Peticiones Estivales: Sekine-kun no Koi

Inauguramos las Peticiones Estivales de este 2017 con un manga algo particular. No es la primera vez que escribo sobre él, pues en un ya lejano 2014 lo incluí dentro de un listado de tebeos inconclusos que no conseguían aterrizar en Occidente por un motivo u otro. La entrada en la que aparecía era esta, perteneciendo a esa sección de nombre ridículo y ostentoso que es la Galería de los Corazones Rotos. El cómic en cuestión es Sekine-kun no Koi de Haruka Kawachi, y se encontraba finalizado hacía tiempo. El problema consistía en una perseverante ausencia de scanlations (y sus correspondientes traducciones), además de la preocupación lógica por la misma obra, que parecía haber sufrido un final precipitado debido al cierre de Manga Erotics F, revista donde se estaba publicando. Había motivos justificados para la desazón, ya que, por añadidura, la historia se encontraba varada de tal forma que resultaba difícil predecir su desenlace.

Sin embargo, a lo largo de este 2017 fueron desgranándose los episodios que restaban y Gabriela Ip, la cual según comentó en twitter conoció Sin Orden ni Concierto gracias a Sekine-kun no Koi, solicitó hace unas semanas su necesaria reseña final. Gracias, Gabriela, por fin está aquí; por fin podemos curar ese pedacito de kokoro que Los amores de Sekine mantenían escupiendo bilis. ¿Ha merecido la pena la espera? ¿Ha estado a la altura de lo que prometía? Haruka Kawachi es una mangaka bastante peculiar. Mucho. Y eso en este cómic se nota, para bien y para mal.

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Sekine-kun se hace unos spaguetti mientras reflexiona sobre el infinito con su característico rictus de sonámbulo.

Cuando terminé de leer este manga, me dio la terrible sensación de que su protagonista era en realidad yo misma, pero con un cromosoma Y. No porque sea una mujer infalible en todo lo que me proponga, o porque resulte ser una rompecorazones, para nada. En eso, la verdad, somos diametralmente opuestos. Sino por su falta completa y absoluta de habilidades sociales, su incapacidad para gestionar las emociones, y la preocupante tendencia al aislamiento y a darle vueltas a todo de manera random y obsesiva. Esa soy yo. Y no suele ser agradable verse reflejado tan claramente. Comento esto porque, a causa del vínculo generado, creo que no voy a poder escribir una reseña todo lo objetiva que me gustaría. No obstante, este sigue siendo un blog personal, por lo que tampoco sería algo muy grave. Pero advertidos quedáis, mi apreciada otaquería.

Keiichiro Sekine es un hombre de 30 años con un buen trabajo, bastante agraciado y que disfruta de una vida que, aparentemente, es la perfecta de un soltero. Pero Sekine-kun no sonríe nunca, Sekine-kun no tiene ninguna inclinación o aprecio por nada de lo que le rodea, Sekine-kun se siente vacío. Considera su existencia vana, inmersa en un océano de indiferencia, con alguna tormentilla irritante esporádica, pero sin sentido ni propósito. No es feliz en absoluto. Sumido en la pasividad de la resignación, espera un estímulo que lo inspire, llene y lo ponga en movimiento. Esta situación vital es la que ha padecido desde la niñez, no se trata de una etapa puntual. ¿Quizá porque siempre ha tenido que soportar abundantes afectos indeseados (e invasivos)? Crear una armadura para protegerse desde la infancia le ha provocado una especie de cortocircuito emocional que ahora le impide conectar con sus sentimientos adecuadamente, convirtiéndolo en un gaznápiro, sobre todo en cuestiones sociales y sentimentales. Por eso ha aprendido, por ejemplo, a ignorar las lágrimas que de repente brotan de sus ojos sin aparente motivo. Sekine-kun es consciente de su problema, de ahí que se haya puesto manos a la obra para solucionarlo. Sin embargo, las cosas no transitarán por la ruta prevista.

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A gentleman good at knitting is not good at knitting the love

Dejándose mecer por el azar, topa con una pequeña tienda de tejidos y manualidades donde cree hallar un pasatiempo donde volcar sus ansias por amar algo. Pero el dueño de ese comercio, un anciano extravagante, en vez de enseñarle a tricotar, lo introducirá en los secretos de la prestidigitación con cartas. Tan extrañamente como surgió, el abuelete desaparece, dejando el negocio en manos de su nieta, Sara Kisaragi. Esta retomará con Sekine las clases de hacer punto y, a partir de ahí, nuestro protagonista tendrá la oportunidad que tanto deseaba para sanar. Las circunstancias se irán embrollando e iremos conociendo, a su vez, más de la personalidad de nuestro hermético amigo. Chispas de su pasado que ayudan a comprender un poquito mejor sus motivaciones y errática manera de pensar.

Los que hayan leído ya algo de Haruka Kawachi, como por ejemplo Natsuyuki Rendezvous (2011) que fue publicado en español gracias a Tomodomo, encontrarán el compás sosegado de su estilo y la delicadeza de sus retratos psicológicos. Es minuciosa, sobre todo con Sekine-kun, y resulta fascinante observar sus acrobacias neuronales, los pasos que siguen sus reflexiones. Muy naturales, muy humanas. Él es un hombre atractivo que conquista mujeres sin desearlo, provoca envidia y asombro por su infalibilidad en toda empresa que acomete; y, sin embargo, siente que su vida no tiene sentido. Está muerto por dentro… de éxito. E intuir que él es el responsable directo de su fracaso existencial lo conduce a un autodesprecio devastador.

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Esta podría ser la típica historia de un bishie que se lleva al huerto a la chica normalita, a pesar de tener a sus pies a todas las bellezas de Tokio. Pero no, la mangaka parte de esa base, pero otorga a Don Perfecto un temperamento insólito que lo hace víctima de todo tipo de situaciones ridículas y tristemente reales. Al menos para los introvertidos lo son. La metáfora continua que resulta el desenredar, tejer, deshacer y volver a trenzar la lana, es el reflejo de su evolución personal. El objetivo amoroso, Sara Kisaragi y el resto del elenco de secundarios no están tan desarrollados como Sekine, pero mantienen firme al argumento y su desarrollo. Sara es inteligente y muy salada, bastante creíble. No se hace insoportable ni cursi como suele ocurrir con los personajes femeninos del shôjo/josei, y tiene las ideas claras. El antagonista, Dôjima, bastante más cliché, quizá sea el que más flojea de todos, aunque Kawachi intenta brindarle en los últimos episodios cierta dignidad.

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Si tengo que ser sincera, hasta el volumen 4 Sekine-kun no Koi es un manga chispeante y diferente, centrado sobre todo en la personalidad del protagonista y sus pequeños avances hacia el autoconocimiento. Él es el centro en torno al cual gira todo, y no molesta particularmente porque los secundarios están bien bosquejados, algunos de forma graciosa y caricaturesca, adaptándose muy bien a su pausado slice of life. Un argumento espontáneo y fresco, que aunque no espectacular, sí resulta imprevisible. Es a partir del último y quinto tankôbon cuando se despeña hacia el estereotipo y una resolución clasicona. Ha sido un poquillo decepcionante porque, hasta ese momento, Los amores de Sekine se mostraba como un josei comercial pero no ordinario, con un personaje principal interesante y un argumento salpicado de chiribitas surrealistas y cálida ironía. Su desenlace no ha estado a la altura de las expectativas. ¿Quiere decir esto que Sekine-kun no Koi es un mal tebeo? Nada de eso. Simplemente, Haruka Kawachi optó por introducir elementos tradicionales en su obra, configurando un manga más conservador de lo que parecía prometer. Lo finiquita de manera solvente, no obstante es notorio que lo hizo porque la serie iba a cancelarse debido al cierre de Manga Eroctics F. Quiso darle un término coherente, pero no resultó brillante. Una lástima.

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¿Recomiendo Sekine-kun no Koi? Sí, a pesar de esa conclusión menos trabajada que recurre a los habituales tópicos, es un cómic tranquilo y diferente, que no cae en el sentimentalismo almibarado de la demografía y ofrece una visión del enamoramiento divertida. Es una comedia romántica eficiente y con la bastante sutileza para no empalagar. Podría haber sido un cómic mil veces mejor, pero las circunstancias no siempre acompañan a los autores. Y Los amores de Sekine podrían haber sido mucho, mucho más. También admito que si Tomodomo se animara a publicarlo por estos lares, lo compraría sin dudarlo porque, en conjunto, me ha parecido mejor hilvanado que Nieve en Verano. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Tadahito Mochinaga, el maestro de marionetas

Si tenéis la fortuna de plantar los pies en Tokio este verano, quizá podríais visitar la magnífica exposición que organiza el Museo Nacional de Arte Moderno hasta el 10 de septiembre, dedicada al grandísimo Tadahito Mochinaga (1919-1999). Esta muestra se encuentra circunscrita dentro de los eventos que celebran el centenario del nacimiento de la animación japonesa, y es un sentido homenaje al trabajo de una de sus mayores figuras. Si gozara de la ocasión, ¡no me la perdería por nada del mundo!

Es posible que entre una mayoría de los seguidores de anime occidentales el nombre de “Tad” Mochinaga no diga gran cosa, pero para eso estamos en SOnC, para presentaros al que fue un visionario sin par y maestro de maestros. No solo imprescindible para el desarrollo de la animación en su país natal, sino que también jugó un papel imprescindible en el de China; y sus trabajos con marionetas fueron pioneros en todos los aspectos. De hecho, inauguró el género creando las primeras obras tanto en Japón como en China. Su fama y pericia resultaron tales que incluso fue reclamado desde Estados Unidos. Mi amado Kihachirô Kawamoto fue discípulo suyo; y el cineasta norteamericano Tim Burton le debe lo inconfesable también. Como comprenderéis, no podía faltar en la sección 2017: un siglo de anime. Habría sido bochornoso omitir a este creador.

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Mochinaga-sensei en plena faena

No es muy sencillo hacerse con material de nuestro protagonista de hoy; pero si se pone algo de afán, se pueden lograr ver unas cuantas obras de su autoría. Y merece la pena el esfuerzo de la búsqueda, no lo dudéis. Existe una autobiografía que el artista empezó a escribir en vida ante la insistencia de su amigo el también grandísimo animador Te Wei, pero murió en 1999 antes de poder acabarla. Tuvo que ser su esposa e indispensable colaboradora, Ayako, quien la finalizara, con epílogo de Kihachirô Kawamoto. Por supuesto, no hay de momento traducción alguna a lengua occidental. En realidad, tampoco hay demasiada divulgación por internet sobre su persona y trabajo, en español prácticamente nada; así que esta entrada puede resultar un pequeño introito para todo hispanohablante que disfrute indagando entre las tripas de la historia de la animación. Porque Mochinaga trascendió en vida las fronteras de la disciplina de su país, siendo su legado de carácter universal.

Como muchos chicos de su generación, Mochinaga-chan encontró su vocación viendo las obras de Disney. Mickey Mouse y las Silly Symphonies resultaron una revelación para su mente infantil; y L’horloge magique (1928) de Vladislav Starewicz, fundador de la animación con marionetas, despertó su interés por esta especialidad. Pero a diferencia de sus coetáneos, tuvo una niñez algo diferente. El empleo de su padre en la Compañía de Ferrocarriles del Sur de Manchuria, por entonces territorio ocupado por los japoneses (Manchukuo), obligó a su familia a mudarse a Changchun; y Mochinaga cursó toda la educación primaria allí. Este vínculo tan temprano con el gigante del continente lo mantendría durante toda la vida, considerando China su segundo hogar, y brindándole además una visión única de las dos naciones. Mochinaga fue un puente entre Catai y Cipango que impulsó la carrera de la animación de ambos países.

No, no me he columpiado, sé perfectamente que Ari-chan, la hormiga (1941) es de Mitsuyo Seo, pero tiene su sentido que aparezca ahora aquí. Mochinaga regresó a Tokio más adelante, y terminó sus estudios universitarios en 1938 con un sorprendente cortometraje de proyecto final en el que describía cómo realizar películas animadas. Logró colocarse en Geijutsu Eigasha y comenzó a trabajar bajo la supervisión de Seo. Y fue en este pequeño cortometraje, patrocinado por el Ministerio de Educación, donde se utilizó por primera vez una cámara multiplano de cuatro capas. Disney lo hizo en 1933 gracias a la destreza de Ub Iwerks; Japón en 1941 con la habilidad de Mochinaga, que construyó la máquina él mismo para Ari-chan. Conforme la Segunda Guerra Mundial se recrudecía, el gobierno japonés robusteció su propaganda nacionalista bélica, manifestándose en las producciones de dibujos animados. El clásico Momotarô no Umiwashi (1942), del que escribí aquí, es fiel reflejo de la época; y en él trabajó Mochinaga, dedicado a los fondos. Al año siguiente ya consiguió tener cierto control sobre una película, Fuku-chan no Sensuikan (1943), pero extenuado por el esfuerzo y la fiereza de la guerra, que lo había dejado sin casa tras un bombardeo, decidió junto a su esposa retornar a China para descansar.

