¿Y ahora qué toca? Otoño 2016

Esta mitad de año en cuestión de anime de temporada me ha resultado muy sosegado. Es una manera fina de decir que me está pareciendo bastante mierdoso. A mí. A ti no lo sé. Si no es así, pues mucho mejor, a disfrutar.

Este verano he sacado en limpio muy poca cosa. 91 days, en el que puse muchas esperanzas, me pareció un despropósito en el primer capítulo; lo aparqué, retomé y mandé a escaparrar definitivamente por aburrimiento. Las inevitables referencias a The Godfather (1972)o Scarface (1983), que a los cinéfilos nos pueden emocionar, no son suficientes para hacer de una serie algo que retenga mi atención. Hasta el episodio 5 aguanté, me saturé de tópicos mafiosos. Fin. No dudo de que haya gustado a muchos espectadores y cubierto el hueco seinen decentemente; aunque para mí no ha sido suficiente. Y eso que mejor pinta que Joker Game tiene y esa me la zampé enterita. Cosas de la vida. Orange la envié también al cuerno. Recordé perfectamente los motivos que me llevaron a abandonar el manga, y es que me empalaga muchísimo. Encuentro un exceso de sentimentalismo edulcorado que no hay manera de que lo asimile, por no hablar de que a la pareja protagonista, Naho y Kakeru, me dan ganas de eviscerarlos. Son insoportables.

Así que este verano solo estoy viendo tres estrenos: Mob Psycho 100, Bananya y Fukigen na Mononokean. Ya es patético que en esta temporada veraniega, de nuevo, el anime que más esté disfrutando sea otro producto de 5 minutos y encima tan mongólico como Bananya. Pero no puedo negar la verdad. Mob Psycho 100 me gusta y ha ido ganando mucho conforme avanzan los capítulos, pero no deja de ser una fórmula similar a la de One Punch Man. No tiene nada de malo y, por otro lado, era algo que esperaba; sin embargo la chispa ya no puede brillar de la misma forma. Y me jode, porque es muy probable que si hubiera visto Mob antes que One-Punch Man, la habría gozado muchísimo más porque me gusta más. Pero el factor sorpresa se quedó fuera de la ecuación, lo que le ha hecho perder bastantes puntos a mis ojos. Una lástima, pero no deja de ser una buena serie. La terminaré, claro.

Por otro lado, Fukigen na Mononokean me durmió en su primer episodio, lo abandoné y más tarde regresé a él. Hasta ahora. Es una serie sin pretensiones y sencilla que de momento está llevada bien, aunque tiene unos cuantos capítulos flojillos y la trama principal resulta algo indefinida. No ha avanzado gran cosa, y solo se han dedicado a contextualizar. Eso no es mala idea si se tiene la intención de hacer una serie larga… y no parece el caso. A lo mejor anuncian segunda temporada, quién sabe. Se husmea apiñamiento a dolor en los últimos capítulos. Meh. No obstante, ha sido un anime bastante agradable de seguir todas las semanas. Tenemos que ver cómo finaliza, pero no es de esas obras que vería en maratón. Demasiado insípida.

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“Otoño en las cataratas Fukuroda” (1954) de Hasui Kawase

Y así hemos llegado a las puertas de mi estación favorita: el otoño. Un otoño prometedor, pero del que no me fío ni un pelo. Y que va a estar, a diferencia de temporadas anteriores, hasta los topes a pesar de la criba inicial. Como siempre, he realizado una pre-selección de estrenos, donde no incluyo continuaciones ni segundas (¡ni quintas!) temporadas. Pero señalar que no me perderé: Hibike! Euphonium!, Ajin, Natsume Yûjinchô Go y Haikyû!

Como ya hice durante la previa estival, voy a ignorar por completo los estudios y centrarme simplemente en lo que me atrae y lo que no. Si queréis información más completa y precisa, estoy segura de que muchos de mis compañeros blogueros aportarán ese contenido de sobra. Bueno, allá vamos.

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Series que he valorado y he decidido aparcar. ¿Definitivamente? Es posible, no me gusta cerrar puertas de forma tan contundente, pero este otoño voy a tener bastantes series en mi parrilla particular. Solo si elimino alguna de las fijas y me entran ganas, incluya alguna en el repertorio. ¿Y cuáles son? Para empezar, Poco’s Udon World. La fantasía y el folclore me tientan muuuuchoooo, como también me repelen con la misma intensidad los niños kawaii que aportan ternura desmesurada a los slice of life. Aunque este parece una especie de tanuki o algo. Leyendo la sinopsis, me recuerda un poquillo a Barakamon y, honestamente, NarusYotsubas y demás criaturitas sin nariz hay pocas que no me irriten. Prefiero mantenerme al margen de momento.

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¡Qué sería de la vida sin música! Por eso durante unos minutos consideré ver ClassicaLoid, pero tras meditar sobre la pinta cerdísima que tenía todo, resolví que no. Aunque… como también emana un aroma a bizarrada y desmadre potente, no sé, quizá le pegue un vistazo a riesgo de acabar queriendo acudir al despacho del presidente de Sunrise con un bate de béisbol. Por ahora descartada. Luger Code 1951 es típico material de Shônen Jump que seguramente no decepcionará a los amantes de su filosofía. Garantiza raudales de acción e intriga, además con un telón de fondo atrayente: la Segunda Guerra Mundial. Pero no, gracias. To be hero también es una excelente carnaza, ¿quién no tendría curiosidad por saber de las andanzas de un superhéroe surgido de un retrete? No muchos occidentales, lo admito, pero mi mente amorfa y yo sí. Y es serie corta, de 10 minutos. Mmmmm… Sin embargo, opto por dar prioridad a otras series que despiertan más mi interés. Si tuviera todo el tiempo del mundo, quizá me animase a verlas. Pero soy humana y necesito comer.

nifunifa

Aquí empieza el cachondeo, he seleccionado muchas más de las que me puedo permitir, ¡soy una codiciosa inconsciente! MUAHAHAHAHA!!! No he logrado depurar el asunto mejor, la curiosidad se me apodera. Pero calculo deshacerme de unas cuantas, no obstante. Es imposible que todo me vaya a entusiasmar, y solo las que lo hagan de verdad de NiFúNiFá continuarán a mi vera.

Soul Buster

Soul Buster es una colaboración internacional sinojaponesa y se trata de una adaptación moderna del clásico del s. XIV Romance de los Tres Reinos de Luo Guanzhong. En realidad es Bai Mao el que ha transformado en manhwa la obra literaria. De todas formas, tiene toda mi atención a pesar de que soy plenamente consciente de las altísimas posibilidades de que me defraude, me aburra o me parezca una bosta. Soy, a grandes rasgos, muy poco tolerante en lo que se refiere a descuartizamientos en el mundo de la literatura. Veremos.

3-Gatsu no Lion

Creo que este puede ser mi slice of life de la temporada si no se tuerce demasiado el tema. Rei Kiriyama, el protagonista, es un megane (ya tiene así muchos puntos ganados conmigo) que se dedica a jugar profesionalmente al shôgi. Muy interesante, me encantará aprender más sobre ese juego japonés. Rei tiene una serie de problemas personales que le hacen actuar como un borde asocial… aunque tenga su corazoncito. Lo único que no me convence nada de esta serie y me ha obligado a colocarlo en NiFúNiFá, es el equipo femenino, sobre todo la bichita esa kawaii que medio balbucea. Imagino que son las que aportarán la faceta hogareña y sensiblera para ganarse la confianza de Rei y convertirlo, poco a poco, en un ser humano normal. Y de eso las bichitas kawaii son expertas en los anime. O algo. Deseo fuertefuertefuerte que 3-Gatsu no Lion no se incline mucho hacia una vertiente blandengue. Pero al menos tengo entendido que salen gatos. ¡VIVA!3gatsulion

Trickster: Edogawa Ranpo “Shônen Tantei-dan” yori

El motivo principal de que desee ver este anime, es que se inspira en el detective Kogorô Akechi y su cuadrilla, creados por uno de mis escritores fetiche japoneses: Edogawa Ranpo. Sin más. Es muy probable que acabe cagándome en la perra y deseando herpes zóster al equipo creativo y de producción de la serie, pero mi obligación es verlo. A lo mejor me llevo una sorpresa agradable, quién sabe.

Drifters

Soy fan de Hellsing, así que habría sido un desliz grandote el pasar por alto la adaptación al anime de una obra de Kôta Hirano. Drifters es un manga bastante popular, pero por un motivo u otro, no he llegado a hincarle los colmillos a pesar de tenerlo en mente. El argumento, aunque no es el más original del mundo, me resulta interesante: abducir diferentes personajes históricos a punto de morir, y crear con ellos un equipo de mercenarios llamado “Drifters”. Sin embargo, el trailer me ha dado mala espina, sobre todo la animación; y si tiende a convertirse en una ensalada de hostias sin fin, aunque me gusten las peleas, puedo llegar a dormirme muy, muy profundo. Y roncar. Y ese no es el objetivo de una serie, creo.

drifters

Occultic9

Tengo sentimientos encontrados con esta serie. O puede salir algo memorable o un truñaco de dimensiones ciclópeas. Le tengo bastantes ganas a Occultic;Nine, pero por otro lado estoy hasta el moño de adolescentes en situaciones límite. Son muchos años ya observando una y otra vez lo mismo, y a no ser que suponga un revulsivo en su estilo o me distraiga un mínimo, prefiero mandarlos a cavar zanjas y no perder el tiempo. Dos capítulos de cortesía y ya decidiremos.

Shûmatsu no Izetta

¡Y vamos con una ucronía! Qué malvados eran los alemanes, mecachislamar, siempre invadiendo Polonia. O Francia. O el ficticio Principado de Elystadt, una especie de Liechtenstein hipertrofiado cuyo gobernante cae gravemente enfermo, quedando como única responsable su hija Fine. Y ahí estamos, protegiendo al país de los germanos con ayuda también de… una bruja. La última, por lo visto. Tengo que admitirlo: eso de ver a una bruja volando sobre una ametralladora o un obús en vez de usar la tradicional escoba, es muy enfermo. Solo se le podría ocurrir a un japonés; y seguro que tendrá la correspondiente dosis de fanservice.

izetta

No le tengo mucha fe a Izetta, pero eso de una bruja volando sobre un trabuco hay que verlo una vez en la vida por lo menos. Temo que esté demasiado dirigido al público masculino, con rollete pseudolésbico light incluido; y eso le restaría mucho encanto. O a lo mejor no. Espero que al menos desarrolle un argumento coherente. Si no, pues nada, a freír espárragos.

ñam

A ver si esta temporada acertamos una miaja más, porque si algo podemos decir de 2016 es que ha sido el año de los bluffs. De momento. Animes que han generado grandes expectativas, con fuerte potencial, y que se han ido deslizando leeeeeentamente hacia la mieeeerrrrda.

Sengoku Chôjû Giga

Hay muchas cosas que desconozco de esta serie. No sé cuál será su duración por episodio, aunque deduzco que será corta; tampoco tengo ni idea de si voy a conseguir verla en algún lugar, porque al otaco medio la historia medieval japonesa se la suda un pocobastante. Pero los datos que tengo sobre ella, me han hecho segregar saliva hasta formar lagunas en medio del salón. El guionista es el de Yami Shibai o Kagewani, Hiromi Kumamoto; el estilo artístico va a seguir el tradicional suibokuga (¡maravilloso, maravilloso!) y la temática es divertidísima: personajes históricos del periodo Sengoku convertidos en animales… y su día a día. Tengo que hacerme con esto. Como sea.

Fune wo Amu

Esta es la serie que con más impaciencia estoy esperando: Fune wo Amu. Y no es solo porque me recuerde levemente a Shôwa Genroku Rakugo Shinjû, sobre todo por el diseño de los personajes. El que sea un anime dirigido al público adulto también cuenta a su favor, porque no suelen abundar tanto. Espero que al menos roce el nivel de Rakugo, y puede hacerlo de sobras, doy fe. Aunque no he podido leer la novela de Shiwon Miura en la que está basada (todavía, todo llegará), sí he visto la película. Y es miel sobre hojuelas, señores, así que supondría una amarga decepción que la serie animada no estuviese a la altura. La temática además es fascinante, el mundo editorial y la creación de un libro, concretamente un diccionario. Las curiosas personalidades de los personajes y las circunstancias harán de la publicación del volumen una odisea. Se huelen dinámicas interpersonales jugosas, ¡bien! Y, mientras, podremos aprender mucho sobre ese universo y la sociedad japonesa, por supuesto. ¡Ay, por favor, que no metan el patón con Fune wo Amu! ¡Luzbel, hazme caso!

fune-wo-amuHay un montón de spokon esta temporada. O al menos eso me ha parecido, y los que seguís esta bitácora ya sabéis que lo ignoro. La única excepción que cometo es Haikyû!, las demás series que he atisbado (de patinaje, ping-pong, rugby, qué sé yo) y que serán vistas con alegría y fervor, no tendrán espacio en SOnC. Aunque sí en los blogs de otros compañeros, por supuesto, y que os insto a que visitéis.

That’s all, folks. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Héroes y villanos japoneses que se odian, retuercen y lo pasan bien

Creo que todavía no he hecho ninguna reseña sobre dôjinshi o fanzines comiqueros japoneses. Quizá se deba a que viviendo en Europa y siendo la afortunada dueña de una cabeza de chorlito como la mía, no he tenido ni he aprovechado las oportunidades de agenciarme alguno. Y tampoco es que se escaneen y traduzcan muchos que digamos… pocos hay, pero ahí están. Como además llevo unas cuantas entradas seguidas un poco más añejas de lo que me gustaría, escribir sobre una obra del 2015 me viene de perlas. Y calma mi conciencia culpable por estar atiborrándoos de material antediluviano. Que no tiene nada de malo si posee interés, pero en la variedad está el gusto. O eso dicen.

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Esta portadaca la ha dibujado my friendly neighbourhood David López, y es la presentación perfecta de lo que podemos encontrar en las páginas de Alenzyas (2015). Se trata de un tebeo coordinado por Ken Niimura, donde han participado 6 mangakas más: Takeshi Miyazawa, Est Em, Takehito Moriizumi, Tabao Obata, Murai y Mopuko. Todos sangre fresca. Y a todos ellos Niimura-sensei propuso la creación de un superhéroe y un villano, para luego inventar una historieta en la que el antagonista fuese el concebido por otro artista del mismo proyecto. Un desafío interesante para los autores, desde luego, y que para los lectores tampoco carece de atractivo.

