¡Feliz día del libro, camaradas otacos!

No quería dejar pasar este día, aunque voy con el culo apretadísimo como vulgarmente se dice, para poder así conmemorar el Día Internacional del Libro con vosotros, que coincide además con el santo patrón de Aragón (también lo es de Inglaterra, Rumanía, Malta, Etiopía, Cataluña, Georgia, Beirut y los Boy Scouts) : San Jorge o, como lo llaman al norte del valle del Ebro también, Sant Chorche. Y aunque no soy persona religiosa, por estos lares donde actualmente resido (Mañoland) se celebra por todo lo alto, con un montón de actividades culturales: conciertos, teatro de calle, exposiciones, lecturas públicas, entrada libre a museos, guías teatralizadas gratuitas, recitales de poesía, reparto de claveles, etc. Va a estar la ciudad petada y, por supuesto, el Paseo de la Independencia, partiendo desde la plaza de Aragón, estará a rebosar de puestos de libreros y editores. Ese es el lugar mágico donde me encontraré gran parte del día caminando, escarbando y adquiriendo nuevos descubrimientos. Tampoco demasiados, tendré que ser selectiva, porque los euros no brotan de forma silvestre por los campos.

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San Jorge (circa 1699). Azulejo procedente de Alepo, Siria.

Así que voy a aprovechar para anotar cinco recomendaciones para este día tan especial. Cinco obras procedentes del lejano Cipango, como no podía ser de otra forma, y que humildemente creo deberíais darles una oportunidad… si no lo habéis hecho aún. Una entrada ligerita para variar un poco, sin rollos patateros ni pajas mentales, y que os alienta a gastar vuestros dineros con alegría.


5 – EL PÁJARO DEMONÍACO de Haruo Satô

Haruo Satô (1892-1964) es uno de esos autores imprescindibles del Japón de los periodos Meiji, Taishô y Shôwa. Se movió entre la vanguardia más expresiva y un complejo mundo personal henchido de melancolía, que ayudaron a cimentar la literatura contemporánea nipona. Tuvo de discípulo a Osamu Dazai, y de amigos a Ryûnosuke Akutagawa o Jun’ichirô Tanizaki, al que le levantó, por cierto, su primera esposa. Se consideró todo un escándalo en su momento. Fue un poeta brillante, que se dedicó también a la novela, relatos cortos y crítica literaria. Así que me ha llenado de gozo y satisfacción que Satori publicara el pasado marzo esta pequeña colección de narraciones suyas, El pájaro demoníaco y otro cuentos fantásticos. Soy fanática de esta editorial, cuya labor en la difusión de la literatura japonesa entre el público hispanohablante está siendo admirable. Creo que no es la primera vez que lo digo, pero es un placer arruinarse comprando sus libros. Lo seguiré haciendo hasta que mi cuerpo termine bajo un puente víctima de la inanición.

De Haruo Satô he leído un par de cuentos sueltos en inglés, pero no he tenido la oportunidad todavía de hincarle los catirones como merece. Así que este El pájaro demoníaco y otros relatos fantásticos lo puedo considerar mi verdadero estreno con el autor, y estoy segura de que no me decepcionará. Hoy caerá a la saca. Toda historia donde prevalezca la ensoñación, las tinieblas y la melancolía tiene mucho terreno ganado conmigo; por no hablar de que Satô era admirador de Edgar Allan Poe. Todo esto unido a lo que he ido leyendo sobre su estilo, vasallo de una rica fantasía lírica, solo puede significar una triunfada total. Por eso os recomiendo el libro sin haberlo leído siquiera (caerá reseña).

4 – MISS HOKUSAI de Hinako Sugiura

Escribí aquí sobre la adaptación animada de este manga hace ya lo que parecen eras geológicas, y le dediqué estas pasadas Navidades una entrada al tebeo de Hinako Sugiura Hyaku Monogatari, donde me explayé un poquito en la figura de esta mangaka. Por lo que tampoco voy a alargarme mucho en esta recomendación. Ponent Mon escuchó mis plegarias (mentira, Ponent Mon no sabe que existo) y decidió publicar en dos tomos Miss Hokusai, un viaje al Edo ubérrimo de principios del s. XIX: el del ukiyo o mundo flotante. Sugiura nos sumerge por completo en él, pero lo observamos a través de la mirada de una mujer, la segunda hija del gran maestro Katsushika Hokusai. Oei nos mostrará una visión completamente distinta de esa época, ella misma se erigirá como una anomalía, incluso se ganará la vida dibujando como su padre. Pero su enorme talento y persona se verán eclipsados por la majestuosa sombra de Hokusai, en una sociedad además que asigna(ba) un rol muy estricto y restringido a las mujeres.

Por ahora solo he leído el primer tomo, y me ha encantado. No puedo añadir más, salvo que el arte de Sugiura, así como su magistral erudición del periodo Edo que se advierte hasta en los más diminutos detalles, son una auténtica bendición. Estoy enamorada de su estilo, simplicidad y elegancia. Por supuesto, Miss Hokusai tendrá su correspondiente reseña en SOnC.

3 – HOLIDAY JUNCTION de Keigo Shinzô

¿Os gusta Inio Asano? ¿Sois fans de Taiyô Matsumoto? Pues entonces no podéis dejar pasar a Keigo Shinzô. Es sangre nueva en el universo del manga, que hace suyo el legado de esos dos monstruos para poder transformar así el panorama del cómic alternativo japonés. ECC ha dado un valiente paso adelante publicando Holiday Junction, una colección de historias cortas que tiene también la misión de sondear al público español. En Francia Keigo Shinzô es ya bastante conocido entre los lectores pero, ¡ay, amigos! Spain is different, y siempre hay que andar con pies de plomo en cuanto se publica fuera de lo mainstream.

Espero sinceramente que las ventas de Holiday Junction vayan bien, porque así las oportunidades de leer por aquí más obras suyas aumentarán considerablemente. Creo que este mangaka es uno de los más interesantes que han salido en los últimos años, y merece su espacio entre los otacos hispanohablantes. Este volumen es un aperitivo delicioso para aquellos que no sepáis todavía de él, aunque en SOnC no es ningún desconocido. En verano escribí la reseña de su estupendo Bokura no Funka Matsuri aquí, y entonces ni se me pasó por la imaginación que fuera posible tener algo suyo por estos lares. ¡Pero aquí está! ¡Tenéis que leerlo, amiguitos!

2 – JAPÓN ESPECULATIVO – VV.AA.

Si formas parte del mugriento clan de la otaquería  y amas la ciencia-ficción y la fantasía  como yo, este volumen no puede faltar en tu estantería. De hecho ya debería estar ahí. Estoy exagerando, por supuestísimo, pero este Japón Especulativo: relatos asombrosos de fantasía y ciencia ficción es otra de esas joyas inesperadas de Satori (os juro que no me envían jamones a casa ni nada parecido) que no deberíais ignorar. Tengo a medio escribir desde hace meses una reseña suya, que al ritmo que voy caerá más tarde que temprano, pero que seguro tendrá su lugar en SOnC. BTW, si el tema os interesa mucho y vais sueltillos de parné, en vuestro lugar me haría también con el libro Destellos de luna. Pioneros de la ciencia ficción japonesa de Daniel Aguilar, igualmente de Satori. El complemento perfecto.

Japón Especulativo: relatos asombrosos de fantasía y ciencia ficción se trata en realidad de la traducción de la antología Speculative Japan: Outstanding tales of science fiction and fantasy (2007), que tiene hasta segundo y tercer volumen: Speculative Japan: The man who watched the sea and other tales of science-fiction and fantasy (2011) y Speculative Japan 3: Silver Bullet and other tales of Japanese science fiction and fantasy (2012).  Creo recordar que había un cuarto en camino para este año, aunque desconozco si se ha publicado ya. ¿Los veremos en España también? Espero que sí, porfavorporfavorporfavor. Pero regresando a la edición de Satori, consta de 15 relatos distintos escritos por 15 autores también diferentes, y que además cuenta con anotaciones de Jesús Palacios. De lujo. Hay cuentos mejores que otros, es lo que tienen las recopilaciones; algunos gustarán más y otros menos, pero en conjunto se trata de una compilación sólida que sirve muy bien de introducción al género scifi en Japón. Bastante entretenido.

1 – PINK  de Kyôko Okazaki

Nunca me cansaré de recomendar a Kyôko Okazaki, se trata ya de una leyenda dentro del mundo del manga, a pesar de que muchos todavía no lo sepan. Consiguió transformar el josei y otorgarle el peso y respeto que merecía, lejos de la infantilización que todavía exuda, por desgracia, la demografía. Plasmando las verdaderas inquietudes de la mujer japonesa sin idealizaciones ni cuentos románticos de hadas. Historias descarnadas y maravillosas a la vez, con muchas referencias a la cultura pop y protagonistas creíbles, muy humanas. Le dediqué una entrada a su obra cuasiherética Helter Skelter aquí, y Pink dentro de unos días tendrá asimismo su correspondiente reseña. Solo puedo adelantaros que ha sido una lectura divertidísima y, al mismo tiempo, brutal. Os recomiendo fuertefuertefuerte este feroz Pink de Kyôko Okazaki. Casi no me lo podía creer cuando Ponent Mon anunció la licencia, pero por fin lo tenemos aquí. Es un clásico.


Me habría gustado ampliar el listado añadiendo el Semidiós de Môto Hagio, que Tomodomo está preparando. En su web indican que se publicará durante el primer semestre del 2018, pero todavía no hay noticias al respecto. ¡Estoy realmente impaciente! Espero que no se retrase demasiado, porque junio está ya a la vuelta de la esquina. También me habría encantado incluir alguna otra obra de Eldo Yoshimizu o Akino Kondô que ha publicado mi amada Le Lézard Noir, pero he preferido enfocarme en material editado recientemente en castellano.

¿Conocéis alguna de estas obras? ¿Todas? ¿Las habéis leído? ¿Qué otras recomendaciones sugerís? Tenéis a vuestra disposición los comentarios para tal menester. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Microrreseña: el sereno vacío de Wo Shi Bai

En mis búsquedas, casi todas infructuosas, por encontrar en la red algún manhua que pudiera ser capaz de entender con mi actual nivel de mandarín, me tropecé en la publicación NeoCha con un autor bastante intrigante. A parte de que podía comprender el escaso texto de sus tebeos, el concepto de sus obras me dejó completamente fascinada. Eso fue para Navidad, y a partir de entonces no he cejado en seguir sus pasos a través de su tumblr, donde habitualmente publica gran parte de sus trabajos.

