El paraíso en la tierra de Guy Delisle

Y con esta entrada cerramos las votaciones twitteras de vuesas mercedes, privilegiados lectores de SOnC. Al cómic occidental lo condenasteis a un desdichado último lugar (shame on you, infelices otacos!), pero no por ello era una propuesta menos significativa. El post de hoy está dedicado a una obra con una relevancia que nadie debería poner en duda. Trabaja una temática que importaba cuando fue escrita en 2003, y que ahora también preocupa bastante. Escribir una reseña sobre la materia que trata además con un mínimo de objetividad no resulta nada sencillo, porque hay una intoxicación propagandística bidireccional tremebunda. Y tomar una posición equidistante tampoco es sinónimo de imparcialidad y rigor. Ni mucho menos. Exacto, doy tanto rodeo porque hablar sobre esos vecinos tan especiales que tiene Cipango al otro lado del Mar de Japón, sí, esos que aman con todo su kokoro al Gran Camarada Líder Supremo y que de vez en cuando montan fiestas con misiles y submarinos nucleares, no es tarea fácil. Corea del Norte continúa siendo un enigma. Feo.

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Ya comenté algo por encima sobre “el reino ermitaño” en la entrada que dediqué al documental de Megumi Yokota aquí, y casi prefiero no añadir más. Me centraré en el tebeo protagonista de hoy, que merece al menos una lectura por toda mente curiosa con ganas de saber algo más del país, aunque sea a través del filtro personal de su autor. Se titula Pyongyang (2003) y su creador es el quebequés Guy Delisle. Fue publicado por Astiberri en 2005. Y sí, es un cómic muy célebre. A no ser que te hayas pasado los últimos diez años con la cabeza enterrada en un volcán de mangas, anime y videojuegos, comunicándote con el resto del planeta mediante papelitos filtrados bajo la puerta de una celda acolchada, debería sonarte. Lo que quiero decir con tamaña gilipollez es que Pyongyang de Guy Delisle es una historieta famosa. Y si no la conoces de nada, deberías ponerle remedio. En serio. Continuar leyendo esta reseña ya es un comienzo.

pyongyang3En el momento en el que Delisle realizó el tebeo apenas llegaban datos de primera mano al gran público sobre Corea del Norte. No es que en la actualidad podamos presumir de un flujo de información abundante y fidedigno, pero hace catorce años el panorama era todavía más exiguo. En realidad, esta severa apertura no fue en absoluto voluntaria. Se debió a la terrible crisis humanitaria que sufrió el país entre 1994 y 2001, una hambruna sin precedentes causada por la deforestación, las continuas inundaciones y la interrupción de la ayuda de sus hasta entonces benefactores, China y la Unión Soviética. La incapacidad además de gestionar adecuadamente la situación por parte del nuevo líder, Kim Jong-il (1941-2011), condenó a morir de inanición a entre medio millón y tres millones de personas. Debido a las características especiales de la República Democrática Popular de Corea, no se conoce la cifra exacta, solo aproximaciones que varían según la fuente. El nuevo Querido Líder llamó a esta catástrofe “La Ardua Marcha”. Era necesario el auxilio internacional si no se quería diezmar la población aún más. El ideal de autarquía no podía continuarse así. Y esta horrible desgracia fue la grieta por la que empezó a colarse el resto del planeta.

Guy Delisle cuenta lo que fue su vida durante dos meses en Pyongyang. Es un tebeo autobiográfico, repleto de anécdotas, curiosidades y descubrimientos bizarros. No sigue un hilo argumental, es un diario. Su diario. Llega a Corea en un momento en el que todavía están terminando de superar la grave crisis, y necesitan no solo la ayuda de las ONGs, que son las únicas que gozan de cierta libertad de movimiento y autonomía, sino la entrada de tecnología y divisas del extranjero para dinamizar la infraestructura estatal y su economía. Él ha sido contratado para trabajar en los estudios de animación SEK (Scientifical Educational Korea) y asesorar a su personal en un proyecto didáctico para niños. Como todos los extranjeros, que residen aislados de la población en hoteles mantenidos exclusivamente para ellos, Guy forma parte de una pequeña comunidad internacional que es vigilada escrupulosamente y escoltada a diario por un guía personal. Tiene prohibido hablar con cualquier ciudadano norcoreano, tampoco puede dar un paseo por su cuenta y menos solo; todo lo que quiera visitar en sus ratos de ocio debe ser informado sin falta y supervisado. De hecho, nada más entrar a Corea le confiscan el teléfono móvil y revisan todas sus pertenencias, por si lleva consigo material subversivo.

