Porque el verano muerde, porque me aburro, porque sí

A estas alturas creo que casi todo el mundo estará de acuerdo en que esta temporada de verano 2017 se presenta como una de las más flojérrimas en bastante tiempo. Mucha penita da, al menos su aspecto resulta de lo más mustio por lo que, tal como anuncié ya por twitter, no voy a comenzar ningún estreno. No dudo de que al final alguna serie consiga alcanzar cierto interés incluso sorprenda para bien, a pesar de lo que en inicio haya podido aparentar, pero tengo el cuerpo ya muy gandul para según qué cosas. Todos los anime estivales de este año o me provocan perezón con obesidad mórbida o los considero unos zarrios. Sin más. Si leo que alguno mejora basándome en las opiniones de colegas blogueros, quizá le dé su oportunidad. Sin embargo, no albergo grandes esperanzas y la desidia, además, se me apodera. Tienes pinta de tostón, veranito del 17, no offence.

Así que, ¿cómo puede perder el tiempo Sho-Shikibu? Pues imaginando que ya ha llegado su amado otoño, disfrutando del fresquecillo, las maravillosas hayas de fuellas rojas y escribiendo sobre los anime que piensa ver. Por supuesto, no se sabe todavía el total de estrenos, pero las tardes del estío derriten el cerebro y alucinar un ratillo tampoco viene mal. Y que este es mi blog y desvarío sobre lo que me da la gana, claro. No hay gran cosa todavía anunciada, apenas trailers ni demasiada información, no obstante algo he sacado en limpio. Que sirva de pequeño adelanto para olvidar el pegamento de este verano anestésico.

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El plato fuerte de este otoño, como ya sucedió en primavera, van a ser las segundas temporadas. Al menos para mí. Vuelvo a recordaros que aún desconocemos gran parte de la que va a ser la parrilla otoñal, así que son impresiones hasta justo este mismo preciso momento. Me encantaría que aparecieran nuevas obras que me obligaran a desdecirme, así que a la espera de un buen revés quedo.

¿Cuál va a ser mi prioridad absoluta? Pues Hôzuki no Reitetsu. Un día por desvelar de octubre y con un número indeterminado de episodios, regreserá a nosotros el maestro de ceremonias más sardónico de los Infiernos búdicos. Bueno, Hôzuki y toda la cohorte de personajes mitológicos y del folclore popular sinojaponés que desfilan sin cesar. Si la primera temporada y sus respectivas OVAS me encantaron, deseo fuertefuertefuerte que esta segunda logre, como mínimo, lo mismo. hoozukiSu humor negro y absurdo, el rico panorama cultural que despliega en cada capítulo, los pequeños sketches que aprovechan cada segundo para exhibir un espectáculo delirante que se ríe de sí mismo si hace falta, su elenco heterogéneo y dinámico, etc, etc, etc, hicieron hace unos años de esta serie una de mis favoritas sin ninguna duda. Se aprende un montón con ella y encima es divertidísima. Estoy ansiosa por el reencuentro y espero que no cambien demasiado el formato, que resulta perfecto. También es cierto que no todo el mundo disfruta con las historias autoconclusivas y muchos buscan una continuidad argumental en cada episodio; pero hay que tener en cuenta que la esencia de Hôzuki no Reitetsu es otra: las viñetas de comedia.

Osomatsu-san también tendrá su segunda tanda. Este clásico moderno no podía permanecer sin continuación, lo pedía a gritos. Sin saber aún fecha de estreno y cantidad de episodios, se deduce que será en octubre y constará de 25 capítulos. Pero a saber. Es curioso, pero dos de mis top otoñales son comedias. Me parece extraño porque es un género por el que no me suelo inclinar. En contadas ocasiones logro conectar con el sentido del humor de las series, la mayoría me produce vergüenza ajena o directamente sueño, sin embargo Hôzuki no Reitetsu y Osomatsu-san me engatusaron, sobre todo la primera. Para variar, mi tercera opción en las reanudaciones es algo diferente: Kekkai Sensen & Beyond.

