Tadahito Mochinaga, el maestro de marionetas

Si tenéis la fortuna de plantar los pies en Tokio este verano, quizá podríais visitar la magnífica exposición que organiza el Museo Nacional de Arte Moderno hasta el 10 de septiembre, dedicada al grandísimo Tadahito Mochinaga (1919-1999). Esta muestra se encuentra circunscrita dentro de los eventos que celebran el centenario del nacimiento de la animación japonesa, y es un sentido homenaje al trabajo de una de sus mayores figuras. Si gozara de la ocasión, ¡no me la perdería por nada del mundo!

Es posible que entre una mayoría de los seguidores de anime occidentales el nombre de “Tad” Mochinaga no diga gran cosa, pero para eso estamos en SOnC, para presentaros al que fue un visionario sin par y maestro de maestros. No solo imprescindible para el desarrollo de la animación en su país natal, sino que también jugó un papel imprescindible en el de China; y sus trabajos con marionetas fueron pioneros en todos los aspectos. De hecho, inauguró el género creando las primeras obras tanto en Japón como en China. Su fama y pericia resultaron tales que incluso fue reclamado desde Estados Unidos. Mi amado Kihachirô Kawamoto fue discípulo suyo; y el cineasta norteamericano Tim Burton le debe lo inconfesable también. Como comprenderéis, no podía faltar en la sección 2017: un siglo de anime. Habría sido bochornoso omitir a este creador.

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Mochinaga-sensei en plena faena

No es muy sencillo hacerse con material de nuestro protagonista de hoy; pero si se pone algo de afán, se pueden lograr ver unas cuantas obras de su autoría. Y merece la pena el esfuerzo de la búsqueda, no lo dudéis. Existe una autobiografía que el artista empezó a escribir en vida ante la insistencia de su amigo el también grandísimo animador Te Wei, pero murió en 1999 antes de poder acabarla. Tuvo que ser su esposa e indispensable colaboradora, Ayako, quien la finalizara, con epílogo de Kihachirô Kawamoto. Por supuesto, no hay de momento traducción alguna a lengua occidental. En realidad, tampoco hay demasiada divulgación por internet sobre su persona y trabajo, en español prácticamente nada; así que esta entrada puede resultar un pequeño introito para todo hispanohablante que disfrute indagando entre las tripas de la historia de la animación. Porque Mochinaga trascendió en vida las fronteras de la disciplina de su país, siendo su legado de carácter universal.

Como muchos chicos de su generación, Mochinaga-chan encontró su vocación viendo las obras de Disney. Mickey Mouse y las Silly Symphonies resultaron una revelación para su mente infantil; y L’horloge magique (1928) de Vladislav Starewicz, fundador de la animación con marionetas, despertó su interés por esta especialidad. Pero a diferencia de sus coetáneos, tuvo una niñez algo diferente. El empleo de su padre en la Compañía de Ferrocarriles del Sur de Manchuria, por entonces territorio ocupado por los japoneses (Manchukuo), obligó a su familia a mudarse a Changchun; y Mochinaga cursó toda la educación primaria allí. Este vínculo tan temprano con el gigante del continente lo mantendría durante toda la vida, considerando China su segundo hogar, y brindándole además una visión única de las dos naciones. Mochinaga fue un puente entre Catai y Cipango que impulsó la carrera de la animación de ambos países.

No, no me he columpiado, sé perfectamente que Ari-chan, la hormiga (1941) es de Mitsuyo Seo, pero tiene su sentido que aparezca ahora aquí. Mochinaga regresó a Tokio más adelante, y terminó sus estudios universitarios en 1938 con un sorprendente cortometraje de proyecto final en el que describía cómo realizar películas animadas. Logró colocarse en Geijutsu Eigasha y comenzó a trabajar bajo la supervisión de Seo. Y fue en este pequeño cortometraje, patrocinado por el Ministerio de Educación, donde se utilizó por primera vez una cámara multiplano de cuatro capas. Disney lo hizo en 1933 gracias a la destreza de Ub Iwerks; Japón en 1941 con la habilidad de Mochinaga, que construyó la máquina él mismo para Ari-chan. Conforme la Segunda Guerra Mundial se recrudecía, el gobierno japonés robusteció su propaganda nacionalista bélica, manifestándose en las producciones de dibujos animados. El clásico Momotarô no Umiwashi (1942), del que escribí aquí, es fiel reflejo de la época; y en él trabajó Mochinaga, dedicado a los fondos. Al año siguiente ya consiguió tener cierto control sobre una película, Fuku-chan no Sensuikan (1943), pero extenuado por el esfuerzo y la fiereza de la guerra, que lo había dejado sin casa tras un bombardeo, decidió junto a su esposa retornar a China para descansar.