Sin embargo, la cabra siempre tira al monte, y en cuanto solicitaron su asistencia en el departamento artístico de Man’ei, no se lo pensó dos veces y comenzó a trabajar de nuevo. Japón perdió la contienda en 1945, y las consecuencias no tardaron en hacerse notar: el estado títere de Manchukuo desapareció y los estudios Man’ei cayeron bajo poder chino. ¿Esto hizo que Mochinaga desistiera y volviera a su patria? En absoluto. Siguió trabajando en los rebautizados estudios Tong Pei con su mujer y el resto del personal sino-japonés. Podían hacerlo sin problemas porque la animación se consideraba una herramienta de propaganda valiosa. No obstante, la Guerra Civil (1927-1949) alcanzó finalmente Changchun, por lo que Mochinaga y todo el equipo tuvieron que huir al norte, a la ciudad minera de Hao Gang. Lejos de sentirse abatido, fundó junto a sus compañeros unos nuevos estudios Tong Pei, y se centraron sobre todo en crear películas con las que poder informar a la población sobre la situación del conflicto. Durante esa época, Mochinaga realizó la primera película de marionetas en stop-motion de China, Huangdi Meng (1947); y dirigió su primer film en el país, Turtle caught in a Jar (1948), ambas cintas sátiras muy evidentes de Chiang Kai-Sek (1887-1975). Fue entonces cuando se le otorgó nombre chino, Fang Ming (方明), y así comenzó a aparecer en los créditos. Fueron momentos emocionantes a nivel creativo, en los que Mochinaga adiestraba también a futuros animadores. Viajaba a las poblaciones rurales o acudía a los regimientos del Ejército Comunista para observar de primera mano las reacciones de la gente hacia las películas.

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El presidente Mao Zedong en una recepción con Tadahito Mochinaga en 1967

La guerra no podía durar eternamente, y en 1949, con el triunfo del Partido Comunista, Mochinaga regresó a Changchun donde le ofrecieron trabajar en la recién creada División Artística de Animación. Su coordinador, un animador de Shanghai llamado Te Wei. No tardaron mucho en hacerse grandes amigos. La nueva política del gobierno, a pesar de que consideraba las obras de Mochinaga básicas para la Nueva China, quería dirigir los dibujos animados en exclusiva a las audiencias infantiles. A su vez, trasladaron la sede de la nueva División a Shanghai, cuna de la animación del país, donde residían además la mayoría de los expertos. De ahí pronto surgirían los míticos Estudios de Animación de Shanghai. Mochinaga y Ayako permanecieron hasta 1953, y tuvieron la oportunidad de trabajar con Zhao-Chan Wan de los hermanos Wan, responsables de la primera película animada de Asia, La Princesa del abanico de hierro (1941), de la que escribí una miaja aquí.

De vuelta a Tokio y con el inicio de la retransmisión pública de televisión, Mochinaga fue contratado para realizar publicidad para el fabricante de cervezas Asahi. De esta manera creó las primeras producciones de marionetas en stop-motion de Japón. Como podéis leer, el determinante numeral ordinal “primero” abunda en la entrada. Y no puede ser de otra forma cuando se escribe sobre vanguardia. Nuestro protagonista fundó la primera compañía dedicada a la animación de marionetas, la Ningyô Eiga Seisakujo, y entre 1956 y 1979 dirigió hasta 9 obras diferentes. Una de ellas, Little Black Sambo (1956), que contó con un diseño maravilloso por parte de Kihachirô Kawamoto (soy fan, ¿se nota?), llamó la atención de la afamada Rankin/Bass Productions cuando ganó el premio a mejor película infantil en el Festival Internacional de Cine de Vancouver de 1958.

Y ese fue el comienzo de un idilio de más de una docena de obras entre Mochinaga y Rankin/Bass. Para ello Tadahito creó, junto a los supervivientes de la antigua Geijutsu Eigasha, los Estudios MOM. Ellos fueron los responsables del “Animagic” o stop-motion de los que se han convertido en los recuerdos entrañables de multitud de niños por todo el mundo. El proyecto era una verdadera co-producción internacional (Tadanari Okamoto was there too!) que duró desde 1960 hasta 1985. Pero Mochinaga-sensei no olvidó a su amigo Tei Wei y mantuvo siempre el contacto con los Estudios de Animación de Shanghai. En 1979, tras la Revolución Cultural Proletaria, fue invitado como consultor en la película de marionetas Who Mewed?; y entre 1985 y 1989 estuvo enseñando técnicas de animación en la Academia de Cine de Pekín. Mochinaga a su vez coordinó en Tokio la “Retrospectiva de los Estudios de Animación de Shanghai” en 1981, y solía arreglar visitas de animadores japoneses a los estudios chinos, haciendo muchas veces él mismo de guía. Siempre procuró ser un punto de unión entre las dos naciones que quiso tanto.

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Osamu Tezuka, Te Wei y Tadahito Mochinaga: 3 monstruos de la animación asiática.

Ya en 1992, Mochinaga produjo y dirigió su último cortometraje, Shônen to kodanuki, que fue estrenado tanto en el Festival Internacional de Animación de Hiroshima como en el Festival de Animación de Shanghai. Vivió un lustro más, con Te Wei empecinado en que escribiera sus memorias. Lo hizo, pero un fallo hepático lo sorprendió antes de poder rematarlas. Su esposa Ayako, de la cual no se sabe demasiado pero sí se puede deducir perfectamente que su continuo trabajo y apoyo resultó esencial para Mochinaga, completó esta labor postrera del Gran Sensei de las Marionetas.

And that’s all, folks! Espero no haberos aburrido demasiado con una entrada más biográfica que dedicada al análisis de un manga. O anime. También lamento el retraso en su publicación, pero cuestiones de salud me tienen todavía un poquitín delicada. En breves me encontraré repuesta y dándolo todo. YES! Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Porque el verano muerde, porque me aburro, porque sí

A estas alturas creo que casi todo el mundo estará de acuerdo en que esta temporada de verano 2017 se presenta como una de las más flojérrimas en bastante tiempo. Mucha penita da, al menos su aspecto resulta de lo más mustio por lo que, tal como anuncié ya por twitter, no voy a comenzar ningún estreno. No dudo de que al final alguna serie consiga alcanzar cierto interés incluso sorprenda para bien, a pesar de lo que en inicio haya podido aparentar, pero tengo el cuerpo ya muy gandul para según qué cosas. Todos los anime estivales de este año o me provocan perezón con obesidad mórbida o los considero unos zarrios. Sin más. Si leo que alguno mejora basándome en las opiniones de colegas blogueros, quizá le dé su oportunidad. Sin embargo, no albergo grandes esperanzas y la desidia, además, se me apodera. Tienes pinta de tostón, veranito del 17, no offence.

Así que, ¿cómo puede perder el tiempo Sho-Shikibu? Pues imaginando que ya ha llegado su amado otoño, disfrutando del fresquecillo, las maravillosas hayas de fuellas rojas y escribiendo sobre los anime que piensa ver. Por supuesto, no se sabe todavía el total de estrenos, pero las tardes del estío derriten el cerebro y alucinar un ratillo tampoco viene mal. Y que este es mi blog y desvarío sobre lo que me da la gana, claro. No hay gran cosa todavía anunciada, apenas trailers ni demasiada información, no obstante algo he sacado en limpio. Que sirva de pequeño adelanto para olvidar el pegamento de este verano anestésico.

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El plato fuerte de este otoño, como ya sucedió en primavera, van a ser las segundas temporadas. Al menos para mí. Vuelvo a recordaros que aún desconocemos gran parte de la que va a ser la parrilla otoñal, así que son impresiones hasta justo este mismo preciso momento. Me encantaría que aparecieran nuevas obras que me obligaran a desdecirme, así que a la espera de un buen revés quedo.

¿Cuál va a ser mi prioridad absoluta? Pues Hôzuki no Reitetsu. Un día por desvelar de octubre y con un número indeterminado de episodios, regreserá a nosotros el maestro de ceremonias más sardónico de los Infiernos búdicos. Bueno, Hôzuki y toda la cohorte de personajes mitológicos y del folclore popular sinojaponés que desfilan sin cesar. Si la primera temporada y sus respectivas OVAS me encantaron, deseo fuertefuertefuerte que esta segunda logre, como mínimo, lo mismo. hoozukiSu humor negro y absurdo, el rico panorama cultural que despliega en cada capítulo, los pequeños sketches que aprovechan cada segundo para exhibir un espectáculo delirante que se ríe de sí mismo si hace falta, su elenco heterogéneo y dinámico, etc, etc, etc, hicieron hace unos años de esta serie una de mis favoritas sin ninguna duda. Se aprende un montón con ella y encima es divertidísima. Estoy ansiosa por el reencuentro y espero que no cambien demasiado el formato, que resulta perfecto. También es cierto que no todo el mundo disfruta con las historias autoconclusivas y muchos buscan una continuidad argumental en cada episodio; pero hay que tener en cuenta que la esencia de Hôzuki no Reitetsu es otra: las viñetas de comedia.

Osomatsu-san también tendrá su segunda tanda. Este clásico moderno no podía permanecer sin continuación, lo pedía a gritos. Sin saber aún fecha de estreno y cantidad de episodios, se deduce que será en octubre y constará de 25 capítulos. Pero a saber. Es curioso, pero dos de mis top otoñales son comedias. Me parece extraño porque es un género por el que no me suelo inclinar. En contadas ocasiones logro conectar con el sentido del humor de las series, la mayoría me produce vergüenza ajena o directamente sueño, sin embargo Hôzuki no Reitetsu y Osomatsu-san me engatusaron, sobre todo la primera. Para variar, mi tercera opción en las reanudaciones es algo diferente: Kekkai Sensen & Beyond.

La primera temporada, que sin duda me gustó, también me dejó un regusto agridulce. Así que esta será la oportunidad de resarcirme si va todo bien y no resulta un truñaco, por supuesto. Reconozco que, como no cuentan con Rie Matsumoto esta vez, siento bastante desconfianza. Para mí la presencia e ideas de Matsumoto fueron clave en 2015, y no todo el mundo además consiguió sintonizar con su forma de crear. Tratar de innovar es lo que tiene, que no siempre se redondea ni se comprende. Aun así, el parón que sufrió este anime lo perjudicó muchísimo. Veremos lo que nos depara Kekkai Sensen & Beyond, ya que Shigehito Takayanagi posee unas cuantas tablas y, aunque es probable que pierda originalidad, también podría ganar en solidez shônen. Un alivio para los más tradicionales.

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El asunto es peliagudo, porque muchos de los anime que han llamado mi atención guardan altas posibilidades de germinar como cerdadas supremas. Sinopsis incompletas, no fotos, no vídeos promocionales y un rosario de falta de datos estupenda. Pero es normal, estamos en julio; y, ¡qué carajo!, de esta manera también es divertido hacer apuestas. Empecemos.

Kujira no Kora wa Sajô ni Utau me atrae como un imán gigantesco. Del manga solo he tenido oportunidad de leer cinco capítulos (un dibujo precioso, por cierto), pero a poco que el anime le sea fiel, creo que tendremos entre manos uno de los productos más interesantes del otoño. No el que más, pero muy destacable. Está catalogado como shôjo, y no sé hasta qué punto seguirá los cansinos patrones de la demografía; aunque también pertenece a la ciencia-ficción, el misterio y la fantasía, así que a priori me tiene ganada. Su trailer es bastante elocuente en ciertos aspectos, me ha gustado mucho por lo que… ¡COMPRO!

En una línea más clásica dentro de la fantasía y el shôjo, en octubre se estrena también Mahôtsukai no Yome, que ha estado precedida de tres OVAS. Solo he visto dos de ellas, y no me han dicho gran cosa. El manga, que está siendo publicado por Norma y lo estoy siguiendo, ha terminado decepcionándome un poquillo. Quizá porque tira demasiado para mi gusto de los tópicos de la fantasía haciéndose previsible; y que la protagonista, con un ligero aroma a Mary Sue, tiene ese rollo de chica frágil e indefensa que me satura bastante. A pesar de que a estas alturas le encuentro más defectos que virtudes, la veré porque tengo fe en que me entretenga y los cuentos de hadas siempre merecen un par de vistazos. O tres. Harina de otro costal es Inu Yashiki, cuyo manga también estoy leyendo pero ¡sin desencanto alguno! Altamente recomendable, de hecho llevaba un tiempo calibrando si escribir una reseña de lo que tenía recorrido, pero sabiendo ahora de la serie, merece un manga vs. anime como la copa de un pino. Es uno de los estrenos relevantes de la temporada, una serie para adultos (existimos, ¡sí, estamos aquí!) y de temática inteligente. Sci-fi de calidad, mis queridos otacos. Y mucho, mucho más cuando se rasca la superficie, con Oku-sensei ya se sabe. A la dirección estará Keiichi Satô, así que no puede ocurrir nada malo, ¿me oís? NADA MALO. He dicho.

