Shôjo en primavera: La doncella de la mansión de las rosas

Ya estamos en primavera. Y Shôjo en primavera regresa con vosotros, pero porque así lo decidisteis en la encuesta de twitter, no os creáis. Obtuvo el segundo lugar tras quedar en tablas 2017: un siglo de anime y Manga vs. Anime. Al pobre Cómic Occidental lo relegasteis de manera humillante al último puesto, con apenas un par de votos. Sois crueles. Pero a la siguiente entrega me resarciré.

Excavando por internet en esas fosas solitarias donde permanecen en silencio los escasos fósiles del shôjo, una se da cuenta de que sobre todo fueron autores masculinos los que, en su génesis, impulsaron la demografía. Eso no quiere decir que no hubiera mujeres, que las había (Toshiko Ueda, Hideko Mizuno), pero eran muy, muy pocas. Y de momento no hay restos arqueológicos suyos legibles por la red. En ningún estrato. La Prehistoria del shôjo es dura, camaradas otacos, en múltiples aspectos. Hay que esperar hasta mediados de los años 60 para hallar alguna lectura disponible; y fue entonces cuando nuestra mangaka protagonista de hoy, Riyoko Ikeda, junto a otras compañeras de generación, comenzaron a manifestar sus primeros balbuceos editoriales. No sé si hace falta que aclare quién es esta creadora, pero es una señora muy importante. Suyo es el poder y la gloria de La Rosa de Versalles (reseña aquí), un clásico entre clásicos.

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Ikeda Superstar

Riyoko Ikeda formó parte del fabuloso Grupo del Año 24, en el que militaron diferentes mangakas. No hay un número fijo de componentes, aunque algunas de sus cabezas más visibles fueron (y son) Môto Hagio, Keiko Takemiya o Ryôko Yamagishi. No es la primera vez, ni será la última, que escriba sobre El Grupo del 24, porque revolucionaron el panorama a fondo. Junto al que se llamó Grupo post-24 y la labor de autoras como Shio Saitô, Kyôko Okazaki e incluso Rumiko Takahashi, es que podemos disfrutar del manga comercial tal como lo conocemos ahora. Su contribución fue fundamental, bara3porque estas creadoras no se limitaron a transformar el shôjo y shônen introduciendo temáticas hasta entonces impensables, sino que se adentraron en los paisajes estelares de la ciencia ficción, hurgaron en conceptos filosóficos complejos, escribieron historias intrincadas de gran calado o innovaron en la disposición y estructura de las viñetas para intensificar la emotividad. Enriquecieron, en general, el mundo del manga con perspectivas innovadoras, engendrando incluso nuevos géneros como el yuri o el yaoi. Estas mujeres estaban destinadas a hacer historia, no obstante todos los maestros deben dar sus primeros pasos, y no tienen por qué ser obras superlativas. Generalmente no lo son, pero sí resultan útiles para comprender mejor la evolución de los autores. E incluso a veces descubrir pequeñas gemas. 

Bara Yashiki no Shôjo (1967) o La doncella de la mansión de las rosas fue el debut de Riyoko Ikeda. Tenía 19 años cuando se publicó en Shôjo Friend, perteneciente a Kodansha, donde la mangaka desarrollaría luego la mayor parte de su carrera. No podía faltar en Shôjo en primavera como obra primigenia de una de las principales renovadoras de la demografía. bara1Se trata de un simple one-shot, pero muy elocuente respecto al estilo que más adelante desarrollaría. En él encontramos ese gusto por el misterio y la intriga que sus protagonistas querrán desentrañar; el recurso de la enfermedad terminal, presentado de manera romántica; el amor trágico no correspondido, y el símbolo que acompañará las obras de Ikeda de forma casi permanente: la rosa.

Es una obra muy sencillita y con la influencia de Osamu Tezuka bastante visible, sobre todo en sus técnicas cómicas y el diseño general de los personajes. La protagonista, Tomoko, no deja de ser un homenaje a la princesa Sapphire de Ribbon no Kishi (1953); y su hermano, Ken, un calco de Eiji Kusahara de Angel no Oka (1960). Y tampoco tiene nada de particular, estamos hablando de un tebeo primerizo, e Ikeda jamás negó su admiración por Manga no kamisama, del cual han aprendido (y continúan aprendiendo) muchísimos mangakasBara Yashiki no Shôjo además cumple 50 años este 2017, escribir un poquito sobre él es una manera de celebrar el medio siglo de carrera profesional de Riyoko Ikeda. Tampoco puedo alargarme mucho, ya que se trata de un manga muy breve, de escasas 32 páginas. Sin embargo, en tan sucinto espacio logra construir una arquitectura de relato sólida y coherente. No la más original del mundo, aún comparándola con sus contemporáneos, pero que a pesar de su aire bisoño, presagia en ciertos detalles una futura revolución.