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La Corea del Norte que experimentó Delisle en sus carnes no es la misma que la presente. Algunas cosas continúan igual: el totalitarismo, la represión, el adoctrinamiento, la censura, el miedo. Otras han avanzado. Con timidez, pero algo es algo. El actual Líder Supremo Kim Jong-un ha transigido un poco más que su padre en el aspecto económico, permitiendo que el dinero acceda en el sistema mediante las divisas que los norcoreanos emigrados a Japón envían, o con los sobornos a los oficiales del Ejército y altos funcionarios, que dominan los negocios. Una élite al estilo de la antigua nomenklatura soviética comienza a pasearse por las calles de Pyongyang con sus Audis y Mercedes. También se observan más vehículos en circulación, de la marca nacional Pyeonghwa, por supuesto; ya se permite el uso de la telefonía móvil, existen unas pocas hamburgueserías y se vende incluso Coca-Cola. Empieza a llegar turismo, muy restringido, pero acude, con todo lo que ello implica. Sin embargo, fuera de la capital prosigue una precariedad agrícola medieval, con la electricidad solo disponible un par de horas al día. Si este panorama resulta desalentador mirado desde nuestro punto de vista, cuando lo visitó el canadiense era infinitamente peor. Por eso su Pyongyang, aparte de ser un cómic, muta en el documento histórico que refleja un momento muy concreto e importante del país del Juche.

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Es posible que Guy Delisle no se diera cuenta de que, mientras escribía el tebeo sobre sus vivencias en Corea del Norte, este fuera a alcanzar la trascendencia que consiguió. Pero así fue. No era la primera vez que acometía una empresa similar, en Shenzhen (2000) ya había afilado los lápices para contar sus avatares en la susodicha ciudad del sur de China. Y tras Pyongyang haría lo mismo con Burma Chronicles (2008) y Jerusalem (2010). Antes de encarar nuestro cómic protagonista, hay que tener muy presente que se trata de una visión completamente personal y subjetiva; aunque se describen hechos y escenas que resultan incontestables, todos se hallan teñidos de cierto retintín occidental. Quizá haya sido ese prejuicio, ese escepticismo cargado de causticidad y aire paternalista, lo que me ha terminado irritando un pelín. La eterna posición eurocentrista, en este caso hasta algo insolente, que los occidentales portamos allá donde vamos. No estoy defendiendo la dictadura norcoreana (Luzbel me libre), sino señalando una actitud de superioridad moral que he observado (y presenciado) en bastantes ocasiones cuando he viajado: la del turista petulante. Tampoco estoy criticando a Delisle, como ya he advertido, este tebeo es como su diario personal. En él ha sabido plasmar con gran minuciosidad lo que le permitieron captar del país. Pero somos humanos, y él, como ser humano también, lo imbuyó, con todo el derecho del mundo que para eso era (y es) su obra, de una compasión e ironía simultáneas que me acabaron cansando.

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No obstante, ¿de qué otra manera habría podido afrontar Delisle la estancia en un lugar así? El sarcasmo y el humor fueron su escudo ante la tristeza y estupor que debió de sentir cada día. Y no hay duda de que suele resultar un procedimiento excelente para transmitir asuntos peliagudos. Sobre todo si además se pretende entretener. ¿Y qué presenció Guy Delisle? Pues toda posible situación extraña y disparatada que un país sumido en una alienación casi absoluta es capaz de ofrecer a su visitante. Resumiendo: de todo. Pyongyang no solo es una crítica mordaz e hiriente a la nación asiática, sino también  al propio Occidente, al que siempre le ha convenido alargar y preservar el régimen norcoreano en su actual estado. Delisle fue de los primeros que hicieron visible la situación, y logró encima llegar al gran público. Es un relato accesible y homogéneo, a veces puede hacerse algo monótono porque su ritmo es muy, muy constante, aunque no llega a aburrir en ninguno de sus tramos. El dibujo es sencillo pero eficaz, expresa de manera contundente el vacío, la soledad y el orgullo de un país confinado en su propia paradoja del absurdo.