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Y para cerrar, aclaro que no he querido introducir ningún school life porque estoy hasta el moño de adolescentes. Es lo que sucede cuando trabajas demasiadas horas con ellos, que al final del día quieres enterrarlos vivos o arrojarlos por un puente. Atados y con bozal. Así que nada de Just Because! y otras majaderías de colegiales. La única excepción es Poputepipikku, pero los que ya conozcáis el tebeo sabréis que se trata de una cosita bastante enferma que poco tiene que ver con los entornos escolares. Tengo una curiosidad insana por este anime, que supongo será de duración corta (2-5 minutos) y me las veré luego canutas para lograr ver. Ese estilo de antigua tira cómica, donde las dos protagonistas vomitan sin parar insensateces (algunas bastante profundas, no es broma), en realidad es muy posmoderno, muy pop.

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Aunque tengan la mayoría de ellas fecha de estreno, en Occidente suelen pasar meses hasta que conseguimos visionarlas. La paciencia es una virtud, dicen. Reducir cabezas como hacen los shuar, una habilidad que no me importaría adquirir para ponerla en práctica en momentos de exasperación. A lo mejor encuentro algún tutorial en youtube al respecto. Volviendo a las películas, Godzilla: Kaijû Wakusei cuenta con mi beneplácito, a pesar de que la animación de Polygon Pictures no sea precisamente de mis preferidas. Pilotarán los directores de Ajin y Sidonia no Kishi con la colaboración de Gen Urobuchi, por lo que unos mínimos hay garantizados. Rezaremos a Nyarlathotep el Caos Reptante para un pronto estreno por estos lares.

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¿Merece la pena que me trague la película de ese clásico animierder que fue Dance with Devils? Porque el 4 de noviembre verá la luz Dance with Devils: Fortuna. Fue un bodrio tremendo al que le cogí cariño, sobre todo por Peluchón ❤ y esa autoparodia terrorífica que se gastaba. Risas, muchas risas. Ya lo decidiremos cuando llegue el momento, no hay por qué apresurarse, y menos con engendrillos de esta especie. Asimismo, en el undécimo mes se estrenará la adaptación a largometraje del clásico del manga de los años 70 Haikara-san ga Tôru, de Waki Yamato. Tuvo su serie televisiva hace casi cuarenta años también, y parece que contará con una segunda parte en 2018. Estoy bastante interesada en este film, pues trabaja temáticas sugestivas (liberación de la mujer) en un contexto histórico fascinante, la Era Taishô (1912-1926). Su protagonista es una mujer joven que ha sido educada de forma poco convencional, cercana a los tradicionales valores masculinos (practica kendo, bebe sake, rechaza las labores domésticas, viste al modo occidental, etc) y cree que una mujer debe casarse por amor y elección propia. Lo que se conocía en la época como una modan gâru (chica moderna). Apesta a shôjazo que mata, pero el planteamiento da la impresión de ser algo diferente. No obstante, ya sabemos cómo se las gastan los japoneses respecto al feminismo… todavía les queda un largo trecho por avanzar, bastante más que a los europeos.

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Menudo feeling tenían los anime de los 70, ¡inconfundible!

¿Me habré dejado alguna obra en el tintero? Seguro que sí. ¿Kino no Tabi, a lo mejor?Aunque para acabar de pulimentar la entrada, necesitaré más información, que supongo irán desgranando a lo largo de las semanas. Quizás esté pendiente por desvelar una joya animesca, ¡quién sabe! Por ahora, esto es lo que hay. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Microrreseña: Float Talk

No todo van a ser reflexiones intensas en las que se escapa un puré de neuronas por las orejas. En SOnC también hay sitio para los telegramas que solo ruegan poder transmitir de la manera más rápida y eficaz posible su información. En este caso, se hace saber, por orden de la Daigensui-Rikugun-Taishô Sho-Shikibu, que el siguiente cortometraje es mucho bonito y mucho sugerente.

Ha sido un hallazgo de ultimísima hora y completamente fortuito; esos suelen ser además los más interesantes. Y emocionan porque no se esperan en absoluto. Float Talk (2016) es el primer trabajo que podemos disfrutar en Occidente del equipo de videoartistas Kesyuroom203, formado por Minami Nakai (Ishikawa, 1979) y Kiyoko Nakai (Tokio, 1982). Estas damiselas llevan trabajando juntas desde 2005, pero he sido incapaz de encontrar más obras suyas por internet. Porque una vez vi este corto, quise más, claro. Pero nada. Espero que vayan subiendo, poco a poco, más material a su vimeo, porque esta presentación me parece realmente prometedora.

Float Talk son 12 minutos de poesía visual. Es una historia sobre la amistad de dos chicas, Hiwa y Tôko, que suelen compartir momentos muy especiales en un lugar fuera de lo común: un claro en el bosque donde hay una especie de divergencia espacial que se llama “el agujero”. Ambas tienen personalidades muy distintas, Hiwa tranquila y acomodaticia, Tôko impetuosa y cabezota. Pero conforme van haciéndose mayores, las cosas cambian… y no para bien. El precio de ir madurando no es siempre el de hacernos mejores personas; y los que no quieren crecer, simplemente se quedan atrás y desaparecen.

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El arte es lo más destacado del cortometraje. No es que lo demás sea mediocre, que ni por asomo, pero brilla con luz propia, casi eclipsando el resto. Y es que es muy, muy especial. Juega con las texturas y los contrastes de colores, que tienen una paleta suavemente otoñal. Es un 2D que emula el cut-out, realzando sus superficies con patrones rugosos pero delicados. Una preciosidad, como si el arte de Noburô Ôfuji hubiera despertado en el s. XXI. Por último, subrayar también la maravillosa música, compuesta por Yutaka Ito y Hanako Kimura. Se trata de una pieza interpretada al piano de melodía sencilla pero encantadora.

En conjunto, Float Talk es una buena muestra de lo que la animación independiente está logrando, y cómo las mujeres van haciéndose un sitio en la disciplina, derrochando talento y con mucho que decir además. ¿Le daréis una oportunidad? Yo no me lo perdería en vuestro lugar. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

¡Peligro! ¡Demonios en la lavadora!

Si todo va según lo previsto, mientras lees estas letras me encontraré meneando mi culo estofado por las calles de Yazd. Espero no estar sufriendo demasiado calor y tampoco haberme quemado. Al menos no mucho, surtida de crema solar voy a ir. Bueno, al turrón, chobenalla. El presente post está dedicado a un cómic europeo por lugar de nacimiento, pero con espíritu mestizo por naturaleza. Y como no podía ser de otra forma, uno de sus ascendientes es japonés, muy japonés. Se trata de El Nao de Brown (2012), escrito y dibujado por Glyn Dillon. ¿Te suena de algo? No sería de extrañar. Por una vez no voy a escribir sobre un cómic de l’any de la picor. Nada de eso. El Nao de Brown ganó en 2014 el Premio del Jurado en el Festival de Angulema, y ha sido considerado por muchos críticos como una obra maestra de nuestro tiempo. Yo no iría tan lejos, pero desde luego sí me parece un buen tebeo que merece se le eche un vistazo atento (si no se ha hecho todavía).naodebrown

Los que no se muevan mucho fuera de los márgenes del manga japonés o el cómic asiático, es probable que no tengan interés en asomar el hociquillo fuera de su zona de confort. Pero aquí está SOnC para despertar la curiosidad e intentar que vuestros horizontes de malvados otacos asociales se amplíen un poquito más. El Nao de Brown tiene una evidente influencia del mundo del manga, creo que hasta se podría incluir en la nouvelle manga. No es que se haya adscrito de manera oficial a ese movimiento que iniciaron Frédéric Boilet y Kiyoshi Kusumi, pero quizá de manera involuntaria respalda su esencia transcultural. Se trata de un tebeo dirigido al público adulto, enfocado en el slice of life y que expresa gran sutileza psicológica. Puede alardear de potencial para atraer tanto público occidental como nipón. Además por estos lares Glyn Dillon ya es conocido, sobre todo por sus trabajos con Peter Milligan en Shade, el hombre cambiante (¡lo amo, lo amo!) o en Las Benévolas (Sandman) de Neil Gaiman. En Japón ya no estoy tan segura, porque además los lectores de manga nipones suelen ser menos permeables a las influencias exteriores.

Pero me da que Dillon no pensaba en paja mental semejante cuando creaba esta obra (¿o sí?); y no se debe olvidar que, a pesar de las semejanzas compartidas con la nouvelle manga, sigue siendo cómic europeo. No obstante, el hecho de que exhiba con desparpajo esa noción de que todo tebeo es tebeo venga de donde venga porque en el fondo es el mismo medio, seguro que alegró a Boilet. Y a los que participamos de la misma filosofía también.

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Nao y mi querido Steve compartiendo momentos otacos en la tienda

El argumento se centra en el día a día de Nao Brown, una joven residente en Londres y que se dedica a la ilustración. Nao es hâfu, de madre inglesa y padre japonés, quien acabó abandonándolas y regresando a su país. Nunca he comprendido del todo el término hâfu, que deriva del inglés half, porque siempre he pensado que las personas con progenitores de nacionalidades distintas en realidad no son mitad, sino dobles. Disfrutan de las ventajas de dos culturas, no de una fracción de ellas. Es el caso de Nao, aunque ella se siente completamente inglesa. De hecho, acaba de regresar de visitar a su padre en Tokio para cerrar una etapa de su vida. Porque Nao necesita llevar una disciplina mental férrea, padece TOC (Trastorno obsesivo-compulsivo) y su enfermedad la embiste con pensamientos realmente angustiantes y muy violentos. Para ello se sirve de ciertos mecanismos mentales o “deberes” que la auxilian en su ejercicio de autocontrol; y el estudio del budismo la ayuda a mitigar los accesos de ofuscación. Nao se siente muy culpable por su dolencia, porque las ideas que la asaltan son verdaderamente atroces, y se considera incapaz de dominar sus brotes. Cree que es una mala persona.

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Nao comienza a trabajar en el bazar de juguetes de un antiguo compañero de la Facultad de Bellas Artes, Steve Meek, con el que comparte aficiones: ambos son dos asquerosos otacos, ambos son fans acérrimos del anime de ciencia-ficción Ichi. Aunque como pronto deja claro Nao, es mejor el manga. Un día, por casualidad, conoce en la tienda a un reparador de lavadoras que, a sus ojos, es idéntico a La Nada, su  personaje favorito de Ichi. Se enamora y decide entablar una relación con él. Como imaginaréis, las cosas no transitarán por una senda recta, porque si Nao tiene graves problemas con su TOC, Gregory, que aparte de arreglar electrodomésticos también resulta un hombre cultivado capaz de componer haikus, también lleva lo suyo a sus espaldas con la bebida. Pero que estas circunstancias, tan manidas en los dramones, no os lleven a engaño. Son simplemente eso, circunstancias, que no se apoderan del tebeo para sobredimensionar la emotividad. Este cómic no es un melodrama televisivo sobre la lucha contra la locura. Ni por asomo. Dillon es bastante higiénico en ese aspecto, y aprovecha la dolencia de Nao para mostrarnos el mundo a través de sus ojos. Sin hipérboles o lágrima fácil; aunque los latigazos de la enfermedad tampoco los oculta, plasmándolos en toda su confusión y dolor.

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Como excelente slice of life que es, El Nao de Brown posee un interesante elenco de secundarios que da forma a la realidad de nuestra protagonista con gran precisión. Su compañera de piso, Tara, que es enfermera y comprende bien su dolencia; el adorable e inteligente Steve ❤ ; sus compañeros del centro budista; Pam, la madre de Gregory, etc. La profundidad psicológica de Nao además es extraordinaria, la arquitectura del personaje, robusta. Resulta un personaje inolvidable y tierno, que no permite que la fuerza de su enfermedad la devore.

El Nao de Brown se alza además como una lectura estratificada, de poderosas y continuas metáforas que van desentrañando las capas de la psique con delicadeza. No es casual que incluyera dentro del argumento un cuento paralelo donde el mundo fantástico del manga Ichi resulta el hilo conector que hilvana la mente de Nao. Allí Dillon da rienda suelta al lenguaje visual más surrealista, de una riqueza lírica conmovedora.

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Me han llamado la atención mucho las referencias musicales que Dillon introduce (Magazine, P.J. Harvey,  The Shangri-Las, The Pixies, The Velvet Underground, Chuck Berry, Yoko Ono, Roxy Music, The Breeders, Kate Bush, The Buzzcoks… ¡qué sé yo!) porque ¡ME GUSTAN TODAS, DIOS MÍO! El tebeo se encuentra repleto de cientos de detalles a todos los niveles, construyendo unos escenarios complejos y verosímiles. Desde luego, las espléndidas acuarelas del autor, con ese minucioso arte heredero de Moebius y Miyazaki, muy versátil en su expresividad (los colores, maravillosos), solo acaban de pulimentar un cómic que, si no fuera por ese final, resultaría redondo. Porque El Nao de Brown no es perfecto, y su mácula principal es un cierre que se precipita a gran velocidad, desembocando en un epílogo… sosito. Aunque me consuela ver a Steve sonreír.

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¡Qué cinta más maja le grabó en sus años mozos Steve a Nao!

