Sayonara, Samurai

Los que llevéis leyendo un tiempo esta bitácora, ya habréis percibido la evolución que ha tenido. De un blog dedicado al anime y manga, acabé incluyendo todo lo que me apetecía que estuviera relacionado con Japón. Principalmente cine y literatura, sin hacer ascos a obras de otros países. Es el caso de Samurai Jack (2001-2017), que a pesar de que es una serie estadounidense, tiene su lugar en SOnC por sus referencias claramente niponas. También porque es uno de mis dibujos animados favoritos de todos los tiempos, por supuesto. En el tag dedicado precisamente a la animación no japonesa apareció con todos los honores. Samurai Jack es un clásico, sin más. Porque los clásicos también pueden brotar en nuestro presente, en algún momento tienen que nacer, digo yo. Y esta quinta temporada, tras un doloroso hiato de 11 años, cierra, por fin, el ciclo vital de la obra. ¿Es una conclusión a la altura de las circunstancias? ¿Ha resistido su concepto el paso del tiempo? ¿Han sabido brindarle una continuidad coherente o se nota esa década de diferencia? ¿Tiene la capacidad de gustar a los fans del pasado y a los actuales? Ah, menudos dilemas. Estos interrogantes y muchos más suelen aparecer cuando uno se enfrenta a la reanudación de una creación mítica. No resulta tarea fácil ser objetivo, porque las expectativas y frustraciones personales pueden afloran; así que en esta entrada procuraré ser escueta, centrándome ante todo en sus diez últimos capítulos.

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Fifty years have passed, but I do not age. Time has lost its effect on me. Yet, the suffering continues. Aku’s grasp chokes the past, present, and future. Hope is lost. Gotta get back. Back to the past. Samurai Jack.

¿Quién es ese samurái de máscara pavorosa y montado en una fiera moto, golpeando a diestro y siniestro a unos artrópodos gigantes que amenazan la vida de dos jovenzuelas azules con antenas? El arranque de la quinta temporada de Samurai Jack no puede ser mejor, una declaración de principios que disipa cualquier tipo de duda: viene pisando fuerte y no va a dar tregua. Exacto, ese guerrero con cierto aire a Mad Max es Jack… pero 50 años más tarde. No ha envejecido, una de las consecuencias de los viajes en el tiempo, sin embargo su mente sí que ha sufrido el paso de las décadas. Jack, luciendo una barba lacia y aspecto desaliñado, es un hombre con el espíritu quebrado.

En las cuatro temporadas anteriores teníamos delante al samurái compasivo y racional que siempre soportaba con estoicismo las terribles pruebas a las que le sometía ese agujero negro cósmico de maldad que es Aku. La fortaleza de Jack se cimenta en un profundo respeto hacia el código bushidô y la posesión de la única arma capaz de destruir a Aku. Él ha sido elegido para luchar contra él y considerado digno de blandir la katana del Emperador pero, ¿qué ocurriría si Jack extraviara la espada? A pesar de que algo así resulta impensable, es lo que sucedió. Jack perdió su poder, y el equilibrio que mantenía cohesionadas la voluntad y determinación de Jack se reveló en toda su fragilidad. El guerrero ha pasado 50 años sobreviviendo, sin esperanzas y acosado por alucinaciones que le reprochan su derrota.  Su salud mental pende de un hilo, y el fantasma de la muerte lo acompaña en su errar. Lo único que lo mantiene vivo es la fuerza de la costumbre, luchando en pequeñas escaramuzas contra los monstruos mecánicos de Aku, pero incapaz de enfrentarse a él directamente.

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¿Sabe todo esto Aku? No, por supuesto que no. Si hubiera sido consciente del verdadero estado de Jack y la pérdida de su katana, hace mucho tiempo que habría aniquilado el universo entero. Pero Aku también ha sufrido el tedio del medio siglo transcurrido y, a su pérfida manera, echa de menos tener un rival a la altura. La incertidumbre de no saber con exactitud qué ha sido de Jack lo carcome. Aun así, poco a poco se está haciendo con el control de todo, y solo unos escasos románticos y pirados mantienen una oposición activa a su tiranía. Algunos de los que resisten lo hacen en la clandestinidad, protegiendo con su memoria y discretas acciones el legado de Jack. Para ellos es una leyenda que les hace sentir esperanza. Este no tiene ni idea de cómo lo idolatran, claro, ya que se encuentra en graves apuros. Una secta femenina dedicada al culto de Aku ha conseguido engendrar siete vástagos de su esencia. Siete jóvenes, con el fuego del demonio en su interior, que han sido adiestradas desde bebés para matar a Samurai Jack. El guerrero se encuentra acorralado, lo que antes habría sido un trago más, lo ha arrastrado al borde de la muerte. ¿Qué sucederá?

La serie está dividida en dos partes diferenciadas en las cuales hasta el ritmo resulta diferente. Siempre dinámico, pero el compás es distinto. Y su atmósfera también. La primera mitad es austera, algo oscura y muy solemne. Se enfoca en destacar la severidad de las condiciones vitales de Jack, no solo físicas, sino psicológicas. Una larga caída a los infiernos del remordimiento y la tristeza. Nuestro protagonista se siente como un moribundo que se resiste a recibir el golpe de gracia. Hasta que toca fondo. Con la percepción del mundo y de sí mismo distorsionada por la culpabilidad, se producirá la inevitable crisis existencial de la que renacerá. Un punto de inflexión que inicia un nuevo camino en el destino del guerrero. Tras liberarse de sus demonios interiores, recupera su poder para enfrentarse al gran demonio del mundo real: su archienemigo Aku. La segunda parte nos reconcilia con el Samurai Jack de hace una década, retomando su cadencia más luminosa y psicodélica; con ese maravilloso sentido del humor entre absurdo e ingenuo que lo ha caracterizado siempre. Hay hasta numerito musical.

Una de las cosas que más me han  gustado de esta última temporada es como su creador, Genndy Tartakovsky, nos ha mostrado nuevas facetas de Jack, exponiendo su vulnerabilidad. Ha roto el hieratismo que rodea siempre al héroe definitivo, humanizándolo. Hemos podido observar al samurái enfrentándose a situaciones inéditas que nunca había tenido que experimentar en el pasado; y ver evolucionar ante nuestros ojos, capítulo a capítulo, su espíritu. Todo un privilegio. Esto es debido a que estos 10 capítulos han sido más bien la historia de la búsqueda interior de Jack, su sanación. Las metáforas que lo revelan (el lobo herido, la ceremonia del té…) son meridianas. De ahí que Aku, salvo al inicio y al final, haya tenido escasa presencia.

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Samurai Jack fue, y es, una revolución pop a la que se le endilgó la etiqueta de de culto, cuando la serie es una historia que todos conocemos y hemos leído millones de veces. Continúa fascinándonos porque es atemporal y universal: la lucha entre el Bien y el Mal. Trabaja nuevos y viejos arquetipos que resuenan constantemente dentro de nuestros cráneos; sin embargo es su presentación y ese extraordinario envoltorio los que han sabido siempre realzar (a veces hasta transmutar) esos cuentos de aroma eterno que encontramos en la serie. Su arte es grandioso, un perfecto pastiche de cultura popular, misticismo oriental y fantasía exuberante. Ecléctico como él solo, e imbuido de reverencia hacia la naturaleza. Porque en Samurai Jack también hay poesía, en sus elegantes nociones de la geometría, en sus contrastes de luz y sombra, en su simplicidad sobrecogedora. Y los combates, ay, esas estupendas peleas. La alta definición le ha sentado muy bien, incluso el uso de un CGI comedido le ha aportado cierta brillantez.

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Esta quinta temporada de Samurai Jack era muy necesaria, y ha estado completamente a la altura de lo que se le pedía, incluso más. No es un mero ejercicio de nostalgia, también ha abierto las puertas a nuevas dimensiones que, aunque no son demasiado inesperadas, han enriquecido el universo de Jack. Desde un principio se siente la despedida, resulta en sus planteamientos tajante y no se recrea tanto como en las anteriores. Natural, es el adiós. Y por eso mismo, porque deja la miel en los labios, se hace muy corta. Esta quinta temporada no es suficiente, señores. ¿Solo 10 episodios cuando las demás han sido de 13? Meeeeeeeeeeh.  Si tengo que ser honesta, en realidad nunca hay bastante de Samurai Jack. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

TAG: 10 respuestas para una vida más allá del anime

Pues estaba yo tan tranquila ojeando twitter, cuando observé que Jean de Laberinto Invernal había sacado una entrada dedicada a los dos primeros capítulos de esta (¡por fin!) nueva temporada de Samurai Jack. Al rato, Wanda de Entre sábanas y almohadas subió unos pics de la serie que estaba viendo en ese momento, Over the Garden Wall. Poco después, en el Gato Curioso me preguntaron por South Park. En un breve lapso de tiempo, surgían ante mis atónitos ojos tres de mis cartoons preferidos. Era una señal. Y me dije: “¿es posible que los otacos seamos capaces de ver otras series de animación que no sean japonesas?”. La pregunta, ya de por sí imbécil, merecía una respuesta contundente: “¡Rayos, claro que sí!”. La frontera, que parece más complicada de traspasar con los tebeos, en los dibujos animados se difumina. Así que cavilé (no mucho rato, la verdad, convertí la señal en excusa) una buena forma de irritar a los camaradas otacos con un tag.

TAG: 10 respuestas para una vida más allá del anime es simple, directo y no sirve absolutamente para nada salvo hacer perder el tiempo: ¿cuáles son tus 10 series de animación no-japonesas favoritas? Favoritas, no las que consideres mejores (es distinto). Series, que no películas o cortos. ¿Las tienes en mente? Muy bien, pues ahora piensa en 6 blogs que estén dispuestos a continuar dispersando este miasma. Voilà. Lo has logrado, ¡hay una existencia allende los dibujitos chinos que gozar! ¡Aleluya! Ya puedes copipastear esto.

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Mis 10 preferidas creo que son muy, muy conocidas. Ha sido difícil hacer la selección, pero me he dejado guiar por las tripas y no el intelecto. Las amo a todas sin ninguna objeción, y forman parte ya de mi vida. Junto a otras muchas, claro, pero esta decena es especial. Antes de comenzar, allá van los afortunados que tienen el (ejem) honor de estar nominados a tan insigne y novísimo tag:

Las series están en riguroso orden de preferencia. Por una vez lo he hecho así. No creo que vuelva a repetirse semejante fenómeno otra vez, no obstante. Si lees esto y te apetece hacer el tag, siéntete libre de realizarlo y nominar a quien te dé la gana. La única condición es que nombres la procedencia, lógicamente. Comencemos.


10 ✪  SOUTH PARK

South Park (1997-2016) es una de las series más irreverentes y políticamente incorrectas que ha parido la televisión. Tiene un humor que roza bastante a menudo el mal gusto y la pura grosería, pero de una manera inteligente, nunca ha dado puntada sin hilo. kenny South Park no es un mero exabrupto o un colosal eructo cuyo eco resuena en las montañas. Es ya historia de la animación, un clásico. También es verdad que no está dirigido a todo el mundo, y es necesario cierto talante para poder disfrutar de su comedia negra, y ese arte que imita los cut-outs de las producciones setenteras del este de Europa. Lo que me he reído con esta obra no lo sabe nadie. Ni Isis. Es simplemente magnífica.

9  ✪  THE WIND IN THE WILLOWS

He dicho que creía que todas eran muy conocidas, ¿no? Pues bueno, The Wind in the Willows (1984-1988) quizá no lo sea tanto. Esta serie británica, basada en el enorme clásico de Kenneth Grahame del mismo nombre (y que fue uno de los primeros libros que leí en mi vida), es una joyita del stop-motion y de la delicadeza. No he encontrado ningún gif adecuado, pero sí el primer episodio de la primera temporada. Los recuerdos que tengo ligados a esta pequeña maravilla son tan tiernos como la propia serie. Sus minuciosos detalles, las historias, la ejecución, el diseño de las marionetas… TODO es admirable en The Wind in the Willows.

8 ✪  BATMAN

Es la SERIE de Batman (1992-1995). Definitivamente. A pesar de que ha tenido más encarnaciones, la de Bruce Timm es la que más se ha acercado, al menos desde mi punto de vista, al Batman urbano detectivesco sin caer en lo camp. Oscuro, pero no ridículo. Poderoso, pero humano y vulnerable. batmanY sin recurrir al nihilismo recalcitrante de Nolan que, sin considerarlo malo (Luzbel me libre), se ha hecho algo cansino; y ha contagiado su saturnismo a otros superhéroes que no tenían nada que ver con esa clase de espíritu (véase Superman o Spiderman). El Batman de esta obra es equilibrado y vigoroso, más cercano al de Miller o Moore que otros que vinieron después. Un 10 para esta serie. Batman Beyond (1999-2001) en comparación se me quedó algo cojilla. Y eso que Timm le sacó un partido tremendo.

7 ✪  SCOOBY DOO, ¿DÓNDE ESTÁS?

Algunos de los dibujos animados de la lista se encuentra vinculados estrechamente a mi infancia. Es algo inevitable. Y, a pesar de que ya desde enana mostraba una preferencia muy clara hacia la animación japonesa, también había obras occidentales que me gustaban mucho. Es el caso de Scooby Doo, ¿dónde estás? (1969-1970). scoobyAún en la actualidad me veo un par de capítulos de vez en cuando, y pese a la barbaridad de años que han transcurrido desde su estreno televisivo, resultan llanos y divertidos. Anticuados (normal), pero frescos. Mis personajes favoritos eran (y son) Shaggy y Velma; Fred y Daphne, tengo que reconocerlo, me caían bastante mal. Pero todos ellos hacían un buen equipo para resolver misterios. Que eso era lo que más me gustaba de la serie, el descubrimiento y resolución de tramas y enigmas. Disfrutaba (y disfruto todavía) muchísimo viéndola. Más adelante, la llegada de Scrappy-Doo me fastidió un poco, porque nunca fue un papel que me gustara demasiado. Pero no hay problema, siempre nos quedará la etapa clásica inicial.