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Pyongyang es un tebeo que recomiendo fuertefuertefuerte. No lo considero la obra maestra que muchos braman a los cuatro vientos que es, pero creo que Guy Delisle vierte un par de cosas trascendentales en ella. Es muy buen cómic, y ayuda a comprender un poco más las circunstancias de esa nación. Como curiosidad, comentar que estuvo a punto de tener una adaptación cinematográfica en 2014, pero tras serias amenazas de terrorismo por parte del grupo GPO (Guardians of Peace), que hackeó además la base de datos personal de Sony Pictures, los estudios Regency se negaron a continuar con el proyecto. GPO se valió del chantaje y la intimidación para impedir que Sony estrenara la comedia The Interview (2014) en cines, una sátira política sobre el régimen norcoreano. Temiendo una reacción similar con Pyongyang, cancelaron la producción al completo. Todo normal, todo bien.

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Y para finalizar, aquí os dejo un caramelito para los que hayáis leído el tebeo ya. Una forma divertida e instructiva de conocer los lugares por los que Guy Delisle transitó, de poder masticar en la distancia esa realidad amorfa que es la República Popular Democrática de Corea del Norte. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Megumi en el país del Juche y otras aventuras pesadillescas

Las entradas dedicadas al cine son, con diferencia, las más ignoradas de SOnC. Pero como a su encargadilla resulta que le gusta mucho ver pelis y es algo lerda en lo referente a visión comercial, ha decidido no solo continuar escribiendo sobre él, sino naufragar a tope dedicando el post a un documental. Y no a un documental cualquiera, no: Abduction: The Megumi Yokota Story (2006). Hay pocas cosas que desmotiven más a los camaradas otacos que una historia basada en hechos reales de hace cuarenta años. Que encima haya politiqueo de por medio lo empeora. Nada, pero nada cool, uf. Sin embargo, creo que ya hemos dicho que Sho-Shikibu es un poco babieca para algunos asuntos, por lo que aquí tenéis el próximo gran éxito de su triunfante blog. Aún estáis a tiempo de cerrar la pestaña y olvidar que esta bitácora existe, por cierto.

¿Sigues aquí? Vaya, qué sorpresa. Gracias, amable lector, espero que no te arrepientas. La chica de kimono rojo que aparece en la foto es Megumi Yokota, cuya ausencia es la protagonista absoluta de hoy. Desapareció sin dejar rastro el 15 de noviembre de 1977 cuando volvía del colegio a casa, en Niigata, una ciudad costera en el noroeste de Japón. Tenía 13 años. Durante muchos años sus padres la buscaron desesperados, sin tener ninguna noción de lo que podía haberle ocurrido; hasta que el periodista Teruaki Masumoto los puso sobre la pista de algo mucho más extravagante de lo que habían imaginado: Megumi podría haber sido secuestrada por agentes secretos de Corea del Norte.

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Megumi Yokota

Efectivamente, suena a telefilme barateiro de sobremesa, idóneo para echarse una buena siesta. Demasiado bizarro para tomárselo en serio, si no fuera porque todo ocurrió de verdad. La realidad superó a la ficción, ya que no solo Megumi fue abducida, 13 ciudadanos japoneses más sufrieron sus mismas circunstancias entre 1977 y 1983. Esa cifra fue al menos la reconocida oficialmente por el gobierno norcoreano, sin embargo se sospechan muchas más víctimas de otras nacionalidades también.

De buenas a primeras, no me habría acercado a una obra sobre personas desaparecidas ni de coña. Esta temática no suele ser de mi gusto y acaba aburriéndome, pero quizá la manera en la que llegué hasta a ella me hizo superar mi prejuicio inicial. Una de mis directoras de cine favoritas es Jane Campion, que aunque no ha sido demasiado prolífica, si me ganó con cintas como Bright Star (2009) o Retrato de una dama (1996). Son mis preferidas de su filmografía, y rebuscando por internet alguna obra más relacionada con ella, topé con este documental que resultó ser de su producción. Así que, confiando en su buen criterio y observando que tenía vinculación con Japón, decidí darle la correspondiente oportunidad.

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Megumi y sus dos hermanos gemelos

Abduction: The Megumi Yokota story no ha sido la única obra dedicada a este turbio asunto, pero sí fue la responsable de su fuerte impacto internacional. En Japón el caso de Megumi era muy conocido, y la preocupación social que generaba mantuvo la atención pública ocupada durante décadas. Un enigma sin resolver que, conforme avanzaban los años y se averiguaban más datos, su misterio se acrecentaba. Y con ello el sufrimiento de una familia que tampoco había cejado en su búsqueda ni un segundo. De la desatención de la policía, que cerró el caso considerando que Megumi simplemente se había fugado de casa, pasaron a una situación estrafalaria como pocas en la que el gobierno japonés no sabía cómo proceder. Se calcula que unas noventa personas en total fueron secuestradas y llevadas a la fuerza a Corea del Norte desde diferentes puntos de la costa japonesa. También desde Corea del Sur. Las familias afectadas en Japón unieron fuerzas y comenzaron a realizar presión. El caso de Megumi era especialmente cruel, pues fue la única menor de edad raptada. Pero, ¿cómo saltó esto a la luz? Y no menos importante, ¿por qué Corea del Norte cometió semejante tropelía?

