Tránsito X: El elogio de la sombra

Voy fatal de tiempo, pero no podía dejar pasar este Tránsito que tenía planeado desde hace bastante. Un clásico de la literatura japonesa, imprescindible; y que viene como anillo al dedo para este día de tinieblas. No solemos festejar la oscuridad, de hecho nuestra cultura occidental se esmera mucho en negarla, combatirla, frenarla. Es el enemigo. Somos esencialmente una civilización de luz, que identificamos con el bien absoluto. ¿Sucede igual en Oriente? Es lo que Jun’ichirô Tanizaki nos desvela en su pequeño ensayo El elogio de la sombra (1933). No se trata de una disertación filosófica obesa o polvorienta, qué va. Son reflexiones de ritmo ágil y con cierto sentido del humor sobre la concepción de la existencia a través de la estética. Resumiendo, Tanizaki nos escribió sobre la belleza. La belleza en Platón es sinónimo del bien, el sol, la luz. En Asia Oriental la belleza tiene una faceta que en Occidente no se aprecia, incluso posee connotaciones negativas. ¿Cuál es? La sombra.

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Tanizaki y gato

Presentar a Tanizaki (1886- 1965) es como intentar escribir algo escueto sobre Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez o Juan Ramón Jiménez. ¿Por dónde empezar? ¡Tela marinera! Solo apuntar que si no lo conocéis, ya estáis tardando en descubrirlo. Fue uno de los grandes escritores japoneses del s. XX junto a Natsume Sôseki, Akutagawa o Mishima. Un monstruo literario, y os animo a que os hagáis lo más pronto posible con alguna de sus obras. Este El elogio de la sombra, por su sobriedad y concisión, quizá sea una buena manera de familiarizarse con el autor; aunque Hay quien prefiere las ortigas (1929), Arenas movedizas (1930) o Las hermanas Makioka (1948) son excelentes opciones también para estrenarse.

Es interesante saber que Tanizaki vivió, como todos sus contemporáneos, las consecuencias de la Restauración Meiji y la llegada del maremoto occidental. Los cambios que sufrió la sociedad japonesa fueron rápidos e inmensos y, junto a la lógica emoción intelectual por desentrañar lo que hasta entonces era desconocido, floreció el desengaño y cierta nostalgia por el pasado. El miedo por perder la propia identidad y, a la vez, quedarse atrás en el implacable escenario mundial. Las islas habían emprendido un viaje hacia el futuro sin retorno. Como Sôseki, Tanizaki fue un gran conocedor de la cultura europea y norteamericana. Era admirador de Edgar Allan Poe, Oscar Wilde o Stéphane Mallarmé, a los que tomó de modelo literario. Hasta que su vida dio un giro repentino. El Gran Terremoto de Kantô (1923) forzó el traslado de Tanizaki a la región de Kansai, mucho más conservadora que la nueva capital, Tokio. Y allí, como Sôseki de nuevo, comenzó a sentir un gran apego hacia el Japón tradicional… y cierta antipatía hacia lo moderno: Occidente.

A nosotros nos gusta esa claridad tenue, hecha de luz exterior y de apariencia incierta, atrapada en la superficie de las paredes de color crepuscular y que conserva apenas un último resto de vida. Para nosotros, esa claridad sobre una pared, o más bien esa penumbra, vale por todos los adornos del mundo y su visión no nos cansa jamás.

El elogio de la sombra es una declaración de rebeldía, también una reivindicación de los ideales estéticos no solo japoneses, sino de Asia Oriental. Tanizaki da un pequeño paseo, errático en apariencia, por los lugares, arquitectura, objetos, artes escénicas, gastronomía y hábitos que todavía sobrevivían de la época feudal. El pasado aún vivo de su nación. Lo hizo con sofisticación, incluso rociando el texto con una pizca de ironía. Para ello se compara con Occidente, y añade anécdotas y observaciones muy perspicaces. Si levantara la cabeza en la actualidad, estoy segura de que se horrorizaría; aunque por otro lado también experimentaría cierto alivio. Japón es sin duda uno de los países más avanzados tecnológicamente del planeta, no obstante salvaguarda de manera férrea sus tradiciones. Con sus pros y sus contras.

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“Pequeño restaurante a la noche” (1933) de Hiroshi Yoshida

Este ensayo brota de la noción taoísta del yin y yang, que en Japón adquiere connotaciones propias bajo el nombre de in’yôonmyô. La luz y la oscuridad forman parte de un todo, y ambos cobijan en su interior la semilla del otro. Dependen entre ellos, no pueden existir en solitario, los dos son necesarios. Una idea tan sencilla (y complicada) de intuir en Asia del Este, se ignora en Occidente. Occidente es todo yang, por lo que Tanizaki se vio en la obligación de recordar que la antigua sabiduría asiática, mediante su estética, tiene mucho yin al que no hay que olvidar ni renunciar, porque constituye el ser de Japón.

El amor por la penumbra, la calma, el vacío, lo imperfecto, la sutileza y la fugacidad de la existencia. Características que definen la misteriosa belleza oriental. Y japonesa, por supuesto. Los juegos de luces y sombras que construyen la vida misma. No puede ser todo luz; la oscuridad no es maligna, de hecho realza la belleza. El elogio de la sombra es una lectura liviana, divertida; pero que transmite con total claridad la esencia de la identidad nipona. Cualquier amante del país y deseoso de conocer más sobre él, debería leerlo sin falta.

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“Luciérnagas en Ochanomizu” (1880) de Kobayashi Kiyochika

A decir verdad, he escrito esto porque quería plantear la cuestión de saber si existiría alguna vía, por ejemplo, en la literatura o en las artes, con la que se pudieran compensar los desperfectos. En lo que a mí respecta, me gustaría resucitar, al menos en el ámbito de la literatura, ese universo de sombras que estamos disipando… Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado «literatura», oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo.

Si después de toda esta pajilla mental seguís con ganas de leer el ensayo, una última recomendación: sin desmerecer el trabajo de Siruela, casa que aprecio un montón, creo que la edición de Satori, por ser traducción directa del japonés, merece más la inversión de vuestros dineros. Que no está el horno para bollos. Al menos el mío, claro. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Autor: Sho-Shikibu

Me gusta el chocolate y matar moscas con un periódico viejo. Resido en los komorebi y practico tsundoku, lo que me entristece a veces.

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