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Bara Yashiki no Shôjo comienza en primera persona, como una confesión. La voz que nos adentra en este cuento de misterio duda de que la vayamos a creer, porque lo que tiene que relatarnos es extraordinario. Ella es Tomoko, una chica de unos 12 años un poco inocente pero audaz. Disfruta con su hermano, estudiante universitario, de una vida feliz y acomodada, sin grandes contratiempos. Un día, de camino a casa regresando del colegio, se tropieza con una muchacha. Parece que vive en la solitaria mansión de la colina, donde las rosas florecen. El encuentro la deja turbada por la belleza y extraño silencio de la joven. ¿Quién es esa enigmática muchacha de mirada triste? En muchas otras ocasiones volverá a aparecerse frente a nuestra protagonista y su hermano, Ken, sin conseguir ninguno de ellos dilucidar su identidad. Tomoko es una romántica empedernida, por lo que imagina que está enamorada de Ken y ansiosa por confesarle sus sentimientos. Al llegar el verano, y sin saber mucho más de la muy bella pero anónima doncella, reciben una invitación de su tío para pasar unos días en el campo. No lo dudan y deciden acudir, así además podrán ver a su elegante prima Shizu. Lo que ignoran es que van a ser unos días insólitos desde el inicio del mismo viaje.

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El elenco es un poco cliché, también se encuentra algo desdibujado (sobre todo Shizu y Kenichiro), pero tampoco se le puede exigir mucho más a un one-shot. Me ha sorprendido que, a pesar de la ingenuidad que destila Tomoko, es una moza con iniciativa y despierta. Algo no tan común en el shôjo, donde abundan las protagonistas apocadas y pasivas. Quizá se deba a que todavía es una niña, y se le conceden aún ciertas libertades. Los personajes femeninos mayores, sin embargo, ya presentan esa modestia femenina tan característica de la demografía, en la que el amor tiene un papel fundamental.

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Ikeda marca muy claramente dos mundos distintos en su manga: el contemporáneo y occidentalizado de Tokio, en el que Tomoko nos es presentada como una jovencita moderna y atrevida, que comparte aficiones sofisticadas con su hermano (comida francesa e italiana, visitas a exposiciones de arte europeo, etc); y el tradicional del ámbito rural, donde el elemento sobrenatural goza de su espacio natural y sella el desenlace. El festival de verano (¿quizá el O-Bon, relacionado con los difuntos?), con sus noches alegres y enigmáticas a la vez, firman la conclusión. El arte de Ikeda es limpio y fresco, con el típico dinamismo tezukiano y sin abusar de esos floripondios que luego infestarían el shôjo como si no hubiera mañana. De hecho, esa escasez floral resulta maravillosa, lástima que luego se convirtiera en marca de la casa. Los fondos y paisajes son bastante esquemáticos, sin demasiados pormenores, aunque competentes. Sin embargo, la expresividad de los personajes es genial, de lo mejor del manga.

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Bara Yashiki no Shôjo es un típico kaidan japonés, con final ambiguo incluido y sus momentos de suave melancolía. Todo con enorme candidez y vueltas de tuerca bastante pronosticables, pero en conjunto entretenido. Tiene la peculiaridad del elemento sobrenatural que en Riyoko Ikeda no es muy habitual; y a pesar de ser un manga verdecillo en algunos matices, resulta una lectura digna. Además el romance no tiene una presencia fuerte (¡qué alivio!), aunque sí su importancia. La doncella de la mansión de las rosas resulta un tebeo muy tierno en general, imprescindible para todos aquellos que admiren la obra de esta mangaka. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera: Angel no Oka

Y continuamos escarbando en la prehistoria del shôjo con la segunda entrada dedicada a esta sección. Va a resultar algo difícil pilotarla con cierta regularidad ya que no existe demasiada información sobre el tema (al menos no tanta como me gustaría) y tampoco aparecen muchos tebeos en el horizonte que pueda leer. Pero me gusta investigar, algunas cosillas hay (con el tiempo espero que más) y de ellas os iré escribiendo, poco a poco, en Shôjo en primavera. Hoy toca una obra de Manga no Kamisama. Era inevitable. Con él podríamos decir que casi comenzó todo, por lo que no podía faltar. Aunque antes necesitaremos un mini-preámbulo para entender mejor a Tezuka & co.

