Peticiones Estivales: el cine de Hitoshi Matsumoto

Y cerramos las Peticiones Estivales de este verano 2017 con la solicitud desde twitter de MR. Pines, que sugirió una entrada dedicada al actor cómico, músico, escritor y director de cine Hitoshi Matsumoto (1963, Amagasaki). Como se trata de un hombre bastante versátil, a pesar de que su faceta más conocida sea la de comediante, no sabía muy bien cómo enfocar la entrada; máxime teniendo en cuenta la brecha cultural que impide un acercamiento profundo al conjunto de todo su trabajo, al que además desde Occidente no es tan fácil de acceder. Por lo que opté por lo más sencillo, que es hacer un mini-especial dedicado a tres largometrajes que ha dirigido y protagonizado. Este trío lo he podido ir viendo a lo largo de los años porque, aunque no me considero una fan de su figura, ya que no he tenido demasiadas oportunidades de conocerlo como me habría gustado, lo que sí he catado me ha parecido siempre interesante. Y eso que lo mío no es precisamente la comedia, es un género que suelo encontrar, casi siempre, aburrido y cansino. Matsumoto es uno de lo cómicos más célebres del Japón actual, con una carrera amplia y variada que daría para escribir una gruesa biografía.

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Hitoshi Matsumoto (2016) por Kaokako

No voy a entretenerme mucho con sus datos biográficos porque son de dominio público, y la wikipedia hace un trabajo excelente en ese aspecto, pero no está de más destacar algunas cosillas que pienso son sustanciosas. Matsumoto nació en una pequeña ciudad cerca de Osaka, Amagasaki (de hecho él se considera osaqueño), región que es cuna de una rica tradición cómica. Su acento, el típico de la zona de Kansai, se relaciona con el humor, algo así como lo que sucede en España con las variantes del andaluz. Y como los andaluces, los osaqueños tienen fama de simpáticos y abiertos. De ese territorio es propia una clase de comedia stand-up tradicional llamada manzai, en la que se especializó Matsumoto con su compañero Masatoshi Hamada. El dúo owarai que formaron en 1982 y con el que alcanzaron la fama se llama Downtown; y es considerado uno de los más influyentes dentro del panorama de la comedia en Japón. Hamada interpreta al tsukkomi bajo el nombre de Hama-chan (el sádico de mal genio); y Matsumoto al boke bajo el nombre de Mat-chan (el masoquista de humor seco).

En Occidente no podemos hacernos una idea real de lo jodidamente celebérrimos que son estos dos truhanes; por lo que el impacto a la hora de ver las películas de Matsumoto no va a ser igual que para un japonés. Sin embargo, esto tampoco puede impedirnos disfrutar de lo más directo: su evidente gran talento. Hitoshi Matsumoto tiene una lista de trabajos larga y variada en televisión, radio, con libros y cortometrajes. Pero su estreno de largo en el cine no fue hasta el año 2007, con Big Man Japan, que es la obra con la que vamos a comenzar a repasar sus películas. Allá vamos.


BIG MAN JAPAN

(2007)

La familia de Masaru Daisatô salvaguarda el honorable trabajo de Hombre Grande. Su labor desde hace generaciones consiste en proteger Japón de los numerosos monstruos gigantes que lo acechan. Antes, este oficio tradicional era continuado por bastantes héroes; sin embargo, en la actualidad solo queda Masaru. Y su labor despierta muy, muy poco respeto y admiración. ¿Será el fin de esta noble profesión?

Big Man Japan es un mockumentary que parodia y a la vez critica. Tiene una doble función. No llega a la altura de mis amados Zelig (1983) o This is Spinal Tap (1984), que son clásicos imprescindibles del género, pero resulta bastante decente. Matsumoto retrata con perspicacia la figura del típico hombre japonés de mediana edad: separado y con una hija a la que casi no ve; de temperamento apocado, perezoso y cobardica, aunque de buen corazón. Carece de ambiciones y se refugia en la cotidianidad de una vida gris solitaria con su gato. Hasta que le reclaman para combatir contra algún engendro, claro. Quién iba a decir que una persona tan anodina fuera el principal adalid de la nación. Naturalmente, Masaru no está hecho para el oficio; vive a la eterna sombra del Gran Hombre IV (él es el VI), su abuelo, que se encuentra ingresado en una residencia de ancianos con posible demencia senil. Masaru es un desastre tanto en el trabajo, cuya resolución positiva resulta más bien fruto del azar; como en popularidad, ya que a causa de su torpeza y mediocridad el programa de televisión tiene audiencias paupérrimas. Es el hazmerreír de Japón. Pero él lo sobrelleva con una mezcla de estoicismo e indiferencia.

El film arranca de forma lenta, y mantiene un ritmo tranquilo y de tono melancólico hasta casi la última media hora, en la que explota la locura. Hay destellos de humor absurdo de vez en cuando, pero no es una película de gags; es la triste vida de este buen hombre, que por circunstancias de tradición familiar debe ejercer una labor para la que no está hecho en absoluto. Mediante la sátira del género tokusatsu, Matsumoto se las arregla muy requetebién para tirar de las orejas a la sociedad japonesa en general, a la que plasma adocenada, perdiendo paulatinamente su identidad. Nada nuevo bajo el sol: la habitual dicotomía tradición y modernidad del país, que llevan arrastrando desde la era Meiji. Y la sumisión histórica al norteamericano, por supuesto. Son los combates con esos kaijû alucinógenos los que hacen que la película se mantenga a flote hasta su desenlace, que es lo mejor, sin duda, de todo el largometraje. Postdata: no perderse los créditos.


SYMBOL

(2009)

Un hombre vestido con un ridículo pijama de lunares despierta solo en una habitación vacía, con cientos de gónadas infantiles cantarinas en sus paredes. ¿Es parte de algún experimento? Mientras, en una pequeña ciudad de México, el avezado guerrero de lucha libre Escargot Man deberá enfrentarse a un combatiente mucho más joven y vigoroso. ¿Superará su inseguridad para vencerlo?

Symbol la iba a incluir en el listado que confeccioné sobre cine bizarro japonés (entrada aquí), pero al final decidí no alargarme demasiado, ya que me parecía abusar de vuestra santa paciencia. Pero, tarde o temprano, tenía que aparecer por SOnC. Y aquí está. Es la película más extraña de las tres que se reseñan hoy. Con diferencia. También mi favorita, debo añadir. No tengo muy claro como enfrentar esta mini-reseña, pues es muy fácil spoilear el asunto. Sumamente fácil. Aparte de que no es una obra al uso. ¿Cómo explicar a alguien que jamás haya visto 2001: Una Odisea del espacio (1968) de qué va la película? No es que se encuentre a la altura este Symbol del clásico de Kubrick, pero tiene mucho del cineasta neoyorquino. Y para bien.

¿Qué se puede contar sobre Symbol? Pues se puede decir que son un par de historias, muy diferentes entre sí, pero que muestran a dos hombres atrapados en dos realidades sin sentido. La narración que tiene lugar en México es sorprendentemente respetuosa y cuidada; muy realista y cruda. Me gusta mucho. La trama que se desarrolla en la misteriosa habitación es una oda a la masturbación y una parodia del falocentrismo más absurdo. Con divertidas concesiones a la escatología de los pedos y el delirio mental. Ambas tramas convergen y, os aseguro, que es de manera bastante inesperada. El guiño-parodia a Kiss (oops, se me ha escapado) también es muy divertido. Sin embargo, lo más interesante de Symbol es que, una vez finalizada, su interpretación no será la misma para nadie. Fascinante.


SAYA ZAMURAI

(2010)

Kanjuro Nomi es una vergüenza para todos los samuráis. Es un cobarde y ha perdido el gusto por la vida tras la muerte de su esposa. Cuando es capturado por desertar, es llevado delante de su daimyô que le ordena cumplir con una obligación algo peculiar: tiene treinta días para conseguir que su hijo ría. Si no lo logra, su destino será cometer seppuku.

Y Hitoshi Matsumoto aterrizó por un rato desde las alturas de sus alucinaciones surrealistas para realizar una obra mucho más convencional: un jidaigeki. Y tan convencional es que, desde mi punto de vista, flojea un poquillo. Y si se la compara con sus predecesoras, directamente no hay color. También es verdad que es mucho más accesible y que las posibilidades de que guste a una mayoría del público se disparan a un millón. Pero a mí no me ha terminado de convencer. Quizá se deba a que su estructura cíclica acabó aburriéndome;  o que la comedia es mucho más ligera y complaciente. Y que se huele a leguas el final. No hay nada que me fastidie más que un desenlace previsible, sobre todo si el desarrollo de la obra ha sido también pronosticable. No pude disfrutar bien de su humor; y eso que los gags en sí eran de verdad hilarantes, al principio muy sencillos, luego más elaborados (como siguiendo una evolución), pero en un contexto tan incoherente que los hacía brillar con una luz especial. Sin embargo, el azuquítar espolvoreado me sentó como un tiro. La noción de ternura que los japoneses y yo tenemos no coinciden demasiado. A lo mejor es que, simplemente, echaba de menos la presencia de Matsumoto en el guion y la pantalla.

No obstante, tengo que admitir que la realización técnica, la fotografía y su dirección artística son notables, muy elegantes y sin estridencias. Con buen gusto por los pequeños detalles. Las claras influencias del mundo del manga y el chanbara setentero también son de agradecer. Y Sea Kumada, que interpreta a la hija del samurái, Tea, es la auténtica sorpresa del film. Solo por ella merece ya la pena verlo, complementa a la perfección el boke de Takaaki Nomi. En realidad los secundarios de este film adquieren cierto relieve, que por otro lado es necesario, ya que la pasividad del personaje de Nomi puede llegar a ser exasperante. Quizá por eso se pueda llegar a experimentar un leve goce sádico viéndolo sumido en ciertas circunstancias.

 


No se trata de las críticas más elaboradas del mundo, pero sirven perfectamente para que los que no sepáis de las películas de Hitoshi Matsumoto, podáis haceros una idea. Faltaría una para completar su, hasta el momento, filmografía, R100 (2013); pero como todavía no he tenido la ocasión de verla, no se encuentra en esta entrada. Imagino que cuando me haga con ella tendrá su correspondiente reseña. No sé cuándo será eso, tampoco tengo prisa.

Matsumoto se considera a sí mismo un hombre poseído por el espíritu de la interpretación (hyôi-geinin), que me parece una forma muy japonesa de declarar que es todo un actorazo. Sin más. Ya solo por eso, estas tres obras merecen un visionado; además de que es la única manera, por ahora, de conocer su figura mejor en Occidente. Tres films bastante distintos entre sí, pero que amparan al mismo genio creativo: un hombre polifacético y con un sentido del humor bastante personal. Matsumoto deslumbra interpretando al ser humano corriente inmerso en situaciones estrambóticas y que desafían a la razón. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Peticiones Estivales: cine silente japonés

Tenía pensado escribir una entrada dedicada al cine mudo japonés más adelante, para las vacaciones de navideñas o así; pero un gato anónimo solicitó un artículo dedicado a él en CuriousCat, por lo que ha sido adelantada unos meses. Y no me ha venido mal, porque ha sido un enorme placer volver a repasar todas esas películas que enmarcan el nacimiento y la niñez del cine en Japón. Creo que no se conoce mucho, pero ese es un inconveniente que se puede aplicar a todo el cine silente en general, no solo al nipón. Es una lástima, porque me encantaría que hubiera más personas que compartieran mi pasión por él, sin embargo admito que tampoco va dirigido al público actual. Fue concebido y creado para las gentes de hace más o menos un siglo; y los gustos y sensibilidades cambian. Aparte de que los medios técnicos no eran los mismos, y no todo el mundo posee la paciencia para disfrutar de sus mágicas delicadezas e imperfecciones.

Así que he seleccionado seis films que me gustan especialmente para dar lustre al post y, como siempre apostillo, no serán las más valoradas por la crítica (o sí, a saber), pero las considero desde mi humilde criterio dignas de interés. Y digo dar lustre porque la entrada va a ser más bien un ensayo sobre los primeros pasos del cine japonés; una introducción para conocer mejor el contexto de su aparición y cómo evolucionó hasta la revolución del cine sonoro. Si la temática te pica la curiosidad, creo que disfrutarás. Si no, puedes darle a esa X del vértice derecho y seguir vagabundeando por otros lares cibernéticos, que estos unos y ceros no te impidan tener una grata experiencia navegando.

