Las damas de vida alegre

Las damas de vida alegre es un eufemismo que disfraza a las personas que se dedican a la prostitución. Lo llaman también “el oficio más viejo del mundo”, y existen muy pocas civilizaciones que no hayan acogido en su seno este tipo de labor. Japón no es una de las exentas, aunque sí tiene una concepción peculiar que entraña un universo de fronteras más amplias y difusas que en Occidente. La prostitución en Japón está prohibida desde 1956, pero nadie duda de la existencia de una poderosa industria del sexo, que resulta ser una funambulista espectacular. Han mercantilizado de forma objetiva y eficiente el instinto sexual, haciéndolo más visible que nunca. Es un negocio muy, pero que muy, lucrativo. Esto se debe a que ha existido desde siglos una especie de permisividad que por estos lares cristianoides es desconocida. Se tiene asumido que forma parte de las “necesidades naturales” de la población masculina, y el comercio se ha ido adaptando al transcurrir de los tiempos sin más.

No pienso hacer un monográfico dedicado a esta temática porque no soy especialista ni muchísimo menos, pero a la luz de la última encuesta en twitter, se me ocurrió escribir una entrada con tres obras (un libro, un manga, una película) donde la protagonista fuera una dama de vida alegre. Me parece también otra manera interesante de acercarse a la cultura japonesa y conocer más sobre su sociedad, tan adelantada tecnológicamente pero todavía con vestigios bastante reaccionarios. Empezar con una pequeña introducción, para entender algunas cosas, sería lo más correcto. Allá vamos.

Cuando los dioses crearon a los humanos
decidieron que su destino fuese morir
y reservaron la Vida para sí mismos.
Pero hasta que el fin llegue, goza de tu vida,
gástala en felicidad, no en desesperación.
Saborea tu comida,
transforma cada uno de tus días en placer,
báñate y úngete tú mismo,
vístete con ropas brillantes,
que la música y la danza vivan en tu hogar,
atiende al niño que te toma de la mano y alégrate,
dale placer a la mujer que amas.
Este es el mejor camino de la vida para un hombre.

Poema de Gilgamesh, tablilla X, columna 3

Aquí tenemos el rastro literario más antiguo donde podemos hallar un tipo de filosofía y actitud hacia la vida que, unos cuantos siglos más tarde, el poeta Horacio popularizaría en su carpe diem, quam minimum credula postero: aprovecha el momento, no confíes en el mañana. Esta reflexión pertenece a la sabiduría de la tabernera Siduri, que regenta su negocio a la orilla del océano; y trata de aconsejar al legendario rey de Uruk, Gilgamesh, que ha llegado hasta ella como un mendigo, arrastrándose en su profunda tristeza por haber perdido a su mejor amigo, Enkidu. Se trata de un canto compuesto en el II milenio a. C., escrito originalmente en sumerio y recuperado más adelante en acadio para la gran biblioteca de Nínive del rey Asurbanipal en el s. VII a. C.

Ahí nace el concepto universal de vivir el presente sin pensar en el mañana, una especie de resignación hedonista que acepta la propia mortalidad e insta al goce; y que muchos siglos más tarde florecería también en el ukiyo japonés. Tras un periodo turbulento de guerras civiles, la unificación del país y la estabilidad del Sogunado Tokugawa (1603-1867) estimularon el desarrollo de las sociedades urbanas y la prosperidad de las clases medias (chônin). Estas no tardaron en plasmar sus preferencias en una nueva sensibilidad que, apartada de las tradiciones de la aristocracia y la política, se volcó en un cultivo del ocio hasta entonces inédito. Aunque iba en contra de la ética de moderación confuciana y los diferentes gobiernos trataron de ejercer cierto control, los teatros kabukibarrios del placer (yûkaku) fueron los centros neurálgicos de ese ideal de vida y creación que cambiarían para siempre las artes. El ukiyo era un mundo de evasión donde los placeres sensoriales y el sibaritismo tenían un papel preponderante, ambos con un componente erótico acentuado.

Viviendo sólo para el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor y las hojas de arce, cantando canciones, bebiendo sake y divirtiéndose simplemente flotando, indiferente por la perspectiva de pobreza inminente, optimista y despreocupado, como una calabaza arrastrada por la corriente del río.

Ukiyo Monogatari (1660) de Asai Ryôi

En ese “mundo flotante” comenzó a emerger otro de pulsión soterrada que actualmente sobrevive y goza de robusta salud: el mizu shôbai o “comercio del agua”. De nuevo otro eufemismo, esta vez el que engloba todo el negocio nocturno y de entretenimiento en Japón. En él, como fácilmente se puede deducir, el fûzoku (industria del sexo) tiene su correspondiente lugar. Ni el mizu shôbai ni el fûzoku son sinónimos de prostitución, pero sí son mundos permeables que juegan con ambigüedad para albergarla y darle un entorno respetable. Aunque el campo está virando bastante, el mizu shôbai está dirigido al hombre: es una comercialización de la compañía femenina. Institucionalizada, plenamente aceptada, incluso percibida como necesaria. Eso sí, en un espacio social confinado del resto, por el que los hombres pueden circular, entrar y salir; no así sus trabajadoras, que mantendrán un rol fijo. ¿Por qué esto es así? Para empezar, la sociedad japonesa es patriarcal. Eso ya responde a la mitad de la pregunta. La fracción restante es simplemente una explicación más detallada de ese hecho.