Sin embargo, la cabra siempre tira al monte, y en cuanto solicitaron su asistencia en el departamento artístico de Man’ei, no se lo pensó dos veces y comenzó a trabajar de nuevo. Japón perdió la contienda en 1945, y las consecuencias no tardaron en hacerse notar: el estado títere de Manchukuo desapareció y los estudios Man’ei cayeron bajo poder chino. ¿Esto hizo que Mochinaga desistiera y volviera a su patria? En absoluto. Siguió trabajando en los rebautizados estudios Tong Pei con su mujer y el resto del personal sino-japonés. Podían hacerlo sin problemas porque la animación se consideraba una herramienta de propaganda valiosa. No obstante, la Guerra Civil (1927-1949) alcanzó finalmente Changchun, por lo que Mochinaga y todo el equipo tuvieron que huir al norte, a la ciudad minera de Hao Gang. Lejos de sentirse abatido, fundó junto a sus compañeros unos nuevos estudios Tong Pei, y se centraron sobre todo en crear películas con las que poder informar a la población sobre la situación del conflicto. Durante esa época, Mochinaga realizó la primera película de marionetas en stop-motion de China, Huangdi Meng (1947); y dirigió su primer film en el país, Turtle caught in a Jar (1948), ambas cintas sátiras muy evidentes de Chiang Kai-Sek (1887-1975). Fue entonces cuando se le otorgó nombre chino, Fang Ming (方明), y así comenzó a aparecer en los créditos. Fueron momentos emocionantes a nivel creativo, en los que Mochinaga adiestraba también a futuros animadores. Viajaba a las poblaciones rurales o acudía a los regimientos del Ejército Comunista para observar de primera mano las reacciones de la gente hacia las películas.

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El presidente Mao Zedong en una recepción con Tadahito Mochinaga en 1967

La guerra no podía durar eternamente, y en 1949, con el triunfo del Partido Comunista, Mochinaga regresó a Changchun donde le ofrecieron trabajar en la recién creada División Artística de Animación. Su coordinador, un animador de Shanghai llamado Te Wei. No tardaron mucho en hacerse grandes amigos. La nueva política del gobierno, a pesar de que consideraba las obras de Mochinaga básicas para la Nueva China, quería dirigir los dibujos animados en exclusiva a las audiencias infantiles. A su vez, trasladaron la sede de la nueva División a Shanghai, cuna de la animación del país, donde residían además la mayoría de los expertos. De ahí pronto surgirían los míticos Estudios de Animación de Shanghai. Mochinaga y Ayako permanecieron hasta 1953, y tuvieron la oportunidad de trabajar con Zhao-Chan Wan de los hermanos Wan, responsables de la primera película animada de Asia, La Princesa del abanico de hierro (1941), de la que escribí una miaja aquí.

De vuelta a Tokio y con el inicio de la retransmisión pública de televisión, Mochinaga fue contratado para realizar publicidad para el fabricante de cervezas Asahi. De esta manera creó las primeras producciones de marionetas en stop-motion de Japón. Como podéis leer, el determinante numeral ordinal “primero” abunda en la entrada. Y no puede ser de otra forma cuando se escribe sobre vanguardia. Nuestro protagonista fundó la primera compañía dedicada a la animación de marionetas, la Ningyô Eiga Seisakujo, y entre 1956 y 1979 dirigió hasta 9 obras diferentes. Una de ellas, Little Black Sambo (1956), que contó con un diseño maravilloso por parte de Kihachirô Kawamoto (soy fan, ¿se nota?), llamó la atención de la afamada Rankin/Bass Productions cuando ganó el premio a mejor película infantil en el Festival Internacional de Cine de Vancouver de 1958.