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“Doce meses de Nô: Matsukaze” (1956) de Matsuno Sofu

Da la sensación de que el cine japonés, para muchos occidentales, comenzase a tener relevancia a partir de los años 50. Todo lo que hay detrás de esa década suele ignorarse, casi como si no existiera. Algo de lógica hay en ese despiste, pues por estos lares no fue hasta entonces que se prestó atención a la obra de colosos como Akira Kurosawa o Kenji Mizoguchi. Aunque ambos llevaran un tiempecito ya trabajando en el mundo del celuloide. Aun así, no hay excusa para continuar en las tinieblas de la ignorancia (muahahaha) respecto al cine nipón. Antes de 1950, la cinematografía japonesa gozaba de excelente salud; y en su época silente también había bastantes obras que merecen la pena descubrirse. Sin embargo, es necesario advertir que de un catálogo calculado en unas 7000 películas, ( cifra correspondiente solo para la década de los años 20, en realidad son miles más) han sobrevivido 70 desde el nacimiento del cine hasta los años 30. 70 películas. ¿A qué es debido este desastre? ¿Cómo pudieron perderse tantas obras, entre ellas los primeros pasos de Yasujirô Ozu o Daisuke Itô? Los responsables fueron el Gran Terremoto de Kantô (1923) y la II Guerra Mundial (1939-1945).

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Yûrakuchô (Chiyoda), Tokio, tras el Gran Terremoto de Kantô.

Si hay que agradecer a alguien que hayan llegado hasta nosotros estos pocos films, es al amor y trabajo de Shunsui Matsuda (1925-1987), que además fue el último benshi de la época muda del cine japonés. ¿Y qué es un benshi? Eso lo explicaremos un poquito más adelante. Mientras, regresemos al nacimiento del séptimo arte. Su origen no fue oriental, ni muchísimo de Japón; fue un invento netamente occidental, y de Occidente procedían las mayores innovaciones en el campo. Sin embargo, no tardó mucho en llegar a las costas japonesas: el cinematógrafo de los hermanos Lumière y el kinetoscopio de Dickson y Edison fueron exhibidos en 1896. Y el representante de los Lumière en Asia Oriental, Constant Girel, grabó unos primeros fotogramas en Japón al año siguiente. Las primeras filmaciones japonesas como tales fueron otro año después, en 1898. Las películas iniciales del cine nipón eran, sobre todo, grabaciones de obras de kabuki. Muy acertadamente, habían relacionado este nuevo invento con las artes escénicas, y en las islas la tradición en esas disciplinas era, y sigue siendo, muy rica. De ahí que su cinematografía, ya desde su arranque, poseyera unas características diferenciadas del resto de países.

Al principio, el cine era un entretenimiento que no se tomaba demasiado en serio, era más una curiosidad en las ferias ambulantes; pero con el cambio de siglo, muy pronto se observó el enorme potencial que albergaba como fuente de entretenimiento. Primero para las clases populares, más adelante para la burguesía también. Un nuevo tipo de negocio que prometía bastante dinero. Así que ya en 1903 se abrió el primer katsudô shashinkan o cine en Asakusa, Tokio; y el primer estudio cinematográfico en 1908, también en Tokio (Meguro). Al principio se representaban más películas extranjeras, hasta que a partir de los años 20 la producción nacional superó de largo a la foránea.

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Matsunosuke Onoe (1875-1926), la primera superestrella del cine japonés. Apareció en más de 1000 jidaigeki.

Si hay una figura que distingue al cine nipón del resto del planeta, es la del benshi katsuben. Porque el cine silente japonés nunca fue mudo en realidad, un narrador, de viva voz, contaba lo que iba sucediendo en la pantalla. Y no solo eso, también ponía palabras a los actores, explicaba las situaciones y pormenores del argumento y otorgaba al film una nueva interpretación. Este relator también surgió en otros países como Italia o Francia, pero desapareció al poco tiempo. ¿Por qué medró en Japón? Por varios motivos. El más obvio es la necesidad del público de saber qué estaba ocurriendo en la película. Las obras venidas de Occidente mostraban muchas cosas que para el japonés medio eran totalmente desconocidas; requerían explicaciones para comprender lo que sucedía en el argumento. Las culturas eran muy diferentes. Las primeras películas además carecían de intertítulos, que no aparecieron hasta los años 20, así que el benshi realizaba una labor imprescindible.

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“Katsudô Shashinkai” (1909), la primera revista cinematográfica de Japón.

A estas razones hay que añadir el amor del japonés por la recitación, la belleza de las palabras habladas (bibun). La tradición oral de las islas es abundante: el rakugo, el gidayû, el rôkyoku, el kôdan… y los benshi lo amalgamaron todo para perfeccionar un nuevo arte interpretativo (setsumei) que dinamizaba la experiencia de ver una película. Una especie de mezcla de teatro y cine, dando pie también a la improvisación, que hacía las delicias de los espectadores. El triunfo de los benshi katsuben fue fulgurante, eran verdaderas estrellas. Se llegaron a realizar films para ciertos narradores ex professo, haciéndose acompañar también de orquestas completas.

La gran popularidad de los katsuben contribuyó a que el cine sonoro tardara en imponerse, así como también ralentizó el desarrollo de nuevas técnicas narrativas cinemáticas. Pero la evolución en la disciplina era imparable, marcada por el ritmo marcado desde Estados Unidos. No se podían poner vallas al campo. El tiempo de los benshi tenía los días contados, además de que eran profesionales caros, se les pagaba incluso más que a los actores de cine. El Movimiento del Cine Puro o Jun’eigageki undô (1915-1925) también contribuyó con su clavo para cerrar el ataúd de los benshi. En general, deseaban que el cine japonés se liberara del lastre del kabukiy la tradición teatral japonesa; abogaban por su modernización y dejar atrás las temáticas más habituales del folclore, centrándose en la realidad contemporánea del país. Consideraban que eran anacronías, características obsoletas de las que había que librarse, como el uso, por ejemplo, de onnagata. Los personajes femeninos debían interpretarse por mujeres, no por hombres. Para regenerarse era indispensable mirar a Occidente, de donde provenían todas las novedades. De esta forma serían capaces de crear obras con la capacidad de atraer a un público internacional. Y así en 1937 los benshi desaparecieron, aunque resulta apasionante saber que en la actualidad hay un resurgimiento de nuevos katsuben, que se dedican a narrar antiguas películas de cine mudo.

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Tokuko Takagi (1891-1919), la primera actriz japonesa de cine.

Las películas realizadas durante las décadas de 1890, 1900 y 1910 eran bastante conservadoras y seguían la estela del kabuki y el . Los espectadores, de considerar el nuevo invento una rareza, empezaban a valorar el cine como un entretenimiento al que le exigían también calidad y cierto progreso. Era necesaria una renovación. En 1920 ya era muy clara la distinción entre dos géneros: el jidaigeki y el gendaigeki; y el debate primordial era la necesidad de explorar las posibilidades que ofrecía la cinemática de las imágenes. Japón, poco a poco, iba metiendo la cabeza en el panorama global. A finales de la Era Taishô (1912-1926), el gobierno comenzó a debatir el potencial político del cine y se prohibieron cada vez más obras; y con la llegada de la Era Shôwa (1926-1989), se convirtió en una robusta herramienta para la propaganda del nuevo régimen totalitario y nacionalista. El punto de inflexión, sin embargo, que marca este post de hoy, es la llegada del sonido. La primera película sonora de la historia fue la norteamericana El cantante de jazz (1927); en Japón ocurrió cinco años después, en 1931. Pero ese no fue el fin del cine mudo japonés, la agonía fue más larga; y a pesar de ser sus postrimerías, aún esos últimos coletazos produjeron obras muy interesantes e innovadoras. Varias de las escogidas a continuación son ejemplo de ello.

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“Cortesana de rodillas con teatro de sombras detrás” de Kitagawa Utamaro, circa 1806

Como siempre señalo en listados de esta clase, la selección es completamente personal y basada en mi experiencia, que dista mucho de ser completa y ni mucho menos la de un profesional. El orden en el que aparecen corresponde a mi criterio de calidad, que es discutible, pero resulta que este es mi blog. C’est la vie. Podría haber elegido otras distintas, he valorado también clásicos como Kurama Tengu (1928), Tokyo Chorus (1931), Otsurae Jirôkichi koshi (1931) y unas cuantas más; pero, al final, estas son las que son. Que las disfrutéis. O las sufráis, que de todo hay.


6 ✪  IZU NO ODORIKO (1933)

Heinosuke Gosho

Mizuhara, un joven estudiante de Tokio, se enamora de la bailarina Kaoru, que trabaja en una troupe de artistas ambulantes. ¿Llegará a buen puerto este amor? ¿Podrán superarse los prejuicios y diferencias sociales?

Me ha parecido conveniente empezar este pequeño listado con la primera adaptación que se hizo al cine del relato corto La bailarina de Izu (1926) del Nobel Yasunari Kawabata. ¿Por qué? Porque su director, Heinosuke Gosho, fue el que inauguró el sonido en Japón con su película Madamu to Nyôbô (1931). Izu no Odoriko es una obra bastante conocida en el país, y que ha sido vertida al celuloide y la televisión en varias ocasiones. En mi humilde opinión, la de Gosho es la mejor versión del cuento (al menos de las que yo he visto); también de mis favoritas junto a su encarnación animada, de la que escribí un poco aquí. Si en 1931 el sonido llegó finalmente al cine japonés, ¿a qué se debe que esta Izu no Odoriko fuera muda? Por un motivo muy simple: el dinero. Gosho tenía la intención de hacerla sonora, pero los estudios Sochiku no creían que un film basado en la obra debut de un literato vinculado a las vanguardias fuera a reportarles demasiados beneficios. Así que, para ahorrar, se optó por realizarla muda.

Yasunari Kawabata no escribía para las masas (taishû bungaku), sino que se decantaba por una literatura que mirase hacia el futuro, con ansias de modernizarse y sin depender de los gustos populares y querencias gubernamentales del momento. Ars gratia artis. Y Gosho, seguidor de la corriente que buscaba reformar la cinematografía de su país, no dudó en aportar su granito de arena con sus films, entre los que se encuentra este desafiante bungei eiga (película literaria) al que los productores valoraron con recelo. Nuestro director era ambicioso, y deseaba plasmar esas historias complejas de gran profundidad psicológica que solo la literatura podía brindarle. ¿Lo consiguió? Desde luego que sí.  La bailarina de Izu avanza más allá del propio relato de Kawabata, e introduce un contexto social muy realista mediante una trama paralela a la principal. Los personajes son sólidos y de un bonito gris; no gris por mediocre, sino por su ausencia de polarización. Resultan creíbles y auténticos; incluso, como en la vida misma, contradictorios y sorprendentes.


5 ✪ OROCHI (1925)

Buntarô Futagawa

 Heizaburo Komitomi es un samurai honorable y de gran habilidad. A pesar de sus orígenes humildes, su lealtad y devoción inquebrantables al código bushido hacen de él un guerrero admirable. Pero son precisamente sus altos valores éticos y fuerte carácter los que le provocarán grandes problemas en la vida.

Orochi o La Serpiente es una película bastante singular para la época, hasta podríamos considerarla una provocación en toda regla. No en vano, sufrió una fuerte censura que recortó parte de su metraje. Sin embargo, el mensaje principal que quiere transmitir, que es la impunidad de una clase dirigente y las graves injusticias que sufren por su culpa los más desfavorecidos, se transmite de manera impecable. Era la decadencia de la Era Taishô (1912-1926), en la que los poderes de la antigua oligarquía pasaron  a los partidos democráticos, y los ciudadanos mayores de 25 años pudieron por fin votar. Sin embargo, el advenimiento de la Era Shôwa (1926-1989), en cuyo primer tramo los militares fueron acaparando el poder alcanzando un rotundo totalitarismo, no vieron con buenos ojos esta película. No obstante, logró un éxito tremendo.

