Megumi en el país del Juche y otras aventuras pesadillescas

Las entradas dedicadas al cine son, con diferencia, las más ignoradas de SOnC. Pero como a su encargadilla resulta que le gusta mucho ver pelis y es algo lerda en lo referente a visión comercial, ha decidido no solo continuar escribiendo sobre él, sino naufragar a tope dedicando el post a un documental. Y no a un documental cualquiera, no: Abduction: The Megumi Yokota Story (2006). Hay pocas cosas que desmotiven más a los camaradas otacos que una historia basada en hechos reales de hace cuarenta años. Que encima haya politiqueo de por medio lo empeora. Nada, pero nada cool, uf. Sin embargo, creo que ya hemos dicho que Sho-Shikibu es un poco babieca para algunos asuntos, por lo que aquí tenéis el próximo gran éxito de su triunfante blog. Aún estáis a tiempo de cerrar la pestaña y olvidar que esta bitácora existe, por cierto.

¿Sigues aquí? Vaya, qué sorpresa. Gracias, amable lector, espero que no te arrepientas. La chica de kimono rojo que aparece en la foto es Megumi Yokota, cuya ausencia es la protagonista absoluta de hoy. Desapareció sin dejar rastro el 15 de noviembre de 1977 cuando volvía del colegio a casa, en Niigata, una ciudad costera en el noroeste de Japón. Tenía 13 años. Durante muchos años sus padres la buscaron desesperados, sin tener ninguna noción de lo que podía haberle ocurrido; hasta que el periodista Teruaki Masumoto los puso sobre la pista de algo mucho más extravagante de lo que habían imaginado: Megumi podría haber sido secuestrada por agentes secretos de Corea del Norte.

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Megumi Yokota

Efectivamente, suena a telefilme barateiro de sobremesa, idóneo para echarse una buena siesta. Demasiado bizarro para tomárselo en serio, si no fuera porque todo ocurrió de verdad. La realidad superó a la ficción, ya que no solo Megumi fue abducida, 13 ciudadanos japoneses más sufrieron sus mismas circunstancias entre 1977 y 1983. Esa cifra fue al menos la reconocida oficialmente por el gobierno norcoreano, sin embargo se sospechan muchas más víctimas de otras nacionalidades también.

De buenas a primeras, no me habría acercado a una obra sobre personas desaparecidas ni de coña. Esta temática no suele ser de mi gusto y acaba aburriéndome, pero quizá la manera en la que llegué hasta a ella me hizo superar mi prejuicio inicial. Una de mis directoras de cine favoritas es Jane Campion, que aunque no ha sido demasiado prolífica, si me ganó con cintas como Bright Star (2009) o Retrato de una dama (1996). Son mis preferidas de su filmografía, y rebuscando por internet alguna obra más relacionada con ella, topé con este documental que resultó ser de su producción. Así que, confiando en su buen criterio y observando que tenía vinculación con Japón, decidí darle la correspondiente oportunidad.

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Megumi y sus dos hermanos gemelos

Abduction: The Megumi Yokota story no ha sido la única obra dedicada a este turbio asunto, pero sí fue la responsable de su fuerte impacto internacional. En Japón el caso de Megumi era muy conocido, y la preocupación social que generaba mantuvo la atención pública ocupada durante décadas. Un enigma sin resolver que, conforme avanzaban los años y se averiguaban más datos, su misterio se acrecentaba. Y con ello el sufrimiento de una familia que tampoco había cejado en su búsqueda ni un segundo. De la desatención de la policía, que cerró el caso considerando que Megumi simplemente se había fugado de casa, pasaron a una situación estrafalaria como pocas en la que el gobierno japonés no sabía cómo proceder. Se calcula que unas noventa personas en total fueron secuestradas y llevadas a la fuerza a Corea del Norte desde diferentes puntos de la costa japonesa. También desde Corea del Sur. Las familias afectadas en Japón unieron fuerzas y comenzaron a realizar presión. El caso de Megumi era especialmente cruel, pues fue la única menor de edad raptada. Pero, ¿cómo saltó esto a la luz? Y no menos importante, ¿por qué Corea del Norte cometió semejante tropelía?