Y ese fue el comienzo de un idilio de más de una docena de obras entre Mochinaga y Rankin/Bass. Para ello Tadahito creó, junto a los supervivientes de la antigua Geijutsu Eigasha, los Estudios MOM. Ellos fueron los responsables del “Animagic” o stop-motion de los que se han convertido en los recuerdos entrañables de multitud de niños por todo el mundo. El proyecto era una verdadera co-producción internacional (Tadanari Okamoto was there too!) que duró desde 1960 hasta 1985. Pero Mochinaga-sensei no olvidó a su amigo Tei Wei y mantuvo siempre el contacto con los Estudios de Animación de Shanghai. En 1979, tras la Revolución Cultural Proletaria, fue invitado como consultor en la película de marionetas Who Mewed?; y entre 1985 y 1989 estuvo enseñando técnicas de animación en la Academia de Cine de Pekín. Mochinaga a su vez coordinó en Tokio la “Retrospectiva de los Estudios de Animación de Shanghai” en 1981, y solía arreglar visitas de animadores japoneses a los estudios chinos, haciendo muchas veces él mismo de guía. Siempre procuró ser un punto de unión entre las dos naciones que quiso tanto.

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Osamu Tezuka, Te Wei y Tadahito Mochinaga: 3 monstruos de la animación asiática.

Ya en 1992, Mochinaga produjo y dirigió su último cortometraje, Shônen to kodanuki, que fue estrenado tanto en el Festival Internacional de Animación de Hiroshima como en el Festival de Animación de Shanghai. Vivió un lustro más, con Te Wei empecinado en que escribiera sus memorias. Lo hizo, pero un fallo hepático lo sorprendió antes de poder rematarlas. Su esposa Ayako, de la cual no se sabe demasiado pero sí se puede deducir perfectamente que su continuo trabajo y apoyo resultó esencial para Mochinaga, completó esta labor postrera del Gran Sensei de las Marionetas.

And that’s all, folks! Espero no haberos aburrido demasiado con una entrada más biográfica que dedicada al análisis de un manga. O anime. También lamento el retraso en su publicación, pero cuestiones de salud me tienen todavía un poquitín delicada. En breves me encontraré repuesta y dándolo todo. YES! Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Amores frustrados

¿Quién no ha estado siguiendo un manga con fervor, completamente prendado de él y luego se ha encontrado con que…? No hay más traducciones. Ni RAWS. En siglos. Lo han cancelado. Porque sí. El autor lo ha dejado en hiato. Le apetecía hacer surf en Honolulu. Whatever. Esta es la asquerosa realidad. Los pobres desgraciados que no dominamos convenientemente lenguas asiáticas nos hallamos en ocasiones con esta situación. A veces para consolarme de forma subnormaloide me digo: Bah, es posible que la caguen con tal o pascual y casi es mejor quedarme como estoy. UNA MIEEEERDA. Quiero saber. Y así nacen los amores frustrados. Aquí escribo de los cinco que más me han disgustado, pero tengo más, muuuchos más. Como todos los tenemos, por supuesto. Y si no es así, o has tenido mucha suerte o no has leído suficientes mangas; pero no te preocupes, todo llega. Amores malogrados son inevitables.

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“Ariko solloza mientras su bote va a la deriva bajo la luz de la luna” de Taiso Yoshitoshi (1886)

Chikutaku Bonbon

ちくたくぼんぼん

(2009-2011)

Chikutaku Bonbon de Bun Katsuta está finalizado. No es una manga largo, 3 volúmenes y 15 capítulos. Pero nada, aquí estamos, atascados en el episodio 7 desde hace milenios y sin RAWS a la vista. Mejor no hablo de licencias, claro, MUAHAHAHA (risa de amargura). Chikutaku Bonbon es un josei ubicado cronológicamente a inicios del periodo Shôwa, calculo 1930 por algunas referencias que aparecen en el tebeo. Es como un cuento, un cuento triste y luminoso.

Iwa, ya que no eres muy guapa, tendrás que esforzarte en Tokio y ser amable con todo el mundo.