La primera temporada, que sin duda me gustó, también me dejó un regusto agridulce. Así que esta será la oportunidad de resarcirme si va todo bien y no resulta un truñaco, por supuesto. Reconozco que, como no cuentan con Rie Matsumoto esta vez, siento bastante desconfianza. Para mí la presencia e ideas de Matsumoto fueron clave en 2015, y no todo el mundo además consiguió sintonizar con su forma de crear. Tratar de innovar es lo que tiene, que no siempre se redondea ni se comprende. Aun así, el parón que sufrió este anime lo perjudicó muchísimo. Veremos lo que nos depara Kekkai Sensen & Beyond, ya que Shigehito Takayanagi posee unas cuantas tablas y, aunque es probable que pierda originalidad, también podría ganar en solidez shônen. Un alivio para los más tradicionales.

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El asunto es peliagudo, porque muchos de los anime que han llamado mi atención guardan altas posibilidades de germinar como cerdadas supremas. Sinopsis incompletas, no fotos, no vídeos promocionales y un rosario de falta de datos estupenda. Pero es normal, estamos en julio; y, ¡qué carajo!, de esta manera también es divertido hacer apuestas. Empecemos.

Kujira no Kora wa Sajô ni Utau me atrae como un imán gigantesco. Del manga solo he tenido oportunidad de leer cinco capítulos (un dibujo precioso, por cierto), pero a poco que el anime le sea fiel, creo que tendremos entre manos uno de los productos más interesantes del otoño. No el que más, pero muy destacable. Está catalogado como shôjo, y no sé hasta qué punto seguirá los cansinos patrones de la demografía; aunque también pertenece a la ciencia-ficción, el misterio y la fantasía, así que a priori me tiene ganada. Su trailer es bastante elocuente en ciertos aspectos, me ha gustado mucho por lo que… ¡COMPRO!

En una línea más clásica dentro de la fantasía y el shôjo, en octubre se estrena también Mahôtsukai no Yome, que ha estado precedida de tres OVAS. Solo he visto dos de ellas, y no me han dicho gran cosa. El manga, que está siendo publicado por Norma y lo estoy siguiendo, ha terminado decepcionándome un poquillo. Quizá porque tira demasiado para mi gusto de los tópicos de la fantasía haciéndose previsible; y que la protagonista, con un ligero aroma a Mary Sue, tiene ese rollo de chica frágil e indefensa que me satura bastante. A pesar de que a estas alturas le encuentro más defectos que virtudes, la veré porque tengo fe en que me entretenga y los cuentos de hadas siempre merecen un par de vistazos. O tres. Harina de otro costal es Inu Yashiki, cuyo manga también estoy leyendo pero ¡sin desencanto alguno! Altamente recomendable, de hecho llevaba un tiempo calibrando si escribir una reseña de lo que tenía recorrido, pero sabiendo ahora de la serie, merece un manga vs. anime como la copa de un pino. Es uno de los estrenos relevantes de la temporada, una serie para adultos (existimos, ¡sí, estamos aquí!) y de temática inteligente. Sci-fi de calidad, mis queridos otacos. Y mucho, mucho más cuando se rasca la superficie, con Oku-sensei ya se sabe. A la dirección estará Keiichi Satô, así que no puede ocurrir nada malo, ¿me oís? NADA MALO. He dicho.

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Y para cerrar, aclaro que no he querido introducir ningún school life porque estoy hasta el moño de adolescentes. Es lo que sucede cuando trabajas demasiadas horas con ellos, que al final del día quieres enterrarlos vivos o arrojarlos por un puente. Atados y con bozal. Así que nada de Just Because! y otras majaderías de colegiales. La única excepción es Poputepipikku, pero los que ya conozcáis el tebeo sabréis que se trata de una cosita bastante enferma que poco tiene que ver con los entornos escolares. Tengo una curiosidad insana por este anime, que supongo será de duración corta (2-5 minutos) y me las veré luego canutas para lograr ver. Ese estilo de antigua tira cómica, donde las dos protagonistas vomitan sin parar insensateces (algunas bastante profundas, no es broma), en realidad es muy posmoderno, muy pop.

