¡Feliz día del libro, camaradas otacos!

No quería dejar pasar este día, aunque voy con el culo apretadísimo como vulgarmente se dice, para poder así conmemorar el Día Internacional del Libro con vosotros, que coincide además con el santo patrón de Aragón (también lo es de Inglaterra, Rumanía, Malta, Etiopía, Cataluña, Georgia, Beirut y los Boy Scouts) : San Jorge o, como lo llaman al norte del valle del Ebro también, Sant Chorche. Y aunque no soy persona religiosa, por estos lares donde actualmente resido (Mañoland) se celebra por todo lo alto, con un montón de actividades culturales: conciertos, teatro de calle, exposiciones, lecturas públicas, entrada libre a museos, guías teatralizadas gratuitas, recitales de poesía, reparto de claveles, etc. Va a estar la ciudad petada y, por supuesto, el Paseo de la Independencia, partiendo desde la plaza de Aragón, estará a rebosar de puestos de libreros y editores. Ese es el lugar mágico donde me encontraré gran parte del día caminando, escarbando y adquiriendo nuevos descubrimientos. Tampoco demasiados, tendré que ser selectiva, porque los euros no brotan de forma silvestre por los campos.

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San Jorge (circa 1699). Azulejo procedente de Alepo, Siria.

Así que voy a aprovechar para anotar cinco recomendaciones para este día tan especial. Cinco obras procedentes del lejano Cipango, como no podía ser de otra forma, y que humildemente creo deberíais darles una oportunidad… si no lo habéis hecho aún. Una entrada ligerita para variar un poco, sin rollos patateros ni pajas mentales, y que os alienta a gastar vuestros dineros con alegría.


5 – EL PÁJARO DEMONÍACO de Haruo Satô

Haruo Satô (1892-1964) es uno de esos autores imprescindibles del Japón de los periodos Meiji, Taishô y Shôwa. Se movió entre la vanguardia más expresiva y un complejo mundo personal henchido de melancolía, que ayudaron a cimentar la literatura contemporánea nipona. Tuvo de discípulo a Osamu Dazai, y de amigos a Ryûnosuke Akutagawa o Jun’ichirô Tanizaki, al que le levantó, por cierto, su primera esposa. Se consideró todo un escándalo en su momento. Fue un poeta brillante, que se dedicó también a la novela, relatos cortos y crítica literaria. Así que me ha llenado de gozo y satisfacción que Satori publicara el pasado marzo esta pequeña colección de narraciones suyas, El pájaro demoníaco y otro cuentos fantásticos. Soy fanática de esta editorial, cuya labor en la difusión de la literatura japonesa entre el público hispanohablante está siendo admirable. Creo que no es la primera vez que lo digo, pero es un placer arruinarse comprando sus libros. Lo seguiré haciendo hasta que mi cuerpo termine bajo un puente víctima de la inanición.

De Haruo Satô he leído un par de cuentos sueltos en inglés, pero no he tenido la oportunidad todavía de hincarle los catirones como merece. Así que este El pájaro demoníaco y otros relatos fantásticos lo puedo considerar mi verdadero estreno con el autor, y estoy segura de que no me decepcionará. Hoy caerá a la saca. Toda historia donde prevalezca la ensoñación, las tinieblas y la melancolía tiene mucho terreno ganado conmigo; por no hablar de que Satô era admirador de Edgar Allan Poe. Todo esto unido a lo que he ido leyendo sobre su estilo, vasallo de una rica fantasía lírica, solo puede significar una triunfada total. Por eso os recomiendo el libro sin haberlo leído siquiera (caerá reseña).

4 – MISS HOKUSAI de Hinako Sugiura

Escribí aquí sobre la adaptación animada de este manga hace ya lo que parecen eras geológicas, y le dediqué estas pasadas Navidades una entrada al tebeo de Hinako Sugiura Hyaku Monogatari, donde me explayé un poquito en la figura de esta mangaka. Por lo que tampoco voy a alargarme mucho en esta recomendación. Ponent Mon escuchó mis plegarias (mentira, Ponent Mon no sabe que existo) y decidió publicar en dos tomos Miss Hokusai, un viaje al Edo ubérrimo de principios del s. XIX: el del ukiyo o mundo flotante. Sugiura nos sumerge por completo en él, pero lo observamos a través de la mirada de una mujer, la segunda hija del gran maestro Katsushika Hokusai. Oei nos mostrará una visión completamente distinta de esa época, ella misma se erigirá como una anomalía, incluso se ganará la vida dibujando como su padre. Pero su enorme talento y persona se verán eclipsados por la majestuosa sombra de Hokusai, en una sociedad además que asigna(ba) un rol muy estricto y restringido a las mujeres.

Por ahora solo he leído el primer tomo, y me ha encantado. No puedo añadir más, salvo que el arte de Sugiura, así como su magistral erudición del periodo Edo que se advierte hasta en los más diminutos detalles, son una auténtica bendición. Estoy enamorada de su estilo, simplicidad y elegancia. Por supuesto, Miss Hokusai tendrá su correspondiente reseña en SOnC.

3 – HOLIDAY JUNCTION de Keigo Shinzô

¿Os gusta Inio Asano? ¿Sois fans de Taiyô Matsumoto? Pues entonces no podéis dejar pasar a Keigo Shinzô. Es sangre nueva en el universo del manga, que hace suyo el legado de esos dos monstruos para poder transformar así el panorama del cómic alternativo japonés. ECC ha dado un valiente paso adelante publicando Holiday Junction, una colección de historias cortas que tiene también la misión de sondear al público español. En Francia Keigo Shinzô es ya bastante conocido entre los lectores pero, ¡ay, amigos! Spain is different, y siempre hay que andar con pies de plomo en cuanto se publica fuera de lo mainstream.

Espero sinceramente que las ventas de Holiday Junction vayan bien, porque así las oportunidades de leer por aquí más obras suyas aumentarán considerablemente. Creo que este mangaka es uno de los más interesantes que han salido en los últimos años, y merece su espacio entre los otacos hispanohablantes. Este volumen es un aperitivo delicioso para aquellos que no sepáis todavía de él, aunque en SOnC no es ningún desconocido. En verano escribí la reseña de su estupendo Bokura no Funka Matsuri aquí, y entonces ni se me pasó por la imaginación que fuera posible tener algo suyo por estos lares. ¡Pero aquí está! ¡Tenéis que leerlo, amiguitos!

2 – JAPÓN ESPECULATIVO – VV.AA.

Si formas parte del mugriento clan de la otaquería  y amas la ciencia-ficción y la fantasía  como yo, este volumen no puede faltar en tu estantería. De hecho ya debería estar ahí. Estoy exagerando, por supuestísimo, pero este Japón Especulativo: relatos asombrosos de fantasía y ciencia ficción es otra de esas joyas inesperadas de Satori (os juro que no me envían jamones a casa ni nada parecido) que no deberíais ignorar. Tengo a medio escribir desde hace meses una reseña suya, que al ritmo que voy caerá más tarde que temprano, pero que seguro tendrá su lugar en SOnC. BTW, si el tema os interesa mucho y vais sueltillos de parné, en vuestro lugar me haría también con el libro Destellos de luna. Pioneros de la ciencia ficción japonesa de Daniel Aguilar, igualmente de Satori. El complemento perfecto.

Japón Especulativo: relatos asombrosos de fantasía y ciencia ficción se trata en realidad de la traducción de la antología Speculative Japan: Outstanding tales of science fiction and fantasy (2007), que tiene hasta segundo y tercer volumen: Speculative Japan: The man who watched the sea and other tales of science-fiction and fantasy (2011) y Speculative Japan 3: Silver Bullet and other tales of Japanese science fiction and fantasy (2012).  Creo recordar que había un cuarto en camino para este año, aunque desconozco si se ha publicado ya. ¿Los veremos en España también? Espero que sí, porfavorporfavorporfavor. Pero regresando a la edición de Satori, consta de 15 relatos distintos escritos por 15 autores también diferentes, y que además cuenta con anotaciones de Jesús Palacios. De lujo. Hay cuentos mejores que otros, es lo que tienen las recopilaciones; algunos gustarán más y otros menos, pero en conjunto se trata de una compilación sólida que sirve muy bien de introducción al género scifi en Japón. Bastante entretenido.

1 – PINK  de Kyôko Okazaki

Nunca me cansaré de recomendar a Kyôko Okazaki, se trata ya de una leyenda dentro del mundo del manga, a pesar de que muchos todavía no lo sepan. Consiguió transformar el josei y otorgarle el peso y respeto que merecía, lejos de la infantilización que todavía exuda, por desgracia, la demografía. Plasmando las verdaderas inquietudes de la mujer japonesa sin idealizaciones ni cuentos románticos de hadas. Historias descarnadas y maravillosas a la vez, con muchas referencias a la cultura pop y protagonistas creíbles, muy humanas. Le dediqué una entrada a su obra cuasiherética Helter Skelter aquí, y Pink dentro de unos días tendrá asimismo su correspondiente reseña. Solo puedo adelantaros que ha sido una lectura divertidísima y, al mismo tiempo, brutal. Os recomiendo fuertefuertefuerte este feroz Pink de Kyôko Okazaki. Casi no me lo podía creer cuando Ponent Mon anunció la licencia, pero por fin lo tenemos aquí. Es un clásico.


Me habría gustado ampliar el listado añadiendo el Semidiós de Môto Hagio, que Tomodomo está preparando. En su web indican que se publicará durante el primer semestre del 2018, pero todavía no hay noticias al respecto. ¡Estoy realmente impaciente! Espero que no se retrase demasiado, porque junio está ya a la vuelta de la esquina. También me habría encantado incluir alguna otra obra de Eldo Yoshimizu o Akino Kondô que ha publicado mi amada Le Lézard Noir, pero he preferido enfocarme en material editado recientemente en castellano.

¿Conocéis alguna de estas obras? ¿Todas? ¿Las habéis leído? ¿Qué otras recomendaciones sugerís? Tenéis a vuestra disposición los comentarios para tal menester. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Okakura Kakuzô, Asia y el té

Están siendo unos días un poco moviditos y rarunos, el martes fue el cumple de mi madre, el jueves fue el mío y ayer, viernes 30 de marzo, mi padre habría cumplido 83 años. Los recuerdos y el nuevo planteamiento vital que estoy encarando me producen una sensación curiosa entre nostalgia y tristeza que me paralizan un poco, ¡y eso que no voy sobrada de tiempo! Así que para sacar la cabeza de las nubes, escribir resulta una terapia infalible. Aunque sea una reseña sencillita. Y la presente se la quiero dedicar a mi bebida favorita: el té.

Soy perfectamente consciente de que en España se considera poco más que un brebaje con sabor a acelgas, amargo y sin sustancia alguna. Y, en general, además se prepara fatal (un secreto: si sabe amargo, camarada otaco, es que se ha dejado reposar demasiado tiempo, y así jamás se bebe.) Vamos, que por estos lares no hay cultura del té ni se la espera. Sin embargo, la camellia sinensis forma parte de la esencia y cultura de Asia desde hace muchísimo tiempo, es uno de sus iconos más reconocibles, y en cada país ha desarrollado, a lo largo de los siglos, sus propias tradiciones y ceremonias. Por supuesto, es el caso de Japón también. Y el filósofo, escritor e historiador del arte Kakuzô Okakura (1862-1913) lo dejó bien patente en una de sus obras más conocidas: El libro del té (1906).

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“Primavera: ceremonia del té” (1932) de Kasamatsu Shiro

Se ha disertado por activa y por pasiva ya sobre este magnífico ensayo, es con toda probabilidad su obra más celebrada en Occidente, y con esta entradilla no voy a aportar ninguna novedad; pero merece presencia en SOnC tanto por su importancia dentro de la historia del arte japonés como por mi propio amor a esta bebida. Okakura Kakuzô y su El libro del té, como el también famoso El elogio de la sombra (1933) de Jun’ichirô Tanizaki (reseña aquí), son ensayos que reflexionan y ahondan, a través de la estética y la tradición, en lo asiático. En la enorme importancia de su propio lenguaje y la trascendencia de sus valores, incomprensibles y hasta ridiculizados por Occidente; pero que poseen la misma magnitud, dignidad y significación que los suyos.

Okakura Kakuzô, también conocido como Okakura Tenshin (天心), nació en Yokohama en el seno de una familia de estirpe samurai procedente de Fukui. Unos pocos años después de llegar al mundo, el shôgunato Tokugawa daría paso a la Restauración Meiji, que cambiaría el país para siempre. Kakuzô creció en plena apertura de la nación hacia el resto del planeta, y esas ansias de crecimiento y asimilación de todo lo occidental lo afectaron por completo. Estudió inglés en la escuela fundada por  James Curtis Hepburn (sí, el de la romanización Hepburn);  y con 15 años ingresó en la Universidad Imperial de Tokio, donde estudiaría Filosofía y Literatura inglesa. Allí, fue alumno y buen amigo del gran orientalista de origen español Ernest Fenollosa (1853-1908), y gracias a él tuvo un reencuentro con las raíces de la cultura de su país, que en esa época se relacionaban más con un pasado de aislamiento, atraso y zafiedad.

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“Los Orientalistas de Boston”: Kakuzô y Fenollosa en el centro, junto a Edward Morse (izquierda) y William Sturgis Bigelow (derecha), en 1882.

Tenshin vivió esa época de metamorfosis del país nipón que relacionaba Occidente con nociones positivas como progreso, innovación y riqueza; y al Japón tradicional con sus opuestos. Pero Okakura Kakuzô decidió, precisamente, combatir esa metabolización occidental que se estaba dando con tanta voracidad (¡había que recuperar el tiempo perdido! ¡casi 3 siglos de aislamiento! ¡rápido, rápido!). Japón no debía sacrificar su identidad en aras de una pretendida modernización, no podía desaparecer engullida y dominada por el colonialismo europeo y estadounidense. Y su discurso no solo se refería a su patria, sino a toda Asia. Disfrutó de la profunda amistad de Rabindranath Tagore (1861-1941), con el que compartía muchas inquietudes respecto a la protección y difusión de las culturas de sus países.

Okakura Tenshin fue uno de los fundadores de la Escuela de Tokio de Bellas Artes, también del Instituto de Arte de Japón y la prestigiosa revista Kokka, que continúa, por supuesto, editándose. Durante toda su vida fue un vehemente promotor, junto a Fenollosa, del nihônga o arte japonés tradicional frente al yôga, de inspiración occidental; y lo hizo hasta en América, donde finalmente residiría, llegando a ser conservador del Museo de Bellas Artes de Boston. Por cierto, si actualmente puede presumir de una de las colecciones de arte japonés más atractivas de Occidente, es gracias a Okakura Kakuzô.