Ese es el consejo que le dio su abuelo a la protagonista de este manga, de nombre completo Koiwa. Ella es una muchacha de campo bastante ignorante pero de mente despierta, que llega a la capital para trabajar de sirvienta en casa de su tía, una famosa actriz retirada. En su nuevo hogar se codeará con mucha gente interesante. La personalidad ingenua de Iwa es el filtro por el cual el lector va descubriendo las maravillas de la gran ciudad y la realidad de una sociedad en plena asimilación de la modernidad de Occidente. Es de agradecer que la moza no sea idiota, porque no hay que confundir inocencia o candidez con necedad. Allí tendrá que lidiar con su primo, recién llegado de Londres y que la trata literalmente a patadas; y conocerá, dirigida por el consejo de su abuelo, a un extraño relojero de nombre Aoki Sango, al que confunde con un vampiro. Sango siempre sonríe, tiene problemas de salud, es observador y extremadamente inteligente; pero nadie sabe qué está pensando en realidad. La relación entre Iwa y Sango es el corazón de este manga, con la bonita alegoría de los relojes ondulando en una atmósfera que tiene un no sé qué de mágico.

A ratos me recordaba al Sanshirô de Natsume Sôseki (salvando las lógicas distancias, claro) y me resultaba bastante grato de leer por su falta de pretensiones y, a la vez, enorme minuciosidad y ternura. Los eventos se van desarrollando con gracia y cierta astucia por parte de la autora, con lo que a pesar de que la historia suena, en general resulta entretenida. Por lo menos hasta el episodio séptimo… A lo mejor a partir de ahí sobreviene un cataclismo y todo degenera en una colosal avalancha de inmundicia melodramática, empalagosa y cursi. Pero claro, no lo sé, mecagoentó. chikutaku2 Ore to Akuma no Blues

俺と悪魔ブルーズ

(2005 – 2008)

Querido Akira Hiramoto:

Creo que eres un sádico de mil pares de cojones. Sin acritud. Has castigado a tus lectores de Ore to Akuma no Blues, acostumbrándonos a continuos hiatos que podían durar años. Años en los que nos acordábamos sin duda de tu madre. Pero te lo perdonamos, te lo disculpamos por lo que nos has hecho disfrutar y, sobre todo, porque después de 84 meses, parece que este 2015 va a ser el año en el que, por fin, publiques el quinto y último volumen de tu maravilloso manga. No nos defraudes, campeón, que yo ya lo daba por perdido completamente.

Me_and_the_Devil_Blues Este ha sido uno de mis amores frustrados más dolorosos. Utilizo el perfecto compuesto porque espero que este año deje de serlo definitivamente. Ore to Akuma no Blues se sirve de la figura del músico Robert Johnson (al cual VENERO y todos vosotros deberíais estar YA de rodillas al oír su nombre) para contar historias del Deep South. El Robert Johnson que aparece en Me and the devil blues está más cerca del legendario que del histórico; este manga no es una biografía, hay que puntualizar bien, aunque Hiramoto se explaya bastante en las descripciones del entorno social donde se movía el guitarrista. Ser negro en Estados Unidos en la década de los 30 y encima músico, no te colocaba en muy buena posición: malvivir, mendigar, vagabundear…

Para los que no sepan quién era Robert Johnson, solo decirles que era un tipo negro de dedos muy largos, fumaba como un carretero, grabó 29 canciones y cambió la música para siempre. Es conocido habitualmente como representante del llamado sonido del Delta del Mississippi, pero eso es restringir demasiado un estilo que rompió etiquetas e inició el comienzo de una nueva era musical. Ni más ni menos. Su pericia como guitarrista, sus innovaciones y talento, no han sido superados todavía; y sus colegas de profesión debían sentirse asombrados y frustrados ante tal exhibición. Algo parecido les debió ocurrir a los violinistas TartiniPaganini en su época. ¿Por qué nombro a estos músicos italianos de los s. XVIII – XIX? Porque tienen una cosa en común con Johnson: la leyenda del pacto con el diablo. Su extraordinario talento junto a la carestía de datos e informaciones contradictorias, colaboraron para fabricar un perfil de músico fáustico: fue el demonio el que le otorgó una capacidad sobrehumana. El intérprete de Blues era considerado casi como un chamán, su música y voz podían dominar al público. Su arte sería un intermediario entre el mundo espiritual y el físico, muy propio de las raíces africanas del estilo. Teniendo en cuenta este contexto socio-cultural, es lógico que los que habían conocido a Robert sospecharan de una acción demoníaca. Así tenemos los ingredientes necesarios para la receta del contrato; no es muy difícil de cocinar si se deja guisar en su propia salsa durante unas décadas. Y fue en los años 60 del pasado siglo, cuando los músicos de rock (blancos) comenzaron a reivindicar su figura junto a la de otros pioneros del blues. Eric Clapton, Keith Richards o Jimmy Page transmitieron su amor hacia él al público y la prensa especializada; acrecentando entre todos su leyenda y mitificándola de tal forma que actualmente es muy complicado distinguir qué es qué. Pero son este tipo de leyendas las que también hacen disfrutar al melómano; y enriquecen el folclore musical con sus propios mitos y anti-héroes.

