Tadahito Mochinaga, el maestro de marionetas

Si tenéis la fortuna de plantar los pies en Tokio este verano, quizá podríais visitar la magnífica exposición que organiza el Museo Nacional de Arte Moderno hasta el 10 de septiembre, dedicada al grandísimo Tadahito Mochinaga (1919-1999). Esta muestra se encuentra circunscrita dentro de los eventos que celebran el centenario del nacimiento de la animación japonesa, y es un sentido homenaje al trabajo de una de sus mayores figuras. Si gozara de la ocasión, ¡no me la perdería por nada del mundo!

Es posible que entre una mayoría de los seguidores de anime occidentales el nombre de “Tad” Mochinaga no diga gran cosa, pero para eso estamos en SOnC, para presentaros al que fue un visionario sin par y maestro de maestros. No solo imprescindible para el desarrollo de la animación en su país natal, sino que también jugó un papel imprescindible en el de China; y sus trabajos con marionetas fueron pioneros en todos los aspectos. De hecho, inauguró el género creando las primeras obras tanto en Japón como en China. Su fama y pericia resultaron tales que incluso fue reclamado desde Estados Unidos. Mi amado Kihachirô Kawamoto fue discípulo suyo; y el cineasta norteamericano Tim Burton le debe lo inconfesable también. Como comprenderéis, no podía faltar en la sección 2017: un siglo de anime. Habría sido bochornoso omitir a este creador.

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Mochinaga-sensei en plena faena

No es muy sencillo hacerse con material de nuestro protagonista de hoy; pero si se pone algo de afán, se pueden lograr ver unas cuantas obras de su autoría. Y merece la pena el esfuerzo de la búsqueda, no lo dudéis. Existe una autobiografía que el artista empezó a escribir en vida ante la insistencia de su amigo el también grandísimo animador Te Wei, pero murió en 1999 antes de poder acabarla. Tuvo que ser su esposa e indispensable colaboradora, Ayako, quien la finalizara, con epílogo de Kihachirô Kawamoto. Por supuesto, no hay de momento traducción alguna a lengua occidental. En realidad, tampoco hay demasiada divulgación por internet sobre su persona y trabajo, en español prácticamente nada; así que esta entrada puede resultar un pequeño introito para todo hispanohablante que disfrute indagando entre las tripas de la historia de la animación. Porque Mochinaga trascendió en vida las fronteras de la disciplina de su país, siendo su legado de carácter universal.

Como muchos chicos de su generación, Mochinaga-chan encontró su vocación viendo las obras de Disney. Mickey Mouse y las Silly Symphonies resultaron una revelación para su mente infantil; y L’horloge magique (1928) de Vladislav Starewicz, fundador de la animación con marionetas, despertó su interés por esta especialidad. Pero a diferencia de sus coetáneos, tuvo una niñez algo diferente. El empleo de su padre en la Compañía de Ferrocarriles del Sur de Manchuria, por entonces territorio ocupado por los japoneses (Manchukuo), obligó a su familia a mudarse a Changchun; y Mochinaga cursó toda la educación primaria allí. Este vínculo tan temprano con el gigante del continente lo mantendría durante toda la vida, considerando China su segundo hogar, y brindándole además una visión única de las dos naciones. Mochinaga fue un puente entre Catai y Cipango que impulsó la carrera de la animación de ambos países.

No, no me he columpiado, sé perfectamente que Ari-chan, la hormiga (1941) es de Mitsuyo Seo, pero tiene su sentido que aparezca ahora aquí. Mochinaga regresó a Tokio más adelante, y terminó sus estudios universitarios en 1938 con un sorprendente cortometraje de proyecto final en el que describía cómo realizar películas animadas. Logró colocarse en Geijutsu Eigasha y comenzó a trabajar bajo la supervisión de Seo. Y fue en este pequeño cortometraje, patrocinado por el Ministerio de Educación, donde se utilizó por primera vez una cámara multiplano de cuatro capas. Disney lo hizo en 1933 gracias a la destreza de Ub Iwerks; Japón en 1941 con la habilidad de Mochinaga, que construyó la máquina él mismo para Ari-chan. Conforme la Segunda Guerra Mundial se recrudecía, el gobierno japonés robusteció su propaganda nacionalista bélica, manifestándose en las producciones de dibujos animados. El clásico Momotarô no Umiwashi (1942), del que escribí aquí, es fiel reflejo de la época; y en él trabajó Mochinaga, dedicado a los fondos. Al año siguiente ya consiguió tener cierto control sobre una película, Fuku-chan no Sensuikan (1943), pero extenuado por el esfuerzo y la fiereza de la guerra, que lo había dejado sin casa tras un bombardeo, decidió junto a su esposa retornar a China para descansar.

