta de que se trata también un poco de preferencias personales, y no es justo comparar estas dos películas ya que expresan dos formas de concebir la animación muy diferentes. Y van destinados a públicos distintos. Ambas merecen la atención popular, ambas poseen virtudes de sobra para ser reconocidas como grandes obras. Una oportunidad es todo lo que piden, ¿se la has dado ya? Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera: Angel no Oka

Y continuamos escarbando en la prehistoria del shôjo con la segunda entrada dedicada a esta sección. Va a resultar algo difícil pilotarla con cierta regularidad ya que no existe demasiada información sobre el tema (al menos no tanta como me gustaría) y tampoco aparecen muchos tebeos en el horizonte que pueda leer. Pero me gusta investigar, algunas cosillas hay (con el tiempo espero que más) y de ellas os iré escribiendo, poco a poco, en Shôjo en primavera. Hoy toca una obra de Manga no Kamisama. Era inevitable. Con él podríamos decir que casi comenzó todo, por lo que no podía faltar. Aunque antes necesitaremos un mini-preámbulo para entender mejor a Tezuka & co.

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“Angel no Oka” (1960) de Osamu Tezuka

Una de las principales influencias que tuvo el shôjo primigenio fue, sin duda, el espectáculo del Takarazuka Kagekidan. Un teatro musical interpretado únicamente por artistas femeninas y que se fundó, como su nombre indica, en la pequeña ciudad de Takarazuka en 1913. Esta población, situada en la región histórica de Kansai, se encuentra a escasos 10 km de Toyonaka, donde nació Osamu Tezuka. Manga no Kamisama conoció muy bien desde pequeño estas representaciones, pues su madre lo llevaba a menudo a sus funciones. Resultó ineludible que muchas de sus características aparecieran luego en sus cómics. Y no solo en los suyos, claro. Décadas más tarde el Takarazuka Revue gozó del influjo también del manga en su repertorio; acabó siendo una corriente creativa de doble sentido.

El Takarazuka nació con la intención de imitar y adaptar al espíritu japonés diferentes obras occidentales tanto literarias, musicales, cinematográficas, etc. En su repertorio se dan la mano desde El Gran Gatsby, Verdi, Jane Austen, Cenicienta, Oscar Wilde, Wagner, Sabrina, Pushkin, Goethe, Les Liaisons dangereuses… hasta Shakespeare, Bonnie & Clyde, Blasco Ibáñez  o Singin’ in the rain. Con total alegría e ingenuidad. Y el resultado es completamente kitsch, porque nadie se planteó que debiera ser comedido, más bien al contrario. El Takarazuka es una continua explosión de fuegos artificiales, un suntuoso y pantagruélico festín de viandas rococó que son servidas a un público ávido de melodrama, aventuras y romance sin fin. No en vano algunos críticos lo llaman el “kabuki de nailon”; todo muy excesivo pero, curiosamente, exento de cualquier tipo de carga sexual. Un espectáculo rimbombante e inocuo dirigido a un público femenino adolescente. Exacto: apesta a shôjo. Y, como todo producto para jovencitas del momento, aleccionaba a mantener el rol designado a la mujer en la sociedad japonesa: sumisión, dulzura, matrimonio y maternidad.

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La actriz Ashihara Kuniko (1914-1997) en su papel de Fréderi en la adaptación del vodevil “L’Arlésienne” (1934) de Bizet.

A pesar del mensaje conservador que porta(ba) implícito el Takarazuka, no deja de ser llamativa la presencia de las otokoyaku: actrices dedicadas a interpretar papeles masculinos. Su éxito era masivo, incluso recibían cartas de amor de las seguidoras. ¿Se consideró un escándalo? Sí, pero la sociedad nipona en general considera que las tendencias lésbicas durante la adolescencia son una “etapa” que se acaba “superando”. Las otokoyaku eran un símbolo, en cierta forma, de libertad, de empoderamiento. Pues aunque representaban papeles masculinos muy categóricos (también bastante idealizados), eran mujeres las que los interpretaban y observaban. Pero un detalle importante: esa libertad, esa fuerza de voluntad se manifestaba solo cuando el elemento masculino hacía acto de presencia; por sí misma la mujer permanecía desautorizada.