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Okakura Kakuzô y el profesor Hugo Munsterberg de Harvard en los escalones del Stephen Ridgely Hall de la Universidad de San Luis, durante la Exposición Universal de 1904.

Tenshin conocía muy bien la cultura y pensamiento occidentales, y a ellos, hacia nosotros, iban dirigidos sus escritos. El libro del té fue redactado directamente en inglés, y es una de las obras más importantes de la literatura mundial dedicada al teísmo. Influyó incluso en pensadores de la talla de Martin Heidegger (1889-1976), no se trata de un ensayo cualquiera, camaradas otacos. Fue la forma a la que recurrió Okakura Kakuzô para intentar transmitir al típico occidental obtuso de la época una chispa de la sutileza y profundidad de Oriente. Y el elemento que escogió, muy simbólico por diferentes motivos, fue el té. Lógicamente, el ensayo también podía ser leído por sus compatriotas, de hecho las nuevas generaciones podían encontrar en él un aliento excelente para conocer y apreciar los cimientos de su propia cultura.

Antes de que fuese una bebida, el té fue una medicina. Sólo en el octavo siglo hizo su entrada en China, en el reino de la poesía, como una de las más elegantes distracciones de aquel tiempo. En el siglo quince, el Japón le dio patente de nobleza e hizo de él una religión estética: el teísmo.
El teísmo es un culto basado en la adoración de la belleza, tan difícil de hallar entre las vulgaridades de la trivial existencia cotidiana. Lleva a sus fieles a la inspiración de la pureza y la armonía, el sentido romántico del orden social y el misterio de la mutua misericordia. Es esencialmente el culto de lo Imperfecto, puesto que todo su esfuerzo tiende a realizar algo posible en esta cosa imposible que todos sabemos que es la vida.

Kakuzô da un repaso eficiente a la historia del té, de cómo desde China, cuna original donde comenzó a desarrollarse todo un universo de ceremonias, técnicas y prácticas, pasó a Japón donde los siglos de aislamiento perfeccionarían y dotarían al teísmo de un espíritu muy particular. En el chanoyu nipón cristalizarían conceptos de tres de los principales sistemas filosóficos y religiosos de Asia Oriental: el taoísmo, el confucianismo y el budismo zen. Sabios como Zhuang Zhou (s. IV a. C) o eruditos como Lu Yu (733-804) son una presencia constante; siendo una obra que defiende, esencialmente, el arte y la cultura del té como emblema de Oriente frente a las embestidas de Occidente.

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Nada se ha dejado al azar en la ceremonia del té o chanoyu, las ideas filosóficas y estéticas niponas son plasmadas en ella fielmente, desde los materiales como el bambú o la madera, hasta las dimensiones de la sukiya (habitación) responden a nociones taoístas o budistas. Pero, aparte de disertar con minuciosidad sobre las diferentes escuelas de té históricas y sus tradiciones, la domesticación del taoísmo que ha supuesto la ceremonia en sí, la importancia suprema del vacío y el brillante reflejo del zen que se encuentra hasta en la arquitectura tanto del método como del mismo recinto, El libro del té es una reflexión melancólica, casi amarga, sobre la eterna dicotomía Oriente-Occidente. Sobre la incomprensión mutua y, principalmente, la ausencia de voluntad occidental por tratar de comprender y respetar Asia. Y el arte debería ser la senda universal donde ambos mundos podrían lograr un entendimiento, si los sentimientos de respeto fueran semejantes y mutuos.

Entretanto, saboreemos una taza de té; la luz de la tarde ilumina los bambúes, las fuentes cantan deliciosamente, el suspiro de los pinos murmura en nuestra tetera. Soñemos en lo efímero y entreguémonos errantes a la bella locura de las cosas.

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Retrato de Okakura Tenshin realizado por el pintor nihônga Kanzan Shimomura en 1922.

El libro del té es un texto que fluye, fluye, fluye… derramando  sabiduría elegantemente y con mucho de ese mono no aware tan propio de Cipango. Porque el tono acaba siendo algo nostálgico, como si la lucha por mantener vivas las tradiciones del país y el combate contra Occidente fueran a perderse. Y no puedo evitar preguntarme qué pensaría Okakura Tenshin  si levantara la cabeza en estos momentos y mirara a su alrededor.

A pesar de que es un libro escrito a principios del s. XX, muchas de las preocupaciones del autor continúan siendo vigentes, ya que Japón sigue manteniendo esa dualidad tradición-modernidad que se ha convertido, además, en una de sus señas de identidad; y, lamentándolo mucho, todavía se percibe desde Occidente al país como un reducto de exotismo y extravagancia al que se valora con una mezcla de conmiseración y ligera burla. ¿Recomiendo la lectura de este El libro del té? ¡Pues claro! No hace falta, además, que te guste esta plantita para leerlo, solo tener ganas de profundizar una miqueta en la idiosincrasia de Japón y aprender sobre uno de sus símbolos principales.  Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Microrreseña: Magia China de Algernon Blackwood

Algernon Blackwood (1869-1951) es uno de mis escritores favoritos, lo descubrí leyendo en mi adolescencia a H.P. Lovecraft, que en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura (1927) le dedicaba grandes elogios. Me llamó mucho la atención, fue una especie de flechazo. Y a no mucho tardar, leí un relato corto suyo, El Wendigo (1910), incluido en una antología que realizó Alianza Editorial llamada Los mitos de Cthulhu y otros cuentos (1968). Fue mi primer contacto con él y, a partir de entonces, el señor Blackwood me acompañaría toda la vida. Junto a Lord Dunsany y Arthur Machen conforma mi tríada mágica de fantasía, horror y belleza.

Os preguntaréis qué pinta un escritor inglés en un blog dedicado a la cultura japonesa y oriental. Pues muy fácil, estos días he releído un cuentecillo de su autoría, Magia china (1920), que remite, como bien deduciréis, a la majestuosa e infinita Catai. Y la nostalgia me ha secuestrado hasta el tuétano de los huesos, por lo que decidí darle un pequeño homenaje a mi querido Bosquenegro, aunque fuera de manera un poco tangencial. Es mi blog y hago lo que me da la gana, ¡ea!

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El maestro Algernon Blackwood

Algernon Blackwood era un panteísta, un fervoroso devoto de la Naturaleza a la que respetaba y temía al mismo tiempo. Veneraba su poder y belleza, a la vez que la dotó en sus relatos de una especie de conciencia, una conciencia que lo abarca todo y se expresa a través de seres primordiales, casi como divinidades, que trascienden la moral humana.  Terribles, grandiosos, atemporales; y que cuando irrumpen en la esfera del hombre pueden otorgar el éxtasis o ser portadores de locura y muerte. Blackwood fue un escritor pagano que también se dedicó a los cuentos de fantasmas, pero siempre marcados por la metafísica ocultista de su época: la Teosofía y la Orden Hermética de la Aurora Dorada (Golden Dawn). No cabe duda de que fue un Iniciado, y en sus obras así lo plasma, pero de una manera sutil y respetuosa.

El relato que nos incumbe hoy, Magia China, está incluido en el que es uno de los tesoros más amados de mi biblioteca, desde que lo compré allá en un lejano 1995: El valle perdido (Siruela, 1990). La primera vez que lo leí fue en una biblioteca pública, y no pude vivir ya sin él; me lo compré tras un año sacándolo prestado sin parar como una enferma mental. Nunca me cansaré de repetir lo agradecida que estoy a Siruela por su colección El Ojo sin Párpado, del que formaba parte El valle perdido o La casa vacía, ambos de Algernon Blackwood. Simplemente mágica, lo mejor que se ha publicado en España en fantasía, misterio y terror, con permiso de la labor que está realizando actualmente Valdemar.

Una brisa ligera entró por la ventana, temblaron los huertos lejanos, al pie de la colina: se elevaron, flotaron en la oscuridad y, casi en seguida, me descubrí en un quiosco de flores; un río azul se extendía centelleante bajo el sol, ante mí, serpeando por un valle encantador donde había grupos de árboles floridos entre mil templos diseminados. Empapado de luz y de color, el Valle dormitaba en medio de una belleza apacible que infundía lo que parecían ser anhelos imposibles, inalcanzables, en mi corazón. Deseé adentrarme en esas arboledas y templos, bañar mi alma en ese mar de tierna luz, y mi cuerpo en el frescor azul del río perezoso. Tenía que rendir culto en mil templos. Sin embargo, estos anhelos imposibles quedaron satisfechos en seguida. Al punto me descubrí en aquel lugar… al tiempo que por mi cabeza desfilaba lo que calculo que abarcaría siglos, si no eras. Estaba en el Jardín de la Felicidad, y su perfume maravilloso disipaba el tiempo y el dolor; no había fin que pudiese encoger el alma; ni principio, que es su estúpido extremo opuesto. Ni había soledad.

Pero regresando a El valle perdido, este contó con la magnífica traducción de Francisco Torres Oliver, el mejor y más importante especialista de literatura anglosajona fantástica que hemos tenido nunca. Los cuentos que conforman el volumen son todos extraordinarios y siguen esa estela irreal, a ratos también feroz, de ascetismo neopagano que fascina y absorbe lentamente como un teatro de sombras. También hay lugar para el amor, pero se trata de un sentimiento que aunque no está exento de intensidad, se halla situado en los parajes nebulosos del platonismo. Magia china narra el reencuentro de dos amigos tras muchos años de separación; uno de ellos ha encontrado su razón de ser en China y detalla sus experiencias, sobre todo las relacionadas con un misterioso incienso que conduce el alma al Jardín de la Felicidad. ¿Una referencia por parte de Blackwood al maravilloso YuYuan (豫园) de Shanghái? ¡Quién sabe!

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“Montañas y cascada” de Liu Yunfang

Magia china es un pequeño cuento que, como muchos de los relatos de Blackwood, se deleita en ensoñaciones filosóficas y atesora la delicadeza del misticismo oriental, idealizando la espiritualidad y pensamiento chinos. Esa mirada típica a Oriente como lugar de perpetuos enigmas y exotismo, que en esta historia queda sublimada por la admiración del autor a su sabiduría ancestral. El refinamiento y sofisticación de una cultura antiquísima, que con su serenidad supera a Occidente en su búsqueda de la Eternidad. China es embellecida a través de sus clichés y convertida en poesía, el arquetipo de la perfección frente a los zafios europeos. Esa es la noción que transmite uno de los protagonistas, enamorado de China; un visionario que se rinde a su dominio y postra su propio destino ante su trono. El otro, sin embargo, representa el pensamiento crítico y el pragmatismo que, aunque ocasionalmente pueda ceder a la utopía, su sino es la destrucción, muy a su pesar. Dos caras de una misma moneda.

Os invito a que le deis una oportunidad, pues se trata de un relato lleno de presagios e inquietantes certezas, donde el amor juega un papel trascendental como intermediario entre dos mundos que construyen una realidad más vasta y pavorosa de lo que nadie podría imaginar. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Fuyu no Hi: días de invierno

Fuyu no Hi (2003) es el broche de oro para finalizar en SOnC la celebración de los 100 años de anime en este 2017. Pensaba que no iba a tener tiempo de realizarla, pero aquí la tenéis, convenientemente programada junto a las tres siguientes entradas. Así que si por casualidad os topáis con ella, permaneced atentos porque las posteriores no aparecerán anunciadas en las redes sociales. Como bien deduciréis, me encuentro fuera durante estos días y la desconexión será casi total. La Navidad es una época difícil para mí, aunque una vez pase estaré con vosotros de nuevo con normalidad. Y contestaré los comentarios pendientes, que son unos cuantos. Mientras tanto, los que estéis suscritos vía correo electrónico no notaréis ninguna diferencia.

Días de invierno o Fuyu no Hi es un anime bastante especial, y que nos va a servir para cerrar la sección 2017: un siglo de anime de una forma perfecta. Se trata de una obra coral coordinada por mi querido Kihachirô Kawamoto e inspirada en el renga. El renga es un género literario japonés en el que diversos autores colaboran escribiendo poemas encadenados. Es de origen bastante antiguo y en uno de sus estilos, el haikai, una forma más accesible aunque no menos espiritual del renga, se especializó el poeta Matsuo Bashô (1644-1694). De hecho, consagró su vida a dignificar y perfeccionar el haikai no renga, convirtiéndose a su vez en una de las figuras literarias más importantes del periodo Edo. Es considerado el más grande maestro del hokku (haiku) de la historia, un creador indispensable de la literatura nipona.

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Bashô según Katsushika Hokusai

Sin embargo, donde realmente brilló, y esto reconocido por él mismo, fue en el renga; y en uno de ellos, Fuyu no Hi (1684), se basó Kawamoto para organizar su propio haikai audiovisual. Días de invierno nació a finales del s. XVII en Nagoya, durante uno de los viajes de Bashô. El poeta era todo un trotamundos, siempre buscaba inspiración en las zonas más remotas de Japón. Allí fue invitado por el grupo de literatos de la ciudad a componer poesía, y de esa forma vio la luz la primera antología importante de haikai de Bashô. Los poetas que trabajaron con Bashô, salvo por Kakei, líder de la comunidad literaria de Nagoya y médico de extracto samurai, eran todos jóvenes comerciantes de posición acomodada. Sus nombres: Kakei, Tokoku, Yasui, Jûgo y Shôhei.

Tomando los poemas de Fuyu no Hi como base, un total de 36 animadores crearon un cadáver exquisito de cortometrajes que se llevó el Gran Premio del Festival de Arte de Japón en 2003. Durante 39 minutos, creadores tanto japoneses como de otros países pusieron su talento al servicio del gran Bashô. Y el resultado fue muy, muy heterogéneo. Kawamoto no dudo en acudir para este proyecto a artistas con influencias, estilos y maneras de trabajar muy diferentes; sin prestar atención a su nacionalidad o sexo. Simplemente eligió a los que consideró, según su criterio, animadores con talento.

Y es lo que tenemos en Fuyu no Hi, un batiburrillo sorprendente donde la animación tradicional, el stop-motion, la rotoscopia, el cut-out, la animación flash o el CGI van sucediéndose sin pausa. Salvo el primero de todos, realizado por el grandísimo Yuri Norshtéin, todos los cortos duran entre cuarenta y sesenta segundos. Kawamoto, como el director de tamaña orquesta, colaboró con dos.

La poesía japonesa posee en su naturaleza simple y elegante una poderosa simiente visual que la hace muy apropiada para el lenguaje cinematográfico. Esa clara afinidad ha sido aprovechada desde casi los inicios del séptimo arte, y la animación no ha sido una excepción. Este proyecto de Kawamoto no fue en ese aspecto pionero, no obstante el reunir bajo el paraguas de Bashô a tan excelentes artistas y ensamblar sus diversas contribuciones sí que supuso una novedad realmente atractiva.