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A Corea del Norte no se le llama gratuitamente “el reino ermitaño”. Aunque se trata de un término heredado de la antigua dinastía Joseon, describe muy bien la situación actual. Es uno de los países más desconocidos del planeta, que vive en un régimen aislacionista y de relativa autarquía, siguiendo estrictamente los preceptos de la Idea del Juche. El Juche es el alfa y el omega de la nación, una filosofía vital, religiosa y política que lo vertebra absolutamente todo. Esbozada por el presidente eterno Kim Il-sung (1912-1994), nutrida por el líder eterno Kim Jong-il (1941-2011) y sustentada por el Secretario General del Partido de los Trabajadores de Corea Kim Jong-un (1983), se trata de una adaptación a la idiosincrasia coreana de ciertos planteamientos comunistas, pero alejados bastante del marxismo clásico. El Juche es profundamente nacionalista, defiende la etnicidad como pilar básico de las sociedades y propugna la protección de los linajes; de ahí que esté enfrentado al concepto de globalización capitalista, cuyo máximo exponente es Estados Unidos. yokota22Pertenecer a la raza coreana es un orgullo y hay que defender su singularidad y pureza. El Juche explica que todos los seres humanos tienen los mismos derechos y obligaciones, pero no son iguales en capacidades; de ahí que solo algunos tengan una aptitud natural para ser líderes y puedan gobernar. Estas personas son diferentes de las masas y sus cualidades los hacen idóneos para el poder. Este talento, por supuesto, es hereditario, y está plenamente representado en el linaje de los Kim. El Juche también otorga prioridad total al ejército y a la disciplina militar (songun), pues es la única manera de defender la independencia de la patria. Es el principal motor social y económico de Corea del Norte, dirigiendo también su política exterior. Ellos son el último bastión viviente e incorrupto del socialismo, aunque se trate de un socialismo con mucho de confucianismo y rescoldos del Imperio de Corea.

No es fácil intentar comprender lo que sucede en ese país, tanto por la falta de información que no sea pura propaganda, como por la histeria de los medios de información occidentales. Se tiende a ridiculizar un régimen político anacrónico que parece salido de los profundos años 50, pero con esa risita nerviosa que brota cuando hay también un pellizco de miedo. Poco a poco se ha ido averiguando algo más, eso también es cierto, pero el hermetismo continúa siendo la tónica. Y lo que trasciende resulta confuso y nada halagüeño. Conociendo por encima este contexto, no resulta complicado deducir que ese estado de paranoia incesante llevara a la toma de resoluciones tan grotescas como secuestrar a ciudadanos de otros países. ¿Con qué motivo? Adiestrar a espías norcoreanos en sus lenguas y costumbres para infiltrarse en sus sociedades. Recordemos que técnicamente Corea del Norte se encuentra en guerra.

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Esta era la familia de Kim Jong-Il en 1981. Su cuñada y dos de sus hijos se encuentran detrás. Junto a él, su por entonces heredero, Kim Jong-nam, fallecido en febrero de 2017 en circunstancias… rocambolescas.

Los primeros indicios de que algo extraordinario estaba sucediendo en las costas de Japón fueron recogidos por la prensa, los testigos de las desapariciones de las víctimas no dejaban lugar a dudas: eran secuestros. Y aunque había sospechas sobre quién cometía estas fechorías, faltaban pruebas. En realidad no las hubo hasta que ex-espías norcoreanos comenzaron a hablar de sus entrenamientos, los cuales habían sido llevados a cabo gracias a la ¿colaboración? de japoneses. Japoneses que habían sido llevados a la fuerza al norte del paralelo 38. Decenas de familias rotas, después de casi diez años, empezaron a tener esperanzas de volver a abrazar a sus hijos y hermanos. Pero no fue hasta los años 90 que pudieron observarse los primeros resultados.

Tras la caída del Muro de Berlín (1989) y la Peretroiska de Mijaíl Gorvachov, se dio fin a la Guerra Fría, y los gobiernos comunistas del este de Europa emprendieron su apertura al capitalismo. Corea del Norte, totalmente ajena al Otoño de las Naciones, acabó sin el fuerte respaldo económico de la Unión Soviética, que se estaba desintegrando. Las consecuencias fueron desastrosas. Unido a un potente ciclo de sequías e inundaciones, el país del Juche sufrió entre 1995 y 1999 una terrible hambruna que se estima mató entre uno y tres millones de personas. Fue tan espantosa la situación que Kim Jong-Il se vio obligado a solicitar auxilio internacional. Esta pequeña ruptura de su aislamiento exigía la normalización de relaciones con los países que iban a brindarle su ayuda. Ese fue el caso de Japón. Era la oportunidad que los familiares de los secuestrados buscaban, y apremiaron al gobierno nipón, que hasta entonces los había ignorado, para exigir su paradero y regreso. Desgraciadamente, las cosas no iban a ser tan simples. Sobre todo para Megumi.

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Junichirô Koizumi, primer ministro de Japón entre 2001 y 2006.