Ese elemento masculino era muy evidente: la vestimenta. ¿Hace el hábito al monje? En el mundo del Takarazuka sí. Y de esa forma lo encontramos también en el que, por ahora, se puede valorar el primer shôjo manga de la historia: Nazo no kurôbaa o El trébol misterioso de Katsuji Matsumoto, creado en 1934. La protagonista es una adolescente, disfrazada de hombre y enmascarada que, al más puro estilo Robin Hood/El Zorro, roba al señor feudal la riqueza que ha exprimido a los pobres campesinos. Ahí tenemos el escenario exótico (algún lugar de Europa), el melodrama, las aventuras y la muchacha poderosa gracias al anonimato de sus ropajes. Pero, a diferencia de las otokoyaku, se distingue bien que es una chica. La bisabuela de Utena podríamos incluso decir.

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Portada de “Nazo no kurôbaa” o “El trébol misterioso” (1934) de Katsuji Matsumoto

Nazo no kurôbaa y el Takarazuka fueron indispensables para que Tezuka-sensei creara su histórico shôjo Ribbon no Kishi (1953), que luego tuvo a lo largo de los años otras encarnaciones. El argumento gira en torno a Sapphire, retoño de los reyes de Silverland que, a causa del error de un ángel en el cielo, recibe un corazón rosa de chica y otro azul de chico a la vez. Ese corazón masculino es el que le permite ser audaz, excelente espadachín y gobernante legítimo de su país; sin él, solo es una princesa inane y vulnerable. Cuando Dios se da cuenta de la equivocación, envía al responsable, el angelito novato Tink, a recuperar el corazón azul; pero Sapphire no lo quiere devolver, pues es lo único que le proporciona la capacidad de heredar el trono y luchar contra el malvado duque Duralumin, que ambiciona la corona.

No hace falta remarcar que la misoginia brilla que da gloria, pero no estamos aquí para juzgar con la luz del presente una obra concebida en una época muy distinta a la nuestra. Aunque algunos de esos parámetros persistan todavía. Ribbon no Kishi fue revolucionario en muchos aspectos, y cimentó los pilares de lo que más adelante sería el shôjo moderno. ¿Estuvo el siguiente shôjo de Tezuka a la altura? Angel no Oka (1960) es más humilde y más ignorado que su predecesor; sin embargo también menos infantil y con una melancolía final que barruntaba ya ciertas particularidades de Manga no Kamisama.

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Sapphire y Tink

Angel no Oka fue publicado en la revista Nakayoshi desde enero de 1960 hasta diciembre de 1961. Siete episodios que luego fueron recopilados en dos tankôbon. Su historia no tiene ni cross-dressing ni una protagonista femenina de fuerte personalidad. Todo lo contrario. Es el relato de una princesa sirena en el destierro, sus desventuras y sufrimientos; y cómo las figuras masculinas que van apareciendo se encargan de cambiar el destino de su vida. Un clásico cuento de hadas, con un personaje principal víctima de la desgracia, pero con un corazón noble y generoso. También aparece la clásica reina malvada, responsable directa de sus angustias… con un plan maléfico para matarla. Y las consabidas mascotas que acompañan con fidelidad a nuestra desafortunada princesa.

A pesar de lo ramplón que parece ser este manga, atiborrado de clichés y poco apetitoso, resulta bastante ameno y divertido. No en vano se trata de Tezuka, y siempre se guardaba un par de ases bajo la manga. Recordemos que estamos en los albores del shôjo, y en realidad ha sido Angel no Oka el que ha dejado su huella en los mangas que conocemos ahora, no viceversa.