Sin embargo, la cabra siempre tira al monte, y en cuanto solicitaron su asistencia en el departamento artístico de Man’ei, no se lo pensó dos veces y comenzó a trabajar de nuevo. Japón perdió la contienda en 1945, y las consecuencias no tardaron en hacerse notar: el estado títere de Manchukuo desapareció y los estudios Man’ei cayeron bajo poder chino. ¿Esto hizo que Mochinaga desistiera y volviera a su patria? En absoluto. Siguió trabajando en los rebautizados estudios Tong Pei con su mujer y el resto del personal sino-japonés. Podían hacerlo sin problemas porque la animación se consideraba una herramienta de propaganda valiosa. No obstante, la Guerra Civil (1927-1949) alcanzó finalmente Changchun, por lo que Mochinaga y todo el equipo tuvieron que huir al norte, a la ciudad minera de Hao Gang. Lejos de sentirse abatido, fundó junto a sus compañeros unos nuevos estudios Tong Pei, y se centraron sobre todo en crear películas con las que poder informar a la población sobre la situación del conflicto. Durante esa época, Mochinaga realizó la primera película de marionetas en stop-motion de China, Huangdi Meng (1947); y dirigió su primer film en el país, Turtle caught in a Jar (1948), ambas cintas sátiras muy evidentes de Chiang Kai-Sek (1887-1975). Fue entonces cuando se le otorgó nombre chino, Fang Ming (方明), y así comenzó a aparecer en los créditos. Fueron momentos emocionantes a nivel creativo, en los que Mochinaga adiestraba también a futuros animadores. Viajaba a las poblaciones rurales o acudía a los regimientos del Ejército Comunista para observar de primera mano las reacciones de la gente hacia las películas.

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El presidente Mao Zedong en una recepción con Tadahito Mochinaga en 1967

La guerra no podía durar eternamente, y en 1949, con el triunfo del Partido Comunista, Mochinaga regresó a Changchun donde le ofrecieron trabajar en la recién creada División Artística de Animación. Su coordinador, un animador de Shanghai llamado Te Wei. No tardaron mucho en hacerse grandes amigos. La nueva política del gobierno, a pesar de que consideraba las obras de Mochinaga básicas para la Nueva China, quería dirigir los dibujos animados en exclusiva a las audiencias infantiles. A su vez, trasladaron la sede de la nueva División a Shanghai, cuna de la animación del país, donde residían además la mayoría de los expertos. De ahí pronto surgirían los míticos Estudios de Animación de Shanghai. Mochinaga y Ayako permanecieron hasta 1953, y tuvieron la oportunidad de trabajar con Zhao-Chan Wan de los hermanos Wan, responsables de la primera película animada de Asia, La Princesa del abanico de hierro (1941), de la que escribí una miaja aquí.

De vuelta a Tokio y con el inicio de la retransmisión pública de televisión, Mochinaga fue contratado para realizar publicidad para el fabricante de cervezas Asahi. De esta manera creó las primeras producciones de marionetas en stop-motion de Japón. Como podéis leer, el determinante numeral ordinal “primero” abunda en la entrada. Y no puede ser de otra forma cuando se escribe sobre vanguardia. Nuestro protagonista fundó la primera compañía dedicada a la animación de marionetas, la Ningyô Eiga Seisakujo, y entre 1956 y 1979 dirigió hasta 9 obras diferentes. Una de ellas, Little Black Sambo (1956), que contó con un diseño maravilloso por parte de Kihachirô Kawamoto (soy fan, ¿se nota?), llamó la atención de la afamada Rankin/Bass Productions cuando ganó el premio a mejor película infantil en el Festival Internacional de Cine de Vancouver de 1958.

Y ese fue el comienzo de un idilio de más de una docena de obras entre Mochinaga y Rankin/Bass. Para ello Tadahito creó, junto a los supervivientes de la antigua Geijutsu Eigasha, los Estudios MOM. Ellos fueron los responsables del “Animagic” o stop-motion de los que se han convertido en los recuerdos entrañables de multitud de niños por todo el mundo. El proyecto era una verdadera co-producción internacional (Tadanari Okamoto was there too!) que duró desde 1960 hasta 1985. Pero Mochinaga-sensei no olvidó a su amigo Tei Wei y mantuvo siempre el contacto con los Estudios de Animación de Shanghai. En 1979, tras la Revolución Cultural Proletaria, fue invitado como consultor en la película de marionetas Who Mewed?; y entre 1985 y 1989 estuvo enseñando técnicas de animación en la Academia de Cine de Pekín. Mochinaga a su vez coordinó en Tokio la “Retrospectiva de los Estudios de Animación de Shanghai” en 1981, y solía arreglar visitas de animadores japoneses a los estudios chinos, haciendo muchas veces él mismo de guía. Siempre procuró ser un punto de unión entre las dos naciones que quiso tanto.

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Osamu Tezuka, Te Wei y Tadahito Mochinaga: 3 monstruos de la animación asiática.

Ya en 1992, Mochinaga produjo y dirigió su último cortometraje, Shônen to kodanuki, que fue estrenado tanto en el Festival Internacional de Animación de Hiroshima como en el Festival de Animación de Shanghai. Vivió un lustro más, con Te Wei empecinado en que escribiera sus memorias. Lo hizo, pero un fallo hepático lo sorprendió antes de poder rematarlas. Su esposa Ayako, de la cual no se sabe demasiado pero sí se puede deducir perfectamente que su continuo trabajo y apoyo resultó esencial para Mochinaga, completó esta labor postrera del Gran Sensei de las Marionetas.