6  ✪ HORA DE AVENTURAS

Un clásico contemporáneo que me dolió lo indecible cuando comunicaron que iba a finalizar. ¡¿Por qué, por qué?! Todo lo que tiene un principio, tiene un final. Hora de aventuras (2010-2018) es de los dibujos animados más originales y delirantes que he visto nunca. Una parodia de los cuentos infantiles, por eso tanto niños como adultos son capaces de entretenerse con ella. ¡Y mucho! No existen tantas obras que puedan trabajar a diferentes niveles. Me siento afortunada de poder haberla seguido mientras se emitía, ser contemporánea de ella. Hora de aventuras es como el puntillo que se coge cuando se bebe cerveza, alegre, dicharachera, irónica y luminosa. ¡Ay, qué penica que vaya a acabar!

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5 ✪ BEAVIES AND BUTT-HEAD

Beavies and Butt-Head (1993-2011) era una serie sobre dos adolescentes de lo más cafre y borrego que os podáis imaginar. Muy listos tampoco eran. bbPero esos comentarios mongólicos sobre los vídeos musicales que veían, su limitado lenguaje basado en gruñidos, risitas tontas y balbuceos, los líos en los que se metían continuamente por tocar las narices al personal, etc, tienen un lugar en mi kokoro por su perfecta representación del típico adolescente asocial con evidentes problemas neurológicos. Formaban una pareja tan patética como hilarante. Me hice con todos sus cómics, que publicó Marvel en España (los tengo a buen recaudo), y aunque no añadían nada de particular a su ristra de astracanadas cotidianas, siguen aún siendo muy entrañables. Dos vírgenes idiotas, a rebosar de hormonas y malicia, no pueden traer nada bueno. Para nuestro deleite televisivo, claro.

4 ✪ OVER THE GARDEN WALL

Más allá del jardín (2014) es todo lo que los cuentos infantiles deberían ser. Con un toque de ferocidad y esa elegancia burtoniana tan comedida. Siempre es otoño en Over the garden wall (mi estación preferida), una época del año que llama a la reflexión, donde las sombras crecen. El creador es Patrick McHale, que también trabajó en Horas de Aventuras, así que cuando me enteré de este nimio detalle, no tardé mucho en sumergirme en sus bosques tenebrosos. Amo esta serie. Es divertida, surrealista y profunda, un Maravilloso mago de Oz (1900) pervertido con ternura. Y encima es musical. Lo único malo que tiene es que resulta demasiado breve, solo diez episodios. Ains.

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3 ✪ SAMURAI JACK

Samurai Jack (2001-2017 ) es otro de esos clásicos contemporáneos que nadie, absolutamente nadie, con un mínimo de interés en los dibujos animados, debería perderse. El año pasado tenía planeado escribir una reseña sobre sus primeras temporadas, samuraijackademás creo recordar que algunos lectores votasteis esta opción en la pertinente encuesta que hice en twitter. Pero el disco duro donde la tenía se fundió y desapareció junto a diverso material inencontrable (todo bastante antiguo, y si digo antiguo quiero decir de principios del s. XX) que ya no podré volver a recuperar… porque no se vende en ningún sitio. Fue un golpe duro, me cagué mucho en los antepasados de Toshiba, pero las cosas suceden así. Quizá más adelante la escriba, pero prefiero terminar de ver ¡la actual temporada de Samurai Jack! ¡Ha vuelto, ha vuelto! Jack is back!

2 ✪ AEON FLUX

Sobre Aeon Flux (1991-1995) escribí largo y tendido en esta entrada, así que no voy a añadir mucho más. Al igual que Beavies & Butt-Head, representa una época dorada en la MTV que, oteando el actual horizonte, parece increíble que haya existido en algún momento. Pero así fue, la gran M estuvo a la vanguardia en muchos aspectos. Y luego se fue a la caca. Larga vida al reality show, larga vida a la cochambre televisada. Junk food para la mente.

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1 ✪ EL SHOW DE LA PANTERA ROSA

El show de la Pantera Rosa (1969-1976) es una obra maestra. Es, por ejemplo, todo lo que yo no soy: elegante, sofisticada, ingeniosa, sutil, divertida… por eso la amo con locura. Es el “menos es más” de van der Rohe elevado a la surrealista potencia. Una maravilla sin diálogos donde la música de Henry Mancini lleva la batuta; un rosario de gags de comedia sencilla pero chispeante. pinkpantherY el arte, ¡ah, el arte! Todo en El show de la Pantera Rosa es de un minimalismo estentóreo. Es curioso cómo las casualidades se convierten en imprescindibles de forma involuntaria. Porque aunque la película donde apareció por primera vez, The Pink Panther (1963), merece un vistazo (o más), ese diamante felino que solo tenía un propósito decorativo, se convirtió en un icono pop que la superó en fama. Y bien merecida. Mil gracias, Freleng y DePatie, por esta criaturita tan singular


Podría haber colado también Vaca y Pollo, Looney Tunes, Ren & Stimpy, PopeyeEl laboratorio de Dexter, Dragones y MazmorrasLas Supernenas, Los Simpsons… pero los que he puesto han significado más para mí. Y, exacto, he procurado ser breve. Esa es la intención del tag, no dar excesivas explicaciones, sino lo justo para aclarar las decisiones tomadas. Directo y conciso, las propias elecciones deberían ser ya lo suficientemente elocuentes. Espero no haberos aburrido mucho y que así hayáis conocido algo más sobre mí.

A los nominados: no es obligatorio realizar el tag, tampoco hay una fecha límite (solo faltaría). Sin embargo, no voy a negar que me gustaría verlo circular y saber así más de lo que se cuece, fuera del anime, en las cabecitas de otros camaradas otacos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Guin el Invencible y las perlas gemelas de la ciudad sagrada

Estoy de viaje unos días, pero me he llevado el portátil. No porque vaya a trabajar con él, sino por ver a la noche cosillas que tengo sueltas. Y como he terminado el anime que tenía en proceso, he decidido hacerle una entradica. Hala. No muy larga (siempre digo eso JOJOJO y luego salen chistorras kilométricas), pero como la serie me ha dejado un sabor de boca agradable, he pensado “¡qué coño, merece un post!”. Además una de las últimas preguntas que me hicisteis en el Gato Curioso iba sobre el tema. Y aquí estoy, tirada en la cama tecleando mientras el laptop me achicharra la tripa.

El anime en cuestión es Guin Saga (2009) y consta de 26 episodios realizados por Satelight. Sinceramente, no comprendo cómo no tiene una legión de fans, quizá se deba a que el fenómeno de efervescencia otaco se da sobre todo entre adolescentes y adultos jóvenes y, como tiene ya unos añitos, la franja temporal de arraigo ha pasado hace bastante. Y los otacos actuales no saben ni que existe, porque son criaturas del presente. Quizá sea eso. O quizá no. La cuestión es que Guin Saga es una obra muy competente dentro del género de la fantasía heroica, con una animación que podría mejorarse muchísimo más, aunque el argumento y su desarrollo son estupendos.

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Kaoru Kurimoto de moza

Esta señorita era Kaoru Kurimoto (1953-2009), seudónimo literario de Sumiyo Imaoka. Ella fue el cerebro responsable de que Guin Saga saltara al mundo de la animación, pues ella, y solo ella, escribió la saga literaria que le da nombre, compuesta de 130 libros. Nada más y nada menos. La serie cubre los primeros 16. Solo he leído uno, el que sube el telón, The Leopard Mask (1979), y no lo recuerdo especialmente, así que podría decir que me pareció normal. Me habría gustado poder continuar con alguno más, pero en inglés creo que solo estaban publicados por entonces 3 volúmenes… y tampoco me apetecía darme con un canto en los dientes si me llegaba a gustar mucho. Por la información que he recabado, la historia propiamente finaliza sobre el volumen 100, los otros treinta son como diferentes spin-offs. No puedo opinar sobre si a esta buena mujer se le fue de las manos el asunto (tiene el récord Guinnes, por supuesto) o realmente todo su conjunto es valioso, pero resultando una saga tan amplia, tiene todas las pintas de que la homogeneidad brillará por su ausencia. Y sería algo completamente natural, por otro lado.

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Guin, Remus y Rinda en la portada de la primera novela de “Guin Saga”.

Es que cuesta imaginarlo, 130 libros. WOW. Vaya fenómena era Kurimoto-sensei. Y lo fue, en realidad lo fue en varios aspectos. Creo que es importante que antes conozcamos algo de la vida y obras de esta escritora, pues era una persona bastante singular. Se graduó en literatura en la universidad de Waseda y escribió desde crítica literaria, ensayos sobre diferentes autores como Yasutaka Tsutsui, el poder del patriarcado y el papel de la mujer en el género de ciencia ficción; hasta manga y novelas de detectives, fantasía, terror lovecraftiano o temática homosexual. Escribió, escribió y escribió de lo que quiso y como le dio la santa gana; fue una creadora de mente fértil y obra extensísima. Por estos lares la conocemos solo de oídas, pero en Japón fue toda una institución. Recibió multitud de galardones, entre ellos el Gunzô, poco después de su debut, o el Edogawa Ranpo. Su carrera consta de aproximadamente 300 obras, por lo que cualquier cosa que diga solo señalará el risco de un gigantesco iceberg que por aquí ni oleremos. Kaoru Kurimoto fue una de las literatas más importantes de sci-fi en el Japón de finales del s. XX; su influencia era enorme, al igual que su popularidad.

Sin embargo, la producción más celebrada de su catálogo es la que hoy nos atañe en SOnC, Guin Saga, su magnum opus literalmente. La trascendencia de estas novelas es excepcional y pueden observarse ecos suyos en obras de otros autores como Berserk o Record of Lodoss War; por no decir que George R. R. Martin también le dio un buen repasillo a los primeros volúmenes. Guin Saga es un clásico impepinable que por desgracia será muy arduo podamos leer algún día completo. El género de alta fantasía se encuentra, sobre todo, en manos anglosajonas en el mercado de esta parte del planeta; y no existe ningún tipo inclinación natural por escritores japoneses. Y menos aún en este género. Así que la única forma de consolarnos es mediante sus adaptaciones al manga y a la animación. Conforme iba viendo la serie, me preguntaba cómo era posible que, siendo tan significativo este trabajo, no hubiera tenido más encarnaciones. Se tuvo que esperar al fallecimiento de Kurimoto para realizar un homenaje-despedida de Guin Saga. Y, a pesar de que se realizó con cariño, también da la sensación de que se hizo un poco por cumplir. O al menos esa es mi percepción.

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Guin Saga comienza con la invasión del reino de Parros por la intrépida potencia militar de Mongauli. Sus soberanos intentan poner a salvo a sus dos hijos mellizos, Remus y Rinda, mediante una máquina sagrada de teletransporte que solo la familia real puede utilizar. Es uno de los enigmáticos tesoros del país. Pero algo no funciona bien del todo, y en vez de ser enviados a la vecina Argos, donde su tía materna es reina, acaban en un tenebroso bosque. Allí, cuando están a punto de perecer, un misterioso hombre-bestia con cabeza de leopardo despierta de la inconsciencia y logra socorrerlos. Parece un guerrero brutal y mortífero pero Rinda, que tiene el don de la profecía, confía en él casi de inmediato. Él no recuerda quién es, de dónde viene ni la razón de su aspecto monstruoso, solo que probablemente se llame Guin. La palabra “Aurra” también acude a su mente. A partir de entonces, acompañará a los dos niños en su huida y búsqueda de refugio, pues el Archiduque de Mongauli ha ordenado su muerte. Para ello moviliza a parte del ejército y envía a su propia hija, Lady Amnelis, en su búsqueda. ¿Son ellos los únicos supervivientes de la casa real parrosí? No, pero Remus es el heredero al trono, y el siguiente en la línea sucesoria, su primo y prometido de Rinda el Duque Norisse, se encuentra en paradero desconocido… de momento. Al grupo de Guin y los mellizos se unirá algo más adelante el mercenario Istavan de Valachia, cuya presencia cambiará el rumbo de sus destinos; también la inevitable “mascota”, Suni, nacida en la ominosa región de Nospherus.

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Si algo se encuentra en esta serie es una reconfortante sobredosis de épica a la antigua usanza. Panorama de base profundamente patriarcal y fragancia a testosterona sudorosa, aunque sabe jugar un poco con los roles de género para darse vidilla. La banda sonora, compuesta por Nobuo Uematsu y que fue su estreno en el mundillo del anime, es tan rimbombante como era de esperar en una serie de estas características. Aunque en algunos momentos suena ligeramente… cutre. Otorgar mucha presencia al sonido puro de sintetizador no suele encajar demasiado bien con una obra de ambientación medieval. Transmite una sensación amateur no muy favorecedora. Hay que tener en cuenta además que Guin Saga es muy clásica dentro del género espada y brujería, más cercana al Conan de Robert E. Howard que a las moderneces culebronescas de Canción de Hielo y Fuego, guardando mucho de esa esencia pulp tan entrañable. De ahí que peque de cierta ingenuidad e infantilismo, pero es parte de su encanto. No todo tiene que ser nolanesco para molar, camaradas otacos, resultaría un agobio.