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Aunque tengan la mayoría de ellas fecha de estreno, en Occidente suelen pasar meses hasta que conseguimos visionarlas. La paciencia es una virtud, dicen. Reducir cabezas como hacen los shuar, una habilidad que no me importaría adquirir para ponerla en práctica en momentos de exasperación. A lo mejor encuentro algún tutorial en youtube al respecto. Volviendo a las películas, Godzilla: Kaijû Wakusei cuenta con mi beneplácito, a pesar de que la animación de Polygon Pictures no sea precisamente de mis preferidas. Pilotarán los directores de Ajin y Sidonia no Kishi con la colaboración de Gen Urobuchi, por lo que unos mínimos hay garantizados. Rezaremos a Nyarlathotep el Caos Reptante para un pronto estreno por estos lares.

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¿Merece la pena que me trague la película de ese clásico animierder que fue Dance with Devils? Porque el 4 de noviembre verá la luz Dance with Devils: Fortuna. Fue un bodrio tremendo al que le cogí cariño, sobre todo por Peluchón ❤ y esa autoparodia terrorífica que se gastaba. Risas, muchas risas. Ya lo decidiremos cuando llegue el momento, no hay por qué apresurarse, y menos con engendrillos de esta especie. Asimismo, en el undécimo mes se estrenará la adaptación a largometraje del clásico del manga de los años 70 Haikara-san ga Tôru, de Waki Yamato. Tuvo su serie televisiva hace casi cuarenta años también, y parece que contará con una segunda parte en 2018. Estoy bastante interesada en este film, pues trabaja temáticas sugestivas (liberación de la mujer) en un contexto histórico fascinante, la Era Taishô (1912-1926). Su protagonista es una mujer joven que ha sido educada de forma poco convencional, cercana a los tradicionales valores masculinos (practica kendo, bebe sake, rechaza las labores domésticas, viste al modo occidental, etc) y cree que una mujer debe casarse por amor y elección propia. Lo que se conocía en la época como una modan gâru (chica moderna). Apesta a shôjazo que mata, pero el planteamiento da la impresión de ser algo diferente. No obstante, ya sabemos cómo se las gastan los japoneses respecto al feminismo… todavía les queda un largo trecho por avanzar, bastante más que a los europeos.

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Menudo feeling tenían los anime de los 70, ¡inconfundible!

¿Me habré dejado alguna obra en el tintero? Seguro que sí. ¿Kino no Tabi, a lo mejor?Aunque para acabar de pulimentar la entrada, necesitaré más información, que supongo irán desgranando a lo largo de las semanas. Quizás esté pendiente por desvelar una joya animesca, ¡quién sabe! Por ahora, esto es lo que hay. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tránsito IV: Hôzuki no Reitetsu OVAs

Vamos a relajar una miaja el tono de los Tránsitos, porque esto ya se me está poniendo un poco demasiado lóbrego. Que aunque soy fanática de lo tenebroooossoooomuahahaha, también se disfruta más si se coloca, de vez en cuando, algo de luz. Por lo que sin abandonar la temática general, hoy me centraré en una comedia. Comedia negranegrísima pero comedia al fin y al cabo.

Me refiero al que fue uno de mis animes favoritos del pasado 2014, Hôzuki no Reitetsu. Lo amo. Pero no voy a hacer reseña de la serie completa, sino de las OVAS que este año se fueron publicando en unas ediciones limitadas del manga. Fueron tres. Tres emotivos episodios en los que pude reencontrarme con todas esas bellas personas (muertas), todos esos bellos demonios, todas esas bellas deidades, todos esos bellos perros, gatos y demás criaturas inclasificables que pueblan los Infiernos budistas nipones.

Si no has oído hablar de este anime (que lo dudo) o no sabes de qué va exactamente su rollo, te remito a las reseñas de dos compañeros blogueros que pueden resolver algunas dudas: Callmejean y Angelique. Porque es recomendable que antes se vea la serie de 13 capítulos, claro. Estas son sus opiniones que no tengo por qué compartir, pero en la variedad de perspectivas bien razonadas se aprende mucho; y tú, amado lector, deberías (si no lo haces ya) informarte lo máximo posible para crear tu propio criterio. La coronela Sho-Shikibu ha hablado, descansen.