Como soy una desgraciada, no he podido hacerme con ninguna copia física de Alenzyas. Me habría gustado, pero las tiradas de los dôjinshi no suelen ser grandes, y por lo que pude husmear en twitter por mi cuenta, se vendieron casi todos los ejemplares en el propio Japón. Unos pocos fueron enviados al extranjero, pero a conocidos y amigos del círculo de los dibujantes. Meeeeeeh. Sin embargo, un alma bienhechora tuvo la idea de subirlo a varias plataformas on-line (y traducirlo, claro). En junio me topé muy felizmente con él. Pero, ¡ay!, no estaba completo, faltaban dos capítulos: el 5 y el 6. ¡¿POR QUÉ?! He pasado unos meses esperando a que alguien subiera lo que faltaba, pero estamos a mediados de septiembre y la cosa sigue incompleta. Aun así pensé que mejor son cinco one-shots que ninguno, teniendo en cuenta que de otra forma me hubiera resultado muy difícil poder leerlos. En realidad tarde o temprano habría caído (el agua de Aragón no es buena, hace que crezca la cabeza), pero de esta manera piratona total pude disfrutar de Alenzyas sin apenas esfuerzo y ahora tú, amado lector, también puedes leer esta magnífica reseña. Todo bien, ¿no? Pues eso. Dudo que los creadores lleguen a leer esto, así que puedo respirar tranquila, que no enviarán sicarios a mi chamizo por utilizar mangafox. Creo.

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“Nighthawk vs. Yukawa” de Murai

Alenzyas son historias muy breves, cada una de una madre y con el estilo propio de cada autor. Es una obra heterogénea y variada, pero con un nexo común: ¿cómo serían unos superhéroes à la japonaise? He sido desde niña lectora de cómics y lleva circulando por mi sistema cardiovascular el virus Marvel/DC muchísimos años, por lo que sé de sobras qué es un tebeo de superhéroes. Sin duda es el género rey dentro de la historieta occidental, el que más pasta genera, el más popular… y el que más detractores furiosos posee también, sobre todo cierto desprecio sordo hacia el norteamericano. La verdad es que el cómic de superhéroes tiene sus luces y sus sombras, como ocurre con todo; y suelen ser los tebeos que se alejan de los patrones más comerciales, buscando nuevas sendas y perspectivas, los que han brillado sobre el resto.

Alenzyas es como una especie de experimento, pero es la prueba de que el material más atractivo es precisamente ese, el que busca su propio camino. Un camino libre sin las exigencias de una línea editorial, un manual de estilo, etc. No es malo que existan, de hecho son necesarias, pero en un dôjinshi es el artista el que marca sus límites y eso siempre, SIEMPRE, es más interesante. No por obligación mejor, pero sí más seductor. Y es lo que encontramos en Alenzyas, una brisa refrescante y agradable gracias a los ventiladores artísticos de gente que está creciendo en el panorama del tebeo. ¿Qué nos pueden contar unos mangakas sobre superhéroes que no hayamos leído ya? Pues su visión. Alenzyas es la combinación de un género ultrapopular con una perspectiva diferente, tanto en forma como en contenido; pero con sencillez, de forma muy inmediata. No es nouvelle manga, pero recoge en cierta forma su legado sincrético.

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“Life is one-two punch” de Est Em

Algunos de los creadores ya están más que familiarizados con este tipo de cómic: Takeshi Miyazawa, por ejemplo, está trabajando ahora con Kamala Khan, la nueva Ms. Marvel; aunque en el pasado se prodigó en X-men Unlimited, Runaways o Generation Hope. Javier Pina, que ha hecho la contraportada, ha dibujado la Cosa del Pantano, Aves de Presa o Escuadrón Suicida; David López… en fin, si no conoces a David López, you know nothing (y tienes que ponerle remedio). Ken Niimura se está haciendo hueco realizando trabajos para Marvel y pequeñas maravillas en el Yearbook de Gotham Academy para DCPero tampoco esto tiene una importancia capital, los demás autores no me suena que hayan realizado nada para cómic norteamericano (me puedo estar columpiando perfectamente, conste) y eso es lo bonito también, observar a creadores esforzándose en un registro ajeno y haciéndolo suyo.

Por eso Alenzyas es un manga bastante curioso, que mezcla Oriente y Occidente con un resultado natural y eficaz. No se trata de un híbrido, o al menos yo no lo considero así. Es muy japonés, un buen shôyu ramen al que se le han añadido unos cuantos ingredientes foranos y, oigan, que ha quedado sabrosote. No tiene vocación comercial, pero posee todo para que un fan de los tebeos lo disfrute con tranquilidad.

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Contraportada de Javier Pina.

Por supuesto, no conocía a todos los autores propuestos y espero tener pronto la oportunidad de poder leer algo de ellos. Es el caso de Takehito Moriizumi, Mopuko y Tabao Obata. Precisamente, son los one-shots de Moriizumi y Obata los que no están subidos todavía; y por el primero siento una curiosidad inmensa. Así que a joderse. Habrá que esperar y estar ojo avizor a cualquier oportunidad.

Life is one-two punch de Est Em es una buena representación de las exigencias del ámbito laboral japonés, mediante una historia veloz pero impactante. El ¿desenlace? resulta como la vida misma. Catty rival de Miyazawa tiene de protagonista a un gato con ansias de dominación mundial (como tiene que ser) que topa con un rival humano imbatible. Muy divertido este cuento. Nighthawk vs. Yukawa de Murai es mi favorito, más clásico en su planteamiento pero tierno también. Sword Hilda vs. Zombies de Mopuko está repleto de acción y violencia, donde las adorables mascotas deportivas se han convertido en unos muertos vivientes, que la espadachina Hilda tratará de destruir con su terrible katana. Incluye moraleja. Y, finalmente, Test de Niimura no defrauda. Los que somos fans de su elegancia, tenemos un relato de gran dinamismo y escenas espectaculares. Genial.

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No, no son The Avengers pero resultan unos superhéroes peculiares y muy cercanos. Alenzyas es una obra coral que no cambiará vuestras vidas, pero que funciona, no ya solo como carta de presentación de autores menos conocidos por estos lares, sino como entretenimiento sano. Una alternativa estupenda para los que se suelan mover en lecturas más estándar y quieran descubrir nuevos pinceles japoneses.

Y que me he quedado sin leer Dengeki Drop de Obata y How far are the depths of love de Moriizumi. Cachis. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera: Sakura Namiki

El shôjo no es mi demografía favorita. Hace meses además que dejé en cruel barbecho los tebeos del género que iba siguiendo. Me acaban saturando, es la única razón. Entonces, ¿por qué inauguro nueva sección en el blog dedicada a él? Efectivamente, Shôjo en primavera es un nuevo apartado en SOnC.  Pues porque me da la santa gana, señores, por eso. En realidad creo que el shôjo es una demografía muy interesante y que tomando un poco de perspectiva, es muy representativa de la evolución social japonesa, más que otras demografías incluso. Y es muy curioso, porque hasta la década de los 70 el shôjo se consideraba un género menor. La llegada del Grupo del 24 marcó la diferencia, antes eran el shônen o el gekiga los que se llevaban la atención de crítica y público. Por eso he decidido que este nuevo apartado de la bitácora se dedique al shôjo incipiente, al shôjo en sus primeros pasos y que se suele dejar en la retaguardia, olvidado. No hay muchas obras traducidas de la época, que abarcaría desde los años 50 hasta finales de los 60, pero con paciencia y china chana como dicen por aquí, algo iremos encontrando y, por supuesto, aprendiendo.

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“Buenos días” (1915) de Yumeji Takehisa

Yumeji Takehisa (1884-1934) fue un poeta que, como sabía que no iba a poder ganarse la vida juntando letras, se lanzó al mundo de la pintura y la ilustración. De formación autodidacta, fue haciéndose un hueco en el elitista mundo de las artes de Tokio, aunque su talento nunca fue reconocido en vida. Su moderado éxito y esa elegancia lánguida, de entes femeninos casi incorpóreos que encarnaron tan bien el espíritu de la Era Taishô, lo han hecho pasar a la historia por derecho propio. Pero lo que nos importa realmente es que su estilo inconfundible, de profundo lirismo, fue una de las influencias más importantes del futuro shôjo. Otro de los ascendientes fundamentales en la estética del shôjo fue Jun’ichi Nakahara (1913-1983), ilustrador y diseñador de moda que popularizó esos tremendos ojos acuosos, rebosantes de virginales sentimientos, que todos conocemos tan bien. Nakahara dibujó portadas de revistas como la popular Shôjo no tomo (La amiga de las chicas) y también de novelas femeninas.

Precisamente en esos años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, comenzó a brotar una nueva literatura (shôjo shôsetsu) dedicada exclusivamente a las jovencitas. En ellas se solía representar un mundo idealizado de las emociones, con muchos floripondios y suspiros, pero que en realidad transmitían un código rígido e inmutable sobre lo femenino. Mediante blandas historias de amistad escolar, introducían las nociones de lo que se esperaba de cada mujer: abnegación, humildad y ser unas dulces y pudorosas novias para sus futuros esposos. De eso todavía quedan bastantes rastros actualmente en el shôjo, por cierto. El amor romántico heterosexual no solía aparecer (invadió la demografía a mediados de los 60), era un universo sin hombres, y el estilo de sus ilustraciones fue el primigenio jojo-ga (dibujo lírico), que complementaba el espíritu de esas historias inocentes y candorosas.

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Portada de “Shôjo no tomo” (febrero, 1939) de Jun’ichi Nakahara

Pero entre tanto aleccionamiento para ser una buena ama de casa, cariñosa con los niños y excelente cocinera, había también algunas voces un poco más discordantes: fue el caso de la escritora Nobuko Yoshiya (1896-1973), que opinaba de manera muy distinta. Sus novelas, que poseían el mismo aire romántico y soñador del shôjo shôsetsu, sin embargo ignoraban el matrimonio como objetivo y algunas de ellas eran abiertamente lésbicas. No en vano, Yoshiya mantuvo una relación con una profesora de matemáticas durante más de 50 años. Para ella el amor homosexual se encontraba en un plano de igualdad; el heterosexual no, pues implicaba la sumisión obligatoria de la mujer al hombre. No he tenido todavía oportunidad de leer nada de ella, pero sí he visto la película Fukujusô (1935), basada en un relato incluido en su colección de cuentos Hana Monogatari (1926), por lo que puedo hacerme una idea,  aunque sea algo remota, del aire general que se respiraba en sus obras… porque el shôjo-ai ha heredado muchas de sus ideas. Y con este pequeño pero necesario preámbulo, llegamos al manga protagonista de esta reseña: Sakura Namiki (1957) del autor Macoto Takahashi.

Es uno de los mangas más antiguos que he leído y todavía me pregunto las razones de que me lanzara a por él. El yuri no es lo mío, tampoco el spokon, y con el shôjo tengo problemas. A veces muy serios. Bien, pues Sakura Namiki alberga esos tres géneros y me ha gustado. Supongo que tendrá algo que ver que solo consista en 4 capítulos, y que no ha habido tiempo de que se me inflaran las narices; pero no debo tampoco restarle méritos a la obra. Sakura Namiki vale su peso en oro.

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Sakura Namiki o El Paseo de los Cerezos es un tebeo del año 1957. Repito: 1957. Todavía tiene bastantes arcaísmos (no sé cómo denominarlos) como, por ejemplo, rastros de emonogatari en la introducción. El emonogatari fue un formato híbrido entre tebeo y novela, una especie de “libro ilustrado” dirigido al público joven. Eran como versiones impresas de los cuentos de los kamishibai, con un dibujo naturalista y fuerte presencia de texto. Durante unos años compitieron en popularidad con el manga, hasta que fue barrido por este a finales de los 50. Por eso Sakura Namiki tiene cierta rigidez en algunas de sus páginas, el texto resulta cursi y la historia es muy sentimental. No obstante, me ha sorprendido en otros aspectos y creo que el paso del tiempo no le ha sentado nada mal. Es un manga hijo de su época, con todo el peso del shôjo shôsetsu y el jojo-ga; pero interesante y con ramalazos muy modernos.

Pero comencemos por el principio. Sakura Namiki cuenta la historia de dos amigas, miembros del club de ping-pong de su exclusivo colegio femenino, y su enfrentamiento en los campeonatos deportivos escolares. Sus nombres: Chikage Maki , estudiante de tercer curso, y Yukiko Nakahara, en primero. Yukiko-chan siente gran fervor y devoción por su onee-sama, unas emociones que se convierten en su debilidad durante el partido, pues le hacen sentir compasión por ella en un momento crucial. Pero Chikage es una gran deportista, capitana del equipo y remonta el juego. Sin embargo, las compañeras de curso de Yukiko, que la han estado animando con ardor, piensan de otra forma. Creen que Yukiko se ha dejado vencer por afecto hacia Chikage, y comienzan a murmurar.

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Yukiko es consciente de los rumores, y comienza a encontrarse mal. Mal por Chikage, que puede sentirse ofendida si cree que su victoria no ha sido tal; culpable porque quizá lo que cuchichean sus compañeras tiene un poso de razón. Y la situación empeora cuando Ayako Sunayama, de segundo curso, celosa de la relación que mantienen Chikage y Yukiko y siempre ávida de entrometerse, es la que parece haber originado las habladurías. Ayako perdió su partido frente a Yukiko, y ahora no se separa ni a sol ni a sombra de Chikage. Nuestra protagonista está muy afligida, y la vergüenza la hace huir.

Un triángulo amoroso, el entusiasmo de la competición y un malentendido que se convierte en el cotilleo de la escuela. ¿Qué hará Yukiko? ¿Se conformará con asumir el tradicional papel de víctima pasiva, revolcándose en su dolor? El autor no defrauda (aunque no sorprende), y tampoco se conforma con trazar los retratos de unas damiselas epítomes de la feminidad de esos años, que exigía docilidad y recato. Las chicas de Takahashi son un pelín más modernas de lo que podríamos imaginar

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Takahashi se centra en los sentimientos de Yukiko. Sakura Namiki es un paseo emocional desde una única perspectiva, pero lo bastante rica y delicada como para no aburrir. Cierto que podría haber ahondado más en Chikage y, sobre todo, en Ayako, que salvo como tercer elemento en discordia, no aporta nada más. Bueno, su diseño me gusta, pero Ayako es un florero. Bonito, pero un florero. No obstante, hay que reconocer que se trata de un tebeo de historia extremadamente sencilla y que no entra en demasiados detalles, salvo los que interesan para recrear una atmósfera poética y robustecer a Yukiko. Un slice of life sentimental que concede momentos a la emoción del deporte y la ambición por el triunfo. Estoy segura de que Taiyô Matsumoto leyó este Sakura Namiki, su formidable Ping Pong tiene alguna cosilla de él. Porque eso sí, la competición entre Chikage y Yukiko es fetén y que eso lo diga yo, que me pongo a roncar en cuestión de segundos con el spokon, es para tenerlo en cuenta.