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Luna llorando por Tailandia, Myanmar o así

Luna, princesa de un misterioso pueblo de sirenas, es condenada por la implacable Byôma-sama a ser abandonada para morir en el mar dentro de una ostra gigante. Sí, como esas que aparecen en los musicales de la edad dorada de Hollywood. Ha quebrantado la ley y debe sufrir el correspondiente castigo. Pero la suerte está de su lado y es rescatada por el capitán de un buque, que intentará ayudarla a regresar a su hogar. Pero Luna ha perdido la memoria, no recuerda ni quién es ni la Isla del Ángel, su patria. No sabe ni su nombre. Pero el capitán continúa investigando, y cuando está a punto de revelar a Luna una pista importante sobre su tierra de origen, es asesinado. Asesinado y Luna hecha esclava, padeciendo una existencia de humillación y maltrato hasta que Eiji Kusahara, un rico heredero japonés, la rescata indignado por la injusticia. Eiji está muy sorprendido porque Luna tiene un parecido asombroso con su querida hermana pequeña, Akemi Kusahara. Movido por la compasión, decide llevarla consigo a su hogar en Japón.

Pero no todo quedará ahí. Tezuka encauzó un argumento rocambolesco donde corrieron y galoparon gran cantidad de personajes. Cada uno de ellos aportó su granito de arena al relato. Aunque Luna sea una completa inútil, no se puede negar la destreza casi sobrenatural que tenía Manga no Kamisama a la hora de sorprender y concebir historias. Y Angel no Oka engancha (¿he dicho ya que hay sacrificios humanos? Tezuka era un puto genio). Sin necesidad de invocar la presencia pegajosa del romance. Los recursos que utiliza son bien conocidos (los hemos leído mil veces) e incluso el deus ex machina, que tan poco gustaba a Aristóteles y ciertas ratas posmodernas, se encuentra bien encajado sin restar credibilidad. Se trata de un manga muy dinámico a todos los niveles, aunque con un final que quizá no sea del gusto de todos… pero que tiene su sentido.

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Disney, Disney, Disney everywhere. Osamu Tezuka nunca escondió su admiración por el estadounidense, y su estela, como era de esperar, se halla en las páginas de Angel no Oka. Pero sobre todo encontramos el propio estilo de Tezuka, porque su talento no se basaba en el plagio. Así que las tácticas de humor fácil, la caricaturización de algunas figuras y la acción al más puro estilo Popeye no faltarán. Es un tebeo para público infantil y joven, no hay que perder eso de vista.

Aun así, Tezuka no perdió la oportunidad de reírse de sí mismo además de incluir novedades interesantes, como la ruptura de la cuarta pantalla, tratar los límites que imponen las viñetas con cierta rebeldía o prestar una detallada atención a la arquitectura de los fondos. De hecho me han enamorado la elegancia de líneas y su movimiento en algunas escenas. Impresionantes. El diseño también de Luna/Akemi, estilizado y simple, es una maravilla. Todo el arte de Angel no Oka en general resulta una delicia, que ha sabido plasmar muy bien las inquietudes estilísticas de la época; así como verter el exotismo del sudeste asiático e Indonesia en la enigmática tierra del pueblo de las sirenas.

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Esto es BELLEZA, señoras y señores.

¿Y qué trascendecia puede tener este manga desconocido de Osamu Tezuka? ¿No tiene algún shôjo más célebre? Pues sí, claro que lo tiene. Pero hasta el más humilde cómic de Tezuka posee su trascendencia, y no debería minusvalorarse. Angel no Oka fue una inspiración evidente para Naoko Takeuchi y su celebérrimo Bishôjo Senshi Sailor Moon (1991-1997), como también lo fue Midori no Tenshi (1959) de Leiji Matsumoto y otros tantos de la misma etapa. Pero la impronta de este Angel no Oka es contundente. Aunque no se trate de un mahô shôjo estrictamente, nos encontramos con una serie de personajes femeninos de habilidades extraordinarias y que deben lidiar con circunstancias terroríficas en el mundo humano. Igualmente podríamos incluir en este proto-mahô shôjo a su antecesor Ribbon no Kishi, por supuesto.