No obstante, se decidió respaldar una línea amable dirigida a un tipo de público amplio. Hay combates, hay batallas; el nivel de violencia es alto, pero sin su faceta más cruenta. La gente muere por doquier y continuamente (encariñarse con secundarios es deporte de riesgo para el kokoro), pero no se ve ni una sola gota de sangre. En realidad las escenas de acción son bastante cochambrosas y se encuentran planificadas fatal; que el CGI sea un castañón además empeora el asunto. Horreur. Aviso: los amantes de las ensaladas de hostias se llevarán una tremenda decepción.

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El primer arco argumental de Guin Saga, como toda presentación, es una declaración de principios. Una declaración de principios que, a pesar de ser muy dinámica sin dejar espacio al aburrimiento, es bastante superficial y algo chapucerilla. La simplificación de algunas escenas raya el absurdo infantil, perdiendo en ocasiones la coherencia. Se nota muchísimo que han tratado de adaptar lo mejor que han podido el inicio y primeros pasos de un universo complejo y vasto, pero les ha quedado tambaleante. La labor de síntesis no ha sido la más acertada, no obstante tampoco parecía fácil realizarla. Además resulta disculpable porque se trata de un preámbulo y la historia en general seduce. Y esa es una de las características de esta serie, que engancha. El nivel de adicción va in crescendo hasta alcanzar su final. Si se toleran los primeros episodios, que tampoco resulta complicado, los siguientes hacen olvidar esos tropiezos típicos de anime largo que se está encontrando a sí mismo. Por que en el segundo arco, sobre todo a partir del capítulo once, las cosas se ponen bastante más interesantes. Los retratos de los personajes son más detallados, aparecen nuevos, se desarrollan secundarios y el romance toma algo de protagonismo. Las intrigas palaciegas y la política ganan importancia, dejando un poquitín de lado las batallas, lo que beneficia bastante el conjunto. La historia se asienta, la clásica lucha por el poder se hace muy presente. La galería de personajes que despliega la serie es dilatada, y todos y cada uno de ellos están diseñados con meticulosidad y gracia. Guin Saga presume de categórica naturaleza coral, y cuida al máximo las caracterizaciones, lo que nos da a entender que han procurado seguir con fidelidad las descripciones literarias de Kurimoto. Pero hay algo que no puedo evitar que me moleste: el amor convierte en auténticos imbéciles a ciertos personajes, lo que les impide desarrollar su potencial. Memos de relleno, marionetas e irritantes cabezotas. Requetemeh.

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Mi amado Klimt

Sin embargo, Guin Saga le da mil vueltas a Arslan Senki, por brindar un ejemplo de serie épica con gran popularidad. También es bueno advertir que ambos anime comparten un apartado técnico flojérrimo. Me llama la atención mucho ese esmero en algunos detalles, que son en verdad deslumbrantes, para tropezar a la vez con una falta de atención (o presupuesto) en una animación que va del “mira qué bonico esto” a la vergüenza ajena con hemorragia ocular. El argumento es muy bueno, porque la base es la que es; resultaría una incompetencia absoluta cagarla con un material semejante. Sin embargo, es patente que hay muchisísisisisimo detrás que resultaría imposible de plasmar en la serie. Y da una miqueta de rabia, porque los libros no se pueden conseguir en Occidente. Y esto también se encuentra relacionado con la conclusión que le dan al anime, que en realidad no es una conclusión como muy sagazmente deduciréis.

¿Recomiendo Guin Saga? La verdad es que sí. A pesar de que es irregular a causa de esos contrastes tan fuertes entre lo que hace (muy) bien y lo que hace (horriblemente) mal, resulta un anime entretenido y que mejora mucho conforme avanza. Guin, con su personalidad estoica y compasiva, es solo un hilo conductor, que no protagonista. Y se agradece la ausencia de héroes mesiánicos pagados de sí mismos. El elenco y sus circunstancias son en realidad los que crean un espacio que se amplía en continua progresión, engendrando el opulento universo de Kaoru Kurimoto. Pero, ay, qué mal llevo los finales abiertos. Qué mal. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

And the winner is… NOT JAPANESE

No suelo prestar mucha atención a los Oscars porque, como creo que he comentado en alguna que otra ocasión, me parece una chifladura que unos galardones estadounidenses, que premian esencialmente productos estadounidenses, se hayan convertido en la representación de lo que se supone que es lo mejor del cine mundial. Un pelín presuntuoso diría yo, sin embargo es la noción instalada en la mente de medio planeta. No voy a entrar en cómo ha sucedido esto, que no tiene nada de extraordinario por otro lado; ni en el tráfico de influencias, corruptelas y demás fellatios que han rodeado desde siempre el asunto. Desde mi perspectiva su prestigio es muy relativo, aunque todo lo cuestionable que rodea estos premios no es tampoco óbice para admitir que gracias a ellos se pueden descubrir grandes obras. A veces se las premia y todo. Pocas cosas son totalmente negras o blancas en el universo humano, aunque nos empeñemos en verlo así (supongo que simplifica las cosas).

Este año 2017, en la categoría de mejor largometraje de animación, hay dos películas que tienen una clara vinculación con Cipango: Kubo and the two strings (2016) y La tortue rouge (2016). Muy diferentes entre sí, y que merecen su mini-reseña en SOnC. Me asombraría muchísimo que cualquiera de ellas lograra vencer, sobre todo teniendo en cuenta que se enfrentan al titán Disney por partida doble: Moana (2016) y Zootopia (2016). Ya sabéis, Disney, ese tradicional ganador desde la era de los trilobites (Palezoico para los puntillosos). Salvo Ma vie de Courgette (2016), he visto todas las aspirantes; y a pesar de que Zootopia me gustó y Moana me aburrió soberanamente, son las candidatas con más probabilidades de hacerse con la estatuilla (nota: me encantaría ver Courgette, porque tiene una pinta fantástica). Pero nunca se sabe, nunca se sabe… quizá nos llevemos una sorpresa. De momento Kubo está nominado en dos categorías (también en mejores efectos visuales), lo que podría considerarse esperanzador. La tortue rouge lo tiene bastante más negro, pero al menos ha llegado hasta aquí.

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Soy gran admiradora del stop-motion desde cría. Tuve la suerte de disfrutar muy pronto de las obras de ese coloso que fue Jiří Trnka (1912-1969)y más adelante de uno de sus más importantes discípulos, mi amado Kihachirô Kawamoto. ¿Cómo podía dejar pasar Kubo and the two strings? Los estudios de animación Laika, que conocía sobre todo por Coraline (me gustó mucho más que la novela de Neil Gaiman, lamento la blasfemia), no tienen muchos largos en su haber; pero esa falta de bagaje no la consideraría en absoluto un impedimento para realizar un buen trabajo. Así que ahí estaba Laika, que me daba excelentes vibras, y una temática que me entusiasma: el folclore japonés. ¿Qué podía fallar? Muchas cosas, la principal que eran occidentales (estadounidenses para más inri) los que metían sus hocicos en el intrincado universo mitológico de las islas. La ignominia que podía surgir de ello, volcada en el estereotipo y topicazo más rancios como suele ser habitual, podía ser de dimensiones ciclópeas. Pero salvo por el inevitable whitewashing de los actores de voz, Kubo and the two strings no es solo digna, sino respetuosa con la cultura japonesa. Un bonito homenaje, de hecho. Al menos desde mi perspectiva de palurda occidental, claro.

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Es cierto que esperaba encontrar algún rastro perceptible del Bunraku o cierto guiño a Kawamoto-sensei, pero creo que eso habría sido pedir demasiado. Se trata de un film además en el que los abyectos otacos reconoceremos muchos recursos e ideas, porque nos encontramos ahítos de verlos en mangas y anime. Un espectáculo gozoso que disfrutaremos sin problemas, aunque no nos sorprenderá demasiado. Sin embargo, reconozco que fue una jugada algo arriesgada por parte de los estudios, pues la mayor parte del público no está familiarizado con Japón, y Kubo and the two strings es un cuento típico japonés sobre japoneses en Japón con la idiosincrasia japonesa. Dirigido encima a toda la familia. El Western-centrism es algo tan arraigado, sobre todo en audiencias acostumbradas a productos anglosajones, que hace difícil se sientan cómodas con una obra que les resulte… remota. Pero con esta película no hay cuidado, si se logra superar el prejuicio inicial, es patente que tras su impecable fachada oriental, los que mueven los hilos son cerebros occidentales. Porque se nota y mucho. ¿Es eso negativo? Para nada. En realidad me parece uno de los puntos fuertes de esta película. La mezcla Japón-Occidente es enriquecedora, y sirve para tender puentes.

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Los aterradores villanos del film, entre los que se encuentra ¡PETER CUSHING! Amén.

Otra de las cosas que resulta fácil de advertir es el enorme cariño y cuidado que se ha puesto en todos y cada uno de los aspectos de Kubo and the two strings. Hay un trabajo descomunal detrás, de años diría yo. La labor de documentación ha sido exhaustiva, la han trenzado en el argumento y volcado en el terreno artístico de forma sensacional. El terrorífico gashadokuro que remite a Takiyasha la bruja y el espectro del esqueleto (c.1844) de Utagawa Kuniyoshi es sobrecogedor; la representación de la festividad del O-Bon, con su indispensable Bon Odori y la emotiva Tôrô nagashi son el punto de inflexión (y final) de la película. Pero hay mucho más: el reconocimiento sutil a las figuras de las Goze y los Biwa hôshi; la importante carga simbólica de la grulla y el mono (macaco japonés); la continua presencia de disciplinas como el kyûdo, el origami, etc; las referencias a personajes históricos como el samurái Hattori Hanzô; entrañables detalles que aluden a Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa en ciertos diseños o a su actor fetiche, Toshirô Mifune, y no veo prudente alargar más la lista. Aunque podría.

El director, Travis Knight, que se estrena además con este film, se centra más en la faceta budista de Japón que en la autóctona, el shintô. La naturaleza de los antagonistas no acaba de corresponderse con el dios lunar Tsukiyomi y su parentela, sino a las deidades búdicas celestiales que residen en nuestro satélite, como las del Cuento del cortador de bambú. La protagonista de esa leyenda, la princesa Kaguya, comparte características similares con los villanos del film: son tenny’o.  Aunque en Kubo and the two strings los representen como si se hubieran escapado de The Nightmare before Christmas (1993), para dejar claro que son los malosmalosos.

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Con toda la intención, no he comentado nada todavía sobre el argumento. La verdad es que para mí fue lo más decepcionante del film, aunque no puedo decir que me pareciera una birria. Porque no lo es. Simplemente no está a la altura de todo lo demás. Es un bildungsroman sin fisuras, siendo su protagonista Kubo, un niño tuerto que se gana la vida contando cuentos con su shamisen. Con él, en una cueva al lado del mar, vive su madre, que se encuentra enferma desde que se golpeó la cabeza con unas rocas. Pero ni su madre es una mujer normal ni Kubo es un niño cualquiera; ambos tienen habilidades mágicas muy especiales. La mujer está muy preocupada por Kubo, pues un peligro gravísimo lo acecha si permanece fuera de la cueva durante la noche; así que le hace prometer que no se dejará ver hasta que salga el sol. Pero un día, como imaginaréis, se le olvida regresar antes del anochecer a su hogar. Ha permanecido rezando ante un farolillo que ha hecho para el O-Bon, intentando que su padre le responda de alguna manera. Y ahí comienzan sus aventuras. Entretenidas y llenas de acción, pero previsibles. Los personajes que van apareciendo son clichés, muy bien construidos, pero clichés al fin y al cabo. La historia, como va dirigida a un público familiar, tiene comedia blandengue por doquier y momentos sentimentales que me resultan molestos. Afortunadamente, no abundan tampoco demasiado. Imagino que la melosidad tipo Disney es muy difícil de sortear cuando se intenta desarrollar un producto con ciertas pretensiones comerciales. A pesar de todo esto, Kubo and the two strings sabe sacar partido a su sencilla historia con una dosificación de los golpes de efecto inteligente, por lo que no aburre en ningún instante.

Kubo and the two strings es la mezcla perfecta de tradición y modernidad, como el mismo Japón. La construcción artesana de todas las marionetas y escenarios se une a la última tecnología en materiales y CGI, que con delicadeza hacen la animación más fluida y suave, de gran realismo. Es un despliegue visual que me dejó atónita en el cine por su increíble nivel de detalle y dinamismo. Como amante del stop-motion, considero Kubo un salto cualitativo histórico, y eso que no soy precisamente amiga de las herramientas informáticas en la animación. Una excelente película para todos los públicos, que destaca más por su prodigiosa realización que por un guion original. Muy recomendable.

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Si Kubo and the Two strings intenta ganarse al público juvenil y familiar, La tortue rouge encarna los esfuerzos por alcanzar a los espectadores adultos. Todavía se continúa arrastrando el falso concepto de que la animación es, sobre todo, para niños o adolescentes. Y no es así, claro está. Eso Hayao Miyazaki lo sabe muy bien, por eso en cuanto vio Father and daughter (2000), ganador del Óscar al mejor cortometraje en 2001, quiso conocer a su director y ofrecerle colaborar con Ghibli. Y así fue como un inicialmente escéptico Michaël Dudok de Wit (creía que le estaban tomando el pelo) se involucró con una de las productoras más importantes y prestigiosas del sector. Le otorgaron una libertad creativa envidiable, trabajando exclusivamente con personal europeo. Solamente debía ceñirse al presupuesto y calendario. Ghibli y la francesa Wild Bunch aunaron fuerzas para crear La tortue rouge, y el resultado fue (y es) una aleación extraordinaria entre Oriente y Occidente. Señalar que este proyecto ha sido, por ahora, la única asociación de Ghibli con unos estudios no japoneses.