Hôzuki

Las OVAS siguen la misma estructura que los capítulos, dos pequeñas historias independientes con sus propios personajes que tienen de nexo a Hôzuki, el oni mano derecha del Gran Rey Enma-Ô, gobernante el Inframundo. No sé si merece la pena detenerme un poco aclarando en qué consiste la existencia tras la muerte en el budismo japonés, pero creo que unas someras explicaciones, a riesgo de importunaros como buena pedantesabihondainsoportable que soy, no os harán mucho daño. O podéis saltaros el siguiente párrafo, más sencillo todavía.

Para empezar, el Infierno budista (Jigoku en Japón) no es no solo uno, está conformado por 8 reinos distintos (o 16, si se sigue la tradición de los 8 infiernos calientes y los 8 fríos) que, a su vez, están subdivididos en infinitesimales zonas con sus propias (ejem) especialidades. Cada uno de estos reinos tiene su rey, tribunales y ayudantes; y las almas son juzgadas cada vez que ingresan en uno. Todo perfectamente jerarquizado y ordenado, como podéis comprobar, que no hace más que reflejar la influencia del enorme engranaje de la burocracia imperial china. ¿China? Sí, amiguitos, el budismo (y otras expresiones culturales del continente) fue penetrando en Japón en los períodos Asuka (552-710), Nara (710-794) y Heian (794-1192) con un potente dominio de las escuelas budistas chinas, por lo que no es de extrañar encontrar características del Imperio Celeste no solo en la religión, sino en otros muy variados campos. Este complejo dispositivo burocrático además está muy bien reflejado en el anime. Este Infierno, a su vez, tiene raíces indoeuropeas aunque no os lo creáis, pues proviene del hinduismo. Pero lo más importante a resaltar de todo este rollo patatero es que, a diferencia del Infierno occidental, el budista no es eterno ni irreversible. Las almas, según sus méritos, pueden reencarnarse en los diferentes reinos de la existencia (Jingoku es solo uno), aunque la estancia temporal en ellos es variable. Recordad que el objetivo del budismo no es vivir felices para siempre jamás, sino alcanzar el Nirvana. Y el Nirvana no es el Cielo… es, resumiendo en plan guarro, una forma de dejar de existir.

“La cortesana del Infierno” de Kawanabe Kyôsai (1874)

Así que en estas OVAS, como en la serie, encontramos una parodia fresca del Infierno budista (y todo lo que se les pone por delante). Un infierno plagado de personalidades del folclore e historia japoneses que, lógicamente, no son muy conocidas en Occidente. Ahí tenemos a los guardianes Gozu y Mezu, a Momotarô, al general Yoshitsune Minamoto o a Hakutaku entre otros. También hay referencias literarias y guiños a personajes del mundo del manganime. Es un batiburrillo de cultura popular, religión y folclore bastante curioso. Creo que al tratarse de una serie tan japonesa (mogollón), no ha logrado captar la atención demasiado más allá de las islas; y ha quedado relegada un poco. Comprensible, pero una lástima. ¿Y estas tres OVAS qué? Pues yo diría que casi pueden considerarse 3 episodios “perdidos” de la serie, caramelitos de consuelo para aquellos que nos quedamos con ganas de más. Porque no ofrecen nada nuevo. Vayamos con ellas entonces.

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La primera parte tiene de estrellas a los grimosos pececitos-flor de Hôzuki. Sí, esos entes de ojos abultados y gritos espeluznantes que cultiva en su jardín con la paciencia y esmero de una ancianita inglesa hacia sus rosales. Se acerca el festival Kingyo sou (el de los peces dorados, los bichos estos) donde esos engendros del infierno (nunca mejor dicho) son los protagonistas, y Hôzuki consigue, para amenizar el evento, la actuación de la super idol Maki. Esta siente un profundo repelús hacia todo lo que tenga que ver con los pececitos, pero su profesionalidad está fuera de toda duda. Básicamente esta primera parte es el troleo constante al que se ve sometida Maki y, como es un personaje que me cae fatal, me resultó divertidísimo. No obstante, más allá de mis gustos personales hacia la peach idol, es bastante ameno y ocurrente; con el habitual humor negro y absurdo sobrevolando el terreno.