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Angel no Oka no es el mejor tebeo de Tezuka, cuya fértil trayectoria nos depararía con el tiempo auténticas obras maestras y en muy diversos géneros. Pero sí se trata de un manga a tener en cuenta tanto en la historia del shôjo por su influencia en futuros creadores, como para conocer mejor la evolución artística de Manga no Kamisama. Es una historia entretenida, con vericuetos inesperados y una conclusión muy Tezuka. ¿Merece la pena leerla? Definitivamente sí, sobre todo aquellos que sean amantes del autor y no les importe bucear en las profundidades abisales del manga. MUAHAHA. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

¡Mozuelas con ritmo! Swing Girls

Ahora que ha regresado Hibike! Euphonium con su segunda temporada, no he podido evitar que me viniera a la memoria esta película, que se ha convertido ya en un peazo clásico por derecho propio. Los que me leáis hace tiempo ya sabréis que KyoAni no me emociona demasiado, sobre todo porque ese estilo y diseños suyos tan característicos no me gustan nada. Eso no quita que vea sus producciones y las considere buenas series (algunas, claro), pero suelo preferir otros estudios. Es el caso, por ejemplo, de Hibike!, que empecé a verla con reticencia y me fue ganando poco a poco. Un shôjo de indudable espíritu spokon pero centrado en la música en vez de una raqueta o un balón. Las historias con adolescentes también suelen cargarme la cabeza muy rápido, por lo que Hibike! en mi caso particular es un auténtico meritazo que me agrade. Pero no podía ser de otra manera, es un anime con personajes atractivos, gran calidad técnica, un argumento sencillo pero bien desarrollado y… y música, joder, música. Que me gusta mucho la música. Por eso esta segunda temporada la esperaba también con ganicas.

Aprovechando su vuelta, he considerado oportuno hacer una reseña sobre una película que, sin duda, comparte bastantes elementos con Hibike! y que con toda probabilidad inspiró a Ayano Takeda y Hami para crear su manga. Swing Girls (2004) de Shinobu Yaguchi es bastante célebre, cosechó buenas críticas hasta en el extranjero y ganó unos cuantos premios de la Academia Japonesa de Artes y Ciencias Cinematográficas. No es un film olvidado underground de contenidos turbios, nada de eso. Es una cinta extremadamente comercial, de humor limpio, dirigida a toda la familia y, lo mejor de todo, excelente. Soy fan de Swing Girls. Seguro que la conocéis.

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No conocía de nada al director, Shinobu Yaguchi, y creo que no he vuelto a ver una película suya otra vez. Pero solo por esta Swing Girls le agradeceré por siempre el haber posado su pie en el planeta Tierra. No es un film rompedor ni extraordinario en ningún aspecto. En ninguno. Los actores son eficientes, con cierta sobreactuación pero nada especialmente molesto (Juri Ueno la mejor); la dirección competente y sencilla, sin jaleos; el guión fresco y su desarrollo es el esperado. Los que hemos tragado mucho manganime, encontraremos parámetros en Swing Girls muy conocidos. No deja de ser la típica historia zero to hero pero colectiva (el individualismo los japoneses lo llevan todavía un poquito mal) donde el compañerismo, el trabajo en equipo, el esfuerzo y espíritu de superación tienen fuerte protagonismo. Nada nuevo bajo el sol. Pero hasta las premisas más trilladas pueden alumbrar obras interesantes; y que sorprenden no por su originalidad, sino por su capacidad de absorber la atención y emocionar al espectador.

Hay dos tipos de personas en el mundo: las que tienen ritmo y las que no.

La historia la hemos leído muchas veces: tórrido verano japonés, instituto en pequeña población de Yamagata, clases de repaso, estudiantes haraganas tratando de sobrellevar el aburrimiento. La banda escolar está subiendo al autobús para infundir ánimos al equipo de béisbol en el partido que se celebra en una población cercana. Pero en sus prisas, olvidan que todavía no ha llegado el repartidor de la comida. Cuando este aparece ya es muy tarde, y el señor debe continuar su trabajo entregando el catering de un funeral. Sin embargo Suzuki-chan, que ha observado todo perezosamente desde una ventana, aprovecha la situación para proponer a su profesor que ella y sus compañeras deberían acercarles la comida. Pobrecitos, se morirán de hambre. Así que cogen un tren con todos los bentô y… se les pasa la parada. Con todo el calorazo, deciden ir caminando hacia su destino y entregar las viandas, aunque la comida llega en mal estado. Toda la banda del colegio tiene que ser hospitalizada por intoxicación alimentaria. Bueno, todos menos Nakamura-kun, el pringadillo, que por una vez su mala suerte le ha salvado el culo (y nunca mejor dicho). Este muchacho será un poco el paria de la orquesta, pero de tonto no tiene ni un pelo. Sabe que Suzuki-chan y sus amigas son en parte responsables de lo ocurrido, por lo que las reprende y exige hagan algo al respecto, pues a la semana siguiente se jugará un partido decisivo para el equipo de béisbol. Las zagalas no tienen ninguna intención de unirse a la banda, pero ven en ello una oportunidad para librarse de las tediosas clases de matemáticas y hacer el perro en el aula de la orquesta. No saben ni leer ni tocar música, pero les es indiferente. Lo que ellas desconocen es que el virus del jazz es altamente infeccioso, muy complicado de erradicar. Y cuando se quieren dar cuenta, ya es demasiado tarde.