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Es muy obvio el sedimento japonés, concretamente el de Ghibli. Su espíritu ecologista, el trasfondo filosófico de índole metafísica, el lenguaje onírico que estalla ocasionalmente, el lugar del ser humano en el mundo, la fusión de realidad y fantasía, etc. Es una película muy curiosa, porque a pesar de tener un argumento elemental, se abre a múltiples interpretaciones. Por eso tampoco quiero alargarme demasiado con su reseña, pues cada persona la puede entender de una manera diferente. Su rica simbología además contribuye a ello. Las referencias que evoca resultan muy variadas, desde la Odisea, Los Viajes de Gulliver, pasando por Robinson Crusoe, Moby-Dick o El viejo y el mar. Pero ninguna de ellas se adapta del todo a La tortue rouge. Es un film bastante singular, carne de clásico.

Lo que sí resulta evidente es su naturaleza alegórica, que plasma los ciclos de la existencia humana. Pero no por sí mismos, sino contextualizados. Es interesante observar que Dudok de Wit, de forma intencionada, huye de la visión antropocéntrica. Sí, es la historia de un náufrago que llega casi de milagro a las costas de una pequeña isla tropical, pero la mayoría de planos dejan bastante claro que este hombre solo es un elemento más de su entorno. La naturaleza, vasta y generosa, alberga por igual vida y muerte. No juzga, no distingue; es terrible en su impasibilidad y belleza. La naturaleza simplemente es. El ser humano debe buscar, ocupar y aceptar su propio espacio, aunque el ego no siempre hace fácil admitir que solo se es una pieza más. Con más consciencia y habilidades, pero formando parte de algo mucho más grande que él mismo.

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El trabajo que ha realizado Isao Takahata en la producción artística ha sido memorable. Inspirado en la línea clara del tebeo franco-belga para el diseño de los personajes y la paleta de colores, oscila entre el minimalismo y la exuberancia de sus escenarios. Elegante, clásico, ultramoderno. La combinación de dibujo tradicional y animación digital es perfecta, ensamblada con tal equilibrio que resulta imperceptible. En general, su cuidadosa simplicidad es un soplo de aire fresco entre tanto fuego de artificio en el mundo de la animación actual.

El argumento, que lo he esbozado un poco hace unos instantes, es la vida de un superviviente en una pequeña isla desconocida. No sabemos su nombre, ni lo sabremos nunca. Los nombres en realidad no importan en este film; por no importar ni siquiera las palabras significan algo, porque La tortue rouge carece de diálogos. Son sus poderosas imágenes, los silencios y la magnífica música de Laurent Pérez del Mar los que consiguen que la película alcance esas cotas de genialidad que la convierten en un cuento atemporal. Veremos el empeño de nuestro hombrecito por navegar lejos de la isla, afanes frustrados por la presencia de una enigmática tortuga roja. Más personajes se unirán al elenco, perfilados con habilidad y sencillez; y mediante un compás tranquilo, iremos observando desde las delicias de lo cotidiano y lo banal hasta los sucesos más trascendentales. Todos tratados en igualdad de condiciones, y con una serenidad impertérrita. Eso es algo que me encanta de La tortue rouge, la ausencia de dramatismo, su fluir constante y sosegado casi etéreo, pero que llega al corazón. Esta obra emociona, pero sin recurrir a alharacas. Si Kubo and the two strings es muy recomendable, La tortue rouge resulta imprescindible.

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¿Y quién se llevará el preciado galardón? Personalmente me encantaría que La tortue rouge ganara, aunque lo veo harto complicado. Me ha gustado mucho más que Kubo, que a pesar de que ya es un hito dentro del stop-motion, presenta un trabajo menos audaz, más atado a ciertos convencionalismos. Sin embargo, me doy cuenta de que se trata también un poco de preferencias personales, y no es justo comparar estas dos películas ya que expresan dos formas de concebir la animación muy diferentes. Y van destinados a públicos distintos. Ambas merecen la atención popular, ambas poseen virtudes de sobra para ser reconocidas como grandes obras. Una oportunidad es todo lo que piden, ¿se la has dado ya? Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Lacónicos y robots caníbales del espacio exterior

Mentira, mentira cochina. No hay ningún corto que se llame así. Todavía. Je. Pero me apetecía poner un título ridículamente bizarro a la entrada de hoy, que la serie B (y Z) siempre me ha(n) tirado mucho. Aunque sí, hay robots en este nuevo post. Y es que tarde o temprano Robot Carnival (1987) tenía que aparecer en los Lacónicos. Con Katsuhiro Ôtomo & co. asomando encima los hocicos era algo irremediable. Además, ya le dedicamos una entrada a un proyecto suyo, Short Peace (2013), del que hice reseña aquí; y en la que anuncié propósito de escribir más sobre mediometrajes y cortos del creador de Akira. También que un amable anónimo hace unos días mentara Neo Tokyo (1989) en el Gato Curioso hizo que recordara mi antigua determinación. Bueno, pues here it is, my otaku comrades: el carnaval de los robots.

Antes de entrar en materia, si estáis interesados en más cortos de Ôtomo, recomendaros la entrada que Wanda de Entre Sábanas y Almohadas dedicó a Memories (1995). Es otra compilación en formato película muy, muy interesante. Y tras este pequeño inciso, al turrón.

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Robot carnival es un CLÁSICO. Así, con mayúsculas y en negrita. Es una verdadera lástima que no tenga más reconocimiento a nivel popular, porque la merece. Pero tanto los otacos ancianos como los aficionados a la arqueología animesca sabemos muy bien de su existencia. Ha pasado sin mucha pena ni gloria durante todos estos años, y los seguidores actuales no le han prestado demasiada atención, quizá porque el material antiguo tiende a ser ignorado o también debido a su aire experimental. Quién sabe. Robot Carnival no resulta precisamente comercial ni tampoco perfecto, sin embargo su calidad en conjunto es indudable. ¿Por qué remarco “en conjunto”? Pues porque Robot Carnival es una OVA conformada de 9 cortos individuales. 9 cortos de muy distinto pelaje, diferentes directores y equipo, pero con algo en común: los robots.

Los estudios A.P.P.P, dirigidos por gente de la mítica Mushi Pro, decidieron que no estaría nada mal juntar a los cerebros de los animadores más prometedores del momento para hacer unas bagatelas. Cómo no, entre ellos se encontraban Ôtomo y su cuadrilla de amigos. Así que, usando como nexo la robótica, realizaron 9 cortometrajes donde sus autores pudieron explayarse con libertad, examinando distintos aspectos de la temática y sus implicaciones. ¿Desarrollaron el asunto en profundidad? Veamos: son casi todas obras de unos 10 minutos, algunas se mojan más que otras, pero desde luego no hay demasiado de Alvin Toffler en sus historias. Eso no quiere decir que sean un descerebre ni mucho menos, pero estamos básicamente ante un producto de entretenimiento. Con ciertas pretensiones filosóficas y artísticas, pero de forma sencilla y accesible. Los robots además estuvieron muy de moda durante la década de los 80, fue una auténtica fiebre, así que no resultó extraño que una obra tan particular como esta consiguiera su propio espacio.

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El opening y ending, dirigidos por Katsuhiro Ôtomo y con la gran Atsuko Fukushima a los mandos de la animación, resultan un preludio y epílogo impecables para este Robot Carnival. Son las dos piezas más cortas del repertorio y con el mismo hilo argumental. Presentan y despiden un mundo desolado donde el caos, insensible a lo que le rodea, propaga su destrucción mediante la locura de una fiesta muerta y sin sentido. Hasta que el tiempo y la nada lo engullen. Y vuelve la… tranquilidad.

Todos los cortos poseen una calidad de animación altísima, incluso para el baremo actual. De hecho es, desde mi punto de vista, infinitamente más hermosa, con un nivel de detalle y fluidez maravillosos. Tienen en común además la ausencia de diálogo. Salvo dos de ellos, que sí recurren a él, es la música la que lleva las riendas. ¿Y quién fue el responsable de esa música? Pues nada más y nada menos que el compositor Joe Hisaishi, que para Robot Carnival desplegó habilidades dentro de su muy amada música electrónica y techno. En sumo apropiado, y el resultado no pudo ser ochentosamente mejor. Es cierto que hay historias que me gustan más que otras, y la calidad argumental no la percibo homogénea; pero es algo habitual en este tipo de obras corales. Sin embargo, valoro Robot Carnival de manera integral como un anime que hay que ver por lo menos una vez. Es un menú de platos algo raros que contiene trazas de frutos secos, leche, mecha y soft sci-fi; también shônen, surrealismo y comedia, por lo que hay de todo un poco para gustar… o provocar alergias. Vayamos con ellos.

 

Franken’s Gears

Kôji Morimoto

Morimotosensei creo que no necesita introducción, ha sido una presencia constante en títulos imprescindibles como Akira, Tekkon Kinkreet o Mind Game entre otros muchos. Una figura entre bambalinas, a veces dejándose ver un poco más, esencial en el mundo de la animación. Suyo es este Franken’s Gear o Furanken no Haguruma, que resucita el mito del moderno Prometeo de Mary Shelley, pero no en carne y hueso, sino metal y circuitería. Este corto afronta el momento de la creación, abarca desde el profundo caos hasta que se alcanzan los confines de la existencia; plasma el éxtasis de generar vida. El robot despierta, imita a su creador… ¿y luego?

Franken’s Gear es un corto oscuro, sin voces humanas; son las máquinas las que hablan. Los juegos de luces y sombras, más propias del teatro o el cine expresionista alemán, evocan clásicos del terror como Der Golem (1920) o la propia Frankenstein (1931). Resulta también inevitable la comparación con El aprendiz de brujo de Disney. En realidad Robot Carnival como proyecto recuerda al clásico Fantasía (1940), tanto por su afán heterodoxo como por el protagonismo de la música, que lo encauza todo. En resumen, Franken’s Gear es el nacimiento del autómata, el hijo que matará al padre y dominará el mundo.

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Deprive

Hidetoshi Ômori

Deprive es un shônen típico-tópico de cabeza a los pies, pero realizado con un gusto y cuidado exquisitos. Un videoclip musical donde la acción es la protagonista principal. Si en Franken’s Gear el tema a tratar era la creación y el despertar de la máquina, en este Deprive es dotar a esa carcasa del espíritu humano. Así que Hidetoshi Ômori decide recurrir a ilustres clichés para recrearse luego en su expresión. Porque el argumento no tiene nada de particular y lo hemos visto cien veces; es a nivel técnico y artístico que deslumbra y resulta un placer inmenso. Ars gratia artis, señores, los fans de Saint Seiya disfrutaréis como bellacos. Quizá sea el más flojillo de los nueve, a mí es el que menos me agrada; pero consigue en diez minutos sintetizar lo que a muchas series les cuesta contar en todos sus capítulos. Y eso es, como mínimo, una curiosidad. Además no hace perder mucho tiempo.

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Presence

Yasuomi Umetsu

Creo que no es la primera vez que Yasuomi Umetsu aparece por SOnC. Ni será la última, aviso. En este Presence está, sencillamente, sublime. Es el corto más trascendente de Robot Carnival (con permiso de Cloud) y trabaja con ese eterno dilema de lo que es humano y lo que no. Dónde están los límites. Por eso tiene muchísimo de Blade Runner (1982), de hecho el protagonista principal está inspirado claramente en J.F. Sebastian, y su creación tiene un poquito de Pris (pero más de Cindy Lauper y Madonna, jojo). Posee una potente carga simbólica que, ligada a recursos del surrealismo, hace de Presence una obra extraña y mágica, algo cruel también.

Presence es el más largo de los 9 cortos, con 20 minutos de duración. También goza, junto a Strange Tales of Meiji Machine Culture: Westerner’s Invasion, de diálogos entre personajes. Cuenta la historia de un hombre que, sintiéndose poco amado desde la niñez, decide evadirse en la creación de pequeños juguetes mecánicos. Pero su principal obsesión es la construcción de un androide femenino a tamaño real que pueda sustituir la falta de amor de su madre, esposa e hija. Un consuelo. Y por fin, cuando está ya acabada, resulta ser más real, inteligente y humana de lo que le gustaría. Le pide un nombre, le pide afecto porque, como él, también se siente sola. Llevado por el miedo, reacciona con cobardía y la rompe. Solo es una muñeca. Sin embargo, aunque los años se suceden, no puede olvidarla y continúa poblando sus pensamientos.

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Starlight Angel

Hiroyuki Kitazume

Starlight Angel es una fantasía shôjo hecha vídeo musical para la MTV. O lo que era la MTV en esa época, claro: los reyes indiscutibles de la difusión televisiva de la música pop. Ahora es ponzoña. Y estoy siendo amable con lo de ponzoña. Volviendo a lo que nos concierne, este corto no es para romperse la cabeza, se trata simplemente de entretenimiento inofensivo sobre el mal de amores durante la adolescencia; y cómo nuestros amigos los robots pueden consolar los tiernos corazones de ciertas damiselas. Y que de repente aparezca un Mazinger Z malísimo de la muerte por ahí o que todos se echen a volar rodeados de estrellitas, solo son coyunturas de la libertad creativa.

Bromas aparte, quizá sea junto a Deprive el menos sustancioso de los cortos en Robot Carnival. Aun así, esa ingenuidad que busca la catarsis de la protagonista en un parque de atracciones temático, es de lo más deliciosamente frívolo que podréis encontrar en mucho tiempo. ¡Ah, los ochenta, qué maravilla de la horterada y la veleidad! Starlight Angel es miel sobre hojuelas, en la actualidad a nadie se le ocurriría invertir dinero en algo así. Tan insustancial, absurdo y bonito.