And that’s all, folks! Espero no haberos aburrido demasiado con una entrada más biográfica que dedicada al análisis de un manga. O anime. También lamento el retraso en su publicación, pero cuestiones de salud me tienen todavía un poquitín delicada. En breves me encontraré repuesta y dándolo todo. YES! Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Érase una vez… el anime

Al dibujo animado se le tiende a considerar algo así como el hermano escuchimizado del cine. O como una especie de apéndice de él, que se tolera porque su existencia no puede ser evitada. Y, aunque han existido preludios desde hace mucho antes de que ni siquiera se llegara a concebir una imagen (no dibujo) real en movimiento, como las linternas mágicas o los taumatropos, la llegada del kinetoscopio y luego los hermanos Lumière, eclipsaron (aunque también ayudaron a su avance, ojo) desde el principio lo que llamaríamos luego cartoon, monito animado o caricatura. Y fue relegado, en su mayor parte, al campo de la experimentación, propaganda o el mundo infantil. No pasa nada, lo hemos asumido. Pero ahí ha estado, casi desde los inicios del propio cine. No pienso hacer una disertación sobre la historia de la animación porque ya hay bastante bibliografía al respecto, pero no viene mal recordar por encima, de vez en cuando, los orígenes de esta disciplina, todavía un poco ninguneada (aunque cada vez menos), y de la que tanto disfrutamos millones de personas.

Así que para la posteridad tenemos esos primigenios esfuerzos de los padres de la animación, J. Stuart Blackton o Émile Cohl en la primera década del s. XX; y ya, posteriormente, los trabajos, por ejemplo, de mi admirado Winsor McCay. Inciso: si tenéis la oportunidad de leer su Little Nemo in Slumberland (1905), no os arrepentiréis, una auténtica obra maestra del cómic, una maravilla.

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“Little Nemo” también tuvo su propio corto animado, medio documental además, en 1911

Con el tiempo, los creadores se fueron haciendo más ambiciosos, perfeccionando sus técnicas, y aparecieron las primeras obras que ganaron gran popularidad como Betty Boop o Popeye, de los indispensables hermanos Fleischer (inventores del rotoscopio), o Felix el Gato. Pero no solo se trató de pequeños cortos, sino de verdaderos largometrajes. Y no fueron de Disney, amigos, aunque luego fuese la empresa que se convirtiera en la institución de referencia del dibujo animado. Lamentablemente, la primera película de larga duración (70 minutos) de la que se tiene conocimiento, El Apóstol (1917), y la primera que se realizó con sonido, Peludópolis (1931), ambas argentinas y dirigidas por el genio de Quirino Cristiani, se dan como perdidas. Una tremenda lástima. El largometraje más antiguo animado que tenemos conservado, y añado además que en buen estado por la excelente labor de restauración que se llevó a cabo, es Las Aventuras del príncipe Achmed (1926). Una joya inspirada en un relato del clásico literario Las Mil y una Noches Hace gala de una técnica inventada por la propia directora, la alemana Lotte Reiniger, inspirada en el teatro de siluetas y marionetas javanesas y balinesas (wayang). Le costó tres años finalizarlo, tan laboriosa fue su confección. SOY FAN A MUERTE DE LOTTE REINIGER. Así, en mayúsculas y en negrita. Amo a esa mujer. Todo lo que he visto de ella me gusta. TODO. Y para muestra, un botón. Aquí os dejo el trailer de Achmed. (Un fotograma suyo es mi fondo de móvil, con eso lo digo).

Pero Sin Orden ni Concierto es un blog dedicado a lo japonés, ¿no? O eso os preguntaréis. Pues sí, más o menos así es. Puede parecer que el mundo de la animación fuese un invento netamente occidental y, aunque las primeras obras sí en gran medida lo fueron (estadounidenses, francesas, rusas, alemanas, argentinas, etc), en Oriente no fueron a la zaga. Personalmente considero (puedo estar equivocada) que la animación es algo tan intrínsecamente relacionado con el cine que, de forma espontánea, era natural que fuera surgiendo en diversas zonas del planeta. Además, en Japón hay que tener una variable muy en cuenta, y es que la relación entre manga y animación siempre ha sido muy estrecha, incluso en el pasado, por lo que no es de extrañar la aparición temprana de cartoons. El primer dibujo animado que tenemos atestiguado fue hallado en un proyector privado de Kioto no hace tanto, en el 2005, y está datado del año, aproximadamente, 1907. Casi nada, señores, de los primeros del mundo. Su nombre: Katsudô shashin. Se trata de una película en 35 mm de autoría desconocida; y compuesta por 50 imágenes, directamente dibujadas en el celuloide, de un niño saludando con un sombrero.