La compilación se inicia con Yuri Norshtéin y el kyôku de Bashô que abre el Fuyu no Hi. Una especie de saludo de tinte cómico donde el poeta se compara con Chikusai, un personaje popular de las novelas cortas o kana-zôshi de la época, un anti-héroe vagabundo que se gana la vida como curandero. Y el listón lo pone muy alto, de hecho algunos de los artistas no consiguen estar a la altura de semejante declaración de principios. Posiblemente los que más flaquean son los que toman la senda informática, y los mejores parados, con diferencia, los que se inclinan por una animación analógica y tradicional.

Como ya comentábamos, Fuyu no Hi es tremendamente diverso en temáticas y estilos, cada animador posee un carácter propio y diferenciado; y a esto hay que unirle la visión occidental, que siempre aportará su peculiar idiosincrasia a una obra literaria tan, tan japonesa. Yuri Norshtéin (Rusia), Raoul Servais (Bélgica), Jacques Drouin (Canadá), Aleksandr Petrov (Rusia), Co Hoedeman (Holanda), Bai-rong Wong (China), Mark Baker (Reino Unido) y Bretislav Pojar (República Checa) son los artistas extranjeros que brindarán su particular perspectiva.

De los 36 que conforman este ómnibus, he seleccionado mis 10 favoritos para comentarlos brevemente. Mis favoritos, repito, por lo que puede haber otros cortos  igual de excelentes que probablemente te gusten. Como observaréis, de mi selección ninguno recurre a los artificios de la informática porque, como ya he comentado un poquito más arriba, son los más flojos de la antología. De hecho hay tres o cuatro que son verdaderamente cutres, no entiendo cómo se colaron en Fuyu no Hi, porque su calidad cochambrosa es notoria. Pero ya se sabe que nada es perfecto, qué le vamos a hacer. Aun así, es obligatorio señalar que la música del compositor Shinichirô Ikebe es magnífica, uno de los puntos fuertes de Días de Invierno sin duda.


 

Raoul Servais (1928, Ostende) es una leyenda viva de las artes, trabajó con René Magritte o Paul Delvaux; y siempre ha sido una mente inquieta. Su contribución a Fuyu no Hi tiene un algo de su Harpya (1979), y mientras el poema de Yasui y Bashô habla sobre un monje, posiblemente enamorado, que decide huir de sus votos y afecto (la garza es un pájaro tímido) a una casa entre arrozales, Servais decide otorgarle un contundente ánimo surrealista y opresivo. Hace hincapié en el veneno de la mente, que enmaraña y oscurece el amor cuando la soledad crece. Delicioso.

 

No he encontrado mucha información sobre Noriko Morita, la animadora encargada de este segmento; y me apena porque es uno de mis preferidos por su audacia y dinamismo. Expresa muy bien el sentido del poema de Jûgo,  que transforma el anterior de Yasui y Bashô en la tristeza y amargura de una mujer a la que, mediante engaños, han arrebatado su hijo recién nacido. Destacar que el amor tanto en el monje como en la mujer provoca algún tipo de vergüenza, empujándolos al aislamiento.

 

Sobre Reiko Okuyama escribí aquí hace un par de semanas, una de las figuras femeninas más importantes del anime y que hizo historia con su lucha por los derechos laborales de las mujeres en Japón. Toda una heroína en el campo de la animación como en el del sindicalismo. En Fuyu no Hi aparece junto a su marido, el también importante animador Yôichi Kotabe, junto al que colaboró durante toda su vida. Alejándose de las vertientes comerciales donde hizo la mayoría de su carrera, en este corto plasma la tristeza de la madre que acaba de perder a su hijo pero porque ha fallecido, enfatizando la noción budista de la impermanencia (mujô) y la ilusoria naturaleza de la vida.

 

Aleksandr Petrov (1957, Prechistoye) es el maestro mundial de la pintura sobre cristal, una especialidad de la animación muy rara, bellísima y bastante complicada de realizar. Sobre él escribí un poco aquí y si no lo conocéis, deberíais hacerlo lo antes posible porque su obra es completamente extraordinaria. En Fuyu no Hi hace gala de su habitual y sorprendente destreza con la triste poesía original de Tokoku, donde el abandono y la pobreza son los protagonistas. Sin embargo, Petrov decide quitarle algo de dureza mediante la figura de un niño vagabundo, que valientemente se enfrenta a una gigantesca sombra.

 

Seiichi Hayashi (1945, Manchuria) es una de mis debilidades en el mundo del animanga. Uno de mis mangaka preferidos. Period. Creo que su trabajo no es lo bastante reconocido, y que debería tener más divulgación, porque lo merece. Sin embargo, su segmento para este Días de Invierno no impresiona demasiado. La animación es muy normalita, pero sigue siendo él, con sus maravillosos diseños y especial sensibilidad. Además un gato tiene cierto protagonismo. Hayashi ha sabido adaptar con sencillez un poema que habla del oriiru o retiro de la corte imperial de una dama de la era Heian, que ha ido a vivir a un barrio lleno de gente chismosa. Y se aburre muchísimo en ese ambiente.

 

Azuru Isshiki (Tokio) es una animadora independiente que comenzó su andadura en Toei Animation Co. Ha escrito un libro sobre técnicas de animación y trabajado a lo largo de los años en diversos proyectos que han sido galardonados con varios premios. Actualmente forma parte del grupo creativo G9+1, en el que está desarrollando su carrera. Este corto suyo me ha gustado mucho por su frescura, con un dibujo de línea clara e ingenua, que contrasta con el de la mayoría de sus colegas, mucho más alambicado. Isshiki opta por la simplicidad del trazo inspirado en los tebeos, y funciona bien. En este poema la dama de la corte se ha hecho monja, y en el barrio recuerda con nostalgia los cerezos en flor del Palacio Imperial.

 

Mark Baker (1959, Londres) es conocido actualmente sobre todo por Peppa Pig, pero sus trabajos abarcan muchas e interesantes obras que han llegado a estar nominadas incluso para los Oscars. Su estilo de apariencia infantil esconde en realidad gran sofisticación. Y haciendo honor a su método luminoso y sencillo, su segmento resulta ser uno de los más claros de la antología, que no necesita interpretación alguna. Una adaptación elemental y directa de una poesía que podría haber seguido derroteros bastante más oscuros.

 

Reiko Yokosuka (Hitachinaka) es la responsable de uno de los cortos que más me gustan de este Fuyu no Hi. Heredera de la tradición del sumi-e o pintura monocromática en tinta, en Días de Invierno hace del minimalismo un prodigio difícil de superar. De una manera diáfana queda reflejado su amor por la naturaleza, y la sutilidad de su trazo sobre el papel washi evoca los espíritus del shintô en su forma más pura. Esta mujer es maravillosa, y lamento profundamente que su obra no tenga más reconocimiento y difusión,  porque además sus cortos son bastante complicados de localizar. ¿He dicho que es fan de Môto Hagio y Ryôko Yamagishi? Pues lo es. Encima tiene un gusto soberbio para los mangas. Ains.

 

Creo que Isao Takahata (1935, Ise) no necesita ningún tipo de presentación. Su contribución a Fuyu no Hi es una de las más interesantes, integrando un curioso sentido del humor suavemente escatológico en su segmento; donde lo sagrado y lo profano, lo puro y lo impuro se entremezclan como en la vida misma. Comienza muy solemne, recreándose en la tradición pictórica japonesa más clásica; sin embargo, esa ceremonia y gravedad pronto se verán doblegadas por la imperiosa llamada de la naturaleza. Muy divertido.

 

Sobre Fusako Yusaki (1937, Fukuoka) también escribí en la entrada dedicada a animadoras japonesas (enlace aquí) y no podía faltar entre mis favoritos de Fuyu no Hi porque esta señora siempre sorprende con su habilidad y enorme imaginación. Inspirándose en las obras de Giorgio de Chirico (1888-1978), ofrece un corto pleno de luz, color y alegría. Con inteligencia y gracia, el claymation dúctil de Yusaki-sensei discurre plácidamente entre los demás.  Y es que esta animadora siempre fue diferente, y en Días de Invierno queda muy patente eso. Me produce también cierta tristeza, pues da la sensación de que el legado de su estilo no esté siendo recogido por nadie. Esperemos que no sea así de verdad.


Fuyu no Hi es una obra con unos cuantos altibajos, aunque también posee grandes aportaciones. Por eso el ritmo del conjunto no resulta armonioso, y es algo que se echa de menos, teniendo en cuenta además que la esencia del renga es esa, un fluir equilibrado de distintas ideas. No obstante, este defecto suele surgir en los proyectos donde convergen tantos artistas diferentes y con maneras de concebir la animación tan dispares. Por eso mismo también merece la pena verlo y disfrutar de esa pluralidad que ayuda a descongestionar la mente tras consumir grandes cantidades de anime estándar. Hay vida más allá de la comercialidad, os lo prometo, una vida igual de interesante o más, que abre la perspectiva a nuevas y antiguas (pero desconocidas) formas de expresión.

Y con esta entrada despedimos el 2017 en SOnC. Espero que hayas disfrutado de este pequeño apartado en el blog, donde se han intentado difundir las creaciones y trabajos de los pioneros y leyendas de la animación japonesa. Ha sido la sección más importante en cuestión de contenidos (y más ignorada) de este año en la bitácora. No obstante, me he dejado unos cuantos creadores en el tintero, pero eso tampoco es óbice para que no pueda escribir sobre ellos ¡y ellas! en el futuro. Que lo haré con total seguridad, porque los clásicos nunca mueren, y es necesario tenerlos siempre presentes. Feliz Año Nuevo, camaradas otacos, que este 2018 Manga no Kamisama os sea favorable.

Bertolt Brecht y la Judit de Shimoda

Judit es un personaje de la cultura occidental bien conocido y que representa el espíritu de sacrificio por la patria y, a su vez, el uso legitimado del poder femenino (weibermacht) para lograr un fin mayor. Surge del Libro de Judit, que aunque es considerado apócrifo por la mayoría de Iglesias cristianas y el judaísmo, la católica y ortodoxa sí la incluyen en su canon. Sabemos que la crónica que relata no tiene ninguna verosimilitud histórica y se trata de pura ficción, pero es un símbolo muy reconocible de la posición femenina y su capacidad de actuación en una sociedad fuertemente patriarcal. Judit (la judía), hermosa viuda de reputación intachable y residente en Betulia (la virginidad), es la elegida por Yavé para liberar a su pueblo de la amenaza expansionista del invasor Nabucodonosor. Su máximo general Holofernes se ha enamorado de ella, trance que Judit aprovecha para ganarse su confianza, emborracharlo y cortarle la cabeza. Son los habituales atributos de belleza y artes de seducción que se asignan a la mujer los que consiguen una victoria sobre el hombre, humillándolo. Judit utiliza las únicas herramientas de poder que le son permitidas, y en nombre de Dios y para satisfacción de los suyos, vence sin necesidad de batalla. Judit es una heroína para los hebreos, al estilo de Jael o Ester, que mediante su hermosura y astucia logran salvar a su país.

Esta narración de fervor patriótico y abnegación por el bien común protagonizada por una fémina, por lo que no faltan elementos eróticos palpitando en el subterráneo, ha sobrevivido al paso del tiempo casi indemne, y traspasado las fronteras de Occidente. Se trata ya de una figura universal, de ahí que llegara a Japón también sin dificultades y tengamos hoy entre manos una reseña un poco inusual. Porque la obra protagonista también lo es bastante.

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Segunda versión de “Judit decapitando a Holofernes” (1621) de Artemisia Gentileschi

La Judith de Shimoda es una pieza teatral firmada por Bertolt Brecht y que no salió a la luz hasta el 2006. ¿Por qué habiéndose escrito en 1940 tardó casi 70 años en publicarse? Aquí es donde comenzamos a penetrar en la selva enmarañada de la creación de esta obra. El primer interrogante se resuelve de la siguiente manera: se pensaba que era un trabajo  inconcluso y no se le prestó suficiente atención. Pero el doctor en literatura Hans Peter Neureuter consiguió reconstruir los pedazos que se tenían de ella, forjando una creación completa. Según las notas que dejó el propio Brecht, la intención original era la de realizar una película cinematográfica, pero el proyecto no avanzó por esos derroteros.

¿Cómo llegó a concebir Brecht una obra de estas características? Su admiración por la Ópera China, el o el Kabuki es bien conocida, así que elegir una temática oriental para una pieza literaria no debería haber extrañado a nadie. No sería la primera vez además que lo hiciera, pues, por ejemplo, El consentidor y el disentidor (1930) se basa en una obra del ; o El alma buena de Szechwan (1943) tiene de protagonista a la joven prostituta china Shen-Té. La Judith de Shimoda empezó gestarse en su exilio de Finlandia, cuando huía de los nazis. En esos momentos vivía en la finca de la gran escritora Hella Wuolijoki. Fue ella la que le dio a conocer las obras de un autor japonés que la entusiasmaba: Yûzô Yamamoto (1887-1974). Yamamoto era un hombre muy comprometido con las causas sociales, por lo que Nyonin Aishi, Tôjin Okichi Monogatari (1929), en su traducción inglesa de Glenn W. Shaw como The sad tale of a woman, the story of Chink Okichi. conquistó a Brecht por su sensibilidad feminista, la denuncia del patrioterismo de los poderosos, y el menosprecio y olvido hacia el héroe cotidiano tras su gesta.

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Bertolt Brecht de jovenzano cuando todavía era estudiante de medicina en Munich, circa. 1917

El alemán decidió volcar la obra teatral de Yamamoto a su manera. Desconozco hasta qué punto, y esto ya es mi opinión personal, no fue un adueñamiento poco ético del trabajo del japonés; por no decir que gran parte de esta nueva versión contó con mucho del talento y esfuerzo de su anfitriona Wuolijoki. Resulta un tema algo escabroso, aunque también la mar de interesante, qué diantres. Un creador tan importante para las artes escénicas del s. XX como fue Brecht también poseía sus opacidades; no en vano por muy genio que fuera, humano también. Sin embargo, La Judith de Shimoda tiene la indeleble marca de los temas brechtianos: el sacrificio individual en pos del beneficio colectivo; y la presencia del personaje femenino fuerte que debe desenvolverse en un entorno hostil dominado por hombres. El hecho de que la puesta en escena sea una especie de metateatro, un teatro dentro de otro teatro, también es una característica inherente al autor.

