La artesanía primordial de Noburô Ôfuji

No tenía muy claro qué publicar estos días en el blog. Algunas ideas me iban y venían, pero no terminaba de decidirme. Busqué consejo en la eterna sabiduría de vuesas mercedes, dilectos lectores, y en el pollo azul me respondisteis tal que así:

Me he visto en la obligación de hacer lo que más me estaba costando: escoger. Y mi elección ha sido 2017: un siglo de anime. Y es que, camaradas otacos, ¡no se cumple una centuria todos los años! De modo que he preferido darle un poquillo de prioridad. Aunque al fan promedio le importe un carajo. SOnC no os fallará nunca, siempre tratará los contenidos que menos os interesen. Aunque los hayáis votado. Por eso tenemos de protagonista a uno de los pioneros más importantes de la animación japonesa: Noburô Ôfuji (1900-1961). En el primer post de esta sección escribí sobre tres cortometrajes suyos, que se incluían en The roots of Japanese anime-Until the end of II WW (2009) de Zakka films. Hoy disertaré, para vuestro gozo y disfrute, sobre las cinco obras que me gustaron más de su catálogo. Aviso: es mi opinión, la opinión de una bloguera que encima no ha tenido la suerte de poder ver todo el repertorio del artista (ojalá); pero que desea aportar su granito de arena a la difusión de su figura y conmemorar los 100 años de anime de esta forma.

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Noburô Ôfuji trabajando

Cuando pensamos en el padre de la animación nipona, automáticamente el nombre de Osamu Tezuka brota en nuestra mente. Sin albergar ningún género de duda, Manga no Kamisama fue un antes y un después. Pero pocas veces somos capaces de retrotraernos más. Da la extraña sensación de que antes de Tezuka no existiera nada, pero sí que había gente esforzándose y creando. Y fueron famosos y todo. De hecho, el primer animador que traspasó las fronteras de Cipango y logró reconocimiento internacional fue nuestra estrella de hoy, Ôfuji-sensei. Curiosamente, Tezuka fue, con Tale of a Street corner (más información aquí), el primer vencedor de este prestigioso galardón que instauró el periódico Mainichi Shimbun en honor de Ôfuji tras su fallecimiento.

Noburô Ôfuji fue, además de pionero, una de las bases fundamentales en las que está sustentado el anime actual. Merece más reconocimiento entre los camaradas otacos, al menos que suene su nombre de algo. Sin embargo, considero poco probable que el seguidor habitual de Naruto soporte ver cortometrajes en B/N, silentes y con una calidad regularcilla sin echar algún ronquido que otro. Con todos mis respetos hacia la franquicia narutense, por supuesto. No es fácil ponerse con material antiguo, máxime si no se tiene experiencia previa y lo más importante: paciencia.

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Nunca es mal momento para colar porque sí una foto de Tezuka. Bueno, en realidad es que de Noburô Ôfuji solo hay disponible una. Meh.

Por una vez en mi vida voy a ser organizada, así que comenzaré por el principio: la vida de Noburô Ôfuji. Nació en Asakusa, un barrio del noreste de Tokio, el 1 de junio de 1900. Su familia regentaba unos pequeños estudios de sonido donde se grababa en el formato de entonces, el gramófono. Fue el séptimo de ocho hijos y criado por su hermana mayor, Yae, a partir de los seis, pues su madre falleció. Con dieciocho años, entró a trabajar como aprendiz bajo la tutela de Jun’ichi Kôuchi, responsable de que este año nos encontremos celebrando los 100 años de animación, ya que se considera el pistoletazo de salida su pequeña obra Nakamura Gatana (1917). Ôfuji comenzó su carrera profesional como animador aprendiendo de uno de los auténticos precursores del anime, que debemos recordar que en esa época era denominado senga eiga, kôngo eiga o dôga eiga. Unos pocos años después crearía su propia compañía, Chiyogami Eigasha, y empezaría a desarrollar su peculiar estilo. Ôfuji, a causa de que no disponía de una economía boyante, tuvo que hacer de la necesidad una virtud, experimentando con las técnicas que se convirtieron en su marca de agua: la animación con siluetas y, ante todo, el cut-out. Más adelante también trabajaría sobre acetato, por supuesto, pero Ôfuji será reconocido por su maestría en la animación con recortes, donde aplicará los patrones del washi chiyogami. El washi es el tradicional papel de arroz, y el chiyogami una variedad que tiene impresa una serie de patrones geométricos o naturales con colores llamativos, todo muy propio de la cultura nipona. Apareció a finales de la era Edo, y Ôfuji decidió que eran estéticamente perfectos para sus creaciones.