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“Angel no Oka” (1960) de Osamu Tezuka

Una de las principales influencias que tuvo el shôjo primigenio fue, sin duda, el espectáculo del Takarazuka Kagekidan. Un teatro musical interpretado únicamente por artistas femeninas y que se fundó, como su nombre indica, en la pequeña ciudad de Takarazuka en 1913. Esta población, situada en la región histórica de Kansai, se encuentra a escasos 10 km de Toyonaka, donde nació Osamu Tezuka. Manga no Kamisama conoció muy bien desde pequeño estas representaciones, pues su madre lo llevaba a menudo a sus funciones. Resultó ineludible que muchas de sus características aparecieran luego en sus cómics. Y no solo en los suyos, claro. Décadas más tarde el Takarazuka Revue gozó del influjo también del manga en su repertorio; acabó siendo una corriente creativa de doble sentido.

El Takarazuka nació con la intención de imitar y adaptar al espíritu japonés diferentes obras occidentales tanto literarias, musicales, cinematográficas, etc. En su repertorio se dan la mano desde El Gran Gatsby, Verdi, Jane Austen, Cenicienta, Oscar Wilde, Wagner, Sabrina, Pushkin, Goethe, Les Liaisons dangereuses… hasta Shakespeare, Bonnie & Clyde, Blasco Ibáñez  o Singin’ in the rain. Con total alegría e ingenuidad. Y el resultado es completamente kitsch, porque nadie se planteó que debiera ser comedido, más bien al contrario. El Takarazuka es una continua explosión de fuegos artificiales, un suntuoso y pantagruélico festín de viandas rococó que son servidas a un público ávido de melodrama, aventuras y romance sin fin. No en vano algunos críticos lo llaman el “kabuki de nailon”; todo muy excesivo pero, curiosamente, exento de cualquier tipo de carga sexual. Un espectáculo rimbombante e inocuo dirigido a un público femenino adolescente. Exacto: apesta a shôjo. Y, como todo producto para jovencitas del momento, aleccionaba a mantener el rol designado a la mujer en la sociedad japonesa: sumisión, dulzura, matrimonio y maternidad.

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La actriz Ashihara Kuniko (1914-1997) en su papel de Fréderi en la adaptación del vodevil “L’Arlésienne” (1934) de Bizet.

A pesar del mensaje conservador que porta(ba) implícito el Takarazuka, no deja de ser llamativa la presencia de las otokoyaku: actrices dedicadas a interpretar papeles masculinos. Su éxito era masivo, incluso recibían cartas de amor de las seguidoras. ¿Se consideró un escándalo? Sí, pero la sociedad nipona en general considera que las tendencias lésbicas durante la adolescencia son una “etapa” que se acaba “superando”. Las otokoyaku eran un símbolo, en cierta forma, de libertad, de empoderamiento. Pues aunque representaban papeles masculinos muy categóricos (también bastante idealizados), eran mujeres las que los interpretaban y observaban. Pero un detalle importante: esa libertad, esa fuerza de voluntad se manifestaba solo cuando el elemento masculino hacía acto de presencia; por sí misma la mujer permanecía desautorizada.

Ese elemento masculino era muy evidente: la vestimenta. ¿Hace el hábito al monje? En el mundo del Takarazuka sí. Y de esa forma lo encontramos también en el que, por ahora, se puede valorar el primer shôjo manga de la historia: Nazo no kurôbaa o El trébol misterioso de Katsuji Matsumoto, creado en 1934. La protagonista es una adolescente, disfrazada de hombre y enmascarada que, al más puro estilo Robin Hood/El Zorro, roba al señor feudal la riqueza que ha exprimido a los pobres campesinos. Ahí tenemos el escenario exótico (algún lugar de Europa), el melodrama, las aventuras y la muchacha poderosa gracias al anonimato de sus ropajes. Pero, a diferencia de las otokoyaku, se distingue bien que es una chica. La bisabuela de Utena podríamos incluso decir.