Brecht relacionó la historia de la geisha Okichi con la Judit judeocristiana, pero centrándose sobre todo en el después. El mismo Yamamoto hizo lo propio en la obra original, criticando duramente a otros literatos que preferían escribir solamente sobre su hazaña, escogiendo ignorar la vida ulterior de la heroína. Fue el caso del escritor Gisaburô Jûichiya, cuyo Tôjin Okichi Rahamen (1928) tuvo hasta una adaptación al cine por parte del maestro Kenji Mizoguchi en 1930. De esa cinta solo han sobrevivido 4 minutos.

La leyenda moderna de Okichi es bien conocida, y en Shimoda posee su propia ruta turística. Bastantes autores la abordaron, siendo la de Yamamoto la más singular por su enfoque. Una perspectiva que Bertolt Brecht abrazó con entusiasmo y respetó, haciendo especial hincapié además en ella. Su historia da comienzo con las arduas negociaciones entre japoneses y norteamericanos en una época en la que el país estaba abriéndose al exterior. La desconfianza mutua y las diferencias culturales ralentizaban un proceso que impacientó tanto a los estadounidenses que amenazaron con destruir poblaciones con sus buques de guerra. Los diplomáticos nipones se vieron forzados a recurrir a las artes de una famosa geisha, Okichi, para calmar los ánimos de sus beligerantes huéspedes. Al principio Okichi se niega, pero apelando a su deber patriótico y compasión, finalmente cede logrando que el cónsul americano no inicie ningún ataque.

Okichi y su samisen impidieron una gran carnicería, y aunque su labor no le resultó agradable, la sociedad japonesa tampoco perdonó que se relacionara con extranjeros. Estaba prohibido por ley. Su vida después del acto heroico fue una espiral de degradación y tristeza, convertida en una paria alcohólica y combatiendo los falsos rumores que se acrecentaban con el paso de los años. Okichi no cayó en la autocompasión, ella fue una mujer orgullosa que luchó hasta el último día por su dignidad y la dignidad de todas las mujeres japonesas.

SAITO: El consistorio está muy, muy enfadado contigo, Okichi. Se ha considerado la posibilidad de enviar al cónsul tu cabeza en un cesto. El rumor de tu testarudez y necedad ha llegado hasta su excelencia el mismo príncipe Isa. Está ahí dentro.
OKICHI: No soy ninguna criada. Soy una cantante. Enviaré a mi criada.
SAITO: No seas desvergonzada. Te reclaman a ti.
OKICHI: No iré a casa de los extranjeros. Después no podría dejarme ver en ninguna casa de té. (Alza la voz.) Vosotros sois los desvergonzados al pedirme algo así. ¿Por qué las autoridades han pegado carteles por doquier diciendo que no debemos tener nada que ver con los extranjeros y no debemos aceptar nada de ellos, que ni siquiera debemos dejarlos entrar a la casa de té? Ahora ordenan que vaya y les sirva. A vuestros ojos, cosas como las geishas son mujeres a las que se manda donde se os viene en gana, pero a mí no me gustan expresiones del tipo «cosas como». También una mujer es una persona.

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“Vista del puerto de Shimoda desde el cementerio americano” de Wilhelm Heine (1856)

El argumento de la obra está ubicado en Shimoda, una pequeña ciudad costera del este de Japón, donde se gestó el crucial Tratado Harris (1858). Faltaba ya muy poco para los profundos cambios de la Restauración Meiji, y Japón había comenzado a abrirse a las potencias extranjeras después de siglos de aislamiento. La caída del sakoku tuvo lugar concretamente en 1853 con la Convención de Kanagawa, siendo este el primer acuerdo internacional entre Japón y una potencia foránea, Estados Unidos. Se acordó que en los puertos de Shimoda y Hakodate podrían atracar barcos norteamericanos y se permitiría la presencia de un cónsul en el país también. Y el primer cónsul occidental que pisó Japón fue Townsend Harris, responsable del Tratado de Amistad y Comercio, o Tratado Harris, en el que Estados Unidos asentaría su posición y aumentaría sus privilegios a la hora de comerciar con Cipango. Pero no fue una negociación sencilla, y son las dificultades que surgieron en su consecución el telón de fondo y motivo de desgracias para la protagonista de La Judith de Shimoda.

Se cree que la Okichi histórica se suicidó en 1892 arrojándose al río Inauzawa a causa del desprecio social al que se vio sometida, pero en realidad ni siquiera llegó a mantener una relación profesional (y mucho menos sentimental) larga con Townsend Harris, pues aunque la empleó como sirvienta, la despidió a las pocas semanas. No obstante, que los hechos reales no impidan contar una buena historia, y La Judith de Shimoda sin duda vuelca en sus páginas unas inquietudes e ideas muy interesantes, incluso para el lector o espectador actuales.

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“Peluquera” de Kitagawa Utamaro, circa. 1798

Una visión completamente distinta de todo este asunto la otorgaron, por supuesto, los estadounidenses. La película El bárbaro y la geisha (1958), de ese titán del séptimo arte que fue John Huston, presenta los eventos históricos desde su perspectiva, por supuesto, y aunque no resulta tampoco un despropósito en ese aspecto, embellece una situación a favor de los norteamericanos de manera bastante descarada. Los japoneses son hostiles y arteros, muahaha, aunque tampoco demasiado (recordemos que en el momento del rodaje los amigos americanos tenían ocupado el país). Townsend Harris (John Wayne) salva del cólera y un terrible incendio a todo el mundo (¡cómo no!) y la relación con Okichi (Eiko Andô) es romántica y con perdices de plato principal. Ella queda reducida a la figura de espía con espíritu bondadoso, al habitual cliché asiático de muñeca de porcelana.

La película en sí no tiene nada de memorable, quizá las ambientaciones y la dirección artística son lo más destacado por su espectacularidad y belleza, pero poco más. Fue rodada en su mayor parte en los Estudios Eiga de Tokio, en Kioto y Kawana; y Huston hizo uso del por entonces novedoso CinemaScope, que realzó su grandeza exótica. El bárbaro y la geisha es más bien una curiosidad realizada y presentada con mucho tino, pero que sabiendo un poco más de la materia, provoca algo de vergüencilla ajena. Esto no es óbice para reconocerle su mérito en el campo del entretenimiento, porque no aburre en ningún instante.

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John Wayne haciendo de John Wayne pero en Japón y con geishas cuidándolo mucho.

La Judith de Shimoda es una pieza fascinante y profunda, una aproximación por parte de Occidente a Japón sin caer en los típicos tópicos de exotismo trasnochado o en el agotador paternalismo poscolonial. Era algo de esperar tratándose de una obra de Brecht, no obstante. Ignoro si a la otaquería más castiza pueda interesarle, probablemente no, y esta entrada sea la enésima que se pase por alto de SOnC. Sin embargo, también creo que si se tiene verdadero interés por el país del sol naciente, La Judith de Shimoda es una de esas lecturas que no deben faltar, pues acerca uno de esos personajes que forman parte ya de la mitología moderna japonesa, y que plasma de forma contundente la esfera en la cual todavía la mujer nipona se ve constreñida. Buenas días, buenas tardes, buenas noches.

A las damas de la corte Heian les gustaba escribir

Las estrellas de la presente entrada son tres damas que vivieron hace 1000 años. Sí, hace 10 siglos sucedían cosas que importan incluso ahora, qué cosas. Sus nombres eran Izumi Shikibu (976-1030), Murasaki Shikibu (978-1014) y la dama Sarashina (1008-c.1059), y como husmeando por la segunda mano me he topado con Diarios de damas de la corte Heian (Barcelona: Ediciones Destino, 2007), he pensado que de perdidos, al río. Hace un montón de semanas que no escribo sobre literatura, así que aprovecho el afortunado encuentro entre mi flacucha persona y un cajón de madera donde dormitaba, hasta ahora, el siguiente libro, para hacerle su correspondiente reseña.

Hay una cosa, sin embargo, que no me convence de este volumen. No puedo negar que, a grandes rasgos, me ha gustado bastante, pero como soy también algo picajosa, quiero señalar antes de meterme en harina lo que me ha parecido un poco meh. Diarios de damas de la corte Heian es una edición traducida de la inglesa de 1920, prologada por la grandísima poetisa Amy Lowell. No del original japonés. Eso de que sea traducción de traducción no suele hacerme excesiva gracia, con sinceridad. Si no se tiene otra cosa… pues mira, vale. Y hasta hace no mucho tampoco había donde elegir en español. También debo aclarar que la traducción de Xavier Roca-Ferrer del inglés es excelente, y no dudo en absoluto de su profesionalidad; así como que también estoy convencida de que se documentó exhaustivamente para respetar al máximo la esencia de los primarios. Pero continúa siendo traducción de traducción. Muy buen volumen, pero traduttore, traditore! Ya he aclarado que tengo mis manías, ojo, por lo que quizá para otros lectores esto no suponga ningún inconveniente.

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De las tres obras que se presentan en el ejemplar, una ya tiene traducción directa del japonés gracias a Editorial Atalanta y su Sueños y ensoñaciones de una dama de Heian de Dama Sarashina; y en breves Satori Ediciones publicará El diario de la Dama Izumi de Izumi Shikibu. Ambas traducidas por mis admirados Carlos Rubio y Akiko Imoto, por cierto. Algún día, cuando sea millonaria, me podré permitir todos los libros que me apetezca zampar; mientras, considero oportuno ahorrar una miqueta e ir succionando letras en dosis más acordes a mi patrimonio. Pero caerán, por supuesto.

Regresando a este Diarios de damas de la corte Heian, el libro reúne tres nikki o diarios personales de tres mujeres que han pasado a la historia de la literatura universal por méritos propios. Las personalidades de estas autoras fueron bastante dispares, y así queda reflejado para nuestro placer en este volumen. Izumi, ingeniosa y apasionada; Murasaki, observadora y minuciosa; Dama Sarashina, romántica y llena de nostalgia. Sin embargo, hay que tener en cuenta ciertos conceptos también para poder disfrutar de sus memorias. Son escritos de hace mil años, y la sociedad que describen, como bien imaginaréis, no es la actual occidental.

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“Damas de la era Heian admirando las cascadas mientras hombres las observan en secreto” (c.1660) de Tosa Mitsuoki

El periodo Heian (794-1185) fue una de las cimas culturales de Japón, los niveles de refinamiento y fecundidad artística que se lograron en esos siglos no se volvieron a alcanzar hasta mucho tiempo más tarde. Resultó una revolución cortesana que se regocijaba en la poesía, la caligrafía, la pintura, la música… o la textura y colores de la seda en los ropajes. Sofisticación y excelencia, una cortesía exquisita junto a una etiqueta exigente conformaron los valores morales y estéticos del momento. Sus pilares básicos fueron el mono no aware y el miyabi.

El mono no aware es un sentimiento donde se unen melancolía y serenidad, no es fácil de explicar. Combina dos nociones, una extranjera (budista) y otra autóctona (sintoísta); una que reflexiona sobre la inestabilidad y caducidad del cosmos, y otra que reverencia y sacraliza la naturaleza. El mono no aware es la comunión con la naturaleza para experimentar su impermanencia (mujô kan), fragilidad, imperfección y, precisamente por eso, su gran belleza (wabi-sabi). El miyabi es el sibaritismo, el gusto por la elegancia refinada y la distinción. No obstante, es interesante mencionar que, a pesar de esta magnificencia que dejaba en comparación a gran parte de la humanidad de entonces a la altura del Paleolítico Inferior, en el ámbito tecnológico o científico el antiguo Japón no se encontraba a la par. Ni mucho menos. Recordemos, además, que este culmen perteneció a la corte imperial y sus altos funcionarios en exclusiva. Un funcionariado muy poderoso, y que fue creciendo conforme el clan dominante Fujiwara aumentaba su influencia y número.

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Izumi Shikibu (c.1842) según Utagawa Kuniyoshi

Aunque en China llamaban a Japón “el país de las reinas”, y pese a que las mujeres de las clases altas podían acceder a una mínima educación y cierto patrimonio, su situación era la propia de un entorno medieval. Se hallaban en una posición bastante singular, muy cerca del poder, incluso algunas de ellas eran sus marionetas directas (emperatrices, concubinas, damas de honor…) pero sin la capacidad de ejercerlo. Otras tenían incluso independencia económica, pero vivían aun así subordinadas a causa de su género. Esta proximidad al poder político les permitió conocerlo y analizarlo con gran perspicacia y profundidad psicológica; a veces con bastante sarcasmo. Por supuesto, el hecho de que la poligamia estuviera extendida, imbuyó a estas damas de un sentimiento insondable de zozobra e inseguridad por lo que, ante todo, se centraron en escribir sobre esas emociones. El intenso trabajo que realizaron en plasmar los enigmas de la psicología humana con un diáfano sentido de la realidad; así como las sutilezas estilísticas gracias al uso únicamente del hiragana (era considerado escritura exclusiva femenina, ya que a la mujer no se le permitía el acceso a ningún escrito chino, que usaba sinogramasni conocer la lengua china, que era considerada el vehículo de la cultura). Las mujeres, al solo escribir en japonés y con la exuberancia semántica del hiragana, enriquecieron la lengua de Japón de manera inigualable. Con ellas medró la prosa en las islas, ni más ni menos; y su contribución a la poesía también fue esencial.

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Murasaki Shikibu (c.1710) según Okumura Masanobu

Nuestras protagonistas de hoy vivieron en esa época de gloria cultural, donde la identidad japonesa comenzó a fraguarse como tal, independizándose poco a poco del inevitable (e indispensable) ascendiente chino. La poesía y la habilidad de saber sugerir eran el método habitual de comunicación galante y educada entre la nobleza; su dominio era considerado un don que confería prestigio. Izumi Shikibu y Murasaki Shikibu fueron contemporáneas y sirvieron a la segunda emperatriz o Chûgû, Akiko. Las cortes de las dos reinas solían ser rivales y competir entre ellas por quién poseía a los mejores artistas y poetas. La primera emperatriz Sadako tenía a Sei Shônagon; Akiko a Murasaki Shikibu. De la Dama Sarashina no sabemos el nombre, salvo que era hija de Sugara Takasue, un funcionario de bajo rango; y vivió un poco más tarde que las anteriores. Pero las tres tuvieron en común algunas cosas, pertenecían a una jerarquía media en la corte, podían leer chino, fueron damas de compañía de las emperatrices y escribieron lo que se denomina nikki bungaku, un diario intercalado a menudo de bellos waka, donde plasmaron sus vivencias y pensamientos. Son textos muy descriptivos, tanto de su entorno como de sus mismas personalidades. Los dos primeros no se encuentran completos, el último sí; aunque su estructura es más compleja. Vayamos con ellos.