El film narra la vida de un anti-héroe, algo completamente inédito en la filmografía japonesa hasta entonces, y presume de una visión de la realidad pesimista y cruda. Muy cercana al espectador, aunque fuese un jidaigeki. En el mundo no hay lugar para los hombres honestos y Tsumaburô Bandô, probablemente la primera estrella del cine de acción de la historia, encarnó al guerrero caído en desgracia. Un descenso a los infiernos. Aunque la película todavía bebe en algunos aspectos de las fuentes del teatro, Bandô consiguió brindarle un realismo emocionante a sus combates, con un estilo de lucha natural y enérgico. Gracias a él la figura del samurái en el cine se modernizó, adaptando el dinamismo del shinkoku-geki, para dejar definitivamente atrás las poses estáticas y el histrionismo del kabuki. Él puso los cimientos del kengeki-eigachanbaraToshirô Mifune o Tatsuya Nakadai le deben muchísimo. Nota importante: las secuencias de peleas resultan espectaculares, sobre todo para los que disfruten con hábiles manejos de catana.


4 ✪ ROJÔ NO REIKION (1921)

Minoru Murata

Tres historias distintas entrelazadas: un violinista y su familia, dos convictos recién liberados y una niña rica. Todos confluyen en una pequeña población durante la Navidad. 

Minoru Murata fue uno de los cineastas que más luchó por renovar el cine japonés en sus inicios y dotarlo de la modernidad que procedía de Occidente. Por eso no dudó en escoger como base de su primer largo de importancia una de las obras más conocidas del ruso Máximo Gorki, Los bajos fondos (1902). Fue llevada también al cine por Akira Kurosawa, por cierto, en Donzoko (1957). No hay color entre una y otra, pero no debemos arrebatarle el mérito a Rôjo no Reikion de que fuese el pistoletazo de salida del jun’eigageki undô. Murata occidentalizó un pequeño pueblo del Japón rural para narrar su historia, creando un perfecto híbrido entre los dos extremos de Eurasia. Se trata de un film más complejo de lo que se podría esperar, con elipsis, firme contenido simbólico y flash-backs que pueden resultar desconcertantes porque trabaja en realidad tres historias distintas. En verdad fue un esfuerzo honesto por dejar atrás la influencia del teatro tradicional y utilizar los recursos más modernos de los que podía el director disponer; tanto a nivel técnico, narrativo o artístico. Muy loable.

Como historia, es un melodrama bien interpretado en el que el propio Murata se reservó un papel, ya que antes de director de cine había sido actor. Puede recordar en el tono al Cuento de Navidad (1843) de Charles Dickens o al ¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra; sin embargo también es una película rotundamente japonesa, y eso se nota para bien. Murata logró con Rôjo no Reikion poner en el mapa el cine de su país, realizando la primera película que podría resultar inteligible para un espectador de otra parte del globo. Sin necesidad de benshi y apenas intertítulos explicativos, porque su lenguaje visual era, y es, universal. No en vano, fue de los primeros directores de cine japoneses que lograron distribución internacional de sus películas.


3 ✪ ORIZURU OSEN (1935)

Kenji Mizoguchi

Sokichi Hata quiere estudiar en la escuela de medicina en Tokio, pero es pobre y se encuentra sometido por una banda de traficantes de arte. Pero la valiente Osen, que se ha enamorado de Sokichi, hará todo lo que esté en su mano para que consiga alcanzar su sueño.

Con Kenji Mizoguchi y su etapa silente he dudado entre Taki no Shiraito (1933) y la presente Orizuru Osen u Osen de las Cigüeñas para el top; sin embargo al final me he decantado por Osen, quizá porque no es tan conocida y también merece un poquito de atención. Fue su última película muda. Gran parte de la obra de los años 20 de Mizoguchi desapareció, lo que sabemos es que se dedicó con ahínco a experimentar con las influencias occidentales, incluso juguetear con las técnicas del expresionismo alemán. No obstante, a los pocos años volvió su atención a las temáticas japonesas, y aunque tonteó algo también con el keikô-eiga, tomó obras shinpa del escritor Kyôka Izumi  para realizar tres films: Nihonbashi (1929), Taki no Shiraito (1933) y Orizuru Osen (1935). Muchas de las obras de Izumi, debo señalar, han sido volcadas al cine a menudo por su fuerte tirón melodramático y calidad.

Aunque se considera que la etapa de asentamiento artístico de Mizoguchi empezó con Elegía de Naniwa (1936) y Las hermana de Gion (1936), ambas ya sonoras, merece la pena echarle un vistazo a su filmografía muda; sobre todo a Osen, donde el director ya había plantado las semillas de lo que luego sería su marca de agua: la opresión de la mujer en la sociedad japonesa, sus ingrávidos planos secuencia, las delicadas atmósferas de luces y sombras, su poesía visual melancólica, etc. Y es que hay que tener en mente que tanto Mizoguchi como Yasujirô Ozu compartían una idea sobe el cine especial: se inspiraban en la capacidad evocadora de imágenes del haiku. Esta concepción tan japonesa impregnó las obras de ambos, y se difundió a otros directores, otorgando al cine nipón un rasgo muy distintivo respecto al cine de otros lugares. En Orizuru Osen encontramos los primeros trazos de su estilo bien delineados, con la habitual grácil belleza de su buen hacer; y su temática sobre el sacrificio de la felicidad femenina para favorecer la de un hombre desagradecido, que fue luego una constante en toda su obra. Su protagonista fue interpretada por la genial Isuzu Yamada, que aparecería luego también, por ejemplo, como una escalofriante Lady Macbeth en Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa o en Tokyo Twilight (1957) de Yasujirô Ozu.


 2 ✪ KURUTTA IPPÊJI (1926)

Teinosuke Kinugasa

Un hombre decide trabajar de celador en el manicomio donde está ingresada su esposa. Quiere estar lo más cerca posible de ella y sueña con liberarla y huir de ese horrible lugar. Se siente culpable por su enfermedad.

A Page of Madness o Kurutta Ippêji tuvo su pequeña reseña en la entrada dedicada al cine bizarro japonés aquí. No voy a añadir mucho más, salvo que, en perspectiva, es un film que supuso un antes y un después en la cinematografía de Japón. En su momento fue ignorada; que se creyera una película perdida tampoco ayudó mucho a su reconocimiento. Sin embargo, casi un siglo después, su trascendencia como hito del cine de vanguardia es incuestionable. Es una obra al nivel de sus homólogas europeas, de las que bebe, indudablemente. Las influencias de F. W. Murnau, Abel Gance y Robert Wiene son muy evidentes. No obstante, camina a la par de ellas, tanto en calidad como innovación.

Del metraje original, que constaba de 103 minutos, han sobrevivido 78. ¿Es una pérdida muy grave? Solo podemos teorizar, pero Kurutta Ippêji es un film con muchas posibles lecturas, desde una alegoría política, un melodrama, una denuncia social… siempre con los ropajes del avant-garde y la literatura porque, cabe destacar, el guion fue escrito por Yasunari Kawabata (sí, otra vez, por aquí). Si se quiere aprender un mínimo sobre la etapa silente del cine nipón, su visionado es obligatorio; si se aspira a tener un conocimiento básico sobre el séptimo arte japonés, resulta imprescindible.


 1 ✪ UMARETE WA MITA KEREDO (1932)

Yasujirô Ozu

Los hermanos Yoshii, que acaban de llegar a los suburbios de Tokio, descubren que su padre no es tan importante como pensaban. Es un simple “salaryman”a las órdenes de un jefe. Todo esto supone un duro golpe para ellos en un momento además difícil en el colegio. Keiji y Ryoichi deberán enfrentarse a la vida con otros ojos, y explorar nuevos territorios que ni habían imaginado.

Yasujirô Ozu realizó ya en color, con sonido y bastantes años después, una especie de remake (Ohayô, 1959) de esta obra. Muy recomendable, como casi todo lo de Ozu, pero yo me sigo quedando con Umarete wa Mita Keredo. Creo además que se trata de una película con muchas posibilidades de que guste a los fans del manganime, porque contiene elementos que décadas más tarde observaríamos en el shônen, seinen y el slice of life más tradicional. Incluso se pueden percibir leves trazas del Kuro y Shiro del Tekkon Kinkreet (1993) de Taiyô Matsumoto. Pero no perdamos la perspectiva, sigue siendo un film del año 1932 y es una obra muy Ozu, por lo que encontraremos bastantes de los elementos que son característicos de su cine: comedia ligera, drama costumbrista y la familia. Podría haber seleccionado para cerrar este listado Ukikusa Monogatari (1934) del mismo director, cinta que además me encanta (y que Ozu volvería a recrear en 1959); sin embargo, pienso que esta puede atraer más en general a la otaquería.

A caballo todavía entre la era Taishô y la Shôwa, Umarete wa Mita Keredo es una elegante crítica social de la época. De hecho se puede considerar una de las primeras películas japonesas con ese tipo de contenido. Une el sentido del humor nansensu con la delicadeza sentimental del shôshimin eiga, sin olvidar que se trata de un rotundo retrato social del momento. Ozu, con su habitual sutileza, cuestiona la rígida verticalidad de la sociedad japonesa o tate shakai, antes incluso de que se acuñara ese término, y su difícil aclimatación a los nuevos tiempos. Japón a principios de la década de los 30 sentía la incertidumbre de un futuro marcado por la dicotomía entre tradición y renovación, enfrentándose a sus contradicciones. La modernidad japonesa en crisis, sin perder de vista tampoco la Gran Depresión. Y la clase trabajadora era la más vulnerable, el padre de la familia Yoshii, por ejemplo. Ozu no hace un alegato político, sino que a través de la visión de unos niños, muestra una realidad social compleja, mimando las relaciones entre los personajes y la transición entre sus mundos, el de la infancia y el de los adultos. El conjunto es de una entrañable armonía, a pesar de que lo que expresa no lo sea. Porque como muchas obras de Ozu, comienza luminosa y alegre, acabando recreándose en los matices de las sombras y la oscuridad. Muy japonés eso, por cierto.


Y esto ha sido todo por hoy, si la anterior entrada incluida en mis queridas Otakus Treintañeras era un poquillo larga, creo que esta la ha superado con creces. Y encima tratando un tema bastante más árido que interesará a cuatro gatos extraviados. ¡Miauuuu! Espero que no os hayáis aburrido mucho, sinceramente, y que la presente sirva para despertar vuestro apetito hacia el fascinante mundo del cine silente japonés. Y si ya gozáis de esta inclinación, animaros a repasar alguna de las obras seleccionadas. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones Estivales: Project Itô

¡Más Peticiones Estivales! ¡En verano os dejo mangonearme un poco! Hoy tenemos la estupenda sugerencia de Ange, cuyo blog El libro de Angelique, por cierto, no debéis perderos. ¿Quién fue Project Itô (1974-2009)? ¿Qué hizo? ¿Por qué es una persona al que muchos otacos respetamos tanto? Ange tiene muy buena memoria, porque hace ya bastantes meses tuve la idea de escribir una entrada dedicada a varias películas de animación basadas en obras literarias suyas. No recuerdo muy bien el motivo, pero al final quedó el asunto en agua de borrajas. Sin embargo, Ange ha acudido al rescate de mis legendarios (y vergonzosos) despistes y aquí está por fin el post dedicado a este escritor. ¡Gracias, Ange!

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Satoshi Itô o como es conocido mundialmente: Project Itô.

Si tengo que ser honesta, no he tenido muchas oportunidades de leer a Itô. En español no hay de momento nada traducido; y en inglés tampoco existe mucha variedad. Yo he logrado leer dos novelas suyas y, como comprenderéis, me parece insuficiente. Project Itô es considerado uno de los últimos genios que ha parido la ciencia-ficción nipona, muchos de sus compatriotas alabaron (y siguen haciéndolo) su estilo e ideas arriesgadas, muy influidas por el cyberpunk. ¿Será posible en el futuro poder acceder al catálogo de su obra? Lo veo bastante negro, pero al menos ECC va a publicar las adaptaciones a manga de sus obras Genocidal Organ (2007), Harmony (2008) y The empire of corpses (2012), que son las que además vamos a tratar aquí.