¿Pueden los sucios otacos como nosotros disfrutar de un tebeo como este? No es que puedan, es que es inevitable gozar con él. Desde una perspectiva bastante equilibrada y compasiva sobre los trastornos mentales, Glyn Dillon utiliza el de Nao como coartada para así presentar una mirada a la vida bastante original. Y con moraleja. Se lee del tirón sin dificultad y, lo mejor de todo, es que te deja con ganas de volver para recorrer su páginas de nuevo y saborear nuevos matices. ¡Dadle una oportunidad! Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Japón, cine, estío… y la noche

Ya tenemos casi encima el verano. Al menos por estas latitudes. Es una estación que especialmente detesto, aunque también me brinda uno de los momentos más deliciosos del año: su noche. Las madrugadas estivales son estupendas para muchas cosas, entre ellas poder disfrutar de una buena película. Así que dejándome llevar por la corriente del estío, y sabiendo que no son temperaturas para aguantar demasiados rollos macabeos, la presente entrada va a estar dedicada a algo muy ligerito: 5 películas japonesas perfectas para disfrutar durante las noches más tórridas. Un post para no darle al coco demasiado y enterarse de que existe un sencillo menú cinéfilo para degustar. Por supuesto, mi selección es completamente subjetiva y se encuentra sujeta a mi experiencia personal. Es bastante heterogénea y abarca diversas décadas, así que hay donde elegir. ¡Empecemos!

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Kurosawa siempre será Kurosawa, un monstruo, la bestia parda del cine japonés a pesar del propio cine japonés. Y aunque es sobre todo recordado en Occidente por sus jidaigeki, el señor Pantano Negro supo trabajar de manera magistral otros géneros.  Hachi-gatsu no rapusodî o Rapsodia de Agosto fue su penúltima película y sin duda una de las de tono más intimista. Su centro de gravedad es la masacre de las bombas atómicas, en concreto la de Nagasaki. No fue la primera vez que el director cultivó esta temática, pues encontramos sus ecos en Rashômon (1950), Crónica de un ser vivo (1955) y Yume (1990), aunque en las más modernas trataba la necesidad de no huir ni olvidar lo sucedido.

Rapsodia en Agosto es un drama puro, enfocado en las consecuencias personales, tan devastadoras, que provocaron en la población civil estos dos bombardeos. Es curioso que cuando se estrenó la película recibió críticas bastante negativas. Eran ante todo reproches a Kurosawa por mostrar únicamente un lado de la historia. Una recriminación completamente injusta, teniendo en cuenta además que no es un film histórico, sino la tragedia particular de una familia, y su forma de encarar el ataque nuclear. De paso, Kurosawa realizó labores pedagógicas. Tres generaciones representadas en la pantalla, y cada una con una visión diferente; aunque todos acaban aprendiendo los unos de los otros. Su corazón, la abuela, una hibakusha que compartirá sus recuerdos con todos los demás. Hachi-gatsu no rapusodî bien merece un visionado, aunque haya sido ignorada por los cazadores de samuráis y katanas durante décadas (yo incluida).

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No me considero demasiado foodie, soy de gustos culinarios extremadamente simples y bastante torpe en la cocina (torpe es un eufemismo, en realidad se me conoce como “La carbonizadora del valle del Ebro”), por eso no me siento muy cómoda con el asunto de la gastronomía y aledaños. Sin embargo, ello no es sinónimo de que no albergue interés en estos menesteres, y a pesar de mis escasas habilidades prácticas, el conocimiento no ocupa lugar. Así que me lancé a examinar dos películas cuya temática principal gira en torno a la comida. Por supuesto, que detrás de los proyectos estuviera el manga Little Forest (2005) de Daisuke Igarashi, también contribuyó a que las viera con más apetito.

Little Forest: Summer/Autumnque fue la primera en estrenarse, no me dijo gran cosa, aunque Little Forest: Winter/Spring (2015), su segunda parte, todavía menos. Eso no quita que las considere a ambas dos dignísimos slice of life, que hacen hincapié en la serenidad de la vida campestre (el neorruralismo, amiguitos), las tareas de labranza, las relaciones familiares y la jama. Me ha gustado verlas porque en algunos tramos me ha recordado a mi padre (al que echo muchísimo de menos), trabajando en su huertecillo, mimando sus tomates, sacando sus patatas y recogiendo sus bainetas. Luego nos hacía cada plato con sus trofeos hortícolas que nos chupábamos los dedos. Así que la selección de esta película por mi parte ha sido algo sentimental, aunque objetivamente no me haya parecido nada del otro mundo. No obstante, creo que los entusiastas de lo cotidiano y la manduca la sabrán apreciar en su justa medida, porque está realizada con suma elegancia y delicadeza.

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La obra más conocida de Yasujirô Ozu es, sin duda, Tokyo monogatari (1953), también la más reconocida de su filmografía junto a Banshun (1949), aunque en realidad hay pocas películas del director que se puedan considerar mediocres. Bakushû, a pesar de no gozar de tanta fama como las citadas, es un film al que tengo especial cariño, quizá porque se encuentra un poco eclipsado. Y de manera injusta, he de añadir. Bakushû o Al principio del verano es un trabajo muy representativo del hacer de Ozu. Un shomin-geki con su actriz fetiche, Setsuko Hara, en el que desgrana los avatares de una mujer en edad casadera. La protagonista desea poder elegir por sí misma, a pesar de que los usos sociales la presionan para apurarse y escoger solo un buen partido. Su familia y su jefe ya han decidido por ella, pero Noriko los sorprenderá a todos.

Mediante una comedia grácil, que poco a poco va ganando en seriedad, Ozu nos presenta los dilemas del mundo moderno frente a la tradición, la nueva posición de la mujer en la sociedad y la desarticulación del núcleo familiar. Tres generaciones, con tres visiones de la vida distintas, se ven confrontadas a través de un argumento engañosamente simple. Y el director no duda en expresar sus simpatías hacia la sabiduría que otorga la madurez. Siempre es un placer dejarse mecer por el sosiego de la cámara de Ozu, que con ligera melancolía y su exquisito gusto por el detalle, nos descubre a la cotidianidad como un pequeño tesoro.

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Nagisa Ôshima es uno de mis directores japoneses predilectos como ya bien sabréis, su espíritu iconoclasta supuso un revulsivo en el panorama cinematográfico nipón, y nunca cejó en su empeño de agitar aquello que la sociedad de su tiempo consideraba tabú. A veces le salía bien, y otras no tanto. Este Muri shinjû: Nihon no natsu o Verano japonés: doble suicidio se posiciona entre lo que no sabemos si considerar un buen trabajo o una enorme baladronada. Creo que lo voy a dejar a vuestro criterio, pero mi obligación es poneros sobre aviso: no es un film accesible.

Con 35 años que contaba, Ôshima estaba inmerso en una etapa en la que desarrolló sus obras más innovadoras. Por supuesto, lo hizo en su propia productora, pues hacía unos años que había decidido no trabajar para ningún estudio japonés por incompatibilidades ideológicas. Muri shinjû: Nihon no natsu formó parte de esa hornada de películas en las que no le importó experimentar y dejarse influir por la nouvelle vague francesa. Quizá sea la menos afortunada, porque un año después estrenaría uno de sus clásicos imprescindibles, Kôshikei (1968), y quedó muy pronto relegada. Verano japonés: doble suicidio es un ejercicio de surrealismo, en el que se distinguen las influencias de Buñuel como también la sátira social de Godard. No merece la pena que entre en su argumento, porque se deconstruye continuamente, aunque señalar que el eterno binomio eros/tánatos es uno de sus pilares. Una joven virgen que busca desesperadamente sexo; un desertor que persigue morir. Lo demás no os lo podéis ni imaginar. Ôshima, siempre on top.

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Y de postre solo un plato, pero una auténtica delicia. Kikujirô no natsu es una película rara y preciosa, con una banda sonora a manos de Joe Hisaishi estupenda. Una road-movie de manual, con un argumento sencillo pero cuyos recovecos, que son innumerables, aguijonean dulcemente el corazón. ¿Alguien duda a estas alturas de que Takeshi Kitano es un fuera de serie? Tanto como director, guionista o actor. El verano de Kukijirô se sale un poco del tipo de cine al que se ha dedicado, por eso sorprende que a este registro le cogiera la medida tan bien. No obstante, es una obra Kitano 100%, muy reconocible.

Siguiendo los pasos de Marco, de los Apeninos a los Andes o El mago de Oz, el niño protagonista de esta película, Masao, decide ir en busca de su madre. Ha llegado el verano y todas las actividades que solía realizar, así como sus amigos, desaparecen con la llegada de las vacaciones. Él se queda en casa con su abuela, solo. ¿Qué puede hacer? Pues decide acudir donde vive su madre, a la que apenas recuerda salvo por una foto. Ella vive lejos de su familia, obligada por el trabajo. Pero justo cuando unos gamberros del barrio están robándole el poco dinero que tiene para viajar, lo encuentra un matrimonio conocido de su yaya. Y Kikujirô, ex-yakuza con un cuarto de neurona operativa, se hace cargo del muchacho hasta que encuentre a su madre. El camino de baldosas amarillas está repleto de anécdotas surrealistas y personajes curiosos, haciendo de la obra una experiencia la mar de entretenida.  Un film muy especial que te deja con una sonrisa en los labios.

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Espero que la lectura del post os haya estimulado a probar estas viandas veraniegas, algunas más ligeras que otras, pero que prometen refrescar vuestros anocheceres. Cualquier reclamación, en los comentarios. Que los calores os sean leves. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Entre lluvia y sombreros tropecé con cierta historia

Lo he comentado en otras ocasiones, pero lo vuelvo a proclamar de nuevo: el yaoi me aburre. Not my cup of tea. Pero eso no es óbice para que curiosee y busque relatos que puedan atraerme. De hecho, he leído obras que me han entusiasmado y he descubierto que es un género donde se está arriesgando muchísimo, acogiendo tebeos la mar de originales y con autoras que se han convertido en imprescindibles para mí, como Asumiko Nakamura o Est Em. Se podría decir que se encuentra en unos momentos de creatividad muy interesantes, y evolucionando rápido; cosa que no sucede en otras demografías y estilos, algo más estancadillos. Esto no significa que no haya becerradas mojabragas y fanservice a dolor en el Boys’ Love. Porque haberlos, haylos. Sin embargo, los productos que destacan lo hacen de verdad, muy por encima de la media general. Aunque claro, como existe cierto prejuicio hacia el género (posiblemente yo también lo tenga) y su fandom es algo “nervioso”, comics estupendos pasan desapercibidos para una gran mayoría. Hay que ponerle remedio.

Como os decía, no soy fujoshi ni tampoco lectora habitual de BL; así que el tebeo de hoy, Canis Stories de Zakk (pseudónimo de Ishie Hachi), seguro que es un viejo amigo para los connoisseurs. Mis queridos malolientes otacos, pido disculpas por haberme caído de un guindo. Aun así la entrada de hoy estará dedicada al manga en cuestión. Porque me está pareciendo fetén, oigan.

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Canis, canis. Sustantivo de género común perteneciente a la tercera declinación, tema en -i. Traducción al castellano: perro, sabueso, subordinado. Estas “historias de perro” poseen, como sugiere el título, algo de canino. A veces tierno, otras salvaje… pero siempre leal. Las facetas más conocidas de nuestros amigos ladradores aparecen en este manga representadas de forma bastante original, demostrando que peludetes y humanos tenemos bastante en común. Este es el sustrato sobre el que la autora desarrolla sus relatos. Y digo relatos porque, aunque Zakk comienza y parece que finiquita cierta historia, el perro continúa su vagabundeo por otra bien distinta. Canis Stories sigue en publicación, además. Desde 2012 que empezó a serializarse en Opera,  ha alcanzado los 4 tankôbon. Y deseo que le sigan más, uno por lo menos porque no nos pueden dejar así, coñe.

Los tres primeros, Canis: Dear Mr. Rain y Canis: The Hatter (2 y 3), están dedicados a Satoru Kutsuna, de oficio sombrerero, y a su extraña relación con el enigmático Ryô Kashiba. El cuarto volumen, Canis: The Speaker, se enfoca en unos personajes del antiguo entorno de Ryô Kashiba. Hombres con vida muy espinosa desde la niñez, siendo su infancia precisamente el punto de partida. Mientras el trío inicial resulta la acostumbrada narración BL, con dos bishônen de protagonistas y el romance como médula argumental, el último es… otra cosa. Horrible, sórdida y dura como un diamante. De un cuento tierno e inofensivo, pasamos a una novela negra. Me ha sorprendido bastante ese cambio tan radical de tono, aunque posee su lógica interna. Y me ha gustado mucho también. Sin embargo, admito que el giro no será de agrado general, pues el público del yaoi más rosado no suele sentirse atraído por cuentos de yakuza y violencia sexual. Pero vayamos con un poco de orden (solo una pizca, no os malacostumbréis), comencemos por el principio.