¿Estamos frente a un tebeo yuri? No considero que Sakura Namiki sea estrictamente yuri, más bien sería un proto-yuri, un tierno shôjo-ai donde todo está convenientemente rebozado en la dulce nebulosa de la amistad apasionada, que sugiere más que evidencia. No hay ningún tipo de alusión sexual, se mueve en una gama de sentimientos inocentes y castos, por lo que podríamos incluir este tebeo sin problemas dentro del género S. El entorno sublimado, con la música como principio evocador, conduce muy bien la exaltación romántica de Yukiko, desde el pasado hasta el presente. Así Takahashi nos hace comprender su valiente decisión. Por amor, por justicia, por amistad.

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Sakura Namiki está estructurado en tres partes, cuyos corazones son dos partidos de ping pong. Estos dos partidos son el principio y fin de la historia, de los que surgen el problema y la solución. Y es que Chikage y Yukiko expresan su mutuo amor mediante el deporte, algo bastante original. Takahashi emprende su manga a través de una contextualización clásica: Osaka, un colegio femenino situado en una colina repleta de cerezos, donde discurre un paseo por el que decenas de adolescentes caminan a diario. Bajo las ramas de los cerezos en flor, las muchachas hablan de sus esperanzas, se prometen amistad eterna y sufren de alegrías y penas… No es casual que el autor presente Sakura Namiki como a lyric manga tale. La segunda parte es un viaje al pasado, donde Yukiko, ya en casa con su madre, rememora su vida antes de conocer a Chikage, cómo el destino las une y luego disfrutan de una relación plena y feliz. La tercera parte está marcada por la determinación de Yukiko y sus consecuencias. Y hasta ahí puedo contar.

El paisaje no es meramente escolar, fuera de él se encuentran las vidas de estas zagalas, donde, curiosamente, no hay ningún hombre. En realidad hay uno, pero está muerto. Sabemos más de Yukiko, y bastante menos de Chikage, pero Takahashi fabrica un armazón sólido para la psique de nuestra protagonista, que nos permite comprender y empatizar con sus inseguridades y admiración por Chikage. Por supuesto, los ingredientes que componen el mundo de los shôjo shôsetsu está ahí (y que luego heredaría el manganime): el cuidado de la belleza personal, ir de compras, la música, el ballet, gatitos (¡sí, GATITOS!), etc., pero no por ello menos sugestivos. La elección musical no puede ser más adecuada para la atmósfera de Sakura Namiki: la séptima pieza de las Escenas de la infancia o Kinderszenen, Träumerei (1838), de Robert Schumann. Y la secuencia de La muerte del cisne (1907) en el capítulo tres también es preciosa.

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Lo que más me ha gustado de este tebeo ha sido, sin ninguna duda, el arte de Macoto Takahashi. No hace falta ser especialista para percatarse de la presencia de Tezuka, pero hay mucho más. La geometría de esas líneas puras y claras, la simplicidad y los recursos que utilizó para otorgarle dinamismo, me han enamorado. Conste en acta que soy fan de los dibujos limpios y sencillos del tipo Yûki Kodama y que lo vintage siempre me parece estéticamente muy atractivo, pero aun así continúo pensando que es un gran dibujo. De hecho me gusta infinitamente más que el que desarrolló luego, ese que le dio realmente fama como el arquitecto de la estética clásica shôjo, de rubias bellezas de cabellos ondulantes, ojos enormes de vibrante lágrima y flores, muchas flores, lacitos, puntillas y mariposas flotando en el viento. No puedo negar su trascendencia histórica, pero personalmente me quedo con sus comienzos. No tan estilizados, no tan barrocos, hasta un poco toscos en comparación; pero que a mí me encantan. Contienen la misma inocencia y resplandor, pero con una economía en las formas mucho más elegante. O así lo percibo yo. Aunque en algunas viñetas los fondos son apenas esquemáticos o inexistentes, en otros la riqueza de los detalles es maravillosa, y Takahashi se sirve de bellas alegorías (las primeras viñetas del capítulo tercero son deliciosas) para transmitir la melancolía que embarga a Yukiko.

Colgaría imágenes de Sakura Namiki por toda la entrada cada tres palabras, pero no puede ser. No estaría bien robaros vuestro posible goce y spoilear encima la historia. Aunque esta última tampoco es que resulte una sorpresa. Bueno, qué demonios, allá van dos seguidas.

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Pero.. pero… esto es un tebeo para chicas, ¿no? Diréis mis queridos lectores masculinos. Pues sí, es un manga para mozuelas. Y mozuelas de las de hace 60 años, casi nada. Pero tras la revolución que supuso Sailor Moon, ese shôjo que devoró las mentes tanto de chicos como de chicas sin excepción, ¿qué problema puede haber con Sakura Namiki? En SOnC los prejuicios bien lejos, no creo que vayáis a tener un brote psicótico por leerlo ni se os reduzca el tamaño del pene. Es historia del manga, una parte importante de hecho. Y esta nueva sección es lo que va tratar de hacer: rescatar esos clásicos del shôjo antiguo de los que nadie se acuerda ya.

Sakura Namiki no es perfecto y bajo los ojos del s. XXI carece de muchas cosas que en la actualidad damos por hechas. Pero continúa siendo un buen trabajo, entretenido y a ratos conmovedor. La gestión de las emociones por parte de Takahashi resulta soberbia. Es cursi, sí. Mucho. Aunque de una manera contenida que ya no se lee ahora. Y es un tebeo muy adecuado para calibrar esta demografía desde sus inicios, comparándola con lo que consumimos en el presente. Y ciertas características no han variado demasiado. ¿Es eso positivo? Habrá que seguir leyendo más obras de la época para poder averiguarlo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Hentai or not hentai… dat ass is the question

Generalmente, las bitácoras sobre manganime en las que se hacen reseñas, se repasan las series de temporada o se comenta la habitual parafernalia que rodea este mundillo (seiyû, estudios, música, cosplay, etc), solemos ignorar el hentai. Es una parcela que ha quedado relegada a un submundo muy específico y aislado en el que, no en vano, todos los aficionados hemos chapoteado en sus aguas alguna vez. El hentai es pornografía, qué carajo, ¿no? Eso creemos. Y el sexo en su expresión más evidente persiste todavía en ser un tabú de cierta intensidad. En las sociedades donde la religión tiene todavía peso y/o existe algún tipo de represión psicológica, la sexualidad humana se continúa juzgando como algo que camuflar, incluso pecaminoso. Es un residuo de importante presencia, y que además está nutrido del patriarcado, el cual para medrar y ejercer su dominio debe someter y controlar la sexualidad femenina. Pero estoy hablando de la perspectiva occidental, claro.

En Japón el sexo jamás poseyó las connotaciones impuras u obscenas que el judeocristianismo inoculó en Europa o América. La moral sexual japonesa se apoya en el shintô, donde sus deidades o kami, mediante sus cópulas, representan la vida y fertilidad de la Naturaleza. De hecho, según su mitología, las islas japonesas fueron producto de las relaciones sexuales entre Izanagi e Izanami. Los símbolos fálicos, representaciones de los genitales femeninos o parejas de dioses abrazándose, son amuletos protectores contra la contaminación. Por tanto, el sexo era considerado algo natural, libre por completo de vergüenza o culpa y fuente de placer. La bisexualidad y homosexualidad (nanshokuwakashudô) tampoco eran un problema, que resultaban algo común entre cortesanos, monjes o samuráis. Eso fue así hasta la Era Meiji (1868-1912). A partir de entonces, en su afán por modernizarse y superar a las potencias occidentales, adoptaron muchos de sus valores. Entre ellos, poco a poco, fueron asimilando esa percepción del sexo distorsionada por la religión cristiana, mojigata y represiva. La ocupación estadounidense tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial, acabó de asentar esa nueva ética sexual puritana. Un ejemplo sería la prohibición de la prostitución (Baishun bôshi hô), una actividad hasta entonces controlada por las autoridades, ejercida profesionalmente en sus propios barrios y tolerada socialmente.

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Detalle de “Pasión durante las nieves de primavera” (1822) de Keisai Eisen

Pero no hay ley sin trampa. Aprovechando vacíos legales y estirando su interpretación, se puede afirmar que las miríadas de máscaras que el lenocinio utiliza en Cipango, gozan de una excelentísima salud. En realidad toda la industria del sexo en Japón se encuentra en plena forma y es una maquinaria formidable de hacer dinero a tutiplén. Tal como está estructurada la sociedad japonesa en la actualidad, y sus características a medio camino entre su propia cortés austeridad y la gazmoñería occidental, se puede garantizar con total certeza una lozanía sin igual para el negocio durante muuuuuchos años. La pornografía tiene un papel esencial, por supuesto, y dentro de ella ciertos géneros del manganime también. Existe un grado de especialización extraordinario, donde tiene cabida toda clase de depravaciones y excentricidades varias. Y son a estas anormalidades a las que llaman en Japón hentai, no a otra cosa. Todo otaco que se precie sabe perfectamente que esta palabra significa pervertido sexual; y aunque en los shôjos/shônen levantar las faldas a una chica suele premiarse con el grito de KYAAAA!!! HENTAI!!!, se trata de algo mucho más serio.

El hentai es un subgénero del ero, que engloba a otros como el también celebérrimo ecchi. Todos van dirigidos en exclusiva a un público adulto (jû hachi kin). Pero en Occidente hemos acabado etiquetando como hentai a todo manga o anime que posea contenidos sexuales más o menos explícitos. Sin hacer muchas distinciones. Incluso hasta no hace tanto, el animanga era sinónimo de hentai entre los no aficionados. Pero en Japón, como podemos ver, es diferente. Es un concepto que ha ido evolucionando con el tiempo, dirigido en exclusiva al público masculino heterosexual y que se refiere, sobre todo, a parafilias y otras anomalías. No tiene implicaciones negativas por obligación, aunque alguna de estas desviaciones pueda considerarse aberrante. Los 13 géneros principales que conforman el hentai son: futanari (hermafroditas, transexuales), BDSM, furry, shokushu gôkan (tentáculos), guro, incesto, lolicon, shotakon, yuri, yaoi, embarazadas, harem y bakunyû (pechos gigantes).

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Lindos pececillos de artista anónimo

Una vez aclaradas algunas cosicas y puestos en situación, deberíamos preguntarnos: ¿de dónde y cómo surgió el hentai? No hay mucho escrito al respecto, quizás porque la gran parte de sus consumidores son pajilleros a los que solo les interesa quemar los contenidos sin más; y porque grosso modo no se le da mayor trascendencia a un género que no suele brillar por la inteligencia de sus guiones ni la complejidad de sus personajes. Aunque existan excepciones. Yo misma tampoco soy precisamente fan de él. Con sinceridad, clásicos como La Blue Girl (1992) o Urotsukidôji (1987) del gran maestro Toshio Maeda, nunca logré finalizarlos porque me aburrían cosa mala. No soy ninguna entendida tampoco ya que me sucede como con el spokon: acción narcótica superlumínica. Y en la actualidad que el asunto se encuentre infestado de informática cutre, tetas ciclópeas y mozas lobotomizadas, pues no me estimula demasiado para aventurarme en sus terrenos. ¿Por qué escribo sobre él? Pues porque me da penilla que, a pesar de ser el género más popular con enorme diferencia, resulte curiosamente algo así como invisible. Y por lo menos una vez debe aparecer en SOnC. También es verdad que una de las entradas más visitadas en esta bitácora es la dedicada a Kanashimi no Belladonna (1973), cosa que me ha sorprendido bastante. Y aunque no se trata propiamente de hentai, me dio la idea para el artículo. Y aquí estamos, oyes.

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“El sueño de la mujer del pescador” (1814) de Hokusai. La madre de todos los corderos.

¡Al grano, concentración! ¿De dónde y cómo surgió el hentai, decíamos? Como imaginaréis, toda raíz del manga y el anime hay que buscarla en el ukiyo-e, y en este caso particular en el shunga (“imágenes de primavera” o sea, de folleteo). El shunga podríamos decir que es el ukiyo-e erótico, con una gran variedad de intensidades, que iban desde lo insinuante a lo directamente pornográfico. Su origen, como tantas cosas en las islas, fue de inspiración china. Los manuales médicos que llegaron del continente durante la Era Heian (794-1185) y las obras de pintores como Zhou Fang, influyeron en su desarrollo y estilo, donde los genitales solían aparecer con formas y tamaños grotescos.

Comenzó siendo una manera de expresar los escándalos sexuales de cortesanos y monjes en los makimono, pero con la llegada de la imprenta y el progreso en las técnicas de impresión y xilografía, se hizo muy popular en el Periodo Edo, sobre todo en sus últimas décadas. Pasó de ser un elemento decorativo para las clases altas, a formar parte de esa idealización de la vida urbana que fue el mundo flotante. Como el propio ukiyo-e, resultó una democratización absoluta del arte erótico; brotaba tanto en los palacios de la nobleza como en las casas de los chônin o burgueses. Lo consumían mujeres y hombres por igual, y sus temáticas iban muchísimo más allá del amor heterosexual. La gran mayoría de los autores importantes como Hokusai, Utamaro o Hiroshige dibujaron shunga, porque constituía una fuente de ingresos caudalosa y estable.

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“Mujer y gato” (1794) de Utamaro

Pero por entonces la palabra hentai no tenía la noción que posee en la actualidad. Su significado era algo así como “metamorfosis, transformación”. Fue con la apertura de la Era Meiji y la llegada del pensamiento occidental, cuando hentai comenzó a adquirir su implicación sexual. El recién nacido campo de la psicología experimental con Wilhelm Wundt, que utilizaba el método científico, no fue ignorado en Japón; pero sobre todo la obra del psiquiatra Kraftt-Ebing, Psychopathia Sexualis (1886), fue la que terminó de vincular la palabra con comportamientos sexuales fuera de “lo normal”. Hentai seiyoku era (y es) el deseo sexual perverso según Kraftt-Ebing o Freud, que del ámbito académico especializado pasó al de la calle con gran éxito. Se escribía y deliberaba en periódicos y revistas más sobre el hentai que de la sexualidad “normal”. El ero guro nansensu o erotismo grotesco absurdo, durante los años 20-30, fue tremendamente popular, casi se podría decir que el país vivió en el periodo de entreguerras una especie de desinhibición similar a la alemana de Weimar. Y el heredero directo de ese movimiento sensual y degenerado es mi queridísimo Suehiro Maruo.