Keikaku Itô (Project Itô) (1974-2009) tuvo una trayectoria como escritor muy corta debido a su trágica muerte por cáncer cerebral a los 34 años. Cuatro novelas en total más varios relatos cortos y trabajos en blogs. No parece demasiado, ¿verdad? Sobre todo teniendo en cuenta que los autores dedicados a la sci-fi suelen ser bastante prolíficos. Si hubiera podido, Itô nos habría proveído de muchas obras más; las que nos legó marcaron el paisaje del género en su Japón natal, sobre todo la maravilla de Harmony, que le valió un Premio Seiun. The empire of corpses, galardonada también con otro Seiun, quedó inconclusa, siendo su amigo el matemático y también escritor Tô Enjô quien la finalizara. Este caballero merecería una entrada por sí mismo en SOnC, pero eso, si llega, sucederá bastante más adelante.

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Genocidal organ, Harmony y The empire of corpses

La desaparición de Itô dejó tocado un panorama que no dudó en querer homenajearlo mediante una trilogía de películas animadas. NoitaminA fue el adalid del proyecto, que encargó a diferentes estudios su realización. Su novela debut, Genocidal Organ, junto a Harmony y The empire of corpses fueron las, lógicamente, elegidas. El imperio de los cadáveres se estrenó el 2 de octubre de 2015 con Ryôtarô Makihara en la dirección y Wit StudioHarmony vio la luz el 13 de noviembre de ese mismo año con Takashi Nakamura y Michael Arias a los mandos en Studio 4ºC. El asunto se complicó con Genocidal Organ, que sufrió sucesivos retrasos por el triste descalabro de Manglobe, estrenándose finalmente el 3 de febrero de este 2017. Resulta ser, qué casualidad, la que con más ansiedad espero, pues la dirige nada más y nada menos que Shukô Murase. No la he visto todavía, por supuesto, así que no puedo comentar nada más allá de su trailer. Imagino que cuando salga a la venta su DVD y Blu-ray el 25 de octubre, algo más seré capaz de escribir. Me tiene muy intrigada.

Hasta aquí tenemos claro que se trata de un merecido vasallaje a una de las figuras más interesantes de la ciencia-ficción japonesa contemporánea, y que no se ha escatimado en medios y profesionales para lograr unas películas a la altura. ¿El resultado ha sido digno? No puedo opinar sobre Genocidal Organ, pero sí de las dos restantes. Y a pesar de que tenían circunstancias a su favor, desde mi punto de vista han resultado, en general, una decepción. Vayamos con estas unpopular opinions.

HARMONY

Takashi Nakamura & Michael Arias

HarmonyGenocidal Organ son las dos novelas que he leído de Project Itô. Por eso con esta película tengo las cosas bastante claras. Sé perfectamente que la adaptación perfecta no existe, que los dementes de la celulosa como yo casi nunca conseguimos estar satisfechos cuando se vierten ciertas obras a otro formato; que el lenguaje audiovisual, en este caso el animado, es distinto al literario, y bla-bla-bla. A veces hay excepciones que logran independizarse del original e incluso superarlo; también otras consiguen que olvides de dónde proceden y te gusten, aunque sean medianías. No es el caso de Harmony.

En un futuro no muy lejano, la humanidad ha logrado vencer las barreras de la enfermedad, la decadencia y la muerte. La tecnología de WatchMe, implantada mediante nanos en el organismo de las personas, permite una longevidad ilimitada así como una salud incólume. WatchMe también interconecta a los individuos de manera que la privacidad también tiene un espacio muy, muy reducido, porque no deja de ser un sistema de dominio absoluto sobre cada aspecto de la vida. Sin dolor, sin conflictos; una sociedad en paz donde el colectivo está por encima del sujeto (muy japonés eso, por cierto). WatchMe es una herramienta que a cambio de protección e inmortalidad,  asume un control total sobre la sociedad y el individuo. Las consecuencias de un uso malintencionado pueden ser catastróficas a nivel global, porque su poder llega hasta la propia voluntad y conciencia personal. Es muy obvio que Project Itô andaba con problemas serios de salud cuando escribió la novela, porque los temas recurrentes de la salud y la muerte aparecen continuamente tanto aquí como en The empire of corpses. Una manera creativa de desahogar sus preocupaciones y meditar sobre ellas.

La paradoja de este mundo aparentemente ideal, de luz hialina y compasión, es que su enemigo es el propio hombre. Y no tarda mucho en revelarse y rebelarse ante la supresión de la misma naturaleza humana que es en realidad WatchMe. Los dilemas éticos y filosóficos que se proponen poseen connotaciones de ramificaciones casi infinitas; y no deja de ser en su origen el eterno combate por la libertad. Para ello, el argumento arranca precisamente en los límites de esa libertad, en el territorio de unos pocos humanos que todavía no han querido doblegarse ante el poderoso chantaje de WatchMe. La historia en sí es bien conocida y no alberga grandes sobresaltos: un pasado con tres adolescentes que deciden tomar las riendas de su vida bajo el influjo de una líder de pasado misterioso; un presente acosado por los remordimientos y una ceguera elegida; un futuro conquistado por el pasado que alumbra un mundo completamente nuevo. La búsqueda del nirvana y su colisión con él.

Visualmente es poderosa y de fuertes reminiscencias clásicas; y con clásicas me refiero ante todo a Katsuhiro Ôtomo. Es todo un halago. No sé si la elección de unir CGI y animación tradicional de una manera tan estrecha ha sido premeditada o simplemente una forma de ahorrar tiempo, pero en conjunto funciona bastante bien. No soy muy amiga de la informática para estos menesteres, porque suele otorgar un bruñido barato que contrasta para mal con el dibujo tradicional. En Harmony, aunque no acaba de encajar del todo, tiene su espacio lógico por la temática y los escenarios que abarca. No impone tanto como pudiera hacer un producto de Polygon Pictures, que es completamente 3D; y es mucho más meticuloso y esmerado que Ajin o Knights of Sidonia. Lo que molesta en realidad es observar los límites de la animación por ordenador, lo que tiene que mejorar todavía para poder brindar auténtica naturalidad. Aun así, los efectos visuales, el diseño gráfico, los planos y movimientos de cámara son espléndidos. Acompañan muy bien el desarrollo sereno (y predecible) del argumento con su aire aseado y luminoso.

Creo que lo que principalmente percibo es cierta descompensación, no sé si Nakamura y Arias hicieron buenas migas profesionalmente, yo diría que no muchas; y esa falta de armonía (valga la redundancia) se nota. Harmony, en toda su sencilla complejidad, queda reducida a un cuento sin ritmo ni emoción. Soso. A pesar de los temas que toca, con sus profundas implicaciones filosóficas, se desliza entre el tedio y la expresión de su futuro perfecto. Los personajes no enganchan, se encuentran desdibujados y a la merced de clichés. Incluso la historia de amor, aunque no tenga una importancia capital (ni falta que hace), resulta superficial e insulsa. Tener una materia prima tan estimulante a nivel intelectual para convertirla en una historia más, narrada encima con muy poquita gracia. Un equipo como el de Nakamura, con toda su experiencia, y Arias, podría haber dado más de sí; y se percibe una evidente falta de compenetración. En resumen, Harmony no es una película cohesionada pese a su maestría técnica y artística. Una lástima. No considero que sea un zarrio, pero da algo de rabia pensar en lo que podría haber llegado a ser.

  THE EMPIRE OF CORPSES

Ryôtarô Makihara

Si Harmony es todo luz, El imperio de los cadáveres son las tinieblas. Me emocioné mucho cuando supe de la temática de la película porque soy fan de la literatura clásica gótica a muerte. La ambientación victoriana con el imprescindible steampunk; las exquisitas referencias literarias y la inclusión de personajes históricos auténticos, hacían a priori de esta obra un plato muy apetecible para mis gustos personales. Un apetitoso pastiche que evocaba a los penny dreadfuls decimonónicos, la Wold Newton Family de Philip José FarmerThe League of Extraordinary Gentlemen de Alan Moore. ¡Maravilloso, maravilloso! ¿Cómo no sentirse atraído por una obra que tiene sus raíces en la criatura de Mary Shelley, en las inquietantes nociones que rezuma El Moderno Prometeo (1818)? Y se dan la mano sin complejos pedazos de James Bond, La Eva Futura (1886), Conan Doyle, Daniel Defoe, Los hermanos Karamazov (1880), el gigante Paul Bunyan o el indomable caballero Frederick Burnaby.

Si a esto le unimos una puesta en escena espectacular, grandilocuente y de una meticulosidad milimétrica, parecería que fuéramos a tener entre manos una pieza de excelente entretenimiento.  Y no solo eso, una novela de Itô arde en su corazón, por lo que una buena historia para reflexionar habría sido de esperar también. Sin embargo, no resultó así.

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Gracias a las investigaciones del doctor Víctor Frankenstein, el s. XIX posee una nueva mano de obra para su revolución industrial: los cadáveres. Su polivalencia es extrema: desde carne de cañón para la guerra, servidumbre en el hogar, construcción, fábricas, etc. Cualquier ocupación de tipo mecánico y que no requiera esfuerzo intelectual. La economía mundial ahora se sustenta sobre ellos; son los nuevos esclavos, prescindibles y más numerosos que los vivos. Ni sienten ni padecen. Según John Watson, estudiante de medicina, carecen de la facultad del lenguaje articulado porque no tienen alma; la tecnología que revive a los muertos, necroware, no ha alcanzado la perfección lograda por Frankenstein, que sí dotó de conciencia a su Criatura. Watson quiere que Friday, cuerpo que ha resucitado de manera ilegal, posea su propia alma, así que cuando el gobierno británico descubre su experimento y lo obliga a ir en busca de los cuadernos y anotaciones de Frankenstein, que se encuentran en paradero desconocido, no se lo piensa dos veces y acepta. Pero no se embarcará solo en esa aventura, lo acompañarán Friday y el agente Frederick Burnaby. No será un periplo sencillo, pues hay muchos intereses políticos ávidos por hacerse con el conocimiento de Frankenstein. De la India a Afganistán, pasando por Japón y Estados Unidos, su odisea será peligrosa y repleta de sorpresas desagradables.

Esta sería la sinopsis básica de El imperio de los cadáveres. Atractiva, con mucho potencial, pero que finalmente se ha precipitado por un barranco. Supercataclón. Pero comencemos por lo agradable primero: admito sin vergüenza alguna que, a nivel artístico, amo The empire of corpses. Sobre todo sus ambientaciones, sus fondos, sus pormenores. Esa delicadeza lóbrega, que se abre paso con una versatilidad asombrosa para presentar otros paisajes igual de fascinantes, es lo mejor de la película. Sin duda. Y no da tregua, es tenebrosa y bella de principio a fin. El diseño de los personajes principales quizá un poco aniñado para mi paladar (eso sí, tetas-zepelín para el único femenino de relevancia), aunque Seigô Yamazawa y Alexei Karamazov, por ejemplo, me han entusiasmado.

¿Qué podía ir mal con un planteamiento tan sugerente, con unos recursos técnicos y artísticos tan cuidados y unas implicaciones tan hondas? Pues muchas cosas, algunas de ellas compartidas con Harmony. El ritmo. Si en Harmony era una modorra insípida, en El Imperio de los cadáveres es como un baile de San Vito, descoyuntado, sin tener en cuenta el desarrollo natural del clímax. Es un completo desatino que no ayuda para nada a su falta de claridad en el argumento. Si de por sí tiende a un aire enigmático de manera premeditada, que me parece estupendo por otro lado, no resulta muy razonable acompañar esa clase de melodía con un compás dislocado. Porque confunde más y puede acabar aburriendo. Las montañas rusas en los parques de atracciones, gracias.

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No he tenido la ocasión de leer la novela, pero imagino que no tendrá las inconsistencias y boquetes del tamaño de Urano que se observan en la película de animación. Me parece algo bastante desafortunado, teniendo en cuenta lo escrupuloso que era Project Itô en sus reflexiones, que no se hayan cuidado más ciertos aspectos de verosimilitud y solidez lógica. No se deberían poder derrumbar con un par de preguntas que surjan por casualidad escenas y diálogos completos. Una cosa es no querer dar las cosas muy masticadas, y otra muy distinta oscurecer mediante absurdos.