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Folleto del corto “Canción de primavera” (1931) con el clásico chiyogami

Aunque no fue oficialmente el primero en utilizar el color, algunas de sus obras como Kogane no Hana (1929) fueron en origen producidas en Cinecolor.  Sin embargo, debido a la falta de medios en ese periodo, tuvieron que ser proyectadas en B/N. Más adelante, desarrollaría un procedimiento único en el que, motivado por las vidrieras de las catedrales, colorearía sobre celofán, y usaría las sombras de las siluetas (utsushi-e) para crear escenas de claroscuro muy curiosas. Lo encontramos en las admiradas Kujira (1952), un autoremake que se llevó las alabanzas de Jean Cocteau y Pablo Picasso en el Festival de Cannes de 1953; y Yûreisen (1956), también triunfadora entre la crítica en el festival de Venecia de 1956. Ambas están inspiradas en el trabajo de Lotte Reiniger (amo, AMO a esa mujer, siempre lo digo, es la verdad ❤ ) y  son la cúspide de su trabajo tanto a nivel técnico como de sutileza argumental. No voy a adelantar más porque sobre una de ellas escribo un poco más abajo.

Ôfuji posee en su inventario muchas, pero muchas obras que gracias a su afán por la experimentación e ingenio, se han convertido en historia del anime. Kuro Nyago (1929), por ejemplo, jugueteó con el sistema de grabación de sonido Tôjô Eastphone a pesar de que en origen fue muda (podéis verlo aquí). Si tengo que ser honesta, son tantas sus producciones que es imposible alcanzarlas todas. Al menos en Occidente. Me he quedado con las ganas de ver (¡agh!) su adaptación de Kumo no Itô (1946) de Ryûnosuke Akutagawa, que ganó el primer premio en el Festival de cine internacional de Venezuela. O la primera versión que realizó de su Kujira (1927), que ofrecía interesantes propuestas técnicas. Espero que con el tiempo podamos llegar a verlas. Snif.

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A Mickey Mouse le zurran la badana en “Journey to the West” (1934). Aparece también uno de los primeros Son Goku del anime, btw, con nube y todo.

Ôfuji representó una manera de concebir la animación opuesta a la de algunos de sus contemporáneos como el gran Kenzô Masaoka, que apostaba por un sistema de producción colectivo. Ôfuji era un individualista, cosa bastante singular en las islas, y solía trabajar en solitario, autofinanciándose. Comenzó a introducir además ciertos elementos eróticos en sus obras que no acababan de gustar al público japonés, el cual todavía contemplaba la noción del dibujo animado como algo ligero para toda la familia. Ôfuji en realidad se dirigía a un sector adulto, y todavía era un poco pronto para lograr que esa filosofía, de la animación como arte y no solo entretenimiento, se pudiera comprender. Y para muestra, un botón: a continuación tenéis un vídeo con un popurrí de varios trabajos suyos.

Y sin más dilación, os dejo con el quinteto de cortos que he seleccionado como introducción a su obra. De los que he logrado ver son mis favoritos, y si no se conoce a Ôfuji, creo que es una buena manera de familiarizarse con sus creaciones. Y cogerle el pulso, porque este artista era bastante particular. Siguen orden cronológico, para poder advertir la evolución del artista. Que aproveche.