Su persona es todo un misterio, solo se sabe que nació en Shanghai y que es hombre. Poco más. Su nombre artístico, igual de enigmático que su perfil público: Wo Shi Bai (我是白), que se traduce como “soy blanco”. Durante un tiempo ha existido algo de revuelo entre seguidores y curiosos, pues en esta época, donde la privacidad y anonimato son tan raros en el mundo digital, Wo Shi Bai había logrado mantener cierto hermetismo. Las especulaciones estallaron por los aires como confeti mediante comentarios de lo más pintorescos. Sin embargo, parte de ese misterio se resolvió durante las exposiciones que tuvieron lugar en Fuzhou y su ciudad natal el pasado 2017. Y digo en parte ya que solo tuvieron la oportunidad de conocerlo personalmente los que allí acudieron, el resto del planeta proseguimos todavía a oscuras. No obstante, en mi caso particular tampoco es algo que me preocupe demasiado. De momento lo que me interesa de Wo Shi Bai son sus cómics, no su edad, género o si le gustan las ardillas listadas como mascotas.

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Esta es la portada de su cómic Migraine (2017), que ha sido además publicado por la editorial indie Paradise Systems, que distribuye a todo el mundo a través de su web. Es un tebeo que sigue la tradición del histórico lianhuanhua chino, con unas características muy concretas que no se dan ni en Japón ni en Corea. Los lianhuanhua eran (y siguen siendo) libritos ilustrados con una imagen por página, tamaño de bolsillo, orientación horizontal y texto mínimo. Tienen su origen en la Dinastía Song (960-1279), pero a finales del s. XIX sufrieron el fuerte impacto del incipiente cómic europeo, convirtiéndose durante el s. XX en una herramienta de propaganda política muy poderosa para el Partido Comunista, así como un medio eficiente de alfabetizar al campesinado. No obstante, por lo que se hicieron realmente célebres fue por sus narraciones de aventuras repletas de la épica de las antiguas leyendas chinas, y sus historias pulp. El grandísimo escritor Lu Xun (1881-1936) sostenía la firme opinión de que los lianhuanhua eran una nueva forma de expresión artística, y que las críticas que recibían por su poderosa difusión entre las clases populares eran simplemente puro esnobismo.

Los lianhuanhua fueron los cómics, las películas y las series de TV de millones de chinos durante décadas, hasta que fueron desplazados en los años 90 por los manhua de influencia nipona. Actualmente son valiosas reliquias para coleccionistas y objeto de serios estudios académicos, pues son considerados parte imprescindible de la historia cultural del país. Y después de este pequeño rodeo para explicar un poquito algo de la tradición comiquera china, que es tan antigua y rica como nuestra amada japonesa, regresamos a Wo Shi Bai. El artista e ilustrador de Shanghai hace suyo el legado del lianhuanhua y lo renueva por completo, otorgándole una flamante mirada contemporánea.

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Adaptación a lianhuanhua de la película Star Wars. Más info aquí.

Migraine es una obra con mucho de autobiográfico, y en ella queda plasmada una de las características más reconocibles de Wo Shi Bai: la expresión de las emociones más complejas a través de imágenes simples, pero siempre con un desapasionamiento quirúrgico. Y el resultado es, en algunos momentos, pertubador por su pulcritud minuciosa, como un disparo de emociones dirigido al cerebro, no al corazón. Y las ideas que de ahí brotan son difíciles de verter en palabras, por eso las obras de este autor son tan peculiares.

Wo Shi Bai ha realizado también interesantes series de ilustraciones como su Chuck and the Portal, pero son sus pequeños cómics los que brillan con luz propia. Suelen ser cortos, one-shots a lo sumo de 20 viñetas en total; y tienen de protagonista a un humanoide (小白人) con los vehículos de expresión más elementales. ¿Se trata de un alter ego? Quizá. Pero suele ser el protagonista de sus pequeñas parábolas filosóficas, aunque también aparecen a menudo otros personajes de atributos igualmente muy sencillos, pero alta carga simbólica.

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Chuck and the Portal (2017)

En los lianhuanhua de Wo Shi Bai no existen las fronteras del espacio y el tiempo. El artista rompe sus límites, los deforma y manipula para sus propósitos. Es el suyo, además, un surrealismo de corte clásico, que evoca la profunda metafísica de Giorgio de Chirico (1888-1978) y asimila los ropajes de René Magritte (1898-1967); pero que no se encuentra exento de una aguda angustia existencial. Las paradojas son habituales, así como una estructura circular en su narrativa que se cimenta claramente en el pensamiento de Zhuangzi (s. IV a. C). Y no podía ser de otra forma, aunque algunas referencias las reconozcamos como occidentales, Wo Shi Bao no deja de ser chino, y el poderoso influjo cultural de su patria tiene que florecer a la fuerza. El sueño de la mariposa, cuento incluido en el Sobre la igualdad de las cosas del filósofo, surge como una de sus inspiraciones recurrentes.

El arte de Wo Shi Bao es de línea clara y minimalista, de una elegancia simple y que resulta perfecta para transmitir los conceptos sobre su cotidianeidad fantástica. Sus tebeos son feudo de la imaginación, donde el inconsciente presume de su poderío. Resultan muy cerebrales mediante ese rosario de alegorías, invitando a la reflexión. No obstante, aunque a priori puedan parecer densos, son obras muy accesibles y agradables, perfectas por su disposición y dinámica para leerse en un medio digital. Y para muestra, un botón: este es su Limpieza.

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Hasta donde he podido rastrear, sus trabajos comenzaron a publicarse a principios del 2017. No lleva mucho en esto del mundo del cómic (al menos como Wo Shi Bai), pero en pocos meses está logrando hacerse un merecido sitio. A través de su instagram y su tumblr se pueden disfrutar de la mayoría de sus tebeos, y os invito a que les echéis un vistazo. Merecen mucho la pena, a mí este señor me tiene enamorada con sus silencios y vacíos tan llenos de significado. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

Calabaza, mahonesa y Kiriko Nananan

Kiriko Nananan es una autora que me encanta, en los 90 publicó unos cuantos mangas que ayudaron a modelar el josei, y la podemos considerar una imprescindible de la demografía. Quizá no sea especialmente conocida entre la otaquería, pero los lectores que llevamos en esto ya un tiempecito sabemos perfectamente quién es y cómo de maravilloso es su trabajo. Así que hoy os invito a que la conozcáis un poco más si es que no os habéis atrevido todavía con ella, y si ya sabéis de sus andanzas, que disfrutéis igualmente de la lectura.

En la entrada que dediqué al yuri, escogí su inmenso e indispensable Blue (1995) como uno de los mangas más importantes del género, y en ese momento ya pensé que le debía una entrada en condiciones a Kiriko Nananan. Y henos aquí. He elegido como primera reseña de una obra suya (en el futuro vendrán más) un tebeo cortito, de apenas 10 episodios y que salió a la luz en 1998: Kabocha to mayonnaise. Se trata de un pequeño manga que considero puede ser una buena presentación a su manera tan personal e introspectiva de afrontar las historias. El año pasado se estrenó su live action, que no he tenido la oportunidad de ver todavía, pero dudo que esté a la altura del cómic. De hecho soy de la firme opinión de que las creaciones de Nananan son imposibles de trasladar al cine con justicia. Sería necesario un auténtico Maestro, porque su genial poesía de lo cotidiano se disuelve indefectiblemente en el color y movimiento de lo prosaico.

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No tengo intenciones de escribir una reseña eterna como suele ser habitual en SOnC. Sería un homenaje poco apropiado por mi parte al estilo elegante y minimalista de Nananan, que es una ferviente seguidora del menos es más. Sin embargo, tampoco la mangaka escatima en riqueza conceptual y psicológica, que no deja de resultar el esperado contraste. De todas formas, como artista miembro de la Nouvelle Manga no podía sospecharse algo diferente.

Kabocha to mayonnaise es un josei que se aparta de la corriente principal comercial. No hay comedia, no hay melodrama. No es un tebeo sobre mujeres solteras de clase media que sufren las consabidas inquietudes sentimentales por no encontrar novio o marido. No es un manga de entorno idealizado ni es un cómic amable. Kabocha to mayonnaise es un retrato diáfano de la mujer joven japonesa, sin adornos de ningún tipo. Crudo y simple. Pero no por ello menos hermoso. Y severo. La posición femenina en la sociedad nipona en los 90 no era muy buena, y Nananan la refleja perfectamente con una sencillez pasmosa.

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Kiriko Nananan nos introduce en la vida de Miho Tsuchida, una mujer en la veintena que comparte piso con su pareja, Sei, un músico desempleado. Son apaciblemente felices, aunque Miho añore a veces a Hagio, un viejo amor. Ella hace todo lo que puede por salir adelante y mantenerlos a ambos, además de hacerse cargo de las labores de la casa. Como el empleo que tiene en una tienda de ropa no es suficiente, decide empezar a trabajar como hostess en un bar, actividad que le desagrada bastante; y la acuciante necesidad de dinero la arrastra finalmente a prostituirse. Mientras, Sei se encuentra muy desanimado porque parece que su carrera musical no acaba de despegar y, completamente apático, se dedica a dormitar y dejar la vida pasar. Pero un día descubre los empleos complementarios de Miho, y ella a su vez se reencuentra con su antiguo novio. La relación entre ellos cambia como de la noche al día en sus cabezas, pero en el exterior todo parece… normal. ¿Qué sucederá?

Kabocha to mayonnaise toca un tema muy recurrente en la cultura japonesa, que es el del sacrificio de la felicidad femenina para favorecer la de un hombre desagradecido. El director Kenji Mizoguchi también trabajó en profundidad esta materia a lo largo de su carrera cinematográfica, y resulta bastante apropiado relacionar a Nananan con Mizoguchi porque ambos comparten esa visión delicada, poética y extremadamente elegante del arte. La belleza de la línea solitaria y el vacío. Ambos no titubean a la hora de plasmar la injusticia social que supone que la mujer deba renunciar a sus propios deseos para dedicarse con devoción al varón. Y en el manga queda expresado continuamente con naturalidad, porque se considera normal que la mujer deba servir al hombre a costa incluso de ella misma.

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Esos son los roles tradicionales establecidos en la sociedad japonesa, por eso Sei no cree, inicialmente, que la situación en la que están sumidos sea anómala. No percibe los límites que ha alcanzado la abnegación de Miho hasta que tiene literalmente en sus manos la evidencia. Y a ella, aunque en ocasiones la asalta la ira, el sentimiento que la consume en el fondo es la culpabilidad. Culpable por enfadarse con Sei porque no la ayuda en casa, culpable porque tiene que acostarse con un desconocido para ganar más dinero, culpable porque no puede olvidar a Hagio y quiere volver con él, culpable porque no logra lo que la sociedad exige de ella: casarse y tener hijos.