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Cloud

Manabu Ôhashi

Y de la comercialidad coqueta de Starlight Angel, a la experimentación de tintes filosóficos de Cloud. No hay que buscar los dilemas fuera, se encuentran en el interior. ¿Y si el hombre fuera en realidad un robot? Un robot que pasa por la vida atrapado bajo las nubes de un mundo incomprensible y cruel; sujeto a la niebla de sus propios pensamientos. Siguiendo un camino predeterminado, con pasos mecánicos, sin atreverse a alzar la vista. Cloud es la alegoría que plasma todo esto, y muestra que solo la luz es capaz de dispersar esas tinieblas, que detrás de ellas se encuentra el sol. Solo así es posible dejar de ser un autómata y recuperar la humanidad.

Manabu Ôhashi, que se oculta bajo el seudónimo de Mao Lamdo en Robot Carnival, se dejó imbuir por el espíritu de los tebeos para crear un arte monócromo y de muy variadas texturas. Como si fuera un dibujo a lápiz o al carboncillo, mezcló estilos con gran plasticidad. Las luces, las sombras están muy bien trabajadas; y la música juega un papel fundamental, pues marca un compás deliberadamente lento que acentúa su atmósfera de ensueño. Cloud no es para todo el mundo, aunque resulte ser de lo mejor de Carnival Robot.

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Strange Tales of Meiji Machine Culture: Westerner’s Invasion

Hiroyuki Kitakubo

Mecha steampunk en la era Meiji. OUHYEAH! Una autoparodia desternillante, sin duda el más divertido y espectacular de los cortos de Robot Carnival. Se ríe de multitud de estereotipos y prejuicios: el villano demente extranjero (y feo, muy feo) que quiere conquistar Japón, el nacionalismo rancio y orgullo patrio que salvarán el país (banzai!), un elenco de personajes caricaturizados al máximo, duelo al sol entre dos robots gigantes, destrucción gratuita por doquier, etc. Resumen: una comedia excelente.

No hay mucho más que decir sobre Strange Tales of Meiji Machine Culture: Westerner’s Invasion porque el argumento es sencillo, lo mejor es disfrutar de su demencia y esa estupendísima animación. Los diseños de los autómatas, así como la ambientación general y los personajes presumen de un cuidado ultrameticuloso. Me recuerdan a los bocetos de Sherlock Hound. Y no, no estoy obsesionada con ese anime (bueno, un poco, fue mi amor infantil). Y eso, que es un poco Miyazaki todo me parece a mí, y me parece también genial. La verdad es que Hiroyuki Kitakubo hizo una labor soberbia, un 10 para él.

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Chicken Man and Red Neck

Takashi Nakamura

Chicken Man and Red Neck toca la peliaguda cuestión de la rebelión de las máquinas. Y Takashi Nakamura decidió optar, muy sabiamente, por una vertiente clasicota. Es un corto que le debe lo indecible a Osamu Tezuka (y, por ende, a Disney), pero también asoman sus cabecitas el maligno director escolar de The Wall (1979) o un infierno tecnificado al estilo del Bosco. Refleja el horror industrial de forma asfixiante. Esta pieza muestra una ciudad que, durante la noche, ha sido tomada por máquinas que se reproducen sin cesar, como un virus. Una civilización monstruosa en la que el ser humano no tiene posición, pues ha sido arrebatada por las máquinas en su función: destruir. Solo un sararîman borracho es testigo de la hecatombe que se cierne, e intenta huir del lugar. ¿Qué ocurrirá? Chicken Man and Red Neck es trepidante, no da tregua; y tiene un desenlace muy a lo Tezuka, así que no decepciona.

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Cada corto de esta antología se aproxima al mundo de la robótica desde una perspectiva diferente. Todos intentan aportar su granito de originalidad, aunque algunos dependan más que otros de ese arte magnífico que comparten. Mis favoritos son Strange Tales of Meiji Machine Culture: Westerner’s Invasion y Presence, aunque Starlight Angel y Cloud también me gustan bastante. ¿Cuáles son los vuestros? Si os apetece echarles un vistazo (que lo merecen, por otro lado) y tenéis el día benévolo, podéis dejar un comentario por ahí abajo. ¡Gracias! Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera: Angel no Oka

Y continuamos escarbando en la prehistoria del shôjo con la segunda entrada dedicada a esta sección. Va a resultar algo difícil pilotarla con cierta regularidad ya que no existe demasiada información sobre el tema (al menos no tanta como me gustaría) y tampoco aparecen muchos tebeos en el horizonte que pueda leer. Pero me gusta investigar, algunas cosillas hay (con el tiempo espero que más) y de ellas os iré escribiendo, poco a poco, en Shôjo en primavera. Hoy toca una obra de Manga no Kamisama. Era inevitable. Con él podríamos decir que casi comenzó todo, por lo que no podía faltar. Aunque antes necesitaremos un mini-preámbulo para entender mejor a Tezuka & co.

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“Angel no Oka” (1960) de Osamu Tezuka

Una de las principales influencias que tuvo el shôjo primigenio fue, sin duda, el espectáculo del Takarazuka Kagekidan. Un teatro musical interpretado únicamente por artistas femeninas y que se fundó, como su nombre indica, en la pequeña ciudad de Takarazuka en 1913. Esta población, situada en la región histórica de Kansai, se encuentra a escasos 10 km de Toyonaka, donde nació Osamu Tezuka. Manga no Kamisama conoció muy bien desde pequeño estas representaciones, pues su madre lo llevaba a menudo a sus funciones. Resultó ineludible que muchas de sus características aparecieran luego en sus cómics. Y no solo en los suyos, claro. Décadas más tarde el Takarazuka Revue gozó del influjo también del manga en su repertorio; acabó siendo una corriente creativa de doble sentido.

El Takarazuka nació con la intención de imitar y adaptar al espíritu japonés diferentes obras occidentales tanto literarias, musicales, cinematográficas, etc. En su repertorio se dan la mano desde El Gran Gatsby, Verdi, Jane Austen, Cenicienta, Oscar Wilde, Wagner, Sabrina, Pushkin, Goethe, Les Liaisons dangereuses… hasta Shakespeare, Bonnie & Clyde, Blasco Ibáñez  o Singin’ in the rain. Con total alegría e ingenuidad. Y el resultado es completamente kitsch, porque nadie se planteó que debiera ser comedido, más bien al contrario. El Takarazuka es una continua explosión de fuegos artificiales, un suntuoso y pantagruélico festín de viandas rococó que son servidas a un público ávido de melodrama, aventuras y romance sin fin. No en vano algunos críticos lo llaman el “kabuki de nailon”; todo muy excesivo pero, curiosamente, exento de cualquier tipo de carga sexual. Un espectáculo rimbombante e inocuo dirigido a un público femenino adolescente. Exacto: apesta a shôjo. Y, como todo producto para jovencitas del momento, aleccionaba a mantener el rol designado a la mujer en la sociedad japonesa: sumisión, dulzura, matrimonio y maternidad.

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La actriz Ashihara Kuniko (1914-1997) en su papel de Fréderi en la adaptación del vodevil “L’Arlésienne” (1934) de Bizet.

A pesar del mensaje conservador que porta(ba) implícito el Takarazuka, no deja de ser llamativa la presencia de las otokoyaku: actrices dedicadas a interpretar papeles masculinos. Su éxito era masivo, incluso recibían cartas de amor de las seguidoras. ¿Se consideró un escándalo? Sí, pero la sociedad nipona en general considera que las tendencias lésbicas durante la adolescencia son una “etapa” que se acaba “superando”. Las otokoyaku eran un símbolo, en cierta forma, de libertad, de empoderamiento. Pues aunque representaban papeles masculinos muy categóricos (también bastante idealizados), eran mujeres las que los interpretaban y observaban. Pero un detalle importante: esa libertad, esa fuerza de voluntad se manifestaba solo cuando el elemento masculino hacía acto de presencia; por sí misma la mujer permanecía desautorizada.

Ese elemento masculino era muy evidente: la vestimenta. ¿Hace el hábito al monje? En el mundo del Takarazuka sí. Y de esa forma lo encontramos también en el que, por ahora, se puede valorar el primer shôjo manga de la historia: Nazo no kurôbaa o El trébol misterioso de Katsuji Matsumoto, creado en 1934. La protagonista es una adolescente, disfrazada de hombre y enmascarada que, al más puro estilo Robin Hood/El Zorro, roba al señor feudal la riqueza que ha exprimido a los pobres campesinos. Ahí tenemos el escenario exótico (algún lugar de Europa), el melodrama, las aventuras y la muchacha poderosa gracias al anonimato de sus ropajes. Pero, a diferencia de las otokoyaku, se distingue bien que es una chica. La bisabuela de Utena podríamos incluso decir.

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Portada de “Nazo no kurôbaa” o “El trébol misterioso” (1934) de Katsuji Matsumoto

Nazo no kurôbaa y el Takarazuka fueron indispensables para que Tezuka-sensei creara su histórico shôjo Ribbon no Kishi (1953), que luego tuvo a lo largo de los años otras encarnaciones. El argumento gira en torno a Sapphire, retoño de los reyes de Silverland que, a causa del error de un ángel en el cielo, recibe un corazón rosa de chica y otro azul de chico a la vez. Ese corazón masculino es el que le permite ser audaz, excelente espadachín y gobernante legítimo de su país; sin él, solo es una princesa inane y vulnerable. Cuando Dios se da cuenta de la equivocación, envía al responsable, el angelito novato Tink, a recuperar el corazón azul; pero Sapphire no lo quiere devolver, pues es lo único que le proporciona la capacidad de heredar el trono y luchar contra el malvado duque Duralumin, que ambiciona la corona.

No hace falta remarcar que la misoginia brilla que da gloria, pero no estamos aquí para juzgar con la luz del presente una obra concebida en una época muy distinta a la nuestra. Aunque algunos de esos parámetros persistan todavía. Ribbon no Kishi fue revolucionario en muchos aspectos, y cimentó los pilares de lo que más adelante sería el shôjo moderno. ¿Estuvo el siguiente shôjo de Tezuka a la altura? Angel no Oka (1960) es más humilde y más ignorado que su predecesor; sin embargo también menos infantil y con una melancolía final que barruntaba ya ciertas particularidades de Manga no Kamisama.

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Sapphire y Tink

Angel no Oka fue publicado en la revista Nakayoshi desde enero de 1960 hasta diciembre de 1961. Siete episodios que luego fueron recopilados en dos tankôbon. Su historia no tiene ni cross-dressing ni una protagonista femenina de fuerte personalidad. Todo lo contrario. Es el relato de una princesa sirena en el destierro, sus desventuras y sufrimientos; y cómo las figuras masculinas que van apareciendo se encargan de cambiar el destino de su vida. Un clásico cuento de hadas, con un personaje principal víctima de la desgracia, pero con un corazón noble y generoso. También aparece la clásica reina malvada, responsable directa de sus angustias… con un plan maléfico para matarla. Y las consabidas mascotas que acompañan con fidelidad a nuestra desafortunada princesa.

A pesar de lo ramplón que parece ser este manga, atiborrado de clichés y poco apetitoso, resulta bastante ameno y divertido. No en vano se trata de Tezuka, y siempre se guardaba un par de ases bajo la manga. Recordemos que estamos en los albores del shôjo, y en realidad ha sido Angel no Oka el que ha dejado su huella en los mangas que conocemos ahora, no viceversa.

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Luna llorando por Tailandia, Myanmar o así

Luna, princesa de un misterioso pueblo de sirenas, es condenada por la implacable Byôma-sama a ser abandonada para morir en el mar dentro de una ostra gigante. Sí, como esas que aparecen en los musicales de la edad dorada de Hollywood. Ha quebrantado la ley y debe sufrir el correspondiente castigo. Pero la suerte está de su lado y es rescatada por el capitán de un buque, que intentará ayudarla a regresar a su hogar. Pero Luna ha perdido la memoria, no recuerda ni quién es ni la Isla del Ángel, su patria. No sabe ni su nombre. Pero el capitán continúa investigando, y cuando está a punto de revelar a Luna una pista importante sobre su tierra de origen, es asesinado. Asesinado y Luna hecha esclava, padeciendo una existencia de humillación y maltrato hasta que Eiji Kusahara, un rico heredero japonés, la rescata indignado por la injusticia. Eiji está muy sorprendido porque Luna tiene un parecido asombroso con su querida hermana pequeña, Akemi Kusahara. Movido por la compasión, decide llevarla consigo a su hogar en Japón.

Pero no todo quedará ahí. Tezuka encauzó un argumento rocambolesco donde corrieron y galoparon gran cantidad de personajes. Cada uno de ellos aportó su granito de arena al relato. Aunque Luna sea una completa inútil, no se puede negar la destreza casi sobrenatural que tenía Manga no Kamisama a la hora de sorprender y concebir historias. Y Angel no Oka engancha (¿he dicho ya que hay sacrificios humanos? Tezuka era un puto genio). Sin necesidad de invocar la presencia pegajosa del romance. Los recursos que utiliza son bien conocidos (los hemos leído mil veces) e incluso el deus ex machina, que tan poco gustaba a Aristóteles y ciertas ratas posmodernas, se encuentra bien encajado sin restar credibilidad. Se trata de un manga muy dinámico a todos los niveles, aunque con un final que quizá no sea del gusto de todos… pero que tiene su sentido.