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Obviando el asunto de que Kemurigusa Monogatari (1924) es de un misógino que echa p’atrás, es un corto de lo más divertido. Ya sabéis, no es buena idea juzgar las obras del pasado en base a los valores éticos y morales del presente. Aparte de injusto, nos impediría observar y disfrutar la pieza en sí. Una historia sobre tabaco es el segundo cortometraje que realizó Ôfuji por sus propios medios, recurriendo a la mezcla de imagen real y cut-out. Podéis verlo íntegro en este enlace, son unos tres minutos aproximadamente.

“Las mujeres nacieron del tabaco, por eso son como cigarrillos”. Esta es la sentencia con la que un diminuto hombrecillo inicia el corto. Así que la muchacha que aparece, con cierto aire de geisha, decide aprisionarlo bajo un vaso de cristal. El resto es un tira y afloja entre los dos con un final algo abrupto. El argumento es casi lo de menos, de Kemurigusa Monogatari lo que importa es su realización. Es evidente que a Japón todavía le quedaba un trecho para lograr alcanzar el nivel norteamericano; los recortes son algo toscos y sus movimientos parece que no se encuentran bien sincronizados con el FPS de la película, siendo en algunos momentos demasiado rápidos para resultar naturales. Sin embargo, es interesante observar también esas limitaciones que muestra la obra, que son los primeros pasos además del futuro genio Noburô Ôfuji.

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El mini-macarra amenazando a la mozuela

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Hace mucho tiempo, lejos en el sur, había un castillo rodeado de cerezos. Y en él vivía una princesa más bella que una flor. Kokoro no Chikara (1931) es un relato infantil que contó con el apoyo del Ministerio de Educación y fue presentado como un chiyogami eiga. Es el cortometraje más largo de la lista, con una duración de dieciocho minutos, y podéis verlo subtitulado en este enlace.

En la ciudad de ese castillo sureño vive Dangobei, un hombre conocido por su cobardía y al que no paran de gastarle bromas pesadas. La última, unos niños azuzando a un perro para que lo ataque. Pero esta chanza tiene un desenlace insólito pues, mientras aterrorizado reza en un templete solicitando auxilio, su petición es concedida en forma de amuleto de la suerte. Con él será el hombre más fuerte de Japón. Toda su vida cambia. Gracias a ese talismán Dangobei se convierte en todo lo que no ha sido: una persona segura de sí misma y valiente, capaz de enfrentarse a cualquier situación. Acompañado por el perro y el gato que antes lo acosaban, decide presentarse a un concurso que el rey está celebrando: quien salga vencedor de los duelos se casará con la princesa y se convertirá en su sucesor. ¿Qué ocurrirá? ¿Se alzará Dangobei con la victoria? Ah, las cosas no van a ser tan fáciles.

Fuerza de voluntad tiene los habituales recursos cómicos para niños, con referencias al béisbol o también a monstruos del folclore japonés. Todo fácilmente reconocible para el público. Derrocha expresividad y energía; y al contrario de lo que se pueda olisquear a causa de los clichés, es una obra muy entretenida. Además contiene su mensaje, no es vacua. Técnicamente es una de las mejores representaciones de la especialidad de Noburô Ôfuji: el chiyogami. Sigue siendo en B/N y muda, pero la exuberancia visual con la que el autor dotó Kokoro no Chikara consigue que se echen poco de menos. De todas formas,  no hay que olvidar que era proyectada con el apoyo de una grabación musical ad hoc.

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Dangobei luchando contra sus rivales

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Kimigayo es el himno oficial de Japón, y su letra es un waka compuesto en la era Heian (circa 905), lo que le procura una antigüedad bastante significativa. Kokka Kimigayo (1931) es un corto de cuatro minutos, concebido para ser cantado, que hace hincapié en el yamato-damashii o virtudes nacionales del país. En esos años de expansión del Gran Imperio, con la inminente invasión de Manchuria (y lo que te rondaré, morena), el nacionalismo nipón estaba completamente on fire. Y es lo que tenemos en Kokka Kimigayo, una exaltación de los valores patrióticos con un ingrediente fundamental de hilo conductor: su himno.