Harmony y The empire of corpses son dos películas que visualmente funcionan muy bien, de hecho dejan con la boca abierta en bastantes ocasiones. Son audaces y realmente espléndidas, pero un envoltorio no dejar ser solo un envoltorio. Un film no puede sustentarse únicamente en bellos fuegos artificiales, sobre todo cuando está trabajando temas de la trascendencia que planteó Project Itô en sus novelas. Se debería exigir más, tanto en claridad en la exposición de ideas como en el ritmo del propio argumento. Y en eso, ambas han fallado, resultando dos obras pretenciosas incapaces de expresarse con la determinación necesaria. No me hace gracia llegar a este tipo de conclusiones, porque parece que esté ninguneando el tremendo esfuerzo e indudable pericia que hay detrás de este par de films. Es algo incuestionable, admiro de verdad sus virtudes, sin embargo no resultan suficientes para compensar sus enormes carencias. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones Estivales: Sekine-kun no Koi

Inauguramos las Peticiones Estivales de este 2017 con un manga algo particular. No es la primera vez que escribo sobre él, pues en un ya lejano 2014 lo incluí dentro de un listado de tebeos inconclusos que no conseguían aterrizar en Occidente por un motivo u otro. La entrada en la que aparecía era esta, perteneciendo a esa sección de nombre ridículo y ostentoso que es la Galería de los Corazones Rotos. El cómic en cuestión es Sekine-kun no Koi de Haruka Kawachi, y se encontraba finalizado hacía tiempo. El problema consistía en una perseverante ausencia de scanlations (y sus correspondientes traducciones), además de la preocupación lógica por la misma obra, que parecía haber sufrido un final precipitado debido al cierre de Manga Erotics F, revista donde se estaba publicando. Había motivos justificados para la desazón, ya que, por añadidura, la historia se encontraba varada de tal forma que resultaba difícil predecir su desenlace.

Sin embargo, a lo largo de este 2017 fueron desgranándose los episodios que restaban y Gabriela Ip, la cual según comentó en twitter conoció Sin Orden ni Concierto gracias a Sekine-kun no Koi, solicitó hace unas semanas su necesaria reseña final. Gracias, Gabriela, por fin está aquí; por fin podemos curar ese pedacito de kokoro que Los amores de Sekine mantenían escupiendo bilis. ¿Ha merecido la pena la espera? ¿Ha estado a la altura de lo que prometía? Haruka Kawachi es una mangaka bastante peculiar. Mucho. Y eso en este cómic se nota, para bien y para mal.

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Sekine-kun se hace unos spaguetti mientras reflexiona sobre el infinito con su característico rictus de sonámbulo.

Cuando terminé de leer este manga, me dio la terrible sensación de que su protagonista era en realidad yo misma, pero con un cromosoma Y. No porque sea una mujer infalible en todo lo que me proponga, o porque resulte ser una rompecorazones, para nada. En eso, la verdad, somos diametralmente opuestos. Sino por su falta completa y absoluta de habilidades sociales, su incapacidad para gestionar las emociones, y la preocupante tendencia al aislamiento y a darle vueltas a todo de manera random y obsesiva. Esa soy yo. Y no suele ser agradable verse reflejado tan claramente. Comento esto porque, a causa del vínculo generado, creo que no voy a poder escribir una reseña todo lo objetiva que me gustaría. No obstante, este sigue siendo un blog personal, por lo que tampoco sería algo muy grave. Pero advertidos quedáis, mi apreciada otaquería.

Keiichiro Sekine es un hombre de 30 años con un buen trabajo, bastante agraciado y que disfruta de una vida que, aparentemente, es la perfecta de un soltero. Pero Sekine-kun no sonríe nunca, Sekine-kun no tiene ninguna inclinación o aprecio por nada de lo que le rodea, Sekine-kun se siente vacío. Considera su existencia vana, inmersa en un océano de indiferencia, con alguna tormentilla irritante esporádica, pero sin sentido ni propósito. No es feliz en absoluto. Sumido en la pasividad de la resignación, espera un estímulo que lo inspire, llene y lo ponga en movimiento. Esta situación vital es la que ha padecido desde la niñez, no se trata de una etapa puntual. ¿Quizá porque siempre ha tenido que soportar abundantes afectos indeseados (e invasivos)? Crear una armadura para protegerse desde la infancia le ha provocado una especie de cortocircuito emocional que ahora le impide conectar con sus sentimientos adecuadamente, convirtiéndolo en un gaznápiro, sobre todo en cuestiones sociales y sentimentales. Por eso ha aprendido, por ejemplo, a ignorar las lágrimas que de repente brotan de sus ojos sin aparente motivo. Sekine-kun es consciente de su problema, de ahí que se haya puesto manos a la obra para solucionarlo. Sin embargo, las cosas no transitarán por la ruta prevista.

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A gentleman good at knitting is not good at knitting the love

Dejándose mecer por el azar, topa con una pequeña tienda de tejidos y manualidades donde cree hallar un pasatiempo donde volcar sus ansias por amar algo. Pero el dueño de ese comercio, un anciano extravagante, en vez de enseñarle a tricotar, lo introducirá en los secretos de la prestidigitación con cartas. Tan extrañamente como surgió, el abuelete desaparece, dejando el negocio en manos de su nieta, Sara Kisaragi. Esta retomará con Sekine las clases de hacer punto y, a partir de ahí, nuestro protagonista tendrá la oportunidad que tanto deseaba para sanar. Las circunstancias se irán embrollando e iremos conociendo, a su vez, más de la personalidad de nuestro hermético amigo. Chispas de su pasado que ayudan a comprender un poquito mejor sus motivaciones y errática manera de pensar.

Los que hayan leído ya algo de Haruka Kawachi, como por ejemplo Natsuyuki Rendezvous (2011) que fue publicado en español gracias a Tomodomo, encontrarán el compás sosegado de su estilo y la delicadeza de sus retratos psicológicos. Es minuciosa, sobre todo con Sekine-kun, y resulta fascinante observar sus acrobacias neuronales, los pasos que siguen sus reflexiones. Muy naturales, muy humanas. Él es un hombre atractivo que conquista mujeres sin desearlo, provoca envidia y asombro por su infalibilidad en toda empresa que acomete; y, sin embargo, siente que su vida no tiene sentido. Está muerto por dentro… de éxito. E intuir que él es el responsable directo de su fracaso existencial lo conduce a un autodesprecio devastador.

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Esta podría ser la típica historia de un bishie que se lleva al huerto a la chica normalita, a pesar de tener a sus pies a todas las bellezas de Tokio. Pero no, la mangaka parte de esa base, pero otorga a Don Perfecto un temperamento insólito que lo hace víctima de todo tipo de situaciones ridículas y tristemente reales. Al menos para los introvertidos lo son. La metáfora continua que resulta el desenredar, tejer, deshacer y volver a trenzar la lana, es el reflejo de su evolución personal. El objetivo amoroso, Sara Kisaragi y el resto del elenco de secundarios no están tan desarrollados como Sekine, pero mantienen firme al argumento y su desarrollo. Sara es inteligente y muy salada, bastante creíble. No se hace insoportable ni cursi como suele ocurrir con los personajes femeninos del shôjo/josei, y tiene las ideas claras. El antagonista, Dôjima, bastante más cliché, quizá sea el que más flojea de todos, aunque Kawachi intenta brindarle en los últimos episodios cierta dignidad.

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Si tengo que ser sincera, hasta el volumen 4 Sekine-kun no Koi es un manga chispeante y diferente, centrado sobre todo en la personalidad del protagonista y sus pequeños avances hacia el autoconocimiento. Él es el centro en torno al cual gira todo, y no molesta particularmente porque los secundarios están bien bosquejados, algunos de forma graciosa y caricaturesca, adaptándose muy bien a su pausado slice of life. Un argumento espontáneo y fresco, que aunque no espectacular, sí resulta imprevisible. Es a partir del último y quinto tankôbon cuando se despeña hacia el estereotipo y una resolución clasicona. Ha sido un poquillo decepcionante porque, hasta ese momento, Los amores de Sekine se mostraba como un josei comercial pero no ordinario, con un personaje principal interesante y un argumento salpicado de chiribitas surrealistas y cálida ironía. Su desenlace no ha estado a la altura de las expectativas. ¿Quiere decir esto que Sekine-kun no Koi es un mal tebeo? Nada de eso. Simplemente, Haruka Kawachi optó por introducir elementos tradicionales en su obra, configurando un manga más conservador de lo que parecía prometer. Lo finiquita de manera solvente, no obstante es notorio que lo hizo porque la serie iba a cancelarse debido al cierre de Manga Eroctics F. Quiso darle un término coherente, pero no resultó brillante. Una lástima.

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¿Recomiendo Sekine-kun no Koi? Sí, a pesar de esa conclusión menos trabajada que recurre a los habituales tópicos, es un cómic tranquilo y diferente, que no cae en el sentimentalismo almibarado de la demografía y ofrece una visión del enamoramiento divertida. Es una comedia romántica eficiente y con la bastante sutileza para no empalagar. Podría haber sido un cómic mil veces mejor, pero las circunstancias no siempre acompañan a los autores. Y Los amores de Sekine podrían haber sido mucho, mucho más. También admito que si Tomodomo se animara a publicarlo por estos lares, lo compraría sin dudarlo porque, en conjunto, me ha parecido mejor hilvanado que Nieve en Verano. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Gunsmith Cats

¡Y siguen y siguen vuestras sugerencias! Esta vez es Maffia Machiaveli, desde facebook, el que pide que echemos la vista atrás a esos maravillosos años 90 en los que el anime vivió una época dorada, tanto de calidad como popularidad. Eso no quiere decir que más tarde todo lo que se produjera fuese una bosta, pero el tema se desinfló una miaja y, actualmente, ya sabemos cómo está el tema. Hay algún agorero por ahí que proclama el fin de esta industria, profeta de un apocalipsis animesco que encima resulta ser un individuo del gremio bastante bien informado. ¿Sucederá así? Quién sabe, aunque ese ya es otro asunto. La nostalgia nos hace idealizar el pasado, es una sensación muy común que, en la mayoría de las ocasiones, no se basa en una percepción objetiva. ¿Ocurre eso con el anime? Un poco sí. Un poco. Pero lo cierto es que, desde una perspectiva global, los 90 fueron un segundo boom (el primero fue a finales de los 70) a la espera todavía de que surja un tercero (ojalá). De esa era mítica (jojojo) rescatamos Gunsmith Cats (1995-1996). No es de los mejores productos de la época, sino más bien su serie media, y con una clase que ya les gustaría tener a muchos anime contemporáneos situados en esa franja. Eran otros tiempos, desde luego, la filosofía del entretenimiento era más fiel a su concepto. Y más ingenua.

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Las tres nociones básicas de este anime son: coches, armas y mucha acción. Nada nuevo bajo el sol, salvo que en vez de ser tipos duros las estrellas, son mujeres. Dos señoritas que conducen ese legendario Mustang Shelby GT 500 del 67 y regentan una armería, donde además trabajan de cazarrecompensas. Vamos, una típica trama para demografía seinen en la que el protagonismo de la acción y la trama resulta que es femenino. Eso ya no es tan habitual. Y encima no son un par de inútiles. ¡BIEN!

Las tres OVAs que conforman este anime son la adaptación de un manga del mismo nombre creado por Kenichi Sonoda. Un manga que tuvo un gran éxito además a principios de los 90, relacionado con otro anterior megahit comiquero de la misma temática: Riding Bean. Podríamos considerar Gunsmith Cats un spin-off de este (tuvo también su propia OVA, muy recomendable, por cierto); aunque fue en el que hoy nos atañe donde el autor se explayó muchísimo más en su obsesión con las armas de fuego y coches, con unos diseños fotorrealistas flipantes y, por supuesto, desarrolló una historia y personajes con mayor profundidad. Honestamente, la obra interesante aquí en realidad es el tebeo, podría haber escrito un manga vs. anime donde la serie no habría quedado muy bien parada… pero tampoco habría sido del todo justo. ¿Por qué? Porque estas OVAs son muy dignas, solo pecan de un defecto grave, y de ese único defecto proceden los demás. Si decidís verlas y os gustan, no dudéis ni por un momento de que el cómic os entusiasmará.