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Satoru Kutsuna es un artesano, un diseñador de sombreros que mediante su talento está consiguiendo abrirse camino en el mundo de la moda y los complementos. Dirige su propia tienda junto a dos colaboradores, que sufren estoicamente su alarmante perfeccionismo. Kutsuna es un hombre con el que resulta arduo trabajar por su irritante minuciosidad y falta de tacto, lo que está haciendo muy difícil conseguir que se mantenga en su empleo el imprescindible cuarto miembro del equipo. Todos acaban despidiéndose, por lo que el negocio no termina de despegar tampoco. Un día se tropieza con un joven que se encuentra tirado en la calle y, llevado por la compasión, en un impulso se lo lleva a casa. Como si fuera un perrillo desamparado. No puede evitar recordar la llegada a su vida del que fue su mejor amigo durante la infancia, un Shiba Inu abandonado en una caja: Kotarô. Kutsuna siente debilidad por las cosas rotas y desvalidas, no las puede dejar pasar. La cuestión es que este nuevo cachorro le agujereará el corazón sin darse cuenta.

Ryô Kashiba, que así se llama el chico, es de Nueva York, aunque su familia sí proviene de Japón. Dice que ha ido hasta allí para morir. Nada más, es todo un misterio. Kutsuna lo contrata para que haga tareas de maniquí en su tienda, y descubre que todos, todos, TODOS, los sombreros que ha hecho y que piensa realizar, le sientan maravillosamente. La presencia de Ryô lo inspira, y a los clientes también. Y a partir de estas premisas, Zakk nos zambulle en el día a día de un profesional de la moda, su pasado, su presente y su futuro, presentándonos a su querida abuela, a su sempiterno rival Gotô (que es su acicate para progresar y le ayuda más de lo que le gustaría reconocer), a su ayudantes A-ko y B-O o a su amigo peludo Kotarô. Cierto que son más bien figurantes con las pinceladas justas para hacer congruente la historia, pero son importantes en la vida de Kutsuna.

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Ryô es el enigma que se va desentrañando. Poco a poco, lentamente. Su pasado en Estados Unidos está relacionado con el crimen organizado, aunque él se encuentre en el escalafón más bajo de la jerarquía. Es el chucho, el chico de los recados que todos usan y al que no prestan atención a pesar de su conmovedora fidelidad. Y hasta ahí puedo contar, sin embargo aclaro que Ryô Kashiba es transparente como un vaso de agua. Un alma pura.

Me llamó inmediatamente la atención lo bien que plasmó la autora, al inicio del manga, ese prejuicio que tienen los japoneses hacia los extranjeros, la inmediata desconfianza que provocan; así como el estereotipo del hâfu o medio japonés, que se les encasqueta el papel de modelos o actores por su, ejem, exótica belleza. Y como modelo lo contrata Kutsuna, por cierto. También muestra esa ineptitud hacia los idiomas extranjeros del que hacen gala en las islas, sobre todo hacia el inglés, y otras pequeñas pero muy curiosas críticas sociales de baja intensidad que sirven para enmarcar el argumento. Zakk se sirve también del humor para suavizar algunas aristas que podrían hacer del tebeo una historia algo más cruda, pero también más vulgar. Los recursos cómicos son modestos pero muy naturales, lo que otorga una espontaneidad candorosa.

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En Dear Mr. Rain y The Hatter hallamos la habitual idealización de las relaciones homosexuales del Boys’ Love, así como el acostumbrado peaje de fanservice. Nada del otro jueves, sin embargo a su favor debo señalar que Zakk lleva los tópicos del género con sencillez y sutileza. Plantea la historia como un slice of life, sin complicaciones. El romance se va introduciendo de manera paulatina e inclinándose por la vertiente ingenua y limpia. Más que un yaoi, parece un shônen-ai. Es el reencuentro de Kutsuna consigo mismo para lograr un autoconocimiento más profundo, y superar la pérdida del amor verdadero. Ese sería el resumen en bruto. Kashiba no deja de ser un instrumento al principio, un mero sustituto que cubre temporalmente el vacío, para luego convertirse en un descubrimiento vital. De inumimi psicológico pasa a ser humano. Son muy interesantes los paralelismos que la mangaka realiza en sus viñetas, mostrando el fuerte contraste entre la vida de uno y otro. Cómo han llegado hasta donde están, su proceso de evolución personal y, a pesar de las tremendas diferencias, cómo su colisión logra que se complementen de manera natural. Y según funcionan las relaciones humanas, la suya también padece de altibajos, por supuesto. Pero Zakk soluciona todo con la suficiente dosis de terneza. Y candidez. Como en las buenas comedias románticas de antaño, sin empalagar. ¡Gracias! Lo del azúcar está siendo una plaga en casi todos los géneros, resulta complicado encontrar una obra que no esté sobreedulcorada. Y encima los paladares se van acostumbrando a ello, que es lo peor.

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The Speaker se podría considerar un spin-off o también una precuela, no obstante pienso que habrá que esperar a que la serie finalice, porque también puede ser que se trate de una historia más de las que Zakk tenga pensado engarzar. O no. El registro es muy diferente al de los tankôbon anteriores. Pero mucho, de hecho la transformación resulta brutal. La vida de algunos perros puede ser tremendamente cruel. Ya no se trata de un delicado shônen-ai, dudo incluso de que se pueda catalogar como yaoi. Es un tebeo feroz por el que desfilan violaciones, torturas y maltratos; prostitución infantil, trata de blancas y tráfico de drogas. Los bajos fondos en su más deleznable esplendor.

Si la historia del sombrerero tiene lugar principalmente en Japón, este último volumen nos traslada a Estados Unidos y unos cuantos años atrás en el tiempo. Se trata del relato de tres chavales en un orfanato católico, de cómo tratan de no ser separados y advierten que en su entorno hay algo que no es normal. Algunos niños son adoptados, otros enviados a instituciones educativas y otros… desaparecen. Harold, Samuel y Tadanobu son familia, son amantes, son indivisibles. Cada uno con una virtud que lo hace brillar sobre todos los demás y que les sirve de protección: la asertividad y valentía, la inteligencia y estrategia, la capacidad de observación y el espíritu de sacrificio. Pero todos sus esfuerzos son inútiles, al final el trío es disuelto y Zakk dirige nuestra mirada al perrezno más débil de la camada. La nueva vida de Tadanobu, que ha sido vendido a la yakuza y destinado a un prostíbulo en Tokio, no resulta precisamente la misma que la de sus amigos. Lo que experimenta allí es inenarrable y su única arma para sobrevivir (y lograr reunirse con ellos) son las palabras.

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Una de las cosas que más me han gustado de ambas narraciones es el arte de Zakk. Da la sensación de que tuviéramos frente a nuestros ojos un manga de los años 90, pero triturado en la batidora de Moebius o Battaglia. Muy, muy interesante. Y bonito. Es rudo cuando tiene que serlo, y como confitura de fresas en el momento adecuado; el estilo fluye y se adapta al tono requerido a la perfección. Posee un registro amplio y versátil, me ha sorprendido para bien. Simple, contundente y muy expresivo. La composición general de las viñetas también refuerza esa noción de mutabilidad del dibujo, conservadora en sus formas pero que, en ocasiones, rompe la corriente con ángulos o planos imprevistos, dando gran importancia a ciertos detalles. A grandes rasgos, las formas de Zakk tienen todo lo bueno de la comercialidad moderna y las ventajas de añadir diminutas chispas vintage. Un win-win total.

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El arco del sombrerero es un cuento gentil sobre las facetas del amor y su floración; con brochazos bastante originales pero sujeto a ciertos convencionalismos del shônen-ai. Muy agradable y con ligera intriga. En conjunto tiene el potencial de gustar tanto a fujoshi como a profanos, y eso es todo un meritazo. Es indudable que va dirigido al público femenino japonés, no obstante la virilidad de los lectores masculinos heterosexuales no sufrirá ningún tipo de agravio por leerlo, de hecho es bastante entretenido. The Speaker es el reverso tenebroso, su argumento es más propio de un seinen de lo más inmundo, por lo que puede despistar a los que hayan quedado encantados con los 3 primeros tankôbon. Personalmente estoy disfrutando más la dimensión sombría de Zakk, porque además no se anda con remilgos ni melodramas. Es directa pero a la vez grácil, y su pluma secciona como un escalpelo. Veremos hacia dónde se dirige en los siguientes episodios, estoy impaciente por leer más. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Sayonara, Samurai

Los que llevéis leyendo un tiempo esta bitácora, ya habréis percibido la evolución que ha tenido. De un blog dedicado al anime y manga, acabé incluyendo todo lo que me apetecía que estuviera relacionado con Japón. Principalmente cine y literatura, sin hacer ascos a obras de otros países. Es el caso de Samurai Jack (2001-2017), que a pesar de que es una serie estadounidense, tiene su lugar en SOnC por sus referencias claramente niponas. También porque es uno de mis dibujos animados favoritos de todos los tiempos, por supuesto. En el tag dedicado precisamente a la animación no japonesa apareció con todos los honores. Samurai Jack es un clásico, sin más. Porque los clásicos también pueden brotar en nuestro presente, en algún momento tienen que nacer, digo yo. Y esta quinta temporada, tras un doloroso hiato de 11 años, cierra, por fin, el ciclo vital de la obra. ¿Es una conclusión a la altura de las circunstancias? ¿Ha resistido su concepto el paso del tiempo? ¿Han sabido brindarle una continuidad coherente o se nota esa década de diferencia? ¿Tiene la capacidad de gustar a los fans del pasado y a los actuales? Ah, menudos dilemas. Estos interrogantes y muchos más suelen aparecer cuando uno se enfrenta a la reanudación de una creación mítica. No resulta tarea fácil ser objetivo, porque las expectativas y frustraciones personales pueden afloran; así que en esta entrada procuraré ser escueta, centrándome ante todo en sus diez últimos capítulos.

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Fifty years have passed, but I do not age. Time has lost its effect on me. Yet, the suffering continues. Aku’s grasp chokes the past, present, and future. Hope is lost. Gotta get back. Back to the past. Samurai Jack.

¿Quién es ese samurái de máscara pavorosa y montado en una fiera moto, golpeando a diestro y siniestro a unos artrópodos gigantes que amenazan la vida de dos jovenzuelas azules con antenas? El arranque de la quinta temporada de Samurai Jack no puede ser mejor, una declaración de principios que disipa cualquier tipo de duda: viene pisando fuerte y no va a dar tregua. Exacto, ese guerrero con cierto aire a Mad Max es Jack… pero 50 años más tarde. No ha envejecido, una de las consecuencias de los viajes en el tiempo, sin embargo su mente sí que ha sufrido el paso de las décadas. Jack, luciendo una barba lacia y aspecto desaliñado, es un hombre con el espíritu quebrado.

En las cuatro temporadas anteriores teníamos delante al samurái compasivo y racional que siempre soportaba con estoicismo las terribles pruebas a las que le sometía ese agujero negro cósmico de maldad que es Aku. La fortaleza de Jack se cimenta en un profundo respeto hacia el código bushidô y la posesión de la única arma capaz de destruir a Aku. Él ha sido elegido para luchar contra él y considerado digno de blandir la katana del Emperador pero, ¿qué ocurriría si Jack extraviara la espada? A pesar de que algo así resulta impensable, es lo que sucedió. Jack perdió su poder, y el equilibrio que mantenía cohesionadas la voluntad y determinación de Jack se reveló en toda su fragilidad. El guerrero ha pasado 50 años sobreviviendo, sin esperanzas y acosado por alucinaciones que le reprochan su derrota.  Su salud mental pende de un hilo, y el fantasma de la muerte lo acompaña en su errar. Lo único que lo mantiene vivo es la fuerza de la costumbre, luchando en pequeñas escaramuzas contra los monstruos mecánicos de Aku, pero incapaz de enfrentarse a él directamente.

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¿Sabe todo esto Aku? No, por supuesto que no. Si hubiera sido consciente del verdadero estado de Jack y la pérdida de su katana, hace mucho tiempo que habría aniquilado el universo entero. Pero Aku también ha sufrido el tedio del medio siglo transcurrido y, a su pérfida manera, echa de menos tener un rival a la altura. La incertidumbre de no saber con exactitud qué ha sido de Jack lo carcome. Aun así, poco a poco se está haciendo con el control de todo, y solo unos escasos románticos y pirados mantienen una oposición activa a su tiranía. Algunos de los que resisten lo hacen en la clandestinidad, protegiendo con su memoria y discretas acciones el legado de Jack. Para ellos es una leyenda que les hace sentir esperanza. Este no tiene ni idea de cómo lo idolatran, claro, ya que se encuentra en graves apuros. Una secta femenina dedicada al culto de Aku ha conseguido engendrar siete vástagos de su esencia. Siete jóvenes, con el fuego del demonio en su interior, que han sido adiestradas desde bebés para matar a Samurai Jack. El guerrero se encuentra acorralado, lo que antes habría sido un trago más, lo ha arrastrado al borde de la muerte. ¿Qué sucederá?