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Portada de “Nazo no kurôbaa” o “El trébol misterioso” (1934) de Katsuji Matsumoto

Nazo no kurôbaa y el Takarazuka fueron indispensables para que Tezuka-sensei creara su histórico shôjo Ribbon no Kishi (1953), que luego tuvo a lo largo de los años otras encarnaciones. El argumento gira en torno a Sapphire, retoño de los reyes de Silverland que, a causa del error de un ángel en el cielo, recibe un corazón rosa de chica y otro azul de chico a la vez. Ese corazón masculino es el que le permite ser audaz, excelente espadachín y gobernante legítimo de su país; sin él, solo es una princesa inane y vulnerable. Cuando Dios se da cuenta de la equivocación, envía al responsable, el angelito novato Tink, a recuperar el corazón azul; pero Sapphire no lo quiere devolver, pues es lo único que le proporciona la capacidad de heredar el trono y luchar contra el malvado duque Duralumin, que ambiciona la corona.

No hace falta remarcar que la misoginia brilla que da gloria, pero no estamos aquí para juzgar con la luz del presente una obra concebida en una época muy distinta a la nuestra. Aunque algunos de esos parámetros persistan todavía. Ribbon no Kishi fue revolucionario en muchos aspectos, y cimentó los pilares de lo que más adelante sería el shôjo moderno. ¿Estuvo el siguiente shôjo de Tezuka a la altura? Angel no Oka (1960) es más humilde y más ignorado que su predecesor; sin embargo también menos infantil y con una melancolía final que barruntaba ya ciertas particularidades de Manga no Kamisama.

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Sapphire y Tink

Angel no Oka fue publicado en la revista Nakayoshi desde enero de 1960 hasta diciembre de 1961. Siete episodios que luego fueron recopilados en dos tankôbon. Su historia no tiene ni cross-dressing ni una protagonista femenina de fuerte personalidad. Todo lo contrario. Es el relato de una princesa sirena en el destierro, sus desventuras y sufrimientos; y cómo las figuras masculinas que van apareciendo se encargan de cambiar el destino de su vida. Un clásico cuento de hadas, con un personaje principal víctima de la desgracia, pero con un corazón noble y generoso. También aparece la clásica reina malvada, responsable directa de sus angustias… con un plan maléfico para matarla. Y las consabidas mascotas que acompañan con fidelidad a nuestra desafortunada princesa.

A pesar de lo ramplón que parece ser este manga, atiborrado de clichés y poco apetitoso, resulta bastante ameno y divertido. No en vano se trata de Tezuka, y siempre se guardaba un par de ases bajo la manga. Recordemos que estamos en los albores del shôjo, y en realidad ha sido Angel no Oka el que ha dejado su huella en los mangas que conocemos ahora, no viceversa.

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Luna llorando por Tailandia, Myanmar o así

Luna, princesa de un misterioso pueblo de sirenas, es condenada por la implacable Byôma-sama a ser abandonada para morir en el mar dentro de una ostra gigante. Sí, como esas que aparecen en los musicales de la edad dorada de Hollywood. Ha quebrantado la ley y debe sufrir el correspondiente castigo. Pero la suerte está de su lado y es rescatada por el capitán de un buque, que intentará ayudarla a regresar a su hogar. Pero Luna ha perdido la memoria, no recuerda ni quién es ni la Isla del Ángel, su patria. No sabe ni su nombre. Pero el capitán continúa investigando, y cuando está a punto de revelar a Luna una pista importante sobre su tierra de origen, es asesinado. Asesinado y Luna hecha esclava, padeciendo una existencia de humillación y maltrato hasta que Eiji Kusahara, un rico heredero japonés, la rescata indignado por la injusticia. Eiji está muy sorprendido porque Luna tiene un parecido asombroso con su querida hermana pequeña, Akemi Kusahara. Movido por la compasión, decide llevarla consigo a su hogar en Japón.

Pero no todo quedará ahí. Tezuka encauzó un argumento rocambolesco donde corrieron y galoparon gran cantidad de personajes. Cada uno de ellos aportó su granito de arena al relato. Aunque Luna sea una completa inútil, no se puede negar la destreza casi sobrenatural que tenía Manga no Kamisama a la hora de sorprender y concebir historias. Y Angel no Oka engancha (¿he dicho ya que hay sacrificios humanos? Tezuka era un puto genio). Sin necesidad de invocar la presencia pegajosa del romance. Los recursos que utiliza son bien conocidos (los hemos leído mil veces) e incluso el deus ex machina, que tan poco gustaba a Aristóteles y ciertas ratas posmodernas, se encuentra bien encajado sin restar credibilidad. Se trata de un manga muy dinámico a todos los niveles, aunque con un final que quizá no sea del gusto de todos… pero que tiene su sentido.