Diarios

 Izumi Shikibu

Izumi Shikibu ha pasado a la historia como la más brillante poetisa de la Era Heian, y este es el único texto en prosa que tenemos de ella. Fue escrito entre los años 1002 y 1003. Esta dama poseía un carácter impetuoso y vivaz, que la diferenciaba bastante del resto de las féminas de la nobleza. Podríamos decir que era una drama queen de la época, pero con un espíritu combativo inagotable. Su primer marido murió pronto y se quedó sola con una hija, pero eso no le impidió llevar una vida bastante alejada de la que se podía esperar de una viuda discreta. Y, la verdad, todo ese torbellino interior queda bastante bien volcado en este nikki dedicado a uno de sus romances, el sufrido con el príncipe Asumitchi. Este fue todo un escándalo, el cual no impidió, de todas formas, que la emperatriz Akiko la llamara a su corte unos años más tarde.

Pasaron dos o tres días. La luna brillaba magníficamente, y al salir la dama a la galería para verla, le trajeron una carta que decía:
«¿Qué estás haciendo ahora? ¿Tal vez contemplar la luna?»
¿Estás pensando como yo
en la luna que asoma tras la silueta
de las montañas?
¿Lamenta tu memoria aquella noche breve y deliciosa?
El canto del gallo, el horror de levantarse…

El diario de Izumi Shikibu es, en realidad, una excusa para darle un marco adecuado a los poemas que intercambió con Asumitchi. Quizá una manera de aliviar su conciencia, quién sabe, porque el príncipe era el hermano menor de su anterior amante, ya fallecido. Y son esos poemas el alma del nikki. Es también una forma perfecta de conocer los intrincados movimientos del amor cortesano, y cómo funcionaba la alta sociedad nipona de entonces. Se trata de un tira y afloja emocional al servicio de los usos y costumbres de la aristocracia; los malos entendidos, la inseguridad y el éxtasis que genera, también, el deseo. Y el lugar que ocupaba la mujer, claro. Recordemos que estamos frente a obras escritas y protagonizadas por mujeres.

Murasaki Shikibu

Creo que no hace falta que presente a esta escritora, es la creadora de la primera novela de la historia. Su Genji Monogatari es una lectura imprescindible, una obra que no puede faltar en ninguna biblioteca. Si encima se es un otaco hediondo, resulta obligatoria. Magister dixit. Su Historia de Genji me gusta mucho, pero no puedo decir lo mismo de este su diario. Se me hizo cuesta arriba desde el principio, aunque no puedo negar que la mente incisiva de Murasaki Shikibu está ahí. Fue escrito entre el 1007 y el 1010. Es un texto muy gráfico respecto a las prioridades de la corte, miyabi rezumando en cada letra. Esa densidad a la hora de describir con tanto detalle los atavíos, el protocolo de la corte y demás, me acabaron saturando. Tengo que ser honesta. Me resultó como ese ruido de fondo de los cotilleos, aburrido, banal, molesto. Cháchara intrascendente. Pero, ¡ah!, mira por dónde que este nikki no es tan trivial, porque todos esos chismorreos son de hace un milenio, y su valor para conocer cómo era el Kioto palaciego es incalculable. Así que, siendo consciente de su implicación histórica, lo releí con más atención.

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Murasaki Shikibu (c.1765) según Komatsuken

Aunque se utilice la palabra “diario”, los nikki no son un listado de sucesos cotidianos ordenados cronológicamente; en ellos se estamparon los eventos que las autoras consideraron importantes, jugando cada una con sus propias reglas. En este de Murasaki Shikibu, sin duda, es el parto de la emperatriz su corazón. La autora acicala continuamente las circunstancias con prolijidad, y sus reflexiones individuales se enredan entre ellas, brindándoles un acento muy particular. La dama también expresa su hastío por la vida en la corte, la tristeza de la soledad o su frustración por pertenecer a una jerarquía no tan alta como le gustaría; habla sobre sus rivales literarias (y no es muy amable) o sobre su existencia antes de entrar al servicio de Akiko. Son esos detalles más personales los que más me han agradado, descubrir esas incertidumbres íntimas que tan poco han variado después de diez siglos.

Después de la cena, las mujeres salieron y se sentaron delante de las persianas. A la luz de las linternas, los brocados, las sedas y los bordados de oro y plata brillaban. Algunas damas destacaban por su excepcional porte y elegancia. Oshikibu no Omoto, esposa del gobernador de Michinokuni, arrastraba una cola soberbia y vestía una chaqueta a la china con un paisaje bordado representando un bosquecillo de pinos jóvenes sobre el monte Oshio que era una maravilla. Tayu no Myobu llevaba una chaqueta sin bordar, pero el tejido de su cola destacaba por un estampado de olas doradas, que, sin ser vistoso en exceso, cautivaba la vista. Ben no Naishi se había puesto una cola con un estampado sorprendente: una grulla sobre un paisaje dorado. Como la grulla es un símbolo de longevidad, complementarlo con unas ramas de pino bordadas fue un toque genial. En cambio, el motivo de hojas plateadas que había elegido Shosho no Omoto, de dudoso gusto, dio lugar a sonrisas irónicas.

Dama Sarashina

Este nikki es diferente de los otros dos, pues tiene cierto aire a libro de viajes. Fue escrito sobre el 1059, aunque abarca desde la niñez de su autora hasta el momento de su redacción. Parecen unas memorias, por su honestidad, a veces resignación, e introspección. Es la obra con la que es más fácil empatizar, también posee un lenguaje accesible que, a pesar de que no resulte especialmente brillante, se hace querer por su sencillez ingenua. Dama Sarashina narra con humildad y calma los sucesos más significativos de su vida, la cual una parte estuvo marcada por los traslados de su padre. Si en el de Murasaki Shikibu era el miyabi la noción preponderante, en este es el mono no aware el que se lleva el gato al agua, con su delicioso espíritu contemplativo y amor a la naturaleza.

«Hermosa pero tímida, poco amiga de miradas ajenas, retraída, amante de las viejas historias, tan aficionada a la poesía que casi todo lo demás no cuenta para ella, y desdeñosa del mundo entero», he aquí la opinión desagradable que la gente tiene de mí. Y, sin embargo, cuando me conocen me consideran dulce y muy distinta de lo que les han hecho creer. Sé que la gente me tiene por una especie de proscrita, pero me he acostumbrado a ello y me repito para mis adentros: «soy como soy».

La autora escribe mirando hacia atrás con añoranza, siguiendo esa pauta tan humana de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Es posible que se deba a que Dama Sarashina se vio afectada por la decadencia de los Fujiwara, y por cómo presenció el esplendor Heian y su declive. Una suave melancolía flota sobre este nikki. La escritora no tuvo una vida feliz del todo, aunque sí plena. Fue una persona soñadora y adicta a la lectura, cuyas obras favoritas (Ise Monogatari, Genji Monogatari) remiten, de nuevo, a un ayer idealizado. Es el relato más tradicional de los tres, y que permite observar la evolución vital completa de su protagonista, desde la infancia hasta la madurez, donde busca consuelo de sus angustias en el budismo.

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“Dama de la corte Heian” (c.1790) de Torii Kiyonaga

Si has llegado hasta aquí, me gustaría pensar que he sabido retener tu interés, incluso milagrosamente acrecentarlo. Si ha sido así, existe un josei animado que, cada vez que tengo ocasión, lo recomiendo: Chôyaku Hyakuninisshu: Uta Koi (2012). Tanto si la has visto ya como si no la conoces todavía, es una serie dedicada a la literatura Heian, novelando la vida de algunos de sus autores. Me he estado resistiendo bastante a escribirle una reseña porque compañeros blogueros ya lo han hecho (y muy bien, por cierto); sin embargo, creo que su presencia es obligatoria en SOnC. No puede faltar en este bosque solitario, por lo que no tardará en llegar. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Lady Killer o la venganza como una de las Bellas Artes

Esta es una de esas entradas que tengo atascadas desde hace meses. No porque no sepa qué escribir, el motivo es bastante más estúpido: se me olvida. Iba a formar parte de los Tránsitos del pasado octubre, sin embargo mi fabulosa memoria ha decidido que sea un día fresco y lluvioso de febrero la que alumbre esta reseña literaria. Bienvenida al mundo de internet, cariño, no te va a leer mucha gente pero por fin estás aquí.

El próximo mes de abril hará un año de la muerte de una de las grandes escritoras del noir en Japón: Masako Togawa (1933-2016). Si Edogawa Ranpo es el padre del género en las islas, Masako Togawa es la madre. Y menuda madre además. Esta mujer fue de lo más peculiar, tuvo una vida apasionante y multifacética. Da la sensación de que en nuestra actual sociedad hiperespecializada, una persona no pueda dedicarse a dos, tres, cuatro o diez actividades profesionales diferentes y hacerlo encima bien. Como si fuéramos hormiguitas concentradas en una única labor. Pues va a ser que los humanos, por norma general, pueden desarrollar distintas habilidades perfectamente. Togawa es lo que hizo. Era cantante y compositora de canción francesa, escritora, actriz, empresaria, guionista de TV y tertuliana. Casi nada. Pero es a su vertiente literaria a la que nos vamos a referir. Porque esta señora, aparte de un aspecto estrafalario con su pelo afro tricolor, ganó el prestigioso galardón Edogawa Ranpo en 1962 con su primera novela: La llave maestra (1961). Masako Togawa iba escribiendo sus obras detrás de los escenarios, entre canción y canción. En ellas plasmaba fragmentos de su propia vida y de la realidad que respiraba. Así nació también la novela de la reseña de hoy, The Lady Killer (1963), que triunfó por todo lo alto.

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Masako Togawa y su potente voz de contralto

Masako Togawa fue todo un personaje, muy célebre y querido en su país. Y ahora que parece que está tan de moda atacar el feminismo, señalar que esta dama fue feminista y murió feminista. Defensora también de la comunidad LGTBI, resultó un espíritu libre que no se dejó atar por las convenciones de un Japón conservador. Venció. No voy a eternizarme escribiendo su vida y milagros, pero es importante destacar que fue activista convencida, una creativa original y pionera audaz en diversos campos. Masako Togawa consiguió salir adelante en un género, el suiri shôsetsu, que había sido tradicionalmente feudo masculino. No escribió novelas dirigidas a un público femenino al que le gustara el noir, dejemos eso claro. Ese es un prejuicio, con cierto arraigo todavía, que da por hecho que las mujeres crean para mujeres, y los hombres para toda la gente. La perspectiva neutra y universal es, por defecto, la masculina; mientras que la femenina es específica, representa únicamente el universo de la mujer y solo tiene relevancia para ella. Pues no. Masako Togawa en los años 60 dejó muy claro que esto no era así. Una visión femenina del género negro podía ser tan válida, global y atractiva para todos como la masculina.

Suiri shôsetsu se traduce como ficción de misterio, donde el sendero del razonamiento y la deducción son primordiales. Pero, como podréis imaginar, en Japón tomó características peculiares, ya que se trata de una nación de fuerte personalidad. Comparte un aire con el cine polar francés, o al menos así lo percibo yo: la calma, la sordidez y un realismo brutal. El suiri shôsetsu también se preocupa mucho por expresar esa eterna frialdad que destila la sociedad nipona, la profunda soledad y las venganzas que se deciden en silencio y sirven ultracongeladas. Todo con una elegancia de tintes líricos maravillosa, desplegándose con serenidad incluso en los escenarios más lóbregos.

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Portada de la edición publicada por Dodd, Mead & Co. en 1985

¿Cumple esas directrices The Lady Killer? Por supuesto, trabajó en asentarlas de hecho. Existen unas cuantas autoras en la actualidad como Natsuo Kirino, Miyuki Miyabe o Mitsuyo Kakuta, que han contribuido a esa tremenda explosión del suiri shôsetsu o noir japonés contemporáneo. Ahora que se ha relajado un poco el hype, es un momento excelente para escarbar entre las raíces y recordar de dónde procede todo este alboroto. Y Masako Togawa es uno de los cimientos sin duda. De las novelas escritas por ella que han caído en mis manos, The Lady Killer es mi favorita; aunque supongo que no será la mejor. Dilucidar esos abismos de la qualité ya es oficio de entendidos, y solo soy una lectora. Lo que no he conseguido ver es su adaptación al cine, rodada en los estudios de la inefable, gloriosa y mítica productora Shaw Brothers de Hong Kong. Algún día caerá, espero.

Togawa plasmó con su pluma minuciosa un aspecto de la fémina japonesa que se ignora de manera flagrante: el rostro de millones de mujeres que no son ni kawaii, ni sumisas, ni se comportan de forma infantil, ni tampoco cumplen con el arquetipo de femme fatale. Solo son personas, normales y corrientes, inmersas en sus vidas grises. Algunas incluso basculando en los límites de la marginalidad. ¿Qué sucede con las mujeres que no son ni especialmente hermosas ni sexies? ¿Son menos mujeres, carecen de interés? Para Togawa sí que lo tenían… y continúa siendo así para otros escritores aún. Ella abrió la veda del personaje femenino dentro del noir que no se deja encorsetar por las exigencias sociales y estilísticas del género. Adiós, muñeca de porcelana; sayonara mujer dragón; hola, mujer melancólica.

La melancolía es un sentimiento muy curioso que, con suma facilidad, puede mutar en plaga y licuar el corazón con su bilis. La mujer melancólica de Togawa no está loca, pero la amargura la ha transformado. En silencio, lentamente. ¿Y por qué surge esta melancolía? Los motivos no son únicamente sentimentales. Puede ser algo tan acuciante como la falta de dinero o el nacimiento de un hijo muerto; pero irá creciendo, poco a poco, hasta que detone en un calculado estallido de oscuridad sin fin.

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“Belleza verdadera” (1897) de Toyohara Chikanobu

The Lady Killer es una obra corta, meticulosa y absorbente. El punto de vista gira como una peonza de un personaje a otro, creando una atmósfera de atmósferas traslúcidas. A pesar de su estructura, no resulta borrosa en ningún momento porque el estilo nítido y agudo de Togawa no da pie a la confusión. Todos los personajes aparecen delineados con pericia y claridad según su relevancia, enmarcados en su propia realidad desapasionadamente. Porque los espacios que describe la autora son los que conoció en vida muy bien, la noche de los clubs tokiotas con su pintoresca fauna. Entre ellos se mueve Ichirô Honda, un ingeniero de éxito casado con una rica heredera. Es un hombre atractivo que presume de un narcisismo indigesto y esconde un talante cobarde. Nada tampoco del otro mundo, como él hay cientos, pero que sabe sacar provecho muy bien de su aspecto algo exótico. Tiene una noción del mundo muy propia del hombre japonés de la época, donde la mujer no deja de ser un bonito accesorio intercambiable.