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A Corea del Norte no se le llama gratuitamente “el reino ermitaño”. Aunque se trata de un término heredado de la antigua dinastía Joseon, describe muy bien la situación actual. Es uno de los países más desconocidos del planeta, que vive en un régimen aislacionista y de relativa autarquía, siguiendo estrictamente los preceptos de la Idea del Juche. El Juche es el alfa y el omega de la nación, una filosofía vital, religiosa y política que lo vertebra absolutamente todo. Esbozada por el presidente eterno Kim Il-sung (1912-1994), nutrida por el líder eterno Kim Jong-il (1941-2011) y sustentada por el Secretario General del Partido de los Trabajadores de Corea Kim Jong-un (1983), se trata de una adaptación a la idiosincrasia coreana de ciertos planteamientos comunistas, pero alejados bastante del marxismo clásico. El Juche es profundamente nacionalista, defiende la etnicidad como pilar básico de las sociedades y propugna la protección de los linajes; de ahí que esté enfrentado al concepto de globalización capitalista, cuyo máximo exponente es Estados Unidos. yokota22Pertenecer a la raza coreana es un orgullo y hay que defender su singularidad y pureza. El Juche explica que todos los seres humanos tienen los mismos derechos y obligaciones, pero no son iguales en capacidades; de ahí que solo algunos tengan una aptitud natural para ser líderes y puedan gobernar. Estas personas son diferentes de las masas y sus cualidades los hacen idóneos para el poder. Este talento, por supuesto, es hereditario, y está plenamente representado en el linaje de los Kim. El Juche también otorga prioridad total al ejército y a la disciplina militar (songun), pues es la única manera de defender la independencia de la patria. Es el principal motor social y económico de Corea del Norte, dirigiendo también su política exterior. Ellos son el último bastión viviente e incorrupto del socialismo, aunque se trate de un socialismo con mucho de confucianismo y rescoldos del Imperio de Corea.

No es fácil intentar comprender lo que sucede en ese país, tanto por la falta de información que no sea pura propaganda, como por la histeria de los medios de información occidentales. Se tiende a ridiculizar un régimen político anacrónico que parece salido de los profundos años 50, pero con esa risita nerviosa que brota cuando hay también un pellizco de miedo. Poco a poco se ha ido averiguando algo más, eso también es cierto, pero el hermetismo continúa siendo la tónica. Y lo que trasciende resulta confuso y nada halagüeño. Conociendo por encima este contexto, no resulta complicado deducir que ese estado de paranoia incesante llevara a la toma de resoluciones tan grotescas como secuestrar a ciudadanos de otros países. ¿Con qué motivo? Adiestrar a espías norcoreanos en sus lenguas y costumbres para infiltrarse en sus sociedades. Recordemos que técnicamente Corea del Norte se encuentra en guerra.

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Esta era la familia de Kim Jong-Il en 1981. Su cuñada y dos de sus hijos se encuentran detrás. Junto a él, su por entonces heredero, Kim Jong-nam, fallecido en febrero de 2017 en circunstancias… rocambolescas.

Los primeros indicios de que algo extraordinario estaba sucediendo en las costas de Japón fueron recogidos por la prensa, los testigos de las desapariciones de las víctimas no dejaban lugar a dudas: eran secuestros. Y aunque había sospechas sobre quién cometía estas fechorías, faltaban pruebas. En realidad no las hubo hasta que ex-espías norcoreanos comenzaron a hablar de sus entrenamientos, los cuales habían sido llevados a cabo gracias a la ¿colaboración? de japoneses. Japoneses que habían sido llevados a la fuerza al norte del paralelo 38. Decenas de familias rotas, después de casi diez años, empezaron a tener esperanzas de volver a abrazar a sus hijos y hermanos. Pero no fue hasta los años 90 que pudieron observarse los primeros resultados.