Miho, como muchas mujeres niponas, ha sido educada para que su vida gire en torno a su pareja. Encontrar el amor, a su príncipe azul, y vivir juntos para siempre jamás. De esta forma termina desarrollando siempre una dependencia enfermiza hacia su novio, en el que deposita todas las esperanzas de su felicidad, y por quien es capaz de sacrificarlo todo. Y él acepta su inmolación, porque es lo que se espera que la mujer haga. Esta sociedad en la que gran parte de la población se encuentra tarada emocionalmente, Nananan la estampa muy bien en Kabocha to mayonnaise. Con gran sutileza y sin aspavientos, a través de la historia sencilla y cotidiana de una pareja joven. Los personajes secundarios, aunque no tan bien perfilados como Miho, son un  buen marco que ayuda a contextualizar sus reflexiones, los motivos que la llevan a naufragar una y otra vez, sin que ella siquiera sea consciente de ellos. Le resulta menos doloroso pensar que es un problema de compatibilidad entre grupos sanguíneos.

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Kabocha to mayonnaise es un diálogo íntimo que engarza los pensamientos de su protagonista como un rosario de perlas fascinantes y totalmente imperfectas. Ante lo que Nananan va desgranando viñeta a viñeta, lo más fácil sería juzgar las acciones de Miho. Ella lo hace consigo misma además. Lo más cómodo es hacer una lectura superficial de la historia y condenar a los personajes, sobre todo a Tsuchida. Pero la mangaka, silenciosamente, nos desafía a ir más allá del acostumbrado muro de misoginia. Otro asunto es que el lector decida recoger el guante, claro. Y es cuando se acepta el reto que este manga comienza a entenderse de otra manera. Es entonces cuando podemos comprender y empatizar con los pensamientos y acciones de unos personajes enredados en sus propias trampas.  Algunos son capaces de liberarse, otros no.

Kabocha to mayonnaise va dirigido a una audiencia adulta y es un manga serio. No busca entretener, su objetivo no es divertir, sino contar su historia. Una historia bastante común, hasta vulgar, que plasma el día a día de millones de japoneses, y los dilemas que deben enfrentar respecto al rumbo de sus vidas. Y la sociedad en la que viven no les ofrece demasiadas alternativas, tampoco muchos son capaces de vislumbrar algo más allá del paraguas de la educación recibida. Por lo que la lectura de este tebeo puede atragantarse a pesar de su lirismo; es un cómic realista y bastante duro, aunque de una manera dulce y gélida a la vez.

nan2¿Lo recomiendo? Sí, desde luego. No posee la brillantez de Blue o la variedad emocional de Itaitashii Love (1995), del que tengo pensado escribir en breve; sin embargo, aunque se trata de un manga opresivo que refleja muy bien el callejón sin salida que resultaba (¿resulta?) ser mujer en Japón, se las apaña muy requetebién para encender la empatía del lector. No obstante, hay que tener en cuenta que es una obra que se aleja de los parámetros del manga comercial. Aun así, Kabocha to mayonnaise resulta accesible y fácil de leer aunque no tanto de comprender, sobre todo si no se posee cierta madurez emocional. Pero merece la pena totalmente echarle un vistazo. O dos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

24年組 : las Magníficas del 49

Me ha sorprendido bastante que en la última entrada dedicada a Kamome Shirahama, autora de ese estupendo manga en publicación que es Tongari Bôshi no Atelier, muchos de vosotros hicierais click en el vínculo que dirigía a la wikipedia del Grupo del 24 o 24 nen-gumi. Creo que he escrito (y no poco) sobre algunas de las mangaka que forman parte de él, como Môto Hagio, Riyoko Ikeda, Keiko Takemiya, etc. Pero, horreur!, todavía no existe ningún post en SOnC destinado a ellas como movimiento artístico. ¡Omisión del tamaño de un trolebús! Por lo que me veo obligada a despertar un poquito antes de tiempo la sección de Shôjo en Primavera para realizar la pertinente (y obligatoria) entrada y homenajear a Las Magníficas del 49.

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“La niña iguana” (1992) de Môto Hagio

Shôjo en primavera está más bien orientado hacia mangas previos al Grupo del 24, ese es su límite cronológico. Los albores del shôjo, obras que prácticamente casi nadie conoce ni lee porque, todo hay que decirlo, a Occidente apenas llegan, salvo de refilón si se trata de Osamu Tezuka o Leiji Matsumoto. Por eso tampoco es una sección que tenga mucho movimiento, aunque la considero indispensable. Y poco a poco irá creciendo, conforme las oportunidades me permitan acceder a más material antiguo. Sin embargo, considero muy oportuno escribir una entrada dedicada a la frontera entre la infancia y la adultez de esta demografía. Un momento capital además dentro de la historia del manga. A partir de la década de los 70 el tebeo dirigido a jovencitas sufrió una metamorfosis  y estableció los cimientos del cómic comercial japonés contemporáneo, trascendiendo géneros y demografías. Y las responsables de esta transformación fueron las protagonistas de hoy, las 24 nen-gumi.

No hay un consenso claro sobre qué artistas conforman el Grupo del 24, ni siquiera si puede considerarse la existencia de un grupo como tal (ay, bendita posmodernidad); no obstante, como SOnC es un blog amateur que leéis cuatro lechucillas, voy a tomarme la libertad  de afirmar su realidad y, basándome en mi criterio, escribir sobre las que considero sus adalides. Es cierto que es un poco arbitrario establecer un movimiento artístico basado en el año de nacimiento de sus posibles componentes, las cuales tampoco fueron consultadas ni creo que fueran conscientes de estar formando un grupo como tal. Pero tampoco se puede negar que todas ellas poseen características comunes, dentro de sus lógicas diferencias estilísticas, y que fueron influenciadas por los mismos estímulos culturales.

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Osamu Tezuka fue de las grandes influencias del Grupo del 24.

El shôjo hasta la llegada del Grupo del 24 era una demografía bastante maltratada tanto por lectores como crítica. Se consideraba claramente inferior por puro sexismo, ya que se dirigía al público femenino e infantil, estimado poco exigente. Los propios mangaka y las editoriales eran negligentes con él. Aunque el shôjo fue trabajado por Tezuka, Matsumoto y pioneras como Hideko Mizuno o Chieko Hosokawa, se consideraba una demografía menor. Volvemos a toparnos, por enésima vez en la historia, con el prejuicio de que solo lo masculino puede considerarse universal; lo femenino va dirigido exclusivamente a las mujeres y debe permanecer en su esfera, como si la feminidad fuera una especie de enfermedad contagiosa que envileciera la masculinidad.

El shôjo, como ya se ha comentado en otras ediciones de la sección, procede de la ilustración jojô-ga de principios del s. XX y las novelas para chicas (shôjo shôsetsu), que centraban su atención en el mundo de las emociones idealizadas. La amistad, la vida cotidiana, el amor platónico entre chicas, la delicada tranquilidad de un universo ausente de hombres. Por otro lado, eran auténticos manuales de cómo ser la perfecta mujer japonesa: sumisa, abnegada y amante esposa y madre. Este trasfondo legó sus propios códigos estéticos al shôjo, pero no alcanzaron al resto de demografías. De ahí que para un lector profano se hiciera hasta cierto punto incomprensible, por no decir que ridículo y deficiente. Hasta que llegaron Las Magníficas del 49.

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Sin las ilustraciones de Jun’ichi Nakahara (1913-1983) el arte del shôjo no habría sido igual.

A este grupo de mujeres se les denominó así porque nacieron en el año 24 de la era Shôwa (1949) o en fechas aledañas. ¿Dónde surgió el nombre? Pues ni idea. Por mucho que he rastreado internet, no he encontrado una fuente fidedigna que aclare ese interrogante; pero se encuentra ampliamente extendido y no voy a ser yo quien lo discuta. Eso se lo dejo a los expertos. Pero regresando a lo que nos atañe, hasta la aparición de esta generación de mujeres el shôjo había gozado de una reputación pésima. ¿Por qué, de repente, ese interés de la crítica en él? Porque esta damas comenzaron a modernizar la demografía, que hasta entonces había permanecido aletargada e inmóvil en sus premisas, introduciendo nuevos lenguajes visuales y temáticas. Un lavado de cara donde tanto la presentación, el arte y sus historias enrevesadas jugaron sus mejores bazas.

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Ilustración para el manga “Hi Izuru Tokoro no Tenshi” (1981-1983) de Ryôko Yamagishi.

Sin embargo, continuaba siendo shôjo. Aunque inyectaran cuestiones más maduras e incluso peliagudas, como la religión, la muerte o la homosexualidad; o los géneros se abrieran a la ciencia-ficción, la fantasía, la historia o el terror, el Grupo del 24  siguió trabajando con los recursos del shôjo: potente eurofilia, el lirismo gráfico del jojô-ga y rampante exaltación sentimental. Se convirtieron en sólidos bildungsroman en los que desarrollar tramas de fino encaje sentimental. La habilidad con la que manejaron la disposición de las viñetas para enfatizar los vaivenes emocionales y crear las atmósferas adecuadas, y el aumento significativo de la complejidad psicológica de los personajes conquistaron al público, porque podían ver reflejados en sus páginas muchas de sus desazones.  Los mangas del Grupo del 24 continuaron siendo auténticas bombas románticas como sus precursores, donde el melodrama era el rey absoluto. Por eso la proeza que consiguieron estas mujeres fue, y sigue siendo todavía, inmensa. Lograron que la demografía saliera de su gueto, alzara el vuelo para ser valorado como le correspondía en justicia, y fuera consumido masivamente sin dejar de ser él mismo, sin dejar de ser shôjo. Por no decir que, a partir de entonces, la mujer conquistó definitivamente su espacio en el mundo del manga. Y eso en una sociedad profundamente machista como la japonesa del s. XX fue todo un mérito.

También es cierto que el shôjo, así como todas las demografías japonesas en realidad, sigue propagando unos estereotipos bastante sexistas que, conforme nos vamos retrotrayendo en el tiempo, son cada vez más intensos. Por eso siempre es necesario recordar que afrontar la lectura de obras del pasado con la mentalidad del presente no es ni justo ni inteligente. Me ha salido con rima y todo. Los seres humanos somos hijos de nuestro tiempo, y nuestras obras reflejan lo que somos; lo mismo va por el Grupo del 24. ¿Y quiénes son ellas? Como ya he indicado al principio, no existe un consenso sobre su número, incluso a raíz de su influencia ha surgido otra nomenclatura, Grupo Post-24 (ポスト24年組), para referirse a otras mangaka nacidas un poco más tarde. Así que he elegido las que considero cabecillas indiscutibles de Las Magníficas del 49: Môto Hagio, Keiko Takemiya, Yumiko Ôshima, Ryôko Yamagishi y Riyoko Ikeda. Podría haber añadido alguna más, como Toshie Kihara, pero me ha resultado imposible acceder a sus obras (tengo unas ganas feroces de hincarle el diente a su clásico Angelique y a su colección de historias cortas Yume no Ishibumi, AINS), por lo que estas son mis seleccionadas.


riyoko-ikeda1. Riyoko Ikeda (1947, Osaka) es una de las mangaka más conocidas de Las Magníficas del 49 y su influencia ha ido más allá de la demografía shôjo. Es toda una institución en el tebeo japonés, y sus obras y estilo artístico tienen un sello personal que han contribuido desde los inicios de su carrera a modernizar y forjar el cómic de las islas. Tiene debilidad especial por las temáticas históricas de corte occidental, haciendo hincapié en unos argumentos que beben de lo mejor del folletín decimonónico francés. El jojô-ga está especialmente presente en su arte, al igual que el Takarazuka Review, que sirve a Ikeda para plasmar de forma amable los problemas de la transexualidad en la sociedad heteropatriarcal. Su obra más conocida y celebrada es Versailles no Bara (1972-1973), que ha tenido múltiples adaptaciones y cuyo éxito traspasó las fronteras de Japón. Tenéis su reseña aquí.