El mizu shôbai es una industria que ha progresado durante siglos a costa de la idea de que el hombre precisa de un lugar de recreo donde relajarse de sus obligaciones laborales y domésticas. La mujer en este esquema sigue dos patrones muy marcados: es la que sirve de ese recreo al hombre; o es completamente ajena a ese espacio, quedando relegada al hogar. El mizu shôbai es considerado imprescindible en el mundo laboral japonés, y las grandes compañías son sus principales beneficiarias (y la yakuza, claro), ya que resulta un sistema para controlar a sus empleados muy eficaz y refuerza su lealtad hacia la empresa. El mizu shôbai brinda un solaz al sararîman, un mundo de fantasía y escapismo donde disfrutar lejos de las enormes presiones diarias. Y desfogarse. En él las hostesses, maids, coffee girls, etc. procuran al cliente una experiencia agradable mediante atención exclusiva y adulación, que persigue también dependencia psicológica para que regrese. Y así es como sucede. El mizu shôbai ofrece un entorno seguro para el amor propio de los hombres que quieren relacionarse con una mujer sin los riesgos que conlleva la vida real. La mujer del mizu shôbai es sumisa y siempre dispuesta a complacer, no existe amenaza de rechazo o desilusiones. Aunque tampoco hay que perder de vista que este engranaje social puede dar como resultado egos masculinos frágiles.

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“Geisha, asistente y fámula llevando estuche de shamisen” (1777) de Kitao Shigemasa

Si hay que buscar un origen a todo esto, hay que señalar necesariamente la figura de la geisha. Una geisha no es una prostituta, aunque tras la ocupación americana de Japón se difundiera el término geisha girl entre las tropas para designar a las meretrices. La geisha fue la primera figura femenina que se dedicó exclusivamente al esparcimiento masculino a través del halago en un ambiente grato y obsequioso. La geisha no ofrecía favores sexuales, solo una exquisita compañía adornada de numerosas habilidades para el canto, la conversación inteligente, la danza, el shamisen, etc. El adiestramiento de una geisha era (y continúa siendo) muy exigente; es en realidad un estilo de vida que aunque fue parte del germen del mizu shôbai, retiene también una serie de características que lo mantienen en paralelo. Su mundo, el karyûkai o el “de la flor y el sauce”, posee un alto grado de codificación y estratificación que lo hacen enormemente complejo. Como curiosidad, las primeras geishas fueron hombres (s. XVII), aunque un siglo después ya habían desaparecido. Las geishas, vuelvo a insistir, no venden sexo, pero tampoco se puede negar que su labor, aunque fuera (y sea) realizada en los hanamachi que no distritos rojos (yûkaku), haya podido derivar en transacciones de esa índole.

¿No existían otras profesionales que ofrecieran servicios similares a las geishas? Pues sus antecesoras y contemporáneas las oiran, que dejaron de existir en el s. XVIII. Eran las cortesanas de máximo rango, solo las más hermosas podían acceder a esa posición y su educación era muy esmerada. Aparte de expertas en técnicas sexuales, las oiran, como las geishas, eran artistas. El resto de yûjo en los barrios rojos eran trabajadoras sexuales de diferentes jerarquías. Y así llegamos hasta el presente, cuyas hostesses y maids son las herederas democratizadas de las geishas, ofreciendo una ilusión similar a su cliente, pero a precios más asequibles.

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Un cliente contándole chistes verdes a la famosa geisha Yae Murata, que se tapa los oídos. Kioto, 1946.

El libro Vida de una mujer amorosa se centra en las peripecias de una cortesana del s. XVII; el manga Historia de una geisha en la vida de, evidentemente, una geisha; y la película El Imperio de los sentidos en una prostituta descastada. Curiosamente, ninguna de ellas es una mujer mansa. Tres perspectivas diferentes de un mismo mundo que gira en torno a los deseos masculinos. Un mundo, el del mizu shôbai, al que le quedan muchos años de existencia por delante.

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Tenía pensado escribir una entrada dedicada a otra obra de Ihara Saikaku, Hombre lascivo y sin linaje (1682) del que hablé un poquito aquí, pero las circunstancias han hecho que Vida de una mujer amorosa (1686) se le adelante. Y no pasa nada. Ambas obras son geniales, de hecho esta última me parece bastante más divertida y cargada de una mala hostia que quizás Hombre lascivo y sin linaje no segrega tanto. Aun así, es una opinión personal, y os recomiendo las dos novelas porque no tienen desperdicio. En realidad lo mejor que podéis hacer es leeros todas las obras de este señor que caigan en vuestras manos. Sin más. Ihara Saikaku es uno de los escritores más importantes de la literatura japonesa antigua, y que no os asuste que naciera hace casi cuatro siglos, porque las traducciones que hay disponibles en español son bastante accesibles. Así que sin miedo. Este caballero sabía cómo contar historias sin duda.