Abduction: The Megumi Yokota story narra todos estos hechos y muchos más. Su inicio es el del clásico reportaje televisivo sobre personas desaparecidas, con un estilo muy de tabloide y algo sentimental. No muy atrayente, casi vulgar. Pero conforme los acontecimientos se van desgranando, el documental crece, crece y crece. De lo que parecía la ordinaria fuga de una adolescente, se alcanza el nada desdeñable nivel de conflicto político internacional. Y en el centro de su compleja trama, la tragedia de una familia normal y corriente. Una familia además que aún sigue esperando, pues si los hechos originales gozan de reminiscencias casi surrealistas, lo kafkiano no tardó luego en apoderarse de la situación general. La lucha por el regreso de Megumi se convirtió en leitmotiv de sus vidas, aunque ya no puedan recordar los rasgos de su hija con claridad; aunque estén buscando a una persona que ya no existe; aunque la vida de Megumi ya sea más coreana que japonesa. Su combate es una forma de canalizar el dolor para que no los destruya. Y eso es lo que los directores, Patty Kim y Chris Sheridan, logran transmitir con sencillez.

No obstante, ¿vive todavía Megumi? A pesar de que Pyongyang aseguró que había fallecido en 1993, rectificando luego a 1994, en Japón la creencia generalizada es que sigue respirando. Se casó con un surcoreano que también había sido secuestrado, tuvo una hija en 1987 y, padeciendo una fuerte depresión, se suicidó en el hospital donde estaba internada. Sin embargo, las cenizas que fueron remitidas a Japón como supuestos restos de Megumi no fueron concluyentes en los análisis de ADN. Las muestras no coincidían y parecían contaminadas. A esas alturas, sus padres, con casi ochenta años de edad, estaban al límite de sus fuerzas; pero aún no se rindieron, y en 2014 tuvieron la oportunidad de conocer en Mongolia a su nieta y biznieta.

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Esta es la familia de Megumi Yokota. Su padre, Shigeru, su madre, Sakie, y sus dos hermanitos.

Me habría gustado que Abduction: The Megumi Yokota story hubiera contado algo más sobre el resto de víctimas, sobre todo de los que lograron volver a Japón. Pero se trata de la historia de Megumi, una vivencia que ha adquirido por derecho propio la categoría de leyenda. Muy real, pero de características tan extrañas que parecen un disparate. Existe también un manga, que tuvo la colaboración directa de los padres de Megumi, y su correspondiente adaptación al animeproducido por el gobierno de Japón. También varios documentales más y un dorama, relatando su vida y las circunstancias de su rapto.

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Patty Kim, Jane Campion y Chris Sheridan

El caso de Megumi Yokota es un culebrón en toda regla que no tiene visos de solucionarse, sobre todo teniendo en cuenta la proverbial sinuosidad de Corea del Norte, muy poco proclive a ofrecer información salvo fuerza mayor. Es un Estado que todavía tiene que recuperarse del desastre humanitario de hace veinte años, y que considera a tres cuartas partes del planeta su enemigo. Megumi forma parte ya de la cultura popular del país (por desgracia) y, como tal, es muy interesante saber de su crónica, que engarza además con acontecimientos históricos importantes del Asia Oriental. Abduction: The Megumi Yokota story es una de las maneras más íntegras de acercarse a su drama. Es un documental clásico, que a ratos pierde la objetividad y que tampoco arriesga demasiado formalmente, pero es su contenido el que asombra. ¿Lo recomiendo? Sin resultar una maravilla, y eso que es una obra multipremiada, sí. Merece un vistazo atento. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Las damas de vida alegre

Las damas de vida alegre es un eufemismo que disfraza a las personas que se dedican a la prostitución. Lo llaman también “el oficio más viejo del mundo”, y existen muy pocas civilizaciones que no hayan acogido en su seno este tipo de labor. Japón no es una de las exentas, aunque sí tiene una concepción peculiar que entraña un universo de fronteras más amplias y difusas que en Occidente. La prostitución en Japón está prohibida desde 1956, pero nadie duda de la existencia de una poderosa industria del sexo, que resulta ser una funambulista espectacular. Han mercantilizado de forma objetiva y eficiente el instinto sexual, haciéndolo más visible que nunca. Es un negocio muy, pero que muy, lucrativo. Esto se debe a que ha existido desde siglos una especie de permisividad que por estos lares cristianoides es desconocida. Se tiene asumido que forma parte de las “necesidades naturales” de la población masculina, y el comercio se ha ido adaptando al transcurrir de los tiempos sin más.

No pienso hacer un monográfico dedicado a esta temática porque no soy especialista ni muchísimo menos, pero a la luz de la última encuesta en twitter, se me ocurrió escribir una entrada con tres obras (un libro, un manga, una película) donde la protagonista fuera una dama de vida alegre. Me parece también otra manera interesante de acercarse a la cultura japonesa y conocer más sobre su sociedad, tan adelantada tecnológicamente pero todavía con vestigios bastante reaccionarios. Empezar con una pequeña introducción, para entender algunas cosas, sería lo más correcto. Allá vamos.