Sin embargo, en los años 30 la situación mundial se alteró por completo. En las islas no ocurrió de forma distinta, y la ola de ultranacionalismo y totalitarismo de la naciente Era Shôwa endureció la censura muchísimo. Entre otras cosas. No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que la sexualidad en Japón no retomó un espíritu más atrevido, sobre todo con la difusión de las publicaciones kasutori, de tipo pulp. Las kasutori recogieron el legado del hentai y lo elevaron a cumbres de imaginación y popularidad hasta entonces inéditas. En los años 60 se fue centrando cada vez más en un público masculino heterosexual, y así hasta hoy, cuyo target continúa siendo casi en exclusiva los cromosomas XY.

De todas formas, si os interesa el tema de la sexualidad japonesa durante el s. XX, os recomiendo los trabajos del profesor Mark McLelland de la Universidad Wollongong en Australia. Tiene artículos la mar de interesantes al respecto, muy recomendables.

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A Takato Yamamoto también le gusta el “ero guro nansensu” de la Era Taishô

¿Y cuál fue el primer anime pornográfico de la historia? Pues hasta donde sabemos, ese honor lo ostenta Suzumi-bune (1932) de Hakuzan Kimura. Tampoco podemos decir mucho sobre él, porque a pesar de que estaba planeado que consistiera en dos partes, la primera fue confiscada y no llegó a estrenarse nunca. La segunda ni se llegó a realizar. Ya en el s. XXI, la policía tokiota donó la obra al Museo Nacional de Arte Moderno, revelando que su duración es de 10 minutos. Quizás más adelante su contenido pueda hacerse público, quién sabe. A mí me gustaría verlo.

El primer anime estrictamente hentai es la película Yasuji no Pornorama: Yacchimae!! (1971), aunque hay quienes opinan que en realidad son las seis OVAs de Lolita Anime (1984). Como no he visto la primera, me veo incapaz de aseverarlo; aunque no me importaría nada echarle un vistazo. Soy una glotona en lo que se refiere a bizarradas… no obstante tampoco niego que suelo indigestarme a menudo. Que la cantidad de hentai que se ha realizado y se produce es monumental lo sabemos todos. Y su calidad dudosa (eso siendo liberal). Es muy complicado, incluso para el connoisseur, hacer un top ten objetivo y coherente, así que imaginad cómo lo puede llevar servidora: terrible. JUAJUAJUA. Además, como ya he indicado al principio, no soy fan. Me aburro, y suele irritarme esa forma tan lamentable de presentar a la mujer como si fuera un animalillo acéfalo. Si ya me pone de mala hostia en otros géneros, en el hentai es como la apoteosis sideral de Galactus en pleno arrebato de bulimia cósmico. Así que las cinco recomendaciones que voy a hacer, para redondear una miqueta más la entrada, no son estrictamente hentai, sino que he preferido recurrir a su concepción occidental, que aunque no es la correcta, sí resulta bastante más amplia. Algunas obras son más explícitas que otras, pero todas ellas me parecen dignas de un visionado. Son pedazos de historia de la animación japonesa, nos guste o no. Here we go.


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Senya Ichiya Monogatari (1969) se puede considerar el primer largometraje animado dedicado al erotismo de la historia de Japón. La carga sexual es importante, y es algo que me entusiasma porque respeta el espíritu de la obra literaria en la que está basado, Las mil y una Noches, que es bastante verde. Quizá no es la faceta más conocida de esta compilación de relatos, donde siempre se ha hecho hincapié en ese maravilloso exotismo de los parajes que describe o las aventuras, la fantasía y la magia que hay presentes. Para los que no lo sepáis, Alf layla wa-layla tiene pasajes que son simple pornografía, en la universidad me tocó traducir fragmentos subiditos de tono muy tremebundos. Por eso me parece genial que Tezuka quisiera esta vez aprovechar su dimensión sexual, y hacer una adaptación más fiel en esencia a los cuentos originales que las que se habían realizado hasta entonces. Incluido su Sinbad (1962). Y es que estos clásicos de Oriente Próximo se han trabajado en el medio audiovisual desde muy temprano, tanto en cine como animación, pero casi siempre obviando su vertiente carnal. En Senya Ichiya Monogatari sin embargo tenemos fantasía, tenemos aventuras, tenemos exotismo y tenemos también concupiscencia.

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Este film de dos horas y diez minutos de duración fue el primer proyecto que salió a la luz del grandioso Animerama de Osamu Tezuka, dedicado al público adulto. Una aspiración esa, la del formato cinematográfico y la de las audiencias maduras, pionera en el mundo. No es broma. Fueron tres películas en total antes de que la productora, Mushi Pro, se fuera al garete, y he incluido las tres en este listado. No podía ser de otra forma. El trío de ases fue dirigido por Eiichi Yamamoto, y ha pasado a la historia como tres de las animaciones eróticas más hermosas y extrañas que existen. No me voy a adelantar, pero la que se lleva la palma no obstante en belleza y extravagancia es La belladona de la tristeza, en la que Tezuka, por cierto, no intervino en ningún aspecto. En ese momento ya había ahuecado el ala y Mushi Pro agonizaba.

Pero regresemos a Senya Ichiya Monogatari. Esta película nos cuenta la llegada a Bagdad de Aladino, que se parece sospechosamente a Jean-Paul Belmondo. Él no es más que un pobre aguador, pero posee un carácter optimista y osado que le hace sobrellevar su dura vida con satisfacción. Y allí, en la gran urbe, se enamora de la esclava Miriam, a la que rapta. Su amo, un jovencito malcriado que es el hijo del Jefe de Policía de Bagdad, no se da por vencido tras perder a su bella presa, y decide utilizar su influencia para recuperarla. Pero mientras, Aladino y Miriam se han refugiado durante su huida en un misterioso palacio, del cual por la mañana no pueden salir. Su dueño, Suleimán, el cortesano favorito del sultán y famoso por sus rarezas, los ha encerrado entre sus paredes para que le diviertan. Y la historia no queda solo ahí, sino que se complica cada vez más y más. Muerte, traición, venganza, amor… hay absolutamente de todo. Un bonito culebrón.

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La trama no puede ser más tradicional, pero no faltan ni la emoción ni las sorpresas. Tiene ese remate caricaturesco propio de Tezuka, que aunque en los mangas se tolera sin problemas, en película no aguanta el paso del tiempo muy bien. Los malos son muy malos, y los buenos son bastante grises, gracias a Luzbel. Eso sí, el peso sexual recae completamente sobre los papeles femeninos, como es de esperar… aunque no estoy aquí para hacer una revisión posmoderna feminista de estas obras. No procede, otro día quizá. Senya Ichiya Monogatari utiliza recursos propios del cine, es una obra de tintes experimentales donde se puede encontrar animación tradicional, imágenes estáticas, maquetas (esas panorámicas de Bagdad son mágicas), pantallas partidas, 3D, etc. y todo eso unido a un estilo psicodélico de vivos colores que fluye y se retuerce como una serpiente de agua. La música se encuentra en manos inmejorables: Isao Tomita, que compone piezas de frenético funky-yeyé, muy de la época, e incorpora fragmentos del Scheherezade (1888) de Rimsky-Korsakov también.

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Cleopatra es la película que menos me gusta del Animerama. La considero la más endeble e infantil de las tres, aunque posee su interés aparte del meramente histórico. La triunfada que supuso Senya Ichiya Monogatari, impulsó a Tezuka a arriesgarse muy a fondo en lo que le gustaba hacer: experimentos. Todavía no tengo muy claro qué demonios pretendía Manga no kamisama con este film, creo que ni él mismo lo sabía. Solo que el éxito del año anterior lo acicateó para jugar como un niño impetuoso con arcilla y plastilina… y le salió un engendro. Pero, ¡ay, amiguitos!, un aborto de Tezuka es un bebé sano y hermoso para cualquier otro creador, y Cleopatra tiene sus méritos. Aunque supusiese el descalabro económico definitivo de Mushi Pro y el abandono de la nave por parte del capitán.

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Aquí Tezuka se pregunta qué está haciendo con su vida. Y suspira. Ay.

¿Por qué fue un fiasco comercial? Me considero incapaz de llegar a alguna conclusión porque me faltan datos, pero quizá tuviera que ver con que se trataba de un film mucho más explícito que Senya Ichiya Monogatari (fue calificado directamente como X) y que era (es) raro de cojones. Yo no le tengo miedo a las excentricidades, las amo de hecho; pero comprendo que no todos somos iguales. A pesar de que Tezuka prefería el campo de la experimentación y la creatividad sin cortapisas, su público no. Su público esperaba otra cosa, no un trabajo de patchwork visual de casi dos horas. Porque aparece de todo en Cleopatra: imagen real, collage, ciencia-ficción (el inicio parece Star Trek), fantasía, mezcla de estilos en el dibujo, anacronismos a mansalva (¡sale Astroboy, viva!), paréntesis argumentales que fracturan el ritmo, homenajes a Botticelli, Degas, Delacroix, Modigliani, Picasso… qué sé yo. Un esfuerzo valioso por presentar un producto vanguardista y rompedor en sus formas, pero con un contenido más pobre de lo acostumbrado en Tezuka. No aporta nada nuevo al personaje de Cleopatra, por ejemplo, que es presentada como la clásica seductora que mediante sus artes sexuales domina a los hombres; Julio César directamente es un gañanuzo déspota con el cerebro en el glande, y Marco Antonio es evidente que sufre algún tipo de retraso. Tragicomedia caricaturesca marca Tezuka a todo gas. Por cierto, el apartado musical, otra vez bajo la tutela de Isao Tomita, EXCELENTE.

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Exacto, Julio César es VERDE. Todo bien.

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No tengo mucho más que añadir sobre Kanashimi no Belladonna a lo que escribí hace unos meses aquí, salvo que ha sido restaurada y publicada en Blu-ray este verano. Cuando hice la reseña todavía no se sabía nada de una reedición, por lo que la noticia después me alegró muchísimo. La película lo merece. Es mi favorita del Animerama y sin duda mi preferida también de las que hoy expongo. Si no la conocéis o no la habéis visto, no comprendo a qué estáis esperando. Es una verdadera obra de arte, aunque no para todos los paladares, desde luego.

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Casi 20 años después, Eiichi Yamamoto decidió vincularse a otro largometraje de tipo erótico: Kôshoku Ichidai OtokoEsta película es una joya. Todo en ella es fascinante, el arte, tan ukiyo-e y delicado, la historia, los personajes… Sin duda tras Kanashimi no Belladonna es la que más me gusta de las cinco. No me explico cómo no es más popular ni tampoco entiendo la razón de que haya pasado tan desapercibida. Es probable que mi entusiasmo se deba a que conozco la obra literaria, de la que es una adaptación bastante libre: Hombre lascivo y sin linaje (1682) de Ihara Saikaku. Fue una novela que me gustó mucho cuando la leí. Creo que merece su propia entrada, así que no me alargaré demasiado.

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Hombre lascivo y sin linaje fue escrita en ese momento del Periodo Tokugawa donde la clase burguesa estaba medrando y haciéndose dueña de la vida urbana en Edo y Osaka. A su nueva sensibilidad hedonista del mundo flotante iba dirigida, y a ella representaba; el autor lo hizo además parodiando una de las grandes obras de la nobleza cortesana: Genji Monogatari (s. XI) de Murasaki Shikibu. Podríamos decir que es como una especie de novela shunga (si lee esto alguien especializado en literatura japonesa querrá ahorcarme), y cuenta la vida y desventuras de un hombre, hijo bastardo de un rico chônin, que a pesar de tener en su mano la posibilidad de ser un hombre rico, lo tira todo por la borda porque le gustan demasiado las mujeres. Yonosuke es un seductor, un Príapo sin remedio al servicio del placer.

La película no se centra tanto en Yonosuke sino que divide el argumento en dos historias paralelas, describiendo las experiencias de un par de hombres muy distintos con una hermosa e inaccesible geisha llamada Komurasaki. Uno es un donjuán, otro un pardillo poco atractivo; uno es experimentado y hábil, otro torpe e ignorante. No es el argumento más original del universo, pero la enorme belleza estética del film suple con creces esa carencia, haciendo de su desarrollo una travesía hipnótica. Y como escribía hace unas líneas, no voy a extenderme más porque Hombre lascivo y sin linaje tendrá su entrada individual en breves.

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Podría haber seleccionado Mezzo Forte (2001) también de Yasuomi Umetsu, pero A Kite (1998) me gustó mucho más. Son dos OVAs de hentai sin sutilezas. Hentai en su noción pura japonesa de “sexo pervertido”. Y de calidad, tanto en la animación como en el argumento. No es un anime precisamente largo, por lo que se echan de menos ciertas cosas: unas relaciones entre los personajes más definidas, unos perfiles psicológicos más hondos y una historia un poco más compleja. A pesar de sus defectos, como unas escenas de acción muy requetebién ejecutadas…. pero inverosímiles a ratos también (pero muchomucho), se ha sabido sacar partido a una base simple de manera eficaz y brillante, dosificando la información y con unas vueltas de tuerca formidables. Y ese final con los gatitos… muy bueno. A kite no gira en torno al sexo, su argumento no está al servicio de las escenas pornográficas; el sexo que aparece, que tampoco es tan abundante, es una acción más de las tantas que se suceden en las OVAs. No sobran y tienen su sentido, pero no acaparan protagonismo.

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Sawa es una adolescente cuya familia fue asesinada delante de sus propios ojos. Sola en el mundo, únicamente tiene de amparo a un policía corrupto llamado Akai, que la utiliza en su propio beneficio. Él y su socio Kanie la han entrenado para convertirla en una asesina segura y eficiente. Un día, aparece otro chico llamado Oburi, que también se encuentra bajo el dominio de la pareja, y a Sawa no acaba de hacerle demasiada gracia… Un guion sencillo que va progresando entre secuencias de violencia extrema y sangre, mucha sangre. Aun así, posee una sobriedad elegante que me recuerda a Blood, the last Vampire (2000), pero con bastante más enjundia que esta última (aunque sin tanto dinero detrás). Sawa es la estrella indiscutible, además del personaje mejor delineado y con una evolución fascinante. El resto son bosquejados a la manera impresionista, sin mucha precisión pero con los trazos necesarios para entender lo suficiente sobre ellos.