Haceos un favor y pinchad play en el vídeo. Existen contados con los dedos de mis manos OPs que me gusten. Este es uno de ellos. Hasta la música, compuesta por el batería norteamericano Peter Erskine, me encanta, con ese aire trepidante medio frívolo de serie televisiva norteamericana que recuerda tanto al jazz horterilla de los 80. La influencia que tuvo luego en Cowboy Bebop es meridiana, que es uno de mis openings favoritos de todos los tiempos, el cual también optó musicalmente por el jazz, pero con una vertiente más africana y latina: el mambo. Dios bendiga a Yoko Kanno, btw.

Efectivamente, estas OVAs tienen mucho de estadounidense. No hay nada nipón en ellas, salvo ese minúsculo detalle de que están realizadas en Japón por japoneses, claro. Apesta a yankee, y esa era la intención tanto de Kenichi Sonoda como de los creativos del anime. Se trasladaron incluso a Chicago en varias ocasiones para recrear luego localizaciones y ambientes con fidelidad. Y vaya si lo hicieron, con cuidado y verdadero cariño. Tiene mucho de The Blues Brothers (1980) de Landis en su ritmo y locura argumental; se trata de una historia policíaca con toques de comedia, intriga y acción.

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Los títulos de las OVAs son: Neutral Zone (1995), Swing High! (1996) y High Speed Edge (1996). Son más o menos autoconclusivas, pero la trama de fondo las enlaza en un crescendo la mar de emocionante.

Irene Rally Vincent y May Minnie Hopkins son dos jóvenes que administran una armería, donde venden y reparan todo tipo de pistolas, revólveres, etc. En realidad la especialista es Rally, ya que a Minnie, que trabaja como su ayudante, le van más los explosivos, con los que es muy diestra. Ambas forman una pareja peculiar y contrapuesta: Vincent es sarcástica, inteligente, audaz y toda una profesional; Hopkins es infantil, atolondrada… representa el estereotipo de rubia tonta, aunque de lo suyo sabe un rato. Un poquillo como el tándem de Jane Russell y Marilyn Monroe en Gentlemen prefer blondes (1953), pero con la diferencia de que estas dos zagalas no buscan ni marido ni son bailarinas, sino cazarrecompensas. Y esa labor es aprovechada por el socarrón de Bill Collins, agente de la ATF, que las chantajea para que le ayuden gratuita y extraoficialmente en un caso de contrabando de armas. Este caso va complicándose cada vez más, alcanzando altas esferas políticas de la ciudad, e involucrando a una ex-mercenaria de la KGB, que se convertirá en la antagonista principal de las OVAs.

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Un argumento clasicote del género con persecuciones, tiroteos, huidas espectaculares, explosiones y topos incluidos. Tampoco falta el personaje geek, la pelirroja Becky. ¿Previsible? Sí, pero muy ameno con ese candor tan maravilloso que obliga a admirar la alegría con que se tomaban las cosas antes. No hacía falta hacer un anime especialmente sesudo o profundo para realizar un buen trabajo, Gunsmith Cats es simple esparcimiento, sin más pretensiones. Pero no todo iba a ser estupendo, esta obra posee una tara importante: es corta. Solo 3 OVAs no son suficientes para hacer prosperar un mundo como ese. Se quedan muy, muy pequeñas, para ser un producto perfecto debería haber sido una serie en toda regla con sus buenos 26 episodios. O 12, por lo menos. Esta cortedad revela otras carencias, como unos personajes más abocetados que dibujados o un argumento algo superficial y acelerado. Si se compara con el tebeo ya es el acabose.

Gunsmith Cats es una perfecta introducción al manga. Por sí mismo no deja de ser una obra divertida y de calidad, pero permanece como una especie de amago. Deja con ganas de más, y eso jode. De hecho, a mí personalmente me da mucha pena que no progresara más, porque el potencial era excelente para hacer una serie muy original y entretenida. Los senderos de la industria del anime son inescrutables. Tremenda lástima.

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Aun con todo, el apartado técnico es magnífico. Takeshi Mori hizo un trabajo intachable, y por el equipo también rondaba Mahiro Maeda (¡genio y figura!) de animador primario. Aunque no llega al nivel de prolijidad maníaca de Kenichi Sonoda en los pormenores de armas y coches, es un auténtico regalo para la vista. Las escenas de acción son de una fluidez impecable; el dibujo, aunque tiene un leve aire moe en los diseños femeninos, es rotundo y minucioso. Los fondos, sobre todo los que se ambientan en exteriores, son un reflejo de Chicago muy fiel y los que amamos la ciudad lo sabemos apreciar. Gunsmith Cats tiene todas las virtudes de la entrañable animación noventera y ninguno de sus defectos. Como diría Ed Wood: PERFECT.

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Rally, Minnie y Becky

Gunsmith Cats son unas OVAs muy masculinas ellas, con todos los símbolos fálicos que así lo acreditan… pero controlados por unas mujeres bastante competentes. Hasta el inevitable fanservice es elegante y llevadero, para nada forzado. Y es un verdadero alivio que no haga acto de presencia el romance, que no se les vincule sentimentalmente a nadie. Por cierto, Rally, la protagonista, me encanta. Una profesional en su trabajo y como persona, muy normal. Una Ripley de la vida, con sus cosas buenas y cosas malas, pero que no se deja amilanar. Minnie puede ser el personaje que menos me convence de todos, no llevo muy bien el temita de las pavisosas, pero sabe redimirse. Imagino que el papel de idiota lo tenía que hacer alguien.

¿Recomiendo Gunsmith Cats? Por supuesto que sí. A pesar de que podría haber sido grande y no lo fue, merece que se la recuerde de vez en cuando. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Inio Asano

Proseguimos con vuestras sugerencias para el verano, y esta vez toca uno de los autores más interesantes del panorama del manga actual. Además posee un público entregado y numeroso (en el que me incluyo), que sabe apreciar ese carácter suyo tan grunge. Gabriela Ip desde facebook me pedía que escribiera sobre Oyasumi Punpun (2007-2013) o cualquier otra obra de Asano. Como me has dado a elegir, querida Gabriela, he preferido centrar mi atención en algunos one-shots que ha publicado este mozo. No es que Oyasumi Punpun me parezca mal manga, todo lo contrario, de hecho lo amo; pero me he inclinado hacia obras no tan densas y más fáciles de digerir. Es veranito por estos lares y tampoco quiero ponerme muy pesada. Ya tengo de por sí una tendencia desgraciada a meter chapas letárgicas, y no quiero hacerme más aburrida de lo habitual. Creo que estos yomikiri, que tienen también su intríngulis (es Asano, qué carajo), brindarán más dinamismo a la entrada sin necesidad de dormiros.

He seleccionado 6 en total y, aunque son puro Asano todos, los registros son bastante diferentes unos de otros. También la calidad es variable, no obstante ninguno de ellos es una bosta, y merecen una lectura atenta. Tanto si conoces ya la obra del autor como si quieres arrojarte por primera vez a sus precipicios, resultan una buena opción.

Funwari Otoko (2016)

A gentle man o Funwari Otoko es realmente cortito, 14 páginas. Es un manga promocionado por una marca de shôchû llamada Funwariy como impulsor de él, tiene una pequeña presencia en la historia. ¿Es publicidad? Sí, claro, pero Asano lo maneja de forma tan natural que no se percibe como propaganda en sí. El producto en cuestión está bien incrustado en el argumento, no acapara protagonismo ni molesta. Aclarado este primer tema que puede suscitar cierto recelo (antes de leerlo yo también me encontraba algo suspicaz, lo admito), vayamos con el one-shot en cuestión.

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La protagonista es una treintañera típica japonesa y con un carácter algo cínico, que se refugia en el trabajo para olvidarse de todo y llenar el vacío que siente. Vamos, una chica normal de su edad, viviendo sola en la gran ciudad y que ha sufrido unos cuantos desengaños… aunque no los suficientes para que la colme la amargura. Tiene una tendencia muy graciosa, con la que me identifico totalmente, de sobreanalizar las cosas en milésimas de segundo además. Aunque en el caso de la joven, ella confía en sus impulsos y da un paso adelante… y yo me habría hecho los 100 metros lisos en dirección opuesta al sujeto en un tiempo récord. Porque, como deduciréis, el chico de la ilustración está interesado en Nori, que así se llama la moza. O eso parece.

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Como se trata de un yomikiri tan escueto, no puedo contaros mucho más, pero su sencillez no implica una historia imbécil. Asano es un maestro a la hora de plasmar las emociones humanas con habilidad, incluso las más complejas, y lo consigue en esta docena de páginas con originalidad y solvencia. No va a cambiar el rumbo del planeta, pero es un tebeo tierno y que no deja mal sabor de boca. Asano está bastante comedido y el arte es estupendo. Creo que es casi imposible que este hombre dibuje algo mal, no obstante.

Bakemono Recchan (2015)

Bakemono Recchan contiene ciertos guiños a Oyasumi Punpun, pero es un manga bastante distinto. Ambientado en un instituto, cuenta las vivencias de Antô-san, a la que todos llaman cariñosamente Recchan. Ella no es una estudiante más, es una chica con cara de monstruo. Es retraída pero de corazón noble; y en vez de sufrir la habitual marginación con su ulterior acoso escolar, Recchan es como una especie de mascota de la clase. Todo el mundo la adora y ensalza de manera exagerada y sin motivo; hacen de su deformidad un símbolo, como si no existiera incluso. Pero la delegada de su clase, Nakajima-san, ni piensa ni opina igual. ¿Es envidia? ¿Es repugnancia por la actitud gazmoña de los alumnos? Pues, como sucede en la vida, una mezcla de ambas.

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Me ha gustado mucho este manga y cómo Asano juguetea con la corrección política, que en Japón es salvaje, para tachar de hipócrita a todo un instituto. O a una nación. Se mueve entre dilemas morales muy peliagudos, porque trata el tema de la discriminación de forma bastante cruda. Recchan es un bakemono, un monstruo; es algo que no se puede negar, que es lo que sus compañeros no aceptan. Y cuando se comporta como tal, le dan la espalda. Asano nos habla de la importancia de la honestidad, pero que tampoco tendría que estar reñida con la compasión y la tolerancia. Un poco como La Metamorfosis de Kafka, pero al revés. Interesante.

Himawari (2010)

Este one-shot está incluido en el primer art-book publicado por Asano: Ctrl+T 浅野 いにお WORKS. No he tenido la oportunidad de ver ese volumen ni sus contenidos, salvo este relato y otro más, Haruyo Koi, que es un pequeño cuento en el mundo de Solanin.

Himawari o Girasol tiene mucho de Nijigahara Holograph. Esa estructura no-lineal, totalmente dependiente de las emociones del protagonista; el desglose de información errático pero eficiente; la fuerte carga simbólica, que desperdiga sus semillas de forma aparentemente aleatoria (pero no); y una tragedia como desencadenante del cataclismo personal del protagonista. Me gustaría escribir algo más sobre Himawari, pero me temo que tanto por la propia naturaleza del relato como por su extensión, no puedo hacer mucho más. Y creo que hasta me he pasado con lo que ya he puesto.

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Las temáticas que se tocan son, por supuesto, la culpabilidad, el sexo y también la autodestrucción. El aislamiento y la eterna sensación de no encajar, de no ser nunca suficiente. Muy en su línea Asano. Es un manga que, como le sucede a Nijigahara Holograph, hay que leer un par de veces, con la ventaja de que no es tan complicado ni enrevesado como este último. Aunque, achtung meine freunde! según qué traducción leáis, puede resultar un tebeo bastante confuso, que es lo que le faltaba a la historia. Advertidos quedáis.

