and the winner is…

No suelo prestar demasiada atención a los premios Óscar, porque reconozco que me parece un poco absurdo que unos galardones anglosajones se hayan convertido en el referente del buen gusto y calidad cinematográficos a nivel planetario. Vamos, que me parece todo una enorme casaputas, y le doy la importancia justa en mi vida… sin ánimo de menospreciar las obras que ahí se nominan y premian. Pero este año ha sido distinto porque, para mi sorpresa, aparecían en su lista no una, sino 4 películas que me han gustado bastante: Whiplash, El Gran Hotel Budapest, Birdman y Kaguya-hime no Monogatari. Eso ha sido toda una novedad. Mi santa madre siempre me ha machacado con la historia de que tu as toujours été une drôle de fille (gracias, mamá) y algo de razón no le falta; soy una persona especialita (para bien o para  mal) y bastante contradictoria. Por eso, a pesar de que los Óscar casi siempre me han importado dos mojones y medio, este año me ha entristecido que Kaguya-hime no Monogatari se quedara sin él. No voy a entrar en si realmente lo merecía o no, creo que la calidad es una variable dentro de esos galardones que tiene una importancia muy relativa. Admito que el resto de las películas, salvo Song of the sea, no las he visto ni tengo la intención… es solo un tema personal y sentimental mío. Y como todavía no he escrito reseña sobre ella, aprovechando la tenue desilusión, voy a hacerlo ahora como diminuto vasallaje. Diminuto, porque no pienso extenderme demasiado. Esta película sencillamente hay que verla y sentirla… con el peligro de que te rompa el corazón.

Kaguya-hime no Monogatari

かぐや姫の物語

kaguyaEl cuento del cortador de bambú es el germen no ya solo de esta película, sino de miríadas de obras en diferentes disciplinas (incluidos videojuegos). Y no es para menos. Se trata de la primera obra narrativa de ficción de la literatura japonesa, ya privada de los ropajes de lo legendario; y la primera que se escribió además en hiragana, sin acudir a los sinogramas (kanji) que, hasta entonces, habían sido el vehículo de la cultura. Se desconoce tanto su autoría como la fecha exacta de su creación, pero ronda entre el s. IX y s. X, durante el fértil período Heian (794-1185). Taketori Monogatari o El cuento del cortador de bambú es un relato bien conocido entre los japoneses; y de una importancia capital en su cultura, ya que inauguró e influyó sobre el nuevo género literario del monogatari y sus diversificaciones (Setsuwa MonogatariUta MonogatariTsukuri Monogatari). De entre las novelas cortesanas (Tsukuri), es en el Genji Monogatari de Murasaki Shikibu donde encontramos referencias a esta obra, la cual es calificada por su autora como “el arquetipo y padre de todos los monogatari“. El origen de esta historia es popular y de tradición oral (perdurará así también a lo largo de los siglos), por eso mantiene rasgos del folclore autóctono; pero una de sus innovaciones fue el beneficiarse del margen que brinda la ficción para mostrar un personaje femenino (aunque no fuera humano), que se resistía a las fuertes convenciones sociales y estimaba su propia voluntad.

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El rol que cumplía la mujer en el período Heian era, como podréis suponer, muy encorsetado y difícil, así que entre las damas de la corte debió suponer un alivio íntimo disfrutar de las vivencias de la princesa Kaguya. Este hecho y que fuera escrito en kana (hiragana), hacen sospechar que el Taketori Monogatari fuese redactado por una mano femenina. Pero no deja de ser una hipótesis. Tampoco me quiero enredar mucho en esto (parece mentira, lo sé, menuda tralla os estoy metiendo y ni siquiera he empezado a escribir sobre la peli) porque, si os interesa conocer un poquito más de esta etapa histórica concreta, podéis acudir a la entrada que escribí sobre el Hyakunin Isshu; y si queréis saber más sobre El cuento del cortador de bambú, tenéis esta joya de conferencia impartida por la extraordinaria Kayoko Takagi, donde habla exhaustivamente de él.

"Ukiyo Junikagetsu (Rokugatsu)" de Ogata Gekkô (1890)
“Ukiyo Junikagetsu (Rokugatsu)” de Ogata Gekkô (1890)

Isao Takahata ha creado su propia adaptación de este cuento, y lo ha hecho a conciencia. Debemos admitir que Takahata ha estado siempre eclipsado por la formidable figura de su colega Miyazaki, y quizás eso ha provocado que esta película no haya generado el interés que realmente merece. Takahata no es Miyazaki ni falta que le hace, tiene sus propias virtudes; y para comprobarlo ahí está su filmografía, que de insignificante no tiene nada.

Kaguya-hime no Monogatari es belleza pura a todos los niveles. Está conducida con sosiego, mimando detalles plenos de lirismo. La idealización del entorno rural, la candidez de la infancia, el énfasis en lo bucólico y una vida sencilla, son la fuente de la que manará todo un torrente de nostalgia y melancolía que impregnará luego toda la película. Será una canción infantil, tipo warabe uta, la que acompañará de principio a fin esta historia, conteniendo su esencia y presagiando el destino de Takenoko.

El argumento sigue las pautas de la obra literaria, respetando incluso su trasfondo budista. Un anciano leñador encuentra un día, dentro de un luminoso brote de bambú, una niña minúscula a la que lleva a casa. Allí, junto a su mujer, son testigos de multitud de hechos extraordinarios relacionados con la pequeña, lo que les hace pensar que está destinada a grandes cosas. Después de hallar también de manera asombrosa oro y sedas, se trasladan a Kioto donde Takenoko/Kaguya será educada de acuerdo a su misterioso, aunque indudable alto rango, para conseguir un buen matrimonio. Poco a poco, se va desvelando que Kaguya-hime proviene de la luna (es una tenn’yo) que fue castigada a descender a la tierra. Takenoko siente un profundo amor por sus padres adoptivos, por una vida natural en la tierra y el deseo lógico de ser la única dueña de su rumbo. Pero todo esto chocará frontalmente con la realidad. Tanto llegará a sufrir, que rogará poder regresar a la luna.

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Kaguya-hime no Monogatari es una obra que trata problemas muy humanos a pesar de que su protagonista no lo sea. Toca temas muy emotivos con perspicacia, de gran calado espiritual también, como los ciclos de la vida; y el ascenso de Takenoko a la luna casi se podría interpretar como la consecución del nirvana, el dejar atrás todo deseo y dolor del mundo material.

El arte es deslumbrante, se adapta a los ritmos emocionales de la película con una fluidez asombrosa, pasando de la furia expresionista a la placidez y minuciosidad de los pasteles. Dios, esos fondos… El abanico visual que se despliega es rico y capciosamente simple. Soy fan a mil de su elegancia y trazos abocetados.

Os preguntaréis, ¿qué pasa?, ¿es un largometraje perfecto o qué? Pues no, porque nada es perfecto. Kaguya-hime no Monogatari requiere de tranquilidad para verla, porque desde luego la cadencia que marca no es para ánimos inquietos. Esto no es Miyazaki, es Takahata, y su visión es diferente a pesar de que es un producto Ghibli de la cabeza a los pies.

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Y lo que pretendía fuera algo escueto, se ha convertido en una longaniza kilométrica. Para variar. Esto me pasa siempre que escribo a tramos y no me agrada demasiado. En fin, ya está hecho. Buenos días.

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Autor: Sho-Shikibu

Me gusta el chocolate y matar moscas con un periódico viejo. Resido en los komorebi y practico tsundoku, lo que me entristece a veces.

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