El motivo central, y que se repetirá al inicio y al término, es el shiragiku o flor de crisantemo, que representa la figura del emperador, ya que es su escudo de armas. La leyenda del nacimiento de Japón o Kuniumi, con Izanagi e Izanami de protagonistas, también aparecen; junto al episodio de ocultamiento de Amaterasu, el monte Fuji y los símbolos del mítico primer soberano Jimmu, el arco y el cuervo yatagarasu. Noburô Ôfuji une el chiyogami y la animación de siluetas con sabiduría; pese a carecer de medios más modernos, pues fue una modesta autoproducción, Kokka Kimigayo resulta muy digno. Y bonito.

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Katsura Hime (1937) fue el primer corto en color (kodachrome) oficial de Noburô Ôfuji, pero no lo hizo solo. Colaboró junto a Shigeji Ogino (1899-1991), un alma valiente como él sin miedo a la experimentación; siempre desafiando los recursos técnicos de la época. Ogino fue un auténtico visionario del cual no he podido ver gran cosa, aunque me muero de ganas por hincarle el diente a su Hyakunen-go no aruhi (1933). De ideas afines, Ôfuji y Ogino sacaron adelante este corto de apenas cinco minutos que tiene dos partes bien diferenciadas. La primera es una somera exposición de lo que era la animación en color en esos momentos. Un documento de gran interés que nos acerca al cómo, asombrando por su meticulosidad y necesidad de talento. Las herramientas que usaban eran sencillas, pero el tesón y la pericia marcaban la diferencia. Muy educativo, la verdad, historia del anime 100%. La segunda parte es la aplicación práctica de lo que nos esbozaron minutos antes, una historieta donde un oni rapta a una princesa que viaja con su cortejo en un palanquín. Realmente espectacular. Aparecen algunos de los diseños clásicos que Ôfuji usaba en sus personajes, y el chiyogami gana en esplendor gracias al color. Los paisajes y la ambientación son estupendos también (esa cascada, ¡qué preciosidad!) y el movimiento general está muy logrado. Una pequeña maravilla tanto a nivel visual como documental.

Como el vídeo de youtube carece de subtítulos, os dejo el enlace del Archivo Nacional de Cine de Japón que sí los incluye en inglés. Tampoco son imprescindibles, no obstante los recomiendo para entender mejor el proceso de creación del eiga a color que se muestra en los minutos iniciales.

Yûreisen

He estado dudando hasta este momento con la selección del último corto. ¿Kujira o Yûreisen? Al final me he quedado con El barco fantasma por una mera cuestión cronológica, pero ambos me han gustado muchísimo. Grabada en Fujicolor, Yûreisen (1956) es una de las cimas artísticas de Noburô Ôfuji. Y él mismo sabía que lo iba a ser, por lo que desde un principio resolvió darle la misma proyección internacional que había otorgado a Kujira con tan buenos resultados. Y su plan funcionó, por supuesto, ya que logró su exhibición triunfante en varios festivales europeos. En el de Venecia de 1956 consiguió la Honorable Mención por Película Experimental. Toma ya.

Yûreisen es una experiencia profundamente tétrica de once minutos; pero también posee una belleza inigualable. Está a la altura de las obras de su mayor influencia, Lotte Reiniger, superándola incluso al introducir las delicadas texturas de los celofanes. Un stop-motion sombrío de fluidez maravillosa, con el espíritu del exquisito wayang kulit sobrevolándolo todo. La música de Kôzaburô Hirai exalta todas esas sensaciones de pavor y excelencia. Perfecta. El argumento no es muy complejo, es la manera de narrarlo lo que resulta fascinante. El corto comienza con las manos de Ôfuji en plena faena, al modo kirigami, recortando ese ominoso Mar Amarillo donde tendrá lugar la acción. Y menuda acción, Yûreisen es realmente dinámico. Es la historia de un barco pirata a la deriva, destrozado y con sus tripulantes asesinados, ¿cómo ha podido ocurrir algo semejante? Ôfuji revive a los muertos para contárnoslo con solemnidad y rica imaginación.