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Disney, Disney, Disney everywhere. Osamu Tezuka nunca escondió su admiración por el estadounidense, y su estela, como era de esperar, se halla en las páginas de Angel no Oka. Pero sobre todo encontramos el propio estilo de Tezuka, porque su talento no se basaba en el plagio. Así que las tácticas de humor fácil, la caricaturización de algunas figuras y la acción al más puro estilo Popeye no faltarán. Es un tebeo para público infantil y joven, no hay que perder eso de vista.

Aun así, Tezuka no perdió la oportunidad de reírse de sí mismo además de incluir novedades interesantes, como la ruptura de la cuarta pantalla, tratar los límites que imponen las viñetas con cierta rebeldía o prestar una detallada atención a la arquitectura de los fondos. De hecho me han enamorado la elegancia de líneas y su movimiento en algunas escenas. Impresionantes. El diseño también de Luna/Akemi, estilizado y simple, es una maravilla. Todo el arte de Angel no Oka en general resulta una delicia, que ha sabido plasmar muy bien las inquietudes estilísticas de la época; así como verter el exotismo del sudeste asiático e Indonesia en la enigmática tierra del pueblo de las sirenas.

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Esto es BELLEZA, señoras y señores.

¿Y qué trascendecia puede tener este manga desconocido de Osamu Tezuka? ¿No tiene algún shôjo más célebre? Pues sí, claro que lo tiene. Pero hasta el más humilde cómic de Tezuka posee su trascendencia, y no debería minusvalorarse. Angel no Oka fue una inspiración evidente para Naoko Takeuchi y su celebérrimo Bishôjo Senshi Sailor Moon (1991-1997), como también lo fue Midori no Tenshi (1959) de Leiji Matsumoto y otros tantos de la misma etapa. Pero la impronta de este Angel no Oka es contundente. Aunque no se trate de un mahô shôjo estrictamente, nos encontramos con una serie de personajes femeninos de habilidades extraordinarias y que deben lidiar con circunstancias terroríficas en el mundo humano. Igualmente podríamos incluir en este proto-mahô shôjo a su antecesor Ribbon no Kishi, por supuesto.

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Angel no Oka no es el mejor tebeo de Tezuka, cuya fértil trayectoria nos depararía con el tiempo auténticas obras maestras y en muy diversos géneros. Pero sí se trata de un manga a tener en cuenta tanto en la historia del shôjo por su influencia en futuros creadores, como para conocer mejor la evolución artística de Manga no Kamisama. Es una historia entretenida, con vericuetos inesperados y una conclusión muy Tezuka. ¿Merece la pena leerla? Definitivamente sí, sobre todo aquellos que sean amantes del autor y no les importe bucear en las profundidades abisales del manga. MUAHAHA. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera: Sakura Namiki

El shôjo no es mi demografía favorita. Hace meses además que dejé en cruel barbecho los tebeos del género que iba siguiendo. Me acaban saturando, es la única razón. Entonces, ¿por qué inauguro nueva sección en el blog dedicada a él? Efectivamente, Shôjo en primavera es un nuevo apartado en SOnC.  Pues porque me da la santa gana, señores, por eso. En realidad creo que el shôjo es una demografía muy interesante y que tomando un poco de perspectiva, es muy representativa de la evolución social japonesa, más que otras demografías incluso. Y es muy curioso, porque hasta la década de los 70 el shôjo se consideraba un género menor. La llegada del Grupo del 24 marcó la diferencia, antes eran el shônen o el gekiga los que se llevaban la atención de crítica y público. Por eso he decidido que este nuevo apartado de la bitácora se dedique al shôjo incipiente, al shôjo en sus primeros pasos y que se suele dejar en la retaguardia, olvidado. No hay muchas obras traducidas de la época, que abarcaría desde los años 50 hasta finales de los 60, pero con paciencia y china chana como dicen por aquí, algo iremos encontrando y, por supuesto, aprendiendo.

