Peticiones Estivales: el cine de Hitoshi Matsumoto

Y cerramos las Peticiones Estivales de este verano 2017 con la solicitud desde twitter de MR. Pines, que sugirió una entrada dedicada al actor cómico, músico, escritor y director de cine Hitoshi Matsumoto (1963, Amagasaki). Como se trata de un hombre bastante versátil, a pesar de que su faceta más conocida sea la de comediante, no sabía muy bien cómo enfocar la entrada; máxime teniendo en cuenta la brecha cultural que impide un acercamiento profundo al conjunto de todo su trabajo, al que además desde Occidente no es tan fácil de acceder. Por lo que opté por lo más sencillo, que es hacer un mini-especial dedicado a tres largometrajes que ha dirigido y protagonizado. Este trío lo he podido ir viendo a lo largo de los años porque, aunque no me considero una fan de su figura, ya que no he tenido demasiadas oportunidades de conocerlo como me habría gustado, lo que sí he catado me ha parecido siempre interesante. Y eso que lo mío no es precisamente la comedia, es un género que suelo encontrar, casi siempre, aburrido y cansino. Matsumoto es uno de lo cómicos más célebres del Japón actual, con una carrera amplia y variada que daría para escribir una gruesa biografía.

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Hitoshi Matsumoto (2016) por Kaokako

No voy a entretenerme mucho con sus datos biográficos porque son de dominio público, y la wikipedia hace un trabajo excelente en ese aspecto, pero no está de más destacar algunas cosillas que pienso son sustanciosas. Matsumoto nació en una pequeña ciudad cerca de Osaka, Amagasaki (de hecho él se considera osaqueño), región que es cuna de una rica tradición cómica. Su acento, el típico de la zona de Kansai, se relaciona con el humor, algo así como lo que sucede en España con las variantes del andaluz. Y como los andaluces, los osaqueños tienen fama de simpáticos y abiertos. De ese territorio es propia una clase de comedia stand-up tradicional llamada manzai, en la que se especializó Matsumoto con su compañero Masatoshi Hamada. El dúo owarai que formaron en 1982 y con el que alcanzaron la fama se llama Downtown; y es considerado uno de los más influyentes dentro del panorama de la comedia en Japón. Hamada interpreta al tsukkomi bajo el nombre de Hama-chan (el sádico de mal genio); y Matsumoto al boke bajo el nombre de Mat-chan (el masoquista de humor seco).

En Occidente no podemos hacernos una idea real de lo jodidamente celebérrimos que son estos dos truhanes; por lo que el impacto a la hora de ver las películas de Matsumoto no va a ser igual que para un japonés. Sin embargo, esto tampoco puede impedirnos disfrutar de lo más directo: su evidente gran talento. Hitoshi Matsumoto tiene una lista de trabajos larga y variada en televisión, radio, con libros y cortometrajes. Pero su estreno de largo en el cine no fue hasta el año 2007, con Big Man Japan, que es la obra con la que vamos a comenzar a repasar sus películas. Allá vamos.


BIG MAN JAPAN

(2007)

La familia de Masaru Daisatô salvaguarda el honorable trabajo de Hombre Grande. Su labor desde hace generaciones consiste en proteger Japón de los numerosos monstruos gigantes que lo acechan. Antes, este oficio tradicional era continuado por bastantes héroes; sin embargo, en la actualidad solo queda Masaru. Y su labor despierta muy, muy poco respeto y admiración. ¿Será el fin de esta noble profesión?

Big Man Japan es un mockumentary que parodia y a la vez critica. Tiene una doble función. No llega a la altura de mis amados Zelig (1983) o This is Spinal Tap (1984), que son clásicos imprescindibles del género, pero resulta bastante decente. Matsumoto retrata con perspicacia la figura del típico hombre japonés de mediana edad: separado y con una hija a la que casi no ve; de temperamento apocado, perezoso y cobardica, aunque de buen corazón. Carece de ambiciones y se refugia en la cotidianidad de una vida gris solitaria con su gato. Hasta que le reclaman para combatir contra algún engendro, claro. Quién iba a decir que una persona tan anodina fuera el principal adalid de la nación. Naturalmente, Masaru no está hecho para el oficio; vive a la eterna sombra del Gran Hombre IV (él es el VI), su abuelo, que se encuentra ingresado en una residencia de ancianos con posible demencia senil. Masaru es un desastre tanto en el trabajo, cuya resolución positiva resulta más bien fruto del azar; como en popularidad, ya que a causa de su torpeza y mediocridad el programa de televisión tiene audiencias paupérrimas. Es el hazmerreír de Japón. Pero él lo sobrelleva con una mezcla de estoicismo e indiferencia.

El film arranca de forma lenta, y mantiene un ritmo tranquilo y de tono melancólico hasta casi la última media hora, en la que explota la locura. Hay destellos de humor absurdo de vez en cuando, pero no es una película de gags; es la triste vida de este buen hombre, que por circunstancias de tradición familiar debe ejercer una labor para la que no está hecho en absoluto. Mediante la sátira del género tokusatsu, Matsumoto se las arregla muy requetebién para tirar de las orejas a la sociedad japonesa en general, a la que plasma adocenada, perdiendo paulatinamente su identidad. Nada nuevo bajo el sol: la habitual dicotomía tradición y modernidad del país, que llevan arrastrando desde la era Meiji. Y la sumisión histórica al norteamericano, por supuesto. Son los combates con esos kaijû alucinógenos los que hacen que la película se mantenga a flote hasta su desenlace, que es lo mejor, sin duda, de todo el largometraje. Postdata: no perderse los créditos.


SYMBOL

(2009)

Un hombre vestido con un ridículo pijama de lunares despierta solo en una habitación vacía, con cientos de gónadas infantiles cantarinas en sus paredes. ¿Es parte de algún experimento? Mientras, en una pequeña ciudad de México, el avezado guerrero de lucha libre Escargot Man deberá enfrentarse a un combatiente mucho más joven y vigoroso. ¿Superará su inseguridad para vencerlo?

Symbol la iba a incluir en el listado que confeccioné sobre cine bizarro japonés (entrada aquí), pero al final decidí no alargarme demasiado, ya que me parecía abusar de vuestra santa paciencia. Pero, tarde o temprano, tenía que aparecer por SOnC. Y aquí está. Es la película más extraña de las tres que se reseñan hoy. Con diferencia. También mi favorita, debo añadir. No tengo muy claro como enfrentar esta mini-reseña, pues es muy fácil spoilear el asunto. Sumamente fácil. Aparte de que no es una obra al uso. ¿Cómo explicar a alguien que jamás haya visto 2001: Una Odisea del espacio (1968) de qué va la película? No es que se encuentre a la altura este Symbol del clásico de Kubrick, pero tiene mucho del cineasta neoyorquino. Y para bien.

¿Qué se puede contar sobre Symbol? Pues se puede decir que son un par de historias, muy diferentes entre sí, pero que muestran a dos hombres atrapados en dos realidades sin sentido. La narración que tiene lugar en México es sorprendentemente respetuosa y cuidada; muy realista y cruda. Me gusta mucho. La trama que se desarrolla en la misteriosa habitación es una oda a la masturbación y una parodia del falocentrismo más absurdo. Con divertidas concesiones a la escatología de los pedos y el delirio mental. Ambas tramas convergen y, os aseguro, que es de manera bastante inesperada. El guiño-parodia a Kiss (oops, se me ha escapado) también es muy divertido. Sin embargo, lo más interesante de Symbol es que, una vez finalizada, su interpretación no será la misma para nadie. Fascinante.


SAYA ZAMURAI

(2010)

Kanjuro Nomi es una vergüenza para todos los samuráis. Es un cobarde y ha perdido el gusto por la vida tras la muerte de su esposa. Cuando es capturado por desertar, es llevado delante de su daimyô que le ordena cumplir con una obligación algo peculiar: tiene treinta días para conseguir que su hijo ría. Si no lo logra, su destino será cometer seppuku.

Y Hitoshi Matsumoto aterrizó por un rato desde las alturas de sus alucinaciones surrealistas para realizar una obra mucho más convencional: un jidaigeki. Y tan convencional es que, desde mi punto de vista, flojea un poquillo. Y si se la compara con sus predecesoras, directamente no hay color. También es verdad que es mucho más accesible y que las posibilidades de que guste a una mayoría del público se disparan a un millón. Pero a mí no me ha terminado de convencer. Quizá se deba a que su estructura cíclica acabó aburriéndome;  o que la comedia es mucho más ligera y complaciente. Y que se huele a leguas el final. No hay nada que me fastidie más que un desenlace previsible, sobre todo si el desarrollo de la obra ha sido también pronosticable. No pude disfrutar bien de su humor; y eso que los gags en sí eran de verdad hilarantes, al principio muy sencillos, luego más elaborados (como siguiendo una evolución), pero en un contexto tan incoherente que los hacía brillar con una luz especial. Sin embargo, el azuquítar espolvoreado me sentó como un tiro. La noción de ternura que los japoneses y yo tenemos no coinciden demasiado. A lo mejor es que, simplemente, echaba de menos la presencia de Matsumoto en el guion y la pantalla.

No obstante, tengo que admitir que la realización técnica, la fotografía y su dirección artística son notables, muy elegantes y sin estridencias. Con buen gusto por los pequeños detalles. Las claras influencias del mundo del manga y el chanbara setentero también son de agradecer. Y Sea Kumada, que interpreta a la hija del samurái, Tea, es la auténtica sorpresa del film. Solo por ella merece ya la pena verlo, complementa a la perfección el boke de Takaaki Nomi. En realidad los secundarios de este film adquieren cierto relieve, que por otro lado es necesario, ya que la pasividad del personaje de Nomi puede llegar a ser exasperante. Quizá por eso se pueda llegar a experimentar un leve goce sádico viéndolo sumido en ciertas circunstancias.

 


No se trata de las críticas más elaboradas del mundo, pero sirven perfectamente para que los que no sepáis de las películas de Hitoshi Matsumoto, podáis haceros una idea. Faltaría una para completar su, hasta el momento, filmografía, R100 (2013); pero como todavía no he tenido la ocasión de verla, no se encuentra en esta entrada. Imagino que cuando me haga con ella tendrá su correspondiente reseña. No sé cuándo será eso, tampoco tengo prisa.

Matsumoto se considera a sí mismo un hombre poseído por el espíritu de la interpretación (hyôi-geinin), que me parece una forma muy japonesa de declarar que es todo un actorazo. Sin más. Ya solo por eso, estas tres obras merecen un visionado; además de que es la única manera, por ahora, de conocer su figura mejor en Occidente. Tres films bastante distintos entre sí, pero que amparan al mismo genio creativo: un hombre polifacético y con un sentido del humor bastante personal. Matsumoto deslumbra interpretando al ser humano corriente inmerso en situaciones estrambóticas y que desafían a la razón. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Tôkyô Tarareba Musume o el ascazo de ser mujer en Japón

Akiko Higashimura es la autora de un manga adorable que este pasado 25 de agosto finalizó: Kuragehime (2008-2017). Tras 93 capítulos, 17 tankôbon, un spin-off con sus especiales animados, un live action y una serie de anime de 11 episodios realizados por Brain’s Base, se puede concluir que es, de momento, la obra más exitosa de Higashimura y con más repercusión. Ha sido muy bien aceptada entre la otaquería occidental también, pues ha sabido combinar sabiamente la comedia, el slice of life y el romance para construir un josei típico pero chispeante. Aunque a mí personalmente las historias que tiran del cliché tipo betty la fea no me gustan demasiado, Kuragehime me sedujo más por sus secundarios que por la protagonista en sí. Leí el manga durante un tiempo y luego lo abandoné. Sin malos rollos, simplemente me acabó aburriendo; aunque la sensación con la que lo dejé fue bastante buena.

Así que, cuando me topé con Tôkyô Tarareba Musume (2014-2017) de la misma mangaka, me aventuré a leerlo. ¿Por qué no? Si continuaba el tono inofensivo de Kuragehime, podría resultar una lectura entretenida, Además de que su dibujo me gusta, resulta limpio, claro, redondeado. Muy dulce, en conclusión, y agradable en los detalles. Por lo que decidí darle una oportunidad, ya que las buenas críticas también acompañaban al tebeo.