La próxima entrada, rompiendo brevemente el orden de lo que elegisteis en twitter, estará dedicada a los estrenos de la temporada de primavera 2017. La siguiente ya será todo un señor manga vs. anime, que lo tenía olvidado al pobrete. Había que recuperarlo. Por cierto, ¡gracias de nuevo por vuestra colaboración en la votaciones! Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Autor: Sho-Shikibu

Me gusta el chocolate y matar moscas con un periódico viejo. Resido en los komorebi y practico tsundoku, lo que me entristece a veces.

12 comentarios en “La artesanía primordial de Noburô Ôfuji”

  1. Me acabas de dejar loca, no sé ni qué decir salvo, Pedazo de entrada!!
    No tengo idea de lo que le parecerá al público que no votó por esta opción, pero me has dejado fascinada completamente!!
    Toda una master class, al menos para mí, que aún soy una iniciada en esto del manga… (en serio sigo sin palabras pero tenía que felicitarte por el pedazo de curro que te has marcado!)
    Me guardo los cortos para verlos con calma!
    Un besote!! ^^

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    1. ¡Muy buenas, Eibi! 😀
      Me alegra un montón que hayas disfrutado de la entrada ❤ no son de las que suelen gustar, por lo que se agradece mucho el comentario 🙂
      Si estás dando tus primeros pasos en el animanga, estos cortos son canelita en rama 😉 nada mejor que estrenarse con las raíces del asunto 🙂
      Espero que los disfrutes, ¡un besazo de vuelta!!

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  2. Se que es una comparación rara pero me hacen acordar a las Silly Symphonies de Disney.
    Siempre es interesante ver cortos viejos y conocer un poco mas de la historia del anime.
    Ando sorprendido que muchos de estos cortos sean de épocas previas a la Segunda Guerra.

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    1. No, de comparación rara nada, bastante acertada de hecho 😉 Los animadores japoneses se inspiraban sobre todo en la vanguardia de esos momentos, que eran los hermanos Fleischer y Disney en Estados Unidos 🙂
      La verdad es que siempre se descubren pequeñas maravillas cuando se escarba entre material antiguo, merece la pena echar un rato viéndolos. ¡Saludos, Marthis!

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  3. Qué buen post, con la abundancia de notas sobre crítica que hay en la web, una de divulgación en español se siente muy refrescante y útil. Siento más afinidad por Murata (también maestro del cutout) y quizá sea, lo admito, por haber animado a Norakuro, por su prolijidad, y por lo que evoca su trama y trazo simple, y su monocromía . Aunque objetivamente prefiero también su fluidez narrativa. No obstante, sin duda alguna Ofuji está en otro nivel en materia técnica y osadía creativa, que es lo que realmente hace evolucionar el medio.
    Tengo tres comentarios sobre algunas de tus elecciones. La primera es sobre Kemurigusa Monogatari, mencionas que no habría que juzgarla con estándares éticos contemporáneos a propósito de su aparente misoginia, pero creo que más bien habría que hacerlo, pero en tanto testimonio fílmico de la moral de la época y el lugar; y aparte habría que hacer la apreciación artística respectiva. Al hacer lo primero, mi impresión ha sido más bien que podría ser leída como sutil crítica hacia la misoginia. El hombrecillo es una parodia de misógino que precisamente por lo ridículo que se ve, por el poco efecto que tiene su rabia y porque la mujer está conciente de su insignificancia, hace que todo funcione como una burla hacia su berrinche de macho machote.
    El segundo comentario es sobre Sakura Hime, me ha parecido increíble como es que aquí especialmente, hace tan buen uso de un solo recurso para significar tantas cosas (incluida su pericia técnica), en este caso, el detalle de la sutil caída de los pétalos de sakura. Genial.
    Finalmente, sobre Yureisen, qué maestro para traducir la lógica del teatro de sombras a otro medio y no solo no perder la esencia, sino que mejorar la dinámica con recursos de la animación, particularmente, en la venganza fantasmagórica.
    Una vez más, qué buen post. Saludos.