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“Buenos días” (1915) de Yumeji Takehisa

Yumeji Takehisa (1884-1934) fue un poeta que, como sabía que no iba a poder ganarse la vida juntando letras, se lanzó al mundo de la pintura y la ilustración. De formación autodidacta, fue haciéndose un hueco en el elitista mundo de las artes de Tokio, aunque su talento nunca fue reconocido en vida. Su moderado éxito y esa elegancia lánguida, de entes femeninos casi incorpóreos que encarnaron tan bien el espíritu de la Era Taishô, lo han hecho pasar a la historia por derecho propio. Pero lo que nos importa realmente es que su estilo inconfundible, de profundo lirismo, fue una de las influencias más importantes del futuro shôjo. Otro de los ascendientes fundamentales en la estética del shôjo fue Jun’ichi Nakahara (1913-1983), ilustrador y diseñador de moda que popularizó esos tremendos ojos acuosos, rebosantes de virginales sentimientos, que todos conocemos tan bien. Nakahara dibujó portadas de revistas como la popular Shôjo no tomo (La amiga de las chicas) y también de novelas femeninas.

Precisamente en esos años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, comenzó a brotar una nueva literatura (shôjo shôsetsu) dedicada exclusivamente a las jovencitas. En ellas se solía representar un mundo idealizado de las emociones, con muchos floripondios y suspiros, pero que en realidad transmitían un código rígido e inmutable sobre lo femenino. Mediante blandas historias de amistad escolar, introducían las nociones de lo que se esperaba de cada mujer: abnegación, humildad y ser unas dulces y pudorosas novias para sus futuros esposos. De eso todavía quedan bastantes rastros actualmente en el shôjo, por cierto. El amor romántico heterosexual no solía aparecer (invadió la demografía a mediados de los 60), era un universo sin hombres, y el estilo de sus ilustraciones fue el primigenio jojo-ga (dibujo lírico), que complementaba el espíritu de esas historias inocentes y candorosas.

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Portada de “Shôjo no tomo” (febrero, 1939) de Jun’ichi Nakahara

Pero entre tanto aleccionamiento para ser una buena ama de casa, cariñosa con los niños y excelente cocinera, había también algunas voces un poco más discordantes: fue el caso de la escritora Nobuko Yoshiya (1896-1973), que opinaba de manera muy distinta. Sus novelas, que poseían el mismo aire romántico y soñador del shôjo shôsetsu, sin embargo ignoraban el matrimonio como objetivo y algunas de ellas eran abiertamente lésbicas. No en vano, Yoshiya mantuvo una relación con una profesora de matemáticas durante más de 50 años. Para ella el amor homosexual se encontraba en un plano de igualdad; el heterosexual no, pues implicaba la sumisión obligatoria de la mujer al hombre. No he tenido todavía oportunidad de leer nada de ella, pero sí he visto la película Fukujusô (1935), basada en un relato incluido en su colección de cuentos Hana Monogatari (1926), por lo que puedo hacerme una idea,  aunque sea algo remota, del aire general que se respiraba en sus obras… porque el shôjo-ai ha heredado muchas de sus ideas. Y con este pequeño pero necesario preámbulo, llegamos al manga protagonista de esta reseña: Sakura Namiki (1957) del autor Macoto Takahashi.

Es uno de los mangas más antiguos que he leído y todavía me pregunto las razones de que me lanzara a por él. El yuri no es lo mío, tampoco el spokon, y con el shôjo tengo problemas. A veces muy serios. Bien, pues Sakura Namiki alberga esos tres géneros y me ha gustado. Supongo que tendrá algo que ver que solo consista en 4 capítulos, y que no ha habido tiempo de que se me inflaran las narices; pero no debo tampoco restarle méritos a la obra. Sakura Namiki vale su peso en oro.

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Sakura Namiki o El Paseo de los Cerezos es un tebeo del año 1957. Repito: 1957. Todavía tiene bastantes arcaísmos (no sé cómo denominarlos) como, por ejemplo, rastros de emonogatari en la introducción. El emonogatari fue un formato híbrido entre tebeo y novela, una especie de “libro ilustrado” dirigido al público joven. Eran como versiones impresas de los cuentos de los kamishibai, con un dibujo naturalista y fuerte presencia de texto. Durante unos años compitieron en popularidad con el manga, hasta que fue barrido por este a finales de los 50. Por eso Sakura Namiki tiene cierta rigidez en algunas de sus páginas, el texto resulta cursi y la historia es muy sentimental. No obstante, me ha sorprendido en otros aspectos y creo que el paso del tiempo no le ha sentado nada mal. Es un manga hijo de su época, con todo el peso del shôjo shôsetsu y el jojo-ga; pero interesante y con ramalazos muy modernos.