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Ilustraciones originales de la novela, posiblemente realizadas por el propio Ihara Saikaku

Vida de una mujer amorosa es la obra perfecta para adentrarse en el ukiyo del período Edo. Cuenta los avatares, y nunca mejor entendidos como “descensos”, de una dama de vida alegre. No se trata de una novela erótica, sino que perteneciendo al género ukiyo-zôshi, refleja con minuciosidad no solo ese “mundo flotante”, sino la sociedad en la que nuestra protagonista se movió. Conforme iba leyéndola, no podía evitar recordar la novela picaresca del Siglo de Oro español. No estoy afirmando, Luzbel me libre, que Vida de una mujer amorosa sea una novela picaresca, pero sí que comparte, curiosamente, muchas de sus características: esa disposición de pseudoautobiografía, la clara intención satírica y la crítica de la hipocresía social a través de un estilo realista; y, sobre todo, un personaje principal que depende por completo de su ingenio y recursos para sobrevivir, un antihéroe que no se queja de su mala suerte, sino que aprovecha cada oportunidad para salir adelante aunque sea a costa de los demás. Carpe diem a tope.

Sólo he sido una mujer amorosa, sin familia, que les ha proporcionado a ustedes, jóvenes, una diversión adecuada a una noche de primavera. Puesto que no tendría sentido tratar de esconder nada, les he revelado todo desde que el loto de mi corazón se abrió hasta que se marchitó. Aun cuando esta historia sea solo una exposición de las frívolas acciones de mi pasado, cuando la turbia corriente que me ha arrastrado se detenga, mi corazón mostrará su pureza.

Y a través de los ojos de nuestra protagonista, que no siente ningún rubor en expresar su abundante apetito sexual como algo natural (que lo es) y cómo en ocasiones la ha llevado a tomar decisiones equivocadas (el típico “pensar con la polla” que se adjudica a los hombres), podremos conocer muy diferentes ámbitos de la sociedad japonesa. Su caída desde las cumbres más altas de las tayû (cortesanas de máxima jerarquía), pasando por las innumerables gradaciones hasta llegar a ser prostituta callejera, será descrita de forma amena y escrupulosa, sin un ápice de autocompasión, pero sí con una inquina refinada muy divertida hacia ese mundo de apariencias y máscaras del ukiyo. Ihara Saikaku esboza con increíble detalle el sistematizado universo de la prostitución nipona de la época; y no solo eso, sino que describe una sociedad insensible y egoísta, cruel. La libertad de la mujer no existía, y el desahogo masculino del ukiyo solo resultaba un terreno de servidumbre más. Su papel era (es) el hogar, la procreación y cría de la descendencia; o divertir y satisfacer al hombre. A pesar de todo esto, de que aún se atisban persistentes residuos en la actualidad, la heroína de Vida de una mujer amorosa decidió a pesar de las limitaciones sociales, llevar una existencia lo más autónoma posible. Por eso el mensaje de esta novela continúa siendo vigente.ihara3

Último apunte: la peli Vida de O-Haru (1952) de Kenji Mizoguchi es el colofón indispensable a este libro. Una obra maestra complementando otra obra maestra. Mizoguchi fue un director especialmente sensible a la realidad femenina, debido a que padeció a un padre violento que maltrataba a su madre y acabó vendiendo a su hermana a una casa de geishas.

 

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Historia de una geisha o Itezuru (1974-1980) es un manga que todo el mundo debería leer en algún momento. No porque sea especialmente impactante o una maravilla con la capacidad de dejar al planeta patidifuso. No, nada de eso. Es un tebeo muy poco pretencioso y directo, con un dibujo mágico y unas cuantas historias cotidianas entre sus páginas. Pero no se trata de un slice of life cualquiera, pues la vida de una geisha tiene muy poco de común.

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Isis siempre afectuosa con mis libros

Kazuo Kamimura fue uno de los maestros indiscutibles del gekiga, no en vano adiestró a otro de los grandes: Jirô Taniguchi. Y es una lástima que en España no tenga más predicamento, de hecho si no fuera por su trabajo en Lady Snowblood junto a Kazuo Koike, sería casi un desconocido. He escogido además a este autor porque recibió el sobrenombre de shôwa no eshi, que se podría traducir como “el pintor de ukiyo-e de la era Shôwa”. No es casual, su arte delicado y elegante sigue evocando esa representación del “mundo flotante”, pero en un entorno más contemporáneo. Y se encuentra perfectamente plasmado en este Itezuru, donde la vida, desde la niñez hasta la edad adulta, de una geisha durante los años 30 y 40, queda registrada bajo sus pinceles.