Referencias a tener en cuenta:

  • Shôtoku Taishi (Príncipe Shôtoku). Político de primera línea de la era Asuka. Impulsó con fuerza el budismo, centralizó el gobierno y fue la primera persona en referirse a Japón por su nombre, Nihon. Eso y un montón de cosas más. Aparece en los billetes de 10.000 yens.
  • Monte Hari (Hariyama). También montaña de la aguja, es un lugar del infierno reservado a los niños.

La segunda parte nos muestra un poco la vida en el barrio rojo del infierno, pero a través de los ojos del gato paparazzi Koban. Hay dos tramas, siendo la principal la dedicada al intento de modernización, con las sugerencias de Hôzuki, de un host club regentado por un kitsune; y la secundaria, los sucesos trágicos que forzaron a nuestro querido gatito a convertirse en un nekomata y, finalmente, su reencuentro con el destino. Es un desfile continuo de disparates y situaciones rocambolescas la mar de graciosas donde Hôzuki y su sádico racionalismo son los astros indiscutibles. Muy bien construida esta segunda parte del capítulo, la verdad. En pocos minutos ocurre de todo.

Referencias a tener en cuenta:

  • Yoshiwara. Antiguo yûkaku o barrio rojo de Edo (actual Tokio).
  • Taikomochi. La versión masculina de las geishas.
  • Aburaage: Tofu frito cortado en rodajas. Según la tradición es uno de los platos favoritos de los kitsune.

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OVA 2

El pusilánime de Momotarô (en este anime lo es) siente un terror cerval hacia las muñecas. Más bien le tiene miedo a casi todo, y cuando Hôzuki le presenta a unas fantasmagóricas zashiki-warashi que parecen sacadas de The Shining, por poco se mea en los pantalones. Estas mellizas yôkai de comportamiento escalofriante, son enviadas por Hôzuki, con toda la mala baba del infierno, a la casa de su eterno rival Hakutaku, donde trabaja también Momotarô. La comedia absurda aquí pierde intensidad, aunque la pequeña historia que cuenta es interesante y con un final tierno (un poco dulzón para mi gusto, pero bueno).

Referencias a tener en cuenta:

  • Muñeca ichimatsu. Un tipo de muñeca tradicional japonesa. Hay una leyenda urbana que asegura que un ejemplar adquirido en Hokkaido, fue poseído por su joven dueña al morir de gripe española. Su nombre es Okiku y le crece el pelo.

La segunda parte vuelve a tener de protagonista a la insufrible de Maki, que es introducida en el negocio de las idols infantiles mediante una banda tipo Sailor Moon pero de origen chino. A ella le encasquetan el papel más lamentable, cuyos fans son todos una caterva de frikazos lolicons y stalkers de la peor especie. A todo esto se une la villana del grupo, que es una trastornada de cuidado. Os podréis imaginar que estando Hôzuki cerca, el tema degenera de lo lindo y acaba de una manera, sin embargo, bastante chocante. Esta pieza es solo una caricatura de todo ese mundillo de los idols que, a pesar de estar trilladísimo, no deja de tener su punto de diversión. Aunque no aporta nada. Flojito, pero te echas unas risillas.

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OVA 3

Hokutaku dibuja como la peste porcina, vamos, horriblemente mal; así que Hôzuki decide que debe recibir clases del apamplado Nasubi (el chico berenjena), que tiene especial talento para las artes. Todo se convierte, en plena exposición, en una ensalada de hostias donde Hôzuki, por supuesto, vence a su rival Hokutaku. ¡La venganza japonesa sobre China! He de decir que tanto la serie como esta OVA desprenden un ligero tufo nacionalistilla nipón que, aunque no se hace ofensivo ni molesto, es vistosazo. Se trata de medio episodio bastante sencillo pero enormemente efectivo en lo que respecta a la comedia. No hay grandes complejidades, y el repaso que le pega al arte contemporáneo, con esa eterna incomprensión popular que sufre, es gracioso.

Referencias a tener en cuenta:

  • Onmyôdô. Cosmología ocultista japonesa de raíces chinas, bastante antigua, que aplica su filosofía a campos diversos como la astrología, la adivinación o la creación de amuletos y sortilegios protectores.