Pero comencemos por el principio. Sakura Namiki cuenta la historia de dos amigas, miembros del club de ping-pong de su exclusivo colegio femenino, y su enfrentamiento en los campeonatos deportivos escolares. Sus nombres: Chikage Maki , estudiante de tercer curso, y Yukiko Nakahara, en primero. Yukiko-chan siente gran fervor y devoción por su onee-sama, unas emociones que se convierten en su debilidad durante el partido, pues le hacen sentir compasión por ella en un momento crucial. Pero Chikage es una gran deportista, capitana del equipo y remonta el juego. Sin embargo, las compañeras de curso de Yukiko, que la han estado animando con ardor, piensan de otra forma. Creen que Yukiko se ha dejado vencer por afecto hacia Chikage, y comienzan a murmurar.

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Yukiko es consciente de los rumores, y comienza a encontrarse mal. Mal por Chikage, que puede sentirse ofendida si cree que su victoria no ha sido tal; culpable porque quizá lo que cuchichean sus compañeras tiene un poso de razón. Y la situación empeora cuando Ayako Sunayama, de segundo curso, celosa de la relación que mantienen Chikage y Yukiko y siempre ávida de entrometerse, es la que parece haber originado las habladurías. Ayako perdió su partido frente a Yukiko, y ahora no se separa ni a sol ni a sombra de Chikage. Nuestra protagonista está muy afligida, y la vergüenza la hace huir.

Un triángulo amoroso, el entusiasmo de la competición y un malentendido que se convierte en el cotilleo de la escuela. ¿Qué hará Yukiko? ¿Se conformará con asumir el tradicional papel de víctima pasiva, revolcándose en su dolor? El autor no defrauda (aunque no sorprende), y tampoco se conforma con trazar los retratos de unas damiselas epítomes de la feminidad de esos años, que exigía docilidad y recato. Las chicas de Takahashi son un pelín más modernas de lo que podríamos imaginar

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Takahashi se centra en los sentimientos de Yukiko. Sakura Namiki es un paseo emocional desde una única perspectiva, pero lo bastante rica y delicada como para no aburrir. Cierto que podría haber ahondado más en Chikage y, sobre todo, en Ayako, que salvo como tercer elemento en discordia, no aporta nada más. Bueno, su diseño me gusta, pero Ayako es un florero. Bonito, pero un florero. No obstante, hay que reconocer que se trata de un tebeo de historia extremadamente sencilla y que no entra en demasiados detalles, salvo los que interesan para recrear una atmósfera poética y robustecer a Yukiko. Un slice of life sentimental que concede momentos a la emoción del deporte y la ambición por el triunfo. Estoy segura de que Taiyô Matsumoto leyó este Sakura Namiki, su formidable Ping Pong tiene alguna cosilla de él. Porque eso sí, la competición entre Chikage y Yukiko es fetén y que eso lo diga yo, que me pongo a roncar en cuestión de segundos con el spokon, es para tenerlo en cuenta.

¿Estamos frente a un tebeo yuri? No considero que Sakura Namiki sea estrictamente yuri, más bien sería un proto-yuri, un tierno shôjo-ai donde todo está convenientemente rebozado en la dulce nebulosa de la amistad apasionada, que sugiere más que evidencia. No hay ningún tipo de alusión sexual, se mueve en una gama de sentimientos inocentes y castos, por lo que podríamos incluir este tebeo sin problemas dentro del género S. El entorno sublimado, con la música como principio evocador, conduce muy bien la exaltación romántica de Yukiko, desde el pasado hasta el presente. Así Takahashi nos hace comprender su valiente decisión. Por amor, por justicia, por amistad.

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Sakura Namiki está estructurado en tres partes, cuyos corazones son dos partidos de ping pong. Estos dos partidos son el principio y fin de la historia, de los que surgen el problema y la solución. Y es que Chikage y Yukiko expresan su mutuo amor mediante el deporte, algo bastante original. Takahashi emprende su manga a través de una contextualización clásica: Osaka, un colegio femenino situado en una colina repleta de cerezos, donde discurre un paseo por el que decenas de adolescentes caminan a diario. Bajo las ramas de los cerezos en flor, las muchachas hablan de sus esperanzas, se prometen amistad eterna y sufren de alegrías y penas… No es casual que el autor presente Sakura Namiki como a lyric manga tale. La segunda parte es un viaje al pasado, donde Yukiko, ya en casa con su madre, rememora su vida antes de conocer a Chikage, cómo el destino las une y luego disfrutan de una relación plena y feliz. La tercera parte está marcada por la determinación de Yukiko y sus consecuencias. Y hasta ahí puedo contar.