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Pues bien. Fue leer tres capítulos y mandarlo a cavar zanjas. Sé perfectamente que el josei es una demografía bastante maltratada en Japón, sobre todo su vertiente comercial. Suelen abundar las historias à la Bridget Jones donde se cuentan las desventuras de treintañeras que buscan desesperadamente marido mientras tratan de mantener la juventud y belleza de la adolescencia a toda costa. ¿Es posible que las mujeres adultas de Cipango disfruten con este tipo de historias, donde se las reduce a meros ornamentos y en las que la búsqueda y hallazgo del amor sea su prioridad vital? Venga ya, joer. Pero sí. Resulta que la sociedad nipona no es que albergue esta noción de las personas pertenecientes al género femenino, es que nutre y sustenta este tipo de ideas. Y son las propias japonesas las que también custodian con celo estos disparates. No es que en Europa las chicas vivamos en el paraíso de la igualdad, pero los primeros episodios de este manga se me atragantaron por completo. No tenía ni pizca de ganas de zampar las enésimas aventuras de un grupo de señoritas de clase media, con buenos trabajos y sin problemas de salud, que con 33 años se sienten unas ancianas fracasadas porque un príncipe azul no ha llegado aún a sus vidas. Not my cup of tea, thanks.

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¿Qué había esperado?¿Un relato ácido y descarnado como los de Kyôko Okazaki o Moyoco Anno? Sabía perfectamente que Higashimura no trabajaba como ellas, que se encuentran en una liga muy, muy distinta. Pero tropezarme de repente con los viejos tópicos del shôjo más rancio, pero aplicados a las circunstancias de personas adultas para denominarlo, como por arte de magia potagia, josei, fue demasiado para mi paciencia. El josei debería ser mucho más que un reciclado shôjo. Perpetuar este recurso es una manera de insultar la inteligencia de las lectoras, de alimentar una eterna infantilización psicológica. ¿Son las japonesas en realidad niñas grandes? Por supuesto que no, lo grave del tema es que parece que no se hayan dado cuenta de este pequeño detalle. Y la otra mitad de la población tampoco.

¿Qué me hizo cambiar de parecer y reanudarlo? El aburrimiento, la ligera sensación de que, quizá, había precipitado mi juicio; y que ya había finalizado, por lo que podría leerlo completo sin esperas. También que podría servirme para aprender más sobre la situación de la mujer en la sociedad japonesa actual, porque teniendo en cuenta lo que ya había leído, tenía pintas de ser un buen reflejo. Y en esto último no me equivoqué, de manera indirecta saqué muchas cosas en claro. La principal se encuentra en el mismo título de la entrada.

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Tú di que sí.

Tôkyô Tarareba Musume es un manga que consta de 31 capítulos y 9 tankôbon. Fue publicado por Kiss desde marzo del 2014 hasta abril de este año, y nominado a los Premios Kôdansha y al Manga Taishô. También ha tenido una exitosa adaptación de televisión en imagen real y un spin-off. Se trata de un tebeo que se ha leído bastante, y goza de buena fama. ¿Merecida? Veamos.

El cómic narra las vivencias de tres amigas sin pareja, que suelen quedar en el izakaya  del padre de una de ellas para comer, beber y comentar las que consideran sus patéticas vidas. Y sus dolorosas oportunidades perdidas. Ellas son Rinko, Kaori y Kayuki, aunque la historia se centra más en Rinko, guionista de series de televisión. Con 33 años se hace la promesa a sí misma de que habrá conseguido marido para el año de las Olimpiadas en Tokio. Pensar que con 40 años podría continuar soltera le parece terrorífico. En sus alcohólicas reuniones con Kaori y Kayuki, un chico rubio las critica severamente por sus lamentables discursos sobre lo que podría haber sucedido si sus elecciones y circunstancias hubieran sido otras. Las llama “mujeres y si…” y les recuerda que ya no son unas crías, que deben tomar las riendas de sus vidas. Este “y si…” es el que da título al manga, tarareba; y, por supuesto, el encuentro con este jovenzuelo marcará el curso del tebeo.

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Lo que al principio me pareció de un irritante insoportable, no mejoró; pero a través de su comedia ligera, empecé a vislumbrar lo que era en realidad un soberano tirón de orejas por parte de Higashimura a la actitud de sus personajes y, sobre todo, a la propia sociedad japonesa. Una sociedad que considera ya viejas a las mujeres de treinta y tantos; que las acucia para conseguir marido a riesgo de permanecer solas para siempre (ningún hombre querría, no obstante, de esposa a alguien mayor de 25), y cuya soltería se considera un profundo fracaso. Esta enorme presión que las chicas respiran, beben y comen a diario desde la infancia, mina su autoestima de tal forma que se convierten en seres dependientes de la imagen que proyectan. Una imagen que deben cuidar con esmero al milímetro, no para sentirse bien con ellas mismas, sino para conseguir cazar el mejor partido posible. La juventud y la belleza son las virtudes que más se valoran; su talento, trabajo duro y profesionalidad no importan si hay a su lado una mujer más joven y guapa. Y esto la autora se encarga de plasmarlo muy, muy clarito.

Higashimura nos muestra la evolución de las tres mujeres, que podrían ser tres tokiotas cualquiera, sumidas al principio en el engranaje social sin cuestionar su abusiva situación y como, poco a poco, van despertando y madurando, cada una a su forma, para aprender a responsabilizarse de sus vidas, mirar hacia adelante, no estar siempre girando el rostro al pasado; y considerarse seres humanos plenos a pesar de superar la treintena… y no tener un hombre a su lado. Y os aseguro que les cuesta superar esa pasividad, esa inercia que las va consumiendo, porque forma parte del mismo tejido social.

tokyo4El desarrollo del argumento es bastante (pero bastante) predecible, sigue las pautas de un shôjo/josei clásico, pero con algunas lógicas concesiones al público adulto. El romance se enseñorea por completo de la historia, algo de esperar en un josei comercial (como si a las mujeres que leemos tebeos eso fuera lo único que nos interesara, claro); y aprovecha, muy acertadamente, para ir filtrando una crítica de baja intensidad pero constante, a la noción de amor romántico. Sí, ese amor romántico que se identifica con la idea de amor verdadero; que invita a dejarse dominar por la ilusión del enamoramiento hasta colmar el alma, como si fuese la única fuente de felicidad y la única manera en que una mujer puede completarse. Solo un apuesto (y rico) caballero puede rescatar a una chica atrapada en una existencia vana. Pero la realidad es mucho más rica y compleja que la simple pornografía emocional producida por la euforia del enamoramiento. Y exige que nos hagamos cargo de nuestros propios actos. No es que la mangaka sea demasiado explícita en estas alusiones, pues se debe a un público femenino que demanda precisamente esa emoción del amor romántico de los shôjo/josei, en la que la mujer se debe dejar adiestrar por el hombre. Y aunque a mí personalmente no me convence esa tibieza edulcorada, también admito que agradará a la mayoría de lectores.

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Tôkyô Tarareba Musume es un manga de pocas sorpresas para los otacos curtidos, pero muy bien contado y con un desarrollo correcto a pesar de que a mí se me haya hecho pesado en algunos tramos (soy muy impaciente para ciertas cosas, mea culpa). Resulta moderadamente divertido, engancha como buen culebrón que es y los personajes están perfilados genial. Kayuki me encanta, es mi favorita del trío. Los diálogos internos que mantienen, mitad alucinación mitad chiste, son especialmente lúcidos en algunos momentos, por cierto. ¿Lo recomiendo? Sí, a los fans de la demografía les gustará, porque es un tebeo de cimientos firmes, que hace reflexionar y entretiene bastante. Comprendo su éxito a la perfección, aunque no sea exactamente para mí.

De una temática similar tengo muchísimas ganas de leer Ako-san no Koibito de Akino Kondô, que barrunto es bastante más de mi estilo; pero veo complicado que, al menos en un largo tiempo, asome la nariz por Occidente. Habrá que esperar. Mientras, podemos aseverar sin miedo que Tôkyô Tarareba Musume es uno de los mejores josei comerciales que han salido últimamente; y que lo tiene todo para entusiasmar si no se es una pejiguera como yo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Kanematsu contra el volcán

Antes de dar paso a la siguiente Petición Estival, como estoy un poco liadilla engrasando la maquinaria del nuevo curso (¡bien!) y sacando lustre a proyectos musicales venideros, prefiero cerrar este mes de agosto con un último coletazo veraniego. Septiembre, aunque continúa siendo en su mayor parte estío, ya se percibe de otra manera. Van quedando atrás los días de luz, para abrazar al futuro equinoccio y el triunfo paulatino de la noche. Este calambre rezagado de sol y calor es, de nuevo, un manga; y también es uno de los tebeos más chulos que podéis leer estas semanas si no andáis muy atareados.

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Bokura no Funka Matsuri (2012) consta de 16 capítulos y fue publicado por Shôgakukan. Su creador es uno de los mangaka más interesantes del panorama actual, ¡sangre nueva!, quizá no demasiado conocido todavía en Occidente, pero que se está abriendo paso. El talento de Keigo Shinzô es indudable, y si tuviera que colocarlo junto a otros autores de su misma onda, estos serían Taiyô Matsumoto o Ken Niimura. Publicó su primer manga en el tercer año de universidad, y a partir de ahí ha ido sacando cosillas en Monthly Big Comic Spirits. Cosillas. De entre esas cosillas, que han tenido hasta adaptaciones al cine (Moriyama-chû kyôshûjo, 2016), rezo todos los días muy fuerte a Luzbel, Ninurta y Azathoth para que alguna editorial en español se digne a publicar Tokyo Alien Brothers (2015-2017), al que le tengo unas ganas feroces. Lézard Noir ya lo ha sacado en Francia así que… ¿por qué aquí no? ¿Quizá porque todavía resultamos ser un poquillo gañanes respecto al mundo del cómic? Algo de eso hay (no merece la pena negarlo). En realidad, le tengo mucha hambre a todas las obras que lleva editadas de momento, que no son tampoco muchas, pero que, descontando el tebeo de hoy, no se pueden todavía conseguir en la lengua de Cervantes o de Shakespeare. Y son los dos idiomas que más se hablan en el planeta junto al mandarín, no es por nada.

Regresando a nuestro protagonista de hoy, Bokura no Funka Matsuri, destacar que se llevó en 2012 un rutilante New Face Award (y quedó finalista en el Taishô de 2013). No me extraña. Desconfío de manera natural de los galardones y demás zarandajas, sin embargo en este caso en particular, y desde mi perspectiva personal, está muy bien otorgado. Me gustaría que Keigo Shinzô tuviera más reconocimiento por estos lares, pero nunca es tarde para ello; y desde esta minúscula bitácora, aporto mi granito de arena para difundir un poco más las excelencias de su talento. He dicho.

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Kanematsu es una apacible villa donde todo transcurre con esa impasible monotonía tan propia del entorno rural. Pero su vigilante eterno, el volcán que se encuentra en las cercanías, decide un día entrar en erupción y ponerlo todo patas arriba. La vida de sus habitantes ya no será la misma, al igual que el mismo Kanematsu. Y estos profundos cambios, los veremos a través de los ojos de sus dos personajes principales, Toyama y Sakurajima. Este par de adolescentes tienen muy pocas cosas en común; mientras Toyama es estoico y de ideas brillantes, Sakurajima es una explosión de energía algo insensata. Toyama es admirado por sus compañeros, aunque a él le dé completamente igual; Sakurajima es ignorado por casi todo el mundo y ansía más popularidad (y una novia). Ambos tienen una visión completamente opuesta de lo que ha ocurrido tras la erupción del volcán; Toyama añora el pasado y le irrita el nuevo rostro de Kanematsu, Sakurajima abraza con entusiasmo la transformación y quiere disfrutar de sus nuevas oportunidades. Estas diferencias no les impiden ser amigos.

La verdad es que Kanematsu da un giro de 180º, y Toyama sufre en sus propias carnes esa metamorfosis que hizo que en su hogar brotara una fuente termal, destrozando la vivienda.  Dos años más tarde, su casa es un próspero negocio regentado por sus padres donde se ofrecen baños y venden todo tipo de mercancías dirigidas a los visitantes. Porque Kanematsu se adaptó a las circunstancias, convirtiéndose en un ajetreado pueblo turístico. Toyama no es feliz con todo esto; Sakurajima, en su inconsciencia, sí.