Tebeos recomendados: Versailles no Bara, Claudine…! (1978) y su reseña aquí, Orpheus no Mado (1975-1981), Onii-sama e… (1974)

keikotakemiya2. Keiko Takemiya (1950, Tokushima) fue, junto a Môto Hagio, la que dió el primer impulso para la renovación del shôjo. Ambas vivieron en la misma casa durante un par de años, en Ôizumi, Nerima (Tokio). Por ahí también empezaron a pasarse otros artistas, creando lo que más tarde se denominaría Ôizumigakuen: un lugar de encuentro, intercambio y aprendizaje. Allí ambas descubrieron publicaciones como Barazoku (gracias a su amiga Norie Masuyama) y leyeron obras como Le ville dont le prince est un enfant (1951) o Les amitiés particulières (1943), que les abrieron las puertas a un universo oculto, el de la homosexualidad masculina. No dudaron en inspirarse en el material que les ofrecía ese nuevo mundo para crear algo completamente transgresor: el shônen-ai y yaoi. No es difícil encontrar los ecos de Les amitiés particulières en Thomas no Shinzô (1974) de Hagio y, sobre todo, en Kaze to Ki no Uta (1976-1984) de Takemiya. Actualmente imparte clases de Teoría y Práctica del Manga en la Universidad Seika de Kioto.

Tebeos recomendados: Terra e… (1976-1980) y su reseña aquí, Kaze to Ki no Uta (1976-1984)

oshima3. Yumiko Ôshima (1947, Ôtawara) es quizá de las autoras menos conocidas de Las Magníficas del 49 y que, paradójicamente, más contribuyeron técnica y artísticamente al nuevo lenguaje visual del shôjo. Sin embargo, su adorable creación Chibi-neko, protagonista del manga Wata no Kuni Hoshi (1978-1984), sí que goza de popularidad. Ôshima ha sido siempre amiga de mezclar lo kawaii con el surrealismo; de comenzar una historia de manera etérea, plena de simbolismo, y acabar tratando temáticas inquietantes, incómodas y con crueldades varias. Se centra, sobre todo, en las experiencias que resultan del paso de la niñez y la adolescencia al mundo adulto. Sus dilemas y preocupaciones vitales, del choque entre los sueños y fantasías contra la realidad. Fue la primera en sacar de sus globos los textos, de dejar flotar los pensamientos de manera gráfica; y construir una estructura no lineal en la disposición de las viñetas, cuyos límites además se difuminan, abriendo la perspectiva del lector más allá de las páginas. Todo al servicio de la emoción del público, y de transmitir con mayor eficacia los sentimientos de los personajes. Desde mi punto de vista es, junto a Môto Hagio, la más original e insólita del Grupo del 24.

Tebeos recomendados: Wata no Kuni HoshiGô Gô datte Neko de Aru (1996-2011), Banana Bread no Pudding (1977-1978).

img_15_m4. Ryôko Yamagishi (Kamisunagawa, 1947) es la mangaka que puede presumir del arte más elegante, con una fuerte impronta del art nouveau europeo. Me parece maravillosa en su delicada riqueza visual, que tampoco se aleja de una brillante cinemática. Pero ante todo, destaca por sus complejos retratos psicológicos, y una ausencia de miedo total a la hora de trabajar la homosexualidad tanto femenina como masculina. Suyo es el primer yuri de la historia, Shiroi Heya no Futari (1971), cuya reseña podéis leer aquí, y tampoco tuvo ningún rubor en definir como abiertamente gay al príncipe Shôtoku (574-622), una figura histórica de primer orden en Japón, en su célebre manga Hi Izuru Tokorono Tenshi (1980-1984). De hecho, el cómic recibió el Premio Kôdansha al mejor shôjo en 1983; más adelante, en 2007, recibiría por Terpsichore (2000-2006) el Premio Cultural Osamu Tezuka.

Tebeos recomendados: Arabesque (1971-1973), Hi Izuru Tokorono Tenshi, Hatshepsut (1988)

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Môto Hagio junto a Ray Bradbury en 2010

5. Môto Hagio (Ômuta, 1949) es mi mangaka favorita del Grupo del 24. Todos los lectores de SOnC ya sabéis que tengo debilidad por esta dama, y estoy muy, muy, muy PERO QUE MUY contenta porque Tomodomo va a continuar con el saludable hábito de publicar material suyo. Esta primavera saldrá a la luz Hanshin (1984) junto a otros relatos míticos de Hagio como La niña iguana (1992); y espero que sea un completo éxito para que la editorial siga animándose a traer más clásicos, ¡que son muy necesarios, leñe! Môto Hagio es una autora que ha hecho historia en el shôjo, algunos críticos incluso consideran que sus obras no pertenecen a esa demografía, pero se equivocan. Hagio-sensei, junto al resto de sus colegas de grupo, lo que hizo fue abrir las puertas a la inclusión de otros géneros que no fuesen los habituales slice of life o school life. Porque a las chicas también les podía gustar la ciencia-ficción, el terror o el drama histórico. Perfectamente. Y a los chicos también les podían gustar las historias del shôjo, con sus montañas rusas emocionales y nuevas propuestas visuales. Môto Hagio escribió, y escribe, shôjo para todo el mundo. Lo que podría resultar un poco contradictorio, pero que en sus manos es completamente natural. Con ella comenzó a resquebrajarse esa noción que perpetúa los roles de género en las demografías japonesas, incluyendo moléculas habituales del shônen o el seinen en sus propias historias, que no dejaban (ni dejan) de ser shôjo. Robert E. Heinlein, Alfred Elton van Vogt o Ray Bradbury están muy presentes en bastantes de sus obras, y su mente siempre poseyó una objetividad diáfana que la ayudó, además, a diversificarse. Y lo sigue haciendo, por cierto.

Tebeos recomendados: Poe no Ichizoku (1972-1976) y su reseña aquí; Thomas no Shinzô (1974),  11-nin iru! (1975) y su reseña del anime aquí; Marginal (1985)


Como simple introducción creo que la presente entrada puede ayudar a los otacos curiosos a familiarizarse con lo que fue y es el Grupo del 24. Ahora queda en vuestras manos el sumergiros y profundizar más en las obras de estas artistas que lo cambiaron todo. Y no solo en el shôjo. Ójala pudiéramos acceder a más comics de Las Magníficas del 49, porque problamente este mini-listado se vería ampliado bastante. De momento, nos tendremos que conformar con las migajillas que nos llegan, que seguro muy pronto caerán unas pocas más. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Los hechizos y encantos de Kamome Shirahama

No os creáis que soy una tipa rara y oscura que solo consume material que produce narcolepsia entre la otaquería. Ni hablar. Cuando hay algún anime o manga comercial que llama mi atención y que además logro disfrutar, corro a contároslo aquí. Siempre lo he hecho, creo. Es el caso de uno de mis descubrimientos del 2017, la mangaka Kamome Shirahama. No sé gran cosa sobre ella, salvo que trabaja dibujando portadas para Marvel, DC y que es sangre nueva en el tebeo mainstream japonés.

Mi encuentro con su trabajo fue totalmente casual, y comenzó con un one-shot llamado Watashi no Kuro-chan o My Little Noir, que publicó en 2011. Me gustó tanto que busqué más sobre la autora, y así empecé a leer Tongari Bôshi no Atelier o The Atelier of Witch Hat, que lleva en publicación desde el 2016 en Morning Two de Kôdansha. Con anterioridad publicó Enidewi (2012-2015) en la revista Harta, alcanzando los 3 volúmenes y un total de 15 capítulos; pero no he conseguido encontrar más obras suyas, salvo una pequeña colaboración en un libro de ilustraciones dedicado a Sakamoto desu ga?. ¿Por qué? Porque es una recién llegada, y me sorprendió muchísimo que fuera así dada su enorme pericia con el lápiz. Su dibujo es simplemente alucinante. Lo adoro. Creo que junto a Shinichi Sakamoto es de lo más impresionante que hay de momento pululando en el mundillo del manga. Cada uno a su manera, claro.

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Por ahora he conseguido leer My Little Noir y estoy siguiendo The Atelier of Witch Hat; y debo reconocer que lo que más me ha enganchado de Kamome Shirahama ha sido su arte. Es realmente adictivo, no me canso de observarlo una y otra vez. Cada viñeta es una maravilla por su minucioso detalle y armonía; en cada ocasión se descubren matices nuevos. Se nota que la mangaka disfruta muchísimo dibujando, que le pone además un cariño y mimo especiales. Me ha sorprendido también el aire vintage de su estilo, recuerda mucho a Riyoko Ikeda y Môto Hagio, como un regreso al naturalismo setentero que, sin duda, bebe de artistas europeos como Moebius o los venecianos Dino Battaglia y Hugo Pratt, cuya influencia en la autora es muy descarada. Aunque uno de los influjos más poderosos de Shirahama es Alphonse Mucha, su presencia se husmea por doquier. Pero que la mejor estirpe comiquera occidental haya influenciado a esta artista no quita que sus obras sean netamente japonesas. Son manga, manga además de línea clásica, con el Grupo del 24 muy presente.

En resumen, Kamome Shirahama promete, pero promete muchísimo; y su carrera no ha hecho más que empezar. Personalmente, voy a estar muy atenta a sus futuros trabajos; y espero que su evolución y carrera nos ofrezcan muchas sorpresas agradables, porque sería una pena que se desperdiciara un talento semejante. No quiero ni imaginar el placer que puede brindarnos cuando alcance su madurez artística, podría llegar a ser gloria bendita. Por ahora, SOnC solo puede ofreceros impresiones sobre lo que he leído, que rezuma amor y admiración hacia Occidente; y tampoco es que sea demasiado. Sin embargo, es lo suficiente para saber que tenemos entre manos una mangaka notable.

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Watashi no Kuro-chan

My Little Noir es un one-shot de apenas 21 páginas pero que se las apaña en tan poco espacio para relatarnos la trepidante aventura de una niña por las calles de París. Minette descubre que su gatito, Noir, no se encuentra en su cestita. ¿Qué le habrá ocurrido? ¿Se encontrará bien, se habrá perdido y no sabrá regresar a casa? Pregunta a sus padres, pero están muy ocupados con las labores del hogar, así que decide ir a buscarlo por su cuenta. Al abrir con temor la puerta de casa, descubre a un gato durmiendo en la calle, lo que le da valor para salir y preguntarle si ha visto a Noir. Pero los gatos no son como los humanos, y desconfiando de Minette, se aleja, haciendo que nuestra pequeña protagonista tenga que seguirlo, pues tiene la convicción de que puede ayudarla a localizar a Noir.