Esta última parte de la tercera OVA para mí, sin duda, es la mejor de todas. No pude parar de partirme el culo, sobre todo en los últimos minutos. Hasta Isis se acercó preocupada a mi lado por si me estaba dando un algo. Qué raro es que me ría de esta manera ahora, buf. Prosiguiendo con las dudosas habilidades artísticas de Hokutaku, el argumento nos cuenta cómo con su nuevo maestro de dibujo Nasubi (creo ya he comentado es un poco desustanciado) comienzan a traer al mundo real sus obras desde el papel. Esto es posible gracias a las capacidades sobrenaturales que posee Hokutaku, ya que no deja de ser una deidad de importancia en el panteón chino. La cantidad de engendros y monstruosidades (¡¡¡ese gatopollo, aaagh!!) que surgen e invaden el Infierno, están a punto de acabar con las vidas de nuestros protagonistas. Una locura épica. Y todo mientras Nasubi reflexiona, en voz alta, sobre la esencia del verdadero artista y la trascendencia de sus obras.

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Para finalizar, añadir brevemente que la animación y arte son impecables, como lo fueron también en toda la serie en general. No encuentro ni un solo “pero” de auténtica importancia. Todo fluye con soltura y está rematado con atención hasta en los detalles más pequeños. Pero sin agobiar, muy natural y agradable.

No sé cuándo volveré a desternillarme así tan frenéticamente, la verdad, pero espero que sea con una segunda temporada de Hôzuki no Reitetsu. La esperanza es lo último que se pierde, ¡no me quitéis esa ilusión!

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tránsito I: Shisha no Sho

Ya huelo octubre… ya está cerquita. El mes que más disfruto del año por muchos motivos. Me encanta el otoño. Y, a finales, se celebra el infausto Halloween que la cultura anglosajona ha mercantilizado con eficacia. Pero, como bien sabréis, no es una festividad exclusiva norteamericana o británica; es bastante antigua y, por lo menos en Europa, se lleva conmemorando desde hace muchísimos siglos. Una celebración pagana que se arropó con la vestimenta del cristianismo (como tantas otras) y que en España se festeja de muy diversas formas, incluyendo calabazas bastante tiempo antes de que llegaran las fes monoteístas.

Estos días que recuerdan a los difuntos y sus espíritus errrrrrabuuuuundooossss, siempre me llamaron la atención; he observado las tradiciones de la zona de donde provengo con curiosidad y cómo la noción de la muerte ha ido evolucionando. Actualmente es casi como un tabú, se pasa de puntillas a su lado o se disfraza como si fuera un carnaval para despojarla de su carga inexorable. Antes se concebía de una manera más natural, se asumía aunque se la temiera; su papel en la sociedad era más abierto. El tema de la muerte era un asunto del colectivo que concernía a todos. Ahora, sumidos en una mentalidad de la celebración de la vida, la juventud y lo inmediato, todo lo concerniente a ella ha pasado prácticamente al ámbito privado. Y más en los entornos urbanos. ¿Es eso malo? No tiene por qué, solo ha cambiado.

Así que, a partir de hoy hasta el 1 de noviembre, voy a ir publicando una serie de entradas, alternándolas con otras si tengo tiempo, dedicadas a la temática. Obras relacionadas con la muerte y todo lo que la rodea en distintos avatares. Admito que no serán del gusto de muchos, pero la selección que tengo preparada posee su interés, os lo prometo. Además Japón tiene una riqueza vinculada al mundo de los muertos extraordinaria, seguramente debida a que su concepción, influida fuertemente por el shinto y budismo (karma, samsara, satori), es muy diferente a Occidente. Mientras aquí la existencia es lineal y tiene un fin, en Oriente es circular. Y eso también es interesante explorarlo.

Voy a empezar con un largometraje al que amo con todas mis fuerzas. Tenía una reseña a medio escribir sobre él y, finalmente, la he dirigido hacia estos Tránsitos con los que os voy a fastidiar una temporadilla. Se trata de El Libro de los muertos (2005) del gran Kihachirô Kawamoto (1925-2010).