Cuando los dioses crearon a los humanos
decidieron que su destino fuese morir
y reservaron la Vida para sí mismos.
Pero hasta que el fin llegue, goza de tu vida,
gástala en felicidad, no en desesperación.
Saborea tu comida,
transforma cada uno de tus días en placer,
báñate y úngete tú mismo,
vístete con ropas brillantes,
que la música y la danza vivan en tu hogar,
atiende al niño que te toma de la mano y alégrate,
dale placer a la mujer que amas.
Este es el mejor camino de la vida para un hombre.

Poema de Gilgamesh, tablilla X, columna 3

Aquí tenemos el rastro literario más antiguo donde podemos hallar un tipo de filosofía y actitud hacia la vida que, unos cuantos siglos más tarde, el poeta Horacio popularizaría en su carpe diem, quam minimum credula postero: aprovecha el momento, no confíes en el mañana. Esta reflexión pertenece a la sabiduría de la tabernera Siduri, que regenta su negocio a la orilla del océano; y trata de aconsejar al legendario rey de Uruk, Gilgamesh, que ha llegado hasta ella como un mendigo, arrastrándose en su profunda tristeza por haber perdido a su mejor amigo, Enkidu. Se trata de un canto compuesto en el II milenio a. C., escrito originalmente en sumerio y recuperado más adelante en acadio para la gran biblioteca de Nínive del rey Asurbanipal en el s. VII a. C.

Ahí nace el concepto universal de vivir el presente sin pensar en el mañana, una especie de resignación hedonista que acepta la propia mortalidad e insta al goce; y que muchos siglos más tarde florecería también en el ukiyo japonés. Tras un periodo turbulento de guerras civiles, la unificación del país y la estabilidad del Sogunado Tokugawa (1603-1867) estimularon el desarrollo de las sociedades urbanas y la prosperidad de las clases medias (chônin). Estas no tardaron en plasmar sus preferencias en una nueva sensibilidad que, apartada de las tradiciones de la aristocracia y la política, se volcó en un cultivo del ocio hasta entonces inédito. Aunque iba en contra de la ética de moderación confuciana y los diferentes gobiernos trataron de ejercer cierto control, los teatros kabukibarrios del placer (yûkaku) fueron los centros neurálgicos de ese ideal de vida y creación que cambiarían para siempre las artes. El ukiyo era un mundo de evasión donde los placeres sensoriales y el sibaritismo tenían un papel preponderante, ambos con un componente erótico acentuado.

Viviendo sólo para el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor y las hojas de arce, cantando canciones, bebiendo sake y divirtiéndose simplemente flotando, indiferente por la perspectiva de pobreza inminente, optimista y despreocupado, como una calabaza arrastrada por la corriente del río.

Ukiyo Monogatari (1660) de Asai Ryôi

En ese “mundo flotante” comenzó a emerger otro de pulsión soterrada que actualmente sobrevive y goza de robusta salud: el mizu shôbai o “comercio del agua”. De nuevo otro eufemismo, esta vez el que engloba todo el negocio nocturno y de entretenimiento en Japón. En él, como fácilmente se puede deducir, el fûzoku (industria del sexo) tiene su correspondiente lugar. Ni el mizu shôbai ni el fûzoku son sinónimos de prostitución, pero sí son mundos permeables que juegan con ambigüedad para albergarla y darle un entorno respetable. Aunque el campo está virando bastante, el mizu shôbai está dirigido al hombre: es una comercialización de la compañía femenina. Institucionalizada, plenamente aceptada, incluso percibida como necesaria. Eso sí, en un espacio social confinado del resto, por el que los hombres pueden circular, entrar y salir; no así sus trabajadoras, que mantendrán un rol fijo. ¿Por qué esto es así? Para empezar, la sociedad japonesa es patriarcal. Eso ya responde a la mitad de la pregunta. La fracción restante es simplemente una explicación más detallada de ese hecho.

El mizu shôbai es una industria que ha progresado durante siglos a costa de la idea de que el hombre precisa de un lugar de recreo donde relajarse de sus obligaciones laborales y domésticas. La mujer en este esquema sigue dos patrones muy marcados: es la que sirve de ese recreo al hombre; o es completamente ajena a ese espacio, quedando relegada al hogar. El mizu shôbai es considerado imprescindible en el mundo laboral japonés, y las grandes compañías son sus principales beneficiarias (y la yakuza, claro), ya que resulta un sistema para controlar a sus empleados muy eficaz y refuerza su lealtad hacia la empresa. El mizu shôbai brinda un solaz al sararîman, un mundo de fantasía y escapismo donde disfrutar lejos de las enormes presiones diarias. Y desfogarse. En él las hostesses, maids, coffee girls, etc. procuran al cliente una experiencia agradable mediante atención exclusiva y adulación, que persigue también dependencia psicológica para que regrese. Y así es como sucede. El mizu shôbai ofrece un entorno seguro para el amor propio de los hombres que quieren relacionarse con una mujer sin los riesgos que conlleva la vida real. La mujer del mizu shôbai es sumisa y siempre dispuesta a complacer, no existe amenaza de rechazo o desilusiones. Aunque tampoco hay que perder de vista que este engranaje social puede dar como resultado egos masculinos frágiles.