La serie está dividida en dos partes diferenciadas en las cuales hasta el ritmo resulta diferente. Siempre dinámico, pero el compás es distinto. Y su atmósfera también. La primera mitad es austera, algo oscura y muy solemne. Se enfoca en destacar la severidad de las condiciones vitales de Jack, no solo físicas, sino psicológicas. Una larga caída a los infiernos del remordimiento y la tristeza. Nuestro protagonista se siente como un moribundo que se resiste a recibir el golpe de gracia. Hasta que toca fondo. Con la percepción del mundo y de sí mismo distorsionada por la culpabilidad, se producirá la inevitable crisis existencial de la que renacerá. Un punto de inflexión que inicia un nuevo camino en el destino del guerrero. Tras liberarse de sus demonios interiores, recupera su poder para enfrentarse al gran demonio del mundo real: su archienemigo Aku. La segunda parte nos reconcilia con el Samurai Jack de hace una década, retomando su cadencia más luminosa y psicodélica; con ese maravilloso sentido del humor entre absurdo e ingenuo que lo ha caracterizado siempre. Hay hasta numerito musical.

Una de las cosas que más me han  gustado de esta última temporada es como su creador, Genndy Tartakovsky, nos ha mostrado nuevas facetas de Jack, exponiendo su vulnerabilidad. Ha roto el hieratismo que rodea siempre al héroe definitivo, humanizándolo. Hemos podido observar al samurái enfrentándose a situaciones inéditas que nunca había tenido que experimentar en el pasado; y ver evolucionar ante nuestros ojos, capítulo a capítulo, su espíritu. Todo un privilegio. Esto es debido a que estos 10 capítulos han sido más bien la historia de la búsqueda interior de Jack, su sanación. Las metáforas que lo revelan (el lobo herido, la ceremonia del té…) son meridianas. De ahí que Aku, salvo al inicio y al final, haya tenido escasa presencia.

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Samurai Jack fue, y es, una revolución pop a la que se le endilgó la etiqueta de de culto, cuando la serie es una historia que todos conocemos y hemos leído millones de veces. Continúa fascinándonos porque es atemporal y universal: la lucha entre el Bien y el Mal. Trabaja nuevos y viejos arquetipos que resuenan constantemente dentro de nuestros cráneos; sin embargo es su presentación y ese extraordinario envoltorio los que han sabido siempre realzar (a veces hasta transmutar) esos cuentos de aroma eterno que encontramos en la serie. Su arte es grandioso, un perfecto pastiche de cultura popular, misticismo oriental y fantasía exuberante. Ecléctico como él solo, e imbuido de reverencia hacia la naturaleza. Porque en Samurai Jack también hay poesía, en sus elegantes nociones de la geometría, en sus contrastes de luz y sombra, en su simplicidad sobrecogedora. Y los combates, ay, esas estupendas peleas. La alta definición le ha sentado muy bien, incluso el uso de un CGI comedido le ha aportado cierta brillantez.

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Esta quinta temporada de Samurai Jack era muy necesaria, y ha estado completamente a la altura de lo que se le pedía, incluso más. No es un mero ejercicio de nostalgia, también ha abierto las puertas a nuevas dimensiones que, aunque no son demasiado inesperadas, han enriquecido el universo de Jack. Desde un principio se siente la despedida, resulta en sus planteamientos tajante y no se recrea tanto como en las anteriores. Natural, es el adiós. Y por eso mismo, porque deja la miel en los labios, se hace muy corta. Esta quinta temporada no es suficiente, señores. ¿Solo 10 episodios cuando las demás han sido de 13? Meeeeeeeeeeh.  Si tengo que ser honesta, en realidad nunca hay bastante de Samurai Jack. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

A las damas de la corte Heian les gustaba escribir

Las estrellas de la presente entrada son tres damas que vivieron hace 1000 años. Sí, hace 10 siglos sucedían cosas que importan incluso ahora, qué cosas. Sus nombres eran Izumi Shikibu (976-1030), Murasaki Shikibu (978-1014) y la dama Sarashina (1008-c.1059), y como husmeando por la segunda mano me he topado con Diarios de damas de la corte Heian (Barcelona: Ediciones Destino, 2007), he pensado que de perdidos, al río. Hace un montón de semanas que no escribo sobre literatura, así que aprovecho el afortunado encuentro entre mi flacucha persona y un cajón de madera donde dormitaba, hasta ahora, el siguiente libro, para hacerle su correspondiente reseña.

Hay una cosa, sin embargo, que no me convence de este volumen. No puedo negar que, a grandes rasgos, me ha gustado bastante, pero como soy también algo picajosa, quiero señalar antes de meterme en harina lo que me ha parecido un poco meh. Diarios de damas de la corte Heian es una edición traducida de la inglesa de 1920, prologada por la grandísima poetisa Amy Lowell. No del original japonés. Eso de que sea traducción de traducción no suele hacerme excesiva gracia, con sinceridad. Si no se tiene otra cosa… pues mira, vale. Y hasta hace no mucho tampoco había donde elegir en español. También debo aclarar que la traducción de Xavier Roca-Ferrer del inglés es excelente, y no dudo en absoluto de su profesionalidad; así como que también estoy convencida de que se documentó exhaustivamente para respetar al máximo la esencia de los primarios. Pero continúa siendo traducción de traducción. Muy buen volumen, pero traduttore, traditore! Ya he aclarado que tengo mis manías, ojo, por lo que quizá para otros lectores esto no suponga ningún inconveniente.

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De las tres obras que se presentan en el ejemplar, una ya tiene traducción directa del japonés gracias a Editorial Atalanta y su Sueños y ensoñaciones de una dama de Heian de Dama Sarashina; y en breves Satori Ediciones publicará El diario de la Dama Izumi de Izumi Shikibu. Ambas traducidas por mis admirados Carlos Rubio y Akiko Imoto, por cierto. Algún día, cuando sea millonaria, me podré permitir todos los libros que me apetezca zampar; mientras, considero oportuno ahorrar una miqueta e ir succionando letras en dosis más acordes a mi patrimonio. Pero caerán, por supuesto.

Regresando a este Diarios de damas de la corte Heian, el libro reúne tres nikki o diarios personales de tres mujeres que han pasado a la historia de la literatura universal por méritos propios. Las personalidades de estas autoras fueron bastante dispares, y así queda reflejado para nuestro placer en este volumen. Izumi, ingeniosa y apasionada; Murasaki, observadora y minuciosa; Dama Sarashina, romántica y llena de nostalgia. Sin embargo, hay que tener en cuenta ciertos conceptos también para poder disfrutar de sus memorias. Son escritos de hace mil años, y la sociedad que describen, como bien imaginaréis, no es la actual occidental.

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“Damas de la era Heian admirando las cascadas mientras hombres las observan en secreto” (c.1660) de Tosa Mitsuoki

El periodo Heian (794-1185) fue una de las cimas culturales de Japón, los niveles de refinamiento y fecundidad artística que se lograron en esos siglos no se volvieron a alcanzar hasta mucho tiempo más tarde. Resultó una revolución cortesana que se regocijaba en la poesía, la caligrafía, la pintura, la música… o la textura y colores de la seda en los ropajes. Sofisticación y excelencia, una cortesía exquisita junto a una etiqueta exigente conformaron los valores morales y estéticos del momento. Sus pilares básicos fueron el mono no aware y el miyabi.

El mono no aware es un sentimiento donde se unen melancolía y serenidad, no es fácil de explicar. Combina dos nociones, una extranjera (budista) y otra autóctona (sintoísta); una que reflexiona sobre la inestabilidad y caducidad del cosmos, y otra que reverencia y sacraliza la naturaleza. El mono no aware es la comunión con la naturaleza para experimentar su impermanencia (mujô kan), fragilidad, imperfección y, precisamente por eso, su gran belleza (wabi-sabi). El miyabi es el sibaritismo, el gusto por la elegancia refinada y la distinción. No obstante, es interesante mencionar que, a pesar de esta magnificencia que dejaba en comparación a gran parte de la humanidad de entonces a la altura del Paleolítico Inferior, en el ámbito tecnológico o científico el antiguo Japón no se encontraba a la par. Ni mucho menos. Recordemos, además, que este culmen perteneció a la corte imperial y sus altos funcionarios en exclusiva. Un funcionariado muy poderoso, y que fue creciendo conforme el clan dominante Fujiwara aumentaba su influencia y número.

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Izumi Shikibu (c.1842) según Utagawa Kuniyoshi

Aunque en China llamaban a Japón “el país de las reinas”, y pese a que las mujeres de las clases altas podían acceder a una mínima educación y cierto patrimonio, su situación era la propia de un entorno medieval. Se hallaban en una posición bastante singular, muy cerca del poder, incluso algunas de ellas eran sus marionetas directas (emperatrices, concubinas, damas de honor…) pero sin la capacidad de ejercerlo. Otras tenían incluso independencia económica, pero vivían aun así subordinadas a causa de su género. Esta proximidad al poder político les permitió conocerlo y analizarlo con gran perspicacia y profundidad psicológica; a veces con bastante sarcasmo. Por supuesto, el hecho de que la poligamia estuviera extendida, imbuyó a estas damas de un sentimiento insondable de zozobra e inseguridad por lo que, ante todo, se centraron en escribir sobre esas emociones. El intenso trabajo que realizaron en plasmar los enigmas de la psicología humana con un diáfano sentido de la realidad; así como las sutilezas estilísticas gracias al uso únicamente del hiragana (era considerado escritura exclusiva femenina, ya que a la mujer no se le permitía el acceso a ningún escrito chino, que usaba sinogramasni conocer la lengua china, que era considerada el vehículo de la cultura). Las mujeres, al solo escribir en japonés y con la exuberancia semántica del hiragana, enriquecieron la lengua de Japón de manera inigualable. Con ellas medró la prosa en las islas, ni más ni menos; y su contribución a la poesía también fue esencial.

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Murasaki Shikibu (c.1710) según Okumura Masanobu

Nuestras protagonistas de hoy vivieron en esa época de gloria cultural, donde la identidad japonesa comenzó a fraguarse como tal, independizándose poco a poco del inevitable (e indispensable) ascendiente chino. La poesía y la habilidad de saber sugerir eran el método habitual de comunicación galante y educada entre la nobleza; su dominio era considerado un don que confería prestigio. Izumi Shikibu y Murasaki Shikibu fueron contemporáneas y sirvieron a la segunda emperatriz o Chûgû, Akiko. Las cortes de las dos reinas solían ser rivales y competir entre ellas por quién poseía a los mejores artistas y poetas. La primera emperatriz Sadako tenía a Sei Shônagon; Akiko a Murasaki Shikibu. De la Dama Sarashina no sabemos el nombre, salvo que era hija de Sugara Takasue, un funcionario de bajo rango; y vivió un poco más tarde que las anteriores. Pero las tres tuvieron en común algunas cosas, pertenecían a una jerarquía media en la corte, podían leer chino, fueron damas de compañía de las emperatrices y escribieron lo que se denomina nikki bungaku, un diario intercalado a menudo de bellos waka, donde plasmaron sus vivencias y pensamientos. Son textos muy descriptivos, tanto de su entorno como de sus mismas personalidades. Los dos primeros no se encuentran completos, el último sí; aunque su estructura es más compleja. Vayamos con ellos.

Diarios

 Izumi Shikibu

Izumi Shikibu ha pasado a la historia como la más brillante poetisa de la Era Heian, y este es el único texto en prosa que tenemos de ella. Fue escrito entre los años 1002 y 1003. Esta dama poseía un carácter impetuoso y vivaz, que la diferenciaba bastante del resto de las féminas de la nobleza. Podríamos decir que era una drama queen de la época, pero con un espíritu combativo inagotable. Su primer marido murió pronto y se quedó sola con una hija, pero eso no le impidió llevar una vida bastante alejada de la que se podía esperar de una viuda discreta. Y, la verdad, todo ese torbellino interior queda bastante bien volcado en este nikki dedicado a uno de sus romances, el sufrido con el príncipe Asumitchi. Este fue todo un escándalo, el cual no impidió, de todas formas, que la emperatriz Akiko la llamara a su corte unos años más tarde.

Pasaron dos o tres días. La luna brillaba magníficamente, y al salir la dama a la galería para verla, le trajeron una carta que decía:
«¿Qué estás haciendo ahora? ¿Tal vez contemplar la luna?»
¿Estás pensando como yo
en la luna que asoma tras la silueta
de las montañas?
¿Lamenta tu memoria aquella noche breve y deliciosa?
El canto del gallo, el horror de levantarse…

El diario de Izumi Shikibu es, en realidad, una excusa para darle un marco adecuado a los poemas que intercambió con Asumitchi. Quizá una manera de aliviar su conciencia, quién sabe, porque el príncipe era el hermano menor de su anterior amante, ya fallecido. Y son esos poemas el alma del nikki. Es también una forma perfecta de conocer los intrincados movimientos del amor cortesano, y cómo funcionaba la alta sociedad nipona de entonces. Se trata de un tira y afloja emocional al servicio de los usos y costumbres de la aristocracia; los malos entendidos, la inseguridad y el éxtasis que genera, también, el deseo. Y el lugar que ocupaba la mujer, claro. Recordemos que estamos frente a obras escritas y protagonizadas por mujeres.