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En Los lacónicos ya hice referencia a este autor a través de su imprescindible cortometraje Dôjôji (1976). Me alegró muchísimo que a Ambriosa le gustara, porque no es un artista muy conocido en Occidente; y su trascendencia, al menos en lo que se refiere a la animación con marionetas y stop-motion, es primordial. Hay gente que lo equipara a Hayao Miyazaki, al menos en lo que fue su interés por acercar a todo tipo de público, no solo el infantil, contenidos y temáticas de gran hondura a través de un lenguaje audiovisual poético. Es probable, pero la gran diferencia es que Miyazaki se hizo con su lugar a nivel mundial y Kawamoto apenas es conocido fuera de Japón. ¿Por qué? Quizás se deba a que Kawamoto no se preocupó tanto por hacer sus obras accesibles al resto del mundo. Son MUY japonesas tanto en sus historias, cómo las desarrolla y su sensibilidad. Eso no quiere decir que un habitante de otro lugar del planeta no pueda disfrutarlas, pero sí requerirá por su parte de más atención y, sobre todo, mente abierta.

Este artista se centró, básicamente, en trasladar el espíritu del Bunraku al cine y televisión, modernizándolo e incorporando influencias de otras disciplinas escénicas como el o el Kabuki. Quizá para un occidental esto de las marionetas pueda parecer un arte menor, algo pueril o dirigido a un público poco exigente. Pero en Oriente, desde Indonesia pasando por Vietnam, India, China hasta Japón, poseen una larga tradición que se toma muy en serio y forma parte de su idiosincrasia.

Por otro lado, no está de más señalar que Kihachirô Kawamoto recibió un fuerte influjo en su educación sobre marionetas y stop-motion en Praga, bajo la tutela de uno de los más grandes de la especialidad: Jirí Trnka (1912-1969). Si no lo conocéis, os animo a que busquéis cosas de él, sobre todo si os gustan los cuentos de hadas y el folclore centroeuropeo, porque su labor fue deslumbrante. Pero volviendo a Kawamoto, tras haber estado trabajando en los míticos estudios Tôhô como asistente de dirección artística a las órdenes (ON YOUR KNEES, NOW!) de Akira Kurosaway casi con cuarenta años, decidió empaquetar sus cosas e irse a la República Checa (entonces Checoslovaquia) para aprender del mejor lo que realmente le gustaba hacer de verdad. Y no os creáis que fue un viaje sencillo, que estamos hablando de meter el hocico en un país del eje comunista en plena Guerra Fría y a un paso de la Primavera de Praga. Circunstancias complicadas. Kawamoto se encontraba en un momento de impasse vital donde no sabía si desistir rotundamente de sus pretensiones sobre la animación de marionetas o buscar otros horizontes más prácticos. Finalmente, ganó el Arte y cuando regresó a su tierra con la sugerencia de Trnka de aplicarse con la historia y cultura japonesas, se dedicó de lleno a la creación de obras independientes donde pudo explayarse a gusto, controlando además todo el proceso de alumbramiento. Y siempre mantuvo presente y respetó a su sensei occidental Trnka: uno de sus cortometrajes más conocidos por estos lares, fue esa maravilla de La Bella Durmiente (1990), en colaboración con los estudios checos de su antiguo maestro.

Kihachirô Kawamoto, poco a poco, se fue haciendo un lugar, no poco importante, dentro del panorama artístico audiovisual de su país. Por méritos propios. Realizó sobre todo cortos y marionetas para dos series de televisión muy célebres en Japón, basadas en los clásicos literarios Romance de los Tres Reinos (1982-1984) y Heike Monogatari (1993-1994). Kawamoto solo hizo dos largometrajes; Shisha no Sho fue el último y en él podemos encontrar toda su habilidad, imaginación y filosofía expresada en total plenitud; es, sin duda, su magnum opus. Era un proyecto que tenía en mente desde hacía bastante tiempo, pero no pudo llevarlo a cabo hasta que consiguió los fondos suficientes. El mundo audiovisual es caro, amigos. MUY caro.