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Disney, Disney, Disney everywhere. Osamu Tezuka nunca escondió su admiración por el estadounidense, y su estela, como era de esperar, se halla en las páginas de Angel no Oka. Pero sobre todo encontramos el propio estilo de Tezuka, porque su talento no se basaba en el plagio. Así que las tácticas de humor fácil, la caricaturización de algunas figuras y la acción al más puro estilo Popeye no faltarán. Es un tebeo para público infantil y joven, no hay que perder eso de vista.

Aun así, Tezuka no perdió la oportunidad de reírse de sí mismo además de incluir novedades interesantes, como la ruptura de la cuarta pantalla, tratar los límites que imponen las viñetas con cierta rebeldía o prestar una detallada atención a la arquitectura de los fondos. De hecho me han enamorado la elegancia de líneas y su movimiento en algunas escenas. Impresionantes. El diseño también de Luna/Akemi, estilizado y simple, es una maravilla. Todo el arte de Angel no Oka en general resulta una delicia, que ha sabido plasmar muy bien las inquietudes estilísticas de la época; así como verter el exotismo del sudeste asiático e Indonesia en la enigmática tierra del pueblo de las sirenas.

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Esto es BELLEZA, señoras y señores.

¿Y qué trascendecia puede tener este manga desconocido de Osamu Tezuka? ¿No tiene algún shôjo más célebre? Pues sí, claro que lo tiene. Pero hasta el más humilde cómic de Tezuka posee su trascendencia, y no debería minusvalorarse. Angel no Oka fue una inspiración evidente para Naoko Takeuchi y su celebérrimo Bishôjo Senshi Sailor Moon (1991-1997), como también lo fue Midori no Tenshi (1959) de Leiji Matsumoto y otros tantos de la misma etapa. Pero la impronta de este Angel no Oka es contundente. Aunque no se trate de un mahô shôjo estrictamente, nos encontramos con una serie de personajes femeninos de habilidades extraordinarias y que deben lidiar con circunstancias terroríficas en el mundo humano. Igualmente podríamos incluir en este proto-mahô shôjo a su antecesor Ribbon no Kishi, por supuesto.

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Angel no Oka no es el mejor tebeo de Tezuka, cuya fértil trayectoria nos depararía con el tiempo auténticas obras maestras y en muy diversos géneros. Pero sí se trata de un manga a tener en cuenta tanto en la historia del shôjo por su influencia en futuros creadores, como para conocer mejor la evolución artística de Manga no Kamisama. Es una historia entretenida, con vericuetos inesperados y una conclusión muy Tezuka. ¿Merece la pena leerla? Definitivamente sí, sobre todo aquellos que sean amantes del autor y no les importe bucear en las profundidades abisales del manga. MUAHAHA. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tránsito IX: Lacónicos maravillosos

Para este noveno Tránsito he querido fusionar dos secciones. La que nos concierne por época del año y la dedicada a cortometrajes, los Lacónicos. Así que he seleccionado 5 relacionados con lo maravilloso, el terror o lo sobrenatural. No los he meditado mucho, pero sí he procurado que fueran diferentes entre sí para aportar más variedad dentro de la temática. Los 5 me parecen curiosos, cada uno a su manera; y ofrecen una visión diacrónica bastante interesante de las múltiples facetas que posee la animación japonesa, sobre todo en la escena independiente.

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Es una lástima que no podamos acceder a material de Tadanari Okamoto (1932-1990) con la misma facilidad que tenemos con otros creadores. Okamoto-sensei siempre será uno de los máximos referentes en animación independiente; y siempre procuró no repetir ni técnicas ni motivos ni métodos. Con él cualquier cosa era posible. Por eso no he querido dejar pasar la oportunidad de incluirlo en esta lista, aunque el corto en sí solo tenga de sobrenatural el personaje del kitsune. Me da igual. Lo meto porque sí y porque me sale del coño. Además el que también fue gran amigo suyo, Kihachirô Kawamoto, tuvo su espacio en los Tránsitos del año pasado. Okamoto no podía ser menos.

Okon Jôruri o La balada mágica (1982) de Tadanari Okamoto es requetefeténdelosfetenes. Una historia sobre la soledad de la vejez y la enfermedad. Pero ante todo sobre el egoísmo humano. Okon es un kitsune que con sus jôruri es capaz de sanar. Un jôruri es una pieza musical que hace especial énfasis en la historia narrada más que en su música. Se interpreta con un shamisen, que es el que utiliza Okon bajo la atenta mirada de una anciana campesina, Itako, postrada en cama. Los dos se hacen amigos pero, como muy bien nos ha hecho notar a lo largo de los siglos el folclore japonés, yôkai y humanos no pueden mantener una relación saludable. Tristeza nâo tem fim, pivetes.

Okamoto utiliza sobre todo el stop-motion y el papel maché para desarrollar Okon Jôruri, pero también de forma imaginativa intercala animación tradicional. Asimismo incorpora abundantes elementos del kabuki, que brindan más profundidad dramática. Es un cuento triste y muy conmovedor, fijo que os hará derramar alguna lagrimita.

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Los amantes del escritor Howard Phillips Lovecraft ya estamos habituados a que sus adaptaciones, sean en el medio que sean, resulten digamos que… un poquito estrafalarias. Eso siendo amable. Hay excepciones, claro, pero hasta donde yo sé, sus relatos no han tenido todavía una película, una animación, un corto o un tebeo dignos de su transcendencia. Otro tema es la capacidad que ha tenido la obra de este escritor para inspirar a otros artistas a lo largo de las décadas. Me encanta El joven Lovecraft, por ejemplo, pero las adaptaciones en sí suelen ser irregulares. ¿Es el caso de este El horror de Dunwich y otras historias (2007) de Ryo Shinagawa? Pues un poco sí… pero no. Japón funciona a una frecuencia bastante distinta de Occidente; y la influencia de Lovecraft se ha dejado notar de muy bizarras e interesantes formas. Ya solo por eso la obra de Shinagawa merece un vistacillo.

Se trata de una colección de 3 cortometrajes basados en los cuentos El grabado en la casa (1920), El horror de Dunwich (1928) y La ceremonia (1923). Utiliza un stop-motion de arte decadente, muy lovecraftiano he de decir, pero de ricos y desgarbados detalles. El primero tiene todavía una fuerte impronta de Edgar Allan Poe; el segundo es uno de los celebérrimos del ciclo clásico de los Mitos de Cthulhu; y el tercero rinde homenaje a Arthur Machen. Amo sobre todas las cosas a Machen, ¿lo había dicho alguna vez? Pues me repito: Arthur Machen es M-A-R-A-V-I-L-L-O-S-O. Volviendo al turrón, son tres adaptaciones bastante respetuosas con los originales. Les faltan, por supuesto, los millones de matices y pormenores de los relatos, pero son cortos decentes.

Shinagawa quiso otorgarles un compás lento, solemne; con planos muy estáticos donde el movimiento lo aportan la cámara o diversos elementos inanimados (la llama de una vela, el agua de la lluvia, el viento agitando cortinas, etc). Las marionetas permanecen inmóviles gran parte del tiempo, y sus expresiones varían bastante poco. Salvo en La ceremonia, los grises y tonos apagados son los predominantes; lo que unido a su ritmo pausado resulta perfecto para ambientar esos parajes fantasmagóricos de la Nueva Inglaterra de Lovecraft. Si no se conoce nada la obra del escritor, en mi opinión no son la tarjeta de presentación más adecuada. Sin embargo, para los fans seguro resultarán tres delicias entrañables.

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Kumo wo Miteitara o Mirando una nube (2005) de Naoyuki Tsuji es sin duda el corto más extraño de los 5. Forma parte de una trilogía que Tsuji-sensei dedicó a las nubes, 3tsu no Kumo, siendo el segundo de ellos. En el vídeo adjunto empieza a partir del minuto 3 y 40 segundos. Como la mayoría de la obra de este autor, el corto está realizado en carboncillo y es de ejecución muy simple. El argumento lo es más: un muchacho observa desde la ventana de su clase las nubes en el cielo, y aburrido decide dibujar una en su cuaderno. Lo que no espera es que su garabato cobre vida y salga del papel, invadiendo el mundo real, absorbiendo todo lo que le rodea. ¡Pánico en el colegio!

Mirando una nube encierra la esencia de las pesadillas. De ritmo lento pero inexorable, con una singularidad onírica, espectral, que Tsuji-sensei sabe marcar muy bien mediante borrones difuminados. El tiempo fluye como una enorme baba densa y sucia, arrastrando el pasado. Mención especial para la música de Makiko Takanashi, de una sencillez extrema también pero hipnótica. Me ha gustado mucho. No obstante me refiero a la que aparece en el DVD, en youtube no es la misma. De hecho la que tenéis aquí solo son efectos sonoros sin apenas melodía. Una lástima, porque ese bajo en obstinato y el lento arrastre de la púa contra las cuerdas otorgan un ambiente escalofriante. Muy logrado, sí señor.

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Se trata de un videoclip para el proyecto vocaloid Sasanomaly (Nekobolo es el capitán en realidad) del que no puedo decir nada bueno, así que mejor me callo. No me gusta su música, sin más. Y sí, me salto el OP de Natsume, como hago con el 99,9% de ellos, QUÉ PASA. La canción en sí cuenta de manera metafórica los problemas para expresar los sentimientos y emociones personales; también la ausencia de algunos, la confusión que provocan y la necesidad de aparentar. Nada nuevo bajo el sol de la hiper-reprimida (cada vez menos) sociedad japonesa. El vídeo se centra en la persecución amorosa de un hombre hacia una mujer, ambos se metamorfosean continuamente. Una para huir, otro para llegar hasta ella. El típico amor no correspondido desde la perspectiva masculina, la trampa de la vida que es el enamoramiento. ¿Qué sucederá al final? El clip también lo muestra, y su conclusión es pesimista y ambigua al mismo tiempo.

Lo que en realidad me entusiasma de The Synesthesia Ghost (2015) de Atsushi Makino es el concepto de mezclar distintas formas de animación e imagen en movimiento: taumatropos, cutouts, fenaquistiscopios, marionetas articuladas, flip books, animación con siluetas, libros pop-up, CGI, imagen real… Desde lo más antiguo hasta lo contemporáneo, pero guardando una estética vintage casi steampunk muy curiosa. Lo más importante del conjunto de la obra sin duda. Solo por eso merece la pena verlo, porque es precioso.

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Y cerramos, tal como hemos abierto estos Tránsitos, con una criatura del folclore japonés. Esta vez acudimos a nuestros traviesos amigos los tanuki, que tienen una habilidad similar a los kitsune: metamorfosearse (henge). Es el corto más antiguo de los recomendados y no por ello el menos atractivo. La década de los años 30 del s. XX suena muy, muy remota, ¿se hacía algo bueno entonces? Pues sí, amiguitos, se hacían muchas cosas buenas. Entre ellas este Shôjôji no Tanuki-bayashi Ban Danemon (1935) de Yoshitarô Kataoka.

El cortometraje ahonda sus raíces en la historia y fábulas clásicas japonesas para llevar a cabo su argumento. El protagonista es, nada más y nada menos, que el general samurái Ban Dan’emon (1567-1615); y se ve inmerso en uno de esos fenómenos sobrenaturales que tanto abundan en las noches de Japón: el tanuki-bayashi. ¿En qué consiste el tanuki-bayashi? Pues tendréis que ver el cortometraje para saberlo, aunque el argumento es harto humilde. Nuestro campeón y borrachín Ban Dan’emon acepta el reto de vencer al bakemono que mantiene encantado un castillo, pero solo porque esos 1000 ryô de la recompensa le vendrán de perlas para conseguir sake. Nada más entrar, el ambiente fantasmal es bastante patente, pero a Ban Dan’emon, que no es solo un fanfarrón, le resbala. Atrapada en una enorme tela de araña, se encuentra una insinuante damisela a la que rescatará, pero ella no es lo que parece…

Como es de prever, tiene mucho de Félix el gato  y todas esas creaciones tan estupendas de Max Fleischer. Eran los referentes inmediatos de Yoshitarô Kataoka, ineludibles. La caricaturización, el humor grueso, la fantasía desmedida, etc.; aunque técnicamente utiliza recursos bastante avanzados y llamativos para la época. Shôjôji no Tanuki-bayashi Ban Danemon es una pieza de museo merecedora de nuestra atención, pues tiene un par de ases en la manga que continúan sorprendiendo incluso ahora.

Espero que disfrutéis de estos pequeños tesoros. He preferido no alargarme mucho para no daros la chapa como de costumbre. A veces puedo ser breve, ¿eh? Si surge algún problema con la reproducción de los enlaces, avisadme en comentarios, por favor. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Héroes y villanos japoneses que se odian, retuercen y lo pasan bien

Creo que todavía no he hecho ninguna reseña sobre dôjinshi o fanzines comiqueros japoneses. Quizá se deba a que viviendo en Europa y siendo la afortunada dueña de una cabeza de chorlito como la mía, no he tenido ni he aprovechado las oportunidades de agenciarme alguno. Y tampoco es que se escaneen y traduzcan muchos que digamos… pocos hay, pero ahí están. Como además llevo unas cuantas entradas seguidas un poco más añejas de lo que me gustaría, escribir sobre una obra del 2015 me viene de perlas. Y calma mi conciencia culpable por estar atiborrándoos de material antediluviano. Que no tiene nada de malo si posee interés, pero en la variedad está el gusto. O eso dicen.

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Esta portadaca la ha dibujado my friendly neighbourhood David López, y es la presentación perfecta de lo que podemos encontrar en las páginas de Alenzyas (2015). Se trata de un tebeo coordinado por Ken Niimura, donde han participado 6 mangakas más: Takeshi Miyazawa, Est Em, Takehito Moriizumi, Tabao Obata, Murai y Mopuko. Todos sangre fresca. Y a todos ellos Niimura-sensei propuso la creación de un superhéroe y un villano, para luego inventar una historieta en la que el antagonista fuese el concebido por otro artista del mismo proyecto. Un desafío interesante para los autores, desde luego, y que para los lectores tampoco carece de atractivo.