Kinoko Takenoko (2013)

Es muy evidente la influencia del querido Shigeru Mizuki y su imprescindible Onward towards our noble deaths (1973) en este one-shot. Hace unos meses dije que escribiría una reseña sobre él, y todavía no lo he hecho. Shame on me! Pero lo tengo en mente desde hace tiempo, no lo voy a olvidar tan fácilmente. Regresando a Kinoko Takenoko, como bien deduciréis, se trata de un manga bélico. Pero estamos hablando de Asano, por lo que no será un tebeo al uso del género. Para empezar, la contienda tiene lugar en un lugar impreciso del planeta. Podría ser una guerra entre Japón y China (aunque parecen dos naciones continentales), por ejemplo, pero está claro que Asano plasma muy bien esa égida militarista y totalitaria que exacerba en una población que ya está sufriendo las consecuencias directas del conflicto, un sentimiento de ultranacionalismo cegador. El odio irracional hacia el enemigo, al que no se considera ni humano, el patrioterismo, el orgullo casi racista, la manipulación ideológica… no hace falta ser un historiador especializado en Asia Oriental para ver que Asano se inspiró en su propio país, en el kokka shugi de la era Shôwa, pre-Segunda Guerra Mundial. Tampoco hay que olvidar que actualmente en las islas existen movimientos políticos afines a ese fascismo japonés: los uyoku dantai.

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El argumento tiene de protagonistas a dos adolescentes pacifistas, que observan con estupor cómo la guerra, a través del miedo y el fanatismo, deforma el mundo que los rodea. El chico, armado con su teléfono móvil, quiere dejar registrada para la posteridad la enorme estupidez del ser humano. Es un defensor a ultranza de la vida, incluso llegaría a entregar la suya por salvar otra. Pero la guerra es cruel, y pone a prueba los límites de las convicciones más nobles y arraigadas con suma facilidad.

Inio Chan’s cool Japan (2015)

No sé mucho de este cómic, salvo que Asano lo escribió para la web de Big Comic Spirits. Tampoco cuál era el contexto. Es muy, muy corto, y por eso me gustaría pensar que está concebido para formar parte de una serie de varios yomikiri, donde el autor nos brindaría retazos de su particular visión de Japón. Pero creo que no es así.

Asano da un repaso bastante sarcástico, pero a la vez cariñoso, a ese Japón decadente que se encuentra en las zonas rurales. Es un hecho que se están quedando despobladas, y su pequeña producción industrial, artesanal y agrícola se encuentra agonizando. Todo el mundo quiere vivir en los grandes núcleos urbanos, donde existen más oportunidades de medrar. Y esto es lo que nos muestra el autor, una mini-visita turística a uno de esos pueblos anodinos de pasado floreciente, y que ahora no lo es tanto. Para ello se sirve de la caricatura y el absurdo, donde se mete caña hasta a sí mismo.

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Como ya he comentado, si formara parte de algo más amplio, lo podría encontrar más atrayente. En solitario es divertido, aunque precisa de unas mínimas nociones sobre el país para captar mejor las ironías. Pero poco más. Sería muy interesante que Asano publicara periódicamente más visiones suyas sobre el Japón molón, la verdad, pero me temo que me quedaré con las ganas y este Inio Chan’s cool Japan se quede solo en una anécdota curiosa, pero olvidable.

New Year’s Eve (2012)

Fumar es muy malo, niños y niñas, no lo hagáis nunca.

Tras la advertencia, este New Year’s Eve fue incluido en el recopilatorio Cigarette Anthology (2012-2013), donde también colaboraron gente como Natsume Ono, Fumiko Fumi o Shinichi Sugimura. Son one-shots que comparten el tabaco como nexo común. Este de Inio Asano, honestamente, me ha dejado un poco fría. Quizá es que el tema lolita no lo llevo muy bien, pero aun así creo que está llevado con sutileza y, como no es largo, no chapotea en barrizales. Más bien al contrario.

Durante la reunión familiar de todos los años por Año Nuevo, nuestra protagonista está algo disgustada porque su tío favorito solo puede estar con ellos unas horas. Al día siguiente tiene que volar a Sri Lanka por cuestiones laborales. Secchan además está algo de bajona ante el mundo adulto que hace poco ha abierto sus puertas ante ella: novio formal y responsable, ir a la universidad en Tokio, descubrir que su tío tiene pareja, etc. ¿Qué puede hacer si continúa añorando la infancia? Pues lo que nos cuenta Asano, eso hace.

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Estoy teniendo una racha majeta de publicar entradas, pero no os penséis que soy una especie de fenómeno, tan solo estoy finalizando unos de tantos borradores que tengo a medio escribir. Son todos nuevos, porque los más antiguos me dan un perezón horrible… AY. Pero irán cayendo, claro que sí.

Por cierto, la semana que viene el blog cumple 2 años. ¡Cómo pasa el tiempo! No tengo nada planeado para celebrarlo, como la prota de New Year’s Eve, me encuentro bastante apática. Creo que mientras los pocos lectores que me acompañáis sigáis conmigo, me doy por satisfecha completamente. Y eso ha sido todo por hoy. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Copernicus’ breath

¡Continuamos con vuestras sugerencias veraniegas! Jane, que junto a Umibe dirige el excelentísimo blog El Destino de la Flor de Cerezo, me propuso dedicar una entrada a alguna obra de la mangaka Asumiko Nakamura. No es la primera vez que hablo de ella por estos lares (ni será la última), los lectores habituales ya sabéis que me considero fan absoluta de esta mujer, por lo que la petición de Jane fue muy bienvenida.

¿Cuál escogí? Pues me incliné por la primera serie que publicó completa: Copernicus no Kokyû o Copernicus’ breath. Consta de 13 capítulos distribuidos en dos tankôbon y salió a la luz entre 2002 y 2003 en Manga Erotica F. Este magazine de carácter bimensual ha alojado entre sus páginas a gente como Inio Asano, Natsume Ono, Shintarô Kago o Takako Shimura. Os podéis imaginar que sus contenidos no son para adolescentes, sino que van dirigidos a un público maduro y algo curtido. No está dedicado exclusivamente al erotismo como podría hacer pensar su nombre, pero el sexo tiene una presencia importante… al igual que otras temáticas menos comerciales. Tiene también especial cuidado con el arte y sus autores, lo que hace de Manga Erotica F una publicación a la que siempre vigilar. Y Copernicus’ breath se encuentra encajado a la perfección en su línea editorial.

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No sé muy bien cómo afrontar esta reseña, porque se trata de una manga bastante crudo y explícito en numerosos aspectos. Aquellos que conozcan a la autora por Utsubora o Dôkyûsei, que son las obras publicadas en español, pueden encontrarse con una tremenda sorpresa. Su registro es bastante diferente, no en vano es una mangaka versátil dentro de ese estilo tan característico suyo. No tiene la ternura o ingenuidad del BL púber de Dôkyûsei ni por asomo; es más próximo a Utsubora, pero mil veces más salvaje. Y si digo salvaje, es que es brutal: incesto, pedofilia, coprofilia, sadomasoquismo y otras parafilias emergen en sus trazos. Y no solo eso, la historia que cuenta es retorcida y feroz. Así que los niños a la cama, Copernicus’ breath es para mayores. Y ni siquiera sé si este manga es para todos los mayores, so handle with care.

Nakamura cuenta que se inspiró a la hora de crear este cómic viendo al Circo de Bombay, en un viaje al sur de la India. El mundo del circo indio tiene una reputación terrible, con actividades que van desde el secuestro y compraventa de niños, explotación laboral, maltrato, lenocinio, etc. La autora no pudo dejar de observar esta sordidez, aunque no presenció ningún delito, y decidió crear un manga dedicado al circo y la prostitución. Para ello también consideró idóneo enclavar temporalmente su historia en los años 70, una década en la que el mundo del circo en general estaba sufriendo una profunda reforma. El concepto de Circo que se constituyó en el s. XVIII y tuvo el apoyo de la burguesía a lo largo de los siglos XIX y XX, ya no tenía lugar en una sociedad capitalista que satisfacía su ansia por el espectáculo y lo asombroso en otros ámbitos. El Nouveu Cirque estaba naciendo, fue un momento de renovarse o morir; y esta crisis, como resultan ser todas, no fue fácil para ese mundillo.

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Nido de Pájaro es un payaso que trabaja en el decadente Cirque du Soir, dirigido por el déspota Auguste Kirillov. Este es un hombre de edad madura que no tiene ningún escrúpulo en disponer de sus artistas como si fueran meros trozos de carne. Nido de Pájaro, que es un adolescente, es utilizado como desahogo sexual de Kirillov, y obligado a realizar las tareas más humillantes del circo. Ser payaso es pertenecer al escalafón más bajo de este microcosmos, y casi todos lo tratan con desprecio, incluida la estrella del lugar, Mina la trapecista. Esta es especialmente cruel con él, aunque ella a pesar de su posición dentro del circo, no puede evitar, ni muchísimo menos, ser ofrecida por Kirillov a clientes de exigencias brutales.

Nido de Pájaro esconde un pasado trágico, que se irá desvelando poco a poco, y en torno al cual orbitarán como si fuera el sol, todos los acontecimientos que sucederán a lo largo de su vida. Le acompaña un espectro llamado Michel, que reclama su atención sobre todo aquello que no desea afrontar. Nido de Pájaro es un chico muy atormentado y presa de una anhedonia autodestructiva, que le hace ser completamente insensible a los sentimientos de los demás, y actuar en ocasiones de forma tan cafre como el resto. Es su coraza, es su máscara que, con el paso del tiempo, se irá resquebrajando.

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Un día acude al circo un diplomático japonés, Makoto Oonagi, y decide comprar a Nido de Pájaro para hacerlo su amante. Oonagi es un pedófilo, pero esta vez ha seleccionado a un chico más crecidito. Lo lleva a su casa, donde residen su esposa y cuñado, más o menos de su misma edad. La relación con ella, que es consciente por entero de las desviaciones de su marido, no es nada fácil. Es una mujer fuertemente traumatizada y con una obsesión enfermiza hacia su hermano. Este, de nombre Michel (como el fantasma), es el único humano de la casa que podríamos considerar medio normal, aunque no tardará en salpicarse de inmundicia. De hecho, casi puedo aseverar que no hay personaje en Copernicus’ breath que no acabe revolcándose en una pocilga. Todos terminan de una forma u otra afectados seriamente por la malicia y el egoísmo. Nakamura no es compasiva, pero conoce bastante bien los mecanismos humanos mentales, recreándolos en todo su abyecto esplendor.

I fly. In accordance with Copernicus’ breath, through Copernicus’ starlit sky. Eventually, I’ll break off from the swing and become a constellation. I’ll become Copernicus’ constellation.

El argumento podríamos dividirlo en tres partes distintas: vida en el circo, residencia con Makoto Oonagi e independencia. En cada una de ellas la autora presenta un planeta distinto, con sus propios personajes y dinámicas; muy bien perfilados y que conforman un tapiz bastante intrincado. Sin embargo, el sempiterno fantasma de Michel, símbolo de su culpabilidad, es una constante que lo acompañará sin darle tregua alguna, desquiciándolo lentamente. Un pequeño epílogo al final solventará algunas dudas respecto a personajes secundarios, pero el final no deja de ser abierto. ¿Es eso malo? Yo creo que no. Después de tremendas montañas rusas y vaivenes a lo largo y ancho del manga, es un regreso a lo ordinario que resulta hasta esencial para una conclusión coherente.

El desarrollo de la historia, y cómo va dosificando la información para mantener el suspense, es brillante. Los juegos de espejos, la mezcla de realidad y delirio, así como el misterio que envuelve el pasado de Nido de Pájaro y otros personajes, saben mantener el interés. Otro tema es la densidad del argumento y cómo los más minúsculos detalles hacen precisa una lectura atenta y reposada. No es conveniente leerlo rápido aunque el dinamismo del arte invite a ello. La estructura básica de Copernicus’ breath son, precisamente, los giros copernicanos que Nakamura utiliza para hacer avanzar su historia. No son simples vueltas de tuerca, las perspectivas globales cambian, y encima en momentos de gran trascendencia. Pero quizá sea la enorme cantidad de sentimientos exacerbados, la acumulación anómala de desgracias o que el tratamiento de algunos secundarios es más desflecado, que a ratos me encontraba algo aturdida y con la sensación de no creerme la historia. Pero solo en momentos concretos, nada serio.