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    1. ¡Buenas, Mr. Boketto! 😀
      La verdad es que en español no hay demasiadas webs que se dediquen a la difusión de la historia del anime. Mi blog no es uno de ellos, porque resulta demasiado heterogéneo, pero de vez en cuando me apetece escribir sobre personas y obras que creo merecen atención. Y aprovechando el centenario, voy a ir sacando cosillas. De Yasuji Murata no te preocupes, porque tarde o temprano caerá en la sección 😉
      Me parece un poco irritante que en inglés y francés sí que haya más movimiento, sin embargo en español se echa en falta más divulgación. Sí que somos muchos aficionados los que escribimos sobre anime contemporáneo, que está muy bien, pero el pasado (sobre todo el más remoto) lo solemos ignorar. Y es una pena 😦
      Me alegra que hayas disfrutado con la entrada, no sois muchos los que apreciáis este tipo de contenidos, ¡saludos de vuelta! 😀

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  4. ¡Hola, Sho!

    Me parece muy interesante la entrada, siempre está bien saber cómo fueron los inicios de algo que te gusta, en este caso el anime. Al principio, al ver el primer vídeo que pusiste, el que recopilaba varios de los trabajos de Noburô Ôfuji, me echó un poco para atrás, pero me vi el cortometraje del tabaco y me pareció curioso.
    También me vi el de Katsure Hime, y tienes toda la razón con que es muy educativo e interesante. En especial, es sorprendente porque parece un trabajo muy tedioso, aunque vale completamente la pena cuando ves al final el resultado (por cierto, me pareció muy shoujo cuando se enfoca a la princesa y aparece rodeada de flores xD), es muy graciosa la forma en la que se mueven los personajes y las expresiones que hacen.
    ¡Muchísimas gracias por la entrada! Me gustó mucho 🙂

    ¡Un saludo!
    (¡Y tengo muchas ganas de leer la entrada de manga vs anime!)

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    1. ¡Aloha, Winter Brook! 😀
      ¡Gracias a ti por leerla! Como comentaba un poco más arriba, no sois demasiados los que tenéis interés por la historia del anime, así que el esfuerzo extra que requiere escribir esta clase de entradas se ve recompensado con vuestras opiniones 🙂
      Las flores son lo más ❤ el chiyogami es precioso y sí, la fuerza expresiva que tienen estos cortos es deslumbrante, de una ingenuidad y energía maravillosas, ¡los adoro!

      A ver qué tal me queda la entrada de manga vs anime, no sé si os gustará… pondré todo mi tesón en hacerla chula 😉
      ¡Saludos de vuelta!!!!

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  5. Hola Sho, muchas muchas gracias por compartir estos cortometrajes 😀 acabo de ver Kokka Kimigayo y Yureisen (Respeté el orden cronológico del B/N al color XD), la utilización de las siluetas para narrar la historia me recordó al teatro de sombras chinas. Y la música, que bien utilizada para dar fuerza a cada situación. Saludos, y esperaré por más entradas como esta.

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    1. ¡Buenas, Coremi! 😀
      El teatro de sombras tiene una potente tradición en Asia, es natural que te recordara al de China 😉 El de Ofuji tiene un poco de la propia tradición japonesa (se llama kage-e) y el de Indonesia (wayang kulit), aunque este último le viene por parte de Lotte Reiniger, que lo estudió en profundidad y aplicó en sus obras. Creo que escribo demasiado sobre Reiniger xDDDDDD ¿se nota que me encanta? Voy a dejarte por aquí un trocillo de un cuento suyo 😛

      ¡Saludos de vuelta, Coremi! ❤

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      1. Precioso, me gustó tanto que terminé mirando más obras suyas: El secreto de la marquesa, Daumelinchen (que historia más bonita y tierna. Voy a mirar a los sapos con más desconfianza) y Hansel y Gretel (como fan del cuento no lo iba a pasar por alto). Sé que por allá es de madrugada de este lado del charco es medianoche…nada mejor que pasarlo viendo la labor de esta artista hasta que Morfeo se de una vuelta. Saludos, Sho 😀

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