Y así comienzan sus peripecias, persiguiendo a un gatito esquivo por avenidas, muros y cafeterías, topándose con todo tipo de personajes y sorteando milagrosamente los peligros de la ciudad. Con mucho sentido del humor y un magistral sentido del ritmo, Kamome Shirahama nos muestra también un poco de ese autismo social que sufrimos todos los urbanitas, tan aislados en nuestros propios pensamientos que pasamos por alto los diminutos prodigios cotidianosWatashi no Kuro-chan es un pequeño cuento llevado estupendamente y con un gracioso final; tierno e inofensivo, pero que agrada por su alegre sencillez. Algunas de las viñetas, como también he tenido ocasión de observar a menudo en la otra obra que he leído de la autora, son auténticos portentos. Para quedarse mirándolas mientras resbala la babillla.

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Tongari Bôsho no Atelier

Hay dos tankôbon publicados y en marzo de este 2018 saldrá ya el tercero. Los scans transcurren, como siempre, un poco a remolque; de momento la traducción va por el segundo volumen y el capítulo ocho. Sin embargo, la buena noticia es que en Francia Pika Édition se ha lanzado a por ella, y en primavera comenzará su edición bajo el nombre de L’Atelier des Sorciers. No tengo ni idea si en algún otro lugar van a publicarla, en España no se espera de inmediato; pero pudiendo acceder a ella en francés, me doy completamente por satisfecha. Los que conozcáis la editorial gala, ya sabréis que siempre se ha decantado por productos comerciales pero de esmerada calidad (Chihayafuru, Nodame Cantabile, Yona, Escaflowne, etc.). Y es lo que resulta ser Togari Bôsho no Atelier. Por ahora.

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Coco es una niña que ha vivido siempre enamorada de la magia. Es su gran pasión, a sabiendas de que nunca podrá dedicarse a ella, porque los brujos y brujas lo son de nacimiento, no se hacen a sí mismos. Cuando era más pequeña, en el festival del castillo, un extraño personaje le vendió un librito de magia y una varita. Pero muy pronto su emoción se desvaneció porque no sabía qué hacer con ellos. Consideró que era normal, pues no había nacido bruja. Hasta que un día llegó a la puerta de su hogar un brujo. Los eventos, a partir de entonces, se precipitarán de tal forma que la madre de Coco quedará petrificada a causa de un hechizo del librito, que ha comenzado a descifrar nuestra protagonista; y Qifrey, el brujo, sintiéndose responsable de lo sucedido, decidirá acoger a Coco como discípula. ¿Es eso posible? ¿No era necesario nacer brujo para serlo?

Coco descubrirá muchas cosas que la gente común desconoce, y ella se esforzará todo lo posible por conseguir que su madre vuelva a la normalidad. Pero, por supuesto, no será un camino de rosas. Ese librito de magia que subrepticiamente le entregaron esconde en realidad magia prohibida; por no decir que en la casa de Qifrey viven otras tres alumnas muchísimo más adelantadas en los estudios. Además, una de ellas, la arrogante Agete, detesta la presencia de Coco desde el primer instante. No entiende cómo una profana, sin adiestramiento ni los rudimentos básicos exigidos, ha sido aceptada por Qifrey como discípula.

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The Atelier of Witch Hat es un cuento de fantasía tradicional que se inspira en muchos detalles en la saga de Harry Potter. Es complicado librarse de su influencia, pues la obra de J.K. Rowling es ya un monstruo del género que ha extendido sus tentáculos sobre la imaginación de miles de creadores en el planeta. También tiene mucho de Little Witch Academia, pero con una importante diferencia en el tono. Tongari Bôshi no Atelier, a pesar de que tenga la habitual protagonista genki (muy al estilo también de Made in Abyss), con una desventaja inicial importante frente a sus compañeras y una enemiga odiosa cerca, es un seinen. Coco es infantil y entusiasta, carece de los conocimientos más simples de magia pero un fervor enfermizo hacia ella (como Atsuko), aunque vuelvo a repetir: The Atelier of Witch Hat es un seinen.

Con solo ocho episodios la arquitectura del mundo de Tongari Bôshi no Atelier se encuentra a medio esbozar, por lo que hay más interrogantes que certezas respecto a temas básicos. El meollo del argumento también acaba de iniciarse, todavía no han terminado de presentarse todos sus actores, pero se barrunta un elenco nutrido. Los personajes están bosquejados con eficiencia, aunque no sorprenden; tiran del cliché bastante, sin embargo todavía queda bastante manga por delante. Así que tenemos un cómic de fantasía clásico, con la magia y su aprendizaje de tema principal y toda la parafernalia habitual que la acompaña. À la occidental. No obstante, cabe destacar que a diferencia de otros cuentos del género, la magia se conjura mediante tinta y pluma. No se recita, no se realizan gestos especiales: se dibuja.

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Tetia, Riche, Coco y Agete.

A priori ofrece poca novedad comparado a otros mangas del género, por no hablar de la cantidad ingente de literatura juvenil que hay al respecto. No obstante, si tuviera que relacionar Tongari Bôshi no Atelier con una obra sería con El nombre del Viento (2007), porque la oscuridad que se atisba es bastante más densa que en Harry Potter. Y ya es decir. Pero veremos qué derroteros toma la historia de Kamome Shirahama. Es un cuento grato y que sabe retener la atención tanto por ese encantador dibujo como por su argumento, que juguetea hábilmente con el suspense y, además, le brinda una radiante vertiente cómica.

Por ahora es uno de los mangas de fantasía más atractivos que estoy leyendo y con una capacidad de crecer sustancial. Es entretenido, chispeante y, lo que para mí es importante, no me irrita con personajes femeninos de electroencefalograma plano. No ha inventado la rueda, pero todavía está a tiempo de construir una locomotora. Su comedida ternura mezclada con la maldad natural del ser humano concibe una atmósfera bastante peculiar, que oscila entre la obvia puerilidad de sus protagonistas y los turbios secretos que calla el mundo de la magia. Pero, ¿es un mundo de blancos y negros, de buenos y malos?

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Kamome Shirahama es una mangaka con un gran futuro por delante y que, de momento, ha creado tebeos accesibles y bastante divertidos. Obras que pueden gustar a todo el mundo y con unos mínimos de calidad garantizados. Cierto que lo más destacable sea su arte, que no es poco importante, pero tiene todo el tiempo del mundo aún para escribir y perfeccionar sus historias. Que no son en absoluto malas, pero quizá todavía le falta una miqueta para llegar a la altura de su magnífico dibujo. De todas las maneras, yo no me perdería a esta mujer, os lo digo muy en serio. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

99 pesadillas antes de Navidad de Hinako Sugiura

Cuando Ponent Mon anunció que iba a publicar esta próxima primavera de 2018 el manga Sarusuberi (1983-1987) de Hinako Sugiura, no cupe en mí del gozo. Ya cuando escribí la reseña de su estupenda adaptación animada, Miss Hokusai (2015), rogué a todas las deidades ctónicas e infernales de la galaxia por que algún editor despistado, al que no le importara demasiado perder dinero, publicara algo de esta mangaka. Increíblemente, mi petición fue concedida (imagino que por Ereshkigal o Hécate) y aquí estamos, esperando a que llegue marzo para devorarlo (también me interesa mucho Pink [1989], de mi admirada Kyôko Okazaki). Mientras, para consolarme, he estado leyendo otra obra suya cuya temática, además, me encanta: Hyaku Monogatari (1986-1993). Fue el último cómic que realizó antes de abandonar la disciplina y dedicarse en exclusiva al estudio del periodo Edo.

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Hinako Sugiura de jovenzana

En realidad Hinako Sugiura (1958-2005), a pesar de su indudable talento para el cómic y la original perspectiva que aportaba a la novela gráfica japonesa, no llevaba nada bien el ritmo endemoniado de publicación del manga comercial. No se sentía realizada artísticamente además, así que a la edad de 35 años decidió retirarse. Y se centró en esa pasión vital que le hizo abandonar la universidad (Comunicación audiovisual y Diseño) para estudiar bajo la tutela del experto medievalista Shisei Inagaki: el periodo Edo. Y a partir de entonces, fue publicando libros sobre la materia, apareciendo con regularidad como especialista reconocida en diversos programas de televisión. Habiendo nacido en el seno de una familia dedicada a la creación de kimonos, no era de extrañar su devoción y respeto por las tradiciones japonesas.

Para la mayoría de la gente la Era Edo parece como de otra dimensión, algo procedente del mundo de la ciencia-ficción. Es difícil de imaginar que nuestros antepasados llevaran alguna vez tocados en la cabeza y que caminaran por las calles con ese aspecto que parecía sacado del plató de una película. Pero la Era Edo y el presente existen en el mismo flujo continuo de tiempo. Vivimos en la misma tierra que nuestros ancestros con moños vivieron una vez.

Hinako Sugiura

Pero esto no quiere decir que su carrera como mangaka fuera un fracaso, aunque a ella finalmente no le satisficiera. Ni muchísimo menos. Sus contribuciones a la revista Garo fueron periódicas y valiosas, además recibió prestigiosos galardones a lo largo de los años, como el Bunshun Manga Award o el Premio a la Excelencia de la Asociación de Dibujantes de Cómic de Japón. Hay que añadir también que se formó con una de las mangaka más interesantes de su tiempo, la autora feminista Murasaki Yamada, de la que, desgraciadamente, no hay nada publicado en Occidente todavía. Hinako Sugiura puede considerarse una de las escasas creadoras que en el s. XX hicieron suyo el legado artístico del ukiyo-e, raíz indiscutible del manga moderno, para vivificarlo en sus obras. Un puente entre el pasado y el presente.

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“Hyakumonogatari en una casa encantada” (1790) de Katsushika Hokusai

Y este Hyaku Monogatari es la muestra más clara de su amor hacia este periodo histórico de su país, pues se trata de una de sus criaturas más conocidas: el juego de mesa de las 100 historias de fantasmas o hyakumonogatari kaidankai. Nacido probablemente como una prueba de valor entre samuráis, consistía en relatar durante la noche, y a la luz de un centenar de velas, cien pequeñas historias sobre yôkai, yûrei y extraños acontecimientos. Conforme se iban desgranando, las velas se apagaban, hasta que el grupo de personas quedaba sumido en la oscuridad. Una invocación en toda regla que, como podemos apreciar en la ilustración de arriba, no siempre tenía por qué finalizar bien.