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Por supuesto, Nakamura no dudó ni un instante en invocar la obra clásica circense por antonomasia del manga: Shôjo Tsubaki (1984) de Suehiro Maruo. El nivel de perversión es similar, y la autora usa algunos recursos de Maruo que resultan hermosos guiños para aquellos que admiramos su obra. Pero Copernicus’ breath no es ero-guro, su horror (que lo hay y mucho) es más bien de tipo psicológico. Y golpea duro. La influencia de Maruo, sin embargo, no es estilística, pues la mangaka posee una personalidad muy marcada bastante alejada de la de él. En Copernicus’ breath tenemos una Nakamura segura en su forma, pero a la que le falta todavía un poquito de refinamiento en algunas viñetas. Está algo sin pulir y, aunque el dibujo es fluido y elegante, hace algunas concesiones a cierto histrionismo que más adelante desaparecerá. Esa frialdad distante tan atractiva, minimalista a ratos, está muy presente sin embargo. En general es un arte delicado y preciosista, sin ninguna duda bellísimo, y que bebe de las fuentes del art nouveau y la psicodelia. Tampoco es muy complicado distinguir rastros de Peter Chung o Egon Schiele en su manierismo, que es uno de sus sellos como dibujante. Pero atención, esa deformación lánguida y acuosa también ha echado atrás a muchos lectores. Es lo que tiene alejarse tanto de lo convencional.

Como último detalle, y no menos importante, señalar el estupendo trabajo que realiza con las viñetas, donde la mayoría de las veces desaparecen, intercalando planos y rompiendo límites de manera audaz. Sirve a los propósitos de amplificar unas emociones ya de por sí desmesuradas: la locura, el odio, la lujuria, el esplín. Se observan también muchas ideas, en fase embrionaria en Copernicus’ breath, que terminarán de germinar en mangas posteriores con muy buenos resultados.

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En general Copernicus’ breath es una obra soberbia, no perfecta, pero impresionante. Nakamura es muy cuidadosa, y ha sabido hacer evolucionar a sus personajes física y psíquicamente con acierto. No es desde luego un manga para todo el mundo, esta autora es muy amiga de tocar asuntos espinosos, incluso tabú, sin miramientos. Pero también posee una pulcritud que atempera el primer impacto. No es una historia dulce sobre la amistad o un amor naciente, habla de las miserias humanas, la oscuridad del alma y la complejidad del dolor, que tiene también su belleza. A pesar de sus sutilezas, no es para lectores aprensivos, requiere temple. Es excesiva e intensa. Aunque… bueno, tampoco tanto. O a lo mejor es que tengo la sensibilidad de una alcantarilla, que también puede ser. ¿Lo recomiendo? Pues miren, hagan lo que les dé la gana, señores. Mis gustos siempre han sido muy particulares y con pocas personas suelo coincidir en criterio. Así que ustedes mismos verán.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Gankutsuô

Durante todo el mes de junio, los lectores habituales tuvisteis la oportunidad de sugerirme mangas, anime, libros o películas para que les hiciera una reseña. No cayeron en saco roto, y os agradezco muchísimo vuestra participación. Así que con la presente entrada, inauguro este pequeño apartado veraniego donde iré escribiendo sobre vuestras propuestas hasta el equinoccio.

Andry Candelario, vía facebook, solicitó una entrada dedicada a Gankutsuô y es una forma excelente de estrenar la sección. A lo grande, fuera cobardías, porque Gankutsuô o El Conde de Montecristo es uno de esos anime excesivos y glamourosos que no suelen pasar inadvertidos. Hace años que vi esta serie y la oportunidad de revisarla me pareció interesante, sobre todo por analizar qué tal le había sentado el transcurrir del tiempo. Y la experiencia ha sido, de nuevo, positiva. Allá vamos.

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Mahiro Maeda. Eso es lo primero que tenemos que saber sobre Gankutsuô: su creador. No sé si hace falta que escriba sobre él, pero es de esos culos inquietos en el mundillo audiovisual a los que no les importa meterse en cualquier tipo de fregao. A él le suele salir bien, porque tiene talento y agallas, un estilo inconfundible, y una creatividad a prueba de bombas. Lo último que tengo pilotado donde metió su maravillosa zarpa fue en el arte y diseños de Mad Max: Fury Road (2015). Y se nota que en El Conde de Montecristo hizo lo que le dio la gana y como le dio la gana. Gankutsuô es digno hijo de su padre, desde luego.

Consta de 24 episodios realizados por GONZO, casa con la que Maeda ha estado muy vinculado, y que fueron emitidos entre 2004 y 2005. No suelo hacer mucho caso (los ignoro, directamente) ni a los openings y a los endings. Los de Gankutsuô tampoco es que me emocionaran, pero llamaron mi atención porque fueron escritos e interpretados por Jean-Jacques Brunel, bajista de una banda que conozco bien, The Stranglers, y que resulta es un tipo bastante curioso… sobre todo con los periodistas que escriben malas críticas de sus discos. El resto de la banda sonora me sorprendió bastante, porque me ha parecido reconocer ecos de piezas clásicas, pero pasadas por el túrmix electrónico.

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Gankutsuô es una adaptación bastante libre del clásico literario El Conde de Montecristo (1845) de Alejandro Dumas padre. Digo libre porque, a pesar de que es muy respetuosa con el espíritu de la novela, desarrollando esa esencia folletinesca a la perfección, manteniendo los temas principales (amor, corrupción, traición, venganza, expiación, absolución) y los personajes principales, Gankutsuô es en realidad una reformulación de la obra original. Lógicamente, estamos hablando de dos medios distintos, el literario y el audiovisual, por lo que su lenguaje y expresión no pueden ser el mismo. Pero ya no es solo eso, Maeda decidió cambiar la perspectiva totalmente y darle una orientación proyectada hacia futuro. Además cercenó todas las vicisitudes de Edmond Dantès para centrarse en la venganza, comenzando, más o menos, por el capítulo 31 del libro. Para ello relegó a Dantès al puesto de antagonista y eligió a Albert de Morcerf como estrella.

¿Y no pudo llamarse la obra simplemente Montecristo-haku o algo más parecido al original? ¿Qué quiere decir GankutsuôGankutsuô significa algo así como “el Soberano de la Caverna”, y fue el nombre con el que tituló Kuroiwa Ruikô a El Conde de Montecristo en su primera traducción al japonés, en 1905. De Ruikô se podría hacer una entrada entera, pero eso sería ya para otra ocasión. Gankutsuô quedó como sobrenombre de la novela en el país, y Maeda decidió aprovechar esa circunstancia para dotar de identidad propia a ese “rey de las grutas”.

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No tengo intenciones de hacer una comparativa exhaustiva entre anime y novela, pero los que la hayáis leído es recomendable que tratéis de olvidarla cuando afrontéis la serie. Aunque los principales eventos que se narran aparecen en ella, así como se honra con cierta fidelidad la esencia de los personajes, Maeda utiliza los cimientos de El Conde de Montecristo para construir sobre ellos algo nuevo. Sigue siendo la obra de Dumas, pero es diferente. Solo para empezar, Gankutsuô tiene lugar en el año 5053, no en la Francia de la Restauración; y lo que es una novela de aventuras, en el anime se convierte en una historia tenebrosa con criatura sobrenatural incluida. La serie respeta las características y orden social de esa época del s. XIX, de otro modo desfiguraría demasiado el argumento, pero busca diferentes sendas a las que dirigir sus conclusiones. Mahiro Maeda, con todo el amor que se percibe que siente hacia Dumas, fue realmente audaz en Gankutsuô.

El argumento parte con el viaje de dos jóvenes de la aristocracia a la Luna, donde tienen lugar unos desenfrenados y famosos Carnavales. Albert y Franz, que así se llaman los muchachos, son hijos de la élite en su París natal y han vivido de manera muy distinta al resto de la gente común, por ello no tardan en toparse con problemas serios en sus vacaciones. Pero es la intervención de un noble misterioso y extranjero, venido de los confines de la galaxia, la que los saca de sus tremendos apuros. El conde de Montecristo, como se presenta a sí mismo, es un hombre enigmático y refinado de enorme riqueza, muy interesado en introducirse en la alta sociedad parisina. Albert de Morcerf, agradecido por la ayuda aparentemente desinteresada del conde, y llevado por su nobleza de carácter, decide entablar amistad con él y presentarlo a sus pares sin ambages. Franz D’Épinay es más renuente, y no acaba de confiar en ese noble desconocido, pero sus lógicos recelos son desestimados por el ingenuo entusiasmo de Albert.

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El advenimiento del conde a la vida de Albert y su familia es el comienzo del fin de su mundo tal como lo ha conocido hasta entonces. La desgracia, el dolor y la muerte lo perseguirán implacablemente a él y a sus amigos; al principio sin saber su origen, pero conforme avanzan los episodios, Albert no tendrá otro remedio que reconocer que ha sido utilizado como caballo de Troya en un tablero de dimensiones que nunca habría podido imaginar. El conde es un cuidadoso estratega, un manipulador feroz que usará las debilidades de los nobles Villefort, Danglars y Morcerf para destruirlos: la avaricia, el egoísmo, la lujuria, la mentira, la ambición. Pero el alto precio de su vendetta comprometerá tanto a culpables como inocentes.

Como la misma novela, Gankutsuô es un retrato de la naturaleza humana en todas sus dimensiones. El desfile de personajes es abundante; y sus intrincadas psicologías y relaciones son las que asientan el anime. Todos finamente esbozados. Hablando en plata, es un culebrón de los buenos. Y cuando digo de los buenos, es que es magnífico. Tiene un desarrollo in crescendo que absorbe la atención por completo. Aunque los plot twists se atisban en la distancia, sus consecuencias no. Independientemente de que se conozca la novela. Y el final es… uf. No digo más.

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Esa mezcla estilística entre el decadentismo y el Secesionismo de Viena, depurado con un opulento filtro informático de carácter oriental, engendró una criatura extraña, grandilocuente, abrumadora. Un verdadero espectáculo visual, abigarrado y suntuoso, que en los primeros capítulos puede llegar a desconcertar bastante. Los amantes del barroco están de enhorabuena. Aunque la inspiración es claramente vintage, dieselpunk a ratos, la ambientación no deja de ser futurista y el aroma sci-fi lo colma todo. El resultado, lejos de parecer estrafalario, es fascinante. Aunque lo que más llama la atención es el tratamiento del layering que se utiliza en ropas, cabellos y decorados; una suerte de croma a la inversa que se sirve de patrones o texturas que permanecen fijos, a pesar del movimiento. Un recurso que también observé de forma similar en Mononoke (2007) o Puella Magi Madoka Magica (2011).

Pero hay que recordar que esta serie es del 2004 y los recursos en CGI, a los que Gankutsuô acude sin una pizca de timidez, suelen quedar obsoletos enseguida. Y llaman la atención, pudiendo incluso llegar a ridiculizar una buena obra. ¿Es el caso? No. El desfase es evidente, pero El Conde Montecristo rezuma esa elegancia clásica que, aunque hace identificar inmediatamente en qué momento fue producida una serie, no incomoda. El modelado 3D es muy básico y solo se muestra puntualmente (algunos edificios, el coche del conde, etc). Además, acaba perdiéndose entre tanta exuberancia. Resumiendo: no da mucha vergüenza ajena. Y podría haber sucedido perfectamente, las obras que suelen arriesgar tanto en el apartado artístico y técnico muchas veces pagan ese peaje.

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El Conde de Montecristo es un anime bien articulado y con todos los ingredientes necesarios para entretener y conmover al mismo tiempo. Las vueltas de tuerca, el melodrama, el amor, el misterio, la tragedia y la venganza homenajean con lustre al espíritu del folletín decimonónico; y se arropan en una presentación hodierna que la hace sugestiva y original. Un retoño del Romanticismo adaptado a la Posmodernidad, y que gustará a todos aquellos que no tengan miedo a las emociones desbocadas y al exhibicionismo artístico.

¿Lo recomiendo? Sí, desde luego. Tanto a los que hayan leído la novela de Dumas como a los que no. A ambos los sorprenderá. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.