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El antes y el después

Bokura no Funka Matsuri es un tradicional slice of life centrado en las clásicas experiencias de dos muchachotes acneicos. La efervescencia de la pubertad y sus bien conocidos conflictos.  Todos hemos leído historias y argumentos similares, así que con este manga no va a haber ningún tipo de sorpresa en ese aspecto. Los vaivenes de la amistad, el primer amor, el descubrimiento de nuevos mundos, las contradicciones de los sentimientos, la búsqueda de uno mismo, etc. Toyama y Sakurajima interpretan muy bien sus papeles de quinceañeros confundidos, dos caras de una misma moneda. Y con unas personalidades muy bien definidas. Sus vivencias confluirán en el “Festival de la Erupción”, un evento escolar y universitario que servirá como catalizador. Y hasta ahí puedo contar.

¿Qué podemos esperar de Bokura no Funka Matsuri? Pues unos secundarios peculiares, cierta tendencia a la caricatura irónica y una historia simple pero efectiva. Y esa es una de sus principales virtudes: la sencillez que emana por todas partes. Una sencillez maravillosa e inteligente, que hace disfrutar por su ausencia de pretensiones. Este tebeo es elegante y entrañable a la vez. Muestra cómo mediante la simplicidad se pueden transmitir importantes cuestiones. Inesperadamente. Porque Bokura no Funka Matsuri es una obra ingenua y brillante, sin embargo encuentra su propio camino sin caer en la repetición o aburrir.

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Si el argumento tiene ritmo y se encuentra bien estructurado, el dibujo de Shinzô Keigo es algo también a señalar. La influencia de Taiyô Matsumoto es muy evidente, pero eso no impide que posea su propia identidad. El arte es sutil y detallado, a ratos tonteando incluso con el naif, y con una riqueza expresiva audaz. Plasma muy bien la vida cotidiana. Sus trazos, aparentemente desmañados, esconden una gran pericia y sensibilidad. La forma es más propia de comics alternativos, aunque gracias a él y a otros autores, está asomando la cabecita en grandes editoriales, rompiendo un poco con la hegemonía estilística del manga clásico. No lo considero heta-uma, conste en acta, pero no tiene ese pulido de los tebeos japoneses mainstream. Resulta refrescante. Y que declare además de forma tan delicada su amor hacia los gatos ❤ es algo que me conquistó de manera personal. Cuando leáis el manga, sabréis a lo que me refiero. WE LOVE CATS!

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¿Recomiendo Bokura no Funka Matsuri? Mucho, sobre todo si no se tienen remilgos a la hora de leer mangas donde el dibujo no sea tan convencional. La historia es buena y se lee con suma facilidad, resulta una obra perfecta para estos últimos días de verano. Y para otras épocas del año también, ¿eh? Porsiaca. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

 

Peticiones Estivales: Sekine-kun no Koi

Inauguramos las Peticiones Estivales de este 2017 con un manga algo particular. No es la primera vez que escribo sobre él, pues en un ya lejano 2014 lo incluí dentro de un listado de tebeos inconclusos que no conseguían aterrizar en Occidente por un motivo u otro. La entrada en la que aparecía era esta, perteneciendo a esa sección de nombre ridículo y ostentoso que es la Galería de los Corazones Rotos. El cómic en cuestión es Sekine-kun no Koi de Haruka Kawachi, y se encontraba finalizado hacía tiempo. El problema consistía en una perseverante ausencia de scanlations (y sus correspondientes traducciones), además de la preocupación lógica por la misma obra, que parecía haber sufrido un final precipitado debido al cierre de Manga Erotics F, revista donde se estaba publicando. Había motivos justificados para la desazón, ya que, por añadidura, la historia se encontraba varada de tal forma que resultaba difícil predecir su desenlace.

Sin embargo, a lo largo de este 2017 fueron desgranándose los episodios que restaban y Gabriela Ip, la cual según comentó en twitter conoció Sin Orden ni Concierto gracias a Sekine-kun no Koi, solicitó hace unas semanas su necesaria reseña final. Gracias, Gabriela, por fin está aquí; por fin podemos curar ese pedacito de kokoro que Los amores de Sekine mantenían escupiendo bilis. ¿Ha merecido la pena la espera? ¿Ha estado a la altura de lo que prometía? Haruka Kawachi es una mangaka bastante peculiar. Mucho. Y eso en este cómic se nota, para bien y para mal.

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Sekine-kun se hace unos spaguetti mientras reflexiona sobre el infinito con su característico rictus de sonámbulo.

Cuando terminé de leer este manga, me dio la terrible sensación de que su protagonista era en realidad yo misma, pero con un cromosoma Y. No porque sea una mujer infalible en todo lo que me proponga, o porque resulte ser una rompecorazones, para nada. En eso, la verdad, somos diametralmente opuestos. Sino por su falta completa y absoluta de habilidades sociales, su incapacidad para gestionar las emociones, y la preocupante tendencia al aislamiento y a darle vueltas a todo de manera random y obsesiva. Esa soy yo. Y no suele ser agradable verse reflejado tan claramente. Comento esto porque, a causa del vínculo generado, creo que no voy a poder escribir una reseña todo lo objetiva que me gustaría. No obstante, este sigue siendo un blog personal, por lo que tampoco sería algo muy grave. Pero advertidos quedáis, mi apreciada otaquería.

Keiichiro Sekine es un hombre de 30 años con un buen trabajo, bastante agraciado y que disfruta de una vida que, aparentemente, es la perfecta de un soltero. Pero Sekine-kun no sonríe nunca, Sekine-kun no tiene ninguna inclinación o aprecio por nada de lo que le rodea, Sekine-kun se siente vacío. Considera su existencia vana, inmersa en un océano de indiferencia, con alguna tormentilla irritante esporádica, pero sin sentido ni propósito. No es feliz en absoluto. Sumido en la pasividad de la resignación, espera un estímulo que lo inspire, llene y lo ponga en movimiento. Esta situación vital es la que ha padecido desde la niñez, no se trata de una etapa puntual. ¿Quizá porque siempre ha tenido que soportar abundantes afectos indeseados (e invasivos)? Crear una armadura para protegerse desde la infancia le ha provocado una especie de cortocircuito emocional que ahora le impide conectar con sus sentimientos adecuadamente, convirtiéndolo en un gaznápiro, sobre todo en cuestiones sociales y sentimentales. Por eso ha aprendido, por ejemplo, a ignorar las lágrimas que de repente brotan de sus ojos sin aparente motivo. Sekine-kun es consciente de su problema, de ahí que se haya puesto manos a la obra para solucionarlo. Sin embargo, las cosas no transitarán por la ruta prevista.

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A gentleman good at knitting is not good at knitting the love

Dejándose mecer por el azar, topa con una pequeña tienda de tejidos y manualidades donde cree hallar un pasatiempo donde volcar sus ansias por amar algo. Pero el dueño de ese comercio, un anciano extravagante, en vez de enseñarle a tricotar, lo introducirá en los secretos de la prestidigitación con cartas. Tan extrañamente como surgió, el abuelete desaparece, dejando el negocio en manos de su nieta, Sara Kisaragi. Esta retomará con Sekine las clases de hacer punto y, a partir de ahí, nuestro protagonista tendrá la oportunidad que tanto deseaba para sanar. Las circunstancias se irán embrollando e iremos conociendo, a su vez, más de la personalidad de nuestro hermético amigo. Chispas de su pasado que ayudan a comprender un poquito mejor sus motivaciones y errática manera de pensar.

Los que hayan leído ya algo de Haruka Kawachi, como por ejemplo Natsuyuki Rendezvous (2011) que fue publicado en español gracias a Tomodomo, encontrarán el compás sosegado de su estilo y la delicadeza de sus retratos psicológicos. Es minuciosa, sobre todo con Sekine-kun, y resulta fascinante observar sus acrobacias neuronales, los pasos que siguen sus reflexiones. Muy naturales, muy humanas. Él es un hombre atractivo que conquista mujeres sin desearlo, provoca envidia y asombro por su infalibilidad en toda empresa que acomete; y, sin embargo, siente que su vida no tiene sentido. Está muerto por dentro… de éxito. E intuir que él es el responsable directo de su fracaso existencial lo conduce a un autodesprecio devastador.

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Esta podría ser la típica historia de un bishie que se lleva al huerto a la chica normalita, a pesar de tener a sus pies a todas las bellezas de Tokio. Pero no, la mangaka parte de esa base, pero otorga a Don Perfecto un temperamento insólito que lo hace víctima de todo tipo de situaciones ridículas y tristemente reales. Al menos para los introvertidos lo son. La metáfora continua que resulta el desenredar, tejer, deshacer y volver a trenzar la lana, es el reflejo de su evolución personal. El objetivo amoroso, Sara Kisaragi y el resto del elenco de secundarios no están tan desarrollados como Sekine, pero mantienen firme al argumento y su desarrollo. Sara es inteligente y muy salada, bastante creíble. No se hace insoportable ni cursi como suele ocurrir con los personajes femeninos del shôjo/josei, y tiene las ideas claras. El antagonista, Dôjima, bastante más cliché, quizá sea el que más flojea de todos, aunque Kawachi intenta brindarle en los últimos episodios cierta dignidad.

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Si tengo que ser sincera, hasta el volumen 4 Sekine-kun no Koi es un manga chispeante y diferente, centrado sobre todo en la personalidad del protagonista y sus pequeños avances hacia el autoconocimiento. Él es el centro en torno al cual gira todo, y no molesta particularmente porque los secundarios están bien bosquejados, algunos de forma graciosa y caricaturesca, adaptándose muy bien a su pausado slice of life. Un argumento espontáneo y fresco, que aunque no espectacular, sí resulta imprevisible. Es a partir del último y quinto tankôbon cuando se despeña hacia el estereotipo y una resolución clasicona. Ha sido un poquillo decepcionante porque, hasta ese momento, Los amores de Sekine se mostraba como un josei comercial pero no ordinario, con un personaje principal interesante y un argumento salpicado de chiribitas surrealistas y cálida ironía. Su desenlace no ha estado a la altura de las expectativas. ¿Quiere decir esto que Sekine-kun no Koi es un mal tebeo? Nada de eso. Simplemente, Haruka Kawachi optó por introducir elementos tradicionales en su obra, configurando un manga más conservador de lo que parecía prometer. Lo finiquita de manera solvente, no obstante es notorio que lo hizo porque la serie iba a cancelarse debido al cierre de Manga Eroctics F. Quiso darle un término coherente, pero no resultó brillante. Una lástima.

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¿Recomiendo Sekine-kun no Koi? Sí, a pesar de esa conclusión menos trabajada que recurre a los habituales tópicos, es un cómic tranquilo y diferente, que no cae en el sentimentalismo almibarado de la demografía y ofrece una visión del enamoramiento divertida. Es una comedia romántica eficiente y con la bastante sutileza para no empalagar. Podría haber sido un cómic mil veces mejor, pero las circunstancias no siempre acompañan a los autores. Y Los amores de Sekine podrían haber sido mucho, mucho más. También admito que si Tomodomo se animara a publicarlo por estos lares, lo compraría sin dudarlo porque, en conjunto, me ha parecido mejor hilvanado que Nieve en Verano. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Porque el verano muerde, porque me aburro, porque sí

A estas alturas creo que casi todo el mundo estará de acuerdo en que esta temporada de verano 2017 se presenta como una de las más flojérrimas en bastante tiempo. Mucha penita da, al menos su aspecto resulta de lo más mustio por lo que, tal como anuncié ya por twitter, no voy a comenzar ningún estreno. No dudo de que al final alguna serie consiga alcanzar cierto interés incluso sorprenda para bien, a pesar de lo que en inicio haya podido aparentar, pero tengo el cuerpo ya muy gandul para según qué cosas. Todos los anime estivales de este año o me provocan perezón con obesidad mórbida o los considero unos zarrios. Sin más. Si leo que alguno mejora basándome en las opiniones de colegas blogueros, quizá le dé su oportunidad. Sin embargo, no albergo grandes esperanzas y la desidia, además, se me apodera. Tienes pinta de tostón, veranito del 17, no offence.

Así que, ¿cómo puede perder el tiempo Sho-Shikibu? Pues imaginando que ya ha llegado su amado otoño, disfrutando del fresquecillo, las maravillosas hayas de fuellas rojas y escribiendo sobre los anime que piensa ver. Por supuesto, no se sabe todavía el total de estrenos, pero las tardes del estío derriten el cerebro y alucinar un ratillo tampoco viene mal. Y que este es mi blog y desvarío sobre lo que me da la gana, claro. No hay gran cosa todavía anunciada, apenas trailers ni demasiada información, no obstante algo he sacado en limpio. Que sirva de pequeño adelanto para olvidar el pegamento de este verano anestésico.