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“Geisha, asistente y fámula llevando estuche de shamisen” (1777) de Kitao Shigemasa

Si hay que buscar un origen a todo esto, hay que señalar necesariamente la figura de la geisha. Una geisha no es una prostituta, aunque tras la ocupación americana de Japón se difundiera el término geisha girl entre las tropas para designar a las meretrices. La geisha fue la primera figura femenina que se dedicó exclusivamente al esparcimiento masculino a través del halago en un ambiente grato y obsequioso. La geisha no ofrecía favores sexuales, solo una exquisita compañía adornada de numerosas habilidades para el canto, la conversación inteligente, la danza, el shamisen, etc. El adiestramiento de una geisha era (y continúa siendo) muy exigente; es en realidad un estilo de vida que aunque fue parte del germen del mizu shôbai, retiene también una serie de características que lo mantienen en paralelo. Su mundo, el karyûkai o el “de la flor y el sauce”, posee un alto grado de codificación y estratificación que lo hacen enormemente complejo. Como curiosidad, las primeras geishas fueron hombres (s. XVII), aunque un siglo después ya habían desaparecido. Las geishas, vuelvo a insistir, no venden sexo, pero tampoco se puede negar que su labor, aunque fuera (y sea) realizada en los hanamachi que no distritos rojos (yûkaku), haya podido derivar en transacciones de esa índole.

¿No existían otras profesionales que ofrecieran servicios similares a las geishas? Pues sus antecesoras y contemporáneas las oiran, que dejaron de existir en el s. XVIII. Eran las cortesanas de máximo rango, solo las más hermosas podían acceder a esa posición y su educación era muy esmerada. Aparte de expertas en técnicas sexuales, las oiran, como las geishas, eran artistas. El resto de yûjo en los barrios rojos eran trabajadoras sexuales de diferentes jerarquías. Y así llegamos hasta el presente, cuyas hostesses y maids son las herederas democratizadas de las geishas, ofreciendo una ilusión similar a su cliente, pero a precios más asequibles.

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Un cliente contándole chistes verdes a la famosa geisha Yae Murata, que se tapa los oídos. Kioto, 1946.

El libro Vida de una mujer amorosa se centra en las peripecias de una cortesana del s. XVII; el manga Historia de una geisha en la vida de, evidentemente, una geisha; y la película El Imperio de los sentidos en una prostituta descastada. Curiosamente, ninguna de ellas es una mujer mansa. Tres perspectivas diferentes de un mismo mundo que gira en torno a los deseos masculinos. Un mundo, el del mizu shôbai, al que le quedan muchos años de existencia por delante.

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Tenía pensado escribir una entrada dedicada a otra obra de Ihara Saikaku, Hombre lascivo y sin linaje (1682) del que hablé un poquito aquí, pero las circunstancias han hecho que Vida de una mujer amorosa (1686) se le adelante. Y no pasa nada. Ambas obras son geniales, de hecho esta última me parece bastante más divertida y cargada de una mala hostia que quizás Hombre lascivo y sin linaje no segrega tanto. Aun así, es una opinión personal, y os recomiendo las dos novelas porque no tienen desperdicio. En realidad lo mejor que podéis hacer es leeros todas las obras de este señor que caigan en vuestras manos. Sin más. Ihara Saikaku es uno de los escritores más importantes de la literatura japonesa antigua, y que no os asuste que naciera hace casi cuatro siglos, porque las traducciones que hay disponibles en español son bastante accesibles. Así que sin miedo. Este caballero sabía cómo contar historias sin duda.

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Ilustraciones originales de la novela, posiblemente realizadas por el propio Ihara Saikaku

Vida de una mujer amorosa es la obra perfecta para adentrarse en el ukiyo del período Edo. Cuenta los avatares, y nunca mejor entendidos como “descensos”, de una dama de vida alegre. No se trata de una novela erótica, sino que perteneciendo al género ukiyo-zôshi, refleja con minuciosidad no solo ese “mundo flotante”, sino la sociedad en la que nuestra protagonista se movió. Conforme iba leyéndola, no podía evitar recordar la novela picaresca del Siglo de Oro español. No estoy afirmando, Luzbel me libre, que Vida de una mujer amorosa sea una novela picaresca, pero sí que comparte, curiosamente, muchas de sus características: esa disposición de pseudoautobiografía, la clara intención satírica y la crítica de la hipocresía social a través de un estilo realista; y, sobre todo, un personaje principal que depende por completo de su ingenio y recursos para sobrevivir, un antihéroe que no se queja de su mala suerte, sino que aprovecha cada oportunidad para salir adelante aunque sea a costa de los demás. Carpe diem a tope.