Robert Johnson ya es un icono pop sin duda alguna. Bien merecido tiene poseer su propio manga, y Ore to Akuma no Blues es el homenaje personal de Akira Hiramoto. Esta obra, que se arrastra a través de las penurias derivadas del racismo en el Deep South, muestra una realidad desgarrada y fantasmagórica aprovechando la veta de la leyenda del contrato diabólico. Excelente. Era una completa ignominia dejar este tebeo inconcluso. Ruego a Luzbel que este año sea el definitivo para Me and the devil Blues y deje de ser, personalmente para mí, un amor frustrado.

Blood Alone

Ya escribí sobre este manga aquí, pero eso no quita que, al enterarme de su cancelación, pensara directamente: Oh, qué estupendo, ¿puedo pegar fuego a la casa del editor de Evening? Muchas de las decisiones editoriales respecto a mangas me resultan incomprensibles; y ese es el caso de Blood Alone, que tenía una recepción bastante buena entre el público. Así que que te dejen con un palmo de narices justo comenzando el arco final, hace que el cerebro, borboteando en un cabreo al pil-pil nada recomendable, destile la solución única: gasolina y cerillas. Ni qué decir que estoy de broma. Lo que sucedió en realidad me dejó bastante triste. Otro amor frustrado, aunque este con ciertos visos de esperanza: el autor, Takano Masayuki, expresó sus firmes intenciones de publicar de manera independiente el último volumen. Ojalá sea así al final. blood alone Sekine-kun no Koi

関根くんの恋

(2009 – 2014)

El caso de Los amores de Sekine es uno de los que más me tocan las narices pero, por desgracia, no es extraño que enormes mierdas de esta clase sucedan. Desconozco si Haruka Kawachi tenía planeado desarrollar más este tebeo porque la revista Manga Erotics F donde se publicaba, chapó el pasado 8 de julio. Tampoco sé si finalizó satisfactoriamente, ya que solo hay scanlations hasta el capítulo 21… y sin perspectivas a corto plazo de que aparezcan más. Son cinco volúmenes en total y la cosa se ha estancado finalizando el cuarto. Toma maravilloso amor frustrado. Quizás Tomodomo, ya que se ha hecho cargo del Natsuyuki Rendez-vous de la misma autora, con el tiempo decida publicarlo por aquí… pero me da que eso solo es un típico delirio optimista de los míos. Agh.

Sekine-kun no Koi es un seinen de cinco volúmenes donde se nos cuentan los avatares de un tipo que si no sufre de Asperger, le falta poco. Y ese es uno de los aspectos de este manga que lo hacen tan interesante. Sekine Keiichiro es atractivo, tiene un buen empleo y posee un extraordinario talento para cada actividad que emprende, independientemente de su índole. Nada le resulta difícil. Salvo las mujeres, que no le duran. Es un verdadero imán de hembras, pero dada su personalidad disfuncional en el plano social y afectivo, se acaban desilusionando y lo abandonan. Podríamos decir que nuestro amigo Sekine-kun tiene cortocircuitada la sensibilidad; por eso transita por la vida como si fuera un tiesto de geranios. Pasivo, apático y con pequeños trastornos obsesivo-compulsivos. Resumiendo: un analfabeto emocional que siente su vida vacía, es consciente de su carencia y busca una solución como un niño pequeño jugando al lego. Torpemente.

Los personajes que lo rodean son bastante peculiares: su orondo mejor amigo, casado con una muchacha por la que Sekine sentía una atracción anómala, y a la cual es infiel sin remordimientos; el estrafalario dueño de una tienda de tejidos donde Sekine acude para aprender magia y luego hacer punto; Doujima, un conocido del protagonista que lo odia y oculta esos sentimientos para poder observarlo de cerca; y, finalmente, la nieta del amo del comercio, Sara Kisaragi, que es la persona más equilibrada de todas a pesar de su inseguridad.