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El argumento da muchas vueltas, es como una montaña rusa en la que se ha subido muchas veces pero que aun así continúa excitando. Se conocen sus curvas, loops e inversiones; las vueltas de tuerca y recursos se presienten de sobra. Pero a pesar de tener una estructura lineal, quizá sea esa misma simplicidad la que hace que toda la historia y sus personajes resulten tan entrañables. Precisamente esos personajes no están trabajados de una manera muy profunda. Son más arquetipos que personas: las rebeldes punks, la chica tímida e inteligente, la enamoradiza y ligona, el profesor frustrado, la gordita comilona, etc. Los mejor modelados son Suzuki y Nakamura, pero tampoco son el colmo de la complejidad. Personalmente me gusta mucho Tanaka-chan, que toca la batería (qué haríamos sin baterías… ¡morir! son los malditos cimientos, sin ellos todo se desmorona). Me encanta su personalidad y echo de menos más desarrollo, porque habría podido ser un personaje muy, muy jugoso. Pero ese es uno de los defectos de este film, unas figuras casi demasiado reconocibles y esquemáticas. Por otro lado, esta carencia se ve compensada por unas interpretaciones bastante potables y unos gags ocurrentes.

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Hay momentos inenarrables, la búsqueda de setas en el bosque con el advenimiento del gran jabalí salvaje es mi favorito, completamente absurdo y adornado con el incombustible What a wonderful world de Louis Armstrong. Y no solo eso. El espectador tiene la oportunidad de atisbar un ligero chispazo de lo jodido que es el mundo de la música, así, en general. Aunque también estimula a acercarse a él, porque es un film optimista y que contagia el amor por el jazz con verdadera pasión. Swing Girls es una película divertida apta para todos los públicos, pero no cae ni en el sentimentalismo (¡BIEN!), el romance imbécil (¡BIEN!) ni la moralina (¡REQUETEBIÉN!). Toda una proeza en los tiempos que corren de gazmoñería, que utiliza cualquier ocasión para untar de almíbar disney todo lo que huela a público familiar. Son muy pocas las películas de este tipo que suelo tolerar.

Me ha recordado en algunas cosas a The Commitments (1991), y os aseguro que es todo un halago porque es uno de mis musicales preferidos; pero Swing Girls carece de su drama, profundidad y dureza, pues no deja de tratarse de una comedia blanca sobre adolescentes en el Japón rural del s. XXI. Por cierto, adoro el retrato de la familia de Suzuki-chan, los desconchones en las paredes del centro escolar, los trenes y sus asientos vintage, el vertedero de los emo yankii, la vista de los tejados llenos de nieve… en resumen, la dirección artística y la ambientación son geniales. Naturales y realistas, pero pulcras. Un 10.

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Los temas de la banda sonora están interpretados por los propios actores, algunos de ellos no habían rozado un instrumento musical en su vida, así que estuvieron bastantes meses dedicándose de manera intensiva a aprender y… ¡ni tan mal! Son ellos mismos los que tocan e incluso llegaron a girar por Japón como big band profesional. La selección de piezas además es estupenda: Glenn Miller, Benny Goodman, Michel Legrand, Louis Prima, Ken Woodman, Billy Strayhorn… clásicos del jazz intemporales sin los que servidora, por ejemplo, no podría vivir. Imposible. Y como broche final, este tema en su versión original para cerrar los créditos. ¿Qué más se puede pedir, señores?