Como podréis imaginar, el germen de todas historias se encuentra en China, como tantas cosas de Japón, aunque en Cipango se encarnaron de una forma diferente y particular. Si os interesa el tema, os recomiendo la recopilación Liaozhai Zhiyi (1740) de Pu Songling. Volviendo a nuestro amado País del Sol Naciente, la popularidad de este juego tétrico fue en aumento, de las clases altas pasó a las restantes, y la publicación de volúmenes con 100 cuentos (hyakumonogatari) fantasmagóricos se normalizó. La difusión de los espectrales kaidan fue tremenda, y los escritores se lanzaban tanto a buscar en zonas remotas relatos del folclore popular, como creaban también sus propias narraciones. De hecho, el grueso de historias japonesas de fantasmas y demonios nació durante este periodo, el Edo. Y esos libros repletos de horror fueron convenientemente ilustrados, por supuesto, contribuyendo a enriquecer todavía más el panorama.

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Era solo una cuestión de tiempo que Hinako Sugiura dedicara uno de sus cómics a una práctica y usanza tan de la época como el hyakumonogatari. Pero a diferencia de sus predecesores, Sugiura no los impregnó de malevolencia, sino que son mucho más serenos de lo esperado. El sustrato budista gana peso para convertir el manga más en una colección de fábulas extrañas y curiosas, a veces cómicas, pero nada terroríficas. La intención de la autora no era que lo pasaras mal. Porque Hyaku Monogatari de Hinako Sugiura es eso, una antología de diminutos cuentos que hunden sus raíces en la tradición Edo. Son capítulos autoconclusivos donde la mangaka da rienda suelta a su amor por la época y su deliciosa fidelidad a la hora de plasmarla.

En sus viñetas tenemos los paisajes, usos y costumbres del Japón anterior a su apertura al mundo occidental. Un recorrido por sus aldeas, ciudades, palacios y chozas a través de lo extraordinario, donde la locura, el miedo, el asombro o la tristeza son los protagonistas. Hay que recordar, no obstante, que en Oriente lo maravilloso posee una carga de realidad infinitamente más intensa que en Occidente, donde no forma parte de la vida cotidiana. Existe una dicotomía, una separación clara entre los dos mundos; sin embargo, en Oriente lo fabuloso forma parte de la vida misma, por eso hace aparición hasta en lo más trivial. De ahí que, desde nuestro punto de vista, consideremos a los japoneses un pelín supersticiosos.

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Sugiura supo aprovechar el formato de microrrelato con una habilidad extraordinaria, porque eso resulta ser cada capítulo: un cuento de apenas ocho páginas. Con solo tres o cuatro frases presentaba eficazmente los argumentos, cediendo después el peso narrativo a su pericia con el pincel. Mantuvo de hilo conductor intermitente la figura de un anciano, que solicita de las personas que van visitando su casa un relato fuera de lo común: experiencias personales, leyendas de aldeas lejanas, rumores entre vecinos… Historias con un misterio entretejido, y una enseñanza casi siempre también. Por lo que desfilan tengu, tanuki, kappa, niños sin rostro, yôkai minúsculos que viven en las narices de moribundos, yuki-onna, geishas que se desvanecen y gatos que… solo son gatos.

Como suele ocurrir en esta clase de obras, la calidad de los relatos es variable; algunos gustan más que otros, pero todos tienen unos mínimos garantizados. Me han gustado mucho La mujer que corre y El pozo de la estrellas, quizás por su faceta surrealista; aunque Comer carne humana y El beso de la doncella son realmente divertidos. Y es que en algunos de los cuentos asoma un ligero humor, a veces negro, otras absurdo, que ilumina suavemente las historias.

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El arte, dentro de su estilo de línea clara y clásica, varía a lo largo de los capítulos, al servicio de la propia historia. A veces brota en una viñeta un paisaje que evoca los ideales taoistas chinos (en serio, puro shan shui), otras surgen oni que parecen extraídos de un rollo budista medieval, y no falta tampoco el influjo directo del ukiyo-e o algunos discretos estampados del chiyogami. Sugiura fue una erudita que estudió minuciosamente todas las expresiones artísticas de la era Edo para luego utilizar sus recursos como consideró conveniente en sus mangas. Siempre con el máximo respeto, de ahí que muchas de sus obras evoquen la esencia de los antiguos kusazôshi también.

Hyaku Monogatari no fue concebido como obra comercial, de hecho por su misma naturaleza heterogénea y tan poco acomodada a los gustos de los otacos occidentales, dudo que consiga algún día publicarse fuera de Japón. Pienso que tendría bastante mejor acogida entre lectores adultos de cómic europeo; aun así, suele ser un público poco interesado en el manga. Los estereotipos tienen estas cosillas, que generan prejuicios. Y mientras, obras maravillosas como estas no ven la luz mas que de milagro y lentamente, a través de scanlations. Pero menos sería nada.

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Hyaku Monogatari de Hinako Sugiura es una lectura solo indicada para otacos curtidos y con un interés real por la cultura japonesa. Se trata de una obra serena y cristalina, sin ambigüedades pero de corazón sutil. Por ahora hay disponibles 39 capítulos en inglés, aunque en mandarín están ya todos. Una antología para los forofos del folclore y las historias sencillas. Es necesario tener presente que la mentalidad nipona es diferente de la nuestra, y que con mangas como este es un auténtico placer disfrutar y amar esa diferencia. Muy recomendable, un preludio perfecto para lo que Ponent Mon nos tiene preparado en primavera. ¡Quiero hincarle los catirons ya! Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Microrreseña: Umami de Ken Niimura

Vuelven las Microrreseñas, esta vez con el primer número del esperadísimo nuevo tebeo de Ken Niimura. ¡Qué ganicas tenía ya de hincar el diente a material fresco! En esta ocasión el mangaka hispano-japonés nos presenta un cómic con la gastronomía como telón de fondo. Y ocupando un espacio también importante en su historia, claro. Su nombre: Umami.

Como todos los que me leáis a menudo ya sabréis, soy espantosa en la cocina, la destructora de los fogones, apodada también “La Carbonizadora de los Nauts Pirenèus“. Es una frustración muy grande resultar una abominación en cuestiones culinarias, y no será porque no le haya puesto ganas. Uno de mis mejores amigos, al que quiero un montón, es un chef maravilloso (y al único que le permito que me cocine carne, por lo demás podríamos decir que soy vegetariana) y se ríe mucho con mis sufrimientos. Alguna vez le ha tocado padecerlos también, con todo el estoicismo que le brinda su profesionalidad. El día que comió el bizcocho amorfo de dulce de leche que horneé no dijo ni pío, es un santo. ¿Y qué hace una criminal de la cocina como yo leyendo un manga así? Pues disfrutar, como puede hacer cualquier hijo de vecino, porque este primer episodio ha sido genial.

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Hacen falta dos para cocinar: las aventuras de una chef y una cocinera.

Dos chicas, de caracteres muy distintos, unen sus caminos para llegar a la capital del reino. Una necesita conseguir sal, pues parece que todas las poblaciones de las inmediaciones de Minas Alba, su aldea, se encuentran desabastecidas. Otra se dirige al palacio del Rey, donde tendrá el gran honor de trabajar entre sus fogones. A ambas les encanta cocinar, pero con dos puntos de vista diferentes. Mientras nuestra protagonista diminuta otorga prioridad a la diversión y la espontaneidad, su espigada compañera de viaje es una orgullosa alumna de la Academia Real de Artes Culinarias, donde se forma a los mejores profesionales de la disciplina con las últimas técnicas y deliciosas recetas. Como el agua y el aceite, sin embargo las cualidades de ambas combinadas son imprescindibles para cocinar bien. ¿Qué aventuras les esperan recorriendo el país? Ah, pues para conocerlas habrá que leer Umami, por supuesto.

Umami hace referencia al quinto de los sabores básicos, identificado científicamente en 1908 por el profesor de química de la Universidad Imperial de Tokio Kikunae Ikeda. Creó este neologismo para designar este nuevo sabor, haciéndolo universal. Su traducción al castellano sería algo así como “sabroso, delicioso”. Es el que brinda palatabilidad a los alimentos, el que nos hace disfrutar. Y también es un juego de palabras… que para poder desentrañar no hay que perderse el tebeo.

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Este primer capítulo es fresco y dinámico, realmente entretenido y con un sentido del humor muy especial, a veces absurdo, otras insolente; pero siempre luminoso. La disposición de las viñetas para su lectura en pantalla informática es buena, con mucho ritmo y acomodada a una acción trepidante que estalla en un arte lleno de fuerza y cierta ingenuidad también.  Lo que me encanta de Umami, además, es cómo acerca el mundo del cómic occidental y el oriental y los fusiona con total naturalidad. Y es que, en realidad, estamos hablando del mismo medio, así que su combinación no deja de ser algo lógico y enriquecedor.

En este enlace puedes descargar Umami (2017) desde la web de Panel Syndicate. Tú marcas el precio de su primer número. La voluntá, como diría aquel. Eh, y disponible en inglés y castellano, camaradas otacos. Umami es un cuento con ingredientes tradicionales, pero que parece que vaya a ser guisado de una manera distinta. Ha comenzado con muy bien pie. Yo le daría una oportunidad, porque la cosa promete. Y mucho. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tránsito XII: Los insectos en mí

Este 2017 los Tránsitos se han visto reducidos a solo uno. Tenía un par de sorpresas preparadas, sin embargo las circunstancias no han acompañado para que pudiera terminar de escribirlas. Para otra vez será. Samhain es mi festividad favorita del año, así como octubre es mi mes preferido también; por eso esta sección del blog es mi predilecta. Me ha dolido un poquito no poder explayarme como me gustaría, pero al menos el Tránsito presente se puede aseverar que es especial de verdad.

Se trata de un manga singular, un tebeo de una artista plástica, mangaka y también animadora, llamada Akino Kondô. La he nombrado en SOnC ya un par de veces, porque se trata de una mujer realmente fascinante. Lleva ya más de una década sorprendiendo y deleitando a los que le seguimos la pista. Y no resulta fácil hacerlo, al menos desde España, pues no hay nada publicado suyo por estos lares. El cómic protagonista de hoy fue uno de sus primeros trabajos, Hakoniwa Mushi (2004), y es una de las cosas más bonitas, oscuras e inquietantes que he leído en tiempo.

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Skirt of the night (2004) de Akino Kondô

Hakoniwa Mushi fue publicado parcialmente por la editorial francesa Le Lézard Noir con el nombre de Les insectes en moi. Por cierto, me compraría su catálogo de manga enterito. Pero no soy millonaria. Su selección es extraordinaria, late al unísono con mi pobre kokoro de pedantorra pseudohipster. Ay. Ojalá alguna editorial en castellano se atreviera a sacar algo de Akino Kondô también, pero veo bastante difícil el tema. Mientras, seguiré acudiendo fielmente al lagarto negro, porque me está brindando muy, muy buenos momentos comiqueros.