Como soy una desgraciada, no he podido hacerme con ninguna copia física de Alenzyas. Me habría gustado, pero las tiradas de los dôjinshi no suelen ser grandes, y por lo que pude husmear en twitter por mi cuenta, se vendieron casi todos los ejemplares en el propio Japón. Unos pocos fueron enviados al extranjero, pero a conocidos y amigos del círculo de los dibujantes. Meeeeeeh. Sin embargo, un alma bienhechora tuvo la idea de subirlo a varias plataformas on-line (y traducirlo, claro). En junio me topé muy felizmente con él. Pero, ¡ay!, no estaba completo, faltaban dos capítulos: el 5 y el 6. ¡¿POR QUÉ?! He pasado unos meses esperando a que alguien subiera lo que faltaba, pero estamos a mediados de septiembre y la cosa sigue incompleta. Aun así pensé que mejor son cinco one-shots que ninguno, teniendo en cuenta que de otra forma me hubiera resultado muy difícil poder leerlos. En realidad tarde o temprano habría caído (el agua de Aragón no es buena, hace que crezca la cabeza), pero de esta manera piratona total pude disfrutar de Alenzyas sin apenas esfuerzo y ahora tú, amado lector, también puedes leer esta magnífica reseña. Todo bien, ¿no? Pues eso. Dudo que los creadores lleguen a leer esto, así que puedo respirar tranquila, que no enviarán sicarios a mi chamizo por utilizar mangafox. Creo.

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“Nighthawk vs. Yukawa” de Murai

Alenzyas son historias muy breves, cada una de una madre y con el estilo propio de cada autor. Es una obra heterogénea y variada, pero con un nexo común: ¿cómo serían unos superhéroes à la japonaise? He sido desde niña lectora de cómics y lleva circulando por mi sistema cardiovascular el virus Marvel/DC muchísimos años, por lo que sé de sobras qué es un tebeo de superhéroes. Sin duda es el género rey dentro de la historieta occidental, el que más pasta genera, el más popular… y el que más detractores furiosos posee también, sobre todo cierto desprecio sordo hacia el norteamericano. La verdad es que el cómic de superhéroes tiene sus luces y sus sombras, como ocurre con todo; y suelen ser los tebeos que se alejan de los patrones más comerciales, buscando nuevas sendas y perspectivas, los que han brillado sobre el resto.

Alenzyas es como una especie de experimento, pero es la prueba de que el material más atractivo es precisamente ese, el que busca su propio camino. Un camino libre sin las exigencias de una línea editorial, un manual de estilo, etc. No es malo que existan, de hecho son necesarias, pero en un dôjinshi es el artista el que marca sus límites y eso siempre, SIEMPRE, es más interesante. No por obligación mejor, pero sí más seductor. Y es lo que encontramos en Alenzyas, una brisa refrescante y agradable gracias a los ventiladores artísticos de gente que está creciendo en el panorama del tebeo. ¿Qué nos pueden contar unos mangakas sobre superhéroes que no hayamos leído ya? Pues su visión. Alenzyas es la combinación de un género ultrapopular con una perspectiva diferente, tanto en forma como en contenido; pero con sencillez, de forma muy inmediata. No es nouvelle manga, pero recoge en cierta forma su legado sincrético.

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“Life is one-two punch” de Est Em

Algunos de los creadores ya están más que familiarizados con este tipo de cómic: Takeshi Miyazawa, por ejemplo, está trabajando ahora con Kamala Khan, la nueva Ms. Marvel; aunque en el pasado se prodigó en X-men Unlimited, Runaways o Generation Hope. Javier Pina, que ha hecho la contraportada, ha dibujado la Cosa del Pantano, Aves de Presa o Escuadrón Suicida; David López… en fin, si no conoces a David López, you know nothing (y tienes que ponerle remedio). Ken Niimura se está haciendo hueco realizando trabajos para Marvel y pequeñas maravillas en el Yearbook de Gotham Academy para DCPero tampoco esto tiene una importancia capital, los demás autores no me suena que hayan realizado nada para cómic norteamericano (me puedo estar columpiando perfectamente, conste) y eso es lo bonito también, observar a creadores esforzándose en un registro ajeno y haciéndolo suyo.

Por eso Alenzyas es un manga bastante curioso, que mezcla Oriente y Occidente con un resultado natural y eficaz. No se trata de un híbrido, o al menos yo no lo considero así. Es muy japonés, un buen shôyu ramen al que se le han añadido unos cuantos ingredientes foranos y, oigan, que ha quedado sabrosote. No tiene vocación comercial, pero posee todo para que un fan de los tebeos lo disfrute con tranquilidad.

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Contraportada de Javier Pina.

Por supuesto, no conocía a todos los autores propuestos y espero tener pronto la oportunidad de poder leer algo de ellos. Es el caso de Takehito Moriizumi, Mopuko y Tabao Obata. Precisamente, son los one-shots de Moriizumi y Obata los que no están subidos todavía; y por el primero siento una curiosidad inmensa. Así que a joderse. Habrá que esperar y estar ojo avizor a cualquier oportunidad.

Life is one-two punch de Est Em es una buena representación de las exigencias del ámbito laboral japonés, mediante una historia veloz pero impactante. El ¿desenlace? resulta como la vida misma. Catty rival de Miyazawa tiene de protagonista a un gato con ansias de dominación mundial (como tiene que ser) que topa con un rival humano imbatible. Muy divertido este cuento. Nighthawk vs. Yukawa de Murai es mi favorito, más clásico en su planteamiento pero tierno también. Sword Hilda vs. Zombies de Mopuko está repleto de acción y violencia, donde las adorables mascotas deportivas se han convertido en unos muertos vivientes, que la espadachina Hilda tratará de destruir con su terrible katana. Incluye moraleja. Y, finalmente, Test de Niimura no defrauda. Los que somos fans de su elegancia, tenemos un relato de gran dinamismo y escenas espectaculares. Genial.

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No, no son The Avengers pero resultan unos superhéroes peculiares y muy cercanos. Alenzyas es una obra coral que no cambiará vuestras vidas, pero que funciona, no ya solo como carta de presentación de autores menos conocidos por estos lares, sino como entretenimiento sano. Una alternativa estupenda para los que se suelan mover en lecturas más estándar y quieran descubrir nuevos pinceles japoneses.

Y que me he quedado sin leer Dengeki Drop de Obata y How far are the depths of love de Moriizumi. Cachis. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Gunsmith Cats

¡Y siguen y siguen vuestras sugerencias! Esta vez es Maffia Machiaveli, desde facebook, el que pide que echemos la vista atrás a esos maravillosos años 90 en los que el anime vivió una época dorada, tanto de calidad como popularidad. Eso no quiere decir que más tarde todo lo que se produjera fuese una bosta, pero el tema se desinfló una miaja y, actualmente, ya sabemos cómo está el tema. Hay algún agorero por ahí que proclama el fin de esta industria, profeta de un apocalipsis animesco que encima resulta ser un individuo del gremio bastante bien informado. ¿Sucederá así? Quién sabe, aunque ese ya es otro asunto. La nostalgia nos hace idealizar el pasado, es una sensación muy común que, en la mayoría de las ocasiones, no se basa en una percepción objetiva. ¿Ocurre eso con el anime? Un poco sí. Un poco. Pero lo cierto es que, desde una perspectiva global, los 90 fueron un segundo boom (el primero fue a finales de los 70) a la espera todavía de que surja un tercero (ojalá). De esa era mítica (jojojo) rescatamos Gunsmith Cats (1995-1996). No es de los mejores productos de la época, sino más bien su serie media, y con una clase que ya les gustaría tener a muchos anime contemporáneos situados en esa franja. Eran otros tiempos, desde luego, la filosofía del entretenimiento era más fiel a su concepto. Y más ingenua.

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Las tres nociones básicas de este anime son: coches, armas y mucha acción. Nada nuevo bajo el sol, salvo que en vez de ser tipos duros las estrellas, son mujeres. Dos señoritas que conducen ese legendario Mustang Shelby GT 500 del 67 y regentan una armería, donde además trabajan de cazarrecompensas. Vamos, una típica trama para demografía seinen en la que el protagonismo de la acción y la trama resulta que es femenino. Eso ya no es tan habitual. Y encima no son un par de inútiles. ¡BIEN!

Las tres OVAs que conforman este anime son la adaptación de un manga del mismo nombre creado por Kenichi Sonoda. Un manga que tuvo un gran éxito además a principios de los 90, relacionado con otro anterior megahit comiquero de la misma temática: Riding Bean. Podríamos considerar Gunsmith Cats un spin-off de este (tuvo también su propia OVA, muy recomendable, por cierto); aunque fue en el que hoy nos atañe donde el autor se explayó muchísimo más en su obsesión con las armas de fuego y coches, con unos diseños fotorrealistas flipantes y, por supuesto, desarrolló una historia y personajes con mayor profundidad. Honestamente, la obra interesante aquí en realidad es el tebeo, podría haber escrito un manga vs. anime donde la serie no habría quedado muy bien parada… pero tampoco habría sido del todo justo. ¿Por qué? Porque estas OVAs son muy dignas, solo pecan de un defecto grave, y de ese único defecto proceden los demás. Si decidís verlas y os gustan, no dudéis ni por un momento de que el cómic os entusiasmará.

Haceos un favor y pinchad play en el vídeo. Existen contados con los dedos de mis manos OPs que me gusten. Este es uno de ellos. Hasta la música, compuesta por el batería norteamericano Peter Erskine, me encanta, con ese aire trepidante medio frívolo de serie televisiva norteamericana que recuerda tanto al jazz horterilla de los 80. La influencia que tuvo luego en Cowboy Bebop es meridiana, que es uno de mis openings favoritos de todos los tiempos, el cual también optó musicalmente por el jazz, pero con una vertiente más africana y latina: el mambo. Dios bendiga a Yoko Kanno, btw.

Efectivamente, estas OVAs tienen mucho de estadounidense. No hay nada nipón en ellas, salvo ese minúsculo detalle de que están realizadas en Japón por japoneses, claro. Apesta a yankee, y esa era la intención tanto de Kenichi Sonoda como de los creativos del anime. Se trasladaron incluso a Chicago en varias ocasiones para recrear luego localizaciones y ambientes con fidelidad. Y vaya si lo hicieron, con cuidado y verdadero cariño. Tiene mucho de The Blues Brothers (1980) de Landis en su ritmo y locura argumental; se trata de una historia policíaca con toques de comedia, intriga y acción.

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Los títulos de las OVAs son: Neutral Zone (1995), Swing High! (1996) y High Speed Edge (1996). Son más o menos autoconclusivas, pero la trama de fondo las enlaza en un crescendo la mar de emocionante.

Irene Rally Vincent y May Minnie Hopkins son dos jóvenes que administran una armería, donde venden y reparan todo tipo de pistolas, revólveres, etc. En realidad la especialista es Rally, ya que a Minnie, que trabaja como su ayudante, le van más los explosivos, con los que es muy diestra. Ambas forman una pareja peculiar y contrapuesta: Vincent es sarcástica, inteligente, audaz y toda una profesional; Hopkins es infantil, atolondrada… representa el estereotipo de rubia tonta, aunque de lo suyo sabe un rato. Un poquillo como el tándem de Jane Russell y Marilyn Monroe en Gentlemen prefer blondes (1953), pero con la diferencia de que estas dos zagalas no buscan ni marido ni son bailarinas, sino cazarrecompensas. Y esa labor es aprovechada por el socarrón de Bill Collins, agente de la ATF, que las chantajea para que le ayuden gratuita y extraoficialmente en un caso de contrabando de armas. Este caso va complicándose cada vez más, alcanzando altas esferas políticas de la ciudad, e involucrando a una ex-mercenaria de la KGB, que se convertirá en la antagonista principal de las OVAs.

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Un argumento clasicote del género con persecuciones, tiroteos, huidas espectaculares, explosiones y topos incluidos. Tampoco falta el personaje geek, la pelirroja Becky. ¿Previsible? Sí, pero muy ameno con ese candor tan maravilloso que obliga a admirar la alegría con que se tomaban las cosas antes. No hacía falta hacer un anime especialmente sesudo o profundo para realizar un buen trabajo, Gunsmith Cats es simple esparcimiento, sin más pretensiones. Pero no todo iba a ser estupendo, esta obra posee una tara importante: es corta. Solo 3 OVAs no son suficientes para hacer prosperar un mundo como ese. Se quedan muy, muy pequeñas, para ser un producto perfecto debería haber sido una serie en toda regla con sus buenos 26 episodios. O 12, por lo menos. Esta cortedad revela otras carencias, como unos personajes más abocetados que dibujados o un argumento algo superficial y acelerado. Si se compara con el tebeo ya es el acabose.

Gunsmith Cats es una perfecta introducción al manga. Por sí mismo no deja de ser una obra divertida y de calidad, pero permanece como una especie de amago. Deja con ganas de más, y eso jode. De hecho, a mí personalmente me da mucha pena que no progresara más, porque el potencial era excelente para hacer una serie muy original y entretenida. Los senderos de la industria del anime son inescrutables. Tremenda lástima.