No son unas OVAs perfectas, pero sí sólidas. Están repletas de simbolismo y pequeños acertijos cuya solución suele ser inesperada, pero completamente lógica. La lástima es que solo sean dos OVAs, porque Kite Liberator, su secuela, no les llega ni a la suela de los zapatos. Es prescindible. A kite es un producto violento y descarnado, que no solo gustará a los seguidores del hentai, sino que tiene todas las papeletas para cautivar a los fans del thriller policíaco. Consejo: huid como de la peste de la adaptación cinematográfica estadounidense que se hizo de esta obra. Es caca. Una caca graaaande.

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Creo que sobra advertir que estos son mis gustos y esta es mi mini-lista. Y como podéis observar, no están ni Bible Black, ni Oni Chichi ni Ai Shimai ni ninguno de los cientos de hentai más que se os puedan ocurrir y opinéis son mejores. No sé si lo recordáis, panda de rufianes, pero este es un blog personal y no un artículo periodístico. No offence. También me doy cuenta de que esta entrada va a producir desagrado en algunos y el adiós en otros, pero qué le vamos a hacer, no se puede gustar a todo el mundo. El sexo y la pornografía son temáticas bastante susceptibles de herir sensibilidades a pesar de los pesares. No ha sido mi intención hacer ningún juicio de valor, y he procurado ser lo más aséptica posible, ya que para mí la sexualidad es solo una faceta más de la naturaleza humana. Ni mejor ni peor que otras, aunque siempre se esté utilizando como herramienta. Y sí, es muy cansino… pero ya nos hemos acostumbrado a esa hipersexualización de la sociedad, aunque ciertos tabúes sigan existiendo, claro.

Y esto ha sido todo por hoy. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales: Gunsmith Cats

¡Y siguen y siguen vuestras sugerencias! Esta vez es Maffia Machiaveli, desde facebook, el que pide que echemos la vista atrás a esos maravillosos años 90 en los que el anime vivió una época dorada, tanto de calidad como popularidad. Eso no quiere decir que más tarde todo lo que se produjera fuese una bosta, pero el tema se desinfló una miaja y, actualmente, ya sabemos cómo está el tema. Hay algún agorero por ahí que proclama el fin de esta industria, profeta de un apocalipsis animesco que encima resulta ser un individuo del gremio bastante bien informado. ¿Sucederá así? Quién sabe, aunque ese ya es otro asunto. La nostalgia nos hace idealizar el pasado, es una sensación muy común que, en la mayoría de las ocasiones, no se basa en una percepción objetiva. ¿Ocurre eso con el anime? Un poco sí. Un poco. Pero lo cierto es que, desde una perspectiva global, los 90 fueron un segundo boom (el primero fue a finales de los 70) a la espera todavía de que surja un tercero (ojalá). De esa era mítica (jojojo) rescatamos Gunsmith Cats (1995-1996). No es de los mejores productos de la época, sino más bien su serie media, y con una clase que ya les gustaría tener a muchos anime contemporáneos situados en esa franja. Eran otros tiempos, desde luego, la filosofía del entretenimiento era más fiel a su concepto. Y más ingenua.

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Las tres nociones básicas de este anime son: coches, armas y mucha acción. Nada nuevo bajo el sol, salvo que en vez de ser tipos duros las estrellas, son mujeres. Dos señoritas que conducen ese legendario Mustang Shelby GT 500 del 67 y regentan una armería, donde además trabajan de cazarrecompensas. Vamos, una típica trama para demografía seinen en la que el protagonismo de la acción y la trama resulta que es femenino. Eso ya no es tan habitual. Y encima no son un par de inútiles. ¡BIEN!

Las tres OVAs que conforman este anime son la adaptación de un manga del mismo nombre creado por Kenichi Sonoda. Un manga que tuvo un gran éxito además a principios de los 90, relacionado con otro anterior megahit comiquero de la misma temática: Riding Bean. Podríamos considerar Gunsmith Cats un spin-off de este (tuvo también su propia OVA, muy recomendable, por cierto); aunque fue en el que hoy nos atañe donde el autor se explayó muchísimo más en su obsesión con las armas de fuego y coches, con unos diseños fotorrealistas flipantes y, por supuesto, desarrolló una historia y personajes con mayor profundidad. Honestamente, la obra interesante aquí en realidad es el tebeo, podría haber escrito un manga vs. anime donde la serie no habría quedado muy bien parada… pero tampoco habría sido del todo justo. ¿Por qué? Porque estas OVAs son muy dignas, solo pecan de un defecto grave, y de ese único defecto proceden los demás. Si decidís verlas y os gustan, no dudéis ni por un momento de que el cómic os entusiasmará.

Haceos un favor y pinchad play en el vídeo. Existen contados con los dedos de mis manos OPs que me gusten. Este es uno de ellos. Hasta la música, compuesta por el batería norteamericano Peter Erskine, me encanta, con ese aire trepidante medio frívolo de serie televisiva norteamericana que recuerda tanto al jazz horterilla de los 80. La influencia que tuvo luego en Cowboy Bebop es meridiana, que es uno de mis openings favoritos de todos los tiempos, el cual también optó musicalmente por el jazz, pero con una vertiente más africana y latina: el mambo. Dios bendiga a Yoko Kanno, btw.

Efectivamente, estas OVAs tienen mucho de estadounidense. No hay nada nipón en ellas, salvo ese minúsculo detalle de que están realizadas en Japón por japoneses, claro. Apesta a yankee, y esa era la intención tanto de Kenichi Sonoda como de los creativos del anime. Se trasladaron incluso a Chicago en varias ocasiones para recrear luego localizaciones y ambientes con fidelidad. Y vaya si lo hicieron, con cuidado y verdadero cariño. Tiene mucho de The Blues Brothers (1980) de Landis en su ritmo y locura argumental; se trata de una historia policíaca con toques de comedia, intriga y acción.

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Los títulos de las OVAs son: Neutral Zone (1995), Swing High! (1996) y High Speed Edge (1996). Son más o menos autoconclusivas, pero la trama de fondo las enlaza en un crescendo la mar de emocionante.

Irene Rally Vincent y May Minnie Hopkins son dos jóvenes que administran una armería, donde venden y reparan todo tipo de pistolas, revólveres, etc. En realidad la especialista es Rally, ya que a Minnie, que trabaja como su ayudante, le van más los explosivos, con los que es muy diestra. Ambas forman una pareja peculiar y contrapuesta: Vincent es sarcástica, inteligente, audaz y toda una profesional; Hopkins es infantil, atolondrada… representa el estereotipo de rubia tonta, aunque de lo suyo sabe un rato. Un poquillo como el tándem de Jane Russell y Marilyn Monroe en Gentlemen prefer blondes (1953), pero con la diferencia de que estas dos zagalas no buscan ni marido ni son bailarinas, sino cazarrecompensas. Y esa labor es aprovechada por el socarrón de Bill Collins, agente de la ATF, que las chantajea para que le ayuden gratuita y extraoficialmente en un caso de contrabando de armas. Este caso va complicándose cada vez más, alcanzando altas esferas políticas de la ciudad, e involucrando a una ex-mercenaria de la KGB, que se convertirá en la antagonista principal de las OVAs.

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Un argumento clasicote del género con persecuciones, tiroteos, huidas espectaculares, explosiones y topos incluidos. Tampoco falta el personaje geek, la pelirroja Becky. ¿Previsible? Sí, pero muy ameno con ese candor tan maravilloso que obliga a admirar la alegría con que se tomaban las cosas antes. No hacía falta hacer un anime especialmente sesudo o profundo para realizar un buen trabajo, Gunsmith Cats es simple esparcimiento, sin más pretensiones. Pero no todo iba a ser estupendo, esta obra posee una tara importante: es corta. Solo 3 OVAs no son suficientes para hacer prosperar un mundo como ese. Se quedan muy, muy pequeñas, para ser un producto perfecto debería haber sido una serie en toda regla con sus buenos 26 episodios. O 12, por lo menos. Esta cortedad revela otras carencias, como unos personajes más abocetados que dibujados o un argumento algo superficial y acelerado. Si se compara con el tebeo ya es el acabose.

Gunsmith Cats es una perfecta introducción al manga. Por sí mismo no deja de ser una obra divertida y de calidad, pero permanece como una especie de amago. Deja con ganas de más, y eso jode. De hecho, a mí personalmente me da mucha pena que no progresara más, porque el potencial era excelente para hacer una serie muy original y entretenida. Los senderos de la industria del anime son inescrutables. Tremenda lástima.

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Aun con todo, el apartado técnico es magnífico. Takeshi Mori hizo un trabajo intachable, y por el equipo también rondaba Mahiro Maeda (¡genio y figura!) de animador primario. Aunque no llega al nivel de prolijidad maníaca de Kenichi Sonoda en los pormenores de armas y coches, es un auténtico regalo para la vista. Las escenas de acción son de una fluidez impecable; el dibujo, aunque tiene un leve aire moe en los diseños femeninos, es rotundo y minucioso. Los fondos, sobre todo los que se ambientan en exteriores, son un reflejo de Chicago muy fiel y los que amamos la ciudad lo sabemos apreciar. Gunsmith Cats tiene todas las virtudes de la entrañable animación noventera y ninguno de sus defectos. Como diría Ed Wood: PERFECT.

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Rally, Minnie y Becky

Gunsmith Cats son unas OVAs muy masculinas ellas, con todos los símbolos fálicos que así lo acreditan… pero controlados por unas mujeres bastante competentes. Hasta el inevitable fanservice es elegante y llevadero, para nada forzado. Y es un verdadero alivio que no haga acto de presencia el romance, que no se les vincule sentimentalmente a nadie. Por cierto, Rally, la protagonista, me encanta. Una profesional en su trabajo y como persona, muy normal. Una Ripley de la vida, con sus cosas buenas y cosas malas, pero que no se deja amilanar. Minnie puede ser el personaje que menos me convence de todos, no llevo muy bien el temita de las pavisosas, pero sabe redimirse. Imagino que el papel de idiota lo tenía que hacer alguien.

¿Recomiendo Gunsmith Cats? Por supuesto que sí. A pesar de que podría haber sido grande y no lo fue, merece que se la recuerde de vez en cuando. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El pájaro enamorado que vomita sangre

¿Alguna vez habéis acometido la abnegada empresa de leer un libro que a priori sabéis mediocre? Voluntariamente. Imagino que sí. Yo, personalmente, muchas veces. Y no es una pérdida de tiempo si el tema interesa y se sabe lo que buscar entre sus páginas, claro. No tiene por qué ser obligatorio siempre ver, leer o escuchar obras maravillosas, estupendas y portentosas. La medianía también tiene su importancia, aunque no lo parezca. Sin ella, por ejemplo, no podríamos distinguir lo excelente. No nos engañemos, la mayoría de los humanos nos movemos entre los amplísimos márgenes de lo gris, genialidades hay muy poquitas. Y este es el caso del libro que voy a tratar hoy. No es que afirme yo únicamente que sea una obra regular (que no mala), sino su propio autor el que la consideraba así.

Esta entrada está dedicada a una obra literaria normalita de un escritor cuya pericia también era del montón. Pero con abundantes cosas que aprender sobre la sociedad japonesa de la era Meiji. Bueno, y que con el transcurrir del tiempo la novela también ha ganado mucho en refinamiento kitsch. Ah, que qué libro es. Pues Namiko (1899) de Tokutomi Roka (también conocido como Kenjirô Tokutomi).

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“Cuco chico y arcoíris” circa 1820 de Hokusai

Hace un par de años Satori publicó la obra, traducida esta vez directamente del japonés, en una cuidada edición prologada por el gran Carlos Rubio. Es una novela que se lee enseguida, y está escrita con sencillez poética. Se trata de la historia de una joven llamada Namiko en la era Meiji. Ella pertenece a una familia importante de samuráis, que tras el edicto Hatôrei, el gobierno compensó su pérdida de privilegios brindándoles otros, como títulos nobiliarios. Ella es una aristócrata, y en este rango social Tokutomi Roka se va a centrar.

Namiko ha tenido una infancia triste, pues su madre murió y su padre le asignó una madrastra insensible, educada además a la manera occidental. Por eso su enlace con Takeo es una bendición acompañada de amor verdadero y cierta liberación. Ambos se aman sinceramente, pero eso no es suficiente para que las cosas vayan bien. La madre de Takeo y viuda, Kei Kawashima, no se lo va a poner nada fácil a pesar de los esfuerzos de Namiko por complacerla. El odio, celos y maltrato a los que somete a nuestra protagonista llegan a su cúspide cuando Namiko enferma de tuberculosis. Esta pérfida mujer, con la ayuda del enamorado despechado Chijiwa y aprovechando la ausencia por la Primera guerra sino-japonesa (1894-1895) de Takeo, repudiará a Namiko, divorciándola de su hijo. La tisis en esa época era una auténtica epidemia casi siempre mortal, por lo que Kei deduce que Namiko no será capaz de engendrar un heredero para los Kawashima. Pero hay mucho más, desde luego. Para esta mujer la enfermedad tiene un poso kármico. Algo defectuoso tiene que haber en la joven para que haya enfermado… y eso la descendencia lo puede recibir también. La enfermedad, esa plaga del s. XIX que fue la tuberculosis, no la observa con compasión, sino como un mal pavoroso que la propia convaleciente, de alguna forma, se ha buscado. Y hay que apartarla, por supuesto.

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El príncipe Ôyama Iwao y su familia, en 1904. La historia de Namiko está inspirada en su hija, Nobuko, y Yatarô, hijo del vizconde Mishima Michitsune.

Namiko tuvo una cantidad de ventas inaudita cuando se publicó, que en primer lugar apareció por entregas en el periódico Kokumin Shinbun. Se tradujo a numerosos idiomas, incluido el español, por lo que se convirtió en una de las primeras obras literarias de éxito fuera de las fronteras de Japón. El título original es en realidad Hototogisu, que significa cuco. Un tipo de cuco autóctono de Asia y África en concreto, al que se llama cuco chico. Esta avecilla tiene mucha tradición simbólica en Japón en el campo del arte. Es uno de los pájaros predilectos de Murasaki Shikibu, hace aparición en el Hyakunin Ishuu, es protagonista de senryû donde se exhiben personajes tan ilustres como Nobunaga, Hideyoshi o Tokugawa; y se le ha pintado muchísimo, casi siempre en caída o vuelo bajo. El simbolismo del hototogisu no es único, pero está relacionado con la llegada del verano y la melancolía, el amor trágico, la proximidad de una muerte repentina, el luto. También se dice que solo gorjean cuando el sol ya se ha puesto, y que si se ven privados de su pareja, cantarán hasta vomitar sangre y morir. 