Pero regresando a Les insectes en moi, se trata de una recopilación de 9 one-shots que Kondô fue publicando en las antologías AX y Comic H. También hay un par que son inéditos. De uno de los yomikiri incluidos en este tomo ya escribí hace un tiempo aquí. En las últimas páginas la editorial adjunta reproducciones de las obras pictóricas relacionadas con el universo que plasma en Hakoniwa Mushi, y es un auténtico privilegio poder observarlas en papel.

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Ladybirds’ requiem 2-10-02 (2006) de Akino Kondô

El leitmotiv de Les insectes en moi, como el mismo nombre indica, son los insectos. Akino Kondô, que se crió en un ambiente de artistas (su madre es diseñadora y su padre arquitecto), sintió muy pronto una atracción hacia los bichitos de la madre naturaleza. Al contrario que a muchos humanos a los que les repugnan e incluso los temen, Kondô no. Para ella son una fuente inagotable de inspiración, una fascinación que la ha llevado incluso a participar en seminarios para paladear y comer insectos. Estos animalitos han formado parte de su infancia (tuvo de mascota un escarabajo rinoceronte) y muchos de sus recuerdos están vinculados a sus amiguitos los artrópodos. Y esa especie de nostalgia, los juegos de la memoria, tienen una importancia vital en gran parte de este volumen.

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La protagonista de esta serie de trabajos es Eiko, una niña-muchacha que, como alter-ego de Kondô, expresa sus pensamientos y obsesiones sin rodeos, acudiendo al lenguaje onírico y simbólico de la mente cuando divaga libre. En un mundo imaginario, pleno de tinieblas y luz, absurdo y magia, las ocho historias, aunque independientes, se entretejen unas con otras mediante los delicados filamentos de las pesadillas. Las actividades cotidianas, los objetos más comunes se descubren como resortes que disparan los recuerdos hacia un torbellino donde infancia, sueños y realidad se mezclan. Leer Les insectes en moi es una experiencia única, pues nos adentra en el universo personal de Kondô. La subjetividad pura se adueña de todo, los sentimientos de la autora son los que marcan el rumbo construyendo una galaxia donde las diferentes realidades están conformadas por los deseos, pulsiones y reflexiones de la autora.

Pero no estamos hablando de una obra incomprensible para el lector. A pesar de su naturaleza simbólica, Kondô se sirve de un lenguaje visual cinestésico que, intuitivamente, es muy sencillo de seguir. Solo hay que dejarse llevar y viajar por sus vastos paisajes. Es el suyo un planeta de sutil horror y belleza que, a pesar de las apariencias, no carece de cierta lógica interna. También hay espacio para la ingenuidad y lo ordinario, pero se ven rápidamente transformados en pequeños monstruos de la mente. Las influencias son muy obvias, y están perfectamente asimiladas en su estilo: el surrealismo de Jean Cocteau, la filosofía budista, la cultura pop, el ingente legado de la revista Garo y creadores como Seiichi Hayashi o Toshio Saeki.

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Isis, diosa protectora de libros y tebeos. Obsérvese cómo lanza su patita para defender el volumen hasta de su legítima dueña. AHORA ES MÍO.

En general, Les insectes en moi es una obra que se regocija en su libertad, porque se trata de un tebeo donde Kondô no se inhibió a la hora de derramar sus intestinos. Son retratos viscerales e infantiles; una cirugía exploratoria del yo donde la artista plasma con gran tino cómo palpita su ser. Y el arte, que es su medio básico de expresión, donde apenas hay texto o diálogos, resulta de una simplicidad perversa. Con un estilo minimalista y nítido, de trazo redondeado pero minucioso en los detalles, Kondô logra revelar la complejidad de sus ideas de una manera realmente única. Y hermosa. Se nota, además, que es una autora bastante perfeccionistaLes insectes en moi solo es el comienzo. El principio por el que introducirse a la obra de Akino Kondô. Lo malo es que en Occidente todavía no hay demasiado acceso a sus trabajos, ni tampoco es muy conocida; aunque los pocos que sabemos de ella la admiramos y respetamos. Le Lézard Noir ha publicado también sus vivencias en Nueva York, New York de Kangaechû (2015), de las que haré reseña más adelante; y estoy muriéndome por que se animen a sacar adelante A-ko-san no koibito (2016), porque lo que he olisqueado promete muchísimo. Este último es un josei de enfoque mainstream pero que siendo de Kondô, se pueden esperar unas cuantas sorpresas. ¡Y el josei necesita nuevas ideas! ¡Ya vale de estereotipos idiotas! He dicho.

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Ladybirds’ requiem 1-11 (2007) de Akino Kondô

¿Recomiendo Les insectes en moi? Muchísimo, pero no es un manga comercial, sino situado en la órbita del cómic alternativo japonés. Y tiene una faceta arty que a algunos puede irritar, pero desde ahora aviso de que no es un tebeo pretencioso. Es honesto y directo en su esencia, sin embargo no tiene nada de convencional. Akino Kondô es una artista a quien no perder el rastro porque está haciendo historia, así de claro. Actualmente vive en Nueva York, pues se encuentra muy interesada por la escena de arte moderno de la ciudad, lo que en teoría debería facilitar que sus nuevos trabajos llegaran hasta nosotros. En teoría. Espero que no nos decepcione en el futuro, y que pronto podamos disfrutar de más obras suyas en Occidente. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tôkyô Tarareba Musume o el ascazo de ser mujer en Japón

Akiko Higashimura es la autora de un manga adorable que este pasado 25 de agosto finalizó: Kuragehime (2008-2017). Tras 93 capítulos, 17 tankôbon, un spin-off con sus especiales animados, un live action y una serie de anime de 11 episodios realizados por Brain’s Base, se puede concluir que es, de momento, la obra más exitosa de Higashimura y con más repercusión. Ha sido muy bien aceptada entre la otaquería occidental también, pues ha sabido combinar sabiamente la comedia, el slice of life y el romance para construir un josei típico pero chispeante. Aunque a mí personalmente las historias que tiran del cliché tipo betty la fea no me gustan demasiado, Kuragehime me sedujo más por sus secundarios que por la protagonista en sí. Leí el manga durante un tiempo y luego lo abandoné. Sin malos rollos, simplemente me acabó aburriendo; aunque la sensación con la que lo dejé fue bastante buena.

Así que, cuando me topé con Tôkyô Tarareba Musume (2014-2017) de la misma mangaka, me aventuré a leerlo. ¿Por qué no? Si continuaba el tono inofensivo de Kuragehime, podría resultar una lectura entretenida, Además de que su dibujo me gusta, resulta limpio, claro, redondeado. Muy dulce, en conclusión, y agradable en los detalles. Por lo que decidí darle una oportunidad, ya que las buenas críticas también acompañaban al tebeo.

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Pues bien. Fue leer tres capítulos y mandarlo a cavar zanjas. Sé perfectamente que el josei es una demografía bastante maltratada en Japón, sobre todo su vertiente comercial. Suelen abundar las historias à la Bridget Jones donde se cuentan las desventuras de treintañeras que buscan desesperadamente marido mientras tratan de mantener la juventud y belleza de la adolescencia a toda costa. ¿Es posible que las mujeres adultas de Cipango disfruten con este tipo de historias, donde se las reduce a meros ornamentos y en las que la búsqueda y hallazgo del amor sea su prioridad vital? Venga ya, joer. Pero sí. Resulta que la sociedad nipona no es que albergue esta noción de las personas pertenecientes al género femenino, es que nutre y sustenta este tipo de ideas. Y son las propias japonesas las que también custodian con celo estos disparates. No es que en Europa las chicas vivamos en el paraíso de la igualdad, pero los primeros episodios de este manga se me atragantaron por completo. No tenía ni pizca de ganas de zampar las enésimas aventuras de un grupo de señoritas de clase media, con buenos trabajos y sin problemas de salud, que con 33 años se sienten unas ancianas fracasadas porque un príncipe azul no ha llegado aún a sus vidas. Not my cup of tea, thanks.

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¿Qué había esperado?¿Un relato ácido y descarnado como los de Kyôko Okazaki o Moyoco Anno? Sabía perfectamente que Higashimura no trabajaba como ellas, que se encuentran en una liga muy, muy distinta. Pero tropezarme de repente con los viejos tópicos del shôjo más rancio, pero aplicados a las circunstancias de personas adultas para denominarlo, como por arte de magia potagia, josei, fue demasiado para mi paciencia. El josei debería ser mucho más que un reciclado shôjo. Perpetuar este recurso es una manera de insultar la inteligencia de las lectoras, de alimentar una eterna infantilización psicológica. ¿Son las japonesas en realidad niñas grandes? Por supuesto que no, lo grave del tema es que parece que no se hayan dado cuenta de este pequeño detalle. Y la otra mitad de la población tampoco.

¿Qué me hizo cambiar de parecer y reanudarlo? El aburrimiento, la ligera sensación de que, quizá, había precipitado mi juicio; y que ya había finalizado, por lo que podría leerlo completo sin esperas. También que podría servirme para aprender más sobre la situación de la mujer en la sociedad japonesa actual, porque teniendo en cuenta lo que ya había leído, tenía pintas de ser un buen reflejo. Y en esto último no me equivoqué, de manera indirecta saqué muchas cosas en claro. La principal se encuentra en el mismo título de la entrada.

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Tú di que sí.

Tôkyô Tarareba Musume es un manga que consta de 31 capítulos y 9 tankôbon. Fue publicado por Kiss desde marzo del 2014 hasta abril de este año, y nominado a los Premios Kôdansha y al Manga Taishô. También ha tenido una exitosa adaptación de televisión en imagen real y un spin-off. Se trata de un tebeo que se ha leído bastante, y goza de buena fama. ¿Merecida? Veamos.

El cómic narra las vivencias de tres amigas sin pareja, que suelen quedar en el izakaya  del padre de una de ellas para comer, beber y comentar las que consideran sus patéticas vidas. Y sus dolorosas oportunidades perdidas. Ellas son Rinko, Kaori y Kayuki, aunque la historia se centra más en Rinko, guionista de series de televisión. Con 33 años se hace la promesa a sí misma de que habrá conseguido marido para el año de las Olimpiadas en Tokio. Pensar que con 40 años podría continuar soltera le parece terrorífico. En sus alcohólicas reuniones con Kaori y Kayuki, un chico rubio las critica severamente por sus lamentables discursos sobre lo que podría haber sucedido si sus elecciones y circunstancias hubieran sido otras. Las llama “mujeres y si…” y les recuerda que ya no son unas crías, que deben tomar las riendas de sus vidas. Este “y si…” es el que da título al manga, tarareba; y, por supuesto, el encuentro con este jovenzuelo marcará el curso del tebeo.