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El plato fuerte de este otoño, como ya sucedió en primavera, van a ser las segundas temporadas. Al menos para mí. Vuelvo a recordaros que aún desconocemos gran parte de la que va a ser la parrilla otoñal, así que son impresiones hasta justo este mismo preciso momento. Me encantaría que aparecieran nuevas obras que me obligaran a desdecirme, así que a la espera de un buen revés quedo.

¿Cuál va a ser mi prioridad absoluta? Pues Hôzuki no Reitetsu. Un día por desvelar de octubre y con un número indeterminado de episodios, regreserá a nosotros el maestro de ceremonias más sardónico de los Infiernos búdicos. Bueno, Hôzuki y toda la cohorte de personajes mitológicos y del folclore popular sinojaponés que desfilan sin cesar. Si la primera temporada y sus respectivas OVAS me encantaron, deseo fuertefuertefuerte que esta segunda logre, como mínimo, lo mismo. hoozukiSu humor negro y absurdo, el rico panorama cultural que despliega en cada capítulo, los pequeños sketches que aprovechan cada segundo para exhibir un espectáculo delirante que se ríe de sí mismo si hace falta, su elenco heterogéneo y dinámico, etc, etc, etc, hicieron hace unos años de esta serie una de mis favoritas sin ninguna duda. Se aprende un montón con ella y encima es divertidísima. Estoy ansiosa por el reencuentro y espero que no cambien demasiado el formato, que resulta perfecto. También es cierto que no todo el mundo disfruta con las historias autoconclusivas y muchos buscan una continuidad argumental en cada episodio; pero hay que tener en cuenta que la esencia de Hôzuki no Reitetsu es otra: las viñetas de comedia.

Osomatsu-san también tendrá su segunda tanda. Este clásico moderno no podía permanecer sin continuación, lo pedía a gritos. Sin saber aún fecha de estreno y cantidad de episodios, se deduce que será en octubre y constará de 25 capítulos. Pero a saber. Es curioso, pero dos de mis top otoñales son comedias. Me parece extraño porque es un género por el que no me suelo inclinar. En contadas ocasiones logro conectar con el sentido del humor de las series, la mayoría me produce vergüenza ajena o directamente sueño, sin embargo Hôzuki no Reitetsu y Osomatsu-san me engatusaron, sobre todo la primera. Para variar, mi tercera opción en las reanudaciones es algo diferente: Kekkai Sensen & Beyond.

La primera temporada, que sin duda me gustó, también me dejó un regusto agridulce. Así que esta será la oportunidad de resarcirme si va todo bien y no resulta un truñaco, por supuesto. Reconozco que, como no cuentan con Rie Matsumoto esta vez, siento bastante desconfianza. Para mí la presencia e ideas de Matsumoto fueron clave en 2015, y no todo el mundo además consiguió sintonizar con su forma de crear. Tratar de innovar es lo que tiene, que no siempre se redondea ni se comprende. Aun así, el parón que sufrió este anime lo perjudicó muchísimo. Veremos lo que nos depara Kekkai Sensen & Beyond, ya que Shigehito Takayanagi posee unas cuantas tablas y, aunque es probable que pierda originalidad, también podría ganar en solidez shônen. Un alivio para los más tradicionales.

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El asunto es peliagudo, porque muchos de los anime que han llamado mi atención guardan altas posibilidades de germinar como cerdadas supremas. Sinopsis incompletas, no fotos, no vídeos promocionales y un rosario de falta de datos estupenda. Pero es normal, estamos en julio; y, ¡qué carajo!, de esta manera también es divertido hacer apuestas. Empecemos.

Kujira no Kora wa Sajô ni Utau me atrae como un imán gigantesco. Del manga solo he tenido oportunidad de leer cinco capítulos (un dibujo precioso, por cierto), pero a poco que el anime le sea fiel, creo que tendremos entre manos uno de los productos más interesantes del otoño. No el que más, pero muy destacable. Está catalogado como shôjo, y no sé hasta qué punto seguirá los cansinos patrones de la demografía; aunque también pertenece a la ciencia-ficción, el misterio y la fantasía, así que a priori me tiene ganada. Su trailer es bastante elocuente en ciertos aspectos, me ha gustado mucho por lo que… ¡COMPRO!

En una línea más clásica dentro de la fantasía y el shôjo, en octubre se estrena también Mahôtsukai no Yome, que ha estado precedida de tres OVAS. Solo he visto dos de ellas, y no me han dicho gran cosa. El manga, que está siendo publicado por Norma y lo estoy siguiendo, ha terminado decepcionándome un poquillo. Quizá porque tira demasiado para mi gusto de los tópicos de la fantasía haciéndose previsible; y que la protagonista, con un ligero aroma a Mary Sue, tiene ese rollo de chica frágil e indefensa que me satura bastante. A pesar de que a estas alturas le encuentro más defectos que virtudes, la veré porque tengo fe en que me entretenga y los cuentos de hadas siempre merecen un par de vistazos. O tres. Harina de otro costal es Inu Yashiki, cuyo manga también estoy leyendo pero ¡sin desencanto alguno! Altamente recomendable, de hecho llevaba un tiempo calibrando si escribir una reseña de lo que tenía recorrido, pero sabiendo ahora de la serie, merece un manga vs. anime como la copa de un pino. Es uno de los estrenos relevantes de la temporada, una serie para adultos (existimos, ¡sí, estamos aquí!) y de temática inteligente. Sci-fi de calidad, mis queridos otacos. Y mucho, mucho más cuando se rasca la superficie, con Oku-sensei ya se sabe. A la dirección estará Keiichi Satô, así que no puede ocurrir nada malo, ¿me oís? NADA MALO. He dicho.

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Y para cerrar, aclaro que no he querido introducir ningún school life porque estoy hasta el moño de adolescentes. Es lo que sucede cuando trabajas demasiadas horas con ellos, que al final del día quieres enterrarlos vivos o arrojarlos por un puente. Atados y con bozal. Así que nada de Just Because! y otras majaderías de colegiales. La única excepción es Poputepipikku, pero los que ya conozcáis el tebeo sabréis que se trata de una cosita bastante enferma que poco tiene que ver con los entornos escolares. Tengo una curiosidad insana por este anime, que supongo será de duración corta (2-5 minutos) y me las veré luego canutas para lograr ver. Ese estilo de antigua tira cómica, donde las dos protagonistas vomitan sin parar insensateces (algunas bastante profundas, no es broma), en realidad es muy posmoderno, muy pop.

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Aunque tengan la mayoría de ellas fecha de estreno, en Occidente suelen pasar meses hasta que conseguimos visionarlas. La paciencia es una virtud, dicen. Reducir cabezas como hacen los shuar, una habilidad que no me importaría adquirir para ponerla en práctica en momentos de exasperación. A lo mejor encuentro algún tutorial en youtube al respecto. Volviendo a las películas, Godzilla: Kaijû Wakusei cuenta con mi beneplácito, a pesar de que la animación de Polygon Pictures no sea precisamente de mis preferidas. Pilotarán los directores de Ajin y Sidonia no Kishi con la colaboración de Gen Urobuchi, por lo que unos mínimos hay garantizados. Rezaremos a Nyarlathotep el Caos Reptante para un pronto estreno por estos lares.

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¿Merece la pena que me trague la película de ese clásico animierder que fue Dance with Devils? Porque el 4 de noviembre verá la luz Dance with Devils: Fortuna. Fue un bodrio tremendo al que le cogí cariño, sobre todo por Peluchón ❤ y esa autoparodia terrorífica que se gastaba. Risas, muchas risas. Ya lo decidiremos cuando llegue el momento, no hay por qué apresurarse, y menos con engendrillos de esta especie. Asimismo, en el undécimo mes se estrenará la adaptación a largometraje del clásico del manga de los años 70 Haikara-san ga Tôru, de Waki Yamato. Tuvo su serie televisiva hace casi cuarenta años también, y parece que contará con una segunda parte en 2018. Estoy bastante interesada en este film, pues trabaja temáticas sugestivas (liberación de la mujer) en un contexto histórico fascinante, la Era Taishô (1912-1926). Su protagonista es una mujer joven que ha sido educada de forma poco convencional, cercana a los tradicionales valores masculinos (practica kendo, bebe sake, rechaza las labores domésticas, viste al modo occidental, etc) y cree que una mujer debe casarse por amor y elección propia. Lo que se conocía en la época como una modan gâru (chica moderna). Apesta a shôjazo que mata, pero el planteamiento da la impresión de ser algo diferente. No obstante, ya sabemos cómo se las gastan los japoneses respecto al feminismo… todavía les queda un largo trecho por avanzar, bastante más que a los europeos.

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Menudo feeling tenían los anime de los 70, ¡inconfundible!

¿Me habré dejado alguna obra en el tintero? Seguro que sí. ¿Kino no Tabi, a lo mejor?Aunque para acabar de pulimentar la entrada, necesitaré más información, que supongo irán desgranando a lo largo de las semanas. Quizás esté pendiente por desvelar una joya animesca, ¡quién sabe! Por ahora, esto es lo que hay. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Japón, cine, estío… y la noche

Ya tenemos casi encima el verano. Al menos por estas latitudes. Es una estación que especialmente detesto, aunque también me brinda uno de los momentos más deliciosos del año: su noche. Las madrugadas estivales son estupendas para muchas cosas, entre ellas poder disfrutar de una buena película. Así que dejándome llevar por la corriente del estío, y sabiendo que no son temperaturas para aguantar demasiados rollos macabeos, la presente entrada va a estar dedicada a algo muy ligerito: 5 películas japonesas perfectas para disfrutar durante las noches más tórridas. Un post para no darle al coco demasiado y enterarse de que existe un sencillo menú cinéfilo para degustar. Por supuesto, mi selección es completamente subjetiva y se encuentra sujeta a mi experiencia personal. Es bastante heterogénea y abarca diversas décadas, así que hay donde elegir. ¡Empecemos!

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Kurosawa siempre será Kurosawa, un monstruo, la bestia parda del cine japonés a pesar del propio cine japonés. Y aunque es sobre todo recordado en Occidente por sus jidaigeki, el señor Pantano Negro supo trabajar de manera magistral otros géneros.  Hachi-gatsu no rapusodî o Rapsodia de Agosto fue su penúltima película y sin duda una de las de tono más intimista. Su centro de gravedad es la masacre de las bombas atómicas, en concreto la de Nagasaki. No fue la primera vez que el director cultivó esta temática, pues encontramos sus ecos en Rashômon (1950), Crónica de un ser vivo (1955) y Yume (1990), aunque en las más modernas trataba la necesidad de no huir ni olvidar lo sucedido.

Rapsodia en Agosto es un drama puro, enfocado en las consecuencias personales, tan devastadoras, que provocaron en la población civil estos dos bombardeos. Es curioso que cuando se estrenó la película recibió críticas bastante negativas. Eran ante todo reproches a Kurosawa por mostrar únicamente un lado de la historia. Una recriminación completamente injusta, teniendo en cuenta además que no es un film histórico, sino la tragedia particular de una familia, y su forma de encarar el ataque nuclear. De paso, Kurosawa realizó labores pedagógicas. Tres generaciones representadas en la pantalla, y cada una con una visión diferente; aunque todos acaban aprendiendo los unos de los otros. Su corazón, la abuela, una hibakusha que compartirá sus recuerdos con todos los demás. Hachi-gatsu no rapusodî bien merece un visionado, aunque haya sido ignorada por los cazadores de samuráis y katanas durante décadas (yo incluida).

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No me considero demasiado foodie, soy de gustos culinarios extremadamente simples y bastante torpe en la cocina (torpe es un eufemismo, en realidad se me conoce como “La carbonizadora del valle del Ebro”), por eso no me siento muy cómoda con el asunto de la gastronomía y aledaños. Sin embargo, ello no es sinónimo de que no albergue interés en estos menesteres, y a pesar de mis escasas habilidades prácticas, el conocimiento no ocupa lugar. Así que me lancé a examinar dos películas cuya temática principal gira en torno a la comida. Por supuesto, que detrás de los proyectos estuviera el manga Little Forest (2005) de Daisuke Igarashi, también contribuyó a que las viera con más apetito.