Esas décadas supusieron el éxtasis y el infierno para Japón: la efervescencia nacionalista y patriótica de esos años, la invasión de Manchuria, su creciente influencia política y militar sobre Asia Oriental, Indochina y el Pacífico, la euforia bélica de la Segunda Guerra Mundial… y el descalabro tras una derrota que trajo hambre, humillación y miseria. Itezuru no es un manga histórico, pero como buen melodrama refleja con realismo las crónicas del momento y, sobre todo, sus consecuencias en los hanamachi y barrios rojos.

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Es muy evidente también que Kamimura conocía Vida de una mujer amorosa de Ihara Saikaku, pero tampoco tiene nada de extraordinario, siendo la obra clásica de la literatura japonesa que es. Encontramos en este tebeo muchos ecos de la novela, sobre todo en la propia protagonista, Tsuru, que afronta con naturalidad su destino y ambiciona medrar lo máximo posible en su profesión. También en la crítica social, aunque en Itezuru es bastante menos sardónica. No hay victimismo, tampoco sentimentalismo o lecciones morales detrás. Tsuru, que significa grulla, un ave con mucho peso simbólico en toda Asia en general, es un personaje fuerte, una superviviente; y aunque el tebeo nos ahorra su decadencia, cosa que Saikaku sin embargo pormenorizó muy bien, no ahorra en las pequeñas y grandes crueldades que conforman su modus vivendi.

Menos detallado que Vida de una mujer amorosa, aun así Historia de una geisha es una excelente introducción para conocer los rudimentos imprescindibles del karyûkai  y su rígida jerarquía. Kamimura narra con cariño la descarnada vida de una muchachita de origen humilde que es vendida a una okiya (casa de geishas). Nos cuenta sobre su preocupación por la familia, su adiestramiento y labores como shikomikko (sirvienta personal de una geisha), su relación con su “hermana mayor”, el hambre, el desprecio y la sordidez del mundo que la rodea… que continúa más allá de su “graduación”. Lo hace mediante relatos breves autoconclusivos, que dotan de un dinamismo casi cinematográfico a la obra. Todos poseen su poso de amargura y poesía. La evolución de Tsuru a la gran geisha Otsuru es interesantísima, así como la cantidad de secundarios que desfilan para recrear unos momentos y lugares en la historia de Japón que ya no existen. Itezuru bulle de vida y, como ella misma, es diversa y caótica; pero Kamimura nos sabe llevar de la mano, siguiendo los pasos de Tsuru, para tratar de comprender un poco mejor ese enmarañado submundo.

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Me encanta el director Nagisa Ôshima, del cual ya escribí en esta entrada sobre otra película suya: Feliz Navidad, señor Lawrence (1983). Lo considero uno de los cineastas más originales e incómodos de la historia fílmica de Japón. Al menos de los que yo conozco. El imperio de los sentidos (1976) fue una cinta que estuvo rodeada de conmoción y escándalo, tuvo que estrenarse mediante una productora francesa, ya que por su contenido era imposible hacerlo en las islas. Se trata de un film prácticamente pornográfico, explícito y severo en su argumento. No es una obra que me guste en especial de Ôshima, de hecho creo que tiene bastante mejores, pero la estimo oportuna en lo que respecta a nuestra temática de hoy por dos motivos: refleja muy bien la realidad social y sexual de una época; y está basada en un hecho real.

Sada Abe, protagonista de El imperio de los sentidos, fue y todavía es, un fenómeno mediático que sobrecogió a los japoneses en 1936. Su caso ha fascinado de una manera morbosa y extraña durante décadas. Tampoco hay que perder de vista que el contexto era muy proclive a favorecer el éxito de un suceso así: la fiebre del ero guro nansensu del momento y que un escándalo sexual de esa índole ayudaba a distraer la atención de un horizonte poco halagüeño, con la Segunda guerra sino-japonesa en ciernes. Sada Abe estranguló y amputó los genitales de su amante, Kichizo Ishida, y anduvo con ellos, envueltos en papel de periódico, varios días por la ciudad hasta que fue arrestada por la policía.

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Sada Abe durante su detención en la comisaría de Takanawa en Tokio

La película de Ôshima se centra sobre todo en la especial relación que mantuvieron criminal y víctima; el estilo de vida que llevaban, la evolución de su idilio, sus prácticas sexuales y el previsible desenlace. Pero, ¿quién era Sada Abe? El imperio de los sentidos presupone que el espectador tiene unas mínimas nociones sobre ella porque no se para mucho en informar sobre su pasado. Las pinceladas que da son certeras, suficientes para un retrato psicológico subordinado al presente de la historia, pero poco más. Sada Abe es, como nuestras anteriores protagonistas, otra mujer sumida en las corrientes del mizu shôbai. Pero esta vez ya no se trata de un personaje ficticio, sino uno muy real y que desapareció, sin dejar rastro, a principios de la década de los 70.