Son los años 60, el país disfruta en pleno del “Milagro japonés” que tras la derrota en la II Guerra Mundial y la ocupación americana, relanzó a Japón de nuevo a la palestra como una nación moderna y competitiva. Honda representa eso. Indolente, egoísta, brillante… y víctima de su triunfo. Pura testosterona. Tiene mucha seguridad en sí mismo y es un gran seductor. Lleva incluso un listado pormenorizado, al que llama Diario del cazador, en el que explica sus numerosas conquistas sexuales. Pero sus presas, a las que deshumaniza sin contemplaciones, no son del todo casuales. Siempre son mujeres vulnerables y solitarias, doloridas por la falta de afecto. Honda estudia con precisión a la víctima elegida y se metamorfosea en el tipo de hombre que anhela. Miente sin ningún tipo de rubor para lograr sus fines. Y a la noche siguiente a por otra. Y otra, y otra, y otra. Sin mirar atrás y sin remordimientos, convertidas en trofeos cinegéticos de su diario. Es una compulsión de la que no puede escapar y a la que muy pocas se resisten.

Honda se acercó y colocó la mano en su rodilla. Ella la rechazó pero sólo consiguió avivar su deseo, y él se echó encima, tirándola al suelo y atacándola con manos y labios. Se resistió con ferocidad.
Después de treinta minutos Honda se rindió. No podía creer que estuviera pasándole eso a él… ¿Por qué? Se separó de ella y la miró a los ojos.
—Lo siento. Hoy no tengo ganas —le dijo.
Se arregló la falda que casi le había quitado en la lucha. Tenía lágrimas en los ojos.
Ichiro se preparó para marcharse. Se levantó y se dirigió a la puerta. A medio camino se detuvo.
—¿Tienes novio?
—Oh, no. No tengo ninguno.
(…) Esa mujer era distinta a la que había aceptado sus besos, con el cuerpo temblándole de emoción, en la torre de Tokyo apenas unas horas antes. Ahora la veía tal y como era de verdad: obtusa… egoísta… una mujer perdida en sueños de amor verdadero… ignorante… nada.

Pero un día descubre que varias de sus amantes han sido estranguladas. Siendo las muertes de cada una de ellas coartadas encadenadas para Honda, pues lo único que tienen en común esas mujeres asesinadas es que se acostaron con él. Sabe que algo siniestro lo acecha, de cazador ha pasado a presa; y la policía no tarda en darle alcance. Su rutina nocturna en Tokio es a nivel moral bastante reprobable, pero resulta algo muy diferente de matar a varias personas con sus propias manos. Es inocente de los crímenes pero, ¿quién ha tejido esa concienzuda trampa en la que ha caído?

Masako Togawa encauza con habilidad una historia donde nada es lo que parece. Sus dos protagonistas, envueltos en los tentáculos pegajosos del odio, la culpabilidad y el resentimiento, acaban destruyéndose mutuamente. Dos monstruos que se han creado el uno al otro. El desenlace es inesperado, y quizá no satisfaga a todos los lectores, pero al menos no deja ninguna incógnita por desvelar. Todas las piezas del engranaje, que en un principio parecen tan ajenas unas de otras, encajan con precisión milimétrica. No es un argumento que deje buen sabor de boca, Togawa no posee ese leve toque idealizado de Agatha Christie, por ejemplo, que permite un suspirillo de alivio al final. De hecho su visión afilada de la sociedad japonesa es cruda y tiene mucho de ambivalente, sobre todo en lo que respecta a la moralidad. Por eso puede despistar un poco al lector occidental, acostumbrado a finales más categóricos.

¿Recomiendo The Lady Killer? Sí. Es una obra ágil que se lee con facilidad, muy concisa y elegante. Una buena novela de misterio y policial que, si no se está familiarizado todavía con el noir japonés, resulta una introducción perfecta. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Silencio o la búsqueda de la Gracia de Dios

Me muero de ganas por ver Silence (2016) de Scorsese. Creía poder satisfacer mi curiosidad durante la Navidad, pero retrasaron su estreno en España hasta este fin de semana pasado. Aun así tendré que esperar unos cuantos días, pero servidora a veces tiene paciencia. A veces (qué remedio). Mientras, prefiero escribir sobre la obra literaria en la que está basada: Chinmoku (1966) del grandísimo Shûsaku Endô (1923-1996).

Hace unos cuantos días estuve revisando el film del mismo nombre que Masahiro Shinoda realizó en 1971, y que contó también con la colaboración en el guión del propio escritor, Endô. Si tengo que ser sincera, no me ha llegado a conquistar a pesar de que Shinoda es un director que me gusta bastante (al menos lo que conozco de él). Y es que existe un auténtico abismo entre la novela y la película. No considero que sea mala, pero Chinmoku es mucho Chinmoku… y no lo digo gratuitamente. Es una obra maestra. ¿Conseguirá estar a la altura Martin Scorsese? Me encantaría que así fuera, sus cintas para mí son clave si aspiramos a comprender algo del cine norteamericano de finales del s. XX. Ha firmado títulos que forman parte ya de la historia cinematográfica, y nunca ha sido partidario de encasillarse. Es una mente inquieta. Por lo que confío en que haya un mínimo de calidad. Al menos a nivel técnico seguro que es impecable. Además, no es la primera vez que trabaja con el cristianismo, La última tentación de Cristo (1988) fue toda una revelación que escandalizó a muchos. ¿Es esa de nuevo la intención de Scorsese? Lo dudo mucho. A pesar de que la novela de Shûsaku Endô sí que supuso un revulsivo para la sociedad japonesa, el italoamericano me da que no busca gresca, sino excelencia y reconocimiento. Este jueves que viene lo sabré.

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Cartel de “Chinmoku” (1971) de Masahiro Shinoda

Para entender mejor tanto el libro como las películas, creo que es necesario conocer algo del contexto histórico y social de la época que refleja. Estamos en el s. XVII, la unificación política y territorial de Japón es un hecho bajo Tokugawa Ieyasu. El cristianismo ha arraigado bien en la islas, sobre todo al sur, incluso daimyô con influencia se han convertido a la nueva religión. Su difusión crece y, como no podía ser de otra forma, tiene su peso político. Pero vayamos un poco más atrás en el tiempo. La Iglesia católica había sufrido un terrible cisma con la llegada de la Reforma Protestante (s.XVI), así que buscaba ampliar su zona de influencia en nuevos territorios. Muchas regiones de Asia Oriental permanecían vírgenes, y las rutas comerciales que abrió Portugal fueron el camino que utilizaron los primeros misioneros. Francisco de Javier, adalid de la recién nacida Compañía de Jesús como respuesta al Protestantismo, llegó a las costas de Japón en 1548; y en 1571 portugueses fundaron la ciudad de Nagasaki, refugio de cristianos y la ventana más importante de Japón al mundo durante el periodo Edo. Nobunaga (1534-1582) amparó su presencia para debilitar a sus enemigos budistas e incentivar el comercio con Europa, por lo que la evangelización progresaba adecuadamente y los jesuitas adquirían poder. Sin embargo, la muerte de Nobunaga lo cambió casi todo.

Su sucesor Hideyoshi (1536-1598), a pesar de una preliminar transigencia con el cristianismo, advirtió a los sacerdotes jesuitas que no se inmiscuyeran en la política del país como estaban haciendo. Que tuvieran esa potestad en Occidente no implicaba que pudieran hacer lo mismo en las islas. A Hideyoshi y Tokugawa no les hacía ninguna gracia, y mucho menos porque eran extranjeros. ¿Se sospechaba una maniobra de colonización para someter Japón? No podía considerarse algo descabellado, solo había que echar un vistazo a Filipinas o América, por lo que el recelo tenía base. Además, el cristianismo era muy intolerante con el resto de religiones (budismo y shintô), lo que provocaba una brecha política y social complicada de cubrir para una convivencia pacífica en el país. Y ya bastantes problemas había de por sí. Hideyoshi, a pesar de que persiguió y mató a católicos (son célebres Los 26 mártires de Japón), también estaba preocupado por mantener las vías comerciales con España y Portugal abiertas, por lo que el cristianismo no fue su prioridad. Las armas, la pólvora eran imprescindibles. Sin embargo, los Tokugawa llegaron a conclusiones algo diferentes.

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“Jesuita conversando con samurái”, anónimo de 1600.

Tras la muerte de Hideyoshi, el panorama político japonés se volvió muy inestable, la amenaza de una nueva guerra civil era clara; y los misioneros aprovecharon la ocasión para crecer en ese momento de fragilidad. Un horizonte en el que Japón permaneciera fragmentado en conflictos intestinos era el que más los beneficiaba. Y así fue. Durante esos dos años el catolicismo llegó a alcanzar la cifra de 300.000 bautizados, entre ellos al menos catorce daimyô; tenía el apoyo de varios gobernadores y fuerte presencia en la corte. Cierto que en mayor grado se extendía por la zona sur del país y que muchas conversiones fueron forzadas, pero el cristianismo habría terminado medrando en Japón si Tokugawa Ieyasu (1543-1616) no hubiera vencido en la batalla de Sekigahara (1600). Cuando Ieyasu tuvo su posición asegurada, prohibió definitivamente el catolicismo en Japón (1614). Era una religión supremacista y excluyente, con ambiciones políticas y que no respondía ante la autoridad del shôgun, solo ante Dios. Nada de fiar. Además, la llegada de los protestantes ingleses y holandeses, sin exigencias proselitistas o catequizadoras, permitía a Japón continuar sus actividades comerciales. Una gran parte de los daimyô apostataron y otros se fueron del país; pero unos pocos permanecieron fieles en la clandestinidad, hasta el punto de inflexión que supuso la rebelión de Shimabara (1638).

El señor de Chikugo meneó la cabeza:
—Preciosa no diría yo… «interesante» es la palabra. Siempre que visito esa ciudad me viene a la cabeza una historieta que escuché tiempo atrás. Takanobu Matsuura, señor de Hirado, tenía cuatro concubinas, y los celos y peleas entre las cuatro eran continuos. No las aguantó más y a las cuatro las echó del castillo. En fin, dejémoslo. Esto es terreno prohibido para un padre que ha de ser célibe de por vida…
—El señor de Hirado procedió con muy buen sentido…
Aquella familiaridad de Inoue al hablar animó al padre a desahogar la tensión reprimida.
—¿Lo dice usted de veras? Pues me quita un peso de encima. Porque mire usted, a Hirado, perdón, a este Japón nuestro le pasa lo mismo que a Matsuura…
Lo decía entre risas, revolviendo la taza entre ambas manos.
—Las mujeres se llaman aquí España, Portugal, Holanda e Inglaterra, y cuando les llega su turno de noche, le cargan el oído de chismes a su marido el Japón.
Paso a paso, mientras escuchaba al intérprete, iba el padre comprendiendo adónde apuntaba el gobernador. Bien sabía él que Inoue no decía ninguna mentira.

El clan Arima, que gobernaba en Shimabara cerca de Nagasaki, era cristiano desde hacía décadas; pero tras la prohibición del cristianismo, fue reemplazado por Matsukuta Shigemasa, un señor feudal hecho a sí mismo pero muy poco amigo de los seguidores del carpintero. Con su llegada, persiguió con ferocidad a los cristianos ocultos en su dominio y comenzó la construcción de un castillo que legitimara su nombre. Los impuestos se incrementaron dramáticamente (en realidad el coste de la edificación no era asumible), y unido al resentimiento de una población de gran arraigo cristiano, la insurrección estaba servida. Fue a su hijo, que prosiguió la estela de su padre, al que le explotó la rebelión en la cara. La brutalidad de Matsukuta Katsuie era tal que, tras ser sofocado el alzamiento, fue decapitado por orden del propio bakufu. La rebelión de Shimabara, capitaneada por el cristiano Amakusa Shirô, aunque no prosperó gracias a la intervención de las tropas del shogunado y los cañones de los holandeses, fue la gota que colmó el vaso. El shôgun Tokugawa Iemitsu (1604-1651), nieto de Ieyasu, aplicó las políticas aislacionistas del Sakoku, que se mantuvieron hasta la Restauración Meiji (1869). Japón se blindó de cara al exterior, salvo por las excepciones de Corea, la Dinastía Ming y la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Pero siempre con una rígida supervisión por parte del shogunato. El pueblo tenía prohibido salir del país so pena de muerte. Los holandeses, aunque no católicos, seguían siendo cristianos, por lo que las relaciones que mantuvieron con ellos fueron muy restringidas y limitadas a la isla artificial de Dejima, en la bahía de Nagasaki. Fue construida para fines comerciales, donde pusieron a su disposición casas, almacenes, alojamientos… hasta burdeles. Pero bajo ningún concepto podían pisar suelo japonés. Su administración dependía directamente del bakufu, y los barcos que llegaban sufrían escrupulosas inspecciones.

Iemitsu endureció todavía más si cabe la política hacia los cristianos, buscando su eliminación absoluta de Japón. La deportación, la demonización de su fe, las ejecuciones en masa y las cruentas torturas fueron clave. Para ello contó con la ayuda del que fue uno de sus amantes, el gran inquisidor Inoue Masashige. El señor de Chikugo, como también era conocido, refinó de manera extraordinariamente atroz los métodos de identificación, tortura y muerte de los sospechosos de cristianismo. Él mismo era ex-cristiano, por lo que conocía muy bien los puntos débiles para quebrar la fe y la mente de los creyentes. El fumi-e, por ejemplo, era una prueba casi infalible entre japoneses, pues obligaba a pisotear imágenes de Cristo y la Virgen para demostrar la no pertenencia a tan diabólica secta. Se ambicionaba también la apostasía, sobre todo entre sacerdotes, pues se consideraba una auténtica victoria para usar de propaganda y golpear la confianza de los que persistían. Entre estos korobi bateren se encontraba el líder de los jesuitas Cristóvâo Ferreira, que tras ser capturado y torturado en 1633, se convirtió al budismo, tomó esposa y cambió su nombre al de Sawano Chuan. Y son el Padre Ferreira e Inoue Masashige dos de los personajes indispensables de la novela de Shûsaku Endô. Ambos motor del argumento, principio y fin de la búsqueda del protagonista, Sebastián Rodrigo.

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El sacerdote jesuita Julián Nakaura, que acudió como embajador del damyô de Kyûshû a Roma, murió en Nagasaki (1633) al cuarto día de tortura en el “tsurushi”. Sus últimas palabras fueron: “Acepto este gran sufrimiento por el amor de Dios”.