Little Forest: Summer/Autumnque fue la primera en estrenarse, no me dijo gran cosa, aunque Little Forest: Winter/Spring (2015), su segunda parte, todavía menos. Eso no quita que las considere a ambas dos dignísimos slice of life, que hacen hincapié en la serenidad de la vida campestre (el neorruralismo, amiguitos), las tareas de labranza, las relaciones familiares y la jama. Me ha gustado verlas porque en algunos tramos me ha recordado a mi padre (al que echo muchísimo de menos), trabajando en su huertecillo, mimando sus tomates, sacando sus patatas y recogiendo sus bainetas. Luego nos hacía cada plato con sus trofeos hortícolas que nos chupábamos los dedos. Así que la selección de esta película por mi parte ha sido algo sentimental, aunque objetivamente no me haya parecido nada del otro mundo. No obstante, creo que los entusiastas de lo cotidiano y la manduca la sabrán apreciar en su justa medida, porque está realizada con suma elegancia y delicadeza.

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bakushû

La obra más conocida de Yasujirô Ozu es, sin duda, Tokyo monogatari (1953), también la más reconocida de su filmografía junto a Banshun (1949), aunque en realidad hay pocas películas del director que se puedan considerar mediocres. Bakushû, a pesar de no gozar de tanta fama como las citadas, es un film al que tengo especial cariño, quizá porque se encuentra un poco eclipsado. Y de manera injusta, he de añadir. Bakushû o Al principio del verano es un trabajo muy representativo del hacer de Ozu. Un shomin-geki con su actriz fetiche, Setsuko Hara, en el que desgrana los avatares de una mujer en edad casadera. La protagonista desea poder elegir por sí misma, a pesar de que los usos sociales la presionan para apurarse y escoger solo un buen partido. Su familia y su jefe ya han decidido por ella, pero Noriko los sorprenderá a todos.

Mediante una comedia grácil, que poco a poco va ganando en seriedad, Ozu nos presenta los dilemas del mundo moderno frente a la tradición, la nueva posición de la mujer en la sociedad y la desarticulación del núcleo familiar. Tres generaciones, con tres visiones de la vida distintas, se ven confrontadas a través de un argumento engañosamente simple. Y el director no duda en expresar sus simpatías hacia la sabiduría que otorga la madurez. Siempre es un placer dejarse mecer por el sosiego de la cámara de Ozu, que con ligera melancolía y su exquisito gusto por el detalle, nos descubre a la cotidianidad como un pequeño tesoro.

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Nagisa Ôshima es uno de mis directores japoneses predilectos como ya bien sabréis, su espíritu iconoclasta supuso un revulsivo en el panorama cinematográfico nipón, y nunca cejó en su empeño de agitar aquello que la sociedad de su tiempo consideraba tabú. A veces le salía bien, y otras no tanto. Este Muri shinjû: Nihon no natsu o Verano japonés: doble suicidio se posiciona entre lo que no sabemos si considerar un buen trabajo o una enorme baladronada. Creo que lo voy a dejar a vuestro criterio, pero mi obligación es poneros sobre aviso: no es un film accesible.

Con 35 años que contaba, Ôshima estaba inmerso en una etapa en la que desarrolló sus obras más innovadoras. Por supuesto, lo hizo en su propia productora, pues hacía unos años que había decidido no trabajar para ningún estudio japonés por incompatibilidades ideológicas. Muri shinjû: Nihon no natsu formó parte de esa hornada de películas en las que no le importó experimentar y dejarse influir por la nouvelle vague francesa. Quizá sea la menos afortunada, porque un año después estrenaría uno de sus clásicos imprescindibles, Kôshikei (1968), y quedó muy pronto relegada. Verano japonés: doble suicidio es un ejercicio de surrealismo, en el que se distinguen las influencias de Buñuel como también la sátira social de Godard. No merece la pena que entre en su argumento, porque se deconstruye continuamente, aunque señalar que el eterno binomio eros/tánatos es uno de sus pilares. Una joven virgen que busca desesperadamente sexo; un desertor que persigue morir. Lo demás no os lo podéis ni imaginar. Ôshima, siempre on top.

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Y de postre solo un plato, pero una auténtica delicia. Kikujirô no natsu es una película rara y preciosa, con una banda sonora a manos de Joe Hisaishi estupenda. Una road-movie de manual, con un argumento sencillo pero cuyos recovecos, que son innumerables, aguijonean dulcemente el corazón. ¿Alguien duda a estas alturas de que Takeshi Kitano es un fuera de serie? Tanto como director, guionista o actor. El verano de Kukijirô se sale un poco del tipo de cine al que se ha dedicado, por eso sorprende que a este registro le cogiera la medida tan bien. No obstante, es una obra Kitano 100%, muy reconocible.

Siguiendo los pasos de Marco, de los Apeninos a los Andes o El mago de Oz, el niño protagonista de esta película, Masao, decide ir en busca de su madre. Ha llegado el verano y todas las actividades que solía realizar, así como sus amigos, desaparecen con la llegada de las vacaciones. Él se queda en casa con su abuela, solo. ¿Qué puede hacer? Pues decide acudir donde vive su madre, a la que apenas recuerda salvo por una foto. Ella vive lejos de su familia, obligada por el trabajo. Pero justo cuando unos gamberros del barrio están robándole el poco dinero que tiene para viajar, lo encuentra un matrimonio conocido de su yaya. Y Kikujirô, ex-yakuza con un cuarto de neurona operativa, se hace cargo del muchacho hasta que encuentre a su madre. El camino de baldosas amarillas está repleto de anécdotas surrealistas y personajes curiosos, haciendo de la obra una experiencia la mar de entretenida.  Un film muy especial que te deja con una sonrisa en los labios.

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Espero que la lectura del post os haya estimulado a probar estas viandas veraniegas, algunas más ligeras que otras, pero que prometen refrescar vuestros anocheceres. Cualquier reclamación, en los comentarios. Que los calores os sean leves. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Entre lluvia y sombreros tropecé con cierta historia

Lo he comentado en otras ocasiones, pero lo vuelvo a proclamar de nuevo: el yaoi me aburre. Not my cup of tea. Pero eso no es óbice para que curiosee y busque relatos que puedan atraerme. De hecho, he leído obras que me han entusiasmado y he descubierto que es un género donde se está arriesgando muchísimo, acogiendo tebeos la mar de originales y con autoras que se han convertido en imprescindibles para mí, como Asumiko Nakamura o Est Em. Se podría decir que se encuentra en unos momentos de creatividad muy interesantes, y evolucionando rápido; cosa que no sucede en otras demografías y estilos, algo más estancadillos. Esto no significa que no haya becerradas mojabragas y fanservice a dolor en el Boys’ Love. Porque haberlos, haylos. Sin embargo, los productos que destacan lo hacen de verdad, muy por encima de la media general. Aunque claro, como existe cierto prejuicio hacia el género (posiblemente yo también lo tenga) y su fandom es algo “nervioso”, comics estupendos pasan desapercibidos para una gran mayoría. Hay que ponerle remedio.

Como os decía, no soy fujoshi ni tampoco lectora habitual de BL; así que el tebeo de hoy, Canis Stories de Zakk (pseudónimo de Ishie Hachi), seguro que es un viejo amigo para los connoisseurs. Mis queridos malolientes otacos, pido disculpas por haberme caído de un guindo. Aun así la entrada de hoy estará dedicada al manga en cuestión. Porque me está pareciendo fetén, oigan.

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Canis, canis. Sustantivo de género común perteneciente a la tercera declinación, tema en -i. Traducción al castellano: perro, sabueso, subordinado. Estas “historias de perro” poseen, como sugiere el título, algo de canino. A veces tierno, otras salvaje… pero siempre leal. Las facetas más conocidas de nuestros amigos ladradores aparecen en este manga representadas de forma bastante original, demostrando que peludetes y humanos tenemos bastante en común. Este es el sustrato sobre el que la autora desarrolla sus relatos. Y digo relatos porque, aunque Zakk comienza y parece que finiquita cierta historia, el perro continúa su vagabundeo por otra bien distinta. Canis Stories sigue en publicación, además. Desde 2012 que empezó a serializarse en Opera,  ha alcanzado los 4 tankôbon. Y deseo que le sigan más, uno por lo menos porque no nos pueden dejar así, coñe.

Los tres primeros, Canis: Dear Mr. Rain y Canis: The Hatter (2 y 3), están dedicados a Satoru Kutsuna, de oficio sombrerero, y a su extraña relación con el enigmático Ryô Kashiba. El cuarto volumen, Canis: The Speaker, se enfoca en unos personajes del antiguo entorno de Ryô Kashiba. Hombres con vida muy espinosa desde la niñez, siendo su infancia precisamente el punto de partida. Mientras el trío inicial resulta la acostumbrada narración BL, con dos bishônen de protagonistas y el romance como médula argumental, el último es… otra cosa. Horrible, sórdida y dura como un diamante. De un cuento tierno e inofensivo, pasamos a una novela negra. Me ha sorprendido bastante ese cambio tan radical de tono, aunque posee su lógica interna. Y me ha gustado mucho también. Sin embargo, admito que el giro no será de agrado general, pues el público del yaoi más rosado no suele sentirse atraído por cuentos de yakuza y violencia sexual. Pero vayamos con un poco de orden (solo una pizca, no os malacostumbréis), comencemos por el principio.

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Satoru Kutsuna es un artesano, un diseñador de sombreros que mediante su talento está consiguiendo abrirse camino en el mundo de la moda y los complementos. Dirige su propia tienda junto a dos colaboradores, que sufren estoicamente su alarmante perfeccionismo. Kutsuna es un hombre con el que resulta arduo trabajar por su irritante minuciosidad y falta de tacto, lo que está haciendo muy difícil conseguir que se mantenga en su empleo el imprescindible cuarto miembro del equipo. Todos acaban despidiéndose, por lo que el negocio no termina de despegar tampoco. Un día se tropieza con un joven que se encuentra tirado en la calle y, llevado por la compasión, en un impulso se lo lleva a casa. Como si fuera un perrillo desamparado. No puede evitar recordar la llegada a su vida del que fue su mejor amigo durante la infancia, un Shiba Inu abandonado en una caja: Kotarô. Kutsuna siente debilidad por las cosas rotas y desvalidas, no las puede dejar pasar. La cuestión es que este nuevo cachorro le agujereará el corazón sin darse cuenta.

Ryô Kashiba, que así se llama el chico, es de Nueva York, aunque su familia sí proviene de Japón. Dice que ha ido hasta allí para morir. Nada más, es todo un misterio. Kutsuna lo contrata para que haga tareas de maniquí en su tienda, y descubre que todos, todos, TODOS, los sombreros que ha hecho y que piensa realizar, le sientan maravillosamente. La presencia de Ryô lo inspira, y a los clientes también. Y a partir de estas premisas, Zakk nos zambulle en el día a día de un profesional de la moda, su pasado, su presente y su futuro, presentándonos a su querida abuela, a su sempiterno rival Gotô (que es su acicate para progresar y le ayuda más de lo que le gustaría reconocer), a su ayudantes A-ko y B-O o a su amigo peludo Kotarô. Cierto que son más bien figurantes con las pinceladas justas para hacer congruente la historia, pero son importantes en la vida de Kutsuna.

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Ryô es el enigma que se va desentrañando. Poco a poco, lentamente. Su pasado en Estados Unidos está relacionado con el crimen organizado, aunque él se encuentre en el escalafón más bajo de la jerarquía. Es el chucho, el chico de los recados que todos usan y al que no prestan atención a pesar de su conmovedora fidelidad. Y hasta ahí puedo contar, sin embargo aclaro que Ryô Kashiba es transparente como un vaso de agua. Un alma pura.

Me llamó inmediatamente la atención lo bien que plasmó la autora, al inicio del manga, ese prejuicio que tienen los japoneses hacia los extranjeros, la inmediata desconfianza que provocan; así como el estereotipo del hâfu o medio japonés, que se les encasqueta el papel de modelos o actores por su, ejem, exótica belleza. Y como modelo lo contrata Kutsuna, por cierto. También muestra esa ineptitud hacia los idiomas extranjeros del que hacen gala en las islas, sobre todo hacia el inglés, y otras pequeñas pero muy curiosas críticas sociales de baja intensidad que sirven para enmarcar el argumento. Zakk se sirve también del humor para suavizar algunas aristas que podrían hacer del tebeo una historia algo más cruda, pero también más vulgar. Los recursos cómicos son modestos pero muy naturales, lo que otorga una espontaneidad candorosa.