El paisaje no es meramente escolar, fuera de él se encuentran las vidas de estas zagalas, donde, curiosamente, no hay ningún hombre. En realidad hay uno, pero está muerto. Sabemos más de Yukiko, y bastante menos de Chikage, pero Takahashi fabrica un armazón sólido para la psique de nuestra protagonista, que nos permite comprender y empatizar con sus inseguridades y admiración por Chikage. Por supuesto, los ingredientes que componen el mundo de los shôjo shôsetsu está ahí (y que luego heredaría el manganime): el cuidado de la belleza personal, ir de compras, la música, el ballet, gatitos (¡sí, GATITOS!), etc., pero no por ello menos sugestivos. La elección musical no puede ser más adecuada para la atmósfera de Sakura Namiki: la séptima pieza de las Escenas de la infancia o Kinderszenen, Träumerei (1838), de Robert Schumann. Y la secuencia de La muerte del cisne (1907) en el capítulo tres también es preciosa.

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Lo que más me ha gustado de este tebeo ha sido, sin ninguna duda, el arte de Macoto Takahashi. No hace falta ser especialista para percatarse de la presencia de Tezuka, pero hay mucho más. La geometría de esas líneas puras y claras, la simplicidad y los recursos que utilizó para otorgarle dinamismo, me han enamorado. Conste en acta que soy fan de los dibujos limpios y sencillos del tipo Yûki Kodama y que lo vintage siempre me parece estéticamente muy atractivo, pero aun así continúo pensando que es un gran dibujo. De hecho me gusta infinitamente más que el que desarrolló luego, ese que le dio realmente fama como el arquitecto de la estética clásica shôjo, de rubias bellezas de cabellos ondulantes, ojos enormes de vibrante lágrima y flores, muchas flores, lacitos, puntillas y mariposas flotando en el viento. No puedo negar su trascendencia histórica, pero personalmente me quedo con sus comienzos. No tan estilizados, no tan barrocos, hasta un poco toscos en comparación; pero que a mí me encantan. Contienen la misma inocencia y resplandor, pero con una economía en las formas mucho más elegante. O así lo percibo yo. Aunque en algunas viñetas los fondos son apenas esquemáticos o inexistentes, en otros la riqueza de los detalles es maravillosa, y Takahashi se sirve de bellas alegorías (las primeras viñetas del capítulo tercero son deliciosas) para transmitir la melancolía que embarga a Yukiko.

Colgaría imágenes de Sakura Namiki por toda la entrada cada tres palabras, pero no puede ser. No estaría bien robaros vuestro posible goce y spoilear encima la historia. Aunque esta última tampoco es que resulte una sorpresa. Bueno, qué demonios, allá van dos seguidas.

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Pero.. pero… esto es un tebeo para chicas, ¿no? Diréis mis queridos lectores masculinos. Pues sí, es un manga para mozuelas. Y mozuelas de las de hace 60 años, casi nada. Pero tras la revolución que supuso Sailor Moon, ese shôjo que devoró las mentes tanto de chicos como de chicas sin excepción, ¿qué problema puede haber con Sakura Namiki? En SOnC los prejuicios bien lejos, no creo que vayáis a tener un brote psicótico por leerlo ni se os reduzca el tamaño del pene. Es historia del manga, una parte importante de hecho. Y esta nueva sección es lo que va tratar de hacer: rescatar esos clásicos del shôjo antiguo de los que nadie se acuerda ya.

Sakura Namiki no es perfecto y bajo los ojos del s. XXI carece de muchas cosas que en la actualidad damos por hechas. Pero continúa siendo un buen trabajo, entretenido y a ratos conmovedor. La gestión de las emociones por parte de Takahashi resulta soberbia. Es cursi, sí. Mucho. Aunque de una manera contenida que ya no se lee ahora. Y es un tebeo muy adecuado para calibrar esta demografía desde sus inicios, comparándola con lo que consumimos en el presente. Y ciertas características no han variado demasiado. ¿Es eso positivo? Habrá que seguir leyendo más obras de la época para poder averiguarlo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.