Namiko es nuestro hototogisu, separada de su marido, enferma de tuberculosis, mártir de un amor desdichado y protagonista de un melodrama clásico. El melodrama no es de por sí un género malo, aunque algunas personas lo identifiquen directamente con baja calidad (no sé por qué, pero sucede). El Conde de Montecristo es un melodrama épico, o Madame Bovary, y nadie en su sano juicio duda de que sean obras maestras de la literatura. En el campo del anime, me viene a la cabeza mi serie favorita de lo que llevamos de año 2016: Shôwa Genroku Rakugo Shinjû, un melodrama de la cabeza a los pies. Eso sí, un melodrama cutre es de las cosas más insoportables y penosas con las que uno se puede topar. ¿Es el caso de Namiko? Bien, Namiko no es la mejor novela del mundo. Tampoco la peor. Pero los que seáis muy puntillosos, la encontraréis aparatosa y muy polarizada.

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Tokutomi Roka en 1922, cuando contaba 55 años

Aunque es una característica particular del melodrama la que hace muy interesante Namiko. No es la historia en sí o la caracterización de los personajes, sino la ambientación. En el melodrama es muy importante el marco histórico, es esencial reproducirlo con realismo; las estructuras y dinámicas sociales deben ser representadas fielmente. Y eso Tokutomi Roka lo hizo de una manera impecable. El argumento además está basado en hechos reales y, por lo que se va deduciendo conforme avanza la lectura, no eran lances extraños en la época. Lo que sí hace Roka es acomodarlo al lenguaje literario y envolverlo de las propiedades del melodrama… pero no con excesiva habilidad. Namiko es una mártir en toda regla, y los villanos que la rodean como Chijiwa, o sobre todo las clásicas dokufu en los papeles de su madrastra y suegra, son realmente malvados. Sin fisuras ni matices, personajes ruines con la profundidad psicológica de un charco.

¡Aaah, no puedo! ¡No puedo más! Esto es demasiado duro… Nunca… jamás volveré a nacer mujer…

Pero realmente quien ha hecho un estudio excelente sobre toda esta temática, ha sido el profesor Ken K. Ito con su An Age of Melodrama: Family, Gender and Social Hierarchy in the Turn-of-the-Century Japanese Novel (2008), que publicó en la Universidad de Stanford. El primer capítulo, “Family and nation in Hototogisu“, está dedicado en exclusiva a Namiko y su representación de la familia y nación japonesas de la época. Muy recomendable.

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Edición chilena de 1905, ilustrada por J. Diéguez, de Namiko

Hay que tener en cuenta que la literatura moderna en Japón en esos momentos estaba comenzando a dar sus primeros pasos. Y no todos los escritores eran portentos como Natsume Sôseki. Tras 250 años de aislamiento, durante los cuales esta disciplina en Japón padeció los males lógicos que provoca la endogamia, los escritores y lectores nipones sufrieron un auténtico tsunami cultural e ideológico que tuvieron que asimilar de manera muy rápida para estar a la altura del resto de las naciones del mundo. La mentalidad, pensamiento y forma de hacer literatura se habían enquistado en el país, y para más inri eran (y siguen siendo a cierto nivel) muy, pero que muy diferentes a Occidente. Por eso los tanteos iniciales para escribir de una manera internacional, donde incluimos este Namiko, eran una mezcolanza entusiasta todavía algo inmadura de un montón de cosas. Ah, pero no por ello menos interesantes, de hecho su valor histórico es indudable. En el caso de Tokutomi Roka, su interés estaba dirigido hacia un autor muy concreto, Lev Tolstói, con el que se carteaba y al que llegó a conocer personalmente en un viaje que realizó a Rusia. De hecho, se le considera el Tolstói japonés, pero soy muy poco amiga de hacer comparaciones de ese tipo, además que el sobrenombre le quedaba un poco grande a Roka. Sin ánimo de ofender su trabajo y memoria, conste.

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Tolstói y su esposa, Sofía Behrs, que era muy aficionada a la fotografía.

Uno de los conceptos extranjeros más complicados de metabolizar por Japón fue el del individualismo, el del yo. Y es el tema de fondo que palpita en Namiko, es un combate entre la sociedad y el individuo; el bien común frente al bien personal. En realidad toda la novela presenta un profundo maniqueísmo en casi todos los asuntos que toca. No hay un término medio, no existen apenas los grises. Todo parece un choque entre dos fuerzas: nuera contra suegra, modernidad frente a tradición, extranjero y autóctono, etc. No en vano, el trasfondo histórico no es otro que una guerra, donde Takeo pasa la mayor parte de la obra.

—¿La gente? ¿La tradición? Pero no tenemos derecho a hacer el mal solo porque otros lo hacen. Una separación debida a una enfermedad es una brutal costumbre del pasado. O peor, si eso es una norma social de hoy en día, no merece la pena vivir en esta sociedad. Hay que cambiar. No estamos obligados a seguir unas normas anticuadas e inhumanas. Además, usted solo piensa en nuestra familia, pero póngase también en el lugar de la familia Kataoka. ¿Cómo se sentirá cuando su hija les sea devuelta al poco tiempo de haberse casado por el simple motivo de que se ha puesto enferma, después de todo lo que había hecho para conseguir su felicidad? Y la mismísima Nami, ¿con qué cara cree usted que puede regresar a su casa paterna? Imagínese que esto hubiera pasado al revés. ¿Qué sentiría usted si se llevan a Nami porque soy tísico? Es lo mismo.

—No, hijo, es muy diferente. La mujer es inferior al hombre.

Pero volviendo al tema de ese profundo sentido del colectivo japonés, Tokutomi Roka escribe ante todo sobre el sentido del deber hacia la sociedad (colectivo) y el amor romántico monógamo (individualismo). La oposición entre dos tipos de familia, el ie, legitimado por la tradición y éticas confucianas y budistas; y el katei, de raíces occidentales y cristianas (Tokutomi, como muchos rebeldes de su momento, se convirtió al cristianismo). El ie está jerarquizado en extremo, todo el mundo tiene su lugar; es un sistema patriarcal vasto (similar al mayorazgo medieval castellano) y en el cual las licencias para que perdure la estirpe son también amplias. La mujer solo funciona como elemento procreador, es reemplazable, y la recién casada se encuentra en los escalafones más bajos. Como célula básica de la antigua sociedad japonesa, esta clase de estructura continuaba muy arraigada y ejercía una enorme presión sobre todo el mundo. Casi nadie se atrevía a desafiarlo, de ahí que, tanto Takeo como Namiko, finalmente consintieran sus exigencias. En la actualidad todavía existe cierta tensión entre lo tradicional y lo moderno, lo japonés y lo extranjero; cualquiera que consuma manganime con un poquito de cabeza, seguro que es consciente de ello.

Tokutomi Roka hace una crítica severa a este sistema, denuncia el desamparo e injusticia que sufren las mujeres en él, y hace una apología de la dignidad del individuo y la libertad social. Casi nada para ser el año 1899. Porque la conmoción que supuso en Japón Namiko fue inmensa, sobre todo entre los más jóvenes, que ya se iban empapando de esa nueva conciencia del yo. Aunque no posee un espíritu adulador hacia Occidente, porque sus pullitas también las echó.

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Familia samurái en 1865

Namiko es una novela interesante por lo que refleja más que por lo que cuenta y cómo lo cuenta. El argumento es previsible, los personajes chatos y sin matices, algunos bastante desaprovechados; y la tragedia continua que vive la protagonista, sacrificada y bondadosa, hiede a drama ramplón. Tiene también un tufillo a moralina que puede hacerse molesto, y Tokutomi Roka a veces tiene el cursi subido que da gusto. ¿La recomiendo? Sin duda, no os va a provocar una embolia ni tampoco destruirá vuestras neuronas. Sus méritos no son literarios, sino informativos. Ya solo por eso merece la pena leerla.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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No, no tengo escáner

Este 25 de agosto el blog cumple dos añetes. No pensaba que el experimento fuese a durar tanto, la verdad. En realidad ni de coña. Tampoco sabía qué hacer para el día de hoy, así que he prestado atención a una voz insensata que me ha dicho: “¿ Y por qué no dibujas algo? Escribes sobre mangas, ¿no?”. A falta de más ideas, he pillado los pilot que hay rulando por casa, un edding apestoso de los que intoxican cosa rica, y esto ha sido el resultado. No me lo tengáis muy en cuenta, que está realizado con amorrrrrrr.

Pero lo más importante: GRACIAS. Muchas gracias a todos los que aguantáis todavía mis bizarreces. Un abrazo.

Peticiones estivales: Inio Asano

Proseguimos con vuestras sugerencias para el verano, y esta vez toca uno de los autores más interesantes del panorama del manga actual. Además posee un público entregado y numeroso (en el que me incluyo), que sabe apreciar ese carácter suyo tan grunge. Gabriela Ip desde facebook me pedía que escribiera sobre Oyasumi Punpun (2007-2013) o cualquier otra obra de Asano. Como me has dado a elegir, querida Gabriela, he preferido centrar mi atención en algunos one-shots que ha publicado este mozo. No es que Oyasumi Punpun me parezca mal manga, todo lo contrario, de hecho lo amo; pero me he inclinado hacia obras no tan densas y más fáciles de digerir. Es veranito por estos lares y tampoco quiero ponerme muy pesada. Ya tengo de por sí una tendencia desgraciada a meter chapas letárgicas, y no quiero hacerme más aburrida de lo habitual. Creo que estos yomikiri, que tienen también su intríngulis (es Asano, qué carajo), brindarán más dinamismo a la entrada sin necesidad de dormiros.

He seleccionado 6 en total y, aunque son puro Asano todos, los registros son bastante diferentes unos de otros. También la calidad es variable, no obstante ninguno de ellos es una bosta, y merecen una lectura atenta. Tanto si conoces ya la obra del autor como si quieres arrojarte por primera vez a sus precipicios, resultan una buena opción.

Funwari Otoko (2016)

A gentle man o Funwari Otoko es realmente cortito, 14 páginas. Es un manga promocionado por una marca de shôchû llamada Funwariy como impulsor de él, tiene una pequeña presencia en la historia. ¿Es publicidad? Sí, claro, pero Asano lo maneja de forma tan natural que no se percibe como propaganda en sí. El producto en cuestión está bien incrustado en el argumento, no acapara protagonismo ni molesta. Aclarado este primer tema que puede suscitar cierto recelo (antes de leerlo yo también me encontraba algo suspicaz, lo admito), vayamos con el one-shot en cuestión.

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La protagonista es una treintañera típica japonesa y con un carácter algo cínico, que se refugia en el trabajo para olvidarse de todo y llenar el vacío que siente. Vamos, una chica normal de su edad, viviendo sola en la gran ciudad y que ha sufrido unos cuantos desengaños… aunque no los suficientes para que la colme la amargura. Tiene una tendencia muy graciosa, con la que me identifico totalmente, de sobreanalizar las cosas en milésimas de segundo además. Aunque en el caso de la joven, ella confía en sus impulsos y da un paso adelante… y yo me habría hecho los 100 metros lisos en dirección opuesta al sujeto en un tiempo récord. Porque, como deduciréis, el chico de la ilustración está interesado en Nori, que así se llama la moza. O eso parece.

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Como se trata de un yomikiri tan escueto, no puedo contaros mucho más, pero su sencillez no implica una historia imbécil. Asano es un maestro a la hora de plasmar las emociones humanas con habilidad, incluso las más complejas, y lo consigue en esta docena de páginas con originalidad y solvencia. No va a cambiar el rumbo del planeta, pero es un tebeo tierno y que no deja mal sabor de boca. Asano está bastante comedido y el arte es estupendo. Creo que es casi imposible que este hombre dibuje algo mal, no obstante.

Bakemono Recchan (2015)

Bakemono Recchan contiene ciertos guiños a Oyasumi Punpun, pero es un manga bastante distinto. Ambientado en un instituto, cuenta las vivencias de Antô-san, a la que todos llaman cariñosamente Recchan. Ella no es una estudiante más, es una chica con cara de monstruo. Es retraída pero de corazón noble; y en vez de sufrir la habitual marginación con su ulterior acoso escolar, Recchan es como una especie de mascota de la clase. Todo el mundo la adora y ensalza de manera exagerada y sin motivo; hacen de su deformidad un símbolo, como si no existiera incluso. Pero la delegada de su clase, Nakajima-san, ni piensa ni opina igual. ¿Es envidia? ¿Es repugnancia por la actitud gazmoña de los alumnos? Pues, como sucede en la vida, una mezcla de ambas.

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Me ha gustado mucho este manga y cómo Asano juguetea con la corrección política, que en Japón es salvaje, para tachar de hipócrita a todo un instituto. O a una nación. Se mueve entre dilemas morales muy peliagudos, porque trata el tema de la discriminación de forma bastante cruda. Recchan es un bakemono, un monstruo; es algo que no se puede negar, que es lo que sus compañeros no aceptan. Y cuando se comporta como tal, le dan la espalda. Asano nos habla de la importancia de la honestidad, pero que tampoco tendría que estar reñida con la compasión y la tolerancia. Un poco como La Metamorfosis de Kafka, pero al revés. Interesante.

Himawari (2010)

Este one-shot está incluido en el primer art-book publicado por Asano: Ctrl+T 浅野 いにお WORKS. No he tenido la oportunidad de ver ese volumen ni sus contenidos, salvo este relato y otro más, Haruyo Koi, que es un pequeño cuento en el mundo de Solanin.

Himawari o Girasol tiene mucho de Nijigahara Holograph. Esa estructura no-lineal, totalmente dependiente de las emociones del protagonista; el desglose de información errático pero eficiente; la fuerte carga simbólica, que desperdiga sus semillas de forma aparentemente aleatoria (pero no); y una tragedia como desencadenante del cataclismo personal del protagonista. Me gustaría escribir algo más sobre Himawari, pero me temo que tanto por la propia naturaleza del relato como por su extensión, no puedo hacer mucho más. Y creo que hasta me he pasado con lo que ya he puesto.

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Las temáticas que se tocan son, por supuesto, la culpabilidad, el sexo y también la autodestrucción. El aislamiento y la eterna sensación de no encajar, de no ser nunca suficiente. Muy en su línea Asano. Es un manga que, como le sucede a Nijigahara Holograph, hay que leer un par de veces, con la ventaja de que no es tan complicado ni enrevesado como este último. Aunque, achtung meine freunde! según qué traducción leáis, puede resultar un tebeo bastante confuso, que es lo que le faltaba a la historia. Advertidos quedáis.