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En Dear Mr. Rain y The Hatter hallamos la habitual idealización de las relaciones homosexuales del Boys’ Love, así como el acostumbrado peaje de fanservice. Nada del otro jueves, sin embargo a su favor debo señalar que Zakk lleva los tópicos del género con sencillez y sutileza. Plantea la historia como un slice of life, sin complicaciones. El romance se va introduciendo de manera paulatina e inclinándose por la vertiente ingenua y limpia. Más que un yaoi, parece un shônen-ai. Es el reencuentro de Kutsuna consigo mismo para lograr un autoconocimiento más profundo, y superar la pérdida del amor verdadero. Ese sería el resumen en bruto. Kashiba no deja de ser un instrumento al principio, un mero sustituto que cubre temporalmente el vacío, para luego convertirse en un descubrimiento vital. De inumimi psicológico pasa a ser humano. Son muy interesantes los paralelismos que la mangaka realiza en sus viñetas, mostrando el fuerte contraste entre la vida de uno y otro. Cómo han llegado hasta donde están, su proceso de evolución personal y, a pesar de las tremendas diferencias, cómo su colisión logra que se complementen de manera natural. Y según funcionan las relaciones humanas, la suya también padece de altibajos, por supuesto. Pero Zakk soluciona todo con la suficiente dosis de terneza. Y candidez. Como en las buenas comedias románticas de antaño, sin empalagar. ¡Gracias! Lo del azúcar está siendo una plaga en casi todos los géneros, resulta complicado encontrar una obra que no esté sobreedulcorada. Y encima los paladares se van acostumbrando a ello, que es lo peor.

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The Speaker se podría considerar un spin-off o también una precuela, no obstante pienso que habrá que esperar a que la serie finalice, porque también puede ser que se trate de una historia más de las que Zakk tenga pensado engarzar. O no. El registro es muy diferente al de los tankôbon anteriores. Pero mucho, de hecho la transformación resulta brutal. La vida de algunos perros puede ser tremendamente cruel. Ya no se trata de un delicado shônen-ai, dudo incluso de que se pueda catalogar como yaoi. Es un tebeo feroz por el que desfilan violaciones, torturas y maltratos; prostitución infantil, trata de blancas y tráfico de drogas. Los bajos fondos en su más deleznable esplendor.

Si la historia del sombrerero tiene lugar principalmente en Japón, este último volumen nos traslada a Estados Unidos y unos cuantos años atrás en el tiempo. Se trata del relato de tres chavales en un orfanato católico, de cómo tratan de no ser separados y advierten que en su entorno hay algo que no es normal. Algunos niños son adoptados, otros enviados a instituciones educativas y otros… desaparecen. Harold, Samuel y Tadanobu son familia, son amantes, son indivisibles. Cada uno con una virtud que lo hace brillar sobre todos los demás y que les sirve de protección: la asertividad y valentía, la inteligencia y estrategia, la capacidad de observación y el espíritu de sacrificio. Pero todos sus esfuerzos son inútiles, al final el trío es disuelto y Zakk dirige nuestra mirada al perrezno más débil de la camada. La nueva vida de Tadanobu, que ha sido vendido a la yakuza y destinado a un prostíbulo en Tokio, no resulta precisamente la misma que la de sus amigos. Lo que experimenta allí es inenarrable y su única arma para sobrevivir (y lograr reunirse con ellos) son las palabras.

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Una de las cosas que más me han gustado de ambas narraciones es el arte de Zakk. Da la sensación de que tuviéramos frente a nuestros ojos un manga de los años 90, pero triturado en la batidora de Moebius o Battaglia. Muy, muy interesante. Y bonito. Es rudo cuando tiene que serlo, y como confitura de fresas en el momento adecuado; el estilo fluye y se adapta al tono requerido a la perfección. Posee un registro amplio y versátil, me ha sorprendido para bien. Simple, contundente y muy expresivo. La composición general de las viñetas también refuerza esa noción de mutabilidad del dibujo, conservadora en sus formas pero que, en ocasiones, rompe la corriente con ángulos o planos imprevistos, dando gran importancia a ciertos detalles. A grandes rasgos, las formas de Zakk tienen todo lo bueno de la comercialidad moderna y las ventajas de añadir diminutas chispas vintage. Un win-win total.

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El arco del sombrerero es un cuento gentil sobre las facetas del amor y su floración; con brochazos bastante originales pero sujeto a ciertos convencionalismos del shônen-ai. Muy agradable y con ligera intriga. En conjunto tiene el potencial de gustar tanto a fujoshi como a profanos, y eso es todo un meritazo. Es indudable que va dirigido al público femenino japonés, no obstante la virilidad de los lectores masculinos heterosexuales no sufrirá ningún tipo de agravio por leerlo, de hecho es bastante entretenido. The Speaker es el reverso tenebroso, su argumento es más propio de un seinen de lo más inmundo, por lo que puede despistar a los que hayan quedado encantados con los 3 primeros tankôbon. Personalmente estoy disfrutando más la dimensión sombría de Zakk, porque además no se anda con remilgos ni melodramas. Es directa pero a la vez grácil, y su pluma secciona como un escalpelo. Veremos hacia dónde se dirige en los siguientes episodios, estoy impaciente por leer más. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El formidable dúo Okamoto-Hoshi y sus 4 lacónicos

Como ya comenté hace un par de días en la entrada Últimos descubrimientos – 1  de Otakus Treintañeras, este invierno he estado leyendo un manga muy interesante dedicado a microrrelatos del escritor Shin’ichi Hoshi (1926-1997). Es un autor al que le tengo unas ganas tremendas, pero de momento no ha caído nada de él en mis manos, salvo alguna cosilla suelta que he leído por internet. Hoshi es el pionero de la ciencia-ficción en Japón, imprescindible para todos aquellos amantes del género y del país del sol naciente. Sin embargo, existe un problema importante: no hay material editado en español de sus más de mil obras. Cero pelotero. Es una omisión bastante gorda porque, como vuelvo a insistir, Shin’ichi Hoshi no fue un escritor maldito o underground, nada de eso. Hoshi fue el puto amo de la sci-fi japonesa. No obstante, albergo la loca (e imbécil) esperanza de que alguna editorial (Chidori, Satori, Valdemar… ALGUIEN, POR EL AMOR DE LUZBEL), se anime a publicar una recopilación de sus cientos y cientos de historias cortas. Tener que acudir a la importación, aunque es algo con lo que debemos lidiar los entusiastas de Cipango, no deja de ser un incordio. Sobre todo económico, todavía no me he topado con nadie al que le sobre el dinero.

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Hoshi-sensei de jovenzano

Una manera de consolar el deseo de hincarle los colmillos a Hoshi es a través de las adaptaciones que se han hecho de sus historias. Que no han sido pocas, además. En el campo de la animación, Kimagure Robot (2004) de Studio 4ºC y la galardonada con un Emmy Hoshi Shinichi’s Short Shorts Special (2010) son dos ejemplos llamativos. Por lo que he atisbado, es un autor con un peculiar sentido del humor e ingenio vivo. Sus cuentos resultan inmediatos y accesibles, muy humanos, y a menudo con una vuelta de tuerca cerca de su conclusión sorprendente. Su estilo es bastante reconocible, y aunque asentó las bases de la ciencia-ficción en Japón y fue uno de sus mayores difusores, no se dedicó exclusivamente al género. También escribió fantasía, misterio o ensayos, pero siempre con cierto regustillo especial sci-fi. Su obra fue extremadamente popular e influyente sobre otros artistas, entre los cuales podemos incluir al mismísimo Osamu Tezuka, que fue buen amigo suyo; y, por supuesto, al co-protagonista de la entrada de hoy, el animador Tadanari Okamoto (1932-1990).

Como estamos celebrando en este 2017 el centenario de la animación japonesa, me pareció buena idea unir el genio de Okamoto con uno de los grandes de la literatura nipona. Una conjunción que no podía obviar en el blog. Aunque no es la primera vez que escribo sobre Okamoto, pues en los Tránsitos de este pasado 2016 incluí un cortometraje suyo (reseña aquí): la maravilla de Okon Jôruri (1982). Okamoto es, junto a mi amado Kihachirô Kawamoto, maestro indiscutible de la animación con marionetas y stop-motion.  okamoto1Aunque también trabajó la animación tradicional, y la mezcló sin ningún tipo de sonrojo con toda clase de técnicas y recursos. Fue un hombre versátil e imaginativo, sus obras poseen una impronta arty experimental muy pronunciada, pero bastante asequible también. Tadanari Okamoto pudo presumir de no haber repetido, en ninguna de sus 37 obras totales, el mismo estilo de animación; también alardear de ser el artista que más galardones Noburô Ôfuji ha logrado de momento (8). Por encima de Osamu Tezuka (3) o Hayao Miyazaki (6), y es una completa lástima que no sea más conocido en Occidente. Okamoto fue (y es) fundamental dentro de la animación japonesa. Es el paradigma claro de creador independiente que pudo hacer historia siguiendo su propia senda. Y ser reconocido por ello además en vida.

Así que hoy en SOnC presentamos 4 cortometrajes de Tadanari Okamoto basados en 4 microrrelatos de Shin’ichi Hoshi. Forman parte de la primera etapa del animador, cuando estaba dando sus primeros pasos, y a pesar de que se percibe cierta inexperiencia en algunos aspectos, son todos fantásticos. Vayamos con ellos entonces.

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La medicina misteriosa o Fushigi na Kusuri fue el primer “Noburô Ôfuji” que Okamoto logró en su carrera, además de ser el primero en otorgarse a un stop-motion. Estrenó así también sus propios estudios, Echo Productions. En esos momentos, los verdaderos jefazos en el panorama mundial de la animación con marionetas eran los checos, y esa influencia se nota un montón. No en vano, Okamoto estuvo en la denominada por entonces Checoslovaquia aprendiendo de los maestros Jiří Trnka y, sobre todo, Břetislav PojarNo fue una época fácil a nivel político (Guerra Fría, clima pre-Primavera de Praga), pero eso no le paró los pies.

Fushigi na kusuri es la historia de un ladrón de guante blanco y su compinche para hacerse con una milagrosa medicina. Doron, que así se llama el maleante, no sabe exactamente sus virtudes, pero está seguro de que servirá a sus fines de dominación mundial, e imagina múltiples habilidades que lo pueden ayudar a conseguirla. Pero las cosas no van a ser tan sencillas, porque el Profesor Hakase y su aprendiz desconfían de él. Solo el cuervo parlante que los científicos tienen de mascota parece más inclinado a echarle una mano… pero únicamente porque ambiciona para sí mismo el enigmático elixir. ¿Qué ocurrirá con todos esos intereses encontrados?

El corto, como sucedería luego con muchos otros posteriores dentro del catálogo de Okamoto, está orientado a una audiencia infantil. El tono, la aparente sencillez argumental y la comedia así lo manifiestan; pero esto no hace de Fushigi na Kusuri una obra inane para público poco exigente. Nanay. La medicina misteriosa es una preciosidad a nivel artístico, sobria, elegante, de gran expresividad. Okamoto no se reprime a la hora de arriesgar con los recursos para otorgar más agilidad y energía a ciertas escenas; o buscar inspiración en disciplinas como el cine para sus ambientaciones (mucho Hitchcock por ahí, amiguitos). Este corto resulta muy atractivo a nivel visual, y también bastante entretenido, con el archiconocido plot twist de Hoshi incluido, por supuesto.

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Operación Pájaro Carpintero o Kitsutsuki Keikaku tiene de protagonista al mismo villano de poirotiano bigote que Fushigi na Kurusi. En esta ocasión se hace acompañar de más secuaces, y tiene un plan muy especial para hacerse con las riquezas de la ciudad: amaestrar pájaros carpinteros como agentes del caos. Aprovechando la pujante automatización de la sociedad que se muestra en el corto, sus cómplices alados sembrarán el desconcierto con sus afilados picos apretando botones y palancas por doquier. Luego solo habrá que recoger los frutos de la confusión generada. ¿Conseguirá sus propósitos nuestro refinado y mostachudo amigo?

Kitsutsuki Keikaku gana en abstracción respecto a su antecesora, el estilo es elegante y geométrico, haciendo hincapié en las siluetas y los contrastes de colores (huele a Mondrian). Une animación tradicional, enfocada en un dibujo de líneas puras y simples, con marionetas de madera de cedro, plásticos y cut-out. El resultado es bidimensional y muy directo. Pero lo que realmente me ha llamado la atención es el papel que juega la música en este cortometraje. Lleva la batuta constantemente. Se trata de una interpretación de la clásica Tocata y fuga en Re menor de Bach pero en clave de easy listening y jazz, en concreto de género lounge. También suenan piezas inspiradas en la música surf o la bossa nova. Todo muy cool. Los efectos sonoros además tienen una posición relevante, ya que es una obra sin apenas diálogos. El conjunto no puede ser más singular, realmente estupendo.