Murasaki Shikibu

Creo que no hace falta que presente a esta escritora, es la creadora de la primera novela de la historia. Su Genji Monogatari es una lectura imprescindible, una obra que no puede faltar en ninguna biblioteca. Si encima se es un otaco hediondo, resulta obligatoria. Magister dixit. Su Historia de Genji me gusta mucho, pero no puedo decir lo mismo de este su diario. Se me hizo cuesta arriba desde el principio, aunque no puedo negar que la mente incisiva de Murasaki Shikibu está ahí. Fue escrito entre el 1007 y el 1010. Es un texto muy gráfico respecto a las prioridades de la corte, miyabi rezumando en cada letra. Esa densidad a la hora de describir con tanto detalle los atavíos, el protocolo de la corte y demás, me acabaron saturando. Tengo que ser honesta. Me resultó como ese ruido de fondo de los cotilleos, aburrido, banal, molesto. Cháchara intrascendente. Pero, ¡ah!, mira por dónde que este nikki no es tan trivial, porque todos esos chismorreos son de hace un milenio, y su valor para conocer cómo era el Kioto palaciego es incalculable. Así que, siendo consciente de su implicación histórica, lo releí con más atención.

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Murasaki Shikibu (c.1765) según Komatsuken

Aunque se utilice la palabra “diario”, los nikki no son un listado de sucesos cotidianos ordenados cronológicamente; en ellos se estamparon los eventos que las autoras consideraron importantes, jugando cada una con sus propias reglas. En este de Murasaki Shikibu, sin duda, es el parto de la emperatriz su corazón. La autora acicala continuamente las circunstancias con prolijidad, y sus reflexiones individuales se enredan entre ellas, brindándoles un acento muy particular. La dama también expresa su hastío por la vida en la corte, la tristeza de la soledad o su frustración por pertenecer a una jerarquía no tan alta como le gustaría; habla sobre sus rivales literarias (y no es muy amable) o sobre su existencia antes de entrar al servicio de Akiko. Son esos detalles más personales los que más me han agradado, descubrir esas incertidumbres íntimas que tan poco han variado después de diez siglos.

Después de la cena, las mujeres salieron y se sentaron delante de las persianas. A la luz de las linternas, los brocados, las sedas y los bordados de oro y plata brillaban. Algunas damas destacaban por su excepcional porte y elegancia. Oshikibu no Omoto, esposa del gobernador de Michinokuni, arrastraba una cola soberbia y vestía una chaqueta a la china con un paisaje bordado representando un bosquecillo de pinos jóvenes sobre el monte Oshio que era una maravilla. Tayu no Myobu llevaba una chaqueta sin bordar, pero el tejido de su cola destacaba por un estampado de olas doradas, que, sin ser vistoso en exceso, cautivaba la vista. Ben no Naishi se había puesto una cola con un estampado sorprendente: una grulla sobre un paisaje dorado. Como la grulla es un símbolo de longevidad, complementarlo con unas ramas de pino bordadas fue un toque genial. En cambio, el motivo de hojas plateadas que había elegido Shosho no Omoto, de dudoso gusto, dio lugar a sonrisas irónicas.

Dama Sarashina

Este nikki es diferente de los otros dos, pues tiene cierto aire a libro de viajes. Fue escrito sobre el 1059, aunque abarca desde la niñez de su autora hasta el momento de su redacción. Parecen unas memorias, por su honestidad, a veces resignación, e introspección. Es la obra con la que es más fácil empatizar, también posee un lenguaje accesible que, a pesar de que no resulte especialmente brillante, se hace querer por su sencillez ingenua. Dama Sarashina narra con humildad y calma los sucesos más significativos de su vida, la cual una parte estuvo marcada por los traslados de su padre. Si en el de Murasaki Shikibu era el miyabi la noción preponderante, en este es el mono no aware el que se lleva el gato al agua, con su delicioso espíritu contemplativo y amor a la naturaleza.

«Hermosa pero tímida, poco amiga de miradas ajenas, retraída, amante de las viejas historias, tan aficionada a la poesía que casi todo lo demás no cuenta para ella, y desdeñosa del mundo entero», he aquí la opinión desagradable que la gente tiene de mí. Y, sin embargo, cuando me conocen me consideran dulce y muy distinta de lo que les han hecho creer. Sé que la gente me tiene por una especie de proscrita, pero me he acostumbrado a ello y me repito para mis adentros: «soy como soy».

La autora escribe mirando hacia atrás con añoranza, siguiendo esa pauta tan humana de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Es posible que se deba a que Dama Sarashina se vio afectada por la decadencia de los Fujiwara, y por cómo presenció el esplendor Heian y su declive. Una suave melancolía flota sobre este nikki. La escritora no tuvo una vida feliz del todo, aunque sí plena. Fue una persona soñadora y adicta a la lectura, cuyas obras favoritas (Ise Monogatari, Genji Monogatari) remiten, de nuevo, a un ayer idealizado. Es el relato más tradicional de los tres, y que permite observar la evolución vital completa de su protagonista, desde la infancia hasta la madurez, donde busca consuelo de sus angustias en el budismo.

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“Dama de la corte Heian” (c.1790) de Torii Kiyonaga

Si has llegado hasta aquí, me gustaría pensar que he sabido retener tu interés, incluso milagrosamente acrecentarlo. Si ha sido así, existe un josei animado que, cada vez que tengo ocasión, lo recomiendo: Chôyaku Hyakuninisshu: Uta Koi (2012). Tanto si la has visto ya como si no la conoces todavía, es una serie dedicada a la literatura Heian, novelando la vida de algunos de sus autores. Me he estado resistiendo bastante a escribirle una reseña porque compañeros blogueros ya lo han hecho (y muy bien, por cierto); sin embargo, creo que su presencia es obligatoria en SOnC. No puede faltar en este bosque solitario, por lo que no tardará en llegar. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Mondo Bizarro, donde Japón nunca defrauda

No es precisamente mi disco favorito de los Ramones, pero viene ni que pintado para la entrada de hoy. Os veo temblar… y con razón. Sí, de nuevo uno de esos artículos sobre cine y marcianadas que no le interesan a nadie. Tendréis que esperar unos pocos días hasta que vuelva a escribir sobre anime y manga.

Me ha parecido muy adecuado titular este post así porque, siguiendo muy libremente las pautas del género cinematográfico mondo, voy a tratar de dar un repaso amplio a las películas japonesas que más con el culo torcido me han dejado. El mondo es incómodo, porque señala todo aquello que no queremos ver. El mondo es grotesco, pues hace hincapié en el sensacionalismo sórdido. El mondo es políticamente incorrecto, por eso carece de predicamento en una actualidad de neomojigatería apestosa. No soy especialmente fan de él, pero quiero rendir un homenaje a las criaturas extrañas que pululan por el cine de Japón con mi propia entrada mondo: un listado de películas inusitadas, donde se restriegan por las narices ciertos tabúes o simplemente revelan nuevas formas de expresión. Hay de todo.

Podéis imaginar que, con la de toneladas de majaderías y excentricidades que genera Japón al año, ha sido muy complicado hacer una selección medianamente sensata. Tampoco me considero una experta en el tema, pero he tragado bastante basura al respecto y he aquí que os presento mi tour personal a los bizarros fondos de estas fascinantes islas. Siete obras que dignifican lo insólito, ya que las he seleccionado tanto en base a mi gusto personal como por su calidad. No os equivoquéis, ninguna de estas películas es ridícula. Tampoco para tomársela a broma. Algunas cintas son clásicos muy célebres, otras no tanto. Pero todas merecen nuestros respetos.


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Junto a Pitfall (1962), Woman in the dunes (1964) y The Man without a map (1968), conforma esa tetralogía de colaboraciones con mi admirado Kôbô Abe, del que escribí un poco aquí. Salvo la primera, todas son adaptaciones de novelas suyas, aunque las cuatro fueron guionizadas por él. Teshigahara fue una persona bastante singular, que no sé muy bien cómo acabó haciendo cine. Su padre fue un maestro de ikebana que revolucionó la disciplina y él estudió Bellas Artes, pero me alegro mucho de que se dedicara finalmente a la cinematografía. Yo y unos cuantos millones de personas, claro.

Teshigahara fue un director peculiar, y es muy evidente también la influencia del surrealismo en su obra. Gente como Buñuel o Cocteau lo marcaron profundamente. Le gustaba experimentar, jugar con las imágenes y los conceptos; y, sobre todo, crear poderosas metáforas visuales de gran belleza estética. Tanin no Kao no es una excepción dentro de su catálogo, y representa una etapa de especial brillantez filosófica. Porque La cara de otro es un viaje dentro del laberinto emocional y psicológico de su protagonista, el señor Okuyama. Sus implicaciones son profundas, y no podía ser menos teniendo a Kôbô Abe entre bambalinas.

Este film puede traernos recuerdos del clásico El hombre invisible (1933), también basado en otra obra literaria, esta vez de H.G. Wells; o la maravillosa Les yeux sans visage (1960) de Franju. Tiene mucho asimismo de La Metamorfosis de Kafka o del archiconocido binomio Jeckyll/Hyde de Stevenson. Pero Tanin no Kao resulta mil veces más brutal en su vesania existencialista. Cuenta una historia doble en realidad, la de dos seres cuyas identidades se han visto comprometidas por sus rostros. La narración principal pertenece al señor Okuyama, que ha sufrido un accidente laboral tan terrible que lo ha dejado sin cara. Pero el doctor Hira puede ayudarlo, creando para él una faz nueva, como una máscara, una segunda piel. Eso sí, duplicada de otro sujeto. El cuento secundario es el de una mujer cuyo rostro sufre las secuelas del horror atómico de Nagasaki, y que trabaja en un asilo para veteranos de la II Guerra Mundial, la mayoría con graves problemas mentales.

¿Cómo se construye la identidad de un ser humano? ¿Es el rostro una parte indispensable de la persona? ¿Cuánto es de fundamental? ¿Qué importancia tiene en realidad el individuo y su singularidad? A través de un relato donde la ciencia-ficción, el thriller psicológico y el drama se dan la mano, Teshigahara y Abe realizan una bellísima y elegante reflexión sobre la identidad, el yo y la hipocresía social. Sin complicaciones y de forma accesible, pero contundente. El film toca más temas, como el de la incomunicación, el aislamiento o la fragilidad, los cuales quizá emparentan este Tanin no kao con el espíritu de Ingmar Bergman que, curiosamente, en ese mismo año estrenó Persona (1966). Great minds think alike.


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Y a pesar del transcurrir de las décadas, Bara no Sôretsu continúa sorprendiendo y dejando al espectador atónito, sin saber cómo clasificar una obra que se mueve entre el documental, la ficción y la mirada caleidoscópica del Kubrick más implacable. ¿O fue al revés? Sí, eso es. El cineasta neoyorkino descubrió en Funeral parade of roses un tesoro que colmó su mente de imágenes y conceptos que vomitaría después en su magistral La naranja mecánica (1971). Pero no solo haría mella en Kubrick, también en Warhol o Tarantino. Los tentáculos de Bara no Sôretsu alcanzan el s. XXI y nos siguen estrangulando. ¿Y quién fue el responsable de tamaña hazaña? Toshio Matsumoto, que falleció, desgraciadamente, hace unas semanas. De hecho, cuando empecé esta reseña todavía estaba vivo, ha sido un shock conocer su desaparición.

Toshio Matsumoto fue el máximo pionero de cine experimental en Japón. Pasó toda su carrera innovando, y Funeral parade of roses fue su primer largometraje. El mítico Art Theatre Guild fue el que confió en el proyecto del director, y se encargó de su producción y distribución. Y no se puede negar que resultó un ejercicio de fe, porque tratar la temática del travestismo y la homosexualidad en el Tokio de los años 60 no era habitual. Todavía no lo es. El argumento, inspirado libremente en la tragedia clásica Edipo Rey (s. V a. C) de Sófocles , nos acerca al universo de Eddie, un travesti gay. Los bajos fondos de la ciudad, las drogas, la prostitución; pero también el ambiente de gran efervescencia cultural que se respiraba. Matsumoto rodó en la misma ciudad, utilizó de actores a los mismos protagonistas de ese entorno marginal pero lleno de vida. Completamente transgresora, Bara no Sôretsu acoge multitud de estilos y técnicas que se mezclan sin pudor, regalando a los más observadores un abanico de sensaciones indescriptibles.

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No se puede negar que la influencia de la Nouvelle Vague es patente, pero Matsumoto no escatimó en recursos para construir un relato completamente original y donde parece que el tiempo no transcurra, a pesar de que las emociones de los personajes sí avancen. Es como si estuvieran atrapados en un bucle donde las pasiones emergen como lava, a borbotones incandescentes. ¿Es Funeral parade of roses un enorme psicodrama? Quizá. El film no deja de albergar una historia muy terrenal, la de Eddie; y sus decisiones son consecuencia de esas experiencias. Es una aproximación honesta además al mundo de la transexualidad, que aún no se termina de comprender como una simple faceta más de la naturaleza humana.