Sólo he sido una mujer amorosa, sin familia, que les ha proporcionado a ustedes, jóvenes, una diversión adecuada a una noche de primavera. Puesto que no tendría sentido tratar de esconder nada, les he revelado todo desde que el loto de mi corazón se abrió hasta que se marchitó. Aun cuando esta historia sea solo una exposición de las frívolas acciones de mi pasado, cuando la turbia corriente que me ha arrastrado se detenga, mi corazón mostrará su pureza.

Y a través de los ojos de nuestra protagonista, que no siente ningún rubor en expresar su abundante apetito sexual como algo natural (que lo es) y cómo en ocasiones la ha llevado a tomar decisiones equivocadas (el típico “pensar con la polla” que se adjudica a los hombres), podremos conocer muy diferentes ámbitos de la sociedad japonesa. Su caída desde las cumbres más altas de las tayû (cortesanas de máxima jerarquía), pasando por las innumerables gradaciones hasta llegar a ser prostituta callejera, será descrita de forma amena y escrupulosa, sin un ápice de autocompasión, pero sí con una inquina refinada muy divertida hacia ese mundo de apariencias y máscaras del ukiyo. Ihara Saikaku esboza con increíble detalle el sistematizado universo de la prostitución nipona de la época; y no solo eso, sino que describe una sociedad insensible y egoísta, cruel. La libertad de la mujer no existía, y el desahogo masculino del ukiyo solo resultaba un terreno de servidumbre más. Su papel era (es) el hogar, la procreación y cría de la descendencia; o divertir y satisfacer al hombre. A pesar de todo esto, de que aún se atisban persistentes residuos en la actualidad, la heroína de Vida de una mujer amorosa decidió a pesar de las limitaciones sociales, llevar una existencia lo más autónoma posible. Por eso el mensaje de esta novela continúa siendo vigente.ihara3

Último apunte: la peli Vida de O-Haru (1952) de Kenji Mizoguchi es el colofón indispensable a este libro. Una obra maestra complementando otra obra maestra. Mizoguchi fue un director especialmente sensible a la realidad femenina, debido a que padeció a un padre violento que maltrataba a su madre y acabó vendiendo a su hermana a una casa de geishas.

 

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Historia de una geisha o Itezuru (1974-1980) es un manga que todo el mundo debería leer en algún momento. No porque sea especialmente impactante o una maravilla con la capacidad de dejar al planeta patidifuso. No, nada de eso. Es un tebeo muy poco pretencioso y directo, con un dibujo mágico y unas cuantas historias cotidianas entre sus páginas. Pero no se trata de un slice of life cualquiera, pues la vida de una geisha tiene muy poco de común.

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Isis siempre afectuosa con mis libros

Kazuo Kamimura fue uno de los maestros indiscutibles del gekiga, no en vano adiestró a otro de los grandes: Jirô Taniguchi. Y es una lástima que en España no tenga más predicamento, de hecho si no fuera por su trabajo en Lady Snowblood junto a Kazuo Koike, sería casi un desconocido. He escogido además a este autor porque recibió el sobrenombre de shôwa no eshi, que se podría traducir como “el pintor de ukiyo-e de la era Shôwa”. No es casual, su arte delicado y elegante sigue evocando esa representación del “mundo flotante”, pero en un entorno más contemporáneo. Y se encuentra perfectamente plasmado en este Itezuru, donde la vida, desde la niñez hasta la edad adulta, de una geisha durante los años 30 y 40, queda registrada bajo sus pinceles.

Esas décadas supusieron el éxtasis y el infierno para Japón: la efervescencia nacionalista y patriótica de esos años, la invasión de Manchuria, su creciente influencia política y militar sobre Asia Oriental, Indochina y el Pacífico, la euforia bélica de la Segunda Guerra Mundial… y el descalabro tras una derrota que trajo hambre, humillación y miseria. Itezuru no es un manga histórico, pero como buen melodrama refleja con realismo las crónicas del momento y, sobre todo, sus consecuencias en los hanamachi y barrios rojos.