Sada Abe nació en 1905 dentro de una familia acomodada de Kanda (Tokio), siempre soñó con ser geisha, pero aunque muy hermosa, sus habilidades no eran lo suficientes para alcanzar una categoría alta. Fue una niña consentida por su madre y muy rebelde, lo que llevó a su padre a venderla a un burdel como castigo por su comportamiento. Aunque actualmente nos pueda parecer una barbaridad, era un tipo de maniobra habitual. Así fue como Sada entró en contacto con el mundo de la prostitución institucionalizada, y trabajó en él por diferentes ciudades como Nagoya, Osaka y Tokio. Tenía fama de camorrera y de vivir su sexualidad sin cortapisas (no sufría de ninfomanía, ojo); y aunque salió y volvió a introducirse en el sistema, fue mientras trabajaba fuera de él, como camarera en un restaurante, cuando conoció a Kichizo, dueño del negocio y mujeriego empedernido.

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Es a partir de ahí donde El imperio de los sentidos comienza su narración. Sada (Eiko Matsuda) y Kichizo (Tatsuya Fuji) se embarcan en una relación apasionada y demente en la que el sexo tiene un papel esencial. Kichizo llega a abandonar a su mujer, simular una ceremonia de matrimonio con Sada… pero los celos de ella crecen de día en día. No confía en Kichizo que, como hombre perteneciente a una sociedad donde hasta no hacía tanto la poligamia era aceptada; y la infidelidad masculina resultaba habitual, no siente remordimiento alguno en engañarla. Pero lentamente la obsesión de Sada y el incremento malsano de su sentimiento de posesión, devoran por completo a Kichizo. Llega a amenazarlo con amputarle el pene. Kichizo se somete voluntariamente a Sada, hasta el grado de entregarse a ella en cuerpo y mente, dispuesto a aceptar incluso la muerte. Por amor, por lujuria, no miedo.

Ôshima trabaja muy bien esa vertiente de la sexualidad japonesa mórbida, el binomio freudiano Eros/Tánatos. Es un juego de poder, de vida y muerte, que el director plasma con meticulosidad psicoanalítica en cada encuentro sexual de la pareja. El falo como mero objeto de satisfacción femenino, la asfixia erótica sadomasoquista como elemento de dominación. Los amantes destierran cualquier convención social o moral, el mundo de Sada y Kichizo ha dejado de ser hace tiempo el mismo que el del resto de los mortales. Y es tanto así que, lejos de presenciar un homicidio, el espectador asiste a un sacrificio por amor. Un amor enfermizo y condenado por su propia naturaleza autodestructiva, pero amor al fin y al cabo.

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En El imperio de los sentidos la mujer mizu shôbai comparte ciertas características con sus predecesoras. Son personas de talante fuerte, que han combatido mucho durante sus vidas y sufrido también en abundancia. Representan un modelo femenino que sorprende porque no es sumiso. La diferencia de Sada con las demás es que no acepta su rol de género y se convierte por ello en una especie de dokufu. Las sospechas y la ansiedad envenenan la relación; y el descenso paulatino a la locura es consentido y acelerado por el propio Kichizo.

Sada Abe en su momento fue considerada ejemplo meridiano de la amenaza que suponía la sexualidad femenina desatada para la sociedad. A pesar de ello, se granjeó las simpatías de una parte importante de los japoneses. Fue condenada por homicidio en segundo grado y, a pesar de que ella misma solicitó la pena de muerte, su sentencia fue de 6 años de cárcel de los que cumplió 5. ¿Víctima o verdugo? Está claro que Sada Abe fue ambas, sin embargo no hay que olvidar que se convirtió en una asesina. Eso es impepinable.

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Imagino que este tipo de entradas a los fans tradicionales del manganime les importarán un carajote. Hace ya unos cuantos meses que SOnC se ha alejado de los derroteros de la bitácora clásica dedicada al mundo otaco. Los que esperáis contenidos más tradicionales, si todavía quedáis alguno por ahí, no os preocupéis porque sigo escribiendo sobre material moderno y popular. No tengo nada en contra de él si me gusta pero, como podéis comprobar, mis intereses son variados y lo que no voy a hacer es cohibirme en mi propio blog. Antes dudaba más en publicar según que entradas, ahora me da ya un poco igual. Seguís siendo escasa gente la que me leéis y, si habéis aguantado hasta aquí, creo que soportaréis lo que venga en el futuro. Solo aspiro a no aburriros, eso sería lo grave.