Pero la animación japonesa no era conocida como anime en aquellos tiempos. Sean Eiga o Dôga eran los términos más utilizados. Anime fue la denominación que llegó más tarde con Osamu Tezuka, que fue, junto a otros creadores, los que consolidaron sus características. Porque, aunque esté extendida la noción de que los dibujos animados surgieron en las islas con Manga no Kamisama y su mítico Astroboy, no fue así. También cabe señalar que no todos los dibujos animados procedentes de Japón deberían considerarse anime simplemente por ser japoneses. Esa es una generalización hecha desde fuera y que se refiere a la animación comercial que se suele exportar. Pero regresando al tema principal, que no sé ya cuál es de tantas vueltas que estoy dando (perdón, perdón), los dibujos animados han existido, en forma de cortometraje, desde bastante tiempo antes que Tezuka. Y gozando de buena salud. Ya no solo era una evolución lógica de toda su rica tradición pictórica popular, sino el esfuerzo de una nación, recién abierta al exterior tras siglos de confinamiento, por modernizarse, estar a la altura y superar a otros países.

No pienso saturaros con un listado de las diferentes obras y estudios que fueron apareciendo a lo largo de los años, porque me parece tedioso y es información bastante fácil de hallar por internet. Pero que esto sirva para disipar dudas, si es que existían, al respecto: se hacía animación en Cipango desde el temprano s. XX. Con épocas más flojas que otras, claro.

Este cortometraje en B/N y mudo, llamado Kobutori (1929), es solo un ejemplo de la inquietud existente que llevaba ya desde mediados de la década de 1910 floreciendo. Y no solo se adaptaban relatos del folclore (costumbre que perdura actualmente de la que estoy encantada), sino que, conforme los años transcurrían, se iban acomodando a las circunstancias históricas, apareciendo incluso propaganda política y bélica anti-americana. Es el caso del primer largometraje que se realizó en Japón: Momotarô: Umi no Shinpei (1945). Nada extraño teniendo en cuenta que en otros lugares del planeta se procedía de igual manera.

Ciertamente, la derrota en la Segunda Guerra Mundial supuso un batacazo no solo para la animación, sino a todos los niveles. Y fue entonces, con la ocupación americana, cuando algunos autores descubrieron la formidable maquinaria Disney. Y de aquellos polvos, estos lodos. La animación realista y detallada, repleta de imaginación del estadounidense, fue la inspiración inevitable de lo que luego sería el anime. Una inspiración que ayudó a que Tezuka y otros más, revitalizaran un panorama melancólico a causa de la guerra.

Y creo que no me voy a enrollar más. Como ya os he comentado, hay abundante bibliografía al respecto. Os remito en específico al libro de Jonathan Clements Anime: a History (2013), bastante prolijo y muy interesante, que trata el tema de la historia de la animación japonesa de forma excelente. Por mi parte, lo que voy a hacer a continuación es recomendaros cinco largometrajes pioneros (no series, no cortos) de los dibujos animados asiáticos, concretamente chinos y japoneses. No he visto todos los que existen (ojalá), porque encima no suele ser sencillo encontrarlos. De ahí que esta sea mi parcial y subjetiva selección. Todos tienen en común que van dirigidos a niños y sus fechas de creación van de 1941 a 1968. Hay que tenerlo muy en cuenta. También aviso que es muy fácil advertir elementos e ideas en estas películas que luego se han utilizado, y no pocas veces, en obras posteriores. Incluso contemporáneas. No dejan de ser creaciones de las que han mamado distintas generaciones de artistas, ya por eso solo se merecen un mínimo de atención y respeto. El orden de presentación es cronológico y no obedece a ningún tipo de preferencia.

Me habría gustado incluir algo de animación coreana antigua y algo de la vietnamita también, pero me ha resultado imposible echarles un vistazo. Si alguien sabe dónde lograr este tipo de material, que lo escriba en comentarios, gracias. Bueno, allá vamos.

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El estreno de Blancanieves y los siete enanitos (1937) supuso toda una revolución en el mundo de la animación. Un antes y un después. Fue también un tremendo estímulo para que otros creadores se afanasen en lograr un resultado similar o superior, y eso les ocurrió en China a los hermanos Laiming y Guchan Wan. Junto a sus otros dos hermanos, Chaochen y Dihuan, fueron los padres fundadores de la animación china. Estos cuatro hermanos querían hacer de la animación una herramienta de pedagogía y difusión de información asequible y entretenida para todo el mundo, haciendo especial hincapié en la idiosincrasia de su país. Por eso, aparte de realizar los primeros trabajos animados de China en la década de los años 20, ya enzarzados en la Segunda Guerra Mundial (Segunda guerra sino-japonesa, 1937-1945), crearon multitud de cortos que llamaban a la resistencia frente a los invasores japoneses, el imperialismo occidental y el opio. No fueron tiempos fáciles. Ellos, que vivían en una Shanghái ocupada militarmente, conocieron de primera mano el rigor bélico. Pero eso no les impidió decidirse a crear el que luego sería, no solo el primer largometraje animado de China, sino de toda Asia: Tie Shan Gongzhu o La princesa del abanico de hierro. Su éxito incluso se dejó notar en Japón, siendo una de las inspiraciones más obvias del futuro anime.