Swing Girls es una película divertida sin pretensiones. Por eso, aunque algunas situaciones resulten un poco inverosímiles, son licencias que encajan sin problemas en la atmósfera de entusiasmo y buen humor del film. No es una obra perfecta, tampoco lo busca porque su objetivo es solo entretener y dejar al espectador con una sensación agradable en el cuerpo sin viscosidades. Y lo logra. Merece la pena echarle un vistazo, sobre todo si se ha tenido un mal día. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Héroes y villanos japoneses que se odian, retuercen y lo pasan bien

Creo que todavía no he hecho ninguna reseña sobre dôjinshi o fanzines comiqueros japoneses. Quizá se deba a que viviendo en Europa y siendo la afortunada dueña de una cabeza de chorlito como la mía, no he tenido ni he aprovechado las oportunidades de agenciarme alguno. Y tampoco es que se escaneen y traduzcan muchos que digamos… pocos hay, pero ahí están. Como además llevo unas cuantas entradas seguidas un poco más añejas de lo que me gustaría, escribir sobre una obra del 2015 me viene de perlas. Y calma mi conciencia culpable por estar atiborrándoos de material antediluviano. Que no tiene nada de malo si posee interés, pero en la variedad está el gusto. O eso dicen.

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Esta portadaca la ha dibujado my friendly neighbourhood David López, y es la presentación perfecta de lo que podemos encontrar en las páginas de Alenzyas (2015). Se trata de un tebeo coordinado por Ken Niimura, donde han participado 6 mangakas más: Takeshi Miyazawa, Est Em, Takehito Moriizumi, Tabao Obata, Murai y Mopuko. Todos sangre fresca. Y a todos ellos Niimura-sensei propuso la creación de un superhéroe y un villano, para luego inventar una historieta en la que el antagonista fuese el concebido por otro artista del mismo proyecto. Un desafío interesante para los autores, desde luego, y que para los lectores tampoco carece de atractivo.

Como soy una desgraciada, no he podido hacerme con ninguna copia física de Alenzyas. Me habría gustado, pero las tiradas de los dôjinshi no suelen ser grandes, y por lo que pude husmear en twitter por mi cuenta, se vendieron casi todos los ejemplares en el propio Japón. Unos pocos fueron enviados al extranjero, pero a conocidos y amigos del círculo de los dibujantes. Meeeeeeh. Sin embargo, un alma bienhechora tuvo la idea de subirlo a varias plataformas on-line (y traducirlo, claro). En junio me topé muy felizmente con él. Pero, ¡ay!, no estaba completo, faltaban dos capítulos: el 5 y el 6. ¡¿POR QUÉ?! He pasado unos meses esperando a que alguien subiera lo que faltaba, pero estamos a mediados de septiembre y la cosa sigue incompleta. Aun así pensé que mejor son cinco one-shots que ninguno, teniendo en cuenta que de otra forma me hubiera resultado muy difícil poder leerlos. En realidad tarde o temprano habría caído (el agua de Aragón no es buena, hace que crezca la cabeza), pero de esta manera piratona total pude disfrutar de Alenzyas sin apenas esfuerzo y ahora tú, amado lector, también puedes leer esta magnífica reseña. Todo bien, ¿no? Pues eso. Dudo que los creadores lleguen a leer esto, así que puedo respirar tranquila, que no enviarán sicarios a mi chamizo por utilizar mangafox. Creo.

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“Nighthawk vs. Yukawa” de Murai

Alenzyas son historias muy breves, cada una de una madre y con el estilo propio de cada autor. Es una obra heterogénea y variada, pero con un nexo común: ¿cómo serían unos superhéroes à la japonaise? He sido desde niña lectora de cómics y lleva circulando por mi sistema cardiovascular el virus Marvel/DC muchísimos años, por lo que sé de sobras qué es un tebeo de superhéroes. Sin duda es el género rey dentro de la historieta occidental, el que más pasta genera, el más popular… y el que más detractores furiosos posee también, sobre todo cierto desprecio sordo hacia el norteamericano. La verdad es que el cómic de superhéroes tiene sus luces y sus sombras, como ocurre con todo; y suelen ser los tebeos que se alejan de los patrones más comerciales, buscando nuevas sendas y perspectivas, los que han brillado sobre el resto.