Todo este rollo macabeo se debe a que he recibido un mensaje privado por facebook, bastante irrespetuoso añado, de un lector que me transmitía sus dudas respecto a la dirección de SOnC. Aderezándolo con un estupendo mansplaining. Resumiendo, que no “entiende” mi bitácora. En realidad todo se ha desencadenado con la entrada dedicada al hentai. He perdido seguidores a causa de ella, algo que, no obstante, esperaba; y aunque a unos cuantos os ha gustado, a otros tantos ha indignado bastante. Qué le vamos a hacer, no se puede gustar a todo el mundo y tampoco creo que deba dar más explicaciones sobre lo que publico y dejo publicar… pero voy a dejar una cosa clara: SOnC no es una democracia. Oh, sorpresa. Es mi blog y en él corto el bacalao yo. Eso sí, cada lector es libre de abandonarlo en cuanto le plazca, no obligo a nadie a leerlo. También solicito y acepto críticas y sugerencias, por supuesto, siempre desde la cortesía y la buena intención. Si no es así, a escaparrar.

Solo quería puntualizar algunas cosillas, gracias por vuestra atención. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Tag: Si te gusta…

Magrat Ajostiernos, que es un amor, me ha nominado para hacer este tag. No soy la única, también van a exprimirse los sesos estas colegas: Kagura, Paola, Jane & Umibe, Karen y Wanda; así que yo acomodaría bien el trasero y me pasaría también por sus blogs, porque el asunto es interesante y lo más importante: se puede aprender mucho. 

El tag es el siguiente: si te gusta ese anime, probablemente te podrá gustar aquel otro. El aquel otro tiene que ser menos conocido. En mi caso, y ya disculparéis, como habitualmente tengo la cabeza en la Nube de Oort, probablemente sepáis cuál es; aun así, voy a contribuir con mi enorme sapiencia (je) y por lo menos si descubrís un par de series que no hayáis visto, me daré por satisfecha. No todos los considero grandes anime, pero merecen un vistacillo. Allá van.

Cowboy Bebop – Uchû Kaizoku Captain Harlock

(1998-1999) – (1978-1979)

Superar lo que es ya de por sí inmejorable resulta complicado. Cowboy Bebop es una de mis series preferidas, tiene también uno de mis personajes femeninos favoritos de todos los tiempos, Ed; y me parece casi perfecta en todos los aspectos, incluido el musical. Y que diga yo eso último de un anime es bastante fuerte. Por eso recomendar una serie acorde a este monstruo es complicado, por lo que he recurrido a un clásico: Pirata espacial Capitán Harlock. ¿Qué tienen en común? Muchas cosas: las aventuras espaciales, un protagonista rebelde, ámbito al margen de la ley, un elenco de secundarios potente… Uchû Kaizoku Captain Harlock ha influido en multitud de animes, entre ellos Cowboy Bebop. Pero también hay que ser consciente de que es una serie de los años 70, con lo que ciertos elementos, tanto del argumento como apartado técnico, han quedado desfasados. Para mí eso no resulta demasiado inconveniente porque procuro no valorar desde el punto de vista del presente (sería injusto). Si el resultado general lo percibo bueno, disfruto sin problemas. A pesar de esto, Capitán Harlock es sorprendentemente moderna, así que los espíritus audaces que no teman enfrentarse a un producto de hace casi cuarenta años, explorarán con placer el espacio sideral acompañados de ese héroe romántico llamado Phantom Harlock.

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Seirei no Moribito – Tenkû no Escaflowne

(2007) – (1996)

Y llegó el momento de la fantasía épica. La adoro. Imagino que ya os habréis dado cuenta de que venero muuuuchas cosas; también odio otras tantas, pero de eso no va el tag. Seirei no Moribito y Tenkû no Escaflowne poseen varios nexos en común aparte de la fantasía, claro. Guerras, viajes, batallas, intrigas políticas… pero Escaflowne, a pesar de que puede gustar a los fans de Moribito, no es tan tradicional en el género; es más heterodoxa y menos austera. Aunque tiene también su buena dosis de drama, es un shôjo notorio de naturaleza mucho más ligera. Introduce mecha, cartas del tarot y una infinidad de ingredientes más que en Moribito son inexistentes. No opino que sea el mejor anime del universo, pero es toda una curiosidad que cumple su función de distracción; tira de clichés pero posicionados adecuadamente y, a pesar de que es algo previsible y el arte, típico noventoso, no resulte espectacular (esas narices… uf), se ve muy requetebién. La protagonista, Hitomi, no es demasiado inútil, y el final resulta… como tiene que ser. Creo que es un buen contrapunto porque se percibe con nitidez la evolución que han sufrido los personajes femeninos en este tipo de series. También es cierto que no hay color entre uno y otro anime, pero Escaflowne no deja de poseer sus propias virtudes que un admirador de Moribito sabrá apreciar.