El acicate que significó Blancanieves para la realización de Tie Shan Gongzhu es incuestionable. El influjo estético se halla en cada fotograma, hasta el uso del rotoscopio fue emulado; pero esto último quizá forzado también por las circunstancias, ya que abarataba el coste general. Eso es algo que hay que tener presente cuando se ve esta película, los durísimos aprietos económicos que sufrieron los hermanos Wan al estar en plena guerra. Para mí fueron unos auténticos héroes, ya que la producción de Tie Shan Gongzhu fue larga y con unos recursos muy exiguos. También debo añadir que la cinta no ha llegado hasta nosotros en las mejores condiciones, lo que puede hacer de su visionado una experiencia algo incómoda. Este largometraje tiene valor ya solo por sí mismo, porque es parte de la historia de la animación, pero no será lo mejor que veáis en vuestras vidas.

Tie Shan Gongzhu es la adaptación libre (pero muy libre) de una de las historias que conforman el clásico literario chino Viaje al Oeste (s. XVI), donde se narran las andanzas del Rey Mono Sun Wukong (sí, Son Gokû, chavalada), atravesando multitud de tierras del Asia Central hasta la India, para conseguir unos sutras sagrados del Buda. Es un viaje iniciático, un peregrinaje, que lo acercará a él y a sus acompañantes a la iluminación. Es una obra capital que, por supuesto, ha influido enormemente también en la cultura japonesa. Pero regresando a Tie Shan Gongzhu, su argumento gira en torno a la búsqueda de un abanico de hierro que puede acabar con el fuego en una aldea de campesinos. Pero la dueña de este abanico no se va a dejar convencer tan fácilmente. Nanay.

Si hay cosas positivas que comentar de este largometraje, que las hay sin ninguna duda, aparte de su elocuente trascendencia es que, a pesar de sus carencias, sorprende en multitud de instantes por su exquisito realismo y elaborados fondos. Algunas veces (no siempre) los movimientos son tan fluidos que no tienen nada que envidiar a ese prodigio que es Blancanieves. En momentos puntuales sí que se puede decir que los hermanos Wan consiguieron alcanzar esa excelencia que tenía Disney. Pero en conjunto, dadas las circunstancias además, era imposible. Aun así, ¡un extraordinario trabajo!

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Este fue el debut de la recién fundada Tôei, por entonces Tôei Dôga, que deseaba convertirse en la Disney oriental. Sus ambiciones eran grandes y, actualmente, ya sabemos perfectamente la importancia de este gigante de la animación. Hakujaden es el primer largometraje en color japonés y resultó una fuerte apuesta, porque incluso lo estrenaron en Estados Unidos. Con un par. El éxito en Japón fue rotundo y estimuló todavía más a los estudios para continuar en su idea de ser una competencia digna para Disney. No hace falta que diga que sin Tôei el anime no habría sido igual. Allí trabajó gente tan enorme como Tezuka, Takahata o Miyazaki. ‘Nuff said.

Aparte de la relevancia histórica de Hakujaden, resulta una película que, aunque tiene una influencia aplastante sobre todo del primer Disney (Blancanieves, Fantasia y Bambi everywhere), es realmente hermosa, y me refiero a nivel visual. La animación todavía es imperfecta, pero el arte y sus fondos son espectaculares. Se nota que pusieron verdadero esmero en plasmar el ideal de belleza taoísta en los paisajes y colores. ¿Taoísta? Pues sí, porque Hakujaden tiene lugar en China. No sé si se trata de algún tipo de guiño conciliador hacia ese país, pero a pesar de que se trata de un largometraje japonés, la impronta china se deja notar por todos sitios. Es deliberada, porque hasta el argumento es una variación de una de las leyendas chinas más antiguas e importantes de su folclore: La leyenda de la serpiente blanca.

La historia arranca con unos bonitos cut-outs que, mediante una canción (sí, hay números musicales), nos cuentan cómo nuestro protagonista, un niño llamado Hsu Hsien, se ve obligado por la presión social a abandonar a una shirohebi con la que había entablado una tierna amistad. Los años pasan, pero ninguno de los dos se ha olvidado del otro. Una noche de tormenta mágica, la shirohebi (serpiente blanca) recibe forma humana. Se convierte en una doncella, de nombre Pai Niang, aunque no deja de ser un ente sobrenatural. Un yôkai en japonés, para entendernos. Y de eso va en el fondo todo, del amor prohibido entre un humano y una criatura fabulosa, y los obstáculos con los que se topan por defenderlo. El más importante de ellos, la figura del bonzo y exorcista Hokai, que en su fervor por librar al mundo de espíritus, se entromete en la vida de la pareja provocándoles serias dificultades. Todo con las mejores intenciones, pero su fanatismo resulta muy perjudicial.