Las noticias de la apostasía de Ferreira han caído como un mazazo sobre la Iglesia Católica. Nadie esperaba algo así. Las noticias sobre el glorioso martirio de los cristianos en Japón fortalecen la fe y son un orgullo; sin embargo renunciar a Cristo resulta algo inimaginable. Sebastián Rodrigo, Juan de Santa Marta y Francisco Garpe tampoco pueden creer que su querido mentor y maestro los haya abandonado, así que deciden averiguar en persona qué es lo que ha sucedido. El viaje que los llevará de Lisboa a Japón es largo y peligroso; y no es su último tramo el más sosegado, pues las aguas que rodean el país están repletas de piratas ingleses. La situación en el propio Japón es alarmante, pues nada entra ni sale de sus costas, solo corren rumores espantosos: los cristianos sufren un hostigamiento implacable a manos de un hombre llamado Inoue Masashige. Pero eso no les va a disuadir, y tras llegar a Macao, deciden llevar a cabo el final de su travesía en un junco chino. Santa Marta se queda en el continente, aquejado de malaria.

En la embarcación van con un japonés que está deseando regresar a su patria. Se llama Kichijirô y es un hombre miserable y cobarde, para nada de confianza. Niega ser cristiano, pero esconde algo turbio en su docilidad resbaladiza. Cuando llegan a Japón, la situación es precaria y desgraciada. Rodrigo y Garpe contemplan cómo un cristianismo ya desvirtuado sobrevive en míseros pueblos en la clandestinidad. Los kakure kirishitan o cristianos ocultos son humildes aldeanos que arriesgan sus vidas cada día por una religión que los ha abandonado. Por eso su emoción es grande cuando ven aparecer a los sacerdotes. Afrontan el sufrimiento y la muerte con entereza, una entereza que asombra a Rodrigo porque no la entiende del todo. Aun así, su cometido en Japón es llegar hasta Ferreira, del cual no han conseguido averiguar nada en ese remoto lugar. Tienen que moverse, con el peligro continuo de ser descubiertos, por lo que deciden separar sus caminos. Y Kichijirô seguirá de cerca a Rodrigo. ¿Lo traicionará?

Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (…). Porque en esperanza estamos salvos; que la esperanza que se ve, ya no es esperanza. Porque lo que uno ve, ¿cómo esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, en paciencia esperamos.

Romanos 8:18-25

Estos versículos de la carta de Pablo a los Romanos resumen muy bien la conmovedora confianza que los kirishitan depositaron en el cristianismo. No importan los padecimientos de esta vida, el Paraíso y la Salvación son su recompensa por permanecer fieles a una fe de la que en realidad no sabían gran cosa, pero que en su candor amoldaron a su conveniencia. Silencio es una novela dolorosa y cruel, como un rayo de luz que lo atraviesa todo hasta llegar al fondo del abismo… y muestra lo que hay en él: un gran vacío que solo puede colmarse de oscuridad. Los cinco primeros capítulos están narrados en primera persona de forma epistolar, después aparece un narrador omnisciente que detalla con pulcritud el destino de la conciencia de Rodrigo. Chinmoku es una lectura de las que no se olvidan y deja alguna que otra cicatriz. Como mi muy amado El corazón de las tinieblas (1899) de Conrad, es un descenso a los Infiernos; y entre el sufrimiento, el horror y la vacilación, poder encontrar a Dios. Es un diálogo interno, una reflexión filosófica entre razón y fe que intenta desentrañar cuál es la verdadera naturaleza de Dios, cómo llegar hasta Él. Descubrir, en definitiva, la Gracia Divina. A pesar de haber caído.

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Shûsaku Endô durante su fiesta de despedida en Musashino (1959) antes de su segundo viaje a Francia.

Shûsaku Endô, como muchos otros autores antes y después que él, plasmó sus inquietudes en Silencio. Eligió convertirse al cristianismo en un periodo en el que unirse a la religión del enemigo occidental significaba marginación; y en Francia sufrió el rechazo racista de sus hermanos de fe, perseguido además por la enfermedad. Era inevitable que esos avatares influyeran en su pensamiento y obra. El sentimiento de incomprensión y aislamiento lo condujeron a una búsqueda vital. Una exploración que le sirvió para meditar un cristianismo personal, sincero, imperfecto. El suyo propio.

No creo que Dios nos haya enviado esta prueba sólo porque sí. Todo lo que el Señor hace, bien hecho está. Por eso, cuando terminen estos sufrimientos y persecuciones, llegará algún día en que comprendamos por qué Dios los sumó a nuestro destino. Y, sin embargo, si escribo esto, es porque aquellas palabras que Kichijirô murmuró con los ojos en el suelo la mañana de su partida, se me han vuelto una carga cada vez más pesada en el corazón.
—¿Por qué «Deus» me habrá mandado semejantes sufrimientos? —Y luego, volviendo hacia mí unos ojos resentidos—: Padre, si nosotros no estamos haciendo nada malo…
Lloriqueos de cobarde a los que se hace uno el sordo y se termina… ¿por qué se me clavarán en el pecho con este dolor de agujas punzantes? ¿Por qué prueba el Señor con torturas y persecuciones a estos japoneses, a estos pobres campesinos? Pero no, Kichijirô quería aludir a algo distinto, algo aún más espantoso: el silencio de Dios.

Endô no escribió un libro histórico, aunque sus raíces lo sean. Tampoco un tratado de teología. Es una obra de ficción ubicada en un momento muy concreto de la historia de Japón, con personajes reales como el Padre Ferreira, Sebastián Rodrigo (inspirado en Giuseppe Chiara), Alessandro Valignano (aunque llevara décadas muerto en el tiempo de la novela) o Inoue Masashige. Chinmoku o Silencio expresa una visión profunda, amarga y a la vez esperanzada, de lo que es la naturaleza humana. Y eso es algo universal. Cada personaje es una clara alegoría, y su mensaje, ambiguo. Como la vida misma. Hay que tener en cuenta también en qué momento fue publicada, y entender el motivo de que incomodara a la sociedad de la época. Nadie entonces quería hurgar en la herida de las atrocidades cometidas durante la II Guerra Mundial… y mucho menos en masacres acaecidas hacía casi tres siglos. Chinmoku devolvía un reflejo de sociedad que en lo más profundo no había cambiado tanto. Según Endô, los japoneses no pueden comprender la verdadera esencia del cristianismo: Japón es un pantano donde no se puede sembrar, todo lo traga para vomitarlo luego corrompido. Él mismo se consideraba una contradicción, una paradoja andante por ser japonés y cristiano. ¿Es posible un entendimiento real entre Oriente y Occidente? Ese es uno de los interrogantes, entre otros muchos, de los que surgen mientras se lee Silencio.

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“Kakure kirishitan” feudataria del daimyô de Saga, cerca de Nagasaki, circa 1860

No hace falta ser creyente para poder admirar esta obra (yo no lo soy en absoluto), porque no va dirigida a un público católico en concreto. No predica, no es una denuncia de las carnicerías llevadas a cabo contra los cristianos. Como todo coloso literario, trasciende una interpretación tan superficial. No pertenece a ningún equipo. La recomiendo muchísimo, su lectura es una experiencia íntima y personal. Para nadie resulta de la misma forma. Exige bastante del que la lee, tanto por su dureza como por las cuestiones que plantea; no es una novela para matar el rato. Sin embargo, tampoco es farragosa o complicada. Con un estilo elegante y realista, atrapa desde el primer instante, como un remolino en el mar. Cuenta la historia de una tragedia, pero con sobriedad. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Clásicos literarios japoneses para toda la familia: Seishun Anime Zenshû

Bienvenidos a la Galería de los Corazones Rotos. Cursi, ¿verdad? Pero es el nombre adecuado. Una especie de nueva sección. Ya sé, ya sé, SOnC no tardará en explotar a causa de los millones de apartados inservibles y completamente idiotas que dirigiré al escaparre ovino absoluto cuando me harte. Pero mientras aquí estamos, oigan.

Esta nueva sección ha sido de gestación laaaaaarga, y comenzó con la entrada de Amores frustrados. Retomó su espíritu un poco en el Tránsito VIII y se asienta definitivamente con el post de hoy. No me gusta demasiado hacer reseñas de obras incompletas. Con incompletas me refiero tanto a inacabadas en origen como por falta de publicación/traducción o mera descatalogación; por lo que, a fin de cuentas, continúan siendo inconclusas para el público occidental. Así nos quedamos con lágrimas chorreando en el alma y un corazón hecho trizas. También con muchas ganas de aniquilar vidas como ácido fluorhídrico desbocado. Es posible que con el tiempo algunas de estas obras podamos finalmente disfrutarlas, sanar nuestras heridas del miocardio y presumir de sus cicatrices estilo kintsukuroi. O no. Mientras tanto, Galería de los Corazones Rotos (qué poca vergüenza tengo con el nombre, jojo) será algo así como una especie de homenaje al non finito blogueril. Hay que tomarse con elegancia un poco esto de que te dejen con un palmo de narices.

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“¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me hacéis esto?!” El maestro Ogata Gekkô predijo ya en 1900 las angustias del otaco

Y así llegamos hasta la obra reseñada de hoy. Hace unos cuantos días, un simpático anónimo me preguntó vía CuriousCat qué recomendaría a un novato para estrenarse en el universo de la literatura japonesa. Casi nada, ¡pregunta peliaguda! Pero luego caí en la cuenta de que los enfermos de otaquismo podemos acudir a ciertas obras que nos facilitan la misión introductoria y de selección. Ahí tenemos la magnífica serie Aoi Bungaku (2009) de la que escribí esta reseña; y, por supuesto, el anime de esta entrada: Seishun Anime Zenshû (1986) o Clásicos animados de la literatura japonesa. Fueron 32 episodios, más dos especiales, producidos por la incombustible Nippon Animation. A Occidente llegaron en sucesivas ediciones en formato VHS y DVD que no incluían además todos los capítulos. Actualmente es muy difícil de conseguir completa, por no decir imposible. Por eso se encuentra en la galería de trituramientos cardíacos.

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“Kwaidan: Hôichi el desorejado” de Yakumo Koizumi

Nippon Animation ya tenía cierta experiencia en esto de adaptar obras literarias, pues bajo el ala del contenedor televisivo World Masterpiece Theater, realizó series que son ya historia del animeMarco, from the Appenines to the Andes (1976), Anne of Green Gables (1979), The Adventures of Tom Sawyer (1980) o A Little Princess (1985). Con el paso de los años también se haría cargo de Mujercitas, Peter Pan, Los Miserables o los cuentos de los hermanos Grimm entre otros muchos proyectos. Así que, ¿por qué no hacer algo parecido con la literatura japonesa? En vez de producir series individuales de larga duración, que probablemente no tendrían mucha respuesta entre el público occidental, decidieron crear una única en la que cada episodio se dedicara a una obra distinta. Al timón estuvo Fumio Kurokawa, que por España la Generación X lo conoció sobre todo gracias a Ruy, el Pequeño Cid (1984).

Como se acercan las fechas navideñas y tal, que a mucha gente le entusiasman pero a mí me deprimen infinito porque me recuerdan la ausencia de mi padre (falleció el 16 de diciembre), he pensado que este Seishun Anime Zenshû resulta muy adecuado, ya que tiene una dirección claramente familiar. Y, amiguitos, habla la voz de la experiencia: aprovechad y compartid todo lo que podáis el tiempo con vuestros seres queridos, porque cuando menos lo esperéis, ya no estarán a vuestro lado. Jamás. Y una buena manera podría ser disfrutar de este anime clasicote. Demostrar a las buenas gentes de vuestra estirpe que el otaquismo, además de tener su vertiente putrefacta, también puede ser bello.

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“Botchan” de Natsume Sôseki

Seishun Anime Zenshû es para todos los públicos, y eso implica pros y contras. Como todo en la vida. Si se considera simplemente una manera de tantear la superficie del océano literario japonés, es indudablemente magnífica. Porque impulsa una aproximación clara a ciertos autores y sus obras más conocidas; y puede ayudar a una elección posterior cuando se decida profundizar con la lectura. Pero poco másSeishun Anime Zenshû carece de las pretensiones artísticas de Aoi Bungaku, por ejemplo, es llana y directa, sin complicaciones. Cierto que en 34 capítulos hay niveles de calidad muy diversos; incluso alguna temática un poco más grave de la que un niño pueda llegar a entender. A cada episodio se le ha otorgado su propia personalidad, con estilos diferentes en la animación y una banda sonora distintiva. Y si ya entramos en cómo han sido adaptadas las obras en sí, el resultado también es variopinto porque algunas historias son más agradecidas que otras. Seishun Anime Zenshû no puede ser una serie homogénea, existen muchas variables en juego. No obstante, el conjunto es armonioso. O al menos en los 21 episodios de los 34 totales que he tenido la suerte de ver. Del resto ni rastro. Porca mignotta!!

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“Takekurabe” o “Crecer” de Ichiyô Higuchi

Los autores que Seishun Anime Zenshû desgrana son realmente ilustres, básicos dentro de la literatura moderna japonesa: Yukio Mishima y El rumor del oleaje (1956); Itô Sachio y La tumba del crisantemo (1906); Shintarô Ishihara y La estación del sol (1955); Kyôka Izumi y El santo del monte Kôya (1900); Ryûnosuke Akutagawa y La muerte del mártir (1918); Ôgai Mori y La bailarina (1890) y un largo etcétera. Algunos trabajos han requerido más de un episodio, como es el caso de mi querido Botchan (1906) de Natsume Sôseki o Sanshirô Sugata (1942) de Tomita Tsuneo. Este último libro además sirvió al cineasta Akira Kurosawa para estrenarse en el mundo de la dirección cinematográfica con su saga La leyenda del Gran Judo (1943). Salvo un par de capítulos, todos poseen esa impronta amarga y cruel tan japonesa. Algunos sucumben en el lodazal del sentimentalismo más pringoso, pero nada de importancia. Todas son reconocidas buenas historias gusten o no (ese sería otro asunto), y su poso lo han dejado en el anime. Ojalá pudiera tener a mi disposición todas las obras literarias que aparecen en Seishun Anime Zenshû, pero no es así. He leído una parte importante, lo que es una proeza teniendo en cuenta que a Occidente han llegado con cuentagotas y se descatalogan en un parpadeo. Pero mis amigas las bibliotecas me socorren siempre. ¡Benditas sean!