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Shirobako – Ani*Kuri 15

(2014-2015) – (2007)

Creo que Shirobako no necesita muchas presentaciones, es una de las mejores series de la temporada pasada. A quien le haya gustado de verdad, seguro que Ani*Kuri 15 le interesará también. Y no porque tengan una temática similar, de hecho no pueden ser anime más diferentes a nivel formal. Ani*Kuri 15 es una serie de tres temporadas que consta de 15 capítulos autoconclusivos y la duración de 1 minuto exacto. Fue una serie concebida para emitirse de relleno entre la programación habitual de NHK. Entonces, ¿cuál es la vinculación con Shirobako? Cada episodio de Ani*Kuri 15 fue dirigido por un director distinto, donde la cadena televisiva concedió total libertad creativa. La relación entre una serie y otra existe más bien en la mente del espectador, una solidaridad especial que le hace comprender, tras ver Shirobako, tooooodo lo que implica forjar un anime… y que, por una vez, los creativos han dispuesto de 60 segundos para hacer lo que les ha salido del escroto. Dentro de un orden, claro. ¡Un aplauso! Sin recochineo. Por eso Ani *Kuri 15 es tan heterogénea y fascinante; hay de todo argumental y estilísticamente (un par de CGIs son cerdísimos, eso también hay que decirlo, ¿eh?). Los directores además no son unos cualquiera: Mamoru Oshii, Makoto Shinkai, Michael Arias, Satoshi Kon, etc. Es una serie estupenda que solo os robará quince minutos de vuestras vidas.

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Arakawa under the bridge – A piece of Phantasmagoria

(2010) – (1995)

Arakawa under the bridge es un anime disparatado que se nutre del dadá; hierve tanto en su comedia absurda que se me hizo al final vacía. Pero tuvo sus cosas buenas, y muchas de esas cosas provienen en parte de A piece of Phantasmagoria, de Shigeru Tamura. Si precisamente disfrutaste con esa faceta simbólica y surrealista, Phantasmagoria te debería entusiasmar, ya que contiene esos mismos ingredientes pero en un contexto de cimientos sólidos. Esta serie es muy cortita además, 15 capítulos de 5 minutos; y cada uno de ellos narra una pequeña y sencilla historia sobre el planeta Phantasmagoria: sus países, sus gentes, su geografía, etc. Un viaje onírico dulce y a veces lacerante, de profundas connotaciones aunque de atavío simple. Tiene mucho de poesía. A piece of Phantasmagoria es realmente una obra insólita, un viaje plácido por un mundo de fantasía y sueños.

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Hyôka – Ghost Hunt

(2012) – (2006-2007)

Me encuentro en un dilema con estos dos anime. Lalalá. No sé cuál de ellos es más célebre, así que por proximidad temporal, he decidido anteponer Hyôka a Ghost Hunt. Pero creo que los dos son muy conocidos, de hecho casi Ghost Hunt tiene más fandom. Pero bueno, da igual; que soy un desastre ya lo sabéis los pocos que me leéis. ¿Qué une a estas dos series? La temática del misterio, eso lo primero; la labor de investigación, un personaje principal masculino flemático, un catálogo de secundarios variopinto y algo de school life. Ambas se toman su tiempo para entrar en harina, aunque Ghost Hunt es más dinámica y se embarra en lo sobrenatural hasta las cachas. Si te gusta Hyôka tienes todas las papeletas para que Ghost Hunt también. Esta última introduce más personajes adultos, no obstante, y las relaciones personales adquieren mayor profundidad. Aun así, en vez de recomendar el anime, que considero regularcillo, prefiero instar a leer el manga. La serie se queda en agua de borrajas en varias facetas, comparada con el tebeo es mediocre. Resumen: ¿te ha gustado Hyôka? Lee el manga de Ghost Hunt.

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Uta Koi – Genji Monogatari Sennenki

(2012) – (2009)

Para los amantes de la literatura clásica japonesa, Uta Koi supuso una agradable sorpresa; para los que no, quizás se quedara en algo más gris. Sin embargo, es una obra introductoria bastante decente que acerca autores imprescindibles al neófito con datos biográficos (algunos no del todo confirmados) bastante sugerentes. Una de las escritoras que aparecen, Murasaki Shikibu, es la responsable de la que se podría considerar la primera novela de la literatura humana, Genji Monogatari (s. XI), de una importancia capital a nivel planetario. Y Genji Monogatari Sennenki es su adaptación a serie televisiva animada. Ante todo, os recomiendo leer el libro. Y esta versión a ser posible. Las traducciones en español, hasta donde yo sé, no son directas del japonés, por lo que carecen de la precisión que debieran… y ya de por sí es una obra compleja de narices. Pero si no tenéis ni tiempo ni ganas, este anime es una buena intentona. El trasladar a lenguaje visual una obra de la magnitud del Genji Monogatari es tarea ciclópea si se pretende realizar con dignidad; así que, cuando vi por primera vez esta serie, lógicamente hubo algunas cosas que hicieron me cagara en la perra. También comprendí que no podía ponerme muy exquisita. Y, la verdad, en conjunto Genji Monogatari Sennenki es un producto honesto para el que conoce la novela, pero que se puede hacer muy pesado para el que no. Requiere paciencia, entender muy bien la noción de miyabi, las intrigas palaciegas y las relaciones personales intrincadas. Ah, y no olvidar jamás que estamos ante la adaptación de un libro medieval. La mentalidad y sociedad de esa época no es la del s. XXI, got it? El arte es delicado y elegante, acorde al clasicismo de la obra original, aunque a veces ciertas atmósferas vaporosas me parecían bastante molestas.