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Es muy evidente también que Kamimura conocía Vida de una mujer amorosa de Ihara Saikaku, pero tampoco tiene nada de extraordinario, siendo la obra clásica de la literatura japonesa que es. Encontramos en este tebeo muchos ecos de la novela, sobre todo en la propia protagonista, Tsuru, que afronta con naturalidad su destino y ambiciona medrar lo máximo posible en su profesión. También en la crítica social, aunque en Itezuru es bastante menos sardónica. No hay victimismo, tampoco sentimentalismo o lecciones morales detrás. Tsuru, que significa grulla, un ave con mucho peso simbólico en toda Asia en general, es un personaje fuerte, una superviviente; y aunque el tebeo nos ahorra su decadencia, cosa que Saikaku sin embargo pormenorizó muy bien, no ahorra en las pequeñas y grandes crueldades que conforman su modus vivendi.

Menos detallado que Vida de una mujer amorosa, aun así Historia de una geisha es una excelente introducción para conocer los rudimentos imprescindibles del karyûkai  y su rígida jerarquía. Kamimura narra con cariño la descarnada vida de una muchachita de origen humilde que es vendida a una okiya (casa de geishas). Nos cuenta sobre su preocupación por la familia, su adiestramiento y labores como shikomikko (sirvienta personal de una geisha), su relación con su “hermana mayor”, el hambre, el desprecio y la sordidez del mundo que la rodea… que continúa más allá de su “graduación”. Lo hace mediante relatos breves autoconclusivos, que dotan de un dinamismo casi cinematográfico a la obra. Todos poseen su poso de amargura y poesía. La evolución de Tsuru a la gran geisha Otsuru es interesantísima, así como la cantidad de secundarios que desfilan para recrear unos momentos y lugares en la historia de Japón que ya no existen. Itezuru bulle de vida y, como ella misma, es diversa y caótica; pero Kamimura nos sabe llevar de la mano, siguiendo los pasos de Tsuru, para tratar de comprender un poco mejor ese enmarañado submundo.

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Me encanta el director Nagisa Ôshima, del cual ya escribí en esta entrada sobre otra película suya: Feliz Navidad, señor Lawrence (1983). Lo considero uno de los cineastas más originales e incómodos de la historia fílmica de Japón. Al menos de los que yo conozco. El imperio de los sentidos (1976) fue una cinta que estuvo rodeada de conmoción y escándalo, tuvo que estrenarse mediante una productora francesa, ya que por su contenido era imposible hacerlo en las islas. Se trata de un film prácticamente pornográfico, explícito y severo en su argumento. No es una obra que me guste en especial de Ôshima, de hecho creo que tiene bastante mejores, pero la estimo oportuna en lo que respecta a nuestra temática de hoy por dos motivos: refleja muy bien la realidad social y sexual de una época; y está basada en un hecho real.

Sada Abe, protagonista de El imperio de los sentidos, fue y todavía es, un fenómeno mediático que sobrecogió a los japoneses en 1936. Su caso ha fascinado de una manera morbosa y extraña durante décadas. Tampoco hay que perder de vista que el contexto era muy proclive a favorecer el éxito de un suceso así: la fiebre del ero guro nansensu del momento y que un escándalo sexual de esa índole ayudaba a distraer la atención de un horizonte poco halagüeño, con la Segunda guerra sino-japonesa en ciernes. Sada Abe estranguló y amputó los genitales de su amante, Kichizo Ishida, y anduvo con ellos, envueltos en papel de periódico, varios días por la ciudad hasta que fue arrestada por la policía.

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Sada Abe durante su detención en la comisaría de Takanawa en Tokio

La película de Ôshima se centra sobre todo en la especial relación que mantuvieron criminal y víctima; el estilo de vida que llevaban, la evolución de su idilio, sus prácticas sexuales y el previsible desenlace. Pero, ¿quién era Sada Abe? El imperio de los sentidos presupone que el espectador tiene unas mínimas nociones sobre ella porque no se para mucho en informar sobre su pasado. Las pinceladas que da son certeras, suficientes para un retrato psicológico subordinado al presente de la historia, pero poco más. Sada Abe es, como nuestras anteriores protagonistas, otra mujer sumida en las corrientes del mizu shôbai. Pero esta vez ya no se trata de un personaje ficticio, sino uno muy real y que desapareció, sin dejar rastro, a principios de la década de los 70.

Sada Abe nació en 1905 dentro de una familia acomodada de Kanda (Tokio), siempre soñó con ser geisha, pero aunque muy hermosa, sus habilidades no eran lo suficientes para alcanzar una categoría alta. Fue una niña consentida por su madre y muy rebelde, lo que llevó a su padre a venderla a un burdel como castigo por su comportamiento. Aunque actualmente nos pueda parecer una barbaridad, era un tipo de maniobra habitual. Así fue como Sada entró en contacto con el mundo de la prostitución institucionalizada, y trabajó en él por diferentes ciudades como Nagoya, Osaka y Tokio. Tenía fama de camorrera y de vivir su sexualidad sin cortapisas (no sufría de ninfomanía, ojo); y aunque salió y volvió a introducirse en el sistema, fue mientras trabajaba fuera de él, como camarera en un restaurante, cuando conoció a Kichizo, dueño del negocio y mujeriego empedernido.