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Bienvenidos, Aliens o Yôkoso Uchûjin me parece el más flojillo de los cuatro, aunque admito que es el más comercial. Y esto no es óbice para que me haya encantado, porque continúa siendo una pequeña maravilla visual de gran colorido. Técnicamente muy lograda. Tiene un aire ingenuo refrescante, y las cancioncillas que acompañan la historia son la mar de graciosas. Yôkoso Uchûjin en un micromusical animado enmarcado dentro de un parque de atracciones, así que es perfecto para toda la familia. Además aparecen también personajes que ya conocemos de cortos anteriores, de suerte que podemos afirmar que existe cierta continuidad, a pesar de que sean cuentos independientes.

El argumento narra la llegada de dos alienígenas a la tierra, que se encuentran en misión de reconocimiento para examinar si resultamos un planeta susceptible de ser conquistado y dominado por su civilización. Las intenciones son hostiles. Sin embargo, no llegan a un lugar normal, sino a un parque de atracciones infantil que justo ha finalizado su jornada diaria de trabajo. Ahí solo se encuentran entonces un ratoncito y la mozuela guía del lugar, que deben ensayar los números musicales que interpretan para los niños. Ellos y las atracciones mecánicas son la representación de la tierra para esos dos belicosos extraños. ¿Qué decidirán? El desenlace tiene una moraleja algo inesperada.

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La flor y el topo o Hana to Mogura es mi cortometraje favorito del tándem Okamoto-Hoshi. Aparte de suponer el segundo “Noburô Ôfuji” para el animador, ganó también un galardón en el Festival Internacional de Cine Infantil de Venecia. Como todos los anteriores, combina con inteligencia diferentes técnicas, siendo la base el stop-motion de marionetas. Es así como consiguió producir una obra tras otra y tras otra de personalidad exclusiva. El color de nuevo es el protagonista, una paleta delicadamente ácida que prioriza la luz y la simplicidad, pero al que no le importa juguetear con las texturas. Los planos y movimientos de cámara resultan precisos e intuitivos, y a pesar de que reciben el soporte continuo de la voz en off que relata la historia, dotan a la narración de un dinamismo bastante original.

El cortometraje está subdividido en varias partes que organizan el desarrollo del argumento. Todo comienza con una niña llamada Hanako, que observando las flores que tanto le gustan, idea una forma para que los topos, en vez de destruir las plantas, sean capaces de cuidar sus raíces y crecimiento, ayudando también a su dispersión y lograr así uno de sus sueños: que la tierra esté cubierta de flores. Dibuja su esmerado propósito en un papel, pero el viento se lo arranca de las manos y acaba llegando hasta una isla solitaria donde trabajan, en el más estricto secreto, un grupo de científicos. ¿Qué harán con él? Al principio no saben de qué se trata, pero deciden sacar adelante un plan basado en el garabato de Hanako. Un montón de gente lista exprimiendo sus meninges al unísono en un proyecto que nadie de las instalaciones ha solicitado en realidad… ¿qué ocurrirá? Hana to Mogura da mucho que pensar, tanto a niños como a mayores.

Tadanari Okamoto merece más entradas en las secciones de Lacónicos y 2017: un siglo de anime. Llegarán, desde luego, porque se trata de un creador sobresaliente con un carácter único. Como pequeña introducción este post cubre lo más básico, y espero que haya llamado vuestra atención. Tanto si ya lo conocíais como si resulta ser un descubrimiento, Okamoto es una figura a reivindicar sobre todo en Occidente, donde ha pasado inexplicablemente desapercibido. También es verdad que no hay tantas oportunidades para acceder a sus obras como sí ocurre con otros animadores, pero si se sabe buscar, se encuentran. Solo hay que poner algo de voluntad, como todo en la vida. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera: La doncella de la mansión de las rosas

Ya estamos en primavera. Y Shôjo en primavera regresa con vosotros, pero porque así lo decidisteis en la encuesta de twitter, no os creáis. Obtuvo el segundo lugar tras quedar en tablas 2017: un siglo de anime y Manga vs. Anime. Al pobre Cómic Occidental lo relegasteis de manera humillante al último puesto, con apenas un par de votos. Sois crueles. Pero a la siguiente entrega me resarciré.

Excavando por internet en esas fosas solitarias donde permanecen en silencio los escasos fósiles del shôjo, una se da cuenta de que sobre todo fueron autores masculinos los que, en su génesis, impulsaron la demografía. Eso no quiere decir que no hubiera mujeres, que las había (Toshiko Ueda, Hideko Mizuno), pero eran muy, muy pocas. Y de momento no hay restos arqueológicos suyos legibles por la red. En ningún estrato. La Prehistoria del shôjo es dura, camaradas otacos, en múltiples aspectos. Hay que esperar hasta mediados de los años 60 para hallar alguna lectura disponible; y fue entonces cuando nuestra mangaka protagonista de hoy, Riyoko Ikeda, junto a otras compañeras de generación, comenzaron a manifestar sus primeros balbuceos editoriales. No sé si hace falta que aclare quién es esta creadora, pero es una señora muy importante. Suyo es el poder y la gloria de La Rosa de Versalles (reseña aquí), un clásico entre clásicos.

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Ikeda Superstar

Riyoko Ikeda formó parte del fabuloso Grupo del Año 24, en el que militaron diferentes mangakas. No hay un número fijo de componentes, aunque algunas de sus cabezas más visibles fueron (y son) Môto Hagio, Keiko Takemiya o Ryôko Yamagishi. No es la primera vez, ni será la última, que escriba sobre El Grupo del 24, porque revolucionaron el panorama a fondo. Junto al que se llamó Grupo post-24 y la labor de autoras como Shio Saitô, Kyôko Okazaki e incluso Rumiko Takahashi, es que podemos disfrutar del manga comercial tal como lo conocemos ahora. Su contribución fue fundamental, bara3porque estas creadoras no se limitaron a transformar el shôjo y shônen introduciendo temáticas hasta entonces impensables, sino que se adentraron en los paisajes estelares de la ciencia ficción, hurgaron en conceptos filosóficos complejos, escribieron historias intrincadas de gran calado o innovaron en la disposición y estructura de las viñetas para intensificar la emotividad. Enriquecieron, en general, el mundo del manga con perspectivas innovadoras, engendrando incluso nuevos géneros como el yuri o el yaoi. Estas mujeres estaban destinadas a hacer historia, no obstante todos los maestros deben dar sus primeros pasos, y no tienen por qué ser obras superlativas. Generalmente no lo son, pero sí resultan útiles para comprender mejor la evolución de los autores. E incluso a veces descubrir pequeñas gemas. 

Bara Yashiki no Shôjo (1967) o La doncella de la mansión de las rosas fue el debut de Riyoko Ikeda. Tenía 19 años cuando se publicó en Shôjo Friend, perteneciente a Kodansha, donde la mangaka desarrollaría luego la mayor parte de su carrera. No podía faltar en Shôjo en primavera como obra primigenia de una de las principales renovadoras de la demografía. bara1Se trata de un simple one-shot, pero muy elocuente respecto al estilo que más adelante desarrollaría. En él encontramos ese gusto por el misterio y la intriga que sus protagonistas querrán desentrañar; el recurso de la enfermedad terminal, presentado de manera romántica; el amor trágico no correspondido, y el símbolo que acompañará las obras de Ikeda de forma casi permanente: la rosa.

Es una obra muy sencillita y con la influencia de Osamu Tezuka bastante visible, sobre todo en sus técnicas cómicas y el diseño general de los personajes. La protagonista, Tomoko, no deja de ser un homenaje a la princesa Sapphire de Ribbon no Kishi (1953); y su hermano, Ken, un calco de Eiji Kusahara de Angel no Oka (1960). Y tampoco tiene nada de particular, estamos hablando de un tebeo primerizo, e Ikeda jamás negó su admiración por Manga no kamisama, del cual han aprendido (y continúan aprendiendo) muchísimos mangakasBara Yashiki no Shôjo además cumple 50 años este 2017, escribir un poquito sobre él es una manera de celebrar el medio siglo de carrera profesional de Riyoko Ikeda. Tampoco puedo alargarme mucho, ya que se trata de un manga muy breve, de escasas 32 páginas. Sin embargo, en tan sucinto espacio logra construir una arquitectura de relato sólida y coherente. No la más original del mundo, aún comparándola con sus contemporáneos, pero que a pesar de su aire bisoño, presagia en ciertos detalles una futura revolución.

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Bara Yashiki no Shôjo comienza en primera persona, como una confesión. La voz que nos adentra en este cuento de misterio duda de que la vayamos a creer, porque lo que tiene que relatarnos es extraordinario. Ella es Tomoko, una chica de unos 12 años un poco inocente pero audaz. Disfruta con su hermano, estudiante universitario, de una vida feliz y acomodada, sin grandes contratiempos. Un día, de camino a casa regresando del colegio, se tropieza con una muchacha. Parece que vive en la solitaria mansión de la colina, donde las rosas florecen. El encuentro la deja turbada por la belleza y extraño silencio de la joven. ¿Quién es esa enigmática muchacha de mirada triste? En muchas otras ocasiones volverá a aparecerse frente a nuestra protagonista y su hermano, Ken, sin conseguir ninguno de ellos dilucidar su identidad. Tomoko es una romántica empedernida, por lo que imagina que está enamorada de Ken y ansiosa por confesarle sus sentimientos. Al llegar el verano, y sin saber mucho más de la muy bella pero anónima doncella, reciben una invitación de su tío para pasar unos días en el campo. No lo dudan y deciden acudir, así además podrán ver a su elegante prima Shizu. Lo que ignoran es que van a ser unos días insólitos desde el inicio del mismo viaje.

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El elenco es un poco cliché, también se encuentra algo desdibujado (sobre todo Shizu y Kenichiro), pero tampoco se le puede exigir mucho más a un one-shot. Me ha sorprendido que, a pesar de la ingenuidad que destila Tomoko, es una moza con iniciativa y despierta. Algo no tan común en el shôjo, donde abundan las protagonistas apocadas y pasivas. Quizá se deba a que todavía es una niña, y se le conceden aún ciertas libertades. Los personajes femeninos mayores, sin embargo, ya presentan esa modestia femenina tan característica de la demografía, en la que el amor tiene un papel fundamental.

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Ikeda marca muy claramente dos mundos distintos en su manga: el contemporáneo y occidentalizado de Tokio, en el que Tomoko nos es presentada como una jovencita moderna y atrevida, que comparte aficiones sofisticadas con su hermano (comida francesa e italiana, visitas a exposiciones de arte europeo, etc); y el tradicional del ámbito rural, donde el elemento sobrenatural goza de su espacio natural y sella el desenlace. El festival de verano (¿quizá el O-Bon, relacionado con los difuntos?), con sus noches alegres y enigmáticas a la vez, firman la conclusión. El arte de Ikeda es limpio y fresco, con el típico dinamismo tezukiano y sin abusar de esos floripondios que luego infestarían el shôjo como si no hubiera mañana. De hecho, esa escasez floral resulta maravillosa, lástima que luego se convirtiera en marca de la casa. Los fondos y paisajes son bastante esquemáticos, sin demasiados pormenores, aunque competentes. Sin embargo, la expresividad de los personajes es genial, de lo mejor del manga.

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Bara Yashiki no Shôjo es un típico kaidan japonés, con final ambiguo incluido y sus momentos de suave melancolía. Todo con enorme candidez y vueltas de tuerca bastante pronosticables, pero en conjunto entretenido. Tiene la peculiaridad del elemento sobrenatural que en Riyoko Ikeda no es muy habitual; y a pesar de ser un manga verdecillo en algunos matices, resulta una lectura digna. Además el romance no tiene una presencia fuerte (¡qué alivio!), aunque sí su importancia. La doncella de la mansión de las rosas resulta un tebeo muy tierno en general, imprescindible para todos aquellos que admiren la obra de esta mangaka. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Manga vs. Anime: Ristorante Paradiso

 

Lo prometido es deuda. Y aunque estoy pasando unos días un pelín locos a causa de la escasez de tiempo para mí misma, aquí está el Manga vs. Anime que empató en la encuesta twittera de hace una semana. Tenía la sección algo abandonadilla, con varios borradores además a medio hacer, así que debía aparecer tarde o temprano. Mi idea inicial era escribir sobre 3-gatsu no Lion, pero como tendremos segunda temporada (¡BIENREQUETEBIÉN!), lo consideré algo tonto, prefiriendo retrasar la entrada hasta que el anime finalice. ¿Qué otras opciones me quedaban? Pues una de ellas la que presento hoy: Ristorante Paradiso (2005) de Natsume Ono. Como dentro de unos días tendré la reseña de ACCA: 13-ku Kansatsu-ka para Otakus Treintañeras, me pareció adecuado elegir una obra de la misma autora y ponerme un poco… in the mood.