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Bishôjo Senshi Sailor Moon – Tongari Bôshi no Memole

(1992-1997) – (1984-1985)

Sailor Moon es, junto a la primigenia Sally the witch, uno de los titanes que consolidaron el mahô shôjo. Es un género que ha resultado más dúctil y atractivo de lo que podría haberse esperado, con una descendencia caudalosa y muy variada. Pero no es esa vertiente de Sailor Moon la que puede hacer que guste Tongari Bôshi no Memole. Este anime de mitad de los 80’s es un slice of life de duendecillos repleto de aventuras, que habla sobre la importancia de la amistad a pesar de las diferencias, el crecimiento personal, la lucha por un bien común y el aprender a estimar la magia de lo cotidiano. Y no solo en lo cotidiano, los personajes de Little Memole son unos extraterrestres cuya nave se ha estrellado en los Alpes suizos de la Tierra; su tecnología es asimilable a lo que llamaríamos magia, y su aspecto y filosofía vital la podríamos identificar con la de hadas, gnomos y demás criaturas feéricas: respeto y simbiosis con la naturaleza. Es una serie con un arte además realmente kawaii y singular, con mucha acuarela en los fondos, muy  tierna. Es un shôjo extremadamente candoroso. Las protagonistas son la diminuta alienígena Memole y la humana Marielle, que vive recluida en una casa en las montañas a causa de su débil salud. Existen también ciertos paralelismos con el clasicazo Heidi, sobre todo por la orientación infantil, pero La pequeña Memole es un producto mucho más sofisticado.

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Mushishi – Mononoke

(2005-2014) – (2007)

Mushishi es una de las grandes obras de los últimos años, las sutilezas y abismos que plasma hacen de ella una creación casi perfecta, porque además puede cautivar a todo tipo de público con un mínimo de sensibilidad. Mononoke no es Mushishi, pero comparten muchas características que al fan de lo sobrenatural pueden gustar. No obstante, hace más hincapié en el horror; es más afilado y cruel, pero no carente de belleza. Posee un arte fascinante, diferente al de Mushishi, y que arriesga muchísimo más; es innovador y ácido en la paleta de colores. Apabullante. Si Mushishi es lirismo y melancolía, Mononoke es crudeza y asombro. Tampoco, a causa de que son únicamente 12 capítulos, puede profundizar tanto como Mushishi; pero los pequeños relatos de terror que cuenta siguen siendo deliciosos, extraños, impactantes. El componente de folclore japonés, su ambientación en el período Edo y el grueso zócalo filosófico, conforman un anime extraordinario. Su protagonista, un “vendedor de medicinas” errante, es un exorcista que busca y estudia a los mononoke para luego exterminarlos. La variedad de personajes con la que se topa, sus actitudes, respuestas, sentimientos turbios… es amplia y psicológicamente penetrante. En definitiva, el forofo de Mushishi, si no ha visto todavía Mononoke, debería hacerlo as soon as possible.

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Como no tengo muy claro si eran al final 8 ó 10 y es fin de semana (ley del mínimo esfuerzo ON), añado los dos restantes, por si fuese pertinente, de manera escueta. Bueno, en realidad es que me muero por abrirme una cervecita de jengibre, no os voy a mentir. Me está llamando desde el frigorífico. La oigo.

Si te gustó Nana (2006-2007) deberías probar Perfect Blue (1998). O viceversa. Perfect Blue  es una película, pero me permitiréis esta licencia porque se trata de una auténtica joya. Ambas tienen de trasfondo mi amada música y las protagonistas son femeninas… con abundantes obstáculos personales que van floreciendo de manera diferente. Drama, violencia y problemas mentales en bandeja. Apetitoso, yummy!

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Si viste Hakuôki (2010) y te pareció un truñaco (dista un abismo con Hakuôki Reimeiroku) no puedes dejar pasar Rurôni Kenshin: Tsuiokuhen (1999) para resarcirte con una buena historia de samuráis. Kenshin (las OVAS, no la serie) es una de mis pasiones animescas de siempre. Una épica historia de amor y venganza à la japonaise que todo el mundo, sin excepción, debería ver una vez en su vida.

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Y fin. Bueno, se supone que tengo que nominar a alguien, es un poco marronazo para mí, que me como la cabeza por cualquier gilipollez… pero estos son: Cuatro torbellinos parlantes, El Kafé Khalil, Los animes de Kick y El rincón de Kuroneko. Por supuestísimo, mis queridos elegidos, podéis pasar de mi culo.

Hale, voy a por mi cerveza. Buenas noches.