Aparte de este trío, existen varios sidekicks que amenizan y brindan la chispa cómica a la película. Son un pequeño panda y un zorrito en el caso de Hsu Hsien; y para Pai Niang una doncella-pez con la que mantiene una relación senpai-kôhai. El cuento en sí es bastante interesante; no posee el típico barniz con la dualidad bien-mal que siempre se les encasqueta a los críos (hace cavilar); las desventuras de la pareja y los esfuerzos de sus compañeros por ayudarlos son atractivas; pero el desarrollo y el ritmo están descompensados. Gran parte del peso de la trama recae precisamente en estos sidekicks, porque el trío protagonista es bastante insulso, y las piezas no acaban de encajar del todo. Aun así, se visiona sin problemas y no aburre; a pesar del tono candoroso (a veces cursi) y la fragilidad argumental en algunos tramos.

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Con una animación muy particular y estilizada, alejándose paulatinamente de las características de Disney, esta película es un punto y aparte con muchísima más trascendencia de la que se le concede habitualmente. Su influencia es muy patente en Samurai Jack, por ejemplo, una de mis series animadas favoritas occidentales. Los diseños, los fondos, el movimiento… el arte y la técnica de El pequeño príncipe y el Dragón de ocho cabezas son admirables. Con muchos elementos de la pintura tradicional japonesa. Los personajes llegan a ser casi una abstracción de formas geométricas y colores, de una simplicidad elegante y eficaz. Ya no interesa tanto una sensación de realismo a la hora de plasmar el dibujo, sino su expresión. Pero Disney sigue ahí, no os penséis, aunque cada vez menos.

Desde la estupenda banda sonora, del grandísimo Akira Ifukube (uno de los padres de Godzilla), la dirección de Yûgo Serikawa (Saibogu 009Mazinger Z) hasta el trabajo entre bambalinas de Isao Takahata como asistente de dirección o de Seiichi Hayashi en la animación, todo nos está hablando de que es una obra que, junto al trabajo de Tezuka, supuso el comienzo de la madurez del anime. El asentamiento de su propia personalidad.

El argumento consta de distintas adaptaciones y variaciones sustanciales de leyendas shintô, recogidas en el Kojiki (711) y el Nihongi (720), donde el dios Susanowo se ve involucrado. Están muy, muy, pero que muy suavizadas (este dios en realidad es bastante salvaje), seguramente debido a que su público objetivo es el infantil. La historia es la búsqueda, por parte de esta deidad, de su madre la diosa primordial Izanami, que ha fallecido. Susanowo, en forma de niño, no se conforma con las palabras de consuelo de su padre el dios primordial Izanagi, y decide ir a su encuentro. Como no sabe dónde se halla en realidad, visita a su hermano, el dios de la luna Tsukiyomi; y a su hermana, la diosa del sol Amaterasu, para averiguar algo más preciso sobre su paradero. Y durante esa búsqueda, se enfrentará a monstruos, dioses y vivirá peripecias de lo más pintorescas. Porque son pintorescas. Y muy previsibles. Pero es lo que tienen los mitos y las leyendas, que todo el mundo, intuitivamente, conoce su evolución y posible desenlace. Máxime si forman parte del entorno cultural. No obstante, es un bonito viaje que entretiene y sorprende por lo bien que ha envejecido.

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Y regresamos de nuevo a los hermanos Wan, veinte años más tarde, para toparnos con un asombroso y abrumador ejercicio de arte visual. Flipante, todo un espectáculo de color y delicadeza. Solo los asiáticos son capaces de hacer cosas semejantes. Fue un zas! en todos los morros del planeta. Su grito era: ¡estamos aquí y somos mejores que vosotros cuando nos lo proponemos! Porque Da Nao Tiangong o Caos en el cielo, fue lo mejor que se hizo en animación en su tiempo, meándose en la cara de Disney o el anime japonés. Siento ser tan soez, pero me ha salido del alma. Fue una cumbre que los chinos, al menos hasta donde yo sé y lamentándolo profundamente por mi amado Naya, no han conseguido alcanzar otra vez de forma tan demoledora. Y espectacular.

Fue una suerte que se estrenara un par de años antes de la Revolución Cultural de Mao Zedong (1966-1976), porque si hubiera sido más tarde, habría resultado altamente improbable su producción. De hecho, al año siguiente ya fue censurada. La situación a la que llevó esta pretendida “revolución” a la productora de esta película, Shanghai Animation Film Studio (en su mejor momento creativo entonces), fue de una parálisis casi de facto ya que sus obras, obligatoriamente, estaban supeditadas a su ideología. No pudo ser más desastroso. Gran parte de sus animadores y creativos fueron enviados a campos de trabajo en el interior del país. Los estudios no volvieron a recuperarse del todo nunca. Por eso también es un largometraje al que homenajear, independientemente de que su calidad es indiscutible.