Quizá os preguntéis cuáles han sido mis episodios favoritos. Tengo cuatro en concreto que me han parecido fantásticos. El que más me ha gustado ha sido Crecer de la maravillosa Ichiyô Higuchi. Una pequeña joya en todos los aspectos, con una historia y presentación preciosas. Para mí el mejor de la colección. Kwaidan de Yakumo Koizumi, conocido en Occidente como Lafcadio Hearn, también es de mis preferidos. Creepy total, muy logrado. Os recomiendo además que le echéis un vistazo a la película del mismo nombre de 1964. Uno de los clásicos imprescindibles del terror japonés. El retrato de Shunkin de Jun’ichiro Tanizaki es de los capítulos más extraños y perturbadores. Una relación sadomasoquista arropada con el amor a la música y un final que a muchos desconcertará. No en vano la obra original de Tanizaki es de un retorcimiento majomajomajo. Por otro lado, La bailarina de Izu de Yasunari Kawata es un cuento delicado sobre el primer amor. Una ternura de historia, pero sin empalagar. Y eso no suele ser sencillo cuando se trabaja la nostalgia de la juventud.

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“La bailarina de Izu” (1926) fue el debut literario de Yasunari Kawata

El arte en general es modesto pero competente. Unos capítulos son más bonitos que otros debido a la diversidad de estilos, aunque de calidad digna. Los que se salen un poquito de la animación tradicional de la época son los que despiertan más interés. Por lo demás, se encuentra en un término medio que en general no sobresale demasiado. El problema más importante con el que me he topado, aparte del que la serie se encuentre truncada, ha sido la resolución de los episodios. No es la misma para todos. Se nota que algunos han sido ripeados de VHS, y los más afortunados de DVD. Qué le vamos a hacer. Sin embargo, hay algo que ha llamado mi atención y me ha gustado mucho. Los que me seguís, ya sabéis que ignoro los openings y endings, aunque como mínimo los veo una vez. En el caso de Seishun Anime Zenshû ha sido el ending lo que me ha entusiasmado. La música me parece horrorosa, pero las imágenes… ¡las imágenes son estupendas! ¡Lástima no poder disfrutarlas en mejor calidad! Son planos fijos de jovencitas melancólicas en una misma pose, realizados en lo que parece ser acuarela. Me ha recordado a los trabajos de Jun’ichi Nakahara pero, sobre todo, al maravilloso Yumeji Takehisa. Esa languidez y delicadeza remiten claramente al jojo-ga de las primeras décadas del s. XX. Un bonito broche para la serie sin duda.

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Seishun Anime Zenshû es de esas series que se revalorizan con el tiempo. Siendo estrictos, podría hacerlo si las posibilidades de conseguirla íntegra y en buena calidad no fuesen igual a cero. Por ahora. De ahí que para los escrupulosos del 1080p foreverandever no sea una opción. Pero es lo que tiene la arqueología del anime, que las piezas no siempre se encuentran completas ni en las mejores condiciones. Aunque algunos somos más zaborreros y encontramos belleza hasta en obras deterioradas. Con el riesgo de que nos rompan el corazón además. No obstante, la esperanza es lo último que se pierde, y quizá en algún momento, cuando arrastre mi culo con la ayuda de un andador y babee desdentada en una residencia, ocurra el milagro. Quién sabe. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

Amor entre doncellas

Creo que a todo el mundo le sucederá algo similar. Cuando llevas mucho tiempo esperando algo, siempre se teme que vaya a salir todo mal en el último momento. Es una sensación que experimento a menudo, y en este caso me inquietaba una posible gran decepción por varias razones. Así que, en cuanto he podido, me he tirado a la piscina para salir de dudas: cagarme en todo lo cagable o disfrutar como una bellaca. Como podéis comprobar, no acepto términos medios. Y es que si este tipo de obra cae en lo tibio, se convierte por obligación en una boñiga pestilente. No hay más.

¿Y cuál es mi conclusión? The Handmaiden (2016) ha cubierto mis expectativas con creces. Es más, me ha encantado. Había leído la novela en la que está basada, Fingersmith (2002) de Sarah Waters, que me gustó bastante; y vi también la estupenda miniserie de dos episodios que la BBC realizó en 2005. Pero mi interés por la película creció todavía más cuando me enteré de que el director iba a ser Park Chan-wook. Este hombre es responsable  de una de mis comedias románticas favoritas. Aclaro un par de cosas: detesto la comedia romántica moderna y me parece uno de los géneros cinematográficos que más insultan la inteligencia. Pero I’m cyborg, but that’s OK (2006) es harina de otro costal. Os la recomiendo con fervor y entusiasmo, incluso quizá más adelante me anime a hacerle una reseña (lo merece). Reconozco que Stoker (2013), lo último a lo que le eché el diente de este director, me dejó un poco fría, por eso temía que el libro de Waters pudiera quedarle en su adaptación algo incoloro pero, ¡bien lejos de la realidad!

Me avergüenza pensar que lo que he creído que era el libro secreto de mi corazón esté impreso, después de todo, con tan mísera sustancia como ésta… que ocupe su lugar en la colección de mi tío. Salgo del salón todas las noches y subo despacio la escalera, golpeando contra cada peldaño los dedos de mis pies calzados. Si los golpeo todos por igual, estaré a salvo. Después permanezco a oscuras. Cuando Sue viene a desvestirme, me propongo sufrir su contacto fríamente, como pienso que un maniquí de cera sufriría el contacto rápido e indiferente de un sastre.
Sin embargo, hasta los miembros de cera ceden por fin al calor de las manos que los levantan y los colocan. Llega una noche en que, finalmente, me entrego a las de ella.

Sarah Waters escribió una novela de misterio ubicada en plena Época Victoriana, con un bonito romance lésbico de telón de fondo, y una historia que esconde asuntos muy, muy turbios. Comienza y finaliza casi como una obra dickensiana, aunque profundiza en una oscuridad que el de Portsmouth no llegó a rozar jamás. Fingersmith la relacionaría más con Emily Brontë por la crueldad que emana, pero también tiene mucho de Henry James. Está estructurada de tal manera que ofrece la perspectiva, siempre en primera persona, de las dos protagonistas principales: la ladronzuela Susan Trinder y la rica heredera Maud Lilly. La enjundia que aporta esa doble visión, tanto en el argumento, la dinámica o la psicología de los personajes, es impepinable. ¿Respeta este zócalo Park Chan-wook? A rajatabla, de no haberlo hecho se habría cargado la película. Su esqueleto, aunque no es estrictamente lineal, no comporta ningún tipo de dificultad. Es más, esa particular disposición es necesaria y le brinda frescura.

Si tenéis pensado ver el film, manteneos bien alejados del libro y la miniserie. Solo me puedo imaginar otra forma de haber gozado más de esta cinta: no saber nada sobre su historia. Es un consejo bienintencionado por mi parte. Si ya la conocéis, ¡que no cunda el pánico! Aunque os daréis inmediatamente cuenta del porqué de la sugerencia.

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Lógicamente, Park Chan-wook no podía adaptar la totalidad de la novela. Ninguna película puede, son lenguajes distintos, y la traslación de un medio a otro tiene sus inconvenientes y ventajas. Las ventajas son, sobre todo, las que añadan de su propia cosecha el director y el guionista, y en The Handmaiden lo han hecho tan requetebién que podríamos decir que estamos delante de una obra distinta en apariencia.

Lo primero que llama la atención es que ya no tiene lugar en la Inglaterra del s. XIX, sino en la Corea ocupada por Japón del s. XX. El esfuerzo por mudar la Europa decimonónica a la indiosincrasia de este país es notable y de resultados sobresalientes, porque además han recreado una especie de híbrido, una Asia Oriental bastarda colonizada por Occidente muy realista. Sue se llama Sook-hee, y Maud es Izumi Hideko; Mr. Rivers es el Conde Fujiwara y el infame tío Christopher Lilly es el igualmente ruin tío Kôzuki. Pero voy a detener las comparaciones entre libro y película ya. Va a resultar complicado, pero no me parece justo porque el film por sí mismo vale su peso en oro. Park Chan-wook le ha otorgado un aire de ferocidad refinada que en gran pantalla crece, crece y crece.

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Sook-hee (Tae-ri Kim) es una muchacha huérfana que ha vivido toda su vida entre pequeños rateros, falsificadores y delincuentes de poca monta. Ella misma es hija de una ladrona que murió en la horca al poco de darle a luz, pero su vida está a punto de cambiar por completo con la propuesta de un colega estafador (Jung-woo Ha). Este conoce una extraña y adinerada familia japonesa cuya heredera parece un objetivo fácil al que engañar, Lady Hideko. Tiene pensado hacerse pasar por un aristócrata japonés, el Conde Fujiwara, casarse con ella y luego encerrarla en un manicomio. Para ello solicita la ayuda de Sook-hee, pues si trabaja como su doncella puede manipularla para inclinar su corazón hacia él. En principio parece una tarea limpia, sencilla y con mucho dinero como recompensa, por lo que nuestra chica accede. Aunque su llegada por la noche a la mansión, de peculiar estilo anglojaponés,  ya le hace barruntar que tanto el lugar como sus habitantes no son normales.

El señor de la casa y tío de Hideko es un coreano japonófilo (“Corea es feo, Japón hermoso”, dice) obsesionado con la literatura erótica nipona. Es un coleccionista de todo tipo de artefactos relacionados con la libido, y esconde un espíritu tan sórdido y egoísta en su interior que llegó a provocar la misteriosa muerte de su esposa. Fue gracias a ella, que era una noble japonesa arruinada, que logró la ciudadanía nipona. Adoptó su apellido (Kôzuki) y así representa su farsa vital de ser japonés. Realiza exclusivos recitales en la mansión, donde otros coleccionistas japoneses pueden disfrutar de la exquisita declamación de Hideko y comprar obras. ¡Ay, la pobre Hideko! Respira dentro de una jaula de oro, hermosa y solitaria, como una muñeca de porcelana. Lleva una vida triste, amedrentada por su tío que desea casarse con ella para tomar su fortuna. La sombra del ¿suicidio? de su tía y la culpabilidad por la muerte de su madre la atormentan también. Conforme pasan los días Sook-hee se percata de que el plan no va a ser tan fácil de llevar a cabo, sobre todo porque sus propios sentimientos la hacen tropezar. Empieza a sentir cierta compasión por Hideko, compasión que irá derivando hacia el deseo y el amor.

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The Handmaiden es una película difícil de clasificar, pues comparte características de diversos géneros. Para mí eso es maravilloso, pues no hay nada que me guste más que las obras que se atreven a salir de las fronteras de la conveniencia y ser ellas mismas. No estoy diciendo que The Handmaiden sea especialmente rompedora o iconoclasta, porque no lo es. Pero sí es audaz en muchos aspectos, y aunque se trata de una película sin ninguna duda comercial, no se ha dejado encorsetar.

En primer lugar podríamos decir que se trata de un drama histórico o period drama. Lo es. También es un thriller como la copa de un pino, con unas vueltas de tuerca apoteósicas. Muy cierto. Hacia el final, Park Chan-wook se desata un poco con los personajes masculinos e introduce unas gotitas de humor y gore. Verdad. Y, por supuesto, The Handmaiden es una película erótica. Mucho. Pero es un erotismo oriental que, a pesar de que es explícito, posee una delicadeza y elegancia que en Occidente son muy raras. Es shunga hecho celuloide. Y es interesante señalar que el alto contenido sexual, con escenas muy categóricas, no se apodera del espíritu del film. Eso habría sido lo más cómodo, dejarse llevar por el morbo que suscita una relación lésbica y las parafilias del déspota Kôzuki. A pesar de que tienen su peso (y no poco además), ese no es el quid de The Handmaiden.

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La doncella resulta opulenta y sutil, con una atmósfera gótica preciosa. La dirección artística es muy sensual, de envoltorio distinguido y extremadamente meticuloso. Solo por eso ya deslumbra, pero hay más, claro. Es curioso como Park Chan-wook plasma las relaciones heterosexuales como la dominación e imposición de la voluntad masculina sobre la femenina; relacionándolas con el dolor, físico y mental, y la reclusión del alma. No hay amor en ellas. Sin embargo sí brota entre Sook-hee y Hideko, de forma libre e inesperada. Un sentimiento entre iguales a pesar de la disparidad social.

Los personajes, interpretados con mucho esmero, se van desplegando gradualmente entre una paz engañosa y la sorpresa. Sobre todo los de ellas, la riqueza de matices y la profundidad que llegan a alcanzar es maravillosa. Son muy humanas, contradictorias y tiernas. El Conde Fujiwara se mueve entre el papel de galán clásico con alma de truhán, y el filósofo estoico que acepta las jugadas del destino con elegancia. No tiene corazón, pero sabe cómo proceder adecuadamente hasta el último momento. Un encanto. Kôzuki tiene algo de caricatura, un ser deleznable absorbido por las fantasías de su ego y una idea de la sexualidad enferma que lo mantienen alejado de la realidad. Un destructor de la vida, propia y ajena.

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Hay numerosos detalles truculentos, quizá emparentados con el Ero guro nansensu de la época que escenifica. Park Chan-wook ha sabido ensamblarlos con tino y cierta ironía también. Lo único que le puedo echar en cara a esta película es que existen algunos vacíos y preguntas que no se responden. Si se lee la novela (maldita sea, ¡he dicho que no iba a comparar!) no surgen, eso también es verdad. Quizá el director decidió hacerlo así para conceder al film algo de ingravidez, qué sé yo. Aun así, no lo considero nada serio, en conjunto es una obra redonda.

Cuando terminé de verla me pregunte a quién podía ir dirigida esta película, porque es bastante especial. Fractura un poco esos compartimentos estanco en los que solemos meter según qué obras. Un amante de los period dramas quizás considere que es un café demasiado cargado para su gusto; un fan del thriller probablemente piense que, por su aspecto, tiene más de film para señoras que de suspense. Un otaco promedio ni se planteará verla, demasiado adulto todo. Y el público occidental general acaso vea demasiados chinos pululando y sospeche aburrimiento. Y ya ni hablamos del prejuicio que puede generar el hecho de que se trate un romance gay, no el clásico heterosexual (aunque son chicas, eso da morbo, ¿no?).

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Una podría pensar que tiene unas cuantas papeletas para que pase sin mucha pena ni gloria por los cines. Pero nunca pierdo la fe en el ser humano (mentira) y espero que The Handmaiden se convierta en un bombazo. O por lo menos tenga algún tipo de reconocimiento, porque creo que lo merece. ¡Quiero contribuir a su difusión con una estúpida reseña en un blog que no leen ni 50 personas al día! ¡Viva! Por mí que no quede. Ah, no sé si lo había dejado claro, pero os la recomiendo. Es una de mis películas preferidas de este 2016. Casi ná. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.