Kinoko Takenoko (2013)

Es muy evidente la influencia del querido Shigeru Mizuki y su imprescindible Onward towards our noble deaths (1973) en este one-shot. Hace unos meses dije que escribiría una reseña sobre él, y todavía no lo he hecho. Shame on me! Pero lo tengo en mente desde hace tiempo, no lo voy a olvidar tan fácilmente. Regresando a Kinoko Takenoko, como bien deduciréis, se trata de un manga bélico. Pero estamos hablando de Asano, por lo que no será un tebeo al uso del género. Para empezar, la contienda tiene lugar en un lugar impreciso del planeta. Podría ser una guerra entre Japón y China (aunque parecen dos naciones continentales), por ejemplo, pero está claro que Asano plasma muy bien esa égida militarista y totalitaria que exacerba en una población que ya está sufriendo las consecuencias directas del conflicto, un sentimiento de ultranacionalismo cegador. El odio irracional hacia el enemigo, al que no se considera ni humano, el patrioterismo, el orgullo casi racista, la manipulación ideológica… no hace falta ser un historiador especializado en Asia Oriental para ver que Asano se inspiró en su propio país, en el kokka shugi de la era Shôwa, pre-Segunda Guerra Mundial. Tampoco hay que olvidar que actualmente en las islas existen movimientos políticos afines a ese fascismo japonés: los uyoku dantai.

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El argumento tiene de protagonistas a dos adolescentes pacifistas, que observan con estupor cómo la guerra, a través del miedo y el fanatismo, deforma el mundo que los rodea. El chico, armado con su teléfono móvil, quiere dejar registrada para la posteridad la enorme estupidez del ser humano. Es un defensor a ultranza de la vida, incluso llegaría a entregar la suya por salvar otra. Pero la guerra es cruel, y pone a prueba los límites de las convicciones más nobles y arraigadas con suma facilidad.

Inio Chan’s cool Japan (2015)

No sé mucho de este cómic, salvo que Asano lo escribió para la web de Big Comic Spirits. Tampoco cuál era el contexto. Es muy, muy corto, y por eso me gustaría pensar que está concebido para formar parte de una serie de varios yomikiri, donde el autor nos brindaría retazos de su particular visión de Japón. Pero creo que no es así.

Asano da un repaso bastante sarcástico, pero a la vez cariñoso, a ese Japón decadente que se encuentra en las zonas rurales. Es un hecho que se están quedando despobladas, y su pequeña producción industrial, artesanal y agrícola se encuentra agonizando. Todo el mundo quiere vivir en los grandes núcleos urbanos, donde existen más oportunidades de medrar. Y esto es lo que nos muestra el autor, una mini-visita turística a uno de esos pueblos anodinos de pasado floreciente, y que ahora no lo es tanto. Para ello se sirve de la caricatura y el absurdo, donde se mete caña hasta a sí mismo.

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Como ya he comentado, si formara parte de algo más amplio, lo podría encontrar más atrayente. En solitario es divertido, aunque precisa de unas mínimas nociones sobre el país para captar mejor las ironías. Pero poco más. Sería muy interesante que Asano publicara periódicamente más visiones suyas sobre el Japón molón, la verdad, pero me temo que me quedaré con las ganas y este Inio Chan’s cool Japan se quede solo en una anécdota curiosa, pero olvidable.

New Year’s Eve (2012)

Fumar es muy malo, niños y niñas, no lo hagáis nunca.

Tras la advertencia, este New Year’s Eve fue incluido en el recopilatorio Cigarette Anthology (2012-2013), donde también colaboraron gente como Natsume Ono, Fumiko Fumi o Shinichi Sugimura. Son one-shots que comparten el tabaco como nexo común. Este de Inio Asano, honestamente, me ha dejado un poco fría. Quizá es que el tema lolita no lo llevo muy bien, pero aun así creo que está llevado con sutileza y, como no es largo, no chapotea en barrizales. Más bien al contrario.

Durante la reunión familiar de todos los años por Año Nuevo, nuestra protagonista está algo disgustada porque su tío favorito solo puede estar con ellos unas horas. Al día siguiente tiene que volar a Sri Lanka por cuestiones laborales. Secchan además está algo de bajona ante el mundo adulto que hace poco ha abierto sus puertas ante ella: novio formal y responsable, ir a la universidad en Tokio, descubrir que su tío tiene pareja, etc. ¿Qué puede hacer si continúa añorando la infancia? Pues lo que nos cuenta Asano, eso hace.

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Estoy teniendo una racha majeta de publicar entradas, pero no os penséis que soy una especie de fenómeno, tan solo estoy finalizando unos de tantos borradores que tengo a medio escribir. Son todos nuevos, porque los más antiguos me dan un perezón horrible… AY. Pero irán cayendo, claro que sí.

Por cierto, la semana que viene el blog cumple 2 años. ¡Cómo pasa el tiempo! No tengo nada planeado para celebrarlo, como la prota de New Year’s Eve, me encuentro bastante apática. Creo que mientras los pocos lectores que me acompañáis sigáis conmigo, me doy por satisfecha completamente. Y eso ha sido todo por hoy. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Lacónicos: Chispas de Tezuka

Tener una sección dedicada a cortometrajes y no escribir sobre Osamu Tezuka es un auténtico crimen. En la inauguración de este apartado hablé sobre su clásico Jumping (1984), pero su genio y figura merecen más, mucho más. Así que, para abrir el apetito a futuras entradas consagradas a Manga no Kamisama, he seleccionado 5 cortometrajes suyos que nos muestran otra faceta más, quizás no tan conocida. Forman parte de un DVD que fue publicado en España por Divisa hace 10 años, titulado Animación Experimental de Tezuka; y que en 2013 se reeditó en la recopilación Tezuka Pack con otras obras como Don Drácula y Unico, el pequeño unicornio.

El DVD original incluye 13 cortos diferentes, que es una forma estupenda de introducirse en la dimensión más audaz e imaginativa de Tezuka: sus jikken anime. Hay que tener en cuenta que precisamente esta vertiente es la que más apreciaba Manga no Kamisama; y la que más disfrutaba, porque se trata de pura creación, incluso sin las limitaciones de una narrativa. Un formato donde ponerse a prueba. Consideraba que la animación comercial, en la que fue pionero y destacó, era solo una manera de ganar dinero, y su espíritu artístico lo dirigía más bien hacia la experimentación. No creía que en Japón, salvo Yôji Kuri y su grupo, nadie estuviera trabajando de verdad por incluir al país dentro de la vanguardia internacional. Y Tezuka estaba seguro de que la animación de autor era donde realmente podía expresarse la originalidad; y para ello había que empezar a pensar en grande, dirigiendo las obras más allá de las fronteras del país. Esa independencia de la que hizo gala en la mayor parte de su carrera, también era un requisito para lograrlo. Tezuka se tomaba muy en serio sus cortos, ponía en ellos verdadera pasión y ahínco, muchísimo más que en sus trabajos convencionales (los que le daban de comer). Desdeñaba un poco sus proyectos nutricionales, pero gracias a ellos también el mundo del manganime es como lo conocemos actualmente. Y ni tan mal.

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Volviendo a los cortometrajes de esta compilación, son todos bastante distintos y la franja temporal que cubren va desde principios de los años 60 hasta finales de los 80, por lo que se puede observar la evolución creativa y filosófica de Tezuka con cierta nitidez. No obstante, muchos de ellos reflejan una de sus constantes vitales: el anti-belicismo. La II Guerra Mundial y el horror de Hiroshima y Nagasaki impactaron con fuerza en la vida de Tezuka, haciéndolo un fervoroso pacifista.

Mis cinco favoritos son los que analizo a continuación. No significa que sean los mejores, solo los que más me han gustado y, por supuesto, si el tema os interesa mucho, os animo a que investiguéis por vuestra cuenta más. Escarbar entre las obras de Manga no Kamisama siempre es una tarea gratificante.

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Aru Machi Kado no Monogatari o Tale of a street corner, es una de las cosas más bonitas y tiernas que veréis en mucho tiempo. De verdad de la buena. Es uno de mis cortometrajes animados favoritos de todos los tiempos, solo os digo eso. Son casi 40 minutos de metraje donde Tezuka nos habla, sencillamente, de la vida. No tiene un argumento concreto, es un caleidoscopio donde las piezas se van moviendo por la mano del destino y el hombre, creando sus propias figuras de alegría, desdicha, celos, amor, miedo, ira… Una numerosa familia de ratoncillos, una niña en un ático a la que se le cae su peluche, una polilla entrometida y maliciosa, un árbol melancólico que no consigue dispersar sus semillas, los personajes de los carteles pegados en un muro, una vieja farola y unos cuantos más, son los seres que pueblan un rincón de una calle en una ciudad anónima europea. Y lo que les sucede es lo que narra Tezuka. Con guerra incluida, por supuesto.

Tanto la excelente música de Tatsuo Takai como la ambientación que le da al arte Ryô Arai, evocan esas elegantes comedias musicales de los años 50 como Lili (1953), Un Americano en París (1951) o Funny Face (1959). El estilo en general me recuerda mucho al de Walter Peregoy en La Bella Durmiente (1959), pero que en un ambiente urbanita resulta mucho más chic; y con las numerosas referencias artísticas con las que juegan (Rodin, Sharaku, Toulouse-Lautrec, Miró, etc) hacen de Tale of a street corner un clásico que no ha envejecido apenas.Sí, tenéis razón, estoy enamorada de esta obra, no puedo ser muy objetiva. Esta repleta de matices y detalles encantadores; también sarcásticos y tristes. Este fue el primer jikken anime de Tezuka, aunque personalmente no lo encuentro muy experimental. Es, simplemente, distinto.

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Mermaid o Ningyô es una auténtica delicia. Tiene una duración de 8 min 19 s, con una banda sonora de excepción: Prélude à l’après-midi d’un faune de Debussy, pero dirigida por el gran Isao Tomita (1932-2016). Tezuka tenía mucho ojo, y solo colaboraba con los que él consideraba eran los mejores. Tomita fue uno de ellos sin duda, y trabajaron juntos en más obras. Fue el principal introductor de la música con sintetizador en Japón, así como un compositor de primera línea hasta que falleció este pasado mes de mayo. Yo le tengo especial cariño y respeto, así que aprovecho para rendirle este diminuto tributo en el blog.

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Tomita-sensei

Con el diseño de arte minimalista de Shigeru Yamamoto, Ningyô en su simplicidad y limpieza, narra la historia de un muchacho que es incomprendido y segregado cruelmente por su afición a soñar despierto. Solo él puede ver a una sirena con la que comparte fantasías y viajes, y su negativa a reconocer que solo es un producto de su imaginación tiene consecuencias feroces para él. En una sociedad con un gobierno totalitario, cualquier tipo de disidencia se considera un peligro y una traición, así que intentan convertir al joven en un ciudadano normal, en alguien que no vea sirenas donde solo hay peces. La influencia del Método Ludovico de A clockwork Orange (1962) es muy evidente. ¿Lo consiguen? ¿Tiene lugar en un mundo así este chico? Para averiguarlo, tendréis que verlo aquí  Es un cuento delicado lleno de melancolía, vaporoso y de gran elegancia tanto estructural como visualmente. Precioso.

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Onboro film o Broken down film es divertido y original. No para de fracturar convenciones de la animación para reírse de sí mismo, apoyándose en la metaficción, rompiendo la cuarta pantalla, etc. Broken down film es una película muda y en mal estado, donde los propios protagonistas que la habitan tienen que sufrir las consecuencias de su deterioro. No pueden realizar bien sus interpretaciones, por lo que se ven obligados a improvisar a menudo. ¿Y qué historia están intentando representar? Pues un típico silent-western con dama en apuros atada a las vías de un tren, un villano enorme y barbudo, y un héroe flacucho y algo torpe. Tezuka no tiene ningún reparo en autoparodiarse, y el trabajo que realizó para el envejecido del corto está realmente logrado. Recordemos que estamos en el año 1985, y de recursos informáticos nanay. Todo a manita como auténticos artesanos. En resumen, Onboro film es una curiosidad muy entretenida de ritmo especialmente ágil además.

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Con 8 min 25 s minutos de duración, Muramasa es el corto más tenebroso de los que tenemos en la entrada de lejos. Ese rojo que monopoliza la luz en el inicio es presagio de violencia. Tezuka se arropa con la sobriedad del pasado, escogiendo una presentación también acorde. La animación es puro bosquejo, sencilla y austera, haciendo hincapié en el dibujo, como un cómic animado; la música tradicional marca el compás, llevando todo el peso dramático, pues no hay diálogo.

Muramasa es el nombre de un antiguo clan japonés que se dedicaba a la forja de katanas. Eran tan peligrosas y eficaces, que se creía estaban poseídas por un espíritu maligno. Y de eso va un poco este corto. Un samurái encuentra casualmente una katana atravesando un montoncillo de paja en el bosque. Parece abandonada, así que decide quedársela. Pero lo que no sabe el guerrero es que esa espada está maldita, y enloquece a su dueño lentamente, impidiéndole considerar seres humanos a los que le rodean. Así que obliga a su amo a asesinar. Pero, inmediatamente después de matarlos, por unos instantes, este samurái logra observar la carnicería que ha ejecutado, y se empieza a atormentar. Aun así, totalmente subyugado por el embrujo de la espada, es incapaz de deshacerse de ella. Se trata de una evidente alegoría de la pérdida de control cuando se entra en una espiral de violencia, y la deshumanización lógica que conlleva. Un círculo vicioso. Tezuka, como ya comenté, era un anti-belicista convencido, y no dejó de plasmarlo en muchas de sus obras. Muramasa una más de ellas.

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Selfportrait o Jigazô es de las últimas obras animadas que nos legó Tezuka, y forma parte de un recopilatorio de 19 autorretratos, Animated Self-Portraits (1989), dirigido por David Ehrlich. En él participaron artistas como Kihachiro Kawamoto, Renzo KinoshitaJan Švankmajer. Es muy escueto, de apenas 10 segundos, pero Manga no Kamisama nos transmite su mensaje de forma muy clara: el proceso creativo tiene bastante de azar, y cuando las piezas encajan de cierta manera, puede llegar a ser muy lucrativo. Tezuka utiliza una máquina tragaperras como vehículo, y es la suerte la que hace coincidir las ruedas para que el rostro que todos conocen (y esperan) del autor, haga aparición; y ese es el rostro que escupe dinero. Desde luego, no le faltaba sentido del humor a Tezuka, pues su carrera profesional no estuvo exenta de numerosos altibajos económicos. Aunque cuando ganaba guita, lo hacía a espuertas, todo hay que decirlo.