Da Nao Tiangong, continuando con la filosofía educativa centrada en la cultura china de los hermanos Wan, es una adaptación de los primeros relatos incluidos en el Viaje al oeste. Con Sun Wukong, por supuesto, de protagonista. Casi la podríamos considerar una especie de resarcimiento por Tie Shan Gonzhu, donde los Wan no pudieron explayarse todo lo que les habría apetecido. Con Da Nao Tiangong se quedaron bien a gusto, utilizando todos los recursos técnicos de su época sin contenerse. El ritmo de la película es el idóneo teniendo en cuenta que la música posee una presencia muy fuerte. Es un estilo muy tradicional, basado en la cadencia de la ópera china, que quizá para el espectador occidental no familiarizado se haga algo lento. Por lo demás, esta obra es, simplemente, épica. Su espíritu es clásico y, por ello, el argumento peca de candidez y cierta simpleza si lo observamos con los ojos del presente. Pero es que se trata de una obra infantil; y su objetivo, como siempre dejaron claro los hermanos Wan, era instruir. Entretener, pero instruir.

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Isao Takahata estrenándose como director y con Hayao Miyazaki ayudándole en el proyecto. Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken no es Ghibli. Pero se perciben infinidad de ideas que luego veríamos prosperar, y no solo en obras de su productora como Castle in the sky (1986); sino en productos previos como Heidi: Girl of the Alps (1974) o ajenos como The big bear of Tallac (1977). Su influencia posterior no ha sido poca. Una solo puede sonreír, en total complicidad, conforme va viendo esta película. Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken ya es otra cosa. Otra cosa si la comparamos con largometrajes anteriores. Continúa siendo un producto infantil, pero no tanto. La clave, sobre todo, es Hilda. Y que a Hols se le ve el pene durante dos segundos. Es broma. Bueno, es verdad, pero es broma.

Tenéis razón, empecemos por el principio. Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken nació bajo el ala de la ya omnipotente Tôei. En realidad todas las películas japonesas que he incluido en esta lista son producciones suyas. No ha sido premeditado, os lo aseguro. Es solo la muestra de que, al menos en cuestiones de anime comercial, eran todo un referente (sin intenciones de obviar a Tezuka, que conste en acta). Y esta película tiene el honor de ser el primer pinchazo de los estudios. Y la última película que dirigió Takahata para ellos. ¿Por qué la incluyo entonces en esta lista? Por las intenciones que tenía el equipo creativo y lo que supuso. Takahata & co. deseaban sacar adelante un proyecto casi inaudito en esa época: una película de animación accesible para todos los públicos, no solo niños. Y querían experimentar también incluyendo una historia de tipo heroico con un mensaje profundo detrás. No lo lograron del todo. No porque ellos no quisieran, sino porque las circunstancias sociales del país, en Tôei y su propia inexperiencia, fueron una fuente continua de constricciones y frustración. Por eso Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken se quedó a medio gas. Con mucho cliché y personaje trivial, aunque con un gran potencial como bien luego se pudo comprobar. El dibujo y la animación tienen esa tosquedad naïf que luego se vería tanto en la década de los 70, pero que ganó mucho en dinamismo respecto al pasado.

El argumento, inicialmente basado en una leyenda de los Ainu, cuenta la lucha de Hols, un niño del norte de Europa, por reunirse con su pueblo atacado implacablemente por el pérfido brujo Grunwald. Este nigromante quiere acabar con la humanidad (ahí es nada) y es el típico villano unidimensional más malo que la quina. En la historia tenemos también el objeto mágico que puede otorgar la victoria a nuestro pequeño héroe (la espada del sol), los habituales animalitos sidekicks y ese enigmático personaje femenino que es Hilda. Ella es, como bien dicen en el anime, “una niña triste y solitaria que ya no sabe llorar”. Pero se considera a sí misma un monstruo. Dividida entre la lealtad hacia su hermano (Grunwald) y lo que le dice su corazón, es el personaje más profundo de la película. Realmente está desarrollado como si fuera protagonista, aunque en teoría ese papel lo desempeñe Hols. Es lo mejor de Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken, con sinceridad, ya solo por ella se disfruta la historia. Pero, a pesar de todos sus defectos, es un clásico que los amantes de la animación sabrán apreciar.

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Hilda con Mauni, la protoHeidi

Después de todo este rollo patatero, aclaro por si no es evidente, que parte de este artículo es una mera labor divulgativa. No soy investigadora ni nada parecido, solo una fan que lleva un blog. Para realizarlo, a parte de acudir a Jonathan Clements, he recurrido para documentarme correctamente y no escribir alguna atrocidad, a gente como Antonio Horno López o David Almazán Tomás, que sí se dedican seriamente a estos menesteres. No os llevéis una impresión equivocada, no soy un enciclopedia con patas. Todavía.

Y eso ha sido todo por hoy. Es la entrada más larga, con diferencia, que he escrito. No sé si habrás llegado hasta aquí habiéndola leído por completo (y sin echar un par de cabezadas). Los que lo hayáis logrado incólumes, tenéis mi gratitud y admiración. En serio.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El pequeño Naya

A pesar de que el cansancio se me está apoderando estos días (la casa de mis abuelos ha sufrido un incendio, les Pyrénées brûlent, fuyez!) y estoy yendo/viniendo a diario por carreteras infames llenas de hielo y nieve, tengo la cabeza repleta de ideas que se golpean unas a otras por salir. ¡Tranquilas, cabronas, ahora no es el momento! Así que me lo voy a tomar con calma y restringir las entradas… hasta que la cosa se normalice un poco al menos.