Alenzyas es como una especie de experimento, pero es la prueba de que el material más atractivo es precisamente ese, el que busca su propio camino. Un camino libre sin las exigencias de una línea editorial, un manual de estilo, etc. No es malo que existan, de hecho son necesarias, pero en un dôjinshi es el artista el que marca sus límites y eso siempre, SIEMPRE, es más interesante. No por obligación mejor, pero sí más seductor. Y es lo que encontramos en Alenzyas, una brisa refrescante y agradable gracias a los ventiladores artísticos de gente que está creciendo en el panorama del tebeo. ¿Qué nos pueden contar unos mangakas sobre superhéroes que no hayamos leído ya? Pues su visión. Alenzyas es la combinación de un género ultrapopular con una perspectiva diferente, tanto en forma como en contenido; pero con sencillez, de forma muy inmediata. No es nouvelle manga, pero recoge en cierta forma su legado sincrético.

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“Life is one-two punch” de Est Em

Algunos de los creadores ya están más que familiarizados con este tipo de cómic: Takeshi Miyazawa, por ejemplo, está trabajando ahora con Kamala Khan, la nueva Ms. Marvel; aunque en el pasado se prodigó en X-men Unlimited, Runaways o Generation Hope. Javier Pina, que ha hecho la contraportada, ha dibujado la Cosa del Pantano, Aves de Presa o Escuadrón Suicida; David López… en fin, si no conoces a David López, you know nothing (y tienes que ponerle remedio). Ken Niimura se está haciendo hueco realizando trabajos para Marvel y pequeñas maravillas en el Yearbook de Gotham Academy para DCPero tampoco esto tiene una importancia capital, los demás autores no me suena que hayan realizado nada para cómic norteamericano (me puedo estar columpiando perfectamente, conste) y eso es lo bonito también, observar a creadores esforzándose en un registro ajeno y haciéndolo suyo.

Por eso Alenzyas es un manga bastante curioso, que mezcla Oriente y Occidente con un resultado natural y eficaz. No se trata de un híbrido, o al menos yo no lo considero así. Es muy japonés, un buen shôyu ramen al que se le han añadido unos cuantos ingredientes foranos y, oigan, que ha quedado sabrosote. No tiene vocación comercial, pero posee todo para que un fan de los tebeos lo disfrute con tranquilidad.

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Contraportada de Javier Pina.

Por supuesto, no conocía a todos los autores propuestos y espero tener pronto la oportunidad de poder leer algo de ellos. Es el caso de Takehito Moriizumi, Mopuko y Tabao Obata. Precisamente, son los one-shots de Moriizumi y Obata los que no están subidos todavía; y por el primero siento una curiosidad inmensa. Así que a joderse. Habrá que esperar y estar ojo avizor a cualquier oportunidad.

Life is one-two punch de Est Em es una buena representación de las exigencias del ámbito laboral japonés, mediante una historia veloz pero impactante. El ¿desenlace? resulta como la vida misma. Catty rival de Miyazawa tiene de protagonista a un gato con ansias de dominación mundial (como tiene que ser) que topa con un rival humano imbatible. Muy divertido este cuento. Nighthawk vs. Yukawa de Murai es mi favorito, más clásico en su planteamiento pero tierno también. Sword Hilda vs. Zombies de Mopuko está repleto de acción y violencia, donde las adorables mascotas deportivas se han convertido en unos muertos vivientes, que la espadachina Hilda tratará de destruir con su terrible katana. Incluye moraleja. Y, finalmente, Test de Niimura no defrauda. Los que somos fans de su elegancia, tenemos un relato de gran dinamismo y escenas espectaculares. Genial.

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No, no son The Avengers pero resultan unos superhéroes peculiares y muy cercanos. Alenzyas es una obra coral que no cambiará vuestras vidas, pero que funciona, no ya solo como carta de presentación de autores menos conocidos por estos lares, sino como entretenimiento sano. Una alternativa estupenda para los que se suelan mover en lecturas más estándar y quieran descubrir nuevos pinceles japoneses.

Y que me he quedado sin leer Dengeki Drop de Obata y How far are the depths of love de Moriizumi. Cachis. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.