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Aun con todo, el apartado técnico es magnífico. Takeshi Mori hizo un trabajo intachable, y por el equipo también rondaba Mahiro Maeda (¡genio y figura!) de animador primario. Aunque no llega al nivel de prolijidad maníaca de Kenichi Sonoda en los pormenores de armas y coches, es un auténtico regalo para la vista. Las escenas de acción son de una fluidez impecable; el dibujo, aunque tiene un leve aire moe en los diseños femeninos, es rotundo y minucioso. Los fondos, sobre todo los que se ambientan en exteriores, son un reflejo de Chicago muy fiel y los que amamos la ciudad lo sabemos apreciar. Gunsmith Cats tiene todas las virtudes de la entrañable animación noventera y ninguno de sus defectos. Como diría Ed Wood: PERFECT.

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Rally, Minnie y Becky

Gunsmith Cats son unas OVAs muy masculinas ellas, con todos los símbolos fálicos que así lo acreditan… pero controlados por unas mujeres bastante competentes. Hasta el inevitable fanservice es elegante y llevadero, para nada forzado. Y es un verdadero alivio que no haga acto de presencia el romance, que no se les vincule sentimentalmente a nadie. Por cierto, Rally, la protagonista, me encanta. Una profesional en su trabajo y como persona, muy normal. Una Ripley de la vida, con sus cosas buenas y cosas malas, pero que no se deja amilanar. Minnie puede ser el personaje que menos me convence de todos, no llevo muy bien el temita de las pavisosas, pero sabe redimirse. Imagino que el papel de idiota lo tenía que hacer alguien.

¿Recomiendo Gunsmith Cats? Por supuesto que sí. A pesar de que podría haber sido grande y no lo fue, merece que se la recuerde de vez en cuando. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Saudade, memoria y Record of Lodoss War

Este verano he visto muy a gusto Stranger Things de Netflix. Y con la inevitable nostalgia que arrastra, aunque la serie sea mucho más que eso, no he podido evitar recordar mis partidas de rol infantiles. Porque sí, yo jugaba al rol, mea culpa. Y así mi cabeza ha relacionado el tema con Record of Lodoss War, una franquicia creada por Ryô Mizuno, basada en los registros de sus partidas como master de Dungeons & Dragons. Qué cosas. Un estudiante japonés, fascinado por Tolkien y D&D, usa unos replays para crear un nuevo mundo que, con gran éxito, acabó convirtiéndose en uno de los productos más importantes de fantasía épica en el mundo de los videojuegos, anime y manga en Japón: Record of Lodoss War.

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El equipo al completo: Parn, Deedlit, Slayn, Ghim, Etoh y Woodchuck

Fue a partir de 1988 que Mizuno fue publicando en Comptiq estas actas de juegos, las cuales se habían ido desligando del universo D&D o RuneQuest para crear el suyo propio: Forcelia. Se pueden considerar las precursoras de las light novels junto a Arslan Senki, así como también de las primeras obras del país dedicadas al género de Alta Fantasía. La fama que alcanzaron fue enorme incluso entre personas que no eran aficionadas al role-playing; y a su rebufo aparecieron los primeros productos que construirían al gigante: juegos para PC, Gameboy, Dreamcast, etc; mangas, diversas películas y series de animación, todo tipo de merchandising… Pero es de las primigenias 13 OVASLodoss-tô Senki (1990), de las que voy a escribir hoy. El mundo de esta franquicia es amplio y, aunque más lentamente, continúa creciendo en la actualidad. No supo aprovechar del todo sus oportunidades en el momento, todo hay que decirlo, pero conforman uno de esos pilares fundamentales de la fantasía heroica en Japón. No deseo hacer una entrada dedicada a toda la franquicia, me parecería tedioso y larguísimo; sino a esa serie de cuando era una mini-anormal (ahora soy maxi) y de la que guardo tan gratos recuerdos. Creo que todavía andan en mi casa del pueblo los VHS originales. Hechos una mierda, claro, y sin aparato para poder reproducirlos. Ains.

Para los seguidores del género, Lodoss-tô Senki es indispensable, un clásico. Aunque no fue el primer anime en trabajar la sword & sorcery (me viene a bote pronto The Little Norse Prince de Takahata, Ys, que es contemporánea, Tenkû Senki ShuratoLeda), sí es cierto que a partir de Record of Lodoss War esta categoría se asentó a la manera tradicional occidental, creció y se convirtió en una de las más queridas del fandom. Fuera de Japón ya se había tratado la espada y brujería, por supuesto, tenemos desde la estúpida The Sword in the Stone (1963) de Disney, El Hobbit (1977) y El Señor de los Anillos (1978) o las maravillosas El último Unicornio (1982) y Fire and Ice (1982). Entre otras. Pensándolo bien, en la década de los 80 hubo una especie de boom en el género que se plasmó muy bien en el cine (Excalibur, la saga de Conan, Cristal Oscuro, Willow…); y, a pesar de la gran riqueza folclórica de Cipango y la proverbial resistencia hacia lo extranjero, no tardó en calar en las islas.

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Deedlit, la Alta Elfa

Creo que si de un anime se han hecho reseñas, es de este. Los otacos ancianos sabemos muy bien cuál es; los que vinieron después la conocen seguro de oídas e, incluso, hasta algunos se habrán atrevido a verla. Y eso que hay extendida una tremenda alergia a la animación anterior al 2000 entre el público actual. Por eso no tengo intenciones de disertar como una mema pedante (sé que lo soy), ya se han dicho millones de paridas y comentarios sesudos sobre Lodoss-tô Senki. Solo serán apreciaciones personales sin más y un mínimo de información para los que no conozcan la obra.

Vayamos con la información: los estudios fueron los celebérrimos y fantabulosos Madhouse, el director Akinori Nagaoka (el del genial Dr. Slump), como animador primario Hirotsugu Kawasaki (Akira, Ghost in the Shell, Metropolis… lo que se dice un indocumentado) y el storyboard estuvo en manos de Rintarô (si no sabéis quién es Rintarô, tenéis problemas, chatos). Vamos, un equipazo. Apostaron fuerte y la jugada salió bien.

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Esta es la isla o continente de Lodoss. Surgió de los restos que dejó tras de sí la guerra entre la Luz y la Oscuridad. En la última batalla cataclísmica, solo quedaron dos combatientes de entre todos los dioses: Marfa, diosa de toda la creación y Kardis, diosa de la destrucción. Ambas intentaron vencerse con un ataque fulminante, pero ninguna lo consiguió, cayendo ambas en la inconsciencia. El cuerpo de Marfa se derrumbó en Lodoss; el de Kardis en la isla de Marmo. Desde entonces, Lodoss ha sido considerada también la Isla Maldita, y a pesar del esfuerzo de los diferentes reinos por convivir de manera pacífica, la ambición humana y el eterno peligro latente del regreso de Kardis, hacen del continente un lugar inestable y vinculado con el mismísimo destino de Forcelia.

Este es el escenario en el que tienen lugar las aventuras de una compañía muy dispar: Parn, el hijo de un caballero caído en desgracia, Deedlit, una alta elfa del Bosque sin Retorno, Slayn el intelectual y hechicero del grupo; Woodchuck, ladrón y con el don de aparecer en los lugares oportunos; Etoh, sanador y clérigo de Falis, el dios supremo del Bien; y Ghim, un terco y leal enano. Todos representan arquetipos fáciles de reconocer, y sus personalidades tampoco se alejan de lo convencional. Cómo llegan a reunirse y los motivos de su búsqueda del sabio Wort, son punto esencial de lo que podríamos considerar la primera parte, hasta la OVA siete. En ella descubrimos muchas cosas sobre sus vidas, así como la situación de guerra en la que se encuentra sumido de nuevo Lodoss. El emperador oscuro de Marmo, Beld, ha desembarcado en el continente para conquistar y subyugarlo por completo. Ya han caído bajo su poder Kanon y Alania, pero los reyes de Valis y Flame no van a quedarse quietos… Junto a Beld están su general el caballero negro Ashram, el nigromante y adorador de Kardis Wagnard y una misteriosa dama, que se hace llamar Karla. También conocida como la Bruja Gris, esta mujer es un enigma y la única superviviente de la destrucción de Kastuul, el antiguo reino de la hechicería. Maneja los hilos del destino de Lodoss desde hace mucho tiempo, casi podríamos decir que está más allá del bien y del mal, por eso mismo es peligroso confiar en ella, ya que sigue su propia hoja de ruta.

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Karla, la Bruja Gris

Aparecen más personajes, que deduzco que en las novelas ligeras estarán más definidos, como la elfa oscura Pirotess, el silencioso mercenario berserk Orson; el rey Kashue, la princesa Fianna, etc. Salvo Karla, son todos lisos como una tabla, pero cumplen su papel eficientemente. Es cierto que, en general, Record of Lodoss War vista en el 2016 es una amalgama de tópicos que la hacen previsible y candorosa. Pero no hay que olvidar cuándo se hizo, señores, y que no resultó un petardazo sin motivos. Los que jugamos RGP, reconocimos inmediatamente la estructura, la base de los protagonistas y sus dinámicas. Los que no, observaréis que sus recursos han sido utilizados miles de veces en series posteriores. Honestamente, Record of Lodoss War se ha quedado antigua. Es como esos cuadros del Quattrocento, que notas cierta rigidez acartonada, los movimientos y posturas congelados y unas expresiones poco naturales. Sin embargo, no te cansas de mirarlos y disfrutar de su belleza, por mucho que obras de periodos siguientes sean técnicamente superiores. Allí están esos esfuerzos por el dominio de la perspectiva, la tridimensionalidad, el uso de la luz. Con Lodoss-tô Senki es igual, abrió nuevas puertas e inspiró a cientos de creadores. Un anime pioneroRespect.

La historia en sí es más o menos lineal, sin demasiados sobresaltos. La vereda que sigue es clara, pero no por ello aburrida. Tras una temática de índole política, que no es otra que la del dominio de Lodoss, existe otra esencial que es la eterna lucha entre Bien y Mal, Luz y Oscuridad. El maniqueísmo en la fantasía épica es bastante común y una de sus marcas de agua. Afortunadamente, se va superando para mayor enriquecimiento del género. Aprendemos del Lodoss del pasado (La Guerra de los Héroes) y sus protagonistas, qué ha sido de ellos y por qué son tan importantes. Descubrimos que el futuro del continente está en las manos de nuestros 6 protagonistas, tan diferentes entre sí, pero que no dudarán en sacrificarse por el bien común. Todos ellos poseen sus circunstancias y pesares; algunos están mejor desarrollados que otros; pero forman el habitual grupo de aventureros que entretienen bien.

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También hay dragones

Respecto al apartado musical, si no escribo esto, explotaré (y no quiero fenecer todavía): tanto el opening como el ending son espeluznantes. Están interpretados por la misma voz de oveja (una señora que se hacía llamar Sherry), desafinando como una bellaca.

Io sono prigionieeeeraaaaa 
kon’ya anataaaa waaaaa… 

HORROR. IGNOMINIA. MUERTE. Los pelos como escarpias, oigan, no ha sido un recuerdo distorsionado del pasado. Era un espanto, sigue siendo un espanto. El resto es la clásica composición orquestal, de aires imponentes y pomposos, con algún arreglo electrónico suelto (el toque horterilla de la época) que asisten perfectamente a la historia sin sobrecargar. La compositora es la inefable Yôko Kanno, así que DE RODILLAS, TODOS, YA.

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A pesar de que los diseños de los personajes de Yutaka Izubuchi en general no han envejecido bien, el arte de Record of Lodoss War es excelente. Muy particular de esa etapa, con rostros picudos y hombros que hacen de Hulk un conejillo campestre; pero que resulta sorprendentemente hermoso en sus fondos, en su arquitectura, en los detalles infinitos de naturaleza inanimada. Casi lloré al percatarme de cuánto puede echarse de menos el dibujo en la animación. El dibujo, sí, DI-BU-JO. Sus líneas y trazos, su textura, su volumen. Lodoss-tô Senki es como un manga en movimiento, irregular, con sensación de ser real. Eso rara vez se consigue ver en los anime más modernos, que en comparación son de una pulcritud y perfección tan uniformes que parecen hospitales. Quizá sea por la digitalización, que suele homogeneizar y dar un acabado aseado. Con esto no quiero decir que la animación antigua sea mejor que la actual, porque sería una afirmación bastante ridícula. Pero todo tiene sus pros y sus contras, y algunas cosas se echan de menos… Lo curioso es que no te das cuenta de que lo has echado en falta porque te has acostumbrado ya, y cuando te enfrentas a un anime de estas características, con un arte tan orgánico y bien recreado, la alegría y sorpresa son hasta placenteras. Y se goza más.

Por cierto, que cuando me refiero a que Record of Lodoss War parece a veces un manga en movimiento, no estoy exagerando. Algunos planos son directamente dibujos estáticos, el movimiento lo otorga el zoom, un desplazamiento focal lateral o ambos combinados. Aunque otorga características arcaizantes, me parece un recurso que estimula la emoción y dramatismo de algunas escenas, y compensa la falta de agilidad que se observa en las secuencias de acción, que es uno de los puntos débiles de esta serie.

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¡De ordeeeen del señor curaaaa, se hace sabeeeeer que Dios es uno y trinooooo!

Record of Lodoss War es una serie de OVAS imprescindible para el fan de la fantasía épica y los amantes de la historia del anime. No es una mera reliquia curiosa, pero sí exige cierta benevolencia por parte del espectador moderno, sobre todo si no se acostumbra a ver material antiguo. Su revisión no me ha supuesto para nada un desencanto, y eso que hacía unos cuantos años que no le hincaba el colmillo. Ha sido una experiencia bonita, llena de recuerdos. Hay hadas, dragones, elfos, kobolds, orcos, magia y aventuras. Hasta un leve aroma a romance. ¿Qué más se puede pedir?

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.