Tras la caída del Muro de Berlín (1989) y la Peretroiska de Mijaíl Gorvachov, se dio fin a la Guerra Fría, y los gobiernos comunistas del este de Europa emprendieron su apertura al capitalismo. Corea del Norte, totalmente ajena al Otoño de las Naciones, acabó sin el fuerte respaldo económico de la Unión Soviética, que se estaba desintegrando. Las consecuencias fueron desastrosas. Unido a un potente ciclo de sequías e inundaciones, el país del Juche sufrió entre 1995 y 1999 una terrible hambruna que se estima mató entre uno y tres millones de personas. Fue tan espantosa la situación que Kim Jong-Il se vio obligado a solicitar auxilio internacional. Esta pequeña ruptura de su aislamiento exigía la normalización de relaciones con los países que iban a brindarle su ayuda. Ese fue el caso de Japón. Era la oportunidad que los familiares de los secuestrados buscaban, y apremiaron al gobierno nipón, que hasta entonces los había ignorado, para exigir su paradero y regreso. Desgraciadamente, las cosas no iban a ser tan simples. Sobre todo para Megumi.

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Junichirô Koizumi, primer ministro de Japón entre 2001 y 2006.

Abduction: The Megumi Yokota story narra todos estos hechos y muchos más. Su inicio es el del clásico reportaje televisivo sobre personas desaparecidas, con un estilo muy de tabloide y algo sentimental. No muy atrayente, casi vulgar. Pero conforme los acontecimientos se van desgranando, el documental crece, crece y crece. De lo que parecía la ordinaria fuga de una adolescente, se alcanza el nada desdeñable nivel de conflicto político internacional. Y en el centro de su compleja trama, la tragedia de una familia normal y corriente. Una familia además que aún sigue esperando, pues si los hechos originales gozan de reminiscencias casi surrealistas, lo kafkiano no tardó luego en apoderarse de la situación general. La lucha por el regreso de Megumi se convirtió en leitmotiv de sus vidas, aunque ya no puedan recordar los rasgos de su hija con claridad; aunque estén buscando a una persona que ya no existe; aunque la vida de Megumi ya sea más coreana que japonesa. Su combate es una forma de canalizar el dolor para que no los destruya. Y eso es lo que los directores, Patty Kim y Chris Sheridan, logran transmitir con sencillez.

No obstante, ¿vive todavía Megumi? A pesar de que Pyongyang aseguró que había fallecido en 1993, rectificando luego a 1994, en Japón la creencia generalizada es que sigue respirando. Se casó con un surcoreano que también había sido secuestrado, tuvo una hija en 1987 y, padeciendo una fuerte depresión, se suicidó en el hospital donde estaba internada. Sin embargo, las cenizas que fueron remitidas a Japón como supuestos restos de Megumi no fueron concluyentes en los análisis de ADN. Las muestras no coincidían y parecían contaminadas. A esas alturas, sus padres, con casi ochenta años de edad, estaban al límite de sus fuerzas; pero aún no se rindieron, y en 2014 tuvieron la oportunidad de conocer en Mongolia a su nieta y biznieta.

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Esta es la familia de Megumi Yokota. Su padre, Shigeru, su madre, Sakie, y sus dos hermanitos.

Me habría gustado que Abduction: The Megumi Yokota story hubiera contado algo más sobre el resto de víctimas, sobre todo de los que lograron volver a Japón. Pero se trata de la historia de Megumi, una vivencia que ha adquirido por derecho propio la categoría de leyenda. Muy real, pero de características tan extrañas que parecen un disparate. Existe también un manga, que tuvo la colaboración directa de los padres de Megumi, y su correspondiente adaptación al animeproducido por el gobierno de Japón. También varios documentales más y un dorama, relatando su vida y las circunstancias de su rapto.

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Patty Kim, Jane Campion y Chris Sheridan

El caso de Megumi Yokota es un culebrón en toda regla que no tiene visos de solucionarse, sobre todo teniendo en cuenta la proverbial sinuosidad de Corea del Norte, muy poco proclive a ofrecer información salvo fuerza mayor. Es un Estado que todavía tiene que recuperarse del desastre humanitario de hace veinte años, y que considera a tres cuartas partes del planeta su enemigo. Megumi forma parte ya de la cultura popular del país (por desgracia) y, como tal, es muy interesante saber de su crónica, que engarza además con acontecimientos históricos importantes del Asia Oriental. Abduction: The Megumi Yokota story es una de las maneras más íntegras de acercarse a su drama. Es un documental clásico, que a ratos pierde la objetividad y que tampoco arriesga demasiado formalmente, pero es su contenido el que asombra. ¿Lo recomiendo? Sin resultar una maravilla, y eso que es una obra multipremiada, sí. Merece un vistazo atento. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.