El arte es fino y delicado, expresivo, con diminutas chispas surrealistas. Haruka Kawachi tiene un estilo que me gusta mucho en general. Sekine-kun no koi es un manga inesperado. No hay estereotipos. El argumento parece casi improvisado, pero no da puntada sin hilo. Es brillante. Eso sí, el que busque velocidad, nanay; es un tebeo que se recrea mucho en la psicología de los personajes y el slice of life campa a sus anchas. Me ha fastidiado lo indecible que esté empantanado precisamente porque no tengo ni puta idea de cómo puede acabar, es una obra imprevisible. Pocas veces algo capta mi atención de esta forma.

sekine-kun no koi Bitou Lollipop

微糖ロリポップ

(2006-2009)

Es raro que me tope con un shoujo que me guste de verdad, y Bitou Lollipop era uno de ellos. Al menos hasta el capítulo 16. Y son 34 en total. PARA CAGARSE. En su momento debería haber seguido comprando la edición de Delcourt (tengo el primer tomo) pero lo dejé pasar (ERRORERRORERROR) y desde hace un tiempo está descatalogada. Llevo 5 años, 5 años de mi vida siguiendo con una tozudez aberrante un manga con una media de 3 actualizaciones anuales y que lleva finalizado eones. Soy un ser enfermo. Porque este amor, aparte de ser frustrado, es completamente anormal. Snif. Con un poco de suerte, podré leer este manga completo cuando me jubile. Y hasta es posible que, mientras me cambian la sonda uretral, piense: ¿tanto esperar para este cagarro de conclusión? Entonces, con manos temblorosas, agarraré un mechero, un bote de alcohol etílico 96º y… BASTA. Que alguien me dé un golpe en la cabeza, por favor.

Rikako Iketani escribió un shoujo con los clásicos elementos del género (comedia ligera, triángulo amoroso, vida escolar…) pero con la distorsión necesaria para ajustarla a la realidad. Porque Bitou Lollipop carece de esa típica idealización presente en el shoujo, es realista y natural. La heroína de esta historia, Madoka Gotou, no tiene, para empezar, nada de heroína. Es una mozuela de lo más normal. Ni muy guapa ni muy fea, ni muy lista ni muy tonta; con las reacciones y dudas propias de su edad y una adecuada dosis de sensatez. Porque eso es algo que llama la atención: los personajes adultos son los más irreflexivos e inconscientes, siendo los adolescentes los que cubren la cuota de madurez. Eso suele pasar en la vida real también.

Respecto al arte, me costó un poco acostumbrarme al dibujo de esta mangaka, no porque lo considere malo, sino porque es muy personal. Pero reconozco que ha acabado gustándome y es como el propio tebeo, diferente dentro de lo tradicional. Le va como anillo al dedo.

El argumento arranca con el millón de yenes que ganan los padres de Madoka en la lotería. Estos deciden dejarse llevar por la crisis de la mediana edad y ponerse a estudiar medicina, retirándose del mundo para concentrarse en sus estudios. Así que apartan a su única hija (encima en plena pubertad) del horizonte, mandándola a la casa de invitados de unos conocidos; sufragándole todos los gastos, faltaba más. Claramente a esta pareja le falta un hervor. En su nuevo alojamiento, se relacionará con el hijo de la dueña, Asagi Tomoyo; y descubrirá que un compañero suyo de instituto por el que siente atracción, Ono, es el amante de su casera. Las relaciones entre los personajes son peliagudas y, a pesar de los momentos cómicos, son llevadas con bastante seriedad. Seriedad, que no melodrama. Bitou Lollipop no es una tragicomedia.

Como podréis imaginar, una historia de este calibre corre el grave riesgo de convertirse en una cerdada putapénica en cuestión de un par de viñetas. Por momentos se tambalea a punto de desplomarse en la incoherencia, pero hasta ahora Iketani no me ha decepcionado. Pero es que no he logrado leer ni la mitad del manga, así que mi preocupación y ansiedad son lógicas. Por lo que continuaremos sufriendo este amor frustrado. bitou-lollipop Escribir pedacito a pedacito me hace parir enormes chorizos de entradas que resultan una pesadez. Mmmm. No me convence. Esto parece el puto Mahabharata, joder. Una vez y prau. Me voy a dormir, buenos días.