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Es a partir de ahí donde El imperio de los sentidos comienza su narración. Sada (Eiko Matsuda) y Kichizo (Tatsuya Fuji) se embarcan en una relación apasionada y demente en la que el sexo tiene un papel esencial. Kichizo llega a abandonar a su mujer, simular una ceremonia de matrimonio con Sada… pero los celos de ella crecen de día en día. No confía en Kichizo que, como hombre perteneciente a una sociedad donde hasta no hacía tanto la poligamia era aceptada; y la infidelidad masculina resultaba habitual, no siente remordimiento alguno en engañarla. Pero lentamente la obsesión de Sada y el incremento malsano de su sentimiento de posesión, devoran por completo a Kichizo. Llega a amenazarlo con amputarle el pene. Kichizo se somete voluntariamente a Sada, hasta el grado de entregarse a ella en cuerpo y mente, dispuesto a aceptar incluso la muerte. Por amor, por lujuria, no miedo.

Ôshima trabaja muy bien esa vertiente de la sexualidad japonesa mórbida, el binomio freudiano Eros/Tánatos. Es un juego de poder, de vida y muerte, que el director plasma con meticulosidad psicoanalítica en cada encuentro sexual de la pareja. El falo como mero objeto de satisfacción femenino, la asfixia erótica sadomasoquista como elemento de dominación. Los amantes destierran cualquier convención social o moral, el mundo de Sada y Kichizo ha dejado de ser hace tiempo el mismo que el del resto de los mortales. Y es tanto así que, lejos de presenciar un homicidio, el espectador asiste a un sacrificio por amor. Un amor enfermizo y condenado por su propia naturaleza autodestructiva, pero amor al fin y al cabo.

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En El imperio de los sentidos la mujer mizu shôbai comparte ciertas características con sus predecesoras. Son personas de talante fuerte, que han combatido mucho durante sus vidas y sufrido también en abundancia. Representan un modelo femenino que sorprende porque no es sumiso. La diferencia de Sada con las demás es que no acepta su rol de género y se convierte por ello en una especie de dokufu. Las sospechas y la ansiedad envenenan la relación; y el descenso paulatino a la locura es consentido y acelerado por el propio Kichizo.

Sada Abe en su momento fue considerada ejemplo meridiano de la amenaza que suponía la sexualidad femenina desatada para la sociedad. A pesar de ello, se granjeó las simpatías de una parte importante de los japoneses. Fue condenada por homicidio en segundo grado y, a pesar de que ella misma solicitó la pena de muerte, su sentencia fue de 6 años de cárcel de los que cumplió 5. ¿Víctima o verdugo? Está claro que Sada Abe fue ambas, sin embargo no hay que olvidar que se convirtió en una asesina. Eso es impepinable.

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Imagino que este tipo de entradas a los fans tradicionales del manganime les importarán un carajote. Hace ya unos cuantos meses que SOnC se ha alejado de los derroteros de la bitácora clásica dedicada al mundo otaco. Los que esperáis contenidos más tradicionales, si todavía quedáis alguno por ahí, no os preocupéis porque sigo escribiendo sobre material moderno y popular. No tengo nada en contra de él si me gusta pero, como podéis comprobar, mis intereses son variados y lo que no voy a hacer es cohibirme en mi propio blog. Antes dudaba más en publicar según que entradas, ahora me da ya un poco igual. Seguís siendo escasa gente la que me leéis y, si habéis aguantado hasta aquí, creo que soportaréis lo que venga en el futuro. Solo aspiro a no aburriros, eso sería lo grave.

Todo este rollo macabeo se debe a que he recibido un mensaje privado por facebook, bastante irrespetuoso añado, de un lector que me transmitía sus dudas respecto a la dirección de SOnC. Aderezándolo con un estupendo mansplaining. Resumiendo, que no “entiende” mi bitácora. En realidad todo se ha desencadenado con la entrada dedicada al hentai. He perdido seguidores a causa de ella, algo que, no obstante, esperaba; y aunque a unos cuantos os ha gustado, a otros tantos ha indignado bastante. Qué le vamos a hacer, no se puede gustar a todo el mundo y tampoco creo que deba dar más explicaciones sobre lo que publico y dejo publicar… pero voy a dejar una cosa clara: SOnC no es una democracia. Oh, sorpresa. Es mi blog y en él corto el bacalao yo. Eso sí, cada lector es libre de abandonarlo en cuanto le plazca, no obligo a nadie a leerlo. También solicito y acepto críticas y sugerencias, por supuesto, siempre desde la cortesía y la buena intención. Si no es así, a escaparrar.

Solo quería puntualizar algunas cosillas, gracias por vuestra atención. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.