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Kawamoto en su taller

El Libro de los Muertos o Shisha no Sho, está basado en la novela del mismo nombre de Shinobu Orikuchi (1887-1953), escrita en 1943. No he tenido la fortuna de encontrar ninguna de sus obras en ningún idioma que pueda comprender; solo las he hallado en japonés y no entiendo nada más allá de dos estupideces colgando que no me sirven mas que para ponerme de mala hostia (la impotencia, la frustración de ser una ignorante). Sé que Orikuchi fue un importante etnólogo y folclorista, muy admirado en su momento, cuyas obras se enfocaban, como buen estudioso de la cultura y religión de su país, en temas bastante tradicionales. Con esos pocos datos, mi atención ya la tenía; y tampoco me extrañó que Kawamoto eligiera a este autor para su segundo largometraje. Mi idilio no iba a poder ser. Me hubiera gustado tener acceso a la obra original en algún momento porque esta reseña habría resultado más completa; pero el mundo no es justo y servidora es una inepta con la lengua de Sôseki. Así que de ahí no puedo contaros nada, lo lamento.

La historia arranca en el período Nara (710-794), un momento de esplendor cultural donde la influencia china era muy poderosa y el budismo se consolidó como religión estatal. Esto se observa claramente en la protagonista femenina, la dama Iratsume, que se entrega a la copia de un sutra recién llegado de China con fervor. En realidad el budismo colma toda la película en sí. Hasta su desenlace, que a ojos de un occidental puede resultar inconcluso, es toda una apología de su filosofía. Iratsume, sumida febrilmente en su labor de realizar 1000 copias del Amitâbha Sûtra, cree en un arrebato místico ver el rostro de Buda entre dos montañas; por lo que tras finalizar el trabajo, decide dirigirse hacia ese lugar. Ahí encuentra un templo budista, en el que tienen prohibida la entrada las mujeres; pero al tratarse de una noble de Nara, los monjes la instalan en unas estancias donde sí puede permanecer.

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Pero no es el rostro de Buda el que ha contemplado Iratsume, sino el del príncipe Ôtsu, ejecutado muchos años atrás. ¿Por qué sigue entonces su espíritu allí? Según el budismo, algunas almas que al morir todavía sientan un lazo fuerte con el mundo de los vivos, pueden persistir. Ese fue el caso de Ôtsu. Su muerte, orquestada por la esposa del emperador temiendo que accediera el trono, la tenía plenamente aceptada. Ya de rodillas y con el verdugo preparado tras él, había logrado cierto estado de ataraxia. Pero, de repente, todo se derrumbó. Entre el gentío, vio el rostro de Mimimo no Toji, y el deseo arraigó en él. Los deseos son germen de ataduras; y el amor no es algo diferente. Así que, enamorado y con el ansia de compartir su vida con Mimimo no Toji, el príncipe Ôtsu fue decapitado. Y es también otra confusión de identidad, la que hace creer a Ôtsu que Iratsume es Mimimo no Toji, aunque esta solo sea su antepasada. Y aquí tenemos dos tipos de deseos, el de la obsesión religiosa y el de la pasión amorosa, que confluyen para revelar una enseñanza que no os pienso contar, claro.

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Kawamoto deja flecos en el argumento, pero es algo completamente intencionado. Es como un típico cuento budista, de fuerte bagaje moral pero con una lección no tan obvia. Hay que reflexionar. El simbolismo es muy rico y, por supuesto, de naturaleza búdica; aunque con las nociones mínimas son fáciles de captar. El ritmo de la obra es sereno, elegante, contemplativo; pero no aburre a no ser que uno tenga la sensibilidad en el ojete.

Y es curioso cómo un argumento de inclinaciones tan sobrias, posea el espectáculo visual que tiene. Es de una belleza opulenta, minuciosa y, a la vez, de una delicadeza sin afectación. La pericia de Kawamoto, el diseño y construcción de sus marionetas, ropajes y expresiones; las ambientaciones y la finura de la animación en 2D, son mágicos. Va a ser muy difícil que alguien en el futuro alcance el grado de perfección que Kawamoto consiguió en esta obra.

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Me vais a permitir un pequeño consejo: si tenéis intenciones de ver esta película,  JAMÁS (así, en mayúsculas) optéis por una versión doblada. Si es que la hay en español. Kawamoto era muy meticuloso absolutamente con todo, incluidos los seiyû, la música, el sonido ambiente, etc. No dejaba nunca nada al azar, la experiencia de contemplar sus obras la concebía como algo total. Shisha no Sho es una obra que bebe directamente de la tradición antigua japonesa, donde la faceta oral era indispensable. Así que haced un favor al universo y buscadla subtitulada.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.