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Lo que al principio me pareció de un irritante insoportable, no mejoró; pero a través de su comedia ligera, empecé a vislumbrar lo que era en realidad un soberano tirón de orejas por parte de Higashimura a la actitud de sus personajes y, sobre todo, a la propia sociedad japonesa. Una sociedad que considera ya viejas a las mujeres de treinta y tantos; que las acucia para conseguir marido a riesgo de permanecer solas para siempre (ningún hombre querría, no obstante, de esposa a alguien mayor de 25), y cuya soltería se considera un profundo fracaso. Esta enorme presión que las chicas respiran, beben y comen a diario desde la infancia, mina su autoestima de tal forma que se convierten en seres dependientes de la imagen que proyectan. Una imagen que deben cuidar con esmero al milímetro, no para sentirse bien con ellas mismas, sino para conseguir cazar el mejor partido posible. La juventud y la belleza son las virtudes que más se valoran; su talento, trabajo duro y profesionalidad no importan si hay a su lado una mujer más joven y guapa. Y esto la autora se encarga de plasmarlo muy, muy clarito.

Higashimura nos muestra la evolución de las tres mujeres, que podrían ser tres tokiotas cualquiera, sumidas al principio en el engranaje social sin cuestionar su abusiva situación y como, poco a poco, van despertando y madurando, cada una a su forma, para aprender a responsabilizarse de sus vidas, mirar hacia adelante, no estar siempre girando el rostro al pasado; y considerarse seres humanos plenos a pesar de superar la treintena… y no tener un hombre a su lado. Y os aseguro que les cuesta superar esa pasividad, esa inercia que las va consumiendo, porque forma parte del mismo tejido social.

tokyo4El desarrollo del argumento es bastante (pero bastante) predecible, sigue las pautas de un shôjo/josei clásico, pero con algunas lógicas concesiones al público adulto. El romance se enseñorea por completo de la historia, algo de esperar en un josei comercial (como si a las mujeres que leemos tebeos eso fuera lo único que nos interesara, claro); y aprovecha, muy acertadamente, para ir filtrando una crítica de baja intensidad pero constante, a la noción de amor romántico. Sí, ese amor romántico que se identifica con la idea de amor verdadero; que invita a dejarse dominar por la ilusión del enamoramiento hasta colmar el alma, como si fuese la única fuente de felicidad y la única manera en que una mujer puede completarse. Solo un apuesto (y rico) caballero puede rescatar a una chica atrapada en una existencia vana. Pero la realidad es mucho más rica y compleja que la simple pornografía emocional producida por la euforia del enamoramiento. Y exige que nos hagamos cargo de nuestros propios actos. No es que la mangaka sea demasiado explícita en estas alusiones, pues se debe a un público femenino que demanda precisamente esa emoción del amor romántico de los shôjo/josei, en la que la mujer se debe dejar adiestrar por el hombre. Y aunque a mí personalmente no me convence esa tibieza edulcorada, también admito que agradará a la mayoría de lectores.

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Tôkyô Tarareba Musume es un manga de pocas sorpresas para los otacos curtidos, pero muy bien contado y con un desarrollo correcto a pesar de que a mí se me haya hecho pesado en algunos tramos (soy muy impaciente para ciertas cosas, mea culpa). Resulta moderadamente divertido, engancha como buen culebrón que es y los personajes están perfilados genial. Kayuki me encanta, es mi favorita del trío. Los diálogos internos que mantienen, mitad alucinación mitad chiste, son especialmente lúcidos en algunos momentos, por cierto. ¿Lo recomiendo? Sí, a los fans de la demografía les gustará, porque es un tebeo de cimientos firmes, que hace reflexionar y entretiene bastante. Comprendo su éxito a la perfección, aunque no sea exactamente para mí.

De una temática similar tengo muchísimas ganas de leer Ako-san no Koibito de Akino Kondô, que barrunto es bastante más de mi estilo; pero veo complicado que, al menos en un largo tiempo, asome la nariz por Occidente. Habrá que esperar. Mientras, podemos aseverar sin miedo que Tôkyô Tarareba Musume es uno de los mejores josei comerciales que han salido últimamente; y que lo tiene todo para entusiasmar si no se es una pejiguera como yo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Kanematsu contra el volcán

Antes de dar paso a la siguiente Petición Estival, como estoy un poco liadilla engrasando la maquinaria del nuevo curso (¡bien!) y sacando lustre a proyectos musicales venideros, prefiero cerrar este mes de agosto con un último coletazo veraniego. Septiembre, aunque continúa siendo en su mayor parte estío, ya se percibe de otra manera. Van quedando atrás los días de luz, para abrazar al futuro equinoccio y el triunfo paulatino de la noche. Este calambre rezagado de sol y calor es, de nuevo, un manga; y también es uno de los tebeos más chulos que podéis leer estas semanas si no andáis muy atareados.

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Bokura no Funka Matsuri (2012) consta de 16 capítulos y fue publicado por Shôgakukan. Su creador es uno de los mangaka más interesantes del panorama actual, ¡sangre nueva!, quizá no demasiado conocido todavía en Occidente, pero que se está abriendo paso. El talento de Keigo Shinzô es indudable, y si tuviera que colocarlo junto a otros autores de su misma onda, estos serían Taiyô Matsumoto o Ken Niimura. Publicó su primer manga en el tercer año de universidad, y a partir de ahí ha ido sacando cosillas en Monthly Big Comic Spirits. Cosillas. De entre esas cosillas, que han tenido hasta adaptaciones al cine (Moriyama-chû kyôshûjo, 2016), rezo todos los días muy fuerte a Luzbel, Ninurta y Azathoth para que alguna editorial en español se digne a publicar Tokyo Alien Brothers (2015-2017), al que le tengo unas ganas feroces. Lézard Noir ya lo ha sacado en Francia así que… ¿por qué aquí no? ¿Quizá porque todavía resultamos ser un poquillo gañanes respecto al mundo del cómic? Algo de eso hay (no merece la pena negarlo). En realidad, le tengo mucha hambre a todas las obras que lleva editadas de momento, que no son tampoco muchas, pero que, descontando el tebeo de hoy, no se pueden todavía conseguir en la lengua de Cervantes o de Shakespeare. Y son los dos idiomas que más se hablan en el planeta junto al mandarín, no es por nada.

Regresando a nuestro protagonista de hoy, Bokura no Funka Matsuri, destacar que se llevó en 2012 un rutilante New Face Award (y quedó finalista en el Taishô de 2013). No me extraña. Desconfío de manera natural de los galardones y demás zarandajas, sin embargo en este caso en particular, y desde mi perspectiva personal, está muy bien otorgado. Me gustaría que Keigo Shinzô tuviera más reconocimiento por estos lares, pero nunca es tarde para ello; y desde esta minúscula bitácora, aporto mi granito de arena para difundir un poco más las excelencias de su talento. He dicho.

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Kanematsu es una apacible villa donde todo transcurre con esa impasible monotonía tan propia del entorno rural. Pero su vigilante eterno, el volcán que se encuentra en las cercanías, decide un día entrar en erupción y ponerlo todo patas arriba. La vida de sus habitantes ya no será la misma, al igual que el mismo Kanematsu. Y estos profundos cambios, los veremos a través de los ojos de sus dos personajes principales, Toyama y Sakurajima. Este par de adolescentes tienen muy pocas cosas en común; mientras Toyama es estoico y de ideas brillantes, Sakurajima es una explosión de energía algo insensata. Toyama es admirado por sus compañeros, aunque a él le dé completamente igual; Sakurajima es ignorado por casi todo el mundo y ansía más popularidad (y una novia). Ambos tienen una visión completamente opuesta de lo que ha ocurrido tras la erupción del volcán; Toyama añora el pasado y le irrita el nuevo rostro de Kanematsu, Sakurajima abraza con entusiasmo la transformación y quiere disfrutar de sus nuevas oportunidades. Estas diferencias no les impiden ser amigos.

La verdad es que Kanematsu da un giro de 180º, y Toyama sufre en sus propias carnes esa metamorfosis que hizo que en su hogar brotara una fuente termal, destrozando la vivienda.  Dos años más tarde, su casa es un próspero negocio regentado por sus padres donde se ofrecen baños y venden todo tipo de mercancías dirigidas a los visitantes. Porque Kanematsu se adaptó a las circunstancias, convirtiéndose en un ajetreado pueblo turístico. Toyama no es feliz con todo esto; Sakurajima, en su inconsciencia, sí.

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El antes y el después

Bokura no Funka Matsuri es un tradicional slice of life centrado en las clásicas experiencias de dos muchachotes acneicos. La efervescencia de la pubertad y sus bien conocidos conflictos.  Todos hemos leído historias y argumentos similares, así que con este manga no va a haber ningún tipo de sorpresa en ese aspecto. Los vaivenes de la amistad, el primer amor, el descubrimiento de nuevos mundos, las contradicciones de los sentimientos, la búsqueda de uno mismo, etc. Toyama y Sakurajima interpretan muy bien sus papeles de quinceañeros confundidos, dos caras de una misma moneda. Y con unas personalidades muy bien definidas. Sus vivencias confluirán en el “Festival de la Erupción”, un evento escolar y universitario que servirá como catalizador. Y hasta ahí puedo contar.

¿Qué podemos esperar de Bokura no Funka Matsuri? Pues unos secundarios peculiares, cierta tendencia a la caricatura irónica y una historia simple pero efectiva. Y esa es una de sus principales virtudes: la sencillez que emana por todas partes. Una sencillez maravillosa e inteligente, que hace disfrutar por su ausencia de pretensiones. Este tebeo es elegante y entrañable a la vez. Muestra cómo mediante la simplicidad se pueden transmitir importantes cuestiones. Inesperadamente. Porque Bokura no Funka Matsuri es una obra ingenua y brillante, sin embargo encuentra su propio camino sin caer en la repetición o aburrir.

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Si el argumento tiene ritmo y se encuentra bien estructurado, el dibujo de Shinzô Keigo es algo también a señalar. La influencia de Taiyô Matsumoto es muy evidente, pero eso no impide que posea su propia identidad. El arte es sutil y detallado, a ratos tonteando incluso con el naif, y con una riqueza expresiva audaz. Plasma muy bien la vida cotidiana. Sus trazos, aparentemente desmañados, esconden una gran pericia y sensibilidad. La forma es más propia de comics alternativos, aunque gracias a él y a otros autores, está asomando la cabecita en grandes editoriales, rompiendo un poco con la hegemonía estilística del manga clásico. No lo considero heta-uma, conste en acta, pero no tiene ese pulido de los tebeos japoneses mainstream. Resulta refrescante. Y que declare además de forma tan delicada su amor hacia los gatos ❤ es algo que me conquistó de manera personal. Cuando leáis el manga, sabréis a lo que me refiero. WE LOVE CATS!

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¿Recomiendo Bokura no Funka Matsuri? Mucho, sobre todo si no se tienen remilgos a la hora de leer mangas donde el dibujo no sea tan convencional. La historia es buena y se lee con suma facilidad, resulta una obra perfecta para estos últimos días de verano. Y para otras épocas del año también, ¿eh? Porsiaca. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.