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Un año después de que Kaikô Takeshi escribiera su relato Kyojin to Gangu,  Yasuzô Masumura lo llevó al cine. ¿Que quién es Yasuzô Masumura? ¡Vergüenza os tendría que dar no saber de él! Mentira. Sería normal que desconocierais su figura, porque no fue hasta hace 10 años que no se pudo acceder a un catálogo amplio de sus películas. Más vale tarde que nunca, dicen. Masumura todavía es uno de esos grandes olvidados del cine japonés, y es algo que Occidente debería resolver, porque nos estamos perdiendo a un cineasta extraordinario. Fue inspiración para mi admirado Nagisa Ôshima, y contribuyó al nacimiento de la Nûberu Bâgu o Nueva Ola Japonesa. Es cierto que esa Nueva Ola fue un invento de productoras como Shochiko, que deseaban conectar con el público juvenil, más que un movimiento cinematográfico modelado por mentes inquietas. De ahí su heterogeneidad, pero tampoco se puede negar que de ella surgieron importantes creadores que tuvieron a Yasuzô Masumura de referente.

Masumura, gracias a una beca, tuvo la inmensa fortuna de poder estudiar cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Italia, donde aprendió de los grandes maestros del Neorrealismo como Visconti, Antonioni o Fellini. Y no solo eso, trabajó en los Estudios Daiei como ayudante de dirección de Kenji Mizoguchi o Kon Ichikawa. Aprovechó muy bien esas oportunidades, y pronto comenzó a destacar como director de sus propias películas en las que volcó todo sus afanes renovadores, con una pizca de sal iconoclasta. Trabajó muy diversos géneros, aunque su personalidad, amante de lo excesivo, siempre supo ensamblar la pasión de Occidente con la gentileza minimalista de Oriente. En Toys and giants encontramos su vertiente más sardónica y jocosa, una crítica al histérico mundo de la publicidad y, por ende, a la sociedad urbana japonesa del momento.

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Kyojin to Gangu es una sátira divertidísima y repleta de ironías. Se ridiculiza el keizai shôsetsu y la fragilidad de esos ídolos pop prefabricados que brotan como setas por nuestras pantallas. Una historia de competencia salvaje entre grandes compañías de golosinas, la falta de ética empresarial y la ambición desmedida que conduce a la locura y autodestrucción. Todo aderezado con lo mejor de la serie B y otra ristra de delirios tan agudos como espeluznantes. No es la mejor cinta de Masamura (fue su segundo film) y tiene ciertos altibajos; sin embargo, es un visionado que merece la pena. Entretiene, hace pensar y cuando cae en la chifladura, lo hace con tanta gracia… Ains.


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Ôshima-sensei ya es un viejo conocido de SOnC. Es un director que me gusta mucho por su falta de miedo a paladear diferentes sabores y texturas. Y porque tampoco le importaba ser controvertido, qué demonios. En 1967 decidió, con un par de narices, adaptar al celuloide uno de los mangas clásicos del pionero del gekiga Sanpei Shirato: Ninja Bugei-chô (1959-1962). Pero no realizó una película al uso, tampoco una animación tradicional. Nada de eso. Ôshima optó por lo más sencillo y arriesgado, que fue tomar el propio tebeo, sus ilustraciones y filmarlos. Directamente. 17 tankôbon condensados en 118 minutos. Wow. Calma, yo también pensé que el resultado podría ser un despropósito que acabara en una sinfonía de babas y ronquidos. Pero Ôshima supo rodearse de un buen equipo, como el compositor Hikaru Hayashi (Onibaba, Kuroneko), el guionista Sasaki Mamoru (Heidi, Ultraman), o actores a las voces como Rokkô Toura (Feliz Navidad señor Lawrence, Kôshikei) o Shôichi Ozawa (El pornógrafo, La balada de Narayama). Además, Ninja Bugei-chô exhibió todos los recursos que la cinemática podía ofrecer entonces cuando se enfrentaba a un objeto fijo e inmóvil. Movimientos de cámara, el control de su velocidad, zooms, seguimiento del objetivo a las líneas del dibujo, planos detalle… todo para brindar el adecuado dinamismo, respetando la fuerza del propio tebeo.

Band of Ninja es una obra compleja y de muchos vericuetos. Ubicada en el Período Sengoku (1467-1603), es tan violenta y convulsa como esa época. Desfilan gran cantidad de personajes y el vaivén histórico también es intenso. Requiere completa atención, porque es una obra épica de grandes proporciones donde el villano que desea unificar Japón mediante sangre y brutalidad es… ¡tachán, tachán! ¡Oda Nobunaga! Ninja Bugei-chô es perfecta para los que disfruten con un buen cómic de samurais y musculosas dosis de violencia. Pero no una violencia ciega, sino situada en un contexto áspero e intrincado. Como no es nada sencillo conseguir el manga original en cuestión, es una buena alternativa para conocerlo. Eso sí, es para gente paciente y que no se encuentre demasiado intoxicada del habitual espíritu otaco millennial. De lo contrario, no aguantará ni diez minutos.


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Creo que ya lo he comentado alguna vez, pero soy una enamorada del cine mudo en general. Es una etapa de la historia cinematográfica que me fascina, más que nada porque la considero una época de enorme creatividad y riqueza. El despertar del cine no tenía miedo a la experimentación, solo podía innovar y abrir nuevas sendas. Maravilloso. En Japón sucedió algo semejante, por supuesto, y una de sus piezas más extrañas e inquietantes fue (y es) Kurutta Ippêji (1926) de Teinosuke Kinugasa. Se puede considerar, nada más y nada menos, la primera película avant-garde de las islas.

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Se suponía que Kurutta Ippêji era una obra perdida. Una de tantas gracias a la guerra, los terremotos y el inevitable descuido humano. Pero su mismo director, en 1971, la encontró casualmente mientras rebuscaba por su almacén. Como la mayoría de obras vanguardistas, A page of madness nació bajo los auspicios de un movimiento artístico, en este caso literario: el Shinkankaku-ha. Este colectivo buscaba crear en Japón su propia modernidad, alejándose de las tradiciones anticuadas de la era Edo y Meiji. Deseaban vincularse con los ismos occidentales, y con la influencia del dadaísta francés Paul Morand muy presente, lograron formar el primer grupo literario modernista del país. En él militó el futuro nobel Yasunari Kawabata, que fue responsable de gran parte del guion de Kurutta Ippêji. Así que podemos decir que su director, Teinosuke Kinugasa, que conocía bien el mundo de las artes escénicas pues había trabajado como onnagata, amalgamó en la película todos los anhelos de contemporaneidad que imbuían al Shinkankaku-ha. De ahí que tanto expresionismo, surrealismo o la escuela de montaje ruso, entre otras vanguardias, aparecieran reflejadas en sus fotogramas. Una página de locura no fue muy apreciada en su momento, tenía más de cine europeo que nipón, el cual por aquel entonces se centraba sobre todo en el jidaigeki.

¿Fue Kurutta Ippêji una obra incomprendida? Más que incomprendida, fue ignorada y después olvidada. Y aunque no cambió el rumbo del cine japonés, sí que podríamos considerarla la primera obra concebida de manera internacional. Fue la contribución del cine de las islas al efervescente panorama avant-garde de la época. Con su propio sello, no una simple emulación de lo que se cocinaba en Europa. Una página de locura cuenta la historia de un hombre que trabaja en el manicomio donde está encerrada su esposa. Él sueña con sacarla de ahí, pero la mente humana es… complicada. Y la vida también. La aproximación de este film a la locura resulta escalofriante y, aunque se hace un poco difícil de seguir (no hay intertítulos, la película era narrada por un benshi), su lenguaje visual es lo bastante elocuente para hacerse comprender. Resumen: Kurutta Ippêji reunió a un director que sería oscarizado con un escritor que recibiría un nobel literario; supuso la primera conexión del cine japonés con la vanguardia internacional; y su reflexión sobre la desesperanza y la alienación continúa aguijoneando en la actualidad como una avispa. Es película de (mucho) interés.


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Tetsuo: the Iron Man resulta un antes y un después. Es como si David Lynch, Akira Kurosawa, Jank Svankmajer y David Cronenberg hubieran decidido construir su monstruo de Frankenstein particular, pero con piezas de vertedero y desguace. Un virus de metal que devora la carne y transforma al ser humano en un ente informe al servicio de su implacable voracidad. Shin’ya Tsukamoto y Kei Fujiwara son los responsables de esta atrocidad de belleza inconmensurable, de horror sin fin. Y lo hicieron con cuatro duros. Revolucionaron el cine con este poema estentóreo que se revuelca entre sus propios ecos industriales. Tetsuo es una balada ciberpunk inmisericorde cuyas enseñanzas son plenamente vigentes. Plasma un mundo donde el individuo ha sido reducido a cables e impulsos eléctricos, un esclavo de la tecnología y las máquinas al que no le importa ser engullido. Es más, exultante en su metamorfosis, disemina la ¿buena? nueva para calmar su hambre, y quedar reducido a la demencia de las emociones más básicas. Sin distinguir realidad de enajenación.

The Iron Man es una experiencia en 16 mm y B/N que exige mente abierta y pocos prejuicios. Tanto a nivel técnico como argumental fue un puñetazo en los morros, una explosión de creatividad y humor sádico que era muy necesario es esos momentos de apalancamiento. Tetsuo es el orden en el caos, y no todo el mundo puede seguir su ritmo. Pero no importa, eso es bueno. Y no tengo más que añadir porque, como ya he indicado, esta película es una experiencia, y debe examinarse de forma personal. Muy personal. Nunca resulta indiferente, puede fascinar u horripilar, pero jamás dejará impasible. Tetsuo es una obra de extremos en todos los aspectos.


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No sé si lo sabéis, pero la primera persona que se tiene constancia en la historia de la humanidad que se dedicó a la literatura fue una mujer llamada Enheduanna. Vivió en el s. XXIII a. C en Ur, y fue la suma sacerdotisa de Nanna, deidad patrona de la ciudad. Nadie tenía más poder religioso que ella y, políticamente, solo su padre Sargón el Grande, fundador del primer imperio humano, estaba por encima. ¿Y en Japón existió una figura similar? Pues en Japón tenemos a Himiko, reina-chamán del sol. Hay mucho debate respecto a su figura, que tiene un aspecto legendario importante, aunque las fuentes chinas la enmarcan en el s. III de nuestra era. Himiko es el primer soberano conocido de Japón y precursora del Gran Santuario de Ise. Gobernó con benevolencia y armonía en el reino de Yamatai, y fue muy respetada en el extranjero. Su autoridad no fue una anomalía, sino el ejemplo de que, antes del gran advenimiento de la cultura, filosofía y religión chinas de fuerte raigambre patriarcal, en Japón el poder político y religioso estaba en manos femeninas. Pero de eso hace mucho tiempo, y casi todo lo que sabemos actualmente sobre Himiko ha pasado por el tamiz budista y confuciano, con la ulterior contaminación. En la actualidad es un icono pop tal cual, no hay japonés que no sepa quién es. Es como si en Occidente ignoráramos la existencia de la Virgen María, harto improbable. Y sobre Himiko va esta película.

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De Masahiro Shinoda ya he escrito en el blog en un par de ocasiones, y su adaptación de Silencio, aunque no me impresionó, me acabó gustando mucho más que la de Scorsese. Cosas de la vida. Aunque perteneciendo a la misma generación cinematográfica que mi subversivo favorito, Nagisa Ôshima, Shinoda, en cambio, decidió volver su pensamiento a la tradición japonesa, y aplicar en ella nociones contemporáneas que sirvieran a su armonía, no a derrumbarla. Así las deconstruyó y volvió a recrear, pero respetando su esencia. Himiko es eso. Buscó el talento de la escritora y poetisa Taeko Tomioka para el guion, y realizó una película de belleza oscura y profundo lirismo.

La primera vez que vi Himiko no pude evitar que me recordara, a nivel formal, a una de mis películas preferidas: Sayat Nova o El color de la granada (1969) de Sergei Parajanov. Tienen la misma meticulosidad artística y una riqueza simbólica extraordinaria; la misma cadencia sosegada e idéntico lenguaje surrealista. Pero hasta ahí llegan las similitudes. Himiko se empapa de las metáforas visuales de la danza butô, y nutre de la ceremonia del kabuki. Es un espectáculo delicado que narra una historia descarnada donde se responsabiliza al amor de la pérdida del poder. Un amor, ¿u obsesión?, incestuoso y destructivo al que la mujer debe renunciar si quiere ganar la guerra. Conspiración, traición, muerte… y la interpretación magistral de Shima Iwashita. Himiko no es de las películas más celebradas de Shinoda, pero sí una de las más hermosas. Un homenaje a la pureza del shintô.

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Los que sepáis algo de cine nipón, seguro que estáis pensando que me he dejado en el tintero unas cuantas extravagancias cinematográficas. Obras como Symbol (2009) de Hitoshi Matsumoto, o la increíble La bestia ciega (1969) de, otra vez, Yasuzô Masumura, basada en una historia de Edogawa Ranpo, merecerían también añadirse a esta mi lista personal de maravillas extrañas japonesas. Y algunas más me vienen a la cabeza, ahora que estoy finalizando la entrada. Mecachis. Sin embargo, no puedo eternizarme, y este post lleva esperando desde octubre ser finalizado. Ya le tocaba al pobre, creo. Así que lo dejaremos aquí. De todas formas, si observo que gusta (lo dudo), una segunda parte no me importaría escribir. Porque material hay de sobra. De momento, nos conformaremos con estas siete honrosas cintas, que son una sugerente excursión por senderos poco transitados. Espero que hayáis disfrutado un poco al menos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.