¿Y cuáles son los otros ocho cortos que hay en Animación Experimental de Tezuka? Debo aclarar que también me gustan bastante, de hecho no encontré ninguno que me defraudara, aunque prefiera los cinco anteriores. Son interesantes y no dan puntada sin hilo, creo que merecen vuestra atención:

Osu (1962) o también Macho. Duración: 3 min 10 s. Crítica social y psicológica al hombre desde la óptica de un gato. Una buena reflexión. Podéis verlo aquí.

Memory (1964). Duración: 5 min 40 s. Jugando con distintas técnicas y estilos, Tezuka medita sobre la inconsistencia y plasticidad de la memoria humana. La ironía que no falte. Podéis verlo aquí.

Shizuku (1965) o también La Gota. Duración: 4 min 19 s. Los sufrimientos y delirios de un náufrago a causa de la sed, con un final muy divertido. Podéis verlo aquí.

Tenrankai no E (1966) o también Cuadros de una exposición. Duración: 32 min 10 s. Con Isao Tomita dirigiendo esta vez la composición de Músorgski que lleva el mismo nombre del corto. En realidad es un homenaje a esta pieza musical, pero transportada a los años 60. Un buen rapapolvo sociológico y bastante heterogéneo. Podéis verlo aquí.

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Tenrankai no E

Sôseiki (1968) o Génesis. Duración: 3 min 54 s. Una sátira sobre los primeros versículos del libro de Génesis, donde parodia desde la película de John Huston The Bible: In the beginning… (1966), hasta su propia obra, Astroboy.

Jumping (1984), de la que escribí aquí.

Push (1987). Duración: 4 min 17 s. Las máquinas pueden darte todo lo que quieras; ropa nueva, un flamante coche , un peinado moderno… nutren la vanidad con facilidad, pero ni siquiera Dios puede paliar la soledad o crear un planeta nuevo. Podéis verlo aquí.

Mori no Densetsu (1987) o La leyenda del Bosque. Duración: 29 min 28 s. Quedó inconclusa por parte de Tezuka, pues era solo la primera parte. Más adelante, en 2014, tuvo su correspondiente secuela. Utilizando de brújula la sinfonía nº4 de Chaikovski, La leyenda del bosque rinde tributo a pioneros como Winsor McCay, Paul Terry o Walt Disney. Mezcla distintos estilos y técnicas para contar una historia de espíritu ecologista. Podéis verlo aquí.

Higeo Oyaji

Y esto ha sido todo por hoy. Nunca son demasiadas entradas dedicadas a Tezuka, en realidad SOnC debería tener muchísimas más. Hay que ponerle solución, ¡hay que hacer algo! ¡Viva Tezuka, cabrones!

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Saudade, memoria y Record of Lodoss War

Este verano he visto muy a gusto Stranger Things de Netflix. Y con la inevitable nostalgia que arrastra, aunque la serie sea mucho más que eso, no he podido evitar recordar mis partidas de rol infantiles. Porque sí, yo jugaba al rol, mea culpa. Y así mi cabeza ha relacionado el tema con Record of Lodoss War, una franquicia creada por Ryô Mizuno, basada en los registros de sus partidas como master de Dungeons & Dragons. Qué cosas. Un estudiante japonés, fascinado por Tolkien y D&D, usa unos replays para crear un nuevo mundo que, con gran éxito, acabó convirtiéndose en uno de los productos más importantes de fantasía épica en el mundo de los videojuegos, anime y manga en Japón: Record of Lodoss War.

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El equipo al completo: Parn, Deedlit, Slayn, Ghim, Etoh y Woodchuck

Fue a partir de 1988 que Mizuno fue publicando en Comptiq estas actas de juegos, las cuales se habían ido desligando del universo D&D o RuneQuest para crear el suyo propio: Forcelia. Se pueden considerar las precursoras de las light novels junto a Arslan Senki, así como también de las primeras obras del país dedicadas al género de Alta Fantasía. La fama que alcanzaron fue enorme incluso entre personas que no eran aficionadas al role-playing; y a su rebufo aparecieron los primeros productos que construirían al gigante: juegos para PC, Gameboy, Dreamcast, etc; mangas, diversas películas y series de animación, todo tipo de merchandising… Pero es de las primigenias 13 OVASLodoss-tô Senki (1990), de las que voy a escribir hoy. El mundo de esta franquicia es amplio y, aunque más lentamente, continúa creciendo en la actualidad. No supo aprovechar del todo sus oportunidades en el momento, todo hay que decirlo, pero conforman uno de esos pilares fundamentales de la fantasía heroica en Japón. No deseo hacer una entrada dedicada a toda la franquicia, me parecería tedioso y larguísimo; sino a esa serie de cuando era una mini-anormal (ahora soy maxi) y de la que guardo tan gratos recuerdos. Creo que todavía andan en mi casa del pueblo los VHS originales. Hechos una mierda, claro, y sin aparato para poder reproducirlos. Ains.

Para los seguidores del género, Lodoss-tô Senki es indispensable, un clásico. Aunque no fue el primer anime en trabajar la sword & sorcery (me viene a bote pronto The Little Norse Prince de Takahata, Ys, que es contemporánea, Tenkû Senki ShuratoLeda), sí es cierto que a partir de Record of Lodoss War esta categoría se asentó a la manera tradicional occidental, creció y se convirtió en una de las más queridas del fandom. Fuera de Japón ya se había tratado la espada y brujería, por supuesto, tenemos desde la estúpida The Sword in the Stone (1963) de Disney, El Hobbit (1977) y El Señor de los Anillos (1978) o las maravillosas El último Unicornio (1982) y Fire and Ice (1982). Entre otras. Pensándolo bien, en la década de los 80 hubo una especie de boom en el género que se plasmó muy bien en el cine (Excalibur, la saga de Conan, Cristal Oscuro, Willow…); y, a pesar de la gran riqueza folclórica de Cipango y la proverbial resistencia hacia lo extranjero, no tardó en calar en las islas.

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Deedlit, la Alta Elfa

Creo que si de un anime se han hecho reseñas, es de este. Los otacos ancianos sabemos muy bien cuál es; los que vinieron después la conocen seguro de oídas e, incluso, hasta algunos se habrán atrevido a verla. Y eso que hay extendida una tremenda alergia a la animación anterior al 2000 entre el público actual. Por eso no tengo intenciones de disertar como una mema pedante (sé que lo soy), ya se han dicho millones de paridas y comentarios sesudos sobre Lodoss-tô Senki. Solo serán apreciaciones personales sin más y un mínimo de información para los que no conozcan la obra.

Vayamos con la información: los estudios fueron los celebérrimos y fantabulosos Madhouse, el director Akinori Nagaoka (el del genial Dr. Slump), como animador primario Hirotsugu Kawasaki (Akira, Ghost in the Shell, Metropolis… lo que se dice un indocumentado) y el storyboard estuvo en manos de Rintarô (si no sabéis quién es Rintarô, tenéis problemas, chatos). Vamos, un equipazo. Apostaron fuerte y la jugada salió bien.

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Esta es la isla o continente de Lodoss. Surgió de los restos que dejó tras de sí la guerra entre la Luz y la Oscuridad. En la última batalla cataclísmica, solo quedaron dos combatientes de entre todos los dioses: Marfa, diosa de toda la creación y Kardis, diosa de la destrucción. Ambas intentaron vencerse con un ataque fulminante, pero ninguna lo consiguió, cayendo ambas en la inconsciencia. El cuerpo de Marfa se derrumbó en Lodoss; el de Kardis en la isla de Marmo. Desde entonces, Lodoss ha sido considerada también la Isla Maldita, y a pesar del esfuerzo de los diferentes reinos por convivir de manera pacífica, la ambición humana y el eterno peligro latente del regreso de Kardis, hacen del continente un lugar inestable y vinculado con el mismísimo destino de Forcelia.

Este es el escenario en el que tienen lugar las aventuras de una compañía muy dispar: Parn, el hijo de un caballero caído en desgracia, Deedlit, una alta elfa del Bosque sin Retorno, Slayn el intelectual y hechicero del grupo; Woodchuck, ladrón y con el don de aparecer en los lugares oportunos; Etoh, sanador y clérigo de Falis, el dios supremo del Bien; y Ghim, un terco y leal enano. Todos representan arquetipos fáciles de reconocer, y sus personalidades tampoco se alejan de lo convencional. Cómo llegan a reunirse y los motivos de su búsqueda del sabio Wort, son punto esencial de lo que podríamos considerar la primera parte, hasta la OVA siete. En ella descubrimos muchas cosas sobre sus vidas, así como la situación de guerra en la que se encuentra sumido de nuevo Lodoss. El emperador oscuro de Marmo, Beld, ha desembarcado en el continente para conquistar y subyugarlo por completo. Ya han caído bajo su poder Kanon y Alania, pero los reyes de Valis y Flame no van a quedarse quietos… Junto a Beld están su general el caballero negro Ashram, el nigromante y adorador de Kardis Wagnard y una misteriosa dama, que se hace llamar Karla. También conocida como la Bruja Gris, esta mujer es un enigma y la única superviviente de la destrucción de Kastuul, el antiguo reino de la hechicería. Maneja los hilos del destino de Lodoss desde hace mucho tiempo, casi podríamos decir que está más allá del bien y del mal, por eso mismo es peligroso confiar en ella, ya que sigue su propia hoja de ruta.

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Karla, la Bruja Gris

Aparecen más personajes, que deduzco que en las novelas ligeras estarán más definidos, como la elfa oscura Pirotess, el silencioso mercenario berserk Orson; el rey Kashue, la princesa Fianna, etc. Salvo Karla, son todos lisos como una tabla, pero cumplen su papel eficientemente. Es cierto que, en general, Record of Lodoss War vista en el 2016 es una amalgama de tópicos que la hacen previsible y candorosa. Pero no hay que olvidar cuándo se hizo, señores, y que no resultó un petardazo sin motivos. Los que jugamos RGP, reconocimos inmediatamente la estructura, la base de los protagonistas y sus dinámicas. Los que no, observaréis que sus recursos han sido utilizados miles de veces en series posteriores. Honestamente, Record of Lodoss War se ha quedado antigua. Es como esos cuadros del Quattrocento, que notas cierta rigidez acartonada, los movimientos y posturas congelados y unas expresiones poco naturales. Sin embargo, no te cansas de mirarlos y disfrutar de su belleza, por mucho que obras de periodos siguientes sean técnicamente superiores. Allí están esos esfuerzos por el dominio de la perspectiva, la tridimensionalidad, el uso de la luz. Con Lodoss-tô Senki es igual, abrió nuevas puertas e inspiró a cientos de creadores. Un anime pioneroRespect.

La historia en sí es más o menos lineal, sin demasiados sobresaltos. La vereda que sigue es clara, pero no por ello aburrida. Tras una temática de índole política, que no es otra que la del dominio de Lodoss, existe otra esencial que es la eterna lucha entre Bien y Mal, Luz y Oscuridad. El maniqueísmo en la fantasía épica es bastante común y una de sus marcas de agua. Afortunadamente, se va superando para mayor enriquecimiento del género. Aprendemos del Lodoss del pasado (La Guerra de los Héroes) y sus protagonistas, qué ha sido de ellos y por qué son tan importantes. Descubrimos que el futuro del continente está en las manos de nuestros 6 protagonistas, tan diferentes entre sí, pero que no dudarán en sacrificarse por el bien común. Todos ellos poseen sus circunstancias y pesares; algunos están mejor desarrollados que otros; pero forman el habitual grupo de aventureros que entretienen bien.

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También hay dragones

Respecto al apartado musical, si no escribo esto, explotaré (y no quiero fenecer todavía): tanto el opening como el ending son espeluznantes. Están interpretados por la misma voz de oveja (una señora que se hacía llamar Sherry), desafinando como una bellaca.

Io sono prigionieeeeraaaaa 
kon’ya anataaaa waaaaa… 

HORROR. IGNOMINIA. MUERTE. Los pelos como escarpias, oigan, no ha sido un recuerdo distorsionado del pasado. Era un espanto, sigue siendo un espanto. El resto es la clásica composición orquestal, de aires imponentes y pomposos, con algún arreglo electrónico suelto (el toque horterilla de la época) que asisten perfectamente a la historia sin sobrecargar. La compositora es la inefable Yôko Kanno, así que DE RODILLAS, TODOS, YA.

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A pesar de que los diseños de los personajes de Yutaka Izubuchi en general no han envejecido bien, el arte de Record of Lodoss War es excelente. Muy particular de esa etapa, con rostros picudos y hombros que hacen de Hulk un conejillo campestre; pero que resulta sorprendentemente hermoso en sus fondos, en su arquitectura, en los detalles infinitos de naturaleza inanimada. Casi lloré al percatarme de cuánto puede echarse de menos el dibujo en la animación. El dibujo, sí, DI-BU-JO. Sus líneas y trazos, su textura, su volumen. Lodoss-tô Senki es como un manga en movimiento, irregular, con sensación de ser real. Eso rara vez se consigue ver en los anime más modernos, que en comparación son de una pulcritud y perfección tan uniformes que parecen hospitales. Quizá sea por la digitalización, que suele homogeneizar y dar un acabado aseado. Con esto no quiero decir que la animación antigua sea mejor que la actual, porque sería una afirmación bastante ridícula. Pero todo tiene sus pros y sus contras, y algunas cosas se echan de menos… Lo curioso es que no te das cuenta de que lo has echado en falta porque te has acostumbrado ya, y cuando te enfrentas a un anime de estas características, con un arte tan orgánico y bien recreado, la alegría y sorpresa son hasta placenteras. Y se goza más.

Por cierto, que cuando me refiero a que Record of Lodoss War parece a veces un manga en movimiento, no estoy exagerando. Algunos planos son directamente dibujos estáticos, el movimiento lo otorga el zoom, un desplazamiento focal lateral o ambos combinados. Aunque otorga características arcaizantes, me parece un recurso que estimula la emoción y dramatismo de algunas escenas, y compensa la falta de agilidad que se observa en las secuencias de acción, que es uno de los puntos débiles de esta serie.

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¡De ordeeeen del señor curaaaa, se hace sabeeeeer que Dios es uno y trinooooo!

Record of Lodoss War es una serie de OVAS imprescindible para el fan de la fantasía épica y los amantes de la historia del anime. No es una mera reliquia curiosa, pero sí exige cierta benevolencia por parte del espectador moderno, sobre todo si no se acostumbra a ver material antiguo. Su revisión no me ha supuesto para nada un desencanto, y eso que hacía unos cuantos años que no le hincaba el colmillo. Ha sido una experiencia bonita, llena de recuerdos. Hay hadas, dragones, elfos, kobolds, orcos, magia y aventuras. Hasta un leve aroma a romance. ¿Qué más se puede pedir?

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.