Natsume Ono es una mangaka que me gusta bastante, creo que es una de las mejores creadoras que hay en este momento y que goza además de cierta popularidad en Occidente. No entre el público medio otaku, ya que Ono se aleja de los parámetros comerciales, sino entre los consumidores adultos de cómic. Publicar josei continúa siendo un riesgo, aunque los lectores parece que se van abriendo más, así que Milky Way decidió apostar por Ristorante Paradiso el pasado 2015. El desafío no acabó del todo bien. Porca Miseria. En España parece que no ha gustado demasiado, una gran lástima, pero en Francia o Estados Unidos es una autora de prestigio. Lo malo es que pasará un tiempo hasta que alguien se anime otra vez a publicar algo de Ono, por lo que sus (escasos) fans en la península ibérica estaremos obligados a recurrir al extranjero (vaya novedad). Y no podremos disfrutar, por ejemplo, de la continuación-precuela de Ristorante Paradiso, Gente (2006).

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Isis, la Guardiana del Manga

Pero dejemos las cosas claras: que servidora sea admiradora de alguien no implica que, a ojos cerrados, mastique y trague todo lo que publique. Nanay, camaradas otacos. Y algo similar me ocurrió con Ristorante Paradiso, de modo que sí, lo que tenéis delante es un Manga vs. Anime de una obra que no me convence del todo. No considero que sea mala, pero en comparación con otras que he leído (y visto) de la mangaka, es flojilla. Sin más. Nastume Ono de momento tiene tres adaptaciones al anime. La primera fue esta, después la magnífica Sarai-ya Goyô (2010) cuya reseña tenéis aquí; y la última la recién finiquitada ACCA: 13-ku Kansaitsu-ka. La más destacada continúa siendo Sarai-ya Goyô, sin duda; la más endeble Ristorante Paradiso. Todas transmiten una verdad indiscutible respecto al arte de Ono: el color le sienta muy, muy bien. Mejor que el B/N clásico del manga. Esto no quiere decir que ese trazo vigoroso de reminiscencias cubistas tan característico suyo no sea suficiente por sí mismo. Nada de eso, sino que resplandece cuando se encuentra a color. Su estilo me encanta, sin embargo admito que a mucha gente acostumbrada a formas más estándar pueda resultarle chocante. Pero es su arte uno de los puntos fuertes de Ono, y el que le otorga una importante ración de originalidad. Porque sus historias también tienen un poso en común, y es cierta languidez. Una suave melancolía que sobrevuela sus narraciones sin doler, aunque a ratos se convierta en algo… insípido. Nadie es perfecto. ¿Sucede esto en Ristorante Paradiso? Un poquito, aunque concurren más elementos para que me llegara a decepcionar. No demasiado, pero… pero.

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Ristorante Paradiso evoca con su nombre esa maravilla cinematográfica que fue Cinema Paradiso (1988). No tienen mucho más en común, salvo la declaración de amor que son cada una al cine y a la gastronomía. Dos paraísos en la tierra. Y que ambas son para degustarse con tranquilidad, porque aluden con sutileza al frágil universo de los recuerdos y los sentimientos. Pero si en verdad Ristorante Paradiso conjura a un género del cine, es a la comedia romántica. Pero no a una comedia romántica cualquiera, no. En esta obra resuena con fuerza el eco de Vacaciones en Roma (1953), de Sabrina (1954), donde casi todo es posible y el mundo está poblado de buenas personas. Esa ingenuidad y elegancia de la comedia romántica clásica hollywoodiense, que en la actualidad no existe porque se ha convertido en un pastiche cursi y ruidoso, es lo que encontramos aquí. Y es algo que debemos tener en cuenta, la potente idealización que Ono aporta a su obra. Idealización de la Vieja Europa, con los clichés de la somnolienta y alegre Roma: el saber disfrutar de la vida con serenidad a través de los pequeños detalles, como una copa de buen vino o un postre delicado. Si tenemos en cuenta esto, podremos entonces saber qué pedir o no a Ristorante Paradiso. Es un drama costumbrista con romance ligero de fondo, nada más. Simple, tierno, pero no profundo. Y claro, yo esperaba una miqueta más.

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La comedia romántica es un género que me suele desquiciar bastante. Sobre todo por absurda y babosilla. Hay excepciones, por supuesto, y Ristorante Paradiso, como bebe directamente de las fuentes primigenias menos azucaradas, no me resultó demasiado indigesto. Y en lo que respecta al romance principal, es realista, lo que se agradece. Mucho. Pero sigue siendo una comedia romántica, y sus (cansinos) tópicos refulgen como la bella Rigel a los pies de Orión. Si mezclamos todo esto con las peculiaridades del manganime japonés, tenemos Ristorante Paradiso. Se trata de un reverse harem donde los muchachos no son tan muchachos, y la protagonista no es tan idiota como en un shôjo/josei tradicional. Con retranca. Ese papel (el de descerebrada) lo cumple la madre de nuestra heroína. De hecho, es una pequeña crítica por parte de Ono a toda esa infinita ristra de protagonistas femeninas medio lelas que pueblan los romances en el tebeo nipón. Pero vayamos en orden.

Nicoletta es una joven de 21 años que se ha criado junto a su abuela. Su madre, Olga, después de quedarse viuda, no tuvo mucho tiempo para su hijita pues su trabajo como abogada era muy absorbente. Además, poco después, volvió a enamorarse. Pero el hombre con el que acabó casándose no quería saber nada de mujeres que hubieran tenido hijos de otras relaciones, por lo que Olga ocultó a Nicoletta. La abandonó por el amor de un hombre y solo se ponía en contacto con ella en ocasiones puntuales. ristorante1Nuestra protagonista creció sana y bien cuidada, pero el resentimiento hacia su madre fue creciendo hasta que, por fin, decidió ir a Roma para desenmascararla. Pero las cosas no resultaron como ella pensaba. Su madre es una mujer realizada con su trabajo y, ante todo, feliz por el amor incondicional que siente hacia su marido, Orsini. Su padrastro regenta un restaurante muy peculiar, donde todos sus trabajadores son caballeros de mediana edad con gafas. Olga le pide que no la delate todavía, y Nicoletta accede, todavía sorprendida gratamente de lo que encuentra allí. Y como no puede vivir del aire, chantajea a su madre para que pueda trabajar en la Cassetta dell’Orso como pinche de cocina. Nicoletta conocerá ahí al personal y hará buenas migas con todos, en particular con Claudio, del que se enamora. Pero ella no es la única, el restaurante tiene una clientela habitual femenina que no cesa de fangirlear en torno a Luciano, Gigi,  Teo, Vito y Furio; aunque el favorito de las novatas es Claudio. Todos son extremadamente corteses y atentos, lo que embelesa a la mayoría de las comensales. Btw,  mi favorito es Gigi, el sumiller ❤ .

Ristorante Paradiso es un manga sin sobresaltos, con los giros habituales de la comedia romántica más plácida y sin complicaciones. Todo gira en torno al amor, la comida y el vino. El microcosmos de la Cassetta dell’Orso está muy lograda, así como las breves pinceladas que sirven para definir a cada personaje. Se percibe muy rápido el entorno cálido y acogedor, de excelencia profesional y enorme cariño por el trabajo. Por ese lado, la ambientación y los perfiles son impecables, nada que objetar. Sin embargo, comparada con otras obras de Ono, me resultó deshilachada y algo hueca. ¿Ocurriría lo mismo con el anime?

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A pesar de los pesares, gana el manga. No muy de largo, pero el tebeo es el verdaderamente triunfador. El anime es irregular, da una de cal y otra de arena constantemente, y eso termina agotando. Por lo menos a mí. Del espanto más espantoso se puede pasar como el rayo a una escena construida con tino y buen gusto. Y así no se va a ningún sitio, camaradas otacos. No obstante, son once episodios que a nivel argumental se desarrollan con calma, sin aspavientos ni intensos melodramas. Capta muy bien la esencia del manga en general, de hecho algunos capítulos son bastante fieles; sin embargo, falla estrepitosamente en dos aspectos: el arte y el redondeo.

Natsume Ono es espectacular en color, por lo tanto era de esperar que en el anime de Ristorante Paradiso pudiéramos contemplar su estilo realzado. Y no acaba de ser así. La paleta de colores resulta demasiado apagada para la fuerza de los trazos de Ono, es casi casi preferible en el original B/N. Le falta acidez, viveza. Para rematar la faena, es meridiano que el presupuesto de David Production era muy ajustado, porque aunque los personajes están trabajados con normalidad, hasta cierto esmero a veces, los fondos, la ambientación, el mobiliario, etc, cuando caen en las garras del CGI derivan en un auténtico naufragio. Aparte de que hay una incuestionable pobreza visual en los interiores, el modelado 3D y esos horribles zooms de algunos planos pueden provocar el advenimiento del Anticristo. Hacen mucho daño, tanto por lo atroz como por el contraste que genera. En los primeros episodios me sorprendió observar cómo jugaban con las texturas de los tejidos de las ropas, un poco al estilo de Gankutsuô (2004) pero más discreto, sin embargo esos acertados detalles quedaron muy pronto eclipsados por la gran guarrería informática restante.

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El manga es muy breve, solo tiene 7 capítulos, lo que hacía un poco difícil realizar una adaptación coherente. Por lo tanto, acudieron a su precuela, Gente (2005), para tornear y ampliar el horizonte de la Cassetta dell’Orso. Esto ayudó a que conociéramos mejor a los personajes y sus vidas, la historia de la creación del restaurante, etc. En teoría una buena idea para redondear un tebeo que quizá se hace demasiado veloz y superficial. La cuestión aquí es con qué se redondeó la obra y cómo. Bueno, pues el anime de Ristorante Paradiso elevó mis niveles de glúcidos en sangre a cotas estratosféricas. Aunque añadieron más datos que contribuyeron a completar los huecos del manga inicial, esos mismos datos los adulteraron con azúcar refinado. De ese tan rico que es excelente para desarrollar una robusta diabetes. Si el manga en sí se encontraba en mi límite de tolerancia, el anime no respetó ese comedimiento tan fabuloso de la comedia romántica clásica, zambulléndose de pleno en la contemporánea. Y yo con ella no puedo. No me la creo, me parece cutre e idiota. No obstante, debo advertir que si Love Actually (2003), El diario de Bridget Jones (2001) y otros engendros infectos del mismo pelaje los disfrutaste, Ristorante Paradiso es muy posible que te guste. Por mi parte, prefiero mil veces la simplicidad casi austera del manga que un rebozado empalagoso.

Pero, ¿tiene algo de bueno el anime? Aparte de averiguar más sobre el pequeño universo de Ristorante Paradiso, la música. La música es maravillosa, y me refiero también al opening y ending. Suelo ignorarlos por sistema, pero en este caso no pude hacerlo. El conjunto resulta espléndido. La mezcla de jazz con arreglos de música tradicional italiana es prudente y elegante, muy efectiva. Un 10.

Entonces, ¿recomiendo el manga, el anime, ambos, ninguno…? Pues vosotros mismos. No me arrepiento de haberlo visto ni de haber comprado el manga, Natsume Ono es una autora de la que siempre se puede sacar algo en limpio, hasta de sus obras más normalitas. Me ha gustado sobre todo el que haya buscado inspiración en las comedias románticas de los años 50-60, tenían un no sé qué difícil de lograr ahora. También los gustos de la gente cambian, y actualmente el hedor postmoderno más sentimental lo envuelve todo (es una plaga). Habrá que esperar a que cambien las tendencias, aunque la demora está siendo larga desde hace ya un tiempo.

Y como en todos mis cumpleaños, siento la extraña necesidad de hacer algo, ser útil, no dejar pasar el día sin haber realizado algo de provecho o que me llene. Escribir lo hace, así que este es mi regalo para vosotros. Gracias por estar ahí. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.