Hoy quiero escribir sobre una de esas animaciones que de ternasco me marcaron. Mi hermano mayor la tenía grabada desde tiempos pretéritos y solíamos verla juntos. Y menudas lloreras me pegaba siempre.

El pequeño Nezha contra los Reyes Dragón

Nezha Nao Hai

哪吒鬧海

Nezha-Conquers-the-Dragon-King

 El pequeño Naya contra los Reyes Dragón es una película animada del año 1979. No es japonesa, sino china; en concreto fue realizada por el mítico Shanghai Animation Film Studio. Tras la Gran Revolución Cultural, la actividad intelectual, tecnológica y cultural (valga la redundancia) en China fue reducida prácticamente a propaganda del Partido y a la exaltación personal de Mao Zedong. A causa de esto, durante 10 años este estudio de animación, uno de los primeros del país, paralizó su labor hasta la llegada de nuestro amigo Naya. Fue todo un hito histórico. Esta película además fue la primera en producirse en formato panorámico en China y llegó a estrenarse hasta en el Festival de Cannes de 1980. Es recordada con bastante orgullo y cariño por el pueblo chino. Y no solo por esto, también porque se centra en una deidad taoísta muy querida y popular: Nezha. O Naya. O Nata, como la llaman los japoneses. Esta dispersión tan amplia en Extremo Oriente es debido a que realmente Nezha es de origen indostánico y se difundió a través del budismo. Esto no tiene nada de particular, ya que el Taoísmo es en esencia sincrético y fusionó a lo largo de los siglos elementos del confucianismo y, por supuesto, el budismo. No voy a entrar ahora en ello porque sería bastante farragoso, pero para los despistados, el Taoísmo podemos decir que es la religión tradicional de China por antonomasia; muy compleja, superficialmente conocida en Occidente y con una vertiente filosófica pronunciada. No existe una verdadera cohesión en él además, dependiendo de la época histórica o el grupo social, se podía entender de una manera diferente. Pero claro, existen elementos unificadores, uno de tantos es Nezha.

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Este largometraje es una adaptación para el público infantil de una de las proezas mitológicas de Naya más célebres del folclore chino. Esta hazaña concreta aparece en la novela épica Fensheng Yanyi, escrita en el s. XVI por Xu Zhonglin. No sería además la primera vez que esta obra literaria clásica fuera llevada luego a la animación o al mundo de los videojuegos por los vecinos japoneses.

El argumento nos cuenta, para empezar, su extraño nacimiento de un huevo tras tres años y medio de gestación (pobre madre); y cómo su padre el general Li Jing, frustrado y a la vez temeroso, lo golpea con su espada. El huevo se abre como una flor de loto y de ahí surge un diminuto Naya capaz ya de caminar y hablar. Poco después, es visitado por Taiyi Zhenren, un sabio inmortal (típica figura del taoísmo, en este caso reencarnación del primer emperador de la dinastía Shang) que lo adopta como discípulo y le hace dos presentes: una cinta roja armilar y el aro del universo. Estas son dos armas poderosas que Nezha no dudará en utilizar a lo largo de la película. Transcurrido un tiempo, los territorios donde vive Naya sufren una terrible sequía a pesar de las cuantiosas ofrendas que se le hacen al Rey Dragón del Mar del Este, Ao Guang, para que les procure lluvia. Este, a pesar de que es consciente del sufrimiento de los humanos, le resulta indiferente e incluso envía a un horrible demonio para secuestrar y matar a los niños del lugar. Nezha ahuyenta con sus armas al monstruo pero eso no evita que Ao Guang continúe con su actitud malvada. La violencia va en escalada hasta la muerte del hijo del Rey Dragón a manos de Naya. Y hasta ahí puedo contar sin joderos demasiado la historia.

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Esta película es un verdadero tesoro. Y no es por la inevitable nostalgia infantil que todo lo idealiza. Me he reencontrado con ella ya muchas veces y siempre me maravilla su elegancia, fluidez y riqueza visual. Los diseños son refinados, los paisajes reflejan ese ideal de la naturaleza melancólico, quietista y suavemente difuminado del Taoísmo (buscad fotos de Guilin y sabréis de lo que hablo). La dinámica se inspira claramente en la Ópera China, con una música apropiada y emotiva.

Es una animación old school, eso que vaya por delante; y su público objetivo es el infantil aunque está planteada para toda la familia. Tiene momentos bastante crueles y duros, pero todos los cuentos los poseen. Si se consideran estos posibles óbices, es una obra que no es que se pueda disfrutar, es que uno se deleita en ella.

Si algún día sucede un horrible accidente y tengo un hijo/a (no tengo intenciones de propagar mi ADN en el planeta, no lo considero beneficioso), El pequeño Naya contra los Reyes Dragón formará parte de su dieta audiovisual sí o sí.

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Me voy a desayunar, que dentro de un rato me espera un voraz Yeti agazapado en cada curva. À bientôt!